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Así es Santiago de Compostela

Conocer la ciudad de Santiago de Compostela no parecía una tarea tan difícil. Mi vida transcurriría a sus pies durante los cuatro meses del primer curso escolar, y la diferencia entre un intercambio en la Ciudad de México y Santiago era abismal. 23 millones de habitantes no se pueden comparar de ninguna forma con los escasos 150 mil que posee Compostela O_o

Aunque para mí lucía como una villa diminuta, descubrir sus maravillas iba más allá de dar una caminata por sus rúas. Se trataba de explorar cada singular historia que se escondía tras sus viejos edificios, todos testigos de la grandeza de una ciudad casi espiritual.

Mi mudanza del norte al sur de la urbe me llevó desde los suburbios más tranquilos hasta la activa zona centro, pasando por sus emblemáticas callejuelas a diario camino a la escuela y por sus rincones menos conocidos. Así es Santiago:

 

CAMPUS NORTE DE LA UNIVERSIDAD

Como bien dije en el relato anterior, mi primer mes en la capital gallega lo pasé en el lindo apartamento de Severino y Wanderley, un gallego y un brasileño que originalmente destinaban el cuarto de su vivienda al alojo de los viajeros de Couchsurfing, pero que por ayudar a sus bolsillos decidieron ponerlo en renta para mí.

En principio fue muy difícil resistirse a la idea de vivir con ellos. Su unidad habitacional estaba a solo unos pasos del campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela, mismo que alojaba a la Facultad de Comunicación, mi nueva casa de estudios.

Como no era de extrañarme, la facultad era la más lejana al resto de los campus :(Pero no se hallaba completamente sola. Su hermana, la Facultad de Filología, se encontraba unos metros a su izquierda.

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

Ambas encaraban a la Residencia Estudiantil Burgos das Naciones, una de las dos existentes en la ciudad. Bajo su techo se alojaban centenares de estudiantes, en su mayoría de humanidades, que se dispersaban todas las mañanas por las escuelas de lenguas, comunicación y ciencias económicas y administrativas.

No era raro, por tanto, hallar múltiples letreros de protesta social alrededor de sus instalaciones. Y fueron aquellos epígrafes quienes me acercaron más a la dura realidad política de Galicia y España.

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

No tardé mucho en inmiscuirme al mundo lingüístico del gallego, que se hablaba en la calle, en la escuela, y en mi caso, hasta en casa.

En varias ocasiones había tenido oportunidad de escuchar a mi amigo Daniel, con quien viví en México, decir algunas palabras en gallego. No parecía nada difícil. Su origen romance y su similitud con el español y portugués lo hacían muy digerible a mis oídos. Pero el día a día del gallego resultó ser mucho más complejo :wacko:

Los profesores daban la clase en español; los estudiantes hacían preguntas en gallego. El maestro escribía gallego en el pizarrón; proseguía hablando castellano. Yo preguntaba el costo del pan en la tienda; me contestaban en gallego. El mapa del autobús estaba en español; sus calles en gallego…

Acostumbrarme a la vida bilingüe en una ciudad con dos idiomas oficiales me resultaba algo raro :unsure: Sobre todo cuando muchos de ellos estaban conscientes de que yo no hablaba gallego. Y siendo capaces de hablar castellano, su arraigada cultura lingüística los empujaba a no hacerlo O_o

Galicia había surgido siglos atrás como un reino independiente en la punta noroccidental de Hispania, muy ligado al Principado de Asturias y al adyacente Reino de León. Al proceder de un pueblo romano, la lengua latín evolucionó a lo que hoy es el idioma gallego. Sin embargo, su incorporación al Imperio Español, con la Corona de Castilla al mando, retrajo su lengua poco a poco para adoptar al castellano como un idioma oficial, tal como en el resto de las dependencias hispanas.

Al igual que el catalán o el euskera en el norte de la península, la lengua gallega perdió fuerza poco a poco a lo largo de los años bajo el reinado de Castilla, más nunca se desvaneció por completo. De hecho, fue de la antigua Galiza que nació el posterior Reino de Portugal, y por ende, el idioma portugués.

Pero la unificación de los reinos ibéricos y la reciente dictadura franquista (donde se oprimió a todas las lenguas que no fueran la castellana) intentaron debilitar a la identidad y cultura de las provincias, con tal de aunar a una sola España.

Es por ello que el día de hoy existe un nacionalismo tan férreo en comunidades como Cataluña, el País Vasco y, por supuesto, Galicia, donde el pueblo lucha por recuperar esa identidad que se les intentó arrebatar y, en los casos más extremos, por independizarse como un Estado propio.

Hablar gallego, y no castellano, es también una forma de decirle al mundo: yo soy gallego, y no español.

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

Con el tiempo es posible que todos los intercambistas de la ciudad le tomáramos un poco de amor al idioma, ya que aunque no lo deseáramos terminamos falando un pouco de galego en nosa vida :D

En fin. Más allá de los grafitis protestantes y del cúmulo de estudiantes nacionalistas, el campus norte de la universidad tenía un sublime encanto.

