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Guanajuato sobre piedras

AlexMexico

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En una de nuestras reuniones en el D.F. donde planeamos los viajes que haríamos próximamente, no quisimos pasar por alto visitar Guanajuato durante el mes de octubre, época en que se celebra el festival cultural más importante del país: El Festival Internacional Cervantino.

Como comisionado de logística, busqué las opciones más baratas para asistir. Encontré muchos viajes estudiantiles que salían desde la Ciudad Universitaria el fin de semana, ya fuera jueves o viernes, que incluían el transporte en autobús ida y vuelta y un "sitio para camping". El precio era bastante módico... pronto descubrimos por qué.

5 de mis amigos y yo partimos en el bus del jueves por la noche, y los otros dos en el del viernes. El viaje fue bastante duro. Seis horas (de 12:00 a 6:00 am) de camino sin poder dormir mucho, pues no faltaron los borrachines a los que se les permitió beber y fumar dentro del autobús. Además, una chica ebria (o drogada) que iba detrás nuestro, no paró de hablar toda la noche sobre la antitesis de facebook, una red social que ella inventó y que se llamaba Galileo. No es por estereotipar, pero creo que era estudiante de filosofía :wacko:

Cuando al fin llegamos a la ciudad, el organizador del viaje se desentendió de nosotros, pues llevaba a su cargo decenas de buses, y sólo nos dijo: "el camping será en la Plaza de Toros". Así, tomamos dos taxis para llegar, armar la tienda e intentar dormir un poco. Cuál sorpresa nos llevamos al ver que éramos los únicos fuera de la plaza que, por cierto, parecía totalmente abandonada.

Le dimos una vuelta entera, buscando la manera de entrar, pero no había nadie. Eran las 6 de la mañana y aún seguía oscuro. Cuando al fin un hombre semi-dormido se apareció y nos abrió la puerta, nos dimos cuenta del porqué pagamos tan poco por ese viaje (260 pesos, unos 20 dólares).

La plaza estaba bastante descuidada. Los baños no eran más que unos retretes rodeados de tablas de madera. Una llave de agua de paso para enjuagarse las manos. Y lo peor de todo eran las regaderas comunitarias. Dos duchas que se rentaban a $10 por persona. Creímos que nos contagiaríamos de algún hongo por ahi :( Pero qué mas daba, viajar barato tiene sus sacrificios. Por suerte, fuimos bien preparados con papel higiénico, gel antibacterial, jabón, shampoo, y mucha comida :P

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Como los primeros en el camping, elegimos el mejor lugar para armar la tienda. Fue nuestra primera vez armándola, pero lo conseguimos aún sin luz. Intentamos dormir un poco, después de una noche sin conciliar el sueño; pero después de 1 hora, el calor de la mañana y las rocas en el suelo bajo nuestra casa (a las cuales debo el título del relato) nos levantaron pronto y nos hicieron partir a nuestro primer tour por la ciudad.

Guanajuato es bien conocida en México por ser una de las ciudades que mejor conserva su centro histórico de estilo colonial. Se le considera también, una de las ciudades más románticas del país. Todo su centro es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1988, y vaya que lo merece. El clima de la ciudad es semiárido, y se observa rodeada de montes secos con nopales y cactus, así que el calor se hace presente, aunque muchas veces por la noche las temperaturas bajan drásticamente.

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Nuestro recorrido inicial incluyó bajar por las calles estrechas y empinadas que dibujan las curvas irregulares por su centro, por lo que es muy fácil perderse entre los edificios barrocos que emanan una chispa de romance a todo transeúnte. Pasamos por la Basílica, el mercado y la Universidad de Guanajuato, abriéndonos paso entre la multitud de gente que se paseaba, cual carnaval, por las cerradas vías, teniendo de fondo la música del festival y los megáfonos que anunciaban los eventos próximos. Algo que me gusta bastante es que el ayuntamiento de la ciudad ha prohibido a las franquicias internacionales instalarse en su zona patrimonial, por lo que encontrar un Mc Donald's o un Subway solamente se logra a las afueras, en la zona urbanizada. Es una manera buena de conservar el valor histórico :rolleyes:

Luego de un rato, buscamos un centro de información y tomamos un folleto para hacer nuestro itinerario. El Festival Cervantino tiene sus orígenes a mediados del siglo pasado, cuando tradicionalmente se representaban los entremeses de Miguel de Cervantes (supongo todos lo conocen). Entonces, el principal objetivo del festival era exponer las maravillas de la lengua española. Hoy en día, se reúnen todas las ramas de las artes con grupos provenientes de varios países, para representar la cultura de cada uno. Así, se puede encontrar teatro callejero, danza, ópera, música, proyecciones de cine, exposiciones de pintura, fotografía y muchas cosas más.

Algunos espectáculos se realizan en centros cerrados y tienen un costo (a veces bajo, a veces alto). Nosotros optamos por disfrutar del arte al aire libre, en los que raras veces hay que pagar.

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Por la tarde disfrutamos de una obra dancística en una plaza, donde aprovechamos a comer algo decente (y no atún de lata con galletas, que eran nuestras principales provisiones). Allí, mis queridos amigos españoles se enchilaron con una salsa de chile habanero :big-grinB: Por cierto, tengan cuidado, es la salsa más picosa de México. Por la noche vimos espectáculos de bailes regionales en la Plaza de San Roque, con los trajes típicos de cada región de México. Uno de ellos, por cierto, fue "La Bamba", que seguro han escuchado en la versión Rock n' Roll con Ritchie Valens, y que probablemente no sabían que es originaria de mi ciudad natal, Veracruz ^_^ obviamente tocada con otros instrumentos, como el arpa y la jarana.

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Esa noche regresamos temprano al camping para intentar reponer las horas que perdimos de sueño. A mitad de la madrugada, nuestros otros dos compañeros arribaron. El autobús se había atascado en embotellamientos en la carretera. Ni hablar, al menos ya tenían la carpa lista para dormir, a diferencia de los recién llegados, que la armaron auxiliados con las luces de sus celulares.

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A la mañana siguiente, la plaza de toros amaneció hacinada con casas de campaña por doquier, y hubo que hacer una larga fila para ducharnos, así que nuevamente tuvimos que despertar temprano :wacko: Al final del viaje por supuesto, acabaríamos destrozados por el sueño y los dolores de espalda.

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Esta vez tocó visitar las antiguas minas de la ciudad. Guanajuato tiene las mayores reservas de oro y plata en todo México y, por supuesto, los conquistadores españoles supieron explotarlas, utilizando a los indios como fuerza de trabajo. No recomiendo mucho visitar las minas, pues el tour por el que hay que pagar no vale la pena. No se desciende muchos metros y lo único que se ven son escaleras entre rocas.

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Fuera de las minas, en una colina que domina la ciudad, se erige el templo de San Cayetano, iglesia católica construida con la plata y el oro extraídos de la que alguna vez fue la mina más productiva del mundo. Un dato curioso es que le hace falta una torre, pues nunca fue terminada. Para los amantes de la plata, es posible comprar infinidad de alhajas plateadas alrededor de este recinto, a precios muy baratos ;)

De vuelta a la ciudad, descendiendo por los montes, nos topamos con un museo de la Santa Inquisición, una verídica antigua casa de la tortura, de las pocas que se instauraron en el México antiguo. Si les gusta el morbo de los instrumentos de tortura y demás, vale la pena visitarla. Yo la verdad es que ya había visto muchas de esas cosas O_o

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Por la tarde decidimos subir al Cerro del Pípila (personaje del que hablo más adelante) un mirador al que ascendimos por un teleférico y en donde se alza la estatua homónima. Al llegar nos encontramos con una multitud de jóvenes embriagados (pues creo que es el único sitio donde se les permite beber en vía pública). Entre cánticos de porras y gritos que incitaban a las mujeres a mostrar los senos, tuvimos una vista total y maravillosa de la ciudad de las ranas.

