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AlexMexico

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Everything posted by AlexMexico

  1. Muchos creen que es fácil partir al extranjero para trabajar fuera por un tiempo (o quizá para siempre). Pero las cosas no son como en las películas ni como en Facebook. Allí mostramos nuestra mejor cara, la parte feliz. Nunca la parte mala, ni todo lo que pasamos para estar donde estamos. Así que aquí algunas cosas de la dura realidad para trabajar en el extranjero. Una cosa debe quedarnos en claro: EN TODOS LOS PAÍSES HAY DESEMPLEO. En algunos menos, en otros más. Así que no se puede esperar encontrar trabajo en un día. ¿Cuáles son los pasos para trabajar fuera? Bien, tenemos varias opciones. La segura y la insegura. La insegura es salir de nuestro país sin ninguna oferta ni plan a futuro. Llegar a nuestro destino y empezar a buscar. Pero he aquí el problema. Si llegamos solo con nuestro pasaporte entraremos en calidad de turistas. Legalmente no tendremos el permiso de trabajar. Y conseguir un permiso de trabajo una vez estando en el país será muy complicado. Sino pregúntenselo a todos los latinos que han cruzado la frontera hacia Estados Unidos. ¿Pero podemos trabajar sin permiso? Sí, pero solo obtendremos trabajos informales, y eso con mucha suerte. Un empleo sin contrato. Dígase camarero, servicios de limpieza, trabajador doméstico. Y si tenemos algún problema del tipo laboral no podremos defender nuestros derechos, porque legalmente no estamos aptos para hacerlo, sin mencionar que no podremos exigir un sueldo decente. Además, como turistas se nos dará un límite de tiempo de estancia de unos tres meses, dependiendo del país. Y si nos quedamos más tiempo del que nos dieron, al salir tendremos que pagar una multa nada barata. Se nos podrá deportar y se nos podrá negar la entrada al país en el futuro. Y si decidimos nunca salir, entonces seremos oficialmente inmigrantes ilegales. Y yo creo que a nadie le gustará saber realmente cómo es la vida de un ilegal en otro país. La forma segura es hacerlo con una visa de trabajo. Es el visado que nos permite laborar legalmente en territorio extranjero y lo podemos obtener en el consulado de nuestro país destino. ¿Cómo obtener un visado de trabajo? Debo advertir que puede no ser tan fácil. Entre todos los documentos (que pueden incluir grados de estudios, actas de nacimiento, cartas de antecedentes no penales, muchas veces traducidas al idioma nativo) se nos pedirá siempre un contrato de trabajo. Sí, debemos obtener un contrato en nuestro destino antes de salir de nuestro país. ¿Cómo hacerlo? No hay respuesta. Cada quien debe arreglárselas para conseguir el contrato. Buscando en internet, enviando CVs, cartas de motivación, usando contactos o conocidos en el extranjero. El proceso de búsqueda de trabajo en todos los países suele ser el mismo de siempre. Pero algunas empresas pueden ser más estrictas en sus requisitos. Por ejemplo, muchas veces algunos países no nos dejarán ejercer una profesión que no es la nuestra. En Estados Unidos casi nunca podremos dar clases si no tenemos un título en pedagogía, enseñanza o similar. O en Noruega no podremos hacer marketing si nunca estudiamos marketing. Así que si cumplimos los requisitos, logramos tener una entrevista online y la empresa nos acepta, ¡felicidades! El siguiente paso será que la empresa nos envíe una carta de aceptación o contrato, donde se especifique el tiempo por el que nos contratarán. Con ello podremos tramitar el visado en el consulado. Y cabe aclarar: los consulados siempre tienen el poder de decidir si nos otorgan o no el permiso. Si hay algo que no les parece de nosotros podrán negarnos la visa. Aun cuando la empresa ya nos haya enviado un contrato. Y esto es muy común con el Consulado de Estados Unidos. Finalmente, si hemos sido contratados y conseguido la visa no quiere decir que podremos vivir para siempre en el país. La visa de trabajo tiene una fecha de vigencia que coincide con el término del contrato. Luego de ello estamos obligados a salir. Si el empleador decide renovar nuestro contrato entonces podremos prolongar nuestra estancia en la oficina de migración. Y si nuestro objetivo es conseguir la ciudadanía, sepan que tomará algunos años. Aunque la forma más rápida será siempre casarse con un nacional, si en verdad encuentran el amor o arreglan un matrimonio por dinero (no lo hagan). Existen algunos programas que nos facilitan el trámite o nos pueden conseguir un contrato más rápidamente. Y de ellos hablaré después.
