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Tras las murallas de Carcassonne

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AlexMexico

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La mejor manera de lidiar con el frío en Europa tenía una sola respuesta para mí: viajar.

Las temperaturas no dejaban de descender recién comenzado el 2017, y si bien el invierno no es mi temporada favorita para viajar, no me quedaba más remedio para escapar un poco de mi rutina en Lyon.

Así pasé un fin de semana en Toulouse, la ciudad rosa de Francia, que me regaló tardes soleadas en bicicleta por sus calles adoquinadas y fachadas de rojizos ladrillos, junto con mi amigo Benjamín, a quien había conocido en México.

Pero antes de volver a Lyon, era imperativo hacer una escala a 100 kilómetros al este de Toulouse, en un pequeño pueblo de Occitania que creí que difícilmente me enamoraría más de lo que Toulouse había ya hecho.

Aquel lunes, cuando todos los franceses volvían a su rutina normal de trabajo, yo había logrado pasar mi clase para el siguiente viernes. Con un día libre más, cogí el primer tren matutino hacia Carcassonne, y di las gracias a Benjamín por haberme hospedado por dos confortables noches.

La estación central de Carcassonne era bastante pequeña, lo que me daba a entender la minúscula magnitud del pueblo, del que poco había leído en el pasado.

Antes de salir y enfrentarme a la fría mañana exterior, tomé mi ya rutinario croissant con un café y un jugo de naranja, lo que se había vuelto mi típico desayuno francés.

A solo unos pasos de la estación, el Canal du Midi volvió a aparecer frente a mí.

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Aunque poco sorprendente para los ojos de un hombre contemporáneo, el Canal du Midi fue la obra de ingeniería más revolucionaria del siglo XVII, ya que logró conectar por vía fluvial al océano Atlántico con el mar Mediterráneo.

Las embarcaciones fueron el principal transporte en el mundo hasta la llegada del ferrocarril en el siglo XVIII, y aunque el Canal du Midi no se compara con la magnificencia del Canal de Suez o el Canal de Panamá, fue el precursor de estos, y por ello es hoy una atracción turística declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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Aunque el Canal du Midi y sus esclusas me regalaban el reflejo de un hermoso cielo azul, no era aquello lo que me dejaría atónito aquella mañana, y con certeza no era lo que me había llevado hasta los rincones de ese pueblo del sur francés.

Atravesé el centro de la ciudad baja, lleno de tiendas y comercios que apenas comenzaban a abrir sus puertas al público. En un sitio como aquel, un lunes por la mañana no tenía en absoluto la misma oscilante actividad que en el resto de las ciudades modernas.

Al sur del centro de Carcassonne, un puente me atravesó al otro lado del río Aude, cuyo territorio conserva aún las casas medievales en la que solían vivir los habitantes de la ciudad.

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Hoy la mayoría son comercios dedicados al turismo. Restaurantes, posadas, tiendas de artesanías y souvenirs. Aunque poco se oye hablar de ella fuera de Francia, Carcassonne representa uno de los centros turísticos más visitados del país galo.

La vista encima de la ciudad vieja me hizo ver el porqué. En lo alto de la colina adyacente, una enorme ciudadela con torres de castillo se posa todavía como si el tiempo se hubiera detenido, congelado diez siglos atrás.

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La ciudad histórica fortificada de Carcassonne es la ciudad medieval mejor conservada de Europa, y con mérito le ha hecho merecer el título de monumento histórico por el Estado francés y el de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Para llegar a la ciudadela debí rodearla por algún tramo, a lo largo de una de las calles de la ciudad baja, hasta llegar a un jardín que antiguamente funcionaba como el cementerio de la villa, ubicado fuera de sus muros.

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La cara oriental de la ciudadela me dio la bienvenida con la Puerta de Narbona, la que fuera su principal entrada, donde una placa de la UNESCO informa a los visitantes que están a punto de ingresar a uno de los recintos arquitectónicos de mayor importancia de la Europa actual.

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Hasta aquel entonces, la lista de castillos que había ya visitado en Europa había crecido bastante. El castillo de Peñafiel, el alcázar de Segovia y el castillo de Neuschwanstein en Baviera me habían dejado boquiabierto.

No era una tarea difícil, pensando que un chico mexicano no tiene la oportunidad de visitar verdaderos castillos en América, a excepción del castillo de Chapultepec en la Ciudad de México.

Pero Carcassonne parecía ser algo diferente. Algo sencillamente monumental. No se trataba de un castillo. Se trataba de una ciudadela, de una ciudad medieval entera que me adentraría en carne propia a la antigua vida de los burgos.

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Para ello había que entender varias cosas primeramente. Carcassonne no había sido fundada durante el medievo. Es una ciudad que se remontaba a tribus celtas que habitaron la zona antes de que los romanos la tomaran como parte de la Galia, la provincia romana que abarcaba lo que hoy es Francia (donde vivían los galos, algo así como Asterix y Obelix).

Fueron los romanos quienes comenzaron la fortificación de la ciudad, ante el peligro de las invasiones bárbaras. Los bárbaros eran aquellos pueblos del norte y centro de Europa, ante los que el Imperio Romano de Occidente sucumbio finalmente en el siglo V.

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Así fue como los visigodos tomaron Carcassonne y la incluyeron dentro de su reino, que abarcaba gran parte de la península ibérica y la mitad de la Francia actual.

Los visigodos continuaron con la fortificación de la ciudad, haciéndola un mecanismo de defensa de la frontera norte de su reino. Aunque ello no impidió que la ciudad fuera invadida por los musulmanes cuando estos incursionaron en la península ibérica en el año 711.

No obstante, el gusto le duró a los árabes hasta el año 752, cuando Carcassonne fue tomada por el ejército de los francos. Es desde entonces que Carcassonne quedó ligada de por vida a Francia.

La Edad Media que todos tenemos en la mente, aquella con reyes, caballeros, castillos y calabozos, se sucedió más bien en la Baja Edad Media, entre los siglos XI y XV. Fue el auge del feudalismo en Europa.

Si bien el feudalismo fue el modelo económico que suplantó al esclavismo de la Edad Antigua en toda Europa, tuvo su mayor apogeo en la Europa Occidental, entre los ríos Rin y Loira, específicamente en el Sacro Imperio Romano Germánico y el reino de los francos.

Carcassonne fue así una pieza clave en la Francia medieval, ya que se encontraba en la frontera sur que separaba a toda la Europa cristiana del mundo islámico, que para entonces se extendía por casi toda España.

El Imperio de Carlomagno (del que surgieron el Reino de Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico) había heredado los títulos de nobleza con los que el poder de los estados se descentralizaría y daría pie a la época feudal. Marqueses, duques, condes, vizcondes, todos subordinados al rey, pero quienes tomarían el poder de sus propias tierras y darían comienzo a la Edad Media que todos conocemos.

