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Malmö, el Báltico al desnudo

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AlexMexico

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Tras algunos días de cervezas y hot dogs daneses, la mañana de aquel martes desperté en el dormitorio de una residencia estudiantil, junto al campus principal de la Universidad de Odense, en la isla de Fionia.

Tanto Copenhague como Odense me habían mostrado lo mejor de su historia, cultura y arquitectura. Aunque lo que más me había marcado era, quizá, adentrarme en el estilo de vida universitario, que había dejado al desnudo buena parte de lo que es hoy la sociedad danesa y su estado de bienestar.

Los daneses habían mostrado ser personas sumamente consideradas y conscientes de su realidad. Así, a pesar de los subsidios del estado y la excelente calidad de vida, los estudiantes me habían sorprendido con acciones como el dumpster diving (recoger comida de la basura), que llevaban a cabo para evitar desperdicios.

Liron, el couchsurfer que me hospedó en Odense, no era la excepción. Su espíritu humano se había formado en decenas de países a donde tuvo la fortuna de viajar. Y todo lo hacía de la mano del hitchhiking.

Viajar de ride por el mundo es el sueño de muchos, pero algo que muy pocos aguantan hacer. Lo que me incluye a mí. Liron había viajado a dedo por Europa y Asia, y su objetivo era un día poder viajar desde Dinamarca hasta Pakistán con la sola ayuda de su pulgar en el aire. 

Escuchar las aventuras de Liron me motivaron a hacer lo que nunca planeé. Llegar a la península de Escandinavia pidiendo rides.

Con el puñado de consejos que un experto como Liron me dio, salí de la residencia con mi mochila al hombro y un trozo de cartón en mano sobre el que escribí CPH, acrónimo muy usado en Dinamarca para referirse a Copenhague.

165 kilómetros me separaban de la capital danesa, desde donde sería muy fácil cruzar al otro lado del mar Báltico. Me despedí entonces de Liron y caminé hacia la carretera Ørbækvej, que convenientemente se ubicaba justo al lado del campus universitario.

Me posé con mi mochila, mi letrero y mi dignidad a un lado de la autopista, y con mi dedo al aire no pasaron más de cinco minutos para que un hippie detuviera su auto frente a mí. 

El hedor a marihuana pronto salió por las ventanas. Voy hacia el sur —me dijo riendo casi a carcajadas—. Pero si fuera hacia Copenhague seguro te llevaría. Me deseó suerte y se alejó entre el bosque. No podía quejarme de los buenos deseos de un hippie danés.

Media hora transcurrió para que un estudiante parara su coche. Se dirigía hacia Nyborg, la ciudad más oriental de la isla de Fionia, ubicada justo a la salida del puente del Gran Belt, el puente colgante más largo del mundo que conecta a Fionia con Selandia, donde se encuentra Copenhague.

Sin dudarlo ni un segundo acepté su ayuda, y subí al coche refugiándome del frío matutino. No faltaba mucho para los exámenes finales y aquel chico había decidido volver a casa para estudiar un poco antes de volver a sus clases en Odense.

Desviándose un poco de su ruta, me condujo hasta el estacionamiento de una cafetería, el último lugar de encuentro antes de adentrarse en el puente Storebæltsforbindelsen.

La cafetería no era el sitio con más tránsito en el mundo, pero sin duda era un mejor local para ser recogido que posarme justo a la entrada del enorme puente, donde era imposible detenerse a tanta velocidad.

Los camiones de carga, coches particulares y hasta bicicletas entraban y salían con gran lentitud al restaurante. Yo decidí dejarme sosegar por la paciencia y no caer en el desespero.

Una hora bajo un árbol a la salida del estacionamiento fue suficiente para que una pareja se detuviera. Mientras todos me habían movido la mano en señal de un “adiós”, este simpático dúo lo hizo en señal de “sube ya”.

Mi letrero había funcionado, ya que ambos se dirigían hacia la capital para asistir a una junta de trabajo. Y mientras yo vestía un pants deportivo, tenis y una mochila semi rota, ellos portaban un elegante traje perfumado.

Por fortuna, la mayoría de los daneses hablan muy bien el inglés, y una agradable charla nos acompañó durante el trayecto hacia Copenhague, cruzando por segunda y última vez el Gran Belt, dejando atrás una isla para entonces adentrarme en otra.

Tras una hora de camino me dejaron en la estación central de trenes, donde les di las gracias y preferí dirigirme a las taquillas. Llegar a Escandinavia desde aquel punto de Copenhague era mucho más fácil en un tren que pasar una hora más tratando de coger un ride que cruzase el puente hacia Malmö, la ciudad sueca al otro lado del Báltico.

Compré entonces mi billete hacia Malmö, donde otro couchsurfer me esperaba para darme mi bienvenida a Suecia. El tren me llevó primero de vuelta al aeropuerto de Copenhague-Kastrup, en la orilla de la isla de Selandia, el punto más oriental de toda Dinamarca.

Allí, el tren se detuvo para un control de migración. Aquello no era muy común dentro de la Unión Europea y el espacio Schengen, que se rigen bajo los términos de libre tránsito. Pero los suecos lo vieron muy necesario a partir de la inauguración del puente Øresund, ya que facilitó por mucho la entrada al país, a diferencia de los ferrys, único medio de transporte además del avión para poder llegar a Suecia desde Dinamarca antes del año 2000.

Tras la revisión de nuestros papeles, la policía sueca dio el aviso para que nuestro tren pudiera partir, y comenzamos así la travesía por Øresund, el puente-túnel que conecta a Copenhague con Malmö.

Los 7845 metros de longitud de esta increíble infraestructura marcaron un hito en la historia de Europa entera. Antes de que este puente existiera, La Unión Europea se encontraba dividida en dos, ya que Finlandia y Suecia se encontraban incomunicadas por tren y carretera con el resto de los países miembros.

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Øresund hizo más rápido y económico el tránsito de Dinamarca a Suecia, haciendo prácticamente desaparecer a los ferrys que conectaban Copenhague con Malmö en el pasado. Así, antes del año 2000, llegar a Suecia en tren o carretera significaba darle la vuelta a Europa entera atravesando Rusia y Finlandia hasta casi el círculo polar ártico. Hoy la ingeniería ha hecho de aquello un vago recuerdo del pasado.

A las 3 de la tarde mi tren arribó a la estación Trangeln, donde Andreas me encontró para guiarme hasta su apartamento no muy lejos del centro de la ciudad.

El barrio residencial donde Andreas compartía piso con una chica parecía bastante tranquilo. En general, me hizo saber, la vida en Suecia suele serlo. Y tras haber pasado un semestre de intercambio en México estudiando periodismo y de haber visitado el carnaval de Veracruz (mi ciudad natal), Andreas sabía que Suecia es, en efecto, un país muy tranquilo.

