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A dedo por Islandia: parte I

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AlexMexico

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Arropado con ropa térmica, envuelto en mi saco de dormir, postrado sobre un colchón inflable y con la calefacción encendida a mitad del mes de mayo, es como desperté mi segunda mañana en Reikiavik, a unos kilómetros al sur del círculo polar ártico.

Aun después de dos noches en la ciudad, mi cuerpo y mi mente no sentían todavía en Islandia. Mirar la situación geográfica de aquella remota isla, considerada parte de Europa, me hacía poco creíble que tuviera los pies allí.

A pesar de su latitud, la capital islandesa posee todas las comodidades del primer mundo. Y hospedarme en el apartamento de Gisli, mi couchsurfer, me lo dejó en claro. Tuberías de gas para aclimatar las casas, agua caliente natural proveniente de los manantiales termales de la isla, conexión a internet ininterrumpida...

Pero los días avanzaban, y no obstante mi resistencia mental, era momento de partir. Y abandonar aquellas comodidades sería parte esencial de ello. Mi aventura estaba por delante.

Aunque Reikiavik es una prominente metrópoli que se ha ganado su lugar en el mundo, la gente no viaja hasta Islandia solo para ver su capital. Y eso me incluía a mí.

La peculiar locación de la isla, en medio de las placas tectónicas norteamericana y la euroasiática, la dota de paisajes naturales increíbles, y de una actividad geotérmica que es poco común hallar en otros lugares del planeta. Y es la razón de que el número de turistas supere a los propios habitantes de Islandia.

Cuando el país se independizó de Dinamarca en 1918, no era más que una pequeña y fría isla que sobrevivía de la pesca y la explotación de sus recursos naturales. Pero tras la Segunda Guerra Mundial, en la que el Reino Unido y los Estados Unidos construyeron los aeropuertos que hoy sirven como conexión internacional, Islandia se convirtió en un país industrializado y con un alto desarrollo económico.

Hoy, el turismo es sumamente accesible, con conexiones aéreas que han bajado cada vez más sus precios. Por solo 60 euros pude volar hasta sus tierras desde Estocolmo. Así, miles de turistas llegan a diario, y emprenden desde Reikiavik su travesía por una de las islas más hermosas del mundo.

Por la inexistencia de vías férreas y escasos autobuses de transporte público (ya que la isla tiene apenas 300 mil habitantes) el turismo en Islandia puede funcionar de las siguientes maneras: 

  • Hacer base en Reikiavik y pagar costosos tours por sus maravillas naturales, que incluyen a veces noches de hospedaje en carísimos hoteles y hostales de la isla. 
  • Rentar una van equipada con cama, cocina, incluso hasta baño en su parte trasera, y recorrer la isla conduciendo por la autopista que bordea sus costas, pasando las noches dentro de la comodidad del vehículo, que se aparca en algunos de los estacionamientos oficiales que colman el país.
  • Rentar un automóvil común y visitar la isla manejando por la costa, pasando las noches en una tienda de campaña en uno de los cientos de campings a lo largo del país.
  • Viajar pidiendo aventones a los conductores en la carretera hacia las principales atracciones naturales de la isla, durmiendo en los campings bajo una buena carpa.

Por supuesto, y debido a mi bajo presupuesto, la cuarta opción fue mi predilecta.

Y pasando por alto la regla más importante de un hitchhiker (término anglosajón para quien viaja pidiendo aventones), me levanté tarde y salí de casa de mi anfitrión a las 10 de la mañana, lo que me había hecho perder ya bastante tiempo valioso.

Me despedí y di las gracias a Gisli por mis noches en Reikiavik y me dirigí a un paradero de buses no muy lejos de su casa, donde cogí un modesto camión hacia la comunidad de Mosfellbær, a 16 kilómetros al este del centro de la ciudad.

Para colmar un poco más mi paciencia luego del tiempo perdido, el autobús avanzó lento, deteniendo la marcha en cada paradero aunque no hubiera gente aguardando a abordar.

Por fortuna, los avances en las políticas de telecomunicaciones en Europa me habían permitido contratar un plan de datos móviles, por un asequible precio, cuya cobertura se extendía por toda la Unión Europea, incluida Islandia.

Pero la red celular no era del todo buena en muchas zonas de la carretera. Consiguientemente, la ubicación en mi GPS era con frecuencia algo deficiente. Así fue como me bajé del autobús hasta la última parada, no tan cerca de la ruta 1, la autopista principal que me llevaría hasta el golden ring, mi primer objetivo turístico en la isla.

Varado en medio de una diminuta comunidad rural, tuve que caminar un kilómetro de vuelta hasta la orilla de la carretera, donde no aguardé más de dos minutos para coger mi primer ride.

El conductor me dejó apenas un kilómetro más al norte, al costado de una glorieta, donde la bifurcación derecha dirigía hacia la ruta 36, donde el golden ring comienza.

