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A dedo por Islandia: parte IV

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AlexMexico

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Mi segunda noche atrapado en el camping de Selfoss me dejaba en claro una cosa: no se puede jugar con el clima de Islandia. 

La diminuta ciudad en el suroeste del país era de los pocos sitios en la isla que no estaba siendo azotado por la feroz tormenta que había entrado desde el Ártico hacía ya dos días, y era mi mejor refugio con un campamento donde pude montar mi carpa sin ningún problema.

Mis intentos por alcanzar la ciudad de Vík, 130 kilómetros al este, habían fracasado vilmente cuando los vientos hicieron tambalear los coches en la carretera. Si un automóvil de acero se meneaba de tal forma ante la fuerza de la naturaleza, no habría manera de dormir en una casa de campaña bajo el mismo cielo.

La noche anterior había conocido a Ashley, una chica canadiense de ascendencia china que celebraba su más reciente puesto de trabajo con un viaje a solas por Islandia. Pero, al igual que yo y el resto de los campistas, no había podido cruzar por la tormenta.

Aquella mañana, mientras tomábamos el desayuno, revisamos nuevamente el estado del tiempo. Nuestras esperanzas no se habían apartado, y ansiábamos una mejora en el clima para poder viajar al este. Ella misma me ofreció un ride en su camper.

Pero las noticias no nos habían sonreído mucho. Aunque las carreteras estaban abiertas, la tormenta no se había disipado. Y tras dos fallidos intentos de acercarme a Vík con aquel clima, supe que no valía la pena probarlo una vez más.

Sentado en la misma mesa, Arthur escuchó nuestra conversación. Había viajado desde Oregon para disfrutar de sus vacaciones en la hostilidad de Islandia. Y la noticia de la tormenta lo decepcionó tanto como a nosotros.

Sin tiempo de sobra para aguardar a que la tempestad se esfumara, nos dijo que volvería hacia Reikiavik para recorrer el oeste de la isla. Era una decisión mucho más segura.

Si bien Ashley y yo consideramos seriamente su propuesta de viajar juntos por la costa occidental, había algo que nos detenía, y nos hacía conservar la esperanza de alcanzar la costa oriental: la laguna glaciar.

No podía irme de Islandia sin haber avistado uno de sus mayores atractivos. Un glaciar, cuya laguna contigua se colmaba de icebergs de un azul fluorescente. Algo imposible de ver en mi país.

Así, Arthur nos hizo una buena recomendación. Ya que nos quedaríamos otro día más en Selfoss, nos sugirió dirigirnos a Hveragerði, una comunidad a solo 1 kilómetros de distancia.

El pueblo no ofrecía demasiado, más que un puñado de casas, un supermercado y un parque geotérmico que movía sus turbinas gracias a la actividad volcánica de la isla.

Pero esa misma actividad geológica era la responsable de calentar el agua de uno de sus ríos a casi 35 grados. Un río de aguas termales en mitad de las montañas de Islandia, algo que no cualquiera puede rechazar.

Cogimos nuestras mochilas y subimos a bordo de la camper de Ashley, un automóvil equipado con cama trasera que había rentado para recorrer la isla. Nos despedimos de Arthur y manejamos hacia Hveragerði, a donde llegamos en solo 15 minutos.

Nos estacionamos en el centro de información. Nuestro destino era el río Reykjadalur, el único con corriente cálida que bordeaba el valle de la ciudad. Pero si queríamos llegar a él, nuestra camioneta no serviría de mucho. En cambio, debíamos cruzar un sendero de tres kilómetros por las montañas al norte de la comunidad.

Alentados por las maravillas que Arthur nos había contado acerca de Reykjadalur, y con un café que nos dio energía, aparcamos la camper al borde de las montañas, y tras cruzar un pequeño arroyo comenzamos nuestra caminata.

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El sendero del valle de Reykjadalur no es uno de los más famosos de Islandia. No suele aparecer en las oficinas turísticas, en foros o en folletos. Pero había algo que lo hacía muy especial.

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Islandia cuenta con múltiples spas naturales. Recintos de aguas termales que han sido adaptados con piscinas, bañeras, centro de visitantes… 

El más famoso de ellos es por supuesto Blue Lagoon, una laguna natural de azules aguas térmicas ubicadas muy cerca de Reykjavik, cuyas fotografías enamoran a cualquiera. No lo hace así el precio de admisión, que fácilmente rebasa los 50 dólares.

Con tantos spas en la isla, muy pocos son accesibles de forma gratuita. El río Reykjadalur carece de construcciones humanas, y por ello es totalmente gratis, lo que lo hizo el spa más atractivo para Ashley y para mí.

Pero pasar una relajada tarde de spa en las cálidas aguas del Ártico tenía otro costo. Un precio físico que debíamos pagar si queríamos alcanzar la riviera del río.

Tres kilómetros no parece mucho. Pero cuando se trata de un sendero que atraviesa una cadena montañosa la cosa es muy distinta.

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Por fortuna para nosotros, el camino estaba bien marcado y delimitado por un hilo de tierra que no perdía su forma en ningún punto. Así que encontrar la dirección no fue tarea difícil. Pero cuando alcanzamos las zonas altas de los cerros el clima islandés volvió a jugar sus malas pasadas.

Un helado y fuerte viento comenzó a golpear nuestras caras, que para entonces, era lo único que llevábamos al descubierto bajo nuestros abrigos.

A veces me era imposible escuchar lo que Ashley decía. Ni siquiera gritando lográbamos captar las palabras del otro, así que nos dimos por vencidos y preferimos no entablar comunicación verbal por un largo rato.

