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Caminos al desierto: parte I

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AlexMexico

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Mis días y noches en Marruecos habían sido hasta ahora bastante satisfactorias, a pesar de la lluvia, el frío y la cantidad de azúcar en el té de la que nadie me había advertido.

Fes y Marrakech, dos de las cuatro ciudades imperiales del reino, demostraron con creces lo que las había hecho grandes, y lo que las había puesto en el mapa aun tras la invasión de Francia y España durante el protectorado.

No me cabía duda de por qué ambas figuraban como los destinos más turísticos de todo Marruecos, donde incluso en invierno enormes filas de mochileros llegan día tras día a las puertas de sus aeropuertos.

Mi última noche en Marrakech no fue la excepción. Con el cuarto comunitario para mí solo, el riad Dar Radya me regaló un muy placentero sueño, mismo que necesitaba conciliar bien para seguir con mi aventura el siguiente día.

Muy temprano, a las 7 de la mañana, desperté para comer mi último gran desayuno en el riad. Los huevos con pimienta, las crepas marroquíes con mantequilla y el té de menta en aquel hostal hicieron despertar mi cuerpo y mi paladar cada día que pasé bajo su ornamentado techo. Y aquella mañana lo hice junto a Bom, una chica coreana que también había madrugado.

El encargado nos invitó a ambos a coger nuestras mochilas y nos condujo al exterior. Bom sería mi compañera de viaje en una nueva travesía que estaba a punto de emprender.

La tarde anterior había preguntado al anfitrión sobre los tours que tenía disponibles para viajar hacia el este del país, una zona remota a la cual es algo complicado viajar con las compañías de autobuses.

Me ofreció el paseo más famoso y atractivo, aquel que la mayoría de los turistas toman para disfrutar de Marruecos.

Así, pasaría tres días a bordo de una van conociendo las montañas, los pueblos y los cañones del sureste de Marruecos, para terminar nada más y nada menos que en la entrada al desierto del Sahara.

En una calle cerca de la medina se estacionaba una van blanca, que tenía una pinta de ser bastante vieja, pero en buen estado después de todo. El encargado del hostal nos invitó a subir, tras lo que nos deseó un excelente viaje.

No tardó en llegar Alena, una joven rusa ojiazul cuyo inglés era ya bastante difícil de entender. A todos se sumaron Rafa y Silvia, una pareja de madrileños que parecían estar celebrando su retiro del mundo laboral.

Nuestro chofer subió y nos dio los buenos días. Se presentó con un extraño nombre en un acento poco entendible, tratando de cambiar del inglés al español en empatía con los pasajeros.

Sin más que esperar, emprendimos el viaje, que comenzó con un atasco de tráfico a las afueras de Marrakech.

El día había comenzado fresco, como era normal en las mañanas de Marrakech. Pero parecía que podía despejar en el transcurso de la mañana.

Tomamos la salida de la carretera al sureste de la ciudad, rodeada de paisajes llanos tras los que poco a poco la ciudad se fue fundiendo.

La música árabe que el conductor había colocado de hecho nos arrulló a todos. Madrugar no era algo de lo que nos sentíamos muy felices, pero era la única forma de aprovechar el día entero.

Luego de algunos minutos la camioneta comenzó a zarandear, llevándonos de un lado al otro en nuestros asientos y haciéndonos despertar de un breve pero conciliador sueño.

Al abrir nuestros ojos el paisaje frente a nosotros se había transformado por completo, y una cadena montañosa de enorme magnitud se había hecho presente en el suelo bajo el que conducíamos.

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Habíamos entrado a los Montes Atlas, la cordillera que atraviesa Marruecos de este a oeste hasta encontrarse con la costa del Atlántico.

La mayoría de los turistas viajan a Marruecos en busca de palacios árabes y de un paseo por las dunas del desierto más grande del planeta. Pero pocos se imaginan que entre aquellas dos maravillas, algo tan imponente como los Atlas se atraviesa en su camino.

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Los picos nevados en el horizonte nos hacían difícil de creer que de verdad nos encontrábamos en el norte de África, a pocos kilómetros de la ciudad roja y sus antiguas residencias reales.

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El chofer hizo una parada para permitirnos bajar y fotografiar la panorámica que se extendía bajo nosotros. Habíamos ya alcanzado cierta altura, y al poner un pie fuera el frío del que tanto había huido en Europa volvió a mi cuerpo como mil puñaladas en mi piel.

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Pero enfrentarse al helado viento merecía la pena, con tan magnífica postal que ni siquiera en Europa había podido tener aún.

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Las agencias de turismo de Marrakech ofrecen todas ese mismo trayecto. Era normal entonces que el 90% de los coches frente y tras nosotros fueran camionetas, cada una con un grupo de turistas deseosos de admirar los Atlas y sus blancas cimas.

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Todos juntos nos introdujimos al paso Tzi Ntichka, la carretera que atraviesa las montañas y que lleva al lado desértico de Marruecos.

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Las curvas se fueron haciendo cada vez más pronunciadas, y cuando menos nos dimos cuenta, estábamos manejando sobre la nieve.

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De hecho, nuestro guía nos contó que existen dos estaciones de esquí sobre las montañas, que entonces estaban abiertas para el deleite de los amantes del invierno.

Un cielo tupido y nublado se posaba sobre nosotros; pero su trato fue el mejor al no soltar su furia sobre el grupo de turistas que ni con la lluvia se detendría de admirar la belleza de aquel valle.

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Nos detuvimos en un mirador al lado de la carretera, el más alto de toda la cordillera, tras el cual la autopista comienza a descender.

El viento había cesado un poco y nos regaló así el mejor comienzo de nuestra jornada juntos por el sureste marroquí, donde los Atlas eran apenas una muestra de su esplendor.

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Cuando el coche comenzó el descenso el paisaje no tardó en cambiar. El suelo se teñía de un rojo cobrizo, pero las nubes no dejaban de aparecer.

Pronto comenzó a llover. Menos mal que fue tras dejar las montañas atrás, pensamos todos. Pero nuestra siguiente escala no demoró en aparecer. Y la lluvia parecía no detener a los guías, que debían cumplir con un itinerario si querían recibir su pago.

Sin paraguas ni el equipo adecuado para la lluvia, fuimos casi obligados a bajar del automóvil. Los madrileños no parecían estar muy contentos. Pero era eso o quedarnos en el coche y perdernos de un atractivo más del tour.

Yo por mi parte me cubrí con mi capucha, y traté de ignorar la fría agua que caía sobre nosotros. El clima no es algo que podamos cambiar y no iba a permitir que arruinara mi viaje.

En la entrada de un pueblillo nuestro chofer nos presentó con un guía local. Un hombre proveniente de una tribu bereber que era capaz de hablar árabe, inglés, francés y español.