El ‘círculo dorado’ es una de las rutas turísticas más famosas de Islandia. Las carreteras que lo componen forman un anillo que rodean parte de la falla tectónica que atraviesa Islandia y que, sin siquiera alejarse mucho de Reikiavik, poseen parte de las maravillas naturales más célebres del país.

La primera parada era el parque nacional de Þingvellir (pronunciado en inglés como Thingvellir), donde un valle de cañones pone al desnudo la deriva continental. 

La ruta 36 llevaba directo hasta Þingvellir, y por suerte, una afable señora se detuvo por mí al comienzo de la autopista. Aunque no llegaría hasta el parque, su granja se encontraba unos kilómetros al este, uno de los últimos lugares poblados al lado de la autopista.

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Su inglés era bastante claro, y con ello me contó algo que no me reconfortó demasiado. Acababa de escuchar por la radio que el pronóstico del tiempo no anunciaba muy buen clima. Tormentas con fuertes ráfagas de viento azotarían el sur de Islandia durante los próximos días (sí, justo donde yo estaba), y varios centímetros de nieve caerían en zonas altas de la isla.

Una tormenta a tan corta distancia del círculo polar no era una idea divertida. Y teniendo en cuenta que las siguientes siete noches dormiría dentro de una casa de campaña, la incertidumbre era algo aterradora. 

Justo en la entrada de su granja equina, di las gracias a la señora y bajé de su vehículo. El cielo estaba entonces bastante nublado, y con lo que recién había escuchado sobre el clima que podría avecinarse, supe que el tiempo era oro para conseguir un último ride que me llevara hasta el valle Þingvellir.

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Aunque los hermosos caballos islandeses están acostumbrados a las ventiscas árticas con su lanudo cuerpo, el crudo frío no es lo más reparador para un mochilero. Pero era justo lo que esperaba de Islandia, y mi ardua preparación con ropa térmica, botas todoterreno y un abrigo rompevientos fue entonces de agradecerse.

Hallarme en medio de las montañas que orillaban la carretera a la total interperie me hizo al fin darme cuenta que estaba en Islandia, donde nadie puede tomarse el clima a la ligera.

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Eran casi las 2 de la tarde para entonces, y un número muy reducido de coches era el que había visto conducir hacia el este. Aunque las visitas a Þingvellir son muy comunes, no muchos islandeses viven por aquella zona. Así que mis esperanzas se limitaban a los turistas que, por alguna razón, se dirigieran al valle a tan avanzada hora del día.

Tras sesenta minutos de paciente espera con nada más que montañas y caballos a mi alrededor, una pareja se detuvo y me ofreció subir. Por suerte, eran turistas provenientes de Serbia y Bosnia y Herzegovina, y su destino era precisamente Þingvellir.

Conforme fuimos avanzando los riachuelos se iban haciendo cada vez más corpulentos, alimentados por el deshielo de los picos nevados que nos rodeaban.

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Aunque la niebla y los densos nubarrones negros nos intimidaban, nos mantuvimos optimistas. Aún así, no tardé en hacerles saber sobre el pronóstico del clima que había llegado a mis oídos. Nosotros también acamparemos esta noche, así que esperemos que todo mejore —me dijeron esperanzados—.

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No cabía duda de que la mejor forma de recorrer Islandia era conduciendo un automóvil. Deternos en cualquier punto para capturar una postal de su espléndido paisaje estaba a la altura del pedal de freno.

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Los musgos sobre la piedra volcánica y la hierba baja nos daban un primer adelanto del valle de Þingvellir.

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Pero unos kilómetros delante el lago Þingvallavatn, el más grande de Islandia, nos dio la verdadera bienvenida al parque nacional. 

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La geografía de Islandia es fácil de entender desde un punto de vista lógico. El centro de la isla posee las tierras altas, con montañas, glaciares y nieve, mientras que la costa, aunque puede ser escarpada, posee las tierras bajas y climas más templados.

Al habernos adentrado un poco hacia las tierras centrales, las montañas se alzaban con ímpetu frente a nosotros. Por suerte, no sería necesaria subir para disfrutar de Þingvellir.

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A la entrada del parque nacional, justo antes de que un camino de terracería nos adentrara en el valle, visualicé un centro de visitantes. Sabía que sería el sitio perfecto para acampar. Islandia suele contar con campings equipados con baños, electricidad y cocinas por todo su territorio, y nada mejor que la seguridad que brinda un centro de visitantes.

Ya que la pareja bosnio-serbia no sabía si harían noche o seguirían de largo su camino, decidí bajar de su coche con mi mochila al hombro. Por mi parte, prefería disfrutar del parque nacional y acampar allí esa noche. No pensaba arriesgarme tierra adentro bajo aquel sospechoso y nublado cielo.

Þingvellir fue un primer gran ejemplo de lo que es Islandia. Su terreno volcánico y rocoso con hierbas y arbustos bajos es la imagen típica que suele apreciarse en gran parte de la isla. 

