Innsbruck, entre los Alpes

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AlexMexico

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Uno de mis mayores retos estaba por cumplirse, al lograr salir de Suiza sin haber vaciado mi cuenta bancaria y todavía con dos países frente a mí.

Junto a la central de trenes de Zúrich, en un extenso estacionamiento, aparcaban tres autobuses verdes frente a los que esperábamos un grupo de diez personas. En Europa las terminales de buses al aire libre son cosa común. Y solo bajo un diminuto techo nos refugiábamos de la fría noche.

Un par de argentinos volvían a reafirmar su prototipo. Mochileros cargando instrumentos musicales y un porro de marihuana que me ofrecieron y preferí rechazar.

Aunque ese churro me prometía una noche de sueño sin interrupciones, no podría cambiar lo que estaba por venir.

A las 10 de la noche abordé mi Flixbus hacia Innsbruck, una perdida ciudad al oeste de Austria que no quería dejar pasar. Aquella empresa de transporte me había sorprendido con sus precios tan bajos por toda Europa y era, por supuesto, la opción más barata para cruzar la frontera suiza.

El arribo a Innsbruck estaba pronosticado hacia las 6:30 a.m. Y así, me dispuse a dormir y ahorrar una noche de hospedaje.

Pero a las 3 de la mañana las luces se prendieron. El conductor detuvo el vehículo en un oscuro parking y todos empezaron a bajar.

Mis ojos apenas podían abrirse. Me puse mis lentes para ver algo más que lagañas y nubosidad. Bajé del bus con mi boleto en mano y pregunté al chofer qué estaba pasando.

“Esta es la última parada”, dijo. “No, yo compré mi boleto hacia Innsbruck”, repliqué. “Es otro bus. Tienes que esperar hasta las cinco”.

Aquella era una dura lección de viaje. Siempre leer los detalles del traslado. Mi boleto era, efectivamente, un viaje sencillo de Zúrich a Innsbruck. Pero incluía una escala de dos horas en Múnich, Alemania.

¿Cuándo había yo visto un viaje en bus con conexiones de ese tipo? Las cosas no funcionan siempre como en mi país. Y no quedaba más remedio que esperar dos largas horas en una perdida terminal de Múnich, a donde había planeado viajar dos días después.

¿Qué hacer a las 3 de la fría madrugada en Múnich? No hay muchas respuestas. Pero de unas escaleras se veían bajar grupos de jóvenes, que parecían venir (o ir) de fiesta.

Subí para saber qué se escondía sobre el montón de coches estacionados. Un supermercado y algunas tiendas cerradas. Pero hay afortunadamente una marca que ha pensado en todo: Mc Donald’s.

Si debo dar una medalla a dos marcas que han salvado mis viajes esas son Mc Donald’s y Starbucks. Siempre que se necesite un techo donde escapar del frío, un baño limpio o internet gratuito, ellos dos estarán en una esquina no muy lejana. Muchas veces a cualquier hora del día.

Y para los jóvenes alemanes Mc Donald’s no es más que la mejor y única opción donde encontrar algo que comer luego de una noche de cerveza y electrónica.

Una hamburguesa y 1 hora de wi-fi gratuito después, bajé de vuelta a la terminal para abordar mi bus. Esta vez esperaba que fuera el definitivo, sin más escalas sorpresas que me despertasen en el camino.

Antes de las siete, cuando todavía no salía el sol, llegamos a Innsbruck. La mañana era muy fría, y en la densa oscuridad podía ver ligeramente la silueta de las montañas que rodeaban la ciudad. Era la razón por la que viajé con tanto esmero hasta esa remota villa alpina.

Innsbruck es una ciudad pequeña. No muchos couchsurfers pueden encontrarse allí. Y consecuentemente, ninguno de ellos pudo acogerme durante mi visita. Fue el momento entonces de descubrir una nueva forma de alojamiento.

Llegando a Francia abrí una cuenta en AirBnB. Mi compañero de piso en Lyon estaba inscrito como huésped, y algunos amigos en México ya lo habían probado. Para mí no era más que un Couchsurfing pagado.

Y como los hostales en Innsbruck parecían no bajar de los 50 euros (al menos en esa época del año), AirBnB sería mi respuesta. Por solo 16 euros la noche, Rashed me hospedaría en un pequeño apartamento no muy lejos del aeropuerto.

Aunque los check-in suelen ser a partir del mediodía, Rashed me recibió a las 7 a.m. No tenía dónde dejar mi mochila. Además, una buena ducha no me venía nada mal después del agotador viaje nocturno.

Rashed parecía un chico solitario. Hacía una maestría en la Universidad de Innsbruck y sus días los pasaba estudiando. Pero tras una pequeña charla me mostró una dura y actual cara de Europa. Rashed era sirio.

Hacía ya algunos años que había escapado de su país. El gobierno austriaco lo había ayudado otorgándole una beca y un apartamento para que pudiera continuar su vida lejos de Damasco.

Afortunadamente su familia estaba bien. Vivían ahora en Alemania, separados de su hijo y de la vida que alguna vez forjaron en un país que ahora está destruido por la guerra.

Los refugiados se han convertido en un tema común en Europa. Aunque la apertura de muchos países para recibir extranjeros es algo que alabar, el éxodo en pleno siglo XXI es una cosa dura de creer. Pero Rashed y su historia me mostraron la realidad. Y AirBnB era una forma para él de conocer gente nueva y distraerse en una ciudad totalmente opuesta a la que lo vio nacer.

Por suerte para mí, una ciudad opuesta a la mía era justo lo que estaba buscando. Y sin desaprovechar mi único día de visita, salí a conocer Innsbruck desde antes de que su gente despertara.

Pocas personas han oído hablar de Innsbruck, apesar de ser una de las ciudades más importantes de Austria. Pero para los que la conocen lo hacen por una razón: los Alpes.

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Innsbruck se encuentra justo en un callejón ladeado por la cordillera de los Alpes, las montañas más grandes de Europa. Y no era otra la razón por la que aquella remota villa me había atraído hasta sus suelos.

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No importa por dónde caminara, las montañas estaban allí. Observando todo. Vigilando la ciudad. Dibujando su silueta sobre un hermoso cielo azul que me sonrió esa mañana.