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Los edificios en ladrillos y tejados en picada no se alejaban mucho de lo que acaba de ver en Dinamarca y sus ciudades. Pero de algo no había duda, Malmö contaba con una gran cantidad de inmigrantes.

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En cada esquina, banderas de diferentes naciones, sobre todo la de Irak y Siria, aparecían en las fachadas de tiendas y restaurantes. Andreas me hizo saber que durante los últimos años, Suecia había acogido a una gran cantidad de refugiados de países del Medio Oriente. Eso, para él y la mayoría de los suecos, no representaba problema alguno.

Paramos a almorzar un falafel, famoso platillo de garbanzos que resultaba ser la comida favorita de Andreas. No cabía duda de la influencia que el Medio Oriente había traído hasta Suecia.

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Por la tarde él tuvo que partir al trabajo en una estación de radio local, donde ejercía como periodista. Yo por mi parte, compré un poco de comida y me quedé en casa a trabajar. La lluvia no parecía cesar y necesitaba algo de reposo después de una jornada de hitchhiking por las islas del Báltico.

La siguiente mañana el cielo parecía seguir un poco enfadado, y la lluvia continuaba cayendo sobre Malmö. Así que un buen desayuno y un café en casa fue excelente para acompañar una mañana nublada.

Pero al salir a la calle el sol me volvió a sonreír. Y un paseo por el centro de Malmö, sus jardines y sus canales, fueron perfectos para comenzar el día.

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Si había algo más que llamara mi atención además de la cantidad de inmigrantes del Medio Oriente, era sin duda la diversidad de hermosas aves que me topaba en cada esquina.

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Los canales, por supuesto, se colmaban de patos que nadaban sobre las frías aguas de primavera.

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Pero había un tipo de aves en específico que cautivaron mi mirada. El color negro azulado y la dura mirada de los cuervos escandinavos eran ya una mítica figura de los pueblos nórdicos que vivía en mi cabeza. Pero tenerlos de frente me llevó al mundo virtual de Age of Mythology, videojuego donde los nórdicos y sus cuervos eran mi elección preferida cuando era un niño.

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Los patos tienen su encanto para todos. Pero el contraste de ambos volando y caminando sobre el mismo lugar me hizo saber que me encontraba ya en Escandinavia. 

Los jardines centrales de Malmö dejan ver la oposición entre las casona y palacios del siglo XIX con los modernos edificios que la destacan como una ciudad de suma importancia actual.

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En la Möleplatsen hay incluso molinos de viento que recuerdan la manera en que Malmö procesaba sus granos aprovechando la energía eólica de las fuertes corrientes del mar Báltico que azotan la ciudad.

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Los canales que rodean el centro histórico también sirvieron para defender el Castillo de Malmö, una de sus edificaciones más emblemáticas.

Aunque no fue formalmente un castillo, ya que nunca sirvió de residencia real, fue una de las fortalezas más prominentes del Reino de Dinamarca, ya que fue construida cuando Escania y el sur de la actual Suecia fueron dominados por los daneses.

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Las orillas del casco viejo de Malmö introducen pintorescos edificios, muchos de ellos neoclásicos, que muestran el empeño que Suecia puso en la ciudad una vez que pasó a formar parte de su reino.

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La mayoría de las construcciones del centro histórico datan del siglo XIX, y la alcaldía los ha sabido conservar casi intactos para el deleite de los turistas, y de los afortunados residentes que pueden darse el lujo de vivir ahí.

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Las construcciones de ladrillo rojo sin duda destacan la enorme influencia que Dinamarca ha tenido sobre Malmö y sobre Suecia. Increíblemente, aún siendo el más pequeño de los países nórdicos, Dinamarca fue el más poderoso de ellos, logrando someter y unificar los tres reinos en la unión de Kalmar en la Edad Media, época en la que las monarquías de Noruega, Suecia, y Dinamarca, junto con sus territorios que incluían Islandia, Groenlandia, las islas Feroe y Finlandia, formaron un solo estado.

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La unión no floreció gracias al recelo de los suecos hacia Dinamarca, quienes se separaron de en 1523, mientras Noruega y Dinamarca lo hicieron hasta 1814.

Pero caminar por Malmö y cualquier otra ciudad nórdica deja ver lo cercanas que estas naciones han estado desde la era vikinga, tanto así que la única diferencia entre las banderas de Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia son sus colores.

Tomé la famosa calle de Lilla Torg, uno de los lugares preferidos por los turistas. El paseo está orillado por bajos edificios de ladrillo y madera que recuerdan un poco a los pueblos alemanes. Una cerveza bajo el sol primaveral era necesaria para aquella tarde.

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Pero el sitio elegido fue la Stortorget, el corazón de Malmö. Es la plaza central desde la cual se empezó a construir el resto de la ciudad en época de los daneses. Antiguamente se utilizaba como mercado. Hoy, con el Ayuntamiento y una estatua de Carlos X Gustavo, es un sitio de encuentro de locales y turistas para disfrutar de la vida que Malmö ofrece.

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El canal de agua salada que rodea al centro histórico lo divide de la estación central de trenes y autobuses, ubicada en el Västra Hamnen, donde me encontré nuevamente con Andreas para pasar la tarde antes de que volviera al trabajo.

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El puerto occidental de Malmö tuvo su auge con una multitud de fábricas, siendo uno de los principales puertos que unía al mar Báltico con el mar del Norte. Pero la crisis de los 70s llevó a las empresas a la bancarrota.

Pero tras el cierre de las compañías marítimas, Västra Hamnen no quedó en el abandono. Al contrario, la ciudad supo aprovechar el hermosos espacio junto al mar y lo convirtió en una lujosa zona residencial.

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Centros comerciales, edificios de viviendas, rascacielos, un paseo marítimo y hasta instalaciones de la Universidad de Malmö se ubican ahora en la extensa área junto al Báltico en la que todos quisieran vivir.

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El más famoso de sus edificios es el Turning torso, un rascacielos neofuturista diseñado por el español Santiago Calatrava, que posee el título, nada más y nada menos, que del rascacielos más alto de Escandinavia y el primer edificio retorcido del mundo. Cuesta trabajo imaginar vivir en un apartamento de tal estilo.

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Nos alejamos un poco de Västra Hamnen hacia la playa Ribersborg, un largo corredor de arena y jardines desde los que el puerto occidental parece pequeño.

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Al girar la cabeza al otro lado, incluso es posible ver la costa de Copenhague y el enorme puente Øresund. Nunca creí que Suecia y Dinamarca estuvieran a tan corta distancia una de otra.

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Pero Andreas me había llevado hasta Ribersborg por algo más. ¿Quieres hacer algo verdaderamente sueco? —me preguntó—. Entonces no puedes irte sin haber visitado un sauna.

Me llevó entonces hasta la entrada de la Ribersborg Kallbadhus, la casa de baños al aire libre ubicada justo sobre las aguas del mar Báltico.