Carcassonne fue así elevada a la categoría de Condado, por lo que necesitaba un castillo condal.

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En la zona oeste de la ciudadela, tras caminar unas cuantas calles curvilíneas, me encontré con la entrada al castillo condal. Un castillo dentro de otro castillo.

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Dentro de la misma ciudadela, el castillo se construyó con una fosa a su alrededor, para proteger doblemente al conde y a la familia condal de posibles agresores.

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Un puente comunica con el patio principal, que se rodea de edificios que datan entre los siglos XII y XVIII.

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El castillo condal era por supuesto la residencia del conde, que ostentaba el título con mayor peso en la ciudad.

Aunque el rey era la mayor condecoración en la Francia medieval (que sólo podía ser otorgada por herencia familiar o por el Papa, es decir, por Dios), el poder del rey estaba limitado. El rey elegía a sus nobles y les otorgaba un pedazo de tierra (el feudo), ante el cual los nobles tenían el poder absoluto.

El noble a su vez elegía a sus vasallos (caballeros, hidalgos), que podían vivir dentro de las murallas de la ciudadela (el burgo) a cambio de prestar protección y servicio militar al señor feudal. Los miembros más ricos del pueblo, como los banqueros y algunos comerciantes, vivían también dentro del burgo. Ellos conformarían más tarde la clase burguesa.

Así mismo, el pueblo llano pertenecía al feudo del noble, pero vivía fuera de los muros de la ciudadela. Campesinos, artesanos, ganaderos. Eran hombres libres ante la ley, pero no podían cambiar de feudo ni de estrato social. Aunque toda situación de desprivilegio se compensaba con la gloria del cielo cristiano.

Era así como funcionaba la típica sociedad medieval feudal. Una sociedad basada en la agricultura, el autoconsumo, la vida rural y las guerras entre los caballeros de cada feudo.

Podemos entonces imaginar que Carcassonne era solo un condado más del Reino de Francia. Un condado que parece haberse congelado en el tiempo. Pero así como aquel, cientos de condados, marquesados, ducados y señoríos se extendían por toda Europa durante los años que muchos apodan ahora el oscurantismo.

Desde el castillo condal las escaleras de unas de sus nueve torres me llevaron hasta lo alto de las murallas.

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Muchas de aquellas torres habían sido ya construidas por los visigodos como mecanismos de defensa. Y cabe mencionar, que la ciudadela entera fue restaurada en el siglo XIX, después de décadas en el olvido por parte del gobierno francés.

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Así pude yo disfrutar de una caminata en el pasado. Un paseo solitario que parecía haberme llevado a uno de los más grandiosos sueños de mi infancia.

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Desde la muralla se tenía una vista de 360 grados de Carcassonne, lo que incluía el interior y el exterior de la ciudadela.

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En el sur de la misma, pude avistar por primera vez la Basílica de Saint-Nazaire, el principal templo católico de la ciudad y un elemento imprescindible en toda urbe medieval de Europa, que para entonces ya se había convertido en su totalidad en cristiana.

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Fue posible ver también las fachadas de teja de las pequeñas casas que se yerguen todavía en la ciudadela, donde vivía la baja nobleza y los burgueses en su época. Y es que es así, si hubiéramos vivido en la Edad Media, debíamos haber tenido mucha suerte para vivir dentro de uno de estos burgos, pues solo si se nacía en una familia noble o burguesa era posible una morada junto al señor feudal. Las mayores posibilidades apuntaban a nacer en una familia del pueblo pobre, que vivía fuera de la ciudad.

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Y aunque las vistas de la ciudad baja actual de Carcassonne (aquella fuera de la ciudadela) son hoy en día un deleite arquitectónico y paisajístico, siglos atrás sus calles se atestaban de ratas, enfermedades, suciedad e inmundicia.

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Las murallas de Carcassonne son en muchos aspectos un hito arquitectónico todavía vigente en el mundo. A decir verdad, es una ciudad doblemente amurallada, así que penetrar a su interior no era una tarea fácil para ningún ejército de caballeros.

La primera muralla fue construida durante la época galorromana, de la que datan las torres con forma de herradura, un elemento típico de la que se conservan aún 17 en todo el perímetro.

El resto de las torres y el segundo muro fueron construidos en la Edad Media, incorporando la forma cilíndrica icónica del medievo con techos en forma de cono.

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La postal de la Torre del Homenaje del castillo condal con la ciudad baja a sus pies fue simplemente magnífica, sumado a la perfecta elección de haber visitado la ciudadela un lunes de enero, en el que casi ningún turista se aparecía por aquellos rumbos.

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Carcassonne parecía también haber sido emplazada en uno de los más bellos puntos geográficos del sur francés, rodeada de verdes y fértiles llanuras y colinas bajas que delineaban un perfecto y nublado horizonte.

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Las líneas naturales de la muralla me llevaron a la punta sur de la ciudadela, hasta el Teatro Jean Deschamps, con forma de anfiteatro romano.

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Si bien durante los siglos de la Edad Media la cultura de la Edad Antigua quedó en el olvido, los reinos medievales europeos heredaron algunos elementos grecolatinos que permanecerían en la cultura occidental hasta la actualidad, como el Derecho romano, el cristianismo y las tragicomedias teatrales.

Y como viva muestra de lo importante que era el cristianismo para los feudos medievales, la Basílica de Saint-Nazaire apareció justo frente al teatro, que se sigue ocupando hoy para espectáculos al aire libre.

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La basílica es un templo románico que más tarde incorporó algunos elementos góticos, tanto en su fachada como en su interior.

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Aunque gracias a su bella basílica, Carcassonne pareciera ser otra típica ciudad cristiana que obedecía las órdenes del papa en Roma durante el medievo, fue cuna de uno de los sucesos más drásticos en la historia del catolicismo.

En el siglo XII un nuevo movimiento religioso llegó al oeste de Europa, estableciendo sus bases en el sur de Francia: el catarismo.

Ni el papa, ni el rey de Francia, imaginaron que el catarismo se fuese a extender con tanta velocidad por aquella zona. Así que para frenar su expansión, el papa organizó, con el consentimiento del rey, la Cruzada albigense, con el objetivo de expulsar a los cátaros.

Carcassonne no volvió a ser la misma, ya que su vizconde, así como muchos de sus subordinados, fueron acusados de herejía, y derrotados por la cruzada militar. La ciudad pasó a quedar en manos del rey de Francia.

La persecución de los cátaros dio origen a la fundación de la Santa Inquisición, institución que nació primeramente en Francia y luego contó con el apoyo directo del papa.

