La Paz, la guerra y el Valle de la Luna

AlexMexico

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Con mis labios recobrándose poco a poco luego de tres días sin hidratarse en las heladas sequías del altiplano del viejo Perú, Asier y yo fuimos los últimos en subir al bus turístico que, sin darnos tiempo de comprar algo de comida, pronto arrancó hacia su destino, y mi próxima parada: la ciudad boliviana de La Paz.

 

Antes de dejar el hostal en Copacabana para zarpar a la Isla del Sol, había enviado algunas solicitudes personales en couchsurfing, además de un viaje público, para probar suerte y ver si algún local capitalino podría acogerme por algunos días a través de esta maravillosa red social.

 

Ya que era un poco complicado hallar internet en el pueblo, sumado al escaso tiempo que tuvimos para abordar el autobús, no pude revisar mi perfil antes de partir. Así que, nuevamente, me lancé a la aventura, sin una idea de qué me encontraría en esa monstruosa ciudad y, por supuesto, sin un lugar donde quedarme esa noche.

 

Avanzamos solo unos kilómetros cuando el bus hizo una parada. Era la pequeña población de Tiquina. Este es el lugar donde el litoral del lago Titicaca se contrae hasta formar un estrecho en forma de embudo, y es la forma más rápida de llegar hasta la capital si no se quiere retornar y cruzar dos veces la frontera con Perú.

 

Descendimos del vehículo y el conductor nos ordenó dirigirnos al muelle, donde por dos bolivianos podríamos tomar una especie de barca para cruzar al otro lado, sitio donde nos esperaría para volver a abordar.

 

En lo que parecía ser la plaza central del pueblo se llevaba a cabo una manifestación, donde en una mezcla de español con quechua lanzaban insultos a las acciones del gobierno de Evo Morales, actual presidente del Estado Plurinacional Boliviano.

 

Manifestación en Tiquina

 

Luego de chismear un momento con el resto de los pasajeros (muchos de los cuales probablemente no entendían ni una palabra de lo que el hombre con el megáfono gritaba), caminamos hasta el muelle, donde conocimos las dichosas barcas. Eran solo un montón de tablas de madera amarradas sobre una superficie de llanta de caucho. La verdad es que no parecían bastante seguras ni funcionales :wacko: pero nos bastó mirar un gran autobús montado sobre una de ellas y navegando por el estrecho para darnos cuenta de que, si bien no muy cómodamente, cumplía su función principal por un módico precio.

 

Barca cruzando el estrecho de Tiquina

 

Luego entonces, corrimos a una de las embarcaciones antes de que las cholitas y sus múltiples retoños las atestaran, como era de costumbre esperarse. En la riviera de aquella especie de río, el viento frío hizo de las suyas otra vez, y nos golpeó sin piedad en todo el cuerpo.

 

Poco tardamos en atracar en el otro lado, donde nadie apareció para cobrarnos. Y a pesar de una menuda búsqueda, tuvimos que partir sin haber pagado por el modesto servicio de transporte.

 

Muchos de los otros pasajeros y el autobús aún seguían en el otro extremo, por lo que Asier y yo buscamos rápido un sitio para almorzar. En la concurrida calle principal parecía haber una especie de tianguis, donde supusimos que los precios de la comida se reducirían a muy poco.

 

De pronto, un motín de cholitas alineadas bajo sus carpas comenzaron a gritarnos: ¡Pásele joven! ¡Tenemos trucha, fideo, pásele!... Los alaridos de comerciantes era algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado desde Perú (realmente desde México). Pero era la primera vez que más de 15 mujeres intentaban venderme la misma cosa por el mismo precio :O_o: Entonces me di cuenta de la lucha de esas mujeres y de toda una población por tratar de sobrellevar la vida: la trucha es el pez más abundante en esa zona del Titicaca, y es muchas veces la única fuente de alimento de muchas de las personas locales. No poseen ganado, no poseen dinero. Un pescado, unos granos de maíz, una papa negra y un poco de pasta son a veces su mejor camino a la sobrevivencia.

 

Mi almuerzo de trucha con maíz y pasta

 

Y fue precisamente eso lo que Asier y yo nos decidimos a probar. Sin bacilar mucho, elegimos a la mujer posada frente a nosotros para comprarle este delicioso y peculiar platillo, acompañado de un agua de piña. Completamente satisfecho, al final no supe si sorprenderme más por el escaso precio de 8 bolivianos (1.1 USD) o por la habilidad con la que la mamita utilizaba su teléfono celular :huh: Es algo de lo que uno se puede encontrar en este mundo globalizado.

 

Una cholita muy moderna

 

Un poco enchilado por la salsa de ají que puse desesperadamente sobre mi trucha, corrimos al bus cuando vimos al resto de los pasajeros subiendo en la esquina próxima. Despedimos de manera definitiva al lago Titicaca para adentrarnos en la selva de concreto.

 

LA GUERRA Y LA PAZ.

 

Nuestra Señora de La Paz fue la tercera ciudad boliviana fundada por el imperio español. Hasta entonces, era una zona habitada por aymaras y otros grupos indígenas andinos. Su nombre conmemora la restauración de la paz después de la guerra civil que procedió a la insurrección de Gonzalo Pizarro contra el virrey del Perú. Sin embargo, poco honor hace su nombre al pacifismo con el que la ciudad vive hoy en día.

 

Después de dormir algunas horas en el bus, me desperté con la imponente vista que desde la carretera oeste la capital boliviana nos ofreció a mí y a los pasajeros. La metrópoli se abrió como un embudo frente a nosotros, deslavándose a través de las laderas en un enorme agujero dominado por las negras nubes y los picos nevados de la Cordillera Real Andina, cuyo símbolo inmortal es el Monte Illimani.

 

Primera vista de la Paz, dominada por el Monte Illimani

Primera vista de la ciudad con el Monte Illimani al fondo

 

Desde que aquella aglomeración de edificios se asomó por detrás de los árboles, la tranquilidad que se respiraba en el bus se vio interrumpida por una baraúnda que nos dio la bienvenida: coches, combis, camiones, microbuses, motocicletas, mototaxis, todos avanzando rápido y sin precaución :wacko: Los vehículos nos rozaban por milímetros mientras éramos agobiados por el bullicio de los cobradores de transporte público, los pitidos de los clackson sin sentido y los gritos de los vendedores ambulantes que parecían entes traslúcidos capaces de traspasar cualquier obstáculo que se les pusiera en la calle. Habíamos llegado a la capital más alta del mundo: La Paz :zsick:

 

Tal caos pareció desconcertar un poco a Asier, quien al llegar a la estación de buses me dijo que no pensaba quedarse ni una sola noche, pues prefería seguir su camino al este y estar en Porto Alegre para navidad. Así que lo acompañé para buscar el boleto más barato hacia la población de Uyuni, por el que pagó unos 100 bolivianos.

 

Faltaba alrededor de una hora para que su autobús partiera, así que se ofreció a acompañarme hasta el centro de la ciudad, desde donde pretendía encontrar un sitio con internet y buscar un lugar donde hacer noche.

 

Antes de dejar la central, nos topamos con un argentino que habíamos conocido en Copacabana (y que había visto desde la ciudad de Lima; es gracioso cuando encuentras a la misma gente en el trayecto de una larga ruta :P). El chico había llegado a la ciudad apenas una noche antes, y estaba listo para dirigirse al sur. Me recomendó un hostal barato y me dio su dirección, no muy lejos de la estación. Le di las gracias y caminé con Asier en busca de dicho hospedaje.

 

Sumado a lo serpenteantes que son las calles del centro capitalino, no confiaba mucho en las confusas indicaciones que los bolivianos me daban. No obstante, sabía que la avenida por la que caminaba bajaba directo a la Plaza Mayor, y si no encontraba el hostal que el argentino me había dicho, desde ahí me movería para hallar otro.

 

Plaza Mayor de San Francisco, La Paz

Plaza Mayor de San Francisco

 

Luego de minutos andando, el hostal nunca apareció, y Asier me acompañó hasta la plaza central, donde nos despedimos para que cada quien siguiera su camino.

 

Entre la muchedumbre que se aglutinaba en la concurrida explanada, identifiqué un letrero de información turística en un pequeño edificio comercial. Mi esperanza se esfumó cuando encontré las oficinas cerradas. Al acercarme a preguntar a un policía si sabía de algún hospedaje cercano, un coreano que compraba dinero en la casa de cambio se me acercó y me dijo: “yo conozco uno, me estoy quedando ahí”.

