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  1. Argentina es un país muy extenso, tiene varios sitios que fueron declarados como Patrimonio de la Humanidad, cuenta con una de las Nuevas Maravillas del Mundo: Las Cataratas del Iguazú, varios sitios que reciben a viajeros de todo el mundo y también algunos destinos poco explorados, ideales para viajeros que van en búsqueda de lugares donde se puede disfrutar de la tranquilidad Hornocal A 24 kilómetros de Humahuaca se encuentra el Honocal, una colorida serranía de origen calcáreo. Es un destino que se puede visitar en cualquier época del año, el mejor momento del día para visitarlo es por la tarde, por la ubicación del sol. Hay quienes llegan a distinguir más de treinta tonalidades distintas. Campo de Piedra Pómez Se trata de un paisaje caracterizado por una gran cantidad de piedra pómez, que luego de varios años de procesos de erosión, adquirió la extraña y llamativa morfología que hoy presenta. Es un paisaje lunar representativo de la Puna de Catamarca. Se puede recorrer el lugar a pie, es imprescindible llevar gorra para el sol y agua. Lo más aconsejable es visitar el lugar con guía porque es muy fácil perderse. Saltos del Moconá Son casi tres kilómetros de caída de agua con alturas que varían entre los 3 y 5 metros. Se encuentran a 322 kilómetros de las Cataratas del Iguazú. Para visitar los Saltos es necesario chequear previamente el estado de los mismos en la página oficial del Parque Provincial Saltos del Moconá. La localidad más cercana donde hospedarse es el Soberbio, ubicada a 70 kilómetros. Bañado La Estrella Es el tercer humedal más grande del continente americano después del Pantanal ubicado en el vecino país de Brasil y los Esteros del Iberá. Se pueden ver enredaderas junto con una abundante vegetación y varias especies de animales. Puede hacerse una excursión en canoa para conocer el impactante paisaje y ver distintos tipos de animales como aves y mamíferos. Además es una buena oportunidad para conocer las culturas originarias. En la provincia de Formosa existen otras reservas y lugares donde encontrarse con la naturaleza como es el caso del Parque Nacional Pilcomayo, el cual se suele visitar e una excursión que combina al Bañado La Estrella. En el Parque pueden verse esteros, cañadas y lagunas, además de varias especies de palmeras. Otra de las reservas que forman parte de la provincia de Formosa es la Reserva Guaycolec, ubicada a 25 kilómetros de la ciudad de Formosa Capital, es un sitio ideal para conocer la fauna del lugar. La Payunia Es una reserva volcánica ubicada a 130 kilómetros de Malargüe. En este sitio puede verse una especie de muestrario de casi todos los tipos de volcanes que se encuentran en el planeta. Es indispensable recorrer la zona con vehículo alto y en lo posible con guía ya que los caminos internos no están señalizados y no hay servicios. Ischilín Se trata de un pueblo ubicado a un poco más de 100 kilometros de la ciudad de Córdoba. En la época colonial jugó un importante rol en el Camino Real como un paso alternativo hacia ele Alto Perú. En caso de visitar esta localidad de Córdoba en temporada baja, se recomienda reservar ya que generalmente los establecimientos suelen abrir los fines de semana. Glaciar Vinciguerra Es un glaciar austral ubicado en la provincia de Tierra del Fuego, es menos famoso que el Glaciar Martial. Se puede llegar únicamente haciendo trekking de cinco horas de duración. Piedra Parada Esquel cuenta con varias atracciones turísticas, dentro de las menos conocidas se encuentra Piedra Parada una rareza geológica ubicada a 80 kilómetros del centro de la ciudad. Es una gran piedra solitaria con una altura de 276 metros, convoca a curiosos y a escaladores. Se encuentra rodeada de aleros con pinturas rupestres.
  2. flormdk

    Pueblos de Argentina

    La Argentina tiene varios rincones y escondites donde reina la tranquilidad y donde se pueden ver paisajes tan impactantes como diversos. Existen pueblos incipientes, fundados hace muy poco tiempo, como así también localidades muy antiguas que invitan a hacer un viaje en el tiempo. Hay opciones al Norte y al Sur, al Este y al Oeste... Algunos de los pueblos de la Argentina son: El Chaltén En el Parque Nacional Los Glaciares, se encuentra El Chaltén. Es un lugar que lleva el apodo de “Capital Nacional del Trekking”. Es también uno de los pueblos más nuevos de la Argentina. El recorrido más famoso que tiene El Chaltén es el de la Laguna de los Tres. Es una travesía que lleva como mínimo unas nueve horas, pero el esfuerzo tiene como recompensa la vista a la Laguna de Los Tres al pie del Fitz Roy, un imponente cerro conocido también como el cerro Chaltén, la postal del Parque Nacional Los Glaciares. Este espacio natural de montañas, lagos y bosques fue declarado por la UNESCO como Patrimonio Mundial. Villa Pehuenia Lagos, pehuenes y volcanes caracterizan a este pueblito del Sur ubicado cerca del límite con Chile y a orillas del lago Aluminé. Villa Pehuenia, es todavía un pueblo escondido dentro la extensa región patagónica. Es un lugar para desconectarse, para disfrutar del aire puro y de las noches de cielos estrellados. Podría decirse que es un lugar donde manda la naturaleza: en inviernos metros de nieve y temperaturas extremadamente bajas y en verano sol y turistas. A pocos kilómetros de Villa Pehuenia, se encuentra el Parque de Nieve Batea Mahuida, donde la principal propuesta es conocer el Volcán que lleva el mismo nombre. Villa Pehuenia, es uno de los pueblos más jóvenes de la Argentina. Es ideal para la aventura,y también para quienes buscan descansar. Cualquier época del año es una buena oportunidad para llegar a este encantador lugar del Sur de Argentina. Gaiman Se trata de una localidad con encanto galés. Hace muchos años, los galeses llegaron a este sitio de Argentina para convivir de manera pacífica con los antiguos habitantes del lugar. Recorrer Gaiman es revivir la historia de los inmigrantes que transformaron el paisaje árido de la región en un valle teñido de color verde. La impronta del pasado se puede reconocer y distinguir en los canales de riego, en las construcciones antiguas y en las casas de té, donde se ofrece un servicio completo que incluye una gran variedad de tortas y cosas dulces. La naturaleza también dice presente en el pueblo de Gaiman e invita a descubrir la vista del valle inferior del Río Chubut con una amplia gama de verdes brindad por los sauces y álamos. Tomar el té, descansar la vista contemplando el valle y acercarse a la cultura galesa son algunas de las propuestas de este pequeño gran pueblo de la provincia del Chubut. Villa La Angostura