De pronto, el viento vino acompañado de lluvia, la mejor forma de empeorar las cosas. Pero si el camino estaba abierto al turismo por algo debía ser, me dije. En el centro de información nos habían avisado de un clima bastante tranquilo aquella tarde. Ahora sabía lo que para un islandés significa un “clima tranquilo”. Después de todo, estábamos bajo el Ártico.

No mucho tiempo después alcanzamos a divisar un enorme río que caía como una cascada de cristal hacia las partes bajas del valle. Es el Reykjadalur, pensamos en seguida, aunque parecía una corriente mucho más agresiva de lo que habíamos imaginado.

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Pronto nos dimos cuenta de que se trataba de otro arroyo, que cargaba consigo agua fría, y no caliente como la que procurábamos. Aun así, las vistas del valle Reykjadalur desde aquel punto eran magníficas. Otro paisaje alucinante más para añadir a nuestras postales islandesas.

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Tras dos kilómetros de haber emprendido la caminata, aparecieron las primeras señales del Reykjadalur.

Una nube de vapor corrió hacia nosotros y nubló, no solo nuestra vista, sino también nuestro olfato, con un fétido olor a azufre que penetró rápidamente por nuestras fosas nasales.

El vapor blanco emanaba del suelo como si se tratase de un volcán en plena actividad. Y al caminar un poco más pudimos escuchar claramente cómo el agua hervía hasta su punto de ebullición.

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Un letrero nos avisó que estábamos entrando en un campo de aguas termales tóxicas, a las que estaba totalmente prohibido entrar. Los pequeños charcos, similares a géiseres, podrían incitar a muchos a sumergirse en su cristalina y atractiva agua azul. Pero el solo contacto con la piel podría quemarnos de forma mortal.

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Caminar a través de aquel campo termal fue algo maravilloso y espeluznante al mismo tiempo. La belleza del lugar es indescriptible; pero saber que un paso en falso podía costarnos la vida, no era algo muy agradable al pensamiento.

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Un kilómetro más adelante por fin llegamos al Reykjadalur, donde un puñado de gente ya disfrutaba de sus aguas. Nunca en mi vida había visto un río del que emanara vapor. Sin duda, con el frío que se sentía entre las montañas de aquel valle, un río vaporoso era el mejor remedio.

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Una pequeña plataforma y paredes de madera son las únicas construcciones que se han hecho a su costado, donde Ashley y yo teníamos la difícil tarea de quitarnos la ropa a 5 grados centígrados con tenues ráfagas de viento.

No se diga más, no vinimos hasta aquí para no meternos —nos dijimos firmemente, y de casi un solo manoteo nos despojamos de nuestra ropa para quedar semidesnudos a la intemperie del valle.

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El agua estaba a unos 35 grados centígrados, una temperatura que al primer contacto parecía chamuscar la piel. 

Un menudo baile era la forma más fácil de entrar por completo en la corriente. Afuera y adentro, afuera y adentro. Parecía el ritual de un sauna finlandés, con el cambio de temperatura que tanto bien le hace a la circulación.

Pero una vez acostumbrados al Reykjadalur, no podíamos darnos el lujo de salir. Cada parte de nuestro cuerpo logró relajarse como nunca. Quién necesitaba pagar 50 dólares por un la Blue Lagoon, cuando solo necesitábamos andar 3 kilómetros hasta el mejor spa natural.

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Con solo la cabeza fuera del agua, comenzamos a sentir cómo la tenue lluvia se convertía en aguanieve. Nunca creí ver nevar mientras me bañaba al aire libre.

Con cervezas, botanas o vino, la gente disfrutaba del Reykjadalur como un verdadero spa. Y en medio de un valle montañoso, Ashley y yo supimos que debimos haber comprado algo de comida y bebida para pasar el rato como se merecía. Pero finalmente nos conformamos con el desestrés que las aguas termales por fin nos brindaron, luego de tres días enfrentándonos a una tormenta en el sur de la isla que parecía no terminar.

Luego de más de una hora en las tranquilas aguas del Reykjadalur tomamos la difícil decisión de salir. No lo podíamos creer, pero una vez fuera, nuestro cuerpo se sentía tan fresco y cálido al mismo tiempo, que ni el frío ni el viento nos molestaron nuevamente.

Con la piel más tersa que el trasero de un bebé, caminamos de vuelta hacia Hveragerði, donde compramos algo de comida en el supermercado antes de volver al camping de Selfoss, donde pasaríamos una noche más.

Esta vez, confiábamos en que nuestras corazonadas no fallaran, y que la tormenta lograra al fin disiparse para dejarnos, de una vez por todas, cruzar hacia el este de Islandia, donde un glaciar aguardaba por nosotros.

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Con el frío que hace ya me apeteció estar en ese río. Yo tengo muchas ganas de visitar la laguna azul, pero como dices es un poco cara. Qué bueno que pudiste disfrutar al menos de las aguas termales :) 

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      AlexMexico
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      De grandes ciudades y capitales había sabido ya mucho en mi viaje por Europa. Y la caótica ciudad de Londres había sido una más de ellas.

      Con poco conocimiento sobre el Reino Unido y sus mejores atractivos, antes de viajar a la isla decidí pedir algunos consejos a los expertos en la Gran Bretaña. Amigos y conocidos que habían viajado y vivido repetidas veces en el país.

      Manchester, Liverpool o Leeds son algunas de las metrópolis que muchos recomiendan visitar en internet. Pero más allá de grandes complejos portuarios, un estadio de fútbol o el tour de los Beatles, mi intención era adentrarme mucho mejor en la historia de Inglaterra. 

      Y aunque la decisión no fue nada fácil, me incliné por los destinos del norte. Después de todo, mi camino tenía que llevarme hacia Escocia, donde culminaría mi viaje por el Reino Unido.

