Ayelen

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  1. Una de las grandes ventajas que tenemos Martin y yo en este viaje, es que contamos con todo el tiempo del mundo Como no tenemos una fecha de regreso establecida, tenemos la libertad de viajar tranquilos, sin apuro y de poder recorrer todos los lugares que tengamos ganas de conocer. Es por esto que un día surgió la idea de conocer Las Cataratas de Iguazú, un increíble lugar al este de mi país, en la parte selvática que, obviamente, no podíamos dejar de visitar. Claro que esto implicaba atravesar toda la Argentina a lo ancho, porque estábamos exactamente en el extremo opuesto. En el camino pasamos por varias provincias, pero sin lugar a duda, aquella que más nos cautivó fue la provincia de Corrientes. Una de las cosas que me motivó a salir de viaje fue sentirme realmente atrapada en una burbujita mientras existía todo un mundo a mi alrededor que desconocía por completo, y eso mismo me pasó con esta provincia. Nunca pensé en Corrientes como una provincia muy relevante… pero que equivocada que estaba! Sus paisajes y su absoluta paz nos cautivaron tanto que permanecimos varias semanas recorriéndola. Llegamos a la capital de Corrientes, que lleva su mismo nombre, a través de un enorme y macizo puente de gruesas columnas que cruza todo el ancho del enorme Rio Paraná desde la provincia de Chaco. Arribamos una tarde con un nublado cielo amenazante sobre nosotros (raro, no?) pero nos encontramos con una ciudad tan linda que nuestro ánimo no se derrumbó por el mal clima. Encontramos un club de pesca situado a orillas del Rio Paraná y allí armamos campamento. La idea era pasar solo una noche y continuar viaje al día siguiente, pero al final terminamos quedándonos allí unos 3 días porque el lugar es hermoso. Además, para mejorar nuestros ánimos, al día siguiente el cielo mostraba un cálido sol, así que luego de tantos meses de frío era momento de disfrutar de un poco de calor. Recorrimos la costanera de la ciudad de Corrientes que bordea el inmenso río y paseamos por sus calles, pero la verdad es que la mayor parte del tiempo nos quedamos en aquel tranquilo lugar verde, simplemente disfrutando de la naturaleza, y fotografiando aves (mi mayor hobbie). La segunda noche allí, decidimos ir al cine. Cuando vivíamos en nuestra ciudad, La Plata, teníamos la costumbre de ir al cine cada tanto y, aunque suene un poco banal lo que voy a decirles, aquel sencillo gesto de hacer algo que antes era rutinario para nosotros, fue todo momento que valoramos y disfrutamos después de tantos meses fuera de nuestras costumbres Durante nuestra breve estadía en la ciudad de Corrientes, muchas personas con las que hablamos nos recomendaron un lugar que parecía tener todo lo que buscábamos: Paso de La Patria era el lugar de las playas, la tranquilidad y naturaleza. A través de la Ruta 9, solo tuvimos que recorrer unos pocos 35 kilómetros, hasta que pudimos ver la indicación de la supuesta entrada hacia el poblado de Paso de La Patria. Tomamos aquel camino de tierra y comenzamos a travesar grandes hectáreas de campos verdes. Preguntamos un par de veces a algunos pobladores que nos cruzábamos si estábamos bien encaminados, porque aquel desértico camino nos desconcertó un poco. Pero aún así, luego de algunos kilómetros, comenzamos a ver algunas casitas y finalmente llegamos a una zona más residencial situada exactamente sobre las costas del rio. Como nos habían indicado, en aquella localidad reinaba la paz. Más tarde supimos que en realidad nos habíamos equivocado de camino e ingresamos por la vieja entrada, pero fue lo mejor, porque de esta manera llegamos a una punta del poblado, mucho más tranquila y donde solamente había casas de veraneo. Armamos carpa sobre la tibia arena, a escasos metros del río y eso realmente fue el paraíso. Los atardeceres en aquel lugar son únicos. El sol escondiéndose tras el horizonte del Rio Paraná, coloreando el cielo de tonos rojizos, mientras se escuchaban los últimos cantos del día de los pajaritos… era un regalo único de la naturaleza. A lo largo de toda la playa se pueden descubrir algunos barcitos y hasta una escuela de kitesurf. Sobre la calle que da hacia el río podíamos ver ostentosas casonas de veraneo, que realmente tenían una vista envidiable desde sus balcones, y algunos hoteles. Sólo unos pocos metros más adelante comenzaba el poblado con casa de residentes establecidos y un pequeño centro con algunos restaurantes y negocios. Las noches fueron todo un espectáculo, con una gran luna reflejándose en el calmo río y un cielo pintado de millones de estrellas, bajo el cual estábamos sólo nosotros dos, la carpita y la moto. El ulular de los búhos era lo único que irrumpía en el calmo silencio de las noches en Paso de la Patria. Los días que permanecimos en aquel lugar, no hicimos NADA. No hubo nada de paseos por la ciudad ni cine... simplemente pies descalzos sobre la arena, momentos de lectura y descanso total. Hasta pudimos ver un elegante lobito de mar que se paseaba tranquilamente por el rio, probablemente dirigiéndose hacia su madriguera. Cuando nos fuimos de aquel lugar lo hicimos por el camino correcto, y recién entonces descubrimos una gran ciudad con mucho poblado y negocios, pero como siempre, prefiero la tranquilidad y la soledad Nuestro siguiente y último destino dentro de la provincia de Corrientes fue la pequeña localidad de Ituzaingó. Llegamos allí con la intención de conocer la gigantesca Represa de Yaciretá, una hidroeléctrica que alimenta a varias poblaciones de Argentina. Recorrimos más de 100 kilómetros y llegamos al pequeño poblado. Aquella localidad fue construida para los empleados europeos que se establecieron en Corrientes para trabajar en la construcción de la enorme represa, por lo que es un organizado barrio de prolijas casas exactamente iguales unas con las otras y centros comerciales delimitados en el centro de Ituzaingó. Recorrimos algunos campings en busca solo de agua caliente, pero al encontrarnos fuera de temporada, eso no fue posible. No hubo más opción que aguantársela y bañarse rapidito con agua fría. Pero al final, acampamos en un gran camping de mucho verde y altos árboles, donde sólo estábamos nosotros. El camping contaba con una bajada directa a la costa del rio. Nunca imaginé que las playas de un rio podrían ser tan bellas como las playas del mar, pero caminar sobre aquella ancha costa de arena, al atardecer para mí fue un momento único. Mientras el sol se ocultaba tras la espesa vegetación que se continuaba con las playas, algunas pequeñas embarcaciones, pesqueras probablemente, iniciaban el regreso a las orillas. Durante las noches aparecían las simpáticas lechuzas vizcacheras, listas para la caza, y se las podía ver de a montones, sobrevolando por nuestras cabezas o en algún punto alto, acechando. Visitar la represa es un tour completamente gratuito y aunque debo confesar que en un principio me parecía una idea de lo más aburrida, pronto descubrí un sitio muy interesante por conocer. Desde un edificio de la represa, situado en el centro de Ituzaingó, partía una combi que nos llevaba hacia Yaciretá junto con una guía, completamente gratis. El edificio disponía de un pequeño recorrido informativo para hacer, donde se mostraban desde los antiguos pueblos originarios que habitaron la zona y la fauna y flora del lugar hasta la construcción paso a paso de la represa, y toda la explicación detallada de su funcionamiento. Tomamos la combi hacia el mediodía, junto con otras personas y una guía, pobladora oriunda de Ituzaingó. El mini bus tomó un camino restringido solo para las visitas y para las personas que trabajan en la represa y en poco tiempo llegó a la inmensa construcción. Aquella enorme y maciza barrera de cemento, atravesaba el río de costa a costa, y contra ella golpeaba fuertemente el oleaje produciendo un ensordecedor estruendo. Ingresamos, llevados por la guía hace la sala central, donde se encontraban los generadores de electricidad a partir del paso controlado del agua. Una construcción realmente impecable y admirable. Después de una resumida explicación del funcionamiento de las turbinas por parte de la guía, nos dirigimos hacia el lado exterior, donde se podían ver las enormes compuertas que contenían la fuerza del agua, aunque esta terminaba por sobrepasarla un poco en cada golpe que daba contra la represa y caía brutalmente hacia el otro lado, haciendo un gran ruido. Para alterar lo menos posible la fauna ictícola del río (aunque semejante construcción seguramente haya perturbado bastante todo el ecosistema de la zona) la represa dispone de un sistema de “ascensores” para los peces que migran en época reproductiva, en los que se los recogen de un lado de la represa, y se los transporta hacia el otro lado mediante elevadores… bastante interesante, no creen? Antes de dejar atrás la provincia, quisimos conocer los esteros del Iberá, porque la verdad es que Corrientes se caracteriza claramente por estos húmedos ambientes que se extienden sobre su territorio, de abundante vegetación y variada fauna. Intentamos acceder a una reserva, pero el camino, para hacerlo en moto, estaba muy malo. Con barro y muchos baches, la moto dio sus tropiezos varias veces hasta que decidimos volver. Estaba muy entusiasmada por ver reptiles y mamíferos de la zona, pero queríamos salir ilesos del lugar. Así que, lamentablemente nos quedó pendiente la visita a los esteros, pero también nos sirvió para confirmar que Corrientes tiene muchas cosas más que la convierten en una provincia llena de vida y belleza. Continuamos nuestro gran viaje velozmente por la ruta, ansiosos por llegar a nuestro próximo destino, la provincia de la tierra colorada Misiones.
  2. El Valle de La Luna (como es mundialmente conocido) o Parque Nacional Ischigualasto, su verdadero nombre, es un rincón en mi país que realmente impresiona y asombra por sus peculiares e insólitos paisajes, tan interesantes como extraños. Ubicado en el norte de la provincia de San Juan, en el límite con La Rioja, el Parque Nacional es conocido a nivel mundial por sus características geológicas y paleontológicas. Aquel desértico paisaje, desprovisto casi por completo de vegetación, con sus contrastados colores y sus realmente extrañas formas en la roca esculpidas por la erosión, es un interesante lugar desde el punto de vista científico ya que es el único que conserva, plasmado en su geografía, todo el período triásico, que se puede observar “por capas” en las grandes formaciones rocosas. Para llegar a él, debimos tomar un desvío que se abría al costado de la ruta 40 y que se internaba en la llana estepa, perdiéndose en el horizonte. Por la Ruta 40, camino al Parque Ischigualasto A medida que avanzábamos cautelosamente por el camino, me comenzaron a invadir algunos escépticos sentimientos sobre aquel lugar porque a nuestro alrededor no se veía nada. Y cuando digo nada, es nada…. Solo un llano horizonte amarillo y unos pocos arbustos. Además no vimos ningún otro vehículo viajando por aquel desvío por lo que más de una vez dudamos de haber estado dirigiéndonos en la dirección correcta Pero, luego de algunos kilómetros, el camino giró en una curva y encaramos lo que parecían unas pequeñas construcciones, a lo lejos. Efectivamente, allí estaba establecida la base y el único centro dentro del parque. Sólo había una pequeña oficina informativa, un museo y una confitería en el medio de la nada, básicamente. “¿Esto es el Parque Ischigualasto?” pregunté yo con bastante desconfianza. Y así era. Detrás de las oficinas de información, se encontraba el área de acampe, en donde unos quinchos de caña servían como resguardo del fuerte viento que soplaba por aquella zona, sobre todo a la noche. Zona de acampe en Parque Ischigualasto Mientras armábamos nuestra carpa el sol comenzaba a esconderse, bañando todo aquel inhóspito paisaje de un brillante dorado y encendiendo las quebradas que cortaban un poco con la plana monotonía del horizonte. Atardecer en Valle de la Luna Si uno se asomaba, subiéndose a lo alto de alguna de las colinas que rodeaban el predio, podía ver las miles hectáreas del parque extendiéndose hasta el horizonte. Una familia de liebres patagónicas salía de su guarida para una última comida antes del anochecer o quizás para otras actividades nocturnas. Liebres patagónicas Fue en aquel momento, a vaaarios kilómetros del pueblo más cercano, que nos dimos cuenta de un pequeñísimo detalle: nuestras provisiones se habían acabado y no teníamos nada que comer. Por suerte aquel centro disponía de una confitería, como ya mencioné, así que compramos unas empanadas y aquella noche especial, en Ischigualasto, acampando solitos en aquel gigantesco silencio, cenamos acompañados de un vino tinto de San Juan… la verdad es que no soy muy amante del vino, pero aquel tinto, de una de las zonas de los viñedos más exquisitos de Argentina, no podía rechazarse. Vino y empanadas Al caer la noche, una gigantesca luna brillante apareció en el oscuro cielo y junto con ella, y para mi asombro y felicidad, nuestros vecinos se hicieron presente: unos adorables zorros grises. Aprovechando una de las últimas noches de luna llena, en las oficinas de información nos ofrecieron hacer una excursión nocturna guiada por el Parque. En aquel momento, ya cansados de viajar todo el día, nos negamos, pero la verdad es que nos arrepentimos. Así que bien, recomiendo hacer esa excursión bajo la luz de la luna llena a quienes tengan el placer de visitar aquellos parajes. A la mañana, entonces siguiente realizamos la excursión diurna por el parque. La única manera de poder recorrerlo, es formando una caravana de vehículos (por lo que hay que tener uno propio…o sumarse al de alguien), encabezada por un guía. No se puede ingresar por medios propios. Antes de partir pude entretenerme largo rato, fotografiando más zorros que con curiosidad y confianza se acercaban a tan sólo pocos metros del campamento. Zorros grises La caravana comenzó a avanzar lentamente por aquel inhóspito Parque, mientras nosotros cerrábamos el paso en último lugar, avanzando sobre la moto. A medida que transitábamos por la huella prolijamente delimitada sobre la rojiza tierra, el paisaje comenzaba a mostrarnos hoscas formaciones de rocas de afilados ángulos. Algunas formaciones llamaban más la atención que otras, por su tamaño y sus extrañas estructuras, que habían inspirado imaginativos nombres con los que se los llamaban. Así llegamos a la primera parada de la excursión, “El Gusano”. Una alargada estructura de rocosa que, con mucho amor, podía asimilarse a un gusanito gigante. Fue genial cuando el guía nos mostró un resto fósil de una planta, similar a un helecho, adherida delicadamente a la maciza roca. La segunda parada, sin embargo, fue la que me cautivó y la que realmente despertó mi interés por aquel peculiar parque. Llegamos a la zona del Valle Pintado o Valle de La Luna, al que debe su nombre popular el parque. Asomados desde lo alto de una colina, hacia abajo y extendiéndose por todo el terreno, podía verse un hermoso y raro paisaje que no parecía del planeta tierra. Decenas de colinas de diferentes tamaños ondulaban el terreno, y cada una estaba teñida con franjas de distintos tonos de grises y tintos de arcilla y arena. Millones de años atrás, en aquel desértico lugar, había existido una gran cuenca de agua, que fue la que moldeó delicadamente aquel sinuoso horizonte. Valle de La Luna Sólo algunos pocos metros más adelante, continuando con el recorrido, llegamos a otras grandes y llamativas figuras. “La Esfinge” que realmente se parecía a la original de Egipto, se alzaba contra el cielo celeste y parecía imposible creer que la naturaleza hubiera sido su única creadora. La Esfinge La llamada “Cancha de Bochas” era otro gran espectáculo, producto de la actividad geológica, estructuras finamente redondeadas cual pelotas (su nombre deriva de un juego de pelota tradicional en Argentina) de distintos tamaños se encontraban dispersas en un área completamente plana. Era asombroso ver la perfección con las que algunas de estas rocas, de oscuro coloración, mostraban en su esférica silueta. Cancha de Bochas Durante el último tramo del recorrido que dura aproximadamente 3 horas, visitamos las estructuras más impresionantes. Hicimos una parada en “El submarino”, donde una gran plataforma rocosa con dos torres que se sostienen como si la gravedad no les afectara en absoluto, se asemejan al perfil de un gran submarino. El Submarino Y la siguiente forma fue la típica del Parque Ischgualasto, y con la cual se lo representa en fotos y postales, el famoso “Hongo”. También en ella se puede apreciar una maciza piedrota elevándose majestuosamente, con sus extraños ángulos. El Hongo Hacia el horizonte, es imposible dejar de notar la gran pared barrera roja como la sangre que limita el Parque Ischigualasto con su vecino, el Parque Talampaya, situado en la provincia de La Rioja. A medida que el sol comenzaba a caer y los rayos pegaban de lleno sobre aquella quebrada ésta parecía prenderse fuego al brillar su color rojo. Pared rojiza que limita al Parque Ischigualasto con el Parque Talampaya Ya para el tramo final del trayecto, la caravana tomó el camino de salida, que discurría por el costado de esta gran pared colorada, atravesando diversos paisajes de grises y secuenciales ondulaciones, o redondeadas lomadas claras y violáceas. Todo aquel recorrido realmente parecía habernos transportado a algún otro planeta, porque en ningún otro lado pude ver un paisaje si quiera similar al que apreciamos esa tarde sobre la moto. Los extraños paisajes del Parque Regresamos famélicos a la estación base del parque y fuimos directo a la confitería a comer más empanadas. Con la panza llena, de repente comenzamos a sacar cuentas y hacer cálculos y notamos con un poquito de pavor que sólo nos quedaban escasas monedas en nuestros bolsillos y aun debíamos pagar el costo por la noche del camping. Sin ningún cajero automático cerca y ninguna posibilidad de pagarlos por otros medios, la verdad es que debo confesar que decidimos huir de aquel lugar a hurtadillas. Con tranquilidad, pero apresuradamente juntamos campamento y antes de que el sol se escondiese, debimos abandonar el Parque Ischigualasto como dos bandidos escapando de la ley. jeje... no es muy simpático?
  3. Después de haber estado varios días recorriendo las rutas de nuestro país vecino, Chile, volvimos a nuestras tierras a través de la provincia de Mendoza. Para ello, debíamos atravesar nuevamente la enorme Cordillera de los Andes. A medida que nos acercábamos hacia el cruce limítrofe, ya podíamos ver los picos nevados de las montañas emergiendo desde el horizonte. El camino que debíamos tomar se llama Paso de los Libertadores o túnel del Cristo Redentor. A una altura de casi 3200 metros, el camino se extiende unos 3 kilómetros en forma de zigzag a través de toda la pendiente de una enorme montaña cordillerana. Por ello aquella carretera también es llamada “Los caracoles”, ya que las condiciones del camino obligan a los conductores a transitar lentamente la cuesta montañosa. Un total de 29 curvas muy cerradas y seguidas, conforman el sinuoso camino que comenzamos a ascender, exigiéndole al máximo al motor de la pobre Honda, que avanzaba cargadísima pero audazmente por el blanco camino cubierto de nieve. A medida que escalábamos la montaña a través de Los Caracoles, el paisaje se iba abriendo, mostrándonos toda la belleza de la cordillera, mientras respirábamos el gélido aire andino. Bordeando el filoso risco, esquivando cargados camiones y avanzando por entre túneles construidos por entre la misma roca de la montaña, logramos finalmente llegar al otro lado e ingresar nuevamente a Argentina. El paisaje era bastante inhóspito. La carretera avanzaba, atravesando la llanura de tierra, escoltada por montañas de diversos tamaños y colores. Y en el medio de aquel paisaje tan peculiar, nos cruzamos con una de las más curiosas formaciones rocosas de Argentina: El Puente del Inca. Rodeado de un diminuto poblado de apenas 130 habitantes, aquella formación geológica de 50 metros de largo y 30 de ancho, cruza cual puente el caudal del Rio de las Cuevas, y preserva vertientes naturales de medicinales aguas termales. Aquel monumento natural se ha formado a lo largo de los años a partir de la acción de éstas aguas minerales, las cuales tiñen la roca de unos intensos colores anaranjados y verdes, dándole a aquella vista un aspecto más bien de cuadro pintado por algún artista abstracto. Existen varias leyendas sobre este sitio, sobre todo porque debe su nombre a que se cree que las antiguas civilizaciones descendían a este sitio, en busca de la acción medicinal de estas termas. La que más me gustó de todas las que leí, cuenta que antes de la llegada de los españoles a América, el heredero al trono del imperio Inca enfermó gravemente, por lo que, aconsejado por sus sabios, su padre, el emperador inca juntó a sus mejores guerreros y se trasladaron en caravana hasta estas vertientes medicinales. Luego de varios meses de difícil travesía, los guerreros junto con el emperador y su moribundo hijo llegaron a la orilla de un gigantesco y torrentoso río, y observaron que justamente en la orilla opuesta se encontraban las salvadoras aguas medicinales. Los guerreros, sin dudarlo, entrelazaron sus brazos y piernas los unos con los otros para formar un sólido puente humano que permitió al rey cruzar el río y llegar por fin a la única salvación de su hijo. Cuando el soberano volteó su vista para agradecer a sus guerreros, estos se habían petrificado, formando así en majestuoso Puente del Inca. Continuamos nuestro viaje, y en pocas horas dejábamos atrás la inmensa cordillera, para ingresar nuevamente en la estepa patagónica (seguramente ya están tan cansados como yo de que les mencione la llanura patagónica, pero es la reina de Argentina ) Llegamos finalmente, para la caída de la tarde a la localidad de Uspallata, un pequeño pueblo de montañas y dueño de algunas ruinas jesuíticas. Instalamos la carpa en un camping que parecía abandonado, y sólo nos recibieron unos adorables gatos y un francés quien, junto a su guía argentino, estaban iniciando un recorrido por el norte argentino en bicicleta. Aquel francés se acercó a invitarnos una copa de vino que orgullosamente había adquirido en el pueblo, ya que, Mendoza junto con otras provincias aledañas de Argentina son famosas por sus viñedos y por su producción de exquisitos vinos a escala mundial. Mientras brindábamos (les aseguro que sólo tome una copa) el francés nos mencionó un camino que él mismo, junto a su compañero recorrerían al día siguiente, que era de ripio y ascendía 3000 metros sobre el nivel del mar, atravesando montañas y bruma. Para muchos puede sonar bastante peligroso, pero para Martin es suficiente para elegirlo como siguiente destino. Y como él es el piloto, yo lo sigo Así que, bien… a la mañana siguiente juntamos campamento y nos dirigimos hacia el paso de Villavicencio, el cual iniciaba exactamente en un desértico claro, donde se alzaba una gigantesca cruz, llamada Cruz de Paramillo. En el camino pasamos al francés y a su amigo pedaleando como locos al costado de la ruta, y en pocos minutos llegamos a un increíble llano donde efectivamente se encontraba una cruz y el horizonte se recortaba entre montañas, entre las cuales podía observarse a lo lejos la pared sur del imponente Aconcagua. Algo desconcertados pues el camino no está muy bien señalizado, y varias opciones se abren en aquel punto, elegimos un ancho camino de ripio, luego de una rápida consulta al GPS del celular. En un principio, aquel camino no parecía ser nada del otro mundo, hasta que llegamos a un punto en lo alto, en el que a nuestros pies se abría un gigantesco valle de grandes cerros forrados de frondoso bosque, y se podía ver el interminable camino de tierra bajar sinuosamente por la ladera de los montes. Una espesa bruma blanca acompañaba aquel paisaje. Con un traqueteo constante sobre la moto, fuimos avanzando por ese camino de tierra y piedras que bordeaba el precipicio. Hacia abajo, un gran y atemorizante vacío se abría paso entre la vegetación, provocándome algo de vértigo. A medida que descendíamos la bruma se hacía más leve y unos pequeños rayos de sol se filtraban, haciendo brillar aquel espectacular horizonte tan lleno de verde. Ese camino sinuoso que se abre a través de la quebrada es llamado el “camino de un año”, ya que tradicionalmente los pobladores decían que estaba formada por 365 curvas, pero esto no es del todo cierto, ya que realmente son 270 las curvas que la tortuosa carretera marca por entre los cerros. Luego de varias horas, manejando cuidadosamente por aquel camino, llegamos al final del recorrido, donde se encuentra el antiguo y refinado Hotel Villavicencio. Hoy, sitio de interés para quienes quieran recorrer sus increíbles jardines. El Hotel de Villavicencio fue construido en 1940, y funcionó durante años como hospedaje de personas de la alta sociedad del país y extranjeros, quienes disfrutaban de los lujosos aposentos, las canchas de tenis y sobretodo, de los maravillosos baños termales, principal atractivo de este bello lugar escondido entre los cerros. Entre bellos jardines que yo imaginaba repleto de flores en años anteriores, se abrían elegantes piletas, donde el agua termal llegaba desde las sierras conducidas por canaletas a través de la vegetación. Desde aquel viejo hotel de bella fachada que parecía detenido en la historia, condujimos hasta llegar a la capital de Mendoza. Una bella ciudad que mantenía las singulares acequias, finas canaletas a lo largo de todas las cuadras céntricas para llevar agua a todos los sectores. Nos hospedamos en la casa de Leo, un viejo amigo de Martin y durante nuestra corta estadía en la ciudad de Mendoza, visitamos su plaza principal donde se levanta un enorme monumento dedicado a San Martin, un gran prócer de nuestro país. También visitamos el zoológico de la ciudad, con su exclusiva ubicación sobre uno de los cerros más altos y llamativos de la ciudad. Nuestra siguiente provincia era San Juan y hacia allí nos dirigimos una mañana. Los caminos son realmente maravillosos e ideales para recorrerlos sobre la moto. El viento nos golpeaba fuertemente y montes cubiertos de verde se abrían hacia los costados a medida que avanzábamos por la ruta 40. Llegamos así a un peculiar pueblito, llamado Jáchal, rodeado de inmensos campos de agricultura. Era alegre ver como los pueblerinos, sobre todo los niños se nos acercaban curiosos o nos saludaban mientras avanzábamos por las empedradas calles. En Jáchal realizamos una pequeña travesía, bordeando la costa del Río Jáchal. Recomendada por los mismos cuidadores del camping donde nos habíamos instalado, una mañana partimos hacia la llamada Garganta del Diablo de dicho Rio. A solo pocos kilómetros de alejarnos del pueblo, el paisaje se vuelve hermoso. Entre grandes paredes de piedras de veteados colores, se abría un paisaje de claros colores marrones y verdes por el cual discurrían pequeños brazos del rio, como delgados arroyos. Llegamos a la Garganta del Diablo, donde un cañadón de 30 metros de alto conducía un trecho del río varios metros. Era muy llamativo el particular color del agua, aquel verde aguamarina turbio corría ruidosamente por entre las rocas. Sólo unos pocos metros más adelante, el Río formaba un inmenso estanque que contenía algunos islotes, que realmente parecía un espejo, porque las enormes montañas de alrededor se reflejaban nítidamente sobre la superficie. Nuestro principal objetivo al visitar la provincia de San Juan fue, en realidad, conocer el misterioso Valle de La Luna, Parque Nacional conocido mundialmente por su superficie que recuerda a la superficie de la luna, por lo que una mañana, como ya era habitual, recogimos nuestras cosas, nos despedimos del pequeño pueblo de Jáchal y marchamos hasta este mágico lugar.