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

El extenso terreno en su interior estaba cubierto en su totalidad por coloridos jardines que enmarcaban a cada edificio con un enorme lienzo verde <3

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

El Auditorio de Galicia, destinado a actividades culturales, marcaba el inicio del pequeño estanque que cientos de alumnos rodeaban día con día para dirigirse a sus clases.

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

Los patos y cisnes chapoteaban siempre sobre la superficie, y con frecuencia se acercaban a nosotros buscando comida :big-grin:

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

Los mejores paisajes llegaron en el otoño, cuando todo el follaje cambió de color, mientras los árboles tapizaban día con día al suelo, tiñéndolo de naranjas y amarillos por los que era un deleite caminar, incluso para llegar a un examen.

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Las postales del campus norte serán, sin duda, las que permanecerán con más recelo en mi memoria, y un lugar un poco olvidado que siempre recomendaré visitar a cualquier turista :rolleyes:

Campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela

 

EL CENTRO HISTÓRICO

No se puede hablar de Santiago de Compostela sin hablar del cristianismo, del catolicismo y, claro, sin hablar del apóstol Santiago.

Sea cual sea nuestra religión (o ausencia de la misma) cualquiera que visite Santiago debe estar consciente que la ciudad existe sólo gracias al presumible hallazgo de los restos del apóstol en las tierras de aquella ciudad, cerca del año 820.

El rey de Asturias mandaría a crear una iglesia rodeada de privilegios justo en ese lugar, justo en el centro de Galicia, con lo que evangelizaría el área y poseería una ciudad gallega fiel al reino, lo que más tarde devendría en la incorporación de toda Galicia bajo su mandato.

Así nace Santiago de Compostela, nombre que hace un total honor al apóstol. Y es todo el centro histórico el que nace a partir de la construcción de aquella antigua capilla, que hoy por supuesto, luce como el mayor atractivo de la ciudad.

La llamada zona vieja de Santiago fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985, no solamente por su importancia para el mundo cristiano, sino por su indudable belleza arquitectónica :rolleyes:

El irregular centro histórico es todo un laberinto de rúas, en su mayoría peatonales, flanqueadas por edificios de más de diez siglos de antigüedad. El estilo predominante es el barroco, pero hay presencia de construcciones góticas y románicas, entre las que destacan los conventos católicos instaurados como satélites de la capilla y, años más tarde, los primeros edificios de la Universidad, una de las más viejas de Europa y por lo que Santiago poseyó siempre un ambiente estudiantil.

Santiago de Compostela

La confluencia de rúas forma siempre pequeñas plazas públicas, rodeadas en su mayoría por negociantes y comercios que ofrecen todo al visitante y al local que se pasea por ellas. La Praza de Cervantes, Praza da Quintana, Praza das Praterías y Praza do Toural son sólo algunas de ellas.

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Pero si lo que se busca es un corredor turístico no hay mejor lugar que la Rúa do Franco ;)  Es una larga y curva callejuela peatonal donde se encuentran un sinfín de restaurantes y tiendas de todo estilo, donde el turista puede encontrar prácticamente cualquier cosa que busque para llevar consigo el mejor recuerdo de Santiago.

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Si hay algo que debo confesar es que las tapas en Galicia simplemente no son las mejores de España :unsure: De hecho, la cultura tapera de la ciudad me pareció bastante pobre, ofreciendo en muchos casos sólo un pequeño trozo de pan por cada copa demandada en la mesa :(

Pero Galicia no le envidia mucho al resto del país, pues tiene lo mejor en mariscos y vino tinto ^_^ Y no podemos salir de Galicia sin probar una empanada gallega, un plato de pulpos a la gallega y una copa de vino Ríax Baixas. Y aunque en la Rúa do Franco podemos hallar esto y mucho más, siempre podemos encontrar mejor comida y a mejor precio fuera del cuadro histórico de la ciudad ;)

En la parte más occidental de la zona vieja está la enorme explanada de la Praza du Obradoiro, un cuadrante empedrado que se ostenta como el punto céntrico de la ciudad. A sus orillas se elevan la rectoría de la Universidad, el Hostal de los Reyes Católicos y el Palacio del Ayuntamiento. Pero la construcción más emblemática es y será siempre la imponente Catedral de Santiago de Compostela.

Catedral de Santiago de Compostela

Su construcción como se le conoce hoy en día da comienzo en el siglo XI, aunque sus múltiples partes fueron hechas y reconstruidas a lo largo de los siglos XVI y XVII. Es por ello que presenta estilos tan distintos en toda su estructura, aunque lo más atractivo es su fachada principal.

La cara barroca con su pórtico románico se engalana con sus dos torres, quizá, los puntos más altos de toda la ciudad, visibles desde muchos puntos de toda la villa de Santiago.

Catedral de Santiago de Compostela

Es esta enorme catedral quien reemplaza a aquella pequeña capilla que el rey asturiano mandó a erigir al enterarse del descubrimiento de los restos del apóstol, misma que fue incendiada en manos de los moros.

Esos mismos restos son los que supuestamente descansan hoy en el claustro de la catedral, que han sido y siguen siendo el motivo que convierte a Santiago de Compostela en uno de los puntos de peregrinación más importantes del mundo cristiano, peregrinación que da pie al célebre camino de Santiago.

