Marsella: la amalgama franco-africana

Conéctate para seguir esto  
Seguidores 0
AlexMexico

262 visitas

Apenas pasaba el mes desde que había llegado a Francia para ser maestro de español en un colegio público. La ciudad de Lyon había sido lo suficientemente afable como para empezar a enamorarme de ella (a excepción de la búsqueda de un apartamento, tarea que casi me orilla a aceptar una ratonera como hogar).

Hasta entonces, París y Lyon habían sido mis dos escalas más prolongadas. Y a finales de noviembre volvía de un viaje largo por el centro de Europa, cuyas últimas escalas fueron Estrasburgo y Colmar, en la Alsacia francesa.

Aunque nueve meses parecen un largo periodo, los viajes pasan en un abrir y cerrar de ojos. Es imposible no querer comerse toda Europa en un solo viaje. Pero tenía que darme el tiempo de conocer más a fondo Francia. Y eso haría en cada fin de semana que tuviera libre.

Así tomé la decisión de partir al sur en el primer puente vacacional de noviembre. Un jueves por la tarde tomé un bus a Marsella, la joya mediterránea de Francia y segunda ciudad más poblada del país.

Jean-Alain se había ofrecido a alojarme por todo el fin de semana. Había emigrado desde la isla de Guadalupe (en el Caribe francés) hace ya más de siete años. Y al parecer, se había acoplado bastante bien a la vida en Marsella.

Y sin hacerme perder el tiempo, me invitó a la fiesta de un amigo suyo justo la noche en que llegué a la ciudad.

Un amigo alemán de Jean-Alain, que hacía su Erasmus en Marsella, se nos unió aquella noche. Tomamos un uber hacia uno de los barrios céntricos y subimos hasta un piso junto a la terraza del edificio.

Era la fiesta de cumpleaños de Oliver, un chico de Ohio que estudiaba entonces en Francia. Acababan de pasar las elecciones presidenciales de Estados Unidos y el tema de la parrillada era, por supuesto, Donald Trump.

Las paredes de su apartamento, de aires socialistas y liberales, se adornaban con retratos del republicano defecando sobre la bandera americana, amenazando al globo terráqueo, comiendo barras rojas una por una y asesinando al águila de la nación.

Oliver no era el único estadounidense presente. Y al parecer, ninguno de los asistentes estaba a gusto con el presidente recién electo, que parecía amenazar a cada uno de nuestros países de origen.

No fue una sorpresa enfrentarme a todo tipo de preguntas cuando la gente supo que yo venía de México. Y aunque ya me había acostumbrado completamente, no podía negar que fue sorprendente enterarme de que Trump había sido, en efecto, elegido presidente.

El 2017 sería año electoral para Francia, y la disputa con la candidata conservadora, Marine Le Pen, resultaría en un conflicto parecido al de Hilary Clinton con Trump.

Ya veríamos qué tan loco se estaba volviendo el mundo. Por lo pronto, las cervezas y el vino fueron nuestros mejores aliados ante un puente vacacional y ante una nueva realidad política de la que no sabíamos qué esperar.

Volvimos al apartamento de Jean-Alain casi al amanecer. Y al siguiente día, no fue raro que nos levantáramos después de las 12. El vino francés se había convertido en mi favorito. Pero hasta el día de hoy no he podido acostumbrarme a sus intensas resacas, ahítas de cefaleas e intensa sequedad en la boca.

Jean-Alain tenía entonces el mejor de los planes para mí. Tras tomar una ducha, nos dirigimos al centro de la ciudad. La comida marsellesa es conocida por sus mariscos mediterráneos. Pero un restaurante bereber era lo mejor para la resaca.

No era la primera vez que comía un cuscús. Pero era la primera vez que pagaba solo 7 euros por un plato tan enorme como aquel. Uno que simplemente no pude terminar.

La sémola de trigo absorbió todo el alcohol presente en mi cuerpo, y eso me dejó listo y determinado a conocer la ciudad.

Jean-Alain no podía quedarse conmigo aquella tarde. Pero me llevó en metro hasta el mejor punto de partida desde donde empezar una típica caminata por Marsella.

Así, descendimos en la estación de Notre-Dame du Mont, cerca de la iglesia que lleva el mismo nombre.

El barrio no parecía ser lo más prometedor. La estación nos condujo hasta una plaza al aire libre con algunos bares y pequeños restaurantes poco atractivos a primera vista. Y fue imposible no notar la gran cantidad de africanos que había a mi alrededor.

Jean-Alain es negro, algo común de la gente de la isla de Guadalupe, uno de los territorios de ultramar de Francia y antigua colonia de su imperio.

El siglo XIX fue el apogeo de los imperios europeos, cuando tras perder las colonias de América (inspiradas por la independencia de los Estados Unidos) decidieron repartirse, de la manera más cínica, los territorios de África, hasta entonces solo explotados para la exportación de esclavos.

Francia resultó ganadora con la zona del Magreb, el norte y oeste de África, que incluyen los actuales países de Argelia, Marruecos, Mauritania, Chad, Malí, Níger, Camerún, Costa de Marfil, entre otros.

No resulta extraño entonces que cuando todas aquellas colonias consiguieron su independencia, y tras guerras tan sangrientas como la que sostuvo contra Argelia, Francia haya recibido olas de inmigrantes africanos.

Su integración en la población europea no fue fácil del todo, aunque me atrevería a decir que fue menos complicada que la integración de los afroamericanos en Estados Unidos, con políticas tan separatistas parecidas a las del Imperio Inglés.

Para gente como yo, que viene de países como México, no es muy común toparse con personas negras o árabes. Es complicado hallarlas. Pero lo mismo resultaba meramente atractivo. Exótico y contrastante, sin duda.

Mi cliché sobre Francia se rompió en minutos. París y Lyon eran la viva imagen de la Francia haussmaniana, heredera de múltiples imperios, de la belle époque, de vanguardias artísticas y de la alta cocina. Pero Marsella simplemente no encajaba.

Las calles alrededor de la Cours Julien, la plaza a donde Jean-Alain me llevó, estaban tapizadas por coloridos y vivaces grafitis.

large.DSC00784.JPG.70e9ec1b4e79eb807391080f54f8738c.JPG

El 80% de las personas en el barrio eran negras. Fumaban sus cigarrillos y tomaban cervezas en la vía pública. En la atmósfera, se escuchaban los bongos y percusiones africanas. Mientras algunos cantaban y bailaban, no precisamente en idioma francés.

—Me gusta este barrio, me siento muy cómodo siempre que vengo —dijo Jean-Alain—. Sé que no es quizá lo que la gente quiere ver de Marsella, pero es una de sus verdaderas caras.

large.DSC00782.JPG.2bbdf523536bef5798159538017aa9c3.JPG

No me cabía duda de por qué había elegido Marsella para quedarse a vivir.

Con aquella excelente introducción, Jean-Alain partió. Quedamos de vernos de vuelta en casa por la noche. Y descendí las coloridas escaleras de del Cours Julien para adentrarme en la ciudad.

large.DSC00781.JPG.a6e176ff05b178b69286142a81f46b4d.JPG

El centro histórico de Marsella es una mezcla de calles vehiculares y peatonales flanqueadas por diferentes estilos arquitectónicos.