Cubierto con su chilaba, la lluvia parecía no afectarle en lo absoluto. Protege la cabeza del frío en invierno y del sol en el verano —me hizo saber—. Al final del viaje todos aprenderíamos del buen uso que se puede hacer de una chilaba en aquellas remotas tierras.

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Nos llevó hacia la parte trasera de un montón de casitas de arcilla, tras las cuales tuvimos una primera vista del ksar de Ait Ben Haddou.

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“Ksar” es una palabra utilizada en el Magreb, el norte y noroeste de África, para designar antiguas ciudades fortificadas construidas en oasis a lo largo del desierto. Es lo equivalente a un castillo en el mundo árabe.

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El Magreb estuvo habitada mucho antes de las invasiones árabes y musulmanas por los bereberes, tribus nómadas que vagaban por el desierto.

Durante la Edad Media, muchas de estas tribus fueron convertidas al Islam, aunque adoptaron una visión muy particular de ella, diferente a la de los pueblos árabes.

Fue en esta época cuando construyeron los ksar a lo largo de la franja norte de África. Ait Ben Haddou es uno de los mejores ejemplos de ello.

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Aunque la zona parece bastante seca, incluso con la lluvia que no cesaba para entonces, Ait Ben Haddou se encuentra junto al paso de un río, que proveía a la población de cultivos y palmerales, mismos que custodiaban desde lo alto de la fortaleza.

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Tras cruzar un puente, el grupo y yo nos adentramos en la ciudadela, cuyas calles laberínticas no distan mucho de las ciudades medievales europeas.

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Aunque claro está, la construcción de las mismas y su arquitectura poseen un estilo abismalmente distinto a la Europa del medievo.

La totalidad de las casas del ksar están construidas con adobe, bajo las cuales todavía viven algunas familias, que se dedican sobre todo a la venta de artículos turísticos.

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Esas familias tienen la obligación, por ley, de respetar la arquitectura y trazado de la ciudad, que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, como una de las mejores muestras de fortalezas bereberes en toda África.

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El lodo que caía de las propias paredes hacía muy fácil resbalar por aquella ciudadela. Yo, a diferencia de mi grupo, fui muy bien equipado con mis botines de senderismo, resistentes a todo terreno. No era muy agradable ver cómo los tenis se estropeaban con la abrupta combinación del agua con la arcilla.

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El ksar está tan bien conservado que ha sido elegido por múltiples estudios cinematográficos como escenario de películas que retratan los paisajes de África y Medio Oriente. Es el caso de La Momia, Alejandro Magno, El Gladiador, Babel e, incluso, algunos capítulos de Juego de Tronos.

La lista de películas que han pasado por sus muros son exhibidos en una de las tiendas turísticas en el camino principal.

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El recorrido culminó en la cima del cerro sobre el que está construido la ciudad, donde se posa el antiguo granero que sustentaba a toda una población que bien supo defenderse por varios siglos en este remoto pero hermoso paisaje.

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El guía nos bajó hasta la entrada del pueblo, donde le dimos las gracias y una propina por su excelente traducción. Haber conocido Ait Ben Haddou había sido una experiencia maravillosa, pero haber estado en contacto con un verdadero bereber era sin duda mucho más excitante.

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El chofer nos encontró junto a su camioneta. Pero antes de volver a su interior, era ya hora del almuerzo. La lluvia había cesado y estábamos ansiosos por sentarnos en un buen y cómodo lugar donde también nos pudiésemos secar.

Nos llevó a un restaurante local con el que, por supuesto, su agencia tenía un convenio. Bom, Alena, los madrileños y yo nos sentamos alrededor de una de las típicas mesas marroquíes y ordenamos nuestros platillos.

La mayoría ordenó tajín, el platillo nacional de Marruecos. Yo, un poco cansado del tajín (luego de tres días de haberlo almorzado), preferí inclinarme por el omelette bereber.

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El plato en el que me lo dieron cubierto me hacía pensar que se trataba, en efecto, de una nueva especie de tajín. Pero al alzar la tapa resultó ser una tortilla de huevo con especias y verduras. Nada del otro mundo.

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Antes de volver al coche, donde sabía que pasaríamos al menos un par de horas sentados, pedí al chofer usar rápido el baño del restaurante.

Lo que me encontré en su interior fue algo bastante insólito. Un hoyo en el suelo sobre una plataforma de porcelana que me hizo pensar que se trataba de una especie de mingitorio público.

Pero un rollo de papel a su costado, un cesto de basura y un par de plataformas que parecían estar hechas para colocar los pies, descifraron su misión como letrina del restaurante.

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Los rumores sobre ello no habían aparecido hasta entonces. Algo curioso, sin duda. Pero difícil de utilizar para un occidental como yo. Aunque al evitar el contacto físico con la superficie parecía no ser del todo antihigiénica, además de respetar la postura natural del cuerpo humano.

Marruecos seguía manifestando sus sorpresas, y nuevamente a bordo del carro, las joyas del desierto empezaron a aparecer tras las ventanas.

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Pocos kilómetros adelante llegamos a Ouarzazate, la ciudad capital de la provincia homónima, que habíamos recorrido ya por varias horas.

El chofer se detuvo justo frente a la Alcazaba de Taourit, antigua fortaleza que protegía la población.

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La escala fue rápida, pero significativa. La ciudad es conocida como la puerta del desierto, ya que desde allí el paisaje circundante se torna todavía más árido.

Pero la razón por la que muchos de los tours paran en Ouarzazate es por ser considerada la meca del cine en Marruecos.

Los Atlas Estudios han dado cobijo a diversos estudios cinematográficos internacionales, en los que se han rodado filmes como Ásterix y Cleopatra, La Guerra de las Galaxias, El Gladiador y La última tentación de Cristo.

La ciudad cuenta con un museo del cine, al que muchos turistas deciden entrar por un precio extra. Nosotros, sin muchas ganas de recorrer un museo a pie, decidimos seguir de largo hasta nuestro destino final de aquel día.

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Nos adentramos entonces al Valle del Draa, el río más largo de Marruecos que forma por su cauce un enorme valle rodeado de montañas bajas.

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Aún con la presencia del agua, el paisaje se hacía cada vez más árido. Para ese entonces el cielo se había despejado a medias y los rayos del sol calentaban la superficie.

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Antes del ocaso arribamos al pueblo de Zagoria, junto al Valle del Draa, donde dormiríamos aquella noche.

El pueblo lucía ya un poco de verde vegetación en sus alrededores que daba algo de vida a aquel paisaje tan rojizo.

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El chofer dejó a la pareja madrileña en un hotel junto a la carretera principal y Alena, Bom y yo fuimos llevados a otro hotel de la zona, donde también durmió el conductor.

Nunca esperé que el tour nos diera una habitación privada en un hotel tan lujoso. Una cama king-size para cada quien, con baño privado, un balcón con vista al valle, una piscina en la terraza y un restaurante decorado con coloridos tapetes bereberes, en el que tuvimos una cena totalmente pagada.