      Una soleada mañana cogí mi bus con el National Express, una de las líneas más baratas que pude encontrar. Luego de casi 4 horas de haber dejado Londres llegué hasta York, a 330 kilómetros al norte.

      Desde la central de trenes caminé a mi hostal, el Safestay hostel, ubicado en el centro histórico, a intramuros de la muralla que rodea la pequeña ciudad.

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      ¿Cuál es el parecido de York con Nueva York? Ninguno. Pero así quisieron bautizar los colonos ingleses a la ciudad americana que, por cierto, solía llamarse Nueva Ámsterdam.

      Pero no debe pensarse en York como una moderna ciudad de rascacielos. Sino como un pintoresco y mágico pueblo que puede representar todas las etapas históricas de Inglaterra y el Reino Unido.

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      Luego de dejar mi equipaje en el hostal y coger un bocadillo para el camino, comencé mi paseo por la antigua York, una de las mejores recomendaciones que pude tomar por parte de una buena amiga de la universidad (que por cierto, es fan declarada de Gran Bretaña).

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      Uno de los mayores atractivos de este pequeño emplazamiento al norte de Inglaterra es que es una de las pocas ciudades medievales que conservan todavía su muralla.

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      Los muros tienen en promedio 4 metros de alto y 1.8 de ancho, y se encuentran allí desde antes del medievo, cuando los romanos fundaron la ciudad en su entonces provincia imperial Britannia, de donde, por supuesto, proviene el nombre de la isla de Gran Bretaña.

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      Pero las murallas actuales no son precisamente las que los romanos construyeron. A ellos le sucedieron los anglos, un pueblo bárbaro que tomó la ciudad a la fuerza y remodelaron las fortificaciones.

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      La pared cuenta con varias puertas que permitían la entrada y salida de los habitantes, y que eran controladas por guardias. La puerta de Bootham, fue la que me recibió aquella tarde en York, muy cerca de donde se encontraba mi hostal.

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      De hecho, el nombre de la ciudad, aunque surgido con los anglos, fue más bien oficializado por los vikingos, otro de los pueblos que invadió la isla y se estableció para heredar su influencia en la ciudad.

      Así, York es testigo de los distintos pueblos que pasaron por Inglaterra y poblaron la isla antes del surgimiento del Reino de Inglaterra, que daría lugar al Reino Unido que conocemos el día de hoy, formado por la unión de los reinos anglos, y del que nacería el idioma inglés.

      Otra de las construcciones medievales de York es la Abadía de Santa María, aunque al contrario de la muralla y sus puertas, esta no pudo mantenerse en pie.

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      Fundada en 1055, se piensa que sentó las bases de la iglesia normanda, hoy inexistente. Y ya que alguna vez formó parte de los monasterios de la iglesia católica, el rey Enrique VIII la mandó a destruir, en su proceso de separación del Reino de Inglaterra con Roma.

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      Inglaterra fue, de hecho, el primer reino cristiano de Europa que rompió toda relación con la iglesia católica y el papado, primero en su anhelo de divorciarse oficialmente con la Reina Catalina, pero cuya ruptura marcaría la historia del país hasta nuestros días.

      Detrás de la abadía en ruinas se encuentra un monumental templo que conserva todos los lujos y esplendor que tuvo desde que se erigió en el siglo XIV.

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      La catedral de York es el símbolo de la ciudad, edificio más grande y alto, cuyas torres de campanario pueden ser vistas desde muchos de los puntos del centro histórico.

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      También llamada York Minster, es sede del arzobispado de York, el segundo en importancia en la iglesia anglicana. Aunque también nació como un templo católico, Enrique VIII tuvo la decencia de no destruirla y convertirla en parte de la Iglesia de Inglaterra tras su fundación.

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      Se trata de una de las iglesias góticas más grandes de Europa, la segunda en el norte del continente después de la de Colonia (a la que, hasta ahora, nadie le puede ganar).

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      Un descanso bajo sus torres fue la forma perfecta de hacer un entremés en mi día, que me sonreía, por cierto, con un clima espléndido y poco común en las tierras del norte inglés.

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      Aunque muchos edificios datan de la ya lejana Edad Media, muchos otros en York son de hecho de estilo georgiano, construidas en los siglos XVIII y XIX.

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      El nombre proviene de George, ya que entre 1714 y 1830 fueron cuatro los reyes del Reino Unido que llevaron el nombre George sobre la corona británica.

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      La monarquía y su poder se hacen también presentes en la ciudad con museos de renombre, como la galería de arte de York y el Castle Museum, uno de los museos etnográficos más importantes del país.

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      Las hermosas callejuelas del centro me llevaron hasta el sur, donde la Torre Clifford apareció en lo alto de una pequeña colina.

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      Parte de un castillo construido en el siglo XI, la torre medieval es una de las dos que se alzaron al lado del río para proteger a la ciudad y a su puerto fluvial.

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      Sus muros resguardan también un oscuro pasado, ya que fue allí donde surgió un movimiento antisemita que concluyó con la muerte de más de 150 judíos en la ciudad, que quedaron atrapados en la fortaleza mientras esta se incendiaba.

      Desde la colina se tiene una increíble vista de York atravesada por el río Ouse, que parte a la ciudad de norte a sur.

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      Ya que el río desemboca en el Mar del Norte York ha sido también un importante puerto fluvial desde el medievo, y es por ende que sus fortificaciones fueron siempre tan importantes.

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      Volví tranquilamente por sus pintorescas calles hasta llegar al mercado Shambles, donde compré algo para la cena antes de retornar a la comodidad del hostal.