Es una ciudad fundada hace milenios como una polis griega, y vio pasar a muchos pueblos por sus tierras, incluyendo los romanos, visigodos, el Imperio Carolingio para terminar siendo parte del Reino de Francia.

Llegué hasta la Rue de la Canebière, que une a la colina central de Marsella con el corazón de la ciudad.

La Cámara de Comercio es solo uno de los bellos ejemplos de edificios del Segundo Imperio con los que Marsella se embellece, sobre todo en sus calles centrales.

large.DSC00785.JPG.a708cdfdcf269520e13b2eea605dceb1.JPG

La disparidad de gente me cautivaba. De un lado, la dama burguesa con guantes de cuero y un abrigo de piel sujetando una bolsa Prada. Por el otro, el chico africano escuchando rap en su móvil a todo volumen, usando un jogging unicolor a rayas marca Adidas y una gorra oscura.

Cuando el contraste parecía no poder ser mayor, apareció una muchedumbre caminando por la avenida, dirigiéndose hacia el antiguo puerto.

Las pancartas y los altoparlantes emitían mensajes en turco. ¿Una manifestación turca en Marsella? Por lo visto, de eso se trataba.

Los mensajes de protesta criticaban a Erdoğan, el presidente de Turquía. Las razones eran un poco ininteligibles a mis oídos y a mis ojos. Pero el intento paulatino de islamización del país, aunado a la guerra contra Siria, que implicaba al pueblo kurdo (varios presentes en Marsella) eran algunos de los descontentos del gremio. Pero las banderas mostraban a Abdullah Öcalan, un político nacionalista kurdo condenado a cadena perpetua por cargos de terrorismo.

large.DSC00790.JPG.089eec09053a0275f8f5057cbc440b80.JPG

El pueblo kurdo lucha actualmente por formar su propia nación en el Medio Oriente. Y era sin duda lo que menos esperaba encontrar en Marsella. Lo cual me dejó muy en claro la calidad cosmopolita de la urbe.

La marcha kurda culminó en el corazón turístico de Marsella, el sitio quizá más bello de toda la ciudad: el Vieux Port.

large.DSC00789.JPG.0511bced005a4e7d064c73b20b97b538.JPG

Marsella fue, desde tiempos de los griegos, elegido por su estratégica posición para dominar la navegación del Mediterráneo. Y su puerto natural rodeado por colinas fue una de las principales razones para que esa bella metrópoli se erigiera.

El Vieux Port es una estampa que me encontraría en repetidas ocasiones a lo largo de la costa mediterránea. Algo parecido a lo que ya había visto en Ibiza, Valencia y Barcelona.

large.DSC00795.JPG.6b736935893aa8f5ba9ec67103403a4c.JPG

Un cuadrante de agua cristalina repleta de botes pesqueros y yates, algunos de lujo, otros un tanto más modestos.

large.DSC00800.JPG.868e1cbf77dd5cff8cc67d37fbb19d10.JPG

La plaza principal que da la bienvenida al Vieux Port se adorna todo el año con una rueda de la fortuna y un techo de espejos que reflejaba los flashes de los turistas.

large.DSC00792.JPG.7bcaa805885f6da11597914b695bd808.JPG

Caminé por toda la orilla sur del antiguo puerto, fotografiando cada ángulo de su lado contrario.

Ambos costados están repletos de tiendas de souvenirs, cafés y restaurantes que ocupan la mayoría de los productos de la pesca local. Los mariscos, y sobre todo las ostras, son la especialidad de Marsella. Un precio que yo no estaba dispuesto a pagar.

Paré en una de las tiendas, recomendación personal de mis padres, que antes de que yo llegase a Marsella habían investigado los principales lugares y atractivos de la ciudad.

Una antigua fábrica de jabón era ahora una tienda que vendía eso, solo jabón. Jabones en todos colores, tamaños y aromas. Figuras exóticas talladas en jabón, con especialidades medicinales y terapéuticas.

Un par de jabones serían buenos como recuerdo para Lyon y para mi casa en México. Los jabones no eran lo que más ocuparía mi tiempo, así que seguí mi paso.

El malecón me llevó hasta el fuerte de San Nicolás, mandado a construir por el rey Luis XIV para proteger el puerto de los ataques piratas.

Desde aquel punto tuve frente a mí, en todo su esplendor, a la segunda fortaleza de Marsella, el fuerte de San Juan, el más famoso de ambos.

large.DSC00802.JPG.6350a0a77d49bb9bf74dd24208ad1f61.JPG

Su torre había sido ya construida en el siglo XV por René de Anjou, quien había sido conde de Provenza, región a la que pertenece históricamente Marsella.

Sin embargo, fue Luis XIV quien reforzó sus murallas y dio vida a ambos fuertes que hoy dan la bienvenida al Vieux Port.

large.DSC00806.JPG.f8b0f111f8af893478ff10a8a156360a.JPG

Subí a lo alto de la colina del fuerte, donde se yergue el Palacio del Faro, otro de los íconos del Segundo Imperio.

large.DSC00807.JPG.788759da7b6dc195c3bf1c2499e0bdbe.JPG

Desde sus altos jardines tuve las mejores vistas del fuerte de Saint-Jean y del puerto antiguo, sobre los que ya comenzaba a caer el sol.

large.DSC00809.JPG.6ab33999d438bca1ec033fd6a36b4bee.JPG

Al norte, se veía la compleja zona del puerto nuevo, donde un lujoso crucero custodiaba la Catedral de la Major y el MuCEM, el museo moderno más importante de la ciudad.

large.DSC00815.JPG.847721eebe2401cb9f116767c5ec4a1a.JPG

La historia y la economía de Marsella siempre ha estado basada en su puerto y el comercio exterior. Es el puerto más importante de Francia y el tercero más importante de Europa. Desde allí, se ha conectado a Francia con el norte de África, lo cual hace adivinar el porqué de la presencia de tantos marroquíes, argelinos y tunecinos.

Antes de que la noche cayera sobre mí, me apresuré hacia la playa de los catalanes, donde pude ver un hermoso atardecer.

large.DSC00817.JPG.5da6ffb75310da6c55da12ea403b8e42.JPG

Los ocasos del Mediterráneo me hacían tanta falta desde la última vez que presencié uno en Ibiza.

large.DSC00818.JPG.3fc372ccc169b6ca831f460810025d24.JPG

La magia de sus azules y tranquilas aguas con su suave y templada brisa me dieron por segunda vez el mejor de mis deleites en Europa.

large.DSC00819.JPG.b24ad3409b9adc705de12acb2da635c7.JPG

Cuando el sol se ocultó, caminé de vuelta al centro, no sin antes detenerme en la Four de Navettes, la panadería más antigua de Marsella, fundada en 1781.

large.DSC00823.JPG.7c67723a564df3dcd78862859c7943a6.JPG

Mi roomie Olivier, quien había vivido en Marsella algunos años, me recomendó ampliamente aquella tradicional panadería artesanal. Y vaya si valía la pena. Por tres euros que al principio hirieron mi bolsillo, pude comer la mejor palmier de mi vida (ese exquisito pan dulce al que llamamos “palmera” u “oreja”).

