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    Canales de Annecy

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    Canales de Annecy

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    Canales de Annecy

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    Canales de Annecy

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    Canales de Annecy

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    Primavera en Annecy

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    Canales de Annecy

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    Canales de Annecy

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    Calles de Annecy

    From the album: Annecy

  11. Al parecer mi perdida y aventurera alma no era la única que se había dejado guiar por la suerte para terminar pasando el verano en los pequeños pueblos de Segovia y Castilla León, en el centro de España. A los pocos días de que arribamos, dos amigos de Álvaro (el hermano de mi amiga Henar) llegaron a la villa de Consuegra de Murera para pasar, al igual que yo, sus vacaciones en compañía de la adorable familia Velasco Oriundos de Toledo, ciudad histórica que tendría la dicha de conocer algunos días después, la pareja se mostró muy flexible e interesada en cualquiera de las recomendaciones que Álvaro nos hiciera. Y en vista de que se había graduado de la licenciatura en historia, ninguno lo poníamos en duda, y confiábamos plenamente en sus consejos como guía turístico Y fue precisamente una de sus cuantiosas sugerencias la que nos llevó a otro road trip por las carreteras segovianas, para sumergirnos en una de las tantas maravillas que la Edad Media dejó como vestigio en la península ibérica: la ciudad de Pedraza. En aquel entonces era muy famosa en las audiencias españolas una serie de televisión transmitida por la cadena “La 1”, que profundizaba en la vida de la reina más famosa de España, conocida como “La Reina Católica”. El programa se llama simplemente: “Isabel”. No había visto aún ningún capítulo completo de la serie que Álvaro tanto afanaba, pero al descubrir que Pedraza fue uno de los escenarios principales que se utilizaron para rodarla, no hesité en empezar a sintonizarla cada vez que tenía acceso a una antena de televisión Sin lugar a dudas, aquel pueblo tendría algo de especial; no por nada había sido elegido por el equipo de grabación de La 1. Y dejarla pasar sería algo que quizá nunca me perdonaría Pedraza se ubica a unos 20 km al sur de Consuegra, desde donde iniciamos nuestra jornada después de recibir a los nuevos invitados. El arribo al pueblo fue algo muy distinto a todo lo que hasta entonces había admirado, pues había un pequeño detalle que me había sido omitido: la ciudad está completamente amurallada Como la viva imagen del Medievo se alzaba aquella villa en lo alto de una colina, sin ningún otro medio de acceso por cualquiera de sus ángulos. Y su irregular perímetro curvo se demarcaba por esa alta pared de roca que denotaba los ancianos años que la aldea había estado posada ahí, en el medio de un paraje increíble defendida siempre de sus enemigos exteriores Al llegar a la única entrada de la ciudad me sentí como en un cuento, o más bien, como en uno de los videojuegos que había jugado en mi infancia donde un pequeño Link viajaba de pueblo en pueblo para lograr rescatar a la princesa. Me había transportado al Medievo La angosta Puerta de la Villa permite hoy el acceso a todos los coches que entran y salen, sea de sus residentes o sean solo visitantes. Pero me gustaba más pensar que llegaba montado en un ostentoso carruaje de madera, halado por caballos Así nos daba la bienvenida Pedraza, y sumergirnos en ella fue trasladarnos casi un milenio atrás, cuando algunas de sus maravillas comenzaban a ser construidas. Una de ellas, una visita imprescindible en el diminuto poblado. Del lado norte, al fondo después de haber entrado por la puerta, está el famoso castillo de Pedraza. Aparcamos el coche y nos dirigimos a pie. Para esos momentos el sol se hacía fuertemente presente sobre nosotros y deslumbraba su reflejo desde las paredes de un beige claro, que no por tanto cegaba nuestros ojos ante aquella vieja fortaleza de origen medieval Desafortunadamente el castillo estaba cerrado y no pudimos accesar para conocerlo por dentro, aunque Álvaro y Henar me decían que después de visitar varios de ellos alrededor de España y Europa estaría aburrido, pues podría encontrar casi lo mismo en todos De todas formas, yo dudaba si en verdad me llegarían a hastiar Aún así, contemplar ese conjunto de vigorosas paredes de piedra que habían desafiado 7 siglos de amenazas y habían protegido a la ciudad por tanto tiempo, me llenaba de regocijo y un embeleso visual Y como en todo castillo, su torre de homenaje se exhibía como la cúspide de toda la aldea, siempre atenta a lo que ocurría a su alrededor y con la enorme tarea de proteger sus señoríos. Seguimos nuestro camino hacia el resto del poblado. Era difícil creer que gente común y corriente siguiera viviendo en aquellas viejas casonas de roca. Pero si soy sincero, me moría por poseer una propiedad en una de esas encantadoras rúas Al parecer, la mayoría de las familias residentes se dedicaban al comercio y a los servicios a turistas, siendo dueños de pequeñas tiendas, restaurantes, cafeterías, bares, y galerías de arte, donde encontramos extrañas figuras de herrería de formas bastante contemporáneas. Los comercios poco abarrotados contaban con la afluencia de paseantes y locales que gozaban del caluroso verano en búsqueda de un buen vino tinto, una cerveza y unas tapas… nada mejor que hacerlo al estilo español Cada casa me parecía más que cautivadora a pesar de verlas todas del mismo color. Con su arquitectura románica y sus colores suaves, cubierta por techos de teja de un café rojizo y balcones de madera adornados con sus mejores plantas, cualquiera podía enamorarme más de lo normal en un encierro tan peculiar como lo era Pedraza Nos dirigimos a la Plaza Mayor, concepto arquitectónico y urbanístico hispano del que aprendería mucho a lo largo de mi estancia, y del que descifraría la traza urbana coloquial de mi país y de los otros países hispanos. Por supuesto, la plaza central se destinaba en la antigüedad a la concurrencia del pueblo para eventos púbicos, gubernamentales o al comercio, con los famosos mercados. El día de hoy, la plaza se rodea de sus antiguos edificios vigilantes, dentro de los cuales se han instaurado una variedad de restaurantes, bares y cafeterías que ofrecen a los turistas y locales la mejor de sus estadías en tan mágico pueblo Recorrimos un poco más la villa para terminar con una visa panorámica de sus alrededores, en los cuales nada, sino árboles y pastizales, parecían habitar el mismo suelo que Pedraza, una ciudad que quedó congelada en el tiempo. Pueden ver el resto de las fotos aquí:
  12. Los abrasadores días del verano pasaban uno tras otro en el calendario, mientras la familia de mi amiga Henar y yo nos alborozábamos en la profunda calma del pueblo de Consuegra, en la comunidad española de Castilla León. Cada día arribaba más y más familia a la pequeña aldea, lo que denotaba la extensa descendencia de los Velasco en toda la provincia de Sepúlveda. A pesar de que se atravesó el cumpleaños de July (la madre de Henar), la ocasión no era nada en especial, sino que todos los veranos la familia se reunía en lo lejos de la gran ciudad, solo para verse los unos a los otros, y demostrar lo sumamente unidos que pueden ser Pero en casa de la abuela parecía que cada noche celebrábamos algo, pues un enorme banquete se plasmaba sobre la mesa Y así, tuve la fortuna de probar cada bocado y platillo proveniente de la localidad, incluyendo una variedad de vinos que poco a poco me hicieron enamorarme de la cultura de la vid Entre tantos platos, Sepúlveda es bien conocida en España por ser la capital mundial del cordero asado. De tal suerte que el padre de Henar quiso mostrarme la manera de tradicional de cocinarlo, para lo cual me llevó consigo al restaurante donde lo habían mandado a hacer. Condujimos pocos kilómetros fuera del pueblo hasta llegar a una pequeña fonda en el medio de la nada. Allí dentro, frente a dos grandes fogones de piedra, aparecieron los cocineros con el tan afanado plato. No era lo que yo imaginé. En España la palabra asar significa cocinar al horno (lo que en México se diría hornear). Y para referirse a un platillo asado en una sartén dicen frito (sea o no con abundante aceite) El cordero asado era nada más y nada menos que el ovino horneado a la leña en un enorme fogón de roca. Sobre dos platos de barro (mismos en los que se horneó al animal) se apiñaban todas las piezas que alguna vez formaron parte de la cría… entre ellas la cabeza. Al mirar aquella cabeza entera hacía parecer que el cadáver del cordero me hablaba (tal como en el capítulo de Los Simpson donde Lisa se vuelve vegetariana). La forma tan