      Las viejas villas inglesas tienen a veces mucho más encanto e historia que las grandes ciudad, y quedaba por delante otra más a la que partiría a la siguiente mañana.

    1. El temor de dormir con una interminable tormenta del Ártico no solo me venció a mí, sino al resto del grupo de turistas que decidieron pasar la noche en el comedor común del camping de Vík, la comunidad más septentrional de Islandia.

      La decisión de no alojarse dentro de las casas de campaña fue casi unánime. Los vientos de casi 100 kilómetros por hora acompañados por una helada lluvia y arena empujada desde el norte hacían que las estacas se desprendieran poco a poco de la tierra donde las habíamos enterrado bajo piedras.

      Aún así, un reducido grupo de campistas tuvo la fortaleza de dormir en su tienda, lo que incluía a Enni y Lauri, los finlandeses con los que había viajado el día anterior desde Selfoss, al oeste de la isla.

      Sus insomnes rostros mostraban el mismo desvelo que el ruido del viento y la lluvia me habían hecho pasar. Incluso dentro de la seguridad del comedor, el miedo por una ventana rota y el crujir del piso de madera no me dejó conciliar el sueño.

      Ya que las áreas comunes del camping se encontraban en mantenimiento, el comedor no tenía calefacción. Aquella noche durmiendo en mi saco de dormir sobre el suelo fue una de las más frías en mi viaje.

      Por lo menos teníamos algo de agua caliente, pero con los baños y regaderas a medio construir, bastaba con solo lavarse la cara para acicalar las lagañas de aquella dura noche.

      Mientras hacíamos el desayuno, viré hacia Lauri y tomé el coraje para hacer la difícil pregunta que vagaba en mi cabeza desde que desperté: “¿cómo está mi tienda de campaña?”.

      La tempestad al otro lado de las ventanas se veía todavía terrible. Sin duda, pasar la noche en Vík no había sido la mejor decisión para ninguno.

      No se ve nada bien —contestó sin divagar un segundo, y con un rostro de escasa esperanza—. Deberías ir a echarle un vistazo.

      Con la cabeza abajo, asentí ante la proposición, lo que haría después del desayuno. Si una mala noticia me esperaba afuera tenía que tomarla con el estómago lleno.

      Un plato de avena con frutas y una ronda de salchichas con pan después, empaqué mis cosas y salimos del comedor. Al abrir la cajuela de la camioneta para dejar mi mochila me encontré con una escena más espeluznante de lo que esperaba. Mi casa de campaña no estaba.

      ¡Se fue! —grité mientras miraba a un vacío espacio en el ventoso campo verde—. ¡Ya no está!

      Al acercarme a donde un día antes había instalado mi hotel temporal me percaté de los agujeros que las estacas habían dejado como rastro. Algunas piedras se habían movido de su lugar, y no habían resistido ante el soplar del viento.

      Al voltearme hacia Lauri y Enni no pude hacer nada, más que soltar una carcajada. Una risa que indudablemente denotó mi respeto hacia la naturaleza. No se le puede enfrentar, no se le puede dar la cara. No podía más que aceptar que Islandia y su clima ártico ganaron la batalla. Ahora me tocaba buscar dónde dormir mis siguientes dos noches en la isla.

      Todo dentro del coche olía otra vez a humedad. La lluvia, que todavía caía con fuerza sobre nosotros, hacía imposible que nuestro equipaje se secara. Con la calefacción al cien por ciento, nos vimos esperanzados de un poco de sequedad. 

      Con una bolsa de frituras y galletas en las manos, Lauri nos condujo hacia el este de la isla. Si habíamos sobrevivido a una tormenta en Vík (aunque mi carpa no lo hizo), era justo que aquel día pudiéramos ver con nuestros ojos lo que habíamos llegado buscando en Islandia: un glaciar y su laguna llena de icebergs flotantes.

      Las risas no paraban en el viaje. ¿Cómo era posible que mi carpa hubiera volado? ¿Cómo el viento había desprendido las estacas enterradas bajo piedras en la tierra del camping? ¿Dónde dormiría ahora? Eran preguntas que solo podíamos tomar con el mejor humor.

      Apenas unos kilómetros avanzados desde Vík, Lauri detuvo el coche en un pequeño parking que hallamos junto a la carretera. Habíamos llegado a Eldhraun, y debíamos bajar del auto para apreciar mejor su belleza.

      Eldhraun es una palabra islandesa que significa “desierto de lava”. Y es precisamente sobre lo que estábamos parados.

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      En junio de 1783 el volcán Laki entró en erupción. La lava que escurrió desde sus fisuras cubrió un área de más de 500 kilómetros cuadrados, y se estancó permanentemente en una llanura ubicada al sur del país.

      Durante años, aquella lava petrificada se fue cubriendo de abundantes capas de musgo, que hoy forman uno de los paisajes más bellos y alucinantes de Islandia.

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      Nunca creí poder tener la oportunidad de caminar sobre lava. Por supuesto, no pensaba hacerlo sobre lava ardiente. Pero la sensación del paseo fue simplemente única.

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      Seguimos nuestro camino por la carretera 1, hasta tomar una desviación hacia el norte, donde aparcamos el coche nuevamente, esta vez junto a una casa de huéspedes ubicada casi en medio de la nada.

      Aunque habíamos dejado atrás el pueblo de Vík y su insoportable viento, la lluvia no había cesado desde entonces. 

      Gota a gota, nuestros abrigos seguían empapándose poco a poco. Y eso nos ponía en una muy incómoda situación, pues buscábamos que nuestro equipaje dentro de la camioneta se secara.

      Aun con la lluvia, caminamos casi dos kilómetros por un sendero de piedras que pronto nos llevó hasta el río Fjaðrá, que nace en los glaciares tierra adentro.