 

O CAMINHO DO SANTIAGO

Desde la Edad Media, cuando la ciudad nació de aquel mito católico, miles de personas marchaban hasta Santiago como una muestra de fe por el apóstol y por Jesucristo mismo. Se dice que el primer peregrino fue el rey asturiano Alfonso II, quien caminó hasta el Campus Stellae (que devendría en Compostela) para encomendarse a las reliquias.

Ya que Jerusalén y la Tierra Santa habían caído en manos de los musulmanes, Santiago se convirtió en uno de los puntos de peregrinaje cristianos más importantes. Así, ayudó a difundir la cultura española por toda Europa y fue uno de los puntos clave en la lucha hispánica por la Reconquista de sus tierras para exiliar a los moros.

Sin embargo, el llamado Camino de Santiago cayó en el olvido a finales de la Edad Media y durante la Era Moderna, perdiendo así la ciudad entera la atención que todo el mundo cristiano le tenía.

No obstante, durante el siglo pasado se hicieron esfuerzos para recuperar la tradición del histórico camino, y hoy se presume como uno de los senderos más famosos de todo el planeta, por el que miles de católicos, aventureros, mochileros y senderistas darían todo por realizar :rolleyes:

Cabe destacar que no existe un solo Camino de Santiago. Hay una lista interminable de rutas por toda España, Portugal, Francia y otros lugares de Europa. Pero todos ellos culminan allí, en la gran Catedral de Santiago de Compostela, justo donde se encuentran las reliquias del apóstol Santiago.

En 1993 el Camino de Santiago Francés fue declarado un bien cultural Patrimonio de la Humanidad. Y para muchos es todo un orgullo y una meta a cumplir.

Por ello, es muy común toparse todos los días con grupos de senderistas que llegan a la ciudad después de varias semanas de caminatas. Algunos caminaron 100 kilómetros. Otros más de 1000. Y me atrevería a decir que no muchos de ellos llegan para agradecer al apóstol, sino simplemente como una forma de conservar una bella tradición y de romper objetivos físicos, a la par de los bellos paisajes de los que son testigos en el camino.

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Gordas mochilas, bastones, ponchos impermeables y un olor peculiar. No es difícil reconocer al peregrino que llega a la ciudad y se sienta entusiasmado en la Praza do Obradoiro.

Existe además toda una cultura del peregrino de Santiago, con una compleja simbología y una red de albergues, restaurantes y hasta aplicaciones de smartphones destinados solo a ellos. Y uno de esos símbolos es el peregrino escondido.

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Se trata de un pilar tras la catedral de Santiago donde, por las noches, la luz refleja una sombra extraña que, con nuestra imaginación, toma la forma de un peregrino. Es definitivamente toda una atracción turística que nadie se puede perder al visitar la ciudad :)

 

ZONA NUEVA DE SANTIAGO

En el ala sur de la ciudad encontramos la llamada zona nueva, misma que me acogió durante mis últimos tres meses :big-grin:

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Es aquí donde encontramos las tiendas de moda, discotecas, bares de tapas, bancos, cafeterías, edificios habitacionales y todo lo que una ciudad moderna necesita ;)

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Una de las atracciones más llamativas y curiosas es una pequeña estatua en la Alameda Central, de dos mujeres vestidas y maquilladas de forma extravagante.

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Más allá de una jovial fotografía con las dos señoras, la historia Las Marías no es del todo agradable. Ambas eran hermanas, costureras y pobres. Se quedaron sin trabajo y vivían de las limosnas. Pero su salada y chusca actitud, sobre todo con los jóvenes estudiantes, las condecoró siempre como dos mujeres muy felices, a pesar de haber sido tachadas de locas o putas O_o

Todo esto pasó en la época de la oscura dictadura. Su espíritu colorido y vivaz era toda una chispa de luz y optimismo ante una Galicia gris y ensombrecida por la dura dictadura militar. Es por ello que, más allá de haber sido un personaje de la cultura popular, son un símbolo de la resistencia a la opresión política y del nacionalismo gallego.

Todavía más al sur, pasando la estación de trenes, nos toparemos con un complejo de edificios bastantes posmodernos, situados en lo alto de una colina a las afueras de Santiago.

Ciudad de la Cultura de Galicia, Santiago de Compostela

La Ciudad de la Cultura de Galicia es un proyecto que tiene como objetivo hospedar a toda exposición que enaltezca al arte y a la cultura gallega, con la mejor de las instalaciones de vanguardia.

Ciudad de la Cultura de Galicia, Santiago de Compostela

Aunque por sus empinadas rampas y asfalto de formas curvas, muchos skaters la utilizan como pista de patinaje :D

Ciudad de la Cultura de Galicia, Santiago de Compostela

 

LA VIDA EN SANTIAGO

Santiago resultó ser justo lo que esperaba. Una pequeña ciudad con una vida tranquila sin ningún estrés de ningún tipo.

La lluvia no cesó durante todo el otoño, y el invierno trajo consigo heladas temperaturas, que rara vez llegaron a tapizar con nieve el suelo.

