Isla Portete y un encuentro muy especial

Ayelen

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Hola nuevamente a todos. :)

 

Lamento haber estado ausente estos últimos largos meses, pero han sido tiempos ajetreados. Martin y yo retornamos a nuestra ciudad en Febrero del año pasado y volver a la rutina diaria fue un poco costoso.

 

Pero bueno, regresar también es parte de un viaje y a pesar de que es algo algo de lo que no se habla mucho, para nosotros regresar fue un gran desafío. Después de tantos meses viviendo el día a día y sorprendiéndonos constantemente con nuevos destinos, volver al estudio, al trabajo y a todas esas cosas de una vida sedentaria puede significar un gran esfuerzo.

 

Retornar a casa no es fácil, sé que los viajeros me comprenderán. Los primeros días uno se siente realmente exaltado y lleno de alegría, ya que se reencuentra con sus amigos y su familia, y vuelve a dormir por fin en su propia cama y a ducharse con agua calentita.

 

Pero con el paso de los días cuando ya visitaste a toda tu familia, cuando ya contaste tus anécdotas más de 35 veces y las preocupaciones por encontrar un trabajo, por pagar cuentas o por dar exámenes comienzan a atormentarte, como en mi caso, es inevitable sentirse invadido por oleadas de melancolía :crying:

 

Creo que cada uno maneja la sensación de volver como puede. En mi caso me dedique de lleno a la Universidad y a volver a reintegrarme en el mundo laboral. Muchas veces me encuentro soñando despierta con los lugares por donde anduvimos con la moto. Cualquier mínimo estimulo como un aroma particular, una canción o un sabor me traen constantemente recuerdos de la experiencia de viajar por Sudamérica, la más grande que he vivido hasta ahora.

 

Sin embargo, no quiero ponerme dramática y prefiero evitar las lágrimas. Durante todos estos meses hemos aprendido a volver a la rutina, pero lo que me lleva a mí a seguir contenta es pensar que este regreso no significa el fin de un viaje. Digamos que simplemente nos tomamos una pausa. ;)

 

Ahora bien, no siempre regresar es malo. Hoy estoy regresando a este maravilloso sitio que me abrió las puertas de un nuevo mundo hace ya casi dos años. Para mí es un placer compartir mi historia con viajeros como ustedes y leer de sus propias aventuras. Así que hoy vuelvo a contarles sobre el resto del viaje y de los países que visité para revivir una vez más y con mucha felicidad mi experiencia de viajar.

 

La última vez que escribí, les contaba sobre la estadía en Ecuador. Así que retomemos:

 

Ecuador es un país impresionante. Ya habíamos conocido las peculiares playas negras de Mompiche, nos habían sorprendido las noches de fiestas en las calles de Montañitas y habíamos visto a escasos metros las ballenas de Puerto López. Sin embargo, puedo asegurarle que la experiencia más maravillosa que me regaló ese país fue ver de a una gigantesca tortuga de mar. :ohmy:

 

Fue en una de las noches húmedas que pasamos en Mompiche, mientras preparábamos unos insulsos fideos para una rápida cena antes de ir a la carpa, cuando nos cruzamos con un viajero en la cocina del camping.

 

Aquel muchacho era argentino también, por lo que la complicidad fue inmediata. Como solía suceder con todos los aventureros que nos cruzábamos por el camino, nos presentábamos contando sobre los lugares que habíamos visitado, y pasándonos consejos.

 

Es así como escuchamos hablar por primera vez de este lugar llamado Portete. El viajero argentino tenía planeado ir a Portete en los próximos días ya que había escuchado de una organización llamada Equilibrio Azul que se dedicaba a la conservación local de las tortugas marinas y que aceptaban voluntarios por escasos días para realizar patrullajes nocturnos en busca de tortugas que salieran del mar a desovar en las playas.

 

Mis ojitos brillaron ante la posibilidad de ver a estos animales en semejante acción, y Martin reconoció enseguida el próximo destino. :big-grin:

 

Así fue como al día siguiente desarmamos campamento y provistos de un mapa mental con las indicaciones del compañero patriota para llegar a Portete, dejamos atrás el pequeño pueblo costero de Mompiche.

 

Portete no se encontraba muy lejos de allí. Sólo debíamos retomar la ruta principal y volver a desviarnos hacia la selva unos kilómetros más adelante. Lo que este compañero argentino se olvidó de mencionar fue un pequeño detalle que nos tomó por sorpresa. El camino que debíamos tomar finalizaba bruscamente en el mar. Nos encontramos desconcertados con el asfalto metido de lleno en el agua, una pequeña construcción al costado y unos botecitos meneándose con la marea.

 

Sólo unos pocos metros más adelante, sobre el mar se levantaba una gran isla verde: Portete. Si bien la información de que Portete era una isla nos hubiera sido útil, pronto descubrimos que aquella única construcción que se encontraba al lado del camino era un estacionamiento donde podíamos dejar la moto durante los días que visitáramos la isla.

 


Isla Portete, Ecuador

 


Coordinamos los días y el precio con el dueño del estacionamiento y tomamos solo algunas cosas para llevarnos con nosotros. Mientras descargábamos lo esencial, dos pequeños y flacuchos niños se nos acercaron a trote ofreciéndonos exaltadamente su bote para cruzarnos hacia la isla.

 

Con el temor que le tengo al agua, que mi vida dependiera de un niño no era una idea que me encantara, pero pronto descubrí que aquel pequeñín podía hacer el tramo con los ojos vendados. El día estaba nublado, y una fina llovizna caía desde el cielo mientras el viento húmedo hacía tambalear el precario botecito que maniobraba con precisión el muchacho que no tendría más de 12 años.

 


Cruzando, con miedo, hacia Portete xD

 

En menos de 5 minutos, el bote encalló en la playa de Portete y descendimos cargados de nuestras mochilas y carpa. Sólo había algunos pescadores y otro bote-transporte con un grupo de jóvenes visitantes en la playa. Desde allí nacía un camino de arena húmeda que contrastaba con el césped verde que cubría toda la isla, escoltado por flacas palmeras.

 

Mientras caminábamos por la arena, siguiendo las indicaciones del niño que nos había transportado para llegar hasta el refugio de la Fundación Equilibrio Azul, nos cruzábamos esporádicamente con sencillas viviendas elevadas sobre pilotes para protegerlas de mareas altas.

 


La isla Portete

 


Llegamos a lo que suponemos que era la “calle principal” porque contaba con una escuela, un almacén y viviendas un poco más amontonadas, hasta que finalmente encontramos el refugio, una sencilla casucha de madera con un amplio jardín adelante. Nos recibió un muchacho alto de largas rastas y acento que delataba inmediatamente que nada tenía que ver con aquel lugar.

 

Voluntario oriundo de Reino Unido, el joven Dean nos hizo pasar a la pequeña casilla donde paraban los voluntarios oficiales y sin mucho preámbulo le explicamos que queríamos participar de las salidas nocturnas. Evidentemente tenían este tipo de visita extranjera voluntaria de forma diaria, porque no fue algo que lo sorprendiera mucho a nuestro amigo de rastas. Coordinamos para vernos esa misma noche y nos despedimos para buscar algún lugar donde armar carpa.

 

Llegamos así, guiados por los vecinos del lugar, a la casa que una joven compartía con su padrastro. De entre todas las humildes casitas que copaban la isla Portete, debo admitir que esa casona de dos pisos llamaba bastante la atención. Estaba ubicada justo al final de una solitaria calle de arena que se introducía por entre las palmeras y los pastos y era vecina de unas pocas casillas.

 

La muchacha y su padre habían armado en la esquina de su terreno un sector con cocina, baño y parcelas para los acampantes. Éramos los únicos allí, así que teníamos todo a nuestra disposición. Coordinamos precio y días de estancia, cruzamos unas cordiales palabras con los dueños del lugar y salimos al trote a la playa a buscar un lugar donde saciar el hambre voraz que sentíamos. Entre una cosa y otra habíamos perdido por completo la noción del tiempo y el reloj ya marcaba las 2 de la tarde y nuestros estómagos rugían famélicos.