 

Como el sol estaba a punto de ocultarse, seguí al simpático oriental dos cuadras arriba, hasta el cómodo y barato hostal Inti Huasi, donde sin pensarlo dos veces, pagué 25 bolivianos (3.5 USD) por una noche de estadía en una habitación compartida.

 

Apenas tomé una ducha caliente y pude escuchar cómo afuera comenzaba a llover. Por suerte, una mujer me había vendido un poncho impermeable en la Isla del Sol aquella mañana. Aún así, no tuve muchas ganas de salir solo en una noche lluviosa. Me quedé en el hostal y aproveché la conexión de wifi.

 

Había recibido dos invitaciones en couchsurfing: un tal David me había ofrecido quedarme en su casa, y otro chico llamado Maurice me había invitado a dar una vuelta por la ciudad. Acepté ambas propuestas y me quedé de ver con ellos al siguiente día.

 

También contacté a René y Jennifer (los colombianos) y a Rocío y Nico (los argentinos), para saber si todavía estaban en la ciudad. Sólo éstos últimos se quedarían otra noche, así que de igual forma, hice una cita con ellos.

 

El jueves desperté y tenía un mensaje de Maurice. El chico estudiaba turismo y quería tomar un poco de práctica. Me alisté para salir con él y dejé mi mochila en recepción, esperando volver por ella cuando me viera con David.

 

Aunque era un poco desesperante y no dejaba de hablar, mi corta jornada con Maurice fue agradable. Dimos una caminata por el casco viejo de la ciudad, visitando una de las zonas más famosas y concurridas: el Mercado de Brujas.

 

Mercado de Brujas, La Paz

 

Se trata de un pequeño andador peatonal a unas tres cuadras detrás de la Plaza Mayor, donde decenas de comerciantes venden todo tipo de artesanía indígena y criolla. Pude comprar una pequeña llama tallada en piedra, la figura de la puerta del Sol inca y una de Pacha Mama, la Madre Tierra de los incas.

 

Mientras me paseaba comiendo una salteña (empanada supuestamente argentina que se vende en las calles de Bolivia), escuché a alguien gritar mi nombre desde la esquina trasera. Era Nico, quien corría para saludarme y decirme que estaban en el café más próximo con su novia. Como ya eran las 12, y me había quedado de ver con David en la Iglesia de San Francisco, prometí reencontrarme con ellos en el café, y les pedí que no se movieran.

 

Maurice me acompañó a la plaza, donde apenas saludamos a David y se despidió de nosotros, pues tenía cosas que hacer. Tras unos minutos de introducción simple con él, David y yo fuimos al café, donde nos reunimos con Nico y Rocío para platicar un rato. Ellos debían partir esa misma noche hacia Sucre, pero decidieron pasar el día con nosotros visitando la ciudad.

 

Primero nos dirigimos a la zona de El Alto en uno de los nuevos sistemas de transporte y ahora atracción turística: el teleférico. Este complejo de cableados me pareció sumamente ingenioso para una ciudad como ésta. Sus empinadas cuestas y su forma de embudo con calles angostas provocan una aglomeración de vehículos alucinante, sobre todo en la zona central. Y no hay nada mejor que conectar los altos suburbios y el bajo centro que por el aire. En las áreas más elevadas de este departamento de la zona metropolitana, se puede llegar a estar hasta los 4000 metros de altura.

 

Vista de La Paz desde El Alto

Vista desde el teleférico rumbo a El Alto

 

Una vez arriba, David pasó a su casa y cogió las llaves del apartamento donde me dejaría hospedarme esa noche. Cuando empezó a granizar, tomamos un taxi de vuelta al centro.

 

Mientras Nico y Rocío iban a comer algo, recogí mi mochila del hostal y fui a dejar mis cosas al apartamento de David, una experiencia que jamás olvidaré:

 

El chico me había tratado muy bien y, en cierta forma, había pasado todo el tiempo presumiéndome su sumamente atractivo estilo de vida. Se dijo a sí mismo ser un maquillista reconocido para los mejores artistas de La Paz y estar bien colado en el medio de la producción audiovisual. Me dijo que a su corta edad era alguien independiente, solvente y con muchas propiedades :huh:

 

No obstante, en el momento en que llegamos a su apartamento, pude descubrir buena parte de sus mentiras. Se trataba de un diminuto cuarto con tablas de madera como piso, un techo de lámina, sin luz eléctrica, sin baño, sin muebles y con una ventana sin cristal :wacko: Las únicas cosas a la vista eran un par de cojines en el suelo y un perro en el patio delantero.

 

En ese momento me vi entre la espada y la pared. Quise dejar atrás mis prejuicios y hacer a un lado por un instante mi zona de confort. Me quedé completamente callado, sin decir un “sí” o un “no”. Pero no pude evitar pensar en cómo un chico tan “exitoso” y con tanto supuesto dinero podía vivir de esa manera. Simplemente no lo entendía. David me dio la llave y me dijo: “puedes venir cuando quieras, es tu casa”. Ante tal situación, no tuve las fuerzas para decir que no :crying: Después de todo, era yo quien quería obligarse a conocer en todo lo posible a Sudamérica.

 

Dejé mi mochila en la habitación y nos reunimos de nuevo con Rocío y Nico, esta vez en el Mercado Lanza, donde por unos 8 o 10 bolivianos se recibía un menú completo que jamás pude terminar :zsick:

 

La pareja argentina debía irse, y como si me hubieran visto en apuros, me invitaron a seguir el viaje con ellos, primero a Sucre y luego a Uyuni, para después pasar la navidad con ellos. Pensé seriamente en partir en ese momento, pero me obligué a mí mismo a no dejarme invadir por los miedos momentáneos y decidí quedarme al menos una noche. Así que nos despedimos y seguí junto con David conociendo la ciudad.

 

Edificios en el Paseo del Prado, La Paz

 

Caminamos primero por el Paseo del Prado, una larga avenida repleta de comercios, grandes edificios y vida nocturna. Lo interesante allí es que solía ser un río. Visitamos también una exposición de productos bolivianos en el Centro de Convenciones de La Paz, y finalmente cenamos en una cafetería.

 

Al final del día David me acompañó de vuelta a la habitación, que encima de todo, se hallaba en una zona que de noche lucía bastante oscura y peligrosa :unsure: Por si fuera poco, él se iría a dormir a su otra casa (que bien pudo ofrecerme, pero no estaba en posición de exigir).

 

Eran cerca de las 10 pm y toda la ciudad había caído en una fría negrura. Intenté concebir el sueño enrollado en mi saco de dormir y arrullado por el crujir de la madera, pero el viento helado que entraba por la ventana no me dejaba descansar :wacko:

 

Como una decisión poco meditada, tomé mi equipaje y dejé la llave sobre los cojines. Salí de la habitación y corrí una cuadra hacia la avenida principal, que se encontraba entonces desierta. Afortunadamente, un taxi pasó rápido y le hice la parada. Me dirigí de vuelta al hostal, pretendiendo haber dormido ahí esa noche para no hacer sentir mal a mi anfitrión. Fue sin duda una experiencia bizarra y bastante incómoda :(

 

EL VALLE DE LA LUNA.

 

Dejando atrás un poco la odisea de mi día anterior y tratando de no encasillar a Bolivia ni a Couchsurfing por mis extrañas experiencias, decidí que dejaría el hostal y la ciudad ese viernes por la tarde, no sin antes dedicarle toda la mañana a uno de sus mejores atractivos: el Valle de la Luna.

 

Tomé un microbús hacia el distrito de Mallasa, al sur de la metrópoli. Pasé casi una hora sentado contemplando el urbano paisaje por la ventana, que poco a poco fue cambiando para tornarse en grandes macizos de rojizos colores rodeados por arboledas verdes y serpenteados por pequeños arroyos. Por fin podría disfrutar de una verdadera “paz en La Paz” :big-smil:

 

Paisaje de Mallasa, al sur de La Paz

Paisaje de Mallasa

 

Al subir por una de las carreteras, el bus giró a la derecha, dejando ver el letrero que anunciaba la entrada al valle. La zona parecía bastante vacía, con uno que otro turista. Si bien el relieve era similar a lo que venía viendo desde antes de entrar a Mallasa, la zona delimitada como el Valle de la Luna tiene su chiste:

 

Valle de la Luna

 

Es una plataforma de formaciones rocosas en tonos beige que se alzan en grandes y puntiagudos picos verticales, que parecen haber sido tallados como arcilla por algún sujeto desde el cielo :ohmy:

 

Paisajes del Valle de la Luna

 

La vegetación es ciertamente escasa en esta pequeña área, reduciéndose a pequeños arbustos y algunos cactus.