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Aunque las saunas son usadas en prácticamente todo el mundo, su origen se remonta a miles de años en los pueblos escandinavos, principalmente en Finlandia. La palabra sauna es prácticamente la palabra de origen finés más usada en todo el mundo. 

Los escandinavos, incluyendo los suecos, tienen una estrecha relación con las saunas. No es solo un baño, es un ritual, una tradición casi espiritual que sirve también como forma común de socialización.

La Ribersborg Kallbadhus es una casa de baño de madera construida sobre la costa de Malmö. Es la única al aire libre en la ciudad, lo que la convierte en la más famosa de todas, y la preferida por muchos, y por Andreas también.

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Al entrar, los pasillos dividen a las personas en dos grupos, hombres y mujeres. La desnudez es algo común y no mal visto en Suecia y los países nórdicos. Aunque por respeto y tradición, los hombres y mujeres siguen separándose entre sí.

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Por supuesto, las fotografías dentro de la casa de baño están prohibidas. Así que dejamos nuestras cosas en los casilleros. Pagamos 40 coronas suecas (unos 4 euros), nada mal par un sauna tan lindo como aquel.

El ritual comienza con una ducha para desinfectar el cuerpo y eliminar suciedades. El uso de ropa está prohibida en todo momento. Y mi inhibición, por supuesto, se hizo notar. Pero Andreas y el resto de los suecos a mi alrededor me hicieron sentir como en casa. La desnudez, como en toda Escandinavia, debería ser vista con la misma naturalidad en todo el mundo.

Aún desnudos, la toalla y unas sandalias son necesarias para no quemar nuestros cuerpos. La sauna entera está hecha de madera y la temperatura al interior puede llegar hasta los 100°C. Así que tocar la madera con el trasero y los pies desnudos no es una buena idea.

La principal diferencia entre una sauna turca y una finlandesa es la humedad  —me explicó Andreas—. En el baño turco la humedad es muy intensa, incluso llega al 100%. El baño finlandés es mucho más seco, y eso puede notarse al interior, donde la vista no es nula, al contrario del sauna turco. 

Pero la enorme dificultad para respirar a una temperatura tan alta y el exceso de sudor (principal objetivo para eliminar toxinas del cuerpo) no fue la parte más complicada de aquella tarde. Después de unos minutos Andreas me invitó a salir. Al exterior, junto al mar, con la fría brisa del mar Báltico golpeando mi cuerpo desnudo.

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Estás loco —le dije—. Aunque ya era oficialmente primavera en Suecia y con el sol sobre nosotros, los vientos del Báltico son extremadamente fríos, especialmente para alguien de la costa mexicana como yo.

No tiene caso venir a un sauna sin realizar al menos una vez el cambio de temperatura —me hizo saber—. Y tenía toda la razón. El baño de sauna consiste en cambiar al menos dos veces la temperatura corporal para estimular la circulación y eliminar las toxinas.

Así que allí estaba, completamente desnudo frente a las aguas bravas del mar Báltico. Una escalera me invitaba a descender a un chapuzón, en las playas cuya temperatura oscilaba los 6°C.

Andreas se aventó un clavado. ¡Vamos! ¡No lo pienses, hazlo ya! —gritó al mismo tiempo que su cuerpo temblaba de pies a cabeza dentro del mar. Y con todo el temor del mundo puse mis pies sobre la escalera, dejando mi toalla sobre el pasillo de madera.

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Primero los pies, luego las piernas, y de un solo chapuzón dejé sumergir mi cuerpo que instantáneamente se congeló.

Luego de 10 segundos en los que no pude ni siquiera pensar, salí del mar y cogí mi toalla para secarme. ¡No puedo creerlo! —exclamé a mí mismo—. ¡Nadé desnudo en el mar Báltico en aguas de 6°C!

Andreas salió tras de mí y me llevó de vuelta al sauna de vapor. Para ese momento, mi cuerpo se sentía aliviado, limpio, relajado, liberado. Ahora entendía por fin el concepto del sauna. Me había sumergido no solo en el mar Báltico, sino en el estilo de vida común de los habitantes escandinavos.

Al final de la tarde, sentí que mi cuerpo flotaba. Había perdido pesadez, no sentía frío, calor, cansancio ni estrés. El sauna me había mostrado las maravillas por las cuales su fama llegó mucho más allá de la península escandinava.

Andreas volvió al trabajo y yo a su apartamento para una última cena en casa. Al siguiente día me embarcaría en una travesía hacia el otro lado de la península, para salir por un tiempo de la Unión Europea, no así de Escandinavia y sus increíbles tradiciones nórdicas.

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Nunca había escuchado de esa ciudad. Pero nadar en el mar Báltico desnudo, qué agallas! Yo no creo que me atrevería a tal cosa jajaja.

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Nunca había visto una sauna sobre el mar, pero solo de ver las fotos ya se me antojó probarla. Aunque eso sí, no creo atreverme a sumergirme en las aguas de Suecia jajaja 😂

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      A principios de mayo la nieve en la mayoría de las ciudades de Europa se había esfumado. La primavera se había anunciado con esplendor aquel año y un delicioso clima corría por todo el continente. 

      Incluso en los rincones de la húmeda y fría cordillera noruega el sol me había sonreído con ventura, y tras cuatro días en Estocolmo me sentía totalmente satisfecho del goce del que Escandinavia me había hecho acreedor.

      A mitad de la primavera, muchos se habrían decidido por disfrutar de ciudades floreadas, llenas de canales y arboledas donde Europa pudiera ofrecer sus mejores y coloridas postales. La tranquilidad que llega cuando el invierno culmina. Pero mi decisión fue un poco más brusca. Bastante brusca, me atrevería a decir.

      Aquella última noche en Estocolmo cogí un autobús hacia el norte, con rumbo al aeropuerto internacional de Arlanda. El abordaje fue el más tranquilo que jamás hubiera vivido. Solo 10 personas íbamos a bordo de aquel Airbus a319, y claro, no podía estar más feliz de tener el avión casi totalmente para mí.

      Pero mi vuelo no se dirigía al sur. No me encaminaba hacia la calidez de latitudes más meridionales. Mi destino no era ni siquiera las tierras continentales. Volaba con rumbo al noroeste, dos husos horarios hacia el occidente, a donde solo los vikingos se atrevieron a embarcarse hace más de un milenio desde las costas del Báltico.

      Aunque la oscuridad había inundado Estocolmo, al elevarse el avión a más de 8 mil metros un haz de luz entró por mi ventana. Era el sol de medianoche que se asomaba desde el Ártico. Y aunque iluminaba también las montañosas tierras nórdicas, una densa niebla lo cubría todo debajo de nosotros.

      Tres horas pasaron para atravesar el mar de Noruega y el mar del Norte, y ganándole la carrera al tiempo, el avión comenzó a descender poco a poco entre una espesa niebla. 

