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Malmö, el Báltico al desnudo

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AlexMexico

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Tras algunos días de cervezas y hot dogs daneses, la mañana de aquel martes desperté en el dormitorio de una residencia estudiantil, junto al campus principal de la Universidad de Odense, en la isla de Fionia.

Tanto Copenhague como Odense me habían mostrado lo mejor de su historia, cultura y arquitectura. Aunque lo que más me había marcado era, quizá, adentrarme en el estilo de vida universitario, que había dejado al desnudo buena parte de lo que es hoy la sociedad danesa y su estado de bienestar.

Los daneses habían mostrado ser personas sumamente consideradas y conscientes de su realidad. Así, a pesar de los subsidios del estado y la excelente calidad de vida, los estudiantes me habían sorprendido con acciones como el dumpster diving (recoger comida de la basura), que llevaban a cabo para evitar desperdicios.

Liron, el couchsurfer que me hospedó en Odense, no era la excepción. Su espíritu humano se había formado en decenas de países a donde tuvo la fortuna de viajar. Y todo lo hacía de la mano del hitchhiking.

Viajar de ride por el mundo es el sueño de muchos, pero algo que muy pocos aguantan hacer. Lo que me incluye a mí. Liron había viajado a dedo por Europa y Asia, y su objetivo era un día poder viajar desde Dinamarca hasta Pakistán con la sola ayuda de su pulgar en el aire. 

Escuchar las aventuras de Liron me motivaron a hacer lo que nunca planeé. Llegar a la península de Escandinavia pidiendo rides.

Con el puñado de consejos que un experto como Liron me dio, salí de la residencia con mi mochila al hombro y un trozo de cartón en mano sobre el que escribí CPH, acrónimo muy usado en Dinamarca para referirse a Copenhague.

165 kilómetros me separaban de la capital danesa, desde donde sería muy fácil cruzar al otro lado del mar Báltico. Me despedí entonces de Liron y caminé hacia la carretera Ørbækvej, que convenientemente se ubicaba justo al lado del campus universitario.

Me posé con mi mochila, mi letrero y mi dignidad a un lado de la autopista, y con mi dedo al aire no pasaron más de cinco minutos para que un hippie detuviera su auto frente a mí. 

El hedor a marihuana pronto salió por las ventanas. Voy hacia el sur —me dijo riendo casi a carcajadas—. Pero si fuera hacia Copenhague seguro te llevaría. Me deseó suerte y se alejó entre el bosque. No podía quejarme de los buenos deseos de un hippie danés.

Media hora transcurrió para que un estudiante parara su coche. Se dirigía hacia Nyborg, la ciudad más oriental de la isla de Fionia, ubicada justo a la salida del puente del Gran Belt, el puente colgante más largo del mundo que conecta a Fionia con Selandia, donde se encuentra Copenhague.

Sin dudarlo ni un segundo acepté su ayuda, y subí al coche refugiándome del frío matutino. No faltaba mucho para los exámenes finales y aquel chico había decidido volver a casa para estudiar un poco antes de volver a sus clases en Odense.

Desviándose un poco de su ruta, me condujo hasta el estacionamiento de una cafetería, el último lugar de encuentro antes de adentrarse en el puente Storebæltsforbindelsen.

La cafetería no era el sitio con más tránsito en el mundo, pero sin duda era un mejor local para ser recogido que posarme justo a la entrada del enorme puente, donde era imposible detenerse a tanta velocidad.

Los camiones de carga, coches particulares y hasta bicicletas entraban y salían con gran lentitud al restaurante. Yo decidí dejarme sosegar por la paciencia y no caer en el desespero.

Una hora bajo un árbol a la salida del estacionamiento fue suficiente para que una pareja se detuviera. Mientras todos me habían movido la mano en señal de un “adiós”, este simpático dúo lo hizo en señal de “sube ya”.

Mi letrero había funcionado, ya que ambos se dirigían hacia la capital para asistir a una junta de trabajo. Y mientras yo vestía un pants deportivo, tenis y una mochila semi rota, ellos portaban un elegante traje perfumado.

Por fortuna, la mayoría de los daneses hablan muy bien el inglés, y una agradable charla nos acompañó durante el trayecto hacia Copenhague, cruzando por segunda y última vez el Gran Belt, dejando atrás una isla para entonces adentrarme en otra.

Tras una hora de camino me dejaron en la estación central de trenes, donde les di las gracias y preferí dirigirme a las taquillas. Llegar a Escandinavia desde aquel punto de Copenhague era mucho más fácil en un tren que pasar una hora más tratando de coger un ride que cruzase el puente hacia Malmö, la ciudad sueca al otro lado del Báltico.

Compré entonces mi billete hacia Malmö, donde otro couchsurfer me esperaba para darme mi bienvenida a Suecia. El tren me llevó primero de vuelta al aeropuerto de Copenhague-Kastrup, en la orilla de la isla de Selandia, el punto más oriental de toda Dinamarca.