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Por la noche nos unimos a un paseo llamado "La callejoneada", donde una Estudiantina (grupo de músicos estudiantes que recorren las calles interpretando canciones que cuentan la historia de la ciudad) nos dio un recorrido por los principales callejones de Guanajuato, siendo el más famoso el Callejón del Beso. Es una rúa tan estrecha que, cuenta la leyenda, dos vecinos enamorados se besaban todas las noches, cada uno desde su balcón, que se juntaban a sólo unos centímetros uno del otro. Es "imprescindible" besar a alguien al estar ahí, se tenga o no pareja (pero bueno, yo no lo hice :big-grinB:). Durante la callejoneada, la estudiantina nos regaló una pequeña ranita de porcelana dentro de la cual podíamos verter cualquier bebida; casualmente, mis amigos y yo bebimos new mix (tequila con refresco de toronja). La verdad es que necesitábamos un trago para apaciguar el cansancio :rolleyes:

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Al volver al camping conocimos un poco del antiguo sistema anti-inundaciones de Guanajuato, que actualmente son calles subterráneas transitables por coches y peatones. Da un poco de miedo la oscuridad y el laberíntico camino, pero es muy chulo a veces verse caminando ahí.

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Al siguiente y último día nos dirigimos a otro de los atractivos únicos de Guanajuato, sus famosas Momias. Estos cuerpos se encontraron años atrás en el antiguo panteón de la ciudad, con la sorpresa de que fueron momificados naturalmente por los minerales del subsuelo. Hoy en día, todas esas momias se conservan en un museo, donde sus figuras tétricas nos hicieron sentir un poco más cerca al día de muertos :o

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Cuando bajamos de vuelta al centro, algunos nos separamos para comprar recuerditos y mirar el mercado de artesanías. Detrás de uno de estos mercados hippies, vimos desde fuera la Alhóndiga de Granaditas, un antiguo almacén de granos que fue uno de los principales escenarios de la lucha por la independencia de México. Este edificio fue utilizado como refugio por las familias españolas y criollas para ocultarse de las tropas liberales. Al final, los rebeldes lograron entrar gracias al Pípila, personaje que logró incendiar la puerta al esquivar los balazos cargando una loza de piedra en su espalda. Es así como se le puede ver en la estatua que se hizo en su honor y que vimos en el mirador ^_^

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Guanajuato y sus alrededores (en especial San Miguel de Allende) son considerados la cuna de la independencia de México, pues fue aquí donde el cura Miguel Hidalgo y Costilla dió el grito desde la catedral para que el pueblo se rebelase contra el imperio español, la madrugada del 16 de septiembre de 1810, fecha que se conmemora todos los años en mi país.

Nuestra última noche la pasamos recogiendo nuestras cosas en el camping, escuchando música en un celular y bailando un poco al modo free style en la arena de la plaza de toros. Aunque no lo crean, no estábamos borrachos :P Volvimos a la estación de buses, donde comimos una última lata de atún y un último pan con nutella, antes de tomar nuestro bus al D.F.

Así que si quieren un poco de historia mexicana, cultura mundial, romanticismo, arquitectura colonial, momias terroríficas y plata a precios baratos, Guanajuato es la ciudad ideal para visitar, sobre todo durante el Festival Cervantino, sin mencionar los pueblos aledaños que no tuvimos tiempo de visitar :(

Claro está, que si ustedes lo hacen, no les recomiendo dormir en la plaza de toros ni viajar en buses nocturnos llenos de borrachos; mejor conseguir un sitio con baños decentes y viajar con gente normal :D 

Y a continuación, el capítulo 4 de "Un Mundo en la Mochila", de mi amigo Daniel Fernández, para que disfruten nuestras aventuras en video HD ;)

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      Muchos dicen que la parte más dura de un viaje es siempre volver a casa. Pero mi experiencia me ha demostrado que la parte más difícil son las despedidas.

      Dejar atrás una ciudad que me dio cobijo y trabajo por varios meses no fue algo fácil de enfrentar. Si bien es cierto que luego de decenas de experiencias en Couchsurfing y más de una veintena de países visitados, despedirse de un sitio sin saber si volveré a él es algo a lo que todavía no logro acostumbrarme.

      Pero decirle adiós a Lyon, al colegio Jean Perrin o al río Ródano y sus tardes de vino, no se comparó con la amargura de decirle adiós a mis amigos. Un puñado de personas de varios rincones del mundo que seguirían procurando en Lyon una forma de vida permanente.

      Yo por mi lado, debía partir. Con un mes y medio por delante antes de coger mi vuelo a México, mi siguiente viaje estaba planeado, dejando como siempre una pizca a la aventura y a la incógnita que da a cada travesía el enigmático entusiasmo que merece.

      Mi tren me llevó hasta la Gare de Lyon de París, donde permanecí un par de días con mi buena amiga Danya, quien vivía entonces con su novio Julien en los suburbios de La Défense.

      Tras depositar mi valija en sus aposentos, una mañana de abril me despedí de ella y de Julien, prometiendo volver en poco más de un mes, luego de mi andar por el norte europeo.

      Desde los hangares del Charles de Gaulle mi vuelo partió hasta un aeropuerto en la isla Amager, ubicada justo en el estrecho que conecta al mar del Norte con el mar Báltico.

      Es el aeropuerto principal que sirve a Copenhague y a la ciudad sueca de Malmö. Aquel día, yo tomé un tren hacia la isla de Selandia, donde Copenhague sería mi primer destino por visitar en los rincones de Escandinavia.

      Había varias razones por las que los países escandinavos habían sido mi elección final. La primavera había llegado, y con ella la esperanza de toparme con un clima mucho más cálido que me permitiera recorrer los países nórdicos con calma y regocijo. También, era de mi conocimiento lo excesivamente caros que pueden ser aquellos rincones de Europa para alguien como yo. Y con los euros que había logrado ahorrar en Francia, sabía que era el momento ideal de disfrutar del norte sin padecer hambre ni penurias.

      Y aunque al dejar el avión y coger mi tren en el aeropuerto el cielo me mostró un frío y nublado clima, mi promesa ilusoria seguiría depositando mi confianza en ver salir el sol sobre la península danesa.

      Un grupo de niños no dejó de mirarme en todo el recorrido dentro del vagón. Sus murmullos en un idioma totalmente ininteligible a mis oídos no me daban pista alguna sobre su conversación.

      Un turista dirigiéndose a Copenhague no podía ser una gran sorpresa para ellos. Pero el pasmo vino a mí cuando una anciana señora se me acercó al salir del tren en la estación central.

      Disculpe, mis niños dicen que es usted un famoso jugador de fútbol. ¿Es verdad? —preguntó esperanzada hablando un extraño inglés—. ¡It’s Alexis Sánchez! —gritó uno de los pequeños—.