      El gris del exterior era simplemente aterrador. Ni las franjas del litoral, ni la torre de control, incluso las luces de la pista de aterrizaje eran escasamente percibidas por los ojos humanos a bordo. El piloto llevó a cabo un descenso prácticamente a ciegas, guiado por la eficiente base aérea.

      Sus exitosas maniobras nos llevaron a salvo hasta el aeropuerto de Keflavík, ubicado en un cabo al suroeste de Islandia. A una latitud de 64º 08' N, era el sitio más septentrional en donde hubiera estado parado. Mi viaje de primavera sería, así, una fría aventura en aquella remota isla, a unos cuantos kilómetros por debajo del círculo polar ártico.

      Aunque durante mayo las horas de oscuridad en Islandia son escasas debido a su posición geográfica, a la medianoche, hora en que recogí mi maleta en la cinta transportadora del aeropuerto, la penumbra era total. Y aunado a la niebla que acompañaba a la noche, el exterior no era algo apetecible por disfrutar.

      Me dirigí rápidamente al estacionamiento, donde el último autobús de conexión con la ciudad saldría unos minutos después.

      Casi una hora más tarde, a 40 kilómetros al este, llegamos a Reikiavik, la capital de Islandia, que hasta hoy ostenta el título de la capital más septentrional del mundo.

      Por fortuna, el autobús condujo hasta el centro de la metrópoli, desde donde pude caminar cuesta arriba por sus empinadas calles hasta alcanzar la casa de Gisli, un estudiante que contacté por Couchsurfing y que me hospedaría por un par de días en su apartamento.

      Gentilmente, aguardó hasta casi las 2 de la mañana por mi arribo. Al parecer yo era su primer huésped, y no podía decepcionarme ante la calidez de los islandeses.

      Gisli vivía en el segundo piso de una típica casa islandesa, construida con una especie de material de lámina de colores vivos, y un tejado en picada que ayuda a que la nieve resbale y se derrita durante las nevadas del invierno.

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      Alquilar un piso en Reikiavik, según me contaba, se había vuelto sumamente caro, sobre todo después de la crisis que Islandia enfrentó en 2008 y 2009. Pero sus padres le apoyaban lo suficiente para que pudiera finalizar sus estudios en la capital.

      Como la primera verdadera ciudad que se fundó en la isla por parte de los noruegos en tiempos medievales, Reikiavik se ha vuelto el centro industrial, financiero, político y cultural de Islandia. Con 200 mil habitantes, su área metropolitana alberga a dos tercios del país entero. Era más que raro hallarme en un país cuya población nativa es menor al número de turistas que alberga. 

      La niebla del día anterior había dado paso a un clima frío esa tarde, aunque aquello era bastante normal. Después de todo me encontraba al sur de Islandia, a unos cuantos kilómetros del círculo polar. Pero con el tiempo limitado, no podía dejar que el clima me hiciera perder tiempo y salí a conocer la ciudad.

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      A pesar de encontrarse a latitudes equiparables al norte de Alaska y el Yukón, Islandia posee un clima subpolar oceánico templado. Sus temperaturas de hecho no bajan tan drásticamente, y el invierno puede presentar apenas -10°, un clima más cálido que el que viví en el invierno de Berlín o Polonia.

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      La isla es así bastante habitable no obstante su situación geográfica, y se lo debe nada menos que al Golfo de México. La corriente del Golfo arrastra masas de agua y aire cálidas desde el trópico que contrarrestan la frialdad del Ártico. Las costa de Islandia se mantienen libre del hielo todo el año, algo impensable en otros lugares a la misma latitud.

      Caminar por Reikiavik era para mí como andar por una ciudad en miniatura construida con legos. 

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      El ambiente tan tranquilo, el escaso tráfico y los pequeños edificios que le dan vista a la urbe apenas podían compararse con una modesta comarca en otros países. Sin duda era la capital más tranquila que jamás hubiese visitado.

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      Me preguntaba repetidas veces con qué interés llegaron los primeros residentes a aquella remota parte del mundo. 

      Es bien sabido que los vikingos eran asiduos y expertos navegantes, lo que los llevó a conquistar y saquear múltiples territorios en la Europa continental. Pero los vikingos escandinavos se aventuraron más allá, mucho antes de que Galileo demostrara que la Tierra es esférica y antes de que los españoles arribaran al continente americano.

      Los fuertes vientos del mar del Norte llevaron a Erik el Rojo, un explorador noruego, hasta las deshabitadas islas del ártico, a las que él mismo bautizó como Islandia y Groenlandia. 

      El comerciante vikingo convenció fuertemente a varios noruegos de emigrar hacia la ‘Tierra verde’ para colonizar la isla. Así, el nombre de Ingólfur Arnarson pasó a la historia del país como el primer residente permanente de Islandia, y fundador de Reikiavik, ya que allí estableció su hacienda.

      Ingólfur es considerado el creador de Islandia como país, ya que tras su colonización se estableció el Alþing, un parlamento legislativo que es nada menos que el parlamento más antiguo del mundo entero todavía en existencia, y con ello se dio paso a la Mancomunidad islandesa, que luego formaría parte del Reino de Dinamarca-Noruega.

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      Estatua de Ingólfur Arnarson.

      El parlamento se fundó primeramente en la región de Þingvellir (hoy un parque nacional que ningún parecido tiene con un centro político estatal), y fue hasta el siglo XIX cuando se trasladó a Reikiavik, lo que la convirtió en capital. Hasta el día de hoy, el parlamento se sitúa en el Alþingishúsið, el palacio parlamentario, que a mi parecer, es el más pequeño que jamás avisté.

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      Con la cristianización de Escandinavia y los países nórdicos, no pasaría mucho tiempo para que Islandia abandonara también el paganismo y fuera evangelizada, lo que ocurrió alrededor del año 1000.

      El rey Cristián III de Dinamarca impuso el luteranismo luego de la Reforma de Lutero en Europa continental. Y aunque Reikiavik posee todavía una catedral católica, la catedral más importante para los islandeses es la Catedral luterana.

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      Aunque no tiene absolutamente nada de monumental e impresionante comparada con el resto de las catedrales, aquel modesto templo posee más un valor simbólico que arquitectónico y religioso para todos los islandeses, pues allí se celebró el establecimiento del Reino de Islandia y se entonó el himno nacional por primera vez, lo que en el siglo XIX comenzaría con el movimiento independentista que hizo de Islandia un país soberano a mediados del siglo XX.

      Pero como toda ciudad cristianizada, Reikiavik tiene también un campanario del cual estar orgullosa. Y el título se lo da la Hallgrímskirkja, la iglesia y el edificio más alto de toda Islandia.