original en que su rostro había quedado horneado, con la boca abierta, dos hoyuelos donde se alojaban sus ojos y ambas orejas hacia abajo, me hicieron sentirme mal por estar a punto de comerlo Pero el padre de Henar simplemente me dijo: ¡la cabeza es lo más rico de todo! Tras conducir con sumo cuidado para no derramar el caldo del cordero, el festín de comida comenzó a nuestro arribo. En la mesa, algunos se peleaban por los muslos o la cola de la oveja, pero casi nadie, sino el padre de Henar, era quien comía la carne de su cabeza Fue sin duda una experiencia diferente, pues había tenido un pavo, un pollo, o piezas de cerdo en el centro del comedor… pero nunca a un cordero Y allí se notaba de más la fuerte influencia que la conquista musulmana ha tenido sobre toda la extensión de la península. Tras el festín de aquel ovino, Álvaro, el hermano de Henar, nos propuso visitar el pueblo de Peñafiel antes del anochecer (en vista de que los días de verano en España culminan hasta las 10 pm). Pero surcar las curvas carreteras de la provincia justo después de comer no fue la mejor idea que pudimos haber tenido Henar y yo empezamos a sentirnos mareados, a pesar de la lenta velocidad a la que manejaba Álvaro. El vino y la grasa de la carne parecían subir por nuestra garganta, a punto de salir en la asquerosa forma de vómito Nos detuvimos un momento para beber un poco de agua de un grifo, que para mi enorme beneficio, en España y casi toda Europa era potable (lo cual en México habría que pensar dos veces antes de hacerlo). Pero el malestar no parecía alejarse mucho Así, hicimos escala en el pueblo más cercano, donde un buen té de manzanilla con miel temperó nuestras náuseas. Ahora me daba cuenta de lo que un cambio drástico de alimentación podía lograr en mí A 60 km al noroeste de Consuegra, ya en la provincia de Valladolid, llegamos al antiguo pueblo de Peñafiel. Antes de detenerse en cualquier sitio, Álvaro nos condujo directamente hasta la cima de una colina, donde se encuentra el mayor atractivo del condado: el Castillo de Peñafiel. Hasta entonces, el único castillo real al que había tenido la dicha de entrar era el Castillo de Chapultepec en México, donde residieron el Emperador Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota durante el intento de restablecimiento de la monarquía en el país. Pero este castillo era diferente… Era tal y como me había imaginado los castillos cuando de niño jugaba con mis muñecos Una alta fortaleza con las célebres torres cilíndricas, y numerosas almenas en sus cúpulas, donde los valientes defensores del castillo solían posarse para atacar al exterior. Sus paredes de piedra de un beige rojizo manchadas por el paso de los años lucían su milenaria vida (literal, milenaria). Y estacionado a sus pies, no hice más que maravillarme ante el primer castillo de cuentos que al fin podía conocer Desde la colina se tenía una vista panorámica de toda Peñafiel, emplazada en una vasta llanura de pastizales interrumpida solo por collados de baja estatura que se adornaban por el follaje verde. Excitado por entrar, Álvaro comenzó a explicarme un poco del contexto que rodea a todos los castillos en la península ibérica. España es uno de los países con más castillos, en su mayoría construidos durante la Baja Edad Media, periodo en el que los reinos católicos de la península se consolidaron para luchar por recuperar sus territorios, que desde el siglo VIII cayeron en manos de los moros, o musulmanes. En esa etapa de la historia española llamada la Reconquista fue muy común la edificación de castillos, fuertes, torreones y atalayas cada vez que los católicos avanzaban hacia el sur, iniciados por los asturianos, hasta que por fin tomaron el último rincón del califato de Córdoba: el reino de Nazarí en Granada. El castillo de Peñafiel era precisamente una de aquellas antiguas fortalezas alzadas para protegerse de los moros, y se cree que su origen data del siglo X. En una de las alas del castillo se ha instaurado un museo del vino. Pero al momento de entrar, una de las guías nos dijo que en pocos minutos iniciaría un recorrido gratuito por el resto del recinto, por lo que decidimos aguardar para seguir al grupo. Como en la mayoría de los castillos, según me explicó Álvaro, se entra por el patio central, alrededor del cual se accede a todas las partes del complejo. Primero subimos al ala izquierda, desde donde tuvimos una buena toma de la torre principal, que se destinaba la mayoría de las veces como residencia del señor o noble. El ala poseía una forma alargada que simulaba la proa de un buque. A sus costados pudimos ver las mazmorras tenebrosas jaulas sin salida donde se dejaba caer a los acusados quienes muchas veces no morían por la caída, quedando solo gravemente heridos y se les dejaba ahí hasta morir de inanición. A pesar del intenso calor, en lo alto de la torre el viento se hacía sentir bastante fresco, y al chocar con nuestra piel nos enfriaba de golpe Huyendo de la expuesta frialdad, nuestro siguiente paso fue conocer la Torre del Homenaje, o torre central del castillo. Antigua residencia del señor feudal, hoy alberga piezas de museo para su exhibición al público. En sus paredes cuelgan los escudos de armas representativos de su historia: el de Peñafiel, el de Valladolid, el del reino de Castilla, Castilla León y, finalmente, el escudo de España. Escudo español La ciencia, o el arte, de la heráldica (descripción de escudos de armas) es algo que Álvaro intentó hacerme entender, explicándome el significado de cada elemento del blasón… pero ser un historiador lleva su tiempo bastante considerable Escudo de Valladolid También tuve una clase sobre los títulos nobiliarios de las monarquías. Pasé todo el día pensando en cuál hubiera sido mi título de haber vivido en la Europa feudal ¿Un conde, un duque, un vizconde, un marqués? Resguardados por las armaduras de los antiguos caballeros, tuvimos vistas más cenitales de ambas alas del castillo, tras las cuales se extendía la totalidad de la diminuta localidad vallisoletana. Al descender por el ala oriente me topé con el antiguo sistema de agua y saneamiento medieval: una pequeña letrina. Qué incómodo debió haber sido hacer sus necesidades con tan poca privacidad La visita terminó justo a tiempo para que pudiéramos visitar el resto de la ciudad antes de que el sol se pusiese en el árido horizonte. Álvaro nos llevó a la Plaza del Coso, la plaza mayor de Peñafiel. Es una plaza redonda de arena rodada por una valla circular y por casas de madera con balcones y decoraciones que me llevaron inmediatamente a la escenografía de una película western Destinada desde siempre para fines lúdicos, hoy sirve como plaza de toros y otros espectáculos. Por fortuna, ese día estaba vacía, y me dejó tranquilamente disfrutar de la vista que desde ahí tenía del castillo en la colina del fondo El resto del pueblo lo recorrimos a pie, caminando entre las estrechas calles adoquinadas y sus pintorescas y auténticas viviendas, muchas de ellas bastante peculiares, como si al ser más angostas tuvieran que pagar menos impuestos (como solía pasar en países como Holanda) Y al refrescar del atardecer entre multitudes de españoles que tapeaban en las cafeterías, retornamos al auto y manejamos de vuelta al pueblo. Al otro día llegarían a Consuegra otros invitados con las que haríamos más visitas por los maravillosos alrededores de Sepúlveda Pueden ver el resto de las fotos en el siguiente álbum:
  13. Cuando llegué a Francia en septiembre del 2016 tenía ya en mi cabeza el calendario escolar que regiría mis días de vacaciones durante los siguientes ocho meses en el país. Aunque no suelo ser un arduo planificador de mis viajes, y me gusta dejar la mayoría a la improvisación, algo era seguro: no quería volver a viajar con un frío de -10°C en Europa (como lo había hecho dos años atrás). Sin embargo, había dejado todavía varios destinos pendientes en mi lista. Y lo único que me tocaba hacer era elegir la mejor temporada para visitarlos. Así, el principal objetivo de mi viaje por Europa Central fue visitar los Alpes en Innsbruck y el castillo de Neuschwanstein en Baviera, cuya mejor fecha fue sin duda el otoño de octubre, cuando el clima está todavía bastante templado. El resto de los destinos fueron elegidos porque quedaban al paso. Aunque todos me habían dejado un excelente sabor de boca. Después de visitar Núremberg, al norte de Baviera, debía volver poco a poco a Francia, para estar de vuelta en Lyon el 2 de noviembre. Y al atravesar el vecino estado alemán de Baden-Wurtemberg, la parada obligada era Stuttgart, su ciudad capital. Sin embargo, antes de reservar mis boletos, un nombre vino a mi mente. Ülrich, un chico alemán que un año atrás había hospedado en México a través de Couchsurfing, me había dicho alguna vez que estudiaba en una ciudad al sur de Alemania, muy cerca de la frontera con Francia. No temí pedir todos sus consejos. Y como estudiante de antropología, era