 

Encontramos un rústico bar/restaurante sobre la playa, frente al mar donde un grupo de amigos comían un plato repleto de cangrejos, a los cuales machacaban a mazasos. Pedimos el menú marítimo del día y disfrutamos de sentarnos un momento después del trajeteo.

 


Honestamente el día no acompañaba. Quizás con un poco de sol, Portete podría verse como el mismo paraíso. Pero aquella tarde unas nubes grises se amontonaban en el cielo y esa molesta llovizna no paraba de caer.

 

Con los estómagos felizmente llenos, decidimos hacer un rápido paseo por la orilla de la playa antes de volver a la carpa. Desconozco si Portete es un sitio muy turístico, y de ser así claramente no estábamos en temporada alta porque no nos cruzamos con ningún turista.

 


La isla Portete

 


En aquella caminata simplemente éramos nosotros y el mar. Hacia el costado opuesto se levantaba altas palmeras y podíamos distinguir algunas que otras casillas de los nativos del lugar, pero no había ningún rastro de turismo, lo cual, pese a quedar como ermitaños, nos hacía muy felices.

 

Ya estábamos por pegar la vuelta en nuestra solitaria caminata playera, cuando distinguimos a unos 15 metros más adelante una figura alta y delgada con largas rastras que nos pareció familiar. Efectivamente, allí adelante se encontraban Dean, de Equilibrio Azul con otras tres personas y algunos niños. Todos parecían muy interesados en algo que se encontraba tendido sobre la arena.

 


A medida que nos fuimos acercando, aquello que se encontraba sobre la arena comenzó a tomar forma ovalada y oscura….como un gran caparazón. El corazón me dio un vuelco en el pecho: ”ESO es una tortuga!!!” le grité exaltada a Martin, mientras apuraba la marcha sobre la arena húmeda de la playa de Portete.

 


Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 

Cuando Dean nos vio, agitó sus manos enérgicamente para llamar nuestra atención. A medida que nos acercábamos, pude confirmar que claramente aquello se trataba de una tortuga, una enorme tortuga golfina, moviendo perezosamente sus patas traseras, para tapar los huevos que acababa de desovar a plena luz del día!!! :ohmy:

 

Las tortugas comúnmente salen por la noche a depositar sus huevos sobre la playa, en un hoyo no muy profundo que cavan y tapan una vez depositados los huevos. Que esta hermosa tortuga hubiera salido durante el día era algo sumamente extraño y una oportunidad única en la vida.

 


Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 

Cuando llegamos al lado del animal que con sus últimas fuerzas terminaba su trabajo materno sin darle mucha importancia al público presente, me quedé sin palabras para expresar lo que sentía. Estaba a escasos centímetros de una gran tortuga golfina, siendo testigo de un fenómeno tan bello como la puesta de sus huevos! Era como estar viendo una película…pero no, no lo estaba viendo a través de una pantalla… yo estaba ahí! Me sentía como atrapada en un sueño.

 


Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 


Dean estaba igual de emocionado que yo, con una sonrisa constante y tomándole fotos a la bella madre desde diversos ángulos. La señora tortuga terminó de cubrir con mucho esmero sus huevos y lentamente emprendió el regreso al mar.

 


Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 


Pausadamente, la golfina fue dando hoscos aletazos en la arena y moviendo de a pocos centímetros su pesado cuerpo. Cada pocos metros se detenía, exhausta de la larga travesía que había realizado, y luego volvía a retomar la marcha.

 


Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 


Nunca olvidaré el sonido de la tortuga arrastrándose sobre la arena pesadamente, y el golpeteo de sus aletas sobre la playa. Finalmente llegó hasta donde las olas se deslizaban sobre la arena. Al contacto de la espuma marina, la expresión de la golfina pareció cambiar: había logrado su objetivo, había logrado lo que instintivamente la llevo a sobrevivir a pesar de todas las amenazas: la perpetuación de su especie.... la Naturaleza es increíble <3

 


Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 


En solo dos pasos más, la tortuga se internó de lleno en el mar, y la vimos desaparecer entre las olas. Y ahora debíamos encargarnos de los huevos. Portete, como me explicaban los chicos de Equilibrio Azul mientras desenterraban suavemente el reciente nido, es el sitio predilecto por varias especies de tortugas marinas para desovar. Sin embargo, allí los huevos corren riesgos. A veces por las mismas personas son pisoteados o los perros callejeros se los comen.

 


Es de público conocimiento que las tortugas marinas son especies en peligro de extinción. Los ejemplares adultos son amenazados por la basura arrojada al mar, las redes de los pescadores y las astas de las embarcaciones que suelen lastimarlas e incluso provocarles la muerte. Por ello, la tarea de Equilibrio Azul es preservar cada puesta de las tortugas que llegan a aquellas playas.

 


Para ello, si la tortuga desova lejos del centro urbano, los chicos dejan los huevos en su lugar, y simplemente rodean el nido con una red para evitar a los perros. Si la tortuga desova muy cerca del poblado, como era el caso de aquella tortuga golfina, los huevos son trasladados con mucho cuidado a lo que ellos llamaban “vivero”.

 


Viveros de Equilibrio Azul

 


Los viveros son parcelas de 2 metros por 4, que se encontraban apostados sobre la playa y cercados con vallas de madera y redes. Cada vivero se encuentra dividido en cuadriculas, donde son trasladados los nidos para su protección.

 


Viveros de Equilibrio Azul

 


Los chicos de Equilibrio Azul desenterraron con suma precaución el nido cavado por la tortuga golfina hasta llegar a los huevos. Con suavidad fueron retirándolos de la arena y los colocaron en un recipiente de plástico. 105 huevos!!! Fueron los contados.

 


Huevos de Tortuga golfina (Lepidochelys olivacea)

 


Voluntarios de Equilibrio Azul trabajando

 


Una vez que se retiran todos los huevos, se mide el ancho y la profundidad del nido con exactitud y con estas medidas se produce una réplica del nido lo más exacta posible en una de las cuadriculas del vivero. Se depositan en el nido construido los huevos y se vuelven a tapar. De esta manera se trasladan a los viveros y se asegura su total eclosión.

 


Voluntarios de Equilibrio Azul trabajando

 


El trabajo de los chicos de Equilibrio Azul realmente es impecable y la dedicación y pasión que ponen en cada una de estos rescates es completamente admirable.

 


Viveros de Equilibrio Azul

 


Durante la noche y tal como habíamos arreglado, nos acercamos con Martin al refugio y desde allí junto con dos personas más, nos dirigimos hacia la playa. Obviamente pocas luces iluminaban el pueblo. Solo unas pobres luces se veían desde el interior de las casillas… pero la playa se encontraba a oscuras, iluminado únicamente por la blanca luz de la luna.

 


Recorrimos de punta a punta la playa unas dos o tres veces, iluminando con luces rojas (la luz de las linternas puede asustar o despistar a las tortugas) pero sin ningún hallazgo exitoso. Martin, cansado, se volvió al camping antes de finalizar el patrullaje y yo me quedé hasta el final.

 


No vimos nada inusual durante la noche, pero la verdad que después de haber sido tan afortunada en ver una tortuga en plena luz del día y apreciarla por completo, no me disgusté. En cambio me entretuve hablando con la chica que guiaba el grupo, una ecuatoriana local que vivía en Portete y divirtiéndome con sus anécdotas.

 


Cuando el patrullaje terminó, retorné al camping. Me acompañó durante un trecho la guía y luego caminé los últimos metros sola, alumbrando con la débil luz de la linterna el camino. No había absolutamente nadie a mi alrededor. Podía escuchar claramente cada ola rompiendo contra la playa, los cientos de sonidos de los distintos insectos a mi alrededor y mis pasos apresurados sobre la hierba.

 


Llegué completamente exhausta a la carpa, donde Martin dormía tranquilamente. Aquel había sido un día largo y con muchas emociones… me dormí a los pocos segundos y descansé como un bebé.

 


Huellas de la naturaleza

 

 

 

 

 


Regresé!! con ésta, que fue una de las mejores experiencias que viví durante el viaje :big-smil: En nuestro próximo encuentro, les contaré sobre una de las capitales más bellas que visitamos: Quito!
Mientras, no dejen de ver las fotos de esta bella tortuga en el álbum completo!!!

