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Ocho crónicas de Londres

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AlexMexico

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Los días de un viajero son a veces una moneda al aire. Mientras una mañana se amanece en un cómodo sofá con calefacción y sábanas limpias, en otra es la fastidiosa patada de un policía la que te levanta de tu sueño, dentro de un saco de dormir en el frío suelo de un aeropuerto.

Y así es como mis ojos tuvieron que despegarse aquella fría mañana en las salas de espera del Keflavík, el último amanecer que vería en Islandia.

Luego de nueve días huyendo de una tormenta y durmiendo en una casa de campaña que, cabe mencionar, se esfumó junto con el viento proveniente del Ártico, me era justamente necesario pasar la noche en una cama. 

Los extraños horarios del aeropuerto no me permitieron dormir ni siquiera cuatro horas. A las 3 de la mañana, el guardia despertó a todos con una ligera patada. Vaya forma de despedirme del país.

Pero era momento de partir, ahora hacia una nueva isla. Una que llevaba años queriendo recorrer.

A 1800 kilómetros al sureste mi vuelo llegó hasta el aeropuerto de Gatwick en Londres, luego de tres horas de haber partido desde Reikiavik. Así, me dispondría a pasar mis últimas semanas en Europa recorriendo de sur a norte la isla de Gran Bretaña.

Pero llegar a Londres aquella tarde después de haber aterrizado me tomó más de una hora. El tráfico y la lluvia no ayudaban en mucho. Ahora sí que notaba el cambio de un pacífico y despoblado país como Islandia a la locura de una enorme capital. La ciudad más grande de Europa, que me acogería por los próximos cuatro días.

Hacía años que anhelaba visitar el Reino Unido y su ciudad capital. Pero el miedo por la fama de sus altos costos me había detenido. Pues bien, con suficientes ahorros en mi cuenta, era ahora o nunca.

Un vuelo de bajo costo y un hostal de 20 euros la noche habían hecho posible y accesible mi viaje. Pero al llegar a la estación Victoria, la central de metro más caótica, descubrí que el mito de sus precios era verdad.

¿4.95 libras por un viaje sencillo en metro? Vaya, hasta para los propios londinenses es un precio excesivo. Pero no tenía otra opción para llegar al Hyde Park, el Central Park de Londres, cerca de donde se ubicaba mi hostal.

Con tanto que ver en una capital de tal magnitud, y con tan pocos días a mi disposición, sería imprescindible dejar de lado algunas atracciones. Y he aquí a las que dediqué mi tiempo y atención.

Hyde Park.

Al igual que Nueva York, el corazón de Londres se encuentra a la sombra de uno de sus mayores y verdes pulmones.

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Con 225 acres de superficie total, el Hyde Park es más grande que el Principado de Mónaco, el segundo país más pequeño del mundo. Así, recorrerlo puede tomar más tiempo que caminar de punta a punta por la ciudad de la Costa Azul francesa.

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A tan solo dos cuadras de mi hostal (que, por cierto, se llamaba Smart Hyde Park Inn), fue mi primera visita y mi primera impresión de la ciudad. Por supuesto, fue la mejor que pude tener en un día tan hermosos y soleado como aquel.

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Disfrutar de un cielo tan azul en Londres es casi un privilegio. La megalópolis es bien conocida por ser el vertedero de Europa, una de las zonas más lluviosas del continente. Así que digamos que corrí con bastante suerte.

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Como muchos parques de Londres, alguna vez fue propiedad de la Corona. Específicamente fue Enrique VIII quien adquirió la mansión que allí se encontraba, y usó el bosque como un sitio privado de caza.

Fue hasta el reinado de Carlos I cuando el parque fue abierto al público. Es desde entonces que una larga lista de paisajistas y arquitectos han modificado el parque para convertirlo en el gran atractivo que es hoy.

De hecho, se trata oficialmente de dos parques, divididos por un lago que lleva el nombre de Serpentine. Mientras el Hyde Park se encuentra del lado oriente, del lado occidental se extienden los jardines del Kensington.

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El Palacio de Kensington es una de las tantas residencias reales del Reino Unido, propiedad de la Corona británica.

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Aunque la familia real no reside en él, sí lo hacen algunos miembros de la realeza, como los duques de Kent y de Gloucester. La residente más famosa fue, en sus días, la Princesa Diana de Gales.

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Hyde Park es también el lugar de encuentro de muchos oradores. Y para ello existe la Speaker’s corner. Se trata de una zona del bosque donde se permite la oratoria al público, sin temas realmente prohibidos ni prescritos. 

Así, cualquier ciudadano puede ejercer su derecho de libre expresión, incluso si su discurso es contrastante con la ley británica o la monarquía.

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Pero es casi imposible separar hoy a Inglaterra y Gran Bretaña de la monarquía. Y el Hyde Park es fiel testigo de ello, con estatuas y monumentos dedicados a la realeza. Y claro está, las famosas cabinas telefónicas de color rojo que se hallan hoy como un recuerdo de las telecomunicaciones antes de la era digital.

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Al salir del parque, cruzar la calle fue otra de las venturas que tuve que vivir en Londres donde, como muchos saben, se conduce por el lado derecho del automóvil.

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Voltear a ambos lados de la calle es imprescindible en cualquier ciudad transitada del planeta. Pero cambiar de un día para otro los sentidos de orientación no es una tarea fácil.

El Palacio de Buckingham.

Aunque el Kensington es una obra maestra de los palacios reales del Reino Unido, ninguno se compara con la verdadera residencia de la monarquía británica.

Una vez finalizado el Hyde Park da comienzo una vereda orillada por los jardines del palacio y el Green Park, y que contiene varios monumentos significativos para el reino, como el memorial de la guerra de Nueva Zelanda y la guerra de Australia, así como el arco de Wellington, que conmemora el triunfo sobre las guerras napoleónicas.

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La calzada, llamada Constitution Hill, da la bienvenida a los paseantes con los memoriales de la Mancomunidad de Naciones (o Commonwealth, en inglés), una agrupación de 53 países que comparten lazos históricos con el Reino Unido, ya que la mayoría fueron parte del Imperio Británico.

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Es difícil para muchos dimensionar el peso que este país todavía posee sobre el mundo entero. Tanto así que una multitud de naciones todavía reconocen a la Reina Isabel II como jefa de Estado. Es el caso de muchos miembros de la Commonwealth.

Seguí por la Constitution Hill hasta alcanzar el Palacio de Buckingham, la joya de la monarquía británica.

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El recibimiento lo ofrece el monumento a la reina Victoria, una de las más queridas y reconocidas monarcas que ha tenido la nación. Su legado se marcó por el auge de la revolución industrial y la máxima extensión del imperio. Y si no fuera por la actual reina Isabel II, Victoria seguiría siendo la persona cuyo reinado ha durado más años en la historia.

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Quizá Isabel II no llegue a tener la misma popularidad de Victoria, pero no puede negarse que ha sabido ganarse el respeto de muchos alrededor del mundo.

Con la suma vejez de la monarca, era de esperarse que ella y la familia real estuviesen en aquel momento dentro del palacio. Y me bastó con pararme frente a las rejas de su entrada principal para saberlo.