Aunque todos hemos escuchado un sinfín de historias sobre la Inquisición católica, la mayoría de ellas están mezcladas con mitos y realidades, como el número de muertes que provocó y el tipo de torturas que utilizó. Lo cierto es que la Inquisición dejó una clara huella en la iglesia católica, y Carcassonne fue parte del comienzo de aquella oscura época del cristianismo.

Tras visitar la basílica volví en dirección al centro de la ciudadela, permitiéndome perderme en sus calles zigzagueantes que me dieron una idea de primera mano de cómo era la vida dentro de un verdadero burgo francés.

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Fachadas y calles de piedra, pozos de agua, letreros que dejaban saber el nombre de quién moraba dentro de cada una de sus casas.

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Sin el alumbrado público, algunos coches y mesas de sus restaurantes, Carcassonne podría pasar fácilmente por una recreación ficticia de película. No es de extrañarse que haya sido elegida como escenario para la filmación de varios largometrajes franceses que se suceden en épocas medievales.

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Fue en uno de aquellos acogedores y cálidos restaurantes donde me refugié algunos minutos del frío exterior y comí una cazuela de pato confitado, el platillo típico de Occitania, difícil de encontrar en otros lugares de Europa.

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Las callejuelas tortuosas y vacías de la ciudadela de Carcassonne fueron sin duda un exquisito viaje al pasado que me llevó a un sitio que sólo había experimentado antes en mi imaginación, quizá también en algún videojuego.

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Después de ella, difícilmente otra antigua ciudad europea me transportaría tan vivazmente a la misma época. Carcassonne había llenado cada uno de los muchos clichés que existen sobre las villas medievales, y me dejó en claro que saber poco es a veces lo mejor antes de viajar a un nuevo destino.


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4 Comments


Recommended Comments

Yo también visité el Alcázar de Segovia y el de Toledo también me pareció muy bonito. Pero nunca he visitado Carcassonne, creo que tendré que hacerlo si quiero conocer de verdad la Edad Media como dices! 

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Que hermoso lugar, parece de cuento! Yo también siempre soñé con visitar un castillo así cuando era niño. He visto que en Alemania están los mejores. Pero Carcasonne parece una ciudad medieval bellísima :) 

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Que hermosas fotos!! Yo estuve hace unos meses, la verdad que es único el castillo, pero tambiél el pueblo me llamó mucho la atención, parece quedado en el tiempo...

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Me encantan los lugares antiguos y si son de estilo Medieval más!! Ciudades de cuento en Europa hay unas cuantas... además de Carcassonne otro imperdibles son las ciudades de Bélgica como Gante, parece un cuento de hadas!!!!

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    1. El concepto que tenemos de una región del mundo siempre está asociada a los clichés y estereotipos que de ella nos hemos hecho a lo largo de nuestra vida. Aunque algunos más fuertes que otros, es poco probable que nuestra imaginación no genere un pequeño prejuicio.

      Hacía tres días que había entrado a Escocia, desde su ciudad más grande y poblada, Glasgow. Sin ponerlo en duda, Escocia es quizá uno de los rincones del mundo del que más estereotipos posee la gente. Vamos, que un hombre con falda a cuadros con una gaita y una botella de whisky parado frente a un castillo en las montañas junto a un lago es algo que vendría a la mente de muchos.

      Pues bien, hasta entonces nada de eso se había aparecido frente a mí. Pero cambiaría al dirigirme a Edimburgo, la capital escocesa de la que tantas recomendaciones había recibido.

      Mi amiga Liane, con la que pasé varios meses en Francia, era oriunda de Glasgow. Pero varios años vivió en Edimburgo con su hermana gemela, Mairi, quien todavía vivía y estudiaba allí.

      No divagó entonces en sugerirme que mi viaje por el Reino Unido terminase allí, en las calles donde Dany Boyle ambientó la emblemática Trainspotting en los años 90s.

      Tomé entonces un autobús hasta la estación central de la ciudad, desde donde me dirigí a un apartamento en los suburbios al oeste de la ciudad, donde Krystof sería el couchsurfer que me hospedaría por dos noches.

      Ya que aquel día debía trabajar, tuve que dejar pronto su apartamento y volví al centro de Edimburgo. Y con unas horas de sobra antes de encontrarme con Mairi, recorrí por mi cuenta las calles para darme una primera impresión.

      El autobús me dejó en la llamada Ciudad nueva. Aunque claro que su construcción no es reciente al ser parte del centro histórico, lo es en comparación de la Ciudad vieja, ubicada justo del otro lado.

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      El centro de la ciudad está dividido en dos por una franja de tierra sumergida que solía ser un pantano, y donde hoy se posa la estación central. Desde su lado norte, el fondo del paisaje muestra una primera conocida postal de la urbe, la Ciudad Vieja con Arthur’s seat en el fondo, la colina más famosa.

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      Esta zona es considerada una obra maestra en la planeación urbanística. Culminada en 1800, uno de sus mayores íconos es la Bute House, ubicada en Charlotte Square y diseñada por el arquitecto Robert Adam. Es hoy la residencia oficial del Ministro principal de Escocia.

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      El edificio neoclásico es también muestra y orgullo de Escocia, que se mantiene todavía con un ferviente sentimiento independentista dentro del Reino Unido.

      Si bien el ministro principal cumple las funciones del gobernador de una provincia o territorio (por debajo del primer ministro del Reino Unido) Escocia cuenta también con un parlamento propio, que también se ubica en Edimburgo.

      Así, desde los años 90s que fue formado, Escocia recuperó un poco de autonomía dentro del Reino del que forma parte actualmente y desde el año 1707, cuando se unió a Inglaterra.

      Al lado de la mansión, otra increíble construcción neoclásica apareció frente a mí. el hotel Balmoral, que se ha convertido en otro ícono de Edimburgo.

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      Aunque para ese punto ya me había acostumbrado a que cada ciudad británica se jactara de ser el sitio donde J. K. Rowling vivió, escribió, se inspiró, etcétera, está probado que el hotel Balmoral es el lugar donde la autora terminó de escribir la saga de Harry Potter. De hecho, la habitación donde se hospedó es hoy una de las master suites, por la que habría que pagar cerca de mil libras esterlinas por noche.

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      Desde el Balmoral crucé el north bridge, el puente que une al noreste ambos lados de la depresión geográfica y me adentré a la Ciudad Vieja.

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      Con lo bien conservados que están los edificios del old town de Edimburgo era difícil creer que datara de la Edad Media, aunque después me enteraría que muchas construcciones fueron restauradas luego del incendio del 2002.