 

 


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5 Comentarios


Qué bueno tenerte de vuelta! Y vaya que es duro regresar a la rutina, a todos nos ha pasado... pero con esfuerzo puede soportarse :/

 

Muy buena experiencia por cierto :) que alegría poder haber visto una tortuga desovar! 

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      4 meses y medio en Lyon habían roto ya varios estereotipos de Francia en los que creía fielmente antes de llegar. Enumerarlos en una lista podría llevarme horas. Que los franceses no toman su ducha, que París es la capital de la moda, que usan los mejores y más exquisitos perfumes en el mundo…

      Los tiempos han cambiado, y Francia ya no es lo que quedó impregnado en la mente del vulgo. Aunque conserva buena parte de su identidad, no se ha salvado de la influencia comercial del mundo globalizado.

      Y esa influencia no solo proviene de los Estados Unidos y su cultura capitalista. Francia es un país que desde mitad del siglo pasado ha recibido una importante cantidad de inmigrantes del Magreb, la zona norte y noroeste de África, cuyos países fueron parte del imperio colonial francés.

      Los inmigrantes magrebíes siguen, de hecho, llegando todos los días a territorio francés. Y aunque muchos de ellos lo hacen de forma ilegal, su adaptación resulta un poco más fácil, sobre todo por la facilidad que representa el idioma.

      No obstante, el origen árabe y su fuerte religión hace a los magrebíes fácilmente distinguibles del resto de los franceses, y la dura realidad, es que muchos no se han acoplado del todo a su modo de vida, lo que provoca cierto grado de rechazo y discriminación.

      Pero caminar por las calles de Lyon y las ciudades galas hace imposible no sentirse atraído por una cultura tan particular como la magrebí. Sus restaurantes y su cuscús, sus bares de shishas, su té de menta y su exótica y moderna música rap. Las mujeres que aún en Europa usan su hiyab, sus toscos y grandes rasgos físicos, su extraño pero exquisito idioma, su elegante forma de escribir el alifato de derecha a izquierda.

      Todo ello hizo prácticamente imposible resistirme a comprar uno de los varios económicos vuelos que salen de Francia hacia Marruecos, el destino del Magreb que tiene más conexiones a Europa a través de las aerolíneas de bajo costo. Esto último ha convertido a Marruecos en el país más turístico de África, donde ya no es difícil encontrar una multitud de mochileros que llegan día con día a sus aeropuertos.

      Ryanair, una de las aerolíneas de menor costo en Europa, ofrecía un vuelo a la ciudad de Fez desde el aeropuerto de Saint-Étienne, a 60 kilómetros de Lyon. Y su menudo precio me convenció de cruzar al sur del Mediterráneo en mis vacaciones de febrero, cuando las escuelas de Francia tienen dos semanas de asueto.

      Los vuelos de Ryanair son el sueño de todo mochilero, capaces de llevarlos por toda Europa y destinos cercanos por precios ridículos. Pero no se puede esperar una buena calidad del servicio.

      El avión despegó con 40 minutos de retraso, y un bebé que no paró de llorar en todo el trayecto a solo tres asientos junto a mí hizo de aquel un vuelo sumamente difícil.

      Pero el aterrizaje suavizó el estrés. La fachada que recibe a los pasajeros al aeropuerto de Fez es una particular probada a la arquitectura árabe que da una perfecta bienvenida. Aunque por alguna razón, uno de los policías no me permitió tomarle una foto.

      Desde Francia había sido ya advertido de lo difícil que podría ser tratar con los marroquíes. Y mi primera batalla la enfrenté solo algunos minutos después de llegar, cuando debía cambiar mis euros por dirhams, la moneda local. Había escuchado ya que Marruecos es un destino barato, y comprar 2 mil dirhams me parecía suficiente para toda mi estadía (y de hecho lo fue).

      2 mil dirhams es muy poco. Compra 3 mil —me dijo el vendedor, quien insistía en que no sería suficiente—. Gracias, pero no quiero más—repliqué.

      Traté de ser educado, pero su insistencia era tanta que tuve que dejarlo hablando solo. Hasta que se decidió a aceptar mis euros y darme el efectivo. Ahora sabía que los marroquíes no serían nada fácil.

      Aunque Marruecos es barato, había contactado con Anouar, un chico de Couchsurfing que había aceptado hospedarme por algunas noches en Fez. Pero desde nuestro primer mensaje algo me dio un mal presentimiento sobre aquel chico.

      Un día antes de mi viaje, le había enviado un WhatsApp para confirmar mi llegada. Pero hasta la siguiente mañana no había recibido respuesta. Una vez en el aeropuerto, rápidamente me encargué de conectarme a una red wifi, solo para corroborar que Anouar no había respondido aún. Incluso marqué a su teléfono, dispuesto a pagar por lo que sería una costosa llamada internacional. Pero tampoco hubo respuesta.

      Sin hacer coraje alguno por otra mala experiencia con un marroquí, decidí moverme por mi cuenta. Pregunté entonces a un policía por la parada del bus, a lo que contestó que no existía ninguna, y que la única manera de llegar a la ciudad era tomando un taxi.

      Descubrí entonces lo que la mayoría de los marroquíes buscan siempre: el dinero. Intentar hacer al turista gastar lo más posible para dejar un buen derroche económico en su país.

      Caminé hacia donde mis instintos me guiaron. La parada no existía visualmente, pero el bus, en efecto, sí existía. Y por solo 4 dirhams conseguí viajar al centro de la ciudad, a diferencia de los 200 que normalmente cobra un taxi.

      Yo era el único extranjero a bordo, pero los primeros minutos de viaje me hicieron sentir como en casa. Si bien el vetusto autobús era bastante feo, un grupo de pasajeros no paraba de reír en su parte trasera. Y aunque no entendía una palabra del árabe que emanaban sus bocas, una sonrisa es un símbolo universal que siempre es capaz de contagiar alegría.

      Pero las cosas cambiaron más tarde, cuando un par de policías subieron al bus pidiendo los tickets a los pasajeros. Aquel grupo que tanto había reído fue detenido por los gendarmes. Al parecer no habían pagado su boleto.

      Los gritos vinieron de todos lados. Hombres, ancianos, señoras, policías y hasta el chofer gritaban frases ininteligibles para mi oído. Cuando al fin se calmaron los alaridos y los pasajeros bajaron forzados por los oficiales, llegamos a la central de trenes de Fez, donde descendí para decidir cuál sería mi siguiente paso.

      Nuevamente con wifi, reservé una noche en un hostal ubicado en la medina de Fez, la zona más vieja de la ciudad, poseedora de la mayoría del turismo. Los 75 dirhams (7 euros) que debía pagar por cada noche con desayuno incluido, me convencieron inmediatamente de que Marruecos se trataba de un país bastante barato.

      Cogí así un taxi a la entrada de la medina de Fez el-Bali. Se trata de la zona medieval de Fez, el área peatonal más grande del mundo, declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y rodeada completamente por una muralla.

      El chofer me dejó en la puerta Bab Bou Jeloud, la principal entrada a la medina en su parte occidental, por donde a toda hora cruzan cientos de personas locales y turistas.

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      La primera puerta construida data del siglo XII, y daba acceso a la calle Tala’a Kebira, el principal souk de la medina, palabra que designa los mercados callejeros del mundo árabe.

      Bab Bou Jeloud es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura árabe, con sus tres puertas en arco de punta, un techo almenado y ambas fachadas cubiertas en mosaicos con motivos geométricos, con el azul como color predominante.

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      Desde su fachada exterior me fue posible avistar la torre de la madraza de Bou Inania, una de las principales universidades en la medina de Fez que también funciona como mezquita, fundada en la Edad Media por la dinastía Marinid, que gobernó Marruecos del siglo XIII al XV.

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      La “puerta azul” era también el mejor ejemplo de la atmósfera que colma las ciudades marroquíes. Muchedumbres yendo y viniendo, comerciantes y restauranteros gritando a las orillas del pasillo principal, el altavoz de una mezquita llamando a sus fieles. Y en medio de todos, los turistas como yo que llevaban su mochila al hombro. Así que antes que nada, decidí adentrarme en aquel laberinto amurallado para encontrar el hostal donde pasaría la siguiente noche.