Con una fruición en mi boca, volví al Vieux Port, que para entonces ya se había llenado de vivas y coloridas luces.

large.DSC00828.JPG.e8e961783a4f5cc9bcce24b516c49c01.JPG

En lo alto de la colina, al sur del puerto, se iluminaba la majestuosa Basílica de Notre-Dame de la Garde, a la que subiría al otro día por la mañana.

large.DSC00831.JPG.30407ade5ebfc70661729d8afb80d3b1.JPG

Es posible llegar a la basílica a pie. Pero si bien Jean-Alain no vivía muy cerca, no me encontraba con toda la disposición de subir calles zigzagueantes varios metros arriba. Así que un bus fue la mejor opción.

La colina fue elegida por varias razones. Una de las principales, es que custodia la totalidad de la ciudad, y por supuesto, las vistas desde lo alto son bellísimas.

large.DSC00899.JPG.cfb18aca407c68774a9ece39990e5487.JPG

A casi 360 grados, pude divisar desde el Palacio del Faro y el puerto nuevo hasta la plaza central del puerto viejo.

large.DSC00904.JPG.f93430e8613a63936a85b75e07b062d8.JPG

Del otro lado, los islotes frente a la playa de los catalanes, donde un día antes el atardecer me había embelesado, hasta el estadio Vélodrome, cerca de donde vivía Jean-Alain.

large.DSC00927.JPG.90c0fa210c75b131c0e19d1a715dd873.JPG

Por doquiera que mirara, la radiante ciudad cautivaba mi vista. Marsella es una de las ciudades que más horas de sol recibe al año en Francia, y eso no podía hacerme más feliz. En Europa, el sol es siempre una ganancia al espíritu. Eso me quedaba claro.

large.DSC00929.JPG.4fac6177a3f30fb76dad8390f251574c.JPG

Un par de militares custodiaban los barrios a sus pies. Una estampa a la que me estaba acostumbrando. Francia no parece a simple vista un país conflictivo, donde el ejército se pasee por las calles. Pero desde el atentado terrorista de París en 2015, nada volvería a ser igual.

large.DSC00910.JPG.b634d72e5b2efc5ca70660708f2df56c.JPG

Marsella tiene fama de ser una ciudad un tanto peligrosa para muchos franceses. Con mafias, pandillas y crimen callejero. Y aunque poco podía asustarme a mí, no es sorprendente entonces toparse con policías y militares circulando cada callejón.

Sobre mis espaldas, se levantaba la Basílica de Notre-Dame de la Garde, quizá el símbolo más conocido de Marsella.

large.DSC00912.JPG.f083b7b9de0105fb141beb1b0d7127b8.JPG

También construida durante el Segundo Imperio de Francia, fue consolidada en 1864, y ha pasado a ser casi más importante que la catedral.

Su atractivo estilo neobizantino mueve los parámetros clásicos en los que se funda el catolicismo francés. Pero es Marsella, una ciudad que quizá nunca ha encajado a la perfección con el resto de Francia.

large.DSC00924.JPG.887541f76ab9f4d00858c0b627b922f3.JPG

En lo alto de su campanario una figura dorada de la Virgen María con el niño Jesús.

Su interior me recordó desde el primer instante a la mezquita-catedral de Córdoba, en España. Con sus arcos rayados en blanco y rojo, y sus coloridos tapices en su techo.

large.DSC00928.JPG.57c24e30b7b253a9a4fdca2cb4baeee1.JPG

La belleza desde aquella antigua cantera era impresionante. Y una vista que nadie en Marsella puede darse el lujo de perderse.

large.DSC00926.JPG.c49b0e1a1e1eea303b225a752e9de579.JPG

Bajé a pie las escaleras que descienden al centro histórico, a orillas del Vieux Port.

large.DSC00931.JPG.60796e986c48d7743da54e75c1ed2669.JPG

Las plazas abiertas entre los coloridos edificios vis-à-vis invitaban a sus restaurantes y bares. Un buen café gourmand francés no puede negarse nunca.

large.DSC00930.JPG.5774e8dbaf4795406b240ab41f8f16e6.JPG

Seguí mi camino por el Vieux Port, esta vez a su extremo norte, de donde nuevamente se asomó la majestuosa basílica.

large.DSC00932.JPG.1722fb0a2433a17c266331fe243edff0.JPG

Me dirigí al fuerte de San Juan para visitarlo más de cerca. Su interior ahora es un laberinto de piedra rojiza que deja entrever cómo se combatía a los piratas desde el lejano siglo XV.

large.DSC00941.JPG.aa214a604c0547de98488ca5ee5580ee.JPG

Sobre sus techos sus cafeterías permiten tener una experiencia diferente, en un recinto histórico que seguro Luis XIV nunca imaginó que llevaría a Marsella a ser tan turística y famosa.

large.DSC00938.JPG.5b798c4e0f5b427cc6271152d82781b7.JPG

Y desde esa altura, la entrada al Vieux Port por el Palacio del Faro y el fuerte de San Nicolás luce simplemente exquisita.

large.DSC00942.JPG.2e5f1577e4ad05715fc6350c94ac8bc7.JPG

La vívida mezcla de Marsella, con fuertes de piratas, basílicas bizantinas, palacios de la era imperial, burgueses, africanos y hasta kurdos, me había encantado más de lo imaginado. Una de las ventajas de haber sabido poco antes de llegar a la ciudad,

large.DSC00947.JPG.f6e909d99963db4230309a920395f984.JPG

Pero Marsella no había terminado de sorprenderme, y junto con Tamar y Mor, dos amigas israelíes de Lyon, conocería más a fondo la magnificencia de la costa del Mediterráneo.


3
  Reportar Relato
Conéctate para seguir esto  
Seguidores 0
Conéctate para seguir esto  
Seguidores 0
  • relatos
    7
  • comentarios
    26
  • visitas
    2.087


2 Comentarios


Muy bella la ciudad de Marsella. En el verano las playas son increíbles y las calas que hay al sur de la ciudad son increíbles!

0

Compartir este comentario


Enlace a comentario

Registrate o Inicia Sesión para comentar

Necesitas estar registrado para poder publicar un comentario

Crear una cuenta

Registrate para crear tu cuenta en nuestra comunidad. ¡Es fácil!


Registrar una nueva cuenta

Iniciar Sesión

¿Ya tienes una cuenta? Inicia Sesión aquí.


Inicia Sesión ahora
  • Blogs

    1. Salir de casa temprano nunca ha presentado un desafío para mí. Y despertarme por las mañanas tampoco. Todo depende de la costumbre. Pero en un día frío, salir de cama siempre se vuelve un martirio, uno al que no estoy muy habituado.

      Aquel 19 de diciembre Turín amaneció con una temperatura helada. Menos mal que los grados descendieron a casi cero hasta el día que yo abandonaba la ciudad. El frío era lo que menos buscaba en mis vacaciones de invierno en Italia.

      Ni hablar de meterse a la ducha y esperar a que saliese el agua caliente. Sólo me vestí, tomé mi mochila y salí del apartamento donde Luca, un italiano de Couchsurfing, me había hospedado por un par de noches. Me acompañó hasta la puerta del edificio y caminé hacia la avenida principal a tomar el tranvía, que me llevaría lo más cerca a la parada de mi autobús, que no podía darme el lujo de perder.

      Al salir del vagón, una nieve ligera comenzó a caer y golpear suavemente mi rostro, que cubrí rápidamente con mi bufanda y un gorro, que había cargado por si el frío hacía de las suyas.