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Un desfile de aristócratas se paseaba por una alfombra roja colocada alrededor de las paredes, vistiendo sus mejores atuendos para un almuerzo organizado por la Corona.

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Monárquico, republicano o comunista, es a veces imposible resistirse a la exquisitez de la realeza. Aquellos trajes, vestidos de alta costura, sombreros de plumas y de copa es algo que no se puede ver todos los días. Al menos no en un país que carece de un rey.

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Fue con la reina Isabel II que el Palacio de Buckingham empezó a abrir sus puertas cada vez más a la sociedad británica, ofreciendo banquetes y ceremonias oficiales en su interior. Antes de ella, era casi imposible que un ciudadano común pudiese ingresar.

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Comprado inicialmente como un petit hôtel (una casa de vacaciones temporal de la burguesía y la aristocracia), el palacio se convirtió en la residencia oficial de la familia real a partir del arribo de la reina Victoria, en el siglo XIX. 

Con 777 habitaciones, es uno de los palacios más grandes de Europa entera. Y además de alojar a la realeza, le da empleo a unas 450 personas que allí trabajan.

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A pesar de ser el hogar actual de la reina, es posible visitar algunas de las alas del palacio, sobre todo durante el verano. Pero con la fiesta privada que estaba en pie, no era ni de pensarse poder ingresar entonces a la mansión.

Aún así, admirar el Palacio de Buckingham desde fuera fue un deleite. Sobre todo, porque tuve la oportunidad de ver a la guardia real, aquellos hombres vestidos de rojo, con altos y peludos sombreros negros.

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Museo de Historia Natural.

No muy lejos del Hyde Park y el Palacio de Buckingham llegué a la Exhibition Road, una calle conocida por albergar tres de los mejores y más famosos museos de Londres. El Museo de Ciencia, el Museo de Victoria y Albert y el Museo de Historia Natural, al que no pude dejar de asistir, sobre todo por su entrada gratuita al público en general.

Mucho más allá de su bella arquitectura exterior, el museo es uno de los mayores y más bellos atractivos por la enorme colección que posee, lo que incluye varias áreas de la ciencia, como la botánica, la mineralogía, la paleontología y la zoología.

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El museo de la bienvenida con fósiles tamaño real de animales extintos, como un stegosaurus y un rinoceronte lanudo.

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Por supuesto, la sección de paleontología también alberga fósiles de las diferentes especies humanas que han habitado la Tierra, haciendo una comparación de sus cráneos.

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Desde el recibidor principal del Exhibition Road accedí a la zona roja, que muestra de una forma interactiva la evolución geológica del planeta Tierra.

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Además de mostrar algunas gemas, rocas y minerales con una luz lo suficientemente tenue para apreciar su interior, tiene algunos fósiles de animales y plantas.

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Lo mejor es la parte interactiva, con la que muchos grupos de estudiantes de primaria y secundaria se divertían, experimentado los movimientos simulados de un terremoto real.

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Pero la zona más esperada por muchos es la zona azul, donde se encuentra la sala de dinosaurios, que gracias en gran parte a este museo londinense cobraron fama en el mundo entero (así es, no solo fue por Jurassic Park y sus consiguientes películas).

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Si bien, las recreaciones de un T-Rex y un par de velociraptors en tamaño real son simplemente robots animatrónicos, el museo posee también esqueletos reales obtenidos por una multitud de paleontólogos británicos.

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De hecho, el museo es la viva muestra de la grandeza que el Reino Unido ha cobrado en las ciencias naturales. El mismo Charles Darwin es egresado de Cambridge, y muchos de sus especímenes capturados se encuentran resguardados en el museo.

La zona verde, por ejemplo, muestra figuras disecadas de las diversas familias de aves alrededor del mundo. Desde los coloridos pájaros de la selva centroamericana y el Amazonas hasta los cuervos y aves de rapiña de Escandinavia.

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La zona de reptiles fue también algo interesante por ver, con especímenes en tamaño real que difícilmente podría llegar a ver en la vida real, como el lagarto de cuello de volantes de Australia.

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Pero, sorprendentemente, no fue la sala de dinosaurios la que más me asombró. Todo sucumbió al llegar a la colección de mamíferos.

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Un modelo tamaño real de una ballena azul es suficiente para dejar atónito a cualquiera. El ser vivo más grande que ha habitado nuestro planeta.

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La creación de aquella réplica está llena de leyendas, una de las cuales asegura que sus constructores dejaron monedas y un directorio telefónico dentro del estómago de la ballena, que serviría después como una cápsula del tiempo.

El Museo de Historia Natural de Londres no es solamente un lugar donde sentirse un niño insignificante y admirar las réplicas de las especies terrestres. Es una verdadera referencia en la comunidad científica, gracias a sus aportes a la biología y las ciencias naturales en el mundo entero.

Westminster.

El Támesis es el cuerpo de agua que divide a la ciudad de Londres en dos, respetando la geografía de la mayoría de las capitales europeas, que son igualmente bañadas por un río.

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Es al oeste del Támesis donde se ubica el corazón de la capital británica, el barrio de Westminster donde, de hecho, se encuentra oficialmente el Palacio de Buckingham.

El Westminster se ha ganado su fama por ser el centro político, real y cultural de todo el Reino Unido, así como lo fue durante años para el propio imperio británico, pues es allí donde se lleva a cabo la coronación de los reyes, donde reside la monarquía y donde se hallan los edificios del gobierno, como los ministerios y el famoso 10 Downing Street, la residencia y oficina de trabajo del primer ministro, por donde pasaron personajes como Winston Churchill y Margaret Thatcher.

Pero sin duda el edificio más célebre es el Palacio de Westminster, mejor conocido como el Big Ben, el edificio más emblemático de todo Londres y el Reino Unido.

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A decir verdad, es un error común en todo el mundo. El Big Ben se refiere a la campana ubicada en lo alto de la torre, que toca los cuartos de horas. La torre se llama oficialmente Clock tower.

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Es el reloj de cuatro caras más grande del planeta, y muchos lo toman como referencia, al creerse que es el reloj más exacto del mundo. La misma BBC lo toma como base para dar la hora por sus transmisiones de radio.

Y es que es en Londres, estrictamente en el observatorio de Greenwich, por donde pasa el meridiano cero, marcando el inicio de las zonas horarias hacia el este y oeste de la ciudad en el planeta entero.

Es también la torre que marca las doce campanadas del año nuevo cada 31 de diciembre, bajo la cual se llevan a cabo las celebraciones con fuegos artificiales que reflejan su belleza en las aguas del Támesis.

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Pero como lo dije, el Big Ben no refiere al edificio entero. Su nombre es el Palacio de Westminster, Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO.

El edificio de estilo gótico actual se erigió en su mayoría en el siglo XIX, luego de un incendio al cual siguió una remodelación. Pero no siempre fue así.

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Desde su nacimiento en la Edad Media, el palacio sirvió como residencia real. Es allí donde vivieron los reyes ingleses en el medievo, predecesores de Enrique VIII, quien fue el primer monarca europeo en romper relaciones con la iglesia católica, fundando la iglesia anglicana.