 

La entrada es bastante económica, uno 15 bolivianos por persona. Además, el lugar es bastante amigable con el turista, con acceso a baños, wifi gratis, garrafones de agua y una galería de arte :rolleyes: Pero lo mejor de todo es, sin duda, los tranquilos senderos marcados a lo largo del valle.

 

Sendero en el Valle de la Luna

 

Hay dos opciones: un camino corto de 15 minutos y otro de 45. Aprovechando mi tiempo libre, tomé el más largo para tener la mayor cantidad de vistas posibles de todo el complejo ^_^ desde donde, por supuesto, saqué decenas de fotografías.

 

Colores del Valle de la Luna

 

Algunas de las formaciones han sido bautizadas con nombres que se asemejan a sus siluetas (con algo de imaginación).

 

Algo muy curioso es que el sitio fue llamado así por Neil Amstrong, quien visitó el lugar por la cercanía con el campo de golf donde juagaba después de ver un partido en la ciudad. Según éste, el valle tenía mucha similitud con la superficie lunar, que sólo él conocía con exactitud.

 

Después del mediodía, la sombra era todavía más nula, y luego de refugiarme un momento en la recepción, cogí el bus de vuelta al centro de la ciudad, donde tomé unos minutos más para conocer el resto de la zona vieja.

 

Visité la Plaza Murillo, el zócalo de la ciudad, donde se yerguen la catedral de La Paz y el Palacio de Gobierno de Bolivia, que en ese entonces se adornaban por el árbol y el pesebre que anunciaban la pronta llegada de la navidad.

 

 

Plaza Murillo, con el Palacio de Gobierno de Bolivia

 

Regresé al hostal para recoger mi mochila, con la que caminé cuesta arriba hasta la estación de autobuses. Una vez ahí, decidí dirigirme a Sucre para alcanzar a Nico y Rocío, quienes me dijeron que se quedarían una noche más antes de partir hacia Uyuni… Cuál sería mi sorpresa al encontrar todas las rutas hacia la ciudad blanca agotadas :wacko:

 

Pensé en otra posibilidad: la ciudad de Potosí. David me había hablado bien sobre ella, y René y Jennifer estarían ahí. Sabía que podría recorrerla en un día para salir por la noche hacia el sur. Pero vaya juegos del destino, también estaban agotados :crying: Los únicos lugares disponibles eran en primera clase, que por la llegada de la temporada vacacional habían subido bastante de precio.

 

Tenía dos opciones: quedarme una noche más en La Paz, o probar suerte y dirigirme esa misma tarde al pueblo de Uyuni, donde podría reencontrarme con los argentinos. Alentado por la gran cantidad de jóvenes mochileros que abordaban hacia la nueva joya del sur boliviano, compré el pasaje más barato (en unos 120 bolivianos) y me dispuse a conocer otra maravilla natural: el Gran Salar de Uyuni.

 

Pueden ver el resto de las fotos de la capital boliviana y el hermoso Valle de la Luna en este álbum:

 

 


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    1. La eterna búsqueda del clima perfecto de la que muchos viajeros somos víctimas había ya comenzado a patearme el trasero después de mis primeros dos días en el norte de África.

      Era fácil creer que pasar una semana en Marruecos a mediados de febrero sería el antónimo ideal al crudo frío europeo que me hacía desear quedarme en cama todo el día, aunque el reloj marcara las horas de un ilusorio sol que se asomaba solo a veces entre los cielos helados.

      Pero mi chaqueta, que se había ya convertido en mi mejor amiga, debió acompañarme cada uno de mis días al sur del Mediterráneo. Tal parecía que los marroquíes gozaban también de un frío y lluvioso invierno.

      Bajo esa etérea y fastidiosa lluvia tomé un autobús nocturno en la terminal rodoviaria de Fez, no sin antes contender una vez con los marroquíes, que insistían en ayudarme con mi mochila en busca de un par de monedas, que al no recibir les hacía explotar en cólera entre un arsenal de insultos en árabe que mis oídos afortunadamente no podían descifrar.

      El elevado volumen de la música bereber que el chofer dejó escuchar desde los altoparlantes durante las primeras horas del trayecto trajo a mi mente aquellas melodías evangélicas que apaciguaron el peor de mis viajes una noche de diciembre en la frontera norte de Guatemala. Pero a diferencia de aquel repugnante autobús, esta vez el conductor se dignó a brindarnos un arrullador silencio, que me dejó dormir hasta nuestro arribo a Marrakech.

      La puntualidad de sus servicios me había impresionado bastante, para ser sincero. Aunque a decir verdad, la antelación de nuestra llegada a las 5:30 de la mañana no era lo más conveniente para un viajero como yo.

      Me vi entonces obligado a tomar un taxi hasta la medina, el centro antiguo de Marrakech y la zona donde se aglomera la mayoría del turismo. Aunque claro que a esas horas de la madrugada, el vacío en sus calles era más que aterrador.

      Al igual que en el centro de Fez, la medina de Marrakech es una zona completamente peatonal. Por tanto el taxista me dejó en la entrada principal a los souks, los mercados callejeros, que para ese entonces estaban todavía cerrados.

      Esta vez creí haberme anticipado bien ante la falta de un plan de internet en mi móvil, y tenía descargado el mapa que me llevaría hasta la puerta de mi hostal. Pero las calles de las medinas árabes son siempre un laberinto que solamente los locales saben atravesar.

      No pasó mucho tiempo para que un hombre se acercara ofreciéndome ayuda. Pero mis anteriores experiencias con los marroquíes me dejaban en claro que aquel sujeto solo me ayudaría a cambio de algunos dirhams, por lo que me negué ante su oferta.

      Soy policía de seguridad —me dijo—. Dime el nombre de tu riad y te llevo a él. Su chaleco fluorescente parecía ser real, y lo dejé guiarme hasta la entrada del hostal.

      Cuando creí haber conocido a un honesto funcionario que me habría ofrecido al fin ayuda verdadera, su mano extendida frente a la puerta me indicó que todo había sido un engaño. El chaleco no era más que un señuelo para camuflar su identidad, y al igual que la mayoría del resto, esperaba dinero a cambio.

      El encargado del hostal abrió la puerta y me dio la bienvenida. El señor pregunta si le darás alguna moneda —me hizo saber—. Me dijo que era un policía, no tengo por qué darle algo a cambio. —repliqué. Aunque parezca rudo, es así como muchas cosas funcionan en Marruecos.

      Tras el manifiesto enfado en la cara de aquel hombre, cerramos la puerta y me refugié por fin del frío que bañaba el exterior. Y ya que sabía que podría hacer mi check-in hasta pasado el mediodía, pedí al encargado poder dejar mis cosas y descansar un poco en la sala común del hostal, a lo cual contestó mostrándome el camino al cuarto compartido, donde cordialmente me permitió tomar mi cama y hacer el check-in después de descansar algunas horas. La hospitalidad de muchos marroquíes parecía ser, después de todo, algo de admirarse.

      El Dar Radya fue otro claro ejemplo de lo placentera que puede ser una estadía en un típico riad marroquí. Su patio central con mesas de té y una fuente en la que se bañaban las aves; los cuartos con ventanas dobles de madera y tapetes de mosaicos; el baño en colores rojizos y un lavabo de azulejos en motivos geométricos.

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      Cada detalle de aquel riad parecía estar planeado a la perfección para hacer sentir a sus huéspedes en un histórico Marruecos. Y sumado a la amabilidad de su personal la experiencia no podía ser mejor.

      Un té de menta es siempre una buena forma de empezar el día. Y ya que el cielo me sonreía mucho más que la noche anterior, salí nuevamente a caminar por las laberínticas calles de aquella metrópoli magrebí.

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      Marrakech es una ciudad más nueva que su hermana Fez, en el norte, de donde yo había llegado esa mañana. Mientras Fez fue fundada por una dinastía árabe, Marrakech, situada más bien al sur del actual país, nació gracias a una dinastía bereber, llamados los almorávides.

