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Relatos en este blog

Aislado del frío y cubierto de pies a cabeza en mi saco de dormir, todavía me encontraba a las afueras de Susques, el último pueblo de la Ruta 52 de Argentina antes de llegar a la frontera con Chile. Y antes de que mi alarma tuviera la oportunidad de sonar, los faros frontales y el ruido del motor de los camiones que pasaban frente a nuestra tienda de campaña nos despertaron estrepitosamente, cuando el sol todavía no se asomaba por el este.

 

Eran poco más de las 5 de la mañana, y tras un salto desde el suelo pensé: ¡Los trailers se están marchando! :eek: Habíamos acampado junto a la salida de los camiones para al levantarnos pedir a uno por uno si nos podían llevar hasta el paso fronterizo. Pero al parecer, debimos haber madrugar todavía más :confus:

 

Rápidamente desperté a Max, quien pronto envolvió su sleeping bag y empacó todas sus cosas. Sacamos nuestro equipaje de la tienda y, mientras yo la desmontaba, le pedí a Max que intentara detener a alguno de los conductores que salían del pueblo, o que hablara con alguno de los que todavía no se iban. Para cuando terminé, él volvió con malas noticias: ninguno estaba dispuesto a llevarnos :sad: Yo me mantuve sereno y positivo: son muchos camiones, alguno debe llevarnos.

 

Nos vimos expuestos a la intemperie en medio de la helada madrugada. E irónicamente, ahora ningún camión parecía salir en dirección oeste. Decidimos abrir de nuevo nuestros sacos de dormir para cubrirnos del clima, y envueltos cual esquimales, aguardamos con esperanzas la salvación de uno de los choferes. Pasaron varios minutos. De vez en cuando algún coche particular o alguno de carga aparecía detrás de la curva de la autopista, lo que nos daba tiempo para posarnos junto a ella y levantar el dedo. Pero seguía muy oscuro, y difícilmente alguien pararía por nosotros :(

 

Cuando casi caímos dormidos allí, un camión me deslumbró con sus luces, que prendió estacionado justo a la salida del pueblo. Con esperanzas, me aproximé a buscar al conductor y preguntarle… El sujeto estaba sentado y jugando con su celular. Parecía muy amable. Le conté nuestro penoso caso y encendió el motor. Los puedo dejar en el Paso de Jama, y de ahí cruzan la frontera solos— me dijo :big-smil: Al parecer, él y otros muchos camioneros no tenían los permisos para cruzar, sólo para descargar allí. Sin hesitar demasiado, le dije que esperara por nosotros y corrí hacia Max, quien se percató de la buena noticia y cogió nuestras maletas.

 

No podíamos creer que hubiésemos conseguido un ride tan pronto, después de las largas jornadas de espera que habíamos pasado el día anterior :) Llegando al Paso de Jama, todos los conductores que cruzaran hacia Chile debían llegar obligatoriamente a San Pedro de Atacama, y sin duda, uno de esos cientos de automóviles tendría espacio para uno de nosotros dos. El plan no podía ser mejor. O eso creíamos…. :huh:

 

Entre el sueño y el regocijo, yo me ubiqué en la parte trasera de la cabina y Max se quedó en el asiento del copiloto. Como él no hablaba muy bien el español, decidí hacerle plática al chofer, quien era originario de un pueblo del norte de Argentina.

Comenzamos a avanzar por los últimos kilómetros de la Ruta 52, mientras el camión subía y bajaba cuestas por la bien asfaltada carretera ondulada. A ambas orillas, maravillosos paisajes se abrían paso ante los rayos del sol que poco a poco iluminaban la meseta de la Puna de Atacama, que si bien poco escarpada y accidentada, no dejaba de ascendernos a un par de miles de metros sobre el nivel del mar.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

La orografía circundante nos mostraba montes poco elevados sobre el nivel del altiplano, cubiertos menguadamente por pastos y arbustos secos.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

Otro solitario camión es lo único que avistábamos en movimiento alrededor nuestro. A lo lejos, las montañas andinas vigilaban las lagunas alcalinas y los salares, típicos de este tipo de ecosistema volcánico intermontañoso. Si hubiera tenido el tiempo suficiente, me hubiera tomado unas horas para alejarme hacia las lagunas y avistar a los flamencos rosados, que suelen vivir en estos cuerpos de agua salados.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

Abrí la bolsa de cereales y saqué los dos plátanos restantes para tener algo en el estómago. Nos sentimos seguros de poder acabarnos los víveres, pues estábamos a punto de cruzar a Chile y al fin podríamos gastar nuestro dinero :big-grinB:

 

El hombre manejó lentamente a lo largo de 120 km por más de 2 horas, hasta que por fin llegamos :rolleyes: Estábamos en el famoso Paso de Jama, último sitio a 4230 metros de altura antes de cruzar hacia Chile.

 

Ya pasaban de las 8 am, y la oficina de migración y la aduana habían apenas comenzado a laborar. El chofer aparcó detrás de una larga fila de camiones que se aglutinaban frente a la gendarmería. Nos dijo que con gusto nos llevaría hasta Atacama, pero que no tenía el permiso de cruzar. Con entusiasmo le dimos las gracias y bajamos del coche. La mañana era bastante fría, a pesar de lo despejado que estaba el cielo.

 

Nos abrigamos bien nuevamente y caminamos hacia la entrada del recinto migratorio, el cual sinceramente me imaginaba más grande y bullicioso. Constaba de una gasolinera y una tienda-restaurante del lado argentino; una caseta de revisión, la gendarmería, las oficinas de migración, las aduanas, dos estacionamientos y un edificio del gobierno de Chile.

 

Caminando, pasamos la gendarmería como si nada. Llegamos a la oficina de migración pero no encontrábamos la entrada, así que regresamos a buscar al oficial de la caseta para preguntarle.

 

El gendarme nos dijo que para cruzar, necesitábamos obligatoriamente hacerlo a bordo de un vehículo, aunque fuera una bicicleta. El gobierno chileno no nos permitiría pasar caminando, pues sabían que después de la frontera no había más que kilómetros y kilómetros de un asesino desierto de altura, y no podían correr el riesgo de que nos pasara algo y ellos fueran los responsables :zsick:

 

Por tanto, el objetivo era conseguir un nuevo ride (el cual de todas formas tendríamos que conseguir) para registrarnos en la oficina de migración y seguir nuestro camino. La diferencia es que tendríamos que hacerlo antes de que los conductores pasaran la frontera, es decir, del lado argentino.

 

Nos dirigimos al estacionamiento, donde había un escaso número de autos aparcados. Uno por uno fueron llegando y yo los fui abordando. Con toda la amabilidad del mundo, les explicaba nuestro caso y les pedía ayuda, misma que me negaban sin pensarlo mucho tiempo :(

 

En vista de que avistábamos más camiones de carga que autos particulares, nos dirigimos al estacionamiento de la aduana, donde aparcaban los transportistas. En aquella inmensa cerca, surcábamos de lado a lado todos los trailers, parándonos de puntas para poder ver al asiento del piloto, que la mayoría de las veces estaba vacío. Detrás de uno de ellos, se hallaba un grupo de camioneros platicando y tomando café en envases de plástico. Max y yo nos acercamos para hablar con ellos y pedir de su ayuda. Pero con un movimiento de cabeza indicaron que no era posible :unsure: La mayoría de ellos no cruzarían a Chile, y otros se dirigían al lado contrario.

 

Ante tantas negativas supimos que no sería una tarea fácil. Pensamos en ofrecer un poco de dinero a los conductores; quizá de esa forma nos verían con mejores ojos.

 

Regresamos a la entrada de la oficina de migración para hablar con los viajeros. Max y yo buscábamos por todas partes algún tipo de persona que pudiese tener más en común con dos mochileros como nosotros :huh: Un hippie, una pareja joven, un auto rentado… nos parecía que tendríamos más posibilidades de ser auxiliados por alguien así que por una familia o una pareja de ancianos, que notablemente dudaban de su seguridad y de nuestro testimonio.

 

Cabe mencionar que el auto y el equipaje eran revisados arduamente por los oficiales, y subir a dos desconocidos al auto implicaba una responsabilidad por cualquier tipo de artículo prohibido. Por supuesto, sabíamos que los mochileros tienen fama de llevar consigo marihuana :ohmy: pero no había forma de convencer a las personas de que nosotros NO llevábamos nada de eso :O_o: A pesar de que no era su excusa externada, ambos estábamos conscientes de lo que la gente podía pensar de nosotros (aún cuando vestíamos con una buena facha y no olíamos mal a pesar de 3 días sin ducharnos).

 

Una pareja adulta se estacionó frente a nosotros, y Max pudo advertir que su placa era de Brasil. Rápidamente los abordó a ambos para contarles, en su natal portugués, que estábamos atrapados en la frontera. Los dos se mostraron muy accesibles con él y nos pidieron que esperásemos un momento, mientras el señor entraba a preguntar qué hacer.

 

Luego de unos minutos regresó con no muy buenas noticias. Ambos estaban dispuestos a ayudarnos, pero al haber cruzado por la gendarmería antes, les habían dado un formato donde decía la marca y matrícula de su auto, y que solo dos pasajeros iban a bordo. En la oficina de migración no podían agregar más pasajeros que los que el gendarme había anotado, así que lamentablemente habíamos perdido nuestra oportunidad :mad:

 

Entonces supimos que debíamos colocarnos unos metros antes de la gendarmería, y no en el aparcamiento. Habían pasado ya más de dos horas y el sol comenzaba a hacerse sentir, lo que nos obligó a despojarnos de nuestros abrigos y colocarnos bloqueador solar, preparados para otra larga jornada bajo el sol de las alturas andinas :zsick:

 

Antes de empezar a pedir otro aventón, vimos a un grupo de choferes comiendo en un pequeño puesto de lámina frente a la aduana. Nos acercamos para ver si aceptaba pesos chilenos, ya que no nos quedaba ni dinero argentino ni comida para saciarnos.

 

Afortunadamente, nuestro dinero era aceptado. Y más alegría nos dio saber que los billetes que aquel hombre alemán nos había regalado eran 100% reales :big-grin: No nos había estafado.

 

Pedimos un jugo y dos sándwiches de milanesa. Por fin, estábamos comiendo algo más que naranjas y plátanos. Una vez satisfechos, caminamos a la carretera y comenzamos a pedir un ride.

 

La mayoría de los autos no llevaban mucho espacio; viajaban en familia, y los que lo hacían en pareja, llevaban el asiento trasero lleno con su equipaje. Encontramos un trozo de cartón y escribimos ATACAMA con letras grandes, para ver si con suerte alguien se disponía a llevarnos.

 

Unas horas bajo el sol nos bastó para agotarnos y casi darnos por vencidos :oops: Estábamos ya tan cerca de nuestro destino y no podíamos creer que siguiéramos atrapados en Jama luego de 4 horas pidiendo ayuda :madd: Los ánimos empezaron a decaer y las maldiciones comenzaron a aflorar: contra migración, contra el gobierno chileno, contra los conductores, contra nosotros mismos...

 

Era ya mediodía y nos dimos cuenta de que muchas personas paraban a echar gasolina y a comer en el restaurante antes de pasar hacia migración. Pensamos que, quizá, sería más cómodo hablar con ellos frente a frente mientras recargaban su auto, y probablemente así causaríamos más empatía :sneaky:

 

Renunciamos al clásico aventón a dedo y empezamos a encarar a la gente junto a los tanques de gasolina, que para poca sorpresa nuestra, continuaron negándonos ayuda :crying:

 

Mientras esperábamos a que algunos salieran de comer o del baño, Max y yo nos sentamos junto a la tienda. Descubrimos que la red de wifi estaba abierta y nos conectamos para dar alguna señal de vida a nuestros compatriotas.

 

Había recibido un whatsapp de Joaquín, mi amigo en Salta, desde hace dos días, preguntando si ya había llegado a Atacama. Le contesté que aún no lo lograba, y que hasta ese punto no sabía si lo haría :( La gente no pensaba ayudarnos y yo ya me estaba dando por vencido. Entonces me envió un audio con su voz, dándome palabras de ánimo.

 

En ese momento me di cuenta de lo importante que era a veces hablar con los amigos <3 Por más solo que me encontrara en ese recóndito lugar, un simple mensaje de voz alzó mis ánimos poco a poco, y me hizo prometerme: ¡no acamparé aquí esta noche! :mad:

 

Luego de casi una hora sentados reponiendo fuerzas y casi al agotar la batería de nuestros móviles, seguimos con la cacería de autos, recobrando nuestra sonrisa en el rostro que, de una manera u otra, debía convencer a algún conductor de que éramos buenas personas, y que sólo necesitábamos un empujón para lograr nuestro destino.

 

Max y yo vimos pasar un autobús de pasajeros. Creímos que quizá tendría algún espacio disponible, y pensamos ofrecerle dinero para que nos llevasen hasta Atacama. Corrí más allá de la gendarmería para hablar con el chofer. Cuando lo alcancé, los pasajeros habían bajado para hacer uno por uno su trámite migratorio.

El chofer bajó y le planteé la idea. Lo pensó algunos minutos y dijo que quizá tendría asientos libres. Subió al bus para luego bajar. Y me respondió que no sería posible, ya que no podría extendernos un boleto oficial, mismo que requisitaban en la oficina chilena.

 

Si no es una cosa, es la otra— me dije muy enojado :angry: Pero sin nadie a quien poder culpar, regresé con mi entusiasmo hecho pedazos. Pero no me dejaría vencer ¡me hice una promesa y debía cumplirla!

 

Cuando volví a la gasolinera, Max se había comprado otro sándwich de milanesa. Eran ya casi las 3 de la tarde. Nunca habría imaginado que nos llevaría tanto tiempo conseguir a alguien que nos ayudase :sad:

 

Los autos y camiones llegaban y se iban, luego de comprar comida y cargar gasolina. Entre uno de los camioneros, Max advirtió un acento proveniente del centro de Brasil. Me dijo que probaría suerte…

 

Habló unos minutos con el camionero para luego regresar. Con un exiguo entusiasmo me dijo que el hombre había aceptado llevarnos a ambos, y que debíamos pasar a la oficina aduanal con él :ohmy: No entendía por qué Max no estaba saltando de alegría al decirme aquello, pero la pobre explicación del chofer no le había dado mucha confianza :huh:

 

Regresamos con él para confirmar lo que nos había dicho, y nos indicó que caminásemos de una vez hacia la oficina migratoria, y que allí lo esperáramos, y si no lo veíamos que lo buscásemos como Joao.

 

No muy convencidos :unsure: pero sin más alternativas, nos dirigimos a migración, donde nos dieron un formulario para llenar e hicimos la fila con los demás viajeros. Cuando llegamos a ventanilla, el oficial nos preguntó en qué vehículo viajábamos. Le dijimos que pasaríamos con un trailero de nombre Joao, a lo cual contestó que debíamos pasar a la oficina aduanal, por donde cruzaban todos los camiones.

 

Acatando sus reglas, nos cambiamos de lugar y entramos a la oficina aduanal, no sin antes aprovechar para ir al baño. Allí, hablamos con el empleado de ventanilla, quien comenzó a darnos un sermón del porqué no podía dejarnos pasar caminando. Antes de que pudiésemos entenderlo todo, Joao apareció en el pasillo, y le dijo: vienen conmigo. El empleado sonrió y nos hizo una seña para pasar a la siguiente ventanilla. Ahora empezaba a creer en que de verdad ese tal Joao nos podría hacer cruzar a Chile :smug:

 

Llenamos un par de formularios, mientras Joao no dejaba de hablar y reír a carcajadas con los oficiales de la aduana. Creo que de verdad, era alguien conocido allí. El oriundo de Brasil le daba indicaciones en portugués a Max sobre lo que debíamos hacer. Tras un par de papeleos, nuestro sello quedó listo y entonces, de verdad, me sentí feliz :big-smilB:

 

Con mi pobre portugués le di las gracias a Joao: Obrigado! Obrigado! :blush: Casi a las 5 de la tarde en punto, estábamos ya saliendo del complejo de Jama y, finalmente, después de tres largos días de espera, me adentré en Chile a bordo de un camión de carga brasileño.

 

Joao puso algo de música carioca. Una buena samba y un par de cigarrillos que tuvo la decencia de invitarnos, convirtieron mi día en casi lo mejor que había vivido en todo mi viaje. Darme cuenta de que, por más larga que hubiera sido la espera, aún existen personas nobles en este mundo, me hizo sonreír de la manera más reconfortante posible :big-grin:

 

Ruta 27 Chile, rumbo a Atacama

 

La Ruta Nacional 52 argentina se convirtió en la Ruta 27 chilena, por la que el coche avanzó a lo largo de 150 kilómetros de puna que, poco a poco, se fue tornando en un enorme desierto.

 

Ruta 27 Chile, rumbo a Atacama

 

A lo lejos se seguían divisando salares, lagunas y pequeños cerros, mismos que nos elevaron más y más en la carretera, hasta picar los 4810 metros ¡Era algo de locos! :eek: Ni siquiera en el cráter del Nevado de Toluca había ascendido a tal altura. Mi cabeza vacilaba entre la ansiedad de mi arribo y el cansancio de todo un día como hitchhiker. Pero me negué a las pastillas para el soroche, y decidí masticar hojas de coca que llevaba conmigo, como buen remedio naturista para el mal de altura ;)

 

Max y Joao platicaron durante todo el viaje, mientras yo cabeceaba en la parte trasera, disfrutando del hermoso paisaje que me brindaban las cuestas andinas.

 

Cuando el sol apenas se metía, cerca de las 8 pm, llegamos por fin a nuestro destino: la ciudad de San Pedro de Atacama, en medio del Desierto de Atacama, el desierto más seco del mundo.

 

Joao nos dejó en el estacionamiento de los camiones, y luego de darle repetidas veces las gracias, caminamos hacia el pueblo para hallar un hostal. Habíamos sufrido demasiado como para pasar una noche más bajo la carpa :zsick: Definitivamente necesitábamos una cama.

 

Preguntamos y llegamos al centro del pueblo, donde nos percatamos de lo turístico que era. Cientos de turistas y mochileros se paseaban por las iluminadas calles rodeadas de casitas de adobe. Poco a poco fuimos preguntando por los precios en los hostales, mismos que estaban llenos y, además, ofrecían precios muy elevados :O_o: De todas formas, había olvidado que era temporada alta (vacaciones de verano para ellos).

 

Los precios no bajaban de los 13,000 pesos (poco más de 20 dólares). Pero no nos rendimos. Nuestra búsqueda nos llevó a una avenida de ripio muy larga, donde hallamos una litera en un cuarto compartido por 8,000 pesos (uno 13 dólares) cada uno. Sin deseos de caminar más cargando nuestra pesada mochila, aceptamos la habitación, y Max se ofreció a pagar con el dinero que nos había obsequiado el alemán en Purmamarca, mismo con el que compramos medio pollo rostizado y papas, que comimos como un par de náufragos cuando por fin avistan tierra :D

 

Tomamos nuestra merecida ducha y nos botamos en la cama, alegres al fin por haber cumplido nuestra meta (y mi promesa personal) ^_^ Avisé a todos que había llegado con bien y concilié el sueño en un par de minutos. Otra larga, pero más amena jornada, me esperaba al siguiente día junto a mi colega brasileño, sin el cual, posiblemente, no habría podido cruzar.

 

Aquí está el álbum de fotos entero sobre mi odisea fronteriza:

 

 

Bitácora de mis últimas 24 horas: 160 kilómetros recorridos; una noche durmiendo bajo carpa; misma ropa, sin ducha; un nuevo compañero de viaje brasileño; un sándwich y dos plátanos en mi estómago; municiones disponibles: cuatro naranjas, media bolsa de cereal de maíz y una botella de agua; dinero restante: 7 pesos; ubicación: aún en Argentina; kilómetros por recorrer: 400.

 

Ese era el panorama para mi primera jornada como hitchhiker, cuyo objetivo era avanzar a dedo desde la ciudad de Salta en Argentina hasta San Pedro de Atacama en Chile. Pero el destino y/o desfortunio me había traído apenas hasta el pueblo de Purmamarca, en la provincia de Jujuy, donde aquella mañana desperté entre el vaporoso sonar de mi alarma y el centello solar que tocaba a las paredes de mi tienda de campaña.

 

Junto a mí, se levantaba mi nuevo travel-buddy, Max, a quien había conocido la noche anterior mientras hacía dedo hacia el mismo destino que el mío.

 

Limpiamos nuestros ojos y salimos a despejar el sueño con la vista del pueblo engallado frente a nuestro improvisado y gratuito campamento. Era una mañana algo templada; pero el sol aparecía detrás de la quebrada. Y tácitamente el endeble radiar de sus rayos nos rebosaba con la esperanza de cumplir juntos nuestra meta, y cruzar la frontera chilena antes del anochecer.