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Al final entendería que para conocer la ciudad, no bastaba con recorrer día con día sus estrechas calles. Más bien adentrarse al mundo espiritual que rodea a cada viejo edificio :rolleyes:

España

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    1. Cuando fui elegido por el Ministerio de Educación francés para trabajar en Lyon algunos meses una de las cosas que más me alegró escuchar fue la privilegiada ubicación en la que se encuentra posada la ciudad.

      La confluencia de los ríos Ródano y Saône que esculpen dos colinas que dominan la metrópoli dan a Lyon el toque perfecto entre urbanización y naturaleza, lo que sin duda me regocijó de haber sido enviado allí en lugar de a ciudades como París.

      De hecho, desde la cima de la Croix Rousse y Fourvière, las dos colinas lionesas, se podía avistar a lo lejos la figura de los Alpes que custodian la frontera francesa. Algunos dicen que con mucha imaginación y esfuerzo, el Mont Blanc se aparecía en los días más despejados.

      A pesar de las recomendaciones de muchos, dejé pasar el invierno sin visitar una estación de esquí. Abril había llegado y mucha de la nieve se había derretido, aunque en los Alpes siempre existen picos cubiertos de nieve durante todo el año.

      Mi firme decisión de pasar por alto el esquí tuvo una sola razón: su alto precio. Por ello aproveché el invierno para visitar otros países que ansiaba conocer. No obstante, sabía que no dejaría pasar los Alpes franceses antes de partir de Francia. Y por ello decidí visitar Annecy.

      Las villas alpinas como Annecy son famosos destinos turísticos de fin de semana. Fue por eso que mi amiga Lianne y yo preferimos hacerlo un miércoles, día libre para ambos en la escuela donde trabajábamos.

      130 kilómetros son los que separan a Lyon de Annecy, ubicadas en la misma región de Auvernia-Ródano-Alpes, aunque Annecy pertenece a otro departamento, el de la Alta Saboya.

      La Casa de Saboya fue una casa real europea que gobernó un estado independiente por varios siglos, territorio que actualmente forma parte de Francia. La mayor atracción de la Haute Savoie es nada menos que el Mont Blanc, la montaña más alta de toda Europa. Pero poco interesados en el alpinismo, Lianne y yo nos conformamos con admirar los Alpes desde tierras bajas.

      El tren hasta Annecy no tardó mucho en arribar. Y sin llegado el mediodía, nos dimos cuenta de que habíamos elegido un excelente día para la visita, que gozaba de un radiante sol y un liviano fresco que golpeaba desde el este.

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      La estación central de Annecy está convenientemente ubicada justo al lado del casco antiguo, en el que pronto nos sumergimos en una tranquila mañana despejada de turistas.

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      Las casitas de colores, los preciosos puentes de madera, los balcones llenos de flores y el reflejo de los mismos en los canales de agua cristalina pronto nos dejaron en claro el origen del apodo de Annecy: la Venecia de Saboya.

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      Para ese entonces había perdido la cuenta de cuántas ciudades había ya visitado cuyo apodo fuera “la Venecia de algo”. Brujas, Ámsterdam, Colmar. Pero incluso después de haber estado en la propia Venecia, la belleza de pueblos como Annecy no se comparaba con ninguna del resto.

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      No tardamos mucho en atravesar el centro histórico de la ciudad, que como capital de la Alta Saboya parecía bastante pequeña.

      Sus caminos nos llevaron hasta un malecón, que recorre un tramo de la orilla del lago de Annecy, el paisaje que todos buscan al viajar a este rincón de Francia.

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      Es bien sabido por muchos el cuidado que Suiza tiene por preservar sus paisajes naturales. Pues bien, ese mismo extremo cuidado lo han copiado sus hermanos fronterizos para conservar lugares como el lago de Annecy.

      El claro azul de su superficie es testigo de la pureza de sus aguas, que caen directamente desde los picos nevados de los Alpes a sus orillas.

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      El malecón ofrece a sus visitantes una gama de actividades acuáticas para disfrutar mejor del lago, como paseos en bote de remo, botes de motor, veleros e, incluso, practicar esquí acuático en los días cálidos.

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      Ya que el sol todavía no alcanzaba su punto más cenital debido a la temprana hora, no nos era posible divisar la nieve de las montañas, que se perdía difuminada con el azul del cielo. Así que volvimos al centro para dar una caminata.

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      A orillas del canal la iglesia de Saint François de Sales es una de los principales templos católicos que dominan el centro de la ciudad, aunque nada imponente comparado con otras parroquias de su estilo.

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      Los cafés y restaurantes al lado del canal se habían comenzado a llenar de turistas y locales que buscaban un buen sitio para la hora del almuerzo.

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      La razón por la que Lianne y yo teníamos libre los miércoles en Francia era la misma razón por la que muchos franceses podían darse la libertad de almorzar juntos aquel día.

      El gobierno francés decidió hace algunos años que las clases de educación básica finalizaran máximo a las 12 los días miércoles en todo el país, a diferencia del resto de la semana, en que muchos estudiantes se quedan en la escuela hasta las 5 o 6 de la tarde.

      Es la manera del gobierno de fomentar el tiempo en familia, brindándole a muchos trabajadores el beneficio de trabajar menos horas el miércoles para pasar más tiempo de calidad con sus hijos.