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      Aunque las mismas cabinas telefónicas de un vivo rojo que son símbolo de Londres se encuentran en las calles del viejo Edimburgo, sus casas y calles empedradas me hacían sentir en un sitio muy diferente. Ahora me sentía en la verdadera Escocia.

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      En una esquina de aquel mágico casco viejo me encontré con Mairi, quien había salido ya de clases y me invitó a pasar la tarde libre con ella.

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      Mi amiga Liane había terminado su licenciatura y ahora pretendía vivir en Lyon, donde nos conocimos, para seguir dando clases de inglés. Mientras, su gemela Mairi, todavía enamorada de Edimburgo, decidió quedarse y estudiar un doctorado.

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      Como parecía que una vez más había arrastrado el sol conmigo, Mairi quiso llevarme al mejor mirador de la ciudad antes de que las nubes ocultaran la ciudad, como me dijo, es costumbre que suceda cada tarde.

      Caminamos entonces hacia el parque de Holyrood, un parque real ubicado justo al lado este del centro histórico, y que representa la principal área verde de la ciudad.

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      El parque se compone de colinas, lagos, cañadas y riscos de basalto que ejemplifican a la perfección el paisaje típico de los highlands de Escocia.

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      El país se divide en dos zonas geográficas, las tierras bajas al sur (lowlands) y las tierras altas en el norte (highlands). Ambas se caracterizan por ser zonas de origen volcánico. Pero las highlands dejan mucho más al descubierto los tapones de basalto, y es en una de esas regiones talladas durante la última era glaciar donde se posa Edimburgo.

      El más famoso de los riscos es Arthur’s seat, o la silla de Arturo, que al elevarse 250 metros es el punto más alto de Edimburgo.

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      Arthur’s seat es fácilmente accesible desde casi todos sus puntos, y fue hasta su cima a donde Mairi me invitó a subir. 

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      La vista que se tiene desde lo alto es, sin duda, la mejor de la ciudad. Al este, puede verse el puerto de Leith, un suburbio donde Danny Boyle situó la vivienda de los personajes de Trainspotting.

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      Al norte, la colina Halton, que sirve como Acrópolis de la ciudad y que le otorga su merecido apodo de ‘la Atenas del norte’.

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      Y al oeste la Ciudad vieja dominada por el Castillo de Edimburgo, a donde más tarde caminaríamos.

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      Arthur’s seat me dio un primer y estereotípico acercamiento a los paisajes de Escocia y su accidentada geografía. Ahora era tiempo de volver a sus caminos urbanos y perderme en sus calles empedradas.

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      El trazo urbanístico del casco antiguo se lo dio precisamente la geografía al propio Edimburgo. La ciudad se construyó en la cola de una peña volcánica, que es donde se construyó la fortaleza que poco a poco se convirtió en un castillo. 

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      Esa franja es bastante pequeña, por lo que en pocos años el aglutinamiento de personas fue muy grande, llegando a albergar 80 mil personas en algún momento, solo en aquel pequeño pedazo de tierra.

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      De hecho, la Ciudad vieja de Edimburgo es una de la que posee edificios más altos en toda Europa. Y eso sucedió porque desde el medievo la urbe fue rodeada con una muralla. Por consiguiente, y como era obvio, la mayoría de la gente se negó a vivir fuera de la fortaleza, y eso llevó a que a los edificios se les colocara cada vez más pisos encima.

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      El propio nombre de la ciudad posee aquella etimología. La palabra burgo era usada en la Edad Media para designar a las urbes que nacían alrededor de un castillo. En las lenguas germanas, el sufijo burgh se usó para nombrar a muchas de estas ciudades. Es el caso de Rotemburgo, Salzburgo, Hamburgo, Estrasburgo y, en este caso, Edimburgo (Edinburgh).

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      Mairi quiso que nos detuviéramos en uno de los nuevos mercados para tomar una buena cerveza escocesa y disfrutar parte del partido de Galway contra Dublin, de la liga irlandesa.

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      Luego del reposo, volvimos a cruzar el north bridge para pasar a la Ciudad Nueva. Ambas, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1995.

      No hay mejor vista de la Ciudad Vieja que desde el costado de la Ciudad Nueva, que por cierto, fue mandada a construir en el siglo XVIII por la necesidad de espacio para el creciente número de residentes.

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      Uno de los mayores símbolos de la Ciudad Nueva es el monumento a Walter Scott, uno de los autores románticos escoceses más conocidos.

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      El color de la piedra del monumento gótico se perdió durante los años de la Revolución industrial, época en la que Edimburgo era conocida como “la ciudad humeante”, por la enorme contaminación, lo que dio a muchos de sus edificios su color negruzco actual.

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      Desde aquel lado de los jardines centrales, llamados Princess Street Gardens, se tiene una hermosa vista de uno de los más bellos edificios de la Ciudad Vieja: la sede del Banco de Escocia.

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      Fundado en el siglo XVII, es el banco más antiguo que sigue en funcionamiento en el Reino Unido, y fue el primer banco europeo en imprimir su propio papel moneda. A decir verdad, el edificio que alberga sus oficinas centrales parece un verdadero palacio.

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      De repente, paseando por los jardines apareció una pareja de novios, que posaban para la sesión de fotos de su cercana boda.

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      Honestamente, no hubo nada más bello en mi visita a Edimburgo que ver a una hermosa novia pelirroja en su vestido blanco y a su guapo prometido usando el tradicional Kilt, la famosa “falda escocesa”.

      A diferencia de lo que muchos creen, el Kilt fue inventado por un inglés, y se incorporó a la identidad de las highlands de Escocia luego de su unión con Inglaterra en el siglo XVIII. Actualmente, los hombres la usan solo en las ocasiones más importantes, como en bautizos, fiestas, convenciones y, claro, el día de su boda.

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      Ver a un escocés en su falda a cuadros besar a su prometida en una verde colina frente al castillo de Edimburgo fue el mayor cliché que pude esperar de Escocia. Sólo falta un whisky —me dijo Mairi—. Y es así como fuimos a un bar cercano por una copa de un buen scotch.

      Luego de ello, las colinas y las zigzagueantes calles de la Zona Vieja nos llevaron cada vez más arriba, hacia la peña del castillo.

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      Mientras parte de la ciudad se encuentra en los túneles del subterráneo, es por supuesto la colina del castillo la que domina la metrópoli entera.

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      El castillo fue construido en el siglo XII, y fue a partir de su construcción que surgió la ciudad misma de Edimburgo a sus pies.

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      Como parte de una fortaleza que pretendía defender las tierras bajas de Escocia de los reinos del sur (sobre todo de Inglaterra), se usó casi siempre con fines militares, y nunca como la residencia del monarca escocés.

