16 euros a Frankfurt

AlexMexico

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La ansiedad por los precios baratos en los vuelos lowcost dentro de Europa me había traído hasta el occidente de Alemania al lado de Jacob, quien fuera mi compañero de piso en España y ahora mi colega de viaje.

Si bien cinco días podía parecer muy poco para una región tan grande, después de haber visitado la pequeña ciudad de Heidelberg estábamos listos para continuar con nuestro objetivo inicial, conocer la ciudad de Frankfurt, a donde habíamos viajado desde Galicia por solo 16 euros. ;) 

A 100 km al sur tomamos el autobús en la estación central de Heidelberg, en una fría y nublada noche. Sabíamos que había valido mucho la pena desviarnos un poco para sumergirnos en aquella pequeña villa alemana que nos mostró parte de su historia medieval y una navidad de cuento. Pero el tiempo corre rápido y no podíamos dejar pasar la gran metrópoli germánica.

Eran principios de diciembre, apenas otoño, pero el horario de invierno dejaba notar el oscuro y frío ambiente del norte de Europa, donde a las 17 horas el sol se había esfumado por completo. :huh:

Alrededor de las 7 pm llegamos a la central de autobuses, no muy lejos del centro financiero de Frankfurt. Era allí donde debíamos esperar a Alex, el couchsurfer que nos hospedaría por las siguientes cuatro noches. Y justo frente al enorme símbolo del euro, que marca la entrada a la torre del Banco Central Europeo, apareció él. Después de un trabajo de oficina, como si fuera un trabajo cualquiera. Un trabajo como traductor en el banco que controla toda la eurozona y las divisas internacionales.

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Alex se comportó de forma muy afable desde nuestro arribo. Camino a casa comenzamos a platicar y conocer un poco más de nosotros, algo imprescindible para todos los que busquen hacer Couchsurfing.

Londinense de nacimiento, judío de familia; una de muchas que había huido en la Segunda Guerra Mundial. Hablaba un español perfecto, con un notable acento de España, además de francés, griego y tailandés, sin mencionar su inglés británico. Había trabajado trece años para el Banco Central Europeo y había hecho de Frankfurt su residencia actual, aunque constantemente viajaba a Tailandia para dar clases de inglés.

Una historia mucho más larga de la que Jacob o yo podíamos contar. :D  Y si bien no era alemán, ni Alemania era su país favorito, gracias a él conoceríamos lo mejor de la ciudad, empezando por su adorable apartamento.

Un moderno edificio a orillas del río Main, que cruza la ciudad de este a oeste, alojaba su apartamento de unos 60 metros cuadrados. Piso de madera perfectamente barnizado, suaves alfombras sobre las que estaba prohibido caminar con zapatos. Dos cuartos luminosos con camas y cobertores calientes, un baño amplio; una cocina completa en acero inoxidable con vajilla nueva y una isla para preparar la comida. Y una sala comedor enorme con vista a la rivera del río y los edificios de la ciudad.

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Aquello era mucho más de lo que Jacob y yo habíamos esperado. Y como muestra de agradecimiento hicimos la cena para tres: un buen estofado de pollo como solíamos hacer en casa.

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Para la siguiente mañana Alex nos dejaría las llaves de su casa, pues normalmente regresaría tarde de la oficina. Mientras tanto Jacob y yo recorreríamos la fría ciudad de Frankfurt.

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Una espesa niebla cubría casi todo el horizonte. Aunque se acercaba el mediodía, el clima era verdaderamente helado. Unos cero grados y un viento proveniente del río que calaba los huesos hasta lo más profundo. Para dos chicos de la costa del Golfo de México que nunca habían visto la nieve eso era demasiado. :wacko:

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Me sorprendía ver, incluso, cómo la gente corría para hacer sus ejercicios matutinos, sin importar las bajas temperaturas y la constante neblina que opacaba la vista. Pero a todo se acostumbra uno, supongo. :huh:  

Frankfurt es una ciudad antigua que existe, incluso, desde antes de que los romanos se apoderaran de estas tierras. Personajes como Carlomagno vivieron aquí por mucho tiempo.

Sin embargo, sería el Sacro Imperio Romano Germánico quien le daría por varios siglos su identidad como futura ciudad del Imperio Alemán.

Pero esto es algo que no se sabe a simple vista. Caminar por Frankfurt no tiene nada parecido a caminar por una villa medieval o a través de castillos imperiales o renacentistas. Caminar por Frankfurt es nadar entre los ríos de acero de la capital financiera de una Alemania ultramoderna.

Y todo ello tiene una lógica explicación: la Segunda Guerra Mundial.
Lamentablemente hablar de Alemania a comienzos del siglo XXI es hablar de un país que hasta hace 25 años estaba divido por las potencias mundiales a causa de la guerra más mortífera que haya vivido el planeta.

Muchas de las grandes ciudades alemanas fueron destruidas por los bombarderos aliados hacia 1944 y 1945. Entre ellas Frankfurt.

Aunque los vestigios originales y el patrimonio arquitectónico se perdieron casi por completo, con los años se logró reconstruir algunas de las principales estructuras simbólicas de la ciudad.

Una de las que se logró mantener en pie fue la Iglesia de San Pablo, lugar donde nació el primer parlamento alemán libremente elegido, tras la diseminación del Sacro Imperio Romano.

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Todo esto pudimos aprenderlo en el Museo de Historia de Frankfurt, que con entrada gratuita por ser residentes europeos nos mostró un lado que no conocíamos de la gran metrópoli.

En su interior, una antigua maqueta es el único recuerdo de cómo lucía la ciudad antes de su destrucción.

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Tras sumergirnos un poco en su historia, seguimos caminando por las calles del centro, para disfrutar una vez más de lo que más nos había enamorado de Alemania: el mercado navideño. <3

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Como toda buena ciudad alemana, el mercado navideño de diciembre no podía faltar en una urbe como Frankfurt. Heidelberg nos había enseñado un mercado un tanto menos turístico y mucho más tradicional. Ahora tocaba el turno de un mercado más grande, caro y ostentoso.

La plaza central de Frankfurt alojaba a este encantador laberinto de pasillos de ensueño, la llamada Plaza Römer.

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Se trata de un grupo de viviendas de puro y típico estilo arquitectónico alemán que fueron bombardeadas por los ingleses en la guerra.

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Desde los años ochenta se reconstruyó hasta en el más mínimo detalle el conjunto entero de casas, que hoy dan una idea bastante real de cómo lucía la ciudad antes de los años 40s.

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Las ventanas altas, los barrotes de madera en colores ocre, los tejados en “V”, las puntas góticas y las fachadas cuadradas como pixeles digitales. Era una forma de imaginarse a un pueblo alemán; pero definitivamente no a Frankfurt.
Y entre aquellas bellas fachadas nos encontramos nuevamente con una navidad adelantada.

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Puestos llenos de chocolates, caramelos, café, té, bombones, galletas, pretzels, bizcochos y todo lo necesario para transportarse a un pequeño cuento en una alejada villa nevada del polo norte. <3

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Las risas de los pequeños, todos bien abrigados por sus madres, se escuchaban una y otra vez a cada vuelta del carrusel y de los juegos mecánicos que los divertían entre la multitud.