Innsbruck es el sitio ideal para los amantes de los deportes de invierno. Yo no soy uno de ellos. Y el otoño, para mí, era el momento ideal para visitar aquellas majestuosas montañas que resguardaban un etéreo frío en su valle interior. Nada que no pudiera soportar después de mis anteriores viajes por Europa.

Con un escaso conocimiento de las actividades específicas que en Innsbruck podía hacer, decidí caminar hacia el centro histórico para buscar la oficina de información turística.

La corriente del río Eno podía escucharse desde lejos y dejaba al desnudo la placidez de la que goza la ciudad. Y desde cualquiera de sus orillas la vista era increíble.

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Tras cruzar uno de sus puentes, el centro histórico de Innsbruck no tardó en aparecer y mostrar su cara más colorida.

Los edificios barrocos y modernistas demuestran lo mucho que sus habitantes se han preocupado por conservar su pasado lo más intacto posible.

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Y no por nada Innsbruck sigue siendo un enorme punto turístico de Austria. No muchas ciudades pueden ofrecer un hermoso casco viejo con un lienzo de montañas como imagen de fondo.

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Los negocios alrededor de la calle Maria-Theresien apenas abrían sus puertas cuando yo ya había tomado la mayoría de mis fotos.

En medio de ella la columna de Santa Ana se posa como uno de los principales monumentos de la ciudad, coronando las antiguas edificaciones que la custodian.

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Entre ellas está la Casa Helbling, una famosa y lujosa morada que data de la Edad Media y que fue redecorada al estilo rococó.

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Pero el más famoso de todos los monumentos es el simpático tejadillo de oro.

Un balcón mandado a construir por el emperador Maximiliano I y que fue recubierto con tejas originales de cobre doradas al fuego. Sin duda, una excéntrica manera de poseer el mejor de los miradores de Innsbruck en aquel entonces.

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Frente al tejado corre la avenida principal del centro, que se flanquea por construcciones góticas, cuyas arcadas hasta el día de hoy alojan a mercantes que tratan de ofrecer lo mejor de Innsbruck a los locales y turistas.

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A solo unos metros detrás de sus callejones se asoma el palacio imperial, otra obra de Maximiliano I.

Innsbruck es la capital de Tirol, estado austriaco que alguna vez fue un principado. El palacio imperial sirvió como residencia de los príncipes en tiempos del Imperio Romano-Germánico y del Imperio Austrohúngaro. Y hoy parece como si el tiempo simplemente no hubiera pasado.

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Como todo palacio imperial de Europa, el de Innsbruck es poseedor de un extenso jardín imperial, que sirvió para el recreo de la familia real alguna vez.

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Toda la belleza del centro histórico de Innsbruck parecía destacar por sí misma. Pero algo la descollaba todavía más. Los Alpes.

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Los paisajes montañosos que atraviesan todo el centro de Europa, desde la Costa Azul francesa hasta los valles del Danubio al este, fueron unos de los puntos estratégicos de las civilizaciones que allí se establecieron.

Innsbruck está justo en el medio de dos subcordilleras. La Nordkette al norte y la Patscherkofel al sur, ambas de más de dos mil metros de altura (aunque nada comparado con mi viaje a las alturas de los Andes, a mucho más de cuatro mil).

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La situación de Innsbruck la dota de un clima boreal. Así, la nieve nunca desaparece de sus picos montañosos.

Y aunque una Innsbruck cubierta en nieve debe tener su encanto, para mí no había nada mejor que un suelo seco y un cielo despejado. Así que la pregunta obligada surgió. ¿Se podría subir a las montañas?

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La oficina de turismo podía asemejarse fácilmente a una librería. Con folletos en vez de libros. Pases de un día a una semana ofrecían los highlights de la ciudad. Pero nada de eso me interesaba. Yo quería ir a la montaña.

La única opción que los empleados me daban era la joya turística de Innsbruck: el teleférico a Nordkette.

Desde hace ya varios años subir hasta lo más alto de la cordillera que rodea Innsbruck en su zona norte es sumamente fácil gracias al teleférico. Desde el centro de la ciudad en tan solo 20 minutos se puede alcanzar la cima.

Pero, como era de esperarse, el precio no era el más asequible. Un viaje ida y vuelta rondaba los 35 euros. Solo transporte incluido.

Cogí un mapa y salí un poco decepcionado. Aunque la verdad no me había sorprendido. Pero las montañas seguían ahí, vigilando todo. Y me llamaban a gritos que no era capaz de ignorar.

Así que crucé el río y caminé cuesta arriba. Seguiría el cable funicular hasta donde me fuera posible. La primera estación era en el zoológico alpino y parecía no estar muy lejos.

Las laderas de los Alpes parecían el lugar preferido para muchos de los residentes de Innsbruck, que las habían elegido como lugar de vida permanente.

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La mayoría de aquellas casas simulaban una cabaña, dotando a Innsbruck de un paisaje 100% alpino, si se ignoraban las construcciones modernas.

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Desde el zoológico el camino se volvía más agotador. Cada vez había menos calles y quedaban los senderos de tierra, preferidos por ciclistas y montañistas, deportes bastantes comunes en Austria.

Para ese entonces estaba ya bastante oxidado. Hacía tiempo que la altura no era parte de mi vida y subir senderos de montaña no era algo que hiciera seguido.

Mis esfuerzos me llevaron hasta la siguiente estación, Nordpark, cuya estructura simula los techos de un glaciar.

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La gente que paga su ticket puede subir y bajar del funicular en las estaciones de escala. Y lo hacen no solo por admirar la escultura de metal. Lo mejor de Nordpark es su mirador.

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Su poca altura es ya suficiente para ofrecer una vista panorámica espectacular de la ciudad y de la cordillera Patscherkofel.

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El río Eno queda al descubierto y muestra su intenso color azul, cuyas aguas resbalan desde las cumbres nevadas que así presumen su pureza.

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Un bocadillo en la terraza de Nordpark fue sumamente relajante. Pero hacía falta ahora voltear atrás.