      La reacción inmediata de todos a mi alrededor fue voltear estupefactos a observar la escena. ¿Qué haría Alexis Sánchez viajando en un tren a Copenhague, solo y con una vieja mochila al hombro? —me pregunté—. Sin guardias de seguridad, sin ropa deportiva, sin la prensa asediando y sin el Club Arsenal FC a su lado (con el cual jugaba en aquel entonces).

      Por unos segundos me quedé inmóvil, sin palabra que emanara de mi boca, mirando fijamente y con ternura al grupo de niños, a los que no quería romperles el corazón, romper el sueño de conocer a uno de sus héroes en la central de trenes de su mismísima ciudad natal.

      Me llamo Alexis —contesté, mirando a los ojos al pequeño del que emanó el grito—. Pero no me apellido Sánchez, ni soy jugador de fútbol. Estoy seguro de que un día lo conocerás.

      Al ver a los niños partir tomados de las manos, por un minuto pensé que quizá debí darles mi autógrafo y hacer de aquel uno de los mejores días de su vida. Pero vamos, que aquello había ido demasiado lejos. Decir que me parezco a Alexis Sánchez luego de saber que me llamo Alexis no era algo sorprendente. Pero aquella escena en plena central de trenes, fue sin duda una historia de viaje que hizo de mi día algo memorable.

      Al salir de la estación cambié mis euros por coronas y compré un hot dog en un pølsevogn, un típico carrito de salchichas. Aunque el hot dog no es un invento nacido en Dinamarca, el estilo danés incluye pepinillos sobre la salchicha y una salsa Remoulade, un aderezo que luce como la mostaza, pero que tiene un sabor inigualable.

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      El tranvía me llevó hasta el barrio residencial donde vivía Rasmus, el couchsurfer que había aceptado hospedarme por algunas noches en Copenhague.

      La puerta de su edificio estaba abierta, y la de su apartamento también. Al tocar, nadie contestó mi llamado. Al fondo, los ruidos de la televisión se escuchaban en uno de los cuartos. Me quité las botas y caminé hasta él, donde Rasmus y su novia jugaban FIFA con toda su concentración en el televisor.

      Me senté entonces en el mueble y los observé jugar, esperanzado de recibir al menos una simple bienvenida.

      Traté de ignorar mi extrañeza por el incómodo momento, hasta que Rasmus se paró y se dirigió a la cocina. Cogió una botella de vodka y tomó un trago directo de la boca. Era la 1 de la tarde.

      Me duele la muela —me dijo al darse cuenta que lo miraba fijamente y con rareza—. Esto aliviará el dolor, no me gustan las pastillas.

      Rasmus parecía sin duda un chico inusitado. Pero, ¿qué era Couchsurfing sin la peculiaridad de sus miembros?

      De pronto, Rasmus no pudo quitarme la mirada de encima. ¿Alguna vez te han dicho que te pareces a Alexis Sánchez? —me preguntó. Y no pude hacer nada más que soltar una carcajada al aire—.

      Sí, acaban de preguntarme si era él justo al llegar a la estación de tren —le conté. Y su reacción fue similar a la mía frente a aquellos pequeños. Al menos, mi supuesto parecido con Alexis Sánchez había por fin roto el hielo luego de tan engorroso primer encuentro.

      Sin pensarlo mucho tiempo, Rasmus me ofreció prestarme una de sus bicicletas. Así, los tres disfrutaríamos de la tarde dando un paseo por la ciudad al mejor estilo danés: sobre dos ruedas.

      Después de Ámsterdam, Copenhague es la ciudad europea donde la población usa más la bicicleta para transportarse, casi más que los propios automóviles o el tren metro. Según las últimas estadísticas, más del 50% de los habitantes de la urbe utilizan la bicicleta para ir al trabajo o a la escuela. Es a veces más probable ser atropellado por un ciclista que por un automovilista.

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      Nuestra primera parada fue La Sirenita, la estatua inspirada en el cuento del danés Christian Hans Andersen que años más tarde fue llevada a las salas de teatro y de cine, habiéndose convertido no solo en un ícono de los cuentos infantiles, sino en el mayor símbolo de Copenhague y Dinamarca.

      Aunque Christian Hans Andersen nació realmente en Odense (a 160 kilómetros de Copenhague), la estatua se colocó a orillas de la bahía del puerto de la ciudad capital, dando la bienvenida a los buques que entran junto al paseo de la costa Langelinie.

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      La estatua fue construida hace más de 100 años por Edvard Eriksen, y es ahora el monumento más fotografiado de toda Dinamarca.

      Así, fue necesario hacer fila para poder conseguir una foto decente de la misma. La Sirenita está catalogada como una de las atracciones turísticas más decepcionantes del mundo, junto con la estatua del Manneken Pis en Bruselas (esa famosa fuente con un niño que orina). Es el ejemplo perfecto de la expectativa contra la realidad.

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      Seguimos por la orilla del Langelinie atravesando su parque, que mostraba las primeras señales del arribo de la primavera a la ciudad.

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      Rasmus nos llevó hasta posarnos frente a la gran fuente de Gefion, una monumental escultura emplazada frente a la iglesia de San Albán.

      La escultura es una representación de la leyenda del nacimiento de Selandia, la isla donde se encuentra Copenhague.

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      Según las sagas de la mitología nórdica, el rey sueco Gylfi prometió a la diosa Gefion un territorio que ella pudiese arar por las noches. Gefion convirtió entonces a sus cuatro hijos en bueyes y comenzó a arar la superficie. La fuerza de su trabajo fue tanta que el territorio fue despojado de Suecia y arrojado al mar entre Escania y Fionia, creando así la isla de Selandia y dejando en Suecia un hueco que se conoce hoy como el lago Vänern.

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      La fuente muestra así a Gefion y sus cuatro bueyes arando la tierra y llegando hasta Selandia, un ejemplo de lo importante que la mitología y las sagas nórdicas siguen siendo para muchos habitantes de los países escandinavos, aún cuando la mayoría son ateos y cristianos.

      Como sus hermanos Suecia y Noruega, Dinamarca sigue siendo hoy una monarquía parlamentaria, desde que se abolió la monarquía absoluta.

      Y como toda monarquía europea, Dinamarca tiene su propio palacio real, residencia de la familia real, encabezada hoy por la Reina Margarita II.

      El Palacio de Amalienborg es muy diferente al resto de las residencias reales de las que había sido testigo en Europa. De hecho, para mí parecían más bien cuatro palacios diferentes, ya que se tratan de cuatro edificios de estilo rococó que flanquean una plaza central.

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      Los cuatro palacios tienen funciones distintas, y solo uno es el lugar de residencia de Margarita II. De hecho, la reina estaba allí, ya que Rasmus me hizo saber que cuando la bandera danesa está izada indica la presencia de la soberana en sus aposentos.

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      La monarquía danesa es una de las más antiguas del mundo, ya que ha gobernado Dinamarca continuamente desde el año 958. Aunque Dinamarca es el más pequeño de los estados nórdicos, su fuerza ha sido tal que fue capaz de unir a todos los países nórdicos en la Unión de Kalmar, la cual solo Napoleón fue capaz de disolver.

      Los daneses aprecian y respetan mucho a la familia real, aunque no ejerza ningún poder de decisión en los asuntos públicos de la nación. Tal y como otras realezas europeas, representan más bien a la ayuda humanitaria, la investigación científica, el medio ambiente, el arte y hasta íconos de la moda.

      A unos pasos del palacio, una enorme cúpula verde llamó mi atención. Rasmus me llevó justo frente a ella, corona de un famoso edificio cristiano.

