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AlexMexico

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About AlexMexico

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    Usuario Erudito
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  • Tipo de Viajero
    Viajero Independiente
  • Vivo en
    Veracruz, México
  • Intereses
    Periodismo, escritura, viajes, gastronomía, senderismo, naturaleza
  • Mis Viajes
    México, Guatemala, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, España, Francia, Marruecos, Italia, Bélgica, Suiza, Austria, Alemania, Polonia, Porto, Ámsterdam, Praga, Budapest
  • Mi Próximo Viaje
    Escandinavia, Islandia y Gran Bretaña

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  1. Luego de haber pasado una noche en medio una tempestad, cobijado solo por el menudo calor que mi saco de dormir me procuraba, despertar bajo mi endeble carpa en el camping de Selfoss fue todo un placer. La ciudad ubicada en el suroeste de Islandia era de las pocas zonas que no estaba siendo golpeada por la tormenta que azotaba el sur de la isla, misma que me había impedido seguir adelante con mi travesía. El cantar de los pájaros y el sereno de la fría mañana fue indudablemente una más apacible forma de comenzar mi día, que en las tierras bajo el círculo polar comenzaba alrededor de las 4 de la mañana, cuando el sol deja ver sus primeros rayos para permanecer casi 20 horas sobre la isla. Con el sueño apartado, la sala común se llenaba poco a poco de campistas que preparaban su desayuno. Y llegar antes que todo tuvo sus grandes ventajas. Una enorme caja en el salón, equipado con cocina, muebles, varios comedores y conexión a internet, invitaba a los huéspedes a dejar las cosas que ya no necesitaran. Selfoss era la última parada de muchos antes de volver a Reikiavik y coger su vuelo de vuelta a casa. Al mismo tiempo, nos exhortaba a coger libremente lo que pudiésemos necesitar para nuestro viaje. Un paquete de salchichas, tomates, spagueti, un frasco de salsa boloñesa, papas, verduras. Conseguir gratis todo aquello en Islandia era casi un milagro. Pero el mayor regalo fue sin duda una cobija. Un voluptuoso cobertor que me brindaría el calor extra tan necesario durante los siguientes días en la remota y fría isla. Pasadas las 6 de la mañana Sebastián entró a la sala común. Él, junto con su van perfectamente equipada, me habían salvado de la tormenta la tarde anterior. Y aquella mañana, Sebas volvió a ofrecerme un ride, esta vez solo hasta la carretera 1, donde podría comenzar a pedir un aventón. Acepté su invitación, y tras desmontar mi carpa, todavía húmeda por el sereno, me reuní con él en el estacionamiento. Nos despedimos a orillas de la autopista y empecé a alzar mi dedo pulgar, esperanzado de, esta vez, poder cruzar hacia el este. Una pareja de chicos franceses detuvo su coche frente a mí. Después de casi un mes de haber dejado Francia, hablar con aquel par me trajo algo que necesitaba, además de un ride que agradecí de antemano. Paramos en la oficina de información turística de Hella, la siguiente comunidad sobre la autopista 1. Habríamos de saber las condiciones del clima y si las carreteras hacia el este se encontraban abiertas. En efecto, las rutas hacia el interior de la isla se encontraban cerradas, una mala noticia para los franceses, quienes planeaban escalar al volcán Hekla por el sendero que hasta entonces permanecía cerrado al público por la nieve. Pero la autopista costera hacia el este ya había sido abierta al tránsito, aunque la tormenta todavía no acababa. Nos aventuramos así conduciendo hacia el oriente. Los franceses habían reservado una noche en un hostal de Vík, a donde yo pretendía llegar para encontrarme con mi amigo Loïc. En el camino nos detuvimos en Seljalandsfoss, la cascada que había visitado fugazmente la tarde anterior, en cuyo camping no se me permitió acampar. Con tiempo de sobra y una ligera mejora en el clima, era tiempo de conocer otra pequeña porción de Islandia y su belleza natural. La cascada de Seljalandsfoss es una de las más famosas del país, fácil de encontrar en cualquier postal o imagen publicitaria de Islandia. La caída de 60 metros del río Seljalands marca el límite entre las tierras altas y las tierras bajas de la costa, con una pared vertical que forma una enorme meseta junto al océano y justo al lado de la autopista 1, lo que la hace muy accesible al turismo. Pero la fama de Seljalandsfoss no recae solamente en su cercanía a la carretera o los verdes campos que la encaran, sino a la cueva que se esconde tras sus aguas. Es una de las pocas cascadas donde el público puede prácticamente adentrarse. Un pequeño sendero circular rodea la cueva y permite tener otra perspectiva del salto de agua, una que definitivamente no se obtiene todos los días ni en cualquier lugar. El encanto que ofrece una caída de agua natural es indescriptible. Pero la magia de admirarla desde dentro es algo que solamente Islandia ha podido darme hasta el momento. Sentir la helada brisa de la cascada en nuestra cara no era la mejor ni más esperada sensación, pero necesaria para poder cruzar la cueva y seguir nuestro camino hacia los campos contiguos. La meseta irrumpe el camino para el mismo arroyo que se desplaza en diferentes caminos, lo cual crea un par de cascadas de menor volumen en la parte norte de la pared de piedra. Con ayuda de nuestras propias manos fue posible escalar el muro para tener un fotografía más cercana de la caída de agua. Con el sol brillando en un cielo despejado, mis esperanzas de llegar a Vík con una tormenta disipada aumentaban todavía más. Las aguas del río Seljalands, que dan lugar a las cascadas, viajan hasta el océano provenientes de los glaciares del Eyjafjallajökull, un volcán cercano al que llegamos apenas unos kilómetros más adelante. Sí, Eyjafjallajökull es una palabra nada fácil de pronunciar. Yo tuve que mirar un video de YouTube repetidas veces para aprender a hacerlo. Aún así, es un nombre que muchos europeos no olvidarán. El 14 de abril del 2010 este pequeño pero potente volcán, uno de los más activos y antiguos de Islandia, tuvo una erupción de carácter explosiva que causó el deshielo de sus glaciares, la inundación de los ríos cercanos y la evacuación de las zonas aledañas. Aunque las consecuencias no fueron tan catastróficas como la de otros volcanes en el mundo, la nube de ceniza de 250 millones de metros cúbicos se alzó hasta los once kilómetros de altura, y cubrió una vasta área que dejó al noroeste y centro de Europa incomunicado por vía aérea. El cierre del espacio aéreo y la cancelación de más de 20 mil vuelos causó la furia de miles de europeos y turistas, quienes quedaron atrapados en el continente por varios días gracias a este pequeño volcán. Algunos kilómetros más adelante del Eyjafjallajökull llegamos a Skógafoss, una más de las decenas de cascadas que pueblan Islandia. Aunque quizá menos impresionante que otras, se trata de una de las mayores cascadas del país, con 25 metros de ancho y 60 de alto. La misma meseta que marca el límite entre las tierras altas y bajas es la que intercepta el camino del río Skógá y da nacimiento a este salto, que ubicado también junto a la carretera es uno de los más visitados por los turistas. La cantidad de espuma generada por las cascadas como la de Skógafoss suelen crear fácilmente la ilusión de un arco iris en sus cercanías. Pero con el sol ahuyentado entonces por las nubes era difícil poder divisarlo. De hecho, el clima comenzó a empeorar una vez en Skógar, la comunidad