Las montañas se hacían mucho más escarpadas. Los cables del teleférico se hacían cada vez más verticales. Y a la vista ningún sendero o escaleras hacia la cima parecían invitarme a subir.

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Las últimas paradas, Seegrube y Hafelekarspitze estaban a más de 2000 metros de altura y prometían las mejores vistas y actividades en toda Innsbruck. Un restaurante, bares y hasta una discoteca en las alturas. Una estación de ski, actividades deportivas, un iglú artificial. Toda una pequeña ciudad en lo alto de los Alpes.

Pero al parecer la única forma de llegar era por el teleférico. Y ni eso me convencería de pagar 35 euros.

Me alejé entonces un poco de la estación y dejé el teleférico atrás. Seguí a un grupo familiar que caminaba por un sendero que se adentraba en el bosque. Un letrero apareció entonces: “Willkommen auf der Nordkette”, dando la bienvenida a Nordkette.

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Tras él, un mapa dibujaba la telaraña de senderos que se tejían por el bosque de montaña. Y aunque poco conocía hasta dónde me llevarían, no dudé en adentrarme y conocer más de cerca las montañas de Nordkette.

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Los primeros pasos me llevaron hasta algunos restaurantes y resorts en mitad del bosque a los que se puede llegar todavía en automóvil. Son sitios perfectos para un domingo familiar.

Pero al rebasarlos el bosque se hacía más denso por varios kilómetros, y la ciudad desaparecía entre el saturado follaje.

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Por el contrario, las montañas parecían acercarse, y sus serpientes de nieve se hacían más visibles mientras la tarde avanzaba.

Las horas se me habían ido volando. Y una caminata solitaria por el bosque era justo el pretexto perfecto para no fijarme en la hora.

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Todo allí era paz. La naturaleza en su máximo esplendor. Una ciudad así era de envidiarse. Era imposible pasar un fin de semana aburrido con tal cantidad de senderos por recorrer.

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Los ciclistas me rebasaban cada diez minutos. Al parecer yo era de los pocos que se habían sumergido tanto sin un vehículo conmigo. Menos mal que mis botas todo terreno soportaban hasta lo peor.

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El calor comenzó a sofocarme y me obligó a quitarme los abrigos. Una y otra vez. Así es el montañismo. Así es sudar en un clima hemiboreal.

Los colores alpinos no dejaban de sorprenderme. Y sus tonos otoñales me hacían saber que aquel viaje en octubre fue la mejor decisión que pude haber tomado.

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Todo aquello era algo difícil de encontrar en mi país. Quizá viajar 10,000 km no era necesario, pero indudablemente jamás me arrepentiría.

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El laberinto de caminos me llevó hasta una solitaria iglesia que también servía de parking. Los coches me anunciaban que estaba de vuelta en la ciudad.

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Eran casi las 4 de la tarde, y había recorrido unos 10 km al pie de las montañas.

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Para ese entonces el calor se me había ido, y un fuerte viento helado subía desde el valle y me aventaba hacia atrás. El clima había cambiado radicalmente en un segundo y sabía que existían probabilidades de lluvia.

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Apresuré mi paso y crucé el resto de bosque casi corriendo. Cuando llegué a la ciudad un grupo de nubes negras había oscurecido el panorama.

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El viento aceleraba la corriente del río y provocaba un tenebroso zumbido en mis oídos. Momento justo para meterme a un restaurante, comer una hamburguesa y tomar una buena cerveza.

Antes de que oscureciera volví a casa de Rashed para tomar un baño y relajarme en la calefacción. No quería dormir tan tarde. Un bus aguardaría por mí el siguiente día para llevarme a la frontera norte de vuelta con sus vecinos los alemanes.

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Los Alpes me habían maravillado más de lo que esperaba. Ahora era tiempo de que un castillo de cuentos lo hiciera.


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Qué hermosos paisajes. Nunca había oído de Innsbruck la verdad. Había fotos de los Alpes en Austria pero no conocía de esta ciudad en específico. Créeme que ya me dieron ganas de ir :big-grin:

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Siempre que pienso en los Alpes pienso en Suiza. Quizá olvido que Austria, o Francia e Italia quizá, pueden ser buenos destinos también para visitarlos. 

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    1. Mi recorrido por Europa central estaba llegando a su fin. Había atravesado tres países y estaba ya de vuelta en Francia, país que me acogía durante algunos meses para trabajar como maestro de español.

      Las vacaciones de Toussaint habían pasado rápido, pero el Día de Todos los Santos apenas comenzaba. Francia había decidido, por alguna valiente razón, donar 14 días naturales a sus alumnos y profesores para disfrutar de las vacaciones de otoño cada año, algo impensable en muchos otros países. Ya que sumados a los otros tres periodos vacacionales de 14 días, dan como resultado casi dos meses de asueto antes del largo verano escolar.

      Eso no podía hacerme más feliz de haber elegido Francia como mi destino, y Lyon como mi temporal hogar.

      Estaba entonces justo en el centro de Europa, o por lo menos, el centro político e histórico del continente: la ciudad de Estrasburgo.

      Por siglos, Estrasburgo y la región de Alsacia han sido disputados por los gobiernos de Alemania y Francia. El día de hoy, las disputas parecen haber terminado, habiendo convertido a Estrasburgo en una de las sedes de la Unión Europea.

      Estrasburgo es una de las ciudades más visitadas del país, que atrae a los turistas gracias a su incomparable belleza. Una urbe que se quedó en la mitad del camino entre Francia y Alemania, y que ha heredado la magnificencia de ambas naciones.

      El turismo en la ciudad incrementa todavía más en el mes de diciembre. La llamada “capital mundial de la Navidad” alberga uno de los mercados navideños más increíbles de Europa en sus plazas y calles centrales. Y si bien la fría época navideña es la más concurrida, haber ido a finales de octubre no fue una mala elección para mí. El otoño había dado sus mejores frutos ese año.

      Estrasburgo e Innsbruck (en Austria) eran dos de mis metas por cumplir en aquel viaje. Así, la mayoría de los destinos fueron elegidos al azar solo por estar a mi paso entre una ciudad y otra.