      El punto de partida de mi Flixbus no era precisamente el mismo al que había arribado dos días antes. Ahora debía caminar por una larga avenida. Y junto a un parque, el omnibus aguardaba por mí y el resto de los pasajeros. Compré un café para calentar mi cuerpo y no tardé en entrar al coche y recostarme.

      Y mientras salíamos de la ciudad, la nevada se intensificaba hasta casi borrar toda silueta por las ventanas. Pero nuestro rumbo al este, lejos de los Alpes, mejoró el clima, y después de tres horas y media entrábamos a la estación Porta Nuova de Verona.

      Llegaba a una pequeña ciudad de la que, nuevamente, poco sabía, aunque su nombre resonaba en mi cabeza. Mi amiga Antonia me la había recomendado ampliamente. Así que una escala de un sólo día no me haría ningún daño.

      La suerte me había sonreído otra vez, y un couchsurfer había aceptado hospedarme aquel día. Pero él llegaría a casa por la noche. Así que el resto de la mañana y toda la tarde, estaría yo solo y la hermosa ciudad bajo mis pies.

      Y ya que nunca encontré la consigna de equipaje en la estación central, debía llevar mi mochila al hombro conmigo todo el día. No era lo más cómodo, pero no era algo nuevo a lo que me enfrentaría. Mi experiencia me había enseñado a cómo cargar menos de 10 kg en ella. Incluso en el frío invierno.

      La Navidad también había llegado a aquel rincón del norte italiano. Y frente a la antigua Porta Nuova, un pino navideño me dio la bienvenida.

      large.DSC01082.JPG.731927413858e64dff11e611c91a5195.JPG

      Guiándome por el GPS de mi móvil, caminé hacia la Via Guglielmo Marconi, donde los antiguos y pintorescos edificios comenzaron a alumbrar mi recorrido.

      large.DSC01085.JPG.5de2cf3d073a15b0f551c53b6d2978a8.JPG

      En una de sus puertas encontré una bandera argentina. Y aunque sabía que estaba en Italia, no me resistí a comer una empanada de carne. ¡Vaya si extrañaba Argentina y sus empanadas salteñas! Después de todo, tenía el resto de mis vacaciones para seguir comiendo pizza, pastas y lo que Italia me pusiera enfrente.

      La ciudad, como dije, es pequeña, y pronto alcancé los arcos del Corso Porta Nuova, una calle que lleva hasta el centro histórico.

      large.DSC01086.JPG.9b11760e7fa00f02475f1af005653f0b.JPG

      Y tras aquellos arcos me abrí paso en la Pizza Brà, la plaza pública más famosa y grande de Verona.

      large.DSC01100.JPG.d33a1502800e8a1853f50c1f94d3ac18.JPG

      A ambos costados de la acera, los mercaderes ya habían colocado sus carpas para vender toda clase de productos y comida, especialmente las que hacían referencia al Natale (la Navidad).

      large.DSC01088.JPG.7389d003008479e5ae0859b9bffdcf15.JPG

      Las nubes se disiparon por completo aquel hermoso día y dejaron ante mis ojos una colorida y vívida Verona, excelente para el lente de mi cámara.

      large.DSC01101.JPG.4b7eba1e1ee157513fb2ba980d7d1fbf.JPG

      La Piazza Brà es el testimonio más fiel de lo bien que se ha conservado la arquitectura veronesa, incluso después de las guerras que azotaron al país en el siglo XX. Y a sus orillas, los tornasoles edificios dan una muestra magnífica de las corrientes artísticas que se expandieron con el Renacimiento, de la que Italia fue cuna y propulsora. Desde el neoclásico hasta el barroco.

      large.DSC01090.JPG.f5b9c1623303bd34026876ee758bd194.JPG

      Pero al Renacimiento no es lo único que la ciudad deja todavía de manifiesto. Tan sólo unos pasos más adelante, me topé con la portentosa Arena de Verona.

      large.DSC01092.JPG.1d0f12a5916eab4de2c6afa9b7b9fcaa.JPG

      El vetusto anfiteatro romano es una de las construcciones de su tipo mejor preservadas en Italia, y un símbolo memorable de la Era Antigua.

      El edificio de casi 2,000 años de antigüedad fue construido fuera de las murallas que delimitaban la ciudad en la época romana, y era tan famoso que muchas personas viajaban desde lejos para contemplar los espectáculos que se llevaban a cabo en su interior.

      large.DSC01093.JPG.b6760c733bc4a0e9ef8a5503c8f8df76.JPG

      A pesar de su longevidad, la Arena se sigue utilizando para algunas presentaciones de entretenimiento, gracias a su excelente acústica y a su capacidad para 22,000 espectadores.

      Así, durante el Festival de Verona en el verano, son comunes las óperas y conciertos, y han dado cabida a grupos tan célebres como Pink Floyd, Elton John y Muse.

      Cualquiera diría que al haber presenciado ya el Coliseo de Roma (una de las llamadas siete nuevas maravillas del mundo), todo anfiteatro de su mismo tipo no tiene comparación. Pero la Arena de Verona me dejó simplemente boquiabierto.

      large.DSC01104.JPG.08a4842292c05648612c21d8965c5bc8.JPG

      A un costado del monumental teatro, las callejuelas más turísticas de Verona se abrían paso, con boutiques de moda, cafeterías, joyerías y tiendas de regalos.

      large.DSC01102.JPG.f404d3f767f07eee8389c65c1dcac132.JPG

      No tardé en alejarme lo más posible del gentío, perdiéndome en los callejones veroneses a donde ningún coche puede entrar.

      Algunas casas me recordaban, por alguna razón, a la costa mediterránea, que había pisado un mes atrás en Marsella.

      large.DSC01123.JPG.de7a0d2045b054dd6c542fad431a0f24.JPG

      Con aquellas fachadas matizadas cual verano, el frío se escapaba de mi cuerpo con tan sólo voltear hacia arriba, a donde las torres de sus iglesias y antiguos puestos medievales de vigilancia se asomaban bajo el cielo azul.

      large.DSC01108.JPG.cbfc2a6087cde6b8d6b5c2ad02546d69.JPG

      No me cabía ninguna duda de por qué Verona era conocida como la ciudad del amor y el romance, a donde muchas parejas viajan a casarse o pasar su luna de miel.

      large.DSC01109.JPG.5db8fa672ea35ef5dc85444b4ddc732c.JPG

      Pero este último dato tiene su explicación. Una tan sencilla que tres palabras lo dejan todo en claro: Romeo y Julieta.

      Aun quien no haya nunca leído la tragedia de Shakespeare, conoce un poco de la historia que se esconde detrás. Dos jóvenes enamorados cuyas familias no apoyan el amor que se tienen el uno por el otro, y aun así deciden casarse de forma clandestina. La presión de sus parientes y la serie de desfortunios que viven, los hace encontrar en el suicidio la única forma de felicidad, lo que supone al final de la obra la reconciliación de las dos familias.

      Las obras más aclamadas del dramaturgo inglés están casi siempre basadas en hechos y personajes de la vida real, al igual que sus escenarios. Así, Macbeth se sucede en Escocia con uno de sus reyes; Hamlet en un castillo de Dinamarca; Romeo y Julieta toma lugar en Verona.