  4. Disfrutamos a pleno de nuestra extensa estadía en Las Golondrinas, siendo cómodamente hospedados en la casa de Eduardo y Nerina, visitando los lugares más hermosos que la naturaleza patagónica nos ofrecía, recorriendo diversos parques y sobre todo, aprovechando poder dormir en un colchón. Pero era hora de seguir viaje, aún nos quedaban miles de kilómetros por recorrer y rincones por descubrir, por lo que debíamos seguir la marcha. Aquella mañana nos despedimos melancólicamente de Eduardo y Nerina y de sus tres bellas perras y partimos siguiendo la ruta 40 hacia el norte, dejando atrás el bello poblado de El Bolsón. Luego de una rápida parada en Bariloche, continuamos los siguientes 80 Km, hasta llegar a nuestro objetivo, Villa La Angostura. Siguiendo la tradición de todas las localidades de la Patagonia argentina, Villa La Angostura tiene ese encanto particular, sus cabañitas de techos en dos aguas y sus negocios de madera, rodeados de pinos y montañas, recuerdan a una ciudad suiza (o al menos, así creo que deben ser los poblados en Suiza ). Después de tanto tiempo durmiendo cómodamente en una cama, había llegado el momento de volver a nuestra querida carpa, por lo que buscamos un sitio adecuado para ello. Llegamos así a un camping municipal, ubicado a orillas del Lago Correntoso. Ingresamos a las extensas playas de tierra con varios pinos y algunas mesitas, completamente desiertas (porque a nadie se le ocurre acampar un helado día de otoño) y armamos la carpa. Aquella sería la prueba de fuego para evaluar nuevamente el colchón inflable con bajas temperaturas. Esta vez, contrario a lo que viviéramos en Ushuaia, decidimos colocar dos aislantes debajo del colchón, para separarlo del suelo, y sobre el colchón una manta polar, que sería nuestra salvación. Sobre ella, dormidos dentro de nuestras bolsas y fue todo un éxito. Aquella noche, a pesar del fuerte y helado viento que soplaba contra la carpa, pudimos descansar calentitos y, desde aquella noche, ese es nuestro sistema para evitar congelarnos con el colchón inflable La vista privilegiada desde mi suite XD Al día siguiente, con una mañana fresca y nublada, lamentablemente, decidimos recorrer el poblado. Nuestra idea era poder visitar el Parque Nacional Arrayanes, ubicado en la península de Quetrihué . Para llegar debíamos caminar o bien tomar una embarcación que salía desde la orilla del Lago Nahuel Huapi, pero la verdad es que el día amenazaba con una lluvia inminente y no queríamos desperdiciar así un lindo paseo. Así que simplemente nos limitamos a recorrer la costa del Nahuel Huapi. Hermosa vista del Lago Nahuel Huapi, desde Villa La Angostura Ascendimos por un sendero que llegaba hasta lo más alto de una colina y desde allí pudimos contemplar la inmensidad del lago, sus bellos colores y las enormes montañas en el horizonte. Vista desde lo alto del lago Nahuel Huapi Aquella noche el frio fue peor que la noche anterior. Acampando junto al Lago Correntoso, el viento soplaba fuerte y hasta nos fue imposible cenar, porque las temperaturas eran tan bajas que el agua para hacernos unos fideos, nunca llegó a hervir. Con unas pastas duras echadas a la basura y el estómago vacío, nos fuimos a dormir. Hacía un frio de locos! El objetivo principal de nuestra parada en Villa La Angostura era cruzar a nuestro país vecino, Chile, a través de la localidad limítrofe de Osorno. Estaba ansiosa por desviar nuestro viaje hacia otro país. Si bien, dentro del territorio argentino había conocido lugares increíbles, tenía ganas de conocer otras costumbres, otras formas de vida, otras maneras de pensar… Aquella mañana, entonces, levantamos campamento e iniciamos la ruta que nos llevaría hacia el cruce fronterizo. Una vez allí, realizamos el tedioso papelerío y cuando obtuvimos el permiso, comenzamos a viajar por las rutas chilenas. Aquel paisaje era completamente distinto al argentino. El gigantesco cordón montañoso cordillerano, que separa físicamente los dos países, retiene la humedad y las lluvias del lado chileno, por lo que allí, todo el ambiente es mucho más húmedo y la vegetación es muchísimo más tupida. Atravesando la espesa neblina húmeda, comenzamos a transitar el camino para llegar a la ciudad de Osorno. A pesar de que para ese entonces, ya tendríamos que haber estado acostumbrados, una potente lluvia nos sorprendió en el medio del camino. Aquel clima podía ser más selvático, pero el frio era igual de helado que en la Patagonia argentina, y encima, mojados, la cosa se puso bastante complicada. Martin iba disfrutando el viaje, y cada tanto lo escuchaba emitir algún suspiro de asombro ante lo que realmente era un paisaje increíble con montes rodeados de vegetación y a lo lejos enormes montañas envueltas en bruma y cubiertas de verde…. Pero la verdad, es que yo iba hecha un bollito detrás de su espalda, temblando y llorisqueando, sin poder disfrutar absolutamente nada de todo eso. Al caer la tarde, llegamos a la ciudad de Osorno. Una ciudad que nos recordó bastante a Bahía Blanca, una localidad bonaerense de nuestro país. Muchas casas, negocios y un día bastante gris provocaron que realmente Osorno no me pareciera la gran cosa. Pero ya caía la noche y debíamos buscar un hospedaje para pasar la noche. Encontramos uno barato, después de largas horas de búsqueda porque nos era difícil explicar qué era un hostel. Evidentemente allí, el concepto de habitaciones compartidas no era utilizado a menudo. Nos acomodamos en unahabitación de un hospedajefamiliar y salimos a recorrer en busca de algo para llenar nuestros estómagos. Llegamos a una enorme peatonal con muchísimo movimiento y muchos vendedores ambulantes. Nos cruzamos con un shopping (un “CHoping” como dirían mis amigos chilenos ) y buscamos un local de comida rápida. Y allí conocí al amor de mi vida. Los italianos, son la comida chatarra típica de Chile, que no es más que un hotdog (un pancho, se diría en Argentina), con palta, tomate y mayonesa…. Pero es LA Gloria. Desde aquella noche, quería alimentarme todo el tiempo de esos italianos! mmmm.... italianos (con la voz de Homero Simpson) Una vez satisfechos, retomamos el camino al hospedaje y cruzamos la gran plaza principal en cuyo centro había un gran estanque con un sistema de aguas danzantes y luces de colores cambiantes que iluminaban armoniosamente la fuente, todo un espectáculo que embelleció un poco la impresión que en principio me había llevado de aquella ciudad chilena. Fuente de colores en Osorno Desde Osorno debíamos recorrer alrededor de mil kilómetros hasta llegar a nuestro siguiente objetivo: la gran capital de Santiago de Chile. Muy temprano a la mañana siguiente, con el sol apenas asomando, emprendimos camino por la ruta n° 5 que conecta el país de sur a norte. Fue un recorrido reeeecto y laaaargo. Rutas de Chile Fuimos atravesando sectores con muchísima vegetación tupida que se asomaba hacia la carretera, y luego grandes campos sembrados. A diferencia de la extensa Patagonia argentina, sobre esta ruta veíamos poblados y casas constantemente y muchas de ellas ofrecían comidas típicas de Chile al paso. Recuerdo que lo que más leía eran carteles de “Mote con huesillo”. Intrigada, fui todo el camino imaginando qué clase de comida sería esa. Al caer la tarde, debimos buscar un lugar para pasar la noche. Lamentablemente en Chile, las cosas son bastante estrictas y no se nos permitía acampar al costado del camino como en otros lugares. Llegamos a una estación de servicio y preguntamos si nos daban permiso para armar campamento en un descampado contiguo. Tampoco nos aconsejaron acampar allí, pero nos indicaron que a pocos metros se alquilaban unas habitaciones, por lo cual, ya resignados nos dirigimos hacia allí. Un adolescente se asomó cuando nos oyó acercarnos con la moto y al preguntarle el precio por una habitación, recuerdo que nos llamó la atención que nos respondiera “1000 pesos chilenos el rato”. Pero aunasí, exhaustos, accedimos, porque lo único que queríamos era recostarnos. Cuando llegamos a la “cabañita”, entendimos todo. Aquello no era más que un burdo motel al costado de la ruta, un lugar para quienes quieren pasar un momento…romántico. No hicimos más que reírnos de la situación bizarra, mientras nos asombrábamos del espejo del baño con insinuantes formas y mirábamos con algo de desconfianza las sábanas de la cama. Finalmente dormimos sobre la cama, pero metidos en nuestras bolsas Al día siguiente emprendimos los últimos kilómetros y, por fin, luego de dos días de viaje, llegamos a la ciudad de Santiago de Chile. La ciudad de Santiago de Chile Siempre imaginé que sería una ciudad gigantesca, pero la realidad, nuevamente, superó de manera total mis expectativas. Capital Federal, el centro de Buenos Aires es un poroto al lado de esa inmensa metrópolis. Debíamos dirigirnos a una dirección determinada, ya que nos estaba esperando la genial Loretta, amiga de Martin, en su casa. Ingresamos a Santiago justo por el lado opuesto de donde debíamos llegar, por lo que debimos atravesar toooooda la ciudad. Manojo de edificios y edificios, negocios, gente! Mirase por donde mirase aquella enorme ciudad crecía en todas direcciones. Y autopistas. Por todos lados autopistas que cruzaban la ciudad por encima, sostenidas por robustas columnas, iban y venían comunicando la city de un punto a otro, y por donde los vehículos avanzaban velozmente. Algo mareados y después de varias consultas, finalmente llegamos a la casa de Loretta. No recibió una hermosa mujer de rubios rulos y típico y encantador acento chileno, que nos dio la bienvenida con unas buenas cervezas y algo para comer. Nos hospedaríamos en la casa de su novio (o pololo como le dicen allí ), Daniel Zaterio, un chileno que, así, sin más, sin siquiera conocernos, pero con toda la confianza nos dejaba su departamento unos días… un genio! Loretta es otra amante de los vehículos de dos ruedas, y junto a su novio poseen dos inmensas y preciosas BMW, con las cuales nos condujeron hacia el departamento céntrico donde nos hospedaríamos. Pronto descubrí que para los amantes de las motos como lo eran aquellos tres conductores con los que viajaba, esas anchas autopistas se convertían en vertiginosas pistas de carreras. Seguir a Loretta no era tarea fácil porque aquella temeraria muchacha corría a altas velocidades, haciendo rugir el motor de su BMW mientras esquivaba autos y buses… Pero admito que fue divertido. Zaterio vive en un barrio llamado Escuela Militar, una zona muy ostentosa ( si no LA MAS ostentosa ) de Santiago, llena de bancos, hombres en trajes y autos lujosos. Irónicamente allí caímos los dos, con la moto atiborrada de cosas cual circo y hechos un desastre después de dos días de incesante viaje…Como que contrastábamos un poquito con el paisaje. En Chile es común transitar en moto, pero todas son de último modelo y de la más alta gama, por lo que en poco tiempo nos acostumbramos a que la gente se acercara curiosa o nos mirara pasar sorprendidos con nuestro modelo 89, que debía ser una reliquia para ellos Caminamos mucho por las calles de Escuela Militar y a mí me dio la sensación de haber regresado a Buenos Aires. Anchas y limpias calles, llenas de apurados transeúntes muy compenetrados en conversaciones con sus celulares, empresarios desayunando en alguna lujosa confitería con sus laptops, enormes edificios de fina arquitectura… Todo allí rebosaba de riqueza y capitalismo. Esculturas del Barrio Escuela Militar, en Santiago de Chile Aun así, todo me parecía tan nuevo que iba casi saltando de un sitio a otro, llena de curiosidad. Lo que más nos llamó la atención fue encontrar grandes mercados subterráneos. Como si de estaciones de subtes se trataran, varios metros de negocios y confiterías se extendían por debajo de las grandes avenidas céntricas. Una tarde de aquellas, ascendimos con la moto por el cerro San Cristóbal por un camino sinuoso que corría por la pendiente de la colina y finalizaba justo en la cima. Allí, contemplando la vista de aquella enorme ciudad que parecía no acabar nunca, probé finalmente el famoso “Mote con huesillo”: un delicioso y dulce jugo de almíbar de durazno con granos de maíz… muy nutritivo y sumamenterico!. Tomando "mote con huesillo" en la cima! Unos de nuestros últimos días en Chile, decidimos dedicarlo a visitar la costa, por lo que viajamos unos 123 km, hasta llegar a la localidad de Valparaíso. Acostumbrada a las pintorescas ciudades costeras de Argentina, aquello me impactó un poco, sobre todo la extensa población invadiendo todos los cerros, extendiendo la ciudad en alturas. Muchas personas caminando por las calles, mucho tránsito y mercados por todos lados, la convertían en una ciudad con mucho movimiento. Valparaíso es, en realidad, una ciudad portuaria, por lo que no posee playas. Viña del Mar, sin embargo, es conocida por poseer unas encantadoras playas y queda exactamente al lado de Valparaíso, por lo que recorrimos la costa del Pacífico, hasta llegara unos miradores increíbles, donde tuvimos el gusto de observar el atardecer. Grandes pelicanos de enormes picos descansaban en las rocas, mientras el sol se ocultaba lentamente tras el mar encendiendo el cielo. Bajamos hasta las arenosas playas hasta que la noche cayó en la ciudad y me animé a mojar mis pies en el Océano Pacifico, a pesar del frío. La verdad era que habíamos conocido personas de un increíble corazón y una gran hospitalidad como Loretta, Zaterio y sus amigos que nos presentaron y que la ciudad nos ofrecía millones de cosas para recorrerla incansablemente, pero nuestros días en Chile fueron pocos, ya que, por empezar, el cambio de moneda no nos estaba favoreciendo para nada y llevábamos muchos gastos y además, debíamos continuar nuestro viaje. Así que una mañana, luego de un abundante desayuno que incluyó mi nueva adicción: La deliciosa palta, nos despedimos de Loretta, Zaterio y "El Cazador" (otro gran amigo de Martin) y emprendimos el regreso a nuestras tierras a través de la provincia de Mendoza.
  5. Más allá de todos los paisajes que nos habían asombrado y encantado hasta aquel momento en la Patagonia argentina, una de las mejores caminatas que realizamos en El Bolsón, fue la del Cajón del Azul: Un enorme río, al que llaman Río Azul, encajonado por altas paredes de piedra, rodeado de bosque nativo. De sólo imaginarme aquel paisaje, me llenaba de ansías para arrancar la excursión. El día anterior, debimos dar aviso a las oficinas de turismo, ubicadas en la plaza central de El Bolsón, donde nos registramos y nos brindaron un práctico mapa. A lo largo de un extremadamente largo sendero (de varios días de caminata) se encuentran diferentes refugios en los que uno puede pasar la noche, por lo que decididos a ello, nos equipamos con comida y las bolsas de dormir. Partimos una mañana entonces, desde Las Golondrinas en la moto, hasta llegar a un conocido paraje, llamado Chacra de Wharton, a aproximadamente 15 kilómetros. Allí debíamos dejar la Honda, ya que no se puede avanzar más en vehículo. Abrigados porque el día estaba bastante fresco, iniciamos la caminata. No les voy a mentir, fue un sendero muy cansador para mí y difícil, pero voy a intentar no adelantarme. Iniciamos descendiendo por un empinado camino marcado hoscamente en la tierra, hasta continuar con una senda más ancha, rodeada de un bosque de cipreses y cohiues. Y desde ese punto, comenzamos a subir. Paso a paso, íbamos ascendiendo a través de la pendiente que se internaba en aquel espeso bosque, siguiendo las flechas indicativas pintadas en las rocas o en los troncos de los árboles. A medida que avanzábamos, escuchábamos más cerca la turbulencia de un poderoso río, y eso nos animaba a seguir. La verdad es que yo debía detenerme cada algunos pasos para oxigenarme, porque el camino en aquel punto fue muy exigente. Para aumentar “la aventura”, a mi querido novio, no se le ocurrió mejor plan que salirse del camino principal, internándose en el bosque. Como ya les dije, está un poquito loco Al principio, ir haciéndonos paso entre la maleza, corriendo ramas y saltando raíces fue bastante divertido y emocionante… pero a medida que avanzábamos y nos internábamos más, la cosa comenzó a ponerse un poco complicada. Algunos metros más adelante nos cruzamos con lo que parecía ser un viejo camino, marcado débilmente en el suelo, y comenzamos a seguirlo, suponiendo que nos llevaría nuevamente a la senda principal. Aquello se puso realmente abstracto cuando comenzamos a avanzar por el borde de una vertical pendiente, con una peligrosa caída, varios metros hacia debajo de mucha vegetación. Casi que debía ir trepando, sosteniéndome de fuertes raíces para no rodar cuesta abajo. Ya bastante molesta con Martin porque ya aquello se estaba tornando demasiado para mi, decidimos desviarnos por segunda vez de aquel viejo camino y, afortunadamente, salimos al sendero principal. Sin más locuras, porque realmente se corre el riesgo de perderse en aquel laberinto de árboles, continuamos el ascenso por aquel camino de tierra y piedras, hasta llegar al responsable del estruendoso sonido que escuchábamos a lo largo del camino. Delante de nosotros, se abría un violento cauce de agua, una rama del Rio Azul, que descendía rápida y violentamente por entre gigantescas rocas claras. Un no muy confiable puente hecho de sencillas maderas se tambaleaba peligrosamente por sobre aquel caudal de agua. Aquel había sido el único medio para pasar por encima del brazo del Rio, pero (quizás quitándole un poco la aventura al camino, hay que admitir) un robusto, sólido y mucho más seguro puente de acero se había construido a su lado. Martin no dejó de quejarse de lo mucho que afectaba el sendero aquel puente, pero yo lo transité feliz y tranquilamente Continuamos el camino, que ahora bordeaba aquel sonoro caudal de agua cristalina. A medida que íbamos ascendiendo, por entre las copas de los árboles podíamos ver aquel brazo hacerse más angosto, escoltado por enormes paredes de piedra. El agua corría vertiginosamente saltando por entre las piedras y golpeando violentamente al caer. Luego de casi dos horas de continua travesía, llegamos al primer paraje del sendero, el refugio La Playita. En esta parte, el camino descendía sinuosamente hasta llegar a una cabaña situada en unas playas pedregosas, donde el agua corría más lenta y tranquilamente. En aquel lugar se puede acampar, comer algo o pasar la noche dentro del refugio, pero simplemente nos limitamos a recorrer las orillas, caminando por sobre hoscas piedras y continuamos la travesía. Sé que en épocas veraniegas, la gente suele bañarse en esas playas, pero esa idea estaba lejos de ser concretada para nosotros aquel fresco día. Aun nos restaba una hora más de ardua caminata por entre el bosque de grandes y altos pinos, en un tramo del mismo, debimos subir, escalando unos escalones realizados con gruesos troncos adheridos a una vertical pared de tierra. A medida que avanzábamos íbamos descubriendo algunos arroyos que cruzaban el bosque y a nuestro costado íbamos observando como el Rio Azul (ya habíamos conectado con él, a través del brazo) comenzaba a encajonarse en un abrupto cañadón, por entre el cual el agua corría rápidamente, arremolinándose en algunos sitios. Las paredes de aquel cajón se aproximaban cada vez más, a medida que continuábamos la caminata, hasta que llegó un punto que increíblemente ambas paredes estaban sólo separadas por apenas 80 cm. Un sencillo puentecito, hecho con algunos troncos conectaba ambas márgenes, pero uno podía saltar prácticamente de un punto al otro. Si se miraba hacia abajo, a 40 metros más o menos se podía ver el caudal el Rio Azul haciéndole honor a su nombre, ya que el agua realmente tiene un precioso color azul, a veces aguamarina cuando le pegan los rayos de sol, que no dejaba de deslumbrarnos. Cruzado aquel singular puente, un cartel nos indicó que sólo faltaba poco para llegar al refugio del Cajón del Azul. Apuramos la marcha hasta encontrarnos con una llanura, cubierta de campos de pastura. Unas vacas nos dieron la bienvenida en la tranquera e ingresamos al refugio. Como todos los refugios de aquel lugar, también podíamos pasar la noche allí, pero a pesar del cansancio y el agotamiento que sentíamos en nuestras piernas, una vez que recuperamos el aliento, con Martin decidimos seguir unos kilómetros más, aprovechando los últimos vestigios de luz del día, al siguiente refugio: El Retamal. Ni bien comenzamos a caminar los últimos tramos hacia nuestro objetivo, me arrepentí rotundamente. Aquellos últimos metros, había que hacerlos por entre altos árboles, tomando una difícil pendiente que ascendía varios metros. Con las rodillas casi temblándonos, llegamos a la cima, completamente exhaustos y desde allí, vislumbramos el siguiente refugio. Ingresamos a un extenso y verde campo con una sencilla casita ubicada en el medio. Un imperioso cordón de montañas rodeaba todo el paisaje. Un joven nos dio la bienvenida y nos indicó el lugar de la casa que podíamos utilizar, una cálida habitación con mesas y sillas tapizadas de lana de oveja y una pequeña cocina. Cansados y hambrientos por aquel arduo esfuerzo que nos llevó la caminata de todo el día, nos preparamos unos fideos y nos fuimos a dormir. En la parte superior de aquella habitación, un altillo servía de dormitorio, donde varios colchones se encontraban dispersos en el suelo. Recuerdo haberme metido dentro de mi bolsa de dormir y simplemente me desmayé. A la mañana siguiente, temprano, decidimos comenzar el retorno. El sendero sigue mucho más allá, llegando incluso a un glaciar, llamado Hielo Azul, pero no llevábamos la suficiente comida y ropas para pasar muchos días más en el bosque, por lo que había que volver. Sin embargo, antes de tomar el camino de vuelta, el encargado del refugio nos aconsejó que visitáramos un lugar, ubicado en altura, llamado Paso de Los Vientos. Sinceramente, mis pobres piernecitas no querían saber más nada con seguir subiendo, pero a pesar de mis quejas, aquello valió totalmente la pena. Fuimos avanzando a través de un sendero que ascendía internándose en el bosque, el cual crecía atravesando el camino. Debimos ir esquivando ramas, corriendo hojas y saltando raíces. El rocío de la mañana había humedecido toda la vegetación y pronto terminamos nosotros también completamente mojados, al ir rozando con todo el follaje que se interponía en el camino. El camino llegó hasta el comienzo de unas altas colinas que fuimos ascendiendo por entre grandes rocas, y cuando al fin llegamos a la cima nos quedamos anonadados. A nuestro alrededor se abría un gigantesco valle tapizado de bosque y más allá todo estaba rodeado de grandes montañas. En aquel lugar reinaba la absoluta paz y el silencio. Realmente uno se sentía muy insignificante al lado de tal abrupto paisaje. Permanecimos varios minutos allí, llenándonos de aire puro y contemplando aquel paisaje maravilloso. Me senté sobre la sima de una de las más altas colinas y me quedé simplemente maravillada. Aquella ardua caminata, realmente había valido la pena. Aquel lugar era increíble! Descendimos nuevamente al refugio El Retamal, tomamos nuestras mochilas y emprendimos el regreso a El Bolsón. Antes de llegar al Refugio del Cajón del Azul, en el cual no habíamos parado el día anterior, nos desviamos, curiosos de seguir una indicación en un desprolijo cartel de madera que indicaba el camino al “nacimiento del cajón”. Solo unos pocos metros más adelante descubrimos, efectivamente, el sitio exacto donde el río comenzaba a correr por entre el nacimiento de grandes rocas que más adelante se convertirían en el Cajón del Azul. El agua increíblemente cristalina saltaba por entre las rocas y se escurría cuesta abajo con fuerza. Se podía ver el fondo rocoso de tan transparente que era el agua. Un precioso Martin Pescador, un ave típica de la zona, famosa por sus habilidades en la pesca, sobrevolaba el rio en busca de alimento. Era la primera vez que veía a este precioso animal en persona Retomamos otra vez el camino y regresamos por sobre nuestros pasos hacia la moto. El camino de vuelta creo que fue peor que el de ida, si tengo que serles sincera, pero al final, llegamos cansados pero felices al reencuentro con nuestra querida Transalp.