      Pero no todos los puntos los dejé al azar. Había uno que ocupaba un lugar especial en mi mente desde hacía cuatro años más o menos. Y estando en Estrasburgo no podía dejar pasar la oportunidad.

      El Día de Todos los Santos en Francia, y en la mayoría de los países católicos, no suele ser una festividad muy atractiva.

      En la tradición católica, un santo es toda aquella persona promotora de la fe, y que en vida tuvo una relevante función ética por la humanidad. Los santos que todos los cristianos fácilmente reconocen en la cultura popular es, quizá, porque han pasado por el proceso de canonización, que solo el papa puede llevar a cabo.

      Sin embargo, aquellas personas que nunca pasaron por un proceso de canonización en Roma también pueden ser considerados santos. Por ello se creó el Día de Todos los Santos, cuando se conmemora a todos los difuntos, hayan o no sido canonizados.

      Cuando los españoles llegaron a América, descubrieron que las culturas mesoamericanas celebraban a la diosa de la muerte en una fecha muy cercana al Día de Todos los Santos. Y de esa fusión nació el Día de Muertos en México.

      Hay muchas diferencias entre la celebración en México y en el resto de los países católicos. La principal, es que el Día de Muertos es alegre. El Día de Todos los Santos no lo es. Y Francia no es la excepción.

      Alex y Gwen, quienes me alojaban en Estrasburgo, visitarían la tumba de su abuela aquel día, como suelen hacer los fieles (y no tan fieles) del cristianismo. Yo, por mi parte, pretendía celebrar el Toussaints de una manera distinta.

      Aquella tranquila mañana casi ningún negocio había abierto sus puertas al público. La mayoría de las personas descansaban de la escuela y el trabajo. La oficina de turismo me lo había advertido, poco se podía hacer.

      Pero mientras la compañía de trenes siguiera funcionando, yo no pensaba dejar de viajar. Me dirigí entonces a la estación central de Estrasburgo y compré un ticket redondo a Colmar, un pueblo ubicado al sur de Alsacia.

      El viaje no tomó más de 30 minutos. Son solo 50 km los que la separan de Estrasburgo. Las vías recorren de forma paralela el valle del Rin, que divide a Francia de Alemania.

      Parecía que pocas personas se dirigían a la ciudad aquel día. Una pareja y yo bajamos del vagón y caminamos hacia el este, en dirección al centro de la ciudad, según indicaba mi GPS.

      Al adentrarme en el casco viejo, Colmar apareció ante mis ojos, tal y como lo había imaginado por varios años.

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      El sol apenas calentaba la fresca mañana, e iluminaba las fachadas de madera de los edificios que orillan las calles peatonales del pueblo.

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      Las casas, con sus ventanales de madera, combinaban a la perfección con los adoquines bajo nuestros pies. La escasez de gente parecía desaparecer mientras más me introducía en Colmar.

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      Pero no era de extrañarse que muchos visitantes, extranjeros y franceses, hubiesen decidido viajar a Colmar en el día de asueto. No para celebrar el Día de Todos los Santos, ni para acudir a una iglesia o un panteón. Sino solo para caminar y deleitarse con la belleza del lugar.

      Colmar no difiere mucho de Estrasburgo. Muchos dicen que es solo un Estrasburgo pequeño. Y pasa lo mismo con su historia.

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      Al igual que su hermana del norte y el resto de Alsacia, Colmar fue una ciudad libre imperial del Sacro Imperio Romano Germánico por muchos años. Perteneció a los reinos alemanes, hasta el fin de la Guerra de los Treinta Años, cuando pasó a formar parte de Francia.

      Volvió a manos alemanas luego de la guerra franco-prusiana, y luego volvió a Francia tras la Primera Guerra Mundial.

      Alemania la tomó en su poder durante el régimen nazi, pero al perder la guerra regresó a territorio francés, donde permanece ahora.

      Cualquiera diría que toda Colmar tiene aires alemanes. No muchos suelen sentirse en Francia al deambular por sus calles.

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      Y es que la mayoría de sus edificios datan de la Edad Media, reluciendo un característico estilo gótico alemán.

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      No obstante, en algunas esquinas pude toparme con edificios mucho más renacentistas. Para mí, una composición simplemente maravillosa.

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      En el corazón de su casco viejo, la imponente iglesia de San Martín apareció. No más bella ni grande que la catedral de Estrasburgo. Pero igual, un templo gótico más a la lista de las iglesias de Alsacia.

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      Las callejuelas perpendiculares a la Grand Rue, una de las vías principales del centro de Colmar, albergaban entonces a más y más gente.

      Era un día de descanso, pero no para los cafés y tiendas de souvenirs, que al ser la única opción de esparcimiento, se colmaron de turistas en un abrir y cerrar de ojos.

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      Sentarme en una de sus terrazas era una tentadora opción.Pero ese montón de turistas seguiría incrementándose conforme avanzaba el día. Así que un croissant y un café para llevar fueron la mejor elección.

      La plaza de la fuente de Schwendi es la intersección donde convergen todos los transeúntes.

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      Colmar es otra de las grandes capitales de la Navidad en Europa. Durante el mes de diciembre, cinco diferentes mercados navideños se instalan en sus plazas y calles centrales para vender vino caliente, salchichas alemanas, pan, chocolate, la famosa raclette suiza e infinidad de artículos alusivos a Noël.

      Decidí alejarme un poco de la plaza central y fotografiar los rincones solitarios de Colmar, a donde pocos se asomaban, y donde ningún café o tienda posaba mesas en su exterior.

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      Cada teja, cada puerta, ventana, balcón, era como un portal a otro cuento de hadas.

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      La casa perdida de Hansel y Gretel, la abuela de Caperucita, o los tres cochinitos con el lobo. Cualquiera podía venir a mi mente cuando me paraba frente a alguna de aquellos lares.

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      Pero todo cambió al caminar unas cuadras más hacia abajo, y alcanzar el famoso barrio de la Petite Venice, la Pequeña Venecia.

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      El río Ill, el mismo que atraviesa el centro de Estrasburgo, lleva sus aguas hasta las orillas de Colmar. Y desde el Rin, se creó el canal de Colmar, un afluente artificial que lleva las aguas de ambos ríos hasta el centro de la ciudad.