aledaña. Los vientos se habían intensificado, haciendo a su vez bajar la temperatura. Unas escaleras nos llevaron hasta la punta de la meseta, donde pudimos admirar la cascada desde su punto más. elevado. Las tierras altas de Islandia y sus verdes paisajes invitan a cualquier a recorrer sus senderos, que bien señalizados llegan hasta los glaciares de las grandes montañas. Pero la senda era completamente inaccesible en aquel momento. La densa niebla cubría todo a nuestra vista a pocos metros de distancia. Y el viento, por supuesto, golpeaba con todavía más fuerzas en la cima de la meseta, donde ninguna pared de roca rompía las ventiscas. Mi paciencia con el viento estaba llegando a su límite. Así que descendimos de vuelta al estacionamiento. En el centro de visitantes, bajo un mezquino techo de madera, un ciclista había montado su casa de campaña. La pequeña casucha lo protegía del viento y la lluvia que había empezado a caer. Me acerqué a hablar con él solo para descubrir que la tormenta en el este había incluso empeorado. Las carreteras fueron abiertas, se supone que la tormenta debía haber mejorado —expresé—. Esto es Islandia —replicó con toda razón—. Volví con los franceses a su coche, temeroso de seguir el camino al este por el clima que nos pudiese aguardar. Aunque la autopista estuviera abierta, una tormenta no es buena idea cuando la única alternativa para pasar la noche es una tienda de campaña. Así, los franceses siguieron conduciendo hacia el oriente, donde la niebla se hacía cada vez más espesa, y el viento incrementaba sus rachas. Sus intenciones de visitar el glaciar Mýrdalsjökull, unos kilómetros adelante, pasaron a segundo plano. Salir del auto era una misión imposible. Aparcaron el coche en un parking junto a la playa. El vehículo se movía, aún estacionado, golpeado por los fuertes vientos que lo meneaban como solo un juguete. Decidí entonces hacer una llamada. Si pensábamos llegar hasta Vík, debía hablar con una persona que estuviera en Vík. Loïc cogió mi llamada. El ruido en la línea telefónica no era estática. Era el ruido de la tormenta que golpeaba el techo de su camping sin piedad. Su mensaje fue muy claro: ¡no vengas a Vík! Hay vidrios rotos en los coches, y cosas volando por los aires. La visibilidad es nula. No creo que sea una buena idea seguir hacia el este —les hice saber—. Aunque la ruta esté abierta, conducir en estas condiciones es sumamente peligroso. Y Vík es el centro de la tormenta. Ambos tenían una reservación en un hostal de Vík, que no pensaban perder. Por mi parte, con mi cartera inhabilitada para pagar una cama en un cuarto compartido, no pretendía pasar la noche en una tienda de campaña en medio de aquella tempestad. Te llevaremos de vuelta a Skógafoss y será mejor que desde allí pidas un ride de regreso al oeste —me ofrecieron como última alternativa, que por supuesto, no me atreví a rechazar—. Me despedí de ellos frente a la belleza de la cascada y deseé toda la suerte para enfrentarse a aquella tormenta. El campista tenía razón, esto es Islandia, y no se puede jugar con el clima. Un grupo de polacas que trabajaban temporalmente en el centro de visitantes de Skógafoss me recogió en la carretera. Manejarían hasta Reikiavik, pero les pedí dejarme en Selfoss. Si la tormenta seguía en pie, sería mejor acampar en un lugar seguro como el que me ofrecía el camping de aquella pequeña ciudad. Por la tarde, cenando en la sala común del campamento, conocí a Ashley, una chica canadiense que celebraba sus últimas vacaciones en Islandia antes de comenzar un nuevo trabajo en Toronto. Su objetivo era, al igual que el mío, viajar al este de la isla. Llevo dos días intentando cruzar, pero hay una tormenta que es imposible atravesar —le dije, rompiendo sus ánimos instantáneamente—. Ambos acordamos aguardar a la siguiente mañana para revisar el pronóstico del tiempo y el estado de las carreteras hacia Vík. Basado en ello, tomaríamos una decisión al respecto. Quizá debíamos abandonar la idea de dirigirnos al este y optar por el norte de la isla. Pero esperanzados aún, dejamos que la noche conciliara nuestras expectativas. Una noche más en que el clima de Islandia mostró su increíble fuerza.
  2. Hay que mencionar que ha sido catalogada como la ciudad más cara del mundo, junto con Zúrich en Suiza. Visitarla no es tan barato y siempre hay que tomarlo en cuenta. Ir bastante bien preparado con un presupuesto amplio.
  3. Yo recomiendo mucho la zona del Pantanal, al sur de Brasil. Pueden tomarse excursiones en barcas sobre los pantanos y es el lugar ideal para fotografiar de cerca cocodrilos, capibaras e, incluso, leopardos y felinos de la selva.
  4. Conciliar el sueño casi a las 11 de la noche, cuando el sol se metió tras el horizonte, no fue una tarea tan difícil como había pensado. En medio de las montañas nevadas del parque nacional Þingvellir fue donde puse a prueba por primera vez el equipo con el que me había aventurado a viajar hasta Islandia, un país de extremos a escasos metros del círculo polar ártico. Un saco de dormir que soportaba temperaturas de 5 grados, una manta de primeros auxilios para calentar mi cuerpo en emergencias, ropa interior térmica, botas todo terreno, una liga para cubrir mi cabeza y mis orejas del viento. Todo parecía excelente, aquella noche no pasé tanto frío. Pero había algo que debí haber previsto con mucho mayor detalle: mi tienda de campaña, una carpa que sería mi hogar por al menos una semana. A las 4 a.m. la luz del sol se asomó por el este. Sí, un país de extremos, donde el invierno deja apenas dos o tres horas de luz, mientras el verano ilumina por casi veinte. Pero no fueron los tenues rayos solares los que ahuyentaron mi sueño a tan temprana hora, sino las potentes ráfagas de viento que azotaban sin piedad las paredes de mi tienda y la levantaban con vehemencia del firme suelo donde se posaba. Chubascos helados caían con vigor y creaban un ensordecedor estruendo que me apartó bruscamente de mi apacible sueño. El miedo recorrió mis entrañas, y me impidió abrir los ojos. No me atrevía a mirar hacia el techo y observar cómo mi única casa se estremecía con debilidad ante la fuerza del clima ártico. El pronóstico del tiempo había cumplido su promesa. Como bien me lo dijo una conductora local la tarde anterior, vientos del norte, lluvia y nieve se esperaban para los próximos días. Vaya que ahora extrañaba la calidez de mi ciudad natal en el trópico mexicano. A pesar de todo, logré soportar un par de horas recostado, cubierto de pies a cabeza con mi saco de dormir, y con los ojos bien envueltos para intentar ignorar lo que a mi alrededor acontecía. Pero había algo de lo que sin duda no podía escapar. El agua empezó a filtrarse por las paredes y por el suelo de mi tienda. Una tienda por la que pagué poco más de 20 dólares en un Walmart. Una tienda con un solo forro que, por supuesto, debí adivinar que no ganaría una cruel batalla contra el clima polar. Llegó entonces el momento de encarar el miedo. Abrí por fin los ojos. Ambos párpados se separaron para encontrarse con una terrorífica escena. Mi casa se estaba inundando. Antes de que el agua llegase hasta mi mochila, reposada a mi lado derecho, saqué de ella mi abrigo rompevientos y lo coloqué con rapidez encima de mi cuerpo. Me puse las botas, cogí la mochila y el saco de dormir, que para entonces ya estaba empapado por debajo. No había tiempo que perder, y si no quería terminar como el suelo de mi casa, debía huir aprisa de aquella pecera. Al abrir la puerta me enfrenté a una dura realidad, todavía peor que la que