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Segovia : de Roma y nuevos imperios

AlexMexico

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Apenas había pasado una semana desde que pisé por primera vez las tierras europeas en la península ibérica, pero en la amena compañía de Henar y su numerosa familia a la sombra de su pueblo natal, Consuegra de Murera, parecía como si hubiera permanecido ya por toda una eternidad :D

Los madrileños se habían encargado para ese entonces de mostrarme muchos de los pequeños y pintorescos rincones que la comunidad de Castilla León escondía en sus paisajes campiranos, y Álvaro, hermano mayor de Henar, me había ayudado a entender la vital importancia del antiguo reino para toda la España actual.

Fue allí donde surgió hace siglos una de las coronas más poderosas de la península; es por ella que nuestro idioma se llama castellano; fue desde allí donde se prosiguió con la lucha contra la invasión musulmana de la Hispania; fue, por tanto, el nacimiento de la unión de los reinos peninsulares (a excepción de Portugal) que formaron un imperio que fue, en sus tiempos, el más poderoso de todo el planeta.

Hasta entonces, habíamos visitado pequeños pueblos de origen medieval que me habían mostrado el estilo de vida de la antigua Castilla, su arquitectura, gastronomía y fiestas típicas. Ahora era el momento de adentrarse de lleno en una clase de historia profunda sobre el germen de una nación. Y el mejor lugar para iniciarla era una de las grandes ciudades de la comunidad y la capital de la provincia homónima: la ciudad de Segovia.

De esa forma, me embarqué en mi último día en tierras castellanas con Henar, Álvaro, y sus amigos Antonio y María, dos toledanos que venían de visita al pueblo para pasar de una manera diferente sus vacaciones de verano ^_^

Condujimos a unos 50 km al suroeste de Consuegra, donde la ciudad prontamente denotó su grandeza, dándonos la bienvenida con largas avenidas densamente transitadas. Vaya si la diferencia se sentía al llegar de un pueblo con 25 habitantes :blush:

Allí me daría cuenta de una de las situaciones que más me desconcertaron durante toda mi estancia en España y Europa: la agotadora odisea de estacionar un coche :huh:

En México, salir con un auto no es ningún problema, pero en España existe una pequeña cuestión que a muchos les quita el sueño: encontrar un estacionamiento, o como le dicen ellos, un parking. Y es que es ilegal estacionarse en las calles que no poseen los espacios señalizados para dicha acción O_o

Así, al manejar por las arterias de cualquier gran ciudad se topa uno con líneas de distintos colores que demarcan los espacios autorizados para aparcar, muchos de ellos destinados solo a los residentes de la zona, y el resto con su respectivo parquímetro, que por cierto, suele ser bastante caro :wacko:

Y como los lugares disponibles a lo largo de los centros históricos de las urbes son muy pocos, se debe andar con los ojos abiertos para coger cualquier oportunidad. Pero como casi no sucede, se debe optar por los estacionamientos públicos, en donde se puede llegar a pagar hasta más de 20 euros por todo un día :eek:(así es, ¡más de 20 euros!).

Después de mucho tiempo supe que en muchas ciudades y países de Europa se ha tomado esta medida para tratar de disminuir la utilización de coches propios, y difundir el uso del transporte público, o en su mejor caso, el de la bicicleta (o moverse a pie, por supuesto). Una dura pero razonable forma de disminuir la contaminación y el tráfico :unsure: Y por si se lo preguntan: no, en México no se debe pagar NUNCA por estacionar un coche en la calle (ni es ilegal), salvo en algunos centros históricos de las grandes ciudades.

Así pues, luego de la odisea de hallar un parking no tan lejano, comenzamos nuestro recorrido por la capital segoviana, que nos deleitaba con un cálido y soleado día ☀️

Apenas al dar la vuelta a la derecha desde nuestro estacionamiento, un monumental coloso apareció frente a nuestros ojos: el gran acueducto romano de Segovia :o

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Una larga serie de arcos en roca se prolongaban en dirección norte, mientras las tierras de la ciudad descendían hasta el centro histórico. Conforme bajábamos, la cúspide plana del artificio se alejaba más y más hacia el cielo, dejándonos a unos 30 metros a sus pies.

Esta gigantesca obra de arte arquitectónica es el símbolo de la ciudad, tan célebre que, incluso, aparece en su escudo heráldico. Pero además de su imponente belleza visual, Álvaro me hizo saber qué es lo que hace tan especial a tan exquisito monumento.

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Aunque no se sabe con exactitud la fecha de su construcción, se dice que los romanos hispánicos lo alzaron alrededor del siglo I d.C., es decir, dos milenios atrás :oFue entonces cuando los albañiles apilaron las piedras de sillar una sobre la otra para formar un acueducto que lograría transportar el agua hasta la zona. Lo impresionante (y realmente increíble) de ello, es que dichas piedras quedaron apiladas sin ningún tipo de argamasa, es decir, sin cemento, mortero, cal ni mezcla que las uniera :confus:

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Lo que más me sorprendió (a mí y seguro a muchos otros) es que el acueducto en su totalidad haya sobrevivido en pie dos milenios sin estar unido absolutamente por nada :eek:Es solo la fuerza física lo que lo sostiene vivo.

Por supuesto, varios trabajos de restauración se han llevado a cabo en él, sin afectar el material original y la autenticidad de su arquitectura. Y desde tiempos de los reyes católicos hasta hoy se aprecia la figura de la Virgen de la Fuencisla (patrona de la ciudad) en el nicho central del mismo.

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No cabe duda de lo que el ingenio del ser humano puede llevarlo a crear 😈

Donde se difunde el final del acueducto se alza una de las antiguas paredes que formaron parte de la muralla de Segovia, y que vigila una de las plazuelas principales de la ciudad, donde multitudes de turistas se paseaban para fotografiar el acueducto y buscaban en sus cercanías la oficina de información turística para dar inicio a sus recorridos.

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Desde lo alto de la puerta de la muralla el paseo peatonal y el acueducto se diluían en un punto de fuga, dejando al desnudo la finura de aquella arcaica construcción que se fusionaba con una metrópoli al mismo tiempo medieval, moderna y contemporánea, fruto de la infinidad de culturas que han pasado por sus tierras.

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Continuamos el paseo por el casco antiguo de Segovia, declarado, junto con su acueducto, patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Y vaya si merece el título :smug:

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Seguimos los pasos de los grupos de viajeros que salían de la oficina de turismo, misma que no necesitamos gracias a nuestro guía experto, Álvaro, quien recién graduado de la licenciatura en historia, no escatimaba en compartir su conocimiento con todos los que lo acompañábamos :big-grin:

La enorme plaza orillada por infinidad de restaurantes y bares de tapas se hacía cada vez más angosta, hasta culminar en pequeñas calles y callejones peatonales, en los que nos adentramos para conocer a fondo el espíritu más recóndito de la ciudad.

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Las primeras iglesias antiguas comenzaron a hacerse ver. Pilares clásicos terminados en arcos a medio punto, construido todo en piedra o ladrillo de colores predominantemente beige. Techos de teja que cubrían plantas con esquinas semicirculares y un altar en forma cilíndrica al fondo.