Villa La Angostura es una pequeña pero pintoresca aldea de montaña donde se pueden encontrar varios tipos de hoteles, elegantes casas de té y varias tiendas hechas con madera y piedra de la zona. La clásica postal es el Lago Nahuel Huapi, el cual capta la mirada de todo aquel que lo contempla por sus aguas de un color verde azulado tan intenso como único. El Bosque de Arrayanes también es una vista obligada al igual que disfrutar de uno de los centros de esquí con mejores vistas del mundo, el Cerro Bayo con varias pistas preparadas para todos los niveles. Merlo Es un lugar caracterizado por muchas sierras que se multiplican en quebradas, arroyos y saltos. Merlo, invita a travesías de todo tipo, a disfrutar del aire puro y del descanso reparador. Hay varios motivos por los cuales este pueblo es tan famoso... el reloj solar más grande del mundo se encuentra aquí y el tercer microclima del mundo también (luego de Suiza y California). Otra de las cualidades de Merlo, es la de ser un destino para todas las edades, desde los niños hasta las personas más grandes disfrutan de este lugar, esto se debe a sus múltiples opciones ya que se puede descansar y también vivir la adrenalina con varias actividades como trekking y deportes extremos. Cualquier momento del año es ideal para viajar a la Villa de Merlo ya que es es un microclima, tiene una temperatura promedio anual de 20 grados. La Cumbrecita Una de las cualidades más llamativas que tiene este lugar, es la de ser un pueblo peatonal, pero, no es cuestión de preocuparse, ya que todos los recorridos se pueden hacer perfectamente a pie. La Cumbrecita, es una pequeña aldea con construcciones pintorescas de estilo alpino, rodeada de cursos de agua transparentes, bosques y sierras. Es un sitio ideal para desconectarse. Iruya Hasta hace poco tiempo, Iruya era un destino olvidado en los mapas y muy poco conocido los viajeros. Su reciente fama, se debe a que fue catalogado como Lugar Histórico Nacional. En Iruya parece que el tiempo se ha detenido, recorrer sus callecitas angostas y empedradas sobre las que se levantan casas de adobe es un verdadero viaje en el tiempo. Uno de los paseos más recomendados que tiene este sitio de la provincia argentina de Salta, es visitar la Iglesia, la que aparece en todas las fotos y postales del pueblo. Después de conocer la Iglesia la cual lleva el nombre de “San Roque y Nuestra Señora del Rosario”, la próxima visita recomendada es el mirador que se encuentra enfrente donde es posible disfrutar de una magnífica vista. Dos importantes eventos tienen lugar en Iruya, la Fiesta de la Pachamama, la cual se celebra todos los años el día 1º de Agosto y durante el primer fin de semana de octubre se realiza una celebración religiosa en honor a la Virgen del Rosario. La única manera de llegar a Iruya, es desde la localidad de Humahuaca. Se puede recorrer el pueblo en forma de excursión durante un día. Si la idea es quedarse más tiempo para disfrutar del silencio, la tranquilidad y conocer las tradiciones, lo mejor es alojarse en alguno de sus hoteles u hosterías para poder pasar más tiempo. Colón Al este de la provincia de Entre Ríos, a orillas del río Uruguay se ubica la localidad de Colón, un sitio que combina naturaleza, con historia, encantos y otros tesoros ocultos. Uno de los principales motivos para visitar Colón es visitar el Parque Nacional el Palmar, una tierra de palmeras Yatay a la que se recomienda visitar al atardecer, momento en que se puede obtener la mejor vista del lugar. A pesar de ser un pueblo, Colón tiene todo. No hay que perderse la oportunidad de tomar un catamarán y llegar a una isla, la Isla de Los Hornos. Llegar ya es todo un paseo, se puede apreciar el paisaje dado por las transparentes aguas del río Uruguay. La mejor época del año para visitar Colón, es durante los meses de verano, especialmente en el mes de febrero para participar de la Fiesta Nacional de la Artesanía, un evento muy importante que reúne a artesanos de todo el país. Azul Este pueblo tiene una de las mejores ubicaciones... es el centro geográfico de la provincia de Buenos Aires, es un eje de comunicaciones y de intercambios. Se tejen sobre estas tierras una gran cantidad de historias, las cuales despiertan la curiosidad de todos los viajeros que pasan por aquí... Una de ellas es la de Bartolomé Ronco un coleccionista gracias a quien Azul debe su llamativo título de ciudad cerventina, otra es la de los esclavos y negros que pasaron por el país, otra más es la del temible “Mateocho”: un caballero que fue el primer asesino del país, la de la última tejedora pampa que con sus más de ochenta años sigue recreando el estilo de sus antepasados, pero la más intrigante de todas es que el copiloto del avión que arrojó la bomba sobre Hiroshima terminó sus días en este pueblo... Las historias podrían continuar y continuar...Sin embargo, de todas las historias que Azul tiene para contar, quizás una de las más apasionantes es que en el año 2007(gracias a una persona que logró juntar más de 350 ediciones del Quijote además de otros objetos como láminas, piezas escultóricas, diarios entre otros objetos más) Azul fue declarada por el Centro de Castilla La Mancha de la UNESCO como “Ciudad Cerventina de La Argentina”. Chascomús A unos pocos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, se ubica Chascomús, a la orilla de la famosa laguna que lleva el mismo nombre. Es un sitio con casas sin ochavas y de construcciones muy antiguas que conviven con nuevos hoteles boutiques, varios museos coloniales y destacados locales gastronómicos. En Chascomús siguen en pie las casas históricas, como la casa de Vicente Casco, sitio en donde se filmaron varias escenas de películas y novelas nacionales. La Plaza Independencia es otro de los puntos para visitar, en cuyos alrededores están la Catedral de Nuestra Señora de la Merced y el imponente Palacio Municipal. Hay varios museos interesantes para recorrer, uno de ellos es el Museo Pampeano, aquí es posible encontrar vestigios de lo que fue la vida colonial y criolla del país. Otro de los museos es La Capilla, un modesto edificio que antiguamente sirvió de hospital. Cerca del Museo Pampeano se encuentra el Parque de Los Libres del Sur, se trata de unas ocho hectáreas de frondosas arboledas, un verdadero remanso de paz. Es posible descansar y pasar la tarde a la sombra de los pinos, eucaliptos, cedros o algarrobos. Pero sin lugar a dudas, lo más importante de esta localidad es la Laguna de Chascomús donde se pueden dar paseos en veleros y también en embarcaciones. Además se pueden practicar varios deportes náuticos y de vela como por ejemplo, ski, windsurf y natación.