  6. Jamás me había sentido tan vívidamente en una película de terror, como cuando paramos aquel atardecer en Bajo Caracoles. Literalmente aquel lugar está conformado por sólo un surtidor de gasolina, un hotel y CUATRO casas, exactamente a escasos metros de la ruta, rodeado de la absoluta nada: tierra, más tierra y unos pocos arbustos. Aquel lugar subsiste porque es parada obligada para cargar el tanque y porque cerca de allí se encuentra un atractivo turístico antropológico bautizado como cueva de las manos, del que lamentablemente no puedo hablarles porque no lo visitamos En la habitación del cuarto de aquel hotel que nos asignaron para pasar la noche había un gran ventanal por el que uno podía ver la extensa llanura patagónica extenderse hasta el infinito, una vista bastante impresionante. Cuando cayó la noche y todo quedó a oscuras, yo ya esperaba que apareciera algún asesino con una sierra o algo similar, porque era la escena perfecta. A la mañana siguiente, nos esperaba una gran sorpresa (no, no había acontecido ningún asesinato), al encontrarnos con un amanecer con una intensa nevada. Afuera todo estaba cubierto de una gruesa capa de nieve. Hasta la moto, que había dormido fuera, estaba blanca y helada. Al preguntar al encargado del hotel (un hombre bastante apático) si eran frecuente ese tipo de nevadas por aquella región, imaginen nuestra resignación cuando nos respondió que por aquella zona nunca nevaba La moto cubierta de nieve en Bajo Caracoles Esperamos por más de una hora, pero la nevada no aminoraba, ni un poco, por lo que decidimos marcharnos de todas formas. Tendríamos una segunda sorpresa desagradable al descubrir que aquel oso de peluche, pasajero que recogiéramos en El Calafate, Ruperto, había desaparecido. Lo busqué intensamente, pero el oso jamás apareció. Hasta el día de hoy sospecho de aquel sombrío hombre encargado del hotel, pero en nuestra imaginación nos hicimos la idea de que Ruperto era un oso viajero que sólo necesitaba un aventón hasta Bajo Caracoles, y a día de hoy debe seguir viajando por el mundo. Nunca antes habíamos viajado por la ruta bajo una nevada, y fue una experiencia casi mágica. A pesar del terrible frío que obviamente empecé a sufrir, los copos de nieve descendían del cielo lentamente, como en una película, haciendo de aquella escena un momento único. Fuimos atravesando esa cortina blanca, hasta dejarla atrás algunos kilómetros más adelante. Nuestra siguiente parada obligada al caer la noche fue en la localidad de Gobernador Costa, en un sencillo hotel y al día siguiente continuamos viaje. Era evidente que la noche anterior había nevado sobre la llanura, porque todo a nuestro alrededor estaba cubierto con un blanco manto. Claramente, estábamos llevando la nieve con nosotros. La carretera cubierta de nieve Estábamos próximos a llegar a nuestro siguiente objetivo: El encantador poblado de El Bolsón, sitio predilecto por los viajeros natos, mochileros y artesanos…. Bueno, por los hippies en pocas palabras Habíamos estado viajando meses por la interminable llanura patagónica, asombrosa por su extensión casi infinita, por sus colores, sus curiosos habitantes y su total inmensidad que deja impresionado a cualquier viajante, cuando, de repente, todo explotó de verde. Fue casi inmediato. Cuando me quise dar cuenta, viajábamos a través de la ruta rodeada de frondosos pinos que cubrían las cumbres de las montañas en todas direcciones. Respiré hondo dentro del casco, para llenar mis pulmones de oxígeno fresco y de ese peculiar aroma a tierra y hierbas. Sentí que me llenaba de vida y de alegría al ver aquel horizonte celeste, con las montañas apareciendo por todos lados y el verde del bosque. Llegando a El Bolsón Y nos estaban esperando. Eduardo, el papá de Martin, y Nerina, su mujer, viven en un barrio residencial llamado Las Golondrinas, a escasos kilómetros de la localidad de El Bolsón. Para llegar a su casa, tomamos un empinado camino de tierra, que subía sinuosamente por una pendiente y se internaba en un espeso bosque. Y al fin arribamos a lo que yo llamaría sin lugar a dudas, un pedazo del paraíso en la tierra. Situada sobre un extenso terreno de inclinada pendiente que se perdía entre los árboles aledaños, la casa de Eduardo y Nerina se erigía en la cima de una suave colina, rodeada de naturaleza y paz. Mirase por donde mirase el paisaje era simplemente maravilloso. Gigantescos cordones nevados se elevaban a lo lejos y todo estaba invadido de aquel bosque con sus tonos verdes, y también rojos y amarillos, que indicaban que en breve iniciaría el otoño. Allí, el más importante es el Cerro Piltiquitrón, un gigante de roca, a cuyos pies nace El Bolsón. Las Golondrinas Debo admitir que llegué algo nerviosa a Las Golondrias, pues sería la primera vez que conocería a Eduardo y Nerina, pero fuimos tan bien recibidos por ellos y por sus tres adorables perras: Belcha, Yuri y “La Popi”, que inmediatamente me sentí muy cómoda y en familia…un sentimiento que ya venía extrañando a tantos meses de la partida de mi hogar. Tan cómoda me sentí que permanecimos allí por un mes! Jejejeje....un poco abusivo, no? Aunque, honestamente, yo me hubiera quedado a vivir en aquel lugar… simplemente intenten imaginar, despertarse cada mañana con el canto melodioso de decenas de aves distintas, poder apreciar la belleza de los Picaflores Rubí que se pasaban todo el día aleteando cerca de los bebederos dulces que Eduardo y Nerina habían tenido la fantástica idea de instalar en cada ventana de la casa, poder fotografiar las liebres que curiosas se acercaban a olisquear las bellas flores del jardín de Nerina… para mí, eso era un sueño. Picaflor rubí Liebre patagónica Durante el tiempo que permanecimos hospedados en Las Golondrinas, pudimos recorrer algunos de los más bellos lugares cercanos como Lago Puelo, Los Alerces y el mismísimo Bolsón, así que intentaré darles una breve pero detallada descripción de cada lugar para que puedan viajar conmigo por los maravillosos rincones de mi país. El Bolsón Ya había visitado este bello pueblo algunos años atrás, cuando hice un viaje con mi familia y en ambas ocasiones tuve la misma sensación: aquel lugar tiene una energía, una vibra muy especial, quizás proveniente del impresionante Piltiquitrón, y es por ello que es tan elegido por viajantes bohemios. Su calle principal se extiende sólo algunas cuadras, cruzando la enorme plaza principal. En el medio de la ancha plaza verde, hay un gran estanque donde viven una pareja de Patos Overos con un plumaje increíblemente tornasolado. También se pueden avistar hermosas aves como el tradicional Tero, o las elegantes Bandurrias. Una de las atracciones más importantes de la plaza es, en realidad, la inmensa feria artesanal que abre un par de días a la semana y donde uno puede encontrar una variada oferta de productos artesanales. Patos Overos Pero también es importante que les hable de las dos cosas más maravillosas del mundo: La cerveza y el helado artesanal. El Bolsón posee una magnífica fábrica de cervezas que lleva el nombre del pueblo y, si uno quiere degustarlas, puede acercarse al restaurante ubicado a algunas cuadras del centro principal, donde encontrará una variedad increíble de sabores: las típicas rubia, negra y roja, junto con algunas opciones más exóticas, como cerveza con frambuesa, con cerezas, con cassis, con miel, con chocolate y hasta una muy extraña que es la cerveza picante. Además sirven unas pizzas exquisitas!!! Y luego de darse esa panzada de pizza y cerveza, nada mejor que ir por el postre a la heladería Jauja, donde sirven los más ricos helados con frutas de la zona (como cafayate) y algunos sabores un tanto más….. “exóticos” como: “mate cocido con tres cucharadas de azúcar” o “Profundo y Contradictorio”. Un kilo de ese helado y una noche de scrabble los cuatro en aquella cálida casa en Las Golondrinas es uno de los maravillosos recuerdos que mantendré siempre en mi mente. Hay una sencilla caminata que se puede hacer simplemente a las afueras del pueblo, que nos lleva a una vista panorámica increíble de El Bolsón y sus alrededores, y a conocer la famosa “Cabeza del Indio”, una peculiar formación rocosa que recuerda a un perfil de un hombre. Cabeza del Indio, en El Bolsón El Bolsón es sencillamente uno de esos lugares que uno no puede dejar de visitar si recorre la patagonia argentina, ya que es un sitio ideal para renovarse de energía, respirar pura naturaleza y quizás hacerse alguna trenza hippie Lago Puelo A sólo 17 kilómetros de El Bolsón, se encuentra este bellísimo espejo de agua, al que dedicamos un día para recorrerlo. Rodeado de un espeso bosque de copas frondosas y verdes, y de irregulares colinas se encuentra el pueblo, a pocos metros del lago, que lleva el mismo nombre. El inmenso Lago Puelo El lago, se encuentra ubicado dentro del Parque Nacional Lago Puelo, área de reserva de animales autóctonos como el pudú y el ya mencionado huemul. Además, se caracteriza por poseer una flora única en la zona, ya que es un sitio de transición entre el bosque andino y la selva valdiviana. Existen varios senderos para recorrer el Parque, pero lo más impresionantes son las vistas al inmenso Lago Puelo, que realmente parecen postales. Parque Nacional Los Alerces Un día de aquel mes en El Bolsón, decidimos cargar nuestras mochilas e irnos un par de días a recorrer el fabulosos Parque Nacional Los Alerces. Separados por unos 130 kilómetros de El Bolsón, aproximadamente, se llega al Parque tomando la ruta n° 71. El Parque Los Alerces es una inmensa área protegida (el cuarto en la lista de los más grandes Parques Nacionales) creada para la protección de fauna y flora autóctona, especialmente para preservar el bosques de alerces o lahuán, una especie de árbol de los más longevos del mundo, los cuales pueden vivir entre 3000 y 4000 mil años! Y llegan a medir hasta 60 metros de altura…impresionante. Aquel día, concluimos que la mala suerte era nuestra tercera pasajera en este viaje. Al llegar al Parque nos informaron que tanto los senderos para realizar caminatas dentro del mismo, como los campings habilitados (y en los cuales pensábamos pasar la noche) se encontraban cerrados, debido a que CADA 75 AÑOS, florece la caña de colihue, lo que produce un crecimiento descontrolado de población de ratones que se alimentan de ella y como consecuencia, un aumento de peligrosidad del hantavirus… genial! Parque Nacional Los Alerces, Patagonia argentina Resignados, decidimos pasar el día recorriendo los caminos principales que se encontraban abiertos. A pesar de este pequeñísimo e imprevisto inconveniente, el recorrido fue espectacular. Ingresamos por un ancho camino de tierra, internándonos entre montañas teñidas de rojo y naranja. Los colores del otoño Nuestra primera parada fue en el Lago Verde, un gigantesco lago de arenosas playas, rodeado del espeso bosque y vigilado desde las alturas por robustas montañas. Corría viento, por lo que un leve oleaje podía percibirse en la superficie del agua. Lago Verde, Parque Nacional Los Alerces Al continuar nuestro camino, nos íbamos sorprendiendo aún más de los colores que íbamos apreciando, expandiéndose por entre las montañas. Los árboles, con sus copas encendidas de vivos colorados y anaranjados, cubrían y adornaban las colinas. El Lago Verde se comunica, a través del Rio Arrayanes, con el más importante de todos los lagos dentro del parque, El Lago Futalaufquen. Aquel gigantesco lago, limitado lateralmente por enormes y verticales paredes de roca y cortado a lo lejos por verdes cerros, era todo un espectáculo para la vista. Lago Futalaufquen, Parque Nacional Los Alerces En las orillas, varias especies de patos, como el Macá Gigante, se encontraban alimentándose. Un curioso chucao, una pequeña ave de bellos colores, se acercó tanto y con tanta confianza hacia mí, que literalmente se paseó entre mis piernas, mientras yo lo bombardeaba a fotos. Hermoso y curioso chucao Las aguas del Lago Futalaufquen eran increíblemente cristalinas, si uno prestaba atención, podía ver claramente el fondo y más allá, el hermoso color verde que lo teñía. Un robusto puente cruzaba el lago, desde donde uno podía tener una vista panorámica alucinante. Aquel lugar era un inmenso paraíso de naturaleza. Retomamos la vuelta, deteniéndonos cada algunos metros, porque todo merecía un momento de apreciación. Entre aquel colorido bosque tupido se veían decenas de cursos de agua, arroyos y ríos que discurrían entre la espesa vegetación. Vista desde la carretera principal del Parque Pasamos la noche en un poblado cercano al Parque, y al día siguiente decidimos almorzar en Epuyén, una bellísima y tranquila localidad patagónica. Ubicado en el valle del Rio Epuyén, aquel lugar es otro pequeño rincón mágico del mundo al que uno no puede dejar de ir. Rio Epuyén... corría mucho viento! Almorzamos en una confitería vegana, instalada en lo alto de una colina, con grandes ventanales que ofrecían una increíble vista al Rio. A pesar de que un brillante sol radiaba por entre blancas nueves en el cielo, corría un helado viento, pero aquel momento fue mágico, de todas formas.
  7. Al dejar atrás la ciudad de El Calafate, el paisaje se vuelve inhóspito repentinamente, pero deslumbrante de belleza. Los apagados colores de la Patagonia se extienden al costado de la ruta con sus marrones, verdes y amarillos, para contrastar con el aguamarino del extenso Lago Argentino, el cual fuimos bordeando mientras avanzábamos veloz y solitariamente por la ruta 11, que nos conectaría nuevamente con la ruta 40. Sólo unos pocos kilómetros más adelante nos topamos con el cruce y tomamos nuestra meta principal, que rodea el extremo este del Lago Argentino, hasta que finalmente lo dejamos atrás, quedando envueltos nuevamente en la vasta estepa patagónica. Corría un viento helado, pero ya no hacía tanto frío como en las zonas más australes, y eso me dejaba disfrutar plenamente del paisaje. Aproximadamente 40 kilómetros más adelante, otro gran Lago hacia su aparición a lo lejos, mostrándose como un gigantesco espejo de agua cristalina escoltado por las infaltables montañas nevadas, teñidas de un azul que se mezclaba con el celeste limpio del cielo. La Ruta 40 comenzaba a costear el gigantesco Lago Viedma en ese tramo, en el medio de aquel desierto patagónico. A medida que el contador de millas corría en el tablero de la moto, las montañas que cortaban el horizonte a lo lejos, se volvían más puntiagudas y llamativas. Sobre todo, nos llamó la atención casualmente a los dos, ver un gigantesco conjunto de filosas cumbres a nuestra derecha, donde una cima en particular destacaba por su altura y sus imponentes picos. El Lago Viedma Tengo grabado ese corto tramo de la ruta como el viaje que más disfruté después de haber sufrido tanto frío sobre la moto. La ruta completamente solitaria y sólo nosotros dos, corriendo sobre el asfalto acompañados de aquel hermoso paisaje de la Patagonia argentina. Nuestra emoción aumentó cuando nos desviamos hacia la ruta 23, tomando una pronunciada curva, y nos direccionamos exactamente hacia donde nacían esas gigantescas sierras de picos como agujas. Camino a El Chaltén Cuanto más nos acercábamos, aquella imperiosa montaña se elevaba lentamente sobre el horizonte, y por detrás de ella se abría un abanico de nubes que le daba un aspecto aún más impresionante y nos hacía sentir pequeñitos ante semejante expresión de la naturaleza. El nuevo camino nos llevó hacia casi el limite montañoso del país, internándose entre grandes paredes de roca y entonces, pocos kilómetros antes ya pudimos divisar el pequeño asentamiento de casas: llegábamos a El Chaltén, y aquellos picos puntiagudos que nos había deslumbrado formaban, nada más ni nada menos, que la cumbre del cerro Fitz Roy. Primera vista de la localidad de El Chaltén Establecida dentro del Parque Nacional Los Glaciares, se encuentra esta pequeña y completamente preciosa villa turística. Su calle principal con un enorme boulevard de césped, sus casitas y negocios y, enmarcando la vista, la puntiaguda cima del cerro. El cerro Fitz Roy, en realidad se llama cerro “Chaltén”, al que debe su nombre el pueblo, y proviene de los Tehuelches, pueblo originario que habitó esas tierras, y significa “montaña humeante”, puesto que como mayormente se encuentra rodeado de nubes y bruma, fue erróneamente considerada en un principio por este pueblo como un volcán. La calle principal de la localidad El Chaltén es la capital del trekking, lugar famoso y predilecto en el mundo por miles de turistas amantes de largas caminatas por la naturaleza. El medio ambiente que rodea a esta pequeña localidad, con sus empinadas cumbres, bosques patagónicos rodeando arroyos, fauna y flora autóctona, lo convierten en el sitio ideal para practicar esta actividad. De todas las opciones que teníamos para realizar en los breves días que nos quedamos en aquel mágico lugar, elegimos visitar el Lago del Desierto, a aproximadamente 40 kilómetros de El Chaltén. Debimos tomar un camino de ripio, que iniciaba a pocos metros del mismo camping donde estábamos acampando. Al principio, el camino no ofrecía nada nuevo. Avanzábamos sobre la moto, costeando la ribera del Rio de las Vueltas, que discurre entre bajos arbustos y pálidos pastos amarillos, hasta desembocar en el ya mencionado Lago Viedma. Sin lugar a duda, los gigantescos cordones montañosos son los que más resaltan en aquel paisaje. Si se observa con atención, pueden vislumbrarse formaciones glaciares entre sus valles, que forman parte de la lista de glaciares pertenecientes al Parque Nacional. Camino al Lago del Desierto A medida que nos íbamos internando en el camino, la vegetación comenzaba a ser más abundante, hasta convertirse en un verdadero bosque de lengas y ñires, y el caudal de agua que nos acompañaba a nuestra derecha, ahora era un ancho canal que corría con fuerte corriente. Tuvimos la suerte de ver uno de los habitantes del bosque, un hermoso zorrino que se cruzó muy campante en el camino y al que pude fotografiar. Realmente el camino de ripio se llenó de vida en pocos minutos. A nuestro alrededor se alzaban cerros, tapizados de árboles con sus copas de colores verdes, naranjas y rojos, mientras el Río de las Vueltas corría ruidosamente con su agua cristalina saltando por entre las rocas, cuesta abajo. Nos detuvimos unos minutos, en un sitio particularmente hermoso, donde el rio descendía en una pequeña cascada, entre grandes rocas rodeadas de vegetación. El agua era increíblemente azul, y su espuma puramente blanca se alborotaba ruidosamente cuando la corriente golpeaba contra las rocas. Río de las Vueltas Llegamos finalmente, al cabo de algunos minutos de viaje, al Lago del Desierto que, claramente de desierto no tiene nada. Un gigantesco estanque de agua, de colores azules y verdes se abre entre las montañas y el bosque, extendiéndose hasta orillas rocosas y, más allá, el perdiéndose entre el bosque y las montañas. Un paisaje increíble. Lago del Desierto Recorrimos la playa, rodeaba de altos árboles, mientras el sol se reflejaba en el agua. El lago esta contenido por dos cordones montañosos que se abrían en el horizonte, para darle paso a enormes montañas nevadas. A escasos metros de allí, comienza un corto pero difícil sendero hacia el Glaciar Huemul, al que decidimos llegar. Como pertenece a terrenos privados (sí, la verdad que no entiendo aún como hay terrenos privados dentro de un Parque Nacional…) se paga una entrada de un valor insignificante que sirve simplemente para mantener algunos servicios. Motivados, ya que nos habían informado que el Glaciar Huemul es uno de los más bellos de la región, iniciamos la caminata. Sendero hacia el Glaciar Huemul El glaciar debe su nombre a un pequeño ciervo llamado huemul que habita en los bosques aledaños ocupando varias hectáreas que fueron designadas para su protección. Es muy difícil verlos, aunque alguna que otra vez, algunos afortunados caminantes han tenido el placer de toparse con estos bellos animales. No fue mi caso Al principio la caminata me pareció súper fácil y avanzamos confiados y de buen humor varios metros, caminando sobre una superficie plana. El sendero corría por entre los árboles de aquel mágico bosque, que de a tramos se cerraba sobre nuestras cabezas oscureciendo el día para luego volver a abrirse, dejándonos contemplar el celeste cielo. De improvisto, el sendero comenzó a ponerse un poco “inclinado”, y fue cuando debimos comenzar a subir. Yo, que ingenuamente creía que aquel iba a ser una caminata fácil, comencé a sudar y a hiperventilarme al subir los hoscos escalones que se marcaban por entre las raíces de los árboles. Es de mucha ayuda llevar consigo un bastón o bien una fuerte rama que nos ayude en este tramo. El paisaje también cambia, sectores de árboles marrones y secos, y otros de charcos y hielo conservado entre los arbustos van apareciendo a medida que uno avanza por el sendero. Después de recorrer esos 3 kilómetros que nos llevó algo más de una hora, llegamos al tramo final que nos exigiría aún más esfuerzo, al subir una pendiente particularmente empinada. Y así, con la lengua hacia afuera y los pulmones trabajando con todo, llegamos a un claro donde tendríamos nuestro premio. Hacia delante, se podía apreciar el gigantesco Glaciar Huemul, descansando entre dos grandes montañas. Aquella masa de hielo, que siempre me recordó a la crema helada por su color y su textura, pero que en realidad es una sólida manta congelada, se extendía en forma triangular por entre las grietas de rocas grises de las montañas que la escoltaban. Hacia el horizonte se podían ver los picos nevados de otras montañas vecinas. El Glaciar Huemul Avanzamos unos metros más por aquel claro y el paisaje se hizo aún más bello, cuando descubrimos la Laguna Huemul, donde discurre el hielo que se descongela del glaciar con el mismo nombre. La laguna, contenida en un estanque natural de piedra, estaba teñida de un bellísimo color esmeralda, debido a los minerales provenientes del glaciar. Lo más atractivo de aquel paisaje eran los colores que resaltaban: los verdes y rojos del frondoso bosque, el celeste del glaciar, al agumarino del lago, el gris metal de las montañas. El Glaciar y La Laguna Huemul Hacia nuestras espaldas, el lago discurría como un pequeño arroyo, cuesta abajo por entre rocas y se perdía entre el bosque. Martín (siempre más osado y aventurero) comenzó a caminar, esquivando rocas y arbustos, por la cumbre de una de las paredes que contenían el estanque de agua y yo (para no quedarme atrás en la aventura) comencé a seguirlo. Aquella muralla de piedra se elevaba algunos metros y con un poco de vértigo, avanzamos lentamente, pasito a pasito, por aquella angosta cima. Llegamos justo al inicio de la pared súper empinada de una de las montañas que contenían el gigantesco glaciar. Desde aquella altura, podíamos ver el lago con su precioso color en toda su extensión. Y a nuestro costado, varios metros más allá, teníamos una vista más de cerca de aquel gigante congelado. La Laguna Huemul y su precioso color esmeralda Martin (que ya pasa de ser un aventurero a un loco ) estaba empeñado en llegar hasta el glaciar y tocarlo. Y esta vez, no lo seguí. Él sin embargo, se aventuró a través de la inclinada pared, saltando gigantescas rocas y avanzando hasta acercarse bastante al glaciar. Yo simplemente lo observaba de lejos, pensando que en cualquier momento lo iba a ver rodar y caer al vacío. Sin embargo, el camino se tornó bastante dificultoso para él por lo que regresó, sano y salvo, aunque decepcionado de no haber podido llegar al glaciar. Martin (pequeñiiiito) intentando alcanzar el glaciar Desde aquel privilegiado lugar, podíamos contemplar los dos Lagos (el Huemul y el del Desierto) y era increíble ver sus colores contrastando, entre aquel collage verde y rojo del bosque. La Laguna Huemul y El Lago del Desierto Cuando el sol comenzó a caer, comenzamos el retorno hacia la localidad de El Chaltén. Entre sus casitas pintorescas y sus negocios dedicamos al turista, el que más destaca es, sin lugar a dudas, La Cervecería, restaurant bar con una hermosa ambientación y unas deliciosas cervezas caseras. Esa noche nos dimos el lujoso gusto de tomarnos unas cervezas en aquel cálido lugar y degustar unos increíbles sorrentinos con salsa de hongos…. Aun lo recuerdo y se me hace agua la boca! Si algún día deciden visitar este bello pueblo, además de estas caminatas no pueden perderse las delicias culinarias de este buen lugar. A la mañana siguiente, después de pasar una noche algo fresca (para esa altura comenzaba a acostumbrarme a dormir con los pies completamente congelados dentro de la bolsa), el cielo estaba celeste y limpio, salvo en la cumbre del cerro Chaltén, la cual, como ya dije, siempre se encuentra rodeada de densas nubes. Entonces, juntamos campamento y nos marchamos. Personalmente, no puedo explicar qué fue exactamente… quizás la belleza y la particularidad de aquel pueblo perdido entre los cerros, o sus increíbles paisajes al realizar las caminatas por entre los bosques típicamente patagónicos, o la extraña magia que rodea al cerro Chaltén… pero aquel lugar me dejó una sensación muy especial, muy diferente a todos los demás sentimientos que me han generado los diferentes sitios que hemos visitado. Me fui de allí, prometiéndome a mí misma volver en algún momento, a visitar nuevamente esos increíbles picos puntiagudos, coronados de nubes.
  8. Hoy les escribo desde Copacabana, Bolivia, a las orillas del Lago Titicaca. Sentada en la empedrada orilla, y disfrutando de este hermoso día de sol, casi por despedirme de este peculiar país después de recorrerlo de punta a punta y a días de pasar a otro maravillosos país como sé que lo será Perú. Sin embargo, prometo hablarles de todas las travesías por Bolivia a su debido tiempo. La última vez que posteé, les contaba de mi llegada a El Calafate, después de la visita a una de las pingüineras más grande de Argentina, en Cabo Vírgenes. Sé que escribí hace apenas unos días, pero la visita al glaciar Perito Moreno me resultó tan impresionante, que no pude contener mis ganas de describirlo, para ustedes. Aquella mañana, luego de recorrer unos 300 kilómetros en la provincia de Santa Cruz, desde Río Gallegos, atravesando aquel trecho completamente desértico de la Ruta 40, divisamos un gigantesco espejo de agua del más bello color que haya visto alguna vez. Aquel era el Lago Argentino, sobre el cual se asienta la hermosa localidad de El Calafate, que debe su nombre al fruto de un arbusto muy extendido en la zona, de un intenso color morado con el que se preparan mermeladas, tortas y un sin fin de dulces exquisitos (según una tradición popular, quien come de este fruto vuelve sin duda a la Patagonia, por lo que hay que probarlo!) Después de tantos días de nieve y lluvia, de frío y viento constante en la carretera, cuando llegamos ese mediodía a la localidad de El Calafate, no podíamos creer el cálido y hermoso día que nos daba la bienvenida. Ingresando a la localidad de El Calafate Ingresamos al centro de la ciudad con un sol radiante en el cielo. Sobre la avenida principal se alzaban elegantes restaurantes, pintorescos negocios de venta de toda clase de souvenirs, modernos bares, y enormes ferias de artesanos. El Calafate es una ciudad dedicada verdaderamente al turismo…quizás en exceso, en mi humilde opinión. Muchísimos extranjeros se encontraban disfrutando de aquel hermoso día, haciendo compras o simplemente tomando algo tranquilamente sentados frente a finas confiterías. A medida que avanzábamos lentamente por la calle, podíamos escuchar un sinfín de idiomas, mezclado con la música de algún bar. La gente la estaba pasando bien y se notaba esa energía en el lugar. Instalamos nuestra carpa en un camping cerca del centro, y con un excelente humor, contagiado por esa energía tan alegre del lugar, y, por supuesto, porque por primera vez en mucho tiempo volvíamos a disfrutar de un caluroso día de sol, simplemente nos fuimos a caminar. Nos encontramos con una ciudad muy limpia y cuidada, de mucho verde y de hermosas construcciones en piedra y madera que le daban ese toque pintoresco. Los simpáticos duendes de las galerías de El Calafate A pesar de ello, nuestra intención al llegar a El Calafate, no era permanecer en la ciudad. El principal atractivo allí es el Glaciar Perito Moreno. El Glaciar Perito Moreno es el más importante de todos los glaciares que forman parte del Parque Nacional Los Glaciares, gigantesca área de miles de hectáreas que se extiende sobre el sudeste de la provincia de Santa Cruz. A la mañana siguiente, dejamos todo en el camping y, más livianos, tomamos la Ruta N° 15 que conecta El Calafate con el Parque, separados por aproximadamente 80 km. La primera parte del tramo fue sumamente aburrida, atravesando extensiones de la ya conocida estepa patagónica, donde veíamos grupos de choiques correteando al costado de la carretera y nuestros amigos los guanacos cruzándose arriesgadamente por delante de nosotros. Llegamos así a la entrada del Parque Nacional, donde debimos pagar una entrada de un valor de $50 cada uno (unos 5 U$S aproximadamente, aunque el precio para extranjeros es más elevado). A partir de ese punto, el paisaje cambió de una manera increíblemente abrupta. Lejos de parecerse a los kilómetros anteriores atravesando la estepa patagónica, frente nuestro se abría un frondoso bosque de montaña. El camino se extiende por la costa del Brazo Rico del Lago Argentino, que limita a lo lejos con gigantes cordones montañosos. Costeando el Brazo Rico del Lago Argentino Aquellos 35 kilómetros fueron realmente increíbles. El camino sinuoso atraviesa montañas cubiertas de bosque, costeando el gigantesco lago con sus imponentes montañas que contrastaban con el celeste profundo del cielo. Yo estaba muy entusiasmada, colgada del hombro de Martin, sacando fotos para retener la belleza de ese paisaje, cuando, con señas (nuestra manera de comunicarnos sobre la moto) Martin me señaló hacia el horizonte, entusiasmadamente. Creyendo que me señalaba las enormes montañas nevadas, asentí sin importancia, pero cuando Martin volvió a insistir presté realmente atención y entonces, lo vi. Planeando majestuosamente sobre el lago, casi a nuestra altura, un enorme Cóndor Andino sobrevolaba la zona con sus alas extendidas. ¿Cómo explicarles la emoción que me nació cuando vi aquel hermoso animal a metros nuestros? Casi me tiré de la moto en marcha y atravesé la ruta a zancadas, para poder verlo de cerca. Ni siquiera atiné a sacarle una foto…simplemente me quedé allí maravillada, contemplando aquel rey de las alturas, aquella enorme ave (una de las más grandes del mundo) con sus tres metros de largo sobrevolaba solemnemente, con su imagen reflejándose en el lago. Esa fue la primera vez que vi a este bellísimo animal y fue el momento más maravillosos de todo el viaje… lo puedo asegurar. El camino continuaba, hasta una curva, llamada La Curva de los Suspiros, donde tuvimos la primera vista panorámica del glaciar Perito Moreno. Una alfombra celeste de hielo macizo que se extendía infinitamente hasta perderse entre las cumbres nevadas. Con mucho entusiasmo, aceleremos la marcha hasta llegar hasta un gran predio que funcionaba como estacionamiento, junto con unas grandes confiterías. Sólo había algunos autos y micros de turismo. La Curva de los Suspiros, primera vista del Glaciar En ese punto, nacían las pasarelas que recorrían todo el frente del glaciar a diferentes alturas. Teníamos las opciones de llegar al primer balcón principal caminando (eran cientos de escaleras en subida) o bien tomar una combi, un servicio completamente gratuito brindado por el Parque. Escogimos la segunda opción y tomamos el minibús, que condujo por un camino pasando por entre el frondoso bosque y en pocos minutos descendíamos en la primera estación de todo el recorrido de pasarelas. Ansiosos iniciamos el recorrido, casi al trote, por la pasarela de metal que se elevaba unos metros por encima de la vegetación de la montaña. El glaciar se veía desde cualquier punto porque es un evento natural tan gigantesco, de casi 195 km2 que abarcaba todas las vistas panorámicas. A medida que íbamos acercándonos hasta el siguiente balcón, nuestra impresión crecía y nos íbamos quedando sin aliento. Al llegar nos apoyamos en la baranda y simplemente nos quedamos sin palabras. El silencio en ese lugar es condición tácita. La gente hablaba en susurros y solo se oía el piar de los pájaros y el susurro del viento gélido. Siendo el Perito un atractivo turístico tan importante y famoso en mi país, toda mi vida escuché hablar de él y vi cientos de fotos…. Pero créanme cuando les digo que nada, absolutamente nada de lo que imaginaba se asemejaba a la realidad. El Señor de los Hielos El manto de hielo gigantesco que se extendía delante nuestro con su puro color celeste, sus 5 kilómetros de frente y sus más de 60 (!) metros de alto nos dejó sin habla. No podíamos ver el final del glaciar porque se perdía a lo lejos entre los picos de varias montañas que se elevaban contra el cielo. A medida que íbamos avanzando por la pasarela, el circuito te acercaba cada vez más al Glaciar y, aunque pensé que no sería posible, el paisaje cada vez era más maravilloso. Creo que lo que más nos impresionaba era la paz infinita que se percibía en ese lugar, que sólo es interrumpida por los pequeños derrumbes que se producen en el frente del Perito. El Glaciar es mundialmente famoso conocido por sus rupturas. Cada algunos minutos uno tiene la suerte de poder apreciar este maravilloso evento natural, donde inmensas placas de hielo se desprenden del frente del glaciar y caen (como en cámara lenta) al Lago Argentino, produciendo un estruendo impresionante. Los visitantes festejaban estos hermosos fenómenos con aplausos y vítores, entusiastas. Es algo increíble, digno de ver alguna vez en la vida. Estos inmensos trozos de hielos, quedaban flotando y eran llevados por la corriente del Lago, así que podían verse como mini glaciares a la deriva sobre aquella azul inmensidad. Nos sentamos durante varios minutos en un balcón a descansar las piernas y simplemente a disfrutar de esa paz infinita brindada por la naturaleza. En la espesa vegetación que se abría a los costados de las pasarelas, uno podía observar pequeños pajaritos de gracioso copete acercarse curiosos, saltando velozmente de rama en rama. En la última pasarela, la más cercana al Perito, se sentía el entorno más helado (igual a esa refrescante sensación que uno siente un caluroso día de verano al abrir el refrigerador de la heladera), y una calma infinita. Un gran barco, que se veía como uno de juguete al lado del monstruoso glaciar, navegaba por el Lago Argentino, acercando turistas a una experiencia más cercana con el Perito. También hay excursiones para caminar sobre el glaciar, una experiencia que seguramente debe ser completamente increíble y quien pueda acceder a los precios, se lo recomiendo totalmente. La superficie del glaciar se extendía irregularmente, en suaves picos que a mi, personalmente, me hacía recordar a un gigantesco helado de crema! Con su puro color celeste, y de azul intenso entre las grietas, los rayos de sol colándose por entre las nubes en el cielo, el bosque y las montañas…. Era una postal, realmente. Regresamos, descendiendo por las pasarelas, maravillados con aquel lugar, cuando la naturaleza me regaló una segunda oportunidad y nuevamente un hermoso Cóndor Andino apareció en los cielos, planeando en lo alto. Y aquella vez, preparé la cámara y capté algunas bellas fotos de este maravilloso ejemplar que resultó ser una hembra, probablemente buscando carroña. Felicidad absoluta para miii!!! Cóndor Andino sobrevolando el lago Argentino Regresamos al campamento, donde encontraríamos un tercer pasajero para nuestro viaje, un peculiar oso de peluche al que bauticé como Ruperto, y que nos acompañaría algunos kilómetros, cómodamente sobre la moto. Al día siguiente, los tres nos despedimos de aquel bellísimo lugar y emprendimos viaje para llegar a nuestro siguiente destino.