Allí, el tren se detuvo para un control de migración. Aquello no era muy común dentro de la Unión Europea y el espacio Schengen, que se rigen bajo los términos de libre tránsito. Pero los suecos lo vieron muy necesario a partir de la inauguración del puente Øresund, ya que facilitó por mucho la entrada al país, a diferencia de los ferrys, único medio de transporte además del avión para poder llegar a Suecia desde Dinamarca antes del año 2000.

Tras la revisión de nuestros papeles, la policía sueca dio el aviso para que nuestro tren pudiera partir, y comenzamos así la travesía por Øresund, el puente-túnel que conecta a Copenhague con Malmö.

Los 7845 metros de longitud de esta increíble infraestructura marcaron un hito en la historia de Europa entera. Antes de que este puente existiera, La Unión Europea se encontraba dividida en dos, ya que Finlandia y Suecia se encontraban incomunicadas por tren y carretera con el resto de los países miembros.

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Øresund hizo más rápido y económico el tránsito de Dinamarca a Suecia, haciendo prácticamente desaparecer a los ferrys que conectaban Copenhague con Malmö en el pasado. Así, antes del año 2000, llegar a Suecia en tren o carretera significaba darle la vuelta a Europa entera atravesando Rusia y Finlandia hasta casi el círculo polar ártico. Hoy la ingeniería ha hecho de aquello un vago recuerdo del pasado.

A las 3 de la tarde mi tren arribó a la estación Trangeln, donde Andreas me encontró para guiarme hasta su apartamento no muy lejos del centro de la ciudad.

El barrio residencial donde Andreas compartía piso con una chica parecía bastante tranquilo. En general, me hizo saber, la vida en Suecia suele serlo. Y tras haber pasado un semestre de intercambio en México estudiando periodismo y de haber visitado el carnaval de Veracruz (mi ciudad natal), Andreas sabía que Suecia es, en efecto, un país muy tranquilo.

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Los edificios en ladrillos y tejados en picada no se alejaban mucho de lo que acaba de ver en Dinamarca y sus ciudades. Pero de algo no había duda, Malmö contaba con una gran cantidad de inmigrantes.

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En cada esquina, banderas de diferentes naciones, sobre todo la de Irak y Siria, aparecían en las fachadas de tiendas y restaurantes. Andreas me hizo saber que durante los últimos años, Suecia había acogido a una gran cantidad de refugiados de países del Medio Oriente. Eso, para él y la mayoría de los suecos, no representaba problema alguno.

Paramos a almorzar un falafel, famoso platillo de garbanzos que resultaba ser la comida favorita de Andreas. No cabía duda de la influencia que el Medio Oriente había traído hasta Suecia.

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Por la tarde él tuvo que partir al trabajo en una estación de radio local, donde ejercía como periodista. Yo por mi parte, compré un poco de comida y me quedé en casa a trabajar. La lluvia no parecía cesar y necesitaba algo de reposo después de una jornada de hitchhiking por las islas del Báltico.

La siguiente mañana el cielo parecía seguir un poco enfadado, y la lluvia continuaba cayendo sobre Malmö. Así que un buen desayuno y un café en casa fue excelente para acompañar una mañana nublada.

Pero al salir a la calle el sol me volvió a sonreír. Y un paseo por el centro de Malmö, sus jardines y sus canales, fueron perfectos para comenzar el día.

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Si había algo más que llamara mi atención además de la cantidad de inmigrantes del Medio Oriente, era sin duda la diversidad de hermosas aves que me topaba en cada esquina.

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Los canales, por supuesto, se colmaban de patos que nadaban sobre las frías aguas de primavera.

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Pero había un tipo de aves en específico que cautivaron mi mirada. El color negro azulado y la dura mirada de los cuervos escandinavos eran ya una mítica figura de los pueblos nórdicos que vivía en mi cabeza. Pero tenerlos de frente me llevó al mundo virtual de Age of Mythology, videojuego donde los nórdicos y sus cuervos eran mi elección preferida cuando era un niño.

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Los patos tienen su encanto para todos. Pero el contraste de ambos volando y caminando sobre el mismo lugar me hizo saber que me encontraba ya en Escandinavia. 

Los jardines centrales de Malmö dejan ver la oposición entre las casona y palacios del siglo XIX con los modernos edificios que la destacan como una ciudad de suma importancia actual.

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En la Möleplatsen hay incluso molinos de viento que recuerdan la manera en que Malmö procesaba sus granos aprovechando la energía eólica de las fuertes corrientes del mar Báltico que azotan la ciudad.

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Los canales que rodean el centro histórico también sirvieron para defender el Castillo de Malmö, una de sus edificaciones más emblemáticas.

Aunque no fue formalmente un castillo, ya que nunca sirvió de residencia real, fue una de las fortalezas más prominentes del Reino de Dinamarca, ya que fue construida cuando Escania y el sur de la actual Suecia fueron dominados por los daneses.

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Las orillas del casco viejo de Malmö introducen pintorescos edificios, muchos de ellos neoclásicos, que muestran el empeño que Suecia puso en la ciudad una vez que pasó a formar parte de su reino.