      Mi intuición me había hecho reservar un hostal muy cerca de la puerta azul, facilitando mi acceso a la medina, ya que no hay manera de llegar más que caminando. El taxista me explicó qué camino tomar.

      Pero al tocar la puerta del riad, uno de los empleados salió para decirme que ya no tenía cupo en sus habitaciones compartidas. Se ofreció a llevarme a otro hostal cercano, perteneciente al mismo propietario. Acepté sin más remedio.

      Llegamos así al riad Dar Hozor, a solo unas calles delante de la puerta azul. Las camas en habitaciones compartidas estaban aún disponibles, y la calidad del alojamiento y de su personal parecía igual de buena. Además de todo, respetaron el precio por el que reservé.

      Los riads son antiguas casas típicas de las ciudades marroquíes, que ahora sus dueños han hecho funcionar como alojamiento.

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      Vista desde la terraza del riad Dar Hozor.

      Lo atractivo de los riads no es solo su bajo precio (mucho más bajo que los hoteles que se encuentran fuera de las medinas) sino el edificio mismo, que conserva la arquitectura propia del reino.

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      La estructura de las casonas posee siempre un patio central, normalmente cuadrado o rectangular, donde el agua suele estar presente en fuentes y pequeños estanques. El techo puede ser descubierto o cerrado para proteger al patio de la lluvia. Así, muchas veces las aves tienen libre ingreso.

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      El comedor, la sala y las mesas de té son los espacios comunes que suelen compartir los huéspedes y empleados. Además de todo, los muros suelen ser ornamentados con azulejos y motivos geométricos típicos del antiguo Marruecos que hacen al huésped poder sumergirse totalmente en la cultura local.

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      Los cuartos de la antigua casona funcionan ahora como habitaciones de alojamiento, con cómodas camas, baños privados, conexiones eléctricas y de internet, todo lo necesario que supera los estándares de muchos alojamientos baratos en otros países.

      Mi riad fue mi mejor primer acercamiento a Marruecos. Y con la ayuda de sus empleados, que me proporcionaron un mapa de la ciudad, salí a dar un primer paseo por la medina.

      Abrir el mapa de papel en medio de Fez no era precisamente lo que estaba planeando. Mis rasgos occidentales y mi nulo árabe eran suficiente para hacerme ver como un turista. Y lo que menos precisaba era más marroquíes acercándose a mí.

      Así que para no perderme, decidí tomar una de las calles principales de la medina, Tala’a Sghira, la más amplia de toda la zona medieval.

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      La avenida está orillada por cientos de comerciantes, que ofrecen todo tipo de productos. Textiles, frutos, carne, plantas curativas, vajillas de té, mantas de lana de camello, aparatos electrónicos, tubos de shishas.

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      Las ciudades marroquíes son también famosas por poseer una enorme cantidad de gatos callejeros, superando por mucho a los perros ambulantes, comunes en el resto de las grandes metrópolis del planeta.

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      El ruido de los transeúntes y comerciantes se adornaba aún más con el sonar del altavoz que llamaba a los fieles musulmanes a acudir a la mezquita. Más tarde me enteraría que existen cinco horas al día en que un practicante del Islam debe acudir a la mezquita a rezar, o en su defecto, hincarse a rezar en el lugar en el que esté. El llamado de la mezquita es la forma de hacerles saber que es tiempo de rezar a Alá.

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      Torre de una típica mezquita en la medina de Fez.

      Marruecos es una monarquía constitucional, cuya ley no se basa en la sharia, es decir, la ley de derecho islámico. Así, puede decirse que es un país laico donde cada persona es libre de predicar la religión que le plazca. Sin embargo, el 99% de sus habitantes se autodenominan musulmanes, siendo el rey de Marruecos el máximo representante del Islam en el país.

      Pero a diferencia de lo que la gente cree, en Marruecos no es obligatorio la práctica islamista. Las mujeres, por ejemplo, pueden conducir, no están obligadas a usar el hiyab, tienen derecho a divorciarse y no se les puede obligar a casarse. Los homosexuales no son perseguidos por la ley, la educación básica no obliga a los niños a aprender el corán y, por lo tanto, acudir a una mezquita, no es una obligación, sino más bien una práctica cultural.

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      Una mujer camina con su típico hiyab por las calles de Fez.

      Marruecos es el país árabe y musulmán que otorga, quizá, más libertades a sus ciudadanos. Sin embargo, existe todavía mucha represión por parte de la sociedad, que tiene mucho más que ver con el arraigo cultural ligado al islamismo que con las leyes dictadas por la constitución.

      Aún así, al oír el altavoz proveniente de la mezquita, la gente que vi en las calles no se hincó en ningún momento a rezar. La mayoría prefirió seguir con sus deberes diarios y sus oficios. Algunos, por otro lado, acudieron rápidamente a la mezquita, muchos de ellos a la mezquita Qarawiyyin, la más grande de la medina.

      Qarawiyyin resulta ser también una antigua madraza, que funciona hasta hoy como una universidad. La mezquita de Qarawiyyin está inscrita en el Libro Guiness de los récords, como la universidad más antigua todavía en funcionamiento. Fue fundada en el año 859 durante el reinado de la dinastía idrísida, considerada creadora del estado marroquí.

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      Entrada a la mezquita de Qarawiyyin.

      La universidad es famosa por los estudios de la lengua árabe y de la religión musulmana, lo que convierte a Fez en una ciudad estudiantil por excelencia, y es considerada el foco religioso y cultural de todo Marruecos.

      Lamentablemente las mezquitas no permiten el ingreso a personas no musulmanas, por lo que tuve que conformarme con ver a los fieles poner y quitarse los zapatos en la entrada principal. Y aunque pensé que todos acudirían con sus típicas y mejores vestimentas árabes, no es raro ver tenis Nike o Adidas, hombres con gorras deportivas en sus cabezas, pantalones de mezclilla y gafas Ray Ban. La globalización ha llegado a todos los rincones del mundo.

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      Comencé a caminar de vuelta a mi riad antes de que la noche cayera sobre la ciudad. Esta vez tomé la Tala’a Kabira, paralela a la otra gran avenida.

      Entre la cantidad de callejones y decenas de tiendas a mi alrededor, de repente me vi perdido en medio de la vía. Mi cara era rápidamente interpretada por los locales, que siempre se acercaban a ofrecerme ayuda.

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      Calle de Tala'a Kabira.

      Me hablaban en inglés, luego en español. Por último intentaban en francés. La mayoría de los marroquíes son bilingües de nacimiento, con el árabe y el bereber, o el árabe y el francés, como sus primeras lenguas. El español es el idioma más aprendido por los estudiantes, siendo uno de los países con el mayor número de personas que lo aprenden en el mundo entero.

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      Pero la ayuda de los locales no parecía ser genuina casi nunca. Luego de unos minutos de entablar una charla (en la que casi siempre eran ellos quienes tomaban la palabra sin dejarme hablar) terminaban por pedirme un par de monedas a cambio de llevarme hasta mi hostal. Así que refusé todo intento de auxilio de su parte.

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      Un misterioso hombre en la vía Tala'a Kabira.

      Las ofertas no se limitaban a guiarme por la medina. En más de cuatro ocasiones aquella tarde varios hombres se acercaron a ofrecerme marihuana. ¿Quieres fumar amigo? Tengo hachís —me decían—. A lo que siempre me negué, no por miedo, sino por falta de interés.

      Hubo quien incluso me invitó a su casa para fumar un par de pipazos. Sin duda Marruecos es el destino ideal para los amantes del cannabis, que se dice, es de la mejor calidad.

      Antes del ocaso me vi nuevamente en mi riad. Y para calmar el hambre, acudí a un restaurante típico marroquí, con cojines tejidos en motivos geométricos y sus características mesas de té redondas.

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      La sugerencia del chef fue el tajín, el plato tradicional de Marruecos y de buena parte del norte africano. Es una mezcla de alimentos estofados, que normalmente incluyen verduras y carne de pollo, ternera o cordero, y se sirven sobre un recipiente especial de barro barnizado que se cubre con una tapa cónica que mantiene el vapor.

      Mi elección por el tajín kefta (con carne picada) fue una genial alternativa para la cena, con la que volví a cama para descansar luego de una larga jornada  que había comenzado en la lejana Francia aquella mañana.