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Uno de los hechos más difíciles de enfrentar en Islandia es que es un país sin árboles. Vaya, sí los hay, pero en cantidades insignificantes.

Cuando los primeros colonos poblaron la isla, talaron la mayoría de los bosques para poder construir sus casas con la madera, sin saber que aquella deforestación condenaría al país de por vida. 

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Aunque en la actualidad el gobierno ha llevado a cabo un programa para reforestar Islandia, en un lugar tan aislado y con un clima tan hostil como aquel, no es una tarea nada fácil. Solo el 5% de Islandia cuenta con bosques.

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Aun así, los verdes y vivos paisajes de pastizales y arbustos de Þingvellir eran dignos de nuestra admiración.

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Þingvellir fue declarado parque nacional desde 1928. Y aunque no lo parezca, al menos no ante los ojos de cualquiera que no sea un geólogo, el valle es realmente la falla que divide a la placa norteamericana de la placa euroasiática. De tal suerte que nos encontrábamos parados en el lugar exacto donde dos continentes se dividen.

Tomó muchos años a la comunidad científica aceptar la teoría que afirma que los continentes se mueven, y que millones de años atrás todos los continentes se hallaban unidos en uno solo, llamado posteriormente Pangea.

Pues bien, Þingvellir les ha dado a los geólogos un claro ejemplo de que la deriva continental es real. Y el cañón Almannagjá lo demuestra.

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Caminar en aquel cañón es caminar entre dos mundos. América al oeste y Europa al este, separados solo por un par de metros.

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Y en efecto, las mediciones que se llevan a cabo cada año dejan en claro que el cañón se separa continuamente. Es decir, ambos continentes se mueven. 

El cañón Nikulasargja es otra de las fallas presentes en Þingvellir. Y este se encuentra atravesado por un río, que para entonces, corría con bastante fuerza desde las montañas.

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Aunque el arroyo baña las tierras bajas del valle y culmina en el lago Þingvallavatn, bastaba subir un par de escalones de piedra para maravillarse todavía más.

El río Öxará escurre por los campos de lava y cuando se topa con el cañón forma una cascada de aguas cristalinas que rompía con fuerza sobre las rocas de magma petrificado.

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Aunque menuda y de poca altura, la cascada Öxaráfoss me dio mi primer acercamiento a las decenas de caídas de agua que recorren Islandia. Pero aquella no sería, sin duda, la más impresionante de todas.

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Þingvellir es un lugar hermoso, único, mágico. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2004. Sin embargo, aquel título no se lo ganó solamente por su incomparable belleza natural.

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Þingvellir es un sitio histórico de suma importancia para el planeta entero, pues allí, en medio de las rocas volcánicas y de dos continentes, se fundó la institución parlamentaria más antigua del mundo, el Alþingi.

Aunque el parlamento es una herencia de la política romana, el Alþingi se distingue por seguir vivo hasta la actualidad.

Fundado en el año 930, no mucho después de que los primeros colonos vikingos pisaron estas remotas tierras, el Alþingi se reunía cada año, cuando el lögsögumaður (hablante de leyes) recitaba las leyes y se resolvían las disputas.

También eran los encargados de castigar a los criminales, ejerciendo el poder judicial en el país. De hecho, en vez de encarcelarlos, preferían ahogar a los juzgados como culpables en las heladas aguas del Öxará, en el llamado Drekkingarhylur (piscina de ahogamiento).

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De esta manera, puede decirse que Þingvellir es el lugar donde nació el estado islandés. Y de hecho, fue considerada su capital (aunque carente de edificios) por ser su centro político, y no fue sino hasta 1844 cuando se trasladó a Reikiavik.

El recorrido por el valle de Þingvellir puede abarcar los extensos territorios del sur y bordear su lago, pero la mayoría de los turistas lo terminan en un centro de visitantes que se halla en la cima del cañón, desde donde se tienen vistas increíbles del lago Þingvallavatn.

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Aunque el cielo seguía nublado, no había señales de ráfagas de viento que se avecinaran hacia el parque. Eso me dio un poco más de tranquilidad.

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Así que di las gracias a mis conductores, quienes siguieron su camino por el golden ring. Descendí el cañón y caminé hacia la entrada del parque nacional, donde un empleado del centro de visitantes me dijo que podría acampar de forma segura.

No eran más allá de las 6 de la tarde cuando llegué al camping. Había un un grupo de tiendas ya instaladas sobre el césped. Y ya que la compañía en un solitario viaje siempre viene bien, decidí colocarme junto a ellos.

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Islandia es uno de los países más amigables con los campistas. Al costado de la carretera y cada pocos kilómetros, siempre habrá un camping a la vista, algunos mejor equipados que otros.

Aquel en Þingvellir contaba con baños, regaderas con agua caliente, una cocina al aire libre (aunque techada) y hasta una lavandería.