  2. Es buena idea visitar los Andes con una excursión de uno o dos días desde Santiago. Hay estaciones de esquí en Farellones y El Colorado, que son los sitios más famosos. También se puede visitar la fábrica del vino Concha y Toro.
  3. Para la mayoría de los latinos la visa se adquiere por internet y no es un proceso tan estricto. Recuerda que en muchas partes de Canadá sigue nevando incluso hasta abril, así que te recomiendo viajar de junio a septiembre, a menos que quieras pasar frío jajaja.
  4. Sevilla, Córdoba y Granada son las mejores ciudades de Andalucía. Y si quieres algo en la costa te recomiendo Málaga y Cádiz, dos puertos históricos con playas hermosas.
  5. En Algarve vale la pena pasarse por la ciudad de Faro, he escuchado muy buenos comentarios sobre ella. Tiene buen ambiente nocturno para combinar con el destino de Playa.
  6. La deshidratación y una terrible jaqueca fueron el resultado final de una noche de sábado en Lyngby, a las afueras de Copenhague. Una fiesta en una residencia estudiantil de Dinamarca me mostró que la fama de los daneses y el alcohol es más que certera. Con la cabeza dando vueltas e intentando recuperar mis fuerzas con una botella de electrolito, fue como tuve que tomar un tren hacia la capital, donde cogí un autobús que me llevó 150 kilómetros hacia el oeste, hasta la isla de Fionia, unida a Selandia por el puente del Gran Belt, el tercer puente colgante más largo del mundo. Pocos kilómetros de tierra y agua separan a Dinamarca y al continente europeo de la península escandinava. La construcción de estos puentes colgantes significan una increíble reducción de tiempos y costos de transporte. Así que no fue necesario tomar un ferry hasta Fionia, y el bus me llevó directamente hasta Odense, capital de la isla. Odense es la tercera ciudad más grande del país. Mis saberes sobre ella eran vagos, pero su cercanía a Copenhague la hacía un destino atractivo. Además, no quería irme de Dinamarca habiendo visitado solamente su capital. A pesar del miedo que había en mí nacido por los altos costos de los países nórdicos, el transporte resultó más barato de lo esperado. Las distancias en Dinamarca no suelen ser muy grandes. Aunado a ello, las carreteras sin peaje son parte del estado de bienestar danés, uno de los muchos beneficios que el gobierno proporciona a sus habitantes. Cerca de las 7 pm el bus me dejó en una carretera en el sur de la ciudad. Mi anfitrión, Liron, me había mandado la ubicación de su casa. Otra vez, se trataba de una residencia estudiantil, junto al campus principal de la universidad de Odense, donde estudiaba letras y enseñanza de la lengua inglesa. Ya que el sol de primavera me sonreía con esmero (a esa latitud la luz solar se esfuma a las 9 pm en abril), decidí caminar hasta el campus, paseándome entre verdes senderos y tranquilos vecindarios. A mi arribo, parecía que volvía a la residencia que me acogió en Lyngby. Esta vez no estoy preparado para una fiesta universitaria, me dije. La resaca era suficiente como para querer solamente recostarme y descansar. Por fortuna, era domingo, y Liron me recibió con una cena que había preparado para sus compañeros de piso, quienes se disponían a disfrutar tranquilamente del clásico europeo: Barcelona contra Real Madrid. No había señales de cervezas que amenazaran mi sosiego. A la mañana siguiente el cielo despertó con furia, y dejó caer la lluvia sobre toda la isla de Fionia. Ni siquiera Liron quiso acudir a su clase matutina para no empaparse en el corto camino. Pero el sol de mediodía hizo de mi visita a la ciudad algo que valiese la pena. Y ya que Liron partiría a sus clases, no dudó en dejarme una de las bicicletas de la residencia para permitirme conocer Odense sobre ruedas. La avenida principal que conecta el campus universitario con el centro de la ciudad me mostró a sus orillas construcciones de ladrillo cobrizo que forman parte característica de la arquitectura