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      La iglesia de Federico, mejor conocida como Marmorkirken (iglesia de Mármol), es un templo luterano que posee nada menos que la cúpula más grande de Escandinavia.

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      Como el resto de los países nórdicos, Dinamarca fue influenciada por la Reforma protestante de Martín Lutero, convirtiendo a una buena parte de su población y su propia monarquía en cristianos protestantes, dejando atrás a Roma y a la iglesia católica.

      La construcción de Marmorkirken fue incluso interrumpida por su alto costo, ya que la cúpula fue inspirada en la mismísima basílica de San Pedro en El Vaticano, decorada con doce columnas con frescos de cada uno de los apóstoles.

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      La iglesia de Federico es un gran y bello ejemplo del poder que los luteranos cobraron en Dinamarca y su ciudad capital, y hoy es casi la iglesia más visitada del país.

      Pero Rasmus estaba por mostrarme apenas el punto más visitado de todo Copenhague y la península danesa entera. El Nyhavn, traducido al español literalmente como “puerto nuevo”.

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      Copenhague nació en el siglo X como un puerto de pescadores vikingo, y desde su nacimiento hasta hoy, la parte esencial de la ciudad ha sido su puerto, que domina desde tiempos medievales la entrada al mar Báltico.

      Nyhavn fue mandado a construir en el siglo XVII por el rey Cristian V para que los barcos llevasen las cargas de los pescadores. Su malecón pronto se volvió famoso por sus bares, los marineros y la prostitución.

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      Con el paso de la revolución industrial, los buques de enormes dimensiones ya no podían entrar en el pequeño embarcadero, por lo que pasó al abandono. Aunque hoy, perfectamente restaurado, es el paseo más turístico de todo Copenhague.

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      Y quizá su fama se deba sobre todo a los petit hôtels que se posan en ambas orillas del canal. Los petit hôtels eran típicas residencias de la burguesía de los siglos XVIII y XIX, donde alojaban a sus familias durante su tiempo de estadía en la ciudad, antes de volver a sus enormes casas rurales.

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      Hoy, el primer piso de la mayoría de estos edificios los ocupan restaurantes, tiendas y bares que ofrecen sus servicios a los turistas los 365 días del año. Nyhavn es quizá el lugar más colorido y animado de todo Copenhague.

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      Rasmus me llevó de vuelta por la orilla del puerto, donde antiguos barcos de madera denotan la importancia que el puerto ha tenido para la ciudad desde tiempos memorables.

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      El propio Rasmus es un marino mercante. Se encontraba entonces en sus dos meses de descanso, que solía pasarlos en su ciudad natal con su novia, antes de volver a hacerse a la mar.

      La happy hour en un bar local (con cerveza nacional por solo 2 euros la botella) fue sin duda el mejor sitio para escuchar las vivencias de un marinero danés. La filosofía de vida de Rasmus me dejó ver su lado más humano. Detrás de ese tosco hombre escandinavo que diez meses al año vivía sobre el agua, se encontraba un joven cuyas aventuras alrededor del globo le habían hecho ver realidades tan distintas que terminaron por llegar a su lado más sensible.

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      Su próxima aventura, según me contó, sería en Groenlandia, territorio perteneciente al Reino de Dinamarca, donde enseñaría en una escuela local.

      Antes de que el frío hiciera más difícil la vuelta a casa, cogimos las bicicletas y regresamos a su apartamento, por una cena caliente y una partida de FIFA, donde claro, Rasmus me obligó a jugar con el Arsenal FC y Alexis Sánchez como delantero.

      A la siguiente tarde decidí verme con mi amiga Isabel, quien había también trabajado en Lyon, y a quien no le vendría mal un poco de compañía en un día lluvioso en Copenhague.

      La cita fue en la plaza central del Palacio Amalienborg, donde a mitad del cambio de guardia nos encontramos con Isabel.

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      Según nos contó Rasmus, los chicos de la guardia real no son más que adolescentes de unos 18 o 19 años quienes cumplen con un servicio a la nación. Posiblemente ni tengan los huevos de hacerte daño si te acercas —nos hizo saber—. Pero tienen el permiso de atacarte si te aproximas demasiado al palacio o a la reina.

      Ya que solo dos bicicletas viajaban con nosotros, subí a Isabel al asiento trasero para hacerla disfrutar de un paseo sobre ruedas.

      Condujimos de nuevo hacia Nyhavn, donde la llovizna parecía haber ahuyentado a muchos de los turistas que suelen atestar el canal.

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      Rasmus nos llevó al estudio donde se ha hecho sus tatuajes. ubicado justo en el malecón de Nyhavn.

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      Tattoo-Ole presume ser el estudio de tatuajes registrado más antiguo del mundo. Verdad o mentira, su fama es indudable en toda Dinamarca, y los diseños del tatuador son verdaderas obras de arte.

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      Subimos de nuevo a las bicicletas y esta vez atravesamos el canal Havnebussen, que separa la isla de Selandia y la de Amager, al sur.

      El barrio de Christianhavn y su zona residencial fue otra manera de enamorarnos de Copenhague y sus vivos colores.

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      Las casitas de ladrillo y tejados en V no era algo extraño en una ciudad europea. Pero cuando tales colores aparecen frente a uno en un día lluvioso como aquel, cualquiera se detiene por un par de fotos.

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      La llovizna combinada con la velocidad sobre las bicicletas parecían amenazar el humor de Isabel y hasta el mío. Pero llegar a lugares como aquellos nos sacaban una sonrisa de forma inmediata.

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      Aunque Rasmus nos había llevado hasta Christianhavn por otra razón. La incógnita y peculiar ciudad libre de Christiania.

      Se trata de un barrio parcialmente autogobernado que desde 1971 se declaró independiente del gobierno danés. A la entrada del barrio, un letrero avisa a los visitantes “está usted saliendo de la Unión Europea”, ya que los residentes consideran la zona fuera de la misma.

      La situación de Christiania se considera legal, ya que a pesar de los conflictos, el gobierno ha aceptado que dentro de ella no se paguen impuestos, que las viviendas no sean propiedades particulares individuales, sino de la propia comunidad e, incluso, está permitida la venta de drogas blandas, lo que la hace por supuesto un destino común para los locales y turistas.

      En Christiania vive gente, hay bares, restaurantes, tiendas de ropa y parques. Es una ciudad dentro de otra. Las bebidas y productos cuestan casi la mitad que fuera de ella, ya que no abonan impuestos. Su nacimiento en los 70s le da ese toque hippie que nunca esperé encontrar en Copenhague.

      Las fotografías están prohibidas por cuestiones de seguridad, y para resguardar la zona como residencial, y no como un zoológico de ciudadanos radicales.

      Ramus me contó que si alguien grita “¡policía!” como parte de una broma, el mito dice que se te castigará metiendo una botella de refresco en tu culo, como represalia por ahuyentar a los vendedores de droga con falsas advertencias.

      Christiana fue sin duda una experiencia poco esperada en Dinamarca. Uno jamás pensaría que en un país con un índice de desarrollo tan alto, un puñado de ciudadanos se puedan rebelar contra el gobierno.

      Volvimos a casa para cenar y beber algunas cervezas. Me despedí de Isabel antes de ir a la cama, esperando volver a verla en un futuro cercano.

      Mi siguiente mañana me orilló a dejar el apartamento y decir adiós a Rasmus, dándole las gracias por tan agradable experiencia. Pero el adiós a Copenhague todavía no llegaba del todo.