de esperarse que me recomendara no parar en Stuttgart, una metrópoli moderna de hormigón y cristal. Y poca fue la sorpresa entonces cuando me invitó a visitarlo en su casa, en la pequeña e histórica ciudad de Tubinga (a la cual me gustaría referirme por su nombre en alemán, Tübingen). Fue así como Ülrich hizo un espacio en su fin de semana para mí. Y un viernes por la mañana me dirigí a la terminal de autobuses de Núremberg para tomar mi camino al suroeste alemán. El mayor pasmo de todo mi viaje había sido, sin duda, haberme quedado sin línea telefónica, que la compañía francesa había cancelado por un malentendido. El wi-fi y mi Samsung Galaxy se convirtieron entonces en mis mejores amigos. Por otro lado, el sistema de transporte alemán se había vuelto mi peor enemigo. Me había ya obligado a llegar tarde en dos ocasiones y perder un bus. En tan solo 4 días. Transcurría entonces el quinto día y la historia se repetía. Mi autobús a Tübingen llegó con una hora de retraso a la estación. Sin más corajes que hacer, avisé en cuanto pude a Ülrich sobre mi demora. La débil red de internet a bordo era mi único medio de comunicación, y mi mejor arma hasta entonces eran las citas a la antigua: “nos vemos bajo el reloj de la estación a las 10:30”. Una hora y media después de lo esperado descendí en un frío estacionamiento, donde Ülrich me esperaba sosteniendo su bicicleta. Una de las mejores cosas de Couchsurfing son los reencuentros. Un año atrás él y yo habíamos disfrutado de las playas soleadas de Veracruz, del tequila y los tacos en la fiesta de cumpleaños de mi prima junto a su buen amigo Luis. Ahora caminábamos a su apartamento en una templada tarde de otoño, a más de 9,000 km de distancia. La Universidad Autónoma de Guadalajara lo había acogido durante un semestre de intercambio. Ahora estaba ya por terminar su tesis para titularse en Antropología. Nada podía sorprenderme ya de los científicos sociales, después de haber pisado tantas facultades de Humanidades en mi vida. Ülrich era uno más de aquellos que en su dificultad por encontrar un trabajo que les dé dinero haciendo lo que les gusta, entregaba paquetes a domicilio a bordo de su bicicleta. Al menos en Alemania eso es suficiente para pagar una renta. Un peculiar apartamento en el ático de una vieja casa junto al bosque. Ülrich me invitó a pasar, no sin antes dejar mis zapatos en la entrada. Pocos europeos disfrutan de caminar con calzado dentro de sus casas, me atrevería a decir. Un largo pasillo con al menos seis cuartos a ambos lados componían la totalidad de un típico piso estudiantil. Algo por lo que ya había pasado repetidas veces. Pero nunca es malo volver por un día a la vida universitaria. De la caótica alacena sacó un par de patatas, tomates, una cebolla y dos salchichas Frankfurt del refrigerador. Podrá ser antropólogo, pero al fin alemán, pensé. Tras aquel tradicional almuerzo, salimos de casa para aprovechar la tarde. Y mientras nos poníamos al día con lo sucedido en nuestras vidas, las calles de Tübingen comenzaron a aparecer frente a mí. La ciudad se sitúa justo al lado de la famosa selva negra, un macizo montañoso al suroeste de Alemania famosos por sus abundantes áreas boscosas y, claro, por sus pasteles y postres. Rápidamente otro típico y mágico pueblecillo germano es lo que penetró mis ojos al descender las rúas de la ciudad. No sé si hay manera de que las casas al estilo alemán, forradas con triángulos de madera y con un tejado en V, pudiesen llegar a cansarme. Después de ya 4 lugares recorridos en Baviera, empezaba a creer que no. La plaza central de Tübingen fácilmente me podía remembrar al recién visitado Ruthenburg, a Füssen, al centro de Núremberg o la Plaza Römer en Frankfurt, en la que había recorrido el mercado de Navidad. Pero Tübingen guarda en sí una característica que las diferencia de todas ellas. La ciudad aloja una de las universidades más antiguas del país. Se le considera de hecho una de las cinco ciudades clásicas universitarias de Alemania, junto con Marburgo, Gotinga, Friburgo y Heidelberg. Ülrich formaba parte de los 24 mil estudiantes matriculados, de los cuales 15 mil viven en la ciudad. Una tercera parte de la población de Tübingen son universitarios. Así que encontrarme con jóvenes en las calles no era nada extraño. Y aunque el centro histórico y la urbe tienen su encanto personal, es sin duda el ambiente juvenil lo que le da el toque especial. Ahora sabía por qué Ülrich lo prefería ante lugares como Stuttgart. El principal punto a donde lleva el casco antiguo es a la iglesia de Tübingen. El edificio de estilo gótico domina lo alto de la colina central, siendo su torre el punto más alto, desde donde se ofrecen vistas increíbles. Pero viajar con un antropólogo a veces significa no querer pagar por atracciones turísticas tan banales. Así que pasamos de ella y seguimos de largo nuestro camino. Tras comprar un croissant y un pan berliner, llegamos a la calle Mülhstrasse, que nos condujo hasta el pequeño puente Eberhardsbrücke, que se posa sobre el río Neckar, el afluente de la ciudad. Unas pequeñas escaleras nos bajaron hacia el parque Neckarinsel, un mezquino y largo islote que funge como la mejor área verde del centro histórico. Desde allí tuvimos hermosas vistas de la riviera, sobre la cual se yerguen antiguas casonas tradicionales al pie del castillo de Tübingen. El palacio es pequeño a comparación de muchos de sus hermanos en Alemania. Hoy resguarda varios museos históricos y muchas de las oficinas y aulas de la universidad. Vaya vivencia poder estudiar en un castillo medieval como ese, pensé. En la misma orilla del Neckar se sitúa otro de los edificios más famosos de la ciudad. La Torre de Hölderlin. Es una antigua casa real que sirvió como residencia y lecho de muerte del poeta alemán Friedrich Hölderlin. Hasta entonces permanecía cerrada por remodelación, Antes de volver a casa Ülrich me llevó a conocer a algunos de sus amigos en un bar local. Una cerveza y un pretzel no podían faltar para el ocaso. Y, cómo no, una partida de futbolito. Aunque para alguien como yo, ganarle a un alemán fanático del fútbol era una hazaña un tanto imposible de lograr. Al caer la noche volvimos a casa bastante cansados, atravesando la ciudad que poco a poco cobraba una bohemia y simpática vida. Al siguiente día por la mañana, después del desayuno, Ülrich me llevó a un mercado de pulgas. Los mercados de pulgas son famosos en Europa. Se instalan normalmente en zonas extensas al aire libre, como áreas verdes, y venden todo tipo de artículos de segunda mano. Antigüedades, ropa, electrónicos, vajillas, utensilios del hogar, decoración, muebles, libros, y no puede faltar la comida. Aunque el desayuno había pasado hace poco, comer una salchicha bratwrust nunca está de más en Alemania. En nuestro camino a la ciudad nos topamos con otra antigua casona que se posaba junto al río. Un castillo que se asomaba entre las copas del bosque. Ülrich me explicó que se trataba nada menos que de la casa de una fraternidad. Las studentenverbindung son asociaciones estudiantiles en Alemania que funcionan de forma similar a las de Estados Unidos. Algunos de ellos son asociados a la masonería, y poseen reglas estrictas de ingreso y códigos de discreción sobre lo que pasa dentro. Poco podía Ülrich contarme sobre lo que ocurría dentro de aquel castillo. Pero me dejó en claro que el poder de las fraternidades va mucho más allá de los consejos griegos que comúnmente veo en las películas americanas. Incluso con las mismas novatadas. Volvimos a pie al costado del río Neckar, disfrutando del otoño que había colmado ya el follaje con sus vivaces y cálidos colores. Un grupo de jóvenes se asomaron entre la hojarasca navegando en el Neckar a bordo de sus kayaks, práctica que según Ülrich es bastante típica en la ciudad cuando las temporadas lo permiten. El parque Neckarinsel sirve también como embarcadero para aquellos que prefieren de un recorrido acuático que uno terrestre. Y la torre Hölderlin y el castillo vigilan siempre atentos a sus pies. La tarde en Tübingen no podía terminar sin probar un platillo típico de Baden-Wurtemberg, famoso en toda Alemania. Ülrich me llevó entonces a una taberna local para comer un plato de Käsespätzle. Son básicamente copos de pasta que se preparan con harina y huevo y se sirven con cebolla y mucho queso. Terminar aquel plato fue toda una odisea. Pero un tradicional apfelsaft (jugo de manzana mineral) me ayudó a pasar la comida. La tranquila vida en Tübingen me dio ese par de días que necesitaba, después de tanto estrés y movimiento por las ciudades del centro de Europa y los Alpes. Volver a la vida estudiantil nunca es algo que me moleste realmente. Y aunque sabía que Ülrich ansiaba poder finalizar su tesis de Antropología para dejar Tübingen atrás, yo me iría deseando volver para perderme en su selva negra.