sucedía dentro de mi tienda. Los charcos de lodo se habían esparcido, el agua caía casi de forma horizontal por la fuerza del viento, mi saco de dormir casi vuela junto con la tormenta, que azotaba sin clemencia cada cabeza bajo ella. Eso era la verdadera Islandia. Sin pensarlo dos veces, cerré la puerta tras de mí y corrí velozmente hacia la lavandería del camping. Sabía que era el sitio más seco que podría encontrar, cerrado casi herméticamente, donde podría encontrar una fuente de calor. Una vez dentro, extendí mi saco a lo largo para dejar que se secase un poco. Por suerte, mi mochila estaba casi intacta, y mis cosas a salvo de la humedad. Sin más remedio, me senté temblando de frío sobre el piso de madera. ¿Debía salir y tratar de rescatar mi tienda? Quizá, pero en ese momento lo que menos quería era volver a enfrentarme a la feroz tormenta. Así que lo dejé a la suerte. Si mi casa sobrevivía o no, sería ahora una decisión de la madre naturaleza. Una media hora más tarde llegó a la lavandería Jack, uno de los chicos californianos que habían acampado conmigo y con su grupo de compañeros universitarios. Al parecer, era su turno de preparar el desayuno. Pero con una cocina al aire libre con apenas un techo de madera encima, parecía una tarea imposible. Aun así, puso todos sus esfuerzos en cocer un poco de fruta para un potaje, para que al despertar sus amigos (quienes por cierto, seguían en sus tiendas bajo la tormenta), pudieran comenzar el día con energías. Jack parecía mucho más preparado que yo, con un impermeable de cuerpo entero que cubría incluso sus zapatos. Su ropa debajo se mantenía completamente seca. La tempestad no paró sino hasta las 7 de la mañana, cuando pude al fin salir a reconocer los daños. ¡Mi casa seguía viva, y estaba de pie! Finalmente, esos 20 dólares parecían haber servido de algo. Aunque eso sí, su único forro no resistió la filtración del agua. Mientras el resto de los chicos salían de sus guaridas sanos y salvos para tomar su desayuno, yo desmontaba mi casa y la llevaba a la lavandería. La tormenta había terminado, pero en un lugar como Islandia, no confiaba en que la calma durara por mucho tiempo. El grupo de californianos se despidió de mí cerca de las 8 a.m. Y una vez que mi casa se escurrió un poco sobre el suelo de la lavandería (con la falta de sol, era mi única alternativa), empaqué mis cosas y salí del camping, todavía enlodado por la lluvia. Me dirigí entonces a un costado de la carretera para seguir mi camino por el golden ring, uno de los circuitos turísticos más famosos de Islandia. Alcé mi dedo y me mostré firme ante un cielo todavía nublado y amenazador. Luego de solo tres minutos, un señor paró y me invitó a subir. No deberías estar aquí parado esta mañana, el clima es una locura —me dijo consternado—. Es mi única alternativa, y hay que seguir adelante —le contesté con seguridad—. El hombre vivía en Laugarvatn, una comunidad unos kilómetros al noreste, sobre la carretera 37 que seguía el ‘círculo dorado’. Me dejó en la salida del pueblo, sobre la autopista. Allí, el viento y la lluvia volvían a azotar, aunque con un poco menos de fuerza que en Þingvellir. Y como aún era muy temprano para empezar a cazar un ride con los turistas hacia mi próximo destino, decidí refugiarme en un mini supermercado, donde un café con galletas apaciguaron mi ayuno. Tras media hora de reposo volví a la carretera y me dispuse a coger un aventón, que llegó a mí en menos de dos minutos. Islandia era sin duda un país amigable con los hitchhikers. Una pareja de testigos de Jehová provenientes de Selfoss, al sur del país, me llevaron hasta una granja muy cerca del valle Haukadalur, justo donde se encontraba mi siguiente parada. El viento parecía haber parado un poco a los pies de aquella granja, aunque el clima parecía aún amenazador. Y con mi dedo al aire cogí mi tercer aventón de la mañana luego de solo cinco minutos en la carretera. Los pasajeros eran esta vez dos turistas, que momentos antes había visto sentados ante una mesa del supermercado disfrutando, al igual que yo, un café caliente. Se trataba de una pareja alemana que, vaya historia, estaban celebrando su luna de miel. Nunca pensé que en medio de un romántico viaje dos personas se detuviesen a recoger a un mochilero desconocido en la autopista. Pero eran alemanes, y su amabilidad nunca paraba de sorprenderme. Provenientes de Heidelberg (mi ciudad favorita en toda Alemania), las anécdotas no se detuvieron en todo el trayecto. Y ante las distracciones, aquel viaje casi nos cuesta una enorme suma de dinero, y es que una oveja se atravesó frente a nosotros. Atropellar a una cabeza de ganado en Islandia se paga con una enorme multa, además de tener que cubrir los gastos del animal muerto con su dueño. Menos mal que teníamos un conductor precavido que se detuvo justo a tiempo ante el lanudo borrego. Poco después del infortunado susto arribamos al valle Haukadalur, donde estacionaron el coche y bajamos a nuestra próxima visita. El valle es uno de los lugares más famosos de Islandia por un buen motivo: es el hogar de los géiseres, una de las mayores atracciones de la isla. Los géiseres son una especie de fuente termal que emite una columna de agua caliente y de vapor al aire, algo así como una piscina que explota periódicamente. Un géiser requiere de varios elementos hidráulicos y geológicos para su formación, y eso los convierte en un evento nada común, con menos de mil géiseres en todo el planeta. Pues bien, al ser Islandia uno de esos escasos lugares en el mundo, era algo que no podía perderme. La entrada al parque de los géiseres en Haukadalur está marcada por un sendero acordonado y por varios trabajadores que vigilan que, bajo ninguna circunstancia, alguien se atreva a cruzar los límites del camino. El agua que emana de los géiseres hierve a más de 90°C, una temperatura con la que nadie desearía quemarse. Además, el hospital más cercano está a 62 kilómetros de distancia, algo bueno de saber para los despistados. La palabra géiser proviene precisamente del idioma islandés, ya que el más famoso de ellos en aquel parque es llamado Geysir, el más antiguamente conocido en el mundo, y que proviene a su vez del verbo geysa (emanar, erupcionar). El Geysir es capaz de lanzar agua a más de 80 metros de altura, aunque es raro tener la suerte de verlo erupcionar. Ha pasado incluso años sin lanzar una gota de agua al aire. Por fortuna para los ansiosos turistas existe el géiser Strokkur, que aunque más pequeño, erupciona entre cada 5 u 8 minutos, alcanzando una altura promedio de 20 metros. Las erupciones son provocadas por el contacto del magma subterránea con el agua, que suele quedar estancada en los conductos del géiser tras las lluvias. Ya que los conductos suelen ser largos, el agua en la parte baja comienza a alcanzar su punto de ebullición, mientras aquella en la superficie se enfría rápidamente. Puesto que el agua no encuentra salida más que por un pequeño orificio en el suelo, viaja hasta ella por las rocas porosas del subterránea y actúa tal como una olla de presión, liberando con gran energía el vapor y el agua caliente en su interior. Luego de ello, el agua cae de vuelta en el agujero y el ciclo se repite. Un espectáculo natural digno de admirar. Luego de un par de hermosas explosiones del Strokkur, volvimos al auto y seguimos el camino hacia el norte, donde la última atracción del círculo dorado nos esperaba. Junto a un grupo de gigantescos camiones de montañistas los alemanes estacionaron su modesto automóvil. Al bajar, sentimos rápidamente como