      Las orillas del canal de Colmar se flanquean de aquellas hermosas y antiguas casonas medievales, que la dotan de una increíble belleza.

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      No hay duda de por qué el barrio se hizo merecedor a tal nombre.

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      Los límites del malecón son decorados con multitud de flores que pintan el otoño en Colmar como todo un libro para niños. Nada me hacía envidiar entonces la llegada de la Navidad y sus mercados a aquel remoto lugar.

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      Al igual que los balcones de los edificios aledaños, que dejaban caer toda especie de plantas por el aire.

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      Algunos se paseaban por el canal en una especie de barca. Otros almorzaban sobre sus bellas terrazas. Yo me conformaba con pasear y pasear a la orilla de sus tranquilas aguas, oliendo cada flor al alcance de mi nariz.

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      Al final del barrio, un grupo de comerciantes rentaban algunos minutos al bordo de sus lanchas para ofrecer paseos a lo largo del canal. O al menos a lo largo de la Petite Venice. Y la fila era larga, vaya sí lo era.

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      Llegué a la zona residencial, donde un coche aparcado o un simple bote de basura en la banqueta me hacían preguntarme, qué se sentiría vivir en un lugar como aquel.

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      Llevar una vida normal. Ir a la escuela, al trabajo, al supermercado, limpiar la casa, pasear al perro o salir a correr. Un día a día en aquel paraíso debía ser alucinante.

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      Colmar era tal y como lo había imaginado. Desde un no muy lejano 2012, cuando por fin me animé a ver completo el filme de El castillo vagabundo, la aclamada película de animación japonesa basada en el libro homónimo, de origen británico.

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      La producción de Hayao Miyazaki es, sin duda, una historia de fantasía. Pero toca temas centrales del siglo XX y XXI, como el feminismo, la vejez, el pacifismo y la guerra.

      No es de extrañarse entonces que para crear los paisajes animados en los que la historia se desarrolla, haya elegido a Colmar y los Alpes Suizos como escenarios.

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      Colmar y Alsacia fueron un punto de disputa entre Francia y Alemania por varios siglos, y sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial. Y los Alpes Suizos, bueno, están en Suiza, país que se caracteriza por su neutralidad.

      Desde que supe que el hogar de Sophie (protagonista de la obra) existía en el mundo real, me dije a mí mismo que no podía morir sin antes verlo con mis propios ojos.

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      Y ahora estaba allí, parado sobre las calles y ante las casonas donde Sophie confeccionaba sus sombreros, y donde la Bruja del Páramo lanza su hechizo sobre ella.

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      Viajar a Colmar no fue solo visitar un pueblo francés más. Fue transportarme a Alemania, a un cuento de hadas y a una película de anime japonesa al mismo tiempo. Y pocas veces es posible hacer todo eso.

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      Aquella tarde tomé mi tren de regreso a Estrasburgo para almorzar con Gwen y Alex, a quienes di todas mis recomendaciones para viajar por Latinoamérica. El año siguiente, ambos dejarían sus trabajos y partirían por 12 meses en una aventura por el continente americano.

      Mientras yo, continuaba con mi aventura por Europa. Aunque mis vacaciones de Toussaint terminaban y yo volvía a Lyon al siguiente día, me restaban todavía varios periodos vacacionales y días de asueto que podía fácilmente disfrutar. Solo que ahora, mis destinos cambiarían.

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      Relatos Recientes

      Ver series es una actividad que disfruto mucho especialmente después de trabajar o durante los fines de semana. Me hice fanática de las series españolas, me gusta mucho la trama que tienen, el vestuario, actuaciones, detalles… Me permitieron conocer bastante de España, aprender sobre sus lugares, tradiciones, historia y varias cosas más…

      Me dio curiosidad conocer algunos de estos lugares que veía con frecuencia en la series, por ello es que de mi viaje a Europa decidí dedicar unos días para conocer a España, fueron pocos pero intensos.

      Una de mis series preferidas es Velvet, una serie que trata de moda y se desarrolla en Madrid ambientada en los años cincuenta. En la Gran Vía, se encuentra la fachada del edificio donde se desarrolla gran parte de la serie. Estando en Madrid, no podá dejar de visitar este lugar.  Mi viaje empezaba y terminaba en Madrid, ya que los vuelos tanto a la ida como a la vuelta salían de esta ciudad. No tuve mucho tiempo para recorrerla pero si lo suficiente para visitar el edificio en cuestión. En la actualidad funciona una gran tienda de ropa, debo confesar que entré y no miré nada de ropa (cosa raro en mí) pero era linda la sensación de estar en ese lugar que tantas veces había visto en la pantalla…

      Aproveché el paso por Madrid para conocer la Plaza Mayor y probar delicias del lugar… El viaje continuó hacia el País Vasco… escenario de otra de mis series preferidas llamada “Allí Bajo”, la serie trata de un joven del País Vasco que se enamora de una andaluza y muestra los dos lugares y sus tradiciones las cuales son bien diferentes. Me hubiera gustado conocer tanto el Norte como el Sur de España, pero el Sur quedó para otra oportunidad ya que elegimos como destino el País Vasco.

      Tomamos un tren con rumbo a Bilbao en donde nos hospedamos dos noches. Llegamos luego de la nevada histórica, lamentablemente no pudimos verla, pero si pudimos ver algo de nieve desde el tren.

      Bilbao es una ciudad muy bonita donde convive lo antiguo con lo moderno, allí pueden verse construcciones muy nuevas como el Museo Guggenheim y otras muy antiguas que se pueden apreciar al recorrer el casco histórico.

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      Por supuesto que un paso por Bilbao no estaba completo sin antes probar los típicos pinchos en Euskera llamados pintxos. Se trata de una rebanada de pan sobre la que se ponen distintos ingredientes. Lo que me llamó la atención es que todas las opciones son frías, era invierno con un día muy frío y gris y sin embargo los lugareños comían pintxos en los bares,  muchos comían sentados en la calle. Yo opté por probarlos dentro del local, en la barra, ya que por lo general no hay mesas para sentarse sino que se usa comer en la barra e ir de bar en bar. Si la idea es comer algo caliente está la opción de pedir una porción de tortilla. Otra cosa típica es el zumo de uva.