 

Empacamos todas nuestras cosas y desmontamos la carpa, bajo un rojizo amanecer que empezaba a encender los característicos colores cobrizos de las montañas que rodean a Purmamarca. Y antes de siquiera tomar un puño de cereales como desayuno, caminamos hasta la carretera para empezar a pedir un ride. Eran ya las 8 de la mañana, y mi experiencia del día anterior me decía que no había tiempo que perder :excl:

 

Purmamarca es un pintoresco y árido pueblo andino muy frecuentado por turistas nacionales y algunos extranjeros. La cultura hitchhiker está bastante difundida entre los jóvenes viajeros argentinos, y pronto me di cuenta de ello. La carretera 52 en dirección al oeste estaba repleta de viajeros aventureros, que alzaban su pulgar esperando abordar un vehículo. Entonces supe que tendríamos que competir justamente contra quienes madrugaron más que nosotros :blush:

 

Un cuarteto de 2 hombres y dos mujeres saltaban para llamar la atención de los conductores. Sabiamente se dividieron en dos equipos, dejando a una mujer en cada uno. En seguida, un trío de chicas se posaron frente a nosotros, presumiendo sus largas y desnudas piernas mientras sonreían a todo el que pasaba.

 

Max y yo nos dimos cuenta de la desventaja en la que nos encontrábamos. Éramos dos hombres contra cinco bellas mujeres, que cabe confesar, siempre corren con más suerte que nosotros. Aunque yo no lo llamaría suerte, sino un poder seductor :dry:

 

Los coches pasaban de largo al montón de viajeros que parecían hacer fila para ser recogidos. Un pulgar tras otro se alzaba, formando una danza de extremidades a la orilla, adornada por nuestro vistoso letrero que anunciaba el Paso de Jama. El sol se levantaba en su majestuosidad, atrayendo a los perros a nuestro regazo, buscando compañía y una sombra humana que los alimentara.

 

Los minutos avanzaron y poco a poco se fueron llevando a las hitchhikers y sus afortunados acompañantes. El trío de argentinas se desesperó y se decidieron por ir a la estación de buses. Su destino no estaba muy lejos y no tendrían que pagar mucho.

 

Max y yo nos quedamos solos, luego de casi una hora parados. Saqué mi bolsa de cereales y un par de naranjas para calmar nuestros estómagos, mismos que no quisimos alborotar con la impaciencia e irritación. Tres perros se acostaron junto a la pared para guarecerse del sol, mientras yo me colocaba detrás del letrero que anunciaba la salida de la comunidad de Purmamarca.

 

Un nuevo y numeroso grupo de viajeros llegó para pedir aventón. Con amabilidad, nos pidieron pararse detrás de nosotros, a lo que accedimos por ética. Después de todo, la autopista es de todos. Pero su sentido común los empujó a caminar varios metros más atrás, alejándose lo suficiente para no ser vistos hasta que los coches nos pasaran.

 

El calor y los canes vagabundos eran nuestra única compañía mientras el minutero sonaba y sonaba. Ningún coche osaba parar en solidaridad con dos almas extranjeras :( Max reprodujo algo de música brasileña para alzar un poco los ánimos y esperanzas. Las charlas se tornaron de la vida en las favelas a sus gustos por las mujeres italianas, mientras un triángulo lingüístico se hacía presente en el diálogo. Su leve entendimiento de mi perfecto español se mezclaba con su responder en un inglés básico, y en un excelente portugués que tenuemente yo descifraba :smug:

 

Desde el otro lado de la carretera alguien se acercaba. Era un hombre rubio, de unos 50 años, cargaba una pequeña mochila… no tenía pinta de ser argentino. Pronto se dirigió hacia nosotros y nos habló en inglés. No se presentó con su nombre, solo dijo que era de Alemania y que viajaba por Sudamérica :huh:

 

Con su extraño acento, nos contó que recién había llegado desde Atacama a Purmamarca, y que había olvidado cambiar algunos billetes chilenos a pesos argentinos. Gracias a nuestro enorme letrero, supo que pedíamos un ride hacia Chile, y nos propuso intercambiar sus pesos con nuestras monedas. Le dijimos que, desafortunadamente, no teníamos ya mucho dinero argentino. Yo solo contaba con $7, mientras Max encontró en el fondo de su cartera un billete de $100. La tasa que él ofrecía era de 26,000 pesos chilenos, equivalentes a 38 dólares, o a 350 pesos argentinos.

 

Con una fuerte determinación, puso todo su dinero en las manos de Max y tomó el billete de $100. “Fuck! You need it more than I do” fueron las palabras que salieron de su boca. Sin saber cómo reaccionar, Max y yo sonreímos mientras lo observábamos alejarse, sin saber si lo que acabábamos de hacer era o no lo correcto :ohmy: Nos quedamos solo con $7 argentinos y aceptamos dinero de un desconocido (que fácilmente podían ser billetes falsos). Esperanzados en encontrar una pisca de humanidad en aquél recóndito lugar, fuimos positivos y pensamos lo mejor :big-grinB: ¡Ahora debíamos llegar a Chile a gastar los 19,000 pesos que habíamos obtenido gratis!

 

Alentados por el reciente episodio nos pusimos de pie y, con toda nuestra fuerza, sonreímos y atrajimos a todos los coches que pudimos ¡Estábamos decididos a cruzar la frontera ese mismo día! :sneaky:

 

Casi 3 horas después de haber llegado a la carretera, una pequeña camioneta se estacionó frente a nosotros y pitó. Rápidamente corrimos hacia ellos. Subimos y, vigorosamente, les dimos las gracias :big-grin:

 

Se trataba de una pareja de Tucumán que disfrutaban de sus vacaciones manejando por el norte del país. No llegarían hasta la frontera, pero nos ofrecieron acercarnos hasta las Salinas Grandes, atractivo turístico de Jujuy a la que la mayoría de los carros se dirigía en aquella ruta.

 

Entonces lo entendía. Quizá no debimos usar ese letrero anunciando que íbamos hasta el paso fronterizo de Jama. La gente podía no recogernos porque no se dirigían hasta allá; pero sí en esa dirección :wacko: Aprendiendo de mis errores, entablé una plática con nuestros nuevos conductores, mientras el manubrio se meneaba para escalar las empinadas curvas de la Cuesta de Lipán.

 

Tan solo unos kilómetros más adelante del pueblo, comenzamos a adentrarnos en la sinuosa Cuesta de Lipán, único paso que comunica el este de Jujuy con las Salinas y la frontera. El camino en zigzag asciende desde los 2,200 metros hasta los 4,170 sobre el nivel del mar, en tan solo unos minutos :ohmy: Así que una vez más, me vi inmerso en las alturas de los Andes.

 

Desde la punta del monte, el coche descendió vertiginosamente, dejando al descubierto frente al parabrisas una extensa e interminable puna desértica. Y en el horizonte, se avistaba una mancha blanca a ambos lados de la ruta. Nuevamente, estaba en un desierto de sal.

 

La autopista avanzaba recta hasta la mitad de la blanca estepa. Max y los dos tucumanos avistaron impresionados la hermosa postal, mientras yo me transportaba de vuelta al Salar de Uyuni, consciente de que difícilmente otro salar me cautivaría tanto como aquel al suroeste de Bolivia :rolleyes:

 

Un pequeño cuadro de concreto a la orilla de la ruta se ostentaba como parking. Alrededor nada, sino un restaurante y un taller mecánico, se alzaban a la vista. Dimos nuevamente las gracias a nuestros dos rescatistas. Y antes de pedir avanzar más por la pista, no perdimos la oportunidad de adentrarnos en el salar y tomar unas fotos para inmortalizar el inesperado recuerdo.

 

Salinas Grandes

 

Después de la imponencia de Uyuni, las Salinas Grandes no me parecieron grandes en absoluto. Podía fácilmente ver el final unos kilómetros más adelante. Pero al menos pude revivir la exquisita sensación del crujir de los granos de cloruro sódico bajo mis suelas :big-smil: Y en medio del formidable mantel blanco, un corredor rectangular de agua cristalina reflejaba el cielo azul y la sierra andina al fondo, sobre el cual decenas de turistas jugaban con las refracciones mientras disparaban con sus lentes desde todos ángulos. Por supuesto, eso nos incluía a nosotros.

 

Salinas Grandes Argentina

 

Hipnotizado y cegado por la eterna luminancia, Max propuso seguir nuestro camino. Salimos del salar y nos paramos frente al estacionamiento del restaurante. Pronto, me di cuenta de lo difícil que sería ahora coger un ride hasta la frontera. Todavía teníamos 350 kilómetros por delante y todos los autos particulares se estacionaban en el salar, para luego regresar hacia Purmamarca.

 

Un par de señoras se acercaron en su coche hacia nosotros, y nos propusieron dejarnos un poco más adelante, para llamar más la atención de los conductores. Ahí, nos dispusimos a ser recogidos por uno de los escasos vehículos que transitaban hacia el oeste, no sin antes rellenar nuestra botella de agua en el solitario taller que estaba frente a nosotros.

 

Antes de iniciar mi aventura, había leído que la ruta 52 y el Paso de Jama eran una de las rutas más importantes para el comercio entre el Cono Sur y Chile. Por tanto, la había imaginado repleta de autos y trailers que transportaban pasajeros y mercancías de un lado a otro. No había mucho más a dónde dirigirse en esa carretera. Pero, al parecer, mis expectativas fueron erróneas :zsick:

 

Max y yo nos sorprendimos de lo surreal que la escena se había vuelto. Nos vimos varados pidiendo un aventón a la orilla de una solitaria carretera en mitad de un desierto de sal… y no había un coche a la vista; solo el lejano horizonte delimitado por la cordillera andina.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

Por fortuna, Max todavía tenía batería en su celular, y revisó nuestra ubicación en su GPS para buscar una posible solución. Al parecer, había un diminuto conjunto de casas con una desviación cerca del Lago de Guayatayoc, a unos 13 km más adelante. Creímos que tendríamos más posibilidad de conseguir un ride si nos parábamos en el cruce de las dos vías, donde quizá, habría más tráfico vehicular. Sin autos a la vista, decidimos caminar :crying:

 

Acalorado y con 11 kilos en mi espalda, comenzamos a andar por la eterna Puna de Atacama. El paisaje cambió de un suelo blanco a un tapete de tierra adornado con pequeños pastos custodiados por una cadena de montañas a sus espaldas. Decenas de vicuñas pastaban a lo lejos, borradas por la óptica de un sol ardiente que nos impedía acercarnos más a ellas :confus:

 

Parte argentina de la Puna de Atacama

 

Inútilmente, alzábamos nuestros brazos cada extraña vez que un coche nos rebasaba. El tiempo pasaba y apenas habíamos contado 3 kilómetros en los letreros de la ruta :zsick:

 

Casi una hora de caminata después, una familia detuvo su camioneta. Una señora se bajó y nos abrió la parte trasera, invitándonos a subir en la batea, bajo una carpa roja que iluminó nuestros rostros con felicidad :D

 

Cuando conseguimos el aventón

 

Pero poco disfrutamos sentados sobre los costales. En la siguiente bifurcación el chofer se paró y nos abrió la puerta. Descendimos justo en la intersección de un camino de ripio, donde algunas construcciones se veían a lo lejos. Eso era 3 Pozos, la población que habíamos visto en Google Maps. Al parecer, era mucho más pequeña de lo que creímos :O_o:

 

La camioneta se alejó y nuevamente nos vimos en mitad de la nada. El GPS nos indicó que 3 km más adelante la ruta 52 se encontraba con la ruta provincial 11. Creímos que otro camino de asfalto nos daría más posibilidad. Así que sin perder los ánimos, caminamos otra vez, cada vez más cerca de nuestro destino.

 

La media hora transcurrió en completo silencio, sin palabra que saliese de nuestra boca ni un motor de automóvil que manejase junto a nosotros. Max y yo ya no sabíamos qué esperar :( El horizonte se empezaba a difuminar, cual espejismo, en un efecto de luminancia traslúcida. Tratábamos de racionar el agua, y no habíamos comido más allá de una naranja y cereales.

 

Cuando alcanzamos la ruta 11, no mucho cambió. La carretera parecía ser igualmente poco transitada, a pesar de ser formalmente las 4:30 pm :( Nos quitamos nuestras mochilas y nos sentamos junto a ellas en la tierra, resguardándonos del despiadado sol bajo la pequeña sombra que proporcionaba un letrero de kilometraje.

 

Con nuestras cabezas abajo, no nos dimos cuenta cuando un coche nos pasó de largo, suponiendo que al igual que los demás, seguiría su rumbo. Pero sin haber hecho ningún gesto de ayuda, la conductora se detuvo y nos llamó con su pitido ¿Era acaso posible? :ohmy:

 

Corrimos sin pensarlo dos veces y subimos a la parte trasera. Dos chicas italianas que se presentaron como Angela y Alessandra nos dieron amablemente la bienvenida a su auto rentado con el que recorrían Argentina.

 

Rápidamente volteé a ver a Max, y sin decir nada, ambos pensamos lo mismo: ¡Vaya destino! Horas antes habíamos tenido una larga charla sobre el porqué a Max le enamoraban tanto las mujeres italianas :D Y henos ahí, con dos hermosas romanas ante las cuales ambos caímos instantáneamente enamorados; más allá de su sexy acento, rasgos faciales o atractivas vestimentas, fueron las únicas con la solidaridad suficiente como para recogernos y llevarnos hasta Susques.

 

Camino al pueblo de Susques

 

Entre las Salinas Grandes y el Paso de Jama, Susques era la única verdadera población. No tengo una remota idea del porqué esas italianas querían llegar hasta Susques. Quizá solo por los hermosos paisajes que rodeaban a la carretera. Y 50 km más adelante, arribamos a la diminuta comunidad cuando eran ya casi las 6 de la tarde. Nos despedimos de Angela y Alessandra mientras tomaban fotos antes de manejar de regreso a Purmamarca. Max y yo caminamos hasta la entrada del pueblo para probar suerte antes del anochecer.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

Las verdes estepas habían desaparecido tras subir nuevamente las curvas andinas, que nos habían elevado hasta los 3600 metros entre mesetas y macizos áridos. Podía empezar a sentir cómo se resecaba mi piel, mis labios y mi boca :zsick: Era imprescindible acabarse el escaso litro de agua para mantenernos sanos. Definitivamente, queríamos salir de ahí.

 

De repente, avistamos un grupo de camiones de carga estacionados a la salida del pueblo. Hablamos con sus conductores para preguntarles si se dirigían al Paso de Jama. Nos dijeron que a esa hora ya nadie manejaría hasta allá. El paso fronterizo estaba a punto de cerrar, y a nadie le gustaba pasar una noche en Jama. Si la altura y el frío eran infernales en Susques, los 4200 metros en el Paso de Jama hacían volverse loco a cualquiera :O_o: Así que nos recomendaron probar suerte a la siguiente mañana, ya que una multitud de transportistas salían a diario desde el pueblo hasta Chile, y con seguridad, alguno de ellos nos querría llevar.

 

Algo decepcionados y con el sol descendiendo poco a poco :sad: Max y yo nos resignamos a tener que acampar otra noche junto a la ruta. Los comentarios de los choferes nos habían asustado un poco, y para empeorar más las cosas, la altura comenzaba a hacer doler mi cabeza :oops: Le propuse que buscásemos una tienda para comprar agua y aguantásemos un día más para llegar a Chile. Estábamos ya tan cerca, y no podíamos demorarnos más que eso.

 

Poblado argentino de Susques

 

Nos adentramos en la población en busca de agua. Tenía toda la pinta de ser un pueblo fantasma. Un solitario niño nos miró con extrañez, y nos indicó dónde encontrar la única tienda de la comunidad.

 

Decidido a cruzar la frontera al otro día, me atreví a gastar mis últimas 7 monedas argentinas, con las que compré cuatro plátanos, ya que el dueño, amablemente, llenó gratis mi botella con agua.

 

Volví con Max junto al aparcamiento de los camiones. Era el mejor sitio para acampar si queríamos conseguir un ride al otro día temprano.

 

Nos posamos junto a una pared de ladrillos que nos protegería de los vientos nocturnos y ahí alzamos la tienda. Cenamos una banana me tomé una pastilla para el soroche (mal de altura) antes de meterme en mi saco de dormir. Dejé mi ropa térmica junto a mí por si el crudo frío andino se hacía presente. Sin dinero y con solo fruta y agua en mi bolsa, no tenía más opción que llegar a Chile…

Mi viaje con la tropa argentina por los lares del norte había culminado. La tarde del 5 de enero habíamos dejado el Dique Cabra Corral y habíamos llegado de vuelta a la ciudad de Salta cerca de las 10 de la noche. De regreso en el apartamento de Guti, tomé mi tiempo para cenar, darme una ducha y empacar mis cosas, viéndome acostado en la cama después de la medianoche.

 

Al otro día me esperaba uno de mis más inusitados retos: debía llegar a la frontera chilena con 5 pesos argentinos en la bolsa :( ya que sacar dinero del cajero en Argentina representaba un tipo de cambio al dólar mayor, que no me favorecía en absoluto. Por supuesto, mi estrategia de viaje era hacer dedo.

 

Había pedido aventones en dos ocasiones durante mi estadía en España, e incumbe confesar que fue bastante difícil (cabe mencionar que en España está penalizado recoger gente en la carretera). Pero esta situación era bastante diferente: no tenía dinero, no estaba en un país en el que era residente, y sobre todo, esta vez me encontraba solo :unsure: Por eso, para mí esta sería mi primera experiencia real como hitchhiker (término angolsajón que designa al viajero que pide aventón con el dedo).

 

Preparé mi cuerpo y mi mente para ello. Sabía que el tiempo que me podía tomar coger un ride era muy variable, y con mi tienda de campaña me enfrentaría a dormir junto a la pista si me agarraba la noche. Cogí todos los víveres posibles para el viaje, incluyendo fruta, cereales, galletas y una botella con agua. Una ventaja en Argentina es que el agua es potable, lo que disminuía un gasto para mí :oops:

 

Utilizando la página hitchwiki.org (un wikipedia para viajeros hitchhikers que un buen amigo argentino me recomendó) planeé la mejor ruta para llegar hasta San Pedro de Atacama, la mejor opción para después tornar al norte y regresar a Perú.

 

Con mi trayecto preparado, prendí mi alarma para que sonara antes de las 8 am, y así poder comenzar mi hazaña temprano por la mañana. Pero el cansancio del día anterior (y un poco de mi irresponsabilidad inoportuna :blush:) me constriñó a seguir durmiendo después de golpear suavemente mi teléfono. Joaquín se despertó antes que yo, y al echar un vistazo al reloj (que marcaba las 10:30 am) supo que me había quedado dormido. No dudó en despertarme para que me apresurase a irme. Tenía 500 km que recorrer y debía hacerlo en 9 horas, antes de que me alcanzara la noche :eek:Vaya forma de empezar mi día—, pensé. No quise tomar una ducha, ni siquiera un café. No pensaba consumir más tiempo valioso.

 

En vista de que Guti no había regresado aún de su travesía alpinista por el Nevado de Cachi, decidí dejarle un mensaje escrito en su pizarra de la sala. Su hospitalidad había salvado por completo mi viaje y me había hecho conocer a excelentes compañeros.

 

En una muestra de amabilidad, Joaquín me obsequió $20 más ^_^ Con ello podría comprar comida si me llegase a hacer falta. Me acompañó hasta la parada en la avenida principal donde tomé el bus que me llevaría a mi primer punto hitchhiker: La Caldera.

 

Me despedí de él, y con ello, de todo un mar de recuerdos que inundarían mis memorias sobre Argentina para siempre. Ahora me enfrentaba a un destino incierto… completamente solo.

 

Mi desesperación se frustró más y más mientras el bus avanzaba a paso lento por la ciudad. Tomó la salida norte hacia el distrito de Vaqueros, hogar de la peculiar tía Fedra. Por tanto, sabía que no debía perderme, pues conocía tales rumbos.

 

Pasamos Vaqueros para adentrarnos en la boscosa carretera número 9, tal y como lo había planeado. El autobús iba lleno con una multitud de chicos de secundaria que, al parecer, iban de excursión. El bosque a ambas orillas de la ruta se hacía cada vez más frondoso. No sabía si pedir la bajada ahí, en mitad de la nada, o esperar a ver muestras de civilización.

 

El bus dio vuelta hacia la izquierda, pasando un puente y adentrándose en calles de concreto entre amplias casas de un solo piso. Pregunté si regresaríamos a la ruta 9, a lo cual una señora me contestó que no. Los chicos secundarianos pidieron la parada, justo frente a una montaña que dominaba el pueblo. Estábamos ya en la última parte de la comunidad de La Caldera. Pedí al chofer bajarme en su recorrido de vuelta, y me dejó en la plaza central, lo más cerca que pudo de la carretera.

 

Caminé de vuelta hasta la autopista, disfrutando a la vez del paisaje húmedo y verde que La Caldera me ofrecía. Ahora entendía qué tipo de actividades son las que los adolescentes buscaban en aquel refundido sitio: renta de cabañas, campings, senderismo y deporte de aventuras se ofertaban a lo largo del pueblo.