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El menú fue el de siempre, una sopa harira y un plato de tajín. Menos mal que por la tarde había decidido almorzar algo diferente.

Bom y yo nos quedamos charlando con el resto de los viajeros que habían tenido la fortuna de hospedarse en nuestro mismo hotel, hasta que el sueño nos venció y nos llevó a la cama.

Al otro día nos esperaba otra larga y cansada jornada por los valles, que nos llevaría a la verdadera entrada al desierto.

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Marruecos

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Es increíble que un país tenga paisajes tan diversos tan cercanos uno del otro. Nunca imaginé ver montañas nevadas cruzando el desierto de Marruecos. Por cierto, qué buena foto con el chico del turbante! ;) 

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Increíbles los paisajes de Marruecos, es un país encantador. Además que se ha vuelto muy fácil de viajar en él. Que bueno que hayas disfrutado de tu viaje :) 

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    1. AlexMexico
      Latest Entry

      Haberme adentrado a Noruega era quizá la decisión más cara que había tomado en mi viaje por Europa. Los países nórdicos me habían intimidado bastante por la fama que tienen como los más costosos del mundo, junto con Suiza y Japón.

      Eran precisamente los viajes que solo Couchsurfing me permitía hacer. Con el precio del hospedaje fuera de la jugada, conocer un poco de Escandinavia era más fácil de lo previsto. Pero aunque Oslo había sido hasta ahora una ciudad de precios asequibles, había algo que me preocupaba.

      Tenía ya un vuelo reservado desde Estocolmo hasta Islandia una semana más adelante. Y entre Oslo y Estocolmo había planeado visitar Bergen, la segunda ciudad más grande de Noruega, ubicada en la costa atlántica y rodeada de hermosos fiordos.

      Pero por alguna extraña razón había olvidado comprar mis pasajes de Oslo a Bergen y de Bergen a Estocolmo. Dany, mi anfitrión en Oslo, me hizo saber que aquel fin de semana se trataba de un puente vacacional, y los precios por ende podrían incrementar súbitamente. 

      Blablacar no funcionaba en Escandinavia, y por el contrario, existía GoMore, una aplicación para compartir coche. Pero todos los viajes estaban llenos. Llegar en tren hasta Bergen parecía estrepitosamente caro, y las aerolíneas de bajo costo no son algo tan común en aquel lugar del mundo.

      Mi desespero era desmesurado, y estuve a punto de dejar escapar Bergen y dirigirme directamente hacia la capital sueca. Pero mis deseos eran mayores, y luego de una intensa búsqueda, un boleto de bus de 550 coronas hasta Bergen y un vuelo de 68 euros hasta Estocolmo me dejó satisfecho, aunque aquello significaba que pasaría un día entero viajando hacia el oeste, con la luz del día sobre el techo mientras el autobús me llevaba 460 kilómetros hacia la costa.

      No había más remedio, y así emprendí mi viaje dejando atrás la capital noruega la mañana de un 30 de abril.

      Me había propuesto aprovechar aquel prolongado viaje para trabajar a bordo con mi ordenador. Pero no tardé en darme cuenta que el trayecto hacia Bergen sería algo digno de admirar.

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      Aunque la zona este de Noruega es un terreno llano, Oslo se emplaza justo al comienzo de los Montes Kjolen, la cordillera que atraviesa el país de norte a sur.

      Pero las bajas colinas de Oslo no se comparaban en nada con la belleza orográfica que le da a Noruega su peculiar forma geográfica y división política. Un vistazo por la ventana era suficiente para atestiguarlo.

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      Por suerte para mí, aquella mañana el cielo estaba completamente despejado. El sol brillaba como no lo había visto brillar en muchos días sobre Europa, y con los rumores sobre lo lluvioso que puede ser el centro y oeste del país, yo no podía sentirme más afortunado.

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      Los bosques y montañas de Noruega se han convertido un buena parte de su identidad. No me cabía duda del porqué es una gran tradición para sus habitantes tener una cabaña de madera fuera de la ciudad. Con paisajes tan hermosos, cualquiera aceptaría tal proposición.

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      Aquella vasta y bella cordillera es tan famosa que ha dado pie a leyendas y cuentos conocidos en todo el mundo, como el troll de las montañas (del que se supone que existe una fotografía real) y La Reina de las Nieves (cuento del cual se inspiró Disney para crear Frozen). 

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      No esperaba encontrar colinas cubiertas de nieve en plena primavera. El mes de mayo estaba por empezar y al parecer las bajas montañas no habían dejado escapar el tapiz blanco que cubría todavía sus faldas. 

      Aunque en algunos otros puntos es deshielo se empezaba a notar, y eran solo las cimas de los cerros que se cubrían todavía con la densa nieve.

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      Divisar las pequeñas y pintorescas casitas de madera que que se posaban junto a las decenas de lagos que rodeaban la carretera me generaba una enorme envidia. Pasar toda una vida en la costa tropical de México hacía inevitable aquel anhelo. Pero el ser humano siempre ansía lo que no tiene. Cualquier escandinavo nos dirá que su mayor sueño es una casa frente a una playa tropical. Nada que yo pudiera realmente envidiar.

      Cuando la autopista fue ascendiendo poco a poco la nieve comenzó a cubrirlo todo a ambos costados. Parecía un verdadero invierno.

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      El autobús empezó a hacer paradas continuas, en cada cual bajaba una o dos parejas de personas que cargaban consigo su equipo de esquí.

      La zona centro del país resultó ser uno de los lugares predilectos por muchos para practicar deportes de invierno. Y aunque ganas no me faltaban para bajarme y acompañarlos, la renta de un equipo de esquí no es nada barata, así que nada mejor que seguir mi camino.

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      Pero unos kilómetros más adelante el autobús se detuvo por completo y el chofer nos invitó a bajar. Y allí, en medio de las montañas con solo la carretera y un par de baños públicos, arribó otro autobús en el que tuvimos que trasbordar. 

      La capa de nieve poco a poco empezó a desaparecer, pero el paisaje se fue convirtiendo en algo cada vez más extraordinario.

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      Sentarme sobre el cómodo asiento de ese autobús por el que desembolsé 50 euros me hacía sentir que había pagado un verdadero paseo turístico. Con aquella carretera que atravesaba los más hermosos paisajes noruegos, no había necesidad alguna de contratar un tour.

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      No tardamos en alcanzar los fiordos, accidentes geográficos que significan para Noruega la mayor parte de de los ingresos del turismo internacional.

      Los fiordos son cañones que rodean rías de agua salada que se adentran desde el mar, y cuyo origen se remonta a millones de años atrás, cuando aquellos enormes huecos eran ocupados por gigantescos glaciares.