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      El río es célebre por ser el causante de otra de las grandes formaciones geológicas de Islandia, el cañón Fjaðrárgljúfur.

      Unas escaleras nos llevaron hasta lo alto de las paredes, en un mirador que fue construido para que los turistas puedan apreciar la magnificencia del lugar.

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      En mayo de 2019 el cañón fue cerrado al turismo por las excesivas visitas, luego de haber aparecido en un videoclip de Justin Bieber. Por suerte, Lauri, Enni y yo llegamos un par de años antes de lo sucedido, y tuvimos la fortuna de contemplar el Fjaðrárgljúfur a nuestros pies.

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      La erosión y el curso de los ríos glaciares tallaron las paredes de hasta 100 metros de altura durante varios milenios, dejando su forma actual en la pasada Era de Hielo, unos dos millones de años atrás.

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      Desde el lado oeste del cañón el río forma una cascada que parece más una obra de arte creada por el pincel de un amaestrado pintor.

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      Las perfectas líneas onduladas de Fjaðrárgljúfur son la viva muestra de la belleza que la Tierra puede llegar a crear en el largo transcurso de su vida.

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      Volvimos a la camioneta para intentar secarnos un poco, y para seguir nuestro camino al este de la isla.

      La carretera 1 seguía sorprendiéndonos con sus paisajes. Y esta vez no solo con los naturales, sino con los construidos por los habitantes de las pequeñas comunidades islandesas.

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      Adaptándose a su entorno, muchos granjeros construyen sus graneros y establos escarpando las rocas de las montañas a su alrededor. El resultado eran pequeñas casas parecidas casi a una villa de hobbits.

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      Aunque en realidad, muchas de ellas son solo granjas equinas, cuyos verdes campos sirven como el alimento perfecto para los caballos.

      Con una altura que lo equipara casi con un pony, y con un largo y lacio pelaje, el caballo islandés es una de las razas equinas más hermosas que existen en el mundo; por tanto, no es una sorpresa que su precio pueda alzarse hasta las nubes.

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      Fueron introducidos durante la Edad Media por los escandinavos, y tras siglos de selección natural adquirieron su aspecto actual.

      El día de hoy, el gobierno islandés tiene estrictamente prohibido la entrada de otras especies de caballos a la isla. Así mismo, los ejemplares que son exportados no pueden volver nunca más a Islandia.

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      Con un enorme número de estos hermosos animales, Islandia es un país estrechamente ligado con la cultura equina, y son comunes las muestras equinas, el deporte hípico e, incluso, el consumo de su carne.

      Varada al lado de una de aquellas granjas nos topamos con una hitchhiker, que alzaba su dedo en búsqueda de un aventón. Lauri decidió detenerse y ofrecerle llevarla con nosotros hacia el este.

      La aventura chica era proveniente de Ucrania. Mientras comenzábamos a conocerla y escuchar sus historias de viaje, nos adentrábamos en el parque nacional Vatnajökull, el más grande toda Europa, pues abarca 12 mil kilómetros cuadrados.

      La ucraniana no dudó en pronto sugerirnos visitar una de las grandes recomendaciones que había escuchado sobre el parque. La cascada de Svartifoss.

      Para ese momento, los tres creíamos haber tenido suficiente de cascadas. Habíamos visto ya al menos cuatro de ellas en toda la isla. Pero Svartifoss prometía ser distinta a las demás.

      Con el tiempo que aún teníamos por delante Lauri decidió que sería buena idea deternos. Después de todo, no perdíamos nada con hacer otra pequeña escala en la ruta 1.

      El sendero que comenzaba luego del estacionamiento dejaba ya entrever la magnitud del parque Vatnajökull, que era mi principal objetivo desde que aterricé en la isla.

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      Las montañas nevadas se asomaban detrás de los frondosos bosques. Pero a pesar de la tentación de seguir de largo, debíamos darle una oportunidad a Svartifoss.

      Las primeras caídas de agua no parecían mucho más impresionante que las cataratas de las que ya habíamos sido testigos.

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      Pero una vez frente a ella conseguí entender lo que convertía a Svartifoss en uno de los saltos de agua más visitados de la isla.

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      Más allá del río que cae, las paredes que rodean la cascada son columnas hexagonales de lava basáltica negra.

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      Estos perfectos pilares suelen formarse por un lento proceso de enfriamiento de la lava, que se cristaliza paulatinamente tomando su peculiar forma.

      Aunque no fue ni la primera ni la última pared de prismas basálticos que pude atestiguar, Svartifoss valió la pena. Y dejó en claro que Islandia lo tiene todo.

      Nuevamente empapados por la lluvia, volvimos a la camioneta, que para entonces se había ya convertido en un tendedero de ropa. Y el olor a humedad era simplemente insoportable.

      Unos kilómetros más adelante las montañas nevadas por fin nos mostraron lo que tanto habíamos anhelado alcanzar en nuestro viaje por la isla. El glaciar Vatnajökull.

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      Lo que pudimos ver desde el coche fue solo una de las pequeñas entradas al río de hielo, que de hecho es el segundo glaciar más extenso de Europa.

      Con más de 8 mil kilómetros cuadrados de superficie, cubre el 8 por ciento del territorio islandés. Y con aproximadamente 3 mil kilómetros cúbicos, es el glaciar más grande del continente en volumen.

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      Claro que es posible visitar el glaciar de cerca. Es más, hay excursiones para tomar caminatas dentro de él, literalmente caminar entre y debajo del hielo.

      Pero por la temporada en que estábamos, las excursiones estaban detenidas por el momento. Un paso en falso en el glaciar puede significar la muerte. Y ni hablar de lo que sucedería si un bloque de hielo decide desprenderse mientras un grupo de turistas se pasea bajo él.