 

Entrada al poblado de La Caldera

 

Cuando me encontraba cruzando el puente, avisté en la ruta a una pareja de hippies haciendo dedo (mismos que no estaban ahí cuando entré a bordo del bus). De pronto, un auto se detuvo para recogerlos. Qué rápido consiguieron un aventón—, dije. Pero otra idea colmó mi mente: había espacio para uno más :ohmy:

 

Corrí con todo y mi equipaje en la espalda para no dejar pasar la oportunidad. Agitado, me acerqué a ellos y les pregunté: chicos, ¿van hacia el norte? Sí, vamos hacia Jujuy, contestaron. Un poco sonrojado :blush: pregunté si había lugar para uno más en el auto, a lo que contestaron con un rotundo no, porque llevaban demasiado equipaje :sad:

 

Un poco decepcionado, los vi partir solitarios por la ruta, y me dispuse a conseguir mi propio ride. Si ellos consiguieron uno en menos de 10 minutos, ¿qué tan difícil podría ser?

 

Tumbé mi mochila en la tierra y me coloqué bajo los árboles para protegerme del sol. Mi dedo pulgar aguardaba ansioso levantar mi antebrazo en una señal patrón que algún conductor debía forzosamente acatar… pero ningún coche se avistaba tras la curva :(

 

Pronto, un amigo inesperado se unió a mi osada proeza. Un perrito que huía del calor se acostó junto a mi equipaje. Si bien me sentí cautivado, sabía que podía ser contraproducente. Si un conductor veía al perro junto a mí, creería que viajaba conmigo, y reduciría mis posibilidades de subirme al auto. En efecto, no muchos se sienten cómodos con un animal peludo a bordo.

 

Me dispuse a hacer una maniobra estratégica, y escondí al menudo canino detrás de mi mochila. De esa forma, no me sentiría tan vil por echar a un perrito de mi lado :rolleyes: y no me arriesgaría a prolongar más mi ya retrasado viaje.

 

El minutero avanzaba y un exiguo número de coches habían apenas pasado por la carretera en dirección al norte. Era ya difícil mantener la sonrisa en mi rostro con tal de mostrarme ameno ante los automovilistas :zsick: Mi cuerpo se veía andar de aquí para allá, buscando que su sangre circulara por las piernas, ya cansadas de yacer paradas en el mismo sitio. E hincadas o sentadas, buscaban un alivio a la inminente desesperación :crying:

 

Cuando mi reloj marcaba más de las 3 pm, y cuando había perdido muchas de mis esperanzas luego de casi 2 horas de aguardo, un nissan sentra se detuvo unos metros delante de mí. Corrí a alcanzarlos con mi mochila al hombro. Sube—, exclamaron. Y justo después de cerrar la puerta, la chica me preguntó: ¿Y el perro?...

 

Solté una sonrisa que ocultaba un pequeño dolor por dejar al tierno animalito abandonado en la soledad de la autopista. No viene conmigo—, respondí. Lo sentía mucho, pero no podía permitirme viajar con una mascota. Ante todo, hallarme a bordo del vehículo de una pareja que estaba dispuesta a transportar a un desconocido con su perro me hizo saber lo excelente personas que eran ambos :)

 

Florencia y Martín eran de Buenos Aires, y viajaban en su auto simplemente para conocer su país desde el centro hasta el norte. Habían financiado su travesía vendiendo algunas cosas que ya no necesitaban, lo que me demostró que la voluntad siempre lo puede más ;)

 

Mientras exponíamos unos a otros un poco de nuestras vidas, avanzábamos por la ruta 9, que nos revelaba hermosos y verdes paisajes en ambos de sus extremos. Pero lo que a simple vista desde el Google Maps parecía una corta distancia se convirtió en un trayecto sinuoso, que obligó a Martín a manejar a una lenta velocidad.

 

La ruta 9 hacia Jujuy

 

Las curvas ascendían por las yungas salteñas, dejando al desnudo profundos acantilados cubiertos de un frondoso follaje. La carretera se hacía cada vez más angosta para abrirse paso entre la maleza, y sabíamos muy bien el peligro que eso representaba, sobre todo conduciendo del lado del precipicio. Sin duda, me di cuenta de que esa no era la misma ruta por la que había llegado a Salta desde Humahuaca, hace casi dos semanas.

 

Yungas de la Ruta 9

 

Nuestro vértigo se acentuó de manera estrepitosa cuando detrás de una curva apareció una escena espeluznante: un coche había caído por el acantilado :eek:

 

El vehículo se encontraba atrapado entre las ramas de los enormes árboles que, por fortuna, amortiguaron su caída y evitaron un mortal accidente. La carretera estaba cerrada por el carril norte, donde se podían apreciar las marcas de las llantas que recién habían derrapado sin control. Por fortuna, y según vimos, no hubo muertos ni heridos de gravedad :oops:

 

Con toda la precaución posible, Martín optimizó su concentración al 100%, y seguimos adelante hacia nuestro destino: la ciudad de San Salvador Jujuy.

 

A unos 120 km al norte de la ciudad de Salta, San Salvador de Jujuy es la capital de la provincia de Jujuy, el departamento más septentrional de toda Argentina. A pesar de haber pasado varios días en el norte y centro de Jujuy con Nico y Rocío, no habíamos querido detenernos en la ciudad capital, que según sabían, poco ofrecía a los visitantes. Y al parecer, algo similar pensaban Florencia y Martín :huh:

 

Me dijeron que querían parar en la ciudad solo para no dejar de ver su centro histórico. Pero que si no había mucho más que hacer, no pasarían la noche ahí; en cambio, buscarían resguardo en Purmamarca, pueblo más al norte que me dejaba mucho mejor ubicado para seguir mi camino rumbo a Chile.

 

Así que hicimos un trato: en lugar de dejarme en la carretera, los acompañaría al casco viejo de Jujuy e iríamos a la oficina de turismo. Allí decidirían si quedarse (y yo tomaría un bus a la autopista para pedir otro ride) o si seguían su camino y me dejaban en Purmamarca.

 

Luego de aparcar el auto frente a la Plaza de Armas, no vacilamos mucho para hallar el centro de atención. Seguido de un rápido vistazo al folleto informativo, decidieron que, en efecto, dormirían esa noche en Purmamarca :rolleyes: Y feliz por el oportuno fallo, me dispuse a conocer el centro histórico de la ciudad.

 

Como es costumbre en las ciudades de la España Colonial, en los alrededores de la Plaza Belgrano (plaza central) se encuentran los edificios de gobierno y la catedral. El Palacio de Gobierno me pareció una construcción exquisita. Una mezcla de estilo colonial neoclásico con elementos de Italia, cuya influencia en toda Argentina es bastante notoria.

 

Palacio de Gobierno de Jujuy

 

Entramos para conocer sus impecables interiores, con la silla presidencial de la provincia y las banderas de todos los departamentos del país. Desde su sala principal, tuvimos una vista muy bella del zócalo de la ciudad.

 

Plaza Belgrano en Jujuy

 

Salimos del palacio y seguimos por la catedral de estilo barroco mixto, donde no me pude dar el lujo de pagar $5 para la entrada :unsure:

 

Caminamos por su calle principal, General Belgrano, llena de comercios y establecimientos de comida. Resistiéndome a cualquier tipo de tentación que involucrase el intercambio de monedas :O_o: acepté un poco de la coca cola que me ofrecieron Flor y Martín para subir mis niveles de azúcar y aguantar el hambre hasta la noche, apaciguada menormente por un proteínico plátano que cargaba en mi bolsa y que no dudé en comer.

 

Iglesia y Ex convento en Jujuy

 

Unas cuantas vueltas por el centro fueron suficientes para los tres turistas, que antes de que se hiciera más tarde, volvimos al coche para emprender el camino a Purmamarca.

 

Al dejar atrás la capital, súbitamente el paisaje circundante cambió. Las verdes y húmedas yungas que resbalaban por las colinas orientales de la cordillera andina de pronto me llevaron de vuelta a las áridas quebradas que antecedían al altiplano. Los colores desérticos, del marrón al rojo, cautivaron los ojos de Flor y Martín. La Quebrada de Humahuaca me dio la bienvenida de regreso una media hora después de conducir por la ruta 9.

 

Tomamos la desviación hacia la ruta 52. Ahora me sentía bastante seguro y mucho más cerca de mi destino. La ruta 52 era el camino comercial más transitado que comunica al Cono Sur de Sudamérica con Chile. Había leído que muchos de los solitarios traileros de Brasil, Paraguay y Argentina tomaban esta autopista para llegar hasta Chile, y el primer destino después de la frontera era precisamente San Pedro de Atacama. No había mejor conductor que me recogiese que un trailero comerciante. El plan era simplemente perfecto :rolleyes:

 

Tan sólo 3 km de iniciada la 52, arribamos a Purmamarca, pueblo que ya había tenido la suerte de visitar con Nico y Rocío antes de Navidad.

 

Flor y Martín me dejaron en la entrada del pueblo, y se despidieron de mí para ir a buscar donde pasar la noche. Mientras tanto, corrí hasta la autopista para tratar de coger un aventón. Eran ya las 6 pm y había 400 km que me separaban de mi objetivo :wacko: Quería al menos llegar a la frontera y acampar allí, para cruzar al otro día temprano.

 

Todavía pasaban algunos coches hacia el oeste, y no había muchas opciones. En esa dirección, después de Purmamarca, casi no había poblados, y mucho menos un hostal donde hacer noche. La gente que transitaba eran, quizá, locales que se dirigían a sus casas en las rancherías o traileros que harían noche antes del paso fronterizo, que para esa hora, seguro ya estaba cerrado.

 

Mientras la mayoría de los viajeros se paseaban por el lugar buscando un camping o un hostal, a lo lejos avisté a un chico que alzaba su dedo en petición de un aventón. En su gran letrero se leía Paso de Jama. Sí, sabía que, precisamente, en esa dirección no había muchos otros lugares a donde ir, sino al cruce fronterizo. Me acerqué a él y me presenté.

 

El chico era Maximiliano, y entre su escaso español y mis pocos conocimientos de portugués, se presentó como Max. Un joven carioca que se había alejado de las favelas do alemão por unas semanas, y había viajado a dedo desde su natal Río de Janeiro hasta las tierras norteñas de Argentina para conocer las maravillas de sus países vecinos.

 

Las historias de sus osadas y largas travesías por rides, llegando a recorrer más de 500 km en un solo día, me dieron mucha más seguridad :smug: y me alentaron para, con su consentimiento, unirme a él en la búsqueda de un alma solidaria que nos transportase hasta Atacama.

 

En la carretera de Purmamarca

Locales en la carretera 52

 

Ningún coche se detenía :confus: y poco tiempo pasó para que la carretera se vaciara, y para que el sol comenzara a descender en el horizonte. Un conjunto e intimidante grupo de nubes se avecinaban desde el norte. Supimos que era tiempo de abortar la misión y buscar un buen lugar donde dormir :ohmy:

 

Me sorprendió saber que Max viajaba sin una carpa, y que con el poco dinero que tenía no podía pagar muchos hostales. Según me contó, había dormido en repetidas ocasiones en estaciones de bus o bajo pequeños techos. Y precisamente eso fue lo que me propuso :huh:

 

Contradiciendo en absoluto su proposición, le dije que yo había estado ya en Purmamarca y sus zonas aledañas. A pesar del caluroso verano, el frío durante la noche era fuerte y penetrante, y no pensaba echarme a dormir sobre el frío y duro concreto :angry: No con una casa de campaña en mi espalda. Así que lo invité a que acampásemos juntos, y buscamos un terreno donde montar la carpa.

 

Caminamos hacia el lado posterior del pequeño pueblo. Recordaba un lugar al final del sendero del Cerro de los 7 colores. Y ahí, sobre un rojizo montículo de arena y protegidos del viento, armamos nuestro dormitorio temporal.

 

El mejor lugar para acampar en Purmamarca

 

Dejé a Max por un momento para ir a comprar agua embotellada, ya que el agua pública de Purmamarca no era apta para beber. Si debía gastar mis últimos $20 que adquirí gracias a Joaquín, lo haría en algo completamente esencial. Sabía que pasaría al menos otro día viajando a dedo y, al menos, tenía que estar bien hidratado :zsick:

 

M despedí de $13 entre el agua y algo de fruta que adquirí en una tienda de abarrotes. $7 era la modesta cantidad que hasta entonces colmaba mi bolsillo :crying:

 

Pero cuando volví a la carpa, Max me quiso agradecer por darle alojo en mi cómoda habitación móvil :ohmy: Sacó de su mochila un baguette, jamón, queso, galletas y un jugo. Entonces, me sentí agradecido por hacerle caso al destino, que al unirme con él se aseguró de que aquella noche no pasara hambre :big-smil:

 

Cenamos alegres bajo nuestro techo, mientras el cielo se oscurecía, y daba paso al resonar de los truenos y relámpagos que iluminaban por segundos las translúcidas paredes de la tienda.

 

Cual orugas nos enrollamos dentro de nuestros sacos de dormir y nos tapamos hasta la cabeza para conciliar el sueño. Programamos nuestra alarma para que sonara justo al alba, para comenzar una nueva jornada, en aras de alcanzar juntos la línea chilena…

Habían pasado apenas 5 días desde que inició el año, y el abrasador alba a las 8 de la mañana me despertaba bajo el techo de una casa de campaña. Sin duda eso me hizo recordar que no estaba en casa. Hacía ya un mes que había salido de México y parecía increíble que siguiera con mi viaje a tantos kilómetros de donde lo inicié :ohmy:

 

Argentina me había acogido ya por varios días, incluyendo Navidad y el 31 de diciembre, y no me sentía listo para dejarlo atrás, después de tantas mágicas experiencias. Pero el final se acercaba y tenía que aceptarlo :( Mientras lo inevitable llegaba, me dispuse a disfrutar de mis últimas jornadas en el maravilloso Cono Sur.

 

Aquel día nos levantamos en el camping para dejar Cafayate y regresar a Salta. Como ya era costumbre, Joaquín preparó el mate para desayunar. Al refrigerio se nos unió nuestro vecino, un chico de Rosario que recorría las tierras de su país.

 

Flor y Luchi entablaron conversación con él, remembrando “cómo la habían pasado:huh: La noche anterior, después del enorme asado que cenamos, caí profundamente dormido en mi sleeping bag. Sin poder darme cuenta, Flor y Luchi se hicieron amigas del vecino y su amigo, y después de la medianoche salieron de joda por el pueblo.

 

Al parecer, entre bailes folclóricos en las peñas se habían prolongado los tragos y el vecino había invitado las cervezas. El desvelo era entonces bastante notable en todos ellos (a excepción de Luchi, quien lucía igual de entusiasta y enérgica que siempre).

 

El chico trató de curar su resaca con cacahuates y jugo, lo cual no me parecía una excelente idea :wacko: Pero al ser nuestro último día, no teníamos mucho que ofrecerle, más que mates y galletas.

 

Luego del ligero desayuno empezamos a desmontar el campamento. Para ese entonces, yo ya me había vuelto experto en deshacer mi carpa, lo cual podía lograr en menos de 5 minutos ;)

 

Subimos todo de vuelta al coche y nos despedimos de los vecinos. Antes del mediodía nos dirigíamos de nuevo a Salta y le decíamos adiós a Cafayate, después de dos días de inolvidables aventuras.

 

Había perdido de vista a Rocío y Nico, que se habían hospedado en Cafayate en casa de una amiga de su tía. Sabía que no los volvería a ver, pues cuando volviesen a Salta sería solo para coger sus maletas y viajar hacia Córdoba. Nuestros caminos se habían bifurcado en direcciones opuestas y, sin haber tenido la oportunidad de decir adiós, se convertían en otro par de amigos que entraron y salieron de mi vida cual estrellas fugaces.

 

Debo aceptar que durante los primeros minutos dentro del coche me llené de una profunda tristeza :crying: en cierto modo, les había tomado un cariño especial a ambos. Habíamos pasado muchas cosas juntos desde que nos topamos en Perú, y fue gracias a ellos que me animé a cruzar a la Argentina. Pero estos son los gajes del oficio backpacker :zsick: Al viajar, uno debe estar consciente de que se trata de un modo de vida temporal y muy diferente al sedentarismo tradicional. El destino nos cruza con una y otra persona distinta cada día, algunas de las cuales pueden llegar para cambiar nuestro rumbo, y otras son almas pasajeras que poco a poco se abonan en un recuerdo. Pero en la mayoría de los casos llega a su final, que para bien o para mal es necesario para continuar nuestras vidas, así tan duro como pueda ser.

 

Me dispuse a escribirles un mensaje de agradecimiento para cuando regresase a Salta, deseándoles buena suerte. Al fin y al cabo, sus planes eran volver a La Pampa y establecerse en un lugar que yo no conocía, y para mí no hay nada mejor que pensar en un reencuentro en el futuro :)

 

Dejando atrás la melancolía, me obligué a disfrutar del momento, allí y ahora. Solo viviría una vez aquella experiencia en mi vida y no deseaba desperdiciarla entre malos pensamientos que allanaran mi mente.

 

Para salir de Cafayate tomamos la misma ruta que al venir, la ruta 68. El día era hermoso. El sol se posaba justo sobre nosotros iluminando un infinito cielo azul, salpicado por las pinceladas blancas que se presumían como nubes.

 

Mis manos, casi involuntariamente, sujetaban el objetivo de mi réflex apuntando hacia la ventana, en busca de una toma perfecta del paisaje circundante. Pero el movimiento del coche y el viento que penetraba con fuerza hacían la tarea aún más difícil :O_o:No te preocupes me dijo Alejandrina, al instante en que detenía el vehículo para aparcar a un costado de la carretera y permitirme bajar para captar la majestuosidad del lugar.

 

Detalle de las rocas a la orilla de la ruta 68

 

Varios macizos de un cobrizo anaranjado parecían sonreír para que les tomase una foto adornados por la desdeñable vegetación.

 

 

Paisaje en la ruta 68

 

La casi vacía carretera me permitía cruzar de un lado a otro para conseguir los mejores ángulos de las enormes formaciones rocosas.

 

Joaquín y yo al lado de la ruta 68

 

No pude evitar acercarme hasta ellas para sentir su áspera superficie, que me transportaba de vuelta a los colores de las quebradas en Jujuy, que me habían dejado atónito hace apenas algunas semanas atrás :big-smil:

 

Ruta 68 Argentina

 

Luego de algunas fotografías, Flor me cedió el puesto del copiloto al frente del auto para poder obtener las mejores vistas con mi cámara. Desafortunadamente, de ellas capturé pocas :( ya que mi batería se agotaba y debía conservarla con recelo, pues aún nos faltaba un lugar por ver: el Dique Cabra Corral.

 

La autopista nos llevó hasta una pequeña población, desde donde se debía coger la desviación hacia el Dique. Pero muchos estábamos algo hambrientos, sobre todo las desveladas Flor y Luchi, que aún necesitaban reponer las fuerzas perdidas en su noche de parranda.

 

Hallamos un buen y barato restaurante donde comer, y cuando tomamos asiento buscábamos algo que picar, como unas empanadas y una coca cola. Pero algo más nos llamó la atención :light:

 

 

La mesera, que también era la cocinera, nos ofreció el menú de la casa: un pejerrey servido con papas fritas. Parecía que el pejerrey era un pescado bastante común y tradicional en las aquellas tierras salteñas. La cara de Alejandrina se extasió al escuchar la palabra que denominaba, según ella, al pescado más sabroso de todos los tiempos.

 

No quise perder la oportunidad de probar un platillo que parecía tan típico de la zona :sneaky: y seguidos por Ale y por mí, cada uno de los 5 pedimos el pejerrey.

 

La espera por la comida se prolongó por un largo rato, en que nos desesperamos poco a poco mientras sentíamos nuestros estómagos rugir :confus:

 

La llegada de dos platos de salsas de ají anunció la del platillo principal. El burbujear de la coca cola en mi vaso, sumado al olor del enorme pescado frito que la mujer posicionó frente a mis ojos fue la mejor combinación gastronómica que había tenido desde las empanadas en casa de Gustavo <3

 

Cuando menos lo esperé, todos nos quedamos sin habla y nos dimos a masticar el exquisito guiso, satisfaciendo a nuestro organismo con tal delicia.

 

Totalmente complacido, pagué mi parte de la cuenta, y me di cuenta de algo espeluznante: sólo me quedaban 5 pesos argentinos en mi cartera :eek: Tenía pensado salir al otro día temprano rumbo al Paso de Jama y cruzar a Chile, pero al parecer tendría que hacerlo al estilo mochilero: pidiendo ride :unsure: Además de todo, no quería sacar más dinero del cajero en Argentina, pues el cambio de divisas oficial me afectaba al doble de lo que había obtenido en el paso boliviano, lo cual me obligaba a sobrevivir con 5 pesos hasta llegar al país vecino. Sin duda sería un nuevo reto que tendría que vencer en este viaje :oops:

 

A pesar de mis preocupaciones económicas y sin contar a nadie mis penurias (las cuales sé que superaría con sabiduría), pagué contento mi platillo, que fue el mejor manjar probado en un largo tiempo :P

 

Con los estómagos bastante saciados regresamos al coche y manejamos hasta el Dique, que se encontraba a pocos kilómetros al este del pueblo.

 

Se trata de un embalse artificial creado por una represa de agua, la cual alimenta a una planta hidroeléctrica. En esta enorme laguna confluyen algunos ríos del norte argentino.