Desde el siglo XVI, ningún monarca ha vivido en su interior. En cambio, el palacio pasó a albergar diversas instituciones gubernamentales. Hasta el día de hoy, es el hogar del Parlamento británico, con la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes.

El Parlamento del Reino Unido es un referente mundial de la democracia legislativa, pues son muchos los países que lo han tomado como modelo madre para crear su propias cámaras de congreso, sobre todo con los miembros de la Commonwealth.

Así, el Westminster merece con creces su título de patrimonio. No solo por su belleza arquitectónica, sino por la importancia que tiene en la política mundial.

La Galería Nacional.

París tiene el Louvre. Madrid tiene El Prado. Pues Londres no podía quedarse atrás, y para ello cuenta con The National Gallery.

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A diferencia del Louvre y El Prado, la Galería Nacional de Londres no se compone de obras de arte que alguna vez pertenecieron a la colección privada de la realeza, para después exhibirlas al público a modo de museo (para eso existe la Royal Collection).

Esta galería se creó como una especie de obra pública, bajo la idea de que el arte es para todos. Así, el gobierno británico comenzó a adquirir obras bastante bien valuadas de corredores particulares para después exhibirlas a los ciudadanos. Por fortuna, hoy también se exhiben a los extranjeros, y también de forma gatuita.

Huyendo de la lluvia que empezó a caer en el Westminster (de la que, después de todo, no pude salvarme), la Galería Nacional fue la forma perfecta de refugiarme.

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El museo resguarda obras de un increíble renombre, y que al ser bienes públicos son el orgullo de muchos británicos.

Las escuelas de arte presentes pasan por todos los rincones de Europa. Inglaterra, por supuesto, inaugura la galería, con Joseph Wright de Derby y su Experimento con un pájaro en una bomba de aire, una obra maestra del manejo de luces al óleo.

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La escuela alemana me recibió con The Painter’s father, de Alberto Durero, el oriundo de Núremberg famoso por haber hecho “la primer selfie del mundo” (su autorretrato, en realidad). En esta obra, es el retrato de su padre.

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Algunos pintores españoles también se lucen por sus pasillos. El más famoso de ellos es Diego Velázquez, que con San Juan en Patmos muestra sus inicios en España.

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La etapa italiana de Velázquez queda al desnudo con uno de sus mayores óleos, Cristo contemplado por el alma cristiana

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Y de la escuela italiana habría mucho que hablar. Después de todo, son los creadores del Renacimiento Europeo. Giovanni Bellini y su Madonna del Prato fue uno de mis favoritos.

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Y aunque no es una obra original de Miguel Ángel, una de las muchas copias que se han hecho de The Dream of Human Life se exhibe también como parte de la colección italiana.

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Pero, sin duda, la obra maestra y orgullo de la Galería Nacional es La Virgen de las Rocas, del maestro Leonardo Da Vinci.

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De las dos obras idénticas existentes del autor (la otra se encuentra en el Louvre), la de Londres es la que aún permanece sobre la tabla. 

Tras unos minutos ante la imagen de la Inmaculada Concepción, fue momento de salir y volver a mi hostal, no sin antes coger en el camino un pasty de res, bocadillo típico para los londinenses.

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La City de Londres.

Un nombre que puede ser confuso, y al que me tomé el tiempo de llegar caminando para aprovechar el día sin lluvia.

El Gran Londres se refiere a la zona metropolitana que forma una de las nueve regiones administrativas de Inglaterra. La City de Londres es en realidad el nombre histórico de la zona centro de Londres, donde solía ubicarse la antigua ciudad en el medievo.

De la Edad Media se conserva hoy solamente la Torre de Londres, un castillo al norte del río Támesis que por su importancia histórica fue también nombrado Patrimonio de la Humanidad.

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Desde su construcción en el siglo XI por parte de los normandos, ha funcionado como prisión, armería, tesorería, casa de la moneda y como resguardo de la joyería de la monarquía británica.

La Torre de Londres es quien le da su nombre a uno de los emblemas de la ciudad que se posa justo al lado del castillo, el puente de la Torre, que pude cruzar de ida y vuelta.

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Así es, esta pasarela que une ambas orillas del Támesis se llama oficialmente el puente de la Torre, y no el puente de Londres, con el que normalmente es confundido y que se encuentra unos metros río abajo.

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Aunque no es tan antiguo como muchos suelen pensar, desde su construcción durante la época victoriana se ha convertido en un símbolo de la urbe. 

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El siglo XIX marcó para todo el Reino Unido el refinamiento de la tecnología con el auge de la revolución industrial, en los que el país se llenó de vías férreas, barcos de vapor, automóviles y telecomunicaciones.

El puente de la torre es una obra maestra de la ingeniería de su época, con plataformas elevadizas que dejan circular tanto al tráfico terrestre como al marítimo, y que en su tiempo se alzaban con motores de vapor.

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La City de Londres es también el distrito financiero más importante del mundo, donde diariamente se compran y venden productos financieros que representan la tercera parte del dinero del planeta.

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No es sorprendente entonces que la ciudad cuente con un skyline típico de la era posmoderna, lleno de lujosos y altos rascacielos que contrastan con el castillo y el puente victoriano.

Portobello road market.

Con un día libre más, fue momento de recibir la visita de mi amigo Dane, a quien había conocido tres años atrás en Perú, y quien vivía en la ciudad conurbada de Reading.

Nos vimos en la estación de Paddington, no muy lejos de mi hostal. Y desde allí caminamos a la Portobello road market, una famosa calle con un mercado callejero, ubicada en el barrio de Notting Hill.

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Dane no se explicaba por qué me interesaba tanto visitar Portobello. Pues bien, no muchos días atrás había leído que era una de las calles más bonitas del mundo, no solo por sus coloridas casas victorianas, sino por el animado bullicio de sus mercantes.

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Si han visto la película de Notting Hill, con Julia Roberts y Huge Grant, es precisamente en Portobello donde se lleva a cabo su romántica historia.

La librería de William donde Ana Scott llega por casualidad en la película, se encuentra en uno de los múltiples locales comerciales que orillan a esta mágica y encantadora callejuela.

Camden Town.

Y luego de caminar un buen rato, probando bocadillos y bebidas en el street market de Notting Hill, era momento para que Dane me mostrase su lugar favorito en todo Londres. 

Me llevó así hasta Camden Town, otro suburbio con mercados callejeros, pero de un estilo indudablemente diferente.

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Basta con decir que es allí donde vivió y murió la inolvidable Amy Winehouse. Un barrio que lleva en la sangre el mismo espíritu extravagante y alternativo que la cantante británica.

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Las tiendas de Camden Town lo tienen todo. Comida color fluorescente con exóticos sabores de todo el mundo, sucursales de luces neón donde se vende ropa para las fiestas más locas que uno podría imaginar. Y droga, mucha droga por doquier.

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Camden Town se ha ganado el título de la capital del rock alternativo del Reino Unido, y no cabe duda del porqué.

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Un típico plato de curry y una cerveza sobre uno de los locales del Regent’s canal fue mi manera de despedir a Dane y a Londres, una ciudad que me mostró todas sus caras en tan pocos días, que sería algo difícil de olvidar.