  14. Pasada la medianoche era oficial que mi cuerpo cumplía 22 años de vida en el mundo, y no podía estar más contento de encontrarme al otro lado del mundo para celebrarlo: en la cosmopolita ciudad de Frankfurt, tomando shots de zambuca que un par de simpáticos alemanes nos invitaron en un bar. Habíamos pasado dos días en la gran metrópoli y de hecho era mucho más de lo que Jacob y yo habíamos esperado. Mucho más que un montón de concreto y cristal con un hermoso skyline. Sobre todo en la hermosa y fría época en que habíamos acudido, ya que todos los diciembres Alemania se decora con sus encantadores mercados navideños. Mi roomie Jacob y yo habíamos vuelto por la madrugada al apartamento de Alex, quien fuera nuestro host en Frankfurt. Por la mañana él trabajaría, y nosotros dedicaríamos el día a explorar un poco más para celebrar mi cumpleaños de una manera diferente. Bien que Frankfurt es una ciudad grande con una gran oferta de actividades, habíamos ya visto sus principales atractivos y sus barrios más simpáticos. Así que Jacob propuso un pequeño viaje a las afueras, oferta a la que no pude negarme. Habíamos comprado los vuelos desde Galicia hace un mes de una manera muy aleatoria e improvisada. Y era así mismo como imaginamos que sería nuestro viaje al oeste de Alemania. Y siguiendo nuestros instintos en un país cuya lengua no hablábamos, nos dirigimos a la estación de tren más cercana y cogimos un boleto al primer punto del mapa que nos llamó la atención: un pequeño pueblo llamado Gelnhausen. ¿Qué sabíamos de él? Honestamente nada. ¿Qué esperábamos ver en él? Honestamente nada. Pero Jacob y yo, dos chicos de la costa del Golfo de México donde el invierno tiene una media de 20 grados por las noches, deseábamos desde hace muchos años conocer la nieve. Pasaríamos el invierno en España; pero la caída de nieve en Galicia es muy esporádica. Creíamos que Alemania era el lugar perfecto para conocer la nieve en sus mercados navideños. Pero hasta el momento ni Frankfurt ni Heidelberg nos habían regalado el honor. Así que cogimos un tren al este, alejado lo más posible de la contaminación y la civilización, esperando toparnos con un clima más extremo que nos dejase sentir los copos invernales en las zonas más altas. No hace falta mencionar que los trenes alemanes funcionan de maravilla. Son enteramente cómodos y extremadamente puntuales. Y mientras veíamos pasar villa tras villa por la ventana, ningún revisor caminaba por el pasillo del vagón. Comencé a pensar que no era incluso necesario tener un boleto para haber abordado. Y antes de llegar a Gelnhausen Jacob me propuso bajarnos una estación después; así conoceríamos un pueblo más por el mismo precio. Pero como si hubiéramos llamado a la cabina, la revisora llegó a nuestro asiento, tomó nuestro boleto y empezó a hablar en alemán. Le dijimos que sólo hablábamos inglés y español. La verdad es que sabíamos lo que quería decirnos, pero nos excusamos bajo la barrera del idioma. Un chico se acercó para traducirnos lo que quería decir. No fue sorpresa que nos aclarara que debimos haber descendido una estación antes. Y no nos quedó más que hacernos los occisos y pedir perdón, proponiendo bajar en la siguiente estación (justo lo que queríamos lograr). De esa forma, bajamos en lo que parecía un típico pueblo rural alemán, cuyo nombre nunca supimos. No tenía un centro histórico. No tenía un main square, un city hall, una catedral o algo parecido. Solo casas, casas y más hermosas casas. No había letreros para visitantes. No había letreros para locales. No había muchos lugares más a donde se pudiera ir al descender del vagón de tren. Era el pueblo o el bosque. Los pocos locales en las calles nos miraban de forma extraña. ¿Cada cuánto tiempo llegaban dos turistas a aquel remoto lugar, con una cámara réflex fotografiando cada casa particular? Pero le dimos poca importancia. Y recorrimos la pequeña villa como si se tratase de un parque de atracciones. Y en vista de que el cielo parecía no ceder a la nieve, volvimos a la estación de tren para volver a nuestro primer destino, Gelnhausen. Justo al bajar del vagón algunos copos de nieve comenzaron a golpear nuestros abrigos. Hacía mucho frío, uno o dos grados bajo cero. Nuestros cuerpos estaban congelándose. Pero había que quitarse los guantes para sentir la verdadera nieve. Jacob comenzó a grabar con su móvil, relatando la experiencia de nuestra primera nevada. Pero vaya pena, los copos ni siquiera se veían en video. Y poco tiempo después la nieve dejó de caer. El momento no fue nada mágico; nada memorable. Ni siquiera sabía si eso había sido nieve o agua cayendo de forma muy suave. Pero no importaba ya. Estaba en un pueblo alemán y había que disfrutarlo. Una calle nos llevó hasta un arco de piedra que parecía una antigua torre de vigilancia, la cual daba la bienvenida a Gelnhausen. Como la villa anterior, esta no parecía ser nada turística, en lo absoluto. Aunque en una pequeña tienda de la avenida principal encontramos un par de postales de las que Jacob cogió una. Al menos sabíamos que estábamos en un lugar que aparecía en el mapa. Las calles ya habían sido adornadas con motivo de la navidad. Y aunque no encontraríamos un enorme (o pequeño) mercado navideño, los modestos adornos eran suficientes. El pueblo estaba lleno de pendientes que subían hacia el norte, lo que hacía más agotadora la caminata. Ahora me estaba acostumbrando a lo que significaba viajar en invierno: con mucha ropa encima (lo que es igual a muchos kilos encima) y un par de botas, el cansancio viene más rápido al cuerpo. Al menos para mí. Todas las casas lucían un típico estilo alemán, las llamadas Vieelbau. Es decir, casas alargadas con fachadas de colores claros, adornadas con líneas gruesas de madera, ventanas cuadradas y techos inclinados en V invertida que alojan áticos en su interior. La multitud de tejados subían hasta dejar ver la bella catedral, de puntiagudos campanarios y paredes de un naranja vivaz. En el centro de la ciudad llegamos a una explanada rodeada de casas antiguas, justo al mismo estilo de la Plaza Römer en Frankfurt. Solo que esta, por suerte, no había sido destruida ni reconstruida, pues sobrevivió a ambas guerras y a la invasión de los Aliados el siglo pasado. Seguimos subiendo por los estrechos callejones y escaleras para alcanzar la catedral, aunque muy próximos a ella no dejaba mucho a la vista. No había casi nadie andando por las calles. Parecíamos ser los únicos locos que osábamos de dar un paseo en un día tan frío. La diferencia entre ellos y nosotros es que nosotros no estábamos acostumbrados a rodearnos de tan hermosas viviendas renacentistas. Y no teníamos intención de perder la oportunidad. Más allá de las construcciones góticas y barrocas del pequeño pueblo, llegamos hasta una colina con un pequeño andador peatonal donde (sin ser ya más una sorpresa) nos topamos con otro monumento a los judíos caídos durante la II Guerra. Parecía que los nazis no habían olvidado ni el más pequeño rincón de Alemania y el Tercer Reich. Pero no todo era feo en la colina. Desde lo alto subimos a una antigua fortaleza en ruinas, desde donde tuvimos una vista panorámica de todo el pueblo. La imponente catedral dominaba el horizonte, que a pesar de una leve neblina dejaba entrever los pequeños cerros al fondo. Y si bien la postal merecía nuestro tiempo, el frío viento que golpeaba nuestras caras allí arriba nos despidió rápidamente para seguir nuestro camino. Subimos aun más alto para alcanzar el bosque, esperando encontrar un poco de nieve cayendo del cielo. Pero el invierno todavía no llegaba a su apogeo, y lo único con lo que nos topamos fue un charco de hielo regado sobre un montón de leña. Decidimos bajar antes de que anocheciera, sabiendo lo rápido que el sol se ocultaba en el centro de Europa durante el horario invernal. Para cuando la noche llegó nos encontramos con hermosas imágenes por todo el pueblo, que iluminado al estilo más navideño parecía otra cautivadora villa sacada de un cuento. Y mientras todos esperaban la pronta llegada de Santa Claus, Jacob y yo decidimos aprovechar la happy hour de un bar local para beber una cerveza y calentarnos un poco en su cálido interior. Y al iluminarse toda la plaza principal como si fuera un árbol de Navidad, Jacob quiso darme mi mejor regalo de cumpleaños: un exquisito bratwurst, que como llevo diciendo en los últimos tres relatos, es y será mi platillo alemán favorito. Volvimos a la estación de tren para no arribar a Frankfurt demasiado tarde, y nos despedimos del pequeño y desconocido pueblo que me había dado un peculiar pero inolvidable cumpleaños. Por la madrugada nos levantaríamos a las 2 am y daríamos las gracias a Alex, para después tomar el bus que nos llevaría hasta el lejano aeropuerto de Frankfurt Hann, desde donde volveríamos a Galicia a las 6:00 horas. Ahora descubría por qué los precios de Ryanair eran tan ridículamente baratos. ¿Quién querría viajar a la mitad de la nada un domingo a las 6 am? Por 16 euros, no creo que fuéramos los únicos.
  15. AlexMexico