 

El primer acceso desde el diminuto pueblo de Coronel Moldes nos condujo a una bahía donde se aparcaban algunos autos y personas. Sólo al bajar del coche percibimos la suciedad que inundaba las playas de la laguna :O_o: Sinceramente no era lo que esperábamos y no quisimos permanecer ahí mucho más.

 

Alejandrina nos dijo que existían más lugares habilitados para pasar el día junto al lago y nadar en el agua. Ya que estábamos ahí, no quisimos dejar pasar la oportunidad.

 

Avanzamos pocos kilómetros más adelante hasta que llegamos a un hotel-restaurante, llamado simplemente El Dique. Ubicado en la altura de un acantilado, el hotel poseía un único acceso con escaleras hasta la orilla del lago, además de zonas de descanso para sus huéspedes.

 

Alejandrina preguntó en la recepción si era posible bajar hasta la orilla, ya que la propiedad está privatizada por el complejo. La señorita nos indicó que necesitábamos comprar alguna bebida o bocadillo para tener derecho a pasar. Un poco sonrojado por una única y poco valuada moneda en mi bolsillo :blush: los demás aceptaron la propuesta, ofreciéndose a pagar una jarra de limonada.

 

Pasamos la recepción y el restaurante hasta dar con las escaleras, que bajaban hasta una pequeña palapa mirador. Desde ahí, pudimos descender por el pasto hasta un modesto muelle de madera que flotaba sobre el lago. Agobiados por el intenso calor, nos despojamos de nuestra ropa y nos lanzamos al agua :big-smilB:

 

Joaquín y yo disfrutando del agua del Cabra Corral

 

La temperatura era perfecta para refrescarnos debidamente. Por un momento olvidé que no sabía nadar bien :eek: y regresaba al muelle de vez en cuando, para sujetarme de lo tubos que lo sostenían por debajo.

 

Una pareja con sus dos hijos se nos unieron en el recreo acuático. El verano se hacía presente en el norte y los vacacionistas parecían estarlo aprovechando al máximo.

 

Detrás de nosotros la laguna se extendía en parte de su esplendor, cuya vista se veía interrumpida por los montes zigzagueantes que dibujan su irregular forma de trípode. Sobre el agua se avistaban algunas embarcaciones pequeñas y algunas casas flotantes. Y a lo lejos, se divisaban más zonas de recreo en la orilla.

 

Embalse Cabra Corral

 

Poco después de haber arribado, un hombre se acercó para ofrecernos paseos en lancha, ski acuático y todo tipo de deportes náuticos. Al parecer organizaba grupos diarios para darles un recorrido general por el embalse. Sin embargo, refutamos desde el inicio, pues sabíamos que no permaneceríamos más allá de una pocas horas.

 

Después de varios clavados al agua subimos al mirador y pedimos la prometida limonada a los meseros, que sació incluso más el calor. Nos tumbamos en el césped y nos preparamos para varias partidas más de truco.

 

 

Flor, Joaquín y yo en el embalse Cabra Corral

 

Antes de que el día se esfumara, nadamos otro rato en el lago, para luego secarnos sentados en el muelle. El atardecer nos alcanzó en la bahía, y disfrutamos de una nueva puesta de sol desde la comodidad y el aislamiento del embalse.

 

La tropa en un atardecer tras el dique Cabra Corral

 

Ya casi sin luz del sol, cogimos nuestras cosas, pagamos la jarra y regresamos al coche para, ahora sí, regresar a Salta. Manejamos poco menos de una hora hasta llegar a la gran ciudad.

 

Y por si mi mente y mis emociones no se hubieran revuelto lo suficiente con la inexistente despedida de Nico y Rocío :sad: al bajar del coche tuve que despedirme de Ale, Flor y Luchi, sabiendo que, mientras ellas disfrutaban del resto de sus vacaciones en casa, yo debía partir a la siguiente mañana con rumbo a su país vecino de occidente.

 

Las tres me habían brindado la hospitalidad y calidez que nunca hubiera esperado de una estereotípica Argentina, lo cual les agradecería eternamente <3

 

Entre abrazos y buenos deseos, Joaco y yo volvimos al apartamento de Guti, quien hasta entonces no había regresado de su travesía en el Nevado de Cachi. Preparé mi maleta y las provisiones que me quedaban hasta llegar a Chile. Tomé una ducha antes de dormir y traté de pensar en que lo mejor estaba por llegar, sin preocuparme más por mi vacía billetera.

 

Me esperaba una larga jornada totalmente desconocida: mi primer viaje hitchhiker completamente solo...

 

Pueden ver el resto de las fotografías aquí:

 

 

Despertamos nuestra primera mañana en Cafayate dentro de nuestras casas de campaña, con un clima muy distinto con el que se amanecía en Jujuy. El calor se hacía inminente cuando los rayos del sol pegaban sobre el techo de mi carpa a temprana hora. Las ramas de un árbol nos protegieron ligeramente del radiar del verano que nos hizo abrir poco a poco los párpados.

 

El camping se había mantenido medio lleno hasta el momento. Algunos nuevos vecinos habían aparecido alrededor. La mayoría argentinos que aprovechaban el verano para recorrer de norte a sur su hermoso país. Otros, quizá más extremos, que viajaban por el mundo como forma adaptada de vida. Era el caso de los italianos con su ostentosa casa rodante que se posaba en el medio del jardín :ohmy: Su bien equipado exterior color militar opacaba a cual más instalada tienda que la adornaban en un círculo de colores.

 

Al fondo del seco pastizal se alzaba nuestro modesto campamento, compuesto por el coche de Alejandrina y dos pequeñas carpas.

 

Nuestro camping en Cafayate

 

Tomamos un ligero desayuno para empezar el día. Antes de que pudiese sacar la empanada del día anterior de su bolsa de plástico, Joaquín y Ale tenían ya listo el primer mate del día ¡Vaya si los argentinos eran realmente adictos a aquella hirviente bebida! :eek:

 

Optamos por fruta y algo de yogurt para empezar el día. Reservamos los sándwiches de jamón y algunas empanadas que habían sobrado para recobrar fuerzas en la larga caminata que nos esperaba para la tarde, nada más y nada menos que en las 7 cascadas del río Colorado, bastante conocidas en toda la provincia de Salta.

 

Los viajeros y campers nos habían ya recomendado visitar el sendero que dibujaba el río, pero nos habían advertido sobre la longitud y dificultad del mismo, sobre todo si pretendíamos avistar las 7 caídas, separadas entre sí por varios metros.

 

Así que después del pequeño refrigerio nos preparamos con tenis, botas de trekking, ropa ligera, alguna cámara de fotos, algo de comida, agua y bloqueador solar en las mochilas. No debíamos cometer el mismo error que en Alemanía, así que nos encaminamos con el menor peso posible.

 

Las 7 cascadas no están muy lejos de Cafayate, aunque para llegar caminando se tarda más de una hora, lo que sumado a la caminata en la Riviera del río representa un mayor cansancio :zsick: Por ello, manejamos para atravesar los viñedos del suroeste de la localidad hasta un sitio donde dejar el coche. Aquellos plantíos de la legendaria fruta de la vid me hicieron sentirme en un pueblecillo francés :rolleyes: Como ya mencioné en el relato anterior, Cafayate es bien conocida en toda Argentina por su alta producción de vinos.

 

Avanzamos unos 6 km por un camino de ripio que empolvó la carcasa del auto y que nos hizo despegarnos del asiento hasta el techo en repetidos saltos. Decenas de aventureros que se dirigían al mismo sendero que nosotros alzaban el dedo pulgar en señal de ride, más nuestra solidaridad se vio opacada por el reducido tamaño del vehículo, que con todos dentro se había llenado a tope :sad:

 

Tras varios minutos en que las llantas pusieron su mayor resistencia al incómodo a irregular tramo carretero, llegamos a una pequeña villa turística, donde se ofrecían servicios de alojamiento, camping, alimentos y estacionamiento, donde decidimos dejar el coche por un módico precio. Además, grupos de personas se acercaban a nosotros y a todos los turistas ofreciéndonos un recorrido guiado por las cascadas, sin prometernos poder ver las siete.

 

Nos rehusamos desde el principio, pues no queríamos pagar. Pero la insistencia era mucha. Todos murmuraban sobre la dificultad del camino, sobre la inexistencia de un sendero marcado o sobre la pérdida y la muerte de turistas en el pasado.

 

Algunos de nuestros rostros se mostraron consternados :mellow: pero Alejandrina se mantuvo firme. Buscaba relajarse en medio de la naturaleza y lo que menos deseaba era estar acompañada de un extraño que anhelase plata. Y aunque debo aceptar que me preocupé un poco al principio, quise ser optimista y apoyar la decisión de Ale. Después de todo, yo tampoco quería vaciar más mi billetera :blush:

 

Después de un rotundo no al guía (quien se mostró cero profesional y poco amable, debo decir) otros dos o tres se acercaron a nosotros contándonos la misma aterradora historia. Esta vez sí que nos hicieron enojar :angry: si tan peligroso era el camino, entonces quizá debería estar prohibido entrar sin guía. Y al ver que varias personas se aventuraban por sí solas, supusimos que no estaríamos solos en nuestra travesía. Después de todo, lo que había que hacer era seguir el curso del río, del cual no había ninguna manera de salirse.

 

De la villa caminamos sólo algunos metros hasta llegar a la caseta de entrada, donde nos registramos en una libreta de seguridad del parque. La recepcionista nos dio la bienvenida, sumada a recomendaciones generales sobre el trekking. Cuando preguntamos el tiempo aproximado para llegar a la primera cascada nos contestó: Depende de qué tanto se pierdan para llegar, respuesta tal que nos hizo dudar un poco :oops: Pero su cara optimista nos hizo saber que era muy normal serpentear varios minutos en busca del mejor camino, lo cual a veces te obliga a volver y perder más tiempo.

 

En fin, fuese lo que fuese lo que nos esperaba allá adentro, estábamos ahí y estábamos emocionados :big-smil: Con eso, nada podría salirnos mal. O eso creíamos.

 

Justo tras pasar la caseta de registro, nos internamos en un matorral de plantas secas que dibujaban un laberinto de caminos :O_o: Nos vimos en una terrible confusión que duró algunos minutos, en los que fuimos y volvimos serpenteando entre los arbustos. Pero la aparición de otro grupo de turistas guiados por un local nos indicó el mejor sendero para seguir adelante. Empezaba a dudar un poco sobre la desestimación de un guía.

 

No obstante, no hizo falta recorrer generosas distancias para llegar a la orilla del río, cuyo cauce en un principio parecía bastante angosto. Y lo donde se extendía un inmenso llano de arena y rocas de pronto se alzaban pequeñas montañas a ambos lados de la Riviera, que formaban en su prolongación una especie de cañón arbolado.

 

Entrada al parque de Río Colorado

 

Caminamos los primeros metros sin ver a muchas personas alrededor. Como bien dijeron los guías, no existía un sendero marcado que recorrer. Así que tuvimos que ir improvisando el mejor modo de avanzar.

 

Primero lo hicimos por la parte baja de la montaña, justo al lado del río. Pero las paredes de piedra comenzaban a cerrarnos cada vez más la senda :unsure: Así que debimos subir y caminar por la empinada cuesta de las montañas, donde descubrimos que las pisadas de los muchos turistas que lo recorría habían ya marcado un ligero pero evidente camino.

 

Seguimos las pisadas, esquivando las ramas puntiagudas de los arbustos y ayudándonos de vez en cuando en donde el camino se cerraba, y había que escalar o pasar de lado las paredes verticales que sobresalían.

 

Primera cascada

 

Llegamos a una primera caída de agua, la cual no estábamos seguros si era o no la primera de las siete cascadas. El camino parecía habérsenos cerrado, y de una u otra forma habíamos terminado en la parte baja. Al no hallar personas que nos guiaran, nos metimos a una pequeña cueva que se formaba por las rocas apiladas justo a la cascada. Y retorciendo nuestros cuerpos cual lombrices, logramos escalar hasta la zona alta, donde encontramos de vuelta el sendero y seguirnos el andar.

 

Ale y Joaquín pasando la cueva

 

Era ya mediodía y el sol estaba en su máximo punto cenital. Justo sobre nuestras cabezas, sus rayos calcinaban nuestra piel y hacían a nuestros poros evacuar gota tras gota de sudor :zsick: Por tanto, nuestra crema solar y litros de agua fueron esenciales para la travesía.

 

El grupo de trekking

 

El río se adentraba más y más en el cañón. Lo recorríamos a contracorriente y parecía que el camino se volvía cada vez más sinuoso. Cambiaba frecuentemente de una orilla a la otra. Había que cruzar el río saltando rocas y esquivando el resbaladizo moho. Flor tuvo algunas dificultades con eso, y al final prefirió mojar sus tenis por completo para evitar caer por las piedras :D

 

Más adelante nos topamos con más y más jóvenes que transitaban de ida y vuelta los senderos del Colorado. Les oímos decir que habíamos llegado a la segunda cascada. Tal parecía que la que habíamos avistado sí era la primera :huh:

 

Para ese entonces nos encontrábamos del lado izquierdo del río, muy por encima de él. Seguimos andando por el ya casi invisible sendero que seguía subiendo hasta unos acantilados. Allí, tuvimos algunas pequeñas vistas de la cascada, pero no parecía que pudiésemos bajar.

 

Acorralados en el acantilado

 

Por tanto, dimos marcha atrás hasta bajar al nivel del agua. Allí vimos cómo los viajeros utilizaban una ruta baja para llegar a las demás cascadas, que según parecía, estaban ya todas cerca.

 

Primera cascada

 

Caminando lentamente llegamos a la segunda cascada, algo agotados después de más de dos horas serpenteando por el laberíntico cañón.

 

Las chicas quisieron descansar un momento y disfrutar del agua para apaciguar el calor. Cuál sorpresa nos llevamos al meter nuestros pies al río ¡El agua estaba helada! ¡Congelada! :confus: Fue entonces cuando recordamos que el agua era fuente del deshielo de la cordillera andina, que se alzaba en su esplendor varios kilómetros hacia el oeste.

 

Un chapuzón en el Río Colorado

 

Sin embargo, Flor, Ale, Joaquín y Luchi se dieron un chapuzón rápido. Yo en cambio, me relajé sentado fuera del agua, mientras aprovechábamos a comer un sándwich y un alfajor :P

 

Disfrutando del Río Colorado

 

Después del merecido intermedio, seguimos adelante para conocer las demás cascadas. Flor se quiso quedar a tomar el sol, así que le dejamos algunas cosas para no cargar.

 

En seguida nos dimos cuenta del aumento de la dificultad del camino. Ahora debíamos escalar las rocas para hallar el sendero. En dos o tres ocasiones debimos cruzar el río por estrechos y saltar de una pared a otra, sujetándonos de las manos de compañeros o de la rama de algún árbol.

 

Luchi escalando la pendiente

 

En algunos sitios el camino se interrumpía por gigantescas rocas lisas e inclinadas por las que había que sujetarse, a pesar de lo resbaladizas que podían llegar a ser. Sin embargo, con nuestra propia ayuda todo salió bien, aunque fue buena idea que Flor no viniese, pues le daba algo de pánico el peligro.

 

En camino a la tercera cascada

 

Al llegar a la tercera cascada la concurrencia se había incrementado. El pequeño estanque que formaba la caída de agua se encontraba repleto de jóvenes que se refrescaban y se tiraban clavados desde su parte alta. Había una larga fila en el camino para poder subir, ya que en su parte más angosta sólo podía pasar una persona, ya sea de ida o de vuelta.

 

Alejandrina decidió quedarse a ver la cascada desde abajo. Pero Joaco, Luchi y yo, después de una larga espera, logramos subir a la roca que dominaba la caída de agua. Sin duda, era todo un espectáculo.

 

Joaquín no quiso dejar pasar la oportunidad y se tiró un clavado desde lo más alto, que quedó inmortalizado por mí para su futura foto de perfil :rolleyes:

 

Joaquín en su clavado

 

Como ya no quiso volver a subir, Luchi y yo seguimos nuestro camino hasta la cuarta cascada, que quedaba apenas unos metros adelante en línea recta. Tal parecía que fungía como un oasis que resguardaba a los bañistas del abrasador calor.

 

Cuarta cascada del Río Colorado

 

De pronto, los ladridos de un perro nos desconcertaron ¿De dónde venían? Una mirada arriba bastó para descubrir al pobre animal atrapado en una roca. Había subido lo suficiente para que un vistazo cuesta abajo lo llenara de nervios y pánico :O_o:

 

No sabíamos quién era su dueño ni por qué tonta razón lo había llevado a una zona tan alta y escarpada :madd: Entonces supimos que se trataba del camino a la quinta cascada :ohmy:

 

Una fila de turistas se aglutinaba en las verticales paredes siguiendo el curso del Colorado. Entre ellos, algunos que auxiliaron amablemente al perro. Yo estaba dispuesto a subir en busca del resto de las cascadas. Pero a Luchi no le dio mucha confianza aquella empinada cuesta :wacko: Así que volvimos para reunirnos con Ale, Flor y Joaquín.

 

Pero antes de bajar de la cuarta cascada, hice a un lado el vértigo y me preparé para un chapuzón. Y lo que más me daba miedo no era la altura, sino la temperatura del agua a la que estaba a punto de caer.

 

Alistándome para mi clavado

 

Sin hesitar, me lancé a la mirada de los viajeros en el estanque hasta sumergirme en el fondo del río. El agua helada congeló mi cerebro por unos minutos. Pero vaya que refrescó mi cuerpo, agobiado por el calor vespertino ;)

 

Descendimos de vuelta con los chicos, y tras otro pequeño descanso en la orilla, entre la sombra de los árboles y sapos saltarines, volvimos a la villa en mucho menos tiempo que el que nos tomó llegar.

 

El equipo al final de la jornada

 

Manejamos de regreso a Cafayate, donde pasamos el resto de la tarde visitando el museo del vino y tomando unos mates en la Plaza Central.

 

Un mate en Cafayate para relajar los músculos

 

El camping nos había proveído con un enorme chungo (asador), así que cooperamos para comprar lo necesario para un buen asado por la noche. Carbón, carne, verduras y el infaltable vino :P

 

Nos fuimos a la cama con los estómagos bastante satisfechos, aliviados de una larga jornada de trekking y escalada. Al otro día partiríamos de vuelta a Salta, así que más me valía disfrutar de mis últimos días en la Argentina…

 

Pueden ver el resto de las fotos en el álbum:

 

 

En la ruta a Cafayate

Concluidas las fiestas decembrinas y consumado el 2014, mi viaje se había atajado por numerosos días en la ciudad de Saltala linda”, con la excelente compañía de mi couch Gustavo y sus amigos.

 

Desde mi arribo al apartamento de Guti, supe de su pertenencia a algunos clanes sociales, que se hacía notar entre otras cosas, por su norma de entrar descalzo a casa, por su colección de figuras hinduistas y por su persistente dieta vegetariana.

 

Uno de los grupos también incluía a un círculo de alpinistas, con los que Guti me había contado que pronto realizaría una expedición para subir a la cima del Nevado de Cachi. Llevaba ya varios días preparándose alimentaria y físicamente para la dura hazaña, a la cual partió justo el tercer día del recién iniciado año.

 

Joaquín, escasamente experimentado en el montañismo, decidió que se quedaría en Salta hasta principios de febrero, y me había externado su deseo de hacer un pequeño viaje por las tierras del norte, las cuales había conocido desde pequeño, pero ahora era poco capaz de recordar.

 

Al escuchar esto, Flor, Luchi y Alejandrina nos propusieron a ambos hacer juntos un road trip, a quienes apetecía algunos días lejos de la ciudad y tener un contacto más profundo con la naturaleza que empapaba los heterogéneos suelos de su provincia.

 

Así, una noche antes de que Guti dejara Salta, creamos un grupo en whatsapp donde organizamos un improvisado plan para la mañana siguiente. Sin saber exactamente nuestro destino, armamos una pequeña maleta con cosas universales que necesitaríamos, fuese cual fuese nuestra parada. Y con algo de comida, agua y nuestras tiendas de campaña, partimos algo apretujados en el coche de Ale, mientras me regocijaba en la ironía del destino, que me había reunido en un viaje con los amigos de mi host, más no con él :blush:

 

Entretanto tomamos la carretera al sur, discutíamos cuál sería una mejor escala: el pueblo de Cachi o el de Cafayate. Ambos pequeñas poblaciones vitivinícolas con espíritus de pueblos mágicos (denominación mexicana para los pueblos que han conservado su riqueza cultural y representan orgullosamente a la zona que le corresponde).

 

Debíamos elegir pronto, pues la ruta se bifurcaría con ambas opciones a lados opuestos. Debido al malogrado estado de la carretera hacia Cachi, que se componía casi en su totalidad por ripio, optamos por una ruta más cómoda hacia Cafayate.