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      Hoy, el castillo se usa con fines civiles y está abierto al turismo. Pero con un alto precio de entrada, decidí pasarlo por alto y seguir disfrutando la tardea al aire libre junto a Mairi.

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      Me llevó luego a los pies de la catedral de Saint Giles, un templo medieval que pertenece ahora a la Iglesia de Escocia, y es considerada la madre de la iglesia presbiteriana.

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      Muchos de los edificios de la Ciudad Vieja pertenecen también a la época de la reforma protestante, de la que Escocia formó un fuerte movimiento y le ha dado parte de su identidad actual.

      La calle que une el castillo y la catedral forma parte de la Royal Mile, cuatro calles que forman las principales arterias del centro, y que son hoy líneas importantes de turismo en Edimburgo.

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      Desde las famosas cabinas telefónicas rojas instaladas por la Corona británica en todo el Reino Unido hasta hombres tocando la célebre gaita y espectáculos callejeros locales.

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      Mairi me llevó después a los jardines de Greyfriars, una famosa iglesia de Edimburgo cuyo patio exterior resulta ser también un panteón.

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      El cementerio resguarda las reliquias de algunos personajes famosos de la ciudad y miembros de la iglesia. Una vez más, Escocia me demostraba que los panteones europeos no son un sitio de temor, sino de esparcimiento y paseo.

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      Fuera de la iglesia y sus jardines se encuentra The elephant house, uno de los tantos lugares en el Reino Unido que presumen ser el sitio de nacimiento de Harry Potter.

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      Es bien sabido que J. K. Rowling vivió en Edimburgo y solía visitar los pubs y cafés alrededor de la universidad para poder inspirarse y escribir. Pues bien, The elephant house es uno de esos tantos, aunque no puede ponerse en duda que es hoy el más visitado de la ciudad, debido a la leyenda que se formó tras la autora.

      Aún así, no pensaba esperar varios minutos aguardando una silla y un café de dos libras, y preferimos seguir de largo.

      Cuando la noche comenzó a caer y con ella la llovizna se avecinaba, Mairi se despidió de mí. Debía volver a su apartamento y continuar escribiendo su tesis. Mientras yo, pasé por algo para la cena y regresé a la casa de Krystof, para alejarme de la lluvia y saciar mi apetito.

      Al otro día el clima no me había sonreído tanto como el anterior. Fue cuando me mandó un mensaje Adrien. Nos habíamos conocido en Lyon y ahora estaba de visita también en Edimburgo.

      Originario de Ohio, tenía planes para mudarse con su novia alemana a Bohn. Y como su primera vez en Europa, no dudó en pasar algunos momentos recorriendo la ciudad conmigo.

      Subimos a Arthur’s seat para comer un bocadillo y luego nos dirigimos a Calton, otra de las colinas que dominan la ciudad.

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      Calton Hill y el castillo es quienes le dan el apodo de Edimburgo como ‘la Atenas del Norte’. Y es que no es normal encontrar en el norte de Europa ciudades que hayan surgido a partir de una acrópolis en lo alto de un cerro, como suele ser común en el sur del continente.

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      Es algo extraño llegar a Calton Hill y toparse con monumentos griegos. La realidad es que ningún griego pisó estas tierras, y se trata simplemente de un monumento neoclásico que conmemora a los caídos en las guerras napoleónicas.

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      Pero la colina es también un increíble mirador de Edimburgo, con la Ciudad Nueva a la derecha y la Ciudad Vieja a la izquierda.

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      Pocos minutos pasaron para que la lluvia empezara a amenazar nuestra tarde. Adrien decidió entonces que sería buena idea terminar nuestra visita en Galería Nacional de Escocia, un museo de arte situado en los Princess Street Gardens.

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      Inaugurada en 1859, expone obras que abarcan desde el Renacimiento hasta el impresionismo de las vanguardias del siglo XIX.

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      Los artistas presentes van desde Tiziano y Rafael hasta el español Velázquez, que se hace presente con su obra Vieja friendo huevos.

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      Así, Edimburgo nos demostró que Escocia nunca se mantuvo tan alejado del arte y del poder de las potencias en Europa como muchos creían.

      Su galería de arte, su castillo, su casco antiguo medieval pero, sobre todo, sus verdes y montañosos paisajes, me demostraron por qué Edimburgo es la ciudad favorita de los escoceses por excelencia.

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      Edimburgo fue una excelente manera de terminar mi viaje por el Reino Unido y por Europa del norte. Al siguiente día, me embarcaría de vuelta a París, para pasar mis últimos días en Francia antes de volver a México, luego de nueve meses trabajando y viajando en el viejo continente.

      Finalizar un viaje nunca es tarea fácil. Pero siempre puede más el poderoso deseo y la seguridad de que otra larga aventura se avecina en un futuro cercano.

      Y con un diario lleno de historias y una mente llena de recuerdos, volví a México, dispuesto a preparar mi próxima travesía por el mundo.

    2. Hacía bastante tiempo que venía investigando y leyendo sobre los destinos del Norte de Argentina, era un viaje que venía posponiendo desde hace bastante tiempo hasta que en enero decidí hacerlo realidad.
      Al principio, me parecía un poco rara la idea de ir al Norte en enero ya que es una zona bastante cálida, contrario a mis expectativas el calor no fue excesivo, es más hubo días bastante frescos.
      Comenzamos el viaje por la capital de Salta, ciudad que lleva el mismo nombre y es apodada "La Linda". Como de costumbre, casi siempre que llegó a un lugar me recibe la lluvia. No fue molestia ya que conseguimos rápidamente un taxi que nos trasladó hacia el centro.
      Luego de dejar las cosas, comenzamos a recorrer el centro y visitamos las postales más tradicionales... El Cabildo, los museos, la Plaza 9 de Julio y el Convento de San Francisco.
      Hicimos nuestra primer parada para probar la gastronomía del lugar comiendo empanadas salteñas. Mis preferidas fueron las de queso.
      En casi todos los lugares las cocinan en horno de barro, lo que les da un sabor muy diferente y especial.

      Al día siguiente hicimos una excursión para conocer Cafayate. No soy amante de las excursiones, porque duran bastante tiempo y sumado a ello implican levantarse muy temprano. Pero, no hay otra manera de conocer esta hermosa zona. Lo interesante no está en el pueblo, sino camino al pueblo donde se pueden ver unas formaciones rojizas muy llamativas, la Quebrada de las Conchas o también conocida como Quebrada de Cafayate. Durante el recorrido también paramos en una bodega tradicional de la zona y finalmente recorrimos el pequeño pueblito.