  3. Portugal es un destino hermoso de frías playas, altos acantilados, luminosos y cuidados pueblos, de gente humilde impregnada de saudade, viento y mar. Hay tantos destinos, tantas historias, tantos recorridos que me gustaría contaros pues he vivido durante más de dos años en tierras lusas y he podido admirar algunos de los más lindos pueblos y vivir situaciones o lugares menos elogiables... Pero como ocurre en este país las cosas se cuentan con calma y ahora prefiero empezar por el final, por nuestra último viaje a Lisboa y a la pequeña ciudad de Caldas da Rainha. No teníamos planeada esta escapada pero por un cúmulo de circunstancias favorables (días libres acumulados en el trabajo y buenísima oferta en los billetes de avión a Lisboa) el miércoles 25 de junio preparamos las mochilas y a las 6 de la mañana del jueves ya estábamos, al menos físicamente , en el aeropuerto de Barcelona esperando nuestro Vueling a Lisboa. Llegamos a las ocho y media, hora local, y salimos de la terminal para esperar al pequeño aerobus que nos llevaría a la estación de Sete Rios desde donde podíamos tomar el autobús a Caldas da Rainha. El aerobus es sin duda un servicio cómodo pero como en cualquier aeropuerto sale algo caro 3,5 euros por trayecto y persona cuando el billete a Caldas nos cuesta tan solo 8,7 y está a 90Km. Es lindo viajar a nuevos destinos pero también lo es volver a viejos lugares conocidos y durante el viaje a Caldas fuimos recordando algunas de nuestras simpáticas excursiones por la zona. Mientras tanto nuestro autobús atravesaba bancos de niebla, lluvias y repentinos rayos de sol. El típico clima fresco y húmedo de Portugal en ese momento nos pareció de lo más agradable ya que veníamos cargados del calor el y bochorno de Barcelona, pero debo admitir que cuando vivía allí eché muucho de menos sentir el calor en verano y el frío en invierno pues el eterno clima primaveral/otoñal me aburrió solemnemente Llegamos a Calda da Rainha donde por suerte ni llueve ni hay neblina, todo lo contrarío, el viento está despejando rápidamente las nubes y dejando paso a un intenso y limpio cielo azul que nos permite fotografiar la hermosa rua de Heróis da Grande Guerra bañada en luz. El pequeño centro de Caldas es peatonal lo que permite caminar sin prisas y sin más ruidos que el de los transeúntes, las terrazas y las cafeterías de la zona, volviendo el paseo muy agradable y permitiéndonos reabsorber el portugués que hemos ido perdiendo por falta de practica Vamos rápido evitando tomarnos nada en ninguna de las cafeterías del centro pues tenemos ganas de volver a ver nuestra queridísima Praça da Fruta, oficialmente Praça da República pero que todos conocen como plaza de la fruta ya que en ella tiene lugar el mercado. Es un mercado muy hermoso donde van tanto puestos de comerciantes locales, como ancianas señoras ataviadas de negro con sus cajas de verdura y sus viejas y dudosas balanzas oxidadas, donde van colocando los aun más gastados pesos. Es como retroceder en el tiempo y volver a la época, que no conocí donde la fruta y la verdura no sabían a plástico, donde los tomates eran deformes y estaban buenísimos, donde cada verdura tenía su estación, donde las ancianas de viejas y gastadas manos te venden lo que cultivan sus esposos en la pequeña parcela de tierra para complementar su misera pensión, donde las grandes marcas no tienen cabida. Nuestra prisa no sirvió de nada la plaza estaba toda patas arriba , estaban de obras, según nos cuentan unos ancianos, para recualificarla, ajustar el adoquinado de la plaza y uniformar los puestos de verdura con carpas que se montaran por la mañana y desmontarán al medio día. Vivimos durante tanto tiempo el viejo y desordenado mercado y nunca le hicimos fotos, a pesar de haberlo pensado cientos de veces, pero como suele pasar cuando vives en un sitio no cargas la cámara para ir a comprar zanahorias y papas... Solo nos queda el recuerdo y las fotografías de los hermosos edificios de la plaza. Antes de encaminarnos a casa queremos pasear por el parque Dom Carlos I, sí en Caldas de Rainha tenemos un pequeñísimo apartamento que compramos con la intención de usar como base o almacén para poder viajar y movernos sin preocuparnos de donde guardar los libros y otros trastitos. Abandonamos La Praça de la Fruta, bajamos por el pequeño callejón de Liberdade y llegamos al Hospital Termal Rainha Dona Leonor, que como lleva siendo habitual en los últimos años, está cerrado por un nuevo brote de salmonella... El parque de Dom Carlos I formaba parte de los jardines del viejo Hospital Termal para que los pacientes pudiesen pasear y recuperarse de sus enfermedades y a tal fin ha sido defendido, reformado y ampliado en innumerables ocasiones durante los últimos tres siglos. Actualmente los grandes jardines son públicos y es sin duda uno de los lugares preferidos de todo caldense. La zona más conocida y visitada del parque Dom Carlos I es la que se encuentra en la parte baja de las Termas, zona que cuenta con una linda cafetería acristalada, mesas de picnic, pistas de tenis, zona infantil, el museo de Jose Malhoa y un estanque, que en estos momentos se encuentra medio vació por mantenimiento pero que normalmente tiene barquitas que se pueden alquilar para dar una pequeña vuelta alrededor del estanque junto con los cisnes, patos y ocas que en el residen. Dejamos el bonito parque por la puerta inferior, donde se encuentran las pistas o canchas de tenis. Ya son más de las 13 y estamos hambrientos así que entramos en el centro comercial Vivaci, subimos a la última planta y nos pedimos 2 súper menús faláfel con arroz, ensalada, patatas fritas y 5 hamburguesitas de faláfel, sí ya se que no es muy portugués pero necesitábamos energía rápida Una vez recuperados volvemos a cargar nuestras mochilas sobre nuestros hombros y esta vez sí que nos vamos derechito a casa. Nuestro pisito se encuentra alejado de la ciudad y para llegar allí hay que caminar unos 20 minutos desde el centro comercial. De camino pasamos por delante del viejo almacén de trigo que han restaurado hace poco para acoger exposiciones de la facultat de arte e interpretación de Caldas, al igual que el edificio de al lado donde el grafitero portugués EIME dejo su huella. Saludamos a los vecinos, abrimos la puerta, subimos todos los diferenciales y... no hay luz, NO HAY LUZ y yo que pensaba llegar a casita y tumbarme a leer... suerte que hemos comido porque el piso es todo eléctrico y sin electricidad no funciona nada y cuando digo nada es nada, no podemos ni subir las persianas. Volvemos a salir de casa y ahora con prisa porque tenemos que llegar a la otra punta de Caldas antes de que cierren la oficina de EDP. Tenemos suerte y tras hora y media de fila nos atienden y nos comentan que entre hoy o mañana activarán de nuevo el contador... Efectivamente cuando llegamos por la noche, después de pasar el resto de la jornada en casa de unos amigos, ya habían activado todo. Realmente debo admitir que en EDP han sido súper eficientes. No olvideis visitar el álbum con más fotos de Caldas da Rainha y el relato de nuestro paseo por esta linda y pequeña ciudad:
  4. AlexMexico

    Bahías de Huatulco