  9. Desde Parque Ischigualasto, recorrimos sólo unos pocos kilómetros hasta pasar a la provincia de La Rioja. Viajamos durante todo el día hasta el anochecer, cuando arribamos a la capital de la provincia. Como toda gran ciudad, ingresar fue bastante complicado, con mucho tránsito y movimiento en sus calles. Llegamos a un Hostel, a pocas cuadras del centro, bastante cansados y con la idea de acostarnos pronto a dormir, pero nuestros planes cambiaron un poco, cuando un grupo de hombres que se alojaban también allí nos invitaron a comer un asado con ellos (un asado!!… pueden creerlo???). Cuando uno de aquellos tres personajes se me acercó con un vaso de fernet (una típica bebida alcohólica argentina) y me invitó a unirme a ellos, claramente supe que habíamos llegado al lugar correcto Así que aquella noche se nos extendió más de lo que planeábamos, pero terminamos con nuestros estómagos llenos y felices. Plaza principal en La Rioja Permanecimos algunos días en La Rioja, y luego retomamos viaje para pasar a Tucumán, la provincia vecina. Luego de dejar atrás la ciudad, de a poco nos fuimos internando nuevamente en la calma de la carretera, atravesando grandes campos verdes con sierras en el horizonte. Al atardecer, comenzamos a buscar algún lugar paraarmar la carpa, y casualmente, luego de pasar un pequeño pueblito, vimos un cartel sobre la ruta que decía: ”campingÍndigo”. Asíque nos adentramos en el campo, por un ancho camino de tierra en mal estado hasta que llegamos a la sencilla entrada de una casa. Inciertos, bajamos de la moto e ingresamos al camping. Allí conoceríamos al personaje más extravagante de todo el viaje. Ante nosotros se presentó Eber, un peculiar hombre que vivía en aquella casa junto a sus hijos y su esposa. Eber había construido con sus propias manos su hogar y en aquel inmenso terreno había levantado un pequeño refugio, en el cual albergaba a acampantes. Este hombre nos apabulló bastante, porque era de aquellas personas que no paran de hablar ni un segundo y no terminaba una idea, que ya comenzaba con otra. En solo 5 minutos nos contó sobre su vida de peluquero en Estados Unidos, opinó sobre política, nos contó la historia del camping, de su mujer, de su pelea con un extranjero y no sé cuántas cosas más que ya he olvidado. Quedamos un poco desconcertados por la arrolladora presentación de Eber, pero decidimos quedarnos y pasar la noche. A pesar de que este hombreestaba un poquito loco, realmente había hecho un increíble trabajo con aquel refugio. Tenía una sala principal que era atravesada por un arroyito (así de bello como se oye), dondetambién había una cocina y una genial mesa de ping pong, en la que jugamos algunos intensos partidos con Martin. En un piso superior, estaban los dormitorios que disponían de camas y frazadas. Como la amante de las series policiacas que soy, realmente creía que Eber tenía algún tinte psicótico en su personalidad y que podría aparecer durante la noche y matarnos con sus tijeras de peluquero, pero dormimos bien! XD Al día siguiente seguimos camino. Ya dentro de la provincia de Tucumán, la ruta nos fue llevando por entre grandes cerros cubiertos de vegetación, por entre los cuales cada tanto veíamos correr algunos arroyos de cristalina agua. Además de los ya conocidos guanacos, ahora algunos burros y asnos levantaban sus grandes orejas, al costado del camino cuando pasábamos cerca de ellos. Nos encaminamos hacia las cumbres calchaquíes, que debíamos pasar para llegar hasta la localidad de Tafí del Valle, en Tucumán. Ya era tarde cuando comenzamos a ascender por entre las cumbres. El camino sinuoso bordeaba grandes cerros y allí vimos por primera vez los cardones. Decenas y decenas de cardones, por donde mirara, se elevaban con sus brazos hacia el cielo y sus amenazadoras espinas. No nos faltaba mucho para llegar al punto más alto del trayecto, cuando Martin decidió parar en un llano y acampar allí para pasar la noche. Faltaba tan poco para llegar a Tafí del Valle y en esa altura corría un viento tan frío, que para ser sincera la idea me pareció horrible y me puse de muy mal humor. Pero entonces supe que en realidad aquella había sido una parada de emergencia: oportunamente el cable del embrague de la moto había comenzado a cortarse y sólo “pendía de un hilo”, debíamos detenernos antes de que se soltara del todo y a la mañana siguiente, con luz, Martin le haría un arreglo provisorio para al menos llegar a Tafí. Desde aquel llano teníamos una vista privilegiada. Podíamos ver el camino que habíamos recorrido y las cumbres calchaquíes, cubiertas de cardones. Un par de burros se alejaron miedosos cuando nos vieron bajar de la moto, y nos observaron desde lejos mientras armábamos la carpa. Por entre los bajos arbustos que nos rodeaban corría un viento muy, muy fuerte, por lo que debimos amarrar la moto por miedo a que las ráfagas la voltearan durante la noche. A la mañana siguiente fue toda una odisea guardar la carpa, porque el viento era tal que nos volaba todo. Casi con las cosas en el aire, empacamos todo como pudimos y comenzamos el último trayecto del camino. Creíamos que sería sencillo y en pocas horas estaríamos arribando a Tafí del Valle… pero fue un poco más complicado que eso. Ya desde que habíamos arrancado, pudimos ver desde lejos una gran y espesa neblina estancada sobre el camino. Justo en un lugar llamado Infiernillo (nunca un nombre más exacto para ese momento) nos adentramos de lleno en aquella neblina húmeda. A varios metros de altura, y dentro de aquella helada nube la temperatura comenzó a descender drásticamente. Sólo podíamos ver a escasos dos o tres metros por delante de la moto, luego todo era neblina. Con sumo cuidado fuimos avanzando por la carretera mientras una molesta llovizna se agolpaba en los visores de los cascos empeorando aún más la visión. Martin debió levantar el visor de su casco porque decía que no veía nada, pero, para colmo, el casco que llevaba en ese momento ya estaba bastante destartalado y el visor no permanecía en alto, y con cualquier movimiento se caía. Por lo que yo tenía que sostenerle el visor desde atrás para que el pudiera ver y ….no morir en el camino, básicamente. El frio era tal que de repente comencé a notar que la humedad de la neblina que se acumulaba en los visores de los cascos y en nuestras ropas estaba congelada! :S Teníamos una fina capa de hielo sobre los cascos y sobre las camperas. Aquello se estaba tornando bastante heavy. Así como el hielo se formaba en nuestras ropas, también se estaba formando sobre el asfalto, y eso volvía el camino bastante resbaladizo y muy peligroso. Cuando pudimos divisar entre aquella neblina una pequeña casita, al costado de la carretera, Martin decidió parar y preguntar si no nos podíamos resguardar allí mientras pasara aquella molesta lluvia. Pero el hombre que viví allí nos aconsejó que siguiéramos camino, porque nos faltaba muy poco para llegar a Tafí del Valle y según él, aquella nevada recién comenzaba Atentos, fuimos avanzando por el camino. La neblina y la llovizna de a poco se fueron convirtiendo en copos de nieve, hasta que finalmente nos encontrábamos viajando bajo una nevada por segunda vez yasí descendimos por el camino hasta llegar a Tafí del Valle. Yo solía tener una contractura en la base del cuello, sobre la espalda que cada tanto me molestaba, pero con este viaje, aquella contractura ya se me está haciendo crónica. Con el stress de ese terrible camino, cuando legamos a Tafí del Valle casi no podía mover la cabeza. Martin tenía la cara roja, por el frío que le había pegado de lleno al ir sin el visor. Estábamos completamente desconcertados ante aquel clima… siempre creí que en el norte de mi país haría calor… no podía creer que una intensa nevada estuviera cubriendo todo de blanco a nuestro alrededor. Cuando llegamos a un hostel (porque ya sabíamos que era imposible acampar bajo esas condiciones), la dueña del lugar nos recibió con una noticia increíble: En Tafí del Valle solo nieva dos o tres veces por año y nosotros acabábamos de llegar con la primera nevada… una tan intensa que no se tenía registro de algo así en 35 años…. wiiii! Tafí del Valle realmente es una localidad muy bella. Me recordó a los pueblos patagónicos con su avenida principal empedrada y sus negocios pintorescos…. Y por la nieve. Cuando salimos a recorrerla al día siguiente, todo estaba blanco. Era realmente extraño ver grandes cardones que uno relacionaría con sitios áridos, llenos de nieve entre sus espinas. Las plazas, los bancos, los árboles, las calles, todo estaba nevado. Hicimos una travesía con la moto recorriendo un alto cerro que se encuentra cerca de Tafí, pero no fue tan bueno como creíamos. La nieve había hecho que el camino de tierra se convirtiera en una peligrosa carretera embarrada. Si bien el paisaje desde aquella altura era increíble porque podíamos ver grandes montañas blancas y a sus pies extensos campos y casitas pertenecientes a Tafí, yo iba más atenta al camino porque la moto se tambaleaba todo el tiempo. Hasta que en un momento terminamos cayéndonos. La moto perdió el equilibro en un tramo realmente embarroso y nos caímos de lado. Levantar esa pesada moto no fue tarea fácil, y logramos enderezarla gracias a la ayuda de un chico que justamente pasaba por allí, también en su moto. Embarrados y algo golpeados regresamos al hostel. Para levantar un poco los ánimos esa noche fuimos a cenar una típica comida a un restaurante de la zona: quesadilla con tomates y aceitunas y un estofado de llama. Luego de disfrutar tres privilegiados días de Tafí del Valle nevado, continuamos nuestro viaje hacia San Miguel de Tucumán, la capital de la provincia. En este viaje que estamos haciendo solemos cambiar de situaciones extremas de un día para otro, y en este punto pasó eso. El camino que va desde Tafí del Valle hacia San Miguel, atraviesa enormes montañas cubiertas de una espesa y húmeda selva. Aquella mañana habíamos estando jugando con nieve, y para la tarde un calor sofocante nos envolvía mientras el camino sinuoso atravesaba la selva. Para mí era maravillosos aquel espectáculo verde y no paraba de saltar de la moto cada vez que veía algún ave de llamativos colores volar por encima de nuestras cabezas. Ese camino fue uno de los mejores que hemos hecho, sin lugar a dudas. Sobre las grandes montañas tapizadas en verde se dispersaba una tenue neblina, mientras el camino de miles de curvas atravesaba la selva que se cerraba sobre él. Llegamos a San Miguel de Tucumán y al instante supimos que estábamos entrando a una gran ciudad cuando un colectivo casi nos arrolla cuando ingresábamos por una avenida principal. Después de la paz que habíamos disfrutada en aquel pueblito nevado, llegar a una ciudad es un cambio muy drástico. Nos instalamos en una gran y antigua casona que funcionaba como hostel y permanecimos algunos días en la ciudad de la Independencia. Lo mejor de aquel lugar, como lo serían las próximas provincias norteñas, era sin duda, su gastronomía. Aquel 25 de mayo (día patrio en Argentina) decidimos festejarlo como se debe comiendo una típica comida nacional: Empanadas y locro servido en pan casero. Recorrimos mucho el centro de grandes edificios y negocios de la ciudad, pero lo mejor fue ascender con la moto al cerro San Javier. Un gran cerro con una vegetación típica de selva de montaña. Grandes árboles se cerraban sobre nosotros mientras avanzábamos por el sinuoso camino junto a algunos ciclistas. En cada parada que hacíamos a medida que ascendíamos, la vista panorámica era mejor que la anterior. Hacia un lado se podía ver las miles de casitas que conformaban la gran ciudad de San Miguel, mientras que a nuestras espaldas el horizonte se perdí entre grandes cerros verdes. Después de disfrutar de las exquisiteces culinarias y los paisajes de Tucumán, seguimos viaje. Pero esta vez, haríamos un pequeño cambio de planes: en lugar de seguir camino hacia el norte, decidimos hacer un pequeño desvío hacia el este del país y visitar una las de maravillas naturales del mundo: iríamos camino hacia las Cataratas de Iguazú. Mira el álbum! Aqui :
  10. Después de recorrer más de 600 kilómetros, desde Ushuaia hasta Rio Gallegos, atravesando toda la Isla de Tierra del Fuego en un agotador viaje que nos llevó más de doce horas y en el que casi muero de hipotermia sobre la moto, lo único que realmente yo quería era dormir eternamente en una cama calentita . Sin embargo, a la mañana siguiente, muy a mi pesar, me levanté temprano (odio levantarme temprano ) porque Gerardo y Adriana, los amigos de Martin quienes amablemente nos hospedaban en su casa, prometieron llevarnos a un lugar especial. La verdad era que no teníamos intenciones de quedarnos más de una noche en la ciudad de Rio Gallegos, pero cuando nos hablaron de Cabo Vírgenes, extremo final de la parte continental argentina y asentamiento de una gigantesca pingüinera, no pudimos negarnos. La moto merecía un buen descanso, por lo que ese día quedó resguardada en el patio trasero de la casa de esta pareja y fuimos los cinco (nosotros, los amigos de Martin y su pequeño hijo) en auto hasta aquel alejado lugar. Después de la exhaustiva travesía realizada el día anterior, no quería saber nada con seguir viajando, pero es cierto que viajar cómodamente estirada en el asiento trasero de un auto no se compara a viajar en moto. Ese día, la ciudad se levantaba con nosotros. Aun estando alejados del centro, varias personas comenzaban con su rutina y las anchas calles de tierra de aquel barrio de Rio Gallegos se llenaron de movimiento. Lamentablemente el camino para llegar hasta Cabo Vírgenes es… sencillamente, espantoso. Siendo un lugar tan hermosos como conocería al llegar, es una verdadera pena que no se asfalte o que, al menos, no se mantenga. Dentro del auto íbamos dando tumbos de un lado hacia otro, mientras avanzábamos lentamente. Lejos había quedado ya la ciudad, y atravesábamos infinitas extensiones de campos. Aproximadamente 140 kilómetro separan la ciudad del cabo, de los cuales sólo 20 son asfaltados. Fueron tres interminables horas en las que por la ventana del auto, en continuo traqueteo, sólo veíamos una alfombra verde extendiéndose hacia el horizonte, pero al fin arribamos pasado el mediodía. El Atlántico bañando las costas de Cabo Vírgenes Lo primero que se aprecia al llegar a aquel realmente inhóspito lugar, es una vasta extensión de apagados colores que finaliza abruptamente en un barranco y algunos metros abajo, se observa la inmensidad del atlántico bañando las orillas. Anchas playas desiertas se extienden a lo largo de toda la costa. Corría un viento muy fuerte que rugía en los oídos y mecía frenéticamente los bajos arbustos que creían sobre el suelo. Cabo Vírgenes el punto más austral del área continental de América, en ella se encuentra La Reserva Natural Cabo Vírgenes, área protegida donde se encuentra una de las pingüineras más importantes de las costas del Atlántico. La zona alberga una colonia de pingüinos de Magallanes de aproximadamente 250.000 individuos. El faro de Cabo Vírgenes Entre algunas suaves colinas del terreno se pueden apreciar algunos edificios pertenecientes a la armada del país y oficinas gubernamentales, pero lo que más sobresalta sobre aquel paisaje de tonos amarillos y verdes, es el faro de franjas negras y blancas, y una peculiar confitería llamada “Al fin y al Cabo”, donde según me han contado, preparan unas deliciosas tortas, que, lamentablemente no pude probar porque estaba cerrada. Un pequeño cartel indica el comienzo en el kilómetro 0 de la Ruta 40, la famosa ruta argentina, elegida por centenares de viajeros, que bordea la Cordillera de Los Andes en toda su extensión hasta finalizar en el extremo norte del país en un pueblo norteño llamado La Quiaca, y que era nuestro próximo camino a tomar. Luego de haber cumplido nuestra primera meta de llegar al fin del mundo, Ushuaia, nuestra siguiente meta sería recorrer esta popular carretera. El inicio de la Ruta 40 Unos kilómetros más alejados de aquel punto, se encuentra instalada la Reserva de Cabo Vírgenes. Un sendero de piedras, delimitado por vallas, se abre a través de estos bajos arbustos que invaden grandes extensiones, y marca el recorrido por esta gran reserva. Sólo habíamos caminado unos pocos metros, cuando vimos el primer simpático pingüino. Recostado en un cómodo hueco a modo de nido, a los pies de uno de estos arbustos, descansaba tranquilamente. Y así como descubrimos a este pequeño, a medida que avanzábamos sobre el sendero, empezamos a observar cientos y cientos de pingüinos esparcidos entre los matorrales, y al costado del camino. Hasta eran fotogénicos ! Anidaban bajo estos bajos setos, que estaban tapizados de pequeñísimas plumas blancas y compartían el territorio con diferentes aves y liebres patagónicas que se podían ver alejándose a saltos, a lo lejos. Liebre Patagónica Muchos pingüinos eran jóvenes que estaban en pleno cambio de plumaje y se podía notar la diferencia de plumas sobre sus lomos. Completamente inofensivos, estas bellas aves permitían que uno se acerca a escasos centímetros de ellos, pero rotaban la cabeza de un lado a otro a modo de advertencia si alguien quería tocarlos (si… no me pude contener e intenté acariciar a más de uno ). La mayoría se encontraba en pareja, y era muy gracioso oírlos vociferar, con su cuello extendido y sus alas abiertas. Y ni hablar de verlos caminar brutamente en fila hacia las playas. El sendero finalizaba en lo alto de este risco que rodeaba la costa, en un balcón que daba al mar. Desde allí seguimos viendo más y más pingüinos, reunidos sobre la orilla, junto a algunas gaviotas cocineras. Poder verlos tan de cerca e internarme en su ecosistema, fue una experiencia que llenó mi corazoncito de bióloga y me dejó completamente satisfecha de contacto animal. Partimos del cabo, con el sol ocultándose y tiñendo el cielo de tonos rosados sobre aquellos campos eternos. A la mañana siguiente dejábamos atrás Rio Gallegos e iniciábamos la ruta 40, sobre la Honda. Durante todo ese último tiempo, varios viajantes con los que nos habíamos cruzado, sobre todo con aquellos que viajaban en moto, nos habían advertido de las adversidades de la ruta 40. Siempre decían que era una ruta desértica y que el peligro radicaba justamente en que existían tramos de kilómetros y kilómetros de la misma NADA. Y tenían toda la razón. Nuestro primer recorrido por la de la Ruta 40 fue realmente atravesar kilómetros de absoluta nada. Lo único que yo podía ver desde la moto eran médanos y médanos de tierra extendiéndose hasta el horizonte, algunos pocos pastos…. Y nada más. Además, varios tramos de la ruta se encontraban en reconstrucción y todo el tiempo, carteles enormes de DESVÍO nos obligaban a tomar maltrechos caminos de ripio (otra vez mi archienemigo aparecía en acción), y esto nos demoró muchísimo. El desolador inicio de la Ruta 40 Fueron varias horas de ese aburridísimo paisaje, pero a medida que nos íbamos acercando a nuestra próxima parada, el ambiente fue cambiando. Desde la ruta, podían verse emerger a lo lejos gigantescas montañas blancas, completamente nevadas, pertenecientes al cordón andino. Aún se veían extensiones ondulantes de tierra, pero cuando bordeamos un inmenso lago de color aguamarino, el paisaje cambió por completo. Como un gran espejo, el inmenso lago cortaba con aquel monótono horizonte marrón y sobre él se levantaban las enormes montañas. Llegábamos así a nuestra siguiente ciudad por conocer: El Calafate, hogar del increíble Glaciar Perito Moreno.