      Existen muchas teorías que contradicen que las familias protagonistas (los Montesco y los Capuleto) hayan sido originarias de Verona en la vida real. Aunque sí se tiene certeza de que los Cappelletti vivieron en Verona en el siglo XII.

      Y la casa que presume todavía el escudo de armas de la familia en su entrada, es hoy llamada “la casa de Julieta”, y es por supuesto, uno de los principales atractivos de la ciudad, ubicada en la Vía Capello 23.

      large.DSC01110.JPG.bd554453e24597c72905b485e19e7a12.JPG

      Shakespeare nunca visitó Verona, y su obra original es una mezcla de leyenda con realidad. Por lo que no se sabe con exactitud que en aquella casona haya realmente vivido una tal Julieta. Pero sin duda, los enamorados prefieren pensar que así fue.

      En el pasillo que recibe al patio principal, ambas paredes se colman de miles de mensajes de amor que los turistas han dejado con el paso de los años, desde 1905 cuando la casa fue convertida en museo.

      large.DSC01111.JPG.f4d19bf7dcd1d528d04a13f2e022c880.JPG

      La cantidad de cartas de amor es tal, que el ayuntamiento de la ciudad debe retirarlas por lo menos dos veces al año, al igual que los candados que los novios colocan en una de sus puertas, y que pueden comprarse fácilmente en cualquier tienda de souvenirs.

      large.DSC01116.JPG.922ff679df991bedf79e051252d5e08b.JPG

      En la representación teatral, Romeo y Julieta se declaran su amor en un balcón de la casa. Y ese balcón fue estratégicamente añadido al edificio en los años 30, para hacerlo más ad hoc al libreto de la famosa puesta en escena.

      large.DSC01112.JPG.682e1a0bce3a41082d0d5b15c54d7f73.JPG

      En el patio, una estatua de Julieta es la forma en la que muchos hombres y mujeres creen poder enamorarse. La tradición cuenta que quien toque el seno derecho a Julieta encontrará por fin el amor verdadero.

      large.DSC01113.JPG.11fe6ea53a4223f3b30cb5b64ef9d84c.JPG

      Realidad o mito, no cabe duda que Shakespeare y su célebre drama hicieron a Verona famosa en todo el mundo desde el lejano siglo XVI. Y hayan o no vivido Romeo y Julieta en ella, no puedo negar que cada calle de la ciudad hace a cualquiera enamorarse.

      large.DSC01124.JPG.71f746d774c522bd2eb8941f756867f2.JPG

      Muy cerca de la casa de Julieta llegué a la Piazza delle Erbe, la más antigua de Verona, donde años atrás se hallaba su foro romano.

      La plaza está flanqueada por varios edificios y monumentos medievales, como la torre del Gardello, que vigilaba el antiguo centro político de la ciudad.

      large.DSC01118.JPG.5fa8535beea95f48aaa25184f34d408d.JPG

      En su centro, el mercado de Natale tentaba a cualquiera a comprar chocolate caliente, dulces, adornos y gorros de Santa Claus. Yo me resistí a todo, y me conformé con la belleza del lugar.

      large.DSC01119.JPG.764b6dff109bc64d7f955d662c586cb8.JPG

      El mayor símbolo de la plaza es la torre de Lamberti, de unos 84 metros de altura, desde donde se custodiaba la ciudad en la Edad Media.

      large.DSC01121.JPG.c0c310f33bb6a2287ad9524d6708c55d.JPG

      Para separarme un poco de los turistas, caminé hacia la rivera del río Adigio, que parte a la ciudad en dos y que acordona al casco histórico.

      Desde su orilla contemplé las pequeñas colinas que rodean al centro de Verona, sobre una de las cuales se alza el Castillo de San Pedro, del que poco pude ver, ya que se encontraba en restauración.

      large.DSC01131.JPG.3e4111b099865a191e655ca77800ccb1.JPG

      De cualquier forma, no quise perderme la oportunidad de subir hasta la cima, así que crucé el Ponte Nuovo hacia el otro lado del río.

      large.DSC01130.JPG.8d5ccf8918a8365c8e7559000f732a9c.JPG

      El campanario de la iglesia de Santa Anastasia fue lo que más acaparaba la atención desde aquel ángulo.

      large.DSC01133.JPG.e1ddfb689d9f75b6a5a67fbff81f19a9.JPG

      Pero una vez al otro extremo, el longevo Ponte Pietro apareció sobre la furiosa corriente del Adigio, sobre el que emergía la torre de la catedral de Verona.

      large.DSC01138.JPG.4f951c2fe31e2b48d3ddbf2c794ab07c.JPG

      Casi al lado del Puente de Pedro, unas escaleras subían por la ladera de la colina, entre las coloridas casas y sus floreados ventanales.

      large.DSC01139.JPG.ffdbc24dff66feb3847883e03ab463d7.JPG

      Pero Google Maps no marcaba precisamente a dónde llegaban las escalinatas. Di un par de pasos arriba, pero no podía ver mucho más allá de las casas.

      Ante la incógnita, decidí tomar el camino seguro, y subí por la Vía Castello San Felice, que bordeaba la colina por su parte trasera.

      Mi tedioso andar por un camino zigzagueante parecía no llevarme a ningún lugar. No al menos a uno agraciado que quisiera fotografiar. Pero el espectro de un camping de recreo sobre una verde plancha de césped, me condujo a los pies del castillo.

      Y aunque éste último cerraba entonces sus puertas al público para dar paso a su restauración (en plena época navideña) las vistas que su balcón me regaló merecieron muchísimo la pena.

      large.DSC01144.JPG.14b07dc518a3b0d621fb5627224da3f8.JPG

      El casco viejo de Verona circundado por el río Adigio fue el panorama ideal para descansar, y para comer un racimo de uvas verdes bajo los pinares.

      Me preguntaba si aquel castillo habría sido suficiente para avizorar por la pimpolla ciudad hace algunos siglos, cuando el Imperio Romano Germánico y el Austrohúngaro intentaron en repetidas ocasiones invadir el norte de Italia. Pero por suerte, lo mejor de ella parecía haber quedado intacto.

      Sus tejados anaranjados y sus torres medievales me dejaron en claro por qué Shakespeare la eligió como escenario principal para una historia de amor, aunque por desventura nunca tuvo el placer de verla con sus propios ojos.

      large.DSC01146.JPG.90bc9d32aaf16466d3d4b3bea2bc1400.JPG

      Ante mí, una decena de parejas había subido hasta el castillo a pie. Habían tomado las escaleras que no tuve la osadía de explorar. Tras toda una tarde con mi mochila a los hombros, bajarlas fue la mejor elección, y crucé de vuelta a la ciudad por el Ponte Pietra antes del atardecer.

      large.DSC01149.JPG.83ca2200c9e3bffc58f95fb5e3cc4207.JPG

      Busqué un local de comida rápida para saciar mi hambre y descansar mi espalda. Y cuando hube terminado, la noche había caído, el frío se había intensificado y las luces habían alumbrado a una Verona que recibía la Navidad.

      large.DSC01154.JPG.1b569e49087e8dd07ef87c39927a4b7b.JPG

      Volví camino al centro para pasar mis últimos minutos en el mercado navideño, donde una pareja de recién casados bailaba su vals por las calles de aquella romántica ciudad.