    Estando en la ciudad de Oaxaca no quisimos dejar pasar la oportunidad de nadar en las costas del pacífico mexicano, que prometen ser hermosas (el Caribe no lo es todo), y las Bahías de Huatulco eran el destino ideal. Había dos opciones para llegar: tomar el bus oficial que rodeaba la sierra oaxaqueña y hacía 11 horas de viaje, por 400 pesos el boleto sencillo; o tomar una combi que atravesaba la sierra durante la madrugada (12 am - 6 am) por 300 pesos el viaje redondo. Creo que no hace falta decir qué decisión tomamos. Al amanecer de aquel día, nuestra amiga Letzi fue a comprar los boletos temprano y nos trajo una sorpresa a casa: LOS BOLETOS A HUATULCO ESTABAN AGOTADOS. Pero no había apuros, había comprado el viaje a Puerto Escondido (otro destino paradisíaco en la costa) por el mismo precio, y de ahí podríamos ir a Huatulco en poco más de 1 hora. Antes de la medianoche de aquel día, estábamos listos en la estación de las combis. La verdad el coche no era tan incómodo como habíamos pensado. Letzi nos había advertido sobre las constantes curvas que atravesaríamos en el trayecto, y los riesgos de marearse con facilidad. Así que compramos una tableta de dramamine (pastillas contra el mareo) y nos la tomamos justo antes de partir. La van salió de Oaxaca a las 12 am, y pretendíamos dormir todo el viaje para llegar descansados a Puerto Escondido; pero sólo 1 hora después despertamos súbitamente. Nuestros cuerpos se golpeaban uno contra los otros, y nuestras cabezas caían y volvían a su lugar. Cuando Letzi habló sobre las curvas en la carretera nunca creí que serían tan cerradas y bruscas. Atravesábamos la sierra de Oaxaca, y el coche avanzaba justo sobre un acantilado. La combi no tenía cinturones de seguridad. Sentía mucho miedo, pues un volantaso en falso y caeríamos al precipicio, sin ningún tipo de seguro. Todos mis amigos iban despiertos también. Cuando el camino se tornaba recto y nos disponíamos a dormir, nuevamente empezaban las curvas. Fueron casi 4 horas de vueltas continuas, estábamos agotados y no pudimos dormir. Además de eso, una señora que iba al frente paró el coche para vomitar dos veces, y el conductor llevaba la radio a todo volumen, escuchando una conversación con una tal “Rosita”. Al final, odiábamos a Rosita. Cuando al fin arribamos a Puerto Escondido, estábamos de mal humor. Entre quejas y peleas, accedimos a pagarles a dos chicos que nos llevarían a Huatulco por poco dinero, en una combi para nosotros solos. Sólo queríamos llegar y dormir un poco en la arena. Tan sólo 10 minutos en el camino, una patrulla de policías federales pararon el coche. Sacaron a los conductores y hablaron con ellos por bastante tiempo. Creímos que traían droga o algo así. Al final, tuvieron que darles una mordida (soborno) de varios miles de pesos. Ambos chicos volvieron enojados al coche y nos dijeron que NO nos podrían llevar a Huatulco. Con todos dentro de la van enfurecidos y decepcionados, nos regresaron a Puerto Escondido y nos dejaron en la estación de buses. Sin pensarlo, compramos los siguientes pasajes a Huatulco en los autobuses oficiales. Más caros, pero no nos importó. Cuando el camión avanzaba, pude ver las playas de Puerto Escondido. Es un pueblo bastante bohemio, de pinta hippie, famoso por sus concursos internacionales de surf. Fue una lástima no habernos quedado al menos un día, pero prometí volver. Llegamos a Huatulco como a las 9 am, después de dormir como bebés en el bus. Nuestro humor había mejorado ya. Tomamos dos taxis hacia el embarcadero, desde donde sale un catamarán al día. El barco navega por siete de las nueve bahías, haciendo escala en dos, en las que se puede nadar y comer. Nuestro plan era tomar el viaje de ida y acampar en la última bahía. Al día siguiente regresaríamos al pueblo. Pagamos 200 pesos en el embarcadero y subimos al catamarán, junto con otro grupo de turistas. No me gustan mucho esos grupos organizados, pero era la única forma de llegar a las playas. Una vez a bordo y después de desayunar, sacamos nuestra botella de tequila, que en verdad necesitábamos. Había hielo y refrescos gratis en el barco, así que no fue un problema. Fue imposible no olvidar los malos momentos al tener semejante belleza frente a nosotros. El barco se alejó unos metros de la costa y pudimos ver a la distancia los acantilados que forman las bahías. El agua del mar chocaba en las cuevas escarpadas en sus paredes de piedra rojiza. La verde y exuberante vegetación se asomaba en lo alto de las playas y colinas. Tenía unas ganas de tirarme al mar y nadar hasta las playas, pero muchas de ellas están protegidas por ser zonas de conservación de flora y fauna, como el caso de la tortuga marina. No nos quedó más que sentarnos en la orilla de la barca y contemplar. Luego de recorrer tres bahías (la del Chahue, Santa Cruz y la del Órgano) hicimos una escala en la Bahía del Maguey. Una lancha más pequeña nos llevó hasta la costa, ya que el catamarán no puede tocar tierra. Una vez ahí, nos dieron como una hora para nadar, tomar una bebida o dar un paseo. Ya habíamos terminado la botella de tequila, y sólo necesitábamos eso: flotar en el agua cristalina y verdosa de una bahía donde las olas rompían en las formaciones rocosas que la protegían, dejando un estanque natural que apaciguó todas nuestras preocupaciones. Algunos de mis amigos compraron cervezas en los puestos locales. Algo bueno de Huatulco es que respeta mucho a sus zonas naturales protegidas, por tanto, no se ven grandes restaurantes o negocios modernos que contaminen el ambiente. Más bien, se observan vendedores ambulantes cargando hieleras portables con bebidas y comida traídas desde el pueblo más cercano. Todo alrededor era la naturaleza en su máximo esplendor. La temperatura del agua era perfecta. El día era soleado y bastante cálido como para darse un chapuzón. Luego de casi una hora maravillosa en la bahía, la lancha regresó por nosotros y nos llevó de vuelta al catamarán. Seguimos bordeando la costa, pasando la bahía de Cacaluta y la de Chachacual. El último destino fue la Bahía de San Agustín, que está al extremo oeste. Aquí nuevamente desembarcamos, para dar a los paseantes la oportunidad de nadar en el arrecife y comer en uno de sus restaurantes de mariscos más deliciosos. Para nosotros significó descender con todo nuestro equipaje. Hablamos con el capitán y le dijimos que nos queríamos quedar en la bahía y hacer noche en la casa de campaña. Nos dijo que no había problema, y que para salir de ahí al otro día podíamos hacerlo por tierra hacia el pueblo de La Crucecita, a donde habíamos llegado temprano. Buscamos entonces el sitio más adecuado para levantar la carpa. La bahía era una plancha de arena blanca y tersa que masajeaba los pies mientras caminábamos. No nos importaba mucho dónde acampar, pero unas nubes en el horizonte nos hicieron ver la posibilidad de lluvia aquella noche. Así que hablamos con el dueño de un puesto de mariscos en la playa. Nos dio permiso de acampar bajo un techo de palma, siempre y cuando consumiéramos en su restaurante. Aceptamos la propuesta. En la Bahía de San Agustín se asientan unos quince residentes, en su mayoría pescadores, que viven en casas de madera y techos de palma. Es un conjunto de construcciones muy pequeño, que apenas y contrasta con la magnitud