 

Alejandrina nos había platicado sobre el Chorro de Alemanía, una caída de agua que pintaba ser un oasis paradisíaco. Para llegar, se debía hacer una larga caminata a través de una quebrada, pero parecía que valdría la pena. Después de todo, aventura y trekking es lo que buscábamos desde el principio :smug:

 

Cuando el letrero que anunciaba Alemanía apareció en la ruta, nos detuvimos sin pensarlo. Pero las cosas no eran como habíamos pensado: no parecía haber ningún pueblo físico que ostentara tal nombre :confus: Todo indicaba que se trataba de una comunidad fantasma, donde incluso los edificios habían desaparecido.

 

No obstante, preguntamos a algunas personas en un puesto de artesanías si conocían El Chorro, a lo cual nos indicaron el camino a seguir. Pedimos estacionar el coche allí y preparamos nuestras cosas para partir. Aún así, no sabíamos qué tan larga sería la caminata, por lo cual decidimos coger nuestras carpas y comida para pasar la noche.

 

Después de caminar algunos metros llegamos a un pequeño camping, donde decidimos que sería mejor aparcar el carro. Mientras esperábamos a que Ale fuese por él, hicimos plática con una familia que había ya visitado la cascada.

 

Al contarles que nosotros apenas nos aventurábamos hacia allá, nos miraron consternados. El camino hasta la caída era casi de 3 horas bajo un intenso sol, del cual no había sombra tras la cual resguardarse. No había un sendero específico, pues había que seguir una quebrada empinada que era serpenteada por un río en su parte baja. Se debía caminar ligero, sin mucho peso pero con abundante agua. Era todo lo contrario a lo que nosotros estábamos por hacer, cargando nuestras carpas y una bolsa de comida.

 

Sumado a esto, no era nada recomendable acampar allí, pues no existían muchos sitios planos a excepción de la riviera. Además, las lluvias eran comunes a inicios del verano, y en caso de una de ellas, el río podría acrecentar su nivel en minutos, arriesgando las tiendas en su orilla a caer al agua de forma estrepitosa. Sin mencionar que no había personas a muchos kilómetros a la redonda que pudiesen auxiliarnos :O_o:

 

Con todo lo dicho, nuestro semblante cambió repentinamente. No teníamos una idea de lo que estábamos haciendo ni a qué nos enfrentábamos. Sin saber si los cuentos eran exagerados y como era sabido que muy cerca de Cafayate yacía otro grupo de cascadas de más fácil acceso, abortamos la misión y decidimos seguir por la ruta :(

 

Cuando Alejandrina volvió con el coche le contamos lo sucedido. Luego de acomodar las cosas en la cajuela y luciendo un poco sobajados, retornamos a la autopista rumbo a Cafayate.

 

Intentamos no desilusionarnos mucho por la forma en que nuestro road trip había comenzado :unsure: Pero aquellas expresiones desalentadas pronto se transformaron con la ayuda de la música y la comida. Pero sobre todo, con la aparición de la Quebrada de las Conchas frente al parabrisas :rolleyes:

 

Si no me había sorprendido ya lo suficiente con los maravillosos paisajes de la Quebrada de Humahuaca en Jujuy, los brillantes monolitos que se posaban a ambos lados de la Ruta 68 me transportarían por primera vez a una película de ficción en el planeta Marte.

 

Ruta 68 a Cafayate

 

Los intensos rayos del sol que rebotaban en las paredes de roca lograban casi penetrar sobre mis gafas oscuras. Pedí con mucho entusiasmo a Alejandrina que se detuviera para hacer alguna fotografía. Pero quiso reservar la escala para una maravilla geológica en especial: la Garganta del Diablo.

 

Cuantiosos automóviles se encontraban aparcados al lado de la carretera, y la bienvenida la daban, como de costumbre, los vendedores ambulantes que ofrecían artesanías andinas. Tan solo bastó con caminar unos metros para dejarnos tragar por aquella gigantesca boca al infierno :ohmy:

 

La Garganta del Diablo

 

Estábamos entrando a un macizo de rojizos colores que parecía ser un Uluru tallado por una espátula (o más bien un trinche), exhibiendo una increíble formación geológica angosta en su principio y ancha y redonda en su final.

 

Las sublimes y perfectas curvas que moldeaban su interior eran tan mágicas a la vista como ásperas al tacto. Y con la intención de ver la campanilla en su interior nos adentramos en sus empinadas y pequeñas colinas.

 

 

Un solitario árbol en la Garganta del Diablo

 

 

No fue tan simple subir las escaleras de roca, pues hacían resbalar a nuestros zapatos muy fácilmente. Pero sujetando nuestras manos con las del otro logramos escalar poco a poco hasta lo más profundo de la garganta.

 

La inclinación de la pendiente al fondo de la formación nos impidió tomar fotos desde su núcleo, pero el solo hecho de hallarme dentro de ese soberbio labrado natural me hizo más que feliz :big-grinB:

 

 

En el fondo de la Garganta del Diablo

 

 

Luego de algunas fotografías bajamos con mucho cuidado para ser escupidos por el diablo, mientras le dábamos las gracias por tan gloriosa postal ;)

 

Y caminando de vuelta al coche, escuché una voz que gritaba mi nombre. Eran Rocío y Nico, quienes al igual que yo, habían emprendido un viaje hacia Cafayate con su tía Fedra y su amiga Mariana. Apenas entraban a la Garganta del Diablo, y quedé de verlos una vez que llegáramos al pueblo.

 

Continuamos el trayecto hacia el sur mientras nos abríamos paso entre las praderas áridas que resemblaban a Arizona y su Gran Cañón. Debo confesar que es uno de los paisajes más maravillosos que me ha tocado ver en una carretera.

 

Ruta 68 a Cafayate

 

Llegamos a Cafayate ya casi a la hora de comer. Lo primero por hacer fue buscar un camping donde pasar la noche. Nos habían recomendado algunos al final del pueblo, pero resultaron estar llenos y no ser tan baratos como habíamos imaginado.

 

Después de algunas vueltas decidimos volver a la entrada de la ciudad, donde además de un camping había un balneario bastante chulo justo al lado :big-grin:

 

Alzamos las carpas y desempacamos tan pronto como pudimos. El calor sofocaba nuestros cuerpos y nos moríamos de ganas por darnos un chapuzón en aquella gigantesca y refrescante pileta.

 

Algo que me seguía sorprendiendo de mi estadía en Argentina era lo fácil y conveniente que era hallar campings en todo lugar. En algunos casos, hasta el municipio patrocina sus propios campings, con precios baratos que incluyen todos los servicios en solidaridad con los viajeros de poco presupuesto. Ahora comprendía por qué todos los argentinos suelen cargar con su carpa :light:

 

Nos pusimos nuestros trajes de baño (o mallas como dicen los argentinos) y cogimos nuestras toallas. La entrada al balneario costó unos 10 pesos que mucho valieron la pena en un día tan caluroso como aquel :rolleyes:

 

Mientras tomaba el sol, Nico y Rocío aparecieron junto a la alberca junto con su tía Fedra y Mariana. Así que decidí unírmeles con unos mates y un cigarrillo para entablar una buena charla.

 

Después de poder relajarnos lo necesario en el agua y de haber comido algunos bocadillos pequeños, volvimos al campamento por ropa seca. Era momento de recorrer un poco el pueblo.

 

Cafayate

 

Cafayate es la capital del departamento homónimo. No es una ciudad muy vieja si se le compara con otras cuya fundación data de la época virreinal. No obstante, ostenta una figura importante al ser uno de los principales productores de vino de la zona y de toda Argentina.

 

De hecho, desde antes de llegar al pueblo, enormes viñedos aparecen repentinamente a las orillas de la ruta. Nunca antes había visto tal extensión de la vid, puesto que en México poco vino se produce (y consume).

 

Nos dirigimos pues a la plaza central, un cuadrilátero repleto de pasto y árboles que soplaban un fresco viento suficientemente apaciguador para el calor veraniego.

 

Alrededor del zócalo estaban la catedral de Cafayate, mercadillos de artesanías y comida y múltiples negocios locales. En ellos, aprovechamos para probar la variedad inmensa de vinos artesanales fabricados por los lugareños.

 

Centro de Cafayate de noche

 

Debo confesar que antes de llegar a Argentina no era precisamente un fanático del vino. Aún cuando pasé seis meses en España, solía beber más sangría que el vino solo. Pero la degustación que aquel día se dio mi paladar fue suficiente para contrarrestar mi antigua necedad :big-smil:

 

Degustando el vino de Cafayate

 

En el mercado de artesanías había innumerables piezas de barro, instrumentos musicales y, por supuesto, vasos de mate, que no dudé en comprar para llevar conmigo a México.

 

Vasos de mate a la venta

 

Las caminatas y el cansancio provocado por el agua nos obligaron a recostarnos un rato en el pasto, donde mientras Luchi hacía posiciones de yoga para estirar su cuerpo, Ale, Joaquín, Flor y yo nos servíamos la hierba para una ronda más de mate, acompañados por el ahora infaltable juego del truco ;)

 

Un descanso y un mate en Cafayate

 

Fue entonces cuando descubrí que no todas las hierbas son iguales, pues algunas son más amargas que otras (lo cual me había causado un cierto desagrado inicial hacia el mate). Pero algunos son más astutos, como Alejandrina, quien cargaba una botella de endulzante artificial, que con unas pocas gotas alivianaba el áspero sabor.

 

Catedral de Cafayate de noche

 

La noche cayó en Cafayate e iluminó sus modestos edificios. El hambre nos atacó nuevamente y nos arrastró a una calle más retirada, lejos de los puestos turísticos. Luchi sabía de un lugar que vendía las mejores empanadas del pueblo.

 

Parecía que no se había equivocado :P La suave textura de la masa que envolvía el jugoso guiso de carne molida, con el toque perfecto que una salsa de ají le añadió, sosegó nuestro apetito.

 

Nuestra cena en Cafayate: las infaltables empanadas

 

Volvimos al camping para tomar un baño nocturno y relajarnos en las tiendas. Y para arrullar nuestro sueño no hubo nada mejor que la botella de vino que Ale decidió comprar. Si antes el vino tinto no era del todo de mi agrado, el vino blanco me causaba mucha menor apetencia. Pero un simple hielo dentro del vaso flotando en la superficie de la burbujéate bebida rosada me bastó para cambiar de opinión :D

 

Gracias a las recomendaciones de nuestros vecinos habíamos decidido visitar al otro día las Cascadas del Río Colorado, mejor conocidas como las Siete Cascadas. Así que dormiríamos como bebés para estar bien preparados.

 

Pueden ver las fotos completas en el siguiente álbum:

 

 

Habían transcurrido ya cuatro días desde que Gustavo me había recibido en su casa junto con su primo Joaquín. Sus padres habían partido hacia Buenos Aires para pasar las fiestas, y pasábamos la mayoría del tiempo con su novia Flor, la mejor amiga de ésta, Alejandrina, y su hermana Luchi.

 

Cada noche que pasaba llegaba al desvelo entre vino, mates, empandas, pizza y alfajores. Los juegos de mesa como el truco y boludeses eran la mejor compañía. Así, de cierto modo, me sentía en deuda con todos ellos por su increíble hospitalidad.

 

El 31 de diciembre estaba a la vuelta de la esquina, y si bien no habíamos planeado nada muy especial, sea lo que fuese que hiciéramos quería aportar algo particular; algo mexicano para completar el combo.

 

Así que compré los ingredientes para preparar el mejor platillo mexicano que puedo cocinar fuera de mi país: chilaquiles. Mis famosos chilaquiles habían viajado hasta España, Perú, y ahora llegaban al norte argentino para tratar de conquistar aquellos paladares amantes de los cortes y la pasta casera.

 

Quise reservar mi composición de salsa de tomate con ají, nachos de maíz, pollo, cebolla y queso para la noche de año nuevo. Pero un día antes al llegar a casa, encontré al grupo argentino sentado en la mesa. Me quité los zapatos (regla esencial del apartamento) y pasé directo a la cocina. Y luego de saludarles, decidí deleitarlos esa misma noche con uno de mis manjares preferidos ;)

 

Las primeras impresiones fueron halagadoras, pero el tinte rojo del que se tiñeron sus rostros pronto me advirtió sobre el exceso de ají que había colocado en la salsa, mismo que mis papilas eran ya casi incapaces de percibir :unsure:

 

Y mientras Gutii se quedó con ganas de más (pues preparé un platillo vegetariano especial para él), Joaquín no pudo terminarlo. Tal parecía que era intolerante al picante, y el ají había dañado seriamente su estómago :wacko:

 

Me sentí un poco mal por el suceso, pero me confesó que, de no ser por el picor, le agradaba mucho el sabor de mis chilaquiles. Así que le prometí cocinar una sartén sin chile para la siguiente noche; no quería hacerlo pasar una víspera de año nuevo sentado en el retrete.

 

La mañana del 31 de diciembre amaneció como un lindo y despejado día soleado. Guti, injustamente, debió trabajar medio turno. Por tanto, aproveché mi mañana para hacer mis compras de último momento. Nico y Rocío me habían invitado a cenar en casa de su tía Fedra, y como no quería llegar con las manos vacías, decidí hacer una ración más de chilaquiles.

 

Cuando todos volvimos al apartamento era aún muy temprano, y Guti tuvo una idea. Reunió a toda la pandilla y nos dirigimos a su casa en San Lorenzo, para pasar la tarde nadando en su pileta.

 

Había dejado las cosas preparadas para cocinarlas antes de la cena, así que sólo me relajé y dejé que el sol bronceara mi piel ya casi curtida. La guitarra de Joaco al fondo, un poco de spagetti y una copa de vino al lado de la piscina me hicieron sentir como un rey, bastante afortunado de haberme topado con tales personas en mi remoto destino del sur :)

 

La noche cayó sin que nos diéramos cuenta. El sol de verano en Salta se ocultaba a las 9 pm, haciendo del día un eterno resplandor. Y apresurados por el reloj, retornamos a la ciudad para dejar a Flor en su casa y tomar mis cosas para la cena. Guti y Joaquín me llevarían hasta la casa de Fedra, donde me reuniría con los pampeños en una peculiar cena.

 

El distrito de Vaqueros estaba bastante lejos, tomando la carretera 9 hacia el norte, saliendo de la metrópoli. Un poco perdidos con los nombres de las calles, dejamos la avenida principal para meternos en una rúa de ripio que parecía no terminar. Los terrenos de cada casa se extendían al infinito, lo que nos llevó aún más tiempo hasta toparnos con la morada de Fedra.

 

Una sencilla y modesta casa de estilo hippie se posaba en el medio de 400 metros cuadrados de pasto rodeado por una cerca. La tenue luz que emanaba desde dentro iluminó a Rocío, quien se acercó a recibirnos para que nos perdiéramos aún más. Presenté a mis nuevos couch con mi antigua anfitriona, y tras besos de despedida ellos partieron a casa de su abuela para mirar los fuegos pirotécnicos a la medianoche.

 

Con Rocío y la tía Fedra dando los últimos detalles a la casa y Nico felicitando a su madre por teléfono, me dispuse a preparar rápidamente mis chilaquiles, antes de que el resto de los asistentes arribara.

 

Poco a poco, los besos en ambas mejillas como muestra de saludo (lo cual me hizo notar su fuerte influencia italiana) anunciaban la llegada de los invitados. El peculiar repertorio de amigos de Fedra se hacía presente con su especial estilo de vida: una pareja divorciada acompañados por su hija; ella ahora tenía novia y él ahora tenía novio. Dos chicas con vestimentas hippies, la madre de una de ellas y otro hombre homosexual, con el cual sólo Rocío Nico y yo no rebasábamos los 40 :O_o:

 

Perros adoptados y los del vecino parecían querer hacernos compañía. En la víspera de año nuevo, todo mundo es bien recibido ^_^

 

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Ya colocada la mesa, pusimos todas las charolas a modo de buffet: ensaladas, soufflé, carnes, aderezos y dominando la tabla, mis chilaquiles rojos. La gente probó entusiasmadamente el excéntrico platillo mexicano, el cual al parecer tenía menos ají que el día anterior (afortunadamente para todos).

 

El vino y el champagne (que había sobrevivido desde la navidad en Tilcara) digirieron la voluptuosa cantidad de comida ingerida, auxiliados por helados de crema y agua que fueron seguidos por tartas de chocolate.

 

Con los estómagos a reventar, el reloj marcó las 12. La multitud se puso de pie para darnos los abrazos de buena suerte, deseándonos los unos a los otros tener un feliz próximo año, y entonces pensé que con tal de manera de comenzarlo, no había forma de que mi año fuese a transcurrir mal :rolleyes:

 

Al momento en que los fuegos pirotécnicos se asomaban por la ciudad de Salta y en que los cuetes de los vecinos hacían a los perros esconderse, Mariana y sus amigos se dispusieron a prender globos de Cantoya.

 

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Cuando aquella sublime figura de papel se elevó majestuosamente iluminada de forma parcial por el fuego en su interior, el cielo estrellado me hizo sentir en casa. Si bien no era la primera vez que me encontraba a miles de kilómetros del pueblo que me vio nacer, era la primera vez que verdaderamente me veía rodeado de desconocidos en un sitio ajeno. Pero la calidez con la que los argentinos me acogían me hizo sentir más cerca de mi familia :big-grinB: a la que por un breve momento añoré.

 

Antes de que los globos desaparecieran en la oscuridad, la música empezó a sonar y la gente comenzó a bailar.

 

Empujados por el vino y el champagne, todos mostrábamos nuestros buenos pasos de salsa, bachata, cumbia y pop, a la par de nuestros coros mal entonados.

 

El porro de marihuana iniciaba a transitar entre las manos, cuando Guti , Joaquín y Flor llegaron en su auto. Planeaban pasar el resto de la velada en su casa de San Lorenzo bebiendo mojitos y ron. Así que tomé lo que sobró de los chilaquiles y me despedí de todos los presentes. Me quedaban un par de días en la ciudad, por lo que no fue un adiós, sino un hasta luego.

 

Cuidándonos de los oficiales de tránsito que buscaban cualquier pretexto para detener a conductores con aliento alcohólico, manejamos por la ruta hacia el oeste de la ciudad, y cuando llegamos a San Lorenzo,Alejandrina, Luchi y dos primos suyos nos esperaban sentados en el pórtico con la enorme perra de Guti.

Nos deseamos un buen inicio de año, y vaya si lo fue.

 

Entramos a la cocina y uno por uno ayudamos con las tareas para hacer nuestras bebidas. Nunca en mi vida había preparado mojitos ni caipirinhas, pero admito que fue bastante divertido :big-grin: Al parecer, Joaquín tenía muchos amigos cubanos y brasileños que trabajaban con él a bordo, y su cálida cultura lo había influenciado tanto que se dio a celebrar el primer día del año con los tradicionales cocteles de ron.

 

Más tarde, la noche nos puso de pie con las copas en las manos para bailar chacareras y música tradicional del norte, que Luchi me enseñó a bailar como una buena pareja de gauchos seductores :rolleyes:

 

La reciente moda mexicana de dar chilaquiles como cena de desvelados en las fiestas después del baile y la borrachera llegó hasta Salta, donde mis nuevos amigos se abalanzaban por un platillo de chilaquiles calientes con queso para recuperar su energía y mantenerse despiertos.

 

Con los platos sobre el regazo, el sol comenzó a iluminar nuestros rostros. Las cuerdas de la guitarra de Joaquín aún se escuchaban timbrar. Y mientras Flor y Guti se habían ido a acostar, el resto se despidió de nosotros, dejándonos a Joaquín y a mí solos.

 

Nos dimos por vencidos y nos dejamos caer sobre la cama y el sofá. El sueño nos invadió hasta llegado el mediodía. Siendo mi primer año nuevo con un clima veraniego, me propuse a dormir la siesta junto a la pileta, mientras dejaba que el sol actuara sobre mi piel.

 

Cuando todos revivimos casi al caer la noche tras comer unos tamales y humitas, volvimos a Salta más que agotados. Y acostado en la cama de regreso en el apartamento, pensé en lo hermoso que había sido no planear mi viaje. El destino y nadie más me había unido con esas maravillosas personas en tan bellísimo lugar, lo cual me regocijó en mi primera noche del año aún a miles de kilómetros de casa.

Abordé el autobús junto con Nico y Rocío en la estación de Humahuaca, para por fin dejar atrás la provincia de Jujuy, que tanto me había maravillado. Nuevamente, mi futuro era incierto; no tenía idea de dónde dormiría los siguientes días y qué sería de mí para el próximo 31 de diciembre. Solo había algo seguro: el bus se dirigía a la ciudad de Salta, capital de la provincia homónima.

 

Esperanzado con que alguien aceptara alguna de las más de 10 solicitudes que había enviado por Couchsurfing media hora antes de partir :zsick: me decidí a dormir durante las casi 5 horas que duró el viaje con múltiples escalas. Para los que no hayan leído mis relatos anteriores y no estén del todo enterados de lo que es Couchsurfing, he aquí una breve introducción:

 

En 2004 un grupo de jóvenes innovadores tuvieron la grandiosa idea de crear una red social gratuita para que sus usuarios intercambiaran hospitalidad. De esta manera, los viajeros pueden buscar (surfear) un sofá (couch) dónde dormir por una o más noches mientras se encuentren en tal ciudad. De igual forma, los locales pueden ofrecer su casa, apartamento o morada para recibir a los viajeros, sobreentendiendo que el viajero desea hacer nuevos amigos y ahorrar un poco de dinero, por lo que normalmente no se le cobra nada.