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      Otra cosa que desconocía es que también hay opciones de pinchos dulces, probé uno que tenía queso brie, mermelada y nueces… fue el que más me gustó de todos los que probé…

      Muy cerquita de Bilbao se encuentra San Sebastián, esta localidad es muy conocida por el famoso festival de cine, para mí era interesante conocerla porque fue allí donde se rodó parte de la Serie de Allí Abajo… En realidad, según pude ver en los videos de detrás de escena, solo se usó la fachada de un lugar y se hicieron un par de tomas de la Playa de la Concha y todo el resto se filmó en Sevilla. Pero aún así estando a pocos minutos en colectivo no podía dejar de ir.

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      La ciudad de San Sebastián es muy linda, tiene una playa bonita y un centro muy cuidado y prolijo. Conocimos la famosa playa que aparece en la serie y donde se dio la nevada histórica. Nosotros la visitamos al día siguiente en un día bastante cálido para ser invierno en donde la temperatura llegaba a los 17º.

      Luego del paseo regresamos a Bilbao para despedirnos de España, nuestro viaje seguía su rumbo a Francia…

      Me quedó pendiente para otro viaje conocer Santander y el Palacio de la Magdalena donde se filmó otra de las series que me gustaron mucho, El Gran Hotel. En todo viaje queda algo pendiente,large.IMG_8903.JPG.e42f610d33e4c0d9b114f89868cac8d9.JPGconsidero esto una buena oportunidad o excusa para regresar y seguir conociendo, ya que es imposible conocer un país en tan poco tiempo…

    2. Hacer planes en Alemania se había convertido en una tarea meramente complicada. Aunque confiar en los alemanes es una tarea evidentemente sencilla, hacer lo mismo con los sistemas de transporte no lo es.

      La ciudad de Stuttgart, capital del estado federado de Baden-Wurtemberg, se encuentra a solo 40 km de Tübingen, donde había pasado mi fin de semana junto a Ülrich. Si bien su recomendación fue no “desperdiciar” tiempo en Stuttgart, decidí pasar aunque sea un día en la ciudad. Después de todo, quedaba obligadamente a mi paso.

      Stuttgart era el lugar de residencia de otro couchsurfer al que había hospedado en México meses antes: Thomas, quien estudiaba una maestría en ingeniería de energías renovables. La ciudad es un ejemplo en calidad de vida e innovación sustentable, junto con muchas otras del sur de Alemania.

      Como muchos otros universitarios alemanes, Thomas vivía en un diminuto cuarto, parte de un complejo habitacional para estudiantes. Y su espacio y disponibilidad para alojarme no eran suficientes.

      Encontrar otro hospedaje en Couchsurfing no fue fácil. Pero los viajes públicos dieron buenos resultados, específicamente durante aquel viaje centroeuropeo. Así, recibí una invitación de Moritz, otro estudiante universitario, para quedarme en su dormitorio. Pero se trataba de una invitación bastante particular.

      Moritz se encontraba de viaje en Italia. Su cuarto había quedado solo por unos días, y su noble corazón no quiso desperdiciar esa disponibilidad para hacerme pagar un hotel durante mi estadía.

      Fue la primera vez que un couchsurfer se ofrecía a hospedarme sin siquiera poder conocerlo en persona. No me lo podía creer. Pero restaurar la confianza en la humanidad es precisamente uno de mis objetivos en Couchsurfing. Y vaya si los alemanes sabían cómo hacerlo.

      Fue así como Moritz me dejó instrucciones a mí y a su amigo Farzad, a quien le había dejado las llaves y con quien me encontraría en la estación de S Bahn más cercana para guiarme a su casa. La cita era el sábado por la noche a las 9 p.m., minutos después de que mi bus estaba programado para llegar a Stuttgart.

      Pero Flixbus, la empresa alemana de bajo costo con la que había hecho la mayoría de mis trayectos, parecía funcionar a la perfección en el resto de los países. Menos en Alemania.

      Y aquella tarde en la estación de Tübingen, mi autobús llegaría con una hora de retraso, como ya no era sorpresa para mí.

      Me apresuré a usar el wi-fi del autobús y avisar a Farzard que llegaría un poco más tarde. —Avísame cuando vayas llegando a la estación de Stuttgart —me dijo—. Así yo calcularé el tiempo para esperarte en la estación de tren.

      Accedí a su petición al no encontrar ningún inconveniente en ello. Pero a mitad de la carretera, cuando la oscuridad había ya caído sobre todos, el autobús se detuvo en un aparcamiento y todos comenzaron a bajar.

      Parecía que la escena de mi tren a Múnich se repetía. Pero esta vez no volvería a perder mi bus, pensé.

      La gente comenzó a abordar un camión que estaba al lado, encendiendo ya sus motores para arrancar. Todo era confuso, y las incognoscibles frases en alemán pasaban de un lado para otro.

      Una vez de vuelta en el camino, aquel inconveniente que creía ausente se manifestó. El nuevo autobús no tenía wi-fi.

      Todo parecía ir en mi contra cuando de transportarme en Alemania se trataba. Pero siempre hay una solución para todo. Y la escala en el aeropuerto de Stuttgart me la dio. Una intensa red de internet con la que rápidamente avisé a Farzard mi ubicación. Y con una enorme incertidumbre, quedé de verlo en la estación S Bahn 40 minutos más tarde.

      A pesar de mi indeseable impuntualidad (más bien, la del autobús), Farzard esperó pacientemente y me llevó hasta el apartamento de Mortiz. Un edificio estudiantil al este de la ciudad, muy cerca del río Neckar.

      La sensación fue extraña. Entrar a un cuarto donde nadie me esperaba. Un lugar donde nadie me conocía y donde nunca antes había estado. Un par de estudiantes me vieron cuando fui al baño. Y solo asintieron con la cabeza, en motivo de saludo.

      Muchos de ellos eran extranjeros, incluido Farzard, quien había nacido en Irak. Las banderas en sus puertas y la increíble variedad de comida en la cocina denotaban un ambiente afable e internacional.