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La mayoría de las construcciones del centro histórico datan del siglo XIX, y la alcaldía los ha sabido conservar casi intactos para el deleite de los turistas, y de los afortunados residentes que pueden darse el lujo de vivir ahí.

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Las construcciones de ladrillo rojo sin duda destacan la enorme influencia que Dinamarca ha tenido sobre Malmö y sobre Suecia. Increíblemente, aún siendo el más pequeño de los países nórdicos, Dinamarca fue el más poderoso de ellos, logrando someter y unificar los tres reinos en la unión de Kalmar en la Edad Media, época en la que las monarquías de Noruega, Suecia, y Dinamarca, junto con sus territorios que incluían Islandia, Groenlandia, las islas Feroe y Finlandia, formaron un solo estado.

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La unión no floreció gracias al recelo de los suecos hacia Dinamarca, quienes se separaron de en 1523, mientras Noruega y Dinamarca lo hicieron hasta 1814.

Pero caminar por Malmö y cualquier otra ciudad nórdica deja ver lo cercanas que estas naciones han estado desde la era vikinga, tanto así que la única diferencia entre las banderas de Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia son sus colores.

Tomé la famosa calle de Lilla Torg, uno de los lugares preferidos por los turistas. El paseo está orillado por bajos edificios de ladrillo y madera que recuerdan un poco a los pueblos alemanes. Una cerveza bajo el sol primaveral era necesaria para aquella tarde.

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Pero el sitio elegido fue la Stortorget, el corazón de Malmö. Es la plaza central desde la cual se empezó a construir el resto de la ciudad en época de los daneses. Antiguamente se utilizaba como mercado. Hoy, con el Ayuntamiento y una estatua de Carlos X Gustavo, es un sitio de encuentro de locales y turistas para disfrutar de la vida que Malmö ofrece.

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El canal de agua salada que rodea al centro histórico lo divide de la estación central de trenes y autobuses, ubicada en el Västra Hamnen, donde me encontré nuevamente con Andreas para pasar la tarde antes de que volviera al trabajo.

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El puerto occidental de Malmö tuvo su auge con una multitud de fábricas, siendo uno de los principales puertos que unía al mar Báltico con el mar del Norte. Pero la crisis de los 70s llevó a las empresas a la bancarrota.

Pero tras el cierre de las compañías marítimas, Västra Hamnen no quedó en el abandono. Al contrario, la ciudad supo aprovechar el hermosos espacio junto al mar y lo convirtió en una lujosa zona residencial.

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Centros comerciales, edificios de viviendas, rascacielos, un paseo marítimo y hasta instalaciones de la Universidad de Malmö se ubican ahora en la extensa área junto al Báltico en la que todos quisieran vivir.

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El más famoso de sus edificios es el Turning torso, un rascacielos neofuturista diseñado por el español Santiago Calatrava, que posee el título, nada más y nada menos, que del rascacielos más alto de Escandinavia y el primer edificio retorcido del mundo. Cuesta trabajo imaginar vivir en un apartamento de tal estilo.

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Nos alejamos un poco de Västra Hamnen hacia la playa Ribersborg, un largo corredor de arena y jardines desde los que el puerto occidental parece pequeño.

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Al girar la cabeza al otro lado, incluso es posible ver la costa de Copenhague y el enorme puente Øresund. Nunca creí que Suecia y Dinamarca estuvieran a tan corta distancia una de otra.

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Pero Andreas me había llevado hasta Ribersborg por algo más. ¿Quieres hacer algo verdaderamente sueco? —me preguntó—. Entonces no puedes irte sin haber visitado un sauna.

Me llevó entonces hasta la entrada de la Ribersborg Kallbadhus, la casa de baños al aire libre ubicada justo sobre las aguas del mar Báltico.

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Aunque las saunas son usadas en prácticamente todo el mundo, su origen se remonta a miles de años en los pueblos escandinavos, principalmente en Finlandia. La palabra sauna es prácticamente la palabra de origen finés más usada en todo el mundo. 

Los escandinavos, incluyendo los suecos, tienen una estrecha relación con las saunas. No es solo un baño, es un ritual, una tradición casi espiritual que sirve también como forma común de socialización.

La Ribersborg Kallbadhus es una casa de baño de madera construida sobre la costa de Malmö. Es la única al aire libre en la ciudad, lo que la convierte en la más famosa de todas, y la preferida por muchos, y por Andreas también.

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Al entrar, los pasillos dividen a las personas en dos grupos, hombres y mujeres. La desnudez es algo común y no mal visto en Suecia y los países nórdicos. Aunque por respeto y tradición, los hombres y mujeres siguen separándose entre sí.

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Por supuesto, las fotografías dentro de la casa de baño están prohibidas. Así que dejamos nuestras cosas en los casilleros. Pagamos 40 coronas suecas (unos 4 euros), nada mal par un sauna tan lindo como aquel.

El ritual comienza con una ducha para desinfectar el cuerpo y eliminar suciedades. El uso de ropa está prohibida en todo momento. Y mi inhibición, por supuesto, se hizo notar. Pero Andreas y el resto de los suecos a mi alrededor me hicieron sentir como en casa. La desnudez, como en toda Escandinavia, debería ser vista con la misma naturalidad en todo el mundo.