      La imagen contemporánea de Marruecos y el Magreb (el noroeste africano) suele resumirse en un solo concepto: países árabes.

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      Pero es necesario hacer algunas diferencias. Los árabes son un pueblo (actualmente aceptados como una etnia) que originalmente provienen de la península arábiga, y que poblaron el Medio Oriente y el norte de África durante la propagación del Islam en los siglos VII y VIII.

      Y aunque puede decirse que casi todos los árabes hablan la lengua árabe, no puede decirse que todos los árabes practican el Islam. Así también, no puede decirse que todos los pobladores de los países árabes pertenecen a la etnia árabe ni hablan tal idioma.

      Antes de que los árabes se expandieran llevando consigo el Islam, el norte de África estaba ya habitado por tribus nómadas, conocidas como bereberes, hablantes de lenguas bereberes.

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      Venta de tapetes bereberes típicos.

      Su presencia a lo largo del Sahara se remonta a siglos antes del nacimiento de Cristo, aunque las duras condiciones del desierto más grande del mundo los obligaron a moverse constantemente de un lado a otro.

      No obstante, fueron capaces de establecer verdaderas ciudades en algunas de las regiones mejor adecuadas para su supervivencia. Marrakech es uno de los mejores ejemplos, nacida como una urbe bereber e invadida siglos más tardes por los sultanes árabes que hasta hoy gobiernan Marruecos.

      Se puede decir entonces que los dos principales pueblos que habitan hoy el Reino de Marruecos son los árabes y los bereberes, siendo el árabe y el bereber las dos lenguas oficiales del país, y cuyos ciudadanos son libres de profesar la religión que deseen. Aunque claro, el islam es el dogma predominante.

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      Mujeres usando su hiyab típico árabe, y detrás un hombre usando su jellaba típica bereber.

      La medina es el lugar donde se establecieron los primeros pobladores de la ciudad durante la Baja Edad Media. Los souks de Marrakech son los más grandes del país, y es la mejor forma de sumergir a los turistas como yo en estos típicos y laberínticos mercados callejeros del mundo árabe.

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      Otro elemento bastante característico de estas ciudades son los hammam, los baños árabes o turcos que se heredaron de la cultura romana tras su desaparición.

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      Los otomanos y las culturas islámicas prosiguieron estos rituales de limpieza en baños públicos, que hasta el día de hoy están divididos para hombres y mujeres. Es la versión árabe de las saunas, que le valen a Marruecos una buena parte del turismo que reciben.

      No tardé mucho tiempo para darme cuenta de algo. Casi la totalidad de los edificios y paredes en la medina eran de color rojizo. La causa, es que están construidas con arena roja, característica de la zona donde se emplaza la ciudad.

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      Es por ello que Marrakech se ha ganado el título de “la ciudad roja”. De hecho, cualquiera que viaje por Marruecos se dará cuenta que cada ciudad tiene un color predominante en sus construcciones, ya que por órdenes de los gobiernos locales toda nueva edificación debe respetar el material y el color tradicional para conservar su matiz único.

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      La medina está amurallada todavía en su mayor parte, y como es de esperarse, su extensión es bastante grande.

      Pero toda caminata por la medina culmina de forma perfecta en la plaza de Yamma el Fna, el corazón de Marrakech donde desemboca la densa red de callejuelas.

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      La plaza de forma irregular está rodeada por tiendas, restaurantes y cafés que ofrecen la mejor vista de la ciudad con sus terrazas. Pero lo mejor de Yamma el Fna se encuentra sin duda al nivel del suelo.

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      Conforme va avanzando el día, comienza a llenarse de comerciantes y artistas de todo tipo. Mujeres que pintan con henna, vendedores de jugos de naranja o de pociones afrodisíacas; malabaristas, músicos, encantadores de serpientes, contorsionistas; vendedores de fruta, pescados, tapetes persas, joyería, juegos de té, lámparas mágicas.

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      La lista va creciendo conforme el sol va avanzando hacia el oeste. Pero como bien me habían dicho, lo mejor de Yamma el Fna llega tras el ocaso. Por ello decidí seguir mi camino y dejar que me sorprendiera al caer la noche.

      Al oeste de la plaza una larga calzada peatonal ofrecía paseos turísticos en carruajes, que se estacionaban junto a uno de los parques públicos que dan comienzo a las modernas avenidas, donde el tránsito de coches empezaba a aparecer en la ciudad.

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      Al fondo, la torre de la mezquita Kutubía dominaba el paisaje, haciendo notar su presencia como el ícono más representativo de Marrakech.

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      Como dije antes, la ciudad fue fundada por los almorávides, en una localización estratégica para las caravanas que cruzaban el Sahara hacia la África negra.

      Pero de la época almorávide no queda nada en Marrakech, ya que años después de su llegada fueron invadidos por los almohades, otra dinastía bereber proveniente de las montañas del este.

      Los almohades dieron a Marrakech su primera gran época de esplendor, y en el siglo XII su primer califa, Abd Al-Mumim, mandó a construir la mezquita Kutubía, que se cuenta que en su época era de las mayores en el mundo islámico.

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      Sus muros están construidos, al igual que el resto de la ciudad, con la arena rojiza que rodea a la urbe, presumiendo sus arcos de herradura por los que es un deleite atravesar para todo occidental como yo.

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      Su alminar (como se le conoce a las torres de las mezquitas) es la construcción más alta de Marrakech, y aunque ha perdido ya buena parte de su ornamentación original, continúa imperando con su poder sobre la metrópoli roja.

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      Marrakech es quizá la ciudad más turística y visitada en todo el país. No fue extraño entonces que mi amiga Daniela, que entonces salía con un chico marroquí, se encontrara aquel día en la misma ciudad que yo, a más de 9000 kilómetros de nuestro hogar en México.

      Encontrarme con ella mientras tomaba un café frente a aquella imponente mezquita fue sin duda una experiencia extraordinaria. Pero mejor aún en compañía de un local como Zakaria, su novio marroquí que nos ofreció a ambos mostrarnos lo mejor de la ciudad.

      Al oeste de la mezquita, Zakaria nos llevó a La Mamounia, un verdadero palacio-hotel que permite visitas gratuitas a los turistas.

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      El terreno fue heredado al príncipe Al Mamoun en el siglo XVIII como regalo de bodas por parte de su padre. Pero fue hasta 1923 cuando se decidió inaugurar un lujoso hotel en lo que alguna vez fue un oasis protegido dentro de las murallas de Marrakech.

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      Entrada al hotel La Mamounia.

      Numerosas celebridades son las que se han hospedado en sus opulentas habitaciones. Desde políticos tan renombrados como Winston Churchill y el general Charles De Gaulle, hasta artistas como Charles Chaplin, Edith Piaf, Yves Saint-Laurent y Elton John.

      La máxima expresión de la arquitectura árabe y andaluza parecía encontrarse al interior de aquel suntuoso hotel.

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      Esculturas de arabescos, techos con madera tallada en la mejor calidad, fuentes de mosaicos mudéjar y lámparas de cristal que iluminaban el interior del edificio simplemente a la perfección.

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      La presencia del agua en sus fuentes y estanques no podía pasarse por alto como en cualquier otra construcción del mundo árabe. Pero sin duda en una forma muy diferente a como lo hacían los riads que mi bolsillo podía pagar.

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      Detrás del hotel, ocho hectáreas de jardines se extendían con un acervo de especies vegetales que contrastaba idealmente con el naranja de sus muros. Palmeras, cactus, olivos, naranjos y bugambilias, donde los pájaros se posaban para hacer al ambiente inclusive más sublime.

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      Con su cava de vino, spa, chefs de renombre, suites imperiales y códigos de etiqueta, La Mamounia nos dejó en claro que Marruecos no tiene nada que envidiarle a los países occidentales en cuanto a turismo de lujos se trata.

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      Pasadas las horas la lluvia comenzó a caer otra vez sobre nosotros, así que decidimos que era tiempo de comer.

      Zakaria nos llevó a un buen restaurante por un almuerzo típico marroquí: sopa harira y tajín. Ambos platos me parecían dignos de todo paladar, pero después de cierto tiempo no sabía si me llegarían a aburrir.

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      Y para para la digestión, un buen vaso de té nos reconfortó a ambos lados de la mesa, antes de volver al coche y seguir nuestro tour por la ciudad roja.