Realeza, arte, historia, ingeniería, arquitectura, palacios, castillos, puentes, museos, ciencia, mercados y el bullicio callejero. Londres me enseñó con creces por qué ha sido siempre una capital mundial. Y ahora me tocaba dirigirme a aquellos pequeños pero significativos puntos de Inglaterra que han hecho del Reino Unido una de las mayores naciones del mundo.

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Londres para mí lo tiene todo! Creo que pudiste visitar de las mejores atracciones que tiene. Aunque yo sí me tomaría el tiempo de conocer Buckingham y el Westminster por dentro, valen mucho la pena! 

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Muy buena experiencia en una de las mejores ciudades de Europa. Creo que a pesar de ser algo cara se puede lograr disfrutar mucho de ella, sobre todo con lugares como los que visitaste que son gratuitos.

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Excelentes lugares, es uno de mis próximos destinos, en realidad considero que es un destino ideal para ir a vivir unos meses y aprender inglés, lo malo es que es una de las ciudades que tiene costo de vida demasiado alto

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      AlexMexico
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      De grandes ciudades y capitales había sabido ya mucho en mi viaje por Europa. Y la caótica ciudad de Londres había sido una más de ellas.

      Con poco conocimiento sobre el Reino Unido y sus mejores atractivos, antes de viajar a la isla decidí pedir algunos consejos a los expertos en la Gran Bretaña. Amigos y conocidos que habían viajado y vivido repetidas veces en el país.

      Manchester, Liverpool o Leeds son algunas de las metrópolis que muchos recomiendan visitar en internet. Pero más allá de grandes complejos portuarios, un estadio de fútbol o el tour de los Beatles, mi intención era adentrarme mucho mejor en la historia de Inglaterra. 

      Y aunque la decisión no fue nada fácil, me incliné por los destinos del norte. Después de todo, mi camino tenía que llevarme hacia Escocia, donde culminaría mi viaje por el Reino Unido.

      Una soleada mañana cogí mi bus con el National Express, una de las líneas más baratas que pude encontrar. Luego de casi 4 horas de haber dejado Londres llegué hasta York, a 330 kilómetros al norte.

      Desde la central de trenes caminé a mi hostal, el Safestay hostel, ubicado en el centro histórico, a intramuros de la muralla que rodea la pequeña ciudad.

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      ¿Cuál es el parecido de York con Nueva York? Ninguno. Pero así quisieron bautizar los colonos ingleses a la ciudad americana que, por cierto, solía llamarse Nueva Ámsterdam.

      Pero no debe pensarse en York como una moderna ciudad de rascacielos. Sino como un pintoresco y mágico pueblo que puede representar todas las etapas históricas de Inglaterra y el Reino Unido.

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      Luego de dejar mi equipaje en el hostal y coger un bocadillo para el camino, comencé mi paseo por la antigua York, una de las mejores recomendaciones que pude tomar por parte de una buena amiga de la universidad (que por cierto, es fan declarada de Gran Bretaña).

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      Uno de los mayores atractivos de este pequeño emplazamiento al norte de Inglaterra es que es una de las pocas ciudades medievales que conservan todavía su muralla.

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      Los muros tienen en promedio 4 metros de alto y 1.8 de ancho, y se encuentran allí desde antes del medievo, cuando los romanos fundaron la ciudad en su entonces provincia imperial Britannia, de donde, por supuesto, proviene el nombre de la isla de Gran Bretaña.

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      Pero las murallas actuales no son precisamente las que los romanos construyeron. A ellos le sucedieron los anglos, un pueblo bárbaro que tomó la ciudad a la fuerza y remodelaron las fortificaciones.

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      La pared cuenta con varias puertas que permitían la entrada y salida de los habitantes, y que eran controladas por guardias. La puerta de Bootham, fue la que me recibió aquella tarde en York, muy cerca de donde se encontraba mi hostal.

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      De hecho, el nombre de la ciudad, aunque surgido con los anglos, fue más bien oficializado por los vikingos, otro de los pueblos que invadió la isla y se estableció para heredar su influencia en la ciudad.

      Así, York es testigo de los distintos pueblos que pasaron por Inglaterra y poblaron la isla antes del surgimiento del Reino de Inglaterra, que daría lugar al Reino Unido que conocemos el día de hoy, formado por la unión de los reinos anglos, y del que nacería el idioma inglés.

      Otra de las construcciones medievales de York es la Abadía de Santa María, aunque al contrario de la muralla y sus puertas, esta no pudo mantenerse en pie.

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      Fundada en 1055, se piensa que sentó las bases de la iglesia normanda, hoy inexistente. Y ya que alguna vez formó parte de los monasterios de la iglesia católica, el rey Enrique VIII la mandó a destruir, en su proceso de separación del Reino de Inglaterra con Roma.

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      Inglaterra fue, de hecho, el primer reino cristiano de Europa que rompió toda relación con la iglesia católica y el papado, primero en su anhelo de divorciarse oficialmente con la Reina Catalina, pero cuya ruptura marcaría la historia del país hasta nuestros días.

      Detrás de la abadía en ruinas se encuentra un monumental templo que conserva todos los lujos y esplendor que tuvo desde que se erigió en el siglo XIV.

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      La catedral de York es el símbolo de la ciudad, edificio más grande y alto, cuyas torres de campanario pueden ser vistas desde muchos de los puntos del centro histórico.

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      También llamada York Minster, es sede del arzobispado de York, el segundo en importancia en la iglesia anglicana. Aunque también nació como un templo católico, Enrique VIII tuvo la decencia de no destruirla y convertirla en parte de la Iglesia de Inglaterra tras su fundación.

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      Se trata de una de las iglesias góticas más grandes de Europa, la segunda en el norte del continente después de la de Colonia (a la que, hasta ahora, nadie le puede ganar).

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      Un descanso bajo sus torres fue la forma perfecta de hacer un entremés en mi día, que me sonreía, por cierto, con un clima espléndido y poco común en las tierras del norte inglés.

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      Aunque muchos edificios datan de la ya lejana Edad Media, muchos otros en York son de hecho de estilo georgiano, construidas en los siglos XVIII y XIX.

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      El nombre proviene de George, ya que entre 1714 y 1830 fueron cuatro los reyes del Reino Unido que llevaron el nombre George sobre la corona británica.

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      La monarquía y su poder se hacen también presentes en la ciudad con museos de renombre, como la galería de arte de York y el Castle Museum, uno de los museos etnográficos más importantes del país.

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      Las hermosas callejuelas del centro me llevaron hasta el sur, donde la Torre Clifford apareció en lo alto de una pequeña colina.

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      Parte de un castillo construido en el siglo XI, la torre medieval es una de las dos que se alzaron al lado del río para proteger a la ciudad y a su puerto fluvial.

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      Sus muros resguardan también un oscuro pasado, ya que fue allí donde surgió un movimiento antisemita que concluyó con la muerte de más de 150 judíos en la ciudad, que quedaron atrapados en la fortaleza mientras esta se incendiaba.

      Desde la colina se tiene una increíble vista de York atravesada por el río Ouse, que parte a la ciudad de norte a sur.