Aún desnudos, la toalla y unas sandalias son necesarias para no quemar nuestros cuerpos. La sauna entera está hecha de madera y la temperatura al interior puede llegar hasta los 100°C. Así que tocar la madera con el trasero y los pies desnudos no es una buena idea.

La principal diferencia entre una sauna turca y una finlandesa es la humedad  —me explicó Andreas—. En el baño turco la humedad es muy intensa, incluso llega al 100%. El baño finlandés es mucho más seco, y eso puede notarse al interior, donde la vista no es nula, al contrario del sauna turco. 

Pero la enorme dificultad para respirar a una temperatura tan alta y el exceso de sudor (principal objetivo para eliminar toxinas del cuerpo) no fue la parte más complicada de aquella tarde. Después de unos minutos Andreas me invitó a salir. Al exterior, junto al mar, con la fría brisa del mar Báltico golpeando mi cuerpo desnudo.

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Estás loco —le dije—. Aunque ya era oficialmente primavera en Suecia y con el sol sobre nosotros, los vientos del Báltico son extremadamente fríos, especialmente para alguien de la costa mexicana como yo.

No tiene caso venir a un sauna sin realizar al menos una vez el cambio de temperatura —me hizo saber—. Y tenía toda la razón. El baño de sauna consiste en cambiar al menos dos veces la temperatura corporal para estimular la circulación y eliminar las toxinas.

Así que allí estaba, completamente desnudo frente a las aguas bravas del mar Báltico. Una escalera me invitaba a descender a un chapuzón, en las playas cuya temperatura oscilaba los 6°C.

Andreas se aventó un clavado. ¡Vamos! ¡No lo pienses, hazlo ya! —gritó al mismo tiempo que su cuerpo temblaba de pies a cabeza dentro del mar. Y con todo el temor del mundo puse mis pies sobre la escalera, dejando mi toalla sobre el pasillo de madera.

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Primero los pies, luego las piernas, y de un solo chapuzón dejé sumergir mi cuerpo que instantáneamente se congeló.

Luego de 10 segundos en los que no pude ni siquiera pensar, salí del mar y cogí mi toalla para secarme. ¡No puedo creerlo! —exclamé a mí mismo—. ¡Nadé desnudo en el mar Báltico en aguas de 6°C!

Andreas salió tras de mí y me llevó de vuelta al sauna de vapor. Para ese momento, mi cuerpo se sentía aliviado, limpio, relajado, liberado. Ahora entendía por fin el concepto del sauna. Me había sumergido no solo en el mar Báltico, sino en el estilo de vida común de los habitantes escandinavos.

Al final de la tarde, sentí que mi cuerpo flotaba. Había perdido pesadez, no sentía frío, calor, cansancio ni estrés. El sauna me había mostrado las maravillas por las cuales su fama llegó mucho más allá de la península escandinava.

Andreas volvió al trabajo y yo a su apartamento para una última cena en casa. Al siguiente día me embarcaría en una travesía hacia el otro lado de la península, para salir por un tiempo de la Unión Europea, no así de Escandinavia y sus increíbles tradiciones nórdicas.


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Nunca había visto una sauna sobre el mar, pero solo de ver las fotos ya se me antojó probarla. Aunque eso sí, no creo atreverme a sumergirme en las aguas de Suecia jajaja ?

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    1. AlexMexico
      Latest Entry

      El transcurso de una vida urbana puede fácilmente tornarse en algo rutinario, incluso en la grandeza de la Ciudad de México donde, no importa cuándo, siempre se encuentra algo por hacer.

      Si bien, la rutina es algo que se puede fácilmente esquivar en la capital mexicana, hay algo de lo que es imposible escapar. La contaminación y la gente. Un pacífico fin de semana, a solas en el aire fresco, es una demanda de colosales magnitudes en una de las metrópolis más pobladas del mundo. Pero hay algo que la hace única, a pesar de su estresante e incesante actividad.

      Hace casi 700 años, los mexicas (mejor conocidos como aztecas) decidieron construir su capital en uno de los más bellos paisajes del Aztlán, la tierra que ellos consideraban su mundo. Fue en un islote, en medio de un lago rodeado por montañas, donde fundaron Tenochtitlán, lo que hoy todos conocemos como Ciudad de México.

      Los alrededores de Tenochtitlán están cercados de impresionantes paisajes naturales, que dejaron en claro por qué Mesoamérica fue y será el cuerno de la abundancia. Es así que escapar de la ajetreada vida capitalina es, incluso hoy, una tarea fácil.

      Aquella vez, la decisión para reposar un fin de semana fue tomada por Sediel, uno de mis mejores amigos con cuya novia haríamos el viaje. Con una tienda de campaña casi nueva, un saco de dormir y una mochila sedienta por querer ser utilizada, el estado de Hidalgo fue lo que atrajo nuestra atención.