Los islandeses están tan acostumbrados a la honestidad y buena voluntad que no se acercan al campista para cobrarle el derecho de piso y los servicios (que a pesar de todo, suele ser un precio bastante alto, de unos quince euros por noche). Al contrario, esperan que el campista se acerque a pagar al mostrador. En algunos campamentos, incluso, no existe trabajador alguno, y una simple caja en forma de buzón es el lugar donde los campistas deben depositar su dinero de forma voluntaria.

Ya que aquella tarde los trabajadores estaban cerrando el centro de visitantes, decidí esquivar el pago. Sabía que no era lo correcto, pero vamos, Islandia es un país bastante caro. Y solo alimentarme era una ardua y costosa tarea.

Unos minutos más tarde un coche se estacionó. Kiki era una estudiante de California que viajaba sola por Islandia en su pequeño auto. Colocó su tienda de campaña junto a la mía y me hizo compañía mientras preparábamos algo para la cena.

La incógnita sobre los dueños del resto de las tiendas se resolvió cuando apareció un grupo de 13 universitarios con su profesor de geología. Curiosamente, también venían de California.

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Menos mal que aquella noche no estaría solo, y nada mejor que la compañía de aquellos simpáticos y animados californianos.

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Tomamos la cena juntos y pasé la noche escuchando sus recomendaciones sobre la isla. Ellos iban terminando su viaje por Islandia y volvían al siguiente día a Reikiavik. 

Aunque no sabía si atreverme a llamar aquello como “noche”. En plena primavera, el sol se ocultaba en Islandia a las 11 pm, mientras se asomaba en el horizonte desde las 4 am.

El control del sueño con horas de sol tan irregulares era difícil, y sería normal entonces dormir solo cuatro o cinco horas al día. 

Finalmente, me preparé para pasar mi primera noche entre las montañas y los valles islandeses. Pero mi tranquilidad y profundo sueño serían interrumpidos brusca y súbitamente por la hostilidad del Ártico. Era solo el comienzo de mi aventura.

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3 Comments


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Menos mal que explicaste cómo pronunciar eso, porque uno con los nombres islandeses nunca sabe jajaja. Increíble que te pararas justo en la falla entre ambos continentes! He escuchado que incluso se puede bucear en esa falla.

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Qué aventurero al atreverte a viajar a dedo por un país como Islandia, con un clima tan frío! Pero menos mal que tuviste la oportunidad de visitarlo :) espero a leer los próximos viajes!

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    1. AlexMexico
      Latest Entry

      El transcurso de una vida urbana puede fácilmente tornarse en algo rutinario, incluso en la grandeza de la Ciudad de México donde, no importa cuándo, siempre se encuentra algo por hacer.

      Si bien, la rutina es algo que se puede fácilmente esquivar en la capital mexicana, hay algo de lo que es imposible escapar. La contaminación y la gente. Un pacífico fin de semana, a solas en el aire fresco, es una demanda de colosales magnitudes en una de las metrópolis más pobladas del mundo. Pero hay algo que la hace única, a pesar de su estresante e incesante actividad.

      Hace casi 700 años, los mexicas (mejor conocidos como aztecas) decidieron construir su capital en uno de los más bellos paisajes del Aztlán, la tierra que ellos consideraban su mundo. Fue en un islote, en medio de un lago rodeado por montañas, donde fundaron Tenochtitlán, lo que hoy todos conocemos como Ciudad de México.

      Los alrededores de Tenochtitlán están cercados de impresionantes paisajes naturales, que dejaron en claro por qué Mesoamérica fue y será el cuerno de la abundancia. Es así que escapar de la ajetreada vida capitalina es, incluso hoy, una tarea fácil.

      Aquella vez, la decisión para reposar un fin de semana fue tomada por Sediel, uno de mis mejores amigos con cuya novia haríamos el viaje. Con una tienda de campaña casi nueva, un saco de dormir y una mochila sedienta por querer ser utilizada, el estado de Hidalgo fue lo que atrajo nuestra atención.

      Contiguo al Estado de México, Hidalgo cuenta con pueblos coloniales, grutas, aguas termales, bosques, cañones, cascadas, minas y un sinfín de interesantes propuestas de aventura. Y muy cerca de Pachuca, su capital, el pueblo de Huasca de Ocampo fue el destino elegido.

      La pequeña localidad nació en la época colonial española, cuando la producción minera atrajo a adinerados hacendarios europeos, que usaron la mano de obra indígena para la explotación.

      El pueblo creció alrededor de cuatro grandes haciendas, y aunque en el declive de la zona (cuando México se volvió independiente) muchos edificios quedaron casi en ruinas, en el siglo pasado se restauró para hacerlo un pueblo de paseo para turistas.

      Son varias cosas que hacen especial a Huasca. Su café, sus leyendas (que incluyen a duendes y brujas) y, sobre todo, su hermosa situación geográfica.