Esta vez cada figurilla de colección y cada bocadillo en las vitrinas costaban algunos céntimos más que en Heidelberg. Algo normal si pensamos en la proporción de turistas que visitan ambas ciudades.

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Pero no nos importaba. Y si bien ya habíamos probado muchas cosas en Heidelberg, no podíamos resistirnos a aquel platillo que nos enamoró: las salchichas bratwurst. :P

Como dije anteriormente, son un tipo de salchichas a la parrilla con unos centímetros más de longitud que las que conocemos normalmente (al menos en países como México). Y como es costumbre, servidas en un pan de bolillo con cebolla asada.

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Mirar atentamente al montón de salchichas y embutidos sobre la parrilla circular que da vueltas sobre la lumbre de leña era realmente reconfortante. Y no solamente por lo apetitoso de su olor para todos los carnívoros, sino también por el calor que emanaba del centro y que compensaba la helada temperatura de nuestros cuerpos expuestos al extremo clima de Frankfurt. :rolleyes:

Tras nuestro obligado bocadillo alemán caminamos un poco más al norte, hasta la famosa calle Zeil, andador peatonal famoso por ser un enorme corredor comercial.
Aunque no deseábamos comprar nada en especial, la calle guarda un bonito secreto en los edificios que lo rodean, especialmente en el centro comercial MyZeil.

En el último piso hay una terraza abierta al público, donde también se puede tomar un café y comer algún entremés. Y es desde allí donde se tiene una de las mejores vistas del skyline de Frankfurt, uno de los más grandes y modernos de Europa.

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Frankfurt es bien conocida por ser el principal centro financiero de Alemania. Es sede de múltiples empresas trasnacionales, de uno de los aeropuertos con mayor tráfico del mundo, y ni se diga del Banco Central Europeo, desde donde se controla buena parte del movimiento de divisas mundial.

Frankfurt es la viva muestra del llamado milagro económico alemán, que logró resucitar a una Alemania destruida por dos guerras mundiales en el mismo siglo.
A pesar de su destrucción, la ciudad se levantó. Y como parte de la República Federal Alemana, de la que casi fue capital, supo poner en pie la economía de un país dividido por más de 30 años por un simbólico muro hecho por las potencias mundiales que hoy son sus amigas.

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Aquella selva de metal representaba a mis ojos, no solo una capital macroeconómica de Europa, sino el poder de un pueblo reminiscente que supo dejar el pasado atrás.
Es seguro decir que al caminar por las calles de Frankfurt Jacob y yo no podíamos entender ni una sola palabra de lo que escuchábamos, :D  aunque Jacob había tomado ya algunas clases de alemán.

Pero aunque el idioma nos era ajeno, la calidez del pueblo nos hizo sentir verdaderamente como en casa. :rolleyes: 

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Quizá fue el espíritu navideño, quizá fue el calor humano en la multitud. Quizá fue que todos estaban de buen humor o que todos querían que consumiéramos algo. Pero los alemanes resultaron ser todo lo contrario a lo que me habían hecho creer en casa: que eran fríos, serios y no les gustaba el contacto humano (una imagen, quizá, proveniente de los nazis).

El cielo gris y las estructuras de metal que denotaban una frialdad extrema en el paisaje nos hacían regocijarnos entre una multitud tan afable y hospitalaria, de la que no queríamos apartarnos.

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Hacia las 4 de la tarde caminamos de vuelta al río, perdiéndonos entre la altura de los edificios del centro financiero.

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Al volver a la calle Zeil, el cielo cambió en cuestión de unos pocos minutos.
De un momento a otro las nubes parecieron alejarse, mientras el sol seguía sin aparecer frente a nosotros. Pero su ausencia era poco notable al pintar la ciudad con un hermoso atardecer.

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Las esferas en el medio del paseo peatonal contrastaban la viveza con la que el cielo se tornaba. Y esa misma calle nos llevó hasta el incomparable Teatro de la Ópera.

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Una joya arquitectónica neoclásica que denota los mejores momentos del arte alemán se iluminó de repente con un rosado intenso, mientras las luces del alumbrado público comenzaban a encenderse.

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Los faroles a sus pies parecían candelabros que invitaban a una cena romántica en la plaza, frente a un espectacular paisaje. <3

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Una fuente de luces azules bailando al compás del ocaso e iluminando el centro de un cielo que se ocultaba poco a poco tras los modernos edificios.

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Filas de árboles escasos de follaje que parecían pedir a gritos los copos de nieve, que poco les faltaba para caer sobre toda la ciudad.

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Cada pincelada rosa y naranja que hacía parecer de todo un fresco de óleo sobre tela me hizo entender por qué siempre vinculaban los atardeceres con el amor. Quizá eso era el amor, pasearse por una ciudad en el extranjero sin ningún otro deseo que estar allí parado, contemplándolo todo. :rolleyes:

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El bullicio de la gran ciudad pareció esfumarse mientras el ocaso llegaba a su fin, y dejaba a la vista solo los pequeños puntos luminosos de cada ventana de su skyline, mientras los árboles pasaban a ser solo siluetas laberínticas que se posaban como arañas negras sobre el lienzo.

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El elegante esbozo de los rascacielos encendiendo el cielo nocturno hizo de mi primera noche en Frankfurt algo maravilloso. Una vista que jamás olvidaría. Y al volver al apartamento de Alex me llevaría una gran sorpresa que tampoco podría sacar de mi mente.

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Al llegar de la oficina le preguntamos: “¿cómo te fue?”. “Renuncié”, contestó. “¡¿Renunciaste?!”. “Sí”, replicó. ¿Renunciar a un trabajo en Alemania? ¿Renunciar al Banco Central Europeo después de trece años allí, de la noche a la mañana? ¿Renunciar a la sede de uno de los bancos más poderoso del mundo? Eso era algo que definitivamente no se veía todos los días. O_o

Pero él no estaba contento. Era algo que pocos podrían entender. Ni el mejor salario, ni el mejor país, ni el mejor apartamento ni todo el dinero del mundo son capaces de comprar la felicidad. Claro que ayudan mucho, pero la vida no gira en torno a ello.
Para Alex, los europeos vivían para trabajar. Su vida se había tornado un tornado de capitalismo que daba las mismas vueltas a su vida, especialmente cuando trabajas para un banco, donde el dinero lo es todo. :huh:

Dentro de algunos años recibiría su jubilación, rentaría su apartamento en Frankfurt y se mudaría a Tailandia para enseñar inglés (donde el día de hoy vive). Sin duda, aquella era una lección para mí y para mi futuro: asegurarme de que me sienta feliz con lo que hago, dejando a un lado el dinero por un momento. :light:

A la siguiente mañana Alex decidió mostrarnos un poco de lo más desconocido y bello que tiene Frankfurt.

Como en toda ciudad, existen rincones muy poco frecuentados por los turistas, uno de ellos es el parque botánico chino.