el viento había comenzado a azotar despiadadamente desde el norte. Ya que el centro de visitantes y las escaleras bajaban hacia el sur, debíamos cogernos de las manos para no perder el equilibrio. Nunca creí que vería vientos tan fuertes como de los que fui testigo durante un huracán en mi ciudad natal, por allá del 2010. Aunque aquello no era un huracán, era solo el Ártico. Las escaleras nos llevaron hasta las orillas del río Hvitá, que al encontrarse con un cañón forma la cascada de Gullfoss, una de las cataratas más famosas de Islandia. El río corre en dirección sur y llega desde los glaciares en las montañas centrales, aunque el cañón interrumpe bruscamente su camino y hace que gire hacia el este. El estruendo de la catarata hacía imposible escucharnos entre nosotros mismos. Toda comunicación para tomarnos fotos y seguir el camino era a través de la mímica. En ese momento, el viento del norte se mezclaba con el viento y la brisa empujados por el río y la gigantesca catarata. Y aunado a las charcos de agua en el suelo, no era nada fácil moverse por aquellos senderos. Tomar una foto que no saliese movida por la fuerza del viento que empujaba nuestras manos era otra ardua tarea en la que nos vimos envueltos. Pero capturar aquella belleza lo valía ante todo. El círculo dorado es una de las rutas más turísticas de Islandia, y no cabía duda del porqué. Una falla tectónica, géiseres y una catarata glaciar representan las maravillas naturales más características de la isla, razón que me había llevado hasta sus hostiles tierras. De vuelta en el coche, los alemanes condujeron hacia el sur. Se dirigían de vuelta a Reikiavik, donde pasarían su última noche. Yo por el contrario, pretendía seguir mi camino hacia el este y tratar de darle la vuelta entera a la isla en los siete días que me quedaban por delante. Al alcanzar la autopista uno los alemanes me bajaron en Selfoss, una de las mayores comunidades en el suroeste de Islandia. El clima era templado y bastante tranquilo a mi parecer. Un buen amigo que había hecho en Francia, Loïc, se encontraba también en tierras islandesas, viajando como mochilero y tratando de rodear la isla. Pero un mensaje de texto aquella tarde me hizo saber que se encontraba atrapado. Había llegado hasta Vík, la ciudad más septentrional de Islandia ubicada 130 kilómetros al sureste de Selfoss. Famosa por ser el lugar donde con más fuerza azotan los vientos, se había detenido en un camping, donde una cocina techada fue su único refugio ante una fuerte tormenta que golpeaba el sur de la isla. Mi objetivo así, era acercarme lo más al este posible, donde la tormenta no azotara con tanta fuerza y donde pudiera acampar de forma tranquila. Luego de comer un subway (que por seis euros, era sin duda lo más barato que podía obtener) me acerqué a la oficina de información turística de la ciudad. Me dijeron que, en efecto, una tormenta azotaba el sur de la isla un poco más al este, pero que al menos podría llegar hasta Seljalandfoss, una de las cascadas más bellas, donde una de las californianas que había conocido la noche anterior me había recomendado un buen camping. Caminé entonces hacia la salida del pueblo y comencé nuevamente a pedir un aventón. Esta vez, me recogió un islandés que no hablaba inglés. Así que tras un viaje en silencio me dejó en Laugaland, 30 kilómetros adelante. Otro conductor me dejó en Hella, unos diez kilómetros que me acercaban cada vez más. Sin embargo, me hizo saber que más hacia el este las carreteras habían sido cerradas debido a la tormenta. Pues bien, no pretendía pasar más allá de Seljalandfoss, a donde me dijeron que podría llegar. Fue un húngaro quien me recogió en la comunidad de Hella. Al presentarse conmigo, me dijo que vivía por el momento en Hafursey, una ciudad más al este de Vík, donde se encontraba Loïc. Enterado del estado del tiempo, sabía que llegar a casa aquella tarde podía ser imposible. Pero quería al menos intentarlo. Al llegar a Seljalandfoss, un par de patrullas cerraban el paso. No era posible seguir más adelante. La tormenta era más fuerte de lo esperado y la visibilidad completamente nula. Adentrarse en la carretera sur era un peligro que nadie debía correr. Con la suerte del lado de ninguno, el húngaro dio marcha atrás y volvió hacia Hella para buscar dónde pasar la noche. Yo por mi parte había llegado a mi destino. Seljalandfoss no es una ciudad, ni siquiera una pequeña comunidad. Es una cascada más que marca el límite entre las tierras altas y bajas de la isla. Su nombre se lo otorga el río Seljalandsá, que al toparse con la pared vertical cae 60 metros hasta una escollera, ubicada casi junto al océano. Allí, frente a aquella hermosa cascada, era donde me habían recomendado acampar. Uno de los campings más bellos de toda Islandia, me habían dicho los californianos. Pero al llegar a la recepción, las malas noticias no se hicieron esperar. El camping estaba cerrado debido a la tormenta. Aunque la enorme pared de las cascadas parecían cubrir el lugar del viento, en Islandia simplemente nunca se sabe. Y así, sin un lugar donde dormir, me vi obligado a volver a la carretera y pedir un aventón de vuelta al oeste. Una pareja de ingleses de edad avanzada me recogieron luego de que los policías los forzaran a regresar. Ambos tenían reservaciones en un hotel de Vík, el ojo del huracán en aquel momento, a donde les era imposible llegar. Un poco desmotivados los tres debido a las inoportunas inclemencias del clima, volvimos hasta Hella, donde se estacionaron fuera de un hostal para pedir una habitación donde pasar la noche. Sabía que aquel alojamiento podía ser una opción para una pareja de jubilados, pero no para un mochilero como yo. Aún así, algo temeroso de acampar a la intemperie, pregunté el precio de una habitación compartida. 50 euros era lo que costaba un rincón en un cuarto con mi saco de dormir. ¡50 euros! Los ingleses me miraron y sonrieron, sabiendo que se trata de un precio exorbitante para mí. Así que di las gracias y volví a la carretera para coger otro ride. Sabía que en Selfoss había un camping municipal, y con el escaso viento que soplaba en la ciudad, sería quizá mi mejor opción hasta que se calmase el clima. Un español llamado Sebas pasó en su vagoneta, donde pasaba las noches en un camastro de la parte trasera. También venía huyendo de la tormenta de Vík, y con una aplicación islandesa que le servía para encontrar campamentos donde estacionar su auto, me recogió y buscamos juntos un buen camping que pudiese darnos alojo a ambos. Condujimos más de una hora por las tierras altas y bajas de la costa sur. Cada camping que visitábamos seguía el mismo patrón. Una pequeña cabina con baños y un buzón donde dejar el dinero. Sin cocina, sin sala común, sin techo donde resguardarse. Solo baños. Ni un solo coche o tienda de campaña aparcaban en ellos. Temerosos de lo que aquello podía significar y con el clima que se avecinaba, decidimos seguir todavía más al oeste, hasta que llegamos nuevamente a Selfoss, donde todo había comenzado. Nos dirigimos sin pensarlo hacia su camping municipal, cuyas cómodas instalaciones y falta de vientos lo hicieron el lugar más seguro para pasar la noche. Monté mi casa, que para entonces ya se había secado. Y luego de un rato en la sala común charlando con Sebastián, me introduje en mi tienda para otra fría noche en Islandia. Aquel día el clima del Ártico me mostró que con él nadie puede jugar. Pero mi perseverancia era mayor, y no me daría por vencido hasta al menos alcanzar Vík, donde mi amigo Loïc se había quedado varado.