      Avisé a Moritz que ya había llegado. —Ponte cómodo y coge lo que quieras del refri —me dijo—. Intenté no abusar de su hospitalidad y me dediqué exclusivamente a dormir.

      A la mañana siguiente salí temprano de la habitación. Tras tomar un desayuno y una merecida ducha, tomé el tren al centro de la ciudad, donde un típico y pacífico domingo me esperaba sin mucho que hacer.

      La Hauptbahnhof, estación central de Stuttgart, me dio la bienvenida al casco histórico, donde algunos pequeños negocios y la oficina de turismo abrían para recibir a los pocos visitantes.

      Pronto un área verde detrás de los comercios llamó mi atención y al lente de mi cámara.

      El Oberer Schlossgarten son los antiguos jardines reales, donde el sol iluminaba el Teatro Estatal de Ópera y la fachada norte del palacio real.

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      Las musas griegas en mármol me dirigieron hasta la Schlossplatz, la plaza central de la ciudad.

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      Las agudas vibraciones vocales de una chica resonaban por toda la explanada. Intentaba ganar algunos euros interpretando las melodías de Adele.

      Y como es común en las plazas públicas, no era la única intentando ganar dinero. Otro sujeto entretenía a los niños con burbujas de jabón que flotaban en todas direcciones.

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      El obelisco, que conmemora al rey Wilhelm, se posa en medio de la plaza, entre un antiguo edificio parlamentario y el llamado Palacio Nuevo de Stuttgart.

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      El Neue Schloss, de estilo barroco, sirvió en el siglo XVIII y principios del XIX como residencial de los reyes de Wurtemberg.

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      Stuttgart es actualmente capital del estado Baden-Wurtemberg. Pero por muchos siglos, ambos estados estuvieron separados independientemente como el Ducado de Baden y el Reino de Wurtemberg, que evolucionó de condado a ducado, y posteriormente a reino.

      Todo esto puede ser muy complicado de entender, ya que Alemania como la conocemos hoy, no se formó sino hasta los tardíos años del siglo XIX.

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      Nadie puede negar, sin embargo, que Stuttgart fue una ciudad próspera e importante dentro del Sacro Imperio Romano Germánico y del posterior Imperio Alemán. Tanto que, durante la partición de las dos Alemanias en la Guerra Fría, Stuttgart compitió contra Fráncfort y Bonn para ser la capital de la Alemania occidental.

      El palacio real es hoy solo el recuerdo de las épocas monárquicas de lo que vivió el territorio alemán en su momento. Aunque se sigue utilizando como sede de algunos ministerios.

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      Y a pocos pasos del Palacio Nuevo me encontré con el Castillo Antiguo de Stuttgart, cuya fachada renacentista no remonta precisamente al medievo, época en que fue construido, sino al Renacimiento.

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      Las grandes aspiraciones de muchos de los reinos e imperios europeos hacían a las familias reales abandonar aquellos antiguos alcázares de piedra y mudarse a los enormes e imponentes palacios que mandaban a construir con las riquezas de su estado. Stuttgart es solo otro de muchos ejemplos así.

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      El castillo me abrió paso a la Schillerplatz, una plaza mucho más menuda y discreta, flanqueada por antiguas casas y la Stiftskirche, una famosa iglesia evangélica.

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      Había quedado con Thomas de verlo por la tarde en su apartamento, para luego reunirnos con sus amigos. Y como todavía tenía mucho tiempo de sobra y pocas ideas de qué hacer, me dirigí a una de las atracciones más visitadas de la urbe. El Museo Mercedes-Benz.

      Stuttgart es la sede de la compañía automovilística multinacional que se dice responsable de la invención del automóvil. Y como casi todas las marcas de automóviles en el mundo, ha creado su propio museo para exhibir sus modelos a lo largo de la historia.

      El Museo Mercedes-Benz es increíble desde el momento en que uno se para enfrente. Su arquitectura ultramoderna se impone desde varios metros a la redonda, haciéndose notar ante todos.

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      Entonces me di cuenta de que el centro histórico estaba vacío porque la mayoría de los turistas vienen a Stuttgart por el Mercedes. La fila era enorme. Quizá debí haberme anticipado un poco más, pensé.

      Casi una hora más tarde, pude comprar mi ticket de entrada. Me introduje en el flamante museo y tomé el elevador al último piso, donde comienza el recorrido perfectamente diseñado.

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      Alemania fue uno de los países que más rápidamente se adaptó a la Revolución Industrial. Si bien el Reino Unido fue la cuna de dicho movimiento que marcó el comienzo de la Era Moderna, en la segunda mitad del siglo XIX Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón fueron rivales que pronto se convirtieron en potencias mundiales gracias a su industrialización.

      A partir de 1871 y hasta 1914, Europa vivió un periodo de paz y esplendor conocido como la belle époque. Las cuatro décadas se caracterizaron por la ausencia de guerras, la expansión del imperialismo europeo, el pensamiento científico sobre el teológico, el crecimiento económico capitalista y por un avance tecnológico nunca antes visto.

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      El ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo y el teléfono fueron inventos que cambiaron el rumbo del mundo para siempre. La aristocracia poco a poco perdía el poder político ante la importancia que había cobrado la burguesía. La gente empezó a migrar a las ciudades y las necesidades mercantiles cambiaban día con día.

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      En ese contexto, un empresario alemán llamado Carl Benz haría uno de los aportes más significativos al mundo moderno. Una de sus empresas, Benz & Cie, producía motores industriales de gas. En 1885 instaló uno de esos motores a un triciclo, que condujo por la ciudad de Mannheim.

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      El año siguiente, Carl solicitó al gobierno alemán la patente de aquel triciclo, considerado el primer vehículo automotor de combustión interna de la historia.

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      Tras la asociación con otros dos expertos en administración y ventas, se funda la empresa Daimler-Benz, convirtiéndose en los padres del automóvil.

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      Muchas personas no creían en el invento, ya que la gasolina no era fácil de conseguir. Sumado a las bajas velocidades en comparación al ferrocarril, ya bastante usado en aquella época.

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      El emperador Guillermo II de Alemania llegó a decir “Yo creo en el caballo. El automóvil no es más que un fenómeno transitorio”.