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      Pero mi susurrante sueño fue súbitamente interrumpido cerca de las 5 de la mañana, cuando el primer llamado de la mezquita se hizo escuchar en sus altavoces. Vaya si los musulmanes eran más estrictos que los cristianos. Nunca vi a un cristiano comenzar sus rezos a las 5 de la mañana, pensé.

      Ya que el personal del hostal apenas se alistaba para servir el desayuno, decidí tomarme el tiempo de comprar mi boleto a Marrakech, que al parecer la compañía no vendía online, lo que me obligaba a acudir directamente a la terminal de buses.

      Salí para enfrentarme a una fría y lluviosa mañana. Había decidido pasar mis vacaciones en Marruecos porque la gente me había dicho que sería mucho más cálido que quedarse en Europa. Ahora veía que Marruecos no era solo un pedazo de desierto junto al Mediterráneo.

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      Ubicada fuera de la medina, para llegar a la estación de buses atravesé la muralla y caminé por la moderna carretera que me llevó hasta la Gare routière.

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      La medina desde fuera podía fácilmente pasar por un castillo medieval europeo, a no ser por las columnas de las mezquitas que se asomaban en lo alto de sus muros.

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      Buena parte de la ciudad moderna a extramuros de la medina fue construida por los franceses durante la época en que Marruecos fue un protectorado de Francia.

      Fue entonces cuando Fez dejó de ser la capital del reino, siendo desplazada por Rabat. Ambas, junto con Mequinez y Marrakech forman las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, que en algún momento de la historia fueron las capitales del reino.

      A pesar de la historia que Marruecos tuvo con Francia y España en el pasado (del que también fue protectorado y que aún conserva dos ciudades autónomas en el norte del territorio marroquí) , sus relaciones exteriores han mejorado bastante.

      Y es por ello que muchos marroquíes todavía hablan francés y español, aunque no sean lenguas oficiales del reino. No obstante, gran parte de la educación superior se imparte todavía en francés.

      Luego de comprar mi boleto a Marrakech para aquella noche, volví al hostal completamente empapado. Desalojé la habitación, colgué a secar mi ropa y tomé mi desayuno, que debo admitir, logró sorprenderme más de lo esperado. Un huevo estrellado, una pizca de pimienta con especias, un trozo de pan salado marroquí, mantequilla, un jugo de naranja y un té de hierbabuena me hicieron empezar bien mi día, a pesar de que la lluvia parecía no cesar.

      Antes de seguir andando me detuve frente a la puerta Bab Bou Jeloud. Mi amigo Alex, de Londres, me había dado el nombre de un amigo que había hecho hace un año durante su viaje a Fez.

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      Encontré así a Abdellatif, un joven chico que trabajaba en uno de los restaurantes en la entrada de la medina. Ambos reconocimos nuestras caras al cruzar miradas, y aunque sólo nos habíamos visto en fotografías que Alex intercambió con nosotros, fue un alivio al fin poder conocer de primera mano a un marroquí.

      Pronto me invitó a beber un té de menta, que hubiera sido mucho mejor sin tal cantidad de azúcar (razón que muchos creen la culpable de la horrible dentadura que poseen muchos marroquíes).

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      Me senté a su lado para conocernos un poco. Abdellatif no hablaba francés, pero su inglés era mucho más fluido que el del resto de los locales. Y parecía contento de poder practicarlo conmigo.

      Vivía cerca de la medina, donde rentaba un cuarto. Estudiaba química en la Universidad de Fez, facultad con mucho mayor prestigio que la de su natal Agadir, en la costa atlántica. Fue gracias a Abdellatif que resolví muchas de mis dudas sobre Fez y su particular cultura, a la que poco estaba acostumbrado en el mundo occidental.

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      Luego de una hora de charla, y una vez harto de que sus colegas intentaran venderme una costosa jellaba (túnica tradicional bereber) seguí caminando para conocer, esta vez, la parte exterior de la medina.

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      Muchas de las casas al otro lado de la muralla no cambiaban mucho que digamos. Aunque no todas datan de la misma época medieval, el gobierno hizo un buen trabajo al lograr conservar la arquitectura típica y el color de la ciudad.

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      Algunos jardines, como el Jardín Jnan Sbil, todavía se presumen como recordatorio de cuando Fez fungía como la capital del Reino de Marruecos.

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      Incluso algunos edificios que fueron construidos para la familia real funcionan hoy como edificios del gobierno local.

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      La tarde y la lluvia dejaron mis pies agotados luego de algunos minutos de caminata con mis botas. Así que busqué refugio en la terraza de un restaurante.

      Fuera de la medina los menús parecían menos turísticos que en el interior. Una sopa harira, hecha a base de tomate y legumbres, fue una magnífica entrada, a la que siguió un plato de cuscús con pollo, que ni con todo mi esfuerzo pude terminar.

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      Sopa harira, típica para romper el ayuno en el ramadán.

      Saciado mi apetito, volví a la medina, ya con la lluvia menos densa en el ambiente, para comprar algunos souvenirs y perderme nuevamente en sus calles y souks.

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      Las ropas de lana de camello, el cuero y la metalurgia son algunos de los productos mejor producidos en Fez, que cuentan incluso con sus plazas exclusivas donde se elaboran dentro de la medina.

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      Pero poco se podría esperar que un turista como yo volviera a Europa con algo tan grande en su equipaje. Así que una lámpara diminuta y un vaso de colección fueron suficiente para satisfacer mis necesidades de compra.

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      Al volver al riad, dos misteriosos hombres aguardaban de pie en el callejón, interceptando por completo la entrada al hostal. Fui y volví, con un mal presentimiento sobre ellos. Pero parecían no esfumarse, y sentía sus miradas encima.

      Entonces caminaron hacia mí, y otro más apareció del lado contrario. Voy a ser asaltado, pensé rápidamente. Y bajo la oscuridad que había ya invadido la medina, me resigné a no ofrecer resistencia y dejar que se llevaran lo que tuvieran que robar.

      Pero una vez más mis instintos fallaron, y los tres pasaron de largo, dejándome solo en el callejón. Caminé rápido hasta la entrada del riad, donde me resguardé hasta cercana las 20 horas, cuando debí caminar a la estación central y tomar mi bus.

      A la siguiente mañana visitaría otra de las capitales imperiales de Marruecos, un reino bastante distinto a lo que me había ya acostumbrado en la Europa imperial.

    1. La mejor manera de lidiar con el frío en Europa tenía una sola respuesta para mí: viajar.

      Las temperaturas no dejaban de descender recién comenzado el 2017, y si bien el invierno no es mi temporada favorita para viajar, no me quedaba más remedio para escapar un poco de mi rutina en Lyon.

      Así pasé un fin de semana en Toulouse, la ciudad rosa de Francia, que me regaló tardes soleadas en bicicleta por sus calles adoquinadas y fachadas de rojizos ladrillos, junto con mi amigo Benjamín, a quien había conocido en México.

      Pero antes de volver a Lyon, era imperativo hacer una escala a 100 kilómetros al este de Toulouse, en un pequeño pueblo de Occitania que creí que difícilmente me enamoraría más de lo que Toulouse había ya hecho.

      Aquel lunes, cuando todos los franceses volvían a su rutina normal de trabajo, yo había logrado pasar mi clase para el siguiente viernes. Con un día libre más, cogí el primer tren matutino hacia Carcassonne, y di las gracias a Benjamín por haberme hospedado por dos confortables noches.

      La estación central de Carcassonne era bastante pequeña, lo que me daba a entender la minúscula magnitud del pueblo, del que poco había leído en el pasado.

      Antes de salir y enfrentarme a la fría mañana exterior, tomé mi ya rutinario croissant con un café y un jugo de naranja, lo que se había vuelto mi típico desayuno francés.

      A solo unos pasos de la estación, el Canal du Midi volvió a aparecer frente a mí.

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      Aunque poco sorprendente para los ojos de un hombre contemporáneo, el Canal du Midi fue la obra de ingeniería más revolucionaria del siglo XVII, ya que logró conectar por vía fluvial al océano Atlántico con el mar Mediterráneo.