 

Pero más allá de un hotel gratis, es la manera perfecta de introducirse en lo local. Personas auténticas que viven en la ciudad, con una típica vida del país, que cocinan comida para ellos mismos y muchos de los cuales están dispuestos a mostrarte los mejores sitios que conocen, más allá de lo que marcan las guías turísticas. Y para el host, una buena plática, cocinar un platillo típico y, en general, una buena experiencia con el surfer, es la mejor forma de pago que pueda obtener ;)

 

Yo había empezado a utilizar esta red desde hace ya más de un año, recibiendo viajeros en México y España y pidiendo alojo en el resto de Europa. Si bien mi opinión sobre Couchsurfing era muy buena, al llegar a Salta renovó mi creencia en la buena voluntad de la humanidad.

 

Memorias de un couchsurfer: la primera impresión es la que cuenta.

 

Cuando desperté ya estábamos entrando a la ciudad, y pude percatarme de que, efectivamente, habíamos dejado atrás a Jujuy. El paisaje circundante se componía por verdes colinas custodiadas por nubes negras. Cuando bajé del autobús pude advertir la humedad, la cual en las alturas de los Andes llevaba varios días sin sentir. Ahora me encontraba en la ciudad de Salta.

 

En la terminal, unas gotas empezaron a caer. Rocío le marcó por teléfono a su tía para que pasara por ellos. Yo en cambio, no sabía dónde me quedaría. Como olfateando a los desamparados :unsure: un chico se acercó a mí y me ofreció un hostal en el centro. Tomé su panfleto y lo guardé como una opción.

 

Nico y Rocío me llevaron a una gasolinera, donde había una tienda 24 horas con wifi para clientes. Compré un helado y pedí la contraseña; cruzando los dedos, abrí la aplicación de Couchsurfing. Había dos respuestas: una negativa y otra positiva. Un chico llamado Gustavo había ofrecido alojarme :big-smil: Amablemente me dejó su número de celular, al que no dudé en marcar. Haciendo un esfuerzo por entender su extraño acento, quedé de verme con él justo frente a la terminal. Pasaría por mí en su coche.

 

Más que contento, salí de la tienda e informé a los chicos de las buenas noticias :) Ninguno había utilizado antes Couchsurfing y no confiaban mucho en la seguridad que ofrecía. Pero luego de ver cómo aquel chico estaba salvando mi viaje (y mi bolsillo) tras la incertidumbre de poder haberme dejado botado en una ciudad desconocida, un brillo iluminó sus rostros :big-grinB:

 

Acto seguido, un coche se estacionó. Una mujer delgada y blanca bajó del vehículo y los saludó en ambas mejillas con una sonrisa dibujada en el rostro: era la tía Fedra. Esa peculiar mujer, que parecía no tener una pisca de locura con la que había sido descrita por Rocío, se presentó conmigo y, amablemente, me ofreció quedarme en su casa ¡Vaya destino, de haberlo sabido antes! pensé yo :O_o: Pero rechazar su oferta y aceptar la de Gustavo haría mi viaje aún más inolvidable. Me despedí de los tres y volví a la terminal, prometiéndoles pasar el año nuevo con ellos.

 

Gustavo llegó pocos minutos después, con su hermano y su primo. Me presenté con ellos (como es de costumbre en los primeros encuentros de Couchsurfing) y subí al coche. Entre las pláticas familiares y la música en la radio, comenzaron las preguntas que nos introducían poco a poco.

 

Gustavo trabajaba como programador informático y su hermano aún estudiaba la universidad. Joaquín era de Buenos Aires y trabajaba a bordo de un barco; había venido a Salta a pasar el verano con su primo favorito, sin saber que el futuro nos uniría en un viaje de carretera.

 

Pasamos a su cómodo apartamento en el centro de la ciudad, donde dejé mi maleta y tomé una ducha. Cuando salí del baño los tres estaban sentados en la mesa tomando mate. Como ya había sido advertido de que rechazar un mate en Argentina puede ser de mala educación para algunos, acepté la invitación y me uní al ritual, al que ya me venía acostumbrando desde varios días atrás :D

 

Después me llevaron a casa de sus padres, en la exclusiva Villa de San Lorenzo, al norte de la ciudad. Un enorme terreno de más de 300 metros cuadrados con un extenso jardín, una amplia casa, una piscina (pileta dirían ellos) y un perro juguetón, rodeados por un fraccionamiento de pintorescas casas y cabañas en el medio de un boscoso ambiente familiar realmente me hicieron sentir que me había sacado la lotería :ohmy:

 

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Casa de los padres de Gustavo en San Lorenzo

 

Compramos unos bollos y facturas (pan de sal y pan dulce) para acompañar los mates que tomamos junto con sus padres, quienes me contaron que al siguiente día partirían a Buenos Aires y regresarían hasta enero. Guti (como lo llaman sus amigos) me dijo que fue la mejor época en que pude visitarlo, pues tendría su coche y casa a su entera disposición para disfrutar de las fiestas decembrinas :rolleyes:

 

Caída la noche, volvimos al centro para vernos con Flor, la novia de Guti, y Alejandrina, su mejor amiga. Ambas muy patas (buena onda), nos invitaron a beber vino en el apartamento de Ale, para lo que fuimos a una licorería donde los argentinos, siempre expertos catadores, eligieron las mejores marcas para la velada.

 

Guti, Joaquín y yo volvimos al apartamento para que ambos se bañaran, y en el camino compramos empanadas para la cena. Si mi día había mejorado desde que un buen samaritano salteño me acogió en su casa, esas empanadas me dejaron el mejor sabor de boca que pude llevarme de mi viaje por Sudamérica :P Carne molida, pollo deshebrado, queso roquefort… la textura de la masa y el sazón de aquella salsa me hicieron declararme, por fin, fan absoluto de la gastronomía argentina <3

 

Con nuestros estómagos llenos, volvimos con Flor y Alejandrina, quienes nos esperaban con bocadillos de queso y copas de vino tinto y blanco. La noche se prolongó con música de fondo y el juego de las boludeses; la chispa del amor había brotado notoriamente entre Joaquín y Ale; los planes para asistir a una peña se habían cancelado cuando el reloj marcó casi la hora del amanecer. Entre el sueño y la ligera ebriedad, partimos de vuelta a casa.

 

Joaquín y Guti habían ya reservado una excursión a las salinas para la siguiente mañana. Así que luego de una hora de sueño la combi pasó por ellos. Yo me quedé dormido por casi todo el día, agradeciendo la suerte que el destino me había preparado al llegar a aquella ciudad del norte argentino, y una primera impresión que gracias a Couchsurfing podría recordar para siempre.

 

Salta, la linda

 

Cuando estuve algunos días en Madrid conocí a Agustín, un argentino (salteño, para ser preciso) que me había hablado maravillas sobre su ciudad natal, a la cual llamaba “Salta, la linda”. Ahora que yo estaba allí, era muy irónico que no pudiera mostrármela por él mismo :wacko: De todos modos, con Guti y sus amigos pude conocer el modo de vida común y corriente que los salteños llevan al día a día, que me hizo descubrir el significado de su merecido apodo…

 

Degusté deliciosas pizzas en un restaurante. Conocí variedad de vinos y sus propiedades. Tuve el placer de cenar empanadas de espinaca con la abuela y la tía de Guti, que me hicieron entender el por qué las empanadas salteñas son las más famosas en Argentina ^_^ (incluso en Bolivia).

 

Si bien visité Salta durante las vacaciones navideñas de verano, parece ser que su gente es muy relajada. A pesar de tener más de 500,000 habitantes, su ritmo de vida no se compara con el estrés que noté en ciudades como La Paz, Lima, Cuzco (o hasta la mía en México, de un tamaño parecido).

 

Normalmente la imagen que los argentinos tienen en el extranjero (incluyendo mi país) es de arrogantes y soberbios. Pero el trato que recibí durante mis largos días en esta tranquila metrópoli me quitó de encima un estereotipo más que sucumbió ante otra exquisita experiencia de viaje :big-smil:

 

Como Gustavo debía trabajar todo el día entre semana y Joaquín salía a visitar a la abuela, muchas veces decidí salir y conocer la ciudad por mi cuenta.

 

El centro de Salta es bastante pacífico a comparación de muchos otros. Su estructura cuadrangular y sus calles rectas y paralelas la hacen bastante amigable con el turista.

 

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Catedral de Salta

 

Su catedral, Plaza de Armas y edificios del gobierno dejan al descubierto su pertenencia al antiguo Virreinato del Perú y su posterior incorporación al del Río de la Plata, con arquitecturas que van del barroco al clásico.

 

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Como es costumbre, dichos edificios están rodeadas por infinidad de comercios de comida, ropa y artesanías. Éstas últimas importaban mucho el estilo de la de las quebradas de Jujuy, haciendo famosos artículos como ponchos indígenas, quenas y flautas, vasijas de barro y piedra rojiza, joyería y, por supuesto, vasos de mate, que no dudé en comprar como un inmortal recuerdo ;)

 

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Si no me había quedado claro que Argentina posee una fuerte influencia de los inmigrantes italianos que desde el siglo XIX arribaron al cono sur, sus heladerías multicolor con exuberantes nombres me llevaron de vuelta a la antigua Roma.

 

Pero si de adicción al dulce se trata, hubo algo que superó mi gusto por los gelatos. Por supuesto, estoy hablando de los alfajores :P Esos pequeños sándwiches de dulce de leche que me hicieron pasar una embarazosa situación en el hostal (al nombrar a su relleno como cajeta) me volvieron completamente loco, buscando en todo momento la tienda más cercana para adquirirlos como postre después de cada merienda :big-smil:

 

Agustín también me había comentado sobre el insoportable calor que el verano solía traer a Salta. A pesar de la alta humedad del valle de yungas en el que se yergue la ciudad, la época también era lluviosa, permitiéndome realmente poder disfrutar del clima.

 

Uno de esos días, Joaquín me pidió acompañarlo al Cerro de San Bernardo, un monte boscoso de 285 metros sobre la ciudad que domina toda la zona centro. Como todo un ícono de la urbe, posee desde hace ya varias décadas un sistema de transporte teleférico para ascender hasta la cima. Queriendo ejercitarme un poco, decidimos hacerlo a pie.

 

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El acceso fue fácil desde la avenida principal de la ciudad. Muchas personas acuden para sus ejercicios matutinos y vespertinos, cuando el sol no quema con tanta fuerza. En menos de una hora estábamos en la punta, donde tuvimos algunas vistas increíbles de la ciudad a nuestros pies, que desde muchos ángulos eran obstruidas por las copas de los árboles.

 

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Era increíble saber cómo el paisaje cambiaba tan repentinamente en tan solo unos kilómetros a la redonda. Al norte y al oeste, la cordillera de los Andes se alzaba en su plenitud, con un clima seco y árido. Al final de la cordillera, las laderas de las montañas más pequeñas se llenaban de verdes yungas, que devenían en valles como el de Salta para dar pie a extensas llanuras al este. No hay nada más maravilloso que ser testigo de cómo la naturaleza juega con nuestro mundo de formas tan extraordinarias.

 

Otro día lo dediqué a conocer la Quebrada de San Lorenzo con Nico, Rocío y su tía Fedra, quienes se quedaban en su casa en Vaqueros, una villa al noreste de la ciudad que conocería días más tarde.

 

La Quebrada es un accidente geológico que forma parte de la precordillera andina. De esta forma, sus montañas están cubiertas por yungas tupidas de frondosas selvas. La Villa de San Lorenzo, donde viven los padres de Guti, se halla justo al pie de estas colinas, cuyo acceso en coche es rápido y gratuito.

 

La Quebrada es el emplazamiento natural perfecto que toda ciudad debería tener. Una excelente opción para hacer circuitos de trekking, bicicleta de montaña, picnics o cualquier otra actividad que demande de un verde y fresco bosque alrededor :rolleyes:

 

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Nosotros caminamos junto a la riviera del arroyo que divide el campo. A la entrada hay algunas tiendas y restaurantes, donde tomamos un café para pasar la tarde.

 

Definitivamente no me arrepentía de que el viento me hubiese arrastrado hasta esta remota capital que se salía de mi ruta poco planeada al principio de mi viaje. La poco conocida Salta me recibió con sus brazos abiertos, con gente que marcó mi rumbo y con quienes compartiría la última noche del año, aquel año en que finalizaba mis estudios universitarios y que le daría una cálida despedida a mi vida estudiantil.

La Nochebuena había terminado. Era ya el día de Navidad, y a pesar de los despejados cielos de un recién iniciado verano austral, el viento era frío y corría con fuerza al interior del pueblo de Tilcara. Rocío, Nico y yo buscamos refugio en la descubierta estación de buses, donde compramos nuestros boletos hacia Humahuaca, unos cuantos kilómetros al norte.

 

Santa Claus (o Papá Noel, en Argentina) nos había dejado una serie de regalos: una bolsa de cereales, aceitunas, turrón y una botella de champagne (que en realidad habían sobrado de la cena). Cargados con este equipaje extra abordamos nuestro autobús.

 

La escasez de demanda en un día festivo y lo vacía que lucía la autopista 9 aquella tarde, hicieron que el viaje fuera bastante corto. Arribamos a Humahuaca cerca de las 5 de la tarde (por supuesto, después de un desvelo y un buen y último descanso en la cabaña).

 

Justo fuera del autobús apareció un joven de tez morena invitándonos a dormir en su camping, que se encontraba cruzando el río hacia el oriente de la ciudad. Por supuesto, luego de la costosa renta que pagamos por la navidad (que aún así nos pareció barata por todas las comodidades), queríamos ahorrar lo más posible, aunque no estábamos seguros sobre buscar un hostal u optar por el camping. Pedimos la dirección al hombre y caminamos un poco, en busca de alguna otra opción.

 

El pueblo parecía lo bastante pequeño como para recorrerlo a pie, lo cual para mí no representaba ningún problema, pero sí para los argentinos. Ellos cargaban mochilas de más de 20 kg, sumado a su carpa, sus sacos de dormir y las sobras de la cena que nos habíamos repartido :zsick: Así que sin más preámbulos, caminamos hacia el puente y seguimos el sendero de arena que nos llevó hasta el camping.

 

A penas unas dos o tres carpas se asomaban bajo las telas protectoras. El lugar era un gran jardín de pasto verde. A la entrada había una construcción de concreto, donde se encontraban las duchas y los baños para los campers. Al fondo, se alzaba la casa del dueño, donde había algunos cuartos acondicionados como hostal, una cocina compartida, otro baño y una sala-comedor.

 

Nos recibió un chico con rastas en la cabeza, quien nos dio luz verde para montar nuestra tienda. Mientras lo hacíamos, un par de chicos nuevos llegaron y se convirtieron en nuestros vecinos. Como la luz del sol empezaba a desvanecerse, nos dimos prisa para ir al pueblo y conocerlo un poco más a fondo. Después de todo, no estaríamos más tiempo en Humahuaca, pues era solamente nuestra escala obligada para llegar a nuestro próximo destino: el aislado pueblo de Iruya.

 

Cruzamos de nueva cuenta el puente que sobrepasaba al Río Grande (que de grande poco tenía, puesto que estaba seco en aquella temporada). Lo primero con lo que uno se topaba eran pequeños puestos que vendían galletas, pan de sal, café y dulces. Los perros callejeros rondaban bajo las carpas poco llamativas de los vendedores.

 

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Modestas casas antiguas vigilaban las callejuelas que marcaban una cuadrícula en todo el centro de Humahuaca. La mayoría de los negocios, cafés y restaurantes permanecían cerrados. A veces olvidábamos que seguía siendo navidad :huh:

 

Visitamos la plaza de armas y la catedral de Humahuaca. La poca concurrencia en los edificios y calles principales nos llenó de una paz y tranquilidad que nos acompañó el resto de la jornada.

 

Tras el zócalo de la ciudad se erguía un pequeño cerro. Subimos por sus escalinatas hasta la cúspide del mismo, donde desde el Monumento a la Independencia tuvimos una vista magnífica del pueblo custodiado por la siempre brillante Quebrada de Humahuaca.

 

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Para ese entonces cualquiera diría que ya había tenido suficiente de sus vívidas formas y colores. Pero la majestuosidad de esas curvas escarpadas sobre la resplandeciente roca pudo cautivarme hasta el último momento de mi estancia :rolleyes:

 

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El fuerte viento que azotaba en la cima nos obligó a descender de vuelta a las angostas calles, donde aprovechamos a comprar algunos abarrotes para la cena. Cuando salimos de la tienda, la mágica puesta de sol había creado un extraño fenómeno en el cielo que nos dejó sin aliento :ohmy: Un lienzo grisáceo manchado por motas de un naranja fosforescente había cubierto la totalidad de la atmósfera. Y bajo esa pintura natural caminamos de regreso al campamento.

 

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Cocinamos la sopa y el té que Rocío había cogido en la tienda. Es necesario saber que cuando uno viaja, casi siempre baja el consumo de calorías diarias, al tomar menos alimentos al día y en porciones más pequeñas. La enorme cantidad de comida que nuestros estómagos habían digerido la noche anterior había sido demasiado después de semanas de viaje :( Por tanto, una buena sopa y un té fueron la respuesta perfecta.

 

Cuando la noche por fin cayó, nos metimos a nuestras carpas e intentamos dormir. Debíamos levantarnos temprano para tomar el primer bus hacia Iruya.

 

Había acampado sólo un par de veces en México con mis amigos, donde no había sufrido demasiado. Antes de partir hacia Perú, cogí mi saco de dormir y mi ropa térmica para protegerme del frío que, creí, sufriría al acampar en las alturas de los Andes. Pero nada de eso había ocurrido hasta ahora. Pensé que el verano me había ayudado bastante con sus templadas temperaturas.

 

Pero aquella noche en Humahuaca ha sido de las peores en mi vida de camping. Nunca creí que en ese pequeño pueblo a 3000 msnm (1000 menos que en el lago Titicaca) que parecía bastante soleado y polvoso por el día y en donde la noche no soplaba mucho el viento, me haría temblar y retorcerme de frío dentro de mi sleeping bag :wacko: tratando inútilmente de calentar mi cuerpo más los dos pares de calcetas, un traje térmico, un suéter, una campera, un gorro, guantes y bufanda.

 

Por dios, no estaba en el ártico, estaba en el pleno verano del Trópico de Capricornio. Desde ese entonces entendí lo necesario que es cargar con un aislante térmico para el suelo de mi tienda, lo cual tendré en cuenta para mi próximo viaje.

 

Así que los tres, algo desvelados por el frío y el suelo duro, despertamos temprano para desmontar las carpas. Dejamos el camping cuando todos estaban dormidos y caminamos de nuevo a la estación de buses. Ahí, cogimos el primer autobús a Iruya.

No tenía idea de qué me encontraría en ese bien sondado pueblo del que todos hablaban. Rocío me dijo simplemente: “no importa el destino, sino el camino para llegar allí”.

 

Con esas palabras en mi mente, el bus tomó la Ruta 9 por algunos kilómetros hacia el norte; pero pronto se desvió hacia el oriente, por una carretera de ripio en cuyo comienzo se leía “Iruya 54 km”, por lo que creí que llegaríamos rápido.

 

Comenzamos un ascenso por una puna poco empinada. Casi una hora después, el autobús se detuvo en el llamado Abra del Cóndor, el punto máximo de la ruta a casi 4000 metros de altura. La gente se bajó a tomar fotos. Yo estaba muy cansado y no pude evitar seguir durmiendo adentro :sleep:

 

Lo que sí pude ver desde ahí, es como el camino se convertía en un largo descenso de curvas a través de las montañas, el cual era interrumpido por algunos riachuelos secos (que en temporada de lluvias es todo una aventura cruzar, por eso la fama del camino).

 

Además, es sabido que hay algunos cóndores que sobrevuelan el valle, lo que lo hace un atractivo bastante emblemático. Por desfortuna, ninguno se apareció frente a nosotros :(

 

El sendero de tierra nos llevó casi 2 horas recorrerlo, pasando de los 4000 a los 1200 metros en tan sólo 19 km :ohmy: Y de repente, entre las escarpadas montañas color marrón, apareció ese pequeño pueblo que parecía deshabitado. Era Iruya.

 

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turismoobjetivo.wordpress.com

 

Apenas aparcó el camión en la calle que da a la plaza principal, un chico se nos acercó para ofrecernos alojamiento en un hostal bastante barato. Como ninguno tenía ganas de caminar y buscar (sobre todo el ver las empinadas cuestas que nos tocaba subir :crying: ) aceptamos sin rodeos.

 

Subimos con esfuerzo la inclinada calle que nos llevó hasta el alojamiento, que era nada más que una casa acondicionada con varios cuartos con literas. Nico y Rocío optaron por una habitación privada, mientras a mí me colocaron en una compartida. Luego de dejar nuestras cosas, bajamos por el diminuto pueblo para comer unas empanadas fritas (sin duda prefiero las horneadas).