  11. Cuando escuchamos el rugir del motor y las agujas del medidor de electricidad conectado al regulador de la moto se movieron frenéticamente, Martin y yo suspiramos aliviados. Sabíamos que nuestra gran odisea por la falla de la moto, había llegado a su fin. Nos fuimos del taller al que ya no queríamos volver nunca más, luego de que Martin le dijera unas cuantas palabras a los mecánicos que cabizbajos aceptaban el reto en silencio. Lamentablemente nos iríamos de Ushuaia con una pieza que ya no era la original y que se había tocado en vano… más adelante, aquello nos pasaría factura. Para nuestra gran sorpresa y alegría, después de tantos días de lluvias y nevadas, esa mañana el cielo estaba limpio y celeste, acompañando un radiante sol. Existe una frase que dice: “si no te gusta el clima en Ushuaia, simplemente aguarda unos minutos…” refiriéndose al clima completamente cambiante de la ciudad, así que nos apresuramos a aprovechar ese hermoso día, ahora que contábamos con nuestro vehículo. Sale el sol en Ushuaia Lo que más deseábamos desde que habíamos pisado aquel suelo austral, era llegar hasta el Parque Nacional Bahía Lapataia, donde finaliza la famosa ruta 3, que habíamos tomado desde Buenos Aires para llegar a Tierra del Fuego. Sin demoras, nos abrigamos con gruesas camperas y tomamos el camino que nos llevaría hasta la entrada de la reserva. Estar nuevamente sobre la moto me llenó de un gran entusiasmo, mientras dejábamos atrás la ciudad. Ahora veíamos grandes extensiones de campos, alguna que otra casita perdida entre el paisaje y a lo lejos comenzaban a elevarse nevados picos de enormes montañas grises, tapizadas de un frondoso bosque. Camino a Bahía Lapataia Con ese horizonte acompañándonos, recorrimos 20 kilómetros hasta tomar un camino de ripio que atravesaba un bosque de lengas y coihues hasta llegar a una planicie despejada. Un robusto cartel indicaba el final de la ruta 3. Unos metros más atrás se abría la extensa Bahía, que no es más que un brazo del canal del Beagle que se escurre en ese sitio. Llegamos al final de la Ruta n° 3 Tomamos unas pasarelas de maderas que llegaban hasta un balcón que daba exactamente frente a la extensa bahía. Desde allí se podían observar a lo lejos cerros que la enmarcan y las distintas islas que forman parte de la Reserva. Soplaba apenas una suave brisa helada que mecía los largos pastos amarillos que nacían en la orilla, y arrastraba pequeñas olas sobre la superficie del agua. Pomposas nubes blancas cruzaban el celeste cielo, hasta llegar al gigantesco cordón de montañas nevadas, en el horizonte. Bahía Lapataia Continuamos el trayecto, internándonos en un bosque de delgados y altos árboles que nacían al costado del camino. Los rayos de sol se colaban por entre sus frondosas copas verdes y se veían como dorados hilos que llegaban hasta la tierra. Si observábamos en silencio y con atención podíamos ver pequeños pajaritos que saltaban de rama en rama sobre nuestras cabezas, siguiéndonos curiosos por el camino. Nos desviamos del sendero, para descender hasta la orilla empedrada de la bahía donde una familia de patos nadaba tranquilamente. Nos tomamos una breve pausa para almorzar sobre la costa, y durante las siguientes horas recorrimos Lapataia por diferentes senderos. El Parque Nacional es un sitio bellísimo y muy extenso, cuenta con senderos de diferentes dificultades, así como también como zonas de acampe. Lamentablemente no contábamos con mucho tiempo para recorrerlo en toda su extensión. Familia de patos nadando en la bahía Pasado el mediodía y repentinamente, el cielo se nubló por completo. Como ya dije, el clima es verdaderamente muy cambiante en Ushuaia, así que nos vimos obligados a volver antes de que la nevisca cayera sobre nosotros. Una última sorpresa nos depararía el camino cuando, saliendo de la reserva, unos simpáticos zorros colorados nos cruzaron el paso y se acercaron amigablemente a la moto (probablemente en busca de comida). Una leve nevisca comenzó a caer desde el gris cielo, mientras dejábamos atrás la bahía, pero volvíamos completamente satisfechos. Bellos zorros colorados en el camino A la mañana siguiente el clima parecía agradable, con pocas nubes sobre el cielo, por lo que sin perder tiempo armamos la moto. Después de esas movidas dos semanas, dejaríamos la tierra del fin del mundo. No voy a mentir, a pesar de todo lo vivido con la moto, me generó cierta nostalgia dejar atrás aquella ciudad de grandes montañas. Mientras avanzábamos decididos por la ancha avenida que nos sacaría a la ruta, con nuestros abrigos y todo el equipaje encima de la moto, le di el último adiós… o el Hasta Pronto. Había sido genial conocer a Gabriel y Melisa, quienes se convirtieron en buenos amigos y nos hicieron el aguante en cada día de nuestra estadía y siempre se me quedaría grabado en la memoria esas mañanas en las que veíamos nevar desde la ventana de la cocina del hostel mientras desayunábamos. Las exhaustivas caminatas por aquellas empinadas calles que me dejaban sin aliento, el festejo de San Patricio en el irish bar Dublin, con las cervezas de color verdes y la gente disfrazada, el extenso muelle y sus escandalosas gaviotas, nuestro pequeño hogar en el camping donde pasamos tardes nevadas con las frazadas hasta el cuello viendo algunas películas, y los paseos nocturnos en el auto de Gabriel por el iluminado centro de la ciudad escuchando aquel tema de Lorde, Royal, que de aquí en más, sé que cada vez que lo escuche, me traerá recuerdos de esta bella ciudad de hielo… Ushuaia se quedaría grabada en mi mente por siempre. Nos vamos de Ushuaia Y el viaje de ese día, también. Teníamos decidido atravesar toda la isla de Tierra del Fuego, pasar Tolhuin y Rio Grande, embarcarnos y arribar a la parte continental del territorio argentino, hasta Rio Gallegos. Debíamos recorrer ¡600 Kilómetros!, haciendo la misma ruta que utilizamos para la ida, por lo que debíamos aprovechar al máximo la luz del día. En el paso Garibaldi, el cielo comenzó a cerrarse y gigantescas nubes grises lo cubrieron todo sobre nuestras cabezas. Nos detuvimos a sacar las fotos que no habíamos podido sacar al ingresar a la ciudad, mientras yo aprovechaba a buscar calor en el motor de la moto que calentara mis congeladas manos. Regresando por el Paso Garibaldi Las siguientes horas de viaje puedo jurarles que fueron bastante difíciles para mí. El clima se puso muy, muy frío. Apretando los puños fuertemente dentro de los bolsillos de mi campera, trataba de pegar mi cuerpo a la espalda de Martin, para evitar que las frías ráfagas se colaran por debajo de mi abrigo. Se escuchaba el fuerte rugir del viento en el casco mientras avanzábamos por la ruta y yo podía sentir claramente como la temperatura de mi cuerpo iba descendiendo poco a poco. Pasamos velozmente por el camino de ingreso a Tolhuin y en unas horas también dejábamos atrás la ciudad de Rio Grande. Una vez que realizamos el trámite de aduana para ingresar a territorio chileno, empezamos el peor trecho de todo el viaje: el maldito y eterno ripio. Yo soy una persona que prefiere el clima frío, para ser honesta con ustedes. Nunca me gustó el verano, el calor y la humedad, y siempre preferí el frío…. Hasta ese día. A pesar de llevar varias capas de ropa encima, dos pares de medias, gruesos borcegos y abrigada campera, sobre la moto nada parecía importar. El viento penetraba cada capa de ropa y llegaba hasta mi piel. Para ese entonces, después de tantas horas viajando desde aquella mañana, comenzaba a sentir mis piernas entumecidas y el frío no mejoraba la situación. Procuraba no moverme, porque sentía cada músculo congelado y moverme me provocaba dolorosos calambres. Además no podíamos avanzar muy deprisa en ese difícil camino, por lo que nunca antes nada se me hizo tan eterno como aquel día. Cada vez que miraba por sobre el hombre de Martin lo único que veía era ripio y más ripio. Fue una verdadera tortura. El viento gélido se filtraba por entre las rendijas del casco y llegó un punto en que ya no podía ni hablar de tanto que tiritaba. Sólo cerraba los ojos, apoyaba la cabeza sobre la espalda de Martin y pedía por favor que el camino terminara de una vez. Pero eso parecía nunca suceder!! Mi sufrimiento llegó al punto tal que no pude evitar comenzar a llorar dentro del casco, porque realmente ya no lo soportaba más… sí, les puedo asegurar que fue bastante difícil. Después de algunas horas que se me hicieron eternas llegábamos al embarque, en el estrecho de Magallanes. Para ese entonces, yo estaba casi adormecida o mejor dicho, aletargada detrás de la espalada de Martin. Ya caía la tarde, y varios autos aguardaban la llegada de la balsa. Me bajé lentamente de la moto, con espasmos que hacían temblar mi cuerpo de pies a cabeza. Comencé a caminar en círculos sobre la estrecha vereda al costado de la gran avenida que finalizaba sobre el agua. Estoy segura que los conductores de los vehículos que formaban fila habrán imaginado que estaba loca, pero lo único que intentaba era generar un poco de calor en mi cuerpo. Como eso no funcionaba, Martin y yo ingresamos en un bar de mala muerte que se encontraba frente al mar. Un anciano detrás de un robusto mostrador se mostró muy simpático cuando ingresamos e inmediatamente nos ofreció todas sus mercancías, sin embargo, cuando le dijimos que sólo buscábamos reparo del frío, nos dio la espalda con una mueca amarga en su rostro. Nos acercamos a una estufa, en la que chispeaba una pequeña llama y, aun temblando, empecé a sacarme el abrigo y el casco. Martin me tomó por los hombros en ese momento, y me miró asustado. Mi rostro pálido como un papel, con oscuras ojeras y labios fuertemente morados marcaban claramente el frío que estaba sufriendo. Seguramente mi cara daba un poco de impresión, porque el mismo dueño del local que antes nos había ignorado de mala gana, al verme, rápidamente cruzó el bar a zancadas y me encendió la estufa al máximo. Cuando sentí el calor del fuego, volví a la vida. Pocos minutos después, la barca llegaba a la orilla del estrecho de Magallanes, y nuevamente nos embarcábamos hacia la costa opuesta. Hicimos los trámites aduaneros (recuerdo que la mujer que nos atendió nos miraba horrorizada mientras nos preguntábamos cómo podíamos circular en moto esa noche tan fría) y finalmente ingresamos a Argentina. Los últimos kilómetros los recorrimos ya caído el sol. La noche se cerró sobre nosotros, con una oscuridad que inundaba todo, y que sólo era cortada por el haz de luz que nacía del faro delantero de la Transalp. No es nuestra costumbre viajar de noche, pero debíamos llegar a Rio Gallegos y no teníamos otra opción más que avanzar. Haciendo el último esfuerzo por soportar el helado frío sobre la moto, sentí un gran alivio cuando divisé a lo lejos varias lucecitas, pertenecientes a Rio Gallegos. Ingresamos a una gran avenida, ahora sí iluminada por altos alumbrados. Nunca había estado tan, pero tan feliz de llegar a una ciudad. Nuestro sufrimiento fue recompensado por la pareja amiga de Martin, Gerardo y Adriana, quienes nos esperaban para hospedarnos en su casa, con un buen baño caliente y una rica comida casera. Puedo asegurar que esta difícil vivencia me marcó… aún hoy sigo sosteniendo que no me gusta el calor extremo, pero nunca más voy a decir que prefiero el frío. Próximo relato de mi viaje
  12. Con la moto funcionando correctamente, todas nuestras preocupaciones se disiparon rápidamente esa mañana. El clima parecía acompañar nuestro humor aquel día, con un sol radiante en un limpio cielo celeste. Era la primera vez que disfrutábamos de un día soleado en la ciudad de Ushuaia, porque desde nuestro arribo, siempre la habíamos visto con un cielo gris y nublado, con lluvia o nevisca. Les parecerá una broma, pero la moto finalmente recorrió cinco cuadras, y volvió a morir. Nuestra frustración fue total. Sin otra opción, la moto regresó taller y nosotros volvimos cabizbajos al hostel, a la espera de una prometida respuesta por parte de los mecánicos, que nunca llegó. Vimos el esplendoroso día, desde la ventana del hostel, con una amargura que quería expresarse en llanto, pero que yo contenía con fuerza. A pesar de sentirnos muy a gusto en aquel hostel, al día siguiente decidimos mudarnos a un camping, para abaratar los costos, porque con el futuro incierto que teníamos delante por la falla de la moto, no sabíamos cuántos días más deberíamos quedarnos en Ushuaia. Llegamos así al camping El Andino, establecido en las afueras de la ciudad. Cartel con las distancias desde Ushuaia Para acceder al camping, debíamos tomar una empinada calle de tierra, al pie de la montaña, hasta llegar a una planicie, donde se alzaba un robusto refugio de dos pisos. En tiempo pasado, El Andino, había sido el principal centro de esquí de la ciudad, convocando a esquiadores de todas partes del mundo. Sin embargo, el aumento de la población, con la consecuente expansión de la ciudad, generaba en la actualidad el calor suficiente para impedir que la nieve caída se acumulara sobre la pista luego de cada nevada, por lo que sólo se encontraba en funcionamiento el sector de acampe. La antigua pista de esquí que supo ser un centro de atracción turístico importante, ahora sólo era una ancha y larga ladera de tierra y pasto. Hacia un costado de la pista, se alzaba un pequeño bosque, donde ya se encontraban instaladas algunas carpas. Elegimos un lugar apropiado, aunque era difícil, puesto que las nevadas anteriores habían dejado el suelo completamente mojado, pero igual armamos la carpa. Recuerdo que tan ingenuos los dos, nos metimos en nuestro hogar de plástico sorprendidos de que no hiciera tanto frío y creyendo realmente que íbamos a pasar una buena noche….... Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando el mismo frío me despertó. Mi cuerpo estaba completamente helado. Me volteé lentamente sobre la bolsa para ver que Martin también estaba despierto y casi tiritando, podía ver la tibia bruma saliendo de su boca. Así fue como aprendimos que Ushuaia no es un buen lugar para acampar y que los colchones inflables no son muy buena opción para temperaturas muy bajas, ya que el aire dentro de ellos se termina helando y les puedo asegurar que se siente como dormir sobre una tabla de hielo. Les aconsejo que si pretender acampar sobre estos cómodos colchones, se aseguren de colocar algo entre él y la bolsa, para aislarse, más adelante les contaré la solución que nosotros encontramos para ello. Era tal el frío que por más que frotaba mis pies, no podía generar nada de calor. Fue la noche más larga que sufrimos hasta el día de hoy, y la que me hizo aprender a valorar una estufa. Al día siguiente, decididos, nos mudamos a unas pequeñas casillas rodantes que se encontraban dentro del camping y de las que disponían para albergar gente. Un buen colchón, unas gruesas mantas y un generador de calor eléctrico fueron el paraíso para nosotros después de esa terrible noche. Nuestro hogar transitorio en Ushuaia Sin la moto, nos era difícil realizar alguna actividad en Ushuaia, puesto que muchos sitios importantes para visitar se encuentran a varios kilómetros a las afueras de la ciudad, y un transporte de excursión es exageradamente muy costoso. Por lo que ese mediodía solo pudimos realizar una pequeña caminata que era accesible, a la que llamaban el camino al glaciar. Iniciamos subiendo por la empinada ex pista de esquí, desde el camping. Desde allí arriba, se podía ver toda la ciudad extendiéndose hasta las costas del Beagle, y aunque casi se me colapsan los pulmones por subir esa empinada pendiente, la vista era increíble. La ciudad desde la cima de la pista de esquí Una vez allí arriba, debíamos tomar un sendero de tierra que se internaba en el bosque que rodeaba la montaña, donde ya la nieve había comenzado a acumularse con las nevadas. A lo lejos se alzaban enormes picos blancos que resaltaban entre el tupido bosque verde. Hacia el sendero del glaciar Sólo recorrimos unos pocos kilómetros esquivando tramos de barro y fotografiando solemnes Chimangos, que nos observaban pasar desde lo alto de los árboles, hasta toparnos con un camino asfaltado que ascendía por la montaña desde la ciudad. Tomamos aquella carretera, caminando por un costado, intentando entrar en calor con cada paso porque, ya no hace falta decirles, hacía mucho frío. Chimangos observándonos pasar desde lo alto de un árbol El camino terminaba en una gran planicie, que funcionaba como estacionamiento. Allí había algunas confiterías, un sistema de aerosiilas, y un centro de información turística. Nada de eso estaba en funcionamiento por encontrarnos fuera de temporada, pero aun así, muchos turistas se encontraban en el lugar. El sendero del glaciar comenzaba allí, como un ancho camino cubierto de nieve, que ascendía por la pendiente de la montaña. Hacia los costados del sendero se alzaban altos pinos de frondosas copas, y más allá comenzaban a verse las montañas vecinas. El sendero del glaciar A medida que ascendíamos, veíamos cada vez más y más nieve. Mis zapatillas no tardaron en empaparse con cada paso, enterrándose algunos centímetros en aquel suelo blanco. Varios turistas que recorrían el sendero junto a nosotros se detenían a jugar con la nieve, algunos más osados se tiraban por la pendiente nevada, sentados sobre algún plástico, y hasta nosotros nos divertimos unos instantes haciendo nuestro propio muñeco de nieve. Nuestro muñeco de nieve En el último tramo, el sendero se fue convirtiendo en camino súper angosto y peligrosamente empinado. Es momento de que confiese que suelo ser un poco miedosa ante estas travesía, por lo que fui aferrándome con uñas y dientes en estos últimos metros de camino, porque realmente temía resbalar y rodar cuesta abajo cual avalancha. El angosto sendero Llegamos así al final del sendero del glaciar, donde no había ningún glaciar y nos sentimos un poco estafados al respecto. Sin embargo desde aquella cima, el paisaje era abrumador. Las montañas se abrían hacia los costados, con sus altas paredes de piedra cubierta de nieva, en el medio y a lo lejos se podía ver toda la ciudad como pequeños puntitos, luego el inmenso canal del Beagle y a lo lejos más montañas, para variar. La ciudad desde lo alto Volvimos esa noche después de haber estado todo el día caminando sin parar, con los músculos de las piernas doloridos, pero satisfechos. Ya en nuestra pequeña casilla recibimos la esperada llamada del taller, que nos traería más angustia que alegría. Según los mecánicos, el problema se hallaba en la bobina de la moto, estructura que se encuentra dentro del motor y que genera la energía eléctrica necesaria para el buen funcionamiento del vehículo. Esto era una muy mala noticia para nosotros, puesto que el repuesto de esta pieza ni siquiera estaba en el país, debía ser pedido al exterior con una demora de 45 dias!! Y ni hablar del costo extra que representaba comprar un repuesto original. Dada estas condiciones, procedimos al plan B, y buscamos la manera de reparar la pieza en lugar de reemplazarla. Buscamos así a un especialista en el tema y luego de quitar la bobina (cosa nada fácil, puesto que se debe abrir el motor, con las complicaciones que esto implica), la llevamos al taller adecuado para su reparación. Al igual que nuestro ánimo, los siguientes días fueron nublados, con mucha lluvia y nevadas y frío…mucho frío. Creí que Martin iba a enloquecer en algún momento, puesto que nos la pasábamos encerrados en nuestra casilla sin poder hacer mucho y sin ver rastro alguno de sol. Llegamos al punto de replantearnos seriamente quedarnos en Ushuaia a pasar el invierno antes de continuar, puesto que la situación ya se había tornado bastante desoladora. Sólo un par de días bastaron para tener en nuestro poder la bobina reparada. En el taller fue colocada nuevamente en la moto y ya bastante cansados de aquella angustiosa situación, esperábamos que todo se solucionara al fin. Imaginen la frustración (que ya rozaba la rabia) que sentimos cuando la moto continuó fallando, aun con el repuesto reparado correctamente. El problema se encontraba en otro sitio: El regulador de voltaje. Esta pequeña estructura, del tamaño de mi mano, forma parte también del circuito eléctrico de la moto, y es el que recibe la energía eléctrica generada en la bobina y la envía hacia la batería. Sí, luego de dos semanas en Ushuaia, aprendimos perfectamente todo el circuito eléctrico de la moto. A esa altura, sinceramente, sólo quería matar a cada uno de los mecánicos que no sólo nos habían hecho perder tiempo y dinero, sino que, además, habían alterado innecesariamente una parte original y sana de la moto. El repuesto, obviamente, no se encontraba en Ushuaia, por lo que debimos pedirles a mis padres, que viven en Buenos Aires, que hicieran la compra y nos la enviaran por correo. Eso significaba más días de espera en aquella congelada ciudad. Realizamos entonces, una segunda caminata por un sendero llamado Laguna Esmeralda, que nos había recomendado cada ciudadano de Ushuaia. El día estaba terriblemente gris, pero aun así, nos arriesgamos a emprender el sendero, que nacía a un costado de la ruta, varios kilómetros antes de la entrada a la ciudad. El camino iniciaba bastante bien, un ancho sendero de tierra que se internaba en el frondoso bosque, con algo de barro debido a las nevadas, pero nada muy difícil de esquivar. Sólo pocos kilómetros hasta salir a un llano atestado de la agradable turba, que debimos atravesar. Con cada paso, el pie se hundía cada vez más en esa húmeda esponja vegetal, dando esa sensación de hundirse en arenas movedizas, realmente algo bastante desagradable para mí. Mi archienemiga: La Turba Aun así, frente nuestro se abría un paisaje hermoso, a pesar de que el cielo nublado y una leve neblina a lo lejos le proporcionaban un tinte sombrío. El camino, completamente embarrado y resbaladizo, se marcaba de forma sinuosa por entre la baja vegetación austral, mientras que hacia un costado, un delgado arroyo bajaba por entre las rocas y a lo lejos se alzaban grandes montañas. Si alguna vez visitan Ushuaia, no dejen de hacer este recorrido, pues la Laguna Esmeralda que se encuentra justo al finalizar el sendero, detrás de unas lomadas, es un estanque de agua de un bellísimo color aguamarina que contrasta con el paisaje que lo rodea y las enormes montañas de una manera increíble. Camino a la Laguna Esmeralda Sin embargo, el clima no nos favoreció básicamente desde que dejamos la ciudad de La Plata, bajo una tormenta, por lo que realmente no nos sorprendimos cuando una fuerte nevada se desató sobre nosotros justo cuando llegábamos al final del camino. Sólo vimos la Laguna Esmeralda tras una cortina de nieve espesa que caía fuertemente desde el cielo. La nieve que el primer día me había emocionado, ese día terminó por irritarme terriblemente. Huyaaaamooss! Regresamos a nuestra pequeña casilla del camping con barro hasta las rodillas, completamente mojados y tiritando de frío. Afortunadamente, una llamada telefónica desde Buenos Aires cambiaría nuestro ánimo. El repuesto de la moto arribaría a la ciudad al día siguiente. En ese momento, las nubes se disiparon en el cielo, permitiendo el paso de unos pocos rayos de sol y un hermoso arcoíris se formó por sobre encima de la ciudad de Ushuaia, quizás sería una señal de que nuestra suerte cambiaría.
  13. Estábamos sólo a pocos kilómetros de traspasar, literalmente, la Cordillera de los Andes… así de increíble como suena sería el Paso Garibaldi. Este tramo de la carretera, es el único que atraviesa la gigantesca cadena de los Andes fueguinos, el tramo austral y final de la extensa cordillera. Salimos de Tolhuin con muchísimo, muchísimo frío. Yo llevaba puesta prácticamente toda la ropa que podía caberme encima (realmente parecía un muñequito rechoncho) y, sin embargo, el viento helado en pocos segundos sobre la ruta ya me había congelado el cuerpo. Pero definitivamente, quien se llevaba la peor parte era Martin. A pesar de llevar puestos unos abrigados guantes especiales, el frío viento que le pegaba de frente comenzó de a poco a congelarle las manos, y puedo asegurarles que eso, en pocos minutos llega a doler. Por ello, sólo unos pocos kilómetros más adelante, exactamente justo antes de ingresar al Paso Garibaldi, nos vimos obligados a detenernos al costado de la ruta. Descendimos de la moto, frotándonos enérgicamente las manos, para generar algo de calor, en un lugar donde había sólo una pequeña casilla rodeada de campos de agricultura. En ese momento noté pequeñísimos copos en mi cabello, una leve nevisca comenzaba a caer desde el cielo, y la verdad es que no sabía si emocionarme por ser la primera “nevada” del viaje o largarme a llorar porque eso significaba que hacía mucho frío. Cuando pudimos elevar al menos un poco la temperatura de nuestros cuerpos, quisimos volver a la marcha y fue en ese momento, cuando la tragedia aconteció: la moto no arrancaba. Martin intentó una, dos, tres, cuatro, cinco veces… y la moto no encendía, como si su batería estuviese completamente muerta. La cara de Martin expresaba una mezcla de angustia y asombro y yo, simplemente estaba parada al lado completamente desconcertada y sin saber qué hacer. Hasta ese momento, la pequeña no nos había fallado y me costaba creer que justo en ese momento surgiera algún problema…tan cerca de llegar. Estuvimos minutos que fueron realmente eternos bajo esa lluvia de agua nieve que caía lentamente, intentando hacer todo lo que estaba a nuestro alcance, pero no hubo caso, la moto no quería arrancar. La desesperación empezaba de a poco a invadirnos, cuando divisamos a unos metros un grupo de hombres en la ruta. Sin más, Martin se acercó a pedirles ayuda y de inmediato se dispusieron a empujar con fuerza. Cuando el motor volvió a rugir sentí un alivio incomparable. Corriendo de felicidad, me monté a la moto y comenzamos el cruce por la cordillera. El frío seguía siendo espantoso, como podrán imaginar, pero el paisaje que comenzábamos a ver delante de nosotros era tan increíble que opacaba todo lo demás. La ruta se desplegaba de forma sinuosa bordeando las montañas, en un recorrido de curva y contracurva. Hacia un costado, teníamos el formidable cordón andino, que nacía a pocos metros de la carretera, y se elevaba varios metros imponentemente. Todas las montañas estaban completamente tapizada de verde solo hasta el pico, que ya se encontraba cubierto de nieve. Del otro lado, a medida que íbamos subiendo en altura por el ondulante camino, comenzaba a formarse un filoso precipicio, y la vista era cada vez más impresionante. El frondoso bosque se extendía revistiendo todo de un verde intenso y bordeaba un gigantesco espejo de agua, el Lago Escondido. Paso Garibaldi Admito que iba tiritando sobre la moto, mientras el gélido viento nos pegaba, pero aún así tomé coraje para sacarme un guante e intentar filmar con mi celular apenas unos pocos minutos de ese increíble recorrido. Les puedo asegurar que mis dedos se congelaron en cuestión de segundos. El bosque entre las montañas Con tanto espectáculo surgiendo continuamente a mi alrededor, no estaba prestando atención a un grave problema que sucedía simultáneamente en ese momento: la moto seguía fallando. Sólo después de algunos minutos sobre el camino, empecé a notar que avanzábamos a una velocidad demasiado lenta para estar transitando por una ruta. Seguíamos doblando una y otra vez en curvas, bordeando montañas y más montañas con el bosque tupido extendiéndose por entre ellas, cuando pasamos un paraje turístico y Martin decidió rendirse y detenerse a un costado de la carretera. Cuando me bajé de la moto, con el tono más desolador que alguna vez escuché me dijo que la moto no estaba funcionando correctamente, estaba perdiendo potencia, y de seguir así, no llegaríamos a Ushuaia, corriendo el riesgo de quedar varados en medio de las montañas y el frío, por lo que era preferible resguardarse en aquel complejo y llamar un remolque. Empujamos la moto hasta el estacionamiento y buscamos reparo del frío en un pintoresco restaurant construido en aquel lugar, probablemente para los esquiadores que visitan la zona en épocas invernales. Ni el mismo calor de una gran estufa a leña pudo mejorar nuestro ánimo. Fue el almuerzo más triste que puedo recordar, me era imposible asimilar que después de tanto recorrido, y estando tan cerca de llegar, la moto hubiera fallado así. Para empeorar la situación, la señal de comunicación era muy débil en ese lugar, por lo que tampoco podíamos comunicarnos con la empresa aseguradora de la moto, para pedirles que nos envíen una grúa de emergencia. Y fue en ese momento, que agradecí haber conocido en Río Grande a Melisa y Gabriel. Esta joven pareja que curiosamente se nos había acercado cuando nos vio llegar sobre la moto a la estación de servicio, era nuestra única salvación, siendo ellos las únicas personas que conocíamos en Ushuaia. Le enviamos un mensaje de texto, que era lo único que nos podía comunicar dada la mala señal del lugar, a Gabriel y éste de inmediato se encargó de llamar a la grúa y organizar todo para el “rescate”. La espera no fue muy larga, y en poco tiempo un robusto remolque ingresaba a la playa de estacionamiento del paraje. Atrás del mismo, llegaban Gabriel y Melisa en su auto. Saludé agradecidamente a eso dos extraños que sin problemas se habían acercado a ayudarnos, aun sin conocernos! La moto fue subida a la grúa, y Martin fue con ella, mientras yo me subí con todo el equipaje al auto de los chicos. Recuerdo los siguientes kilómetros perfectamente por todos los sentimientos encontrados y totalmente opuestos que sentí. Por un lado, atravesar esa ruta, con las montañas abriéndose paso y el frondoso bosque tapizando todo el paisaje era increíble. Pegada a la ventanilla del auto, mis dos ojos no me alcanzaban para contemplar tal maravilla natural y la emoción que sentía por llegar a Ushuaia iba aumentando en mi pecho. Pero por otro, cuando miraba hacia atrás, veía el camión de remolque y en el asiento del acompañante a un muy apesadumbrado Martin. Yo sabía lo mucho que le disgustaba entrar a la ciudad en remolque, y no en la moto como lo habíamos soñado y eso no dejaba de angustiarme. La entrada a Ushuaia Así, sólo pocos kilómetros más adelante ingresábamos a Ushuaia. La ciudad, en mi opinión, se lleva todos los adjetivos de belleza que conozco. Cientos de casitas se extienden sobre las costas del canal Beagle, y son rodeadas por el gigantesco cordón de montañas de los Andes fueguinos, que se eleva imperiosamente en el horizonte, dándole a esa imagen digna de una postal, un aire realmente magistral. Andes Fueguinos Mientras el auto ingresaba a la ciudad, tomando transitadas calles, las enormes montañas que se elevaban en el horizonte se reflejaban en el vidrio del auto, y para mí, que iba con la nariz pegada a la ventana, todo se veía en cámara lenta, como en una película. Estaba completamente maravillada con el paisaje y con el hecho de que finalmente habíamos llegado….A pesar de todo, habíamos llegado. La ciudad de Ushuaia La moto y todo nuestro equipaje fueron resguardados en la casa de Gabriel y Melisa, era domingo y deberíamos esperar al día siguiente para buscar un taller mecánico. Yo estaba exaltadísima y quería recorrer todo inmediatamente, y a pesar de que Martin aún estaba con su orgullo golpeado, nos encaminamos hacia la zona céntrica de la ciudad para buscar hospedaje. La ciudad de Ushuaia es bastante particular por varias características obvias que saltan a la vista de inmediato, y una de ellas, es su ubicación al pie de las grandes montañas, por lo que muchas calles son extremadamente empinadas, y las viviendas y negocios se construyen adaptándose a esta inclinación. La calle principal céntrica de la ciudad recorre paralelamente el largo de las montañas algunas cuadras, y las calles que la cortan bajan en pendiente hasta la costa del Beagle. Ushuaia es, obviamente, una ciudad muy turística. Sobre la avenida principal se alzan pintorescos negocios, todos los cuales mantienen el mismo estilo de construcción alpina y que ofrecen una alta gama de productos que van desde abrigadas prendas hasta pequeños adornos, todo dedicado al turista consumidor. También nos cruzamos con muchos restaurantes y confiterías, y alojamientos de demasiadas estrellas para nuestro reducido presupuesto de viajante. A pesar de la baja temperatura de ese día, las calles estaban abarrotadas de personas de un sinfín de nacionalidades: ingleses, franceses, rusos, japoneses, brasileros…. un verdadero popurrí de culturas. Los precios del lugar sinceramente nos escandalizaron un poco, puesto que no beneficiaba en nada nuestra moneda local, pero era perfecta para quienes llegaban con dólares. Al ver a refinadas señoras extranjeras con gruesas camperas atiborradas de bolsas de compras, supimos que nuestra estadía allí probablemente sería muy costosa. Luego de buscar y consultar en todos los hostels que nos cruzamos, nos decidimos por el Hostel Yakush, lugar que recomiendo totalmente. Amplias habitaciones, un lugar en común con cómodos sillones y libros, un comedor que se encontraba en un primer piso, sobre una esquina con grandes ventanales que daban justo al centro y, lo más importante, una buena calefacción continua. De este modo, aquel día de tantas emociones, pronto finalizaba. Construcciones alpinas iluminadas por las noches en el entro de Ushuaia A la mañana siguiente a primera hora, recorrimos gran parte de la ciudad en busca de un taller mecánico. Nos creímos afortunados al descubrir un taller oficial de Honda, la marca de la moto y plenamente confiados, trasladamos a la pequeña allí. Los mecánicos prometieron examinarla y comunicarse con nosotros en cuanto hubieran detectado la falla. Aún recuerdo que cuando nos fuimos del taller, dejando la moto allí, sentía un muy mal presentimiento…y todos saben que el sexto sentido de una mujer no se debe poner en duda. Aún así, no permitimos que esto nos desanime nuevamente, y recorrimos durante largo tiempo toda la costanera de la ciudad. El Beagle estaba realmente calmo ese día. Sobre el puerto se hallaban ancladas decenas de veleros y algunos barcos, mientras que escandalosas gaviotas sobrevolaban las embarcaciones. A lo lejos se elevaban altos riscos montañosos, con sus cumbres cubiertas de nieve. Veleros en el Canal del Beagle, Ushuaia El paisaje se reflejaba en el agua, y realmente parecía una pintura hecha por algún hábil artista. Inflamos nuestros pulmones con el frio aire austral y permanecimos largos minutos contemplando aquel lugar que nos era tan intrigante y emocionante a la vez. El puerto de Ushuaia Martin se dedicó a trabajar los siguientes días en las comodidades que ofrecía el Hostel, lo que me dio vía libre a mí para recorrer el centro y embelesarme con tantas chucherías que no podía comprar. Recuerdo vívidamente esa primera tarde que salí a caminar sola, con mis auriculares y música, sin poder dejar de sonreír y sintiendo esa felicidad pura que se siente cuando uno viaja. Repentinamente grandes copos blancos comenzaron a caer desde el cielo. Me detuve en seco en medio de la calle y levanté mi vista hacia el cielo, mientras un murmullo de entusiasmo general comenzaba a escucharse por las calles. Los miles de turistas, emocionados con esa inesperada nevada, comenzaban a sacar fotos y a filmar con sus celulares. La nieve rápidamente comenzó a acumularse en las calles y sobre los vehículos y yo estaba simplemente deslumbrada. Con mi música favorita sonando en mis oídos, caminé lentamente por las calles, mientras la nieve se acumulaba en mis cabellos. Para alguien que vive en zonas con épocas de nevadas, esto puede parecerle exagerado, pero para mí, que pocas veces había visto nevar, fue una experiencia casi mágica y un momento que perdurará por siempre en mi memoria. La nevada en la ciudad Recibimos noticias de la moto esa misma tarde. Al parecer todo se debió a una falla eléctrica que no permitía la recarga de la batería, pero nos aseguraban que el problema estaba resuelto. Completamente aliviados y felices, salimos velozmente hacia el taller, y regresamos con la moto, creyendo ingenuamente que nuestro viaje se normalizaría a partir de ese día, pero la ilusión nos duraría muy poco.