      Las embarcaciones fueron el principal transporte en el mundo hasta la llegada del ferrocarril en el siglo XVIII, y aunque el Canal du Midi no se compara con la magnificencia del Canal de Suez o el Canal de Panamá, fue el precursor de estos, y por ello es hoy una atracción turística declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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      Aunque el Canal du Midi y sus esclusas me regalaban el reflejo de un hermoso cielo azul, no era aquello lo que me dejaría atónito aquella mañana, y con certeza no era lo que me había llevado hasta los rincones de ese pueblo del sur francés.

      Atravesé el centro de la ciudad baja, lleno de tiendas y comercios que apenas comenzaban a abrir sus puertas al público. En un sitio como aquel, un lunes por la mañana no tenía en absoluto la misma oscilante actividad que en el resto de las ciudades modernas.

      Al sur del centro de Carcassonne, un puente me atravesó al otro lado del río Aude, cuyo territorio conserva aún las casas medievales en la que solían vivir los habitantes de la ciudad.

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      Hoy la mayoría son comercios dedicados al turismo. Restaurantes, posadas, tiendas de artesanías y souvenirs. Aunque poco se oye hablar de ella fuera de Francia, Carcassonne representa uno de los centros turísticos más visitados del país galo.

      La vista encima de la ciudad vieja me hizo ver el porqué. En lo alto de la colina adyacente, una enorme ciudadela con torres de castillo se posa todavía como si el tiempo se hubiera detenido, congelado diez siglos atrás.

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      La ciudad histórica fortificada de Carcassonne es la ciudad medieval mejor conservada de Europa, y con mérito le ha hecho merecer el título de monumento histórico por el Estado francés y el de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

      Para llegar a la ciudadela debí rodearla por algún tramo, a lo largo de una de las calles de la ciudad baja, hasta llegar a un jardín que antiguamente funcionaba como el cementerio de la villa, ubicado fuera de sus muros.

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      La cara oriental de la ciudadela me dio la bienvenida con la Puerta de Narbona, la que fuera su principal entrada, donde una placa de la UNESCO informa a los visitantes que están a punto de ingresar a uno de los recintos arquitectónicos de mayor importancia de la Europa actual.

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      Hasta aquel entonces, la lista de castillos que había ya visitado en Europa había crecido bastante. El castillo de Peñafiel, el alcázar de Segovia y el castillo de Neuschwanstein en Baviera me habían dejado boquiabierto.

      No era una tarea difícil, pensando que un chico mexicano no tiene la oportunidad de visitar verdaderos castillos en América, a excepción del castillo de Chapultepec en la Ciudad de México.

      Pero Carcassonne parecía ser algo diferente. Algo sencillamente monumental. No se trataba de un castillo. Se trataba de una ciudadela, de una ciudad medieval entera que me adentraría en carne propia a la antigua vida de los burgos.

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      Para ello había que entender varias cosas primeramente. Carcassonne no había sido fundada durante el medievo. Es una ciudad que se remontaba a tribus celtas que habitaron la zona antes de que los romanos la tomaran como parte de la Galia, la provincia romana que abarcaba lo que hoy es Francia (donde vivían los galos, algo así como Asterix y Obelix).

      Fueron los romanos quienes comenzaron la fortificación de la ciudad, ante el peligro de las invasiones bárbaras. Los bárbaros eran aquellos pueblos del norte y centro de Europa, ante los que el Imperio Romano de Occidente sucumbio finalmente en el siglo V.

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      Así fue como los visigodos tomaron Carcassonne y la incluyeron dentro de su reino, que abarcaba gran parte de la península ibérica y la mitad de la Francia actual.

      Los visigodos continuaron con la fortificación de la ciudad, haciéndola un mecanismo de defensa de la frontera norte de su reino. Aunque ello no impidió que la ciudad fuera invadida por los musulmanes cuando estos incursionaron en la península ibérica en el año 711.

      No obstante, el gusto le duró a los árabes hasta el año 752, cuando Carcassonne fue tomada por el ejército de los francos. Es desde entonces que Carcassonne quedó ligada de por vida a Francia.

      La Edad Media que todos tenemos en la mente, aquella con reyes, caballeros, castillos y calabozos, se sucedió más bien en la Baja Edad Media, entre los siglos XI y XV. Fue el auge del feudalismo en Europa.

      Si bien el feudalismo fue el modelo económico que suplantó al esclavismo de la Edad Antigua en toda Europa, tuvo su mayor apogeo en la Europa Occidental, entre los ríos Rin y Loira, específicamente en el Sacro Imperio Romano Germánico y el reino de los francos.

      Carcassonne fue así una pieza clave en la Francia medieval, ya que se encontraba en la frontera sur que separaba a toda la Europa cristiana del mundo islámico, que para entonces se extendía por casi toda España.

      El Imperio de Carlomagno (del que surgieron el Reino de Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico) había heredado los títulos de nobleza con los que el poder de los estados se descentralizaría y daría pie a la época feudal. Marqueses, duques, condes, vizcondes, todos subordinados al rey, pero quienes tomarían el poder de sus propias tierras y darían comienzo a la Edad Media que todos conocemos.

      Carcassonne fue así elevada a la categoría de Condado, por lo que necesitaba un castillo condal.

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      En la zona oeste de la ciudadela, tras caminar unas cuantas calles curvilíneas, me encontré con la entrada al castillo condal. Un castillo dentro de otro castillo.

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      Dentro de la misma ciudadela, el castillo se construyó con una fosa a su alrededor, para proteger doblemente al conde y a la familia condal de posibles agresores.

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      Un puente comunica con el patio principal, que se rodea de edificios que datan entre los siglos XII y XVIII.

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      El castillo condal era por supuesto la residencia del conde, que ostentaba el título con mayor peso en la ciudad.

      Aunque el rey era la mayor condecoración en la Francia medieval (que sólo podía ser otorgada por herencia familiar o por el Papa, es decir, por Dios), el poder del rey estaba limitado. El rey elegía a sus nobles y les otorgaba un pedazo de tierra (el feudo), ante el cual los nobles tenían el poder absoluto.

      El noble a su vez elegía a sus vasallos (caballeros, hidalgos), que podían vivir dentro de las murallas de la ciudadela (el burgo) a cambio de prestar protección y servicio militar al señor feudal. Los miembros más ricos del pueblo, como los banqueros y algunos comerciantes, vivían también dentro del burgo. Ellos conformarían más tarde la clase burguesa.

      Así mismo, el pueblo llano pertenecía al feudo del noble, pero vivía fuera de los muros de la ciudadela. Campesinos, artesanos, ganaderos. Eran hombres libres ante la ley, pero no podían cambiar de feudo ni de estrato social. Aunque toda situación de desprivilegio se compensaba con la gloria del cielo cristiano.

      Era así como funcionaba la típica sociedad medieval feudal. Una sociedad basada en la agricultura, el autoconsumo, la vida rural y las guerras entre los caballeros de cada feudo.

      Podemos entonces imaginar que Carcassonne era solo un condado más del Reino de Francia. Un condado que parece haberse congelado en el tiempo. Pero así como aquel, cientos de condados, marquesados, ducados y señoríos se extendían por toda Europa durante los años que muchos apodan ahora el oscurantismo.

      Desde el castillo condal las escaleras de unas de sus nueve torres me llevaron hasta lo alto de las murallas.

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      Muchas de aquellas torres habían sido ya construidas por los visigodos como mecanismos de defensa. Y cabe mencionar, que la ciudadela entera fue restaurada en el siglo XIX, después de décadas en el olvido por parte del gobierno francés.

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      Así pude yo disfrutar de una caminata en el pasado. Un paseo solitario que parecía haberme llevado a uno de los más grandiosos sueños de mi infancia.

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      Desde la muralla se tenía una vista de 360 grados de Carcassonne, lo que incluía el interior y el exterior de la ciudadela.

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      En el sur de la misma, pude avistar por primera vez la Basílica de Saint-Nazaire, el principal templo católico de la ciudad y un elemento imprescindible en toda urbe medieval de Europa, que para entonces ya se había convertido en su totalidad en cristiana.

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      Fue posible ver también las fachadas de teja de las pequeñas casas que se yerguen todavía en la ciudadela, donde vivía la baja nobleza y los burgueses en su época. Y es que es así, si hubiéramos vivido en la Edad Media, debíamos haber tenido mucha suerte para vivir dentro de uno de estos burgos, pues solo si se nacía en una familia noble o burguesa era posible una morada junto al señor feudal. Las mayores posibilidades apuntaban a nacer en una familia del pueblo pobre, que vivía fuera de la ciudad.