    Un tren a Cinque Terre

    Mientras el resto de los viajeros con quienes me hospedé en Florencia tomaban un autobús hacia Roma para cumplir con la típica ruta turística de Italia, aquella mañana yo me dirigí hacia la costa mediterránea. Y aunque descendí del tren en Pisa, mi intención no era pasar el día allí. Aún con su famosa torre ladeada, yo me incliné por otra opción. Una que llevaba años esperando poder conocer. Mis vacaciones decembrinas casi llegaban a su fin. Italia había sido un cálido y barato destino para pasar la Navidad. Aunque para año nuevo pretendía estar de vuelta en Lyon. Retomar las clases el 2 de enero es siempre una tarea fuerte, y más valía estar bien descansado. Y viviendo no tan lejos de la frontera norte con Italia, la costa del mar de Liguria es escenario de otros de los múltiples Patrimonios de la Humanidad que el país resguarda, y que no quería perderme por nada del mundo. Así que tras pocos minutos de escala en Pisa cogí el próximo tren a La Spezia, una provincia perteneciente a la región de Liguria. La Spezia no tiene mucho para ver. Pero una enorme multitud de turistas llegaron esa mañana a su estación de trenes y esperaban junto a las vías por el próximo vagón. Caminé hacia el punto de información turística y pedí los precios para visitar Cinque Terre, los cinco pueblos más mágicos de la costa italiana. Debido a la fama que estas cinco pequeñas villas han tomado durante los últimos años, existen hoy diferentes paquetes para los turistas. Algunos incluyen un pase de tren válido por tres días, otros por una semana; pero el más solicitado es el pase de un día, mismo que compré por solo 13 euros. Con aquel ticket era posible durante todo el día tomar cualquier tren entre las ciudades de La Spezia y Levanto y bajar en cualquiera de las cinco estaciones, pertenecientes por supuesto a los cinco pueblos. Eran menos de las 9 de la mañana y los andenes estaban ya repletos, en su mayoría, por chinos, algo que no me sorprendía en lo absoluto. Así que mi primer trayecto desde la Spezia no fue algo confortable. 15 minutos en los que muchos de los pasajeros, incluyéndome, nos balanceábamos parados sin tener un soporte de dónde sostenernos, y respirando hacinados el mismo aire en el que muchos tosían. Aunque algunos tomaron la decisión de seguir de largo hasta la última estación para evitar la conglomeración de turistas, decidí bajar en Riomaggiore, la primera estación después de la Spezia y el más oriental de todos los pueblos. Los pueblos de Cinque Terre son originalmente pueblos de pescadores y campesinos, aunque hoy muchos de sus habitantes viven por supuesto del turismo. Aún así, mis primeros pasos en Riomaggiore me hicieron ver que la vida en aquel diminuto rincón del Mediterráneo acontece como en cualquier otro sitio, con comerciantes de frutos, ropa, bebidas y todos los oficios que a uno se le venga a la mente. Sin embargo, bastó avanzar un par de metros para descubrir que se trata de una villa italiana que nació hace poco menos de ocho siglos. Las fachadas de sus edificios denotan el cliché más vivaz de las ciudades mediterráneas de Italia, con coloridas pinturas y ventanas de madera que dejan filtrar la eterna luz solar. Era sin duda un paisaje que me recordaba a Marsella, sobre todo al barrio Le Panier en su zona centro. Pero al llegar a la costa todo cambió, y Cinque Terre dejó en claro la razón por la que se encuentra en la lista de patrimonios italianos. La particular geografía de la costa de Liguria no impidió a sus antiguos habitantes construir pueblos pesqueros a sus orillas, respetando siempre la ecología y el paisaje que los rodea. Aunque eso no es lo único sorprendente. Al voltear la mirada más allá de sus edificios, Riomaggiore dejó entrever las avanzadas técnicas de agricultura que sus pobladores desarrollaron para aprovechar los terrenos verticales en los que se encuentra emplazada. Así que no solamente se trataba de un mágico y colorido pueblo italiano, sino de una avanzada técnica de producción en un lugar sumamente pequeño. Caminar bajo o sobre los tejados de Riomaggiore fue simplemente una experiencia maravillosa. De aquellas que me hicieron abrir los ojos y darme cuenta de que estaba parado allí. Pero alejarse un poco del pueblo es una buena decisión. Aunque caminar por su embarcadero, sus cafeterías, sus tiendas y rúas son elementos exquisitos, la mejor vista de Riomaggiore se tiene desde los acantilados que la rodean, que dejan ver el conjunto de todo aquello en una misma y emblemática postal. Observar la costa mediterránea es siempre un deleite. Pero hacerlo desde Cinque Terre fue sin duda un momento memorable. Aunque el encanto de Riomaggiore es hipnotizante, la dimensión de los pueblos no permite a la compañía de trenes hacer decenas de trayectos por día. Junto con el boleto, la oficina de turismo me dio una tarjeta con los horarios de llegada y partida de los trenes hacia cada una de las estaciones, que normalmente salen en el transcurso de una a una hora y media. Así que para poder visitar los cinco pueblos de Cinque Terre en un solo día es importante no dejar pasar el próximo tren. Entonces caminé de vuelta a la estación y aguardé por el próximo vagón. Esta vez el tren iba casi vacío. Algunos turistas habían reservado una noche en Riomaggiore. Otros se maravillaron con su belleza. Otros quizá perdieron el tren. El siguiente pueblo a visitar fue Manarola, quizá el menos famoso de Cinque Terre. No muchos turistas gustan de quedarse allí. Su embarcadero es mucho más pequeño. Las posadas y restaurantes tienen vistas menos atractivas. Y desde su orilla nada más que el azul del mar y los acantilados son alcanzados por la vista. Sus calles, sin embargo, mantienen todavía el vivo colorido que caracteriza a Cinque Terre. Como adivinando el itinerario perfecto, el próximo tren no tardó más de 40 minutos en salir de la estación de Manarola. Mis opciones eran tomar ese o esperar una hora más para continuar al siguiente. Y esperando una mejor vista para la hora del almuerzo, continué hasta Corniglia, el tercero de los pueblos. Cinque Terre fue declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1997. No sólo por sus pueblos, sino por la hermosa geografía en la que fueron construidos. A partir de entonces, se creó el Parque Nacional de Cinque Terre, por el que hoy existen senderos para llegar caminando de un pueblo a otro. Si bien los senderos deben ofrecer hermosos, pero agotadores paisajes a sus visitantes, un viaje en tren por Cinque Terre es una experiencia alucinante. La estación de Corniglia nos dejó justo frente a la costa de Liguria, a diferencia del resto de las estaciones, que se ubican más bien en túneles que penetran los acantilados de arenisca. Desde las vías se asomaban en lo alto las pintorescas casas que se acomodan en los precipicios, casi como obras perfectas de la naturaleza. Corniglia fue así, el más difícil y cansado de los pueblos. Para llegar a él debí subir varios escalones desde su estación, cargando siempre conmigo mi inseparable mochila, en la que transportaba temporalmente mi vida. Pero todo valió la pena al llegar a la cima, a las rúas de piedra custodiadas por floreados balcones y verdes ventanales de madera. ¿Cuánto costaría vivir en una de esas casas?, me pregunté. Vaya suerte con la que corrían aquellos afortunados que heredan una propiedad en una tierra tan mágica. Aunque para ser sincero, la mayoría de las personas locales simulaban tener más de 60 años. Personas que quizá eligieron Cinque Terre como la mejor opción para su retiro de la vida laboral. Corniglia era el vivo cliché de la postal mediterránea. Ciudades mal trazadas, adaptadas a la costa, con casas de diferentes tamaños, colores, materiales, formas, ornamentación. Un pueblo que demuestra que la imperfección a veces puede ser perfecta. Un pasillo desde la plaza principal me llevó a la abrupta costa de uno de los acantilados, bajo el que las olas de un azul turquesa golpeaban con esmero las piedras blanquecinas. No había mejor lugar para el almuerzo, pensé. Y volví a la plaza principal para buscar un lindo restaurante. Un buen plato de lasagna ragú no solo cambió mis ansias. Me dio un orgasmo bucal imposible de olvidar. Italia no es solo un viaje de turismo. Es una vivencia gastronómica que ni yo, ni nadie, querría que terminase nunca. Y así como nunca hubiera querido irme de Corniglia, era tiempo de moverme si quería conseguir ver las cinco tierras de Liguria. Y bajé los escalones hacia las vías del tren, que me llevaron a Vernazza, el penúltimo de los pueblos. Desde su entrada Vernazza parecía sin duda uno de los pueblos más turísticos y cotizados de todos. Las filas de turistas andando por su calle principal eran parte innata de su paisaje. Además, Vernazza es el lugar ideal para comprar uno de los múltiples recuerdos que los comerciantes venden de Cinque Terre. Camisas, tazas, imanes, postales, llaveros, alhajas, figuras en miniatura. No faltaban por supuesto los restaurantes y heladerías colmadas de asiáticos y niños que rogaban por otra bola de gelato. Pero la magia de la vía principal no estaba en ella, sino al final de su camino, cuando las piedras se topan con el mar. El embarcadero de Vernazza es sin duda el más hermoso de Cinque Terre, ya que deja ver cada uno de los elementos que forman parte de su encanto. Sus colores, sus acantilados, sus cultivos, su capilla, su ensenada, su gente. Y al voltear la cara hacia el otro lado, el último de los pueblos se asoma entre el verde de los riscos, iluminado por un sol que comenzaba a descender. Pero lejos del embarcadero, Vernazza resguardaba también otro atractivo del que pocos turistas se enteraban. Bastaba andar algunas calles hacia el este, serpenteando por sus callejones y escaleras de piedra, por el que muchos visitantes adoran perderse. Y un túnel bajo el acantilado conduce a la única playa de Vernazza, escondida del resto del pueblo por un risco que se cubría con una malla para evitar un posible derrumbe. Un baño en el Mediterráneo entonces por supuesto no era una opción. El invierno de diciembre no permite a muchos un agradable momento en sus aguas. Pero contemplar las olas al nivel del mar es siempre un deleite digno de agradecer. Volví rápidamente a la estación antes de que el próximo tren me dejase. Y pocos minutos después la locomotora apareció desde la oscuridad del túnel. Llegué a Monterosso poco antes de las 4 de la tarde. El más occidental y grande de los pueblos es una buena manera de terminar el recorrido. Desde el principio Monterosso mostró claramente que se trata del pueblo más fácil de recorrer, ya que cuenta con una larga línea de playas tras la que se posa un malecón turístico. Así que para andar por Monterosso no hacía falta subir y bajar muchos escalones, como en el resto de las villas construidas en terrenos muchos más escarpados. Monterosso me pareció lo más moderno de Cinque Terre, con coches estacionados en las orillas, calles de concreto, tiendas de conveniencia con una mayor cantidad de productos y hoteles mucho más prominentes. No obstante, sumergirse en sus calles seguía siendo una experiencia increíble. Si bien la señalización o su pequeño tráfico lo diferencian mucho, sus terrazas y callejones son inolvidables. Volví al malecón, donde parejas y grupos de amigos se aglomeraban para ver la puesta de sol, que comenzaba poco a poco muy cerca del risco contiguo que daba fin al parque nacional. Yo por mi parte pensé que admirar el atardecer en Vernazza sería una mejor idea. Los acantilados no estorbaban tanto a la luz del sol. Y seguro que ver su embarcadero iluminado por los colores de un ocaso sería algo que no querría perderme. Corrí entonces a la estación y tomé el tren de vuelta a Vernazza antes de las 5 de la tarde. Me apresuré a caminar hasta su embarcadero, que se encendía entonces con el rojo vivo del intenso sol. En efecto, no había nada que estorbara los rayos de luz. Solo las oscuras siluetas de las lanchas que navegaban, y la sombra de los turistas que se sentaban a la orilla del malecón. Contemplar un atardecer en aquellas circunstancias hacían cuestionarse la idea de tomar una foto. Quizá sentarse, sin pensar ni hacer nada, era una mejor decisión. Un momento para recordar mi visita a Cinque Terre. El 2016 estaba casi por terminar y aquella puesta de sol me dio uno de los mejores momentos de mi año, cuando otro de mis objetivos de viaje culminó por ser cumplido. Las luces de Vernazza poco a poco comenzaron a encenderse, dándole a Cinque Terre una vida diferente, llena de pizza, café, música relajante y velas en sus mesas. Un destino elegido por muchos como el más romántico del mundo. El último tren me llevó hasta Levanto, la ciudad al norte del parque nacional donde se da por terminado el ticket turístico. Allí compré un boleto para mi último destino en Italia, antes de volver a Francia para recibir el próximo año.
