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A dedo por Islandia: parte II

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AlexMexico

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Conciliar el sueño casi a las 11 de la noche, cuando el sol se metió tras el horizonte, no fue una tarea tan difícil como había pensado.

En medio de las montañas nevadas del parque nacional Þingvellir fue donde puse a prueba por primera vez el equipo con el que me había aventurado a viajar hasta Islandia, un país de extremos a escasos metros del círculo polar ártico.

Un saco de dormir que soportaba temperaturas de 5 grados, una manta de primeros auxilios para calentar mi cuerpo en emergencias, ropa interior térmica, botas todo terreno, una liga para cubrir mi cabeza y mis orejas del viento. Todo parecía excelente, aquella noche no pasé tanto frío. Pero había algo que debí haber previsto con mucho mayor detalle: mi tienda de campaña, una carpa que sería mi hogar por al menos una semana.

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A las 4 a.m. la luz del sol se asomó por el este. Sí, un país de extremos, donde el invierno deja apenas dos o tres horas de luz, mientras el verano ilumina por casi veinte. 

Pero no fueron los tenues rayos solares los que ahuyentaron mi sueño a tan temprana hora, sino las potentes ráfagas de viento que azotaban sin piedad las paredes de mi tienda y la levantaban con vehemencia del firme suelo donde se posaba.

Chubascos helados caían con vigor y creaban un ensordecedor estruendo que me apartó bruscamente de mi apacible sueño.

El miedo recorrió mis entrañas, y me impidió abrir los ojos. No me atrevía a mirar hacia el techo y observar cómo mi única casa se estremecía con debilidad ante la fuerza del clima ártico. 

El pronóstico del tiempo había cumplido su promesa. Como bien me lo dijo una conductora local la tarde anterior, vientos del norte, lluvia y nieve se esperaban para los próximos días. Vaya que ahora extrañaba la calidez de mi ciudad natal en el trópico mexicano.

A pesar de todo, logré soportar un par de horas recostado, cubierto de pies a cabeza con mi saco de dormir, y con los ojos bien envueltos para intentar ignorar lo que a mi alrededor acontecía. Pero había algo de lo que sin duda no podía escapar.

El agua empezó a filtrarse por las paredes y por el suelo de mi tienda. Una tienda por la que pagué poco más de 20 dólares en un Walmart. Una tienda con un solo forro que, por supuesto, debí adivinar que no ganaría una cruel batalla contra el clima polar. 

Llegó entonces el momento de encarar el miedo. Abrí por fin los ojos. Ambos párpados se separaron para encontrarse con una terrorífica escena. Mi casa se estaba inundando.

Antes de que el agua llegase hasta mi mochila, reposada a mi lado derecho, saqué de ella mi abrigo rompevientos y lo coloqué con rapidez encima de mi cuerpo. Me puse las botas, cogí la mochila y el saco de dormir, que para entonces ya estaba empapado por debajo.

No había tiempo que perder, y si no quería terminar como el suelo de mi casa, debía huir aprisa de aquella pecera.

Al abrir la puerta me enfrenté a una dura realidad, todavía peor que la que sucedía dentro de mi tienda. Los charcos de lodo se habían esparcido, el agua caía casi de forma horizontal por la fuerza del viento, mi saco de dormir casi vuela junto con la tormenta, que azotaba sin clemencia cada cabeza bajo ella. Eso era la verdadera Islandia.

Sin pensarlo dos veces, cerré la puerta tras de mí y corrí velozmente hacia la lavandería del camping. Sabía que era el sitio más seco que podría encontrar, cerrado casi herméticamente, donde podría encontrar una fuente de calor.

Una vez dentro, extendí mi saco a lo largo para dejar que se secase un poco. Por suerte, mi mochila estaba casi intacta, y mis cosas a salvo de la humedad.

Sin más remedio, me senté temblando de frío sobre el piso de madera. ¿Debía salir y tratar de rescatar mi tienda? Quizá, pero en ese momento lo que menos quería era volver a enfrentarme a la feroz tormenta. Así que lo dejé a la suerte. Si mi casa sobrevivía o no, sería ahora una decisión de la madre naturaleza.

Una media hora más tarde llegó a la lavandería Jack, uno de los chicos californianos que habían acampado conmigo y con su grupo de compañeros universitarios. Al parecer, era su turno de preparar el desayuno. Pero con una cocina al aire libre con apenas un techo de madera encima, parecía una tarea imposible. 

Aun así, puso todos sus esfuerzos en cocer un poco de fruta para un potaje, para que al despertar sus amigos (quienes por cierto, seguían en sus tiendas bajo la tormenta), pudieran comenzar el día con energías.

Jack parecía mucho más preparado que yo, con un impermeable de cuerpo entero que cubría incluso sus zapatos. Su ropa debajo se mantenía completamente seca.

La tempestad no paró sino hasta las 7 de la mañana, cuando pude al fin salir a reconocer los daños. ¡Mi casa seguía viva, y estaba de pie! Finalmente, esos 20 dólares parecían haber servido de algo. Aunque eso sí, su único forro no resistió la filtración del agua. 

Mientras el resto de los chicos salían de sus guaridas sanos y salvos para tomar su desayuno, yo desmontaba mi casa y la llevaba a la lavandería. La tormenta había terminado, pero en un lugar como Islandia, no confiaba en que la calma durara por mucho tiempo.

El grupo de californianos se despidió de mí cerca de las 8 a.m. Y una vez que mi casa se escurrió un poco sobre el suelo de la lavandería (con la falta de sol, era mi única alternativa), empaqué mis cosas y salí del camping, todavía enlodado por la lluvia.

Me dirigí entonces a un costado de la carretera para seguir mi camino por el golden ring, uno de los circuitos turísticos más famosos de Islandia. Alcé mi dedo y me mostré firme ante un cielo todavía nublado y amenazador. 

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Luego de solo tres minutos, un señor paró y me invitó a subir. No deberías estar aquí parado esta mañana, el clima es una locura —me dijo consternado—. Es mi única alternativa, y hay que seguir adelante —le contesté con seguridad—.

El hombre vivía en Laugarvatn, una comunidad unos kilómetros al noreste, sobre la carretera 37 que seguía el ‘círculo dorado’. 

Me dejó en la salida del pueblo, sobre la autopista. Allí, el viento y la lluvia volvían a azotar, aunque con un poco menos de fuerza que en Þingvellir. Y como aún era muy temprano para empezar a cazar un ride con los turistas hacia mi próximo destino, decidí refugiarme en un mini supermercado, donde un café con galletas apaciguaron mi ayuno.

Tras media hora de reposo volví a la carretera y me dispuse a coger un aventón, que llegó a mí en menos de dos minutos. Islandia era sin duda un país amigable con los hitchhikers.

Una pareja de testigos de Jehová provenientes de Selfoss, al sur del país, me llevaron hasta una granja muy cerca del valle Haukadalur, justo donde se encontraba mi siguiente parada.