      Pero existen otras formas de apreciar un glaciar. Y es por ello que habíamos manejado hasta allí.

      Paramos entonces en Fjallsárlón, una pequeña laguna frente al glaciar donde los trozos que se desprenden de él forman icebergs flotantes.

      Pararme frente a un glaciar era uno de los mayores sueños de mi vida. Pero a decir verdad, el clima que no nos sonreía mucho aquel día hizo de la experiencia algo un poco decepcionante.

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      Con la neblina que cubría el horizonte y la lluvia que no había dejado de caer sobre nuestras cabezas, el glaciar apenas podía verse a lo lejos.

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      Pero la esperanza es lo que muere a lo último, y todavía nos quedaba otra alternativa para apreciar Vatnajökull como se debía.

      Seguimos entonces hasta Jökulsárlón, la más grande las lagunas donde Vatnajökull toca su fin al encontrarse con el agua del mar.

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      Aunque la niebla nunca se disipó, al igual que las nubes y el agua, Jökulsárlón fue una experiencia inolvidable.

      El penetrante azul de los icebergs que flotaban sobre el estanque era hipnotizante. Y el movimiento de las olas rompiendo sobre sus bases era algo imposible de no apreciar.

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      Las colonias de aves migrantes que venían del Ártico usan los icebergs como modo de reposo. Era algo que, sin duda, nunca podría tener la oportunidad de ver en mi país natal.

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      Si bien los glaciares son cuerpos de hielo en constante movimiento y el desprendimiento de icebergs es un proceso natural, su derretimiento se ha vuelto mucho más acelerado durante los últimos años.

      Es un gran indicador de lo que el calentamiento global está provocando en los polos. Y la veloz licuefacción de estos ríos de hielo provocará en un futuro un incremento en el nivel del mar en todo el planeta.

      Avistar un glaciar con mis propios ojos y ser testigo de lo cómo desaparece día con día es algo que hizo todavía más rica mi experiencia. El sueño que tanto anhelé cumplir pronto puede ser precisamente solo un sueño, y no una realidad.

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      Frente a los témpanos de hielo flotantes una conocida voz llamó mi nombre. Era Loïc, mi amigo francés que había volado hasta Islandia con el mismo objetivo que yo. Ser testigo de su belleza natural y alcanzar el glaciar.

      La tormenta nos había sorprendido a ambos, pero encontrarnos frente a aquel glaciar, a más de 2 mil kilómetros de Francia (donde nos habíamos conocido), nos llenó de orgullo y regocijo. Nuestro sueño se había cumplido.

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      Aquella misma noche Loïc regresaba hacia Reikiavik, donde tomaría su vuelo. Yo por mi parte, regresé con Lauri y Enni hasta Selfoss, tras un largo viaje en carretera.

      Tras una noche más en el camping que se había vuelto casi como mi hogar, me dirigí al siguiente día a Reikiavik, donde pasé mi última tarde visitando sus tiendas, antes de tomar un bus al aeropuerto, donde pasaría mi última noche durmiendo en el helado suelo, aguardando mi vuelo la próxima mañana.

      Nueve días en Islandia me habían dado varias lecciones. No encarar a la naturaleza, no fiarse nunca del clima, prepararse siempre para el frío del Ártico y, claro, comprar una buena tienda de campaña.

      Pero la amabilidad de sus habitantes, la facilidad de conseguir aventones, el respeto por su naturaleza y, sobre todo, sus magníficos paisajes, hicieron de Islandia una de las aventuras más memorables de mi vida.

    2. Templos cristianos en madera negra, cuervos azulados, un enorme puñado de inmigrantes árabes, un sauna sobre las heladas aguas del Báltico, pepperoni de alce, carne de ballena, fiordos milenarios en la costa atlántica, un sinfín de figuras y estatuas de trolls, elfos y enanos. 

      Hasta ahora la península escandinava me había dado lo que, con muchas ansias, había esperado de ella. Sumado a ello, me había llenado de placeres que poco pude aguardar, entre ellos un suculento y soleado clima que había hecho de mis días hasta ahora los mejores en mi viaje por Europa.

      Aunque poco deseaba marcharme de Bergen, de sus increíbles paisajes montañosos y de la calidez de mis anfitriones en la ciudad noruega, lo que tenía por delante me alentaba a partir. Y así, aquella noche me despedí de Angélica y Aleks, y tomé el tram con dirección al sur para llegar al aeropuerto internacional de Flesland.

      Aún siendo las 9 pm, el sol brillaba al otro lado de ventanas del avión como si fuese un amanecer. Y poco después de despegar en el fondo se asomó un paisaje alucinante. La cordillera de los Montes Kjolen aparecía ahora desde otro ángulo, uno que los rayos solares me dieron el goce de apreciar en su máxima desnudez. 

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      Pero las montañas quedarían atrás por un par de días. Era momento de volver a la gran ciudad, y cerca de las 22:15 horas mi vuelo aterrizó en Estocolmo.

      El tráfico en el aeropuerto era mayor del que había esperado. No aguardaba hallar tal cantidad de gente una noche entre semana. Pero la capital sueca es la mayor urbe de Escandinavia, y pronto descubriría su importancia.

      Tomé un shuttle bus hacia la estación central de la ciudad, donde Logan aguardaba por mí. Aquel chico francés que estudiaba su máster en Estocolmo había sido el único couchsurfer en aceptar mi solicitud de estadía por cuatro días. Después de ocho meses en Francia, sabía que los franceses no me decepcionarían.