      Cogí un tren hacia la localidad de Lyngby, a pocos kilómetros de la ciudad. La razón de mi partida hacia tal desconocida área de la isla fue reencontrarme con Mads, a quien había hospedado cuatro años atrás, y quien ahora estudiaba en aquella remota zona de Selandia.

      Las residencias de Lyngby dejaban ver una tranquila y poco transitada área urbana que existía allí por una importante razón, la Universidad Técnica de Dinamarca.

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      Mads vivía en una de las residencias estudiantiles mientras se esforzaba por terminar su maestría en Ingeniería de Energías Renovables. Y Lyngby parecía el lugar perfecto para dicha tarea.

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      Los verdes paisajes que rodean la zona me permitieron respirar el aire tan puro que tanta falta me hacía luego de varios días en la ciudad.

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      La vegetación acuática regada por las aguas de su lago hacían creer que se trataba de un manglar. Dinamarca se distingue por sus tierras bajas que, al igual que Holanda o Bélgica, la hace gozar de cuerpos de agua como aquel.

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      Mads me hizo aprovechar la tarde junto a la tranquilidad del lago. El sol por fin había salido y había dejado un cielo despejado, que por suerte me acompañaría los siguientes días de mi viaje.

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      Por la noche volvimos a la residencia, donde una dorm party nos esperaba.

      Había ya escuchado hablar de la fama que tienen los daneses con el beber alcohol. Pero una fiesta de dormitorios en una residencia universitaria era mucho más de lo que había esperado de una noche de copas.

      La fiesta de dormitorios consiste en lo siguiente. A cierta hora, todos los habitantes del pasillo de  la residencia se reúnen en la sala común para cenar. Luego de ello, hay un sorteo para elegir a uno de ellos. El elegido, es el primero en invitar al resto a su dormitorio, donde ha preparado un tema para un drinking game.

      Luego del primer juego de bebidas, el sorteo vuelve y elige al segundo anfitrión, luego el tercero, el cuarto, y así hasta llegar al dormitorio diez. En resumen, los invitados a una dorm party deben aguantar juegos con bebidas alcohólicas en diez habitaciones diferentes. Por supuesto, no todos aguantan el ritmo, y llegar al cuarto número diez significa una enorme resistencia a la embriaguez de los daneses.

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      El muro de Trump fue el tema para el dormitorio de Mads, donde él representaba al gringo republicano y conservador, y yo, claro, al mexicano de clase obrera que cruza el muro de forma ilegal.

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      El beer pong, la música y el tequila me dejaron casi inconsciente al final de la noche. Pero la fuerte resaca no me impediría seguir con mi trayecto por las tierras escandinavas.

    1. Tras casi siete meses trabajando en Lyon, mis fines de semana me habían permitido conocer Francia de norte a sur, mostrándome sus diferentes caras. Desde su lujosa ciudad capital y sus pueblos alemanes hasta las villas de la costa sur mediterránea.

      A tan solo dos semanas de finalizar mi contrato y antes de emprender otro gran viaje por Europa, Liane, Yan y yo sabíamos que debíamos hacer un viaje juntos antes de separarnos y dejar Lyon en los recuerdos.

      Liane, de Escocia, y Yan, de Madrid, eran prácticamente los mejores amigos que había hecho durante mis meses en el este de Francia. Liane trabajaba, al igual que yo, como asistente de idioma en un colegio público, mientras Yann hacía su maestría en la Universidad de Lyon.

      Así que antes de partir y enfrentarnos a la dura despedida, decidimos aventurarnos hacia el sur del país, siguiendo el Ródano hasta casi alcanzar su desembocadura, en la antigua ciudad de Aviñón.

      Yann tomó un tren un viernes por la mañana, y tras tomar mis útiles consejos, consiguió hospedaje usando por primera vez su perfil de Couchsurfing, justo en el centro de la ciudad.

      Yo por mi parte, tomé un Blablacar ese mismo día por la tarde, y arribé a Aviñón antes de que la noche cayera sobre ella.

      El mes de abril había traído consigo el calor que tanto ansiábamos después de un frío invierno. A mi llegada, Aviñón lucía como una muy cálida y verde ciudad.

      El conductor me dejó en el bulevar Saint-Lazare, justo al lado del río Ródano y del otro lado de la muralla.

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      Aviñón es un ejemplo perfecto de una ciudad medieval. Y como toda urbe del medievo, sus murallas fueron construidas para defender al burgo. Hoy, la muralla sigue en un perfecto estado de conservación y da la bienvenida a cualquiera que se adentre en el ahora llamado centro histórico.

      Fue en una de las calles del casco viejo donde Yan me esperaba junto con nuestra Couchsurfer, una estudiante universitaria francesa que rentaba una casa de tres pisos, y que amablemente nos ofreció uno de sus cuartos para poder dormir.

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      La noche pasó entre cervezas y una cena con nuestra anfitriona y sus amigos, hasta que a Yan y a mí nos venció en cansancio.

      Los bares y la gente con la que habíamos compartido la velada mostraron el nuevo lado de Aviñón, una villa bohemia con algunos hippies que se han sentido atraídos por su calma y verdes alrededores.

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      Algunos murales y tiendas de productos orgánicos decoran ahora el casco antiguo y le da el toque millenial que hace que, aún siendo una ciudad vieja, atrae a muchos jóvenes a sus calles y su universidad.

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      Pero nuestra caminata del sábado por la mañana nos dejó ver aquella Aviñón medieval de la que todos nos habían hablado.

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      Sus casas de piedra, ventanales de estilo italiano y sus viejos campanarios son precisamente los elementos más característicos. Una ciudad que a primera vista se ganaba el apodo de “ciudad blanca”.

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      Yan y yo nos detuvimos en un café, esperando a que el sol calentara un poco más el día y para tomar un merecido desayuno que calmara nuestro apetito.

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      Las plazas públicas y comercios empezaban a llenarse de gente poco a poco. Aviñón es un destino famoso en toda Francia, y sin duda no éramos los únicos que habíamos decidido pasar nuestro fin de semana allí.

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      Pronto nos encontramos con Liane y su amigo Dan, quienes habían viajado esa mañana desde Lyon. Dan estaba de visita desde Escocia, y aunque no se quedaría aquella noche en Aviñón, no quería perderse de una fugaz mirada a la ciudad provenzal.

      Las calles del centro nos llevaron hasta la plaza del Palacio, la explanada principal que marca el corazón de la urbe.

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      A orillas de la plaza, los más conocidos restaurantes y comercios atraen a cientos de turistas cada día. Y edificios como el Hôtel des Monnais (o el Palacio de la Moneda) marcan también una diferencia entre la arquitectura medieval y la más cercana al Renacimiento.

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      La plaza lleva su nombre gracias a la mayor joya de Aviñón, y lo que prácticamente la puso en el mapa desde hace más de siete siglos. El Palacio papal.

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      Es bien sabido que desde el nacimiento del cristianismo en tiempos del Imperio Romano, la ciudad de Roma fue la sede de lo que después evolucionó al catolicismo.

      Pero como también es sabido, Roma y los Estados Pontificios se han enfrentado a grandes controversias dentro de su propio gobierno. En 1305, Clemente V fue elegido el nuevo papa, y tras su elección Roma cayó en un caos total.

      Huyendo de los problemas en la ciudad, en 1309 Clemente V decidió trasladar la curia papal a Aviñón, que en ese entonces era parte del Reino de Sicilia.