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Álvaro me hizo saber que se trataba de arquitectura románica, datada en su mayoría de la Baja Edad Media… nada parecido a lo que yo había podido ver en el continente americano, claro está.

Sin embargo, conforme seguimos avanzando, las fachadas de las capillas empezaban a cambiar, y su forma manifestaba diferencias claras en su influencia artística :oconstruidas diacrónicamente.

Debido a muchas razones: incendios, terremotos o asedios, muchas iglesias católicas habían sido parcialmente destruidas, sobre todo sus campanarios. Es por ello que algunas de ellas poseían torres de un evidente estilo renacentista, mientras el resto de ellas era completamente románico :huh:

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Fuera como fuere, cada una de ellas me enamoraba más y más <3 y lograban transportarme a las distintas edades humanas de la Europa occidental.

Mientras más caminábamos era posible ver agrandarse una magnífica torre que presumía al principal centro religioso de la ciudad: la Catedral de Segovia.

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Pero antes de insistir con nuestro viaje, hicimos una parada obligada en una plaza frente a una de las tantas iglesias. Allí buscamos la mejor opción para tomar el almuerzo del día :P

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El vino, la carne y las papas fritas eran ya bastante comunes para mi gusto, así que me aventuré con la entrada de mi menú, y pedí el famoso gazpacho.

Descrita como sopa de tomate, no creí que sería algo muy lejano a las múltiples sopas a base de tomate que se preparan en mi país natal. Pero al tan solo sentir el plato en el que el mesero me lo sirvió advertí la principal diferencia con el resto de tales caldos !!

El gazpacho es sopa de tomate servida fría, y se acompaña con trozos de pimiento morrón verde y pepinos. Un sabor bastante diferente, pero exótico y agradable para un caluroso día de verano :blush:

Con los estómagos saciados seguimos nuestra caminata, serpenteando por las estrechas callejuelas atestadas de turistas, mientras veíamos la gran cúpula de la catedral acercarse más y más.

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Muchas de las casas en el centro de Segovia, sean antiguas o modernas, son tan bellas como los edificios públicos de su adoquinado casco viejo ^_^ Para ello bastaba con detenerse un minuto ante cualquiera de sus formidables portadas, o para una mejor vista, asomarse por uno de sus miradores, ya que el relieve de la ciudad nos llevaba cada vez más alto en relación con el sur del condado.

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Finalmente, la rúa nos decantó hasta la afamada Plaza Mayor de Segovia, principal centro político y religioso de la ciudad.

Un kiosco marcaba el centro de su zócalo, donde niños jugaban mientras sus padres tomaban un café en alguna de las orillas, donde se alzaban, entre otras cosas, el teatro de la ciudad, el Ayuntamiento provincial y la majestuosa Catedral de Segovia.

Si bien México es un país sumamente católico, y se puede hallar una iglesia hasta en el rincón más remoto del país, nunca en mi vida había visto algo parecido a aquel descomunal templo :eek:

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Era la primera vez que tenía la oportunidad de ver una catedral de estilo gótico, corriente arquitectónica que, iniciada en la Edad Media, poco llegó a las tierras amerindias, colmándonos con iglesias neoclásicas y barrocas.

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Álvaro me explicó que fue erigida en pleno siglo XVI, cuando la mayoría de las construcciones en Europa occidental hacían caso del arte renacentista. Es por ello, quizá, que por su inigualable belleza es apodada la Dama de las Catedrales ;)

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Antes de salir de casa, uno de los tíos de Henar y Álvaro nos habían dicho que para ingresar a la iglesia se debía pagar una cuota de recuperación. Pero en aras de ayudar a nuestros bolsillos, nos dio un pequeño tip: debíamos decirle a la mujer de la entrada que queríamos ver a nuestro tío Toño :huh: nombre de uno de los miembros residentes del claustro.

Fue así como pusimos a prueba la táctica, a punto de estallar de risa frente a la cajera de la parroquia :blush: Pero todo pareció marchar bien, y rápidamente nos vimos dentro sin haber pagado un centavo. Un viajero siempre debe darse sus mañas :big-grin:

En el interior se podía notar su clara procedencia renacentista, con figuras que retomaban el arte clásico en cada uno de sus retablos, incluyendo el del altar.

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Sus altos muros y pilares sostenían puertas de arcos puntiagudos, que mezclaban cada pieza del edificio entre dos caracteres diferentes y diacrónicos unidos por el bien de una obra de arte :rolleyes:

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Dejamos atrás la moderna basílica para dirigirnos al último atractivo de la vieja metrópoli. Si habíamos creído que el arcaico acueducto romano había sido lo mejor, no sabíamos lo que la punta norte de la villa tenía preparado para nosotros :mellow:

Todas las calles del casco viejo de la ciudad desembocan en forma de embudo a las puertas de un vasto jardín, que daba la bienvenida a la joya máxima de la provincia, el Alcázar de Segovia.

Ya me lo habían advertido: ninguno de los castillos que había podido ver hasta entonces se compararía en absoluto con la belleza de lo que tenía ahora enfrente :eek:

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Un alto palacio medieval que me llevaba a cuantiosos castillos imaginarios: los de Disney, los de Mario Bros, los de Play Mobile… todos y cada uno creados a partir de cuentos de hadas ¡Pero este era más que real! :mellow:

Su típica torre principal coronada por almenas, adornada por torreones cilíndricos de menor tamaño cubiertos por cónicos y puntiagudos techos. Un puente levadizo que une al alcázar con tierra, sobre una zanja profunda con un estanque en el interior. Definitivamente éste es el castillo con el que todos soñamos <3large.9587ab0385c9756e8508d317a6b09276.jpg.c45323c6b9e035aefe2bb9f744b4f513.jpg

Y tras haber sido fortaleza, residencia real, prisión, academia militar y artillería, afortunadamente hoy es solo un museo que muestra a sus visitantes las mejores partes de la histórica ciudadela.

Entre los hechos más importantes que ocurrieron en este sitio, es que desde aquí salió Isabel la Católica hacia la Iglesia de San Miguel, en la Plaza Mayor de la ciudad, donde fue coronada como Reina de Castilla.

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Desde que era princesa y contrajo matrimonio con Felipe II de Aragón, se concilió la unión dinástica de ambas coronas, pasando ambos a gobernar así casi la totalidad de los reinos católicos en la península ibérica, además de Sicilia y Nápoles. Y tras finalizar la reconquista con la toma del último reino musulmán en Hispania, el Nazarí en Granada, se dio pie a la formación de la actual España. Además de haber expulsado a los moros y judíos de su reino católico, fueron ellos quienes apoyaron a Cristóbal Colón en la exploración de nuevas rutas a las Indias, dando paso a la posterior conquista de América y al nacimiento del Imperio español.