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      Ya que el río desemboca en el Mar del Norte York ha sido también un importante puerto fluvial desde el medievo, y es por ende que sus fortificaciones fueron siempre tan importantes.

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      Volví tranquilamente por sus pintorescas calles hasta llegar al mercado Shambles, donde compré algo para la cena antes de retornar a la comodidad del hostal.

      Las viejas villas inglesas tienen a veces mucho más encanto e historia que las grandes ciudad, y quedaba por delante otra más a la que partiría a la siguiente mañana.

    1. El temor de dormir con una interminable tormenta del Ártico no solo me venció a mí, sino al resto del grupo de turistas que decidieron pasar la noche en el comedor común del camping de Vík, la comunidad más septentrional de Islandia.

      La decisión de no alojarse dentro de las casas de campaña fue casi unánime. Los vientos de casi 100 kilómetros por hora acompañados por una helada lluvia y arena empujada desde el norte hacían que las estacas se desprendieran poco a poco de la tierra donde las habíamos enterrado bajo piedras.

      Aún así, un reducido grupo de campistas tuvo la fortaleza de dormir en su tienda, lo que incluía a Enni y Lauri, los finlandeses con los que había viajado el día anterior desde Selfoss, al oeste de la isla.

      Sus insomnes rostros mostraban el mismo desvelo que el ruido del viento y la lluvia me habían hecho pasar. Incluso dentro de la seguridad del comedor, el miedo por una ventana rota y el crujir del piso de madera no me dejó conciliar el sueño.

      Ya que las áreas comunes del camping se encontraban en mantenimiento, el comedor no tenía calefacción. Aquella noche durmiendo en mi saco de dormir sobre el suelo fue una de las más frías en mi viaje.

      Por lo menos teníamos algo de agua caliente, pero con los baños y regaderas a medio construir, bastaba con solo lavarse la cara para acicalar las lagañas de aquella dura noche.

      Mientras hacíamos el desayuno, viré hacia Lauri y tomé el coraje para hacer la difícil pregunta que vagaba en mi cabeza desde que desperté: “¿cómo está mi tienda de campaña?”.

      La tempestad al otro lado de las ventanas se veía todavía terrible. Sin duda, pasar la noche en Vík no había sido la mejor decisión para ninguno.

      No se ve nada bien —contestó sin divagar un segundo, y con un rostro de escasa esperanza—. Deberías ir a echarle un vistazo.

      Con la cabeza abajo, asentí ante la proposición, lo que haría después del desayuno. Si una mala noticia me esperaba afuera tenía que tomarla con el estómago lleno.

      Un plato de avena con frutas y una ronda de salchichas con pan después, empaqué mis cosas y salimos del comedor. Al abrir la cajuela de la camioneta para dejar mi mochila me encontré con una escena más espeluznante de lo que esperaba. Mi casa de campaña no estaba.

      ¡Se fue! —grité mientras miraba a un vacío espacio en el ventoso campo verde—. ¡Ya no está!

      Al acercarme a donde un día antes había instalado mi hotel temporal me percaté de los agujeros que las estacas habían dejado como rastro. Algunas piedras se habían movido de su lugar, y no habían resistido ante el soplar del viento.

      Al voltearme hacia Lauri y Enni no pude hacer nada, más que soltar una carcajada. Una risa que indudablemente denotó mi respeto hacia la naturaleza. No se le puede enfrentar, no se le puede dar la cara. No podía más que aceptar que Islandia y su clima ártico ganaron la batalla. Ahora me tocaba buscar dónde dormir mis siguientes dos noches en la isla.

      Todo dentro del coche olía otra vez a humedad. La lluvia, que todavía caía con fuerza sobre nosotros, hacía imposible que nuestro equipaje se secara. Con la calefacción al cien por ciento, nos vimos esperanzados de un poco de sequedad. 

      Con una bolsa de frituras y galletas en las manos, Lauri nos condujo hacia el este de la isla. Si habíamos sobrevivido a una tormenta en Vík (aunque mi carpa no lo hizo), era justo que aquel día pudiéramos ver con nuestros ojos lo que habíamos llegado buscando en Islandia: un glaciar y su laguna llena de icebergs flotantes.

      Las risas no paraban en el viaje. ¿Cómo era posible que mi carpa hubiera volado? ¿Cómo el viento había desprendido las estacas enterradas bajo piedras en la tierra del camping? ¿Dónde dormiría ahora? Eran preguntas que solo podíamos tomar con el mejor humor.

      Apenas unos kilómetros avanzados desde Vík, Lauri detuvo el coche en un pequeño parking que hallamos junto a la carretera. Habíamos llegado a Eldhraun, y debíamos bajar del auto para apreciar mejor su belleza.

      Eldhraun es una palabra islandesa que significa “desierto de lava”. Y es precisamente sobre lo que estábamos parados.

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      En junio de 1783 el volcán Laki entró en erupción. La lava que escurrió desde sus fisuras cubrió un área de más de 500 kilómetros cuadrados, y se estancó permanentemente en una llanura ubicada al sur del país.

      Durante años, aquella lava petrificada se fue cubriendo de abundantes capas de musgo, que hoy forman uno de los paisajes más bellos y alucinantes de Islandia.

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      Nunca creí poder tener la oportunidad de caminar sobre lava. Por supuesto, no pensaba hacerlo sobre lava ardiente. Pero la sensación del paseo fue simplemente única.

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      Seguimos nuestro camino por la carretera 1, hasta tomar una desviación hacia el norte, donde aparcamos el coche nuevamente, esta vez junto a una casa de huéspedes ubicada casi en medio de la nada.

      Aunque habíamos dejado atrás el pueblo de Vík y su insoportable viento, la lluvia no había cesado desde entonces. 

      Gota a gota, nuestros abrigos seguían empapándose poco a poco. Y eso nos ponía en una muy incómoda situación, pues buscábamos que nuestro equipaje dentro de la camioneta se secara.

      Aun con la lluvia, caminamos casi dos kilómetros por un sendero de piedras que pronto nos llevó hasta el río Fjaðrá, que nace en los glaciares tierra adentro.

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      El río es célebre por ser el causante de otra de las grandes formaciones geológicas de Islandia, el cañón Fjaðrárgljúfur.

      Unas escaleras nos llevaron hasta lo alto de las paredes, en un mirador que fue construido para que los turistas puedan apreciar la magnificencia del lugar.

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      En mayo de 2019 el cañón fue cerrado al turismo por las excesivas visitas, luego de haber aparecido en un videoclip de Justin Bieber. Por suerte, Lauri, Enni y yo llegamos un par de años antes de lo sucedido, y tuvimos la fortuna de contemplar el Fjaðrárgljúfur a nuestros pies.

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      La erosión y el curso de los ríos glaciares tallaron las paredes de hasta 100 metros de altura durante varios milenios, dejando su forma actual en la pasada Era de Hielo, unos dos millones de años atrás.

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      Desde el lado oeste del cañón el río forma una cascada que parece más una obra de arte creada por el pincel de un amaestrado pintor.

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      Las perfectas líneas onduladas de Fjaðrárgljúfur son la viva muestra de la belleza que la Tierra puede llegar a crear en el largo transcurso de su vida.