  16. Mi recorrido por Europa central estaba llegando a su fin. Había atravesado tres países y estaba ya de vuelta en Francia, país que me acogía durante algunos meses para trabajar como maestro de español. Las vacaciones de Toussaint habían pasado rápido, pero el Día de Todos los Santos apenas comenzaba. Francia había decidido, por alguna valiente razón, donar 14 días naturales a sus alumnos y profesores para disfrutar de las vacaciones de otoño cada año, algo impensable en muchos otros países. Ya que sumados a los otros tres periodos vacacionales de 14 días, dan como resultado casi dos meses de asueto antes del largo verano escolar. Eso no podía hacerme más feliz de haber elegido Francia como mi destino, y Lyon como mi temporal hogar. Estaba entonces justo en el centro de Europa, o por lo menos, el centro político e histórico del continente: la ciudad de Estrasburgo. Por siglos, Estrasburgo y la región de Alsacia han sido disputados por los gobiernos de Alemania y Francia. El día de hoy, las disputas parecen haber terminado, habiendo convertido a Estrasburgo en una de las sedes de la Unión Europea. Estrasburgo es una de las ciudades más visitadas del país, que atrae a los turistas gracias a su incomparable belleza. Una urbe que se quedó en la mitad del camino entre Francia y Alemania, y que ha heredado la magnificencia de ambas naciones. El turismo en la ciudad incrementa todavía más en el mes de diciembre. La llamada “capital mundial de la Navidad” alberga uno de los mercados navideños más increíbles de Europa en sus plazas y calles centrales. Y si bien la fría época navideña es la más concurrida, haber ido a finales de octubre no fue una mala elección para mí. El otoño había dado sus mejores frutos ese año. Estrasburgo e Innsbruck (en Austria) eran dos de mis metas por cumplir en aquel viaje. Así, la mayoría de los destinos fueron elegidos al azar solo por estar a mi paso entre una ciudad y otra. Pero no todos los puntos los dejé al azar. Había uno que ocupaba un lugar especial en mi mente desde hacía cuatro años más o menos. Y estando en Estrasburgo no podía dejar pasar la oportunidad. El Día de Todos los Santos en Francia, y en la mayoría de los países católicos, no suele ser una festividad muy atractiva. En la tradición católica, un santo es toda aquella persona promotora de la fe, y que en vida tuvo una relevante función ética por la humanidad. Los santos que todos los cristianos fácilmente reconocen en la cultura popular es, quizá, porque han pasado por el proceso de canonización, que solo el papa puede llevar a cabo. Sin embargo, aquellas personas que nunca pasaron por un proceso de canonización en Roma también pueden ser considerados santos. Por ello se creó el Día de Todos los Santos, cuando se conmemora a todos los difuntos, hayan o no sido canonizados. Cuando los españoles llegaron a América, descubrieron que las culturas mesoamericanas celebraban a la diosa de la muerte en una fecha muy cercana al Día de Todos los Santos. Y de esa fusión nació el Día de Muertos en México. Hay muchas diferencias entre la celebración en México y en el resto de los países católicos. La principal, es que el Día de Muertos es alegre. El Día de Todos los Santos no lo es. Y Francia no es la excepción. Alex y Gwen, quienes me alojaban en Estrasburgo, visitarían la tumba de su abuela aquel día, como suelen hacer los fieles (y no tan fieles) del cristianismo. Yo, por mi parte, pretendía celebrar el Toussaints de una manera distinta. Aquella tranquila mañana casi ningún negocio había abierto sus puertas al público. La mayoría de las personas descansaban de la escuela y el trabajo. La oficina de turismo me lo había advertido, poco se podía hacer. Pero mientras la compañía de trenes siguiera funcionando, yo no pensaba dejar de viajar. Me dirigí entonces a la estación central de Estrasburgo y compré un ticket redondo a Colmar, un pueblo ubicado al sur de Alsacia. El viaje no tomó más de 30 minutos. Son solo 50 km los que la separan de Estrasburgo. Las vías recorren de forma paralela el valle del Rin, que divide a Francia de Alemania. Parecía que pocas personas se dirigían a la ciudad aquel día. Una pareja y yo bajamos del vagón y caminamos hacia el este, en dirección al centro de la ciudad, según indicaba mi GPS. Al adentrarme en el casco viejo, Colmar apareció ante mis ojos, tal y como lo había imaginado por varios años. El sol apenas calentaba la fresca mañana, e iluminaba las fachadas de madera de los edificios que orillan las calles peatonales del pueblo. Las casas, con sus ventanales de madera, combinaban a la perfección con los adoquines bajo nuestros pies. La escasez de gente parecía desaparecer mientras más me introducía en Colmar. Pero no era de extrañarse que muchos visitantes, extranjeros y franceses, hubiesen decidido viajar a Colmar en el día de asueto. No para celebrar el Día de Todos los Santos, ni para acudir a una iglesia o un panteón. Sino solo para caminar y deleitarse con la belleza del lugar. Colmar no difiere mucho de Estrasburgo. Muchos dicen que es solo un Estrasburgo pequeño. Y pasa lo mismo con su historia. Al igual que su hermana del norte y el resto de Alsacia, Colmar fue una ciudad libre imperial del Sacro Imperio Romano Germánico por muchos años. Perteneció a los reinos alemanes, hasta el fin de la Guerra de los Treinta Años, cuando pasó a formar parte de Francia. Volvió a manos alemanas luego de la guerra franco-prusiana, y luego volvió a Francia tras la Primera Guerra Mundial. Alemania la tomó en su poder durante el régimen nazi, pero al perder la guerra regresó a territorio francés, donde permanece ahora. Cualquiera diría que toda Colmar tiene aires alemanes. No muchos suelen sentirse en Francia al deambular por sus calles. Y es que la mayoría de sus edificios datan de la Edad Media, reluciendo un característico estilo gótico alemán. No obstante, en algunas esquinas pude toparme con edificios mucho más renacentistas. Para mí, una composición simplemente maravillosa. En el corazón de su casco viejo, la imponente iglesia de San Martín apareció. No más bella ni grande que la catedral de Estrasburgo. Pero igual, un templo gótico más a la lista de las iglesias de Alsacia. Las callejuelas perpendiculares a la Grand Rue, una de las vías principales del centro de Colmar, albergaban entonces a más y más gente. Era un día de descanso, pero no para los cafés y tiendas de souvenirs, que al ser la única opción de esparcimiento, se colmaron de turistas en un abrir y cerrar de ojos. Sentarme en una de sus terrazas era una tentadora opción.Pero ese montón de turistas seguiría incrementándose conforme avanzaba el día. Así que un croissant y un café para llevar fueron la mejor elección. La plaza de la fuente de Schwendi es la intersección donde convergen todos los transeúntes. Colmar es otra de las grandes capitales de la Navidad en Europa. Durante el mes de diciembre, cinco diferentes mercados navideños se instalan en sus plazas y calles centrales para vender vino caliente, salchichas alemanas, pan, chocolate, la famosa raclette suiza e infinidad de artículos alusivos a Noël. Decidí alejarme un poco de la plaza central y fotografiar los rincones solitarios de Colmar, a donde pocos se asomaban, y donde ningún café o tienda posaba mesas en su exterior. Cada teja, cada puerta, ventana, balcón, era como un portal a otro cuento de hadas. La casa perdida de Hansel y Gretel, la abuela de Caperucita, o los tres cochinitos con el lobo. Cualquiera podía venir a mi mente cuando me paraba frente a alguna de aquellos lares. Pero todo cambió al caminar unas cuadras más hacia abajo, y alcanzar el famoso barrio de la Petite Venice, la Pequeña Venecia. El río Ill, el mismo que atraviesa el centro de Estrasburgo, lleva sus aguas hasta las orillas de Colmar. Y desde el Rin, se creó el canal de Colmar, un afluente artificial que lleva las aguas de ambos ríos hasta el centro de la ciudad. Las orillas del canal de Colmar se flanquean de aquellas hermosas y antiguas casonas medievales, que la dotan de una increíble belleza. No hay duda de por qué el barrio se hizo merecedor a tal nombre. Los límites del malecón son decorados con multitud de flores que pintan el otoño en Colmar como todo un libro para niños. Nada me hacía envidiar entonces la llegada de la Navidad y sus mercados a aquel remoto lugar. Al igual que los balcones de los edificios aledaños, que dejaban caer toda especie de plantas por el aire. Algunos se paseaban por el canal en una especie de barca. Otros almorzaban sobre sus bellas terrazas. Yo me conformaba con pasear y pasear a la orilla de sus tranquilas aguas, oliendo cada flor al alcance de mi nariz. Al final del barrio, un grupo de comerciantes rentaban algunos minutos al bordo de sus lanchas para ofrecer paseos a lo largo del canal. O al menos a lo largo de la Petite Venice. Y la fila era larga, vaya sí lo era. Llegué a la zona residencial, donde un coche aparcado o un simple bote de basura en la banqueta me hacían preguntarme, qué se sentiría vivir en un lugar como aquel. Llevar una vida normal. Ir a la escuela, al trabajo, al supermercado, limpiar la casa, pasear al perro o salir a correr. Un día a día en aquel paraíso debía ser alucinante. Colmar era tal y como lo había imaginado. Desde un no muy lejano 2012, cuando por fin me animé a ver completo el filme de El castillo vagabundo, la aclamada película de animación japonesa basada en el libro homónimo, de origen británico. La producción de Hayao Miyazaki es, sin duda, una historia de fantasía. Pero toca temas centrales del siglo XX y XXI, como el feminismo, la vejez, el pacifismo y la guerra. No es de extrañarse entonces que para crear los paisajes animados en los que la historia se desarrolla, haya elegido a Colmar y los Alpes Suizos como escenarios. Colmar y Alsacia fueron un punto de disputa entre Francia y Alemania por varios siglos, y sobre todo, durante la Segunda Guerra Mundial. Y los Alpes Suizos, bueno, están en Suiza, país que se caracteriza por su neutralidad. Desde que supe que el hogar de Sophie (protagonista de la obra) existía en el mundo real, me dije a mí mismo que no podía morir sin antes verlo con mis propios ojos. Y ahora estaba allí, parado sobre las calles y ante las casonas donde Sophie confeccionaba sus sombreros, y donde la Bruja del Páramo lanza su hechizo sobre ella. Viajar a Colmar no fue solo visitar un pueblo francés más. Fue transportarme a Alemania, a un cuento de hadas y a una película de anime japonesa al mismo tiempo. Y pocas veces es posible hacer todo eso. Aquella tarde tomé mi tren de regreso a Estrasburgo para almorzar con Gwen y Alex, a quienes di todas mis recomendaciones para viajar por Latinoamérica. El año siguiente, ambos dejarían sus trabajos y partirían por 12 meses en una aventura por el continente americano. Mientras yo, continuaba con mi aventura por Europa. Aunque mis vacaciones de Toussaint terminaban y yo volvía a Lyon al siguiente día, me restaban todavía varios periodos vacacionales y días de asueto que podía fácilmente disfrutar. Solo que ahora, mis destinos cambiarían.
  17. lucia18