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Aunque la verdad es de esperarse que casi cualquier gran capital posea un barrio chino, debido a la enorme cantidad de emigración del país más poblado del mundo, un jardín chino nunca deja de ser atractivo. ^_^

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Las estatuas de leones míticos en su entrada, las fachadas con arcos puntiagudos, pequeños puentes de madera, kioscos, estanques repletos de hojarasca y sauces llorones japoneses que se resistían a perder su follaje ante el asomo del invierno.

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En el camino nos topamos con una imagen poco encantadora, pero lamentablemente bastante normal en las ciudades alemanas: un homenaje a los judíos muertos en el barrio judío de Frankfurt.

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Un conjunto de placas en la acera anunciaba los nombres de los judíos, su año de nacimiento y el año y lugar de su deceso, cuando este se conocía. La mayoría, por supuesto, caídos en los campos de concentración nazis.

Esto era algo a lo que debíamos acostumbrarnos al caminar por las calles de Europa, especialmente en los países que formaron parte del Tercer Reich. :(

Llegamos un poco más al este de la ciudad, donde las zonas residenciales comunes y corrientes de Frankfurt se encontraban. Y allí, los mercados no eran turísticos, y los precios para nosotros eran mucho más asequibles.

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Y no dudamos en comer un pretzel para disfrutar mejor de nuestro paseo vespertino. ;)

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Algo curioso con lo que me topé fue una gran vitrina llena de libros en el medio de la acera. Su objetivo era ser una biblioteca cambiante. Así, cada persona podía tomar un libro, siempre con la condición de dejar otro dentro. Una excelente forma de promover la lectura. ;)

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Entramos a un supermercado para comprar algunas cosas para la cena. Y, como ya me venía acostumbrando, encontré la zona mexicana, llena de productos que tenían todo menos ingredientes mexicanos reales. :wacko:

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Un kit de enchiladas, tortillas mexicanas, un paquete de fajitas y otro para hacer tacos.

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De tan solo mirarlos me daba un paro cardiaco, y aunque Jacob insistía en que probáramos alguno, después de haber comido guacamole directo de un frasco prometí no volver a traicionar mis raíces. :wacko:

Y si se lo preguntan, ningún mexicano compra tortillas de maíz, enchiladas ni tacos en una bolsa de plástico. ¡Jamás! :mad:

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Volvimos por el centro de la ciudad, cruzando nuevamente la Plaza Römer para visitar una última vez el mercado navideño más hermoso que habíamos visto. <3

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Parecía que no había forma de aburrirnos en un festejo como aquel. Los bocadillos eran interminables y los ángulos para fotografiar eran infinitos.

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La Navidad estaba todavía lejos, pero no creía volver para aquellas fechas. Así que mi única opción era pretender que ya había llegado, aunque no había mucha necesidad.
Terminamos la noche con Alex en un bar típico alemán, donde lo acompañamos con un jugo de manzana y luego con una buena cerveza de barril. En vista de que estaba cansado volvimos a casa con él. Pero Jacob y yo aún teníamos energía. :blush:

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Alex nos dijo que saliéramos sin ningún problema, y decidimos cruzar el río hacia el lado sur, en busca de un buen bar para pasar la noche.

Nos metimos en el que parecía más animado, y nos dimos a la tarea de encontrar en el menú la mejor cerveza. Pero todo estaba en alemán. :D

Nos acercamos a un par de chicos y preguntamos qué nos recomendaban beber. Entonces nos pidieron dos cervezas en la barra y nos hicieron brindar con ellos. :big-smilB: 
Cuando me preguntaron qué hacía en Frankfurt y cuántos años tenía, contesté: “En un minuto tendré 22 años. Estoy celebrando mi cumpleaños”.

Acto seguido, ambos pidieron una ronda de shots de zambuca. “These are on us”, dijeron, indicando que nos invitaban como una buena bienvenida a Alemania. :ohmy:

La noche siguió así, mientras los alemanes parecían no tener fondo. Perdí la cuenta del número de zambucas que me habían invitado. Pero no tenía importancia. :big-smil:

La manera en que esos dos desconocidos nos trataron después de solo dos minutos de haber hablado con nosotros me mostró, una vez más, que los alemanes no tienen nada que ver con el estereotipo que vive en la mente de muchos mexicanos. :)

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La hospitalidad de todas las personas en Frankfurt y en Heidelberg me estaba dando uno de los mejores cumpleaños de mi vida, sino es que el mejor. :rolleyes: Pero el día apenas había comenzado, literalmente. Así que nos fuimos a dormir para seguir celebrando a la siguiente mañana, tras darles las gracias al simpático par de alemanes que, al parecer, tendrían una gran resaca al llegar al trabajo.  :D

Pueden ver el resto de las fotos en los siguientes álbumes:


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2 Comentarios


Subestimamos mucho a ciudades como Frankfurt. Yo la verdad es que la veo como una ciudad para hacer escala (muchos vuelos hacen escala ahí jaja). 

 

Muy buena historia, como siempre!

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    1. Apenas pasaba el mes desde que había llegado a Francia para ser maestro de español en un colegio público. La ciudad de Lyon había sido lo suficientemente afable como para empezar a enamorarme de ella (a excepción de la búsqueda de un apartamento, tarea que casi me orilla a aceptar una ratonera como hogar).

      Hasta entonces, París y Lyon habían sido mis dos escalas más prolongadas. Y a finales de noviembre volvía de un viaje largo por el centro de Europa, cuyas últimas escalas fueron Estrasburgo y Colmar, en la Alsacia francesa.

      Aunque nueve meses parecen un largo periodo, los viajes pasan en un abrir y cerrar de ojos. Es imposible no querer comerse toda Europa en un solo viaje. Pero tenía que darme el tiempo de conocer más a fondo Francia. Y eso haría en cada fin de semana que tuviera libre.

      Así tomé la decisión de partir al sur en el primer puente vacacional de noviembre. Un jueves por la tarde tomé un bus a Marsella, la joya mediterránea de Francia y segunda ciudad más poblada del país.

      Jean-Alain se había ofrecido a alojarme por todo el fin de semana. Había emigrado desde la isla de Guadalupe (en el Caribe francés) hace ya más de siete años. Y al parecer, se había acoplado bastante bien a la vida en Marsella.

      Y sin hacerme perder el tiempo, me invitó a la fiesta de un amigo suyo justo la noche en que llegué a la ciudad.

      Un amigo alemán de Jean-Alain, que hacía su Erasmus en Marsella, se nos unió aquella noche. Tomamos un uber hacia uno de los barrios céntricos y subimos hasta un piso junto a la terraza del edificio.

      Era la fiesta de cumpleaños de Oliver, un chico de Ohio que estudiaba entonces en Francia. Acababan de pasar las elecciones presidenciales de Estados Unidos y el tema de la parrillada era, por supuesto, Donald Trump.

      Las paredes de su apartamento, de aires socialistas y liberales, se adornaban con retratos del republicano defecando sobre la bandera americana, amenazando al globo terráqueo, comiendo barras rojas una por una y asesinando al águila de la nación.

      Oliver no era el único estadounidense presente. Y al parecer, ninguno de los asistentes estaba a gusto con el presidente recién electo, que parecía amenazar a cada uno de nuestros países de origen.