El viento parecía haber parado un poco a los pies de aquella granja, aunque el clima parecía aún amenazador. Y con mi dedo al aire cogí mi tercer aventón de la mañana luego de solo cinco minutos en la carretera.

Los pasajeros eran esta vez dos turistas, que momentos antes había visto sentados ante una mesa del supermercado disfrutando, al igual que yo, un café caliente. Se trataba de una pareja alemana que, vaya historia, estaban celebrando su luna de miel.

Nunca pensé que en medio de un romántico viaje dos personas se detuviesen a recoger a un mochilero desconocido en la autopista. Pero eran alemanes, y su amabilidad nunca paraba de sorprenderme.

Provenientes de Heidelberg (mi ciudad favorita en toda Alemania), las anécdotas no se detuvieron en todo el trayecto. Y ante las distracciones, aquel viaje casi nos cuesta una enorme suma de dinero, y es que una oveja se atravesó frente a nosotros.

Atropellar a una cabeza de ganado en Islandia se paga con una enorme multa, además de tener que cubrir los gastos del animal muerto con su dueño. Menos mal que teníamos un conductor precavido que se detuvo justo a tiempo ante el lanudo borrego.

Poco después del infortunado susto arribamos al valle Haukadalur, donde estacionaron el coche y bajamos a nuestra próxima visita.

El valle es uno de los lugares más famosos de Islandia por un buen motivo: es el hogar de los géiseres, una de las mayores atracciones de la isla.

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Los géiseres son una especie de fuente termal que emite una columna de agua caliente y de vapor al aire, algo así como una piscina que explota periódicamente.

Un géiser requiere de varios elementos hidráulicos y geológicos para su formación, y eso los convierte en un evento nada común, con menos de mil géiseres en todo el planeta. Pues bien, al ser Islandia uno de esos escasos lugares en el mundo, era algo que no podía perderme.

La entrada al parque de los géiseres en Haukadalur está marcada por un sendero acordonado y por varios trabajadores que vigilan que, bajo ninguna circunstancia, alguien se atreva a cruzar los límites del camino. 

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El agua que emana de los géiseres hierve a más de 90°C, una temperatura con la que nadie desearía quemarse. Además, el hospital más cercano está a 62 kilómetros de distancia, algo bueno de saber para los despistados.

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La palabra géiser proviene precisamente del idioma islandés, ya que el más famoso de ellos en aquel parque es llamado Geysir, el más antiguamente conocido en el mundo, y que proviene a su vez del verbo geysa (emanar, erupcionar).  

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El Geysir es capaz de lanzar agua a más de 80 metros de altura, aunque es raro tener la suerte de verlo erupcionar. Ha pasado incluso años sin lanzar una gota de agua al aire.

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Por fortuna para los ansiosos turistas existe el géiser Strokkur, que aunque más pequeño, erupciona entre cada 5 u 8 minutos, alcanzando una altura promedio de 20 metros.

Las erupciones son provocadas por el contacto del magma subterránea con el agua, que suele quedar estancada en los conductos del géiser tras las lluvias.

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Ya que los conductos suelen ser largos, el agua en la parte baja comienza a alcanzar su punto de ebullición, mientras aquella en la superficie se enfría rápidamente. Puesto que el agua no encuentra salida más que por un pequeño orificio en el suelo, viaja hasta ella por las rocas porosas del subterránea y actúa tal como una olla de presión, liberando con gran energía el vapor y el agua caliente en su interior. Luego de ello, el agua cae de vuelta en el agujero y el ciclo se repite. Un espectáculo natural digno de admirar.

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Luego de un par de hermosas explosiones del Strokkur, volvimos al auto y seguimos el camino hacia el norte, donde la última atracción del círculo dorado nos esperaba.

Junto a un grupo de gigantescos camiones de montañistas los alemanes estacionaron su modesto automóvil. Al bajar, sentimos rápidamente como el viento había comenzado a azotar despiadadamente desde el norte.

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Ya que el centro de visitantes y las escaleras bajaban hacia el sur, debíamos cogernos de las manos para no perder el equilibrio. Nunca creí que vería vientos tan fuertes como de los que fui testigo durante un huracán en mi ciudad natal, por allá del 2010. Aunque aquello no era un huracán, era solo el Ártico.

Las escaleras nos llevaron hasta las orillas del río Hvitá, que al encontrarse con un cañón forma la cascada de Gullfoss, una de las cataratas más famosas de Islandia.

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El río corre en dirección sur y llega desde los glaciares en las montañas centrales, aunque el cañón interrumpe bruscamente su camino y hace que gire hacia el este.

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El estruendo de la catarata hacía imposible escucharnos entre nosotros mismos. Toda comunicación para tomarnos fotos y seguir el camino era a través de la mímica.

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En ese momento, el viento del norte se mezclaba con el viento y la brisa empujados por el río y la gigantesca catarata. Y aunado a las charcos de agua en el suelo, no era nada fácil moverse por aquellos senderos.

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Tomar una foto que no saliese movida por la fuerza del viento que empujaba nuestras manos era otra ardua tarea en la que nos vimos envueltos. Pero capturar aquella belleza lo valía ante todo.

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El círculo dorado es una de las rutas más turísticas de Islandia, y no cabía duda del porqué. Una falla tectónica, géiseres y una catarata glaciar representan las maravillas naturales más características de la isla, razón que me había llevado hasta sus hostiles tierras.

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De vuelta en el coche, los alemanes condujeron hacia el sur. Se dirigían de vuelta a Reikiavik, donde pasarían su última noche. Yo por el contrario, pretendía seguir mi camino hacia el este y tratar de darle la vuelta entera a la isla en los siete días que me quedaban por delante. 

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Al alcanzar la autopista uno los alemanes me bajaron en Selfoss, una de las mayores comunidades en el suroeste de Islandia. El clima era templado y bastante tranquilo a mi parecer. 

Un buen amigo que había hecho en Francia, Loïc, se encontraba también en tierras islandesas, viajando como mochilero y tratando de rodear la isla. Pero un mensaje de texto aquella tarde me hizo saber que se encontraba atrapado.

Había llegado hasta Vík, la ciudad más septentrional de Islandia ubicada 130 kilómetros al sureste de Selfoss. Famosa por ser el lugar donde con más fuerza azotan los vientos, se había detenido en un camping, donde una cocina techada fue su único refugio ante una fuerte tormenta que golpeaba el sur de la isla.

Mi objetivo así, era acercarme lo más al este posible, donde la tormenta no azotara con tanta fuerza y donde pudiera acampar de forma tranquila.

Luego de comer un subway (que por seis euros, era sin duda lo más barato que podía obtener) me acerqué a la oficina de información turística de la ciudad. Me dijeron que, en efecto, una tormenta azotaba el sur de la isla un poco más al este, pero que al menos podría llegar hasta Seljalandfoss, una de las cascadas más bellas, donde una de las californianas que había conocido la noche anterior me había recomendado un buen camping.