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      Zakaria tomó una carretera, que parecía estarnos llevando fuera de la ciudad. En realidad, nos dirigíamos a la Palmerai, la zona norte de Marrakech, donde un oasis de palmeras parece ser el lugar que ha atraído a millonarios a construir sus nuevas residencias.

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      Camellos en el Palmerai.

      Aunque a decir verdad, no todos son precisamente millonarios. Aunque Marrakech es una de las ciudades más caras de Marruecos y ha incrementado sus precios inmobiliarios durante las últimas décadas, comprar un riad en su interior sigue siendo mucho más barato que un apartamento en Europa o Estados Unidos. Es por ello que se ha convertido en la ciudad que atrae a más extranjeros en todo el país.

      Al volver al centro antiguo de la ciudad, cometimos el grave error de atravesar la muralla de la medina en el coche. Si bien, gran parte de ella es peatonal, algunas calles están habilitadas para el tránsito automovilístico. Pero la circulación en su interior es simplemente nefasto.

      Esquivando a los peatones y serpenteando en tal laberinto de rúas, tardamos casi media hora en salir para hallar un estacionamiento.

      Para entonces, la noche había caído, y Yamma El Fna se había animado como toda una fiesta citadina que amenazaba con parar hasta pasada la medianoche.

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      En el medio de la plaza nos encontramos con un amigo de Zakaria. Daniela y yo, deseosos de comprar souvenirs, supimos que debíamos aprovechar la oportunidad de estar con dos marroquíes, quienes podrían negociar por nosotros los precios de los productos.

      Cualquiera diría que los latinoamericanos están acostumbrados a regatear. Pero los comerciantes marroquíes han pulido ese arte mucho más que nuestros ancestros.

      Así, Zakaria y su amigo consiguieron una lámpara para Daniela y un tarbush para mí, ese típico sombrero rojo que usaba el mono de Aladino en su cabeza.

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      Para disfrutar de una vista panorámica de Yamma El Fna, subimos a la terraza de uno de sus múltiples cafés, donde un café con leche y un té de menta fueron una excelente forma de culminar nuestra jornada.

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      Al otro día Daniela y Zakaria ya habían armado su plan. Así que me tocó visitar el resto de Marrakech por mi cuenta. Esta vez, decidí conocer los verdaderos palacios de los que había gozado la metrópoli en su época de esplendor.

      Marrakech fue la capital imperial durante los siglos XVI y XVII, cuando la tribu árabe de los saadíes invadió la ciudad y la convirtió en una de las más prominentes y pobladas del mundo árabe, atrayendo a grandes artistas y pensadores.

      Una de las construcciones más emblemáticas de esta era es el palacio El Badi, mandado a construir por el sultán Ahmed al-Mansur.

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      Lo que puede visitarse hoy de aquel palacio son solo sus ruinas y su bien conservado jardín central. Pero según algunos cronistas, se trataba de una verdadera maravilla del mundo islámico.

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      Contaba con 360 habitaciones, cuyas paredes y techos estaban recubiertos con oro traído desde la mítica ciudad de Tombuctú, que el propio sultán había ya conquistado.

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      No hace falta decir que los patios estaban adornados con estanques y fuentes tras los que se sembraron filas de naranjos, que me trajeron a la mente los palacios nazaríes de Andalucía en España.

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      De hecho, los planos de El Badi se basaron en los de la Alhambra, la joya de la arquitectura musulmana en la península ibérica, que por suerte se conserva mucho mejor que aquel en Marrakech en el que posaba mis pies.

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      La gloria del palacio no duró mucho más de cien años, tras los cuales una nueva dinastía árabe (la que gobierna hasta ahora Marruecos) subió al trono, y llevó todos sus tesoros hasta Mequinez, la que sería la nueva capital del reino.

      Pero para mi fortuna también es posible admirar un palacio mucho más reciente. En el antiguo barrio judío se encuentra el Palacio de la Bahía, el mejor conservado de Marrakech.

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      Entrada al palacio de la Bahía.

      Si bien en el siglo XIX Marrakech ya no era la capital, un visir de la corte real (asesor del sultán) mandó a edificar este inmenso palacio para su uso personal.

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      Su intención era hacer el palacio más grande jamás construido, y aunque nunca gozó de ese título, logró captar a la perfección la esencia de la arquitectura islámica y marroquí en un solo lugar.

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      Aunque el hotel La Mamounia me había mostrado ya buena parte de lo que es un palacio marroquí, La Bahía se trataba de uno de verdad, en donde un miembro de la realeza había pasado parte de su vida.

      A pesar de haber quedado en desuso como residencia cuando el visir falleció, se yergue todavía en excelentes condiciones. El brillo de los mosaicos, la textura del cedro tallado y el matiz de los colores en cada uno de sus muros siguen pareciendo sumamente nuevos.

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      El harén es simplemente exquisito, con un patio interior en el medio del cual se posa una fuente, y alrededor del que vivían las concubinas del visir, quien además de ello tenía cuatro esposas.

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      Satisfecho con haberme por fin sumergido en una verdadera monarquía árabe, almorcé en las calles cercanas a la medina, para después continuar hacia la zona nueva de Marrakech.

      Esta área es llamada la ville nouvelle, que como en todas las ciudades marroquíes, fue construida por los franceses durante los años del protectorado en el siglo pasado.

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      Aquí se encuentran las grandes avenidas, hoteles, centros comerciales, tiendas, los edificios del gobierno local y, sobre todo, las modernas casas y apartamentos donde moran los actuales habitantes de la ciudad.

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      Es en esta zona donde se encuentra uno de los principales y más nuevos atractivos de Marrakech: el jardín Majorelle.

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      Durante los años del protectorado de Francia y España en Marruecos, el pintor francés Jacques Majorelle estableció su pequeño taller en la ville nouvelle.

      Alrededor del mismo, decidió mandar a plantar uno de los más bellos y cuidados jardines botánicos de la ciudad, que además de poseer una amplia gama de plantas y arbustos, se decora con vivos colores en sus muros, macetas y ornamentos que dejan en claro que aquel sitio perteneció a un pintor.

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      Pero el color más predominante es el azul, que el mismo artista creó y que hasta hoy lleva su nombre: color azul Majorelle.

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      En los años sesenta la propiedad pasó a manos del famoso modista francés Yves Saint-Laurent, quien amplió el acervo botánico y convirtió el antiguo taller en una sala de exposición de arte islámico

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      Enamorado de los jardines y palacios marroquíes, decidí que era momento de volver a mi riad y cenar en Yamma El Fna un buen plato de pescado con calamares y berenjenas, que saciaron mi apetito para la hora de dormir.

      Los siguientes días me esperaba otra cara de Marruecos. Una cuyos paisajes se colmaban menos por la realeza, y mucho más por la naturaleza de un país entre el océano, las montañas y el desierto.

    2. La mejor manera de lidiar con el frío en Europa tenía una sola respuesta para mí: viajar.

      Las temperaturas no dejaban de descender recién comenzado el 2017, y si bien el invierno no es mi temporada favorita para viajar, no me quedaba más remedio para escapar un poco de mi rutina en Lyon.

      Así pasé un fin de semana en Toulouse, la ciudad rosa de Francia, que me regaló tardes soleadas en bicicleta por sus calles adoquinadas y fachadas de rojizos ladrillos, junto con mi amigo Benjamín, a quien había conocido en México.

      Pero antes de volver a Lyon, era imperativo hacer una escala a 100 kilómetros al este de Toulouse, en un pequeño pueblo de Occitania que creí que difícilmente me enamoraría más de lo que Toulouse había ya hecho.

      Aquel lunes, cuando todos los franceses volvían a su rutina normal de trabajo, yo había logrado pasar mi clase para el siguiente viernes. Con un día libre más, cogí el primer tren matutino hacia Carcassonne, y di las gracias a Benjamín por haberme hospedado por dos confortables noches.

      La estación central de Carcassonne era bastante pequeña, lo que me daba a entender la minúscula magnitud del pueblo, del que poco había leído en el pasado.

      Antes de salir y enfrentarme a la fría mañana exterior, tomé mi ya rutinario croissant con un café y un jugo de naranja, lo que se había vuelto mi típico desayuno francés.

      A solo unos pasos de la estación, el Canal du Midi volvió a aparecer frente a mí.