      No fue una sorpresa enfrentarme a todo tipo de preguntas cuando la gente supo que yo venía de México. Y aunque ya me había acostumbrado completamente, no podía negar que fue sorprendente enterarme de que Trump había sido, en efecto, elegido presidente.

      El 2017 sería año electoral para Francia, y la disputa con la candidata conservadora, Marine Le Pen, resultaría en un conflicto parecido al de Hilary Clinton con Trump.

      Ya veríamos qué tan loco se estaba volviendo el mundo. Por lo pronto, las cervezas y el vino fueron nuestros mejores aliados ante un puente vacacional y ante una nueva realidad política de la que no sabíamos qué esperar.

      Volvimos al apartamento de Jean-Alain casi al amanecer. Y al siguiente día, no fue raro que nos levantáramos después de las 12. El vino francés se había convertido en mi favorito. Pero hasta el día de hoy no he podido acostumbrarme a sus intensas resacas, ahítas de cefaleas e intensa sequedad en la boca.

      Jean-Alain tenía entonces el mejor de los planes para mí. Tras tomar una ducha, nos dirigimos al centro de la ciudad. La comida marsellesa es conocida por sus mariscos mediterráneos. Pero un restaurante bereber era lo mejor para la resaca.

      No era la primera vez que comía un cuscús. Pero era la primera vez que pagaba solo 7 euros por un plato tan enorme como aquel. Uno que simplemente no pude terminar.

      La sémola de trigo absorbió todo el alcohol presente en mi cuerpo, y eso me dejó listo y determinado a conocer la ciudad.

      Jean-Alain no podía quedarse conmigo aquella tarde. Pero me llevó en metro hasta el mejor punto de partida desde donde empezar una típica caminata por Marsella.

      Así, descendimos en la estación de Notre-Dame du Mont, cerca de la iglesia que lleva el mismo nombre.

      El barrio no parecía ser lo más prometedor. La estación nos condujo hasta una plaza al aire libre con algunos bares y pequeños restaurantes poco atractivos a primera vista. Y fue imposible no notar la gran cantidad de africanos que había a mi alrededor.

      Jean-Alain es negro, algo común de la gente de la isla de Guadalupe, uno de los territorios de ultramar de Francia y antigua colonia de su imperio.

      El siglo XIX fue el apogeo de los imperios europeos, cuando tras perder las colonias de América (inspiradas por la independencia de los Estados Unidos) decidieron repartirse, de la manera más cínica, los territorios de África, hasta entonces solo explotados para la exportación de esclavos.

      Francia resultó ganadora con la zona del Magreb, el norte y oeste de África, que incluyen los actuales países de Argelia, Marruecos, Mauritania, Chad, Malí, Níger, Camerún, Costa de Marfil, entre otros.

      No resulta extraño entonces que cuando todas aquellas colonias consiguieron su independencia, y tras guerras tan sangrientas como la que sostuvo contra Argelia, Francia haya recibido olas de inmigrantes africanos.

      Su integración en la población europea no fue fácil del todo, aunque me atrevería a decir que fue menos complicada que la integración de los afroamericanos en Estados Unidos, con políticas tan separatistas parecidas a las del Imperio Inglés.

      Para gente como yo, que viene de países como México, no es muy común toparse con personas negras o árabes. Es complicado hallarlas. Pero lo mismo resultaba meramente atractivo. Exótico y contrastante, sin duda.

      Mi cliché sobre Francia se rompió en minutos. París y Lyon eran la viva imagen de la Francia haussmaniana, heredera de múltiples imperios, de la belle époque, de vanguardias artísticas y de la alta cocina. Pero Marsella simplemente no encajaba.

      Las calles alrededor de la Cours Julien, la plaza a donde Jean-Alain me llevó, estaban tapizadas por coloridos y vivaces grafitis.

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      El 80% de las personas en el barrio eran negras. Fumaban sus cigarrillos y tomaban cervezas en la vía pública. En la atmósfera, se escuchaban los bongos y percusiones africanas. Mientras algunos cantaban y bailaban, no precisamente en idioma francés.

      —Me gusta este barrio, me siento muy cómodo siempre que vengo —dijo Jean-Alain—. Sé que no es quizá lo que la gente quiere ver de Marsella, pero es una de sus verdaderas caras.

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      No me cabía duda de por qué había elegido Marsella para quedarse a vivir.

      Con aquella excelente introducción, Jean-Alain partió. Quedamos de vernos de vuelta en casa por la noche. Y descendí las coloridas escaleras de del Cours Julien para adentrarme en la ciudad.

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      El centro histórico de Marsella es una mezcla de calles vehiculares y peatonales flanqueadas por diferentes estilos arquitectónicos.

      Es una ciudad fundada hace milenios como una polis griega, y vio pasar a muchos pueblos por sus tierras, incluyendo los romanos, visigodos, el Imperio Carolingio para terminar siendo parte del Reino de Francia.

      Llegué hasta la Rue de la Canebière, que une a la colina central de Marsella con el corazón de la ciudad.

      La Cámara de Comercio es solo uno de los bellos ejemplos de edificios del Segundo Imperio con los que Marsella se embellece, sobre todo en sus calles centrales.

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      La disparidad de gente me cautivaba. De un lado, la dama burguesa con guantes de cuero y un abrigo de piel sujetando una bolsa Prada. Por el otro, el chico africano escuchando rap en su móvil a todo volumen, usando un jogging unicolor a rayas marca Adidas y una gorra oscura.

      Cuando el contraste parecía no poder ser mayor, apareció una muchedumbre caminando por la avenida, dirigiéndose hacia el antiguo puerto.

      Las pancartas y los altoparlantes emitían mensajes en turco. ¿Una manifestación turca en Marsella? Por lo visto, de eso se trataba.

      Los mensajes de protesta criticaban a Erdoğan, el presidente de Turquía. Las razones eran un poco ininteligibles a mis oídos y a mis ojos. Pero el intento paulatino de islamización del país, aunado a la guerra contra Siria, que implicaba al pueblo kurdo (varios presentes en Marsella) eran algunos de los descontentos del gremio. Pero las banderas mostraban a Abdullah Öcalan, un político nacionalista kurdo condenado a cadena perpetua por cargos de terrorismo.

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      El pueblo kurdo lucha actualmente por formar su propia nación en el Medio Oriente. Y era sin duda lo que menos esperaba encontrar en Marsella. Lo cual me dejó muy en claro la calidad cosmopolita de la urbe.

      La marcha kurda culminó en el corazón turístico de Marsella, el sitio quizá más bello de toda la ciudad: el Vieux Port.

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      Marsella fue, desde tiempos de los griegos, elegido por su estratégica posición para dominar la navegación del Mediterráneo. Y su puerto natural rodeado por colinas fue una de las principales razones para que esa bella metrópoli se erigiera.

      El Vieux Port es una estampa que me encontraría en repetidas ocasiones a lo largo de la costa mediterránea. Algo parecido a lo que ya había visto en Ibiza, Valencia y Barcelona.

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      Un cuadrante de agua cristalina repleta de botes pesqueros y yates, algunos de lujo, otros un tanto más modestos.

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      La plaza principal que da la bienvenida al Vieux Port se adorna todo el año con una rueda de la fortuna y un techo de espejos que reflejaba los flashes de los turistas.