      Annecy es también sede de una famosa tienda de helados artesanales, que se han ganado la fama de ser de las mejores heladerías de Francia.

      Ofrece más de 70 sabores de helados en presentaciones que van desde una bola hasta nueve. ¿Nueve bolas de helado en una villa de los Alpes? Ni siquiera en un día tan soleado podía tentarme una oferta así.

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      La primavera se hacía presente no solo en los floreados balcones del casco antiguo, sino en los árboles que con el viento dejaban caer sus pétalos rosados sobre las calles de piedra.

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      Esas mismas rúas nos guiaron hasta la cima de una de las colinas a orillas del canal, donde se asomaba la torre del castillo de Annecy.

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      Como toda buena urbe europea, Annecy cuenta con su propio castillo fortaleza, que fue residencia de los condes de Ginebra y de los duques de Genevois-Nemours en tiempos en que Saboya era un condado y ducado independiente.

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      Las casitas a su alrededor traen a la mente sin duda a las viviendas de los Alpes Suizos. Su cercanía con el país helvético no solo se nota en sus moradas, sino en sus tradicionales platos como el fondue y la raclette.

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      Y hablando de comida, el hambre se nos hizo presente pasado el mediodía, así que volvimos al centro por un par de bocadillos y un café para despistar el cansancio.

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      En una de las cafeterías de la célebre calle Santa Clara, almorzamos bajo sus centenarias arcadas de piedra.

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      Seguimos nuevamente de largo el canal por su floreado malecón, que para entonces se había llenado ya de vida por el ánimo de sus transeúntes.

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      De regreso en la orilla del lago el sol había ya iluminado los picos de los Alpes, que hasta entonces nos dejaban ver el poder con el que custodiaban la ciudad.

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      Las embarcaciones habían comenzado a zarpar para pasear a los más deseosos por la superficie de la cristalina laguna, sobre la que incluso se veía a un par de aventureros sobrevolando a bordo de un parapente.

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      Sobre el famoso parque de los Jardines de Europa nos sentamos a comer un helado, mientras contemplaba por última vez la siempre extraordinaria cordillera alpina.

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      Nos despedimos de la ciudad, no sin antes decirnos que no sería la última vez que contempláramos los Alpes, así como no sería la última vez que Lianne y yo viajaríamos juntos, ya que un fin de semana después nos reuniríamos para otra fugaz visita a un pueblo francés.

    2. Una pandilla de más de ocho países diferentes se despertó una mañana en un hostal de Brujas, compartiendo todos una indeseable sensación: la corpulenta resaca que una noche de fiesta en Bélgica es capaz de dejar.

      Una cata de las mejores cervezas belgas seguida de baile y más cerveza en un bar local los dejaron caer muertos en sus camas, de las que nadie quería levantarse para desalojar el hostal la siguiente mañana.

      Una argentina despertó bajo las mismas sábanas que un portugués. Un mexicano y una uruguaya salieron en busca de un desayuno que les quitara de encima el pesar del alcohol. Yo, por mi parte, reñía con mi traicionero reloj biológico, que ni en aquel día me permitió salir de la cama más allá de las 9 a.m.

      Mark y Andrew, los dos australianos que había conocido la noche anterior, partieron temprano hacia la estación central, para no perder la reserva de su tren a Amberes, a poco más de 100 km al este de Brujas.

      En esa misma ciudad, Fred esperaba mi arribo aquella tarde, a quien había contactado por Couchsurfing algunos días antes. Así que luego de darme un tiempo de espera en el lobby, me despedí del clan y me dirigí a la central de trenes, siguiendo los pasos del grupo de portugueses, que al parecer también habían elegido Amberes como su próxima escala.

      Cerca de la 1:30 de la tarde llegué a la ciudad, que me recibió con una de las estaciones de trenes más bellas que jamás haya visto.

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      Aunque la primera estación de Amberes fue hecha en 1836, fue a finales del siglo XIX, entre 1895 y 1905, que el actual edificio fue construido.

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      La enorme estructura que incluye una cúpula sobre la sala de espera fue diseñada por tres de los mejores arquitectos de la época, lo que la convierte en el mejor ejemplo de arquitectura ferroviaria de toda Bélgica.

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      Si bien la época dorada de Amberes se sucedió hace unos cinco siglos, la ciudad quiso competir contra las grandes metrópolis de la belle époque, como París, Londres, Milán y Nueva York. Y aunque no logró su cometido, elementos como su estación de trenes son un gran ejemplo de la lucha que llevó por alcanzarlo.

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      A unos pasos de la extraordinaria terminal, Fred esperaba por mí a bordo de su bicicleta. Llevaba ya varios años viviendo en Amberes, una de sus ciudades favoritas en toda Bélgica, me hizo saber. Y convenientemente para mí, su apartamento estaba a unas cuantas cuadras a pie.

      Un almuerzo en la comodidad de su casa y una ducha caliente por fin vencieron mis fuerzas, agotadas por la resaca de la noche anterior. Y quedarme a descansar era la mejor opción si quería conocer Amberes con la energía que se necesitaba. Así que aguardé al siguiente día para hacer mi recorrido turístico.