      Ubicada entre la Sierra de Pachuca y el Valle de Tulancingo, los paisajes aledaños a Huasca son un deleite visual, perfecto para los cazadores de un reposo en la naturaleza. Así que en vez de quedarnos mucho más tiempo en Huasca decidimos seguir nuestra ruta hasta los prismas basálticos, uno de los principales atractivos del valle.

      Huasca se emplaza en el oriente del Eje volcánico transversal, una cadena de volcanes que atraviesa el país de este a oeste y lo corta por su parte central. 

      Hace un par de millones de años, el enfriamiento del escurrimiento de lava que se generó en esta zona formó columnas de basalto que tomaron formas de prismas pentagonales y hexagonales. El resultado es hoy una maravilla.

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      El conjunto de prismas encimados entre sí parecen una estructura de legos. Es difícil creer que la naturaleza haya creado formas tan inorgánicas por sí sola.

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      Accedimos a los prismas bajando unas escaleras que llevan hasta un pequeño corredor, por donde cae un arroyo. El agua es traída desde los ríos y las presas que alimentan de agua la comunidad de Santa María Regla, a la que pertenecen las columnas.

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      Aunque algunas de las pequeñas cuatro cascadas fueron arrastradas hasta allí por el hombre, no hay mejor manera de darle un toque más encantador a un lugar como aquel que con caídas de agua.

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      El arroyo culmina en un pequeño estanque, al que se debe acceder desde la hacienda contigua. Es la llamada Cascada de la Rosa.

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      Este lugar fue visitado y estudiado incluso por personajes como Alexander von Humboldt, durante sus viajes por América Latina. La UNESCO nombró al sitio como uno de los 30 geoparques de la Red global de geoparques.

      Aunque ya había sido testigo de columnas basálticas del mismo estilo en Islandia, verlas en México no hizo más que reafirmar que es un país que lo tiene todo.

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      Antes de que se hiciera más tarde, era momento de decidir dónde debíamos acampar. La zona de Huasca de Ocampo posee múltiples sitios para hacerlo. Pero al ser el último fin de semana del verano estudiantil, los campings y balnearios estaban repletos. 

      El pueblo no era una buena idea para huir del bullicio. Y con ganas de un contacto mucho más natural, decidimos escuchar la sugerencia de un chofer.

      Unos kilómetros al norte, lejos de la carretera, había un lugar llamado Peña del Aire. Nada habíamos escuchado sobre él. Incluso, encontrarlo en Google Maps no fue del todo fácil. La información en internet era casi escasa. Pues bien, eso lo hacía el lugar perfecto.

      Según se nos dijo, pocas personas llegaban hasta la peña, ubicada al borde un acantilado bajo el cual se extendía un enorme cañón. Y en lo alto, una zona de camping era ideal para pasar la noche, lejos de las luces, del ruido y de cualquier contacto humano.

      Aceptamos así un viaje en taxi hasta la peña. Y tras un arduo viaje por un feo y estrepitoso camino de ripio, el chofer nos dejó en un centro de visitantes, que no era más que una palapa.

      Peña del Aire es un parque ecoturístico protegido. Hay pocas casas y propiedades privadas dentro del terreno. Las únicas construcciones son casetas de vigilancia, cobranza y algunos puestos de comida y tiendas. 

      A solo unos pasos de aquel puesto de visitantes se abrió ante nosotros un enorme cañón, parte de la Sierra de Pachuca.

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      El nombre Peña del Aire se debe, precisamente, a una gigantesca peña que se yergue en uno de los costados de la barranca. Y sí, de hecho, parece que flota en el aire.

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      Estas formaciones rocosas son características de las barrancas de la Sierra Oriental. Y el sitio perfecto para un centro ecoturístico.

      Una tirolesa de unos 70 metros de largo se tiende al lado de la peña y permite a los visitantes volar sobre el abismo. 

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      En la parte más baja, un río dibuja el camino del valle, junto al cual solo una pequeña iglesia se posa junto a un par de campos de cultivo. Al mirar abajo, creímos que sería un excelente lugar para acampar.

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      Comenzamos el descenso con mochila al hombro, cuidadosos de seguir el mezquino sendero que nos guiaba. El calor era sofocante, pero valía la pena hacer el intento.

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      Las vistas desde las laderas eran sencillamente magníficas. La vegetación parecía hacerse cada vez más verde y, a decir verdad, no era lo único colorido que apareció en nuestro camino.

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      El curso nos llevaba por todo el costado de la barranca, pero poco simulaba bajar al río. Aunque los lugareños nos habían asegurado un rápido descenso, la travesía era más larga de lo esperado.

      Antes de seguir, supimos que algo no resultaría. Esperábamos el arribo de dos amigos más, y en lo bajo de la barranca la señal de telefonía era escasa. Sería mucho más fácil encontrarlos en lo alto del acantilado.