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      La curiosa forma de su torre de 75 metros de altura se dice que fue inspirada por el movimiento de lava basáltica que caracteriza a la isla. Así, aquellos blancos pilares son visibles desde casi cualquier lugar de la ciudad y da una bienvenida a los turistas que encuentran en ella una mezcla de la cultura religiosa y los maravillosos paisajes naturales de este remoto país.

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      Curiosamente, una figura pagana se yergue frente a la iglesia. La estatua de Erik el Rojo situada en lo alto de la colina celebra el descubrimiento de la isla, y frente a él desciende la totalidad del centro histórico de Reikiavik, por donde me dispuse a caminar aquella fría tarde.

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      Aunque Islandia es un país mayoritariamente cristiano, poco a poco ha ido creciendo el número de ateos en la isla. Pero lo más sorprende son los movimientos neopaganos que poco a poco van cobrando fuerza.

      Estos ritos traen de vuelta las tradiciones y creencias de los pueblos vikingos que poblaron el lugar hace siglos. Y su influencia no se nota solamente en la religión, sino en el estilo de vida mismo de los jóvenes islandeses.

      La publicidad por las calles muestra a modelos con rasgos vikingos, y los mismos espectáculos musicales y teatrales intentan rescatar las sagas vikingas bajo las cuales se ha construido la historia del estado islandés.

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      La moda entre los jóvenes son las barbas largas, abrigos voluminosos de piel y beber cerveza en enormes tarros de madera. Los vikingos, sin duda, siguen vivos en las tierras nórdicas.

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      Por supuesto, todo se adecua a su tiempo. La vida “vikinga” de la juventud se ha transformado a los estándares del siglo XXI y la modernidad de Islandia como un país del primer mundo.

      Reikiavik se muestra hoy como un centro artístico posmoderno bastante fuerte. Entre otras muchas ciudades europeas, es una ciudad de murales.

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      Los frescos en las paredes del centro metropolitano son la cara moderna de Islandia hacia el mundo exterior. Sus colores y formas sitúan a Reikiavik como una urbe a la vanguardia. No se puede ignorar la excentricidad que artistas nativos como Björk han puesto de moda en el mundo entero.

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      Otra de las excentricidades características de esta tierra nórdica que llama mucho la atención de los turistas es su extraño idioma.

      El islandés es la lengua que menos ha cambiado desde que evolucionó del nórdico antiguo, familia a la que pertenecen también el noruego, el sueco y el danés. Aunque la lengua viva que más se le parece hoy es el feroés, hablado en las islas danesas de Feroe.

      Las palabras islandesas se fueron acoplando al alfabeto latino, aunque conserva todavía algunas rúnicas de las lenguas germánicas, como la Þ, siendo el único idioma del mundo que usa este caracter (que vamos, ni siquiera sé cómo pronunciar).

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      Leer los vocablos islandeses es una situación de terror. Ejemplo de ello fue la relevante explosión que tuvo el volcán Eyjafjallajökull en 2010 y que dejó a buena parte de Europa sin tráfico aéreo, debido a la nube de cenizas que provocó la intensa erupción. En fin, no hace falta imaginarse el sufrimiento de los conductores televisivos de toda Europa al intentar pronunciar Eyjafjallajökull para dar a conocer la noticia a los televidentes.

      Las calles del barrio Miðborg constituyen el centro histórico y gubernamental de Reikiavik. Orillado por coloridos edificios, representa el núcleo turístico de la ciudad.

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      Sus estrechas vías, muchas de ellas peatonales, me llevaron cuesta abajo hasta el estanque de Tjörnin, un pequeño lago alrededor del cual se desenvuelve el casco principal de la capital.

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      El Stjórnarraðið se encuentra muy cerca al lago, y se trata de la sede del poder Ejecutivo, donde se encuentra el Consejo de Ministros. A diferencia de sus países nórdicos hermanos, Islandia abandonó la monarquía y se decidió por ser una república. Y claro, su palacio de gobierno no es nada de ostentoso comparado con los palacios reales de Escandinavia.

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      El Ayuntamiento es otro de los edificios importantes, donde aproveché para refugiarme un rato del frío y pedir alguna información en la oficina de turismo. Reikiavik era solo mi primera parada en Islandia y necesitaba algo de orientación sobre su geografía.

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      Bajando las colinas hacia el norte de la península donde se enclava el centro, alcancé el puerto marítimo de Reikiavik, principal actividad industrial del país.

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      Desde los embarcaderos pude apreciar el Harpa, el centro de conciertos y conferencias que se ha convertido en el núcleo cultural de la isla, y que le da otro gran toque de modernidad al país.

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      Los barcos y cruceros son algo típico de observar en el fiordo que se abre al norte de la capital, donde los paisajes montañosos se empezaron a asomar cuando las nubes se esfumaron y el sol al fin me sonrió algunas horas.

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      Más al este, caminando por su malecón, la ensenada de Reikiavik me dio mi primer acercamiento a la accidentada geografía que me esperaba en Islandia. Volar hasta aquella remota isla no había sido sin duda para visitar su capital solamente, sino para dejarme sorprender por las maravillas naturales que solo un sitio como aquel podía darme.

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      Si bien Islandia es considerada parte de Europa por su similitud cultural e histórica, la isla se posa justamente en medio de las placas tectónicas Euroasiática y Norteamericana, lo que geológicamente la coloca en ambos continentes.

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      Con una falla que parte al país justo por la mitad, no es de sorprender que la actividad volcánica, sísmica y geotérmica sea lo que caracteriza a Islandia, y lo que la ha puesto en el mapa como uno de los destinos turísticos predilectos de los mochileros. 

      Y justo con dos mochileros es que me había quedado de ver aquella noche para intercambiar nuestros planes y tomar alguna copa. Pero antes de ello volví a casa de Gisli para cenar con él.

      Preparar la cena para mi anfitrión siempre ha sido un placer. Es la mejor forma para agradecer su hospitalidad. Pero comprar los ingredientes para una simple cena en Islandia fue un pequeño roce a un paro cardiaco.

      Los precios en la isla están simplemente por las nubes. Y no solamente por la proveniencia de sus productos importados (la mayoría lo son), sino por la inflación que la crisis del 2008 dejó en su canasta básica.

      4 euros por una lata de atún, 3 euros por un chocolate y la inexistencia de la venta de alcohol en supermercados (ya que la ley controla su venta libre para prevenir las adicciones) hizo de mi noche algo un poco difícil. Así que un simple platón de pasta tendría que ser suficiente para ambos.

      Tras aquella experiencia no sabía qué esperar de la vida nocturna de Reikiavik y de sus precios. Al reunirme con Alessandro y Catherine, dos couchsurfers que habían arribado a la ciudad aquel mismo día, visitar un bar local me dio algo de escalofríos. 

      En efecto, el precio promedio de una pinta de cerveza es de nada menos que diez euros. Diez euros por un vaso mediano de cerveza. Finalmente creo que el alcohol sería lo que menos buscaría beber en Islandia.