      En un principio, Clemente V vivió como invitado en un monasterio dominicano, hasta que su sucesor, Benedicto XII, comenzó la remodelación del antiguo palacio obispal en 1334, para convertirlo en un lugar digno para ser la residencia de un papa.

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      El palacio papal de Aviñón es la construcción gótica más grande de la Edad Media. Ocupa más de 15 mil metros cuadrados, y sus muros tienen un grosor de hasta 5 metros.

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      La ubicación geográfica fue elegida estratégicamente en un afloramiento de roca al lado del río Ródano. Así, es posible verlo desde casi cualquier punto de la ciudad, y representaba para los papas un símbolo del poder de la iglesia católica.

      Hoy, el palacio papal está abierto al público como un enorme museo, que contiene incluso un centro de convenciones.

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      Nuestra visita comenzó por el claustro, tras cuyo patio central se yerguen cuatro pasillos con las típicas columnas góticas en punta de pico. En lo alto, la torre del homenaje aparece como figura característica de una fortaleza medieval.

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      Todo el claustro está flanqueado por altas torres de defensa que aseguraban la seguridad del papa y de toda la curia católica.

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      En sus interiores, se conservan algunos importantes frescos creados por los mejores pintores europeos de la época, todos dirigidos por Matteo Giovanetti.

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      El palacio fue construido en dos fases. Así, a la primera construcción comandada por Benedicto XII se le conoce como el Palais Vieux (Palacio Antiguo) y a la segunda dirigida por Clemente VI se le llama el Palais Neuf (Palacio Nuevo).

      Como era costumbre, la construcción del palacio papal consumió una enorme cantidad de dinero. Por supuesto, el financiamiento provino de todos los reinos cristianos de la época.

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      Mapa con la procedencia de los recursos financieros para construir el palacio papal.

      Muchos de los pasillos y cuartos del palacio papal parecen sacados de un típico castillo medieval. La torre de humo para la cocina, las escaleras de piedra en caracol y hasta su propio calabozo formaron parte del recinto desde la construcción del Palacio Antiguo.

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      Siete fueron los papas que residieron en Aviñón desde 1309 hasta 1377, año en el que sucedió el Gran Cisma de Occidente.

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      Tras años de controversias iniciadas por una difícil relación entre el Reino de Francia y el Papado, el papa Gregorio XI volvió a Roma y llevó de vuelta la Santa Sede a Roma.

      La elección de un nuevo papa en 1378 estuvo llena de conflictos internos, que acabó prácticamente con dos papas, Urbano VI en Roma y Clemente VII en Aviñón, este último denominado antipapa.

      Esto no solo dividió a la iglesia católica, sino a toda Europa occidental, cuyos reinos cristianos se dividieron, unos apoyando al Papado de Aviñón y otros al de Roma, sucediéndose cambios de bando en diferentes ocasiones.

      Tras casi medio siglo del cisma, el papa Benedicto XIII fue el último antipapa, después del cual Aviñón no volvió a albergar ninguna otra autoridad pontificia.

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      Desde que la Santa Sede volvió a Roma, el palacio fue abandonado poco a poco. Y a pesar de su remodelación en 1516, el deterioro fue casi imposible de evitar. Aunado a ello, con la explosión de revolución francesa en 1789, el palacio fue tomado y saqueado por las fuerzas liberales, al mismo tiempo que Aviñón pasó a ser formalmente parte de Francia.

      Por fortuna, se entendió la importancia que el palacio de Aviñón tenía para la historia de occidente, y hoy sus edificios y torres se lucen como si el tiempo no hubiera pasado de largo.

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      Desde los andadores de vigilancia en lo alto del claustro, pudimos apreciar la verdadera magnitud del palacio y sus defensas, todas construidas con la misma piedra blanca con la que fue levantada Aviñón entera.

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      Las torres de vigilancia nos dieron las mejores vistas de la ciudad y su centro histórico, destacando por supuesto la plaza del palacio y su tan emblemático Palacio de la Moneda.

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      El palacio papal no es la única construcción cristiana en Aviñón. Los campanarios que sobresalen entre los tejados del casco antiguo dejan entrever capillas que se yerguen entre sus laberínticas calles.

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      Pero el campanario más famoso es el de la catedral de Aviñón, ubicada justo al norte del palacio papal.

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      La catedral de Notre-Dame-des-Doms fue construida en el siglo XII, siendo el románico su estilo arquitectónico predominante.

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      Aunque su tamaño no se compara con lo monumental del palacio papal, el campanario se ha hecho también un símbolo de la ciudad, coronado por una estatua de plomo dorado que representa a la Virgen María.

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      Luego de una larga caminata por el complejo papal, decidimos bajar a la plaza central para almorzar algo en uno de los restaurantes que tienen las mejores vistas del centro.

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      Con el estómago lleno, nos dirigimos al lado norte del río Ródano para visitar otra de las famosas atracciones de la ciudad, el puente de Aviñón.

      A primera vista, no parece un puente tan ostentoso ni de mucha importancia. De hecho, el puente ni siquiera llega al otro lado del río.

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      La verdad es que solo quedan cuatro de los 22 arcos que alguna vez cruzaron el Ródano, uniendo a Aviñón con Villeneuve-lès-Avignon.

      El puente fue construido entre 1171 y 1185, y por muchos años fue la única manera de cruzar el río desde Lyon hasta la costa del Mediterráneo.

      El puente no solo unía dos ciudades, sino dos estados diferentes, ya que la orilla derecha pertenecía a los Estados Pontificios, mientras la izquierda era ya parte del Reino de Francia. Así, el puente era fuertemente custodiado en ambas orillas, y es la puerta de vigilancia del lado papal la que hoy queda como remanente, y que da la bienvenida a los turistas.

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      A la entrada, fuimos recibidos con una de las canciones infantiles más célebres de Francia, Sur le pont d’Avignon.

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      Se cree que la canción originalmente decía “sous le pont” (bajo el puente) y no “sur le pont” (sobre el puente), pues se piensa que la gente solía hacer bailes folclóricos bajo el puente en la isla de la Barthelasse, que corta al río Ródano en dos al norte de la ciudad, y que hoy sigue siendo un lugar de recreo.

      Desde el puente tuvimos las mejores vistas del campanario de la catedral y el palacio papal, que se asoman tras el follaje y las murallas de la ciudad.

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      Volvimos a las calles del centro para despedir a Dan, quien debía volver a Lyon esa misma tarde. Liane, Yan y yo teníamos de hecho un plan bastante diferente para aquella tarde noche.

      Regresamos a la casa de nuestra couchsurfer solo para recoger nuestras mochilas. Le dejamos una nota dándole las gracias y nos dirigimos al supermercado para comprar los ingredientes de un buen picnic al estilo francés.

      Vino, una baguette, charcutería, queso, olivas y unas cervezas para saciar la sed serían nuestro mejor aperitivo para la tarde.

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      Con todo preparado y un mapa en mano, caminamos por las viejas calles del centro dirigiéndonos de vuelta a la orilla norte del Ródano.

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      Cruzamos el puente Edouard Deladier, el moderno pasaje peatonal y vehicular que une la ciudad con Villeneuve-lès-Avignon, desde el que tuvimos una hermosa vista del río y el antiguo puente.

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      El camino nos llevó a la isla de la Barthelasse, la cual nos había sido muy bien recomendada como lugar de recreo. Nuestra intención no fue solamente hacer un picnic en la verde naturaleza que rodea Aviñón, sino dormir en ella en una casa de campaña.