      Me encontré así la próxima mañana con Mark y Andrew, los australianos que no dejaban de llamarme “Sánchez”, y por una buena razón.

      La noche anterior, en medio de la juerga entre las cervezas belgas y la música, Mark se quedó mirándome fijamente. —¿Alguna vez alguien te ha dicho que te pareces al jugador Alexis Sánchez? —preguntó—. Sí, me lo han dicho varias veces —contesté con una sonrisa escondida.

      Y esa era la verdad. No era la primera vez que alguien me encontraba un parecido con Alexis Sánchez. Mis alumnos en Francia me lo decían todo el tiempo. Aunque siempre lo hacían después de saber que mi nombre es Alexis. Aquella noche en Brujas fue la primera vez que alguien me comparó con Alexis Sánchez sin antes saber mi nombre.

      — ¿Y cómo te llamas? —preguntó Andrew—. Me llamo Alexis —repliqué. Por supuesto, la cara de asombro de ambos por la increíble coincidencia era de esperarse. Sobre todo al ser fanáticos del fútbol europeo y de la Champions League. Después de todo, así como nosotros vemos a todos los chinos iguales, puede que algunas personas nos vean a todos los latinos de la misma forma.

      Caminé en su compañía hacia el centro histórico de Amberes, cuya primera vista fue la de una ciudad moderna.

      Una estrecha vía peatonal nos llevó hasta el frente del Boerentoren, la Torre de los campesinos, de 97 metros de altura, la construcción más alta de Amberes.

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      El Boerentoren es un edificio art déco que no parece más atractivo que muchos otros en el mundo ni en Europa. Pero se trata nada menos que del primer rascacielos construido en el continente europeo, convirtiéndose en un ícono de la revolución arquitectónica en 1931, año de su nacimiento.

      Dos cuadras detrás del rascacielos llegamos a la Groenplaats, una explanada que marca el núcleo del casco viejo de Amberes. Y en su centro lo lidera el mayor ícono de la ciudad: Pedro Pablo Rubens.

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      El reconocido pintor vivió la mayor parte de su vida en Amberes, donde tuvo su taller que hoy se exhibe como museo, y donde consagró a grandes discípulos, entre los que se encuentra Van Dyck.

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      Entrada al taller de Rubens.

      Rubens fue un orgullo del Imperio Español, ya que durante su vida, Flandes y los Países Bajos estaban bajo el dominio ibérico gracias al matrimonio de Felipe el Hermoso con Juana I de España, a quienes le siguieron el famoso Carlos V y Felipe II.

      No obstante, los flamencos siempre sintieron a Rubens como un orgullo de Flandes, digno representante del barroco y de la escuela flamenca, a pesar de que la mayoría de sus obras fueron hechas para la casa real española, por lo cual muchas de sus pinturas se resguardan hoy en el museo del Prado, de las cuales tuve la fortuna de ser testigo.

      No es de extrañarse entonces que homenajes a Rubens se encuentren en cada esquina de Amberes, luciendo su busto como el mejor artista flamenco de la historia.

      Y sin duda una de las cosas que más nos llamaron la atención al posarnos frente a Rubens fue la imponencia de la torre que salía a sus espaldas, el campanario de la catedral de Amberes.

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      Su hermosa fachada la convierte en una de las iglesias góticas más importantes de Europa, y con la magnitud de su torre no me extrañó encontrarla en la lista de los campanarios municipales de Bélgica y Francia inscritos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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      A unos pasos llegamos a la plaza central, la que solía ser la plaza del mercado en épocas antiguas.

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      Al igual que la Grand Place de Bruselas, la explanada de Amberes deja al rojo vivo la más bella arquitectura que Flandes puede presumir. Altos edificios de tejados en triángulos estrechamente unidos unos a otros.

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      En su centro se yergue una singular escultura, la fuente de Brabo. Cuenta la leyenda de la fundación de la ciudad, en la que el soldado Brabo combatió contra un gigante, y al derrotarlo arrojó su mano al río, dándole el nombre neerlandés a la nueva metrópoli, Antwerpen (hand werpen, algo como mano lanzada).

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      Al lado de la Grote Markt apareció frente a nosotros el Ayuntamiento de Amberes, que aunque no más grandioso que el de Brujas o Bruselas, sigue siendo una magnífica pieza que mezcla estilos flamencos con italianos.

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      Si bien su altura no es imponente, también se encuentra inscrita dentro de la lista de campanarios de Bélgica y Francia reconocidos por la UNESCO.

      A los costados de la plaza y en nuestro camino hacia el río, una pequeña tienda llamó la atención de los tres. Un pequeño comercio de papas fritas, que según nos habían dicho, era de los mejores de Amberes.

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      Es muy cierto que a comparación de Francia, los belgas llevan una dieta mucho más pesada. Orgullosos de la cerveza y los waffles, las papas fritas no pueden quedarse atrás, y Flandes y todo Bélgica no pierden la oportunidad para recordarle al mundo que las papas “a la francesa” no son francesas, sino belgas.