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      Y aunque el caballo sigue formando parte importante del transporte de hoy, no cabe duda que Guillermo II nunca se imaginó lo que Carl y la Daimler-Benz acababan de crear.

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      Las exposiciones universales formaron parte importante de la belle époque, ya que mostraron los grandes avances en la invención tecnológica y las últimas tendencias en el arte, además de la diversidad etnográfica de los vastos imperios europeos de la época.

      La exposición de París en 1889 fue una de las más importantes. Además de ser la fecha de inauguración de la emblemática Torre Eiffel, fue cuando Daimler-Benz mostró uno de sus primeros prototipos de automóvil al mundo entero.

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      Tras ello, varios fabricantes de autos comenzaron a aparecer en el mundo, como la Ford, la Peugeot y la Renault.

      Aunque la compañía sigue teniendo el nombre de Daimler AG, la marca Mercedes-Benz es todavía más famosa. Y su historia es bastante atractiva.

      Un empresario austrohúngaro llamado Emil Jellinek, decidió convertirse en un vendedor de los autos DMG, llegando a ser su agente y distribuidor principal, debido al éxito de la empresa. En 1899 condujo sus propios autos en la “semana de la velocidad” en la Costa Azul francesa, que se celebraba cada marzo.

      Apodó a su coche “Mercedes”, siendo este el nombre de su hija. Tras la popularidad, siguió usando el seudónimo de Mercedes para todos los autos que vendía. La serie Mercedes llegó a ser tan famosa que pasó a reemplazar el nombre oficial de la compañía Daimler-Benz. Así nace Mercedes-Benz, famoso hoy por sus autos de lujo y camiones.

      El actual logotipo de la marca simboliza los tres espacios donde los motores Mercedes-Benz son exitosos: aire, tierra y mar.

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      Los seis pisos de los que se compone el museo, por los que fui bajando poco a poco en una escalera espiral, explican la historia de la empresa y del automóvil, desde su nacimiento hasta la actualidad.

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      Paulatinamente van mostrando los modelos que en cada época estaban de moda, desde los más rústicos y funcionales hasta los más lujosos y exclusivos.

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      Cada piso posee una sala de exhibición temática, donde se muestran los coches Mercedes catalogados por su función.

      La sala de transporte público muestra, por ejemplo, la diversidad de autobuses que han transportado pasajeros alrededor del mundo. Desde la compañía nacional argentina de transporte hasta un camión urbano de Afganistán de los años 60s.

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      La sala de modelos clásicos es un deleite para todo amante del automóvil. Coches que parecen haber sido sacados de una película de Hollywood.

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      La sala de servicios públicos exhibe modelos tan exóticos de camiones de bomberos, ambulancias, patrullas policiacas o gruas remolcadoras.

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      La sala de coches famosos contiene el Mercedes donde se transportaba la princesa Diana cuando sufrió el mortal accidente en el túnel de París, y el célebre papamóvil, en el que tantas veces se vio viajando al Papa Juan Pablo II.

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      Los últimos pisos son el juguete preferido de todos. Los autos de carreras.

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      En ellos se han ganado competencias de Fórmula 1, NASCAR e infinidad de rallys automovilísticos en todo el mundo, siendo uno de los más famosos el de Mónaco.

      En esos momentos no importaba mi escaso interés por los coches. Aquellos relucientes modelos me hacían anhelar conducir uno de aquellos increíbles ejemplares.

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      131 años de historia automovilística perfectamente resumidas en seis plantas hicieron del Museo Mercedes-Benz una muy buena inversión de tiempo y dinero en Stuttgart. Una mucho más divertida que un domingo en el centro histórico. Aunque reunirme con Thomas el resto de aquella tarde sería otra inesperada pero entretenida idea.

      Nos vimos en su casa cerca de las 4 de la tarde, para preparar una ensalada de tomate y dirigirnos al apartamento de uno de sus amigos.

      Se trataba de una fiesta sorpresa para uno de los chicos que pronto emigraría a Leipzig, una de las ciudades más trendy para los jóvenes alemanes hoy en día.

      El variado buffet de panes, aderezos, ensaladas, bocadillos y bebidas no fue lo más sorpresivo, sino encontrarme con una habitación llena de alemanes que bailaban forró, el famoso baile brasileño.

      ¿Alemanes bailando? Sí. Y vaya que sabían moverse.

      El forró es un conjunto de bailes que nacieron en el noreste de Brasil a principios del siglo pasado. En los últimos años se ha extendido su fama a varios rincones de Europa, siendo Stuttgart el punto principal de esta lejana danza.

      La ciudad alberga cada año el Festival de Forró de Domingo, el más grande del mundo, con más de 500 participantes.

      Mis ojos no podían creer que un grupo de rubios alemanes estuvieran descalzos en una sala con piso de madera juntando sus cuerpos sudados y moviendo sus caderas al son de ritmos latinos.

      Era sin duda lo que menos esperaba ver en mi viaje por Alemania.

      No quedaba nada más por hacer que pedir mi vaga participación en la clase. Y sin dudarlo, tomé a una pareja con quien bailar para imitar los pasos de la instructora.

      Thomas me presentó ante todos como un turista mexicano. Mis raíces latinas hicieron creer a todos que podía fácilmente mostrar mis mejores pasos. Pero el forró es algo que había visto solo en películas brasileñas. Nunca lo había bailado.

      Mover las caderas es algo no muy necesario en el baile, cosa a la que estoy acostumbrado con la salsa, la bachata o el reggaeton.

      El forró implica movimientos un tanto más lentos, aunque con la misma sensualidad que muchos de los bailes latinos.

      La cena y la bebida pasaron sin duda a segundo plano con las horas que pude practicar forró con aquel simpático e inusual grupo de alemanes.

      Ellos y la excepcional hospitalidad de Moritz (a quien hasta hoy no he conocido en persona) rompieron todavía más esa imagen fría que de los alemanes se tiene en varias partes del mundo.

      Stuttgart había sido, después de todo, un buen destino a visitar. Quizá no tiene el casco viejo o el castillo más impresionante del país. Pero una caravana de históricos autos y la alegría de su gente son lo que escribieron una perfecta página más en mi diario de viajes.