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      Caminé por toda la orilla sur del antiguo puerto, fotografiando cada ángulo de su lado contrario.

      Ambos costados están repletos de tiendas de souvenirs, cafés y restaurantes que ocupan la mayoría de los productos de la pesca local. Los mariscos, y sobre todo las ostras, son la especialidad de Marsella. Un precio que yo no estaba dispuesto a pagar.

      Paré en una de las tiendas, recomendación personal de mis padres, que antes de que yo llegase a Marsella habían investigado los principales lugares y atractivos de la ciudad.

      Una antigua fábrica de jabón era ahora una tienda que vendía eso, solo jabón. Jabones en todos colores, tamaños y aromas. Figuras exóticas talladas en jabón, con especialidades medicinales y terapéuticas.

      Un par de jabones serían buenos como recuerdo para Lyon y para mi casa en México. Los jabones no eran lo que más ocuparía mi tiempo, así que seguí mi paso.

      El malecón me llevó hasta el fuerte de San Nicolás, mandado a construir por el rey Luis XIV para proteger el puerto de los ataques piratas.

      Desde aquel punto tuve frente a mí, en todo su esplendor, a la segunda fortaleza de Marsella, el fuerte de San Juan, el más famoso de ambos.

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      Su torre había sido ya construida en el siglo XV por René de Anjou, quien había sido conde de Provenza, región a la que pertenece históricamente Marsella.

      Sin embargo, fue Luis XIV quien reforzó sus murallas y dio vida a ambos fuertes que hoy dan la bienvenida al Vieux Port.

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      Subí a lo alto de la colina del fuerte, donde se yergue el Palacio del Faro, otro de los íconos del Segundo Imperio.

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      Desde sus altos jardines tuve las mejores vistas del fuerte de Saint-Jean y del puerto antiguo, sobre los que ya comenzaba a caer el sol.

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      Al norte, se veía la compleja zona del puerto nuevo, donde un lujoso crucero custodiaba la Catedral de la Major y el MuCEM, el museo moderno más importante de la ciudad.

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      La historia y la economía de Marsella siempre ha estado basada en su puerto y el comercio exterior. Es el puerto más importante de Francia y el tercero más importante de Europa. Desde allí, se ha conectado a Francia con el norte de África, lo cual hace adivinar el porqué de la presencia de tantos marroquíes, argelinos y tunecinos.

      Antes de que la noche cayera sobre mí, me apresuré hacia la playa de los catalanes, donde pude ver un hermoso atardecer.

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      Los ocasos del Mediterráneo me hacían tanta falta desde la última vez que presencié uno en Ibiza.

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      La magia de sus azules y tranquilas aguas con su suave y templada brisa me dieron por segunda vez el mejor de mis deleites en Europa.

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      Cuando el sol se ocultó, caminé de vuelta al centro, no sin antes detenerme en la Four de Navettes, la panadería más antigua de Marsella, fundada en 1781.

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      Mi roomie Olivier, quien había vivido en Marsella algunos años, me recomendó ampliamente aquella tradicional panadería artesanal. Y vaya si valía la pena. Por tres euros que al principio hirieron mi bolsillo, pude comer la mejor palmier de mi vida (ese exquisito pan dulce al que llamamos “palmera” u “oreja”).

      Con una fruición en mi boca, volví al Vieux Port, que para entonces ya se había llenado de vivas y coloridas luces.

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      En lo alto de la colina, al sur del puerto, se iluminaba la majestuosa Basílica de Notre-Dame de la Garde, a la que subiría al otro día por la mañana.

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      Es posible llegar a la basílica a pie. Pero si bien Jean-Alain no vivía muy cerca, no me encontraba con toda la disposición de subir calles zigzagueantes varios metros arriba. Así que un bus fue la mejor opción.

      La colina fue elegida por varias razones. Una de las principales, es que custodia la totalidad de la ciudad, y por supuesto, las vistas desde lo alto son bellísimas.

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      A casi 360 grados, pude divisar desde el Palacio del Faro y el puerto nuevo hasta la plaza central del puerto viejo.

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      Del otro lado, los islotes frente a la playa de los catalanes, donde un día antes el atardecer me había embelesado, hasta el estadio Vélodrome, cerca de donde vivía Jean-Alain.

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      Por doquiera que mirara, la radiante ciudad cautivaba mi vista. Marsella es una de las ciudades que más horas de sol recibe al año en Francia, y eso no podía hacerme más feliz. En Europa, el sol es siempre una ganancia al espíritu. Eso me quedaba claro.

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      Un par de militares custodiaban los barrios a sus pies. Una estampa a la que me estaba acostumbrando. Francia no parece a simple vista un país conflictivo, donde el ejército se pasee por las calles. Pero desde el atentado terrorista de París en 2015, nada volvería a ser igual.

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      Marsella tiene fama de ser una ciudad un tanto peligrosa para muchos franceses. Con mafias, pandillas y crimen callejero. Y aunque poco podía asustarme a mí, no es sorprendente entonces toparse con policías y militares circulando cada callejón.

      Sobre mis espaldas, se levantaba la Basílica de Notre-Dame de la Garde, quizá el símbolo más conocido de Marsella.

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      También construida durante el Segundo Imperio de Francia, fue consolidada en 1864, y ha pasado a ser casi más importante que la catedral.

      Su atractivo estilo neobizantino mueve los parámetros clásicos en los que se funda el catolicismo francés. Pero es Marsella, una ciudad que quizá nunca ha encajado a la perfección con el resto de Francia.

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      En lo alto de su campanario una figura dorada de la Virgen María con el niño Jesús.

      Su interior me recordó desde el primer instante a la mezquita-catedral de Córdoba, en España. Con sus arcos rayados en blanco y rojo, y sus coloridos tapices en su techo.

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      La belleza desde aquella antigua cantera era impresionante. Y una vista que nadie en Marsella puede darse el lujo de perderse.

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      Bajé a pie las escaleras que descienden al centro histórico, a orillas del Vieux Port.

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      Las plazas abiertas entre los coloridos edificios vis-à-vis invitaban a sus restaurantes y bares. Un buen café gourmand francés no puede negarse nunca.

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      Seguí mi camino por el Vieux Port, esta vez a su extremo norte, de donde nuevamente se asomó la majestuosa basílica.

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      Me dirigí al fuerte de San Juan para visitarlo más de cerca. Su interior ahora es un laberinto de piedra rojiza que deja entrever cómo se combatía a los piratas desde el lejano siglo XV.

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      Sobre sus techos sus cafeterías permiten tener una experiencia diferente, en un recinto histórico que seguro Luis XIV nunca imaginó que llevaría a Marsella a ser tan turística y famosa.

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      Y desde esa altura, la entrada al Vieux Port por el Palacio del Faro y el fuerte de San Nicolás luce simplemente exquisita.

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      La vívida mezcla de Marsella, con fuertes de piratas, basílicas bizantinas, palacios de la era imperial, burgueses, africanos y hasta kurdos, me había encantado más de lo imaginado. Una de las ventajas de haber sabido poco antes de llegar a la ciudad,

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      Pero Marsella no había terminado de sorprenderme, y junto con Tamar y Mor, dos amigas israelíes de Lyon, conocería más a fondo la magnificencia de la costa del Mediterráneo.