Caminé entonces hacia la salida del pueblo y comencé nuevamente a pedir un aventón. Esta vez, me recogió un islandés que no hablaba inglés. Así que tras un viaje en silencio me dejó en Laugaland, 30 kilómetros adelante. 

Otro conductor me dejó en Hella, unos diez kilómetros que me acercaban cada vez más. Sin embargo, me hizo saber que más hacia el este las carreteras habían sido cerradas debido a la tormenta. Pues bien, no pretendía pasar más allá de Seljalandfoss, a donde me dijeron que podría llegar.

Fue un húngaro quien me recogió en la comunidad de Hella. Al presentarse conmigo, me dijo que vivía por el momento en Hafursey, una ciudad más al este de Vík, donde se encontraba Loïc. 

Enterado del estado del tiempo, sabía que llegar a casa aquella tarde podía ser imposible. Pero quería al menos intentarlo.

Al llegar a Seljalandfoss, un par de patrullas cerraban el paso. No era posible seguir más adelante. La tormenta era más fuerte de lo esperado y la visibilidad completamente nula. Adentrarse en la carretera sur era un peligro que nadie debía correr.

Con la suerte del lado de ninguno, el húngaro dio marcha atrás y volvió hacia Hella para buscar dónde pasar la noche. Yo por mi parte había llegado a mi destino.

Seljalandfoss no es una ciudad, ni siquiera una pequeña comunidad. Es una cascada más que marca el límite entre las tierras altas y bajas de la isla.

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Su nombre se lo otorga el río Seljalandsá, que al toparse con la pared vertical cae 60 metros hasta una escollera, ubicada casi junto al océano.

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Allí, frente a aquella hermosa cascada, era donde me habían recomendado acampar. Uno de los campings más bellos de toda Islandia, me habían dicho los californianos.

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Pero al llegar a la recepción, las malas noticias no se hicieron esperar. El camping estaba cerrado debido a la tormenta. Aunque la enorme pared de las cascadas parecían cubrir el lugar del viento, en Islandia simplemente nunca se sabe. Y así, sin un lugar donde dormir, me vi obligado a volver a la carretera y pedir un aventón de vuelta al oeste.

Una pareja de ingleses de edad avanzada me recogieron luego de que los policías los forzaran a regresar. Ambos tenían reservaciones en un hotel de Vík, el ojo del huracán en aquel momento, a donde les era imposible llegar.

Un poco desmotivados los tres debido a las inoportunas inclemencias del clima, volvimos hasta Hella, donde se estacionaron fuera de un hostal para pedir una habitación donde pasar la noche.

Sabía que aquel alojamiento podía ser una opción para una pareja de jubilados, pero no para un mochilero como yo. Aún así, algo temeroso de acampar a la intemperie, pregunté el precio de una habitación compartida. 50 euros era lo que costaba un rincón en un cuarto con mi saco de dormir. ¡50 euros!

Los ingleses me miraron y sonrieron, sabiendo que se trata de un precio exorbitante para mí. Así que di las gracias y volví a la carretera para coger otro ride. Sabía que en Selfoss había un camping municipal, y con el escaso viento que soplaba en la ciudad, sería quizá mi mejor opción hasta que se calmase el clima.

Un español llamado Sebas pasó en su vagoneta, donde pasaba las noches en un camastro de la parte trasera. También venía huyendo de la tormenta de Vík, y con una aplicación islandesa que le servía para encontrar campamentos donde estacionar su auto, me recogió y buscamos juntos un buen camping que pudiese darnos alojo a ambos.

Condujimos más de una hora por las tierras altas y bajas de la costa sur. Cada camping que visitábamos seguía el mismo patrón. Una pequeña cabina con baños y un buzón donde dejar el dinero. Sin cocina, sin sala común, sin techo donde resguardarse. Solo baños.

Ni un solo coche o tienda de campaña aparcaban en ellos. Temerosos de lo que aquello podía significar y con el clima que se avecinaba, decidimos seguir todavía más al oeste, hasta que llegamos nuevamente a Selfoss, donde todo había comenzado.

Nos dirigimos sin pensarlo hacia su camping municipal, cuyas cómodas instalaciones y falta de vientos lo hicieron el lugar más seguro para pasar la noche.

Monté mi casa, que para entonces ya se había secado. Y luego de un rato en la sala común charlando con Sebastián, me introduje en mi tienda para otra fría noche en Islandia. 

Aquel día el clima del Ártico me mostró que con él nadie puede jugar. Pero mi perseverancia era mayor, y no me daría por vencido hasta al menos alcanzar Vík, donde mi amigo Loïc se había quedado varado.

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Islandia

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Qué suerte que pudiste ver y fotografiar un géiser en acción! Siempre he querido ver uno, me atraen mucho los del parque Yellowstone en Estados Unidos. Espero algún día poder ir, o a los de Islandia :) 

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Yo no sabría qué esperar de una tormenta en Islandia. Al menos encontraste un lugar seguro para dormir y tu casa sobrevivió jaja. Muy buenas fotos! Ese géiser es algo para admirar!

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    1. Buena parte del turismo en Gran Bretaña se centra en los grandes museos y palacios de las megalópolis, haciendo de las grandes ciudades sus principales destinos, que incluyen incluso un turismo musical y deportivo (claro, por sus grandiosos equipos de fútbol).

      Pero la segunda cosa que suele atraer a los visitantes a los rincones del Reino Unido son sus célebres y bien reconocidas universidades.

      Cambridge, Oxford, St. Andrews o el Colegio Imperial de Londres han visto egresar a los más aplaudidos científicos, artistas, catedráticos y doctores del mundo. Digamos que ser un graduado de una universidad británica podría ser el sueño de cualquiera.

      Y al igual que en Harvard, Yale o Stanford en los Estados Unidos, los estudiantes británicos suelen sentirse felices y orgullosos de que personas de todo el mundo decidan visitar sus campus, aunque sea solo como un paseo turístico.

      Pues en las calles de York, al norte de Inglaterra, yo quería ser uno de aquellos turistas. Pero algo lejos de Cambridge y Oxford, tomé una opción menos ortodoxa, y un poco menos conocida. Me dirigí entonces hacia la villa de Durham, no muy lejos de Newcastle, casi en la frontera norte con Escocia.

      Con una población sumamente universitaria, era obvio que la mayoría de la comunidad de anfitriones de Couchsurfing fueran estudiantes. Y casi a finales de mayo, la temporada de exámenes había comenzado. Eso me dejaba con pocas posibilidades de alojamiento.

      Pero finalmente encontré una opción. Una pareja de polacos que, a sus más de 30 años, ya no eran más estudiantes, sino trabajadores y padres de familia.

      Con su pequeña bebé de un año, vivían ahora en los suburbios de Durham, a donde llegué con un bus que tomé desde la estación central aquella mañana. 

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      Pero los universitarios no me decepcionarían. Días antes de llegar, una estudiante de letras hispánicas llamada Naomi me había ofrecido mostrarme la ciudad. Después de todo, no todos los días tenía la oportunidad de conocer un hablante hispano nativo para practicar antes de obtener su grado.