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      Nueva Zelanda, Islandia y Noruega son quizá los países que mayor fama gozan por sus fiordos. Y aunque en la mayoría de los casos es necesario contactar a una agencia turística para poder navegar sobre ellos o apreciarlos desde la costa, mi fortuna fue tanta que aquella carretera nacional bordeaba los mejores fiordos del país.

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      A la orilla de aquellos monumentales cañones se situaban, sorprendentemente, algunas pequeñas comunidades. En su mayoría constaban de apenas un puñado de casitas, una capilla y un muelle para atracar las embarcaciones.

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      El autobús se detuvo en una de esas singulares poblaciones, y nos dio un par de minutos para ir al baño, estirar las piernas y comprar algo de comer. 

      Yo por mi parte, sabía que debía aprovechar el momento para sentarme a sus márgenes y fotografiar la majestuosidad del fiordo. Luego de más de una veintena de países visitados sabía que no cualquier autopista goza de aquellas privilegiadas vistas de forma gratuita.

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      Más adelante alcanzamos la orilla de otro estuario. Pero en esta ocasión el chofer no se detuvo frente a una cafetería. Siguió su camino de largo hasta detenerse al interior de un ferry.

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      En un país con una geografía tan accidentada como Noruega, son necesarios miles de puentes y túneles para ahorrar tiempo y dinero y no tener que bordear los profundos fiordos. Pero el ferry es otra barata y rápida opción.

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      Así, poco a poco nos fuimos alejando del embarcadero para dirigirnos al otro lado de la costa. Y a bordo de un ferry que navegaba en mitad de un fiordo, no podía permitirme quedarme adentro del bus.

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      Pedí entonces al chofer poder bajar y caminar por la cubierta, mientras fotografiaba las maravillas a mi alrededor.

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      Un yate, un paseo en kayak o un bungee desde lo alto de un acantilado debe ser sin duda una experiencia única. Pero con un presupuesto tan bajo como el mío, poder navegar por un fiordo noruego fue mucho más de lo que esperaba de aquel viaje. Un trayecto que sigo considerando el mejor de mi vida hasta ahora.

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      Llegué a la estación central de Bergen a las 8 de la noche, todavía con un radiante sol sobre la ciudad, que en esa época se oculta después de las 10 pm.

      Angélica me recogió en el andén. Ella y su novio serían mis anfitriones de Couchsurfing durante los siguientes días. Cogimos juntos el tranvía hacia su casa en el oeste del condado, mientras me contaba un poco sobre ella.

      Angélica resultó ser una excelente hablante del español. Aunque nació en Polonia, vivió muchos años en Valencia junto con sus padres. Y aprovechando su dominio de idiomas, se dedicaba ahora a dar clases particulares de noruego y español.

      Aunque bastante lejos del centro de la ciudad, al llegar a su casa supe que era afortunado de hospedarme allí. No todos los días se puede uno quedar en una pintoresca y típica casa noruega de madera.

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      Su novio, Aleks, me dio la bienvenida, y me llevó hasta el jardín trasero, donde otros dos couchsurfers alemanes acababan de llegar y preparaban la cena. Una sopa de lentejas, pan de la India, plátanos asados y un platón de arroz fue un excelente menú después del largo viaje que tuve aquella tarde.

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      Luego de la cena, los alemanes montaron su tienda de campaña en el jardín. ¿Por qué no duermen adentro y evitan pasar frío? —les pregunté—. Porque la sala está reservada para los rusos que llegan en unos minutos.

      Angélica y Aleks eran quizá los miembros más activos de Couchsurfing en Bergen. No cualquiera acepta hospedar a cinco personas la misma noche. Y como bien lo dijeron, la pareja de rusos llegó a la brevedad.

      Habían arribado aquella mañana, y pasaron toda la tarde escalando las colinas alrededor de Bergen. Al verlos llegar, todos nos quedamos estupefactos ante el rostro del chico. Estaba completamente hinchado, y de un vivo y radiante color rojo. Era sin duda una severa reacción alérgica.

      Sin bloqueador solar encima, aquel ruso de piel blanca como la leche había cometido un grave error, y aquellas quemaduras eran merecedoras de un tratamiento médico.

      Con lo mucho que se dice que se llueve en Bergen se me hacía imposible creer que aquellas quemaduras hubieran sido causadas por el sol de primavera sobre la ciudad. Así me anticipé al calor que colmaría la costa noruega por los siguientes días. Para mí no había, de hecho, nada mejor.

      A la siguiente mañana desayunamos juntos un potaje de trigo con canela y frutas y sandwiches de queso con salsas. Los rusos se fueron pronto (aquel chico necesitaba de verdad visitar a un médico). Yo por mi parte, tomé el tranvía rumbo al centro de la ciudad.

      Bergen, al igual que Oslo, está rodeado por colinas de baja altura. que son fácilmente visibles desde el centro de la ciudad.

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      La historia e importancia de Bergen en Noruega radica básicamente en su puerto. Si bien Oslo es la mayor ciudad de Noruega, la ubicación de Bergen en la costa del océano Atlántico la convierte en una urbe sumamente estratégica para el comercio, la navegación y la guerra.

      No es de extrañarse entonces que el puerto natural de Bergen sea el mayor del país, y que reciba a centenas de cruceros de todas partes del mundo, llenos de turistas deseosos de dar un paseo por su célebre malecón.

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      Aquel día era el primero de mayo, y en Noruega, al igual que en muchos otros países, se festeja el Día del Trabajo.

      Como un importante día feriado, aquella mañana del lunes la plaza central se llenaba de espectáculos callejeros, pequeños conciertos, y algunas banderas anunciaban un desfile que se llevaría a cabo más tarde por las calles del casco antiguo.

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      Mientras aquel desfile daba inicio decidí visitar una de las mayores atracciones turísticas y comerciales de Bergen: el mercado de pescado.

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      Noruega es mundialmente famosa por su industria pesquera y por sus productos marinos, que exportan a todos los rincones del mundo.

      Aunque es de saberse que sus pescados y mariscos no son nada baratos, los fanáticos de la comida marina acuden a este mercado para deleitarse con los excéntricos platillos y productos que en él se pueden encontrar.

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      Desde anguilas eléctricas y aceite de foca hasta carne de ballena. Esto último representa quizá la mayor controversia de Noruega a nivel mundial, ya que solo otro país del planeta apoya la caza de ballenas: Japón.

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      Para mi desfortunio, ningún negocio de pescados ofrecía muestras gratuitas, e indispuesto a pagar las exorbitantes cantidades de dinero, me fui del mercado sin probar un solo bocado. Pero antes de salir, una chica se me acercó, ofreciéndome degustar el salchichón de alce. Vaya si los noruegos estaban obsesionados con la carne de alce.

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      Al otro lado del viejo embarcadero las casitas de colores en madera del malecón crean la postal más famosa de Bergen. 