    Pueblos Italianos

    He leído un artículo de pueblos de Francia, Suiza y Alemania y me ha parecido super interesante, pero esta vez tendré la oportunidad de andar solamente por Italia. Qué pueblos recomiendan en este país?
  18. flormdk

    Lugares de cuento

    ¿Quién no ha soñado con visitar pueblos de cuentos? Lugares que parecen únicos donde el tiempo se detuvo... En el viejo continente pueden encontrarse varios pueblos de calles adoquinadas y paisajes que parecen salidos de un cuento o de una pintura... Todos los países europeos tienen rincones para descubrir como es el caso de Alemania, Francia y Suiza. Rincones únicos de Alemania Existen varios pueblos en Alemania que vale la pena descubrir, entre los más encantadores se encuentran: Rotherburg Ob Der Tauber, una verdadera joya medieval. Se trata de un pueblo cautivador por sus calles empedradas y desordenadas donde vale la pena perderse. Pese a ser una localidad muy pequeña, de apenas 15 mil habitantes, es una gran atracción turística de fama mundial por su centro medieval perfectamente conservado. La ciudad aún conserva su recinto amurallado. Hamelin, es el nombre de un pueblo que según cuenta la leyenda, fue invadido por ratones y liberado por un flautista. Durante los meses de verano, en las calles medievales de esta ciudad alemana tiene lugar la representación de este famoso cuento Bremen, esta ciudad tiene un llamativo barrio medieval, el cual se encuentra en la parte más antigua de la ciudad. Merece la pena contemplar con detalle cada casita y perderse sin rumbo por sus estrechas calles adoquinadas. Otro punto que merece un alto en el camino es su estación. Desde la ciudad de Bremen se puede realizar una escapada a Hamburgo, ya que se encuentra a 60 minutos en tren. Freudenberg, la postal más característica de este pueblo son las casas con sus entramados de madera. Esta pequeña población floreció en el siglo XI gracias al comercio, con un castillo del cual solo queda algunos restos e idénticas casitas de origen medieval. Goslar, es una ciudad turística, famosa por su casco antiguo el cual ha sido declarado como Patrimonio de la Humanidad. Pueblos de Francia Otro de los países que tiene varias opciones para quienes buscan un lugar de cuentos es Francia. Entre los pueblos y lugares para descubrir de este país se encuentra Gordes, un lugar único donde una de las principales atracciones es visitar los campos de lavanda. Si hay un lugar único y especial es Les Baux de Provence, es un pueblo entre rocas. Este pueblo es uno de los más visitados de Francia, con calles adoquinadas peatonales que ascienden invitan a descubrir sus secretos y encantos. Fue levantado en el siglo X y fue destruido en el año 1663, en la actualidad puede visitarse lo queda de él. Para los amantes del vino una buena idea puede ser visitar Saint Émilion, un pueblo medieval con viñedos ubicado a 40 km al este de Burdeos. Existen otros pueblos más populares pero igualmente bonitos como es el caso de Giverny, una localidad que ha adquirido mucha fama gracias a albergar la casa del famoso pintor Claude Monet. Durante los meses de verano se puede visitar su casa y los jardines que han dado vida a sus obras más importantes como los nenúfares o el estanque de las ninfeas y el puente japonés. Otro sitio icónico para descubrir es el antiguo Hotel Baudy y sus rosales, sitio que antiguamente era un punto de reunión de pintores. Annecy es una ciudad artística con una llamativa homogeneidad arquitectónica. Un paseo por esta localidad francesa es un una experiencia muy especial ya que se pueden ver canales, orillas floridas, pequeños puentes y casas con fachadas de colores. En el centro de la ciudad Vieja se puede visitar el Palacio de la Isla y el Palacio de Justicia donde se encuentra en la actualidad el Museo de Historia de Annecy. Otra atracción es dar un paseo por las orillas del lago de Annecy. Lugares para descubrir en Suiza Uno de los clásicos es Zermatt, es uno de los sitios más buscados por quienes desean practicar esquí en un entorno único, pero también es muy visitado por quienes no son buenos esquiadores. Una de las particulares de este pueblo es la prohibición de coches en sus calles, allí reina la tranquilidad y un impecable patrimonio histórico perfectamente conservado. Gruyere, es una pequeña localidad, tierra natal del famoso queso. Ofrece a sus visitantes paisajes verdes, casitas que parecen postales, castillos y por supuestos excelentes fondue además de las tradicionales raclette. Este último plato es una media rueda de queso que se funde progresivamente por capas y se raspa con cuchillo plano para acompañarlo con pequeñas patatas.. Otra exquisitez local, son los merengues con doble crema. Un paseo por Gruyere no está completo sin antes visitar su castillo, uno de los más importantes de Suiza. Es importante tener en cuenta que Suiza no es un buen lugar para hacer dieta, la gastronomía en este país es casi inexistente, es decir no hay variedad y todo se cocina con muchas calorías para poder soportar el frío clima. En esta localidad, también puede visitarse el Museo H. R. Giger donde se pueden ver obras del creador de alienígenas. Lavaux es popular por sus viñedos en terraza. Allí los visitantes pueden realizar una degustación de vinos locales además de aprovechar la oportunidad de comprar directamente a los productores. La mejor época para visitar los pueblos de Suiza es durante los meses de verano ya que el sol embellece las postales. Sin embargo, la Navidad también puede ser una buena oportunidad para disfrutar de estos pueblos de cuento y sus mercadillos navideños. Pueblos cargados con historia, con opciones gastronómicas diferentes, con museos que invitan a revivir la historia, canales, casas con estilos arquitectónicos especiales, paisajes, viñedos son algunas de las tantas cosas que se pueden descubrir visitando los pueblos de Alemania, Francia y Suiza.
  19. Me gusta conocer lugares que mantienen su esencia y no están preparados en función del turismo. Mi idea es preparar un viaje para conocer pueblos que no sean turísticos o que no sean al menos tan populares. Qué zona o lugar se les ocurre?
  20. flormdk