      Me despedí entonces de mis anfitriones y me dirigí al centro de la ciudad, que como muchos en los diminutos pueblos británicos, se compone de calles estrictamente peatonales.

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      No me tomó mucho tiempo darme cuenta que Durham es una ciudad verde, muy verde. Su casco antiguo se encuentra sobre una península serpenteada por el río Wear, que alimenta las tierras de vivos y coloridos follajes.

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      Fue en la plaza del mercado, la explanada central de la ciudad, donde me encontré con Naomi, que tenía toda la tarde libre para poder compartir conmigo.

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      Frente a la iglesia de San Nicolás y el ayuntamiento, Naomi gritó mi nombre y corrió a saludarme, acompañada de una amiga suya que iba camino a la biblioteca.

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      ¿Qué te trajo hasta Durham, siendo tú de México? —preguntó con vehemencia su amiga, poco habituada a la presencia de turistas—. Su vida universitaria —respondí sin titubear.

      Con certeza no era el único mexicano en el lugar, ya que Durham aloja estudiantes de decenas de nacionalidades, que buscan entrar a sus puertas con becas para extranjeros.

      Naomi me llevó a recorrer las pequeñas calles empedradas de la ciudad, que ofrecían otra típica postal de una villa medieval británica.

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      Durham nació hace más de mil años, alrededor del 995, cuando un grupo de monjes buscaban un lugar donde enterrar los restos de San Cuthbert.

      Exactamente en la meseta donde caminaba con Naomi fue donde construyeron un pequeño templo de madera, que con el tiempo se convirtió en la catedral de Durham, a la que no tardamos en llegar.

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      La verde explanada frente a la catedral es el sitio favorito de los estudiantes para sentarse a estudiar, escuchar música, dormir o hacer un picnic con los amigos. Y en compañía de una universitaria nativa de Nottingham,  era casi obligatorio sentarse a tomar el té.

      Mientras Naomi sacó de su bolso un par de sandwiches que había preparado, me contó un poco sobre la historia del majestuoso templo.

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      Fueron los normandos quienes empezaron a construir la catedral justo después de su arribo en el siglo XI, y hoy es considerada una de las mejores construcciones normandas de Europa.

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      Aunque el complejo se considera de estilo románico, muchos piensan que fue el precursor de la arquitectura gótica de las iglesias normandas en el norte de Francia, ya que posee elementos como arcos puntiagudos, muy característicos del gótico.

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      Como muchos templos británicos, empezó como una catedral católica pero se convirtió en la sede del obispado de Durham de la iglesia anglicana, tras romperse las relaciones con Roma por decisión del rey Enrique VIII.

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      La catedral es de tanta importancia que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, tras considerarla la más perfecta obra maestra de la arquitectura normanda en toda Inglaterra.

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      No es de sorprender entonces que haya sido elegida por las películas de la saga de Harry Potter para hacerla pasar por el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, después de algunos retoques y añadiduras digitales, por supuesto.

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      Y es que cuando uno pasea por sus pasillos arqueados y su patio central es imposible no sentirse en el cuento de magos más famoso del mundo. 

      No hace falta viajar hasta los Universal Studios en Florida. Un simple paseo por las calles de Durham me hicieron transportarme al mundo de hechicería de J.K. Rowling. Incluso para alguien que, como yo, no es fan de la saga de Potter.

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      La amiga de Naomi debía marcharse de vuelta a casa. Y su casa estaba justo al frente de la catedral, en el castillo de Durham. Sí, aquella chica vivía en un castillo medieval. Y lo hacía en compañía de otros 100 alumnos.

      El Durham castle fue construido por los reyes normandos para mostrar su poder en el norte de Inglaterra, y era habitado por el obispo de Durham que representaba, a su vez, al mismo rey.

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      Pero tras la fundación de la Universidad de Durham, la fortificación fue cedida al University College, y desde entonces sirve como pensión estudiantil. Así, hoy su torre está provista de varios dormitorios, una biblioteca y un aula de informática, el salón principal sirve como comedor, la cripta como sala de reuniones y las capillas como salas de teatro.

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      Los universitarios de Durham poseen así el sueño de muchos. Vivir en un castillo. Y lo hacen así durante los años que les toma obtener su grado. Por desfortuna para mí, el ingreso está solo permitido a sus residentes. Tuve que conformarme con admirarlo desde fuera y con escuchar las historias de Naomi, quien por cierto, no vivía en él.

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      Me invitó entonces a su casa y hacer lo más inglés que puede hacer un turista: tomar el té. Pero antes era necesaria una escala en uno de los puestos de comida rápida más atestados por los estudiantes, para hacer otra de las cosas más inglesas que no podía esquivar: comer fish & chips.

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      Hasta entonces sólo había podido ver las fish & chips en pubs irlandeses alrededor del mundo, pero poco había para poder imaginar. Literalmente, es un plato de papas a la francesa con pescado frito. Poco sabroso, poco apetitoso. Ni siquiera un chorro de su fabuloso vinagre pudo arreglar el tan célebre snack inglés. Era mejor ir por aquel té.

      Para ello debimos bajar por la colina que se alza sobre el río, entre cuyo follaje sobresalen algunas de las otras residencias universitarias, mucho más modernas que el Durham castle.

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      Por dondequiera que pasábamos, el ambiente estudiantil podía respirarse. Con una pinta de cerveza siendo servida, un libro nuevo siendo leído, un grupo de amigos discutiendo los resultados del último partido, y algunos debatiendo acerca del próximo examen a rendir.

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      Los verdes paisajes que orillan al río Wear hacen de Durham el sitio perfecto para la vida estudiantil. Una excelente mezcla entre la vida nocturna y el aire natural que cualquier estudiante necesita para aliviar el estrés.

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      Estudiar en Oxford o Cambridge puede ser el sueño de muchos; pero mudarse a Durham para sus estudios sigue manteniendo la mente de muchos preuniversitarios ocupada.

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      La tercera universidad más antigua de Inglaterra se ha ganado el respeto y cariño, no solo del Reino Unido, sino de un sinfín de estudiantes extranjeros que tocan a sus puertas en busca de una oportunidad en uno de sus 16 colegios.

      Y así como cualquier mago de J.K. Rowling aguarda pacientemente su invitación a Hogwarts, son muchos los ingleses que esperan con ansias su carta de aceptación a Durham. Y yo también lo haría.

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      Aquella tarde, con un té en mano, Naomi y Durham me mostraron lo que se siente ser un universitario en el Reino Unido. Y fue una magnífica manera de tomar aquel pequeño bocado.

      Y con dirección al norte al siguiente día, ahora me tocaría ponerme en otros zapatos, para poder entender un poco más lo que marca la diferencia de Inglaterra con Escocia.

       

    2. El temor de dormir con una interminable tormenta del Ártico no solo me venció a mí, sino al resto del grupo de turistas que decidieron pasar la noche en el comedor común del camping de Vík, la comunidad más septentrional de Islandia.