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      Aunque poco sorprendente para los ojos de un hombre contemporáneo, el Canal du Midi fue la obra de ingeniería más revolucionaria del siglo XVII, ya que logró conectar por vía fluvial al océano Atlántico con el mar Mediterráneo.

      Las embarcaciones fueron el principal transporte en el mundo hasta la llegada del ferrocarril en el siglo XVIII, y aunque el Canal du Midi no se compara con la magnificencia del Canal de Suez o el Canal de Panamá, fue el precursor de estos, y por ello es hoy una atracción turística declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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      Aunque el Canal du Midi y sus esclusas me regalaban el reflejo de un hermoso cielo azul, no era aquello lo que me dejaría atónito aquella mañana, y con certeza no era lo que me había llevado hasta los rincones de ese pueblo del sur francés.

      Atravesé el centro de la ciudad baja, lleno de tiendas y comercios que apenas comenzaban a abrir sus puertas al público. En un sitio como aquel, un lunes por la mañana no tenía en absoluto la misma oscilante actividad que en el resto de las ciudades modernas.

      Al sur del centro de Carcassonne, un puente me atravesó al otro lado del río Aude, cuyo territorio conserva aún las casas medievales en la que solían vivir los habitantes de la ciudad.

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      Hoy la mayoría son comercios dedicados al turismo. Restaurantes, posadas, tiendas de artesanías y souvenirs. Aunque poco se oye hablar de ella fuera de Francia, Carcassonne representa uno de los centros turísticos más visitados del país galo.

      La vista encima de la ciudad vieja me hizo ver el porqué. En lo alto de la colina adyacente, una enorme ciudadela con torres de castillo se posa todavía como si el tiempo se hubiera detenido, congelado diez siglos atrás.

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      La ciudad histórica fortificada de Carcassonne es la ciudad medieval mejor conservada de Europa, y con mérito le ha hecho merecer el título de monumento histórico por el Estado francés y el de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

      Para llegar a la ciudadela debí rodearla por algún tramo, a lo largo de una de las calles de la ciudad baja, hasta llegar a un jardín que antiguamente funcionaba como el cementerio de la villa, ubicado fuera de sus muros.

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      La cara oriental de la ciudadela me dio la bienvenida con la Puerta de Narbona, la que fuera su principal entrada, donde una placa de la UNESCO informa a los visitantes que están a punto de ingresar a uno de los recintos arquitectónicos de mayor importancia de la Europa actual.

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      Hasta aquel entonces, la lista de castillos que había ya visitado en Europa había crecido bastante. El castillo de Peñafiel, el alcázar de Segovia y el castillo de Neuschwanstein en Baviera me habían dejado boquiabierto.

      No era una tarea difícil, pensando que un chico mexicano no tiene la oportunidad de visitar verdaderos castillos en América, a excepción del castillo de Chapultepec en la Ciudad de México.

      Pero Carcassonne parecía ser algo diferente. Algo sencillamente monumental. No se trataba de un castillo. Se trataba de una ciudadela, de una ciudad medieval entera que me adentraría en carne propia a la antigua vida de los burgos.

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      Para ello había que entender varias cosas primeramente. Carcassonne no había sido fundada durante el medievo. Es una ciudad que se remontaba a tribus celtas que habitaron la zona antes de que los romanos la tomaran como parte de la Galia, la provincia romana que abarcaba lo que hoy es Francia (donde vivían los galos, algo así como Asterix y Obelix).

      Fueron los romanos quienes comenzaron la fortificación de la ciudad, ante el peligro de las invasiones bárbaras. Los bárbaros eran aquellos pueblos del norte y centro de Europa, ante los que el Imperio Romano de Occidente sucumbio finalmente en el siglo V.

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      Así fue como los visigodos tomaron Carcassonne y la incluyeron dentro de su reino, que abarcaba gran parte de la península ibérica y la mitad de la Francia actual.

      Los visigodos continuaron con la fortificación de la ciudad, haciéndola un mecanismo de defensa de la frontera norte de su reino. Aunque ello no impidió que la ciudad fuera invadida por los musulmanes cuando estos incursionaron en la península ibérica en el año 711.

      No obstante, el gusto le duró a los árabes hasta el año 752, cuando Carcassonne fue tomada por el ejército de los francos. Es desde entonces que Carcassonne quedó ligada de por vida a Francia.

      La Edad Media que todos tenemos en la mente, aquella con reyes, caballeros, castillos y calabozos, se sucedió más bien en la Baja Edad Media, entre los siglos XI y XV. Fue el auge del feudalismo en Europa.

      Si bien el feudalismo fue el modelo económico que suplantó al esclavismo de la Edad Antigua en toda Europa, tuvo su mayor apogeo en la Europa Occidental, entre los ríos Rin y Loira, específicamente en el Sacro Imperio Romano Germánico y el reino de los francos.

      Carcassonne fue así una pieza clave en la Francia medieval, ya que se encontraba en la frontera sur que separaba a toda la Europa cristiana del mundo islámico, que para entonces se extendía por casi toda España.

      El Imperio de Carlomagno (del que surgieron el Reino de Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico) había heredado los títulos de nobleza con los que el poder de los estados se descentralizaría y daría pie a la época feudal. Marqueses, duques, condes, vizcondes, todos subordinados al rey, pero quienes tomarían el poder de sus propias tierras y darían comienzo a la Edad Media que todos conocemos.

      Carcassonne fue así elevada a la categoría de Condado, por lo que necesitaba un castillo condal.

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      En la zona oeste de la ciudadela, tras caminar unas cuantas calles curvilíneas, me encontré con la entrada al castillo condal. Un castillo dentro de otro castillo.

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      Dentro de la misma ciudadela, el castillo se construyó con una fosa a su alrededor, para proteger doblemente al conde y a la familia condal de posibles agresores.

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      Un puente comunica con el patio principal, que se rodea de edificios que datan entre los siglos XII y XVIII.

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      El castillo condal era por supuesto la residencia del conde, que ostentaba el título con mayor peso en la ciudad.

      Aunque el rey era la mayor condecoración en la Francia medieval (que sólo podía ser otorgada por herencia familiar o por el Papa, es decir, por Dios), el poder del rey estaba limitado. El rey elegía a sus nobles y les otorgaba un pedazo de tierra (el feudo), ante el cual los nobles tenían el poder absoluto.

      El noble a su vez elegía a sus vasallos (caballeros, hidalgos), que podían vivir dentro de las murallas de la ciudadela (el burgo) a cambio de prestar protección y servicio militar al señor feudal. Los miembros más ricos del pueblo, como los banqueros y algunos comerciantes, vivían también dentro del burgo. Ellos conformarían más tarde la clase burguesa.

      Así mismo, el pueblo llano pertenecía al feudo del noble, pero vivía fuera de los muros de la ciudadela. Campesinos, artesanos, ganaderos. Eran hombres libres ante la ley, pero no podían cambiar de feudo ni de estrato social. Aunque toda situación de desprivilegio se compensaba con la gloria del cielo cristiano.

      Era así como funcionaba la típica sociedad medieval feudal. Una sociedad basada en la agricultura, el autoconsumo, la vida rural y las guerras entre los caballeros de cada feudo.

      Podemos entonces imaginar que Carcassonne era solo un condado más del Reino de Francia. Un condado que parece haberse congelado en el tiempo. Pero así como aquel, cientos de condados, marquesados, ducados y señoríos se extendían por toda Europa durante los años que muchos apodan ahora el oscurantismo.

      Desde el castillo condal las escaleras de unas de sus nueve torres me llevaron hasta lo alto de las murallas.

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      Muchas de aquellas torres habían sido ya construidas por los visigodos como mecanismos de defensa. Y cabe mencionar, que la ciudadela entera fue restaurada en el siglo XIX, después de décadas en el olvido por parte del gobierno francés.

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      Así pude yo disfrutar de una caminata en el pasado. Un paseo solitario que parecía haberme llevado a uno de los más grandiosos sueños de mi infancia.

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      Desde la muralla se tenía una vista de 360 grados de Carcassonne, lo que incluía el interior y el exterior de la ciudadela.

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      En el sur de la misma, pude avistar por primera vez la Basílica de Saint-Nazaire, el principal templo católico de la ciudad y un elemento imprescindible en toda urbe medieval de Europa, que para entonces ya se había convertido en su totalidad en cristiana.