      El coro hacía sonar sus villancicos, alentando a los novios a besarse en señal de amor. Si una época del año puede poner sentimental a muchos, es sin duda la temporada navideña.

      large.DSC01157.JPG.5a68d39420b02ac650ba1eeb42fb00dd.JPG

      Las luces, los adornos, el sonar de los cascabeles. Un cuarto menguante en el cielo, el calor de los calefactores callejeros. Las canciones del coro italiano y un grito de ¡Buon Natale!

      large.DSC01158.JPG.64aa825e64f19d3e460dab01d780b973.JPG

      Parado solo aquella noche allí, en una ciudad donde nadie me conocía, a unos cuantos días de la Navidad, no tardó en sacarme una lágrima del ojo. Pero pronto supe que era una lágrima de alegría. No todos los días podía disfrutar de aquel tipo de momentos, que aunque en plena soledad, me hacían saber lo afortunado que soy.

      Y unos minutos después me encontraba en el apartamento de Franco, comiendo una pizza de pepperoni y tomando una copa de vino. La mejor manera de curar la melancolía.

      Tras una ducha caliente caí muerto en la cama. Navidad se acercaba y debía seguir mi camino, que al otro día me llevaría a la costa del Mar Adriático.

    2. Marsella me había llevado hasta sus azules costas esmeralda para disfrutar el puente vacacional del 11 de noviembre, que conmemora el Armisticio de Compiègne, acuerdo que puso final a la Primera Guerra Mundial.

      El fin de semana largo no sólo me había llamado a mí a la costa sur francesa. Mi amiga Tamar estaba allí con su novia Mor.

      Tamar, al igual que yo, trabajaba como asistente de idioma en la ciudad de Lyon. Sólo que ella enseñaba hebreo. Sí, hebreo, en una escuela de niños judíos, cosa que me es, todavía al día de hoy, difícil de imaginar.

      Las dos israelíes vivían juntas en Valence, una ciudad 100 km al sur de Lyon, ya que Mor estudiaba cine de animación en aquella ciudad. Y estando 100 km más cerca que yo de Marsella, decidieron pasar el fin de semana allí.

      Otros dos amigos suyos, Melody y Bogdan, también visitaban la ciudad. Así que decidimos vernos con ellos para pasar un día juntos.

      En vista de que ya habíamos visitado por nuestra cuenta los principales puntos turísticos de Marsella, decidimos destinar aquel día a un plan mucho más tranquilo. Mucho más natural.

      Marsella es la única ciudad en Francia que cuenta con un parque nacional periurbano, uno de los pocos de Europa. Es decir, dentro de su área urbana, Marsella posee su propio parque natural.

      Es algo de lo que pocos turistas saben, lo cual me incluía a mí. Pero mi compañero de piso en Lyon, Olivier, me lo dijo: no puedes ir a Marsella y no visitar les Calanques.

      Desde mi primer día hospedándome con Jean-Alain, caminando por los barrios africanos y el Vieux Port de Marsella, me di cuenta de que la ciudad está situada entre varios macizos rocosos. Y observarla desde lo alto de la basílica de Notre-Dame de la Garde me dijo que Marsella ha crecido en una especie de anfiteatro natural.

      La segunda metrópoli más poblada de Francia se ha expandido tanto que ha llegado a tomar como parte de su superficie territorios naturales no urbanizables, y que dependen directamente del departamento Bocas del Ródano, del cual Marsella es capital.

      Y es al sur de la ciudad en donde uno de esos territorios naturales fue declarado parque nacional en el 2012. Se trata de les Calanques.

      La imagen de una costa mediterránea escarpada por blancos acantilados y arbustos bajos ya había venido a mí desde que visité Ibiza en el 2013. Y al parecer esa imagen efectivamente se repite en muchos otros lugares del mar Mediterráneo.

      Las calas de Ibiza son uno de sus muchas bellezas que atraen a miles de turistas cada año. Marsella también cuenta con muchas de esas calas, que en francés llaman calanques.

      Tamar y Mor me encontraron fuera de la estación de metro de la avenida del Prado, cerca del estadio Orange Vélodrome, no muy lejos de casa de Jean-Alain.

      Esperamos algunos minutos por Melody y Bogdan para partir todos juntos. Tomamos un bus en el paradero del Prado y nos dirigimos al sur.

      Poco a poco nos adentramos en los suburbios de la ciudad. A cada metro que avanzábamos, la mancha urbana iba desapareciendo. Los edificios se iban haciendo menos frecuentes, y el tamaño de las casas y sus jardines se hacía más y más extenso.

      Justo cuando vimos que el bus daba vuelta en una rotonda, preguntamos si era allí donde debíamos bajar para caminar hacia les Calanques. El chofer afirmó, y en medio del Chemin de Sormiou, comenzamos la caminata.

      El asfalto tardó más de un kilómetro en convertirse en tierra y piedras. Mucha gente adinerada vivía en aquella verde y tranquila zona de la ciudad.

      Hacer senderismo era lo que menos había planeado al visitar Marsella. Mis cómodos botines todoterreno se habían quedado en Lyon. Y mis pantalones no eran los mejores para largas caminatas. Pero en ese momento mis zapatos o mis pantalones era lo que menos me preocupaba.

      Desde que bajé del autobús un gélido viento penetró mis huesos y heló mi cabeza por completo. El día estaba soleado, como la mayoría de los días en Marsella y la Costa Azul francesa. Pero nunca me imaginé pasar tanto frío bajo el sol.

      Olivier había vivido en Marsella algunos años atrás. Cuando le dije que la visitaría por un fin de semana me dijo que era una excelente elección. Pero que debía prepararme con un grande y caliente abrigo que me protegiera del frío viento.

      Ignoré varias veces su comentario. Yo había revisado el clima para Marsella y todo parecía normal. Era más cálido que Lyon, así que el frío no iba a preocuparme. Pero cuando llegué a les Calanques, supe de lo que hablaba.

      Por suerte, Tamar y Mor iban bien preparadas. Tanto que todavía les sobraba un abrigo rompevientos en su mochila. No dudé en aceptarlo cuando me lo ofrecieron para ponérmelo bajo mi otra chamarra, que para ese entonces había descubierto que era demasiado delgada.

      El camino de asfalto empezó a penetrar a les Calanques, y el paisaje urbano pronto cambió a una plancha de montículos blancos tapizados por las yerbas y arbustos.

      large.DSC00833.JPG.9b2e2559337e57faa275c8420a726820.JPG

      Algunos coches nos rebasaban y empezaban a subir las colinas, tras las cuales no podíamos ver lo que se ocultaba.

      Incluso me fue necesario aceptar los guantes que Mor me ofreció. Nunca creí que el viento del que Olivier me había hablado fuera tan verdad. Mucho menos en un día tan soleado de otoño.

      large.DSC00834.JPG.83676d6eb754be54262be389a8ecd17c.JPG

      Pero el mistral es una corriente de vientos que se gesta en los Alpes para luego bajar al Mediterráneo. No cabe duda entonces del porqué de su helada temperatura.