de su amplia playa rodeada de acantilados. Por la tarde cumplimos nuestra promesa al hombre, comiendo en su restaurante ¡Vaya buena decisión! Los precios eran muy baratos y las porciones de comida enormes, sin mencionar lo delicioso del marisco recién pescado el mismo día por la mañana. Al verme atascado de un arroz caldoso con camarones, con mis pies masajeados por la arena y con la vista del Pacífico a mi frente, supe que ese viaje en combi había valido la pena… Después de reposar un rato la comida, nos dimos otro chapuzón en el mar. Hace pocos días habíamos ya cambiado al horario de invierno, y cuando nos dimos cuenta el barco zarpó de regreso al pueblo y el sol comenzaba a descender sobre el mar. Salimos del agua y los pescadores ya estaban guardando todas sus cosas: mesas, sillas, sombrillas y demás. Nos dimos cuenta que no teníamos casi provisiones, como agua y comida para toda la noche. Sólo había una tienda, y antes de que cerrara corrimos a comprar algunas cosas. Confiamos el dinero a mi amigo madrileño Jon, quien volvió con 10 latas de atún, galletas saladas y ¡15 litros de cerveza! (¿Qué estaba pensando?). Menos mal que había pedido prestada la hielera al señor y pudimos mantener frías las botellas hasta el otro día. Ya era de noche, y salvo algunas casitas de la playa, no había luz eléctrica. Decidimos prender una fogata, auxiliados por mi amiga Juliana, quien había sido boy scout. Pedimos un poco de leña al señor. Como no era suficiente, mi amigo Daniel y yo fuimos a buscar un poco más detrás de una choza. Tomamos unas cajas de madera y las llevamos al camping. En el camino, mi amiga Sonia venía con su cámara tomando fotos y me gritó: ¡Cuidado, un ALACRÁN! Empecé a correr huyendo del dichoso animal, cuando ella me replicó: ¡No tonto, está en la caja! Pronto, solté la madera en la arena y apareció ese pequeño animal, iluminado por el foco que colgaba fuera de la tienda, y que estuvo a punto de subir por mi brazo. Un señor escuchó los gritos y fue a ver qué pasaba. Tomó al bicho y le cortó el aguijón con un cuchillo. Nos dijo: “no te hace nada, sin aguijón ya no pica”. Yo sentí la muerte viéndome a los ojos, pues tuve miedo de su veneno, en ocasiones mortal. Pero ya sin peligro, mi amigo Daniel tomó al bicho, que rápido subió por su espalda. Después del susto, no dudamos en cerrar casi herméticamente la casa de campaña, para evitar cualquier tipo de animal dentro. Aquella noche la pasamos contando nuestros secretos, jugando y escuchando música, alrededor de la fogata en medio de una bahía paradisiaca sin casi nadie alrededor. Sólo nosotros, la luna, el sonido del mar y los litros de cerveza. Fue una noche espectacular. Al otro día, el sol nos despertó temprano. La hielera aún tenía cerveza, pero yo no quería saber ya nada de ella. Antes de comer, quisimos conocer el arrecife de coral. Rentamos un equipo de snorkel con un señor, por un precio barato y por tiempo ilimitado, y nos dirigimos al mar. Sólo unos metros dentro de la bahía, se veían las corales en el fondo repletos de peces coloridos y simpáticos. Yo no soy muy buen nadador, pero con el chaleco y las aletas, nada de eso fue difícil. Una vez bien adentrados, mis amigos Daniel y Jon se quitaron el chaleco para sumergirse a bucear por ratos con los peces. Yo los envidié mucho y decidí hacer lo mismo. Al descubrir que no me podía sumergir, les pedí ayuda y me llevaron tomados de sus manos. Aunque fuera sólo unos segundos debajo por no aguantar más la respiración, fue mágico verme rodeado de esos pequeños seres marinos. Hicimos snorkel por unas horas y luego volvimos a la costa por el lado opuesto de la bahía, donde para nuestra sorpresa, el arrecife casi se asomaba por la superficie del agua; eso significó acabar con las piernas raspadas y moreteadas. Pero valió todo la pena. Salimos del mar con el estómago vacío, así que nuevamente comimos en el restaurante del señor que nos prestó su palapa, degustando por última vez esos platillos de primera. Cuando terminamos el almuerzo, nos dimos cuenta de que el catamarán en el que habíamos llegado estaba en la bahía nuevamente. Nos topamos con el capitán y le preguntamos si nos podía regresar al pueblo; después de todo, habíamos pagado el viaje redondo y sólo habíamos ocupado la ida. El hombre accedió por una propina a cambio. Así que desmontamos el camping rápidamente y embarcamos el yate. En el viaje de vuelta sólo nos sentamos en la orilla de la barca para contemplar el atardecer sobre el océano. Fue algo realmente hermoso. Ya de noche, recorrimos un poco el pueblo de La Crucecita y compramos algunos recuerdos. Luego de tomar nuestra pastilla para el mareo, subimos a la combi que nos llevaría de regreso a Oaxaca. Aunque fue igualmente un viaje agotador, esta vez pudimos dormir un poco más, sin la radio prendida ni la mujer vomitando. En el último día en Oaxaca nos reencontramos con nuestro amigo Guillermo, quien llegó del D.F. un poco más tarde. Rentamos unas bicicletas para recorrer un poco la ciudad, antes de tomar nuestro bus de vuelta a la Ciudad de México. Pueden ver el álbum completo en la siguiente liga: Y pueden ver la segunda parte del capítulo 5 de Un Mundo en La Mochila, donde verán nuestra aventura grabada en video:
  5. En nuestro séptimo amanecer en Chiapas despertamos en la Posada de Carmelita. Habíamos descansado muy bien, y tomamos un meritorio baño caliente por la mañana. Bajamos para hablar con ella; pagamos esa noche y acordamos otro trato: ese mismo día viajaríamos al sur, al Parque Nacional de Lagos de Montebello. Trataríamos de acampar ahí una noche para después internarnos en la selva Lacandona desde la parte sur, e intentar llegar a la Laguna de Miramar, en el corazón de Lacandonia. Nuevamente, no teníamos un día exacto de retorno, así que aceptó guardar nuestras maletas y salimos solamente con lo necesario. Para nuestra sorpresa, nuestro amigo Guille cogió todas sus cosas y salió de la Posada con su enorme mochila. Nos dijo: “chicos, hoy mismo debo llegar a Guatemala. Alcanzaré a mi hermano y me quedaré con él hasta navidad”. Sus planes eran algo osados, pero no podíamos hacer nada. Se acercaba otra despedida pues para navidad, todos nosotros estaríamos de vuelta en nuestros hogares. No obstante, partimos juntos a la estación de combis (con un atole de arroz y un tamal en la mano). Tomamos una van a Comitán, una ciudad a 100 km al sur de San Cristóbal. Una vez ahí, acordamos llegar primero a Chinkultik, unas solitarias ruinas mayas cerca de los lagos. Guille decidió acompañarnos y después partiría a su aventura. Otra combi nos llevó por la carretera fronteriza y nos dejó en un pequeño poblado a la orilla de la autopista. A la zona arqueológica se llegaba al tomar un camino de aprox. 