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      Se trata de Bryggen, el más antiguo barrio de la ciudad, donde se reunían los comerciantes marítimos que provenían de todos los rincones de la Liga Hanseática, una comunidad comercial y defensiva del mar Báltico y el mar del Norte que por varios años representó la principal actividad económica de Europa.

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      Aunque junto a las coloridas casitas se ubican ahora edificios de una arquitectura similar, pero construidos en piedra, las edificaciones en madera son las originales que formaron Bryggen, y que incluso han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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      Y para apreciarlas más de cerca le di la vuelta al malecón para posarme frente a ellas.

      Por la naturaleza de su materia prima, Bryggen ha sufrido varios incendios a lo largo de su historia, y las casas que hoy se yerguen en el malecón datan del siglo XVIII, posterior al último incendio que arrasó con el conjunto.

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      Adentrarse al interior de Bryggen es un verdadero viaje en el tiempo. Aunque los edificios resguardan hoy restaurantes y tiendas turísticas, su arquitectura, completamente en madera, muestra la veracidad de cómo se vivía en Bergen hace tres siglos.

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      Parecía un pueblo del viejo oeste, solo que rodeado de montañas y bosques en vez de un infernal desierto de arena.

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      Los bustos de alces y renos eran animales disecados de verdad, muestra de lo importante que ha sido la caza de estas especies en la península para el sustento de sus habitantes.

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      El sonido de las batucadas me llamó de vuelta al malecón, así que corrí para encontrar un lugar en la acera y poder disfrutar del desfile del Día del Trabajo.

      Aunque es algo que ya he visto varias veces en México, no es lo mismo mirarlo con la bandera noruega ondeando en lo alto de los marchantes.

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      Y la banda de guerra real de Noruega es algo imposible de ver en un desfile de trabajadores mexicanos.

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      Pero aquel desfile iba mucho más allá del apoyo a los derechos del trabajador y los sindicatos. Noruega es un país que acoge a miles de refugiados, y su presencia se hizo notar con carteles que exigían el final de la guerra en Siria o la liberación de Palestina por parte del gobierno israelí.

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      Incluso me volví a topar con la bandera republicana de España, que había visto en grupos separatistas de Galicia durante mis meses en Santiago de Compostela. Feministas, comunistas y varias minorías se hicieron notar como parte de la fuerza laboral noruega. 

      Luego de una hamburguesa y un helado en un parque del centro, volví a casa de mis anfitriones para unirme a la cena que preparaban con sus amigos polacos. Por alguna razón, los polacos son una de las más grandes comunidades de inmigrantes en Noruega.

      Una sopa de verduras y muchas salchichas saciaron nuestro apetito. Y luego de un par de cervezas nos fuimos a la cama.

      Aleks y Angélica vivían en un suburbio a las afueras de Bergen, llamado Paradis. Al parecer no había muchas cosas interesantes por hacer alrededor, pero bastó con googlear un par de palabras y encontrar una atracción que no podía perderme, y que estaba a tan solo un kilómetro al norte.

      Caminé entonces unos quince minutos hacia Fantoft, siguiendo una carretera y adentrándome en un profundo y solitario bosque, que con un ligero viento y el sonar de la hojarasca por el suelo, debo confesar que fue bastante tenebroso.

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      En mitad de aquel bosque apareció la iglesia de Fantoft, una de las tantas Stavkirke en Noruega.

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      Los Stavkirke son antiguos templos cristianos construidos en madera que fueron muy comunes durante la Edad Media en el norte de Europa. Hoy, la gran mayoría que aún quedan en pie se encuentran confinadas en Noruega, siendo la mayor de ellas (la iglesia de Urnes) Patrimonio de la Humanidad.

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      Algunos creen que tienen orígenes paganos provenientes de los pueblos vikingos (y vaya que lo parece). Incluso, hace pocos años algunos de estos templos fueron utilizados para cultos paganos que resurgieron en Escandinavia.

      Para mi suerte, una de las Stavkirkes se encontraba en Bergen, a unos cuantos pasos de la casa de mis anfitriones. La imponencia de su arquitectura y sus sombríos colores me llevaron sin duda a un oscuro cuento nórdico, especialmente a una partida de uno de mis videojuegos favoritos (Age of Mythology), donde los dragones y los gigantes de las montañas defendían sus templos ante los pueblos enemigos.

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      Pero aquella Stavkirke se trataba simplemente de una reconstrucción datada de los años 90s, aunque el templo original se erigió en 1150. La razón, es que muchas de estas iglesias fueron objeto de incendios provocados intencionalmente por los grupos de black metal noruego. La de Fantoft, lamentablemente, no fue la excepción. 

      Volví a casa con Aleks y Angélica para tomar el almuerzo. Luego de ello me dirigí de nuevo al centro de Bergen. Esta vez me dispuse a subir a una de las siete colinas que rodean la ciudad.

      La montaña de Fløyen es la de más fácil acceso y más visitada por los turistas. En buena parte, porque es la única que posee un funicular que transporta fácilmente hasta su cima, a unos 320 metros de altura.

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      Pero yo decidí caminar. Tras veinte minutos cuesta arriba la cima y el centro de visitantes aparecieron frente a mí, dejando a mis pies la mejor vista de Bergen, de sus montañas y su bahía.

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      Muchos de los turistas aquella tarde habían bajado de los cruceros que se aparcaban en el puerto. Bergen recibe cruceros de todo el mundo literalmente a diario.

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      La tarde era bastante calurosa. Nunca creí ser capaz de pasearme con una bermuda y una playera por una ciudad noruega. Pero el sol era ardiente, y el bochorno uno que rara vez había sentido en Europa.

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      Antes de bajar me di una vuelta por los parques en la cima de Fløyen, bastante concurridos por las familias.

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      La temática, como de costumbre, eran los trolls. Aunque bastante tenebrosos para muchos, los niños noruegos parecen estar acostumbrados a estos escalofriantes seres míticos de Escandinavia, con los que se regocijaban a las risas.

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      Descendí la colina, esta vez tomando un rumbo diferente, adentrándome en las callejuelas de un barrio residencial donde otro puñado de casas de madera aparecieron a la vista.

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      Esta vez los colores no eran tan vívidos, y el blanco era el único predominante en las fachadas. Pero la bella arquitectura de las casas noruegas no se comparaba con nada que hubiera visto antes.

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      Cogí el tram de vuelta a casa, donde me reuní con un nuevo grupo de couchsurfers, tres chicas polacas que habían llegado de visitar uno de los fiordos. Al parecer, habían corrido con tanta suerte que se habían hospedado en casa de un couchsurfer que resultó ser dueño de un yate, en el que las llevó a navegar por los fiordos de la costa oeste. ¡Vaya envidia!

      Pasamos la noche con un plato de pasta y tragos de vodka. A la siguiente mañana, las invitadas me recomendaron una última visita por la zona: Gamlehaugen, una antigua residencia real que hoy se ostenta como parque público.