      La decisión de no alojarse dentro de las casas de campaña fue casi unánime. Los vientos de casi 100 kilómetros por hora acompañados por una helada lluvia y arena empujada desde el norte hacían que las estacas se desprendieran poco a poco de la tierra donde las habíamos enterrado bajo piedras.

      Aún así, un reducido grupo de campistas tuvo la fortaleza de dormir en su tienda, lo que incluía a Enni y Lauri, los finlandeses con los que había viajado el día anterior desde Selfoss, al oeste de la isla.

      Sus insomnes rostros mostraban el mismo desvelo que el ruido del viento y la lluvia me habían hecho pasar. Incluso dentro de la seguridad del comedor, el miedo por una ventana rota y el crujir del piso de madera no me dejó conciliar el sueño.

      Ya que las áreas comunes del camping se encontraban en mantenimiento, el comedor no tenía calefacción. Aquella noche durmiendo en mi saco de dormir sobre el suelo fue una de las más frías en mi viaje.

      Por lo menos teníamos algo de agua caliente, pero con los baños y regaderas a medio construir, bastaba con solo lavarse la cara para acicalar las lagañas de aquella dura noche.

      Mientras hacíamos el desayuno, viré hacia Lauri y tomé el coraje para hacer la difícil pregunta que vagaba en mi cabeza desde que desperté: “¿cómo está mi tienda de campaña?”.

      La tempestad al otro lado de las ventanas se veía todavía terrible. Sin duda, pasar la noche en Vík no había sido la mejor decisión para ninguno.

      No se ve nada bien —contestó sin divagar un segundo, y con un rostro de escasa esperanza—. Deberías ir a echarle un vistazo.

      Con la cabeza abajo, asentí ante la proposición, lo que haría después del desayuno. Si una mala noticia me esperaba afuera tenía que tomarla con el estómago lleno.

      Un plato de avena con frutas y una ronda de salchichas con pan después, empaqué mis cosas y salimos del comedor. Al abrir la cajuela de la camioneta para dejar mi mochila me encontré con una escena más espeluznante de lo que esperaba. Mi casa de campaña no estaba.

      ¡Se fue! —grité mientras miraba a un vacío espacio en el ventoso campo verde—. ¡Ya no está!

      Al acercarme a donde un día antes había instalado mi hotel temporal me percaté de los agujeros que las estacas habían dejado como rastro. Algunas piedras se habían movido de su lugar, y no habían resistido ante el soplar del viento.

      Al voltearme hacia Lauri y Enni no pude hacer nada, más que soltar una carcajada. Una risa que indudablemente denotó mi respeto hacia la naturaleza. No se le puede enfrentar, no se le puede dar la cara. No podía más que aceptar que Islandia y su clima ártico ganaron la batalla. Ahora me tocaba buscar dónde dormir mis siguientes dos noches en la isla.

      Todo dentro del coche olía otra vez a humedad. La lluvia, que todavía caía con fuerza sobre nosotros, hacía imposible que nuestro equipaje se secara. Con la calefacción al cien por ciento, nos vimos esperanzados de un poco de sequedad. 

      Con una bolsa de frituras y galletas en las manos, Lauri nos condujo hacia el este de la isla. Si habíamos sobrevivido a una tormenta en Vík (aunque mi carpa no lo hizo), era justo que aquel día pudiéramos ver con nuestros ojos lo que habíamos llegado buscando en Islandia: un glaciar y su laguna llena de icebergs flotantes.

      Las risas no paraban en el viaje. ¿Cómo era posible que mi carpa hubiera volado? ¿Cómo el viento había desprendido las estacas enterradas bajo piedras en la tierra del camping? ¿Dónde dormiría ahora? Eran preguntas que solo podíamos tomar con el mejor humor.

      Apenas unos kilómetros avanzados desde Vík, Lauri detuvo el coche en un pequeño parking que hallamos junto a la carretera. Habíamos llegado a Eldhraun, y debíamos bajar del auto para apreciar mejor su belleza.

      Eldhraun es una palabra islandesa que significa “desierto de lava”. Y es precisamente sobre lo que estábamos parados.

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      En junio de 1783 el volcán Laki entró en erupción. La lava que escurrió desde sus fisuras cubrió un área de más de 500 kilómetros cuadrados, y se estancó permanentemente en una llanura ubicada al sur del país.

      Durante años, aquella lava petrificada se fue cubriendo de abundantes capas de musgo, que hoy forman uno de los paisajes más bellos y alucinantes de Islandia.

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      Nunca creí poder tener la oportunidad de caminar sobre lava. Por supuesto, no pensaba hacerlo sobre lava ardiente. Pero la sensación del paseo fue simplemente única.

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      Seguimos nuestro camino por la carretera 1, hasta tomar una desviación hacia el norte, donde aparcamos el coche nuevamente, esta vez junto a una casa de huéspedes ubicada casi en medio de la nada.

      Aunque habíamos dejado atrás el pueblo de Vík y su insoportable viento, la lluvia no había cesado desde entonces. 

      Gota a gota, nuestros abrigos seguían empapándose poco a poco. Y eso nos ponía en una muy incómoda situación, pues buscábamos que nuestro equipaje dentro de la camioneta se secara.

      Aun con la lluvia, caminamos casi dos kilómetros por un sendero de piedras que pronto nos llevó hasta el río Fjaðrá, que nace en los glaciares tierra adentro.

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      El río es célebre por ser el causante de otra de las grandes formaciones geológicas de Islandia, el cañón Fjaðrárgljúfur.

      Unas escaleras nos llevaron hasta lo alto de las paredes, en un mirador que fue construido para que los turistas puedan apreciar la magnificencia del lugar.

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      En mayo de 2019 el cañón fue cerrado al turismo por las excesivas visitas, luego de haber aparecido en un videoclip de Justin Bieber. Por suerte, Lauri, Enni y yo llegamos un par de años antes de lo sucedido, y tuvimos la fortuna de contemplar el Fjaðrárgljúfur a nuestros pies.

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      La erosión y el curso de los ríos glaciares tallaron las paredes de hasta 100 metros de altura durante varios milenios, dejando su forma actual en la pasada Era de Hielo, unos dos millones de años atrás.

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      Desde el lado oeste del cañón el río forma una cascada que parece más una obra de arte creada por el pincel de un amaestrado pintor.

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      Las perfectas líneas onduladas de Fjaðrárgljúfur son la viva muestra de la belleza que la Tierra puede llegar a crear en el largo transcurso de su vida.

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      Volvimos a la camioneta para intentar secarnos un poco, y para seguir nuestro camino al este de la isla.

      La carretera 1 seguía sorprendiéndonos con sus paisajes. Y esta vez no solo con los naturales, sino con los construidos por los habitantes de las pequeñas comunidades islandesas.

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      Adaptándose a su entorno, muchos granjeros construyen sus graneros y establos escarpando las rocas de las montañas a su alrededor. El resultado eran pequeñas casas parecidas casi a una villa de hobbits.