  14. Cuando salimos de Rio Grande corría un viento tan violento que estuvimos a punto de regresar, y postergar la salida. Las ráfagas producían un fuerte rugido ensordecedor mientras avanzábamos velozmente sobre la ruta que nos llevaría al pueblito de Tolhuin, y a pesar de estar resguardada detrás de la espalda de Martin, sentía el viento golpear contra el casco y debía hacer fuerza para mantener la cabeza erguida. La potente corriente de aire nos golpeaba de costado y cuando teníamos que pasar algún camión, Martin debía calcular bien la velocidad de la moto, porque si bien el camión nos resguardaba momentáneamente,cuando lográbamos adelantarnos, la fuerza del golpe era de tal magnitud que llegaba a correr la moto de carril. Por suerte, la carretera fue cambiando de dirección de manera que luego de algunos kilómetros, el viento comenzó a golpearnos desde atrás, y la situación mejoró notablemente. Creo que ese fue el primer tramo donde realmente comencé a sentir el verdadero frío de Tierra del Fuego. A pesar de llevar ropa cobijada, el viento helado se colaba y me llegaba casi hasta los huesos. En vano, trataba de encogerme sobre la moto, para intentar mantener el calor de mi cuerpo, mientras restregaba mis manos enguantadas. Afortunadamente, fueron sólo pocos kilómetros hasta la llegada a la entrada de Tolhuin. Un arco de madera con el nombre del pueblo nos daba la bienvenida, al costado de la ruta. A ambos lados del arco, se erguían dos extrañas figuras que representaban antiguos aborígenes de la zona, los Selk´nam, vestidos con típicos trajes de rituales, donde se destacaban enormes máscaras de troncos de árboles, en forma cónica, una imagen un poco lúgubre, realmente. Una ancha calle asfaltada ingresaba a la pequeña villa que se encontraba establecida en extrañas pendientes y comenzaban a verse pequeñas casillas y algunos negocios. El día estaba nublado, gris y fresco y sólo unas pocas personas se encontraban en ese momento en las calles, lo que le daba un aspecto un tanto triste y desolado al poblado. Siguiendo esa calle principal, pasamos una plaza, un hospital y una escuela y tomamos una empinada pendiente que desembocaba en el gran Lago Fagnano (o Lago Khami, como lo llamaban los selk´nam), en cuyas orillas se encontraba el camping en donde nos instalaríamos, un camping bastante extravagante, debo confesar. El lago de un precioso color azul, se abría inmensamente delante de nosotros y al otro lado se podía ver un cordón de gigantescas montañas, pertenecientes a la cordillera Argentina. Lago Fagnano Un simpático hombrecillo de canosos bigotes corrió a nuestro encuentro al vernos ingresar. Su nombre era Roberto, y era el dueño del camping Hain. Lo primero que nos llamó la atención al ingresar al llano terreno, fueron unas estructuras cónicas de madera, armadas sobre el césped. Luego supimos que estaban construidas para armar la carpa dentro de ellas, porque el viento en aquella zona, sobre todo al lado del lago, era bastante intenso. También había en el camping una pequeña casilla de madera, con unas rústicas mesas y lo más importante: una agradable estufa a leña de la cual no me separé en todo el día. Chozas de madera para construir dentro las carpas Roberto había levantado cada una de esas construcciones con sus propias manos, con la particularidad de haberlo hecho reciclando cada extraño objeto que encontraba, o que los temporales visitantes del camping le dejaban. Así, podían verse molinos de vientos, muñecos o ciertas esculturas extrañas dispersas en todo el terreno. El Camping Hain Luego de armar la carpa dentro de estas estructuras piramidales de madera que resultarían ser una gran idea, nos fuimos directo a la casilla donde Roberto ya nos había prendido la estufa. Al ingresar, noté inmediatamente que ese pequeño lugar era lo más especial de todo el camping: como si de una tradición se tratase, cada viajante que había pasado por allí, dejaba su inscripción en un trozo de leña, y lo clavaba a las paredes. El refugio del Camping Así, las cuatro paredes de aquella pequeña casilla y hasta el techo, se encontraban completamente recubiertas de tablas y tablitas con diferentes leyendas en decenas de idiomas. Aquel lugar parecía más bien un rústico santuario donde cada visitante dejaba su huella. Uno podía leer pequeñas frases con algún tinte poético, o los nombres de viajeros que habían llegado al camping, ya sea caminando, en bicicleta, de a grupo, solos, en pareja, de países latinoamericanos y de Europa. Los mensajes de los viajantes Esa noche, a pesar de dormir dentro de una de esas chozas de madera, con una buena carpa con buena aislación térmica y con bolsas de dormir diseñadas para temperaturas extremas, pasamos bastante frio, pero debíamos resignarnos a ello, si queríamos seguir viajando hacia el extremo sur del país. A la mañana siguiente Roberto nos habló de una caminata que iniciaba cerca del camping y que costeaba una laguna, llamada Laguna Negra, dentro de la Reserva que lleva el mismo nombre. Nos aconsejó que fuéramos hasta el final del recorrido, donde nos encontraríamos con los grandes diques de troncos construidos por castores. Como ya imaginarán, con sólo escuchar que podríamos ver castores, ya estaba arrastrando a Martin hacia la caminata. Antes de salir, Roberto nos sugirió que, para ver aparecer estos grandes roedores, destruyéramos maliciosamente alguno de sus diques, quitándole uno o dos troncos. Confieso que me pareció una idea terrible, y que no creí absolutamente para nada que haciendo esto, pudiéramos ver alguno de estos animales. Sin embargo, emprendimos el trekking, caminando por la empedrada orilla del lago Fagnano, hasta llegar al cartel que indicaba el comienzo de la Reserva Laguna Negra. El día estaba bastante fresco y corría un helado viento, pero al menos, para nuestro alivio, había salido el sol ese mediodía. Reserva Laguna Negra Un débil sendero de tierra ingresaba en un extenso bosque de lengas y ñires, delgados y altos árboles con sus copas de un verde claro que se elevaban desde el suelo formando un intrincado laberinto. De sus ramas colgaban barbas de líquenes que se mecían débilmente cuando soplaba el viento. Barbas de líquenes El sendero comenzaba bordeando un barranco, donde de un lado se extendía este bosque, y del otro se podía ver la Laguna Negra, entendiéndose hasta las montañas que se alzaban a lo lejos. Laguna Negra El camino continuaba rodeando grandes extensiones de turbas, que son profundos depósitos de musgo. Debido al clima frio, y a la falta de ciertas bacterias, los restos vegetales no terminan de descomponerse del todo en esa zona, y se convierten en una gran “esponja” que se ha ido acumulando a lo largo de miles de años, algunos llegando a medir hasta diez metros de profundidad. Les puedo asegurar que caminar sobre las turbas es un tanto desagradable. El pie se hunde con cada paso, y brota agua, por lo que uno termina mojándose, no es una sensación muy agradable. Depósitos de Turba Atravesamos parte del bosque, deteniéndonos cada tanto a sacar fotos, o simplemente a contemplar la tranquilidad y el silencio de aquel lugar, cortado sólo por el silbido del viento que soplaba por entre los árboles. Bosque de lengas y ñires Cruzamos arroyos y un frágil puente de madera hasta que finalmente llegamos a los grandes estanques formados por las castoreras. Estas sólidas construcciones, formadas por cientos de ramas y troncos, prolijamente roídos y colocados por estos laboriosos animales, cortaban el paso del agua de costa a costa, generando inmensas lagunas, que terminaban inundando las zonas aledañas. Mientras el camino ascendía por entre el bosque, al costado íbamos viendo estos estanques, formados a diferentes alturas, como en escalera y contenidos por estos robustos diques. Castoreras La verdad es que, a pesar de que amo estos y todos los animales, el paisaje no era muy alentador, porque las inundaciones afectaban visiblemente aquellos bosques nativos. Debido a la “gran” idea de un ser humano, el castor (que no es un animal autóctono de Argentina) fue introducido, y al no tener un depredador, se ha ido reproduciendo descontroladamente y sus inmensas construcciones generan mucho daño al ecosistema de esa zona. Parte del bosque nativo inundado Aun así, no podíamos dejar de asombrarnos de estas grandes castoreras, que eran tan sólidas que uno podía pararse encima tranquilamente. Lamentablemente, a pesar de ir lentamente, intentando no hacer ruido y atentos, no vimos ningún castor en las proximidades. Llegamos al final del recorrido y decidimos volver, bastante decepcionados. Martin insistía en hacerle caso a Roberto, y quitar algunos troncos de una de las castoreras, pero yo me negaba. Me parecía una idea absurda y hasta llegué a burlarme de él, diciéndole que los castores no iban a aparecer solo por eso. Cuando finalmente me rendí y accedí a la idea, me senté cerca de la orilla de uno de estos estanques, ofuscada y suponiendo que íbamos a estar largo rato allí esperando para nada, mientras Martin caminó haciendo equilibrio sobre la castorera más cercana, y quitó un par de troncos de la misma. Un pequeñísimo hilo de agua comenzó a correr por encima de la construcción y Martin volvió corriendo a mi lado, ansioso. Abrí la boca para decirle que no se ilusionara, en el mismo momento en que mis ojos divisaron una pequeña cabeza flotando por sobre el agua, nadando hacia nuestra dirección. Mi sorpresa fue tal, que no me salían las palabras! Efectivamente como había dicho Roberto, allí venia nadando un castor. Y apareció el castor Nos quedamos inmóviles y completamente sorprendidos, mientras aquel bello animal con su extravagante cola plana aparecía flotando lentamente a escasos metros nuestros. El castor observó la pérdida y permaneció algunos minutos, cortando algunas ramitas que flotaban a su lado. Obviamente le saqué miles de fotos en todos los ángulos posibles y lo filmé mientras memorizaba la gran lección de nunca más subestimar los consejos de un pueblerino. Hermoso castor Cuando el pequeño animalito dio por terminada su tarea, emprendió la marcha y nosotros también. El sol ya comenzaba a ocultarse, y la temperatura descendía rápidamente, por lo que nos apresuramos a volver al refugio a prender la estufa a leña, aunque nuestra emoción era tal por haber visto aquel animal tan extraño para la fauna nativa de argentina, que ni siquiera notamos el frío. Volviendo de la Reserva Habíamos decidido partir al día siguiente del pueblo de Tolhuin para llegar a Ushuaia, pero la mañana siguiente nos esperaba con un clima extremadamente frío y fuertes vientos. Sabiendo que sobre la moto eso significaba mucho sufrimiento, nos quedamos un día más en el camping Hain. Aprovechamos el día para recorrer el lago Fagnano hacia el otro extremo que no habíamos visitado aún. Caminamos por la costa cubiertas de pequeñas piedras de distintas formas, tamaños y colores, y junté algunas que me llevaría de recuerdo. El viento que corría provocaba un peculiar oleaje en el agua, pero aun así, el paisaje frente nuestro era bellísimo. El lago con su cristalino color azul se extendía hasta el horizonte, donde se alzaba la imponente cordillera, cortando el cielo celeste. Bellísimo paisaje del Lago Fagnano Nos llamó la atención ver a lo lejos, sobre el lago, una extensa y espesa neblina que se dirigía lentamente hacia la costa, pero restándole importancia, continuamos nuestro paseo. Caminamos largo trecho, hasta llegar a un altísimo risco, donde terminaba la playa empedrada, y al que bordeamos hasta llegar a una pequeña cascadita. Cascadita Al emprender el regreso al camping, esa extraña bruma que veíamos acercándose sobre el lago, llegó hasta nosotros, y comprendimos que no era ni más ni menos que viento. El viento más poderoso que sentí en mi vida. Caminar esos metros con esas ráfagas en contra fue realmente exhaustivo. Jamás había imaginado que el viento podía soplar tanto! Avanzábamos casi empujando el ventarrón a cada paso, que no cesaba ni un segundo en soplar, y hasta era difícil respirar porque se sentía exactamente como una pesada manta que te cubría toda la cara. Cuando logramos llegar al refugio, casi riéndonos de la extraña situación que acabábamos de pasar, sentía el cuerpo totalmente cansado, y estaba completamente asombrada…nunca me voy a olvidar de ese momento. Luego de esos días en Tolhuin, y con una mañana un poco más despejada, decidimos desarmar campamento y por fin, emprender los últimos kilómetros que nos separaban de nuestra gran y principal meta: Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. Para llegar debíamos atravesar un camino de montañas, el Paso Garibaldi y yo ya me estaba preparando para pasar frío. Antes de marcharnos y de saludar y agradecer a Roberto por la estadía, siguiendo la tradición de los viajeros, buscamos una leña cortada, escribimos nuestros nombres, la fecha y la clavamos en una de las paredes del refugio, como símbolo de nuestro pasar por aquel lugar tan mágico. Nuestra huella Cuando tomamos nuevamente la ruta hacia Ushuaia, estábamos ansiosos, algo nerviosos y sobre todo felices… pero lamentablemente, nada nos prepararía para el desafortunado inconveniente que sufriríamos con la moto, sólo unos pocos kilómetros más adelante.
  15. Llegar a la provincia de Tierra del Fuego es una gran travesía. Dada su posición geográfica, se debe salir de Argentina y arribar a territorio chileno, luego atravesar la Patagonia chilena, que parece un sitio olvidado en un extremo del mundo, después embarcarse y cruzar el estrecho de Magallanes para encontrarse finalmente con kilómetros y kilómetros de un camino ondulado de ripio. Es un recorrido muy particular. Esa mañana, luego de pasar la noche en el volcán de la reserva Laguna Azul, y a sólo pocos minutos de allí, asentadas en el medio de la inmensidad patagónica, nos encontramos con las oficinas del paso fronterizo y con el decepcionante panorama de una gran fila de autos. El trámite se hizo muy largo, al parecer ese fin de semana largo varios habían tenido el mismo plan de escape, y las oficinas de frontera se habían visto desbordadas de trabajo. Fueron tres horas de espera interminable, trámites, papeleos y documentos. Cuando al fin obtuvimos el permiso legal para ingresar al país vecino, continuamos por la ruta, cruzándonos en el camino con varios viajantes que también manejaban motos y que saludaban de manera cómplice al pasar. El camino no cambió mágicamente aunque ahora transitábamos por otro país (quizás debo confesar que inocentemente, esperaba encontrarme con algo novedoso..jeje), la estepa patagónica seguía extendiéndose a los costados de la carretera igual de vasta y llana que siempre. La temperatura ahora era aún más baja, ya comenzaba a encimarme ropa, calzas térmicas, sobre calzas de lana, pantalón, camiseta, campera y guantes…sobre la moto, el frio austral comenzaba a ser un poco complicado de soportar. La ruta asfaltada continúo hasta que llegamos al embalse en el estrecho de Magallanes. El camino terminaba básicamente en el agua. Varios autos esperaban en fila y justo en la orilla, una gran balsa con sus compuertas bajas aguardaba el ascenso de los vehículos. Arribamos, avanzando sobre la rampa que rugió metálicamente con nuestro peso y ubicamos la moto entre unos autos, sobre la ancha plataforma de la balsa. Mientras algunos vehículos continuaban subiendo, obedeciendo las indicaciones de un operario chileno, dejamos la moto y nos dirigimos a unas escaleras que ascendían hasta la parte superior de la embarcación, a un pequeño balcón desde donde se podía ver el estrecho de Magallanes en su totalidad. El día estaba nublado y gris y corría un viento bastante frio, que arrastraba ese peculiar olor a mar. El estrecho de Magallanes, desde la balsa. El operario se acercó a nosotros y nos preguntó por el viaje y la moto que había llamado su atención, pero apenas le presté atención. Todo alrededor me parecía tan extraño. Estar a punto de embarcarme para al fin llegar a Tierra del Fuego, el llamado “fin del mundo”… jamás había imaginado en mi vida que llegaría tan lejos, y mucho menos de la forma en que lo haría. Las compuertas se cerraron, y un movimiento brusco indicó el comienzo del viaje. La balsa se movía realmente rápido. Apoyada por sobre la baranda solo miraba maravillada el mar llano extendiéndose delante de nosotros, que se confundía en el horizonte con el cielo gris, mientras que el frio viento me pegaba en la cara. Por sobre el ruido del motor, y el ruido de la balsa rompiendo en el mar, me llegó la voz del chileno que seguía hablando con Martin y le aconsejaba que estuviera atento porque era probable que aparecieran toninas en el agua. Mi emoción llegó a un punto máximo cuando, por entre el oleaje del mar, quizás atraídas por el ruido o por su simple naturaleza curiosa, comenzaron a divisarse veloces manchas blancas. Toninas nadando al lado de la balsa Las toninas, delfines de llamativos colores blanco y negro, empezaron a aparecer de a pares, nadando velozmente al lado de la balsa, saltando por sobre el agua. Una hembra con su cría nadaba tan rápidamente que prácticamente se movía a la par de la balsa. Jamás había visto a esos bellos animales tan de cerca, y verlos nadar tan armoniosamente al lado nuestro, como dándonos la bienvenida a la isla, me llenó de una emoción que no pude contener y admito que se me escaparon algunas lágrimas de felicidad. El cruce duró apenas unos minutos, y cuando menos me lo esperaba, la moto estaba descendiendo de la balsa y llegábamos, al fin, a la isla de Tierra del Fuego, dentro de Chile aun. La alegría se percibía en nuestras caras, que, a pesar del frío y del día gris, no paraban de reflejar sonrisas inmensas de oreja a oreja. Descendiendo de la balsa Después de varios días de atravesar campos y caminos, finalmente habíamos llegado a Tierra del Fuego, nuestra primera meta en este viaje que tanto habíamos soñado los dos. Delante de nosotros se abría un camino desconocido para ambos, lo que nos llenaba de ansias y curiosidad. La ruta seguía asfaltada sólo hasta un pequeño pueblo llamado Cerro Sombrero, donde nos vimos obligado a cargar el tanque de la moto. Desde allí, nos esperaba un largo, largo camino de ripio. Camino de ripio, en Chile El camino de tierra no fue fácil, porque había mucha piedra suelta y la moto perdía el equilibrio fácilmente, por lo que había que avanzar despacio. Ese día conocí realmente lo difícil que es un camino de ripio y se convirtió en mi primer enemigo de la carretera (luego, se sumarían algunos más…). A pesar de que la moto, con sus cubiertas y demás, está preparada para este tipo de camino, también llevaba mucha carga encima, así que debíamos ser cautelosos. Además era una ruta muy poco transitada, y no había casi ninguna población en las cercanías. A los lados de la ruta, ahora veíamos inmensas extensiones de campos cercados, con pastos verdes ondeándose por el viento. Algunos pequeños arroyos corrían por entre la vegetación y a lo lejos podían verse inmensos cerros, elevándose en el horizonte y comenzábamos a ver las primeras montañas. El camino se fue convirtiendo en un interminable trayecto ondulado, donde cada tanto podíamos divisar alguna casita perdida en el medio de esos campos o algún rebaño de ovejas pastando, pero nada más. La moto vibraba intensamente bajo el irregular suelo y cada tanto resbalaba peligrosamente hacia los costados, haciendo que yo me aferrara a la campera de Martin y cerrara los ojos, esperando la caída, pero por suerte tengo un experto al mando y salimos ilesos de ese trayecto. El interminable camino de ripio. No recuerdo cuanto tiempo exacto nos tomó cruzar toda esa interminable ruta, pero se me hizo eterno, nosotros dos solos sobre la moto atravesando esos anchos campos en la zona más austral del mundo. Así fue como arribamos al fin al cruce de San Sebastián, donde luego del papeleo, rápido esta vez, volvimos a ingresar a Argentina. Para mi gran alivio, la ruta volvía a ser asfaltada y ahora podíamos ir más tranquilos y relajados. Sin embargo, aún nos faltaban varios kilómetros por recorrer hasta llegar a la primera ciudad de la isla, Rio Grande. El viento empezaba a soplar cada vez más fuerte y yo cada vez me hacía más pequeña para acobijarme tras la espalda de Martin. Para hacer la travesía más complicada aún, una fina lluvia comenzaba a caer desde el nublado y gris cielo. La ruta ya dentro de Argentina era mucho más transitada, sobretodo por grandes camiones de carga. Comenzamos a bordear la costa del mar, a pocos kilómetros de la entrada de la ciudad y de repente esa pequeña llovizna se transformó en una lluvia intensa y constante. De a poco empecé a sentir mis pantalones mojados y parte de la campera. Las gotas se acumulaban en el visor del casco y se filtraban hacia adentro, así que ya nada me protegía de estar mojada. El frio viento que nos golpeaba en la ruta empezó a hacerme tiritar, y ya no veía las horas de llegar. Empapados de pies a cabeza entramos en la ciudad de Rio Grande. Cuando nos cruzamos con la primera estación de servicio, bajamos en busca de reparo de la lluvia y de un poco de calor. Casi temblando y completamente mojados ingresamos al coffe shop de la estación, para cambiar nuestras ropas mojadas y elevar un poco nuestra temperatura con alguna bebida caliente. La ciudad de Rio Grande, en Tierra del Fuego Mientas esperábamos que la lluvia cesara, decidimos que luego de semejante día de viaje, lo mejor sería buscar un alojamiento para descansar bien, y al día siguiente buscar un lugar adecuado para acampar y volver a nuestra habitual carpa. Como si de una señal divina se tratara, un grupo de jóvenes se acercó a nosotros, curiosos de vernos llegar en la moto, y se ofrecieron a indicarnos los distintos hoteles de la ciudad. Esa noche conocimos a Gabriel y Melisa, y hasta el día de hoy agradezco ese encuentro. Esta adorable pareja era originalmente de Ushuaia, la última ciudad en la isla, pero estaban de paseo por Rio Grande. Amablemente, nos indicaron los distintos hoteles de la zona y luego de visitar cada uno (algo espantados por lo elevado de los costos), llegamos a un lujoso hotel que casualmente tenían una promoción económica de sus habitaciones. Aún recuerdo nuestras caras cuando ingresamos a la gigantesca suite del hotel Status. En la habitación se lucían un televisor plasma enorme, calefacción centralizada, elegantes muebles de madera y una cama exageradamente grande. Era muy irónico pensar que la noche anterior habíamos acampado en medio de un gigantesco cráter de un volcán, completamente solos, y que esa noche estábamos en una lujosa habitación de un hotel cinco estrellas que hasta tenía un teléfono en el baño (¡¡en el baño!!). A pesar de que ningún hotel puede superar la belleza de acampar en un lugar al aire libre, admito que esa noche descansamos muy bien. Al día siguiente nos trasladamos a un hostel, donde pasaríamos los siguientes días, porque lamentablemente en Rio Grande no hay campings habilitados. Martin debió tomarse unos días para trabajar desde su computadora, así que nos vimos obligados a permanecer en la ciudad más de lo deseado. Rio Grande es una enorme ciudad, mayormente industrial, pero que no posee muchas opciones a la hora de disfrutar de nuevos paisajes o actividades. Para ser honesta, me aburrí bastante. Del volcán a una habitación 5 estrellas Nuestra siguiente parada, antes de llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, era un pequeño pueblo llamado Tolhuin del que nos habían hablado maravillas. Impaciente, aguardé durante tres días en Rio Grande, hasta que finalmente una mañana juntamos nuestras cosas y retomamos la ruta. Relato Anterior:
  16. Luego de dejar atrás Puerto Madryn esa mañana a fines de febrero, el viaje por la ruta en moto se tornó realmente eterno. Kilómetros y kilómetros de Patagonia, costeando el Atlántico por la Ruta 3, atravesando la provincia de Chubut. Había que estar atento al camino porque los guanacos, que ahora se veían bastante de a grupos, se atrevían a cruzar la ruta sin medir peligro alguno. Más de una vez Martin se había visto obligado a pisar los frenos, cuando estos curiosos animalitos saltaban la cerca de los campos y cruzaban a trote en frente nuestro. También podíamos ver choiques, pero estos eran más cuidadosos y con sólo escuchar el ruido de un vehículo acercándose, corrían alejándose y agitando las alas de una forma realmente muy graciosa. La Ruta 3 Pasamos frente a las entradas para ir a las reservas de Punta Tombo y Cabo Dos Bahías, loberías y pingüineras que recomiendo completamente visitar aunque yo no tuve el honor, y luego de casi 350 km. recorridos, llegamos a la ciudad de Comodoro Rivadavia. Si me había llamado la atención ver emerger la ciudad de Puerto Madryn en medio de la nada, esto fue aún más sorprendente. Entre las bajas colinas de la Patagonia eterna y al pie del cerro Chenque, un cerro muy alto que se destaca completamente de cualquier otro por su altura, nace esta gran ciudad. Yo nací y me crié en Buenos Aires, una provincia cuyas localidades se encuentran una al lado de otra, son kilómetros y kilómetros de urbanización, es algo que pareciera que nunca se termina. Supongo que por eso, estas grandes ciudades que se encuentran en el medio de algo tan inmenso y desolado como lo es la llanura patagónica me llaman tanto la atención. El hecho de pensar que uno sale de esa ciudad y se encuentra de repente con esa gran llanura de…. nada! me generaba una sensación extraña… como de “desprotección”. En Buenos Aires puedo caminar cientos de cuadras y no me voy a encontrar de repente con un desierto así! Pero comenzaba en entender que esas sensaciones que me provocaba cada lugar nuevo visitado, también era parte de salir de esa burbujita en la que sin darme cuenta, me había acostumbrado a vivir. Martin había vivido sus primeros años de niñez en esta ruidosa y poblada ciudad, así que hicimos un pequeño recorrido, trayendo algunos recuerdos de sus primeros años. Por entre las calles y los altos edificios, se podía ver, a lo lejos, el cerro Chenque, y yo no podía despegar mi vista de esa gran pared de roca que se elevaba en el horizonte. La ciudad de Comodoro Rivadavia Después de un par de horas recorriendo la ciudad, decidimos avanzar solo unos kilómetros más por la ruta para acampar en el pueblo de Rada Tilly, un lugar que nos recomendaron y realmente fue lo mejor que pudimos hacer. Rada Tilly es un pueblo de bellas y elegantes casas, de una población quizás de clase media alta, que se extiende sobre la costa del Atlántico. Un lugar muy tranquilo y encantador. Llegamos a un camping y, como ya se había convertido en tradición, luego de armar la carpa, fuimos a recorrer las playas. El atardecer comenzaba a extenderse sobre la costa, tiñendo el cielo de unos colores pasteles que nunca antes había visto. Un naranjado, rosado y después un celeste que se iba oscureciendo se extendían sobre nuestras cabezas mientras caminábamos por la húmeda arena, en la orilla. Rada Tilly A la mañana siguiente, luego de probar unas mediaslunas en una panadería de la zona (las mejores mediasluna de mi vida! ) seguimos viaje por la ruta. Pasábamos a la provincia de Santa Cruz. Cada vez faltaba menos para llegar a nuestro primer objetivo: Tierra del Fuego. Santa Cruz es la última provincia de la parte continental de Argentina. Para llegar a la isla de Tierra del Fuego, el camino obligado atraviesa territorio chileno, por lo que (aunque suene complicado y absurdo), para llegar hasta allí, uno debe salir de Argentina, entrar a Chile y luego volver a ingresar a mi país. A pesar de esto, las ansias iban en aumento. Como también el frio. Ya sobre la moto, debíamos empezar a abrigarnos bastante porque comenzaban a sentirse las bajas temperaturas australes. El paisaje comenzaba a tornarse más verde. Podíamos ver las extensas llanuras tapizadas con pastos verdes, desplazando un poco ese horizonte algo desértico al que veníamos acostumbrados. Aunque aún se mantenían los bajos arbustos y los colores amarillos, verdes y marrones, típicos de la Patagonia. Provincia de Santa Cruz Este tramo del viaje también fue bastante aburrido. Pasadas dos horas, quizás tres sobre una moto en marcha, debo confesar que la cosa comienza a ponerse incómoda. Las rodillas empiezan a molestar, y ni hablar de la parte de nuestro cuerpo que apoya sobre el asiento. Por eso, cada tanto debíamos parar al costado de la ruta a estirar las piernas. Fue en una de estas paradas que descubrimos un gran estanque al costado del camino, con varias poblaciones de aves acuáticas de la zona. Nos quedamos un tiempo, contemplando los rosas flamencos australes que compartían el lugar con patos barcinos y patos overos. Allí veríamos por primera vez a los cauquenes, que luego nos cansaríamos de ver a lo largo de todo el trayecto que nos quedaba por delante. Estanque al costado de la ruta Esa noche acampamos en un camping en la localidad de Comandante Luis Piedra Buena. El camping, ubicado en una isla rodeada por el rio Santa Cruz, era un lugar realmente bello, con un paisaje hermoso, pero lamentablemente repleto de gente. Para quien ama la naturaleza y disfruta de la tranquilidad y la calma, una muchedumbre así, con música fuerte y ruidos, puede tornarse un poco fastidioso. Aun así, acampamos y a la mañana siguiente, como ya se había tornado rutina, desarmamos la carpa y seguimos viaje. Solo estábamos a pocos kilómetros de Rio Gallegos, nuestra siguiente parada. Camping Isla Pavón Rio Gallegos es la capital de la provincia de santa Cruz, por lo que no nos sorprendió encontrarnos con una ciudad gigantesca y extensa en todas direcciones, con autopistas y constante movimiento. Aunque llegamos temprano, casi al mediodía, la verdad que tanto bullicio típico de una ciudad grande, nos quitó las ganas de pasar el día allí, quizás encerrados en un hostel, por lo que nos dirigimos a un centro de información turística para que nos indicaran algún camping o algún lugar agreste para acampar. Fue así como conocimos la Laguna Azul, una laguna ubicada en el cráter de un volcán inactivo. Apenas unos escasos kilómetros antes del puesto de frontera para pasar a Chile, se encuentre la reserva geológica Laguna Azul. Hay un sencillo y casi invisible cartel al costado de la ruta que indica la entrada por un camino de tierra. Tan poco visible el cartel que de hecho lo pasamos de largo y tuvimos que retomar la ruta para encontrar la entrada. El camino de ripio, entonces, nos llevaba unos kilómetros, adentrándonos en la estepa hasta llegar a un llano, que funcionaba como estacionamiento. Había algunos autos y personas alrededor. Intrigados, porque no veíamos nada a nuestro alrededor más que la misma llanura de siempre, dejamos la moto y tomamos un pequeño camino, que rodeaba unas bajas lomas. Y ahí lo vimos… frente nuestro se abría un gigantesco cráter con laderas de pendiente bastante pronunciada, y diez metros abajo se podía apreciar la hermosa laguna azul. El paisaje nos dejó anonadados Reserva Laguna Azul Había varias personas abajo, disfrutando del sol al costado de la laguna. Bajar fue bastante complicado. Había varios senderos muy estrechos marcados a lo largo de las laderas, pero se tornaban muy inclinados en algunos tramos, o resbaladizos cuando se debía pisar sobre piedras. Una vez abajo, el volcán, inactivo hace ya miles de años, nos mostraba un paisaje increíble y paradisíaco. Una alfombra verde se extendía por el cráter y en el medio, la laguna con su característico color azul marino intenso. Varios grupos de patos y cauquenes disfrutaban de la tarde, mientras que otras pequeñas aves revoloteaban sobre el agua. A nuestro alrededor se levantaban esas imponentes paredes de piedra, altísimas que cortaban el cielo celeste. El atardecer El lugar es realmente increíble, sin embargo, notamos que claramente, era un lugar que la gente elegía para pasar la tarde, pero no había ningún indicio alrededor que nos indicara que allí se pudiera acampar. Sin embargo, tampoco había nada que indicara lo contrario, así que decidimos esperar que la tarde cayera, para armar la carpa cuando la gente se hubiera marchado del lugar. Fue así como nos quedamos toda la tarde tirados en el pasto, viendo como de a poco, el sol se escondía tras los acantilados del volcán, y las personas poco a poco iban regresando a sus autos y abandonaban la reserva. Cuando ya no había más que un pequeño grupo de jóvenes en todo el gigantesco lugar, Martin decidió acercar la moto, por sobre la ladera, a un lugar donde al menos pudiéramos verla desde allí abajo (obviamente era imposible bajarla por esos caminos angostos e inclinados). Y yo me quedé sola, allí abajo, con la bolsa de la carpa y las mochilas. La completa calma y la profunda tranquilidad que reina en cada rincón de ese lugar son increíbles. Lo único que se escuchaba era el continuo graznido de los patos que aún permanecían al costado de la laguna y me miraban curiosos al pasar. Cuando las últimas personas abandonaron el cráter, me vi completamente sola en ese lugar y fue algo realmente intenso. Aproveché los últimos minutos de luz para comenzar a armar la carpa, sabía que Martin iba a tardar en volver porque subir y bajar esa ladera era difícil y llevaba su tiempo. Además, al contrario de lo que ocurría las primeras veces de acampe, ya tenía mucha más práctica en el armado y desarme de la carpa. Terminé de armar el campamento con los últimos vestigios de sol que se deslizaban por las altas pendientes y me senté en el suelo, maravillada con el lugar donde había llegado. Una pareja de liebres salió de su escondite en ese momento y corrió hacia la laguna y confieso que me sentí por un instante como Alicia en el país de las maravillas. La oscuridad empezó a inundar la laguna, y yo ya empezaba a fastidiarme porque Martin aun no volvía. Podía ver desde allí abajo la luz de la moto que iba y venía. ¿Qué está haciendo con esa moto? Pensaba, indignada de que se tardara tanto y se hubiera perdido ese atardecer. De repente la oscuridad lo invadió todo y me vi realmente en el medio de una profunda negrura. Aunque la oscuridad suele hacer más tenebroso todo, en este lugar eso no ocurría. Aun se podían escuchar los patitos en la laguna, y yo ya me había hecho con la linterna cuando al final vi aparecer a Martin bajando por la pendiente. Cuando llegó estaba pálido, sudado de pies a cabezas y casi temblando. Nervioso, me explicó que tratando de acercar la moto lo más cerca posible del precipicio para que pudiéramos verla, se le fue de control por la piedra suelta y la pendiente y casi se le va por el acantilado!!!! Hubiera sido una fantástica historia y el fin de este blog contar cómo mi viaje había terminado porque mi novio había tirado la moto a un volcán… pero por suerte, con ayuda de esas últimas personas que se retiraban del lugar que justo pasaron por donde él estaba, y que lo ayudaron a empujar la moto, pudo dejarla en un sitio seguro. Se notaba que la había pasado mal y le tomó unos minutos recuperar el aliento… se había asustado realmente mucho La noche se extendía maravillosamente sobre nuestras cabezas y de repente pudimos ver un cielo completamente estrellado. Uno que está acostumbrado a vivir en luminosas ciudades que ocultan vilmente este fenómeno, realmente queda impactado al ver este espectáculo. Se podía ver perfectamente la vía láctea extendiéndose de manera infinita, como un manojo de miles y miles de pequeñas y grandes lucecitas, tintineando armoniosamente sobre el azul oscuro y profundo del cielo de la noche. Permanecimos los dos boquiabiertos, con la mirada hacia el cielo, queriendo guardar ese recuerdo para que quedara eternamente en nuestra memoria. El frio comenzaba a hacerse sentir, y nos obligó a resguardarnos en la carpa. Y ahí pasamos la noche, en medio de ese lugar casi mágico, regalo de la naturaleza, completamente solos, rodeados solo de patos y liebres. A la mañana siguiente procuramos levantarnos temprano, para desarmar la carpa y guardar todo, antes de que las primeras personas llegaran a visitar el lugar. El amanecer en ese lugar es igual de hermoso que el atardecer. Desarmamos lentamente las cosas, y emprendimos la subida hacia la moto. Justo antes de marcharnos, vimos aparecer un guanaco en lo alto del acantilado, a unos metros nuestro y escuchamos su peculiar llamado por primera vez. Nunca antes había escuchado un guanaco y hacen un sonido completamente raro, como cósmico, con un eco agudo extraño. Como si de un saludo de despedida de ese lugar tan especial se tratase, el guanaco vociferó varias veces. Lo saludé agitando mi mano, antes de subirme a la moto y seguimos viaje. Debimos atravesar el territorio chileno y luego embarcarnos en una balsa que cruzaría el estrecho de Magallanes para al fin llevarnos a Tierra del Fuego. Nuestra primera meta estaba cerca de ser cumplida.