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      Lo que antes era una granja fue adquirida por el magnate Christian Michel en 1898. Dueño de varios barcos, Christian llegó a convertirse en el Primer Ministro de Noruega, y es hasta el día de hoy el político más prominente que ha tenido el país, ya que ayudó a que el estado lograra su independencia de Suecia en 1905.

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      A orillas de una ensenada de agua salada, la residencia de Christian Michel fue una excelente opción para mi última tarde en Bergen, con las risas de los adolescentes y las casas de hobbits que parecían sacadas de un cuento de hadas.

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      Aquella noche me dirigí al aeropuerto para tomar mi rumbo de vuelta a Suecia. Bergen y sus fiordos me habían dado el toque natural que mi viaje necesitaba. Ahora era momento de volver a otra gran ciudad, la más grande de toda Escandinavia.

    2. Tenía pensado conocer Europa del Este, los destinos pensados eran Praga, Budapest, Bratislava y algunos pueblitos no tan conocidos... Pero una buena oferta a Estados Unidos produjo un cambio de planes a los destinos de Miami y Nueva York. Son dos viajes totalmente diferentes, pero ambos estaban en mi mente al igual que otros varios destinos más...

      Luego de unos días de descanso + playa + shopping y paseos por la ciudad de Miami llegamos a Nueva York, la ciudad nos recibía con un poco más de 30 grados (para mí que soy amante del calor estaba más que bien) :)

      Teníamos alquilado un departamento en Astoria, en Queens muy cerquita de Manhattan. Sacamos la tarjeta metrocard ilimitada por una semana y nos resultó muy cómoda para manejarnos.

      Además optamos por comprar el pase para el bus turístico y recorrer las partes más importantes de Nueva York.

      Habiamos llegado a la tardecita, pero no podía perder la oportunidad de realizar el primer paseo... Estrenamos nuestra tarjeta de metro y fuimos a Times Square. Es un sitio alucinante, se ve más espectacular aún que en las películas, fotos y videos.

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      Algo que siempre me ha gustado de las ciudades grandes es visitar sus miradores! Fuimos a dos de ellos, al Rockefeller Center y al One World Observatory. El primero no me resultó tan impactante como el segundo. El OWO se encuentra en la zona donde anteriormente estaban las Torres Gemelas, es una zona muy linda para recorrer, las grandes fuentes que ocupan el espacio donde estaban las Torres Gemelas, producen una sensación de tranquilidad y silencio que invita a reflexionar en medio de la caótica Manhattan. En esta zona además se encuentra un centro comercial muy bonito que por fuera tiene forma de Paloma.

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      Otros paseos que me gustaron mucho fue recorrer la Quinta Avenida, la zona de Brooklyn donde nació Nueva York... Allí aprovechamos a cruzar el puente y también a sacarnos algunas fotos en Dumbo.

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      Nunca había pasado mi cumpleaños de viaje, pero esta vez sucedió. Para festejar fuimos a almorzar a un restaurante argentino que habíamos averiguado previamente por internet y a la noche encontramos un restaurante italiano frente a Times Square y justó nos tocó una mesa en una esquina donde podíamos aprovechar a disfrutar de las luces y el movimiento caótico de la Gran Manzana.

      Ir a Nueva Yotrk y no visitar la Estatua no iba a ser un viaje completo, por lo que optamos por comprar el ferry para ir. Es importante aclarar, para quienes estén pensando en hacer este paseo que hay varias opciones... Hay un ferry gratuito que te lleva a ver la Estatua desde lejos pero que no permite bajarse, a mi criterio no es una buena opción ya que la estatua se ve del mismo tamaño que en un mirador, por lo que lo ideal es comprar el pase para el ferry y bajarse. La isla es muy chiquita se puede recorrer a pie y por supuesto ver a la emblemática Miss Liberty frente a frente. No subimos a la corona porque no disfruto de los espacios chicos y encerrados, en caso de que deseen hacerlo se debe reservar con anticipación ya que se venden pocas entradas por día.

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      Una zona nueva de la ciudad es Hudson Yards donde se encuentra un shopping nuevo y también el mirador The Vessel, es una estructura muy llamativa. Para visitarla se debe sacar la entrada por internet, no tiene costo pero es un paseo que vale la pena realizarlo con unas vistas increíbles.

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      Un paseo imperdible para los amantes de la fotografía, es visitar la tienda de fotografía más grande de la ciudad, donde se puede encontrar todo tipo de lente, accesorio, luz y demás. Allí aproveché para hacer algunas compras...

      El Central Park fue otro de mis lugares preferidos, es realmente muy grande. Si desean ver algo en particular, lo mejor es planificar la visita con tiempo para ver exactamente donde se encuentra, de lo contrario es muy díficil... Yo caminé sin rumbo disfrutando del paisaje verde en medio de Manhattan. Existen alternativas para recorrerlo ir en bicicleta, caballo.

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      Hay cientos de paseos para hacer, varias veces opté por tomarme cualquier bus al azar y pasear sin rumbo, creo que cualquier calle es bonita y especial.

      Por último quisiera compartir algunos tips:

      La mejor manera de moverse en la ciudad, como comenté anteriormente es en Metro o bus. Hay muchas cosas para ver, hacer todo caminando es realmente imposible. Los sistemas de transporte están super conectados, son muy eficientes y también seguros.

      En cuanto a las atracciones a visitar, creo que la mejor opción es comprar un pase con la cantidad de atracciones que uno desea ver, previamente conviene realizar una investigación y ver qué lugares se desean visitar.

      Los buses turísticos son una buena alternativa para tener un primer pantallazo de la ciudad.

      Quienes deseen ahorrar en alojamiento una buena opción es hospedase fuera de Manhattan, nosotros lo hicimos en Queen, Astoria. Es un barrio muy tranquilo y también tiene varios locales y comercios de todo tipo.

      Para conocer la ciudad se necesitan varios días. Nosotros estuvimos seis días intensos donde vimos muchas cosas, pero tranquilamente se puede estar dos semanas sin aburrirse y más también...

      Opciones de comida hay cientas, restaurantes de todo tipo y también los supermercados venden viandas ya listas para comer. Aprovechamos a comer varias ensaladas ya que era verano y la ocasión lo ameritaba.

       

       

    3. Tras casi siete meses trabajando en Lyon, mis fines de semana me habían permitido conocer Francia de norte a sur, mostrándome sus diferentes caras. Desde su lujosa ciudad capital y sus pueblos alemanes hasta las villas de la costa sur mediterránea.

      A tan solo dos semanas de finalizar mi contrato y antes de emprender otro gran viaje por Europa, Liane, Yan y yo sabíamos que debíamos hacer un viaje juntos antes de separarnos y dejar Lyon en los recuerdos.