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      Pasar la noche alejados del bullicio de la ciudad, y solo con el sonar de los grillos y el viento soplando entre los árboles fue justo lo que necesitábamos para nuestra última noche juntos.

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      A la siguiente mañana desayunamos en el área común, un buffet que estaba incluido en el precio del camping. Caminamos después hacia el otro lado del río, hasta alcanzar la torre Philippe-le-Bel, una antigua torre medieval que protegía a Villeneuve-lès-Avignon.

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      Desde ella se asomaba la vecina ciudad de Aviñón, sobresaliente entre los bosques que rodean el área.

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      Una larga caminata de vuelta al centro nos esperaba con nuestras mochilas al hombro, así que decidimos tomar un bus hasta las puertas de la muralla.

      El último sitio por visitar fue el parque del palacio papal, ubicado en la colina de Rocher des Doms.

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      Desde allí pudimos apreciar la totalidad de la catedral en su lado norte, que domina el casco antiguo con la Virgen bendiciendo al pueblo entero.

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      Pero las mejores vistas las tuvimos al otro lado, con el Ródano, el puente de Aviñón y la isla de la Barthelasse mostrando la cara más verde de la villa papal.

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      Acompañamos a Yan a tomar su tren, mientras Liane y yo esperamos un Blablacar que nos llevaría de vuelta a Lyon.

      Mi última semana en la tercera ciudad más grande de Francia fue sin duda una dura despedida, que me hizo dejar atrás no solo una hermosa ciudad y su exquisita gastronomía, sino también excelentes amigos e historias que formarían buena parte de mis memorias de viaje.

      La mitad de la primavera marcó el final de mi contrato en el colegio Jean Perrin, y con ello me preparé para un mes y medio de viajes inolvidables. El norte de Europa me esperaba, con la esperanza de encontrarme con un soleado clima y más aventuras que escribir en mi diario.

    2. Una pandilla de más de ocho países diferentes se despertó una mañana en un hostal de Brujas, compartiendo todos una indeseable sensación: la corpulenta resaca que una noche de fiesta en Bélgica es capaz de dejar.

      Una cata de las mejores cervezas belgas seguida de baile y más cerveza en un bar local los dejaron caer muertos en sus camas, de las que nadie quería levantarse para desalojar el hostal la siguiente mañana.

      Una argentina despertó bajo las mismas sábanas que un portugués. Un mexicano y una uruguaya salieron en busca de un desayuno que les quitara de encima el pesar del alcohol. Yo, por mi parte, reñía con mi traicionero reloj biológico, que ni en aquel día me permitió salir de la cama más allá de las 9 a.m.

      Mark y Andrew, los dos australianos que había conocido la noche anterior, partieron temprano hacia la estación central, para no perder la reserva de su tren a Amberes, a poco más de 100 km al este de Brujas.

      En esa misma ciudad, Fred esperaba mi arribo aquella tarde, a quien había contactado por Couchsurfing algunos días antes. Así que luego de darme un tiempo de espera en el lobby, me despedí del clan y me dirigí a la central de trenes, siguiendo los pasos del grupo de portugueses, que al parecer también habían elegido Amberes como su próxima escala.

      Cerca de la 1:30 de la tarde llegué a la ciudad, que me recibió con una de las estaciones de trenes más bellas que jamás haya visto.

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      Aunque la primera estación de Amberes fue hecha en 1836, fue a finales del siglo XIX, entre 1895 y 1905, que el actual edificio fue construido.

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      La enorme estructura que incluye una cúpula sobre la sala de espera fue diseñada por tres de los mejores arquitectos de la época, lo que la convierte en el mejor ejemplo de arquitectura ferroviaria de toda Bélgica.

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      Si bien la época dorada de Amberes se sucedió hace unos cinco siglos, la ciudad quiso competir contra las grandes metrópolis de la belle époque, como París, Londres, Milán y Nueva York. Y aunque no logró su cometido, elementos como su estación de trenes son un gran ejemplo de la lucha que llevó por alcanzarlo.

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      A unos pasos de la extraordinaria terminal, Fred esperaba por mí a bordo de su bicicleta. Llevaba ya varios años viviendo en Amberes, una de sus ciudades favoritas en toda Bélgica, me hizo saber. Y convenientemente para mí, su apartamento estaba a unas cuantas cuadras a pie.

      Un almuerzo en la comodidad de su casa y una ducha caliente por fin vencieron mis fuerzas, agotadas por la resaca de la noche anterior. Y quedarme a descansar era la mejor opción si quería conocer Amberes con la energía que se necesitaba. Así que aguardé al siguiente día para hacer mi recorrido turístico.

      Me encontré así la próxima mañana con Mark y Andrew, los australianos que no dejaban de llamarme “Sánchez”, y por una buena razón.

      La noche anterior, en medio de la juerga entre las cervezas belgas y la música, Mark se quedó mirándome fijamente. —¿Alguna vez alguien te ha dicho que te pareces al jugador Alexis Sánchez? —preguntó—. Sí, me lo han dicho varias veces —contesté con una sonrisa escondida.

      Y esa era la verdad. No era la primera vez que alguien me encontraba un parecido con Alexis Sánchez. Mis alumnos en Francia me lo decían todo el tiempo. Aunque siempre lo hacían después de saber que mi nombre es Alexis. Aquella noche en Brujas fue la primera vez que alguien me comparó con Alexis Sánchez sin antes saber mi nombre.

      — ¿Y cómo te llamas? —preguntó Andrew—. Me llamo Alexis —repliqué. Por supuesto, la cara de asombro de ambos por la increíble coincidencia era de esperarse. Sobre todo al ser fanáticos del fútbol europeo y de la Champions League. Después de todo, así como nosotros vemos a todos los chinos iguales, puede que algunas personas nos vean a todos los latinos de la misma forma.

      Caminé en su compañía hacia el centro histórico de Amberes, cuya primera vista fue la de una ciudad moderna.

      Una estrecha vía peatonal nos llevó hasta el frente del Boerentoren, la Torre de los campesinos, de 97 metros de altura, la construcción más alta de Amberes.

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      El Boerentoren es un edificio art déco que no parece más atractivo que muchos otros en el mundo ni en Europa. Pero se trata nada menos que del primer rascacielos construido en el continente europeo, convirtiéndose en un ícono de la revolución arquitectónica en 1931, año de su nacimiento.

      Dos cuadras detrás del rascacielos llegamos a la Groenplaats, una explanada que marca el núcleo del casco viejo de Amberes. Y en su centro lo lidera el mayor ícono de la ciudad: Pedro Pablo Rubens.

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      El reconocido pintor vivió la mayor parte de su vida en Amberes, donde tuvo su taller que hoy se exhibe como museo, y donde consagró a grandes discípulos, entre los que se encuentra Van Dyck.

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      Entrada al taller de Rubens.

      Rubens fue un orgullo del Imperio Español, ya que durante su vida, Flandes y los Países Bajos estaban bajo el dominio ibérico gracias al matrimonio de Felipe el Hermoso con Juana I de España, a quienes le siguieron el famoso Carlos V y Felipe II.

      No obstante, los flamencos siempre sintieron a Rubens como un orgullo de Flandes, digno representante del barroco y de la escuela flamenca, a pesar de que la mayoría de sus obras fueron hechas para la casa real española, por lo cual muchas de sus pinturas se resguardan hoy en el museo del Prado, de las cuales tuve la fortuna de ser testigo.