Son algunas de las razones clave por las que ambos reyes, pero sobre todo Isabel, son tan célebres e importantes para los españoles (incluso, para algunos hispanoamericanos). Y conocer el castillo donde residieron ambos monarcas era algo que no podía dejar pasar :smug:

El museo daba inicio con una muestra de las antiguas armaduras usadas por los caballos y sus jinetes guerreros, armaduras tan pesadas que no logro entender cómo podían moverse con ellas :confus: Aunque sí logro entender que dichas lanzas podían atravesar cualquier cosa que se les pusiera enfrente O_o

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Las aberturas en sus cascos eran tan angostas que evidentemente su campo visual debía ser bastante limitado :wacko:

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Después entramos de lleno a los distintos salones del palacio real. Los artistas que se encargaron del interior del castillo lo decoraron con el encanto del arte mudéjar, corriente única que mezclaba el arte árabe en los emplazamientos cristianos de la Hispania antigua.

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Los vitrales en sus ventanas representaban a antiguos reyes de Castilla con sus escudos de armas respectivos. Y en las ventanas que ostentaban vidrios normales se ofrecían vistas del despoblado norte de la ciudad.

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Nos condujimos hacia la Sala del Trono, donde se posan augustos los tronos de ambos monarcas, con el lema de los reyes católicos reluciente en la parte de arriba: “Tanto monta”, abreviación de “Tanto monta cortar como desatar”.

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También pasamos por la Sala de la chimenea, con una especie de comedor real; por el cuarto de la reina, la capilla y la Sala de los Reyes, en cuya parte superior de sus cuatro paredes hay una pequeña estatua de cada uno de los reyes de España. En realidad, son los reyes de los reinos de Asturias, León y Castilla, considerados cuna de la actual España. Es por ello que los herederos al trono del reino son llamados Príncipes de Asturias.

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Luego de una profunda clase de historia española con Álvaro a mi lado, incapaz de poder aprender el nombre de cada rey y su descendencia (tal parecía que todos le ponían el nombre de su padre o abuelo a los hijos) llegamos al ala extrema del Alcázar, desde donde tuvimos una vista de la confluencia de los dos ríos que rodean a Segovia.

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También desde allí se observaba imponente una de las torres mayores del castillo, donde parecía como si una princesa esperase a ser rescatada :D

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Salimos del museo y nos dispusimos a volver para buscar el coche. Pero Álvaro me advirtió que no me despidiese aún del imponente Alcázar !!

Caminamos de vuelta por el lado sur de la ciudad, esta vez por la Judería, antiguo barrio donde habitaban los judíos, antes de que fuesen expulsados por la reina Isabel y por la Inquisición, en caso de que no quisiesen convertirse al catolicismo O_o

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En este barrio se puede apreciar también una de las puertas por las que se accedía a la villa en los tiempos en que se hallaba fortificada.

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Antes de volver al coche, echamos un vistazo a una singular estatuilla que se encontraba frente a una rotonda a los pies del acueducto. Se trataba de una representación del nacimiento de Roma: la famosa leyenda de Rómulo y Remo, hermanos gemelos amamantados por una loba que fundarían el imperio romano.

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El monumento fue donado por Roma a Segovia como conmemoración de los dos milenios de su acueducto :rolleyes:

Cuando parecía que abandonábamos la ciudad, Álvaro nos llevó a un último sitio que nos brindaría la mejor postal para despedirnos de ella <3

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En el extremo de la punta norte, un espacioso campo verde se extendía justo a los pies del monte donde el increíble Alcázar se alzaba en su plenitud.

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Los rayos del sol poco a poco se apartaban, iluminando con parvedad la cara oeste del castillo, pero permitiéndonos captar los últimos recuerdos del tan magnífico palacio, que a todos nos había llenado de alborozo :big-grin:

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Meses después tendría la oportunidad de volver a Segovia con mi familia (esta vez durante el invierno), donde sería yo esta vez quien tomaría el papel de guía turístico en la ciudad :rolleyes:

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Al día siguiente volveríamos a Madrid, listo para más viajes dentro de la bella España :D

España

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      La deshidratación y una terrible jaqueca fueron el resultado final de una noche de sábado en Lyngby, a las afueras de Copenhague. Una fiesta en una residencia estudiantil de Dinamarca me mostró que la fama de los daneses y el alcohol es más que certera.

      Con la cabeza dando vueltas e intentando recuperar mis fuerzas con una botella de electrolito, fue como tuve que tomar un tren hacia la capital, donde cogí un autobús que me llevó 150 kilómetros hacia el oeste, hasta la isla de Fionia, unida a Selandia por el puente del Gran Belt, el tercer puente colgante más largo del mundo.

      Pocos kilómetros de tierra y agua separan a Dinamarca y al continente europeo de la península escandinava. La construcción de estos puentes colgantes significan una increíble reducción de tiempos y costos de transporte. Así que no fue necesario tomar un ferry hasta Fionia, y el bus me llevó directamente hasta Odense, capital de la isla.

      Odense es la tercera ciudad más grande del país. Mis saberes sobre ella eran vagos, pero su cercanía a Copenhague la hacía un destino atractivo. Además, no quería irme de Dinamarca habiendo visitado solamente su capital.

      A pesar del miedo que había en mí nacido por los altos costos de los países nórdicos, el transporte resultó más barato de lo esperado. Las distancias en Dinamarca no suelen ser muy grandes. Aunado a ello, las carreteras sin peaje son parte del estado de bienestar danés, uno de los muchos beneficios que el gobierno proporciona a sus habitantes.

      Cerca de las 7 pm el bus me dejó en una carretera en el sur de la ciudad. Mi anfitrión, Liron, me había mandado la ubicación de su casa. Otra vez, se trataba de una residencia estudiantil, junto al campus principal de la universidad de Odense, donde estudiaba letras y enseñanza de la lengua inglesa.

      Ya que el sol de primavera me sonreía con esmero (a esa latitud la luz solar se esfuma a las 9 pm en abril), decidí caminar hasta el campus, paseándome entre verdes senderos y tranquilos vecindarios. 

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      A mi arribo, parecía que volvía a la residencia que me acogió en Lyngby. Esta vez no estoy preparado para una fiesta universitaria, me dije. La resaca era suficiente como para querer solamente recostarme y descansar.

      Por fortuna, era domingo, y Liron me recibió con una cena que había preparado para sus compañeros de piso, quienes se disponían a disfrutar tranquilamente del clásico europeo: Barcelona contra Real Madrid. No había señales de cervezas que amenazaran mi sosiego.

      A la mañana siguiente el cielo despertó con furia, y dejó caer la lluvia sobre toda la isla de Fionia. Ni siquiera Liron quiso acudir a su clase matutina para no empaparse en el corto camino. Pero el sol de mediodía hizo de mi visita a la ciudad algo que valiese la pena. Y ya que Liron partiría a sus clases, no dudó en dejarme una de las bicicletas de la residencia para permitirme conocer Odense sobre ruedas.

      La avenida principal que conecta el campus universitario con el centro de la ciudad me mostró a sus orillas construcciones de ladrillo cobrizo que forman parte característica de la arquitectura danesa.