 

Preguntamos a algunas personas cuál era la mejor opción que nos quedaba para la tarde, ya que en el pueblo no hay mucho qué hacer, excepto admirar los paisajes áridos de los que se rodea. Nos hablaron del pueblo de San Isidro, que se encuentra a unas 3 horas a pie de Iruya. No hay manera de llegar en automóvil.

 

Como ya pasaba mediodía y no teníamos ganas de caminar tanto, decidimos recorrer el valle río arriba (en vista de que el río estaba seco). Pero no pretendíamos llegar hasta San Isidro.

 

Comenzamos nuestra caminata en dirección norte. Las últimas casitas de madera y piedra y los últimos rebaños de cabritos nos despidieron del desdeñable pueblo. El estrecho valle se abrió frente a nosotros en todo su esplendor, dejando al descubierto el marchito cauce del río Iruya.

 

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El sol golpeaba con toda su fuerza sobre nosotros, pero el delicado viento que soplaba seguía siendo frío. Las cuestas bajaban progresivamente, lo cual nos advirtió lo duro que sería la subida (aunque nada jamás comparado con haber subido hasta Machu Picchu :D ).

 

Pocas almas se hacían presentes en nuestro cruce por la cuenca. La soledad de aquel lugar era simplemente magnífica. Rocío y yo animábamos nuestra caminata cantando temas de películas, desde Ghost hasta Hakuna Matata. Mientras tanto, Nico filmaba cada macizo de roca que pasmaba nuestras miradas.

 

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Algunos kilómetros más abajo, llegamos a la bifurcación del cauce, donde el agua corría hacia las yungas del este. Nos sentamos al lado del río, con el sonar del torrente en las piedras. Tras algunas canciones más, algunas tomas de Nico y el tiempo necesario para descansar, regresamos a Iruya.

 

El cielo se había nublado y los truenos comenzaron a zumbar, pero apresurar el paso era difícil, debido a las duras y empinadas cuestas. Con todo nuestro esfuerzo, regresamos al pueblo, donde nos dirigimos directo al hostal para hacer algo de cenar y descansar.

 

Nuestro plan era irnos pronto a la cama para levantarnos lo más temprano, ya que deseábamos tomar el primer bus para salir del pueblo. Pero tan sólo cinco minutos luego de arribados al hostal, una decena de viajeros llegaron con sus mochilas y se instalaron en el mismo.

 

Todos nos presentamos unos con otros: españoles, suizos, argentinos, alemanes… nunca creí que Iruya fuera una población tan visitada por mochileros. Pero al parecer su aislamiento del resto del mundo la ha vuelto muy famosa en los últimos años.

 

Así que por propuesta de uno de ellos, decidimos hacer juntos la cena. Fuimos a comprar los víveres y nos dividimos la tarea para cocinar pasta y ensalada acompañadas de un buen vino :P

 

La comida comunitaria se extendió hasta la noche, prolongando la sobremesa hasta pasada las doce. Los temas de las distintas nacionalidades surgieron con mucha facilidad, pasando de la economía a la política, de lo natural a lo tecnológico, de un continente a otro. Pero tuve que interrumpir mi sumo interés en ellos para despedirme de todos e irme a la cama. Debía juntar las fuerzas para levantarme en la madrugada.

 

Al siguiente día al sonar la alarma, cogí mi maleta y bajé a despertar a Nico y Rocío. Sin siquiera habernos cepillado los dientes, bajamos la calle hasta la plaza principal. El bus estaba ya en marcha. Y como si nos hubiera esperado, apenas al subir partió hacia su destino.

 

Muertos por otro desvelo, nos perdimos del paisaje del que ya habíamos podido disfrutar al venir. Y cuando menos lo esperamos estábamos de vuelta en Humahuaca.

 

Era menos del mediodía y quisimos comprar nuestros próximos tickets. Nico y Rocío me habían platicado su plan para pasar el año nuevo en la ciudad de Salta. Yo estaba entusiasmado, pues un amigo que conocí en España vivía precisamente en Salta. Había contactado con él desde hace algunos días y le había contado de la posibilidad de visitarlo. Pero como si hubiera querido huir de mí :wacko: partió de su ciudad hacia Ecuador justo un día antes de que yo arribara.

 

Así que pretendía quedarme nuevamente con la pareja argentina. Pero había un inconveniente: ellos se hospedarían con Fedra, la tía hippie de Rocío que, según contaban, estaba algo loca. Por ello, no estaban seguros de si la tía querría recibirme en su morada :( En vista del largo tiempo que permanecería en Salta, debía por lo menos intentar conseguir un host en Couchsurfing para ahorrar algo de dinero.

 

Comprado los boletos, aproveché esa hora libre que tuvimos para buscar rápidamente una cafetería con acceso a internet. Y cuando por fin la conseguí, pedí un modesto desayuno y puse en acción mi tablet para buscar como loco un couch de último momento. Fue la primera vez que envié solicitudes con tanta urgencia. Luego de avistar perfil por perfil, más 12 solicitudes enviadas, pagué la cuenta y volví a la estación, donde abordé el autobús con la esperanza de que algún alma solidaria pudiera aceptar mi petición de año nuevo.

Antes de que la noche cayera sobre el horizonte de Jujuy, volvimos a Tilcara maravillados por los colores de la Quebrada de Humahuaca, sólo para reencontrarnos con Flavia y Naty, con quienes ya habíamos quedado para hacer juntos las compras navideñas.

 

Encontramos entre las calles la única tienda que parecía estar bien surtida para todo lo que necesitaríamos. Reservando la carne para adquirirla en la carnicería, Nico y Rocío comenzaron a poner todo tipo de producto dentro del carrito, lo que empezó a aterrarme, no sólo por el precio que deberíamos pagar, sino por la cantidad de cosas que podrían sobrar :wacko:

 

Mis expectativas eran simples: teníamos un asador en casa y podríamos hacer algunas carnes por la noche, acompañada con un vino y quizá un helado de postre. Pero Nico y Rocío parecían tener intenciones de hacer una verdadera navidad a la Argentina:

 

Chips, un dip, cacahuates, jamón crudo, jamón cocido (serrano), queso mantecoso, queso holandés, pan, cerveza, carbón, cebolla, pimientos, berenjenas, papas, lechuga, tomate, aceite de oliva, pimienta, chimichurri, turrón, dulce mantecón, lunetas, dos litros de helado, dos botellas de vino, una coca cola, una de champagne…

 

No me asustaba el hecho de que en Argentina también se preparara un banquete para celebrar la nochebuena, puesto que en México todo es igual. Además, las celebraciones comienzan desde mi cumpleaños (6 de diciembre), después el de la Virgen de Guadalupe (12 de diciembre), después las posadas (del 16 al 24), luego la Nochebuena, el fin de año y los reyes magos. Y en todos esos días se preparan infinidad de ricos platillos.

 

Pero había una diferencia: no estábamos en casa. Éramos solo 5 viajeros que partiríamos al otro día. No podíamos darnos el lujo de que hubiera tanta merma, sin contar el recortado presupuesto con el que viajábamos (poco antes de la mitad de mi viaje).

 

Y como si eso no hubiera sido suficiente, pasamos a la carnicería y pidieron un chorizo seco, una morcilla y un enorme, enorme trozo de matambre (un tipo de corte de cerdo). Les había dejado bien claro que yo no suelo comer cerdo, y que mi estómago no resistiría a tantas cosas después de comer poco durante mis viajes. A eso se sumaba que Flavia era vegetariana :huh: Su respuesta fue: ¡bah! Es Navidad, te lo mereces

 

Desayuno a la habitación

 

A la siguiente mañana el tocar de la puerta me despertó. Era la señora de las cabañas que nos traía el desayuno a la casa. Vaya manera de empezar el día. Había dormido en una cómoda cama después de mucho tiempo y ahora tenía dos platos de pan con mermelada, mantequilla y dulce de leche, un rico jugo de naranja y café caliente. Todo a la puerta de nuestra habitación servido en una atractiva vajilla de barro ^_^

 

Mi cama en la cabaña :)

Mi cama en a cabaña

 

Sin duda, supe que alquilar la cabaña había sido una excelente idea :) No importaba que tuviera que apretar mi bolsillo por los siguientes días, esto valdría la pena.

 

La habitación matrimonial de Nico y Rocío

 

La mañana era hermosa y fría al exterior. A veces olvidaba que me encontraba en el hemisferio sur del planeta, donde supuestamente era entonces verano :wacko:

 

Pusimos música instrumental en la televisión, y mientras Rocío daba vueltas como bailarina de ballet, Nico salió para comprar yogurt y cereal, y volvió con una sorpresa.

 

La noche anterior había deseado mucho encontrar palta (aguacate) para hacer un guacamole y comerlo con las chips. Así tendríamos algo mexicano que comer en navidad. Pero el que habíamos encontrado era diminuto y muy caro :(

 

Entonces Nico abrió la puerta y me dijo: ¡Feliz Navidad! Y soltó cuatro paltas sobre la mesa. Nunca creí que un par de aguacates me hiciera tan feliz. No era un juguete, no era un teléfono celular, no era dinero, eran cuatro aguacates que se convirtieron en mi mejor regalo de navidad ese año :big-smil:

 

Así, acompañamos el cereal y las tostadas dulces con pequeños sándwiches de jamón, queso y palta. Un desayuno bien surtido para comenzar las fiestas.

 

Queriendo sacar provecho a lo que pagamos por el alquiler, decidimos pasar todo el día descansando en la adorable posada. Tomamos una merecida ducha caliente en la confortable bañera y tomé mi tiempo para lavar mi ropa y pasar las fotos a mi tableta.

 

Después de una pequeña siesta, la tarde comenzaba a caer, justo cuando Flavia y Naty llegaron a la casa. Sus atuendos eran muy frescos y modestos, nada extravagante para la noche. Rocío y yo sacamos las compras de la alacena para empezar a preparar las cosas.

 

Listos con la picada para la Nochebuena

 

Mientras una picaba el jamón, otro picaba el queso y el pan. Las cuchilladas se aminoraron cuando abrimos desde temprano la bolsa de chips y cacahuates que, con una leve untada del dip que Rocío nos había preparado, tenía el toque salado perfecto :P

 

Servimos las cervezas para acompañar la botana, que estuvo lista para el atardecer. Nos dirigimos a las bancas del patio trasero, justo frente a la habitación matrimonial.

 

Nuestro patio trasero en Tilcara

Nuestro patio trasero

 

Los vecinos con sus llamas ya no se encontraban ahí, seguro todos habían partido a celebrar con sus familias. La soledad en medio de las áridas montañas nos llenó de una tranquilidad impresionante.

 

La picada navideña

La picada navideña

 

Para saborear los embutidos y el queso, Nico creyó que sería buena idea tocar algunas melodías con su guitarra, que fervientemente había cargado durante todo su viaje.

 

Atardecer en Tilcara

 

Mientras el sol se ocultaba en el horizonte la noche seguía refrescando, pero fue abrigada con el sonar de las cuerdas y los agudos y suaves cantares de Rocío.

 

Pronto, nuestro primer invitado inesperado llegó. Un amigable perro se arrimó a nuestra reunión buscando algo de comida (o quizá, sólo compañía). Arrojamos unos trozos de pan y jamón para que se alimentara. No podíamos dejar a nadie sin cenar en la nochebuena ;)

 

Nuestro mejor invitado en Navidad

 

Mientras él mismo se arrullaba con las canciones de Nico, la picada (como llaman en Argentina a la botana) fue acabándose poco a poco. Para ese entonces, yo me sentía bastante satisfecho. Pero lo mejor estaba por venir: el gran y famoso asado argentino.

 

Nico ya había buscado un poco de leña para hacer la hoguera. Su forma de prender el fuego era muy estricta y cuidadosa, a diferencia de cómo lo hacemos en México, donde colocamos los trozos de carbón y, rociados con petróleo o algún combustible, lo prendemos con un trozo de papel y soplamos hasta que encienda.

 

Me explicó que el carbón debe estar prendido, más no en llamas, ya que si el fuego es demasiado vivo puede quemar la carne y quitarle su sabor. Ya era sabido por mí que cada corte de carne tenía un tiempo de cocción definido, pero ignoraba que hay cosas que se hacen a fuego alto y a fuego bajo.

 

Así, colocamos los chorizos, la morcilla y el gigantesco matambre en la lumbre, junto a los pimientos y la berenjena que Flavia comería como sustituto de carne.

 

Asado argentino :)

 

Mientras esperábamos por la comida, pensé en lo inesperada que esa navidad era para mí. No había un pesebre a la vista, no había un pino adornado. Ningún niño cantaba en las puertas de la casa y, por supuesto, ningún miembro de mi familia estaba en el lugar. Y a pesar de mi lejanía personal al ferviente catolicismo, entendí lo que una navidad era para mí. No se trataba de recordar un natalicio, de ofrecer regalos costosos ni vestir ropa lujosa. Se trataba de la convivencia amena con otros seres humanos que, por muy diferentes que fueran, seguíamos siendo exactamente lo mismo en este planeta. Fue entonces cuando me sentí alegre de haber salido de mi casa hace casi un mes atrás, sin un rumbo fijo dibujado en mi destino y con el único deseo de que el mundo en el que vivo me enseñase nuevas maravillas. Ésta era una de ellas :rolleyes:

 

Cuando el asado estuvo listo, Nico cortó el matambre en largas tiras y las colocamos en un platón. Todos empezaron a comer, y yo me decidí por probar el manjar argentino. Aunque no fue mucho de mi agrado, me entusiasmaba probar cosas nuevas. Si bien en México se come mucho cerdo, los cortes nunca son iguales.

 

Un solo trozo de la rojiza carne y un pequeño mordisco del chorizo me bastaron para quedar completamente satisfecho :zsick: No sé si mi estómago había reducido su espesor a lo largo de mi viaje, en el que ingería la mitad de porciones que hacía normalmente, pero no pude dar ni un bocado más al enorme banquete que teníamos enfrente.

 

Rocío y Flavia, al igual que yo, terminaron derrotadas de la cantidad de comida que nos habíamos metido a la boca. Y como si sus cuerpos cedieran, se tumbaron en la cama amenazando con dormir.

 

Naty, Nico y yo nos quedamos afuera, siendo perseverantes ante el sueño de la digestión. Habíamos bebido una botella de vino y coca cola, y creí que eso podría mantenerme despierto :huh:

 

Naty me dio una idea, y para digerir mejor la comida sacamos el helado de limón del congelador. Se dice que entre plato y plato, una buena porción de helado de limón ayuda a que la comida baje y continuar con el siguiente.

 

No obstante, ni el sabroso postre pudo abrirnos de nuevo el apetito. Abrimos los turrones y el dulce mantecoso con la esperanza de que el azúcar nos sostuviera de pie. Pero un diminuto mordisco empalagó nuestros paladares :zsick:

 

Batallando con la música para que las chicas no se rindieran, comenzamos a guardar las cosas y las metimos a la cocina. Aunque estar bajo un hermoso y despejado cielo estrellado era una estampa mágica, la noche había refrescado ya bastante y decidimos seguir la fiesta adentro.

 

Pusimos el canal musical en la TV y reanudamos con la botella de vino que quedaba. Rocío sacó el otro bote de helado, que a sublimes cucharadas descendió a casi medio litro.

 

Sintiéndonos los peores pecadores de gula de la historia y luego de unos mates bien calientes, decidimos parar y guardar el resto de la comida. Y como si eso no hubiera sido poco, cuando la noche estaba bien caída, la dueña de las cabañas de apareció nuevamente, deseándonos una feliz navidad y con la charola del desayuno en las manos, ya que no pretendía levantarse temprano en navidad.

 

Así, un nuevo banquete se aglutinó en nuestra cocina, y no nos creímos capaces de terminarlo todo para la siguiente mañana :O_o:

 

Antes de que ambas cayeran rendidas sobre el suelo de madera, Flavia y Naty se despidieron de nosotros para volver a su hostal. Les deseamos suerte en el resto de su viaje, y les dimos algunos tips para que se dirigieran a Bolivia.

 

Y poco después de la medianoche, los tres caímos en los brazos de Morfeo, y un profundo sueño invadió todas las habitaciones :sleep:

 

Al siguiente día despertamos casi a las 12 de la tarde. Afortunadamente, la señora nos había permitido quedarnos hasta las 3, o incluso, cuando pudiéramos desocupar la cabaña.

 

Mientras uno por uno íbamos tomando una última buena ducha, sacamos todos los restos de comida que quedaban. Nos arrepentimos de no haberles regalado más cosas a Flavia y Naty. Así que ahora, todo era para nosotros :ohmy:

 

Yogurt con cereal, pan tostado con mermelada y dulce de leche, sándwiches de matambre, lunetas, turrón, dulce mantecoso, jugo de naranja, café con leche y mates… terminamos con el helado de sabores, pero no pudimos más con el de limón. Empacamos el champagne y lo embolsado para llevar en el camino. Al menos si pensábamos pasar el fin de año juntos, ya tendríamos un adelanto de nuestras compras :big-grinB:

 

Así que dejando algunas sorpresas en el frigorífico para la señora de la limpieza, desalojamos tristemente nuestra suite presidencial y caminamos hacia la estación de buses. Era ya el 25 de diciembre y esperamos que, siendo navidad, hubiera salidas normales hacia el resto de la provincia.

 

Compramos nuestro ticket a nuestro próximo y frío destino: el pueblo de Humahuaca, cuyo nombre bautiza también a la Quebrada. Con recuerdos que serían inolvidables sobre esa navidad, me despedí de Tilcara para seguir mi rumbo por las coloridas y áridas tierras del norte argentino.

Policromía de Jujuy

Las rondas de chacarera acompañadas de un suave vino tinto en la peña me hicieron levantarme aquella mañana con una ligera resaca :zsick: Curé mi deshidratación con un jugo de naranja y un café para el frío. La señora del hostal se dispuso a brindarnos todo lo que el desayuno incluía (ya en el precio de la noche). Entre todo, unas ricas tostadas de pan con mermelada y dulce de leche.

 

Fue entonces cuando viví otra de mis divertidas experiencias con las variaciones lingüísticas del español, que ya venían saturando las hojas de mi diario-diccionario. En Argentina se llama dulce de leche lo que en México se llama cajeta (y que en Perú se llama manjar). Por tanto, cuando me quedé sin dulce de leche para las tostadas, yo pedí un poco más de cajeta. Entonces todos me miraron y me preguntaron: “¿qué querés decir che?” :huh: “Sí, un poco más de cajeta para la tostada”, repliqué yo.

 

En Argentina la palabra “cajeta” es una manera vulgar de llamar a la vagina. Algo como “coño” en España, “cuca” en México, o “concha” en la misma Argentina. Algo similar me pasó cuando en Perú escuché repetidamente la palabra “¡pucha!”, como expresión equivalente a “¡mierda!”, sin ellos saber que pucha en México también significa vagina. En fin, ya imaginarán mi cara de vergüenza cuando lo supe y lo dije frente a una niña :unsure:

 

Terminamos nuestras tostadas con dulce de leche y empacamos nuestras maletas. Nos despedimos de los dueños y desalojamos el colorido hostal, para mudarnos a lo que se convertiría en nuestra suite navideña. A tan sólo una cuadra de distancia, la señora ya nos esperaba para entregarnos la llave de la cabaña que habíamos reservado la tarde anterior. Dejamos nuestras cosas y estuvimos a punto de quedarnos a dormir toda la tarde en la cómoda morada :sleep: pero nos esperaba un imperdible atractivo de Jujuy: el pueblo de Purmamarca.

 

Nos dirigimos a la estación de buses, donde nos topamos con Flavia y Nathaly, las dos chicas de Buenos Aires que habíamos conocido en el hostal. Ellas se dirigían a Humahuaca (un pueblo más al norte) y al igual que nosotros, volverían por la noche. Les platicamos que nos habíamos pasado a una cabaña cerca del hostal, y las invitamos a hacer un asado para la Nochebuena con nosotros, si no tenían mejores planes. Ambas aceptaron contentas, y nos quedamos de ver a nuestro regreso para comprar juntos los víveres navideños.

 

Cogimos el bus de mediodía y en menos de 30 minutos llegamos a Purmamarca. Sin duda, al llegar volví a experimentar la dulce sensación de conocer lo desconocido. Y cuando digo desconocido es que de verdad no tenía una idea de las maravillas que existían en el norte de Argentina :ohmy:

 

Purmamarca es un pequeño pueblo ubicado al inicio de la Ruta Nacional 52, famosa por atravesar la árida sierra andina hasta las Salinas Grandes de la puna, la Laguna Guayatayoc y por llegar hasta el Paso de Jama, principal puente fronterizo con Chile en el norte. Pero su mayor atractivo es su inigualable patio trasero: la extraordinaria Quebrada de Humahuaca.

 

Calle de Purmamarca

 

Como una de las últimas poblaciones al sur de la quebrada, todo el paisaje dentro y a los alrededores de Purmamarca es de un brillante y cegador rojo cobrizo, característico de toda la sierra. Además de sus calles de tierra y piedras, las primeras casas que nos dieron la bienvenida al pueblo estaban en su mayoría construidas con esta peculiar roca anaranjada, dándole a su arquitectura un toque exquisito.