      Cogimos el metro hasta su casa, en una residencia estudiantil del campus norte de la universidad. Ahora comenzaba a resentir los altos precios escandinavos de los que tanto había escuchado. 4 euros el viaje sencillo, era simplemente el metro más caro que había costeado en mi vida.

      Aunque la vida estudiantil seguía siendo atractiva, había pasado ya varios días hospedado en campus universitarios en Dinamarca. Era momento de salir y explorar la ciudad por mi cuenta, cosa que hice a la siguiente mañana, cuando el hambre despertó mi estómago y mi paladar.

      Extrañamente, Escandinavia resultó ser el único lugar en Europa donde encontré tiendas de la cadena 7-Eleven, y Suecia parecía ser el país donde más se había esparcido la multinacional.

      Si bien prefiero los productos naturales, los combos que 7-Eleven ofrecía en Estocolmo fueron irresistibles, y la manera más barata de llenar mi estómago. Por cuatro euros, la tienda ofrece dos piezas y una bebida. Aquella mañana una manzana, una dona y un café fue lo más barato que pude conseguir para saciar mi hambre.

      Tomé el metro hacia el centro de la ciudad, y descendí justo en la estación central, donde el bullicio y el gentío fue todavía mayor al que me había topado la noche anterior en el aeropuerto.

      La estación central se encuentra en el área comercial de Estocolmo, una zona más moderna y sumamente viva donde todos los días convergen locales y turistas en una guerra de transeúntes, una bastante educada, me atrevería a decir.

      Pero unos pasos más al sur el viejo Estocolmo comienza a aparecer, con exquisitos edificios del siglo XIX que ponen en alto la ciudad como una verdadera capital europea.

      El Palacio de la Ópera es un gran ejemplo de la arquitectura neoclásica que imperó en Estocolmo y que la puso en el mapa como una prominente metrópoli desde hace dos siglos. 

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      Al cruzar uno de los tantos puentes que atraviesan los canales de Estocolmo (y que la convierten en una más de las Venecias del Norte), me adentré de lleno en el centro de la ciudad, formado por tres pequeñas islas que dividen el delta del lago Mälaren del mar Báltico.

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      La más pequeña de ellas es Helgeandsholmen, cuyo único edificio ocupante es el Palacio del Parlamento sueco, el Riksdag.

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      Suecia, como el resto de los países nórdicos, tiene un enorme respeto por su gobierno y sus representantes políticos, Así, el parlamento es uno de los más queridos en el mundo por sus ciudadanos. Suecia encabeza también la lista de los países con menor índice de corrupción.

      El estilo barroco de la casa parlamentaria es otro buen ejemplo de la envergadura con la que la capital sueca salió a flote a pesar de la competencia que representaban las demás monarquías europeas. Después de todo, fue Suecia quien rompió la Unión de Kalmar una vez terminado el medievo, heredando así al mundo los cinco países nórdicos que hoy conocemos, en lugar de uno solo que pudo haber sobrevivido de no haber sido por la separación de los suecos.

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      Fue precisamente durante la Edad Media cuando Estocolmo se fundó, y el mejor homenaje a aquella época lo rinde el Museo de Estocolmo medieval, ubicado prácticamente bajo tierra en ese pequeño trozo de isla donde me encontraba parado frente al parlamento.

      Ya que el acceso era gratuita, no dudé en entrar a conocer la historia que resguardaban aquellos túneles subterráneos.

      La razón de su peculiar ubicación es que el museo está posado sobre las ruinas arqueológicas de la antigua ciudad medieval, que todavía resguarda los restos de la muralla que rodeó la pequeña Estocolmo entre 1250 y 1520.

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      La ciudad no llegaba más allá de las dos pequeñas islas que hoy conforman el centro de Estocolmo, pero representó una gran hazaña para el reino de Suecia una vez extinta la era vikinga, ya que controlaba el comercio entre el mar Báltico y los lagos interiores de la península, gracias a su increíble conexión por vía fluvial.

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      El museo muestra algunas figuras reales encontradas durante las excavaciones, como los rostros de los antiguos reyes tallados en piedra, y algunos de los manuscritos antes de que Gutenberg revolucionara el mundo con la imprenta.

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      Los restos de algunas embarcaciones dejan en claro la herencia que los vikingos dejaron a la sociedad monárquica sueca de la Baja Edad Media. Al igual que Copenhague y Oslo, la situación geográfica de Estocolmo fue clave para las hazañas marítimas.

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      Una de las figuras más conocidas en el museo es una pequeña estatua de San Jorge, quien se muestra cabalgando su caballo y asesinando al dragón a quien, cuenta la leyenda, asesinó para salvar a toda una ciudad.

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      El mito de San Jorge, un santo procedente de la Capadocia que fue canonizado luego de ser decapitado por no renunciar a su fe cristiana durante la época del Imperio Romano, ha traspasado tiempos y fronteras. Y al igual que muchos europeos, los suecos le tenían un enorme respeto, ya que lo veían como protector de los caballeros y los guerreros del medievo.

      Pero las figuras que quizá llamaron más mi atención fueron las escenas de la cotidianeidad que Estocolmo vivía durante aquellos años.

      Skedna Gertrude era la carnicera de la ciudad, y curiosamente, sus ganancias eran iguales a la de los hombres, algo sumamente raro en la época.

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      Y el zapatero en su taller, quien se dice podía realizar un par de zapatos por día, algo muy distinto a la producción en masa de la época contemporánea.

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      Antes de que el día avanzara más, preferí no confiarme del sol que abrasaba la ciudad aquel día, y quise aprovechar la soleada tarde para caminar al aire libre.

      Crucé entonces otro puente hacia la isla contigua de Stadsholmen, la más grande del centro de Estocolmo y donde se emplaza Gamla Stan, el casco antiguo de la ciudad.