      Cuando alcanzamos poco a poco la cima de las colinas graníticas tuvimos una vista de la ciudad que se escondía tras los montes Marseilleveyre, como se les conoce comúnmente.

      large.DSC00840.JPG.56b6a1e2bd83e28380dc1a83606f90de.JPG

      Esta zona de Marsella se caracteriza por poseer escasa tierra. La mayoría del terreno es de roca, lo cual hace difícil a las plantas poder crecer.

      large.DSC00852.JPG.2a0f26d91b33d5dbe36b4eb9ac06950f.JPG

      Es por ello que a lo largo de nuestro camino los pequeños arbustos eran más comunes que los grandes árboles. Así que prácticamente no había lugar donde esconderse del poderoso viento.

      large.DSC00850.JPG.a5ec031eac245df0e24e3e64e242837e.JPG

      Cuando llegamos a la punta de uno de los macizos calcáreos, frente a nosotros apareció el imponente mar Mediterráneo.

      large.DSC00846.JPG.ac143a5e746bd3a5de598a3160cb9e53.JPG

      Me había quedado en claro que no era un mar cualquiera. En Valencia, Barcelona e Ibiza el Mediterráneo me había maravillado con su increíble color azul, sus tranquilas aguas y, sobre todo, con su importante e histórico pasado.

      Estar frente al Mediterráneo siempre me llenaba de una calma inexplicable. Y Marsella no sería por nada la excepción.

      large.DSC00842.JPG.884cc105ada469beda369c586170f4a5.JPG

      Luego de algunos serenos minutos y de un sándwich sobre las rocas, dimos la vuelta para volver al camino de asfalto.

      large.DSC00844.JPG.7f684f8f65508f810b56537e9a69ed09.JPG

      Sólo se puede acceder a un par de las playas del parque natural en coche, por una vía de asfalto y tierra. Es a una de ellas donde nos dirigíamos: la Calanque de Sormiou.

      Normalmente el descenso es mucho más fácil que el ascenso. Pero bajar un macizo rocoso con el único par de delgados tenis que había llevado a Marsella representaba algunas complicaciones. Debía ser cuidadoso con el terreno escarpado.

      large.DSC00843.JPG.bafbc0733579bc0a68467116884cf3e5.JPG

      El camino en zigzag nos llevó cuesta abajo hasta la parte trasera de un par de edificaciones, que parecían ser un restaurante y una pequeña posada. Nada muy lujoso ni extravagante.

      large.DSC00859.JPG.cd8b284bdcc76776dbc27b02cb9aed65.JPG

      Y detrás de todo, por fin pisamos la húmeda arena de la ensenada.

      large.DSC00856.JPG.d641959ea770e6a15244905067b8c5ed.JPG

      Allí abajo, por el fin mistral desapareció, y pude despojarme entonces de los guantes y mis dos abrigos, que bastante estorbo me hacían ya.

      large.DSC00861.JPG.66552fdecf5901f3423dd8d01e9979b3.JPG

      Aunque sinceramente, el clima seguía siendo fresco. Y no fue nada normal para mí pararme sobre una playa con pantalón, tenis y un suéter. Mucho menos con el sol que quemaba nuestra piel.

      large.DSC00864.JPG.1bfe535b99ca2801fe95ae83bbc46135.JPG

      Melody y Bogdan no tardaron en irse. Tenían una reservación en un restaurante bastante famoso de Marsella y no querían perder la oportunidad de comer allí. Mor, Tamar y yo nos quedamos otro rato.

      La ensenada de Sormiou es quizá la de más fácil acceso desde la ciudad. Pero por ser otoño, el número de turistas era escaso, a pesar de haber sido un puente vacacional.

      large.IMG_20161112_181854.jpg.1b35dc23dfa20f07dfe4ffd5dd709afe.jpg

      En verano, las calanques se colman de bañistas que se sumergen en sus aguas, las navegan en kayak, en yates privados o simplemente toman el sol sobre sus playas. Para nosotros la situación fue bastante diferente.

      Nos bastó con sentarnos frente a sus tranquilas aguas y disfrutar de la vista.

      large.DSC00858.JPG.9f392275566dc4f27f43b9331bf462ff.JPG

      Pasamos allí una media hora más, caminando sobre la arena y sintiendo la suave brisa del Mediterráneo. Cogimos de vuelta nuestras cosas y empezamos a subir. Si queríamos llegar a buena hora a almorzar en la ciudad,debíamos emprender nuestro camino de vuelta.

      Pero en todas partes se puede encontrar un buen samaritano. Y una pareja se detuvo en su coche, al vernos subir con tanto esfuerzo la colina.

      Nos ofrecieron llevarnos hasta la ciudad, a donde pudiésemos coger un autobús. Y con el hambre que se había despertado en nuestros estómagos, aceptamos el trato.

      Mor y yo hablábamos francés con fluidez. Pero no era el caso de Tamar. Ella hacía su programa como asistente de idioma sin hablar casi una palabra de francés. Pero con Mor y yo al lado, no tenía nada que temer.

      Dimos las gracias a la pareja francesa y descendimos en la misma parada de bus a donde habíamos arribado unas horas antes. Y tras una siesta reconfortante a bordo, llegamos de vuelta a la ciudad.

      Comimos una rebanada de pizza antes de tomar el metro. Todavía había un importante punto que no habíamos visitado.

      Al oeste de la Rue de la République, que conecta el antiguo puerto de Marsella con el nuevo y moderno puerto, se encuentra uno de los barrios más viejos de la ciudad: Le Panier.

      large.DSC00866.JPG.f7c7803f2a0fad794d6f91f48e873053.JPG

      Es la zona geográfica donde se establecieron los primeros griegos cuando fundaron la ciudad, hacia el año 600 a.C. Y hoy representa uno de los sitios más bellos e históricos de la urbe.

      large.DSC00871.JPG.db815a359eb73b2134d54769d188ee31.JPG

      Le Panier es conocido por ser un barrio popular de Marsella. Y no es de sorprenderse, ya que fue el primer sitio de implantación de los inmigrantes que a la ciudad arribaban, sobre todo en el siglo pasado.

      Así, en el vecindario todavía vive una cantidad importante de corsos y magrebians (provenientes del norte de África).

      large.DSC00878.JPG.3eabafc069be6ed9ac607e4fa03011a6.JPG

      En años anteriores, sobre todo terminada la Segunda Guerra Mundial, Le Panier se convirtió en un sitio común para el tráfico de mercancías y el bandalismo. Marsella posee todavía la fama de ser una ciudad peligrosa donde la mafia tiene cierto poder.

      large.DSC00889.JPG.8402f4c919ad6ef87402caa2bdda05bb.JPG

      Pero recorrer las calles de Le Panier para Mor, Tamar y para mí fue una experiencia totalmente placentera.

      large.DSC00872.JPG.9749b012da56188149de60c70b7f09fc.JPG

      El barrio es hoy un circuito célebre para los turistas. Gracias a proyectos de recuperación del lugar, Le Panier ha pasado a ser uno de los núcleos culturales de Marsella.

      large.DSC00877.JPG.ec5c7e37c21097e4acb61e114ace565d.JPG

      El arte no sólo está presente en las coloridas paredes de sus edificios o en los elaborados grafitis que las adornan, sino en el interior de cada casa y local.

      large.DSC00868.JPG.37d831a668699447d574b92f20267e38.JPG

      Muchos de los estudios a las orillas de sus calles se han convertido en ateliers de pintura, cerámica, o cualquier otra expresión artística, donde los artesanos locales ofrecen sus productos a los transeúntes.