      Volvimos entonces, entregados al calor de la tarde que, por cierto, no tardaría en esfumarse para dar paso a un fresco atardecer.

      La planicie superior fue el mejor lugar para montar el campamento. Un terreno llano, pastoso y fresco donde, al parecer, seríamos los únicos en pasar la noche.

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      Nuestros amigos no tardaron su arribo, por suerte, antes del ocaso. Y con las tres tiendas una junto a la otra, fue momento de armar la hoguera.

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      Una pila de malvaviscos y roles de canela fue el menú perfecto para el atardecer, que tras un cielo nublado se esfumó sin mucha presencia.

      Pero aquellas nubes de tormenta, cuyos relámpagos eran lo único que iluminaba el horizonte nocturno, crearon la atmósfera perfecta para las historias de terror que se avecinaban.

      Huasca de Ocampo es el sitio perfecto para alguien como Sediel, un fanático de las criaturas de fantasía. El pueblo está lleno de leyendas sobre duendes y brujas que moran los bosques circundantes, y que han hecho sus apariciones en repetidas ocasiones.

      De hecho, cuenta con su propio museo de los duendes. Y vaya que nuestro campamento simulaba ser su hogar, con una torre de metal en forma de sombrero que, de hecho, albergaba los únicos baños disponibles, a los que nadie se atrevía a entrar una vez caída la noche.

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      Cuando el fuego se fue consumiendo, una extraña luz apareció detrás de los arbustos. Un color amarillo fluorescente de forma redonda se movía con delicadeza, y de repente palpitaba como el latido de un corazón.

      No le prestamos mucha atención, quizá era alguien con una linterna. Tras pocos minutos se esfumó sin darnos cuenta.

      A la siguiente mañana, los lugareños nos contarían que se trataba de una bruja. Aparecer como pequeñas centellas era su especialidad en aquella zona. Pues bien, al menos no decidió visitar nuestro campamento.

      El alba fue bastante frío. El sereno dejó nuestras carpas más que húmedas por fuera. Y no había nada que deseáramos más que un café caliente. Pero habría que esperar la apertura de los puestos.

      Entretanto, un temprano despertar fue la mejor decisión grupal tomada para poder ser testigos de un hermoso amanecer.

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      El sol se levantó sobre la sierra oriental, iluminando tenuemente la figura de cada barranca del cañón. Nada, sino el cantar de las aves, se podía escuchar en el abismo.

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      Es lo que un grupo entero de capitalinos buscaba lejos de la metrópoli. La serenidad de una fría y verde mañana. Pero acompañada de un café de olla a la apertura del primer puesto, todo fue incluso mejor.

      Luego del desayuno fue momento de bajar a la peña, y contemplar el valle dibujado por los primeros rayos del sol.

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      La bruma de la mañana poco a poco se retiraba, y dejaba al desnudo la vitaleza de un cañón que podía apaciguar todo pensamiento y todo presente.

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      Escalar la peña no era una opción segura, pero hasta la poca altura que pudimos llegar fue suficiente para sentirnos satisfechos en nuestro viaje.

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      Disfrutar de la barranca sin la presencia de turistas durante la noche y la mañana fue una excelente decisión, que nos daría el respiro necesario para volver a la vida de una colmada ciudad.

    2. Hace un poco más de diez años que había visitado la provincia de Misiones para ir a un congreso cuando era estudiante de la carrera de la carrera de Licenciatura en Turismo... Estuve algunos días en la capital, la ciudad de Posadas y dos noches en Iguazú. En este momento todavía las Cataratas de Iguazú no habían sido declaradas como Maravilla Natural, no había una gran cantidad de turistas. A decir verdad, cuando fui al parque con mis compañeros estábamos solamente nosotros. Vale aclarar, que era temporada baja, era el mes de mayo.

      Hacía bastante tiempo que tenía ganas de regresar, por eso, en el mes de enero pasado, decidí tomarme mis vacaciones de verano en las Cataratas. Organicé un tour que empezó en Salta y terminó en Iguazú.

      Decidimos dedicarle 5 noches a la ciudad de Iguazú ya que sabemos que es una de clima subtropical donde puede haber abundantes lluvias que impidan salir a recorrer el parque.

      Llegamos a destino y nos recibió una lluvia afortunadamente no muy intensa. De todas formas, es bastante frecuente que corramos con esa suerte... siempre los destinos que visitamos nos reciben con lluvia pero los días siguientes suelen tener unas condiciones climáticas espectaculares, así que no nos preocupamos.

      El primer día que llegamos, teníamos pensado visitar el Parque pero con la lluvia no era un buen plan. Entonces, optamos por cruzar la frontera y visitar Ciudad del Este en Paraguay. Es una ciudad que tiene la fama de ser un destino de compras ya que es una zona franca, libre de impuestos. 