      Pareciera que las papas fritas no tienen ninguna ciencia detrás de su elaboración. ¿Qué hay aparte de cortar, freír y salar patatas? Pues bien, la receta original es muy distinta al resto del mundo. Las papas deben freírse en grasa de ternera a una temperatura de 160°C hasta que las primeras papas floten en la superficie del aceite. Después se dejan reposar unos 5 minutos para luego freírlas por segunda vez, esta vez a 180°C, hasta que adquieran su color dorado.

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      El hecho de servirlas en un cono de cartón es para que absorba el exceso de grasa. Un platillo apetitoso, pero sin duda muy calórico, y una gigantesca tentación para quien quiera perder peso y decida viajar hasta Bélgica. Yo, por mi parte, no pude terminar un cono mediano de papas, que acabaron en la boca de Mark.

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      Seguimos andando hasta toparnos con el río Escalda, que rodea al centro histórico en su lado oeste.

      En sus orillas nos topamos con el castillo Steen, la construcción más antigua de Amberes, la única fortaleza medieval que queda en pie en la ciudad.

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      Fue construido después de las incursiones vikingas durante la Edad Media. Es bien sabido que los pueblos nórdicos saquearon varias de las ciudades europeas, sobre todo las que dominaban en importancia en las costas.

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      Aunque Amberes no figuraba como una de las urbes más admiradas de Europa en el medievo, durante el siglo XVI se convirtió en una prominente potencia comercial, llegando a controlar más del 10% de la economía mundial.

      Y eso no se debió a otra cosa que a su imponente puerto náutico, que se alzó en las orillas del Escalda, que conecta a la ciudad de forma natural con el Mar del Norte.

      Para tener una mejor vista del río y del paisaje de la ciudad, los australianos y yo decidimos subir a la terraza del Museum aan de Strom, un moderno edificio de ladrillos y cristal que se posa en el medio de un estanque artificial que se baña con las propias aguas del río.

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      El edificio mide 60 metros de altura, y fue el lugar perfecto para disfrutar de una vista panorámica de Amberes.

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      Aunque el cielo seguía nublado, la suerte corrió de nuestro lado. Y a pesar de un viento que soplaba con fuerza desde el océano, la lluvia no se azotó sobre nosotros.

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      Desde lo alto pudimos ver a lo lejos las siluetas de las grúas y contenedores del puerto de Amberes, el segundo más grande de toda Europa y uno de los más grandes del mundo.

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      En los tiempos en que Flandes floreció como una potencia gracias al dominio español en los Países Bajos, Amberes figuró como el puerto más importante del continente, monopolizando el comercio con trabajadores provenientes de Venecia, Portugal, España y Génova.

      No era de extrañarse que con la mezcla de las nacionalidades expertas en la navegación y el comercio mercantil, Amberes pronto marcara su lugar en el mundo.

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      Al igual que las ciudades neerlandesas y flamencas que ya había visitado, Amberes también contaba con su propio Red lights district, el distrito de las luces rojas, donde la prostitución y las casas de sexo son algo común, aunque difícil de fotografiar. Y en un día como aquel, parecía bastante vacío.

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      La caminata nos llevó hacia el sur del casco viejo, a la entrada del túnel de Santa Ana, que conecta la Vieja Amberes con la Nueva Amberes, una zona más residencial.

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      El túnel fue inaugurado en 1931 y se conserva desde entonces con el mismo modelo original. Las mismas paredes, mosaicos, incluso las mismas escaleras eléctricas de madera, que fueron las primeras en toda Europa, marcando un hito más de la ingeniería.

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      Nosotros por nuestra parte tomamos el ascensor, un gigantesco sube y baja donde caben 40 personas, incluso con sus bicicletas a bordo.

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      Y es que es normal para los turistas cruzar el pasaje en bicicleta. Después de todo, es más largo de lo que parece, y desde el punto donde estábamos no lográbamos ver el final.

      No quisimos cruzar a pie y volvimos a la superficie, para perdernos un poco en la Kloosterstraat, una vía llena de tiendas de antigüedades y curiosidades.

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      El barrio de la Kloosterstraat fue otro gran ejemplo del amor que le tienen los belgas a los murales y al grafiti, que aunque menospreciado por muchos, para mí es toda una obra maestra de arte.

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      Incluso el famoso Tintín no tardó en aparecer nuevamente en una de las paredes, el cómic belga más querido por todos, después de Los Pitufos, por supuesto.

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      Caminamos de vuelta al centro y encontramos un buen mercado gourmet donde almorzar, antes de que Mark y Andrew volviesen a su hostal y yo retornara a casa de Fred.

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      Una vez más, me despedí de un par de buenos aventureros que mis viajes me había dado el placer de conocer. Ambos se dirigían ahora a Múnich para asistir un partido de del Bayern. Les deseé la mejor de la suerte, y que por fin algún día conocieran al verdadero Alexis Sánchez, y no a una versión falsa como yo.

      Esa misma noche volví a Bruselas para luego viajar a París, donde pasé mis últimos días de vacaciones de invierno antes de regresar a mis labores como maestro en Lyon.

      Bélgica me había dado un primer vistazo de la Europa del norte, y ahora que el clima comenzaría a hacerse cada vez más cálido, era momento de pensar en destinos más soleados y coloridos.