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      Gamla Stan es el sitio donde Estocolmo nació, más precisamente durante el siglo XII. Y aunque muchos de los edificios originales fueron demolidos o remodelados, hoy el barrio sigue conformándose por callejuelas de estilo medieval.

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      Al ser el distrito que atrae a más turistas en toda la ciudad, Gamla Stan está repleta de tiendas, cafeterías, restaurantes y algunos hoteles.

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      Aunque posee también muchos de los edificios más célebres de Estocolmo y toda Suecia. El Museo Nobel es uno de ellos. Presenta a los laureados con el galardón Nobel desde 1901, así como la vida de Alfred Nobel, uno de los ciudadanos suecos más reconocidos a nivel mundial. 

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      El museo se ubica justo en la plaza Stortorget, la más antigua de la ciudad y el corazón desde donde se desarrolló el resto de Estocolmo desde su nacimiento. 

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      Pero el edificio más famoso y quizá el más importante en Gamla Stan es el Palacio Real, la residencia oficial y el mayor de los palacios de la realeza sueca.

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      Aunque la residencia donde realmente viven los reyes de Suecia y su familia se encuentra en Drottningholm, el de Estocolmo funge como el palacio oficial, y es donde se llevan a cabo las funciones del rey como jefe de estado, así como alojar a los asistentes personales y administrativos de la familia real.

      Al llegar al sur de Gamla Stan, a la orilla de uno de los canales que la delimitan, la isla contigua de Södermalm apareció. Y es allí donde aparcan los cruceros que traen a los turistas a visitar la mayor ciudad de Escandinavia.

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      Un puente vehicular y peatonal une a ambas islas. Y por recomendación de la oficina de turismo, una breve visita a Södermalm valía la pena.

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      Se trata de un barrio un tanto más bohemio con numerosos cafés, restaurantes y galerías de arte independientes, lo que le da el toque hipster y juvenil al centro de la ciudad.

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      Pero quizá lo mejor de Södermalm son sus colinas a la orilla del canal, desde donde se tienen las mejores vistas de Gamla Stan y de los campanarios de sus iglesias.

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      Por la noche volví hasta el campus universitario, donde me reuní nuevamente con Logan y cenamos una pizza con dos de sus amigos, un sueco y una peruana que había decidido mudarse a Suecia porque le encanta la oscuridad del invierno. Ambos, fervientes amantes del black metal escandinavo.

      Al siguiente día me dirigí hacia la zona este de la ciudad, comenzando por una breve visita al Museo de Historia Sueca, que también ofrecía entrada gratuita al público general.

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      Aunque el museo va dirigido un poco más hacia el público infantil, ya que muestra juegos y muestras interactivas, fue una buena manera de sumergirme en la forma en que Suecia y la población escandinava se desarrolló desde la era vikinga.

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      Las maquetas de los antiguos asentamientos y las figuras a escala de los drakkar son un ejemplo de cómo el pueblo vikingo se desarrolló en estas tierras desde la Alta Edad Media.

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      Y tras la llegada y el triunfo del cristianismo a la península, Suecia pasó a ser un reino más que obedecía al papado de Roma, aunque el paganismo y las tradiciones vikingas perduraron para siempre.

      Unos metros hacia el sur desde el Museo de Historia alcancé la riviera de otro de los tantos canales de Estocolmo. Aquel que divide la parte continental de la ciudad de Djurgården, otra de las islas de la ciudad.

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      Djurgården es una isla que, casi en su totalidad, contiene un parque urbano, lo que la convierte en el barrio más apreciado por los locales para poder relajarse y alejarse del bullicio de la capital.

      Pero para los turistas, Djurgården es mucho mejor conocido por alojar varios de los mejores museos de Estocolmo, y que son de gran interés para muchos.

      El Museo Nórdico, por ejemplo, se encarga de presentar la historia del pueblo sueco ubicada específicamente entre finales de la Edad Media y la Edad Contemporánea.

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      El Museo Skansen es uno de los más apreciados, ya que se trata del primer museo al aire libre del mundo. Contiene representaciones de la vida cotidiana de los suecos durante los últimos siglos. Incluso hay actores disfrazados que simulan el día a día de su época.

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      El Museo Vassa es quizá el orgullo de Estocolmo y de toda Suecia. Es el museo más visitado de toda Escandinavia. Presenta al único navío del siglo XVII que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. El Vassa, fue un buque de guerra que naufragó apenas después de haber zarpado desde Estocolmo. En el siglo XX, el barco pudo recuperarse y hoy se presume casi ileso en la isla de Djurgården.

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      Y aunque no sea el de mayor afluencia, el Museo Abba es también uno de los más queridos. Y es que no hay grupo musical sueco más famoso en el mundo que este peculiar cuarteto pop de los años 70s.

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      Djurgården posee también un parque de diversiones, y es justo desde allí donde zarpan los ferrys al resto de la ciudad. Por 4 euros el boleto sencillo en el transporte público de Estocolmo, lo que menos podía esperar es que los ferrys estuviesen incluidos en el precio.

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      Así, pude al fin presumir que di al menos un paseo en bote por los canales de Estocolmo. No se puede visitar la Venecia del Norte sin navegar por sus aguas.

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      Volví nuevamente a Gamla Stan para un último paseo, antes de volver con Logan para cenar juntos en la residencia.

      Los siguientes días en Estocolmo los pasaría tomando clases de acroyoga y kung fu en las enormes explanadas de sus parques. El sol me sonrió como nunca y esperaba que así permaneciera para los siguientes días, pues me esperaba una larga travesía por uno de los lugares con los climas más hostiles en el planeta.

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