      No es de extrañarse entonces que homenajes a Rubens se encuentren en cada esquina de Amberes, luciendo su busto como el mejor artista flamenco de la historia.

      Y sin duda una de las cosas que más nos llamaron la atención al posarnos frente a Rubens fue la imponencia de la torre que salía a sus espaldas, el campanario de la catedral de Amberes.

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      Su hermosa fachada la convierte en una de las iglesias góticas más importantes de Europa, y con la magnitud de su torre no me extrañó encontrarla en la lista de los campanarios municipales de Bélgica y Francia inscritos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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      A unos pasos llegamos a la plaza central, la que solía ser la plaza del mercado en épocas antiguas.

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      Al igual que la Grand Place de Bruselas, la explanada de Amberes deja al rojo vivo la más bella arquitectura que Flandes puede presumir. Altos edificios de tejados en triángulos estrechamente unidos unos a otros.

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      En su centro se yergue una singular escultura, la fuente de Brabo. Cuenta la leyenda de la fundación de la ciudad, en la que el soldado Brabo combatió contra un gigante, y al derrotarlo arrojó su mano al río, dándole el nombre neerlandés a la nueva metrópoli, Antwerpen (hand werpen, algo como mano lanzada).

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      Al lado de la Grote Markt apareció frente a nosotros el Ayuntamiento de Amberes, que aunque no más grandioso que el de Brujas o Bruselas, sigue siendo una magnífica pieza que mezcla estilos flamencos con italianos.

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      Si bien su altura no es imponente, también se encuentra inscrita dentro de la lista de campanarios de Bélgica y Francia reconocidos por la UNESCO.

      A los costados de la plaza y en nuestro camino hacia el río, una pequeña tienda llamó la atención de los tres. Un pequeño comercio de papas fritas, que según nos habían dicho, era de los mejores de Amberes.

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      Es muy cierto que a comparación de Francia, los belgas llevan una dieta mucho más pesada. Orgullosos de la cerveza y los waffles, las papas fritas no pueden quedarse atrás, y Flandes y todo Bélgica no pierden la oportunidad para recordarle al mundo que las papas “a la francesa” no son francesas, sino belgas.

      Pareciera que las papas fritas no tienen ninguna ciencia detrás de su elaboración. ¿Qué hay aparte de cortar, freír y salar patatas? Pues bien, la receta original es muy distinta al resto del mundo. Las papas deben freírse en grasa de ternera a una temperatura de 160°C hasta que las primeras papas floten en la superficie del aceite. Después se dejan reposar unos 5 minutos para luego freírlas por segunda vez, esta vez a 180°C, hasta que adquieran su color dorado.

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      El hecho de servirlas en un cono de cartón es para que absorba el exceso de grasa. Un platillo apetitoso, pero sin duda muy calórico, y una gigantesca tentación para quien quiera perder peso y decida viajar hasta Bélgica. Yo, por mi parte, no pude terminar un cono mediano de papas, que acabaron en la boca de Mark.

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      Seguimos andando hasta toparnos con el río Escalda, que rodea al centro histórico en su lado oeste.

      En sus orillas nos topamos con el castillo Steen, la construcción más antigua de Amberes, la única fortaleza medieval que queda en pie en la ciudad.

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      Fue construido después de las incursiones vikingas durante la Edad Media. Es bien sabido que los pueblos nórdicos saquearon varias de las ciudades europeas, sobre todo las que dominaban en importancia en las costas.

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      Aunque Amberes no figuraba como una de las urbes más admiradas de Europa en el medievo, durante el siglo XVI se convirtió en una prominente potencia comercial, llegando a controlar más del 10% de la economía mundial.

      Y eso no se debió a otra cosa que a su imponente puerto náutico, que se alzó en las orillas del Escalda, que conecta a la ciudad de forma natural con el Mar del Norte.

      Para tener una mejor vista del río y del paisaje de la ciudad, los australianos y yo decidimos subir a la terraza del Museum aan de Strom, un moderno edificio de ladrillos y cristal que se posa en el medio de un estanque artificial que se baña con las propias aguas del río.

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      El edificio mide 60 metros de altura, y fue el lugar perfecto para disfrutar de una vista panorámica de Amberes.

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      Aunque el cielo seguía nublado, la suerte corrió de nuestro lado. Y a pesar de un viento que soplaba con fuerza desde el océano, la lluvia no se azotó sobre nosotros.

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      Desde lo alto pudimos ver a lo lejos las siluetas de las grúas y contenedores del puerto de Amberes, el segundo más grande de toda Europa y uno de los más grandes del mundo.

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      En los tiempos en que Flandes floreció como una potencia gracias al dominio español en los Países Bajos, Amberes figuró como el puerto más importante del continente, monopolizando el comercio con trabajadores provenientes de Venecia, Portugal, España y Génova.

      No era de extrañarse que con la mezcla de las nacionalidades expertas en la navegación y el comercio mercantil, Amberes pronto marcara su lugar en el mundo.

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      Al igual que las ciudades neerlandesas y flamencas que ya había visitado, Amberes también contaba con su propio Red lights district, el distrito de las luces rojas, donde la prostitución y las casas de sexo son algo común, aunque difícil de fotografiar. Y en un día como aquel, parecía bastante vacío.

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      La caminata nos llevó hacia el sur del casco viejo, a la entrada del túnel de Santa Ana, que conecta la Vieja Amberes con la Nueva Amberes, una zona más residencial.

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      El túnel fue inaugurado en 1931 y se conserva desde entonces con el mismo modelo original. Las mismas paredes, mosaicos, incluso las mismas escaleras eléctricas de madera, que fueron las primeras en toda Europa, marcando un hito más de la ingeniería.

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      Nosotros por nuestra parte tomamos el ascensor, un gigantesco sube y baja donde caben 40 personas, incluso con sus bicicletas a bordo.

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      Y es que es normal para los turistas cruzar el pasaje en bicicleta. Después de todo, es más largo de lo que parece, y desde el punto donde estábamos no lográbamos ver el final.

      No quisimos cruzar a pie y volvimos a la superficie, para perdernos un poco en la Kloosterstraat, una vía llena de tiendas de antigüedades y curiosidades.

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      El barrio de la Kloosterstraat fue otro gran ejemplo del amor que le tienen los belgas a los murales y al grafiti, que aunque menospreciado por muchos, para mí es toda una obra maestra de arte.

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      Incluso el famoso Tintín no tardó en aparecer nuevamente en una de las paredes, el cómic belga más querido por todos, después de Los Pitufos, por supuesto.

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      Caminamos de vuelta al centro y encontramos un buen mercado gourmet donde almorzar, antes de que Mark y Andrew volviesen a su hostal y yo retornara a casa de Fred.

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      Una vez más, me despedí de un par de buenos aventureros que mis viajes me había dado el placer de conocer. Ambos se dirigían ahora a Múnich para asistir un partido de del Bayern. Les deseé la mejor de la suerte, y que por fin algún día conocieran al verdadero Alexis Sánchez, y no a una versión falsa como yo.

      Esa misma noche volví a Bruselas para luego viajar a París, donde pasé mis últimos días de vacaciones de invierno antes de regresar a mis labores como maestro en Lyon.

      Bélgica me había dado un primer vistazo de la Europa del norte, y ahora que el clima comenzaría a hacerse cada vez más cálido, era momento de pensar en destinos más soleados y coloridos.

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