2 km adentro. Un pequeño señor con su moto-taxi aparcado parecía ya esperarnos en la entrada, y nos ofreció llevarnos por un poco de dinero. Aceptamos la propuesta del austero taxista. El clima en esta región era bastante fresco en el otoño, muy diferente al de la selva en la que estuvimos el día anterior. El viento soplaba y las hojas volaban por los suelos, y los paisajes eran verdes llanuras con algunos árboles que cubrían discretas áreas del campo. Chinkultik es otra de las zonas mayas no muy conocidas ni explotadas. Éramos otra vez, los únicos en el recinto. Pasamos por la recepción donde no tuvimos que pagar ni un centavo La ciudad de Chinkultik es pequeña en extensión. Comenzamos por visitar las afueras y el estadio de juego de pelota, también bastante pequeño. Después, seguimos un sendero que serpentea el terreno llano, hasta cruzar un arrollo y llegar a una pequeña colina. Es sobre este montículo de tierra donde los mayas construyeron una escalinata (que simula una pirámide, pero aprovechando el terreno elevado). En lo alto del monte nos topamos con una especie de acrópolis, desde donde tuvimos vistas maravillosas de las llanuras, montañas, bosques y lagos de alrededor. Sin embargo, lo que cautivó nuestra vista fue un cenote de color azul turquesa ubicado al norte y justo debajo de la pirámide. Los cenotes son cuerpos de agua subterráneos, generalmente hallados dentro de cuevas que han perdido su techo. Los cenotes más viejos pueden estar a cielo abierto, pues han crecido con el tiempo. Es el caso del cenote que tuvimos la dicha de conocer. Se cree que eran sagrados para los mayas, pues en la profundidad de muchos de ellos los buzos han encontrado restos humanos pertenecientes a niños mayas que, se dice, eran sacrificados como tributo a los dioses Me daría un poco de escalofríos nadar en uno de ellos y toparme con un cráneo. El viento soplaba aún más fuerte en la cima. Nos sentamos un rato a contemplar el paisaje. Del lado este teníamos el cenote y un lago, tras el cual se contemplaban las montañas que marcaban el límite del Parque Nacional de Lagos de Montebello. Del lado suroeste teníamos otra laguna que se conectaba con el arrollo que acabábamos de cruzar. Bajamos la pirámide y volvimos por el mismo sendero, al que además de las marcas de llantas, enmarcaban los árboles en ambas orillas que formaban un túnel muy otoñal. Nos detuvimos un rato en una especie de plaza cuadrada que formaban unas construcciones en grada. Parecía ser una plaza pública de la antigua ciudad. Habíamos acordado una hora con el taxista para que nos devolviera a la carretera, pues en el recinto prácticamente sólo estaban los encargados de la recepción. Sin embargo, vimos a un señor que salía con su camioneta. Le pedimos el favor de acercarnos a la carretera, y aceptó. En ese instante, Germán (el taxista) apareció de la nada. Nos dio mucha pena dejarlo plantado, y abordamos su moto de nueva cuenta. Nos dijo que él mismo nos podía llevar a recorrer los Lagos de Montebello, pues aún faltaban algunos kilómetros para llegar. Además, con él podríamos recorrer más que sólo uno de ellos. De tal forma, llegamos a la autopista, donde hicimos una escala para dejar a Guille y despedirnos de él Fue un momento bastante dramático, pues no sabíamos cuándo lo volveríamos a ver. Él se iba a Guatemala y después volvía a España, a un océano de distancia de México. Fue una despedida rápida, pues la combi que debía tomar apareció repentinamente y se estacionó frente a nosotros. Rogamos porque cruzase la frontera sin problemas y se encontrase con su hermano pronto. Casi con lágrimas en los ojos, subimos otra vez a la peculiar moto-taxi de Germán y comenzamos la travesía hacia los Lagos.
  6. Para el segundo día en Chiapas habíamos modificado un poco los planes; es la ventaja de viajar sin restricciones. Cuando volvimos a San Cristóbal de las Casas el día anterior, mis amigos se habían topado con el negocio de una gringa mientras yo compraba un traje para mi mamá. Esta mujer extranjera (que no hablaba español) se dedicaba a rentar scooters y motocicletas de todo tipo. Cuando me reencontré con ellos, me hablaron del itinerario que la gringa les había recomendado si le rentábamos los vehículos. Se trataba de una visita a los pueblos mágicos alrededor de San Cristóbal. Sin más, aceptamos la propuesta. Al siguiente día desayunamos un atole de arroz y un tamal, como de costumbre, y acudimos al local de la señora para salir temprano hacia nuestra travesía. Cuál sería nuestra sorpresa al descubrir que no sólo los mexicanos somos impuntuales (fama que ha acaecido en la cultura popular, sin importar cuál impuntual sean las otras nacionalidades). El local estaba cerrado. Llamamos por teléfono y enviamos mensajes a la chica, quien nos respondía: “Someone should be there soon. Please wait”. Sin otra opción, esperamos por casi una hora fuera del negocio, no sin antes tomar un café en la cafetería del frente. Rentamos 2 scooters, pagando cerca de 450 pesos mexicanos por cada una (unos 33 dólares). Así que no fue muy caro, sabiendo que cada uno pagó unos 20 dólares, incluyendo gasolina, y la moto era nuestra por el resto del día. Nos pusimos nuestros cascos y partimos rumbo a la aventura. Guillermo y Dany eran los conductores designados, quienes con poca o nula experiencia en motos nos llevaron a Sonia y a mí a sus espaldas. Por supuesto, nunca dejé de sostener mi cámara en mano para grabar a Daniel y tomarnos fotos. Después de unos minutos en la carretera empecé a arrepentirme de haber usado una bermuda aquel día, ya que el gélido viento otoñal penetraba mis piernas, a pesar del sol de mediodía sobre nosotros El paisaje de Chiapas es semi-montañoso, y en la zona oeste no es tan verde como en la selva de oriente. Los pastos son más áridos y el clima es más seco. En invierno se pueden llegar a temperaturas por debajo de los 0 grados. Después de poco rato perdidos en la autopista errónea, llegamos a San Juan Chamula, un pueblo mágico a 10 km. de San Cristóbal. Ésta población adquiere una fama significativa al ser uno de los pueblos indígenas más autóctonos del sur del país. Más del 90% de sus habitantes son descendientes de los tzotziles (de origen maya). Cuando llegamos, mientras buscábamos dónde estacionar las motocicletas, un numeroso grupo de niñitas tzotziles corrieron hacia nosotros ofreciéndonos todo tipo de prendas y accesorios: bufandas, pulseras, cinturones, collares, etc. Esto es muy común en todo Chiapas; de repente uno se ve rodeado de niños vendedores. Era difícil decirles que no a todas: “No he comido en todo el día. Por favor, cómprame una bufanda, te la dejo barata”. Antes de poder decir que no, una pequeña se escabulló entre las demás y amarró una pulsera a mi muñeca sin que yo me diera cuenta. Lo mismo pasó con mis compañeros. “Es un regalo de nosotras porque ustedes están muy guapos”. Vaya forma de estafarnos jaja. No quisimos ser groseros con ellas, así que hicimos un trato. Les dijimos que cuidaran nuestras motocicletas mientras estaban vendiendo. Cuando regresáramos, les compraríamos una prenda y la pulsera que nos habían “regalado”. Nos preguntaron nuestros nombres y aceptaron la oferta. “Aquí te espero Alexis; aquí te espero Daniel”. Después de negociar con las pequeñas (nunca había hecho algo parecido ) caminamos hacia la única iglesia del pueblo. Desde entonces nos dimos cuenta de lo difícil que sería tomar fotografías y grabar en ese lugar, pues la gente es muy supersticiosa y se espanta fácilmente con una cámara o un celular. Así que fuimos muy discretos. La iglesia de San Juan Chamula es una de las cosas más interesantes que he visto en mi vida: los misioneros españoles construyeron este templo para evangelizar