      Tomamos un colectivo y en menos de una hora estábamos en destino. Creo que no hay palabras para describir a este sitio... Es una ciudad cargada de comercios, de carteles, de vehículos, de gente, de ruido ambiente... Una ciudad totalmente caótica en la que no existen semáforos que orden el tránsito. Afortunadamente, fuimos con información de los mejores lugares para comprar y también teníamos en mente que comprar con el modelo ya elegido. Creo que no hay otra manera de visitar esta ciudad si no es con información previa... Hay muchísimos lugares, vendedores ambulantes y carteles que compiten entre sí. Es recomendable ir temprano, ya que todos los lugares cierran a las 16:00 de la tarde porque suelen abrir muy temprano en la mañana y trabajan en horario de corrido.

      Nosotros llegamos con el tiempo muy justo pero por suerte llegamos a conseguir lo que teníamos planeado, una cámara de fotos de viaje.

      El objetivo principal del viaje era visitar el Parque Nacional Iguazú... También nos interesaba conocer el Parque del lado de Brasil... 

      Fuimos un día del lado de Brasil fue un paseo muy corto porque teníamos que regresar temprano para tomar el colectivo. La vista es muy distinta a la vista del lado argentino, ya que las pasarelas están muy cerca de las Cataratas, pero el parque en este lado es mucho más pequeño. No volvería a visitarlo, pero si volvería una y otra vez al lado argentino ya que aquí el parque es muchísimo más grande y como los colectivos pasan hasta más tarde, se puede estar disfrutando del paisaje hasta las 17:00. Un dato muy importante para quienes deseen visitar las Cataratas, es que comprando la entrada para dos días consecutivos, el segundo día sale la mitad de precio.

      Desde Iguazú se pueden hacer muchas excursiones como por ejemplo visitar las Ruinas de San Ignacio un sitio arqueológico muy interesante, visitar las Minas de Wanda y comprar piedras semipreciosas, etc. Era verano, días de calor intensos cargados de húmedad, por lo que no tenía mucho interés en realizar excursiones de días completos. Nos quedaba un día libre, aprovechamos para conocer la ciudad de Foz de Iguazú. Visitamos un Shopping y recorrimos la ciudad. A decir verdad, la ciudad no me pareció muy llamativa pero siempre me resulta interesante conocer distintas ciudades del mundo.

       

      Consejos importantes para quienes deseen visitar Iguazú

      Conviene destinarle al menos dos días para recorrer todo el parque en el lado argentino es posible que un día no alcance para conocerlo completo.

      Es aconsejable evitar la temporada alta ya que es un destino muy turístico por lo que en enero y mitad de julio suele haber más cantidad de gente que en otros meses.

      Resulta óptimo dejar días libres porque es una zona de clima subtropical, pueden tocar días de lluvia en los que no sea la mejor opción visitar el Parque.

      En el Parque se pueden comprar souvenires, hay varios restaurantes, kioscos y cafés.

      No hay que olvidar el protector solar, repelente y anteojos de sol. Por supuesto, es necesario llevar calzado cómodo.

      Aconsejo que al llegar al Parque, lo primero que hagan sea visitar la Garganta del Diablo, es el paseo que está un poco más alejado comparado con el resto de los circuitos, sumado a ello es el más imponente. Para llegar hasta allí se puede ir caminando o sino el trencito ecológico del Parque, es muy lindo y pintoresco.

      La cena show que se ofrece en Foz de Iguazú es imperdible! Se puede disfrutar de un espectáculo de danzas con música regional mientras se pueden degustar cientos de platos.

      Para visitar las Cataratas se recomienda un mínimo de 4 noches. 

      Para quienes deseen estar en contacto con la naturaleza en su máximo esplendor, pueden realizar el sendero Macuco, para ello es imprescindible llevar agua y alimentos ya que en ese trayecto no existen kioscos ni lugares de ventas de alimentos. 

    3. Perdido en el sureste de México, casi al borde del mar y ubicado junto al río Papaloapan, se ubica uno de los pocos pueblos del país declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

      A solo 90 kilómetros al sur de la ciudad de Veracruz, este colorido pueblo aparece en medio de una región tropical y cálida, cuyo único respiro del infernal calor es la brisa que carga consigo el río.

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      Visitarlo en verano un par de veces quizá no fue la mejor idea. Pero el solo hecho de estar allí significa un refresco del movimiento de la ciudad.

      Tlacotalpan surgió como un asentamiento del pueblo totonaca, una civilización mesoamericana prehispánica que se asentó en buena parte de la costa del Golfo de México. Su nombre significa “entre aguas”.

      Pero fue con la llegada de los españoles que el pueblo creció y tomó forma, desde que Pedro de Alvarado recorrió el Papaloapan río arriba, descubriendo que Tlacotalpan podría ser un buen puerto fluvial para el transporte de mercancías al Imperio Español.