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      Fue posible ver también las fachadas de teja de las pequeñas casas que se yerguen todavía en la ciudadela, donde vivía la baja nobleza y los burgueses en su época. Y es que es así, si hubiéramos vivido en la Edad Media, debíamos haber tenido mucha suerte para vivir dentro de uno de estos burgos, pues solo si se nacía en una familia noble o burguesa era posible una morada junto al señor feudal. Las mayores posibilidades apuntaban a nacer en una familia del pueblo pobre, que vivía fuera de la ciudad.

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      Y aunque las vistas de la ciudad baja actual de Carcassonne (aquella fuera de la ciudadela) son hoy en día un deleite arquitectónico y paisajístico, siglos atrás sus calles se atestaban de ratas, enfermedades, suciedad e inmundicia.

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      Las murallas de Carcassonne son en muchos aspectos un hito arquitectónico todavía vigente en el mundo. A decir verdad, es una ciudad doblemente amurallada, así que penetrar a su interior no era una tarea fácil para ningún ejército de caballeros.

      La primera muralla fue construida durante la época galorromana, de la que datan las torres con forma de herradura, un elemento típico de la que se conservan aún 17 en todo el perímetro.

      El resto de las torres y el segundo muro fueron construidos en la Edad Media, incorporando la forma cilíndrica icónica del medievo con techos en forma de cono.

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      La postal de la Torre del Homenaje del castillo condal con la ciudad baja a sus pies fue simplemente magnífica, sumado a la perfecta elección de haber visitado la ciudadela un lunes de enero, en el que casi ningún turista se aparecía por aquellos rumbos.

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      Carcassonne parecía también haber sido emplazada en uno de los más bellos puntos geográficos del sur francés, rodeada de verdes y fértiles llanuras y colinas bajas que delineaban un perfecto y nublado horizonte.

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      Las líneas naturales de la muralla me llevaron a la punta sur de la ciudadela, hasta el Teatro Jean Deschamps, con forma de anfiteatro romano.

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      Si bien durante los siglos de la Edad Media la cultura de la Edad Antigua quedó en el olvido, los reinos medievales europeos heredaron algunos elementos grecolatinos que permanecerían en la cultura occidental hasta la actualidad, como el Derecho romano, el cristianismo y las tragicomedias teatrales.

      Y como viva muestra de lo importante que era el cristianismo para los feudos medievales, la Basílica de Saint-Nazaire apareció justo frente al teatro, que se sigue ocupando hoy para espectáculos al aire libre.

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      La basílica es un templo románico que más tarde incorporó algunos elementos góticos, tanto en su fachada como en su interior.

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      Aunque gracias a su bella basílica, Carcassonne pareciera ser otra típica ciudad cristiana que obedecía las órdenes del papa en Roma durante el medievo, fue cuna de uno de los sucesos más drásticos en la historia del catolicismo.

      En el siglo XII un nuevo movimiento religioso llegó al oeste de Europa, estableciendo sus bases en el sur de Francia: el catarismo.

      Ni el papa, ni el rey de Francia, imaginaron que el catarismo se fuese a extender con tanta velocidad por aquella zona. Así que para frenar su expansión, el papa organizó, con el consentimiento del rey, la Cruzada albigense, con el objetivo de expulsar a los cátaros.

      Carcassonne no volvió a ser la misma, ya que su vizconde, así como muchos de sus subordinados, fueron acusados de herejía, y derrotados por la cruzada militar. La ciudad pasó a quedar en manos del rey de Francia.

      La persecución de los cátaros dio origen a la fundación de la Santa Inquisición, institución que nació primeramente en Francia y luego contó con el apoyo directo del papa.

      Aunque todos hemos escuchado un sinfín de historias sobre la Inquisición católica, la mayoría de ellas están mezcladas con mitos y realidades, como el número de muertes que provocó y el tipo de torturas que utilizó. Lo cierto es que la Inquisición dejó una clara huella en la iglesia católica, y Carcassonne fue parte del comienzo de aquella oscura época del cristianismo.

      Tras visitar la basílica volví en dirección al centro de la ciudadela, permitiéndome perderme en sus calles zigzagueantes que me dieron una idea de primera mano de cómo era la vida dentro de un verdadero burgo francés.

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      Fachadas y calles de piedra, pozos de agua, letreros que dejaban saber el nombre de quién moraba dentro de cada una de sus casas.

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      Sin el alumbrado público, algunos coches y mesas de sus restaurantes, Carcassonne podría pasar fácilmente por una recreación ficticia de película. No es de extrañarse que haya sido elegida como escenario para la filmación de varios largometrajes franceses que se suceden en épocas medievales.

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      Fue en uno de aquellos acogedores y cálidos restaurantes donde me refugié algunos minutos del frío exterior y comí una cazuela de pato confitado, el platillo típico de Occitania, difícil de encontrar en otros lugares de Europa.

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      Las callejuelas tortuosas y vacías de la ciudadela de Carcassonne fueron sin duda un exquisito viaje al pasado que me llevó a un sitio que sólo había experimentado antes en mi imaginación, quizá también en algún videojuego.

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      Después de ella, difícilmente otra antigua ciudad europea me transportaría tan vivazmente a la misma época. Carcassonne había llenado cada uno de los muchos clichés que existen sobre las villas medievales, y me dejó en claro que saber poco es a veces lo mejor antes de viajar a un nuevo destino.

    3. La costa de Liguria, en el noroeste de Italia, era el escenario perfecto para despedir el 2016. Había comenzado mi año desempleado, tirado en mi cama y sin la certeza de qué me depararía el resto de mis 365 días. Ahora me hallaba en una fría estación de tren, aguardando el vagón a mi último destino antes de volver a Francia, donde estaba trabajando temporalmente como profesor.

      Aquella tarde había visitado los cinco maravillosos pueblos de Cinque Terre, otro de mis objetivos en aquel viaje por Europa. Y debido a su cercanía, una última escala en la capital de Liguria era obligatoria.

      A las 18 horas, luego de un hermoso atardecer, cogí el tren desde la ciudad de Levanto hacia Génova, a donde llegué en menos de una hora.

      Por fortuna, había reservado dos noches en un hostal muy cercano a la estación de Brignole. Y con la seguridad que las ciudades europeas me daban, llegué a pie en mitad de la noche, para ponerme cómodo y descansar luego de una jornada en Cinque Terre.

      Una pizza 4 stagioni fue mi manera de comenzar a despedir el año, con la llegada del frío invierno y a sólo 3 días de comenzar el 2017.

      La siguiente mañana comenzó de maravilla. Los desayunos incluidos en la mayoría de los hostales en Italia me dejaban siempre un increíble sabor de boca. No sólo con un excelente café espresso cortado (muy a la italiana), sino con un surtido buffet dulce y salado, cosa que no acontece en todos los países de Europa.

      Mis conocimientos sobre Génova hasta entonces eran escasos. Era otra de las ciudades a las que había llegado sin saber casi nada. Aunque por supuesto, conocía bien la historia (todavía no aceptada por todos los historiadores) de que fue el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón. Pero seguro que tenía más, mucho más para ofrecer, que sólo haber acogido el parto del navegante más famoso del mundo.

      Un frío viento soplaba desde el golfo donde se enclava la ciudad, y las nubes tapaban el ingreso de los rayos solares a las calles. Pero había tenido suerte de escapar de la lluvia, y estaba conforme con ello. Así que salí del hostal y descendí hasta la Via XX Settembre, la principal avenida del centro histórico de Génova.

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      Si bien la historia de Génova se remonta a la época en que fue una prominente república marina, la Via XX Settembre y sus calles circundantes datan a la segunda mitad del siglo XIX, cuando Génova formaba ya parte del Reino de Italia.

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      Hoy sus hermosos edificios neoclásicos y barrocos acogen los comercios más asediados por los locales y turistas, donde las tiendas de moda no se quedan atrás. No importa lo que diga la gente, Francia no es más la capital de la moda. Italia lo es.

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      La avenida me llevó hasta la Piazza de Ferrari, el corazón del centro histórico genovés.

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      En el medio de ella se posa una fuente que, al igual que el resto de la plaza, fue proyectada en el siglo XIX.

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      A finales de aquel siglo Génova fue, junto con Milán, el principal centro financiero del recién creado estado italiano. Así, tras la creación de la plaza, importantes instituciones financieras se establecieron a su alrededor, como el Banco Italiano, la bolsa y el Crédito de Italia.