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      Relatos Recientes

      Ver series es una actividad que disfruto mucho especialmente después de trabajar o durante los fines de semana. Me hice fanática de las series españolas, me gusta mucho la trama que tienen, el vestuario, actuaciones, detalles… Me permitieron conocer bastante de España, aprender sobre sus lugares, tradiciones, historia y varias cosas más…

      Me dio curiosidad conocer algunos de estos lugares que veía con frecuencia en la series, por ello es que de mi viaje a Europa decidí dedicar unos días para conocer a España, fueron pocos pero intensos.

      Una de mis series preferidas es Velvet, una serie que trata de moda y se desarrolla en Madrid ambientada en los años cincuenta. En la Gran Vía, se encuentra la fachada del edificio donde se desarrolla gran parte de la serie. Estando en Madrid, no podá dejar de visitar este lugar.  Mi viaje empezaba y terminaba en Madrid, ya que los vuelos tanto a la ida como a la vuelta salían de esta ciudad. No tuve mucho tiempo para recorrerla pero si lo suficiente para visitar el edificio en cuestión. En la actualidad funciona una gran tienda de ropa, debo confesar que entré y no miré nada de ropa (cosa raro en mí) pero era linda la sensación de estar en ese lugar que tantas veces había visto en la pantalla…

      Aproveché el paso por Madrid para conocer la Plaza Mayor y probar delicias del lugar… El viaje continuó hacia el País Vasco… escenario de otra de mis series preferidas llamada “Allí Bajo”, la serie trata de un joven del País Vasco que se enamora de una andaluza y muestra los dos lugares y sus tradiciones las cuales son bien diferentes. Me hubiera gustado conocer tanto el Norte como el Sur de España, pero el Sur quedó para otra oportunidad ya que elegimos como destino el País Vasco.

      Tomamos un tren con rumbo a Bilbao en donde nos hospedamos dos noches. Llegamos luego de la nevada histórica, lamentablemente no pudimos verla, pero si pudimos ver algo de nieve desde el tren.

      Bilbao es una ciudad muy bonita donde convive lo antiguo con lo moderno, allí pueden verse construcciones muy nuevas como el Museo Guggenheim y otras muy antiguas que se pueden apreciar al recorrer el casco histórico.

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      Por supuesto que un paso por Bilbao no estaba completo sin antes probar los típicos pinchos en Euskera llamados pintxos. Se trata de una rebanada de pan sobre la que se ponen distintos ingredientes. Lo que me llamó la atención es que todas las opciones son frías, era invierno con un día muy frío y gris y sin embargo los lugareños comían pintxos en los bares,  muchos comían sentados en la calle. Yo opté por probarlos dentro del local, en la barra, ya que por lo general no hay mesas para sentarse sino que se usa comer en la barra e ir de bar en bar. Si la idea es comer algo caliente está la opción de pedir una porción de tortilla. Otra cosa típica es el zumo de uva.

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      Otra cosa que desconocía es que también hay opciones de pinchos dulces, probé uno que tenía queso brie, mermelada y nueces… fue el que más me gustó de todos los que probé…

      Muy cerquita de Bilbao se encuentra San Sebastián, esta localidad es muy conocida por el famoso festival de cine, para mí era interesante conocerla porque fue allí donde se rodó parte de la Serie de Allí Abajo… En realidad, según pude ver en los videos de detrás de escena, solo se usó la fachada de un lugar y se hicieron un par de tomas de la Playa de la Concha y todo el resto se filmó en Sevilla. Pero aún así estando a pocos minutos en colectivo no podía dejar de ir.

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      La ciudad de San Sebastián es muy linda, tiene una playa bonita y un centro muy cuidado y prolijo. Conocimos la famosa playa que aparece en la serie y donde se dio la nevada histórica. Nosotros la visitamos al día siguiente en un día bastante cálido para ser invierno en donde la temperatura llegaba a los 17º.

      Luego del paseo regresamos a Bilbao para despedirnos de España, nuestro viaje seguía su rumbo a Francia…

      Me quedó pendiente para otro viaje conocer Santander y el Palacio de la Magdalena donde se filmó otra de las series que me gustaron mucho, El Gran Hotel. En todo viaje queda algo pendiente,large.IMG_8903.JPG.e42f610d33e4c0d9b114f89868cac8d9.JPGconsidero esto una buena oportunidad o excusa para regresar y seguir conociendo, ya que es imposible conocer un país en tan poco tiempo…

    2. Hacer planes en Alemania se había convertido en una tarea meramente complicada. Aunque confiar en los alemanes es una tarea evidentemente sencilla, hacer lo mismo con los sistemas de transporte no lo es.

      La ciudad de Stuttgart, capital del estado federado de Baden-Wurtemberg, se encuentra a solo 40 km de Tübingen, donde había pasado mi fin de semana junto a Ülrich. Si bien su recomendación fue no “desperdiciar” tiempo en Stuttgart, decidí pasar aunque sea un día en la ciudad. Después de todo, quedaba obligadamente a mi paso.

      Stuttgart era el lugar de residencia de otro couchsurfer al que había hospedado en México meses antes: Thomas, quien estudiaba una maestría en ingeniería de energías renovables. La ciudad es un ejemplo en calidad de vida e innovación sustentable, junto con muchas otras del sur de Alemania.

      Como muchos otros universitarios alemanes, Thomas vivía en un diminuto cuarto, parte de un complejo habitacional para estudiantes. Y su espacio y disponibilidad para alojarme no eran suficientes.

      Encontrar otro hospedaje en Couchsurfing no fue fácil. Pero los viajes públicos dieron buenos resultados, específicamente durante aquel viaje centroeuropeo. Así, recibí una invitación de Moritz, otro estudiante universitario, para quedarme en su dormitorio. Pero se trataba de una invitación bastante particular.

      Moritz se encontraba de viaje en Italia. Su cuarto había quedado solo por unos días, y su noble corazón no quiso desperdiciar esa disponibilidad para hacerme pagar un hotel durante mi estadía.

      Fue la primera vez que un couchsurfer se ofrecía a hospedarme sin siquiera poder conocerlo en persona. No me lo podía creer. Pero restaurar la confianza en la humanidad es precisamente uno de mis objetivos en Couchsurfing. Y vaya si los alemanes sabían cómo hacerlo.

      Fue así como Moritz me dejó instrucciones a mí y a su amigo Farzad, a quien le había dejado las llaves y con quien me encontraría en la estación de S Bahn más cercana para guiarme a su casa. La cita era el sábado por la noche a las 9 p.m., minutos después de que mi bus estaba programado para llegar a Stuttgart.

      Pero Flixbus, la empresa alemana de bajo costo con la que había hecho la mayoría de mis trayectos, parecía funcionar a la perfección en el resto de los países. Menos en Alemania.

      Y aquella tarde en la estación de Tübingen, mi autobús llegaría con una hora de retraso, como ya no era sorpresa para mí.