      Pero la noche se pasó divertida. Entre risas y música de origen neopagano, los bares de Reikiavik nos dejaron en claro a los turistas que la moda vikinga tiene un enorme peso.

      Un juego de ruleta le trajo bastante suerte a uno de los jóvenes locales que bastante borracho estaba ya. Y ocho cervezas gratis por una ronda de aquel inocente juego nos dio el privilegio de recibir un tarro de cerveza gratis a Alessandro, Catherine y a mí. Era obvio que aquel chico islandés no podría solo con ocho tarros de cerveza.

      Mientras volvíamos caminando cuesta arriba a nuestro hospedaje, ambos me contaron los planes que tenían para recorrer la isla y sus paisajes naturales. Habían rentado una van y la recogerían al siguiente día. Conducirían y dormirían en aquel vehículo perfectamente equipado para la vida en las carreteras árticas. Pero por las fechas en que pensaban hacerlo, no me sería posible unirmeles.

      Aquello significaba que mi travesía por Islandia la haría solo, al fracasar en mi búsqueda por un acompañante para mi aventura.

      Y con poco dinero para rentar un coche, la decisión estaba tomada. Haría mi trayecto pidiendo aventones en la carretera. Un viaje más con solo mi mochila y el hitchhiking de mi dedo pulgar.

      Con una tienda de campaña, un saco de dormir nuevo, ropa térmica, un rompevientos y botas para la nieve, la siguiente mañana sería el inicio de una inusitada hazaña, que me mostraría que con Islandia no se juega tan fácil. Pero la satisfacción de un viaje por una isla del ártico nadie me la quitaría jamás.

    2. Templos cristianos en madera negra, cuervos azulados, un enorme puñado de inmigrantes árabes, un sauna sobre las heladas aguas del Báltico, pepperoni de alce, carne de ballena, fiordos milenarios en la costa atlántica, un sinfín de figuras y estatuas de trolls, elfos y enanos. 

      Hasta ahora la península escandinava me había dado lo que, con muchas ansias, había esperado de ella. Sumado a ello, me había llenado de placeres que poco pude aguardar, entre ellos un suculento y soleado clima que había hecho de mis días hasta ahora los mejores en mi viaje por Europa.

      Aunque poco deseaba marcharme de Bergen, de sus increíbles paisajes montañosos y de la calidez de mis anfitriones en la ciudad noruega, lo que tenía por delante me alentaba a partir. Y así, aquella noche me despedí de Angélica y Aleks, y tomé el tram con dirección al sur para llegar al aeropuerto internacional de Flesland.

      Aún siendo las 9 pm, el sol brillaba al otro lado de ventanas del avión como si fuese un amanecer. Y poco después de despegar en el fondo se asomó un paisaje alucinante. La cordillera de los Montes Kjolen aparecía ahora desde otro ángulo, uno que los rayos solares me dieron el goce de apreciar en su máxima desnudez. 

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      Pero las montañas quedarían atrás por un par de días. Era momento de volver a la gran ciudad, y cerca de las 22:15 horas mi vuelo aterrizó en Estocolmo.

      El tráfico en el aeropuerto era mayor del que había esperado. No aguardaba hallar tal cantidad de gente una noche entre semana. Pero la capital sueca es la mayor urbe de Escandinavia, y pronto descubriría su importancia.

      Tomé un shuttle bus hacia la estación central de la ciudad, donde Logan aguardaba por mí. Aquel chico francés que estudiaba su máster en Estocolmo había sido el único couchsurfer en aceptar mi solicitud de estadía por cuatro días. Después de ocho meses en Francia, sabía que los franceses no me decepcionarían.

      Cogimos el metro hasta su casa, en una residencia estudiantil del campus norte de la universidad. Ahora comenzaba a resentir los altos precios escandinavos de los que tanto había escuchado. 4 euros el viaje sencillo, era simplemente el metro más caro que había costeado en mi vida.

      Aunque la vida estudiantil seguía siendo atractiva, había pasado ya varios días hospedado en campus universitarios en Dinamarca. Era momento de salir y explorar la ciudad por mi cuenta, cosa que hice a la siguiente mañana, cuando el hambre despertó mi estómago y mi paladar.

      Extrañamente, Escandinavia resultó ser el único lugar en Europa donde encontré tiendas de la cadena 7-Eleven, y Suecia parecía ser el país donde más se había esparcido la multinacional.

      Si bien prefiero los productos naturales, los combos que 7-Eleven ofrecía en Estocolmo fueron irresistibles, y la manera más barata de llenar mi estómago. Por cuatro euros, la tienda ofrece dos piezas y una bebida. Aquella mañana una manzana, una dona y un café fue lo más barato que pude conseguir para saciar mi hambre.

      Tomé el metro hacia el centro de la ciudad, y descendí justo en la estación central, donde el bullicio y el gentío fue todavía mayor al que me había topado la noche anterior en el aeropuerto.

      La estación central se encuentra en el área comercial de Estocolmo, una zona más moderna y sumamente viva donde todos los días convergen locales y turistas en una guerra de transeúntes, una bastante educada, me atrevería a decir.

      Pero unos pasos más al sur el viejo Estocolmo comienza a aparecer, con exquisitos edificios del siglo XIX que ponen en alto la ciudad como una verdadera capital europea.

      El Palacio de la Ópera es un gran ejemplo de la arquitectura neoclásica que imperó en Estocolmo y que la puso en el mapa como una prominente metrópoli desde hace dos siglos. 

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      Al cruzar uno de los tantos puentes que atraviesan los canales de Estocolmo (y que la convierten en una más de las Venecias del Norte), me adentré de lleno en el centro de la ciudad, formado por tres pequeñas islas que dividen el delta del lago Mälaren del mar Báltico.

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      La más pequeña de ellas es Helgeandsholmen, cuyo único edificio ocupante es el Palacio del Parlamento sueco, el Riksdag.

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      Suecia, como el resto de los países nórdicos, tiene un enorme respeto por su gobierno y sus representantes políticos, Así, el parlamento es uno de los más queridos en el mundo por sus ciudadanos. Suecia encabeza también la lista de los países con menor índice de corrupción.

      El estilo barroco de la casa parlamentaria es otro buen ejemplo de la envergadura con la que la capital sueca salió a flote a pesar de la competencia que representaban las demás monarquías europeas. Después de todo, fue Suecia quien rompió la Unión de Kalmar una vez terminado el medievo, heredando así al mundo los cinco países nórdicos que hoy conocemos, en lugar de uno solo que pudo haber sobrevivido de no haber sido por la separación de los suecos.

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      Fue precisamente durante la Edad Media cuando Estocolmo se fundó, y el mejor homenaje a aquella época lo rinde el Museo de Estocolmo medieval, ubicado prácticamente bajo tierra en ese pequeño trozo de isla donde me encontraba parado frente al parlamento.