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      Aunque en realidad, muchas de ellas son solo granjas equinas, cuyos verdes campos sirven como el alimento perfecto para los caballos.

      Con una altura que lo equipara casi con un pony, y con un largo y lacio pelaje, el caballo islandés es una de las razas equinas más hermosas que existen en el mundo; por tanto, no es una sorpresa que su precio pueda alzarse hasta las nubes.

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      Fueron introducidos durante la Edad Media por los escandinavos, y tras siglos de selección natural adquirieron su aspecto actual.

      El día de hoy, el gobierno islandés tiene estrictamente prohibido la entrada de otras especies de caballos a la isla. Así mismo, los ejemplares que son exportados no pueden volver nunca más a Islandia.

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      Con un enorme número de estos hermosos animales, Islandia es un país estrechamente ligado con la cultura equina, y son comunes las muestras equinas, el deporte hípico e, incluso, el consumo de su carne.

      Varada al lado de una de aquellas granjas nos topamos con una hitchhiker, que alzaba su dedo en búsqueda de un aventón. Lauri decidió detenerse y ofrecerle llevarla con nosotros hacia el este.

      La aventura chica era proveniente de Ucrania. Mientras comenzábamos a conocerla y escuchar sus historias de viaje, nos adentrábamos en el parque nacional Vatnajökull, el más grande toda Europa, pues abarca 12 mil kilómetros cuadrados.

      La ucraniana no dudó en pronto sugerirnos visitar una de las grandes recomendaciones que había escuchado sobre el parque. La cascada de Svartifoss.

      Para ese momento, los tres creíamos haber tenido suficiente de cascadas. Habíamos visto ya al menos cuatro de ellas en toda la isla. Pero Svartifoss prometía ser distinta a las demás.

      Con el tiempo que aún teníamos por delante Lauri decidió que sería buena idea deternos. Después de todo, no perdíamos nada con hacer otra pequeña escala en la ruta 1.

      El sendero que comenzaba luego del estacionamiento dejaba ya entrever la magnitud del parque Vatnajökull, que era mi principal objetivo desde que aterricé en la isla.

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      Las montañas nevadas se asomaban detrás de los frondosos bosques. Pero a pesar de la tentación de seguir de largo, debíamos darle una oportunidad a Svartifoss.

      Las primeras caídas de agua no parecían mucho más impresionante que las cataratas de las que ya habíamos sido testigos.

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      Pero una vez frente a ella conseguí entender lo que convertía a Svartifoss en uno de los saltos de agua más visitados de la isla.

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      Más allá del río que cae, las paredes que rodean la cascada son columnas hexagonales de lava basáltica negra.

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      Estos perfectos pilares suelen formarse por un lento proceso de enfriamiento de la lava, que se cristaliza paulatinamente tomando su peculiar forma.

      Aunque no fue ni la primera ni la última pared de prismas basálticos que pude atestiguar, Svartifoss valió la pena. Y dejó en claro que Islandia lo tiene todo.

      Nuevamente empapados por la lluvia, volvimos a la camioneta, que para entonces se había ya convertido en un tendedero de ropa. Y el olor a humedad era simplemente insoportable.

      Unos kilómetros más adelante las montañas nevadas por fin nos mostraron lo que tanto habíamos anhelado alcanzar en nuestro viaje por la isla. El glaciar Vatnajökull.

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      Lo que pudimos ver desde el coche fue solo una de las pequeñas entradas al río de hielo, que de hecho es el segundo glaciar más extenso de Europa.

      Con más de 8 mil kilómetros cuadrados de superficie, cubre el 8 por ciento del territorio islandés. Y con aproximadamente 3 mil kilómetros cúbicos, es el glaciar más grande del continente en volumen.

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      Claro que es posible visitar el glaciar de cerca. Es más, hay excursiones para tomar caminatas dentro de él, literalmente caminar entre y debajo del hielo.

      Pero por la temporada en que estábamos, las excursiones estaban detenidas por el momento. Un paso en falso en el glaciar puede significar la muerte. Y ni hablar de lo que sucedería si un bloque de hielo decide desprenderse mientras un grupo de turistas se pasea bajo él.

      Pero existen otras formas de apreciar un glaciar. Y es por ello que habíamos manejado hasta allí.

      Paramos entonces en Fjallsárlón, una pequeña laguna frente al glaciar donde los trozos que se desprenden de él forman icebergs flotantes.

      Pararme frente a un glaciar era uno de los mayores sueños de mi vida. Pero a decir verdad, el clima que no nos sonreía mucho aquel día hizo de la experiencia algo un poco decepcionante.

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      Con la neblina que cubría el horizonte y la lluvia que no había dejado de caer sobre nuestras cabezas, el glaciar apenas podía verse a lo lejos.

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      Pero la esperanza es lo que muere a lo último, y todavía nos quedaba otra alternativa para apreciar Vatnajökull como se debía.

      Seguimos entonces hasta Jökulsárlón, la más grande las lagunas donde Vatnajökull toca su fin al encontrarse con el agua del mar.

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      Aunque la niebla nunca se disipó, al igual que las nubes y el agua, Jökulsárlón fue una experiencia inolvidable.

      El penetrante azul de los icebergs que flotaban sobre el estanque era hipnotizante. Y el movimiento de las olas rompiendo sobre sus bases era algo imposible de no apreciar.

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      Las colonias de aves migrantes que venían del Ártico usan los icebergs como modo de reposo. Era algo que, sin duda, nunca podría tener la oportunidad de ver en mi país natal.

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      Si bien los glaciares son cuerpos de hielo en constante movimiento y el desprendimiento de icebergs es un proceso natural, su derretimiento se ha vuelto mucho más acelerado durante los últimos años.

      Es un gran indicador de lo que el calentamiento global está provocando en los polos. Y la veloz licuefacción de estos ríos de hielo provocará en un futuro un incremento en el nivel del mar en todo el planeta.

      Avistar un glaciar con mis propios ojos y ser testigo de lo cómo desaparece día con día es algo que hizo todavía más rica mi experiencia. El sueño que tanto anhelé cumplir pronto puede ser precisamente solo un sueño, y no una realidad.

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      Frente a los témpanos de hielo flotantes una conocida voz llamó mi nombre. Era Loïc, mi amigo francés que había volado hasta Islandia con el mismo objetivo que yo. Ser testigo de su belleza natural y alcanzar el glaciar.

      La tormenta nos había sorprendido a ambos, pero encontrarnos frente a aquel glaciar, a más de 2 mil kilómetros de Francia (donde nos habíamos conocido), nos llenó de orgullo y regocijo. Nuestro sueño se había cumplido.

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      Aquella misma noche Loïc regresaba hacia Reikiavik, donde tomaría su vuelo. Yo por mi parte, regresé con Lauri y Enni hasta Selfoss, tras un largo viaje en carretera.