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      Las iglesias de corte protestante construidas del mismo material dejaban al desnudo la fuerza que la reforma de Lutero trajo hasta la península varios siglos atrás.

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      Al cruzar el río Odense, que atraviesa la ciudad de norte a sur, me adentré en su casco histórico, recibido por el Adelige Jomfrukloster, un antiguo convento que hoy pertenece a la Universidad del Sur de Dinamarca.

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      Aunque Odense es una de las urbes más antiguas de Dinamarca (con más de mil años de haber sido fundada), sus edificios no conservan mucho de la historia medieval que vio nacer a la ciudad.

      En cambio, la mayoría de sus casonas permiten a uno viajar de vuelta al siglo XVI, época en que fueron edificadas.

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      Muchas de las casas de la calle Overgade, por donde comencé mi andar, han convertido su vestíbulo en negocios que ofrecen a los turistas platillos, cafés, souvenirs e incluso museos.

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      Overgrade fue la mejor manera de adentrarme a Nedergade, la zona del centro histórico donde, aunque se permite el tránsito de vehículos, conserva mucho más la esencia de la antigua Odense.

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      La totalidad de las calles en Nedergade están adoquinadas, y es a veces difícil diferenciar la acera de la propia rúa. Al final uno quiere pasearse por cualquiera de las vías que en ella encuentra.

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      Pero Nedergade se distingue sobre todo por las bellísimas casitas de madera que lucen sus magníficos y vivos colores, incluso en un día nublado como aquel.

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      Las fachadas bajas con ventanales en madera, tejados triangulares en picada y áticos con chimenea hacían del centro de Odense un verdadero pueblito de cuentos.

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      Y no era de extrañarse que aquella villa de ensueño hubiera inspirado algunos de los cuentos infantiles más célebres en el mundo.

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      En mi caminar por Nedergade me topé con la casa más famosa de todas. El lugar que había visto nacer y crecer a Hans Christian Andersen.

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      Aunque a los 14 años Christian Andersen habría de partir a Copenhague para intentar convertirse en un cantante de ópera, el mundo entero lo recordaría como el mejor escritor de cuentos infantiles de la historia.

      Si “El patito feo”, “La Sirenita”, “El soldadito de plomo”, “La reina de las nieves” y “El ruiseñor” traen a nuestra mente pasajes de nuestra infancia, se lo debemos todo a este enorme poeta y escritor que Odense tuvo la fortuna de acoger.

      Se dice que muchos de los cuentos escritos por Andersen fueron inspirados en la mitología nórdica. Aunque es verdad que sus múltiples viajes y amoríos con hombres y mujeres pudieron inspirar varios de sus pasajes. Suecia, Alemania, Turquía, Italia, Grecia y Malta fueron algunos de los sitios que el autor pudo visitar, a pesar de haber nacido en una pobreza casi extrema.

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      Odense presume así hoy un museo entero dedicado a Hans Christian Andersen, que aunque está dirigido sobre todo al público infantil, es capaz de cautivar a cualquiera. Finalmente, seguro que alguno de los cientos de personajes creados por su imaginación y llevados a la televisión, cine y teatro, forman parte de nuestros recuerdos de la niñez.

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      Las callejuelas de Nedergade me transportaron sin duda a alguno de sus cuentos. Quizá a “Las zapatillas rojas” o “El soldadito de plomo”. Pero Odense era por sí misma una ciudad que me hacía crear mi propio cuento en mi cabeza.

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      Al cruzar hacia la parte oeste del casco antiguo el centro se convirtió en una enorme zona peatonal, que fue cambiando poco a poco el paisaje circundante.

      La zona de Vestergade es el área comercial del centro, donde las tiendas de ropa, restaurantes y comercios crean una atmósfera menos fantástica, pero todavía cálida y amena.

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      El palacio del ayuntamiento y las oficinas del gobierno de Fionia se encuentran en su mayoría en este sector, conservando la arquitectura de ladrillos tan típica de Dinamarca.

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      Y no había mejor ejemplo para ello que la catedral de San Canuto, una de las catedrales góticas más grandes de toda Europa.

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      Aunque Dinamarca, al igual que el resto de los países nórdicos, no posee una enorme población católica, los vestigios de Roma y el papado siguen presentes hasta el día de hoy. 

      Un buen hot dog al estilo danés, con pepinillos y salsa Remoulade, fue una excelente forma de aliviar el apetito, para luego dar un último paseo por Nedergade y sus casas encantadas.

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      Me había quedado de ver con Liron después de sus clases en un supermercado central. Era mi turno de comprar los ingredientes para cocinar la cena para él y algunos de sus compañeros de piso.

      La sorpresa me la llevé cuando Liron no me dejó comprar nada, más que algunas bolsas de nachos para preparar mis chilaquiles. La mayoría de los ingredientes él los tenía en casa, y los que faltaban estábamos a punto de conseguirlos gratis.

      Cuando una parte de mí creyó que Liron estaba sugiriendo robar el supermercado, el shock se hizo todavía más fuerte al observar la siguiente escena. Liron se sumergió en el contenedor de basura en la parte trasera de la tienda, y comenzó a sacar productos caducados y a meterlos a su mochila.

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      Se llama dumpster diving —me dijo—. Lo hacemos todo el tiempo mis amigos y yo.

      El dumpster diving era una práctica que sin duda había visto antes. En indigentes, personas pobres, niños trabajadores o drogadictos. Pero no era algo que me esperar de un grupo de estudiantes universitarios en Dinamarca.

      Los supermercados siempre tiran todos los productos caducados —Liron insistió en explicarme—. La verdad es que la mayoría de esos productos todavía son comestibles y están en muy buen estado de calidad.

      Mi mente no entendía qué necesidad tendrían aquellos chicos de comer cosas de la basura. Si algo me había sorprendido de Dinamarca era el esmero de su gobierno en preservar su estado de bienestar social. 

      Los daneses pagan el mayor porcentaje de impuestos del mundo, casi de un 50%. Aquello le da a sus ciudadanos carreteras sin peaje, permisos de maternidad pagados de un año, salud pública, gratuita y de calidad para todos, subsidios de vivienda, desempleo, retiro de la vejez y una de las mejores educaciones del mundo entero.

      Cada estudiante mayor de 18 años (incluidos Liron y sus amigos) recibe 5,384 coronas danesas al mes (alrededor de 725 euros). Eso, sumado a que la universidad es gratuita, me hacía dudar seriamente sobre por qué necesitaban comer de la basura.

      Hacer el dumpster diving significaba para Liron y sus amigos no solamente ahorrar varias coronas danesas al mes, sino una manera de ayudar al planeta y disminuir el desperdicio de comida. 

      Parecía que aquellos chicos habían entendido muy bien a su edad la fortuna de la que gozaban al vivir en Dinamarca, y desperdiciar comida los hacía sentir culpables de la pobreza que desafortunadamente muchos otros países atraviesan.

      Dinamarca es quizá el único país en donde la población ha protestado en contra de bajar los impuestos. Los daneses prefieren seguir pagando altos impuestos con tal de mantener su estado de bienestar. Eso demuestra la plena confianza que los ciudadanos tienen en su gobierno.