      Me apresuré a usar el wi-fi del autobús y avisar a Farzard que llegaría un poco más tarde. —Avísame cuando vayas llegando a la estación de Stuttgart —me dijo—. Así yo calcularé el tiempo para esperarte en la estación de tren.

      Accedí a su petición al no encontrar ningún inconveniente en ello. Pero a mitad de la carretera, cuando la oscuridad había ya caído sobre todos, el autobús se detuvo en un aparcamiento y todos comenzaron a bajar.

      Parecía que la escena de mi tren a Múnich se repetía. Pero esta vez no volvería a perder mi bus, pensé.

      La gente comenzó a abordar un camión que estaba al lado, encendiendo ya sus motores para arrancar. Todo era confuso, y las incognoscibles frases en alemán pasaban de un lado para otro.

      Una vez de vuelta en el camino, aquel inconveniente que creía ausente se manifestó. El nuevo autobús no tenía wi-fi.

      Todo parecía ir en mi contra cuando de transportarme en Alemania se trataba. Pero siempre hay una solución para todo. Y la escala en el aeropuerto de Stuttgart me la dio. Una intensa red de internet con la que rápidamente avisé a Farzard mi ubicación. Y con una enorme incertidumbre, quedé de verlo en la estación S Bahn 40 minutos más tarde.

      A pesar de mi indeseable impuntualidad (más bien, la del autobús), Farzard esperó pacientemente y me llevó hasta el apartamento de Mortiz. Un edificio estudiantil al este de la ciudad, muy cerca del río Neckar.

      La sensación fue extraña. Entrar a un cuarto donde nadie me esperaba. Un lugar donde nadie me conocía y donde nunca antes había estado. Un par de estudiantes me vieron cuando fui al baño. Y solo asintieron con la cabeza, en motivo de saludo.

      Muchos de ellos eran extranjeros, incluido Farzard, quien había nacido en Irak. Las banderas en sus puertas y la increíble variedad de comida en la cocina denotaban un ambiente afable e internacional.

      Avisé a Moritz que ya había llegado. —Ponte cómodo y coge lo que quieras del refri —me dijo—. Intenté no abusar de su hospitalidad y me dediqué exclusivamente a dormir.

      A la mañana siguiente salí temprano de la habitación. Tras tomar un desayuno y una merecida ducha, tomé el tren al centro de la ciudad, donde un típico y pacífico domingo me esperaba sin mucho que hacer.

      La Hauptbahnhof, estación central de Stuttgart, me dio la bienvenida al casco histórico, donde algunos pequeños negocios y la oficina de turismo abrían para recibir a los pocos visitantes.

      Pronto un área verde detrás de los comercios llamó mi atención y al lente de mi cámara.

      El Oberer Schlossgarten son los antiguos jardines reales, donde el sol iluminaba el Teatro Estatal de Ópera y la fachada norte del palacio real.

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      Las musas griegas en mármol me dirigieron hasta la Schlossplatz, la plaza central de la ciudad.

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      Las agudas vibraciones vocales de una chica resonaban por toda la explanada. Intentaba ganar algunos euros interpretando las melodías de Adele.

      Y como es común en las plazas públicas, no era la única intentando ganar dinero. Otro sujeto entretenía a los niños con burbujas de jabón que flotaban en todas direcciones.

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      El obelisco, que conmemora al rey Wilhelm, se posa en medio de la plaza, entre un antiguo edificio parlamentario y el llamado Palacio Nuevo de Stuttgart.

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      El Neue Schloss, de estilo barroco, sirvió en el siglo XVIII y principios del XIX como residencial de los reyes de Wurtemberg.

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      Stuttgart es actualmente capital del estado Baden-Wurtemberg. Pero por muchos siglos, ambos estados estuvieron separados independientemente como el Ducado de Baden y el Reino de Wurtemberg, que evolucionó de condado a ducado, y posteriormente a reino.

      Todo esto puede ser muy complicado de entender, ya que Alemania como la conocemos hoy, no se formó sino hasta los tardíos años del siglo XIX.

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      Nadie puede negar, sin embargo, que Stuttgart fue una ciudad próspera e importante dentro del Sacro Imperio Romano Germánico y del posterior Imperio Alemán. Tanto que, durante la partición de las dos Alemanias en la Guerra Fría, Stuttgart compitió contra Fráncfort y Bonn para ser la capital de la Alemania occidental.

      El palacio real es hoy solo el recuerdo de las épocas monárquicas de lo que vivió el territorio alemán en su momento. Aunque se sigue utilizando como sede de algunos ministerios.

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      Y a pocos pasos del Palacio Nuevo me encontré con el Castillo Antiguo de Stuttgart, cuya fachada renacentista no remonta precisamente al medievo, época en que fue construido, sino al Renacimiento.

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      Las grandes aspiraciones de muchos de los reinos e imperios europeos hacían a las familias reales abandonar aquellos antiguos alcázares de piedra y mudarse a los enormes e imponentes palacios que mandaban a construir con las riquezas de su estado. Stuttgart es solo otro de muchos ejemplos así.

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      El castillo me abrió paso a la Schillerplatz, una plaza mucho más menuda y discreta, flanqueada por antiguas casas y la Stiftskirche, una famosa iglesia evangélica.

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      Había quedado con Thomas de verlo por la tarde en su apartamento, para luego reunirnos con sus amigos. Y como todavía tenía mucho tiempo de sobra y pocas ideas de qué hacer, me dirigí a una de las atracciones más visitadas de la urbe. El Museo Mercedes-Benz.

      Stuttgart es la sede de la compañía automovilística multinacional que se dice responsable de la invención del automóvil. Y como casi todas las marcas de automóviles en el mundo, ha creado su propio museo para exhibir sus modelos a lo largo de la historia.

      El Museo Mercedes-Benz es increíble desde el momento en que uno se para enfrente. Su arquitectura ultramoderna se impone desde varios metros a la redonda, haciéndose notar ante todos.

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      Entonces me di cuenta de que el centro histórico estaba vacío porque la mayoría de los turistas vienen a Stuttgart por el Mercedes. La fila era enorme. Quizá debí haberme anticipado un poco más, pensé.

      Casi una hora más tarde, pude comprar mi ticket de entrada. Me introduje en el flamante museo y tomé el elevador al último piso, donde comienza el recorrido perfectamente diseñado.

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      Alemania fue uno de los países que más rápidamente se adaptó a la Revolución Industrial. Si bien el Reino Unido fue la cuna de dicho movimiento que marcó el comienzo de la Era Moderna, en la segunda mitad del siglo XIX Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón fueron rivales que pronto se convirtieron en potencias mundiales gracias a su industrialización.

      A partir de 1871 y hasta 1914, Europa vivió un periodo de paz y esplendor conocido como la belle époque. Las cuatro décadas se caracterizaron por la ausencia de guerras, la expansión del imperialismo europeo, el pensamiento científico sobre el teológico, el crecimiento económico capitalista y por un avance tecnológico nunca antes visto.

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      El ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo y el teléfono fueron inventos que cambiaron el rumbo del mundo para siempre. La aristocracia poco a poco perdía el poder político ante la importancia que había cobrado la burguesía. La gente empezó a migrar a las ciudades y las necesidades mercantiles cambiaban día con día.