      Ya que el acceso era gratuita, no dudé en entrar a conocer la historia que resguardaban aquellos túneles subterráneos.

      La razón de su peculiar ubicación es que el museo está posado sobre las ruinas arqueológicas de la antigua ciudad medieval, que todavía resguarda los restos de la muralla que rodeó la pequeña Estocolmo entre 1250 y 1520.

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      La ciudad no llegaba más allá de las dos pequeñas islas que hoy conforman el centro de Estocolmo, pero representó una gran hazaña para el reino de Suecia una vez extinta la era vikinga, ya que controlaba el comercio entre el mar Báltico y los lagos interiores de la península, gracias a su increíble conexión por vía fluvial.

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      El museo muestra algunas figuras reales encontradas durante las excavaciones, como los rostros de los antiguos reyes tallados en piedra, y algunos de los manuscritos antes de que Gutenberg revolucionara el mundo con la imprenta.

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      Los restos de algunas embarcaciones dejan en claro la herencia que los vikingos dejaron a la sociedad monárquica sueca de la Baja Edad Media. Al igual que Copenhague y Oslo, la situación geográfica de Estocolmo fue clave para las hazañas marítimas.

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      Una de las figuras más conocidas en el museo es una pequeña estatua de San Jorge, quien se muestra cabalgando su caballo y asesinando al dragón a quien, cuenta la leyenda, asesinó para salvar a toda una ciudad.

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      El mito de San Jorge, un santo procedente de la Capadocia que fue canonizado luego de ser decapitado por no renunciar a su fe cristiana durante la época del Imperio Romano, ha traspasado tiempos y fronteras. Y al igual que muchos europeos, los suecos le tenían un enorme respeto, ya que lo veían como protector de los caballeros y los guerreros del medievo.

      Pero las figuras que quizá llamaron más mi atención fueron las escenas de la cotidianeidad que Estocolmo vivía durante aquellos años.

      Skedna Gertrude era la carnicera de la ciudad, y curiosamente, sus ganancias eran iguales a la de los hombres, algo sumamente raro en la época.

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      Y el zapatero en su taller, quien se dice podía realizar un par de zapatos por día, algo muy distinto a la producción en masa de la época contemporánea.

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      Antes de que el día avanzara más, preferí no confiarme del sol que abrasaba la ciudad aquel día, y quise aprovechar la soleada tarde para caminar al aire libre.

      Crucé entonces otro puente hacia la isla contigua de Stadsholmen, la más grande del centro de Estocolmo y donde se emplaza Gamla Stan, el casco antiguo de la ciudad.

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      Gamla Stan es el sitio donde Estocolmo nació, más precisamente durante el siglo XII. Y aunque muchos de los edificios originales fueron demolidos o remodelados, hoy el barrio sigue conformándose por callejuelas de estilo medieval.

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      Al ser el distrito que atrae a más turistas en toda la ciudad, Gamla Stan está repleta de tiendas, cafeterías, restaurantes y algunos hoteles.

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      Aunque posee también muchos de los edificios más célebres de Estocolmo y toda Suecia. El Museo Nobel es uno de ellos. Presenta a los laureados con el galardón Nobel desde 1901, así como la vida de Alfred Nobel, uno de los ciudadanos suecos más reconocidos a nivel mundial. 

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      El museo se ubica justo en la plaza Stortorget, la más antigua de la ciudad y el corazón desde donde se desarrolló el resto de Estocolmo desde su nacimiento. 

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      Pero el edificio más famoso y quizá el más importante en Gamla Stan es el Palacio Real, la residencia oficial y el mayor de los palacios de la realeza sueca.

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      Aunque la residencia donde realmente viven los reyes de Suecia y su familia se encuentra en Drottningholm, el de Estocolmo funge como el palacio oficial, y es donde se llevan a cabo las funciones del rey como jefe de estado, así como alojar a los asistentes personales y administrativos de la familia real.

      Al llegar al sur de Gamla Stan, a la orilla de uno de los canales que la delimitan, la isla contigua de Södermalm apareció. Y es allí donde aparcan los cruceros que traen a los turistas a visitar la mayor ciudad de Escandinavia.

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      Un puente vehicular y peatonal une a ambas islas. Y por recomendación de la oficina de turismo, una breve visita a Södermalm valía la pena.

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      Se trata de un barrio un tanto más bohemio con numerosos cafés, restaurantes y galerías de arte independientes, lo que le da el toque hipster y juvenil al centro de la ciudad.

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      Pero quizá lo mejor de Södermalm son sus colinas a la orilla del canal, desde donde se tienen las mejores vistas de Gamla Stan y de los campanarios de sus iglesias.

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      Por la noche volví hasta el campus universitario, donde me reuní nuevamente con Logan y cenamos una pizza con dos de sus amigos, un sueco y una peruana que había decidido mudarse a Suecia porque le encanta la oscuridad del invierno. Ambos, fervientes amantes del black metal escandinavo.

      Al siguiente día me dirigí hacia la zona este de la ciudad, comenzando por una breve visita al Museo de Historia Sueca, que también ofrecía entrada gratuita al público general.

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      Aunque el museo va dirigido un poco más hacia el público infantil, ya que muestra juegos y muestras interactivas, fue una buena manera de sumergirme en la forma en que Suecia y la población escandinava se desarrolló desde la era vikinga.

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      Las maquetas de los antiguos asentamientos y las figuras a escala de los drakkar son un ejemplo de cómo el pueblo vikingo se desarrolló en estas tierras desde la Alta Edad Media.

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      Y tras la llegada y el triunfo del cristianismo a la península, Suecia pasó a ser un reino más que obedecía al papado de Roma, aunque el paganismo y las tradiciones vikingas perduraron para siempre.

      Unos metros hacia el sur desde el Museo de Historia alcancé la riviera de otro de los tantos canales de Estocolmo. Aquel que divide la parte continental de la ciudad de Djurgården, otra de las islas de la ciudad.

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      Djurgården es una isla que, casi en su totalidad, contiene un parque urbano, lo que la convierte en el barrio más apreciado por los locales para poder relajarse y alejarse del bullicio de la capital.

      Pero para los turistas, Djurgården es mucho mejor conocido por alojar varios de los mejores museos de Estocolmo, y que son de gran interés para muchos.

      El Museo Nórdico, por ejemplo, se encarga de presentar la historia del pueblo sueco ubicada específicamente entre finales de la Edad Media y la Edad Contemporánea.

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      El Museo Skansen es uno de los más apreciados, ya que se trata del primer museo al aire libre del mundo. Contiene representaciones de la vida cotidiana de los suecos durante los últimos siglos. Incluso hay actores disfrazados que simulan el día a día de su época.