      Sin poner en duda las decisiones que vi aquella noche, preparé por primera vez una cena con productos caducados extraídos directamente de la basura. Y sobreviví a ello. Me atrevo a decir que el sabor y la calidad no fue nada desagradable, incluso la del pollo y el yogur que comí de postre. 

      Superado la prueba, Liron me llevó con uno de sus amigos a disfrutar de mi última noche en Odense, bajo el calor de un bar local y acompañados de cerveza artesanal fabricada en la propia ciudad.

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      Dinamarca me había sorprendido, no solo con su excelente calidad de vida, sino con la excelente calidad de sus anfitriones. Y aunque comer de la basura no fue algo que hubiese esperado, demostró todavía más que los daneses son personas increíbles.

      Ahora me tocaría descubrir las otras caras de Escandinavia. Los países nórdicos aguardaban por mí con más sorpresas bajo el cielo nórdico.

    1. Tras casi siete meses trabajando en Lyon, mis fines de semana me habían permitido conocer Francia de norte a sur, mostrándome sus diferentes caras. Desde su lujosa ciudad capital y sus pueblos alemanes hasta las villas de la costa sur mediterránea.

      A tan solo dos semanas de finalizar mi contrato y antes de emprender otro gran viaje por Europa, Liane, Yan y yo sabíamos que debíamos hacer un viaje juntos antes de separarnos y dejar Lyon en los recuerdos.

      Liane, de Escocia, y Yan, de Madrid, eran prácticamente los mejores amigos que había hecho durante mis meses en el este de Francia. Liane trabajaba, al igual que yo, como asistente de idioma en un colegio público, mientras Yann hacía su maestría en la Universidad de Lyon.

      Así que antes de partir y enfrentarnos a la dura despedida, decidimos aventurarnos hacia el sur del país, siguiendo el Ródano hasta casi alcanzar su desembocadura, en la antigua ciudad de Aviñón.

      Yann tomó un tren un viernes por la mañana, y tras tomar mis útiles consejos, consiguió hospedaje usando por primera vez su perfil de Couchsurfing, justo en el centro de la ciudad.

      Yo por mi parte, tomé un Blablacar ese mismo día por la tarde, y arribé a Aviñón antes de que la noche cayera sobre ella.

      El mes de abril había traído consigo el calor que tanto ansiábamos después de un frío invierno. A mi llegada, Aviñón lucía como una muy cálida y verde ciudad.

      El conductor me dejó en el bulevar Saint-Lazare, justo al lado del río Ródano y del otro lado de la muralla.

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      Aviñón es un ejemplo perfecto de una ciudad medieval. Y como toda urbe del medievo, sus murallas fueron construidas para defender al burgo. Hoy, la muralla sigue en un perfecto estado de conservación y da la bienvenida a cualquiera que se adentre en el ahora llamado centro histórico.

      Fue en una de las calles del casco viejo donde Yan me esperaba junto con nuestra Couchsurfer, una estudiante universitaria francesa que rentaba una casa de tres pisos, y que amablemente nos ofreció uno de sus cuartos para poder dormir.

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      La noche pasó entre cervezas y una cena con nuestra anfitriona y sus amigos, hasta que a Yan y a mí nos venció en cansancio.

      Los bares y la gente con la que habíamos compartido la velada mostraron el nuevo lado de Aviñón, una villa bohemia con algunos hippies que se han sentido atraídos por su calma y verdes alrededores.

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      Algunos murales y tiendas de productos orgánicos decoran ahora el casco antiguo y le da el toque millenial que hace que, aún siendo una ciudad vieja, atrae a muchos jóvenes a sus calles y su universidad.

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      Pero nuestra caminata del sábado por la mañana nos dejó ver aquella Aviñón medieval de la que todos nos habían hablado.

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      Sus casas de piedra, ventanales de estilo italiano y sus viejos campanarios son precisamente los elementos más característicos. Una ciudad que a primera vista se ganaba el apodo de “ciudad blanca”.

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      Yan y yo nos detuvimos en un café, esperando a que el sol calentara un poco más el día y para tomar un merecido desayuno que calmara nuestro apetito.

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      Las plazas públicas y comercios empezaban a llenarse de gente poco a poco. Aviñón es un destino famoso en toda Francia, y sin duda no éramos los únicos que habíamos decidido pasar nuestro fin de semana allí.

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      Pronto nos encontramos con Liane y su amigo Dan, quienes habían viajado esa mañana desde Lyon. Dan estaba de visita desde Escocia, y aunque no se quedaría aquella noche en Aviñón, no quería perderse de una fugaz mirada a la ciudad provenzal.

      Las calles del centro nos llevaron hasta la plaza del Palacio, la explanada principal que marca el corazón de la urbe.

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      A orillas de la plaza, los más conocidos restaurantes y comercios atraen a cientos de turistas cada día. Y edificios como el Hôtel des Monnais (o el Palacio de la Moneda) marcan también una diferencia entre la arquitectura medieval y la más cercana al Renacimiento.

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      La plaza lleva su nombre gracias a la mayor joya de Aviñón, y lo que prácticamente la puso en el mapa desde hace más de siete siglos. El Palacio papal.

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      Es bien sabido que desde el nacimiento del cristianismo en tiempos del Imperio Romano, la ciudad de Roma fue la sede de lo que después evolucionó al catolicismo.

      Pero como también es sabido, Roma y los Estados Pontificios se han enfrentado a grandes controversias dentro de su propio gobierno. En 1305, Clemente V fue elegido el nuevo papa, y tras su elección Roma cayó en un caos total.

      Huyendo de los problemas en la ciudad, en 1309 Clemente V decidió trasladar la curia papal a Aviñón, que en ese entonces era parte del Reino de Sicilia.

      En un principio, Clemente V vivió como invitado en un monasterio dominicano, hasta que su sucesor, Benedicto XII, comenzó la remodelación del antiguo palacio obispal en 1334, para convertirlo en un lugar digno para ser la residencia de un papa.

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      El palacio papal de Aviñón es la construcción gótica más grande de la Edad Media. Ocupa más de 15 mil metros cuadrados, y sus muros tienen un grosor de hasta 5 metros.

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      La ubicación geográfica fue elegida estratégicamente en un afloramiento de roca al lado del río Ródano. Así, es posible verlo desde casi cualquier punto de la ciudad, y representaba para los papas un símbolo del poder de la iglesia católica.

      Hoy, el palacio papal está abierto al público como un enorme museo, que contiene incluso un centro de convenciones.

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      Nuestra visita comenzó por el claustro, tras cuyo patio central se yerguen cuatro pasillos con las típicas columnas góticas en punta de pico. En lo alto, la torre del homenaje aparece como figura característica de una fortaleza medieval.

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      Todo el claustro está flanqueado por altas torres de defensa que aseguraban la seguridad del papa y de toda la curia católica.

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      En sus interiores, se conservan algunos importantes frescos creados por los mejores pintores europeos de la época, todos dirigidos por Matteo Giovanetti.