  5. Arropado con ropa térmica, envuelto en mi saco de dormir, postrado sobre un colchón inflable y con la calefacción encendida a mitad del mes de mayo, es como desperté mi segunda mañana en Reikiavik, a unos kilómetros al sur del círculo polar ártico. Aun después de dos noches en la ciudad, mi cuerpo y mi mente no sentían todavía en Islandia. Mirar la situación geográfica de aquella remota isla, considerada parte de Europa, me hacía poco creíble que tuviera los pies allí. A pesar de su latitud, la capital islandesa posee todas las comodidades del primer mundo. Y hospedarme en el apartamento de Gisli, mi couchsurfer, me lo dejó en claro. Tuberías de gas para aclimatar las casas, agua caliente natural proveniente de los manantiales termales de la isla, conexión a internet ininterrumpida... Pero los días avanzaban, y no obstante mi resistencia mental, era momento de partir. Y abandonar aquellas comodidades sería parte esencial de ello. Mi aventura estaba por delante. Aunque Reikiavik es una prominente metrópoli que se ha ganado su lugar en el mundo, la gente no viaja hasta Islandia solo para ver su capital. Y eso me incluía a mí. La peculiar locación de la isla, en medio de las placas tectónicas norteamericana y la euroasiática, la dota de paisajes naturales increíbles, y de una actividad geotérmica que es poco común hallar en otros lugares del planeta. Y es la razón de que el número de turistas supere a los propios habitantes de Islandia. Cuando el país se independizó de Dinamarca en 1918, no era más que una pequeña y fría isla que sobrevivía de la pesca y la explotación de sus recursos naturales. Pero tras la Segunda Guerra Mundial, en la que el Reino Unido y los Estados Unidos construyeron los aeropuertos que hoy sirven como conexión internacional, Islandia se convirtió en un país industrializado y con un alto desarrollo económico. Hoy, el turismo es sumamente accesible, con conexiones aéreas que han bajado cada vez más sus precios. Por solo 60 euros pude volar hasta sus tierras desde Estocolmo. Así, miles de turistas llegan a diario, y emprenden desde Reikiavik su travesía por una de las islas más hermosas del mundo. Por la inexistencia de vías férreas y escasos autobuses de transporte público (ya que la isla tiene apenas 300 mil habitantes) el turismo en Islandia puede funcionar de las siguientes maneras: Hacer base en Reikiavik y pagar costosos tours por sus maravillas naturales, que incluyen a veces noches de hospedaje en carísimos hoteles y hostales de la isla. Rentar una van equipada con cama, cocina, incluso hasta baño en su parte trasera, y recorrer la isla conduciendo por la autopista que bordea sus costas, pasando las noches dentro de la comodidad del vehículo, que se aparca en algunos de los estacionamientos oficiales que colman el país. Rentar un automóvil común y visitar la isla manejando por la costa, pasando las noches en una tienda de campaña en uno de los cientos de campings a lo largo del país. Viajar pidiendo aventones a los conductores en la carretera hacia las principales atracciones naturales de la isla, durmiendo en los campings bajo una buena carpa. Por supuesto, y debido a mi bajo presupuesto, la cuarta opción fue mi predilecta. Y pasando por alto la regla más importante de un hitchhiker (término anglosajón para quien viaja pidiendo aventones), me levanté tarde y salí de casa de mi anfitrión a las 10 de la mañana, lo que me había hecho perder ya bastante tiempo valioso. Me despedí y di las gracias a Gisli por mis noches en Reikiavik y me dirigí a un paradero de buses no muy lejos de su casa, donde cogí un modesto camión hacia la comunidad de Mosfellbær, a 16 kilómetros al este del centro de la ciudad. Para colmar un poco más mi paciencia luego del tiempo perdido, el autobús avanzó lento, deteniendo la marcha en cada paradero aunque no hubiera gente aguardando a abordar. Por fortuna, los avances en las políticas de telecomunicaciones en Europa me habían permitido contratar un plan de datos móviles, por un asequible precio, cuya cobertura se extendía por toda la Unión Europea, incluida Islandia. Pero la red celular no era del todo buena en muchas zonas de la carretera. Consiguientemente, la ubicación en mi GPS era con frecuencia algo deficiente. Así fue como me bajé del autobús hasta la última parada, no tan cerca de la ruta 1, la autopista principal que me llevaría hasta el golden ring, mi primer objetivo turístico en la isla. Varado en medio de una diminuta comunidad rural, tuve que caminar un kilómetro de vuelta hasta la orilla de la carretera, donde no aguardé más de dos minutos para coger mi primer ride. El conductor me dejó apenas un kilómetro más al norte, al costado de una glorieta, donde la bifurcación derecha dirigía hacia la ruta 36, donde el golden ring comienza. El ‘círculo dorado’ es una de las rutas turísticas más famosas de Islandia. Las carreteras que lo componen forman un anillo que rodean parte de la falla tectónica que atraviesa Islandia y que, sin siquiera alejarse mucho de Reikiavik, poseen parte de las maravillas naturales más célebres del país. La primera parada era el parque nacional de Þingvellir (pronunciado en inglés como Thingvellir), donde un valle de cañones pone al desnudo la deriva continental. La ruta 36 llevaba directo hasta Þingvellir, y por suerte, una afable señora se detuvo por mí al comienzo de la autopista. Aunque no llegaría hasta el parque, su granja se encontraba unos kilómetros al este, uno de los últimos lugares poblados al lado de la autopista. Su inglés era bastante claro, y con ello me contó algo que no me reconfortó demasiado. Acababa de escuchar por la radio que el pronóstico del tiempo no anunciaba muy buen clima. Tormentas con fuertes ráfagas de viento azotarían el sur de Islandia durante los próximos días (sí, justo donde yo estaba), y varios centímetros de nieve caerían en zonas altas de la isla. Una tormenta a tan corta distancia del círculo polar no era una idea divertida. Y teniendo en cuenta que las siguientes siete noches dormiría dentro de una casa de campaña, la incertidumbre era algo aterradora. Justo en la entrada de su granja equina, di las gracias a la señora y bajé de su vehículo. El cielo estaba entonces bastante nublado, y con lo que recién había escuchado sobre el clima que podría avecinarse, supe que el tiempo era oro para conseguir un último ride que me llevara hasta el valle Þingvellir. Aunque los hermosos caballos islandeses están acostumbrados a las ventiscas árticas con su lanudo cuerpo, el crudo frío no es lo más reparador para un mochilero. Pero era justo lo que esperaba de Islandia, y mi ardua preparación con ropa térmica, botas todoterreno y un abrigo rompevientos fue entonces de agradecerse. Hallarme en medio de las montañas que orillaban la carretera a la total interperie me hizo al fin darme cuenta que estaba en Islandia, donde nadie puede tomarse el clima a la ligera. Eran casi las 2 de la tarde para entonces, y un número muy reducido de coches era el que había visto conducir hacia el este. Aunque las visitas a Þingvellir son muy comunes, no muchos islandeses viven por aquella zona. Así que mis esperanzas se limitaban a los turistas que, por alguna razón, se dirigieran al valle a tan avanzada hora del día. Tras sesenta minutos de paciente espera con nada más que montañas y caballos a mi alrededor, una pareja se detuvo y me ofreció subir. Por suerte, eran turistas provenientes de Serbia y Bosnia y Herzegovina, y su destino era precisamente Þingvellir. Conforme fuimos avanzando los riachuelos se iban haciendo cada vez más corpulentos, alimentados por el deshielo de los picos nevados que nos rodeaban. Aunque la niebla y los densos nubarrones negros nos intimidaban, nos mantuvimos optimistas. Aún así, no tardé en hacerles saber sobre el pronóstico del clima que había llegado a mis oídos. Nosotros también acamparemos esta noche, así que esperemos que todo mejore —me dijeron esperanzados—. No cabía duda de que la mejor forma de recorrer Islandia era conduciendo un automóvil. Deternos en cualquier punto para capturar una postal de su espléndido paisaje estaba a la altura del pedal de freno. Los musgos sobre la piedra volcánica y la hierba baja nos daban un primer adelanto del valle de Þingvellir. Pero unos kilómetros delante el lago Þingvallavatn, el más grande de Islandia, nos dio la verdadera bienvenida al parque nacional. La geografía de Islandia es fácil de entender desde un punto de vista lógico. El centro de la isla posee las tierras altas, con montañas, glaciares y nieve, mientras que la costa, aunque puede ser escarpada, posee las tierras bajas y climas más templados. Al habernos adentrado un poco hacia las tierras centrales, las montañas se alzaban