al pueblo indígena a la religión católica. No obstante, sus planes no salieron como lo esperaban. Antiguamente existían dos iglesias en el pueblo, pero una se cayó durante un terremoto. Los habitantes pensaron que los santos no habían cuidado bien del templo, así que tomaron sus estatuas, les cortaron los brazos y los colocaron a los costados del templo central (como forma de castigo), incluyendo a la Virgen de Guadalupe y a Jesucristo. Ahora creen que los santos reflejan la maldad. De esta forma, la iglesia no tiene un altar, no posee bancos ni asientos. Nadie venera a los santos católicos. Un señor nos dijo que solamente hay un sacerdote que da una misa los domingos, y que el único sacramento que adoptaron los tzotziles fue el bautismo. Cuando entramos al templo, no nos dejaron tomar fotos ni grabar. Había varios grupos de indígenas hincados formando un círculo sobre un montón de paja que habían colocado en el suelo, rodeados de muchas velas. Hablaban en su dialecto, por lo que no entendíamos nada de lo que decían. Algunos tomaban un pollo por las patas y se lo pasaban alrededor de sí mismos. Un señor nos explicó que es su forma de limpiar el alma. El pollo absorbe todas las malas vibras, y al final lo matan para deshacerse de ellas. Nos dimos cuenta que aquella iglesia que por fuera parecía ser un templo católico común y corriente no era más que el lugar donde los indios llevaban a cabo sus ritos sagrados que, muchos creen, siguen vivos desde la era maya. Incluso, la cruz que se erige en su patio no es una cruz cristiana, sino el árbol de la vida de los mayas. Se diferencia del símbolo cristiano por tener una base de escalones (que representan los niveles del supramundo, o el mundo de los vivos). Su estructura data de siglos antes de la llegada de los españoles. Su parecido con la cruz cristiana es increíble, pero en realidad la forma intenta asemejarse al árbol de ceiba (en dialectos mayas wacah chan o yax imix che), oriundo de las selvas del sureste mexicano y Centroamérica, el cual los mayas adoraban como al árbol de la vida. Es por eso que esta cruz aparece cubierta de raíces y ramas. Anonadados por la mezcla cultural de este mágico entorno, dimos una última vuelta por las calles y el mercado local, cuya pobreza es desafortunadamente común en esta zona del país. Regresamos por nuestras motocicletas y encontramos a las niñas ahí paradas, que habían cumplido su promesa con satisfacción. Les dimos unas mandarinas que habíamos comprado en el mercado, para que pudieran comer algo. Compré un cinturón a una de ellas y conservé la pulsera que me había amarrado al brazo, cumpliendo así nuestra parte de la promesa. Después de darles las gracias, regresamos a nuestro camino. Recorrimos un poco algunos de los pueblos aledaños, sin hacer paradas muy prolongadas. Decidimos retornar a la dirección opuesta, al este de San Cristóbal, pues nos habían habado de unas cuevas que prometían ser buenas. Recargamos un poco de gasolina cuando nos vimos de nuevo en San Cristóbal de las Casas. Lo pasamos de largo y nos sumergimos en una autopista montañosa con mucho más tráfico que en la anterior carretera. De pronto comenzamos a vernos rodeados de bosques de coníferas; es increíble cómo los ecosistemas cambian tan drásticamente sus límites. Unos 10 kilómetros adelante, llegamos a las Grutas de Racho Nuevo. Es un sitio bastante turístico, pues más allá de las cuevas hay zonas de picnic, camping, juegos infantiles, caballerizas, restaurantes y tiendas. Dejamos las scooters en el estacionamiento y entramos a las cuevas, de forma gratuita. La gruta tiene las típicas formaciones rocosas de subsuelo abierto: estalactitas y estalagmitas por todos lados. Para el ingreso a los turistas hay un camino con vallas iluminado artificialmente, por supuesto. La humedad se siente a lo largo de todo el corredor de piedra y el frío empieza a hacerse más crudo al introducirse cada vez más. Llegamos al fondo del camino y volvimos. El hambre comenzaba a jugarnos malas pasadas en la panza. Sonia y yo practicamos un poco con las motos, aprovechando el campo abierto del parque, libre de automóviles. Regresamos a la autopista y retornamos hambrientos a San Cristóbal, donde antes de volver con doña Carmelita, comimos un pollo asado con tortillas y salsa picante. Nada mejor para saciar el estómago. Les dejo el link con la parte de las fotos: Y la primera parte del capítulo 7 de Un Mundo en la Mochila de mi amigo Daniel, donde pueden ver lo acontecido en este relato y el anterior grabado en video en HD y a todo color
  7. Al término de nuestro semestre juntos en la Ciudad de México, fue muy triste despedirnos y decir adiós. Algunos de mis amigos partían a casa, uno incluso se quedaría a vivir en D.F. El día de mi cumpleaños hicimos una cena de despedida con un intercambio de regalos navideño, y al amanecer tres de mis amigos y yo volvimos a hacer nuestras maletas para partir por la noche a nuestro último viaje: Chiapas. La aventura comenzó desde el D.F., cuando nuestra compañera Sonia no se aparecía por ningún lado (nos dijo que estaba ayudando a unos compañeros de clase a grabar un video por última ocasión). Guillermo, Dany y yo, después de atravesar el exasperante tráfico, llegamos a la estación de autobuses cinco minutos antes de que saliera el bus. Incluso nos dio tiempo de comer algo rápido, pues el viaje se atrasó un poco. Después de mandar innumerables mensajes de texto a Sonia , abordamos el ómnibus sin ella y éste dio marcha. Avanzados apenas unos 10 metros Sonia nos marcó y nos dijo que ya había llegado en un taxi. Le dijimos al conductor que se detuviera, pero hizo caso omiso Nos dijo que la única solución era que Sonia abordara el bus en la siguiente estación (Santa Martha) en el Estado de México. Sin más, Sonia no tuvo opción y dijo al taxi que siguiera al bus hasta su parada (literal, como en las películas “¡Siga a ese coche!”). Más de media hora después, el bus se detuvo y Sonia lo abordó, no sin antes pagar más de 400 pesos (poco más de 30 dólares) al taxi. Realmente pagó lo mismo al taxi que por el viaje hasta Chiapas. Al final, todo salió bien 12 horas pasamos en el viaje nocturno y arribamos a la ciudad de San Cristóbal de las Casas, que sería nuestro campamento central en Chiapas. Nunca creí que el clima fuera tan frío; aunque ya casi entrábamos al invierno, el sur del país no suele ser tan fresco. Cubrí mis manos, cuello y cabeza con todo lo que pude para poder caminar en esa mañana helada y encontrar un hostal barato donde dejar las cosas. La elección fue La Casa de Carmelita. Esta acogedora posada fue una buena elección. Por $125 la noche por persona (unos 9.5 dólares) dormimos en una habitación para nosotros cuatro. Agua caliente, camas cómodas y calientitas, aparte de una terraza y comedor comunitarios gigantes y con vistas increíbles Además, éramos casi los únicos huéspedes en la casa. La señora (Carmelita) fue muy amable y nos hizo muchos favores más adelante, así que les recomiendo hospedarse aquí. Después de una ducha y de reposar un poco, dedicamos el día a conocer la ciudad de San Cristóbal. Es una ciudad bastante pequeña, y ostenta el título de Pueblo Mágico de México, por su arquitectura bien conservada y sus