danesa. Las iglesias de corte protestante construidas del mismo material dejaban al desnudo la fuerza que la reforma de Lutero trajo hasta la península varios siglos atrás. Al cruzar el río Odense, que atraviesa la ciudad de norte a sur, me adentré en su casco histórico, recibido por el Adelige Jomfrukloster, un antiguo convento que hoy pertenece a la Universidad del Sur de Dinamarca. Aunque Odense es una de las urbes más antiguas de Dinamarca (con más de mil años de haber sido fundada), sus edificios no conservan mucho de la historia medieval que vio nacer a la ciudad. En cambio, la mayoría de sus casonas permiten a uno viajar de vuelta al siglo XVI, época en que fueron edificadas. Muchas de las casas de la calle Overgade, por donde comencé mi andar, han convertido su vestíbulo en negocios que ofrecen a los turistas platillos, cafés, souvenirs e incluso museos. Overgrade fue la mejor manera de adentrarme a Nedergade, la zona del centro histórico donde, aunque se permite el tránsito de vehículos, conserva mucho más la esencia de la antigua Odense. La totalidad de las calles en Nedergade están adoquinadas, y es a veces difícil diferenciar la acera de la propia rúa. Al final uno quiere pasearse por cualquiera de las vías que en ella encuentra. Pero Nedergade se distingue sobre todo por las bellísimas casitas de madera que lucen sus magníficos y vivos colores, incluso en un día nublado como aquel. Las fachadas bajas con ventanales en madera, tejados triangulares en picada y áticos con chimenea hacían del centro de Odense un verdadero pueblito de cuentos. Y no era de extrañarse que aquella villa de ensueño hubiera inspirado algunos de los cuentos infantiles más célebres en el mundo. En mi caminar por Nedergade me topé con la casa más famosa de todas. El lugar que había visto nacer y crecer a Hans Christian Andersen. Aunque a los 14 años Christian Andersen habría de partir a Copenhague para intentar convertirse en un cantante de ópera, el mundo entero lo recordaría como el mejor escritor de cuentos infantiles de la historia. Si “El patito feo”, “La Sirenita”, “El soldadito de plomo”, “La reina de las nieves” y “El ruiseñor” traen a nuestra mente pasajes de nuestra infancia, se lo debemos todo a este enorme poeta y escritor que Odense tuvo la fortuna de acoger. Se dice que muchos de los cuentos escritos por Andersen fueron inspirados en la mitología nórdica. Aunque es verdad que sus múltiples viajes y amoríos con hombres y mujeres pudieron inspirar varios de sus pasajes. Suecia, Alemania, Turquía, Italia, Grecia y Malta fueron algunos de los sitios que el autor pudo visitar, a pesar de haber nacido en una pobreza casi extrema. Odense presume así hoy un museo entero dedicado a Hans Christian Andersen, que aunque está dirigido sobre todo al público infantil, es capaz de cautivar a cualquiera. Finalmente, seguro que alguno de los cientos de personajes creados por su imaginación y llevados a la televisión, cine y teatro, forman parte de nuestros recuerdos de la niñez. Las callejuelas de Nedergade me transportaron sin duda a alguno de sus cuentos. Quizá a “Las zapatillas rojas” o “El soldadito de plomo”. Pero Odense era por sí misma una ciudad que me hacía crear mi propio cuento en mi cabeza. Al cruzar hacia la parte oeste del casco antiguo el centro se convirtió en una enorme zona peatonal, que fue cambiando poco a poco el paisaje circundante. La zona de Vestergade es el área comercial del centro, donde las tiendas de ropa, restaurantes y comercios crean una atmósfera menos fantástica, pero todavía cálida y amena. El palacio del ayuntamiento y las oficinas del gobierno de Fionia se encuentran en su mayoría en este sector, conservando la arquitectura de ladrillos tan típica de Dinamarca. Y no había mejor ejemplo para ello que la catedral de San Canuto, una de las catedrales góticas más grandes de toda Europa. Aunque Dinamarca, al igual que el resto de los países nórdicos, no posee