con ímpetu frente a nosotros. Por suerte, no sería necesaria subir para disfrutar de Þingvellir. A la entrada del parque nacional, justo antes de que un camino de terracería nos adentrara en el valle, visualicé un centro de visitantes. Sabía que sería el sitio perfecto para acampar. Islandia suele contar con campings equipados con baños, electricidad y cocinas por todo su territorio, y nada mejor que la seguridad que brinda un centro de visitantes. Ya que la pareja bosnio-serbia no sabía si harían noche o seguirían de largo su camino, decidí bajar de su coche con mi mochila al hombro. Por mi parte, prefería disfrutar del parque nacional y acampar allí esa noche. No pensaba arriesgarme tierra adentro bajo aquel sospechoso y nublado cielo. Þingvellir fue un primer gran ejemplo de lo que es Islandia. Su terreno volcánico y rocoso con hierbas y arbustos bajos es la imagen típica que suele apreciarse en gran parte de la isla. Uno de los hechos más difíciles de enfrentar en Islandia es que es un país sin árboles. Vaya, sí los hay, pero en cantidades insignificantes. Cuando los primeros colonos poblaron la isla, talaron la mayoría de los bosques para poder construir sus casas con la madera, sin saber que aquella deforestación condenaría al país de por vida. Aunque en la actualidad el gobierno ha llevado a cabo un programa para reforestar Islandia, en un lugar tan aislado y con un clima tan hostil como aquel, no es una tarea nada fácil. Solo el 5% de Islandia cuenta con bosques. Aun así, los verdes y vivos paisajes de pastizales y arbustos de Þingvellir eran dignos de nuestra admiración. Þingvellir fue declarado parque nacional desde 1928. Y aunque no lo parezca, al menos no ante los ojos de cualquiera que no sea un geólogo, el valle es realmente la falla que divide a la placa norteamericana de la placa euroasiática. De tal suerte que nos encontrábamos parados en el lugar exacto donde dos continentes se dividen. Tomó muchos años a la comunidad científica aceptar la teoría que afirma que los continentes se mueven, y que millones de años atrás todos los continentes se hallaban unidos en uno solo, llamado posteriormente Pangea. Pues bien, Þingvellir les ha dado a los geólogos un claro ejemplo de que la deriva continental es real. Y el cañón Almannagjá lo demuestra. Caminar en aquel cañón es caminar entre dos mundos. América al oeste y Europa al este, separados solo por un par de metros. Y en efecto, las mediciones que se llevan a cabo cada año dejan en claro que el cañón se separa continuamente. Es decir, ambos continentes se mueven. El cañón Nikulasargja es otra de las fallas presentes en Þingvellir. Y este se encuentra atravesado por un río, que para entonces, corría con bastante fuerza desde las montañas. Aunque el arroyo baña las tierras bajas del valle y culmina en el lago Þingvallavatn, bastaba subir un par de escalones de piedra para maravillarse todavía más. El río Öxará escurre por los campos de lava y cuando se topa con el cañón forma una cascada de aguas cristalinas que rompía con fuerza sobre las rocas de magma petrificado. Aunque menuda y de poca altura, la cascada Öxaráfoss me dio mi primer acercamiento a las decenas de caídas de agua que recorren Islandia. Pero aquella no sería, sin duda, la más impresionante de todas. Þingvellir es un lugar hermoso, único, mágico. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2004. Sin embargo, aquel título no se lo ganó solamente por su incomparable belleza natural. Þingvellir es un sitio histórico de suma importancia para el planeta entero, pues allí, en medio de las rocas volcánicas y de dos continentes, se fundó la institución parlamentaria más antigua del mundo, el Alþingi. Aunque el parlamento es una herencia de la política romana, el Alþingi se distingue por seguir vivo hasta la actualidad. Fundado en el año 930, no mucho después de que los primeros colonos vikingos pisaron estas remotas tierras, el Alþingi se reunía cada año, cuando el lögsögumaður (hablante de leyes) recitaba las leyes y se resolvían las disputas. También eran los encargados de castigar a los criminales, ejerciendo el poder judicial en el país. De hecho, en vez de encarcelarlos, preferían ahogar a los juzgados como culpables en las heladas aguas del Öxará, en el llamado Drekkingarhylur (piscina de ahogamiento). De esta manera, puede decirse que Þingvellir es el lugar donde nació el estado islandés. Y de hecho, fue considerada su capital (aunque carente de edificios) por ser su centro político, y no fue sino hasta 1844 cuando se trasladó a Reikiavik. El recorrido por el valle de Þingvellir puede abarcar los extensos territorios del sur y bordear su lago, pero la mayoría de los turistas lo terminan en un centro de visitantes que se halla en la cima del cañón, desde donde se tienen vistas increíbles del lago Þingvallavatn. Aunque el cielo seguía nublado, no había señales de ráfagas de viento que se avecinaran hacia el parque. Eso me dio un poco más de tranquilidad. Así que di las gracias a mis conductores, quienes siguieron su camino por el golden ring. Descendí el cañón y caminé hacia la entrada del parque nacional, donde un empleado del centro de visitantes me dijo que podría acampar de forma segura. No eran más allá de las 6 de la tarde cuando llegué al camping. Había un un grupo de tiendas ya instaladas sobre el césped. Y ya que la compañía en un solitario viaje siempre viene bien, decidí colocarme junto a ellos. Islandia es uno de los países más amigables con los campistas. Al costado de la carretera y cada pocos kilómetros, siempre habrá un camping a la vista, algunos mejor equipados que otros. Aquel en Þingvellir contaba con baños, regaderas con agua caliente, una cocina al aire libre (aunque techada) y hasta una lavandería. Los islandeses están tan acostumbrados a la honestidad y buena voluntad que no se acercan al campista para cobrarle el derecho de piso y los servicios (que a pesar de todo, suele ser un precio bastante alto, de unos quince euros por noche). Al contrario, esperan que el campista se acerque a pagar al mostrador. En algunos campamentos, incluso, no existe trabajador alguno, y una simple caja en forma de buzón es el lugar donde los campistas deben depositar su dinero de forma voluntaria. Ya que aquella tarde los trabajadores estaban cerrando el centro de visitantes, decidí esquivar el pago. Sabía que no era lo correcto, pero vamos, Islandia es un país bastante caro. Y solo alimentarme era una ardua y costosa tarea. Unos minutos más tarde un coche se estacionó. Kiki era una estudiante de California que viajaba sola por Islandia en su pequeño auto. Colocó su tienda de campaña junto a la mía y me hizo compañía mientras preparábamos algo para la cena. La incógnita sobre los dueños del resto de las tiendas se resolvió cuando apareció un grupo de 13 universitarios con su profesor de geología. Curiosamente, también venían de California. Menos mal que aquella noche no estaría solo, y nada mejor que la compañía de aquellos simpáticos y animados californianos. Tomamos la cena juntos y pasé la noche escuchando sus recomendaciones sobre la isla. Ellos iban terminando su viaje por Islandia y volvían al siguiente día a Reikiavik. Aunque no sabía si atreverme a llamar aquello como “noche”. En plena primavera, el sol se ocultaba en Islandia a las 11 pm, mientras se asomaba en el horizonte desde las 4 am. El control del sueño con horas de sol tan irregulares era difícil, y sería normal entonces dormir solo cuatro o cinco horas al día. Finalmente, me preparé para pasar mi primera noche entre las montañas y los valles islandeses. Pero mi tranquilidad y profundo sueño serían interrumpidos brusca y súbitamente por la hostilidad del Ártico. Era solo el comienzo de mi aventura.
  6. En la parte sur está la Villa de Vizcaya, una antigua residencia que ahora fue abierta al público, y para visitarla no debes cruzar hasta la parte continental, así que es fácil moverse hacia ella.
  7. Puedes visitar Portobelo. Antes que la ciudad de Panamá, fue el puerto más importante en la época de la colonia. Y más allá de las fortificaciones y el casco viejo hay una reserva natural y playas increíbles.
  8. Aunque la Ciudad de México tiene muchas cosas, yo te recomiendo no pasar por alto algunos lugares de interés cerca de la ciudad, como Puebla y Cholula, las pirámides de Teotihuacán, Tepoztlán o San Miguel de Allende. Por eso te recomendaría unas dos semanas en el centro del país. En el Caribe una semana o 10 días pueden ser buenos, y es que si bien es pequeño, es un lugar con mucho por ver. Más que las playas de Cancún o Playa del Carmen, Chichen Itzá, Tulum, Valladolid, los cenotes mayas, la reserva de Sian Ka'an, Bacalar... tienes mucho por hacer.