    Hamelin

    From the album: Pueblos de Europa

  21. flormdk

    Goslar

    From the album: Pueblos de Europa

  22. Después de haber estado varios días recorriendo las rutas de nuestro país vecino, Chile, volvimos a nuestras tierras a través de la provincia de Mendoza. Para ello, debíamos atravesar nuevamente la enorme Cordillera de los Andes. A medida que nos acercábamos hacia el cruce limítrofe, ya podíamos ver los picos nevados de las montañas emergiendo desde el horizonte. El camino que debíamos tomar se llama Paso de los Libertadores o túnel del Cristo Redentor. A una altura de casi 3200 metros, el camino se extiende unos 3 kilómetros en forma de zigzag a través de toda la pendiente de una enorme montaña cordillerana. Por ello aquella carretera también es llamada “Los caracoles”, ya que las condiciones del camino obligan a los conductores a transitar lentamente la cuesta montañosa. Un total de 29 curvas muy cerradas y seguidas, conforman el sinuoso camino que comenzamos a ascender, exigiéndole al máximo al motor de la pobre Honda, que avanzaba cargadísima pero audazmente por el blanco camino cubierto de nieve. A medida que escalábamos la montaña a través de Los Caracoles, el paisaje se iba abriendo, mostrándonos toda la belleza de la cordillera, mientras respirábamos el gélido aire andino. Bordeando el filoso risco, esquivando cargados camiones y avanzando por entre túneles construidos por entre la misma roca de la montaña, logramos finalmente llegar al otro lado e ingresar nuevamente a Argentina. El paisaje era bastante inhóspito. La carretera avanzaba, atravesando la llanura de tierra, escoltada por montañas de diversos tamaños y colores. Y en el medio de aquel paisaje tan peculiar, nos cruzamos con una de las más curiosas formaciones rocosas de Argentina: El Puente del Inca. Rodeado de un diminuto poblado de apenas 130 habitantes, aquella formación geológica de 50 metros de largo y 30 de ancho, cruza cual puente el caudal del Rio de las Cuevas, y preserva vertientes naturales de medicinales aguas termales. Aquel monumento natural se ha formado a lo largo de los años a partir de la acción de éstas aguas minerales, las cuales tiñen la roca de unos intensos colores anaranjados y verdes, dándole a aquella vista un aspecto más bien de cuadro pintado por algún artista abstracto. Existen varias leyendas sobre este sitio, sobre todo porque debe su nombre a que se cree que las antiguas civilizaciones descendían a este sitio, en busca de la acción medicinal de estas termas. La que más me gustó de todas las que leí, cuenta que antes de la llegada de los españoles a América, el heredero al trono del imperio Inca enfermó gravemente, por lo que, aconsejado por sus sabios, su padre, el emperador inca juntó a sus mejores guerreros y se trasladaron en caravana hasta estas vertientes medicinales. Luego de varios meses de difícil travesía, los guerreros junto con el emperador y su moribundo hijo llegaron a la orilla de un gigantesco y torrentoso río, y observaron que justamente en la orilla opuesta se encontraban las salvadoras aguas medicinales. Los guerreros, sin dudarlo, entrelazaron sus brazos y piernas los unos con los otros para formar un sólido puente humano que permitió al rey cruzar el río y llegar por fin a la única salvación de su hijo. Cuando el soberano volteó su vista para agradecer a sus guerreros, estos se habían petrificado, formando así en majestuoso Puente del Inca. Continuamos nuestro viaje, y en pocas horas dejábamos atrás la inmensa cordillera, para ingresar nuevamente en la estepa patagónica (seguramente ya están tan cansados como yo de que les mencione la llanura patagónica, pero es la reina de Argentina ) Llegamos finalmente, para la caída de la tarde a la localidad de Uspallata, un pequeño pueblo de montañas y dueño de algunas ruinas jesuíticas. Instalamos la carpa en un camping que parecía abandonado, y sólo nos recibieron unos adorables gatos y un francés quien, junto a su guía argentino, estaban iniciando un recorrido por el norte argentino en bicicleta. Aquel francés se acercó a invitarnos una copa de vino que orgullosamente había adquirido en el pueblo, ya que, Mendoza junto con otras provincias aledañas de Argentina son famosas por sus viñedos y por su producción de exquisitos vinos a escala mundial. Mientras brindábamos (les aseguro que sólo tome una copa) el francés nos mencionó un camino que él mismo, junto a su compañero recorrerían al día siguiente, que era de ripio y ascendía 3000 metros sobre el nivel del mar, atravesando montañas y bruma. Para muchos puede sonar bastante peligroso, pero para Martin es suficiente para elegirlo como siguiente destino. Y como él es el piloto, yo lo sigo Así que, bien… a la mañana siguiente juntamos campamento y nos dirigimos hacia el paso de Villavicencio, el cual iniciaba exactamente en un desértico claro, donde se alzaba una gigantesca cruz, llamada Cruz de Paramillo. En el camino pasamos al francés y a su amigo pedaleando como locos al costado de la ruta, y en pocos minutos llegamos a un increíble llano donde efectivamente se encontraba una cruz y el horizonte se recortaba entre montañas, entre las cuales podía observarse a lo lejos la pared sur del imponente Aconcagua. Algo desconcertados pues el camino no está muy bien señalizado, y varias opciones se abren en aquel punto, elegimos un ancho camino de ripio, luego de una rápida consulta al GPS del celular. En un principio, aquel camino no parecía ser nada del otro mundo, hasta que llegamos a un punto en lo alto, en el que a nuestros pies se abría un gigantesco valle de grandes cerros forrados de frondoso bosque, y se podía ver el interminable camino de tierra bajar sinuosamente por la ladera de los montes. Una espesa bruma blanca acompañaba aquel paisaje. Con un traqueteo constante sobre la moto, fuimos avanzando por ese camino de tierra y piedras que bordeaba el precipicio. Hacia abajo, un gran y atemorizante vacío se abría paso entre la vegetación, provocándome algo de vértigo. A medida que descendíamos la bruma se hacía más leve y unos pequeños rayos de sol se filtraban, haciendo brillar aquel espectacular horizonte tan lleno de verde. Ese camino sinuoso que se abre a través de la quebrada es llamado el “camino de un año”, ya que tradicionalmente los pobladores decían que estaba formada por 365 curvas, pero esto no es del todo cierto, ya que realmente son 270 las curvas que la tortuosa carretera marca por entre los cerros. Luego de varias horas, manejando cuidadosamente por aquel camino, llegamos al final del recorrido, donde se encuentra el antiguo y refinado Hotel Villavicencio. Hoy, sitio de interés para quienes quieran recorrer sus increíbles jardines. El Hotel de Villavicencio fue construido en 1940, y funcionó durante años como hospedaje de personas de la alta sociedad del país y extranjeros, quienes disfrutaban de los lujosos aposentos, las canchas de tenis y sobretodo, de los maravillosos baños termales, principal atractivo de este bello lugar escondido entre los cerros. Entre bellos jardines que yo imaginaba repleto de flores en años anteriores, se abrían elegantes piletas, donde el agua termal llegaba desde las sierras conducidas por canaletas a través de la vegetación. Desde aquel viejo hotel de bella fachada que parecía detenido en la historia, condujimos hasta llegar a la capital de Mendoza. Una bella ciudad que mantenía las singulares acequias, finas canaletas a lo largo de todas las cuadras céntricas para llevar agua a todos los sectores. Nos hospedamos en la casa de Leo, un viejo amigo de Martin y durante nuestra corta estadía en la ciudad de Mendoza, visitamos su plaza principal donde se levanta un enorme monumento dedicado a San Martin, un gran prócer de nuestro país. También visitamos el zoológico de la ciudad, con su exclusiva ubicación sobre uno de los cerros más altos y llamativos de la ciudad. Nuestra siguiente provincia era San Juan y hacia allí nos dirigimos una mañana. Los caminos son realmente maravillosos e ideales para recorrerlos sobre la moto. El viento nos golpeaba fuertemente y montes cubiertos de verde se abrían hacia los costados a medida que avanzábamos por la ruta 40. Llegamos así a un peculiar pueblito, llamado Jáchal, rodeado de inmensos campos de agricultura. Era alegre ver como los pueblerinos, sobre todo los niños se nos acercaban curiosos o nos saludaban mientras avanzábamos por las empedradas calles. En Jáchal realizamos una pequeña travesía, bordeando la costa del Río Jáchal. Recomendada por los mismos cuidadores del camping donde nos habíamos instalado, una mañana partimos hacia la llamada Garganta del Diablo de dicho Rio. A solo pocos kilómetros de alejarnos del pueblo, el paisaje se vuelve hermoso. Entre grandes paredes de piedras de veteados colores, se abría un paisaje de claros colores marrones y verdes por el cual discurrían pequeños brazos del rio, como delgados arroyos. Llegamos a la Garganta del Diablo, donde un cañadón de 30 metros de alto conducía un trecho del río varios metros. Era muy llamativo el particular color del agua, aquel verde aguamarina turbio corría ruidosamente por entre las rocas. Sólo unos pocos metros más adelante, el Río formaba un inmenso estanque que contenía algunos islotes, que realmente parecía un espejo, porque las enormes montañas de alrededor se reflejaban nítidamente sobre la superficie. Nuestro principal objetivo al visitar la provincia de San Juan fue, en realidad, conocer el misterioso Valle de La Luna, Parque Nacional conocido mundialmente por su superficie que recuerda a la superficie de la luna, por lo que una mañana, como ya era habitual, recogimos nuestras cosas, nos despedimos del pequeño pueblo de Jáchal y marchamos hasta este mágico lugar.
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