una enorme población católica, los vestigios de Roma y el papado siguen presentes hasta el día de hoy. Un buen hot dog al estilo danés, con pepinillos y salsa Remoulade, fue una excelente forma de aliviar el apetito, para luego dar un último paseo por Nedergade y sus casas encantadas. Me había quedado de ver con Liron después de sus clases en un supermercado central. Era mi turno de comprar los ingredientes para cocinar la cena para él y algunos de sus compañeros de piso. La sorpresa me la llevé cuando Liron no me dejó comprar nada, más que algunas bolsas de nachos para preparar mis chilaquiles. La mayoría de los ingredientes él los tenía en casa, y los que faltaban estábamos a punto de conseguirlos gratis. Cuando una parte de mí creyó que Liron estaba sugiriendo robar el supermercado, el shock se hizo todavía más fuerte al observar la siguiente escena. Liron se sumergió en el contenedor de basura en la parte trasera de la tienda, y comenzó a sacar productos caducados y a meterlos a su mochila. Se llama dumpster diving —me dijo—. Lo hacemos todo el tiempo mis amigos y yo. El dumpster diving era una práctica que sin duda había visto antes. En indigentes, personas pobres, niños trabajadores o drogadictos. Pero no era algo que me esperar de un grupo de estudiantes universitarios en Dinamarca. Los supermercados siempre tiran todos los productos caducados —Liron insistió en explicarme—. La verdad es que la mayoría de esos productos todavía son comestibles y están en muy buen estado de calidad. Mi mente no entendía qué necesidad tendrían aquellos chicos de comer cosas de la basura. Si algo me había sorprendido de Dinamarca era el esmero de su gobierno en preservar su estado de bienestar social. Los daneses pagan el mayor porcentaje de impuestos del mundo, casi de un 50%. Aquello le da a sus ciudadanos carreteras sin peaje, permisos de maternidad pagados de un año, salud pública, gratuita y de calidad para todos, subsidios de vivienda, desempleo, retiro de la vejez y una de las mejores educaciones del mundo entero. Cada estudiante mayor de 18 años (incluidos Liron y sus amigos) recibe 5,384 coronas danesas al mes (alrededor de 725 euros). Eso, sumado a que la universidad es gratuita, me hacía dudar seriamente sobre por qué necesitaban comer de la basura. Hacer el dumpster diving significaba para Liron y sus amigos no solamente ahorrar varias coronas danesas al mes, sino una manera de ayudar al planeta y disminuir el desperdicio de comida. Parecía que aquellos chicos habían entendido muy bien a su edad la fortuna de la que gozaban al vivir en Dinamarca, y desperdiciar comida los hacía sentir culpables de la pobreza que desafortunadamente muchos otros países atraviesan. Dinamarca es quizá el único país en donde la población ha protestado en contra de bajar los impuestos. Los daneses prefieren seguir pagando altos impuestos con tal de mantener su estado de bienestar. Eso demuestra la plena confianza que los ciudadanos tienen en su gobierno. Sin poner en duda las decisiones que vi aquella noche, preparé por primera vez una cena con productos caducados extraídos directamente de la basura. Y sobreviví a ello. Me atrevo a decir que el sabor y la calidad no fue nada desagradable, incluso la del pollo y el yogur que comí de postre. Superado la prueba, Liron me llevó con uno de sus amigos a disfrutar de mi última noche en Odense, bajo el calor de un bar local y acompañados de cerveza artesanal fabricada en la propia ciudad. Dinamarca me había sorprendido, no solo con su excelente calidad de vida, sino con la excelente calidad de sus anfitriones. Y aunque comer de la basura no fue algo que hubiese esperado, demostró todavía más que los daneses son personas increíbles. Ahora me tocaría descubrir las otras caras de Escandinavia. Los países nórdicos aguardaban por mí con más sorpresas bajo el cielo nórdico.
  7. From the album: Odense

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