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      Volvimos a la camioneta para intentar secarnos un poco, y para seguir nuestro camino al este de la isla.

      La carretera 1 seguía sorprendiéndonos con sus paisajes. Y esta vez no solo con los naturales, sino con los construidos por los habitantes de las pequeñas comunidades islandesas.

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      Adaptándose a su entorno, muchos granjeros construyen sus graneros y establos escarpando las rocas de las montañas a su alrededor. El resultado eran pequeñas casas parecidas casi a una villa de hobbits.

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      Aunque en realidad, muchas de ellas son solo granjas equinas, cuyos verdes campos sirven como el alimento perfecto para los caballos.

      Con una altura que lo equipara casi con un pony, y con un largo y lacio pelaje, el caballo islandés es una de las razas equinas más hermosas que existen en el mundo; por tanto, no es una sorpresa que su precio pueda alzarse hasta las nubes.

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      Fueron introducidos durante la Edad Media por los escandinavos, y tras siglos de selección natural adquirieron su aspecto actual.

      El día de hoy, el gobierno islandés tiene estrictamente prohibido la entrada de otras especies de caballos a la isla. Así mismo, los ejemplares que son exportados no pueden volver nunca más a Islandia.

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      Con un enorme número de estos hermosos animales, Islandia es un país estrechamente ligado con la cultura equina, y son comunes las muestras equinas, el deporte hípico e, incluso, el consumo de su carne.

      Varada al lado de una de aquellas granjas nos topamos con una hitchhiker, que alzaba su dedo en búsqueda de un aventón. Lauri decidió detenerse y ofrecerle llevarla con nosotros hacia el este.

      La aventura chica era proveniente de Ucrania. Mientras comenzábamos a conocerla y escuchar sus historias de viaje, nos adentrábamos en el parque nacional Vatnajökull, el más grande toda Europa, pues abarca 12 mil kilómetros cuadrados.

      La ucraniana no dudó en pronto sugerirnos visitar una de las grandes recomendaciones que había escuchado sobre el parque. La cascada de Svartifoss.

      Para ese momento, los tres creíamos haber tenido suficiente de cascadas. Habíamos visto ya al menos cuatro de ellas en toda la isla. Pero Svartifoss prometía ser distinta a las demás.

      Con el tiempo que aún teníamos por delante Lauri decidió que sería buena idea deternos. Después de todo, no perdíamos nada con hacer otra pequeña escala en la ruta 1.

      El sendero que comenzaba luego del estacionamiento dejaba ya entrever la magnitud del parque Vatnajökull, que era mi principal objetivo desde que aterricé en la isla.

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      Las montañas nevadas se asomaban detrás de los frondosos bosques. Pero a pesar de la tentación de seguir de largo, debíamos darle una oportunidad a Svartifoss.

      Las primeras caídas de agua no parecían mucho más impresionante que las cataratas de las que ya habíamos sido testigos.

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      Pero una vez frente a ella conseguí entender lo que convertía a Svartifoss en uno de los saltos de agua más visitados de la isla.

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      Más allá del río que cae, las paredes que rodean la cascada son columnas hexagonales de lava basáltica negra.

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      Estos perfectos pilares suelen formarse por un lento proceso de enfriamiento de la lava, que se cristaliza paulatinamente tomando su peculiar forma.

      Aunque no fue ni la primera ni la última pared de prismas basálticos que pude atestiguar, Svartifoss valió la pena. Y dejó en claro que Islandia lo tiene todo.

      Nuevamente empapados por la lluvia, volvimos a la camioneta, que para entonces se había ya convertido en un tendedero de ropa. Y el olor a humedad era simplemente insoportable.

      Unos kilómetros más adelante las montañas nevadas por fin nos mostraron lo que tanto habíamos anhelado alcanzar en nuestro viaje por la isla. El glaciar Vatnajökull.

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      Lo que pudimos ver desde el coche fue solo una de las pequeñas entradas al río de hielo, que de hecho es el segundo glaciar más extenso de Europa.

      Con más de 8 mil kilómetros cuadrados de superficie, cubre el 8 por ciento del territorio islandés. Y con aproximadamente 3 mil kilómetros cúbicos, es el glaciar más grande del continente en volumen.

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      Claro que es posible visitar el glaciar de cerca. Es más, hay excursiones para tomar caminatas dentro de él, literalmente caminar entre y debajo del hielo.

      Pero por la temporada en que estábamos, las excursiones estaban detenidas por el momento. Un paso en falso en el glaciar puede significar la muerte. Y ni hablar de lo que sucedería si un bloque de hielo decide desprenderse mientras un grupo de turistas se pasea bajo él.

      Pero existen otras formas de apreciar un glaciar. Y es por ello que habíamos manejado hasta allí.

      Paramos entonces en Fjallsárlón, una pequeña laguna frente al glaciar donde los trozos que se desprenden de él forman icebergs flotantes.

      Pararme frente a un glaciar era uno de los mayores sueños de mi vida. Pero a decir verdad, el clima que no nos sonreía mucho aquel día hizo de la experiencia algo un poco decepcionante.

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      Con la neblina que cubría el horizonte y la lluvia que no había dejado de caer sobre nuestras cabezas, el glaciar apenas podía verse a lo lejos.

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      Pero la esperanza es lo que muere a lo último, y todavía nos quedaba otra alternativa para apreciar Vatnajökull como se debía.

      Seguimos entonces hasta Jökulsárlón, la más grande las lagunas donde Vatnajökull toca su fin al encontrarse con el agua del mar.

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      Aunque la niebla nunca se disipó, al igual que las nubes y el agua, Jökulsárlón fue una experiencia inolvidable.

      El penetrante azul de los icebergs que flotaban sobre el estanque era hipnotizante. Y el movimiento de las olas rompiendo sobre sus bases era algo imposible de no apreciar.

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      Las colonias de aves migrantes que venían del Ártico usan los icebergs como modo de reposo. Era algo que, sin duda, nunca podría tener la oportunidad de ver en mi país natal.

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      Si bien los glaciares son cuerpos de hielo en constante movimiento y el desprendimiento de icebergs es un proceso natural, su derretimiento se ha vuelto mucho más acelerado durante los últimos años.

      Es un gran indicador de lo que el calentamiento global está provocando en los polos. Y la veloz licuefacción de estos ríos de hielo provocará en un futuro un incremento en el nivel del mar en todo el planeta.

      Avistar un glaciar con mis propios ojos y ser testigo de lo cómo desaparece día con día es algo que hizo todavía más rica mi experiencia. El sueño que tanto anhelé cumplir pronto puede ser precisamente solo un sueño, y no una realidad.

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      Frente a los témpanos de hielo flotantes una conocida voz llamó mi nombre. Era Loïc, mi amigo francés que había volado hasta Islandia con el mismo objetivo que yo. Ser testigo de su belleza natural y alcanzar el glaciar.

      La tormenta nos había sorprendido a ambos, pero encontrarnos frente a aquel glaciar, a más de 2 mil kilómetros de Francia (donde nos habíamos conocido), nos llenó de orgullo y regocijo. Nuestro sueño se había cumplido.