      Pero el edificio más importante a orillas de la plaza (aunque para mí no el más bello) es sin duda el Palacio Ducal.

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      Su nombre puede ser engañoso. Al igual que el Palacio Ducal de Venecia, no fue una residencia de duques, sino de los “dux” que gobernaban la República de Génova.

      Génova fue por varios siglos un estado independiente. Junto con Venecia, Pisa y Amalfi, todas formaban las cuatro repúblicas marítimas, que a partir de la Edad Media fueron países soberanos que gozaron de prosperidad gracias a su dominio marítimo en el mar Mediterráneo.

      No cabe duda de por qué la mayoría de los historiadores afirma que Cristóbal Colón nació allí. Varias calles, incluso una plaza pública, llevan su nombre.

      Los orígenes de Génova se remontan más allá del nacimiento de Cristo. Sin embargo, su prosperidad comenzó a impulsarse durante la Edad Media, época de la que datan muchos de los antiguos edificios que todavía se encuentran en pie.

      La catedral de San Lorenzo es uno de ellos. Es la principal construcción religiosa de la ciudad, misma que marcó el inicio de su apogeo. En aquel entonces, no ser reconocida por la iglesia católica era casi no existir en el mapa.

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      Su fachada gótica y portadas laterales románicas marcaron un hito en la arquitectura de la ciudad.

      Al sur de la catedral, las callejuelas de adoquines alojan la llamada zona medieval, el área de asentamiento más antigua de Génova.

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      Sus coloridas y despintadas casas daban asilo en su mayoría a marinos y mercaderes, que dieron a la ciudad una relevante importancia en el Viejo Mundo.

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      Génova se encuentra emplazada en una extraña geografía, donde las olas del mar se topan bruscamente con altas montañas, cuyo terreno no es cultivable.

      Así, Génova pasó a depender desde su fundación del comercio marítimo. Pero lo que comenzó como una obligación para su sobrevivencia acabó por colocarla en los mapas medievales como un glorioso país.

      La zona medieval es un conjunto de edificios habitacionales, iglesias católicas y torres de fortaleza que defendían a la república de enemigos y piratas.

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      Aún con su diminuto tamaño y pequeña población comparada con otros estados europeos de la época, Génova logró defenderse por sí sola y dominar gran parte del Mediterráneo, llegando a poseer colonias, que incluyeron la enorme isla de Cerdeña.

      Y aunque las casas que hoy se avistan en su casco antiguo parecen de lo más humilde y común, las familias que las habitaron dejaron un enorme legado al mundo entero.

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      Ejemplo de ello son los mapas de navegación del Mediterráneo. Y aunque los mapas de Colón se consideran un legado de la corona española (a quien Colón pidió apoyo financiero), podría decirse que fue uno de sus marinos quien estableció las primeras rutas comerciales con ambos continentes, hasta entonces desconocidos entre sí.

      Las familias genovesas tenían una amplia tradición de hacerse retratar por los mejores pintores. Su excelencia artística llegó a tanto que durante la ocupación inglesa de la república varias familias genovesas pagaron a los británicos con sus propios retratos, mismos que aceptaron y que hasta hoy forman parte de la riqueza artística del Reino Unido.

      El casco medieval me despidió con la Porta Soprana, una de las antiguas puertas de la muralla que rodeaba Génova y que la defendía de quienes la querían asediar.

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      Viré nuevamente en dirección oeste, y las calles del centro antiguo me llevaron al puerto viejo, el primero que dio nacimiento a la ciudad.

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      Al igual que la mayoría de los puertos viejos del Mediterráneo, hoy es más bien una atracción turística, aunque todavía tiene espacios de aparcamiento para algunos botes privados.

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      Detrás de él, un nuevo y moderno puerto acoge a la vez decenas de barcos mercantes y cruceros que hacen de Génova uno de los mayores puertos de la zona, tras Marsella.

      Desde la pasarela puede verse el paisaje circundante, donde las montañas son quienes resguardan al golfo y donde se posan muchas de las nuevas viviendas de la ciudad, que sigue creciendo con los años.

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      El malecón que rodea al puerto tiene una multitud de actividades de recreación, que incluyen un acuario (el segundo más grande de Europa), una biósfera, un parque de atracciones, un centro de souvenirs, un museo marítimo y hasta una recreación de una antigua embarcación.

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      Los genoveses tienen una historia cien por ciento ligada a la navegación, y cada uno de sus rincones parece poner en alto la importancia de la marina para ellos. Desde el nombre de sus restaurantes hasta las figuras de sus artesanías, que presumen barcos de velas y trajecitos de marinero.

      Y aunque me hubiera encantado probar uno de sus platillos locales con mariscos y pescado, sus precios son normalmente mucho más altos que el resto. Pero siendo ya un verdadero amador de la comida italiana, un espagueti carbonara bastó para saciar mi apetito de mediodía. Lo mejor de comer pasta en Italia, es que siempre colocan junto al plato un tazón lleno de queso parmesano. Por supuesto, yo siempre rociaba el tazón entero sobre él. Nunca será suficiente parmesano.

      Seguí caminando por las calles aledañas al puerto, que suben poco a poco a una de las colinas de la ciudad.

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      En lo alto de una de ellas, tras un vasto jardín inglés, se yergue el Albergo dei Poveri, o el Albergue del Pobre.

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      Su majestuosa fachada no parece concordar para nada con su nombre. El edificio fue originalmente mandado a construir hace más de 300 años por un noble genovés para dar asilo y comida a los indigentes.

      No obstante, hoy funciona como un museo y alberga un gran número de obras de arte pictóricas y escultóricas de diferentes corrientes europeas.

      Descendí por la Via Cairoli, sumergiéndome al pie de sus detallados edificios, para después adentrarme en la Via Garibaldi, el pequeño Patrimonio de la Humanidad que Génova resguarda.

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      Se trata de solo una de las cientos de calles que posee la urbe. No tiene más de un par de metros de longitud, pero su historia respalda el título que conlleva.

      En el siglo XVI, la nobleza genovesa decidió dejar el barrio medieval para habitar en un nuevo y prominente barrio situado un poco más al norte.

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      Dos de los mejores arquitectos de la época se encargaron de la planeación y el trazado urbano de los edificios, que hoy relucen como una maravillosa atracción turística mundial.

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      La calle está flanqueada de palacios que dejan en claro el poder que la nobleza poseía en aquel entonces, y que podía darse el lujo de mandar a construir sus propias mansiones.

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      El Palacio Municipal está incluida en esta lista de construcciones, la mayoría de ellas de estilo barroco que marcaron la llegada del Renacimiento a la República de Génova.

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      Dentro de ellas se exponen todavía las fuentes, jarrones, estatuas, pinturas, escudos heráldicos y todo tipo de ornamentación bajo los que los nobles se regocijaban en su día a día.

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      Al final de la Via Garibaldi unas escalinatas me llevaron de vuelta cuesta arriba, a los barrios de Génova que gozan de mejores vistas.

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      La Villeta Di Negro, uno de los múltiples parques de la ciudad, me mostró que las cansadas y empinadas subidas valen la pena para sus habitantes, que todos los días tienen a sus pies la bella panorámica de una de las mayores y mejor conservadas metrópolis italianas.

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      Y aunque de un lado los modernos edificios descubrían la moderna ciudad, al otro lado una antigua Génova se asomaba con sus coloridas casonas y palacios renacentistas.

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      Para entonces el sol había iluminado la colina entera y compensaba el helado viento del Mediterráneo.

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      Aquella noche en Génova la pasé tranquilamente cenando y bebiendo algunas cervezas en el hostal con el resto de los chicos, quienes también se preparaban para la fiesta de Nochevieja.

      Para mí, el desvelo me costaría al otro día perder mi tren y cancelar mi Blablacar a Lyon, y correr a la estación por un nuevo ticket y reservar el último asiento en un bus que me llevó de Turín a mi casa temporal en Francia.

      Festejé la Nochevieja en el apartamento de una chica italiana con un bonche de personas que no conocía, pero que tenían algo en común conmigo: estaban pasando la velada a kilómetros lejos de casa.

      Entre vinos, paté, bocadillos y postres, recibimos juntos el 2017, que me preparaba nuevas y frías aventuras por Europa, y mi primera vez en un nuevo continente.