      large.DSC00887.JPG.90dd72562ae94bbe1462502307e9e274.JPG

      Ropa, juguetes, cuadros, flores, artículos de material reciclado, fotografías, instrumentos musicales.

      large.DSC00870.JPG.97dd85d9ad872bb82937310d895db702.JPG

      Y por supuesto, no puede faltar la comida. Las cafeterías son parte del alma de Le Panier, y el chocolate es parte importante de ella.

      large.DSC00875.JPG.2a40c58b1ee3dac86239d4b8ae53c30a.JPG

      No dudamos entonces en sumergirnos en una de las chocolaterías para adentrarnos en su delicioso arte.

      large.DSC00884.JPG.1472c4da2d764a9f3bd73688f5675db3.JPG

      La elección era imposible, entre tantas pequeñas (o grandes) tentaciones a nuestro alrededor. Pero nos inclinamos por una bola de chocolate blanco, envuelta en chocolate negro y espolvoreada con coco rayado. Un manjar que endulzó nuestro paladar y el resto de nuestra tarde en Marsella.

      large.DSC00883.JPG.df37cf17cc4d7a132259efdb74bf9b61.JPG

      Le Panier se forma por varias calles que bajan hasta el viejo y el nuevo puerto de la ciudad. Y es allí hasta donde nos llevaron sus rúas, justo  para quedar nuevamente frente a la basílica de Notre Dame de la Garde, en lo alto del otro extremo.

      large.DSC00880.JPG.4c14c47a80b10cdbffe1e16417ae4f30.JPG

      Entramos en un restaurante para comer una hamburguesa con papas y apaciguar el hambre que colmaba nuestros estómagos.

      Y antes de que el sol se ocultara, nos dirigimos al malecón del nuevo puerto para admirar más de cerca la Catedral de la Mayor, que se pintaba poco a poco con los colores del atardecer.

      large.DSC00893.JPG.0cb025854f9cd1cf6c68127080c17193.JPG

      Caminamos hacia el fuerte de Saint-Jean y visitamos un poco el interior del MuCEUM, el Museo de las civilizaciones de Europa y el Mediterráneo, que por desgracia estaba ya cerrando sus puertas al público.

      large.DSC00896.JPG.db874456c49bc9d16dd449f0837669df.JPG

      Frente al más posmoderno de los edificios de la metrópoli cayó la noche sobre nosotros y sobre Marsella, una ciudad que superó todas nuestras expectativas. Aunque no sería la última parada de la hermosa costa mediterránea francesa. Y algunos meses después, volvería a sus orillas para otras soleadas tardes frente a sus azules aguas.

      • 2
        relatos
      • 3
        comentarios
      • 282
        visitas

      Relatos Recientes

      Ver series es una actividad que disfruto mucho especialmente después de trabajar o durante los fines de semana. Me hice fanática de las series españolas, me gusta mucho la trama que tienen, el vestuario, actuaciones, detalles… Me permitieron conocer bastante de España, aprender sobre sus lugares, tradiciones, historia y varias cosas más…

      Me dio curiosidad conocer algunos de estos lugares que veía con frecuencia en la series, por ello es que de mi viaje a Europa decidí dedicar unos días para conocer a España, fueron pocos pero intensos.

      Una de mis series preferidas es Velvet, una serie que trata de moda y se desarrolla en Madrid ambientada en los años cincuenta. En la Gran Vía, se encuentra la fachada del edificio donde se desarrolla gran parte de la serie. Estando en Madrid, no podá dejar de visitar este lugar.  Mi viaje empezaba y terminaba en Madrid, ya que los vuelos tanto a la ida como a la vuelta salían de esta ciudad. No tuve mucho tiempo para recorrerla pero si lo suficiente para visitar el edificio en cuestión. En la actualidad funciona una gran tienda de ropa, debo confesar que entré y no miré nada de ropa (cosa raro en mí) pero era linda la sensación de estar en ese lugar que tantas veces había visto en la pantalla…

      Aproveché el paso por Madrid para conocer la Plaza Mayor y probar delicias del lugar… El viaje continuó hacia el País Vasco… escenario de otra de mis series preferidas llamada “Allí Bajo”, la serie trata de un joven del País Vasco que se enamora de una andaluza y muestra los dos lugares y sus tradiciones las cuales son bien diferentes. Me hubiera gustado conocer tanto el Norte como el Sur de España, pero el Sur quedó para otra oportunidad ya que elegimos como destino el País Vasco.

      Tomamos un tren con rumbo a Bilbao en donde nos hospedamos dos noches. Llegamos luego de la nevada histórica, lamentablemente no pudimos verla, pero si pudimos ver algo de nieve desde el tren.

      Bilbao es una ciudad muy bonita donde convive lo antiguo con lo moderno, allí pueden verse construcciones muy nuevas como el Museo Guggenheim y otras muy antiguas que se pueden apreciar al recorrer el casco histórico.

      large.IMG_8830.JPG.20a088e733dcb923160eb8108d685599.JPG

      Por supuesto que un paso por Bilbao no estaba completo sin antes probar los típicos pinchos en Euskera llamados pintxos. Se trata de una rebanada de pan sobre la que se ponen distintos ingredientes. Lo que me llamó la atención es que todas las opciones son frías, era invierno con un día muy frío y gris y sin embargo los lugareños comían pintxos en los bares,  muchos comían sentados en la calle. Yo opté por probarlos dentro del local, en la barra, ya que por lo general no hay mesas para sentarse sino que se usa comer en la barra e ir de bar en bar. Si la idea es comer algo caliente está la opción de pedir una porción de tortilla. Otra cosa típica es el zumo de uva.

      large.IMG_8828.JPG.85f50e854fdb7307433b99759513e094.JPG

      Otra cosa que desconocía es que también hay opciones de pinchos dulces, probé uno que tenía queso brie, mermelada y nueces… fue el que más me gustó de todos los que probé…

      Muy cerquita de Bilbao se encuentra San Sebastián, esta localidad es muy conocida por el famoso festival de cine, para mí era interesante conocerla porque fue allí donde se rodó parte de la Serie de Allí Abajo… En realidad, según pude ver en los videos de detrás de escena, solo se usó la fachada de un lugar y se hicieron un par de tomas de la Playa de la Concha y todo el resto se filmó en Sevilla. Pero aún así estando a pocos minutos en colectivo no podía dejar de ir.

      large.IMG_8890.JPG.a2d22f0afb0cca92839be45f1f3d2939.JPG

      La ciudad de San Sebastián es muy linda, tiene una playa bonita y un centro muy cuidado y prolijo. Conocimos la famosa playa que aparece en la serie y donde se dio la nevada histórica. Nosotros la visitamos al día siguiente en un día bastante cálido para ser invierno en donde la temperatura llegaba a los 17º.

      Luego del paseo regresamos a Bilbao para despedirnos de España, nuestro viaje seguía su rumbo a Francia…

      Me quedó pendiente para otro viaje conocer Santander y el Palacio de la Magdalena donde se filmó otra de las series que me gustaron mucho, El Gran Hotel. En todo viaje queda algo pendiente,large.IMG_8903.JPG.e42f610d33e4c0d9b114f89868cac8d9.JPGconsidero esto una buena oportunidad o excusa para regresar y seguir conociendo, ya que es imposible conocer un país en tan poco tiempo…