  17. Desde que era pequeña me gustaron mucho, mucho los animales, a decir verdad son mi gran pasión. Cursé unos tres años la carrera de Ciencias Veterinarias y luego me aboqué de lleno a estudiar Biología con orientación en Zoología, trabajé como voluntaria en el Zoológico de mi ciudad, La Plata, y también en algunas veterinarias. Por eso, cuando llegamos a la ciudad de Puerto Madryn, esa tarde, no podía controlar mi emoción. La fauna marítima de ese lugar es única y estaba ansiosa por visitar todos sus puntos de avistaje. La entrada a la ciudad es hermosa. La carretera comienza a descender en una gran curva, atravesando la estepa y la ciudad emerge en el horizonte con sus grandes edificios, en el medio de aquel desierto patagónico. Puerto Madryn es una ciudad preciosa, su calle principal se extiende a lo largo de toda la costa y cuenta con diferentes comercios, mayormente dedicados al turismo. Tiene algo especial que la diferencia de otras ciudades costeras que conocía. Las playas de Puerto Madryn Fuimos directo a conocer las playas. No estamos viajando en temporada de mayor auge turístico, por lo que tenemos a nuestro favor encontrar estas zonas bastante tranquilas y no tan pobladas, además el clima estaba bastante fresco, así que las playas estaban vacías. Unos siete metros de arena blanca y luego, el imponente mar azul. Permanecimos varios minutos en silencio, sólo contemplando ese paisaje digno de una postal, que nos daba la bienvenida. Planeábamos acampar, por lo que terminamos en un camping que queda en un extremo de la ciudad, bastante alejado del centro, pero que nos aseguraban conexión wifi, algo infaltable para que Martin pudiera trabajar. Armamos por segunda vez la carpa, y sin más, salimos a recorrer los alrededores de esa zona. La calle principal ascendía hasta ese extremo, donde se alzaba un gran monumento, y varios chicos aún disfrutaban los últimos rayos de sol con sus patinetas y rollers, aprovechando la inclinación de la calzada. Vimos el atardecer desde ese privilegiado punto alto de la ciudad. A medida que el sol se escondía, las luces de todo Puerto Madryn comenzaban a encenderse, y se reflejaban en el mar… fue un espectáculo hermoso. El atardecer A la mañana siguiente, tuve mi momento personal ya que Martin se quedó trabajando, así que recorrí toda la costanera desde el camping hasta el centro de la ciudad. En el cielo no se veía ni una sola nube, estaba completamente celeste y el sol radiante, aunque corría un poco de viento fresco que te obligaba a usar una campera. Llegué a la playa, me saqué las zapatillas y enterré mis pies en la cálida arena. Me tomé un momento para tirarme en la orilla y quedarme sola ahí, ya que no había nadie, mirando perdida el horizonte azul, casi sin poder creer que estaba ahí, y sin poder creer lo que había comenzado a vivir. Hacia menos de una semana que había dejado atrás prácticamente toda mi vida, no sabía cuánto tiempo iba a estar viajando, a dónde iría y mucho menos qué haría cuando regresara, pero aun así nada de eso lograba opacar la felicidad y emoción que sentía de estar ahí, en ese preciso momento. Caminé sin rumbo fijo durante largo tiempo, por la orilla del mar, desde un gran muelle situado en el centro, esquivando los manojos de algas que llegaban a la orilla arrastrados por la corriente, sacando fotos a pequeños tesoros que iba encontrando (una pinza de cangrejo, una alfombra de caracoles pequeños de varios colores, una pareja de gaviotas) y jugando con perros vagabundos corriendo en la orilla. Caracoles de colores! Horas más tarde, después de disfrutar esa tarde de soledad, me reencontré con Martin que, por el contrario, no había tenido un buen día porque el wifi no estaba andando bien como esperábamos. Esa noche, decidimos hacer algo diferente, y fuimos a cenar a la playa. Nos internamos en la oscuridad, guiados con una linterna, y nos acobijamos del viento bajo un árbol que crecía a unos metros de la orilla. Encendimos el mechero portátil que llevamos, y nos cocinamos unos fideos a la luz de la luna… todo muy romántico jejeje! A la mañana siguiente fuimos en busca de un hostel, porque era necesario tener acceso fácil a internet. Aprovechamos a recorrer el centro de la ciudad, colmado de propuestas turísticas, sobretodo de empresas de excursiones, que ofrecían travesías para ver lobos marinos, elefantes marinos, pingüinos y toda la fauna que habita en el lugar. Pero la vedad es que los precios excedían de nuestro presupuesto, así que lo dejamos pasar. Luego de algunas consultas en varios hospedajes que no terminaban de convencernos, llegamos al Hostel Yuliana. Yo, que venía con mi mala experiencia del hostel anterior en Bahía Blanca, realmente llegué al lugar muy escéptica, pero mi postura cambió en cuestión de segundos. El hostel contaba con un amplio living comedor, de grandes ventanales con prolijas mesas, un televisor de uso común y dos habitaciones grandes con 5 camas cucheta dispuestas ordenadamente. El lugar estaba buenísimo, nos recibieron muy bien y aprendí que los hostel en verdad pueden ser lugares geniales para hospedarse. Más tarde, ese mismo día, nos fuimos con la moto a recorrer las playas más alejadas. Bajamos por unos médanos y nos quedamos el resto de la tarde descansando en la arena. Martin hasta se animó a meterse al agua y tanto insistió que terminé acompañándolo… el agua estaba he-la-da! Llanura patagónica, en las afueras de la ciudad Para mi gran lamento, no llegamos en el momento justo para el avistaje de ballenas. La ballena franca austral llega a la costa de Puerto Madryn en mayo, iniciando su etapa de reproducción y cría. Entre septiembre y octubre se pueden ver a las hembras con sus crías, pero ya para diciembre, las ballenas migran nuevamente. Sé que es un gran espectáculo verlas, pero tendría que quedar pendiente para una segunda visita. De todas formas, el tercer día de nuestra estadía en Puerto Madryn, visitamos la Península de Valdés. Camino a la Península de Valdés Para llegar a la Península de Valdés hay que dejar atrás la ciudad, y recorrer unos 80 km de pura Patagonia, con el espejo de mar de lejos, hasta encontrarse con la entrada a la península. Obviamente tuvimos que pagar una tarifa para ingresar, cosa que genera cierta antipatía en mí, ya que considero que estas reservas naturales deberían ser abiertas y gratuitas a todo el público. Una vez allí, el paisaje que teníamos adelante era realmente hermoso. El camino, ahora de ripio, iba atravesando la llanura pampeana, con sus colores verdes, amarillo y marrón, que contrastaban con el azul intenso del atlántico. Al recorrer unos pocos kilómetros, nos cruzamos con un edificio de información, donde se podía recorrer un pequeño museo con afiches explicativos de la fauna de la zona, y solicitar un mapa de la reserva. Kilómetros más adelante, llegábamos a Punta Pirámides, área de lobos marinos de un pelo. Seguimos las instrucciones del camino aun de ripio, hasta llegar a un llano donde dejamos la moto, y caminamos unos 20 metros hasta el final de un alto risco, limitado por vallas. Desde allí arriba, se podía observar varios metros abajo, una amplia plataforma de roca que daba al mar, donde descansaban los lobos marinos. En ese mirador soplaba un viento muy fuerte, pero eso no impidió que sacara cientos y cientos de fotos a esos bellos animales. La mayoría de los lobos se agrupaban para tomar el solecito, plácidamente sobre la costa, con algunas posturas realmente extravagantes, mientras que unos pocos se encontraban nadando en el mar. Había muchas crías que se comunicaban con sus madres a través de unos extraños y fuertes gritos roncos. Son animales realmente hermosos con su pelaje de diversas tonalidades de marrones, brillando al sol y sus largos bigotes… no me alcanzaban los ojos y no me podía despegar de la cámara! Lobos marinos Después de varios minutos de sacar fotos y observar cada movimiento de esos grandes animales, seguimos camino hacia Puerto Pirámide, la única población dentro de la península. Es un poblado poco extenso, de 500 habitantes, con una gran calle principal que finaliza en una amplia playa. Almorzamos ahí, tarea que se nos complicó bastante, porque el viento soplaba muy fuerte, así que los sándwiches terminaron condimentados con arena, y luego, deambulamos lentamente al costado de la orilla, y continuamos más allá, donde la arena terminaba y comenzaba la superficie rocosa. Se formaban algunos estanques, en las depresiones de las rocas, donde se veían cangrejitos blancos y pequeñas ostras oscuras, aglomeradas en el fondo. El agua era increíblemente transparente, podíamos ver perfectamente el fondo de arena, y la gran profundidad en algunos lugares, y más allá, hacia el horizonte, el agua se veía de un hermosos azul intenso. A pesar del viento, nos animamos a meternos al mar, aprovechando esos estanques de agua artificiales que se formaban en el suelo de roca, aunque sinceramente no duré mucho en ella, porque estaba helada y por mi absurdo temor a que algún cangrejito se me prendiera del pie! El viento soplaba cada vez más fuerte (volviéndose algo realmente molesto), y la tarde iba cayendo cuando emprendimos el regreso al hostel. Puerto Pirámide La verdad es que queríamos quedarnos más días para terminar de recorrer toda la gran península y disfrutar de las bellas playas de la ciudad, pero aun nos quedaban muchos kilómetros por delante hasta llegar a Tierra del Fuego, y la inminente llegada del otoño nos obligaba a apurarnos si queríamos evitar la temporada fría en el sur. Así que luego de esos cuatro días disfrutando de esta bella ciudad, y luego de despedirnos de su mar azul, cargamos nuevamente la moto y emprendimos otra vez el viaje por la ruta 3. Más fotos de Puerto Madyn en mi álbum:
  18. Mi nombre es Ayelen, es un nombre de origen mapuche que significa “Diosa de la alegría”, y, si bien intento hacerle honor la mayoría del tiempo, admito que suelo tener un carácter bastante fuerte. Vivo en la ciudad de La Plata, una ciudad universitaria muy bella, ubicada al sur de la provincia de Buenos Aires, Argentina. Estudio Biología, tengo muchos amigos, una linda familia y una gata preciosa llamada Luna. En definitiva, no puedo quejarme de la vida que llevo. Sin embargo siempre hubo algo que nunca había hecho: VIAJAR. Lo deseaba constantemente, pero siempre tenía el mismo inconveniente: cuando tenía dinero, no tenía el tiempo, y cuando disponía del valioso tiempo, no contaba con el dinero. Por eso, cuando mi novio, Martin, me propuso viajar con él y recorrer Latinoamérica, supe que era una oportunidad que no podía dejar pasar, aunque me costara unos cuantos sacrificios. Fue una decisión difícil para mí, ya que el viaje requeriría de mucho tiempo, así que me vi obligada a dejar el trabajo que tenía hacía cuatro años, cancelar mi contrato de alquiler, mudar mis cosas a la casa de mis padres (gata incluida ), dejar la universidad en pausa… en fin, decidí “quemar naves” e iniciar esta aventura. Valdría la pena. Los últimos preparativos antes de partir La particularidad de este viaje es que nuestro medio de transporte es una moto, una Honda Transalp modelo 89. Sí, la moto tiene casi mi edad, y es una reina en la ruta. Sólo podemos llevar lo esencial. La moto tiene dos valijas laterales donde guardamos nuestra ropa, un baúl donde llevamos herramientas y demás accesorios para la moto, mochilas con comida y utensilios de cocina, carpa, bolsas de dormir y aislantes. La pobre va realmente cargada, y así es como se convirtió en nuestro hogar en los últimos meses. Nos costó muchas horas de organización, muchas cuentas a realizar, algo de ahorro, trámites finales… pero al fin, a mediados de febrero, la moto fue cargada e iniciamos este increíble viaje que hoy me dispongo a compartir con ustedes. Nuestra pequeña Esa mañana cuando me desperté, el cielo estaba bastante nublado, y la humedad era realmente insoportable, lo que es normal para esa época en la ciudad de La Plata. Pero a pesar de la gris advertencia climática que se abalanzaba sobre nuestras cabezas, decidimos marcharnos. Fue un momento que no me voy a olvidar nunca, ya que la mezcla de nervios, ansias, y temor que se experimentan al iniciar un viaje es única. Me sorprendió no sentir melancolía al ver cómo dejábamos atrás la ciudad en la que había vivido los últimos 7 años, y a la cual no tengo idea cuando regresaré. Viajar en moto es una experiencia muy particular, quienes lo hayan hecho me entenderán y quienes no, intentaré transmitirles de la mejor manera lo que se siente. En una moto, uno es parte del vehículo. Uno es el parabrisas, las puertas, ventanas y demás carrocería a la que estamos acostumbrados si nos movemos en cuatro ruedas, por eso, sobre una moto, estas en estrecho contacto con el medio ambiente que se recorre. Dicho de otra manera (quizás menos poética), no hay nada que te proteja de lluvias, nevadas, vientos o eventuales caídas, como aprendí en este tiempo. Aun así, esta característica, que en climas hostiles pueden tornarse un verdadero calvario, también suma el extra de orgullo y satisfacción que uno siente cuando logra recorrer varios kilómetros y llegar finalmente a destino, porque les aseguro que no es lo mismo viajar 5 horas en la comodidad y calidez de un auto, que hacerlo arriba de una moto. Supongo que esa cualidad de SENTIR el viento golpeándonos, el aroma de la tierra cuando atravesamos grandes plantaciones, los pájaros volando al costado de la ruta, la lluvia mojándonos, la nieve congelándonos, la carretera pasando veloz debajo nuestro, sentir todo sin ningún límite que te separe del exterior, esa sensación de libertad es lo que más me gusta de viajar en moto y lo que más disfruto. Mi papel en este viaje es de copiloto y con ello corro con grandes ventajas, ya que no tengo que estar necesariamente concentrada en manejar, y tengo mucho tiempo para hablar conmigo misma. Porque eso es básico: a menos que tengas esos costosos cascos con intercomunicadores (cosa que no es nuestro caso); viajar en una moto te deja mucho tiempo para pensar y créanme, puede ser tedioso al principio, pero se ha convertido en una gran terapia personal. Fue entonces que el 19 de febrero iniciamos este viaje, hace ya casi cuatro meses. Nuestra meta inicial era llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, y lo haríamos viajando a través de la ruta 3, carretera que nace en el Obelisco de la Capital Federal de Buenos y finaliza en Bahía Lapataia, Tierra del Fuego, siendo un total de 3 mil km. interrumpidos únicamente en un punto: el estrecho de Magallanes. Es una ruta tradicional muy conocida y muy elegida por viajeros. Saliendo de La Plata, el paisaje va dejando atrás su apariencia de ciudad para convertirse en campo, extensas llanuras de pastura para agricultura y ganadería, donde cada tanto se divisa algún grupo de vacas u ovejas pastando. Ese sería nuestro paisaje durante los siguientes días. Los campos de Buenos Aires Los primeros kilómetros dentro de la provincia de Buenos Aires fueron bastante moviditos. Viajamos en dos ocasiones bajo una cortina de lluvia constante, tuvimos nuestro primer problema técnico con la moto, al romperse el sistema de trabavolante que posee por seguridad, y mi primera experiencia con un hostel, con el hostel de la ciudad de Bahía Blanca, para ser más precisa, dejó mucho que desear (ya está incluida en mi lista negra), por lo que uno podría concluir que claramente empezamos con el pie izquierdo. La primera tormenta que atravesamos en el camino Pero, frente nuestro se abría un mundo nuevo, lleno de lugares por descubrir y personas por conocer, experiencias por vivir, y eso nos daba el suficiente ánimo para seguir. Nuestra primera parada a pasar la noche fue aproximadamente a 300 km. de nuestro punto de partida, en la pequeña villa turística y balnearia Costa del Este, donde nos esperaban Pablo, el hermano de Martin y su novia Rita con unas ricas pizzas caseras. A pesar del cansancio que pesaba sobre mí por todo lo estresante de un primer día inicial de viaje, recuerdo haberme ido a dormir muy feliz esa noche. Era una sensación rara, después de haber estado años sumida en una rutina, sabiendo exactamente que me deparaba cada monótono día con el trabajo y las clases de la universidad, de repente no saber dónde íbamos a estar ni qué nos íbamos a encontrar en los siguientes días, donde todo podía pasar, me llenaba de una exaltación extraña y alegre. Costa del Este Los siguientes dos días, fuimos alojados en el departamento céntrico del padrino de Martin, Eddy, y su mujer Vivi, en la inmensa y ruidosa ciudad de Mar del Plata. Personalmente no es mi lugar favorito, pero debo admitir que es una city muy importante. Miles de propuestas culturales, teatros, cines, grandes peatonales con arte callejero, negocios, restaurantes ofreciendo diferentes delicias marítimas como plato principal, conforman el gran y MUY concurrido centro de la ciudad costera. También posee una costanera muy bella, entre altos edificios y hoteles glamorosos y extensas playas que conforman el conocido balneario turístico de la ciudad, un lugar muy lindo para salir de noche a tomar alguna cerveza o comer algo. Mar del Plata Recién al quinto día de haber iniciado el viaje, éste se pondría realmente animado y más interesante. Después de la parada obligada a pasar la noche en la ciudad de Bahía Blanca, dejamos atrás al fin la provincia de Buenos Aires, para ingresar a la provincia de Río Negro. El paisaje comenzó a cambiar de a poco. Ahora veíamos un poco menos verde, colores más apagados, arbustos más pequeños… de a poco íbamos adentrándonos en la famosa estepa pampeana. Nunca imaginé que sería tan aburrida! Prendida a la parte de atrás de la moto, me mantuve atenta hacia cualquier movimiento, quería ver aves nuevas o algún que otro animalito corriendo al costado de la ruta…. Pero nada. Luego de los primeros cien kilómetros realmente me resigné, fue un trayecto muuuy aburrido. Pero por suerte, el clima comenzaba de a poco a acompañarnos (aunque sería por poco tiempo) y ese día viajamos sin lluvia, al menos. La Patagonia Caída la tarde, llegábamos a la ciudad de La Grutas, buscamos un camping y rápidamente corrimos a la playa para aprovechar los últimos rayos de sol. Bordeadas por grandes paredes de piedras de diversas formaciones, producto de la erosión del agua misma, se encuentran las playas, a las que uno accede bajando por escaleras construidas entre las formaciones rocosas. Aun había gente bañándose y pescando, a las cuales nos unimos haciendo una pequeña caminata al costado de la orilla. Después de tantas horas de viaje, pisar la arena descalzos y correr entre las pequeñas olas que rompían era nuestra recompensa. Las Grutas Una rápida compra en un supermercado y al camping. Aun me da vergüenza recordar que apenas si sabía cómo armar una carpa, pero en poco tiempo la que sería nuestro hogar dulce hogar en los siguientes meses estuvo lista, con colchón inflable y bolsas, y tuvimos nuestra primer cena: unos deliciosos sándwiches. Las playas de Las Grutas A la mañana siguiente, emprendimos la marcha, luego de desarmar y guardar todo en su lugar como un rompecabezas, y tomamos nuevamente la ruta 3. Después de 150 km. de pura Patagonia pasando velozmente a nuestro alrededor, pasamos a la provincia de Chubut y de repente el paisaje se llenó de vida. Podíamos ver pequeñas aves, las martinetas correr entre los bajos pastos al costado de la carretera. Después empezaron a aparecer choiques (que son parientes lejanos del avestruz, mucho más pequeños y de plumaje gris) y muuuuchos guanacos observándonos pasar desde los montes. Al fin el paisaje se volvía interesante y yo era feliz! Guanacos Junto con los pequeños animalillos que le pusieron un poco de onda al paisaje, también apareció un fuertísimo viento. Ya habíamos sido advertidos de los fuertes vientos de esa zona de la Patagonia, pero realmente nos tomó por sorpresa. Si bien, en mi privilegiado lugar de la moto no me choco con el viento totalmente, porque Martin es quien maneja y es él quien, pobre, tiene que luchar contra las ráfagas de frente, tampoco es que voy encerrada en una burbuja y les aseguro que el viento soplaba realmente fuerte. Íbamos prácticamente a 45 grados y pasar camiones era una odisea, así como cada camión que nos pasaba de frente hacia la dirección contraria suponía un golpazo de viento. No hace falta aclarar que confío en las habilidades para manejar de mi novio, porque de otra manera hubiera muerto de pánico al notar como el viento nos arrastraba de un lado para otro. Finalmente, llegamos a nuestro siguiente destino. Un cartel al costado de la ruta nos indicaba que pocos kilómetros delante se encontraba Puerto Madryn. Paramos antes, en un mirador que se encontraba en lo alto. La ruta luego iba bajando hasta llegar a la inmensa ciudad que desde el mirador se veía completamente. Varios jotes de cabeza colorada nos daban la bienvenida planeando en lo alto. Jote de cabeza colorada planeando en lo alto en la entrada de Puerto Madryn Lo primero que se me vino a la mente era cómo semejante ciudad podía alzarse en el medio de la nada misma?? La estepa patagónica se extendía en todas direcciones, modificando apenas su relieve con ciertas ondulaciones, pero tan árida y opaca como había sido el paisaje en los últimos días, y de repente era cortado por esa gran ciudad, a la orilla del Atlántico. La ciudad de Puerto Madryn, vista desde el mirador Nos subimos a la moto y emprendimos los últimos kilómetros para entrar a la ciudad ansiosos. Martin trabaja en Informática y tendría que trabajar en unos proyectos, lo que suponía quedarnos varios días en Puerto Madryn, así que yo tendría tiempo de recorrer, conocer y sacar fotos. Además, muy cerca de de allí se encuentra la gran península de Valdés, famosa por sus áreas de lobería, elefantes marinos y avistaje de ballenas. Mi pequeña bióloga interior estaba deseosa de verlo TODO. Habíamos iniciado nuestro viaje con algo de mala racha, pero de a poco, nos íbamos encontrando con mejores aires y aun nos faltaban muchas cosas por vivir. SIGUIENTE >>>