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      El palacio fue construido en dos fases. Así, a la primera construcción comandada por Benedicto XII se le conoce como el Palais Vieux (Palacio Antiguo) y a la segunda dirigida por Clemente VI se le llama el Palais Neuf (Palacio Nuevo).

      Como era costumbre, la construcción del palacio papal consumió una enorme cantidad de dinero. Por supuesto, el financiamiento provino de todos los reinos cristianos de la época.

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      Mapa con la procedencia de los recursos financieros para construir el palacio papal.

      Muchos de los pasillos y cuartos del palacio papal parecen sacados de un típico castillo medieval. La torre de humo para la cocina, las escaleras de piedra en caracol y hasta su propio calabozo formaron parte del recinto desde la construcción del Palacio Antiguo.

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      Siete fueron los papas que residieron en Aviñón desde 1309 hasta 1377, año en el que sucedió el Gran Cisma de Occidente.

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      Tras años de controversias iniciadas por una difícil relación entre el Reino de Francia y el Papado, el papa Gregorio XI volvió a Roma y llevó de vuelta la Santa Sede a Roma.

      La elección de un nuevo papa en 1378 estuvo llena de conflictos internos, que acabó prácticamente con dos papas, Urbano VI en Roma y Clemente VII en Aviñón, este último denominado antipapa.

      Esto no solo dividió a la iglesia católica, sino a toda Europa occidental, cuyos reinos cristianos se dividieron, unos apoyando al Papado de Aviñón y otros al de Roma, sucediéndose cambios de bando en diferentes ocasiones.

      Tras casi medio siglo del cisma, el papa Benedicto XIII fue el último antipapa, después del cual Aviñón no volvió a albergar ninguna otra autoridad pontificia.

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      Desde que la Santa Sede volvió a Roma, el palacio fue abandonado poco a poco. Y a pesar de su remodelación en 1516, el deterioro fue casi imposible de evitar. Aunado a ello, con la explosión de revolución francesa en 1789, el palacio fue tomado y saqueado por las fuerzas liberales, al mismo tiempo que Aviñón pasó a ser formalmente parte de Francia.

      Por fortuna, se entendió la importancia que el palacio de Aviñón tenía para la historia de occidente, y hoy sus edificios y torres se lucen como si el tiempo no hubiera pasado de largo.

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      Desde los andadores de vigilancia en lo alto del claustro, pudimos apreciar la verdadera magnitud del palacio y sus defensas, todas construidas con la misma piedra blanca con la que fue levantada Aviñón entera.

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      Las torres de vigilancia nos dieron las mejores vistas de la ciudad y su centro histórico, destacando por supuesto la plaza del palacio y su tan emblemático Palacio de la Moneda.

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      El palacio papal no es la única construcción cristiana en Aviñón. Los campanarios que sobresalen entre los tejados del casco antiguo dejan entrever capillas que se yerguen entre sus laberínticas calles.

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      Pero el campanario más famoso es el de la catedral de Aviñón, ubicada justo al norte del palacio papal.

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      La catedral de Notre-Dame-des-Doms fue construida en el siglo XII, siendo el románico su estilo arquitectónico predominante.

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      Aunque su tamaño no se compara con lo monumental del palacio papal, el campanario se ha hecho también un símbolo de la ciudad, coronado por una estatua de plomo dorado que representa a la Virgen María.

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      Luego de una larga caminata por el complejo papal, decidimos bajar a la plaza central para almorzar algo en uno de los restaurantes que tienen las mejores vistas del centro.

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      Con el estómago lleno, nos dirigimos al lado norte del río Ródano para visitar otra de las famosas atracciones de la ciudad, el puente de Aviñón.

      A primera vista, no parece un puente tan ostentoso ni de mucha importancia. De hecho, el puente ni siquiera llega al otro lado del río.

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      La verdad es que solo quedan cuatro de los 22 arcos que alguna vez cruzaron el Ródano, uniendo a Aviñón con Villeneuve-lès-Avignon.

      El puente fue construido entre 1171 y 1185, y por muchos años fue la única manera de cruzar el río desde Lyon hasta la costa del Mediterráneo.

      El puente no solo unía dos ciudades, sino dos estados diferentes, ya que la orilla derecha pertenecía a los Estados Pontificios, mientras la izquierda era ya parte del Reino de Francia. Así, el puente era fuertemente custodiado en ambas orillas, y es la puerta de vigilancia del lado papal la que hoy queda como remanente, y que da la bienvenida a los turistas.

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      A la entrada, fuimos recibidos con una de las canciones infantiles más célebres de Francia, Sur le pont d’Avignon.

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      Se cree que la canción originalmente decía “sous le pont” (bajo el puente) y no “sur le pont” (sobre el puente), pues se piensa que la gente solía hacer bailes folclóricos bajo el puente en la isla de la Barthelasse, que corta al río Ródano en dos al norte de la ciudad, y que hoy sigue siendo un lugar de recreo.

      Desde el puente tuvimos las mejores vistas del campanario de la catedral y el palacio papal, que se asoman tras el follaje y las murallas de la ciudad.

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      Volvimos a las calles del centro para despedir a Dan, quien debía volver a Lyon esa misma tarde. Liane, Yan y yo teníamos de hecho un plan bastante diferente para aquella tarde noche.

      Regresamos a la casa de nuestra couchsurfer solo para recoger nuestras mochilas. Le dejamos una nota dándole las gracias y nos dirigimos al supermercado para comprar los ingredientes de un buen picnic al estilo francés.

      Vino, una baguette, charcutería, queso, olivas y unas cervezas para saciar la sed serían nuestro mejor aperitivo para la tarde.

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      Con todo preparado y un mapa en mano, caminamos por las viejas calles del centro dirigiéndonos de vuelta a la orilla norte del Ródano.

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      Cruzamos el puente Edouard Deladier, el moderno pasaje peatonal y vehicular que une la ciudad con Villeneuve-lès-Avignon, desde el que tuvimos una hermosa vista del río y el antiguo puente.

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      El camino nos llevó a la isla de la Barthelasse, la cual nos había sido muy bien recomendada como lugar de recreo. Nuestra intención no fue solamente hacer un picnic en la verde naturaleza que rodea Aviñón, sino dormir en ella en una casa de campaña.

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      Pasar la noche alejados del bullicio de la ciudad, y solo con el sonar de los grillos y el viento soplando entre los árboles fue justo lo que necesitábamos para nuestra última noche juntos.

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      A la siguiente mañana desayunamos en el área común, un buffet que estaba incluido en el precio del camping. Caminamos después hacia el otro lado del río, hasta alcanzar la torre Philippe-le-Bel, una antigua torre medieval que protegía a Villeneuve-lès-Avignon.

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      Desde ella se asomaba la vecina ciudad de Aviñón, sobresaliente entre los bosques que rodean el área.

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      Una larga caminata de vuelta al centro nos esperaba con nuestras mochilas al hombro, así que decidimos tomar un bus hasta las puertas de la muralla.