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      Y aunque las vistas de la ciudad baja actual de Carcassonne (aquella fuera de la ciudadela) son hoy en día un deleite arquitectónico y paisajístico, siglos atrás sus calles se atestaban de ratas, enfermedades, suciedad e inmundicia.

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      Las murallas de Carcassonne son en muchos aspectos un hito arquitectónico todavía vigente en el mundo. A decir verdad, es una ciudad doblemente amurallada, así que penetrar a su interior no era una tarea fácil para ningún ejército de caballeros.

      La primera muralla fue construida durante la época galorromana, de la que datan las torres con forma de herradura, un elemento típico de la que se conservan aún 17 en todo el perímetro.

      El resto de las torres y el segundo muro fueron construidos en la Edad Media, incorporando la forma cilíndrica icónica del medievo con techos en forma de cono.

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      La postal de la Torre del Homenaje del castillo condal con la ciudad baja a sus pies fue simplemente magnífica, sumado a la perfecta elección de haber visitado la ciudadela un lunes de enero, en el que casi ningún turista se aparecía por aquellos rumbos.

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      Carcassonne parecía también haber sido emplazada en uno de los más bellos puntos geográficos del sur francés, rodeada de verdes y fértiles llanuras y colinas bajas que delineaban un perfecto y nublado horizonte.

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      Las líneas naturales de la muralla me llevaron a la punta sur de la ciudadela, hasta el Teatro Jean Deschamps, con forma de anfiteatro romano.

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      Si bien durante los siglos de la Edad Media la cultura de la Edad Antigua quedó en el olvido, los reinos medievales europeos heredaron algunos elementos grecolatinos que permanecerían en la cultura occidental hasta la actualidad, como el Derecho romano, el cristianismo y las tragicomedias teatrales.

      Y como viva muestra de lo importante que era el cristianismo para los feudos medievales, la Basílica de Saint-Nazaire apareció justo frente al teatro, que se sigue ocupando hoy para espectáculos al aire libre.

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      La basílica es un templo románico que más tarde incorporó algunos elementos góticos, tanto en su fachada como en su interior.

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      Aunque gracias a su bella basílica, Carcassonne pareciera ser otra típica ciudad cristiana que obedecía las órdenes del papa en Roma durante el medievo, fue cuna de uno de los sucesos más drásticos en la historia del catolicismo.

      En el siglo XII un nuevo movimiento religioso llegó al oeste de Europa, estableciendo sus bases en el sur de Francia: el catarismo.

      Ni el papa, ni el rey de Francia, imaginaron que el catarismo se fuese a extender con tanta velocidad por aquella zona. Así que para frenar su expansión, el papa organizó, con el consentimiento del rey, la Cruzada albigense, con el objetivo de expulsar a los cátaros.

      Carcassonne no volvió a ser la misma, ya que su vizconde, así como muchos de sus subordinados, fueron acusados de herejía, y derrotados por la cruzada militar. La ciudad pasó a quedar en manos del rey de Francia.

      La persecución de los cátaros dio origen a la fundación de la Santa Inquisición, institución que nació primeramente en Francia y luego contó con el apoyo directo del papa.

      Aunque todos hemos escuchado un sinfín de historias sobre la Inquisición católica, la mayoría de ellas están mezcladas con mitos y realidades, como el número de muertes que provocó y el tipo de torturas que utilizó. Lo cierto es que la Inquisición dejó una clara huella en la iglesia católica, y Carcassonne fue parte del comienzo de aquella oscura época del cristianismo.

      Tras visitar la basílica volví en dirección al centro de la ciudadela, permitiéndome perderme en sus calles zigzagueantes que me dieron una idea de primera mano de cómo era la vida dentro de un verdadero burgo francés.

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      Fachadas y calles de piedra, pozos de agua, letreros que dejaban saber el nombre de quién moraba dentro de cada una de sus casas.

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      Sin el alumbrado público, algunos coches y mesas de sus restaurantes, Carcassonne podría pasar fácilmente por una recreación ficticia de película. No es de extrañarse que haya sido elegida como escenario para la filmación de varios largometrajes franceses que se suceden en épocas medievales.

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      Fue en uno de aquellos acogedores y cálidos restaurantes donde me refugié algunos minutos del frío exterior y comí una cazuela de pato confitado, el platillo típico de Occitania, difícil de encontrar en otros lugares de Europa.

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      Las callejuelas tortuosas y vacías de la ciudadela de Carcassonne fueron sin duda un exquisito viaje al pasado que me llevó a un sitio que sólo había experimentado antes en mi imaginación, quizá también en algún videojuego.

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      Después de ella, difícilmente otra antigua ciudad europea me transportaría tan vivazmente a la misma época. Carcassonne había llenado cada uno de los muchos clichés que existen sobre las villas medievales, y me dejó en claro que saber poco es a veces lo mejor antes de viajar a un nuevo destino.

    2. La costa de Liguria, en el noroeste de Italia, era el escenario perfecto para despedir el 2016. Había comenzado mi año desempleado, tirado en mi cama y sin la certeza de qué me depararía el resto de mis 365 días. Ahora me hallaba en una fría estación de tren, aguardando el vagón a mi último destino antes de volver a Francia, donde estaba trabajando temporalmente como profesor.

      Aquella tarde había visitado los cinco maravillosos pueblos de Cinque Terre, otro de mis objetivos en aquel viaje por Europa. Y debido a su cercanía, una última escala en la capital de Liguria era obligatoria.

      A las 18 horas, luego de un hermoso atardecer, cogí el tren desde la ciudad de Levanto hacia Génova, a donde llegué en menos de una hora.

      Por fortuna, había reservado dos noches en un hostal muy cercano a la estación de Brignole. Y con la seguridad que las ciudades europeas me daban, llegué a pie en mitad de la noche, para ponerme cómodo y descansar luego de una jornada en Cinque Terre.

      Una pizza 4 stagioni fue mi manera de comenzar a despedir el año, con la llegada del frío invierno y a sólo 3 días de comenzar el 2017.

      La siguiente mañana comenzó de maravilla. Los desayunos incluidos en la mayoría de los hostales en Italia me dejaban siempre un increíble sabor de boca. No sólo con un excelente café espresso cortado (muy a la italiana), sino con un surtido buffet dulce y salado, cosa que no acontece en todos los países de Europa.

      Mis conocimientos sobre Génova hasta entonces eran escasos. Era otra de las ciudades a las que había llegado sin saber casi nada. Aunque por supuesto, conocía bien la historia (todavía no aceptada por todos los historiadores) de que fue el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón. Pero seguro que tenía más, mucho más para ofrecer, que sólo haber acogido el parto del navegante más famoso del mundo.

      Un frío viento soplaba desde el golfo donde se enclava la ciudad, y las nubes tapaban el ingreso de los rayos solares a las calles. Pero había tenido suerte de escapar de la lluvia, y estaba conforme con ello. Así que salí del hostal y descendí hasta la Via XX Settembre, la principal avenida del centro histórico de Génova.

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      Si bien la historia de Génova se remonta a la época en que fue una prominente república marina, la Via XX Settembre y sus calles circundantes datan a la segunda mitad del siglo XIX, cuando Génova formaba ya parte del Reino de Italia.

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      Hoy sus hermosos edificios neoclásicos y barrocos acogen los comercios más asediados por los locales y turistas, donde las tiendas de moda no se quedan atrás. No importa lo que diga la gente, Francia no es más la capital de la moda. Italia lo es.

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      La avenida me llevó hasta la Piazza de Ferrari, el corazón del centro histórico genovés.

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      En el medio de ella se posa una fuente que, al igual que el resto de la plaza, fue proyectada en el siglo XIX.

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      A finales de aquel siglo Génova fue, junto con Milán, el principal centro financiero del recién creado estado italiano. Así, tras la creación de la plaza, importantes instituciones financieras se establecieron a su alrededor, como el Banco Italiano, la bolsa y el Crédito de Italia.