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      Luego de pasar dos noches en la ciudad de Salta nuestro viaje seguía con destino a Tilcara. Para conocer los principales atractivos turísticos del Norte, una opción es alojarse en Salta y desde allí hacer todas las excursiones... Pero, como comentaba anteriormente me resulta muy estresante hacer tantas excursiones, por ello elegimos Tilcara, una localidad a mitad de camino entre Purmamarca, las Salinas y Humahuaca.

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      Del pueblo no hay mucho para contar, a decir verdad, me decepcionó bastante, me lo imaginaba más pintoresco, mejor conservado, pero resultó todo lo contrario. De todas maneras, esto se olvida al disfrutar de los paisajes. Para quienes visiten Tilcara, recomiendo que se tomen unas horas para recorrer el Pucará, es un sitio arqueológico enmarcado en un hermoso paisaje de cactus y montañas. También se encuentra en el lugar, un Jardín Botánico con todas las especies representativas de la zona.

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      La "meca" de mi viaje, era visitar el Salar llamado Salinas Grandes. Nunca había estado en un sitio así, un desierto blanco! Para llegar al Salar el punto de partida es la localidad de Purmamarca la cual se encuentra muy cerquita, un poco menos de una hora en colectivo.
      En Purmamarca hay varias postales imperdibles como el Cerro de los Siete Colores y el Paseo de los Colorados.
      Un tip muy importante! Si visitan con tiempo Purmamarca no dejen de subir al mirador "El Porito" desde allí se puede disfrutar de la mejor vista del Cerro de los Siete Colores.

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      Llegar a las Salinas ya es todo un paseo en sí mismo, atravesamos la Cuesta de Lipán, un zigzagueante camino de montaña. Mientras hacíamos el paseo íbamos comiendo caramelos de coca para evitar "el mal de altura" o también conocido como "apunamiento".
      Creí que el camino sería más difícil pero fue todo lo contrario ya que está todo asfaltado y con unas vistas únicas!!

      En las Salinas estuvimos una hora, al bajar nos recibió la magia de dos arcoiris en el cielo!!
      Si o sí hay que ir con antejos... Intenté sacarmelos para poder disfrutar de la magia del paisaje blanco pero fue imposible.
      Nunca había estado en un lugar tan único. La fotografía es una de mis pasiones por lo que aproveché a tomar fotos y a conectarme con la magia del lugar.

      Desde Tilcara, como comentaba anteriormente, se puede visitar Humahuaca otra de las localidades de la Quebrada. Recorrimos el centro histórico y también visitamos su monumento. Otro paseo que se puede hacer desde aquí es visitar el Cerro Hornocal, es un cerro similar al de los Siete Colores, muy llamativo por su paleta de colores, también es conocido como Paleta de Pintor.

      Luego de pasar tres noches en Tilcara regresamos hacia Salta ya que nuestro próximo vuelo partía desde allí. Estuvimos dos noches más en las que aprovechamos a recorrer nuevamente el centro histórico y también visitamos el Cerro San Bernardo. 
      Para subir al cerro y disfrutar de la vista de la ciudad hay dos opciones... Subir y bajar en teleférico o subir sus 1001 escalones. Elegí la opción de los escalones, por suerte son escalones cómodos y mientras se va subiendo se puede disfrutar de la vegetación y de las aves. El esfuerzo vale la pena para disfrutar de una hermosa vista del valle, de la ciudad rodeada de montañas llenas de vegetación.

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      Nuestro viaje siguió rumbo a Iguazú... Como en todo viaje, siempre queda algo pendiente, en esta oportunidad nos quedó pendiente conocer Cachi. La idea era ir en excursión pero el verano es época de lluvia y había riesgos de no poder volver durante el día y perder el vuelo.
      Recomiendo que si visitan el Norte dejen varios días en el medio entre excursión y excursión o entre paseo y paseo ya que las rutas pueden cortarse por lluvias, especialmente durante los meses de verano.

      Mis impresiones sobre el Norte argentino

      Es una región con unas postales únicas, muy distintas a las que estaba acostumbrada a ver.
      Se puede visitar tranquilamente en verano, el calor no es excesivo, la única contra es que es una época de lluvias, sin embargo tuvimos mucha suerte porque no llovió mucho. De todas formas las lluvias suelen ser pasajeras.
      Los pueblos son muy antiguos, no tienen una buena gastronomía y oferta de actividades, pero aún así conviene parar en distintos sitios ya que hacer todos los paseos desde la ciudad de Salta implica muchas horas de viaje.
      A la hora de averiguar por excursiones, conviene preguntar en más de una agencia de viajes. Los precios suelen variar bastante. Lo mismo sucede con las casas que venden artesanías.
      No recomiendo alquilar vehículo. Manejar en el Norte en algunos tramos tiene dificultades.
      Es importante llevar efectivo, en casi ningún lado se acepta débito ni crédito. Las agencias y comercios que los aceptan suelen cobrar bastante recargo e interés.
      Para quienes no están acostumbrados a vivir en zonas altas, es conveniente comprar caramelos de coca o sino hojas para masticar y evitar el mal de altura.
      Otra cosa que nos resultó bastante efectiva es ir subiendo de a poco, es decir, evitar ir por ejemplo al segundo día de viaje a Humahuaca o los puntos más altos sobre el nivel del mar. Conviene aclimatarse con tiempo. La ciudad de Salta es un buen punto de partida.

    3. El temor de dormir con una interminable tormenta del Ártico no solo me venció a mí, sino al resto del grupo de turistas que decidieron pasar la noche en el comedor común del camping de Vík, la comunidad más septentrional de Islandia.

      La decisión de no alojarse dentro de las casas de campaña fue casi unánime. Los vientos de casi 100 kilómetros por hora acompañados por una helada lluvia y arena empujada desde el norte hacían que las estacas se desprendieran poco a poco de la tierra donde las habíamos enterrado bajo piedras.

      Aún así, un reducido grupo de campistas tuvo la fortaleza de dormir en su tienda, lo que incluía a Enni y Lauri, los finlandeses con los que había viajado el día anterior desde Selfoss, al oeste de la isla.

      Sus insomnes rostros mostraban el mismo desvelo que el ruido del viento y la lluvia me habían hecho pasar. Incluso dentro de la seguridad del comedor, el miedo por una ventana rota y el crujir del piso de madera no me dejó conciliar el sueño.

      Ya que las áreas comunes del camping se encontraban en mantenimiento, el comedor no tenía calefacción. Aquella noche durmiendo en mi saco de dormir sobre el suelo fue una de las más frías en mi viaje.

      Por lo menos teníamos algo de agua caliente, pero con los baños y regaderas a medio construir, bastaba con solo lavarse la cara para acicalar las lagañas de aquella dura noche.