      El último sitio por visitar fue el parque del palacio papal, ubicado en la colina de Rocher des Doms.

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      Desde allí pudimos apreciar la totalidad de la catedral en su lado norte, que domina el casco antiguo con la Virgen bendiciendo al pueblo entero.

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      Pero las mejores vistas las tuvimos al otro lado, con el Ródano, el puente de Aviñón y la isla de la Barthelasse mostrando la cara más verde de la villa papal.

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      Acompañamos a Yan a tomar su tren, mientras Liane y yo esperamos un Blablacar que nos llevaría de vuelta a Lyon.

      Mi última semana en la tercera ciudad más grande de Francia fue sin duda una dura despedida, que me hizo dejar atrás no solo una hermosa ciudad y su exquisita gastronomía, sino también excelentes amigos e historias que formarían buena parte de mis memorias de viaje.

      La mitad de la primavera marcó el final de mi contrato en el colegio Jean Perrin, y con ello me preparé para un mes y medio de viajes inolvidables. El norte de Europa me esperaba, con la esperanza de encontrarme con un soleado clima y más aventuras que escribir en mi diario.

    2. Una pandilla de más de ocho países diferentes se despertó una mañana en un hostal de Brujas, compartiendo todos una indeseable sensación: la corpulenta resaca que una noche de fiesta en Bélgica es capaz de dejar.

      Una cata de las mejores cervezas belgas seguida de baile y más cerveza en un bar local los dejaron caer muertos en sus camas, de las que nadie quería levantarse para desalojar el hostal la siguiente mañana.

      Una argentina despertó bajo las mismas sábanas que un portugués. Un mexicano y una uruguaya salieron en busca de un desayuno que les quitara de encima el pesar del alcohol. Yo, por mi parte, reñía con mi traicionero reloj biológico, que ni en aquel día me permitió salir de la cama más allá de las 9 a.m.

      Mark y Andrew, los dos australianos que había conocido la noche anterior, partieron temprano hacia la estación central, para no perder la reserva de su tren a Amberes, a poco más de 100 km al este de Brujas.

      En esa misma ciudad, Fred esperaba mi arribo aquella tarde, a quien había contactado por Couchsurfing algunos días antes. Así que luego de darme un tiempo de espera en el lobby, me despedí del clan y me dirigí a la central de trenes, siguiendo los pasos del grupo de portugueses, que al parecer también habían elegido Amberes como su próxima escala.

      Cerca de la 1:30 de la tarde llegué a la ciudad, que me recibió con una de las estaciones de trenes más bellas que jamás haya visto.

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      Aunque la primera estación de Amberes fue hecha en 1836, fue a finales del siglo XIX, entre 1895 y 1905, que el actual edificio fue construido.

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      La enorme estructura que incluye una cúpula sobre la sala de espera fue diseñada por tres de los mejores arquitectos de la época, lo que la convierte en el mejor ejemplo de arquitectura ferroviaria de toda Bélgica.

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      Si bien la época dorada de Amberes se sucedió hace unos cinco siglos, la ciudad quiso competir contra las grandes metrópolis de la belle époque, como París, Londres, Milán y Nueva York. Y aunque no logró su cometido, elementos como su estación de trenes son un gran ejemplo de la lucha que llevó por alcanzarlo.

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      A unos pasos de la extraordinaria terminal, Fred esperaba por mí a bordo de su bicicleta. Llevaba ya varios años viviendo en Amberes, una de sus ciudades favoritas en toda Bélgica, me hizo saber. Y convenientemente para mí, su apartamento estaba a unas cuantas cuadras a pie.

      Un almuerzo en la comodidad de su casa y una ducha caliente por fin vencieron mis fuerzas, agotadas por la resaca de la noche anterior. Y quedarme a descansar era la mejor opción si quería conocer Amberes con la energía que se necesitaba. Así que aguardé al siguiente día para hacer mi recorrido turístico.

      Me encontré así la próxima mañana con Mark y Andrew, los australianos que no dejaban de llamarme “Sánchez”, y por una buena razón.

      La noche anterior, en medio de la juerga entre las cervezas belgas y la música, Mark se quedó mirándome fijamente. —¿Alguna vez alguien te ha dicho que te pareces al jugador Alexis Sánchez? —preguntó—. Sí, me lo han dicho varias veces —contesté con una sonrisa escondida.

      Y esa era la verdad. No era la primera vez que alguien me encontraba un parecido con Alexis Sánchez. Mis alumnos en Francia me lo decían todo el tiempo. Aunque siempre lo hacían después de saber que mi nombre es Alexis. Aquella noche en Brujas fue la primera vez que alguien me comparó con Alexis Sánchez sin antes saber mi nombre.

      — ¿Y cómo te llamas? —preguntó Andrew—. Me llamo Alexis —repliqué. Por supuesto, la cara de asombro de ambos por la increíble coincidencia era de esperarse. Sobre todo al ser fanáticos del fútbol europeo y de la Champions League. Después de todo, así como nosotros vemos a todos los chinos iguales, puede que algunas personas nos vean a todos los latinos de la misma forma.

      Caminé en su compañía hacia el centro histórico de Amberes, cuya primera vista fue la de una ciudad moderna.

      Una estrecha vía peatonal nos llevó hasta el frente del Boerentoren, la Torre de los campesinos, de 97 metros de altura, la construcción más alta de Amberes.

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      El Boerentoren es un edificio art déco que no parece más atractivo que muchos otros en el mundo ni en Europa. Pero se trata nada menos que del primer rascacielos construido en el continente europeo, convirtiéndose en un ícono de la revolución arquitectónica en 1931, año de su nacimiento.

      Dos cuadras detrás del rascacielos llegamos a la Groenplaats, una explanada que marca el núcleo del casco viejo de Amberes. Y en su centro lo lidera el mayor ícono de la ciudad: Pedro Pablo Rubens.

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      El reconocido pintor vivió la mayor parte de su vida en Amberes, donde tuvo su taller que hoy se exhibe como museo, y donde consagró a grandes discípulos, entre los que se encuentra Van Dyck.

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      Entrada al taller de Rubens.

      Rubens fue un orgullo del Imperio Español, ya que durante su vida, Flandes y los Países Bajos estaban bajo el dominio ibérico gracias al matrimonio de Felipe el Hermoso con Juana I de España, a quienes le siguieron el famoso Carlos V y Felipe II.

      No obstante, los flamencos siempre sintieron a Rubens como un orgullo de Flandes, digno representante del barroco y de la escuela flamenca, a pesar de que la mayoría de sus obras fueron hechas para la casa real española, por lo cual muchas de sus pinturas se resguardan hoy en el museo del Prado, de las cuales tuve la fortuna de ser testigo.

      No es de extrañarse entonces que homenajes a Rubens se encuentren en cada esquina de Amberes, luciendo su busto como el mejor artista flamenco de la historia.

      Y sin duda una de las cosas que más nos llamaron la atención al posarnos frente a Rubens fue la imponencia de la torre que salía a sus espaldas, el campanario de la catedral de Amberes.