 

Purmamarca

 

El calor del mediodía nos abrió pronto el apetito, y decidimos parar a comer en un pequeño restaurante antes de proseguir con nuestro tour. Luego de una sopa y un tradicional corte de carne, conocí lo que en Argentina llaman el “cubierto”. Es una especie de “derecho de asiento” que se cobra en la cuenta. Es como pagar por el servicio desglosado en el ticket final, pero eso sí, es diferente a la propina. La verdad que me confundí un poco, y se me hizo algo excesivo pagar el cubierto más la propina :huh: pues superaba ya el 10%, usualmente lo máximo que dejamos en México.

 

Continuamos nuestra travesía mirando las pequeñas y coloridas artesanías que en Purmamarca se elaboraban, entre las que no pude hallar un simple vaso tequilero (que he coleccionado durante todos mis viajes). Al final me decidí por un pequeño vaso hecho de la misma roca, y que podría pasar por un chupito para shot :big-grinB:

 

Calles de Purmamarca

 

Subimos hacia la parte trasera del pueblo, rodeando el imponente y brillante cerro, cuyas laderas rojizas no pude evitar tocar. Su áspera superficie me hizo sentir en la edad de piedra, y quise llevarme un pedazo de cada pared conmigo.

 

Roca de la Quebrada de Humahuaca

 

Pasamos por un alucinante hotel anaranjado donde me imaginé a los Picapiedra en su troncomóvil :D La verdad que pensé en que hubiera sido mejor idea pasar allí la navidad. Pero bastaba con preguntar en uno de los hospedajes más simples para darse cuenta de lo turístico que era Purmamarca, y del daño que pudo haberle hecho a nuestros bolsillos :(

 

Hotel de piedra en Purmamarca

 

Cuando dimos la vuelta a la pequeña montaña, el monótono naranja empezó a transformarse en un tutifrutti de colores que pintaban los macizos y el suelo de verdes, grises, morados, naranjas y rojos. Una imagen impresionante que nos hizo sentir bajo los efectos de estupefacientes, cual sueño de alucinógenos.

 

Camino al Cerro de los 7 colores

 

Sin embargo, Rocío me dijo que eso no era todo. Pues estábamos a punto de ver la postal más reconocida de todo el norte argentino: el Cerro de los siete colores.

 

Mientras caminábamos serpenteando la Quebrada de Humahuaca me puse y me quité la casaca en repetidas ocasiones. El sol era bastante abrasador, aunque no nos encontrábamos a una altura extrema (unos 2,200 msnm). Pero frente a algunos montes de la sierra el frío viento golpeaba con toda su fuerza, y apenas y me dejaba levantar la cara :zsick:

 

A cada metro que avanzaba, yo creía estar viendo el Cerro de los siete colores por doquier. Los paisajes se maquillaban por sí solos de múltiples y vívidos tonos que parecían ser sacados de un cuento de vaqueros del lejano oeste <3

 

Cerro de los 7 colores

 

La única vegetación a la vista eran pequeños arbustos secos y enormes cactus, muy parecidos a los que había mirado en la Isla Incahuasi en el Salar de Uyuni.

 

Nico siempre se nos adelantaba para filmar todo lo posible con su cámara Super 8. Mientras Rocío y yo luchábamos por ganarle la batalla al viento y por no cegarnos con el reflejo del sol en aquellas radiantes colinas.

 

Nico filmando la Quebrada de Humahuaca

 

De pronto, apareció frente a nosotros otro macizo. Pero éste parecía haber sido delineado por algún pincel inexistente y natural. Era el Cerro de los siete colores, que se sobresalía entre el resto de las montañas.

 

Cerro de los 7 colores, Purmamarca

 

De blancos a oscuros, de cafés a morados, de rojos a verdes. No pude contar aquellos siete colores de los que hablaban, pues sus tonalidades eran muchas más.

 

Su historia geológica de sedimentos marinos, lacustres y fluviales elevados por los movimientos tectónicos dio forma a esta joya fascinante de la Cordillera de los Andes, de la que no pude creer que estuviera siendo testigo, y que no hubiera tenido conocimiento de su existencia desde antes :ohmy:

 

Anonadados por la perfección de aquellas líneas de colores, seguimos el sendero que nos llevó de vuelta al pueblo, no sin antes darnos la vuelta para captar una última fotografía del prodigioso monumento.

 

Cerro de los 7 colores

 

Como era aún temprano para volver, Rocío nos platicó sobre otro lugar cercano llamado Maimará. Se trata de un pequeño poblado a la orilla de la ruta 9 y a apenas unos 7 kilómetros al sur de Tilcara, por lo que nos quedaba de paso.

 

Tomamos un colectivo que pronto nos dejó dentro del pueblo. La comunidad lucía bastante desolada, prácticamente deshabitada. El sonar el del viento en los árboles, bajo los fuertes rayos del sol, sumado a las calles desiertas y un niño andando a solas en su triciclo fue una imagen bastante tenebrosa con la que fuimos recibidos :unsure:

 

Solitaria calle de Maimará

 

Dos jóvenes viajeros fueron los únicos que asomaron sus rostros por las paredes de un camping, donde ellos poseían la única carpa instalada. Pero los fantasmas de Maimará fueron desvaneciéndose poco a poco, mientras subíamos por una empinada calle que nos estaba llevando de vuelta a la carretera.

 

Y detrás de nosotros empezó a aparecer el principal atractivo del pueblo, que nos había arrastrado hasta allí: la Paleta del pintor.

 

Paleta del Pintor, Maimará

 

Al igual que Purmamarca, Maimará se posa en las mágicas ranuras de la Quebrada de Humahuaca, de la misma manera que es vigilado por un gran macizo, cuyas anchas proporciones parecen, efectivamente, haber sido rociadas por los colores de un pintor.

 

Llegamos hasta la ruta, donde un pequeño montículo de piedra, a forma de mirador, nos permitió tener postales mágicas de aquella montaña policromática.

 

Paleta del Pintor, Maimará

 

Detrás de nosotros, se abría la carretera entre varios monolitos que me hacían sentir en los paisajes de Utah o el Gran Cañón. Sin duda alguna, me había dado cuenta que entrar a Argentina había sido la decisión más acertada que pude haber tomado en mi viaje ;)

 

Ruta 9 a Tilcara

 

El viento comenzó a molestar un poco a Rocío, sobre todo en lo alto de un cerro donde penetraba nuestros abrigos, rompiendo nuevamente con el mito del calor veraniego del norte argentino :O_o:

 

Paisajes de Maimará

 

Bajamos a la autopista para esperar al colectivo en la garita. Pero los escasos coches a la vista y el desalentador comentario de una joven pasajera nos dieron pocas esperanzas de avistarlo pronto. Así que bajamos de nueva cuenta al pueblo para coger un taxi que, por un módico precio, nos llevó de vuelta a Tilcara.

 

Allí, nos reconfortamos en nuestra suite presidencial, donde mientras esperábamos por las chicas, hicimos la lista de nuestras compras navideñas, con la que prepararíamos el gran banquete para nuestra Nochebuena a la argentina…

 

Pueden ver el resto de las fotos en el álbum de la provincia de Jujuy :rolleyes:

 

 

Faltaban 3 días para la Nochebuena. Nico y Rocío estaban ansiosos por volver a pisar sus tierras. Yo me sentía dichoso por tener con quién pasar la navidad :) Pero mi felicidad era más alentada por la inesperada aventura a la que mi viaje poco calculado me había arrastrado. Después de todo un día recorriendo el Salar de Uyuni, regresamos a la ciudad a comprar nuestros boletos de bus para la ciudad fronteriza de Villazón, desde donde cruzaríamos a la singular Argentina.

 

Antes de que el camión partiera, cenamos en un restaurante que, al final, nos resultó bastante incómodo, por la mala atención que recibimos por parte de los dueños. Para resumirlo, la dueña se colocó en la puerta a darnos empujones, para obstruirnos el paso y no dejarnos salir :wacko: luego de habernos quejado por una coca cola abierta y otra que no tenía gas. Es un poco de lo que se puede encontrar siendo turista en Bolivia. Después de todo, hay que ser comprensible. La mayoría de los establecimientos son atendidos por personas indígenas, que rara vez han cursado estudios de turismo o han recibido capacitaciones de servicio al cliente.

 

Luego de la bizarra experiencia, subimos al bus. Esta vez, parecíamos ser los únicos turistas a bordo. Pronto, nos vimos rodeados de bolivianos que, a pesar de caída la noche, no dejaban de hablar ni apagaban la música en su celular :O_o:

 

Como si no hubiera sido suficiente, y como si Nico no hubiera estado de peor humor (llevaba dos días durmiendo en buses, sin haber tomado una ducha y acaba de discutir con la restaurantera) la carretera sur parecía ser peor que en la que habíamos viajado al venir. El vehículo no dejó de vibrar en todo el camino, golpeando nuestros traseros con un constantemente saltar.

 

Para acabarla de completar, el chofer se detenía en cada garita que una persona le hacía la parada. Sin importarle que el transporte fuera al tope de lleno, continuó subiendo gente hasta que el pasillo se atestó de cholitas escoltadas por sus cuantiosos retoños.

 

Las anchas caderas de estas mujeres me acorralaron por ambos lados :crying: Ni decir de pararse al baño, caso que se presentaba como todo un desafío. Un niño sentado en una cubeta detrás de su madre, meneaba su cabeza a causa del sueño, y terminó por posarse accidentalmente en mi hombro. Era la situación perfecta para una fotografía nocturna, pero levantarme por mi cámara (que estaba en el portaequipaje) era otra complicada hazaña que no me dispuse a realizar.

 

El llanto de una pequeña que colgaba por la espalda de su madre envuelta en un rebozo, nos acompañó aquella noche que se tornaba eterna. Y la dificultad de mantenerme en el mismo sitio por un minuto fue la misma dificultad con la que no pude dormir :(

 

Arribamos a Villazón cerca de las 3:30 am. Mostrando un poco de compasión, el chofer nos dejó quedarnos a dormir un poco más :sleep: en vista de que la oficina de migración abría sus puertas a las 7.

 

Apenas cuando salía el sol, los argentinos y yo cogimos nuestras maletas y caminamos rumbo a la línea fronteriza. Me habían sobrado bastantes billetes bolivianos, y fue cuando sobrevino la disputa sobre el cambio de divisas:

 

Nico y Rocío me explicaron con detenimiento cómo funciona el cambio de moneda en su país. El lío se puede resumir con la existencia de dos cifras: la oficial y la no oficial. La oficial (que se puede encontrar en cualquier casa de cambio o banco en Argentina) colocaba al dólar a la venta en unos 8 pesos argentinos. Mientras en el no oficial (que se encuentra en el mercado negro) se pueden recibir desde 10 hasta 14 pesos por cada dólar.

 

Por tanto, no era conveniente entrar a argentina con bolivianos. El destino parecía jugarme chueco, ya que ninguna casa de cambio tenía dólares. Pero al calcular Rocío las cifras de cambio directas del boliviano al peso se dio cuenta de la ganga que podía negociar.

 

Al final, recibí 2 pesos argentinos por cada boliviano, quedando así el dólar a mi favor, con 14 pesos por cada uno (exactamente al precio que se encontraba el peso mexicano en aquel momento). Desde entonces, por cada peso argentino que gastara estaría gastando uno mexicano. Con unos 1000 pesos en efectivo, me disponía a gastar lo menos posible durante mi estadía, ya que de otra forma tendría que retirar del cajero, lo cual me daría casi la mitad del precio que había recibido. Sin duda, a veces las buenas matemáticas son las mejores amigas del viajero ;)

 

Una vez cargado con plata, llegamos al paso fronterizo. Un pequeño puente que cruzaba un río daba el acceso a la ciudad argentina de La Quiaca, a donde centenas de bolivianos se disponían a pasar.

 

Lado boliviano del paso fronterizo Villazón - La Quiaca

Lado boliviano del paso fronterizo Villazón - La Quiaca

 

El sol ya había salido y comenzó a calentar, lo que nos hizo despojarnos de nuestros abrigos. Poco después de las 7 am los oficiales dieron pauta a la apertura del paso.

 

Llenamos las formas de salida y teníamos todo listo, pero la fila no parecía avanzar, a diferencia de los grupos de personas que corrían con carritos de supermercado por la parte superior de la oficina, que tenían toda la pinta de ilegales :huh: Luego de casi una hora caminando a pocos centímetros por minuto, pasamos a la ventanilla de la oficina boliviana, donde un simple sello fue todo por lo que habíamos aguardado. Nos indicaron entonces la dirección para hacer la otra fila, tras la que por fin ingresaríamos al lado argentino.

 

A pesar de nuestras nacionalidades (pues su rigidez con los bolivianos era más que notoria), fuimos víctimas de la burocracia, y encima de los dos oficiales al mando, nuestra espera se prolongó hasta por dos horas más :mad: Al final, uno de los agentes nos apartó de la agobiante hilera, se llevó nuestros pasaportes y, en un solo minuto, teníamos el sello de entrada con nosotros. Sin hallarle sentido a otro enfado más (sobre todo Nico y Rocío por la ironía de ser connacionales) cruzamos felices y al fin pisamos la Argentina.

 

Ambos casi besaron su suelo, al que habían añorado desde hace varios meses. Tomamos un taxi hacia la estación de buses, donde compramos nuestros tickets al destino que Rocío nos había recomendado para pasar la navidad: el pueblo andino de Tilcara.

 

En nuestro tiempo libre antes de partir, acudimos a una cafetería y desayunamos un café con facturas y medias lunas (pan dulce y croissants, conocidos como cuernitos en México). Empecé a empaparme un poco del argot argentino, al que ya me venía acostumbrando al compartir mis días junto a esa simpática pareja.

 

Al calor del mediodía tomamos el bus hacia Tilcara, sobre cuya superficie intenté reconciliar mi sueño :sleep: que fue armonizado poco a poco por los primeros hermosos paisajes con los que Argentina me daba la bienvenida.

 

En medio de un paraje lo menos parecido a como lo había imaginado, el autobús se detuvo para que los tres pudiéramos descender. Y fue entonces cuando los testimonios sobre el insoportable calor veraniego del norte argentino se convirtieron en un mito poco creíble para mí.

 

Paisajes de Tilcara, en Jujuy

Paisaje árido de Tilcara

 

Una fuerte ráfaga de frío viento se abalanzó sobre nosotros apenas pusimos un pie sobre la arenosa superficie :zsick: Me puse mi campera para apaciguar el clima, que al mismo tiempo provocaba una leve comezón en mi piel, pues los rayos del sol a las 3 de la tarde seguían abrasando a pesar de la baja temperatura.

 

Casa típica de Tilcara

 

Cruzamos la carretera y caminamos por una larga avenida de tierra, que se orillaba por modestas casas adornadas por la vegetación seca. Alrededor de la minúscula población se erigían áridas montañas. Tras la ruta tomada se abría un paso natural hacia el Altiplano andino. Estábamos ahora en la Quebrada de Humahuaca, un particular accidente orográfico de la provincia de Jujuy que me alojaría durante los siguientes seis días.

 

El primer paso fue buscar un alojamiento, que Nico y Rocío tenían bien merecido después de dos noches a bordo de incómodos buses. Dejamos las maletas en una esquina y nos turnamos para caminar en busca de un hostal. Se acercaba la navidad y debíamos hallar un precio que no rebasara nuestros presupuestos. Y como si la pronta llegada del natalicio de Jesús hubiera retenido a todos en casa, las calles lucían desiertas y los hostales poco concurridos. Algunas veces, ningún empleado aparecía para atender la recepción. Me daba la impresión de ser un pueblo fantasma.

 

La lúgubre soledad desapareció a lo largo de una pequeña calle empinada, donde Nico y yo encontramos las mejores opciones: hostales económicos con áreas de camping, algunas cafeterías con música en vivo y las famosas peñas para pasar las noches de fiesta. Volvimos por nuestro equipaje y pagamos una noche en un cuarto compartido en un cálido y colorido hostal familiar :big-smil:

 

Nuestro hostal en Tilcara

 

De camino hacia el hospedaje, nos topamos con una serie de cabañitas cuyas simpáticas fachadas con troncos en el techo (al estilo de Los Picapiedra) nos llamaron mucho la atención. La oficina de información estaba justo frente a ellas. Si bien intuimos que el precio sería algo elevado, no quisimos quedarnos con la curiosidad y preguntamos a la encargada, quien no dudó en mostrarnos el interior.

 

Piso de madera, calefacción, una pequeña cocina, una cama matrimonial, una individual, un enorme baño con bañera y secador, un cómodo patio trasero con mesas, sillas y un asador. Era la manera perfecta de pasar la navidad :ohmy:

 

El titubeo se encaminó al saber el precio: 900 pesos por noche :unsure: Al darle las gracias, la señora se percató de nuestras caras de imposibilidad, y pronto bajó el precio a 800. Le dijimos que lo hablaríamos y tomaríamos una decisión.

 

Regresamos al hostal para tomar una ducha caliente y para por fin sentir que estaba en Argentina. Por supuesto, estoy hablando del mate :big-smil: Esta legendaria bebida que es parte orgullosa de su reconocida identidad nacional (sin dejar atrás sus cortes de carne, pizzas, pasta, sus vinos, empanadas, el tango y el futbol).

 

En la universidad había elaborado una campaña publicitaria para un restaurante Uruguayo de la Ciudad de México llamado “Mateamargo”; un año atrás había tenido la oportunidad de viajar con argentinos por el sur de España, donde probé el mate por primera vez. Y seis meses antes había hospedado a una pareja de Buenos Aires, que compartía con gusto su vital bebida. Sin embargo, nada de esto se comparaba con la experiencia de tomar mi primer mate en Argentina :)

 

Mi primer mate en Argentina :)

 

Aunque debo confesar que el amargo sabor de la hierba y la hirviente temperatura del agua no eran mucho de mi agrado, poco a poco le fui agarrando el gusto durante mi estadía. Después de todo, era un excelente digestivo si no abusaba mucho de él.

 

Y por si no me había quedado claro el inigualable poder del mate, cuyo ritual es un perfecto objeto de estudio social que va mucho más allá de sus propiedades herbáceas y de la satisfacción sensorial, rápidamente hicimos amistad con dos chicas capitalinas que se hospedaban en el mismo lugar.

 

Tras repetidos sorbos de la bombilla, y tras una larga deliberación, los tres estuvimos dispuestos a gastar 500 pesos por pasar dos noches en una de las cabañas; después de todo, merecíamos una navidad cómoda y sin preocupaciones ;)

 

Con la mejor actitud, negociamos con la señora para que nos bajara el precio por dos noches en 1500 pesos (originalmente 1600). Con mucha amabilidad aceptó la oferta, y quedamos de vernos al mediodía para coger las llaves y dejar nuestras cosas.

 

Por la noche decidimos conocer la vida nocturna que Jujuy nos tenía preparada. Si bien el plan inicial era buscar algo para cenar, al final terminamos de joda en la peña que se encontraba frente a nuestro hostal.

 

Una peña es una especie de restaurant – bar argentino donde se vende comida típica nacional, variedad de vinos y bebidas y se caracteriza por la música folclórica que se toca en el escenario. Algunas contratan a grupos en vivo para entretener al público; otros simplemente dejan que sus mismos clientes sean quienes se suban e improvisen poemas, actos, música, cantos y cualquier estilo de expresión artística.

 

No hubo una mejor forma de introducirme en el estilo de vida del norte argentino que haber visitado esta adorable peña.

 

Empanadas argentinas :)

 

Todas las empanadas que había probado antes en mi vida no se compararon al exquisito sabor de las que comimos allí :rolleyes: Carne molida, pollo y la exótica carne de llama me dieron la sazón perfecta para aquella fría y oscura noche. Mi, hasta ahora, escaso gusto por el vino tinto se transformó tras las dos botellas que sabiamente Nico y Rocio habían seleccionado entre la gama de marcas disponibles. No hace falta decir lo rápido que los efectos etílicos se hicieron presentes en alguien sin experiencia como yo :big-grinB:

 

La alegría estimulada por una ligera ebriedad tocó su punto máximo con las melodías que la familia de músicos en el escenario tocaba con el charango, la quena y el sicu, instrumentos andinos hasta ahora desconocidos para mí.

 

La tradicional vestimenta de origen indígena que portaban los artistas parecía bastante pesada, pero abrigadora para aquel día. El micrófono no parecía distorsionar el grave sonar de las flautas, que al ritmo de las cuerdas y la voz armónica interpretaban variedades de chacarera, zamba, y el mundialmente famoso carnavalito, que me llevó de vuelta a mis clases de música en la escuela secundaria, donde ignoraba su procedencia andina.

 

Cuando menos lo esperé, me vi dando vueltas por toda la peña jalado por la mano de una mujer :D quien a saltos y vueltas me hizo bailar una chacarera.

 

Nuestros prolongados parpadeos dieron indicio a nuestra evidente necesidad de dormir. Pagamos la cuenta y volvimos al hostal pasada ya la media noche. Argentina me había dado una calurosa e inolvidable bienvenida que logró superar todas mis expectativas :big-smil: Y al ritmo de la música híbrida de Jujuy arrullé mi sueño en la fría litera de madera.

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