      Liane, de Escocia, y Yan, de Madrid, eran prácticamente los mejores amigos que había hecho durante mis meses en el este de Francia. Liane trabajaba, al igual que yo, como asistente de idioma en un colegio público, mientras Yann hacía su maestría en la Universidad de Lyon.

      Así que antes de partir y enfrentarnos a la dura despedida, decidimos aventurarnos hacia el sur del país, siguiendo el Ródano hasta casi alcanzar su desembocadura, en la antigua ciudad de Aviñón.

      Yann tomó un tren un viernes por la mañana, y tras tomar mis útiles consejos, consiguió hospedaje usando por primera vez su perfil de Couchsurfing, justo en el centro de la ciudad.

      Yo por mi parte, tomé un Blablacar ese mismo día por la tarde, y arribé a Aviñón antes de que la noche cayera sobre ella.

      El mes de abril había traído consigo el calor que tanto ansiábamos después de un frío invierno. A mi llegada, Aviñón lucía como una muy cálida y verde ciudad.

      El conductor me dejó en el bulevar Saint-Lazare, justo al lado del río Ródano y del otro lado de la muralla.

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      Aviñón es un ejemplo perfecto de una ciudad medieval. Y como toda urbe del medievo, sus murallas fueron construidas para defender al burgo. Hoy, la muralla sigue en un perfecto estado de conservación y da la bienvenida a cualquiera que se adentre en el ahora llamado centro histórico.

      Fue en una de las calles del casco viejo donde Yan me esperaba junto con nuestra Couchsurfer, una estudiante universitaria francesa que rentaba una casa de tres pisos, y que amablemente nos ofreció uno de sus cuartos para poder dormir.

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      La noche pasó entre cervezas y una cena con nuestra anfitriona y sus amigos, hasta que a Yan y a mí nos venció en cansancio.

      Los bares y la gente con la que habíamos compartido la velada mostraron el nuevo lado de Aviñón, una villa bohemia con algunos hippies que se han sentido atraídos por su calma y verdes alrededores.

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      Algunos murales y tiendas de productos orgánicos decoran ahora el casco antiguo y le da el toque millenial que hace que, aún siendo una ciudad vieja, atrae a muchos jóvenes a sus calles y su universidad.

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      Pero nuestra caminata del sábado por la mañana nos dejó ver aquella Aviñón medieval de la que todos nos habían hablado.

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      Sus casas de piedra, ventanales de estilo italiano y sus viejos campanarios son precisamente los elementos más característicos. Una ciudad que a primera vista se ganaba el apodo de “ciudad blanca”.

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      Yan y yo nos detuvimos en un café, esperando a que el sol calentara un poco más el día y para tomar un merecido desayuno que calmara nuestro apetito.

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      Las plazas públicas y comercios empezaban a llenarse de gente poco a poco. Aviñón es un destino famoso en toda Francia, y sin duda no éramos los únicos que habíamos decidido pasar nuestro fin de semana allí.

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      Pronto nos encontramos con Liane y su amigo Dan, quienes habían viajado esa mañana desde Lyon. Dan estaba de visita desde Escocia, y aunque no se quedaría aquella noche en Aviñón, no quería perderse de una fugaz mirada a la ciudad provenzal.

      Las calles del centro nos llevaron hasta la plaza del Palacio, la explanada principal que marca el corazón de la urbe.

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      A orillas de la plaza, los más conocidos restaurantes y comercios atraen a cientos de turistas cada día. Y edificios como el Hôtel des Monnais (o el Palacio de la Moneda) marcan también una diferencia entre la arquitectura medieval y la más cercana al Renacimiento.

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      La plaza lleva su nombre gracias a la mayor joya de Aviñón, y lo que prácticamente la puso en el mapa desde hace más de siete siglos. El Palacio papal.

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      Es bien sabido que desde el nacimiento del cristianismo en tiempos del Imperio Romano, la ciudad de Roma fue la sede de lo que después evolucionó al catolicismo.

      Pero como también es sabido, Roma y los Estados Pontificios se han enfrentado a grandes controversias dentro de su propio gobierno. En 1305, Clemente V fue elegido el nuevo papa, y tras su elección Roma cayó en un caos total.

      Huyendo de los problemas en la ciudad, en 1309 Clemente V decidió trasladar la curia papal a Aviñón, que en ese entonces era parte del Reino de Sicilia.

      En un principio, Clemente V vivió como invitado en un monasterio dominicano, hasta que su sucesor, Benedicto XII, comenzó la remodelación del antiguo palacio obispal en 1334, para convertirlo en un lugar digno para ser la residencia de un papa.

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      El palacio papal de Aviñón es la construcción gótica más grande de la Edad Media. Ocupa más de 15 mil metros cuadrados, y sus muros tienen un grosor de hasta 5 metros.

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      La ubicación geográfica fue elegida estratégicamente en un afloramiento de roca al lado del río Ródano. Así, es posible verlo desde casi cualquier punto de la ciudad, y representaba para los papas un símbolo del poder de la iglesia católica.

      Hoy, el palacio papal está abierto al público como un enorme museo, que contiene incluso un centro de convenciones.

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      Nuestra visita comenzó por el claustro, tras cuyo patio central se yerguen cuatro pasillos con las típicas columnas góticas en punta de pico. En lo alto, la torre del homenaje aparece como figura característica de una fortaleza medieval.

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      Todo el claustro está flanqueado por altas torres de defensa que aseguraban la seguridad del papa y de toda la curia católica.

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      En sus interiores, se conservan algunos importantes frescos creados por los mejores pintores europeos de la época, todos dirigidos por Matteo Giovanetti.

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      El palacio fue construido en dos fases. Así, a la primera construcción comandada por Benedicto XII se le conoce como el Palais Vieux (Palacio Antiguo) y a la segunda dirigida por Clemente VI se le llama el Palais Neuf (Palacio Nuevo).

      Como era costumbre, la construcción del palacio papal consumió una enorme cantidad de dinero. Por supuesto, el financiamiento provino de todos los reinos cristianos de la época.

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      Mapa con la procedencia de los recursos financieros para construir el palacio papal.

      Muchos de los pasillos y cuartos del palacio papal parecen sacados de un típico castillo medieval. La torre de humo para la cocina, las escaleras de piedra en caracol y hasta su propio calabozo formaron parte del recinto desde la construcción del Palacio Antiguo.

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      Siete fueron los papas que residieron en Aviñón desde 1309 hasta 1377, año en el que sucedió el Gran Cisma de Occidente.

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      Tras años de controversias iniciadas por una difícil relación entre el Reino de Francia y el Papado, el papa Gregorio XI volvió a Roma y llevó de vuelta la Santa Sede a Roma.

      La elección de un nuevo papa en 1378 estuvo llena de conflictos internos, que acabó prácticamente con dos papas, Urbano VI en Roma y Clemente VII en Aviñón, este último denominado antipapa.