      Mientras hacíamos el desayuno, viré hacia Lauri y tomé el coraje para hacer la difícil pregunta que vagaba en mi cabeza desde que desperté: “¿cómo está mi tienda de campaña?”.

      La tempestad al otro lado de las ventanas se veía todavía terrible. Sin duda, pasar la noche en Vík no había sido la mejor decisión para ninguno.

      No se ve nada bien —contestó sin divagar un segundo, y con un rostro de escasa esperanza—. Deberías ir a echarle un vistazo.

      Con la cabeza abajo, asentí ante la proposición, lo que haría después del desayuno. Si una mala noticia me esperaba afuera tenía que tomarla con el estómago lleno.

      Un plato de avena con frutas y una ronda de salchichas con pan después, empaqué mis cosas y salimos del comedor. Al abrir la cajuela de la camioneta para dejar mi mochila me encontré con una escena más espeluznante de lo que esperaba. Mi casa de campaña no estaba.

      ¡Se fue! —grité mientras miraba a un vacío espacio en el ventoso campo verde—. ¡Ya no está!

      Al acercarme a donde un día antes había instalado mi hotel temporal me percaté de los agujeros que las estacas habían dejado como rastro. Algunas piedras se habían movido de su lugar, y no habían resistido ante el soplar del viento.

      Al voltearme hacia Lauri y Enni no pude hacer nada, más que soltar una carcajada. Una risa que indudablemente denotó mi respeto hacia la naturaleza. No se le puede enfrentar, no se le puede dar la cara. No podía más que aceptar que Islandia y su clima ártico ganaron la batalla. Ahora me tocaba buscar dónde dormir mis siguientes dos noches en la isla.

      Todo dentro del coche olía otra vez a humedad. La lluvia, que todavía caía con fuerza sobre nosotros, hacía imposible que nuestro equipaje se secara. Con la calefacción al cien por ciento, nos vimos esperanzados de un poco de sequedad. 

      Con una bolsa de frituras y galletas en las manos, Lauri nos condujo hacia el este de la isla. Si habíamos sobrevivido a una tormenta en Vík (aunque mi carpa no lo hizo), era justo que aquel día pudiéramos ver con nuestros ojos lo que habíamos llegado buscando en Islandia: un glaciar y su laguna llena de icebergs flotantes.

      Las risas no paraban en el viaje. ¿Cómo era posible que mi carpa hubiera volado? ¿Cómo el viento había desprendido las estacas enterradas bajo piedras en la tierra del camping? ¿Dónde dormiría ahora? Eran preguntas que solo podíamos tomar con el mejor humor.

      Apenas unos kilómetros avanzados desde Vík, Lauri detuvo el coche en un pequeño parking que hallamos junto a la carretera. Habíamos llegado a Eldhraun, y debíamos bajar del auto para apreciar mejor su belleza.

      Eldhraun es una palabra islandesa que significa “desierto de lava”. Y es precisamente sobre lo que estábamos parados.

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      En junio de 1783 el volcán Laki entró en erupción. La lava que escurrió desde sus fisuras cubrió un área de más de 500 kilómetros cuadrados, y se estancó permanentemente en una llanura ubicada al sur del país.

      Durante años, aquella lava petrificada se fue cubriendo de abundantes capas de musgo, que hoy forman uno de los paisajes más bellos y alucinantes de Islandia.

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      Nunca creí poder tener la oportunidad de caminar sobre lava. Por supuesto, no pensaba hacerlo sobre lava ardiente. Pero la sensación del paseo fue simplemente única.

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      Seguimos nuestro camino por la carretera 1, hasta tomar una desviación hacia el norte, donde aparcamos el coche nuevamente, esta vez junto a una casa de huéspedes ubicada casi en medio de la nada.

      Aunque habíamos dejado atrás el pueblo de Vík y su insoportable viento, la lluvia no había cesado desde entonces. 

      Gota a gota, nuestros abrigos seguían empapándose poco a poco. Y eso nos ponía en una muy incómoda situación, pues buscábamos que nuestro equipaje dentro de la camioneta se secara.

      Aun con la lluvia, caminamos casi dos kilómetros por un sendero de piedras que pronto nos llevó hasta el río Fjaðrá, que nace en los glaciares tierra adentro.

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      El río es célebre por ser el causante de otra de las grandes formaciones geológicas de Islandia, el cañón Fjaðrárgljúfur.

      Unas escaleras nos llevaron hasta lo alto de las paredes, en un mirador que fue construido para que los turistas puedan apreciar la magnificencia del lugar.

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      En mayo de 2019 el cañón fue cerrado al turismo por las excesivas visitas, luego de haber aparecido en un videoclip de Justin Bieber. Por suerte, Lauri, Enni y yo llegamos un par de años antes de lo sucedido, y tuvimos la fortuna de contemplar el Fjaðrárgljúfur a nuestros pies.

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      La erosión y el curso de los ríos glaciares tallaron las paredes de hasta 100 metros de altura durante varios milenios, dejando su forma actual en la pasada Era de Hielo, unos dos millones de años atrás.

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      Desde el lado oeste del cañón el río forma una cascada que parece más una obra de arte creada por el pincel de un amaestrado pintor.

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      Las perfectas líneas onduladas de Fjaðrárgljúfur son la viva muestra de la belleza que la Tierra puede llegar a crear en el largo transcurso de su vida.

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      Volvimos a la camioneta para intentar secarnos un poco, y para seguir nuestro camino al este de la isla.

      La carretera 1 seguía sorprendiéndonos con sus paisajes. Y esta vez no solo con los naturales, sino con los construidos por los habitantes de las pequeñas comunidades islandesas.

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      Adaptándose a su entorno, muchos granjeros construyen sus graneros y establos escarpando las rocas de las montañas a su alrededor. El resultado eran pequeñas casas parecidas casi a una villa de hobbits.

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      Aunque en realidad, muchas de ellas son solo granjas equinas, cuyos verdes campos sirven como el alimento perfecto para los caballos.

      Con una altura que lo equipara casi con un pony, y con un largo y lacio pelaje, el caballo islandés es una de las razas equinas más hermosas que existen en el mundo; por tanto, no es una sorpresa que su precio pueda alzarse hasta las nubes.

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      Fueron introducidos durante la Edad Media por los escandinavos, y tras siglos de selección natural adquirieron su aspecto actual.

      El día de hoy, el gobierno islandés tiene estrictamente prohibido la entrada de otras especies de caballos a la isla. Así mismo, los ejemplares que son exportados no pueden volver nunca más a Islandia.

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      Con un enorme número de estos hermosos animales, Islandia es un país estrechamente ligado con la cultura equina, y son comunes las muestras equinas, el deporte hípico e, incluso, el consumo de su carne.