  19. Hola nuevamente a todos. Lamento haber estado ausente estos últimos largos meses, pero han sido tiempos ajetreados. Martin y yo retornamos a nuestra ciudad en Febrero del año pasado y volver a la rutina diaria fue un poco costoso. Pero bueno, regresar también es parte de un viaje y a pesar de que es algo algo de lo que no se habla mucho, para nosotros regresar fue un gran desafío. Después de tantos meses viviendo el día a día y sorprendiéndonos constantemente con nuevos destinos, volver al estudio, al trabajo y a todas esas cosas de una vida sedentaria puede significar un gran esfuerzo. Retornar a casa no es fácil, sé que los viajeros me comprenderán. Los primeros días uno se siente realmente exaltado y lleno de alegría, ya que se reencuentra con sus amigos y su familia, y vuelve a dormir por fin en su propia cama y a ducharse con agua calentita. Pero con el paso de los días cuando ya visitaste a toda tu familia, cuando ya contaste tus anécdotas más de 35 veces y las preocupaciones por encontrar un trabajo, por pagar cuentas o por dar exámenes comienzan a atormentarte, como en mi caso, es inevitable sentirse invadido por oleadas de melancolía Creo que cada uno maneja la sensación de volver como puede. En mi caso me dedique de lleno a la Universidad y a volver a reintegrarme en el mundo laboral. Muchas veces me encuentro soñando despierta con los lugares por donde anduvimos con la moto. Cualquier mínimo estimulo como un aroma particular, una canción o un sabor me traen constantemente recuerdos de la experiencia de viajar por Sudamérica, la más grande que he vivido hasta ahora. Sin embargo, no quiero ponerme dramática y prefiero evitar las lágrimas. Durante todos estos meses hemos aprendido a volver a la rutina, pero lo que me lleva a mí a seguir contenta es pensar que este regreso no significa el fin de un viaje. Digamos que simplemente nos tomamos una pausa. Ahora bien, no siempre regresar es malo. Hoy estoy regresando a este maravilloso sitio que me abrió las puertas de un nuevo mundo hace ya casi dos años. Para mí es un placer compartir mi historia con viajeros como ustedes y leer de sus propias aventuras. Así que hoy vuelvo a contarles sobre el resto del viaje y de los países que visité para revivir una vez más y con mucha felicidad mi experiencia de viajar. La última vez que escribí, les contaba sobre la estadía en Ecuador. Así que retomemos: Ecuador es un país impresionante. Ya habíamos conocido las peculiares playas negras de Mompiche, nos habían sorprendido las noches de fiestas en las calles de Montañitas y habíamos visto a escasos metros las ballenas de Puerto López. Sin embargo, puedo asegurarle que la experiencia más maravillosa que me regaló ese país fue ver de a una gigantesca tortuga de mar. Fue en una de las noches húmedas que pasamos en Mompiche, mientras preparábamos unos insulsos fideos para una rápida cena antes de ir a la carpa, cuando nos cruzamos con un viajero en la cocina del camping. Aquel muchacho era argentino también, por lo que la complicidad fue inmediata. Como solía suceder con todos los aventureros que nos cruzábamos por el camino, nos presentábamos contando sobre los lugares que habíamos visitado, y pasándonos consejos. Es así como escuchamos hablar por primera vez de este lugar llamado Portete. El viajero argentino tenía planeado ir a Portete en los próximos días ya que había escuchado de una organización llamada Equilibrio Azul que se dedicaba a la conservación local de las tortugas marinas y que aceptaban voluntarios por escasos días para realizar patrullajes nocturnos en busca de tortugas que salieran del mar a desovar en las playas. Mis ojitos brillaron ante la posibilidad de ver a estos animales en semejante acción, y Martin reconoció enseguida el próximo destino. Así fue como al día siguiente desarmamos campamento y provistos de un mapa mental con las indicaciones del compañero patriota para llegar a Portete, dejamos atrás el pequeño pueblo costero de Mompiche. Portete no se encontraba muy lejos de allí. Sólo debíamos retomar la ruta principal y volver a desviarnos hacia la selva unos kilómetros más adelante. Lo que este compañero argentino se olvidó de mencionar fue un pequeño detalle que nos tomó por sorpresa. El camino que debíamos tomar finalizaba bruscamente en el mar. Nos encontramos desconcertados con el asfalto metido de lleno en el agua, una pequeña construcción al costado y unos botecitos meneándose con la marea. Sólo unos pocos metros más adelante, sobre el mar se levantaba una gran isla verde: Portete. Si bien la información de que Portete era una isla nos hubiera sido útil, pronto descubrimos que aquella única construcción que se encontraba al lado del camino era un estacionamiento donde podíamos dejar la moto durante los días que visitáramos la isla. Coordinamos los días y el precio con el dueño del estacionamiento y tomamos solo algunas cosas para llevarnos con nosotros. Mientras descargábamos lo esencial, dos pequeños y flacuchos niños se nos acercaron a trote ofreciéndonos exaltadamente su bote para cruzarnos hacia la isla. Con el temor que le tengo al agua, que mi vida dependiera de un niño no era una idea que me encantara, pero pronto descubrí que aquel pequeñín podía hacer el tramo con los ojos vendados. El día estaba nublado, y una fina llovizna caía desde el cielo mientras el viento húmedo hacía tambalear el precario botecito que maniobraba con precisión el muchacho que no tendría más de 12 años. En menos de 5 minutos, el bote encalló en la playa de Portete y descendimos cargados de nuestras mochilas y carpa. Sólo había algunos pescadores y otro bote-transporte con un grupo de jóvenes visitantes en la playa. Desde allí nacía un camino de arena húmeda que contrastaba con el césped verde que cubría toda la isla, escoltado por flacas palmeras. Mientras caminábamos por la arena, siguiendo las indicaciones del niño que nos había transportado para llegar hasta el refugio de la Fundación Equilibrio Azul, nos cruzábamos esporádicamente con sencillas viviendas elevadas sobre pilotes para protegerlas de mareas altas. Llegamos a lo que suponemos que era la “calle principal” porque contaba con una escuela, un almacén y viviendas un poco más amontonadas, hasta que finalmente encontramos el refugio, una sencilla casucha de madera con un amplio jardín adelante. Nos recibió un muchacho alto de largas rastas y acento que delataba inmediatamente que nada tenía que ver con aquel lugar. Voluntario oriundo de Reino Unido, el joven Dean nos hizo pasar a la pequeña casilla donde paraban los voluntarios oficiales y sin mucho preámbulo le explicamos que queríamos participar de las salidas nocturnas. Evidentemente tenían este tipo de visita extranjera voluntaria de forma diaria, porque no fue algo que lo sorprendiera mucho a nuestro amigo de rastas. Coordinamos para vernos esa misma noche y nos despedimos para buscar algún lugar donde armar carpa. Llegamos así, guiados por los vecinos del lugar, a la casa que una joven compartía con su padrastro. De entre todas las humildes casitas que copaban la isla Portete, debo admitir que esa casona de dos pisos llamaba bastante la atención. Estaba ubicada justo al final de una solitaria calle de arena que se introducía por entre las palmeras y los pastos y era vecina de unas pocas casillas. La muchacha y su padre habían armado en la esquina de su terreno un sector con cocina, baño y parcelas para los acampantes. Éramos los únicos allí, así que teníamos todo a nuestra disposición. Coordinamos precio y días de estancia, cruzamos unas cordiales palabras con los dueños del lugar y salimos al trote a la playa a buscar un lugar donde saciar el hambre voraz que sentíamos. Entre una cosa y otra habíamos perdido por completo la noción del tiempo y el reloj ya marcaba las 2 de la tarde y nuestros estómagos rugían famélicos. Encontramos un rústico bar/restaurante sobre la playa, frente al mar donde un grupo de amigos comían un plato repleto de cangrejos, a los cuales machacaban a mazasos. Pedimos el menú marítimo del día y disfrutamos de sentarnos un momento después del trajeteo. Honestamente el día no acompañaba. Quizás con un poco de sol, Portete podría verse como el mismo paraíso. Pero aquella tarde unas nubes grises se amontonaban en el cielo y esa molesta llovizna no paraba de caer. Con los estómagos felizmente llenos, decidimos hacer un rápido paseo por la orilla de la playa antes de volver a la carpa. Desconozco si Portete es un sitio muy turístico, y de ser así claramente no estábamos en temporada alta porque no nos cruzamos con ningún turista. En aquella caminata simplemente éramos nosotros y el mar. Hacia el costado opuesto se levantaba altas palmeras y podíamos distinguir algunas que otras casillas de los nativos del lugar, pero no había ningún rastro de turismo, lo cual, pese a quedar como ermitaños, nos hacía muy felices. Ya estábamos por pegar la vuelta en nuestra solitaria caminata playera, cuando distinguimos a unos 15 metros más adelante una figura alta y delgada con largas rastras que nos pareció familiar. Efectivamente, allí adelante se encontraban Dean, de Equilibrio Azul con otras tres personas y algunos niños. Todos parecían muy interesados en algo que se encontraba tendido sobre la arena. A medida que nos fuimos acercando, aquello que se encontraba sobre la arena comenzó a tomar forma ovalada y oscura….como un gran caparazón. El corazón me dio un vuelco en el pecho: ”ESO es una tortuga!!!” le grité exaltada a Martin, mientras apuraba la marcha sobre la arena húmeda de la playa de Portete. Cuando Dean nos vio, agitó sus manos enérgicamente para llamar nuestra atención. A medida que nos acercábamos, pude confirmar que claramente aquello se trataba de una tortuga, una enorme tortuga golfina, moviendo perezosamente sus patas traseras, para tapar los huevos que acababa de desovar a plena luz del día!!! Las tortugas comúnmente salen por la noche a depositar sus huevos sobre la playa, en un hoyo no muy profundo que cavan y tapan una vez depositados los huevos. Que esta hermosa tortuga hubiera salido durante el día era algo sumamente extraño y una oportunidad única en la vida. Cuando llegamos al lado del animal que con sus últimas fuerzas terminaba su trabajo materno sin darle mucha importancia al público presente, me quedé sin palabras para expresar lo que sentía. Estaba a escasos centímetros de una gran tortuga golfina, siendo testigo de un fenómeno tan bello como la puesta de sus huevos! Era como estar viendo una película…pero no, no lo estaba viendo a través de una pantalla… yo estaba ahí! Me sentía como atrapada en un sueño. Dean estaba igual de emocionado que yo, con una sonrisa constante y tomándole fotos a la bella madre desde diversos ángulos. La señora tortuga terminó de cubrir con mucho esmero sus huevos y lentamente emprendió el regreso al mar. Pausadamente, la golfina fue dando hoscos aletazos en la arena y moviendo de a pocos centímetros su pesado cuerpo. Cada pocos metros se detenía, exhausta de la larga travesía que había realizado, y luego volvía a retomar la marcha. Nunca olvidaré el sonido de la tortuga arrastrándose sobre la arena pesadamente, y el golpeteo de sus aletas sobre la playa. Finalmente llegó hasta donde las olas se deslizaban sobre la arena. Al contacto de la espuma marina, la expresión de la golfina pareció cambiar: había logrado su objetivo, había logrado lo que instintivamente la llevo a sobrevivir a pesar de todas las amenazas: la perpetuación de su especie.... la Naturaleza es increíble En solo dos pasos más, la tortuga se internó de lleno en el mar, y la vimos desaparecer entre las olas. Y ahora debíamos encargarnos de los huevos. Portete, como me explicaban los chicos de Equilibrio Azul mientras desenterraban suavemente el reciente nido, es el sitio predilecto por varias especies de tortugas marinas para desovar. Sin embargo, allí los huevos corren riesgos. A veces por las mismas personas son pisoteados o los perros callejeros se los comen. Es de público conocimiento que las tortugas marinas son especies en peligro de extinción. Los ejemplares adultos son amenazados por la basura arrojada al mar, las redes de los pescadores y las astas de las embarcaciones que suelen lastimarlas e incluso provocarles la muerte. Por ello, la tarea de Equilibrio Azul es preservar cada puesta de las tortugas que llegan a aquellas playas. Para ello, si la tortuga desova lejos del centro urbano, los chicos dejan los huevos en su lugar, y simplemente rodean el nido con una red para evitar a los perros. Si la tortuga desova muy cerca del poblado, como era el caso de aquella tortuga golfina, los huevos son trasladados con mucho cuidado a lo que ellos llamaban “vivero”. Los viveros son parcelas de 2 metros por 4, que se encontraban apostados sobre la playa y cercados con vallas de madera y redes. Cada vivero se encuentra dividido en cuadriculas, donde son trasladados los nidos para su protección. Los chicos de Equilibrio Azul desenterraron con suma precaución el nido cavado por la tortuga golfina hasta llegar a los huevos. Con suavidad fueron retirándolos de la arena y los colocaron en un recipiente de plástico. 105 huevos!!! Fueron los contados. Una vez que se retiran todos los huevos, se mide el ancho y la profundidad del nido con exactitud y con estas medidas se produce una réplica del nido lo más exacta posible en una de las cuadriculas del vivero. Se depositan en el nido construido los huevos y se vuelven a tapar. De esta manera se trasladan a los viveros y se asegura su total eclosión. El trabajo de los chicos de Equilibrio Azul realmente es impecable y la dedicación y pasión que ponen en cada una de estos rescates es completamente admirable. Durante la noche y tal como habíamos arreglado, nos acercamos con Martin al refugio y desde allí junto con dos personas más, nos dirigimos hacia la playa. Obviamente pocas luces iluminaban el pueblo. Solo unas pobres luces se veían desde el interior de las casillas… pero la playa se encontraba a oscuras, iluminado únicamente por la blanca luz de la luna. Recorrimos de punta a punta la playa unas dos o tres veces, iluminando con luces rojas (la luz de las linternas puede asustar o despistar a las tortugas) pero sin ningún hallazgo exitoso. Martin, cansado, se volvió al camping antes de finalizar el patrullaje y yo me quedé hasta el final. No vimos nada inusual durante la noche, pero la verdad que después de haber sido tan afortunada en ver una tortuga en plena luz del día y apreciarla por completo, no me disgusté. En cambio me entretuve hablando con la chica que guiaba el grupo, una ecuatoriana local que vivía en Portete y divirtiéndome con sus anécdotas. Cuando el patrullaje terminó, retorné al camping. Me acompañó durante un trecho la guía y luego caminé los últimos metros sola, alumbrando con la débil luz de la linterna el camino. No había absolutamente nadie a mi alrededor. Podía escuchar claramente cada ola rompiendo contra la playa, los cientos de sonidos de los distintos insectos a mi alrededor y mis pasos apresurados sobre la hierba. Llegué completamente exhausta a la carpa, donde Martin dormía tranquilamente. Aquel había sido un día largo y con muchas emociones… me dormí a los pocos segundos y descansé como un bebé. Regresé!! con ésta, que fue una de las mejores experiencias que viví durante el viaje En nuestro próximo encuentro, les contaré sobre una de las capitales más bellas que visitamos: Quito! Mientras, no dejen de ver las fotos de esta bella tortuga en el álbum completo!!!
  20. El clima no nos estaba acompañando desde nuestro arribo al país de las iguanas, pero de todas formas, aquel cielo completamente gris y blancuzco no disminuía en nada la temperatura. El calor pesado comenzaba a hacerse sentir en esta etapa del viaje. Habíamos dejado atrás Puerto López y luego de una rápida visita a la Playa Los Frailes considerada una de las más bonitas de la región, nos dirigimos a otra playa famosa de la costa ecuatoriana: el pequeño poblado de Mompiche. La Ruta del Sol o La Ruta del Spondylus como ya les mencioné antes, es una de las más conocidas y turísticas de Ecuador, ya que recorre toda la costa del Pacífico, conectando los pueblos y ciudades marítimas más importantes. Es una carretera completamente fascinante. En tramos recorre kilómetros y kilómetros de densa jungla que se amontona como dos murallas verdes a los costados del camino, cerrándote la visión. Lianas, palmeras y helechos por doquier tapizan desprolijamente los montes ecuatorianos. Y de repente y sin aviso, te encontrás con que el paisaje se abre inmensamente cuando la carretera se desvía hacia la costa. En esos trechos, la selva quedaba a un lado y hacia el otro, el inmenso mar que rugía con fuerzas contra la costa nos acompañaba durante el viaje. A sólo unos 370 km de Puerto López, al costado de la Ruta del Spondylus, se abría un sencillo camino que se internaba por entre la vegetación, en dirección al Pacífico, donde un cartel indicaba el ingreso a Mompiche. Con algo de recelo, tomamos aquel desvío y, efectivamente, en sólo unos pocos minutos, arribábamos al poblado, seguidos por la mirada curiosa de los pueblerinos. Pequeñísimo y súper sencillo, Mompiche parecía salido de alguna película sombría de Hollywood. Allí debía haber no más de 100 casitas o chocitas construidas en bambú o madera con techo de paja, distribuidas en pocas manzanas sobre la rivera del mar. Callecitas de arena trazadas sin ninguna cuadrícula se abrían desprolijamente por entre las cabañas y terminaban sobre una construcción, tipo rompeolas, hecha con rocas y hormigón, que separaba el poblado del mar y lo protegía de las altas mareas. Algunas casitas sobre las playas de Mompiche El camino que tomamos para ingresar se convertía en una especie de avenida principal ancha dentro del poblado, rodeada de algunos hospedajes y sitios para comer, y finalizaba en la costa. Como no podía ser de otra forma, el día estaba nublado y cerca del mar soplaba una brisa refrescante. Con el estómago crujiendo, antes de buscar hospedaje almorzamos en un restaurante al final de la calle principal. El menú económico incluía (sin falta) arroz y papas. Si pretenden viajar por Suramérica y alimentarse barato, sólo espero que les guste el arroz y las papas… y el pollo. Aunque en este caso, estando en un poblado cuya actividad económica principal es la pesca, obviamente en mi plato reposaba una buena rebanada de algún tipo de pescado. Desde nuestra mesa teníamos una vista panorámica de toda la costa de Mompiche. Se veía tan tranquila y desolada. Probablemente el día no era el ideal para tomar sol, por lo que aquel paisaje se veía bastante inhóspito, a pesar de que, luego, descubriríamos muchos turistas parando en el pueblo. Sólo unas cuantas embarcaciones reposaban sobre la costa, donde los pescadores acomodaban sus redes y anclas, realmente no supe distinguir si volvían o se preparaban para embarcar. Y todo este contexto rodeado de una espesa vegetación selvática que nacía justo detrás del pueblo y llegaba hasta la costa en acantilados. Terminamos instalándonos en un pequeño camping que, sinceramente, sólo era el patio delantero de una sencilla familia. Un poco más apretujados de lo que hubiera deseado, pero un buen lugar para armar la carpa, al fin y al cabo. Para colmo, hacia la tarde unos negros nubarrones se formaron sobre la playa y una tenue llovizna comenzó a caer desde el cielo. Para esa hora entendimos la practicidad de aquella muralla de hormigón porque la marea crece muy rápido en Mompiche y donde antes podíamos ver varios metros de arena blanca, ahora todo estaba cubierto por el mar. Al día siguiente, el cielo seguía cubierto, pero al menos no llovía. Así que, nos cargamos algunas cosas y, mochila en hombro, salimos a caminar por las playas de Mompiche. Por entre las pesadas nubles blancas que cubrían el cielo, cada tanto se colaba un tenue rayo de sol que nos mostraba un mar de un color esmeralda paradisíaco. Desde la avenida principal hacia la derecha, la playa se continuaba solitaria cercada por el muro de piedras, desde donde el cual nacía el pueblo con algunos restaurantes y posadas. Hacia la izquierda seguía varios metros hasta que era cerrada por un acantilado cubierto de vegetación. Nos dirigimos lentamente hacia allí, donde parecía más tranquilo. Debimos atravesar una gran cantidad de botes y embarcaciones sobre un trecho de la playa, donde los pescadores preparaban sus redes para adentrarse no sé cuántos metros hacia el mar. Varios perros buscaban entre los botes algunos restos de pescados desechados que pudieran servir para llenar sus estómagos, mientras que enormes pelicanos y hábiles gaviotas competían por lo mismo. Llegamos hasta donde finalizaba la playa. Más allá se podía continuar atravesando grandes rocas y piletones naturales. El mar estaba completamente planchado, como solemos decir. Esto significa que no había casi olas… parecía una piscina! Corrimos al agua en busca de un buen chapuzón refrescante y disfrutamos de las aguas templadas de Ecuador. Hasta tomé algunas clases de natación con Martin, aprovechando la inusual calma del mar. El sol apenas se dejó ver durante el resto de la tarde, pero aquel lugar es fantástico aun en días nublados. Algunos surfers se internaban en busca de olas pequeñas que les sirvieran para practicar, mientras veíamos a lo lejos los botes pesqueros alejarse hacia el horizonte. Hacia la noche, el pueblo apenas se iluminaba con algunos faroles sobre las calles y desde los negocios de comidas ya comenzaba a sentirse el típico aroma a fritura y pescado. Aquella noche sólo comimos unas porciones de famosas “salchipapas” un plato (o comida chatarra) más bien típico de Perú, que claramente no es más que salchichas y papas fritas…. Bien saludable. Mientras paseábamos por las callecitas de arena de Mompiche, recuerdo que un tumulto de gente y algo de exaltación llamó mi atención. Una niña sostenía en sus manos una enorme langosta que algún pescador había atrapado con sus redes. Pobre bicho. Un argentino que conocimos en el camping nos habló de unas playas que sólo se encontraban a pocos kilómetros de Mompiche, famosas por su arena negra. También nos comentó de una isla ubicada cerca de allí donde un grupo de personas trabajaban en el rescate de tortugas marinas. Completamente entusiasmados con estos nuevos destinos, nos fuimos a dormir. Mientras nos acomodábamos en la carpa esa misma noche, un inusual intruso con sus grandes pinzas trató de escabullirse dentro! Ya se nos habían metido varios insectos, algunos gatos y hasta perros habían intentado colarse a la tienda…pero jamás imaginé que un cangrejo quisiera dormir con nosotros. El pequeño intruso, agarrado in fraganti intentando entrar a la carpa! Al día siguiente tomamos el camino que nos había indicado el argentino para llegar a las playas negras. Debíamos caminar sobre la costa principal de Mompiche hasta el punto donde habíamos parado el día siguiente y tomar un camino que se abría paso por entre la vegetación. Atravesamos la jungla plagada de molestos mosquitos (nota mental: NUNCA olvidarse de repelente en estos lugares). Recorrimos algunos metros hasta que dejamos de escuchar el rugir del mar y sólo percibíamos nuestros pasos chapoteando en aquella mezcla de arena y barro que era el camino. El canto de algunos grillos, el débil piar de algunos pajaritos y luego un silencio abismal mientras atravesábamos la selva. El camino se desviaba finalmente hacia la ruta, por lo que había que costear un largo trecho la carretera hasta que llegábamos a la entrada de una cantera. Unas enormes maquinas cortaban el paso, pero ya nos habían informado que podíamos atravesar el camino. Cruzamos una gran planicie donde se acumulaban montañas y montañas de tierra oscura que probablemente aquellas maquinas hubieran juntado y el camino terminaba en un alto barranco. Desde allí tuvimos la primera visión de El Ostional como llaman a la playa negra. Desde aquella altura admito que no advertí nada diferente, aquella era otra playa más. Bajamos por un empinado caminito. Caminamos, caminamos y sudamos, hasta que finalmente llegamos a la playa negra. Allí el mar estaba un poco más bravo, con grandes olas. De hecho unos chicos (los típicos surfistas) llegaron detrás de nosotros con sus grandes tablas en busca de grandes olas. Sin embargo ahí la atracción principal no era el mar, si no la arena. Arena negra, con matices más claros sobre la orilla que bañaba el mar y más oscura hacia donde nacía la vegetación. Caminamos descalzos disfrutando la sensación de esta arena suave, de granos más finos que, en realidad, es producto de la erosión de rocas volcánicas. La arena blanca se encuentra formada por diminutos trocitos de conchas y crustáceos marinos, pero allí la arena no era de origen orgánico. Completamente solos en aquel lugar tan extraño (a excepción de los surfers), buscamos un sitio donde acomodar nuestras cosas y disfrutamos de un almuerzo a base de sándwiches, nuestro alimento principal en todo el viaje. Inmediatamente me llamó la atención ver pequeñas manchas azules sobre la arena, como cordones sinuosos a lo largo de toda la playa. Al inspeccionar mejor, descubrí que eras pequeñas medusas, de tentáculos azules que no me animé mucho a tocar porque ya he tenido malas experiencias con medusas de pequeña como para agregarle un condimento a mi pánico al agua. (De hecho, menos mal que no lo hice, ya que investigando por la red descubrí que, al parecer, eran pequeños ejemplares de la medusa azul Fragata Azul, cuya picadura puede provocar graves lesiones) Pero, sin lugar a duda, los personajes más divertidos que aparecieron en la playa fueron los cangrejos ermitaños. Estos pequeñitos que utilizan conchas de caparazones vacíos como hogar comenzaron a aparecer de a montones, escabulléndose a toda prisa hacia un lugar más seguro y alejados de nosotros. Nos entretuvimos durante la tarde haciéndonos baños de arena negra (es difícil quitarla después) y persiguiendo cangrejos anaranjados que salían de sus escondites y corrían a toda velocidad por la playa. Para la caída del sol, un bote pesquero llegó desde el mar arrastrando una enorme red. Varios pescadores aparecieron en ese momento en la playa y ayudaron a la embarcación a subir a la playa y a sacar la pesada red del mar. Al regresar a Mompiche, atravesando nuevamente la jungla, y como aún teníamos luz del día, decidimos adentrarnos más en la playa principal, por aquel sector de rocas y piletones naturales. Saltando inmensos peñascos cubiertas de corales y metiendo los pies en los cálidos piletones (con cuidado de no pisar los cangrejitos que asomaban cautelosos desde sus escondites), llegamos hasta el final de la playa donde un gran risco cubierto de árboles y jungla impedía seguir avanzando. Sobre la irregular pared rocosa del acantilado que nacía enfrente de nosotros y sobre las ramas de los árboles que se asomaban en altura, toda una gran y bulliciosa familia de piqueros patiazul descansaba y disfrutaba de los últimos rayos de luz del día. Entre estas aves de llamativas patas celestes que resaltaban sobre el fondo gris del acantilado, también descubrimos algunas fragatas que por primera vez veía descansando en alguna rama y no alto en el cielo, planeando con sus enormes alas abiertas y esa figura típica y oscura que forman al planear. Volvimos al camping cuando la marea empezó a subir y apuramos el paso porque no tenía ninguna intención de quedarme atrapada en aquel sitio con el agua hasta el cuello. Aquella noche preparamos una sencilla cena y aprontamos todas las cosas para poder partir rápido a la mañana siguiente. Mompiche había sido una gran parada dentro de las costas de Ecuador, pero la verdad era que no podía pensar en otra cosa que no fueran las tortugas de Portete que iríamos a visitar el día siguiente. Más fotos sobre este lugar tan especial con sus arnas negras, en Mompiche jejeje! son muy simpáticos <<< ANTERIOR *** SIGUIENTE >>>
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