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      Aquella misma noche Loïc regresaba hacia Reikiavik, donde tomaría su vuelo. Yo por mi parte, regresé con Lauri y Enni hasta Selfoss, tras un largo viaje en carretera.

      Tras una noche más en el camping que se había vuelto casi como mi hogar, me dirigí al siguiente día a Reikiavik, donde pasé mi última tarde visitando sus tiendas, antes de tomar un bus al aeropuerto, donde pasaría mi última noche durmiendo en el helado suelo, aguardando mi vuelo la próxima mañana.

      Nueve días en Islandia me habían dado varias lecciones. No encarar a la naturaleza, no fiarse nunca del clima, prepararse siempre para el frío del Ártico y, claro, comprar una buena tienda de campaña.

      Pero la amabilidad de sus habitantes, la facilidad de conseguir aventones, el respeto por su naturaleza y, sobre todo, sus magníficos paisajes, hicieron de Islandia una de las aventuras más memorables de mi vida.

    2. Templos cristianos en madera negra, cuervos azulados, un enorme puñado de inmigrantes árabes, un sauna sobre las heladas aguas del Báltico, pepperoni de alce, carne de ballena, fiordos milenarios en la costa atlántica, un sinfín de figuras y estatuas de trolls, elfos y enanos. 

      Hasta ahora la península escandinava me había dado lo que, con muchas ansias, había esperado de ella. Sumado a ello, me había llenado de placeres que poco pude aguardar, entre ellos un suculento y soleado clima que había hecho de mis días hasta ahora los mejores en mi viaje por Europa.

      Aunque poco deseaba marcharme de Bergen, de sus increíbles paisajes montañosos y de la calidez de mis anfitriones en la ciudad noruega, lo que tenía por delante me alentaba a partir. Y así, aquella noche me despedí de Angélica y Aleks, y tomé el tram con dirección al sur para llegar al aeropuerto internacional de Flesland.

      Aún siendo las 9 pm, el sol brillaba al otro lado de ventanas del avión como si fuese un amanecer. Y poco después de despegar en el fondo se asomó un paisaje alucinante. La cordillera de los Montes Kjolen aparecía ahora desde otro ángulo, uno que los rayos solares me dieron el goce de apreciar en su máxima desnudez. 

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      Pero las montañas quedarían atrás por un par de días. Era momento de volver a la gran ciudad, y cerca de las 22:15 horas mi vuelo aterrizó en Estocolmo.

      El tráfico en el aeropuerto era mayor del que había esperado. No aguardaba hallar tal cantidad de gente una noche entre semana. Pero la capital sueca es la mayor urbe de Escandinavia, y pronto descubriría su importancia.

      Tomé un shuttle bus hacia la estación central de la ciudad, donde Logan aguardaba por mí. Aquel chico francés que estudiaba su máster en Estocolmo había sido el único couchsurfer en aceptar mi solicitud de estadía por cuatro días. Después de ocho meses en Francia, sabía que los franceses no me decepcionarían.

      Cogimos el metro hasta su casa, en una residencia estudiantil del campus norte de la universidad. Ahora comenzaba a resentir los altos precios escandinavos de los que tanto había escuchado. 4 euros el viaje sencillo, era simplemente el metro más caro que había costeado en mi vida.

      Aunque la vida estudiantil seguía siendo atractiva, había pasado ya varios días hospedado en campus universitarios en Dinamarca. Era momento de salir y explorar la ciudad por mi cuenta, cosa que hice a la siguiente mañana, cuando el hambre despertó mi estómago y mi paladar.

      Extrañamente, Escandinavia resultó ser el único lugar en Europa donde encontré tiendas de la cadena 7-Eleven, y Suecia parecía ser el país donde más se había esparcido la multinacional.

      Si bien prefiero los productos naturales, los combos que 7-Eleven ofrecía en Estocolmo fueron irresistibles, y la manera más barata de llenar mi estómago. Por cuatro euros, la tienda ofrece dos piezas y una bebida. Aquella mañana una manzana, una dona y un café fue lo más barato que pude conseguir para saciar mi hambre.

      Tomé el metro hacia el centro de la ciudad, y descendí justo en la estación central, donde el bullicio y el gentío fue todavía mayor al que me había topado la noche anterior en el aeropuerto.

      La estación central se encuentra en el área comercial de Estocolmo, una zona más moderna y sumamente viva donde todos los días convergen locales y turistas en una guerra de transeúntes, una bastante educada, me atrevería a decir.

      Pero unos pasos más al sur el viejo Estocolmo comienza a aparecer, con exquisitos edificios del siglo XIX que ponen en alto la ciudad como una verdadera capital europea.

      El Palacio de la Ópera es un gran ejemplo de la arquitectura neoclásica que imperó en Estocolmo y que la puso en el mapa como una prominente metrópoli desde hace dos siglos. 

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      Al cruzar uno de los tantos puentes que atraviesan los canales de Estocolmo (y que la convierten en una más de las Venecias del Norte), me adentré de lleno en el centro de la ciudad, formado por tres pequeñas islas que dividen el delta del lago Mälaren del mar Báltico.

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      La más pequeña de ellas es Helgeandsholmen, cuyo único edificio ocupante es el Palacio del Parlamento sueco, el Riksdag.

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      Suecia, como el resto de los países nórdicos, tiene un enorme respeto por su gobierno y sus representantes políticos, Así, el parlamento es uno de los más queridos en el mundo por sus ciudadanos. Suecia encabeza también la lista de los países con menor índice de corrupción.

      El estilo barroco de la casa parlamentaria es otro buen ejemplo de la envergadura con la que la capital sueca salió a flote a pesar de la competencia que representaban las demás monarquías europeas. Después de todo, fue Suecia quien rompió la Unión de Kalmar una vez terminado el medievo, heredando así al mundo los cinco países nórdicos que hoy conocemos, en lugar de uno solo que pudo haber sobrevivido de no haber sido por la separación de los suecos.

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      Fue precisamente durante la Edad Media cuando Estocolmo se fundó, y el mejor homenaje a aquella época lo rinde el Museo de Estocolmo medieval, ubicado prácticamente bajo tierra en ese pequeño trozo de isla donde me encontraba parado frente al parlamento.

      Ya que el acceso era gratuita, no dudé en entrar a conocer la historia que resguardaban aquellos túneles subterráneos.

      La razón de su peculiar ubicación es que el museo está posado sobre las ruinas arqueológicas de la antigua ciudad medieval, que todavía resguarda los restos de la muralla que rodeó la pequeña Estocolmo entre 1250 y 1520.

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      La ciudad no llegaba más allá de las dos pequeñas islas que hoy conforman el centro de Estocolmo, pero representó una gran hazaña para el reino de Suecia una vez extinta la era vikinga, ya que controlaba el comercio entre el mar Báltico y los lagos interiores de la península, gracias a su increíble conexión por vía fluvial.

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      El museo muestra algunas figuras reales encontradas durante las excavaciones, como los rostros de los antiguos reyes tallados en piedra, y algunos de los manuscritos antes de que Gutenberg revolucionara el mundo con la imprenta.