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      El Museo Vassa es quizá el orgullo de Estocolmo y de toda Suecia. Es el museo más visitado de toda Escandinavia. Presenta al único navío del siglo XVII que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. El Vassa, fue un buque de guerra que naufragó apenas después de haber zarpado desde Estocolmo. En el siglo XX, el barco pudo recuperarse y hoy se presume casi ileso en la isla de Djurgården.

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      Y aunque no sea el de mayor afluencia, el Museo Abba es también uno de los más queridos. Y es que no hay grupo musical sueco más famoso en el mundo que este peculiar cuarteto pop de los años 70s.

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      Djurgården posee también un parque de diversiones, y es justo desde allí donde zarpan los ferrys al resto de la ciudad. Por 4 euros el boleto sencillo en el transporte público de Estocolmo, lo que menos podía esperar es que los ferrys estuviesen incluidos en el precio.

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      Así, pude al fin presumir que di al menos un paseo en bote por los canales de Estocolmo. No se puede visitar la Venecia del Norte sin navegar por sus aguas.

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      Volví nuevamente a Gamla Stan para un último paseo, antes de volver con Logan para cenar juntos en la residencia.

      Los siguientes días en Estocolmo los pasaría tomando clases de acroyoga y kung fu en las enormes explanadas de sus parques. El sol me sonrió como nunca y esperaba que así permaneciera para los siguientes días, pues me esperaba una larga travesía por uno de los lugares con los climas más hostiles en el planeta.

    3. Tenía pensado conocer Europa del Este, los destinos pensados eran Praga, Budapest, Bratislava y algunos pueblitos no tan conocidos... Pero una buena oferta a Estados Unidos produjo un cambio de planes a los destinos de Miami y Nueva York. Son dos viajes totalmente diferentes, pero ambos estaban en mi mente al igual que otros varios destinos más...

      Luego de unos días de descanso + playa + shopping y paseos por la ciudad de Miami llegamos a Nueva York, la ciudad nos recibía con un poco más de 30 grados (para mí que soy amante del calor estaba más que bien) :)

      Teníamos alquilado un departamento en Astoria, en Queens muy cerquita de Manhattan. Sacamos la tarjeta metrocard ilimitada por una semana y nos resultó muy cómoda para manejarnos.

      Además optamos por comprar el pase para el bus turístico y recorrer las partes más importantes de Nueva York.

      Habiamos llegado a la tardecita, pero no podía perder la oportunidad de realizar el primer paseo... Estrenamos nuestra tarjeta de metro y fuimos a Times Square. Es un sitio alucinante, se ve más espectacular aún que en las películas, fotos y videos.

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      Algo que siempre me ha gustado de las ciudades grandes es visitar sus miradores! Fuimos a dos de ellos, al Rockefeller Center y al One World Observatory. El primero no me resultó tan impactante como el segundo. El OWO se encuentra en la zona donde anteriormente estaban las Torres Gemelas, es una zona muy linda para recorrer, las grandes fuentes que ocupan el espacio donde estaban las Torres Gemelas, producen una sensación de tranquilidad y silencio que invita a reflexionar en medio de la caótica Manhattan. En esta zona además se encuentra un centro comercial muy bonito que por fuera tiene forma de Paloma.

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      Otros paseos que me gustaron mucho fue recorrer la Quinta Avenida, la zona de Brooklyn donde nació Nueva York... Allí aprovechamos a cruzar el puente y también a sacarnos algunas fotos en Dumbo.

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      Nunca había pasado mi cumpleaños de viaje, pero esta vez sucedió. Para festejar fuimos a almorzar a un restaurante argentino que habíamos averiguado previamente por internet y a la noche encontramos un restaurante italiano frente a Times Square y justó nos tocó una mesa en una esquina donde podíamos aprovechar a disfrutar de las luces y el movimiento caótico de la Gran Manzana.

      Ir a Nueva Yotrk y no visitar la Estatua no iba a ser un viaje completo, por lo que optamos por comprar el ferry para ir. Es importante aclarar, para quienes estén pensando en hacer este paseo que hay varias opciones... Hay un ferry gratuito que te lleva a ver la Estatua desde lejos pero que no permite bajarse, a mi criterio no es una buena opción ya que la estatua se ve del mismo tamaño que en un mirador, por lo que lo ideal es comprar el pase para el ferry y bajarse. La isla es muy chiquita se puede recorrer a pie y por supuesto ver a la emblemática Miss Liberty frente a frente. No subimos a la corona porque no disfruto de los espacios chicos y encerrados, en caso de que deseen hacerlo se debe reservar con anticipación ya que se venden pocas entradas por día.

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      Una zona nueva de la ciudad es Hudson Yards donde se encuentra un shopping nuevo y también el mirador The Vessel, es una estructura muy llamativa. Para visitarla se debe sacar la entrada por internet, no tiene costo pero es un paseo que vale la pena realizarlo con unas vistas increíbles.

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      Un paseo imperdible para los amantes de la fotografía, es visitar la tienda de fotografía más grande de la ciudad, donde se puede encontrar todo tipo de lente, accesorio, luz y demás. Allí aproveché para hacer algunas compras...

      El Central Park fue otro de mis lugares preferidos, es realmente muy grande. Si desean ver algo en particular, lo mejor es planificar la visita con tiempo para ver exactamente donde se encuentra, de lo contrario es muy díficil... Yo caminé sin rumbo disfrutando del paisaje verde en medio de Manhattan. Existen alternativas para recorrerlo ir en bicicleta, caballo.

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      Hay cientos de paseos para hacer, varias veces opté por tomarme cualquier bus al azar y pasear sin rumbo, creo que cualquier calle es bonita y especial.

      Por último quisiera compartir algunos tips:

      La mejor manera de moverse en la ciudad, como comenté anteriormente es en Metro o bus. Hay muchas cosas para ver, hacer todo caminando es realmente imposible. Los sistemas de transporte están super conectados, son muy eficientes y también seguros.

      En cuanto a las atracciones a visitar, creo que la mejor opción es comprar un pase con la cantidad de atracciones que uno desea ver, previamente conviene realizar una investigación y ver qué lugares se desean visitar.

      Los buses turísticos son una buena alternativa para tener un primer pantallazo de la ciudad.

      Quienes deseen ahorrar en alojamiento una buena opción es hospedase fuera de Manhattan, nosotros lo hicimos en Queen, Astoria. Es un barrio muy tranquilo y también tiene varios locales y comercios de todo tipo.

      Para conocer la ciudad se necesitan varios días. Nosotros estuvimos seis días intensos donde vimos muchas cosas, pero tranquilamente se puede estar dos semanas sin aburrirse y más también...

      Opciones de comida hay cientas, restaurantes de todo tipo y también los supermercados venden viandas ya listas para comer. Aprovechamos a comer varias ensaladas ya que era verano y la ocasión lo ameritaba.

       

       

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