      Así fue como surgieron dos grandes haciendas en la zona, que aunque corrieron el riesgo de ser abandonadas, hicieron que en algún momento la población de españoles creciera. Y sumado a la importación de esclavos negros africanos desde el puerto de Veracruz, Tlacotalpan tomó la raíz multicultural y multiétnica que posee hasta el día de hoy.

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      El pueblo es el corazón del son jarocho y los jaraneros, estilos musicales provenientes del Caribe y que fueron desarrollados en la mayor parte de la costa del Golfo gracias a los afrodescendientes.

      La misma palabra “jarocho” define a las personas provenientes de la región del Sotavento, sobre todo aquellos de piel oscura que usaban jaras como método de pesca. Y esas raíces extranjeras finalmente se impregnaron en la zona alrededor de Tlacotalpan.

      Músicos con sus típicos trajes blancos, con sombreros de paja y pañuelos rojos caminan por las calles ofreciendo coplas. Mientras en las noches llegan los huapangos, fiestas donde el son jarocho es el invitado principal.

      Pero el mayor atractivo del pueblo es sin duda su arquitectura vernácula, es decir, que las construcciones fueron hechas de forma auténtica por los habitantes nativos con materiales de la zona.

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      En 1714 el río se desbordó, y en 1788 un incendio arrasó con muchas de las casas. Es por ello que se ordenó que a partir de entonces todo edificio fuera alzado con mampostería. 

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      Y desde aquella época, un lejano siglo XVIII, las típicas casonas con arcos y pilares se han mantenido en pie.

      Luciendo los vivos colores de México, cada casa es un ejemplo de lo que puede lograrse de forma artificial, respetando siempre lo natural.

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      Cada teja, cada muro, cada columna, cada acera, fueron construidos con los materiales que la propia cuenca del Papaloapan le otorgó a la ciudad. Y se convirtió con los años en el orgullo de los tlacotalpeños.

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      Aunque el puerto fluvial perdió su importancia con la llegada del ferrocarril, el río ha sido siempre parte vital de Tlacotalpan. No solo como medio de transporte, sino al aportar el agua para los cultivos, la ganadería, los pobladores, regular el clima y para la pesca.

      Tomar una balsa para dar un paseo por sus aguas es uno de los mayores atractivos hoy en día.

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      Aunque para ser sincero, la magia de la mampostería y la arquitectura vernácula se esfuma de inmediato.

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      En su lugar, es suplantada por modernas mansiones pertenecientes a la clase alta de Veracruz. Políticos y empresarios han construido sus casas de verano en la riviera, y los yates estacionados en su orilla confirman su poder adquisitivo.

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      Aún así, no está de más un recorrido por el emblemático Papaloapan, que transporta sus aguas desde las tierras de Tuxtepec.

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      El propio río sirve para bendecir la ciudad cada 2 de febrero, cuando las fiestas patronales llegan con la Virgen de la Candelaria.

      Una estatua de la virgen es transportada en una balsa y otorga su bendición al pueblo para evitar inundaciones y otras calamidades, que suelen ser comunes en esta zona tropical.

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      Las fiestas van acompañadas de ferias, mercados de comida callejera, huapangos y hasta un embalse de toros, que son soltados libres por las calles de la ciudad luego de cruzar el río junto a los ganaderos.

      La iglesia es uno de los puntos icónicos de la ciudad, ubicada en la plaza central, o zócalo, como se le conoce en México.

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      Esta explanada crea el plano urbanístico típico de una ciudad colonial española. Un cuadrante central con una alameda, junto a la cual se posa el templo católico y su campanario.

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      Junto a ella, el palacio municipal que funge como poder político, y que servía para demostrar a los antiguos indígenas quién tenía el poder sobre ellos.

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      Tras el zócalo, las calles perpendiculares se trazaron desde el río al interior de las tierras que lo orillan, formando las cuadras empedradas que dibujan hoy la totalidad de Tlacotalpan.

      La tejas en lo alto de las casas otorgan una fresca manera de protegerse del sol. El aire acondicionado no es tan común en esta zona. Pero los corredores y patios centrales son suficientes para ventilar los interiores.

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      Es común encontrar bancas y mecedoras en los pasillos exteriores de las casas, donde los vecinos se sientan a compartir un torito por las tardes, la bebida tradicional hecha a base de alcohol de caña.

      Para mí y mis amigos, la bicicleta fue la mejor manera de recorrer el pueblo. Al fin y al cabo, su terreno plano puede ser bastante bien aprovechado sobre dos ruedas.

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      Un lugar donde los niños todavía corren por las calles, los músicos se pasean por tiendas y restaurantes, los mariscos frescos se sirven en platos calientes y las botellas heladas de torito refrescan del calor.

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      Tlacotalpan se ha ganado con creces, y sin lugar a dudas, su título como Patrimonio de la Humanidad, al combinar tres etnias y culturas en un pequeño lugar.

      Sus casonas vernáculas y vivos colores son el mejor ejemplo de lo lindo de México. Un mágico y perdido lugar entre las selvas tropicales del sur.

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