  9. A principios de mayo la nieve en la mayoría de las ciudades de Europa se había esfumado. La primavera se había anunciado con esplendor aquel año y un delicioso clima corría por todo el continente. Incluso en los rincones de la húmeda y fría cordillera noruega el sol me había sonreído con ventura, y tras cuatro días en Estocolmo me sentía totalmente satisfecho del goce del que Escandinavia me había hecho acreedor. A mitad de la primavera, muchos se habrían decidido por disfrutar de ciudades floreadas, llenas de canales y arboledas donde Europa pudiera ofrecer sus mejores y coloridas postales. La tranquilidad que llega cuando el invierno culmina. Pero mi decisión fue un poco más brusca. Bastante brusca, me atrevería a decir. Aquella última noche en Estocolmo cogí un autobús hacia el norte, con rumbo al aeropuerto internacional de Arlanda. El abordaje fue el más tranquilo que jamás hubiera vivido. Solo 10 personas íbamos a bordo de aquel Airbus a319, y claro, no podía estar más feliz de tener el avión casi totalmente para mí. Pero mi vuelo no se dirigía al sur. No me encaminaba hacia la calidez de latitudes más meridionales. Mi destino no era ni siquiera las tierras continentales. Volaba con rumbo al noroeste, dos husos horarios hacia el occidente, a donde solo los vikingos se atrevieron a embarcarse hace más de un milenio desde las costas del Báltico. Aunque la oscuridad había inundado Estocolmo, al elevarse el avión a más de 8 mil metros un haz de luz entró por mi ventana. Era el sol de medianoche que se asomaba desde el Ártico. Y aunque iluminaba también las montañosas tierras nórdicas, una densa niebla lo cubría todo debajo de nosotros. Tres horas pasaron para atravesar el mar de Noruega y el mar del Norte, y ganándole la carrera al tiempo, el avión comenzó a descender poco a poco entre una espesa niebla. El gris del exterior era simplemente aterrador. Ni las franjas del litoral, ni la torre de control, incluso las luces de la pista de aterrizaje eran escasamente percibidas por los ojos humanos a bordo. El piloto llevó a cabo un descenso prácticamente a ciegas, guiado por la eficiente base aérea. Sus exitosas maniobras nos llevaron a salvo hasta el aeropuerto de Keflavík, ubicado en un cabo al suroeste de Islandia. A una latitud de 64º 08' N, era el sitio más septentrional en donde hubiera estado parado. Mi viaje de primavera sería, así, una fría aventura en aquella remota isla, a unos cuantos kilómetros por debajo del círculo polar ártico. Aunque durante mayo las horas de oscuridad en Islandia son escasas debido a su posición geográfica, a la medianoche, hora en que recogí mi maleta en la cinta transportadora del aeropuerto, la penumbra era total. Y aunado a la niebla que acompañaba a la noche, el exterior no era algo apetecible por disfrutar. Me dirigí rápidamente al estacionamiento, donde el último autobús de conexión con la ciudad saldría unos minutos después. Casi una hora más tarde, a 40 kilómetros al este, llegamos a Reikiavik, la capital de Islandia, que hasta hoy ostenta el título de la capital más septentrional del mundo. Por fortuna, el autobús condujo hasta el centro de la metrópoli, desde donde pude caminar cuesta arriba por sus empinadas calles hasta alcanzar la casa de Gisli, un estudiante que contacté por Couchsurfing y que me hospedaría por un par de días en su apartamento. Gentilmente, aguardó hasta casi las 2 de la mañana por mi arribo. Al parecer yo era su primer huésped, y no podía decepcionarme ante la calidez de los islandeses. Gisli vivía en el segundo piso de una típica casa islandesa, construida con una especie de material de lámina de colores vivos, y un tejado en picada que ayuda a que la nieve resbale y se derrita durante las nevadas del invierno. Alquilar un piso en Reikiavik, según me contaba, se había vuelto sumamente caro, sobre todo después de la crisis que Islandia enfrentó en 2008 y 2009. Pero sus padres le apoyaban lo suficiente para que pudiera finalizar sus estudios en la capital. Como la primera verdadera ciudad que se fundó en la isla por parte de los noruegos en tiempos medievales, Reikiavik se ha vuelto el centro industrial, financiero, político y cultural de Islandia. Con 200 mil habitantes, su área metropolitana alberga a dos tercios del país entero. Era más que raro hallarme en un país cuya población nativa es menor al número de turistas que alberga. La niebla del día anterior había dado paso a un clima frío esa tarde, aunque aquello era bastante normal. Después de todo me encontraba al sur de Islandia, a unos cuantos kilómetros del círculo polar. Pero con el tiempo limitado, no podía dejar que el clima me hiciera perder tiempo y salí a conocer la ciudad. A pesar de encontrarse a latitudes equiparables al norte de Alaska y el Yukón, Islandia posee un clima subpolar oceánico templado. Sus temperaturas de hecho no bajan tan drásticamente, y el invierno puede presentar apenas -10°, un clima más cálido que el que viví en el invierno de Berlín o Polonia. La isla es así bastante habitable no obstante su situación geográfica, y se lo debe nada menos que al Golfo de México. La corriente del Golfo arrastra masas de agua y aire cálidas desde el trópico que contrarrestan la frialdad del Ártico. Las costa de Islandia se mantienen libre del hielo todo el año, algo impensable en otros lugares a la misma latitud. Caminar por Reikiavik era para mí como andar por una ciudad en miniatura construida con legos. El ambiente tan tranquilo, el escaso tráfico y los pequeños edificios que le dan vista a la urbe apenas podían compararse con una modesta comarca en otros países. Sin duda era la capital más tranquila que jamás hubiese visitado. Me preguntaba repetidas veces con qué interés llegaron los primeros residentes a aquella remota parte del mundo. Es bien sabido que los vikingos eran asiduos y expertos navegantes, lo que los llevó a conquistar y saquear múltiples territorios en la Europa continental. Pero los vikingos escandinavos se aventuraron más allá, mucho antes de que Galileo demostrara que la Tierra es esférica y antes de que los españoles arribaran al continente americano. Los fuertes vientos del mar del Norte llevaron a Erik el Rojo, un explorador noruego, hasta las deshabitadas islas del ártico, a las que él mismo bautizó como Islandia y Groenlandia. El comerciante vikingo convenció fuertemente a varios noruegos de emigrar hacia la ‘Tierra verde’ para colonizar la isla. Así, el nombre de Ingólfur Arnarson pasó a la historia del país como el primer residente permanente de Islandia, y fundador de Reikiavik, ya que allí estableció su hacienda. Ingólfur es considerado el creador de Islandia como país, ya que tras su colonización se estableció el Alþing, un parlamento legislativo que es nada menos que el parlamento más antiguo del mundo entero todavía en existencia, y con ello se dio paso a la Mancomunidad islandesa, que luego formaría parte del Reino de Dinamarca-Noruega. Estatua de Ingólfur Arnarson. El parlamento se fundó primeramente en la región de Þingvellir (hoy un parque nacional que ningún parecido tiene con un centro político estatal), y fue hasta el siglo XIX cuando se trasladó a Reikiavik, lo que la convirtió en capital. Hasta el día de hoy, el parlamento se sitúa en el Alþingishúsið, el palacio parlamentario, que a mi parecer, es el más pequeño que jamás avisté. Con la cristianización de Escandinavia y los países nórdicos, no pasaría mucho tiempo para que Islandia abandonara también el paganismo y fuera evangelizada, lo que ocurrió alrededor del año 1000. El rey Cristián III de Dinamarca impuso el luteranismo luego de la Reforma de Lutero en Europa continental. Y aunque Reikiavik posee todavía una catedral católica, la catedral más importante para los islandeses es la Catedral luterana. Aunque no tiene absolutamente nada de monumental e impresionante comparada con el resto de las catedrales, aquel modesto templo posee más un valor simbólico que arquitectónico y religioso para todos los islandeses, pues allí se celebró el establecimiento del Reino de Islandia y se entonó el himno nacional por primera vez, lo que en el siglo XIX comenzaría con el movimiento independentista que hizo de Islandia un país soberano a mediados del siglo XX. Pero como toda ciudad cristianizada, Reikiavik tiene también un campanario del cual estar orgullosa. Y el título se lo da la Hallgrímskirkja, la iglesia y el edificio más alto de toda Islandia. La curiosa forma de su torre de 75 metros de altura se dice que fue inspirada por el movimiento de lava basáltica que caracteriza a la isla. Así, aquellos blancos pilares son visibles desde casi cualquier lugar de la ciudad y da una bienvenida a los turistas que encuentran en ella una mezcla de la cultura religiosa y los maravillosos paisajes naturales de este remoto país. Curiosamente, una figura pagana se yergue frente