      Contiguo al Estado de México, Hidalgo cuenta con pueblos coloniales, grutas, aguas termales, bosques, cañones, cascadas, minas y un sinfín de interesantes propuestas de aventura. Y muy cerca de Pachuca, su capital, el pueblo de Huasca de Ocampo fue el destino elegido.

      La pequeña localidad nació en la época colonial española, cuando la producción minera atrajo a adinerados hacendarios europeos, que usaron la mano de obra indígena para la explotación.

      El pueblo creció alrededor de cuatro grandes haciendas, y aunque en el declive de la zona (cuando México se volvió independiente) muchos edificios quedaron casi en ruinas, en el siglo pasado se restauró para hacerlo un pueblo de paseo para turistas.

      Son varias cosas que hacen especial a Huasca. Su café, sus leyendas (que incluyen a duendes y brujas) y, sobre todo, su hermosa situación geográfica.

      Ubicada entre la Sierra de Pachuca y el Valle de Tulancingo, los paisajes aledaños a Huasca son un deleite visual, perfecto para los cazadores de un reposo en la naturaleza. Así que en vez de quedarnos mucho más tiempo en Huasca decidimos seguir nuestra ruta hasta los prismas basálticos, uno de los principales atractivos del valle.

      Huasca se emplaza en el oriente del Eje volcánico transversal, una cadena de volcanes que atraviesa el país de este a oeste y lo corta por su parte central. 

      Hace un par de millones de años, el enfriamiento del escurrimiento de lava que se generó en esta zona formó columnas de basalto que tomaron formas de prismas pentagonales y hexagonales. El resultado es hoy una maravilla.

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      El conjunto de prismas encimados entre sí parecen una estructura de legos. Es difícil creer que la naturaleza haya creado formas tan inorgánicas por sí sola.

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      Accedimos a los prismas bajando unas escaleras que llevan hasta un pequeño corredor, por donde cae un arroyo. El agua es traída desde los ríos y las presas que alimentan de agua la comunidad de Santa María Regla, a la que pertenecen las columnas.

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      Aunque algunas de las pequeñas cuatro cascadas fueron arrastradas hasta allí por el hombre, no hay mejor manera de darle un toque más encantador a un lugar como aquel que con caídas de agua.

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      El arroyo culmina en un pequeño estanque, al que se debe acceder desde la hacienda contigua. Es la llamada Cascada de la Rosa.

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      Este lugar fue visitado y estudiado incluso por personajes como Alexander von Humboldt, durante sus viajes por América Latina. La UNESCO nombró al sitio como uno de los 30 geoparques de la Red global de geoparques.

      Aunque ya había sido testigo de columnas basálticas del mismo estilo en Islandia, verlas en México no hizo más que reafirmar que es un país que lo tiene todo.

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      Antes de que se hiciera más tarde, era momento de decidir dónde debíamos acampar. La zona de Huasca de Ocampo posee múltiples sitios para hacerlo. Pero al ser el último fin de semana del verano estudiantil, los campings y balnearios estaban repletos. 

      El pueblo no era una buena idea para huir del bullicio. Y con ganas de un contacto mucho más natural, decidimos escuchar la sugerencia de un chofer.

      Unos kilómetros al norte, lejos de la carretera, había un lugar llamado Peña del Aire. Nada habíamos escuchado sobre él. Incluso, encontrarlo en Google Maps no fue del todo fácil. La información en internet era casi escasa. Pues bien, eso lo hacía el lugar perfecto.

      Según se nos dijo, pocas personas llegaban hasta la peña, ubicada al borde un acantilado bajo el cual se extendía un enorme cañón. Y en lo alto, una zona de camping era ideal para pasar la noche, lejos de las luces, del ruido y de cualquier contacto humano.

      Aceptamos así un viaje en taxi hasta la peña. Y tras un arduo viaje por un feo y estrepitoso camino de ripio, el chofer nos dejó en un centro de visitantes, que no era más que una palapa.

      Peña del Aire es un parque ecoturístico protegido. Hay pocas casas y propiedades privadas dentro del terreno. Las únicas construcciones son casetas de vigilancia, cobranza y algunos puestos de comida y tiendas. 

      A solo unos pasos de aquel puesto de visitantes se abrió ante nosotros un enorme cañón, parte de la Sierra de Pachuca.

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      El nombre Peña del Aire se debe, precisamente, a una gigantesca peña que se yergue en uno de los costados de la barranca. Y sí, de hecho, parece que flota en el aire.

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      Estas formaciones rocosas son características de las barrancas de la Sierra Oriental. Y el sitio perfecto para un centro ecoturístico.

      Una tirolesa de unos 70 metros de largo se tiende al lado de la peña y permite a los visitantes volar sobre el abismo. 

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      En la parte más baja, un río dibuja el camino del valle, junto al cual solo una pequeña iglesia se posa junto a un par de campos de cultivo. Al mirar abajo, creímos que sería un excelente lugar para acampar.

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      Comenzamos el descenso con mochila al hombro, cuidadosos de seguir el mezquino sendero que nos guiaba. El calor era sofocante, pero valía la pena hacer el intento.

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      Las vistas desde las laderas eran sencillamente magníficas. La vegetación parecía hacerse cada vez más verde y, a decir verdad, no era lo único colorido que apareció en nuestro camino.