      Esto no solo dividió a la iglesia católica, sino a toda Europa occidental, cuyos reinos cristianos se dividieron, unos apoyando al Papado de Aviñón y otros al de Roma, sucediéndose cambios de bando en diferentes ocasiones.

      Tras casi medio siglo del cisma, el papa Benedicto XIII fue el último antipapa, después del cual Aviñón no volvió a albergar ninguna otra autoridad pontificia.

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      Desde que la Santa Sede volvió a Roma, el palacio fue abandonado poco a poco. Y a pesar de su remodelación en 1516, el deterioro fue casi imposible de evitar. Aunado a ello, con la explosión de revolución francesa en 1789, el palacio fue tomado y saqueado por las fuerzas liberales, al mismo tiempo que Aviñón pasó a ser formalmente parte de Francia.

      Por fortuna, se entendió la importancia que el palacio de Aviñón tenía para la historia de occidente, y hoy sus edificios y torres se lucen como si el tiempo no hubiera pasado de largo.

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      Desde los andadores de vigilancia en lo alto del claustro, pudimos apreciar la verdadera magnitud del palacio y sus defensas, todas construidas con la misma piedra blanca con la que fue levantada Aviñón entera.

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      Las torres de vigilancia nos dieron las mejores vistas de la ciudad y su centro histórico, destacando por supuesto la plaza del palacio y su tan emblemático Palacio de la Moneda.

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      El palacio papal no es la única construcción cristiana en Aviñón. Los campanarios que sobresalen entre los tejados del casco antiguo dejan entrever capillas que se yerguen entre sus laberínticas calles.

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      Pero el campanario más famoso es el de la catedral de Aviñón, ubicada justo al norte del palacio papal.

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      La catedral de Notre-Dame-des-Doms fue construida en el siglo XII, siendo el románico su estilo arquitectónico predominante.

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      Aunque su tamaño no se compara con lo monumental del palacio papal, el campanario se ha hecho también un símbolo de la ciudad, coronado por una estatua de plomo dorado que representa a la Virgen María.

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      Luego de una larga caminata por el complejo papal, decidimos bajar a la plaza central para almorzar algo en uno de los restaurantes que tienen las mejores vistas del centro.

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      Con el estómago lleno, nos dirigimos al lado norte del río Ródano para visitar otra de las famosas atracciones de la ciudad, el puente de Aviñón.

      A primera vista, no parece un puente tan ostentoso ni de mucha importancia. De hecho, el puente ni siquiera llega al otro lado del río.

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      La verdad es que solo quedan cuatro de los 22 arcos que alguna vez cruzaron el Ródano, uniendo a Aviñón con Villeneuve-lès-Avignon.

      El puente fue construido entre 1171 y 1185, y por muchos años fue la única manera de cruzar el río desde Lyon hasta la costa del Mediterráneo.

      El puente no solo unía dos ciudades, sino dos estados diferentes, ya que la orilla derecha pertenecía a los Estados Pontificios, mientras la izquierda era ya parte del Reino de Francia. Así, el puente era fuertemente custodiado en ambas orillas, y es la puerta de vigilancia del lado papal la que hoy queda como remanente, y que da la bienvenida a los turistas.

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      A la entrada, fuimos recibidos con una de las canciones infantiles más célebres de Francia, Sur le pont d’Avignon.

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      Se cree que la canción originalmente decía “sous le pont” (bajo el puente) y no “sur le pont” (sobre el puente), pues se piensa que la gente solía hacer bailes folclóricos bajo el puente en la isla de la Barthelasse, que corta al río Ródano en dos al norte de la ciudad, y que hoy sigue siendo un lugar de recreo.

      Desde el puente tuvimos las mejores vistas del campanario de la catedral y el palacio papal, que se asoman tras el follaje y las murallas de la ciudad.

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      Volvimos a las calles del centro para despedir a Dan, quien debía volver a Lyon esa misma tarde. Liane, Yan y yo teníamos de hecho un plan bastante diferente para aquella tarde noche.

      Regresamos a la casa de nuestra couchsurfer solo para recoger nuestras mochilas. Le dejamos una nota dándole las gracias y nos dirigimos al supermercado para comprar los ingredientes de un buen picnic al estilo francés.

      Vino, una baguette, charcutería, queso, olivas y unas cervezas para saciar la sed serían nuestro mejor aperitivo para la tarde.

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      Con todo preparado y un mapa en mano, caminamos por las viejas calles del centro dirigiéndonos de vuelta a la orilla norte del Ródano.

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      Cruzamos el puente Edouard Deladier, el moderno pasaje peatonal y vehicular que une la ciudad con Villeneuve-lès-Avignon, desde el que tuvimos una hermosa vista del río y el antiguo puente.

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      El camino nos llevó a la isla de la Barthelasse, la cual nos había sido muy bien recomendada como lugar de recreo. Nuestra intención no fue solamente hacer un picnic en la verde naturaleza que rodea Aviñón, sino dormir en ella en una casa de campaña.

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      Pasar la noche alejados del bullicio de la ciudad, y solo con el sonar de los grillos y el viento soplando entre los árboles fue justo lo que necesitábamos para nuestra última noche juntos.

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      A la siguiente mañana desayunamos en el área común, un buffet que estaba incluido en el precio del camping. Caminamos después hacia el otro lado del río, hasta alcanzar la torre Philippe-le-Bel, una antigua torre medieval que protegía a Villeneuve-lès-Avignon.

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      Desde ella se asomaba la vecina ciudad de Aviñón, sobresaliente entre los bosques que rodean el área.

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      Una larga caminata de vuelta al centro nos esperaba con nuestras mochilas al hombro, así que decidimos tomar un bus hasta las puertas de la muralla.

      El último sitio por visitar fue el parque del palacio papal, ubicado en la colina de Rocher des Doms.

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      Desde allí pudimos apreciar la totalidad de la catedral en su lado norte, que domina el casco antiguo con la Virgen bendiciendo al pueblo entero.

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      Pero las mejores vistas las tuvimos al otro lado, con el Ródano, el puente de Aviñón y la isla de la Barthelasse mostrando la cara más verde de la villa papal.

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      Acompañamos a Yan a tomar su tren, mientras Liane y yo esperamos un Blablacar que nos llevaría de vuelta a Lyon.

      Mi última semana en la tercera ciudad más grande de Francia fue sin duda una dura despedida, que me hizo dejar atrás no solo una hermosa ciudad y su exquisita gastronomía, sino también excelentes amigos e historias que formarían buena parte de mis memorias de viaje.

      La mitad de la primavera marcó el final de mi contrato en el colegio Jean Perrin, y con ello me preparé para un mes y medio de viajes inolvidables. El norte de Europa me esperaba, con la esperanza de encontrarme con un soleado clima y más aventuras que escribir en mi diario.

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