a la iglesia. La estatua de Erik el Rojo situada en lo alto de la colina celebra el descubrimiento de la isla, y frente a él desciende la totalidad del centro histórico de Reikiavik, por donde me dispuse a caminar aquella fría tarde. Aunque Islandia es un país mayoritariamente cristiano, poco a poco ha ido creciendo el número de ateos en la isla. Pero lo más sorprende son los movimientos neopaganos que poco a poco van cobrando fuerza. Estos ritos traen de vuelta las tradiciones y creencias de los pueblos vikingos que poblaron el lugar hace siglos. Y su influencia no se nota solamente en la religión, sino en el estilo de vida mismo de los jóvenes islandeses. La publicidad por las calles muestra a modelos con rasgos vikingos, y los mismos espectáculos musicales y teatrales intentan rescatar las sagas vikingas bajo las cuales se ha construido la historia del estado islandés. La moda entre los jóvenes son las barbas largas, abrigos voluminosos de piel y beber cerveza en enormes tarros de madera. Los vikingos, sin duda, siguen vivos en las tierras nórdicas. Por supuesto, todo se adecua a su tiempo. La vida “vikinga” de la juventud se ha transformado a los estándares del siglo XXI y la modernidad de Islandia como un país del primer mundo. Reikiavik se muestra hoy como un centro artístico posmoderno bastante fuerte. Entre otras muchas ciudades europeas, es una ciudad de murales. Los frescos en las paredes del centro metropolitano son la cara moderna de Islandia hacia el mundo exterior. Sus colores y formas sitúan a Reikiavik como una urbe a la vanguardia. No se puede ignorar la excentricidad que artistas nativos como Björk han puesto de moda en el mundo entero. Otra de las excentricidades características de esta tierra nórdica que llama mucho la atención de los turistas es su extraño idioma. El islandés es la lengua que menos ha cambiado desde que evolucionó del nórdico antiguo, familia a la que pertenecen también el noruego, el sueco y el danés. Aunque la lengua viva que más se le parece hoy es el feroés, hablado en las islas danesas de Feroe. Las palabras islandesas se fueron acoplando al alfabeto latino, aunque conserva todavía algunas rúnicas de las lenguas germánicas, como la Þ, siendo el único idioma del mundo que usa este caracter (que vamos, ni siquiera sé cómo pronunciar). Leer los vocablos islandeses es una situación de terror. Ejemplo de ello fue la relevante explosión que tuvo el volcán Eyjafjallajökull en 2010 y que dejó a buena parte de Europa sin tráfico aéreo, debido a la nube de cenizas que provocó la intensa erupción. En fin, no hace falta imaginarse el sufrimiento de los conductores televisivos de toda Europa al intentar pronunciar Eyjafjallajökull para dar a conocer la noticia a los televidentes. Las calles del barrio Miðborg constituyen el centro histórico y gubernamental de Reikiavik. Orillado por coloridos edificios, representa el núcleo turístico de la ciudad. Sus estrechas vías, muchas de ellas peatonales, me llevaron cuesta abajo hasta el estanque de Tjörnin, un pequeño lago alrededor del cual se desenvuelve el casco principal de la capital. El Stjórnarraðið se encuentra muy cerca al lago, y se trata de la sede del poder Ejecutivo, donde se encuentra el Consejo de Ministros. A diferencia de sus países nórdicos hermanos, Islandia abandonó la monarquía y se decidió por ser una república. Y claro, su palacio de gobierno no es nada de ostentoso comparado con los palacios reales de Escandinavia. El Ayuntamiento es otro de los edificios importantes, donde aproveché para refugiarme un rato del frío y pedir alguna información en la oficina de turismo. Reikiavik era solo mi primera parada en Islandia y necesitaba algo de orientación sobre su geografía. Bajando las colinas hacia el norte de la península donde se enclava el centro, alcancé el puerto marítimo de Reikiavik, principal actividad industrial del país. Desde los embarcaderos pude apreciar el Harpa, el centro de conciertos y conferencias que se ha convertido en el núcleo cultural de la isla, y que le da otro gran toque de modernidad al país. Los barcos y cruceros son algo típico de observar en el fiordo que se abre al norte de la capital, donde los paisajes montañosos se empezaron a asomar cuando las nubes se esfumaron y el sol al fin me sonrió algunas horas. Más al este, caminando por su malecón, la ensenada de Reikiavik me dio mi primer acercamiento a la accidentada geografía que me esperaba en Islandia. Volar hasta aquella remota isla no había sido sin duda para visitar su capital solamente, sino para dejarme sorprender por las maravillas naturales que solo un sitio como aquel podía darme. Si bien Islandia es considerada parte de Europa por su similitud cultural e histórica, la isla se posa justamente en medio de las placas tectónicas Euroasiática y Norteamericana, lo que geológicamente la coloca en ambos continentes. Con una falla que parte al país justo por la mitad, no es de sorprender que la actividad volcánica, sísmica y geotérmica sea lo que caracteriza a Islandia, y lo que la ha puesto en el mapa como uno de los destinos turísticos predilectos de los mochileros. Y justo con dos mochileros es que me había quedado de ver aquella noche para intercambiar nuestros planes y tomar alguna copa. Pero antes de ello volví a casa de Gisli para cenar con él. Preparar la cena para mi anfitrión siempre ha sido un placer. Es la mejor forma para agradecer su hospitalidad. Pero comprar los ingredientes para una simple cena en Islandia fue un pequeño roce a un paro cardiaco. Los precios en la isla están simplemente por las nubes. Y no solamente por la proveniencia de sus productos importados (la mayoría lo son), sino por la inflación que la crisis del 2008 dejó en su canasta básica. 4 euros por una lata de atún, 3 euros por un chocolate y la inexistencia de la venta de alcohol en supermercados (ya que la ley controla su venta libre para prevenir las adicciones) hizo de mi noche algo un poco difícil. Así que un simple platón de pasta tendría que ser suficiente para ambos. Tras aquella experiencia no sabía qué esperar de la vida nocturna de Reikiavik y de sus precios. Al reunirme con Alessandro y Catherine, dos couchsurfers que habían arribado a la ciudad aquel mismo día, visitar un bar local me dio algo de escalofríos. En efecto, el precio promedio de una pinta de cerveza es de nada menos que diez euros. Diez euros por un vaso mediano de cerveza. Finalmente creo que el alcohol sería lo que menos buscaría beber en Islandia. Pero la noche se pasó divertida. Entre risas y música de origen neopagano, los bares de Reikiavik nos dejaron en claro a los turistas que la moda vikinga tiene un enorme peso. Un juego de ruleta le trajo bastante suerte a uno de los jóvenes locales que bastante borracho estaba ya. Y ocho cervezas gratis por una ronda de aquel inocente juego nos dio el privilegio de recibir un tarro de cerveza gratis a Alessandro, Catherine y a mí. Era obvio que aquel chico islandés no podría solo con ocho tarros de cerveza. Mientras volvíamos caminando cuesta arriba a nuestro hospedaje, ambos me contaron los planes que tenían para recorrer la isla y sus paisajes naturales. Habían rentado una van y la recogerían al siguiente día. Conducirían y dormirían en aquel vehículo perfectamente equipado para la vida en las carreteras árticas. Pero por las fechas en que pensaban hacerlo, no me sería posible unirmeles. Aquello significaba que mi travesía por Islandia la haría solo, al fracasar en mi búsqueda por un acompañante para mi aventura. Y con poco dinero para rentar un coche, la decisión estaba tomada. Haría mi trayecto pidiendo aventones en la carretera. Un viaje más con solo mi mochila y el hitchhiking de mi dedo pulgar. Con una tienda de campaña, un saco de dormir nuevo, ropa térmica, un rompevientos y botas para la nieve, la siguiente mañana sería el inicio de una inusitada hazaña, que me mostraría que con Islandia no se juega tan fácil. Pero la satisfacción de un viaje por una isla del ártico nadie me la quitaría jamás.
  10. Rusia es mucho más barata que el resto de Europa, creo que por eso no debes preocuparte tanto. Si vas en verano deberías visitar Sochi, que tiene varios resorts de playa en el Mar Negro, aunque si te toca el frío puedes disfrutar de las montañas del Cáucaso justo al lado de la ciudad.
  11. Nueva York no es el mejor sitio para comprar tecnología. Es mucho más recomendable visitar Miami o los outlets a las afueras de las ciudades, donde te ahorras mucho más dinero. Desde Nueva York seguro que Nueva Jersey te conviene más.
  12. Si estás en la zona de la Selva Negra te recomiendo Tubingen. Es una ciudad estudiantil, es pequeña, pero bastante pintoresca. Incluso tiene un castillo. Y la vegetación y los paisajes son bastante característicos de aquella zona.
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