      Pero el edificio más importante a orillas de la plaza (aunque para mí no el más bello) es sin duda el Palacio Ducal.

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      Su nombre puede ser engañoso. Al igual que el Palacio Ducal de Venecia, no fue una residencia de duques, sino de los “dux” que gobernaban la República de Génova.

      Génova fue por varios siglos un estado independiente. Junto con Venecia, Pisa y Amalfi, todas formaban las cuatro repúblicas marítimas, que a partir de la Edad Media fueron países soberanos que gozaron de prosperidad gracias a su dominio marítimo en el mar Mediterráneo.

      No cabe duda de por qué la mayoría de los historiadores afirma que Cristóbal Colón nació allí. Varias calles, incluso una plaza pública, llevan su nombre.

      Los orígenes de Génova se remontan más allá del nacimiento de Cristo. Sin embargo, su prosperidad comenzó a impulsarse durante la Edad Media, época de la que datan muchos de los antiguos edificios que todavía se encuentran en pie.

      La catedral de San Lorenzo es uno de ellos. Es la principal construcción religiosa de la ciudad, misma que marcó el inicio de su apogeo. En aquel entonces, no ser reconocida por la iglesia católica era casi no existir en el mapa.

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      Su fachada gótica y portadas laterales románicas marcaron un hito en la arquitectura de la ciudad.

      Al sur de la catedral, las callejuelas de adoquines alojan la llamada zona medieval, el área de asentamiento más antigua de Génova.

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      Sus coloridas y despintadas casas daban asilo en su mayoría a marinos y mercaderes, que dieron a la ciudad una relevante importancia en el Viejo Mundo.

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      Génova se encuentra emplazada en una extraña geografía, donde las olas del mar se topan bruscamente con altas montañas, cuyo terreno no es cultivable.

      Así, Génova pasó a depender desde su fundación del comercio marítimo. Pero lo que comenzó como una obligación para su sobrevivencia acabó por colocarla en los mapas medievales como un glorioso país.

      La zona medieval es un conjunto de edificios habitacionales, iglesias católicas y torres de fortaleza que defendían a la república de enemigos y piratas.

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      Aún con su diminuto tamaño y pequeña población comparada con otros estados europeos de la época, Génova logró defenderse por sí sola y dominar gran parte del Mediterráneo, llegando a poseer colonias, que incluyeron la enorme isla de Cerdeña.

      Y aunque las casas que hoy se avistan en su casco antiguo parecen de lo más humilde y común, las familias que las habitaron dejaron un enorme legado al mundo entero.

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      Ejemplo de ello son los mapas de navegación del Mediterráneo. Y aunque los mapas de Colón se consideran un legado de la corona española (a quien Colón pidió apoyo financiero), podría decirse que fue uno de sus marinos quien estableció las primeras rutas comerciales con ambos continentes, hasta entonces desconocidos entre sí.

      Las familias genovesas tenían una amplia tradición de hacerse retratar por los mejores pintores. Su excelencia artística llegó a tanto que durante la ocupación inglesa de la república varias familias genovesas pagaron a los británicos con sus propios retratos, mismos que aceptaron y que hasta hoy forman parte de la riqueza artística del Reino Unido.

      El casco medieval me despidió con la Porta Soprana, una de las antiguas puertas de la muralla que rodeaba Génova y que la defendía de quienes la querían asediar.

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      Viré nuevamente en dirección oeste, y las calles del centro antiguo me llevaron al puerto viejo, el primero que dio nacimiento a la ciudad.

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      Al igual que la mayoría de los puertos viejos del Mediterráneo, hoy es más bien una atracción turística, aunque todavía tiene espacios de aparcamiento para algunos botes privados.

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      Detrás de él, un nuevo y moderno puerto acoge a la vez decenas de barcos mercantes y cruceros que hacen de Génova uno de los mayores puertos de la zona, tras Marsella.

      Desde la pasarela puede verse el paisaje circundante, donde las montañas son quienes resguardan al golfo y donde se posan muchas de las nuevas viviendas de la ciudad, que sigue creciendo con los años.

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      El malecón que rodea al puerto tiene una multitud de actividades de recreación, que incluyen un acuario (el segundo más grande de Europa), una biósfera, un parque de atracciones, un centro de souvenirs, un museo marítimo y hasta una recreación de una antigua embarcación.

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      Los genoveses tienen una historia cien por ciento ligada a la navegación, y cada uno de sus rincones parece poner en alto la importancia de la marina para ellos. Desde el nombre de sus restaurantes hasta las figuras de sus artesanías, que presumen barcos de velas y trajecitos de marinero.

      Y aunque me hubiera encantado probar uno de sus platillos locales con mariscos y pescado, sus precios son normalmente mucho más altos que el resto. Pero siendo ya un verdadero amador de la comida italiana, un espagueti carbonara bastó para saciar mi apetito de mediodía. Lo mejor de comer pasta en Italia, es que siempre colocan junto al plato un tazón lleno de queso parmesano. Por supuesto, yo siempre rociaba el tazón entero sobre él. Nunca será suficiente parmesano.

      Seguí caminando por las calles aledañas al puerto, que suben poco a poco a una de las colinas de la ciudad.

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      En lo alto de una de ellas, tras un vasto jardín inglés, se yergue el Albergo dei Poveri, o el Albergue del Pobre.

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      Su majestuosa fachada no parece concordar para nada con su nombre. El edificio fue originalmente mandado a construir hace más de 300 años por un noble genovés para dar asilo y comida a los indigentes.

      No obstante, hoy funciona como un museo y alberga un gran número de obras de arte pictóricas y escultóricas de diferentes corrientes europeas.

      Descendí por la Via Cairoli, sumergiéndome al pie de sus detallados edificios, para después adentrarme en la Via Garibaldi, el pequeño Patrimonio de la Humanidad que Génova resguarda.

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      Se trata de solo una de las cientos de calles que posee la urbe. No tiene más de un par de metros de longitud, pero su historia respalda el título que conlleva.

      En el siglo XVI, la nobleza genovesa decidió dejar el barrio medieval para habitar en un nuevo y prominente barrio situado un poco más al norte.

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      Dos de los mejores arquitectos de la época se encargaron de la planeación y el trazado urbano de los edificios, que hoy relucen como una maravillosa atracción turística mundial.

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      La calle está flanqueada de palacios que dejan en claro el poder que la nobleza poseía en aquel entonces, y que podía darse el lujo de mandar a construir sus propias mansiones.

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      El Palacio Municipal está incluida en esta lista de construcciones, la mayoría de ellas de estilo barroco que marcaron la llegada del Renacimiento a la República de Génova.

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      Dentro de ellas se exponen todavía las fuentes, jarrones, estatuas, pinturas, escudos heráldicos y todo tipo de ornamentación bajo los que los nobles se regocijaban en su día a día.

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      Al final de la Via Garibaldi unas escalinatas me llevaron de vuelta cuesta arriba, a los barrios de Génova que gozan de mejores vistas.

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      La Villeta Di Negro, uno de los múltiples parques de la ciudad, me mostró que las cansadas y empinadas subidas valen la pena para sus habitantes, que todos los días tienen a sus pies la bella panorámica de una de las mayores y mejor conservadas metrópolis italianas.

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      Y aunque de un lado los modernos edificios descubrían la moderna ciudad, al otro lado una antigua Génova se asomaba con sus coloridas casonas y palacios renacentistas.

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      Para entonces el sol había iluminado la colina entera y compensaba el helado viento del Mediterráneo.

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      Aquella noche en Génova la pasé tranquilamente cenando y bebiendo algunas cervezas en el hostal con el resto de los chicos, quienes también se preparaban para la fiesta de Nochevieja.

      Para mí, el desvelo me costaría al otro día perder mi tren y cancelar mi Blablacar a Lyon, y correr a la estación por un nuevo ticket y reservar el último asiento en un bus que me llevó de Turín a mi casa temporal en Francia.

      Festejé la Nochevieja en el apartamento de una chica italiana con un bonche de personas que no conocía, pero que tenían algo en común conmigo: estaban pasando la velada a kilómetros lejos de casa.

      Entre vinos, paté, bocadillos y postres, recibimos juntos el 2017, que me preparaba nuevas y frías aventuras por Europa, y mi primera vez en un nuevo continente.