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      El curso nos llevaba por todo el costado de la barranca, pero poco simulaba bajar al río. Aunque los lugareños nos habían asegurado un rápido descenso, la travesía era más larga de lo esperado.

      Antes de seguir, supimos que algo no resultaría. Esperábamos el arribo de dos amigos más, y en lo bajo de la barranca la señal de telefonía era escasa. Sería mucho más fácil encontrarlos en lo alto del acantilado.

      Volvimos entonces, entregados al calor de la tarde que, por cierto, no tardaría en esfumarse para dar paso a un fresco atardecer.

      La planicie superior fue el mejor lugar para montar el campamento. Un terreno llano, pastoso y fresco donde, al parecer, seríamos los únicos en pasar la noche.

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      Nuestros amigos no tardaron su arribo, por suerte, antes del ocaso. Y con las tres tiendas una junto a la otra, fue momento de armar la hoguera.

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      Una pila de malvaviscos y roles de canela fue el menú perfecto para el atardecer, que tras un cielo nublado se esfumó sin mucha presencia.

      Pero aquellas nubes de tormenta, cuyos relámpagos eran lo único que iluminaba el horizonte nocturno, crearon la atmósfera perfecta para las historias de terror que se avecinaban.

      Huasca de Ocampo es el sitio perfecto para alguien como Sediel, un fanático de las criaturas de fantasía. El pueblo está lleno de leyendas sobre duendes y brujas que moran los bosques circundantes, y que han hecho sus apariciones en repetidas ocasiones.

      De hecho, cuenta con su propio museo de los duendes. Y vaya que nuestro campamento simulaba ser su hogar, con una torre de metal en forma de sombrero que, de hecho, albergaba los únicos baños disponibles, a los que nadie se atrevía a entrar una vez caída la noche.

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      Cuando el fuego se fue consumiendo, una extraña luz apareció detrás de los arbustos. Un color amarillo fluorescente de forma redonda se movía con delicadeza, y de repente palpitaba como el latido de un corazón.

      No le prestamos mucha atención, quizá era alguien con una linterna. Tras pocos minutos se esfumó sin darnos cuenta.

      A la siguiente mañana, los lugareños nos contarían que se trataba de una bruja. Aparecer como pequeñas centellas era su especialidad en aquella zona. Pues bien, al menos no decidió visitar nuestro campamento.

      El alba fue bastante frío. El sereno dejó nuestras carpas más que húmedas por fuera. Y no había nada que deseáramos más que un café caliente. Pero habría que esperar la apertura de los puestos.

      Entretanto, un temprano despertar fue la mejor decisión grupal tomada para poder ser testigos de un hermoso amanecer.

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      El sol se levantó sobre la sierra oriental, iluminando tenuemente la figura de cada barranca del cañón. Nada, sino el cantar de las aves, se podía escuchar en el abismo.

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      Es lo que un grupo entero de capitalinos buscaba lejos de la metrópoli. La serenidad de una fría y verde mañana. Pero acompañada de un café de olla a la apertura del primer puesto, todo fue incluso mejor.

      Luego del desayuno fue momento de bajar a la peña, y contemplar el valle dibujado por los primeros rayos del sol.

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      La bruma de la mañana poco a poco se retiraba, y dejaba al desnudo la vitaleza de un cañón que podía apaciguar todo pensamiento y todo presente.

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      Escalar la peña no era una opción segura, pero hasta la poca altura que pudimos llegar fue suficiente para sentirnos satisfechos en nuestro viaje.

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      Disfrutar de la barranca sin la presencia de turistas durante la noche y la mañana fue una excelente decisión, que nos daría el respiro necesario para volver a la vida de una colmada ciudad.

    2. Hace un poco más de diez años que había visitado la provincia de Misiones para ir a un congreso cuando era estudiante de la carrera de la carrera de Licenciatura en Turismo... Estuve algunos días en la capital, la ciudad de Posadas y dos noches en Iguazú. En este momento todavía las Cataratas de Iguazú no habían sido declaradas como Maravilla Natural, no había una gran cantidad de turistas. A decir verdad, cuando fui al parque con mis compañeros estábamos solamente nosotros. Vale aclarar, que era temporada baja, era el mes de mayo.

      Hacía bastante tiempo que tenía ganas de regresar, por eso, en el mes de enero pasado, decidí tomarme mis vacaciones de verano en las Cataratas. Organicé un tour que empezó en Salta y terminó en Iguazú.

      Decidimos dedicarle 5 noches a la ciudad de Iguazú ya que sabemos que es una de clima subtropical donde puede haber abundantes lluvias que impidan salir a recorrer el parque.

      Llegamos a destino y nos recibió una lluvia afortunadamente no muy intensa. De todas formas, es bastante frecuente que corramos con esa suerte... siempre los destinos que visitamos nos reciben con lluvia pero los días siguientes suelen tener unas condiciones climáticas espectaculares, así que no nos preocupamos.