      Tras una noche más en el camping que se había vuelto casi como mi hogar, me dirigí al siguiente día a Reikiavik, donde pasé mi última tarde visitando sus tiendas, antes de tomar un bus al aeropuerto, donde pasaría mi última noche durmiendo en el helado suelo, aguardando mi vuelo la próxima mañana.

      Nueve días en Islandia me habían dado varias lecciones. No encarar a la naturaleza, no fiarse nunca del clima, prepararse siempre para el frío del Ártico y, claro, comprar una buena tienda de campaña.

      Pero la amabilidad de sus habitantes, la facilidad de conseguir aventones, el respeto por su naturaleza y, sobre todo, sus magníficos paisajes, hicieron de Islandia una de las aventuras más memorables de mi vida.

    3. Templos cristianos en madera negra, cuervos azulados, un enorme puñado de inmigrantes árabes, un sauna sobre las heladas aguas del Báltico, pepperoni de alce, carne de ballena, fiordos milenarios en la costa atlántica, un sinfín de figuras y estatuas de trolls, elfos y enanos. 

      Hasta ahora la península escandinava me había dado lo que, con muchas ansias, había esperado de ella. Sumado a ello, me había llenado de placeres que poco pude aguardar, entre ellos un suculento y soleado clima que había hecho de mis días hasta ahora los mejores en mi viaje por Europa.

      Aunque poco deseaba marcharme de Bergen, de sus increíbles paisajes montañosos y de la calidez de mis anfitriones en la ciudad noruega, lo que tenía por delante me alentaba a partir. Y así, aquella noche me despedí de Angélica y Aleks, y tomé el tram con dirección al sur para llegar al aeropuerto internacional de Flesland.

      Aún siendo las 9 pm, el sol brillaba al otro lado de ventanas del avión como si fuese un amanecer. Y poco después de despegar en el fondo se asomó un paisaje alucinante. La cordillera de los Montes Kjolen aparecía ahora desde otro ángulo, uno que los rayos solares me dieron el goce de apreciar en su máxima desnudez. 

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      Pero las montañas quedarían atrás por un par de días. Era momento de volver a la gran ciudad, y cerca de las 22:15 horas mi vuelo aterrizó en Estocolmo.

      El tráfico en el aeropuerto era mayor del que había esperado. No aguardaba hallar tal cantidad de gente una noche entre semana. Pero la capital sueca es la mayor urbe de Escandinavia, y pronto descubriría su importancia.

      Tomé un shuttle bus hacia la estación central de la ciudad, donde Logan aguardaba por mí. Aquel chico francés que estudiaba su máster en Estocolmo había sido el único couchsurfer en aceptar mi solicitud de estadía por cuatro días. Después de ocho meses en Francia, sabía que los franceses no me decepcionarían.

      Cogimos el metro hasta su casa, en una residencia estudiantil del campus norte de la universidad. Ahora comenzaba a resentir los altos precios escandinavos de los que tanto había escuchado. 4 euros el viaje sencillo, era simplemente el metro más caro que había costeado en mi vida.

      Aunque la vida estudiantil seguía siendo atractiva, había pasado ya varios días hospedado en campus universitarios en Dinamarca. Era momento de salir y explorar la ciudad por mi cuenta, cosa que hice a la siguiente mañana, cuando el hambre despertó mi estómago y mi paladar.

      Extrañamente, Escandinavia resultó ser el único lugar en Europa donde encontré tiendas de la cadena 7-Eleven, y Suecia parecía ser el país donde más se había esparcido la multinacional.

      Si bien prefiero los productos naturales, los combos que 7-Eleven ofrecía en Estocolmo fueron irresistibles, y la manera más barata de llenar mi estómago. Por cuatro euros, la tienda ofrece dos piezas y una bebida. Aquella mañana una manzana, una dona y un café fue lo más barato que pude conseguir para saciar mi hambre.

      Tomé el metro hacia el centro de la ciudad, y descendí justo en la estación central, donde el bullicio y el gentío fue todavía mayor al que me había topado la noche anterior en el aeropuerto.

      La estación central se encuentra en el área comercial de Estocolmo, una zona más moderna y sumamente viva donde todos los días convergen locales y turistas en una guerra de transeúntes, una bastante educada, me atrevería a decir.

      Pero unos pasos más al sur el viejo Estocolmo comienza a aparecer, con exquisitos edificios del siglo XIX que ponen en alto la ciudad como una verdadera capital europea.

      El Palacio de la Ópera es un gran ejemplo de la arquitectura neoclásica que imperó en Estocolmo y que la puso en el mapa como una prominente metrópoli desde hace dos siglos. 

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      Al cruzar uno de los tantos puentes que atraviesan los canales de Estocolmo (y que la convierten en una más de las Venecias del Norte), me adentré de lleno en el centro de la ciudad, formado por tres pequeñas islas que dividen el delta del lago Mälaren del mar Báltico.

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      La más pequeña de ellas es Helgeandsholmen, cuyo único edificio ocupante es el Palacio del Parlamento sueco, el Riksdag.

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      Suecia, como el resto de los países nórdicos, tiene un enorme respeto por su gobierno y sus representantes políticos, Así, el parlamento es uno de los más queridos en el mundo por sus ciudadanos. Suecia encabeza también la lista de los países con menor índice de corrupción.

      El estilo barroco de la casa parlamentaria es otro buen ejemplo de la envergadura con la que la capital sueca salió a flote a pesar de la competencia que representaban las demás monarquías europeas. Después de todo, fue Suecia quien rompió la Unión de Kalmar una vez terminado el medievo, heredando así al mundo los cinco países nórdicos que hoy conocemos, en lugar de uno solo que pudo haber sobrevivido de no haber sido por la separación de los suecos.

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      Fue precisamente durante la Edad Media cuando Estocolmo se fundó, y el mejor homenaje a aquella época lo rinde el Museo de Estocolmo medieval, ubicado prácticamente bajo tierra en ese pequeño trozo de isla donde me encontraba parado frente al parlamento.

      Ya que el acceso era gratuita, no dudé en entrar a conocer la historia que resguardaban aquellos túneles subterráneos.

      La razón de su peculiar ubicación es que el museo está posado sobre las ruinas arqueológicas de la antigua ciudad medieval, que todavía resguarda los restos de la muralla que rodeó la pequeña Estocolmo entre 1250 y 1520.

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      La ciudad no llegaba más allá de las dos pequeñas islas que hoy conforman el centro de Estocolmo, pero representó una gran hazaña para el reino de Suecia una vez extinta la era vikinga, ya que controlaba el comercio entre el mar Báltico y los lagos interiores de la península, gracias a su increíble conexión por vía fluvial.

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      El museo muestra algunas figuras reales encontradas durante las excavaciones, como los rostros de los antiguos reyes tallados en piedra, y algunos de los manuscritos antes de que Gutenberg revolucionara el mundo con la imprenta.

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      Los restos de algunas embarcaciones dejan en claro la herencia que los vikingos dejaron a la sociedad monárquica sueca de la Baja Edad Media. Al igual que Copenhague y Oslo, la situación geográfica de Estocolmo fue clave para las hazañas marítimas.