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      Los restos de algunas embarcaciones dejan en claro la herencia que los vikingos dejaron a la sociedad monárquica sueca de la Baja Edad Media. Al igual que Copenhague y Oslo, la situación geográfica de Estocolmo fue clave para las hazañas marítimas.

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      Una de las figuras más conocidas en el museo es una pequeña estatua de San Jorge, quien se muestra cabalgando su caballo y asesinando al dragón a quien, cuenta la leyenda, asesinó para salvar a toda una ciudad.

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      El mito de San Jorge, un santo procedente de la Capadocia que fue canonizado luego de ser decapitado por no renunciar a su fe cristiana durante la época del Imperio Romano, ha traspasado tiempos y fronteras. Y al igual que muchos europeos, los suecos le tenían un enorme respeto, ya que lo veían como protector de los caballeros y los guerreros del medievo.

      Pero las figuras que quizá llamaron más mi atención fueron las escenas de la cotidianeidad que Estocolmo vivía durante aquellos años.

      Skedna Gertrude era la carnicera de la ciudad, y curiosamente, sus ganancias eran iguales a la de los hombres, algo sumamente raro en la época.

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      Y el zapatero en su taller, quien se dice podía realizar un par de zapatos por día, algo muy distinto a la producción en masa de la época contemporánea.

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      Antes de que el día avanzara más, preferí no confiarme del sol que abrasaba la ciudad aquel día, y quise aprovechar la soleada tarde para caminar al aire libre.

      Crucé entonces otro puente hacia la isla contigua de Stadsholmen, la más grande del centro de Estocolmo y donde se emplaza Gamla Stan, el casco antiguo de la ciudad.

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      Gamla Stan es el sitio donde Estocolmo nació, más precisamente durante el siglo XII. Y aunque muchos de los edificios originales fueron demolidos o remodelados, hoy el barrio sigue conformándose por callejuelas de estilo medieval.

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      Al ser el distrito que atrae a más turistas en toda la ciudad, Gamla Stan está repleta de tiendas, cafeterías, restaurantes y algunos hoteles.

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      Aunque posee también muchos de los edificios más célebres de Estocolmo y toda Suecia. El Museo Nobel es uno de ellos. Presenta a los laureados con el galardón Nobel desde 1901, así como la vida de Alfred Nobel, uno de los ciudadanos suecos más reconocidos a nivel mundial. 

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      El museo se ubica justo en la plaza Stortorget, la más antigua de la ciudad y el corazón desde donde se desarrolló el resto de Estocolmo desde su nacimiento. 

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      Pero el edificio más famoso y quizá el más importante en Gamla Stan es el Palacio Real, la residencia oficial y el mayor de los palacios de la realeza sueca.

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      Aunque la residencia donde realmente viven los reyes de Suecia y su familia se encuentra en Drottningholm, el de Estocolmo funge como el palacio oficial, y es donde se llevan a cabo las funciones del rey como jefe de estado, así como alojar a los asistentes personales y administrativos de la familia real.

      Al llegar al sur de Gamla Stan, a la orilla de uno de los canales que la delimitan, la isla contigua de Södermalm apareció. Y es allí donde aparcan los cruceros que traen a los turistas a visitar la mayor ciudad de Escandinavia.

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      Un puente vehicular y peatonal une a ambas islas. Y por recomendación de la oficina de turismo, una breve visita a Södermalm valía la pena.

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      Se trata de un barrio un tanto más bohemio con numerosos cafés, restaurantes y galerías de arte independientes, lo que le da el toque hipster y juvenil al centro de la ciudad.

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      Pero quizá lo mejor de Södermalm son sus colinas a la orilla del canal, desde donde se tienen las mejores vistas de Gamla Stan y de los campanarios de sus iglesias.

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      Por la noche volví hasta el campus universitario, donde me reuní nuevamente con Logan y cenamos una pizza con dos de sus amigos, un sueco y una peruana que había decidido mudarse a Suecia porque le encanta la oscuridad del invierno. Ambos, fervientes amantes del black metal escandinavo.

      Al siguiente día me dirigí hacia la zona este de la ciudad, comenzando por una breve visita al Museo de Historia Sueca, que también ofrecía entrada gratuita al público general.

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      Aunque el museo va dirigido un poco más hacia el público infantil, ya que muestra juegos y muestras interactivas, fue una buena manera de sumergirme en la forma en que Suecia y la población escandinava se desarrolló desde la era vikinga.

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      Las maquetas de los antiguos asentamientos y las figuras a escala de los drakkar son un ejemplo de cómo el pueblo vikingo se desarrolló en estas tierras desde la Alta Edad Media.

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      Y tras la llegada y el triunfo del cristianismo a la península, Suecia pasó a ser un reino más que obedecía al papado de Roma, aunque el paganismo y las tradiciones vikingas perduraron para siempre.

      Unos metros hacia el sur desde el Museo de Historia alcancé la riviera de otro de los tantos canales de Estocolmo. Aquel que divide la parte continental de la ciudad de Djurgården, otra de las islas de la ciudad.

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      Djurgården es una isla que, casi en su totalidad, contiene un parque urbano, lo que la convierte en el barrio más apreciado por los locales para poder relajarse y alejarse del bullicio de la capital.

      Pero para los turistas, Djurgården es mucho mejor conocido por alojar varios de los mejores museos de Estocolmo, y que son de gran interés para muchos.

      El Museo Nórdico, por ejemplo, se encarga de presentar la historia del pueblo sueco ubicada específicamente entre finales de la Edad Media y la Edad Contemporánea.

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      El Museo Skansen es uno de los más apreciados, ya que se trata del primer museo al aire libre del mundo. Contiene representaciones de la vida cotidiana de los suecos durante los últimos siglos. Incluso hay actores disfrazados que simulan el día a día de su época.

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      El Museo Vassa es quizá el orgullo de Estocolmo y de toda Suecia. Es el museo más visitado de toda Escandinavia. Presenta al único navío del siglo XVII que ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. El Vassa, fue un buque de guerra que naufragó apenas después de haber zarpado desde Estocolmo. En el siglo XX, el barco pudo recuperarse y hoy se presume casi ileso en la isla de Djurgården.

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      Y aunque no sea el de mayor afluencia, el Museo Abba es también uno de los más queridos. Y es que no hay grupo musical sueco más famoso en el mundo que este peculiar cuarteto pop de los años 70s.

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      Djurgården posee también un parque de diversiones, y es justo desde allí donde zarpan los ferrys al resto de la ciudad. Por 4 euros el boleto sencillo en el transporte público de Estocolmo, lo que menos podía esperar es que los ferrys estuviesen incluidos en el precio.

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      Así, pude al fin presumir que di al menos un paseo en bote por los canales de Estocolmo. No se puede visitar la Venecia del Norte sin navegar por sus aguas.

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      Volví nuevamente a Gamla Stan para un último paseo, antes de volver con Logan para cenar juntos en la residencia.

      Los siguientes días en Estocolmo los pasaría tomando clases de acroyoga y kung fu en las enormes explanadas de sus parques. El sol me sonrió como nunca y esperaba que así permaneciera para los siguientes días, pues me esperaba una larga travesía por uno de los lugares con los climas más hostiles en el planeta.

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