    3. Hacía bastante que no planificaba un viaje al Sur de mi país, aunque ya viajé varias veces, no he terminado de recorrerlo... Tiene muchos lugares turísticos, otros no tanto y muchas cosas para ver y para hacer, en un sólo viaje es prácticamente imposible conocerlo completo.

      Esta vez no quería un viaje de muchas idas y vueltas, con varias paradas, varios hospedajes, varias veces de armar y desarmar valijas, sino que quería viajar más tranquila, con la famosa modalidad de slow travel. Considero que para conocer un destino hay que estar varias noches, sino es una simple “pasada por el lugar”.

      El Chaltén tiene el apodo de Capital Nacional del Trekking, esto es así porque tiene varios caminos para hacer con vistas a imponentes paisajes. Sabía que iban a ser seis largos días donde más que descansar, iba a sentirme parte del paisaje. Armé el equipaje con los bastones de trekking, calzados apropiados y ropa cómoda...

      El primer día, como en todo viaje sirve para ubicarse y acomodar el equipaje. Es un pueblo muy pequeño con muy pocas cuadras, pero con una gran cantidad de negocios, todo en función del turismo. El Chaltén es un lugar único y muy especial. Está dentro de un parque, el Parque Nacional los Glaciares, es un pueblo que vive exclusivamente del turismo y que se fundó hace muy poquito, en el año 1985. Como está en un Parque Nacional, no tiene aeropuerto, para llegar lo más cómodo es tomar un avión hasta El Calafate y desde allí un transfer. En mi caso, el viaje había sido bastante largo, desde mi ciudad, Mar del Plata a la Capital Federal, desde allí a El Calafate y finalmente a El Chaltén, unas cuantas horas de viaje y otras tantas en espera...

      El segundo día que llegamos, El Chaltén amanecía con un día único, soleado, sin viento (cosa bastante rara para tratarse de la Patagonia) y con una muy buena temperatura. Después de desayunar en el hotel salimos a caminar con rumbo al Cerro Torre. Hay varios circuitos de trekking, este está considerado como de dificultad intermedia. Es un trayecto de 22 kilómetros, está calculado para hacerse entre 5 y 6 horas. Así que salimos temprano, equipados con todo lo necesario para pasar el día, agua, frutas, un almuerzo liviano. Un consejo importante que nos habían dado los lugareños es que, el agua que se encuentra en el camino en los arroyos y cascadas es natural y que no es necesario entonces trasladar varias botellas de agua, basta con llevar una y recargar. Creo que nunca había tomado una agua tan rica y fresca :big-smilB:

      Otra de las caminatas que se pueden hacer en este pueblo de montañas, es ir al Fitz Roy, es la meca de los escaladores y el camino más buscado por los amantes de las caminatas o del senderismo. Hubiera estado muy bien tener un día de descanso entre caminata y caminata, pero estaba anunciado mal tiempo para los días siguientes. Dicen los lugareños que un día de sol, despejado y sin viento, no se puede desaprovechar... A pesar del cansancio, luego del desayuno volvimos a salir. Para llegar al inicio del camino es conveniente tomar un minibus. Una vez llegado al punto de inicio nos esperaban unas nueve horas de caminata. Son unos 25 kilómetros. Lo bueno es que era verano y en verano en el sur, oscurecer después de las 22:30. De todas maneras salimos temprano para que no nos agarrase la noche en el camino. Durante la primera hora, la pendiente del camino es algo pronunciada, tuve que ir haciendo pausas para evitar la sensación molesta de falta de aire. Los ñires forman parte del paisaje junto con arroyos. Lo más lindo, el silencio y el aire puro. El punto más difícil del camino, es una pendiente empinada, la cual debe tener aproximadamente unos 400 metros. Demanda, según los carteles una hora de esfuerzo, ante mi falta de experiencia en este tipo de "travesías" me tomo una hora y media. De todas maneras cada segundo de esfuerzo valió la pena para disfrutar de La Laguna de los Tres con unos imponentes cerros de fondo. Después de tanto andar, era hora de sentarse a descansar, contemplar y hacer un picnic disfrutando tal hermosa postal.

      Una vez finalizado el almuerzo tuvimos que emprender el regreso, en total fueron aproximadamente nueve horas de caminata, a pesar del cansancio se disfruta igual, a lo largo del camino aparecen distintas postales que son realmente únicas.^_^

      Los días siguientes fueron más tranquilos en cuanto a caminatas y exigencias físicas. Hicimos el paseo más sencillo, visitar el Chorrillo del Salto y lógicamente probar su exquisita agua pura de deshielo.

      A los días siguientes el tiempo empeoró :mellow:, pero no fue un impedimento para seguir paseando.... Hicimos una excursión al Lago del Desierto, otro paraíso natural con senderos para caminar, afortunadamente mucho más sencillos.

      También visitamos los miradores desde donde se puede ver el pequeño pueblo rodeado de montañas que marcan sus límites naturales.

      Hubiera faltado más tiempo para recomponerse y hacer la tercera caminata larga que propone este destino, visitar el Pliegue Tumbado, pero de todas formas es lindo que siempre quede algo pendiente para planificar una vuelta ^_^... El Chaltén es un pueblo único, al que seguramente en otra oportunidad volveremos! :big-smil::big-smil:

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