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      Su hermosa fachada la convierte en una de las iglesias góticas más importantes de Europa, y con la magnitud de su torre no me extrañó encontrarla en la lista de los campanarios municipales de Bélgica y Francia inscritos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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      A unos pasos llegamos a la plaza central, la que solía ser la plaza del mercado en épocas antiguas.

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      Al igual que la Grand Place de Bruselas, la explanada de Amberes deja al rojo vivo la más bella arquitectura que Flandes puede presumir. Altos edificios de tejados en triángulos estrechamente unidos unos a otros.

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      En su centro se yergue una singular escultura, la fuente de Brabo. Cuenta la leyenda de la fundación de la ciudad, en la que el soldado Brabo combatió contra un gigante, y al derrotarlo arrojó su mano al río, dándole el nombre neerlandés a la nueva metrópoli, Antwerpen (hand werpen, algo como mano lanzada).

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      Al lado de la Grote Markt apareció frente a nosotros el Ayuntamiento de Amberes, que aunque no más grandioso que el de Brujas o Bruselas, sigue siendo una magnífica pieza que mezcla estilos flamencos con italianos.

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      Si bien su altura no es imponente, también se encuentra inscrita dentro de la lista de campanarios de Bélgica y Francia reconocidos por la UNESCO.

      A los costados de la plaza y en nuestro camino hacia el río, una pequeña tienda llamó la atención de los tres. Un pequeño comercio de papas fritas, que según nos habían dicho, era de los mejores de Amberes.

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      Es muy cierto que a comparación de Francia, los belgas llevan una dieta mucho más pesada. Orgullosos de la cerveza y los waffles, las papas fritas no pueden quedarse atrás, y Flandes y todo Bélgica no pierden la oportunidad para recordarle al mundo que las papas “a la francesa” no son francesas, sino belgas.

      Pareciera que las papas fritas no tienen ninguna ciencia detrás de su elaboración. ¿Qué hay aparte de cortar, freír y salar patatas? Pues bien, la receta original es muy distinta al resto del mundo. Las papas deben freírse en grasa de ternera a una temperatura de 160°C hasta que las primeras papas floten en la superficie del aceite. Después se dejan reposar unos 5 minutos para luego freírlas por segunda vez, esta vez a 180°C, hasta que adquieran su color dorado.

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      El hecho de servirlas en un cono de cartón es para que absorba el exceso de grasa. Un platillo apetitoso, pero sin duda muy calórico, y una gigantesca tentación para quien quiera perder peso y decida viajar hasta Bélgica. Yo, por mi parte, no pude terminar un cono mediano de papas, que acabaron en la boca de Mark.

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      Seguimos andando hasta toparnos con el río Escalda, que rodea al centro histórico en su lado oeste.

      En sus orillas nos topamos con el castillo Steen, la construcción más antigua de Amberes, la única fortaleza medieval que queda en pie en la ciudad.

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      Fue construido después de las incursiones vikingas durante la Edad Media. Es bien sabido que los pueblos nórdicos saquearon varias de las ciudades europeas, sobre todo las que dominaban en importancia en las costas.

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      Aunque Amberes no figuraba como una de las urbes más admiradas de Europa en el medievo, durante el siglo XVI se convirtió en una prominente potencia comercial, llegando a controlar más del 10% de la economía mundial.

      Y eso no se debió a otra cosa que a su imponente puerto náutico, que se alzó en las orillas del Escalda, que conecta a la ciudad de forma natural con el Mar del Norte.

      Para tener una mejor vista del río y del paisaje de la ciudad, los australianos y yo decidimos subir a la terraza del Museum aan de Strom, un moderno edificio de ladrillos y cristal que se posa en el medio de un estanque artificial que se baña con las propias aguas del río.

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      El edificio mide 60 metros de altura, y fue el lugar perfecto para disfrutar de una vista panorámica de Amberes.

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      Aunque el cielo seguía nublado, la suerte corrió de nuestro lado. Y a pesar de un viento que soplaba con fuerza desde el océano, la lluvia no se azotó sobre nosotros.

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      Desde lo alto pudimos ver a lo lejos las siluetas de las grúas y contenedores del puerto de Amberes, el segundo más grande de toda Europa y uno de los más grandes del mundo.

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      En los tiempos en que Flandes floreció como una potencia gracias al dominio español en los Países Bajos, Amberes figuró como el puerto más importante del continente, monopolizando el comercio con trabajadores provenientes de Venecia, Portugal, España y Génova.

      No era de extrañarse que con la mezcla de las nacionalidades expertas en la navegación y el comercio mercantil, Amberes pronto marcara su lugar en el mundo.

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      Al igual que las ciudades neerlandesas y flamencas que ya había visitado, Amberes también contaba con su propio Red lights district, el distrito de las luces rojas, donde la prostitución y las casas de sexo son algo común, aunque difícil de fotografiar. Y en un día como aquel, parecía bastante vacío.

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      La caminata nos llevó hacia el sur del casco viejo, a la entrada del túnel de Santa Ana, que conecta la Vieja Amberes con la Nueva Amberes, una zona más residencial.

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      El túnel fue inaugurado en 1931 y se conserva desde entonces con el mismo modelo original. Las mismas paredes, mosaicos, incluso las mismas escaleras eléctricas de madera, que fueron las primeras en toda Europa, marcando un hito más de la ingeniería.

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      Nosotros por nuestra parte tomamos el ascensor, un gigantesco sube y baja donde caben 40 personas, incluso con sus bicicletas a bordo.

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      Y es que es normal para los turistas cruzar el pasaje en bicicleta. Después de todo, es más largo de lo que parece, y desde el punto donde estábamos no lográbamos ver el final.

      No quisimos cruzar a pie y volvimos a la superficie, para perdernos un poco en la Kloosterstraat, una vía llena de tiendas de antigüedades y curiosidades.

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      El barrio de la Kloosterstraat fue otro gran ejemplo del amor que le tienen los belgas a los murales y al grafiti, que aunque menospreciado por muchos, para mí es toda una obra maestra de arte.

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      Incluso el famoso Tintín no tardó en aparecer nuevamente en una de las paredes, el cómic belga más querido por todos, después de Los Pitufos, por supuesto.

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      Caminamos de vuelta al centro y encontramos un buen mercado gourmet donde almorzar, antes de que Mark y Andrew volviesen a su hostal y yo retornara a casa de Fred.

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      Una vez más, me despedí de un par de buenos aventureros que mis viajes me había dado el placer de conocer. Ambos se dirigían ahora a Múnich para asistir un partido de del Bayern. Les deseé la mejor de la suerte, y que por fin algún día conocieran al verdadero Alexis Sánchez, y no a una versión falsa como yo.

      Esa misma noche volví a Bruselas para luego viajar a París, donde pasé mis últimos días de vacaciones de invierno antes de regresar a mis labores como maestro en Lyon.

      Bélgica me había dado un primer vistazo de la Europa del norte, y ahora que el clima comenzaría a hacerse cada vez más cálido, era momento de pensar en destinos más soleados y coloridos.

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