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      En ese contexto, un empresario alemán llamado Carl Benz haría uno de los aportes más significativos al mundo moderno. Una de sus empresas, Benz & Cie, producía motores industriales de gas. En 1885 instaló uno de esos motores a un triciclo, que condujo por la ciudad de Mannheim.

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      El año siguiente, Carl solicitó al gobierno alemán la patente de aquel triciclo, considerado el primer vehículo automotor de combustión interna de la historia.

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      Tras la asociación con otros dos expertos en administración y ventas, se funda la empresa Daimler-Benz, convirtiéndose en los padres del automóvil.

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      Muchas personas no creían en el invento, ya que la gasolina no era fácil de conseguir. Sumado a las bajas velocidades en comparación al ferrocarril, ya bastante usado en aquella época.

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      El emperador Guillermo II de Alemania llegó a decir “Yo creo en el caballo. El automóvil no es más que un fenómeno transitorio”.

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      Y aunque el caballo sigue formando parte importante del transporte de hoy, no cabe duda que Guillermo II nunca se imaginó lo que Carl y la Daimler-Benz acababan de crear.

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      Las exposiciones universales formaron parte importante de la belle époque, ya que mostraron los grandes avances en la invención tecnológica y las últimas tendencias en el arte, además de la diversidad etnográfica de los vastos imperios europeos de la época.

      La exposición de París en 1889 fue una de las más importantes. Además de ser la fecha de inauguración de la emblemática Torre Eiffel, fue cuando Daimler-Benz mostró uno de sus primeros prototipos de automóvil al mundo entero.

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      Tras ello, varios fabricantes de autos comenzaron a aparecer en el mundo, como la Ford, la Peugeot y la Renault.

      Aunque la compañía sigue teniendo el nombre de Daimler AG, la marca Mercedes-Benz es todavía más famosa. Y su historia es bastante atractiva.

      Un empresario austrohúngaro llamado Emil Jellinek, decidió convertirse en un vendedor de los autos DMG, llegando a ser su agente y distribuidor principal, debido al éxito de la empresa. En 1899 condujo sus propios autos en la “semana de la velocidad” en la Costa Azul francesa, que se celebraba cada marzo.

      Apodó a su coche “Mercedes”, siendo este el nombre de su hija. Tras la popularidad, siguió usando el seudónimo de Mercedes para todos los autos que vendía. La serie Mercedes llegó a ser tan famosa que pasó a reemplazar el nombre oficial de la compañía Daimler-Benz. Así nace Mercedes-Benz, famoso hoy por sus autos de lujo y camiones.

      El actual logotipo de la marca simboliza los tres espacios donde los motores Mercedes-Benz son exitosos: aire, tierra y mar.

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      Los seis pisos de los que se compone el museo, por los que fui bajando poco a poco en una escalera espiral, explican la historia de la empresa y del automóvil, desde su nacimiento hasta la actualidad.

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      Paulatinamente van mostrando los modelos que en cada época estaban de moda, desde los más rústicos y funcionales hasta los más lujosos y exclusivos.

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      Cada piso posee una sala de exhibición temática, donde se muestran los coches Mercedes catalogados por su función.

      La sala de transporte público muestra, por ejemplo, la diversidad de autobuses que han transportado pasajeros alrededor del mundo. Desde la compañía nacional argentina de transporte hasta un camión urbano de Afganistán de los años 60s.

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      La sala de modelos clásicos es un deleite para todo amante del automóvil. Coches que parecen haber sido sacados de una película de Hollywood.

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      La sala de servicios públicos exhibe modelos tan exóticos de camiones de bomberos, ambulancias, patrullas policiacas o gruas remolcadoras.

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      La sala de coches famosos contiene el Mercedes donde se transportaba la princesa Diana cuando sufrió el mortal accidente en el túnel de París, y el célebre papamóvil, en el que tantas veces se vio viajando al Papa Juan Pablo II.

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      Los últimos pisos son el juguete preferido de todos. Los autos de carreras.

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      En ellos se han ganado competencias de Fórmula 1, NASCAR e infinidad de rallys automovilísticos en todo el mundo, siendo uno de los más famosos el de Mónaco.

      En esos momentos no importaba mi escaso interés por los coches. Aquellos relucientes modelos me hacían anhelar conducir uno de aquellos increíbles ejemplares.

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      131 años de historia automovilística perfectamente resumidas en seis plantas hicieron del Museo Mercedes-Benz una muy buena inversión de tiempo y dinero en Stuttgart. Una mucho más divertida que un domingo en el centro histórico. Aunque reunirme con Thomas el resto de aquella tarde sería otra inesperada pero entretenida idea.

      Nos vimos en su casa cerca de las 4 de la tarde, para preparar una ensalada de tomate y dirigirnos al apartamento de uno de sus amigos.

      Se trataba de una fiesta sorpresa para uno de los chicos que pronto emigraría a Leipzig, una de las ciudades más trendy para los jóvenes alemanes hoy en día.

      El variado buffet de panes, aderezos, ensaladas, bocadillos y bebidas no fue lo más sorpresivo, sino encontrarme con una habitación llena de alemanes que bailaban forró, el famoso baile brasileño.

      ¿Alemanes bailando? Sí. Y vaya que sabían moverse.

      El forró es un conjunto de bailes que nacieron en el noreste de Brasil a principios del siglo pasado. En los últimos años se ha extendido su fama a varios rincones de Europa, siendo Stuttgart el punto principal de esta lejana danza.

      La ciudad alberga cada año el Festival de Forró de Domingo, el más grande del mundo, con más de 500 participantes.

      Mis ojos no podían creer que un grupo de rubios alemanes estuvieran descalzos en una sala con piso de madera juntando sus cuerpos sudados y moviendo sus caderas al son de ritmos latinos.

      Era sin duda lo que menos esperaba ver en mi viaje por Alemania.

      No quedaba nada más por hacer que pedir mi vaga participación en la clase. Y sin dudarlo, tomé a una pareja con quien bailar para imitar los pasos de la instructora.

      Thomas me presentó ante todos como un turista mexicano. Mis raíces latinas hicieron creer a todos que podía fácilmente mostrar mis mejores pasos. Pero el forró es algo que había visto solo en películas brasileñas. Nunca lo había bailado.

      Mover las caderas es algo no muy necesario en el baile, cosa a la que estoy acostumbrado con la salsa, la bachata o el reggaeton.

      El forró implica movimientos un tanto más lentos, aunque con la misma sensualidad que muchos de los bailes latinos.

      La cena y la bebida pasaron sin duda a segundo plano con las horas que pude practicar forró con aquel simpático e inusual grupo de alemanes.

      Ellos y la excepcional hospitalidad de Moritz (a quien hasta hoy no he conocido en persona) rompieron todavía más esa imagen fría que de los alemanes se tiene en varias partes del mundo.

      Stuttgart había sido, después de todo, un buen destino a visitar. Quizá no tiene el casco viejo o el castillo más impresionante del país. Pero una caravana de históricos autos y la alegría de su gente son lo que escribieron una perfecta página más en mi diario de viajes.