      El primer día que llegamos, teníamos pensado visitar el Parque pero con la lluvia no era un buen plan. Entonces, optamos por cruzar la frontera y visitar Ciudad del Este en Paraguay. Es una ciudad que tiene la fama de ser un destino de compras ya que es una zona franca, libre de impuestos. 

      Tomamos un colectivo y en menos de una hora estábamos en destino. Creo que no hay palabras para describir a este sitio... Es una ciudad cargada de comercios, de carteles, de vehículos, de gente, de ruido ambiente... Una ciudad totalmente caótica en la que no existen semáforos que orden el tránsito. Afortunadamente, fuimos con información de los mejores lugares para comprar y también teníamos en mente que comprar con el modelo ya elegido. Creo que no hay otra manera de visitar esta ciudad si no es con información previa... Hay muchísimos lugares, vendedores ambulantes y carteles que compiten entre sí. Es recomendable ir temprano, ya que todos los lugares cierran a las 16:00 de la tarde porque suelen abrir muy temprano en la mañana y trabajan en horario de corrido.

      Nosotros llegamos con el tiempo muy justo pero por suerte llegamos a conseguir lo que teníamos planeado, una cámara de fotos de viaje.

      El objetivo principal del viaje era visitar el Parque Nacional Iguazú... También nos interesaba conocer el Parque del lado de Brasil... 

      Fuimos un día del lado de Brasil fue un paseo muy corto porque teníamos que regresar temprano para tomar el colectivo. La vista es muy distinta a la vista del lado argentino, ya que las pasarelas están muy cerca de las Cataratas, pero el parque en este lado es mucho más pequeño. No volvería a visitarlo, pero si volvería una y otra vez al lado argentino ya que aquí el parque es muchísimo más grande y como los colectivos pasan hasta más tarde, se puede estar disfrutando del paisaje hasta las 17:00. Un dato muy importante para quienes deseen visitar las Cataratas, es que comprando la entrada para dos días consecutivos, el segundo día sale la mitad de precio.

      Desde Iguazú se pueden hacer muchas excursiones como por ejemplo visitar las Ruinas de San Ignacio un sitio arqueológico muy interesante, visitar las Minas de Wanda y comprar piedras semipreciosas, etc. Era verano, días de calor intensos cargados de húmedad, por lo que no tenía mucho interés en realizar excursiones de días completos. Nos quedaba un día libre, aprovechamos para conocer la ciudad de Foz de Iguazú. Visitamos un Shopping y recorrimos la ciudad. A decir verdad, la ciudad no me pareció muy llamativa pero siempre me resulta interesante conocer distintas ciudades del mundo.

       

      Consejos importantes para quienes deseen visitar Iguazú

      Conviene destinarle al menos dos días para recorrer todo el parque en el lado argentino es posible que un día no alcance para conocerlo completo.

      Es aconsejable evitar la temporada alta ya que es un destino muy turístico por lo que en enero y mitad de julio suele haber más cantidad de gente que en otros meses.

      Resulta óptimo dejar días libres porque es una zona de clima subtropical, pueden tocar días de lluvia en los que no sea la mejor opción visitar el Parque.

      En el Parque se pueden comprar souvenires, hay varios restaurantes, kioscos y cafés.

      No hay que olvidar el protector solar, repelente y anteojos de sol. Por supuesto, es necesario llevar calzado cómodo.

      Aconsejo que al llegar al Parque, lo primero que hagan sea visitar la Garganta del Diablo, es el paseo que está un poco más alejado comparado con el resto de los circuitos, sumado a ello es el más imponente. Para llegar hasta allí se puede ir caminando o sino el trencito ecológico del Parque, es muy lindo y pintoresco.

      La cena show que se ofrece en Foz de Iguazú es imperdible! Se puede disfrutar de un espectáculo de danzas con música regional mientras se pueden degustar cientos de platos.

      Para visitar las Cataratas se recomienda un mínimo de 4 noches. 

      Para quienes deseen estar en contacto con la naturaleza en su máximo esplendor, pueden realizar el sendero Macuco, para ello es imprescindible llevar agua y alimentos ya que en ese trayecto no existen kioscos ni lugares de ventas de alimentos. 

    3. Perdido en el sureste de México, casi al borde del mar y ubicado junto al río Papaloapan, se ubica uno de los pocos pueblos del país declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

      A solo 90 kilómetros al sur de la ciudad de Veracruz, este colorido pueblo aparece en medio de una región tropical y cálida, cuyo único respiro del infernal calor es la brisa que carga consigo el río.

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      Visitarlo en verano un par de veces quizá no fue la mejor idea. Pero el solo hecho de estar allí significa un refresco del movimiento de la ciudad.

      Tlacotalpan surgió como un asentamiento del pueblo totonaca, una civilización mesoamericana prehispánica que se asentó en buena parte de la costa del Golfo de México. Su nombre significa “entre aguas”.

      Pero fue con la llegada de los españoles que el pueblo creció y tomó forma, desde que Pedro de Alvarado recorrió el Papaloapan río arriba, descubriendo que Tlacotalpan podría ser un buen puerto fluvial para el transporte de mercancías al Imperio Español.