      Varada al lado de una de aquellas granjas nos topamos con una hitchhiker, que alzaba su dedo en búsqueda de un aventón. Lauri decidió detenerse y ofrecerle llevarla con nosotros hacia el este.

      La aventura chica era proveniente de Ucrania. Mientras comenzábamos a conocerla y escuchar sus historias de viaje, nos adentrábamos en el parque nacional Vatnajökull, el más grande toda Europa, pues abarca 12 mil kilómetros cuadrados.

      La ucraniana no dudó en pronto sugerirnos visitar una de las grandes recomendaciones que había escuchado sobre el parque. La cascada de Svartifoss.

      Para ese momento, los tres creíamos haber tenido suficiente de cascadas. Habíamos visto ya al menos cuatro de ellas en toda la isla. Pero Svartifoss prometía ser distinta a las demás.

      Con el tiempo que aún teníamos por delante Lauri decidió que sería buena idea deternos. Después de todo, no perdíamos nada con hacer otra pequeña escala en la ruta 1.

      El sendero que comenzaba luego del estacionamiento dejaba ya entrever la magnitud del parque Vatnajökull, que era mi principal objetivo desde que aterricé en la isla.

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      Las montañas nevadas se asomaban detrás de los frondosos bosques. Pero a pesar de la tentación de seguir de largo, debíamos darle una oportunidad a Svartifoss.

      Las primeras caídas de agua no parecían mucho más impresionante que las cataratas de las que ya habíamos sido testigos.

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      Pero una vez frente a ella conseguí entender lo que convertía a Svartifoss en uno de los saltos de agua más visitados de la isla.

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      Más allá del río que cae, las paredes que rodean la cascada son columnas hexagonales de lava basáltica negra.

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      Estos perfectos pilares suelen formarse por un lento proceso de enfriamiento de la lava, que se cristaliza paulatinamente tomando su peculiar forma.

      Aunque no fue ni la primera ni la última pared de prismas basálticos que pude atestiguar, Svartifoss valió la pena. Y dejó en claro que Islandia lo tiene todo.

      Nuevamente empapados por la lluvia, volvimos a la camioneta, que para entonces se había ya convertido en un tendedero de ropa. Y el olor a humedad era simplemente insoportable.

      Unos kilómetros más adelante las montañas nevadas por fin nos mostraron lo que tanto habíamos anhelado alcanzar en nuestro viaje por la isla. El glaciar Vatnajökull.

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      Lo que pudimos ver desde el coche fue solo una de las pequeñas entradas al río de hielo, que de hecho es el segundo glaciar más extenso de Europa.

      Con más de 8 mil kilómetros cuadrados de superficie, cubre el 8 por ciento del territorio islandés. Y con aproximadamente 3 mil kilómetros cúbicos, es el glaciar más grande del continente en volumen.

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      Claro que es posible visitar el glaciar de cerca. Es más, hay excursiones para tomar caminatas dentro de él, literalmente caminar entre y debajo del hielo.

      Pero por la temporada en que estábamos, las excursiones estaban detenidas por el momento. Un paso en falso en el glaciar puede significar la muerte. Y ni hablar de lo que sucedería si un bloque de hielo decide desprenderse mientras un grupo de turistas se pasea bajo él.

      Pero existen otras formas de apreciar un glaciar. Y es por ello que habíamos manejado hasta allí.

      Paramos entonces en Fjallsárlón, una pequeña laguna frente al glaciar donde los trozos que se desprenden de él forman icebergs flotantes.

      Pararme frente a un glaciar era uno de los mayores sueños de mi vida. Pero a decir verdad, el clima que no nos sonreía mucho aquel día hizo de la experiencia algo un poco decepcionante.

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      Con la neblina que cubría el horizonte y la lluvia que no había dejado de caer sobre nuestras cabezas, el glaciar apenas podía verse a lo lejos.

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      Pero la esperanza es lo que muere a lo último, y todavía nos quedaba otra alternativa para apreciar Vatnajökull como se debía.

      Seguimos entonces hasta Jökulsárlón, la más grande las lagunas donde Vatnajökull toca su fin al encontrarse con el agua del mar.

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      Aunque la niebla nunca se disipó, al igual que las nubes y el agua, Jökulsárlón fue una experiencia inolvidable.

      El penetrante azul de los icebergs que flotaban sobre el estanque era hipnotizante. Y el movimiento de las olas rompiendo sobre sus bases era algo imposible de no apreciar.

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      Las colonias de aves migrantes que venían del Ártico usan los icebergs como modo de reposo. Era algo que, sin duda, nunca podría tener la oportunidad de ver en mi país natal.

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      Si bien los glaciares son cuerpos de hielo en constante movimiento y el desprendimiento de icebergs es un proceso natural, su derretimiento se ha vuelto mucho más acelerado durante los últimos años.

      Es un gran indicador de lo que el calentamiento global está provocando en los polos. Y la veloz licuefacción de estos ríos de hielo provocará en un futuro un incremento en el nivel del mar en todo el planeta.

      Avistar un glaciar con mis propios ojos y ser testigo de lo cómo desaparece día con día es algo que hizo todavía más rica mi experiencia. El sueño que tanto anhelé cumplir pronto puede ser precisamente solo un sueño, y no una realidad.

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      Frente a los témpanos de hielo flotantes una conocida voz llamó mi nombre. Era Loïc, mi amigo francés que había volado hasta Islandia con el mismo objetivo que yo. Ser testigo de su belleza natural y alcanzar el glaciar.

      La tormenta nos había sorprendido a ambos, pero encontrarnos frente a aquel glaciar, a más de 2 mil kilómetros de Francia (donde nos habíamos conocido), nos llenó de orgullo y regocijo. Nuestro sueño se había cumplido.

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      Aquella misma noche Loïc regresaba hacia Reikiavik, donde tomaría su vuelo. Yo por mi parte, regresé con Lauri y Enni hasta Selfoss, tras un largo viaje en carretera.

      Tras una noche más en el camping que se había vuelto casi como mi hogar, me dirigí al siguiente día a Reikiavik, donde pasé mi última tarde visitando sus tiendas, antes de tomar un bus al aeropuerto, donde pasaría mi última noche durmiendo en el helado suelo, aguardando mi vuelo la próxima mañana.

      Nueve días en Islandia me habían dado varias lecciones. No encarar a la naturaleza, no fiarse nunca del clima, prepararse siempre para el frío del Ártico y, claro, comprar una buena tienda de campaña.

      Pero la amabilidad de sus habitantes, la facilidad de conseguir aventones, el respeto por su naturaleza y, sobre todo, sus magníficos paisajes, hicieron de Islandia una de las aventuras más memorables de mi vida.

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