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      Una de las figuras más conocidas en el museo es una pequeña estatua de San Jorge, quien se muestra cabalgando su caballo y asesinando al dragón a quien, cuenta la leyenda, asesinó para salvar a toda una ciudad.

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      El mito de San Jorge, un santo procedente de la Capadocia que fue canonizado luego de ser decapitado por no renunciar a su fe cristiana durante la época del Imperio Romano, ha traspasado tiempos y fronteras. Y al igual que muchos europeos, los suecos le tenían un enorme respeto, ya que lo veían como protector de los caballeros y los guerreros del medievo.

      Pero las figuras que quizá llamaron más mi atención fueron las escenas de la cotidianeidad que Estocolmo vivía durante aquellos años.

      Skedna Gertrude era la carnicera de la ciudad, y curiosamente, sus ganancias eran iguales a la de los hombres, algo sumamente raro en la época.

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      Y el zapatero en su taller, quien se dice podía realizar un par de zapatos por día, algo muy distinto a la producción en masa de la época contemporánea.

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      Antes de que el día avanzara más, preferí no confiarme del sol que abrasaba la ciudad aquel día, y quise aprovechar la soleada tarde para caminar al aire libre.

      Crucé entonces otro puente hacia la isla contigua de Stadsholmen, la más grande del centro de Estocolmo y donde se emplaza Gamla Stan, el casco antiguo de la ciudad.

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      Gamla Stan es el sitio donde Estocolmo nació, más precisamente durante el siglo XII. Y aunque muchos de los edificios originales fueron demolidos o remodelados, hoy el barrio sigue conformándose por callejuelas de estilo medieval.

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      Al ser el distrito que atrae a más turistas en toda la ciudad, Gamla Stan está repleta de tiendas, cafeterías, restaurantes y algunos hoteles.

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      Aunque posee también muchos de los edificios más célebres de Estocolmo y toda Suecia. El Museo Nobel es uno de ellos. Presenta a los laureados con el galardón Nobel desde 1901, así como la vida de Alfred Nobel, uno de los ciudadanos suecos más reconocidos a nivel mundial. 

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      El museo se ubica justo en la plaza Stortorget, la más antigua de la ciudad y el corazón desde donde se desarrolló el resto de Estocolmo desde su nacimiento. 

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      Pero el edificio más famoso y quizá el más importante en Gamla Stan es el Palacio Real, la residencia oficial y el mayor de los palacios de la realeza sueca.

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      Aunque la residencia donde realmente viven los reyes de Suecia y su familia se encuentra en Drottningholm, el de Estocolmo funge como el palacio oficial, y es donde se llevan a cabo las funciones del rey como jefe de estado, así como alojar a los asistentes personales y administrativos de la familia real.

      Al llegar al sur de Gamla Stan, a la orilla de uno de los canales que la delimitan, la isla contigua de Södermalm apareció. Y es allí donde aparcan los cruceros que traen a los turistas a visitar la mayor ciudad de Escandinavia.

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      Un puente vehicular y peatonal une a ambas islas. Y por recomendación de la oficina de turismo, una breve visita a Södermalm valía la pena.

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      Se trata de un barrio un tanto más bohemio con numerosos cafés, restaurantes y galerías de arte independientes, lo que le da el toque hipster y juvenil al centro de la ciudad.

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      Pero quizá lo mejor de Södermalm son sus colinas a la orilla del canal, desde donde se tienen las mejores vistas de Gamla Stan y de los campanarios de sus iglesias.

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      Por la noche volví hasta el campus universitario, donde me reuní nuevamente con Logan y cenamos una pizza con dos de sus amigos, un sueco y una peruana que había decidido mudarse a Suecia porque le encanta la oscuridad del invierno. Ambos, fervientes amantes del black metal escandinavo.

      Al siguiente día me dirigí hacia la zona este de la ciudad, comenzando por una breve visita al Museo de Historia Sueca, que también ofrecía entrada gratuita al público general.

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      Aunque el museo va dirigido un poco más hacia el público infantil, ya que muestra juegos y muestras interactivas, fue una buena manera de sumergirme en la forma en que Suecia y la población escandinava se desarrolló desde la era vikinga.

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      Las maquetas de los antiguos asentamientos y las figuras a escala de los drakkar son un ejemplo de cómo el pueblo vikingo se desarrolló en estas tierras desde la Alta Edad Media.

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      Y tras la llegada y el triunfo del cristianismo a la península, Suecia pasó a ser un reino más que obedecía al papado de Roma, aunque el paganismo y las tradiciones vikingas perduraron para siempre.

      Unos metros hacia el sur desde el Museo de Historia alcancé la riviera de otro de los tantos canales de Estocolmo. Aquel que divide la parte continental de la ciudad de Djurgården, otra de las islas de la ciudad.

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      Djurgården es una isla que, casi en su totalidad, contiene un parque urbano, lo que la convierte en el barrio más apreciado por los locales para poder relajarse y alejarse del bullicio de la capital.

      Pero para los turistas, Djurgården es mucho mejor conocido por alojar varios de los mejores museos de Estocolmo, y que son de gran interés para muchos.

      El Museo Nórdico, por ejemplo, se encarga de presentar la historia del pueblo sueco ubicada específicamente entre finales de la Edad Media y la Edad Contemporánea.

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      El Museo Skansen es uno de los más apreciados, ya que se trata del primer museo al aire libre del mundo. Contiene representaciones de la vida cotidiana de los suecos durante los últimos siglos. Incluso hay actores disfrazados que simulan el día a día de su época.

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      El Museo Vassa es quizá el orgullo de Estocolmo y de toda Suecia. Es el museo más visitado de toda Escandinavia. Presenta al único navío del siglo XVII que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. El Vassa, fue un buque de guerra que naufragó apenas después de haber zarpado desde Estocolmo. En el siglo XX, el barco pudo recuperarse y hoy se presume casi ileso en la isla de Djurgården.

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      Y aunque no sea el de mayor afluencia, el Museo Abba es también uno de los más queridos. Y es que no hay grupo musical sueco más famoso en el mundo que este peculiar cuarteto pop de los años 70s.

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      Djurgården posee también un parque de diversiones, y es justo desde allí donde zarpan los ferrys al resto de la ciudad. Por 4 euros el boleto sencillo en el transporte público de Estocolmo, lo que menos podía esperar es que los ferrys estuviesen incluidos en el precio.

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      Así, pude al fin presumir que di al menos un paseo en bote por los canales de Estocolmo. No se puede visitar la Venecia del Norte sin navegar por sus aguas.

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      Volví nuevamente a Gamla Stan para un último paseo, antes de volver con Logan para cenar juntos en la residencia.

      Los siguientes días en Estocolmo los pasaría tomando clases de acroyoga y kung fu en las enormes explanadas de sus parques. El sol me sonrió como nunca y esperaba que así permaneciera para los siguientes días, pues me esperaba una larga travesía por uno de los lugares con los climas más hostiles en el planeta.

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