      Así fue como surgieron dos grandes haciendas en la zona, que aunque corrieron el riesgo de ser abandonadas, hicieron que en algún momento la población de españoles creciera. Y sumado a la importación de esclavos negros africanos desde el puerto de Veracruz, Tlacotalpan tomó la raíz multicultural y multiétnica que posee hasta el día de hoy.

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      El pueblo es el corazón del son jarocho y los jaraneros, estilos musicales provenientes del Caribe y que fueron desarrollados en la mayor parte de la costa del Golfo gracias a los afrodescendientes.

      La misma palabra “jarocho” define a las personas provenientes de la región del Sotavento, sobre todo aquellos de piel oscura que usaban jaras como método de pesca. Y esas raíces extranjeras finalmente se impregnaron en la zona alrededor de Tlacotalpan.

      Músicos con sus típicos trajes blancos, con sombreros de paja y pañuelos rojos caminan por las calles ofreciendo coplas. Mientras en las noches llegan los huapangos, fiestas donde el son jarocho es el invitado principal.

      Pero el mayor atractivo del pueblo es sin duda su arquitectura vernácula, es decir, que las construcciones fueron hechas de forma auténtica por los habitantes nativos con materiales de la zona.

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      En 1714 el río se desbordó, y en 1788 un incendio arrasó con muchas de las casas. Es por ello que se ordenó que a partir de entonces todo edificio fuera alzado con mampostería. 

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      Y desde aquella época, un lejano siglo XVIII, las típicas casonas con arcos y pilares se han mantenido en pie.

      Luciendo los vivos colores de México, cada casa es un ejemplo de lo que puede lograrse de forma artificial, respetando siempre lo natural.

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      Cada teja, cada muro, cada columna, cada acera, fueron construidos con los materiales que la propia cuenca del Papaloapan le otorgó a la ciudad. Y se convirtió con los años en el orgullo de los tlacotalpeños.

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      Aunque el puerto fluvial perdió su importancia con la llegada del ferrocarril, el río ha sido siempre parte vital de Tlacotalpan. No solo como medio de transporte, sino al aportar el agua para los cultivos, la ganadería, los pobladores, regular el clima y para la pesca.

      Tomar una balsa para dar un paseo por sus aguas es uno de los mayores atractivos hoy en día.

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      Aunque para ser sincero, la magia de la mampostería y la arquitectura vernácula se esfuma de inmediato.

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      En su lugar, es suplantada por modernas mansiones pertenecientes a la clase alta de Veracruz. Políticos y empresarios han construido sus casas de verano en la riviera, y los yates estacionados en su orilla confirman su poder adquisitivo.

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      Aún así, no está de más un recorrido por el emblemático Papaloapan, que transporta sus aguas desde las tierras de Tuxtepec.

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      El propio río sirve para bendecir la ciudad cada 2 de febrero, cuando las fiestas patronales llegan con la Virgen de la Candelaria.

      Una estatua de la virgen es transportada en una balsa y otorga su bendición al pueblo para evitar inundaciones y otras calamidades, que suelen ser comunes en esta zona tropical.

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      Las fiestas van acompañadas de ferias, mercados de comida callejera, huapangos y hasta un embalse de toros, que son soltados libres por las calles de la ciudad luego de cruzar el río junto a los ganaderos.

      La iglesia es uno de los puntos icónicos de la ciudad, ubicada en la plaza central, o zócalo, como se le conoce en México.

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      Esta explanada crea el plano urbanístico típico de una ciudad colonial española. Un cuadrante central con una alameda, junto a la cual se posa el templo católico y su campanario.

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      Junto a ella, el palacio municipal que funge como poder político, y que servía para demostrar a los antiguos indígenas quién tenía el poder sobre ellos.

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      Tras el zócalo, las calles perpendiculares se trazaron desde el río al interior de las tierras que lo orillan, formando las cuadras empedradas que dibujan hoy la totalidad de Tlacotalpan.

      La tejas en lo alto de las casas otorgan una fresca manera de protegerse del sol. El aire acondicionado no es tan común en esta zona. Pero los corredores y patios centrales son suficientes para ventilar los interiores.

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      Es común encontrar bancas y mecedoras en los pasillos exteriores de las casas, donde los vecinos se sientan a compartir un torito por las tardes, la bebida tradicional hecha a base de alcohol de caña.

      Para mí y mis amigos, la bicicleta fue la mejor manera de recorrer el pueblo. Al fin y al cabo, su terreno plano puede ser bastante bien aprovechado sobre dos ruedas.

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      Un lugar donde los niños todavía corren por las calles, los músicos se pasean por tiendas y restaurantes, los mariscos frescos se sirven en platos calientes y las botellas heladas de torito refrescan del calor.

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      Tlacotalpan se ha ganado con creces, y sin lugar a dudas, su título como Patrimonio de la Humanidad, al combinar tres etnias y culturas en un pequeño lugar.

      Sus casonas vernáculas y vivos colores son el mejor ejemplo de lo lindo de México. Un mágico y perdido lugar entre las selvas tropicales del sur.

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