manifestaciones culturales. San Cristóbal, como el resto de Chiapas, es hogar de cientos de poblaciones indígenas del sur de México, descendientes de los mayas. Sin algún mapa como referencia, caminamos sin rumbo y nos topamos con el ex convento de Santo Domingo, que ahora se exhibe como un museo de historia. En una de sus salas pudimos curiosear los textiles indígenas que se mostraban en las vitrinas; de pronto, una guía apareció y nos ofreció una explicación sobre las vestimentas. Aceptamos, pues esta guía era una miembro auténtica de la comunidad indígena tzotzil. Además de los magníficos y coloridos tejidos, nos vimos interesados en conocer toda su cultura, e hicimos algunas preguntas sobre su vida como indígena en las ciudades modernas. No hace falta decir que no todo es bonito para ellos; como en Oaxaca, en Chiapas también se mira la pobreza. Sus calles están colmadas de pequeños indios vestidos con sus trajes típicos y vendiendo todo tipo de producto: artesanía, ropa, comida… La mayoría de ellos son niños, y le rompen a uno el corazón al escucharlos decir: “no he comido en dos días, cómprame algo, se lo dejo barato”. Quisiera haber podido comprarles a todos ellos, pero el dinero no me dio para tanto. Aún así, cada que pude les regalaba algo de comida. El centro de San Cristóbal tiene mucha vida. Es un sitio donde llegan muchos turistas, y varios de ellos han fundado algún negocio y se han quedado a vivir; así que es común mirar a un rubio europeo o gringo ofreciendo servicios de viaje o vendiendo algún producto. Por ello se le considera una ciudad cosmopolita. Cruzando el centro histórico, llegamos a un cerro y subimos a la cima, donde hay una iglesia. Desde allí se tienen algunas vistas bonitas de la ciudad, aunque comúnmente obstruidas por los árboles. Muchas zonas del pueblo estaban adornadas con motivo del cumpleaños de la Virgen de Guadalupe (de la que hablé ya en un relato: De vuelta al hostal comimos algo por el camino. Pasamos un rato en la terraza, con la vista de la ciudad a nuestras espaldas. Saqué algunos cuetes que había traído desde México (ilegales en algunas zonas del país, pero para mí muy inofensivos y la manera perfecta de divertirme en temporadas navideñas ). Luego de prenderlos, tomamos unas cervezas en el comedor y nos fuimos a la cama. Al siguiente día, salimos temprano hacia la estación de combis. En la esquina de la carretera nos topamos con una señora que vendía tamales y atole de arroz, algo muy común en México para el frío. Compramos el combo para desyaunar, y después nos hicimos adictos a ellos; fue nuestro desayuno de todos los días. Satisfechos, compramos nuestro ticket al pueblo de Chiapa de Corzo, desde donde salen las lanchas a uno de los principales destinos naturales de México: el Cañón del Sumidero. Este cañón es el más grande del país y de los más altos del mundo, llegando a medir más de 1 km de altura. Sus acantilados fueron dibujados por el río Grijalva. Es en la deriva de este curso fluvial donde navegan las barcas que parten de Chiapa de Corzo. Es la única manera de conocer el cañón; nosotros quisimos hacerlo por nuestra cuenta, pero fue imposible, así que nos unimos con un grupo de turistas y zarpamos en la lancha. Los primeros minutos navegamos a la orilla del pueblo, y luego sobre manglares y plantas marinas. Poco tiempo después comenzamos a divisar a nuestro frente los cuerpos de roca que se elevaban a los costados del río. Nos movimos hacia la proa de la embarcación para poder grabar los videos sin que se viera la gente y para tomar algunas fotos, aunque era difícil con tanto movimiento. El cañón es simplemente magnífico. Me sentí diminuto ante su inmensidad. En los sitios más estrechos sentí el vértigo de cómo ambas montañas podían colapsar sobre mi cabeza; por supuesto, es algo muy improbable. En algunas zonas con la costa al nivel del río reposaban los buitres, que extendían sus grandes alas como posando hacia nosotros. También había algunos cocodrilos. Entonces entendimos por qué no nos dejaban nadar en el río. A mitad del recorrido paramos en uno de los atractivos, el árbol de navidad. Es una formación rocosa con musgo verde que tiene la forma de pino navideño, y por el que cae una pequeña cascada en temporada de lluvias; como era temporada seca, sólo caían algunas gotas. También hay algunas cuevas que se forman bajo las montañas. Existe una leyenda que cuenta que los pueblos indígenas de la zona se lanzaban desde lo alto del cañón para morir al caer al río o las rocas; esto, porque preferían morir a ser conquistados por los españoles. El Cañón del Sumidero aparece, incluso, en el escudo del estado de Chiapas. El recorrido terminó al llegar a una presa, donde la barca da la vuelta y regresa al pueblo por el mismo camino. Una vez en Chiapa de Corzo, comimos en el mercado y recorrimos la Plaza Central, donde ya se veían los adornos navideños por doquier. Tomamos nuestra combi de regreso a San Cristóbal. Regresamos al hostal a descansar un poco, y por la noche salimos a conocer la vida nocturna de la ciudad. Cabe decir que es bastante chula. Como dije, es el centro turístico más activo del sureste de México, por tanto, sus calles se atiborran de jóvenes viajeros en busca de una cerveza o una copa para seguir la fiesta. Bares, cafeterías, restaurantes, lugares con música en vivo. Nosotros optamos por comer una pizza en un restaurante, acompañada por una copa de vino caliente (nunca lo había probado, pero con ese frío otoñal se antojaba muchísimo). Eran nuestros primeros días en Chiapas y aún nos faltaba recorrer mucho. Aquí les dejo el link del álbum con la primera parte de las fotos:
  8. Como parte de mis segundas extensas vacaciones de éste año (sí, soy una de esas afortunadas que me rehúso a tomarme solo un par de días al año) , uno de los destinos que decidí conocer fue Perú, ya que a pesar de ser Chilena y vivir casi en la frontera de ese maravilloso país, nunca había encontrado el tiempo para poder empaparme del sabor Peruano y la cultura que tanto ha parecido encantar a muchos. En esta oportunidad, me gustaría contarles de mi paso por un rinconcito de éste país llamado Aguascalientes. Al planificar mi viaje a Machu Picchu, por supuesto decidí leer algunos blogs y páginas que me aconsejaran un poquito más respecto a donde quedarme y que cosas hacer. Y al parecer, existía un consenso con muchos de los viajeros: “si vas a Machu Picchu, no olvides quedarte al menos una noche en Aguascalientes”, por lo que decidí finalmente alojarme una noche en Cusco (relato que les contaré en otra oportunidad) y tomar el primer tren que saliese con dirección a Machu Picchu, para así poder tener tiempo de recorrer el pueblo y perderme en un lugar del que poco conocía antes de planificar mi viaje. A las 5 y media de la mañana me levanté (sí, a las 5 y media aunque ustedes no lo crean) para posteriormente tomar un taxy y me dirigí a la estación de trenes Poroy para comenzar mi viaje. Mi elección de tren con destino a Machu Picchu fue el Vistadome, ya que por solo un poco más de soles (moneda nacional del Peru) que en la versión más económica, te permite disfrutar de vistas panorámicas mientras disfrutas de un viaje de alrededor de 3 horas y media atravesando preciosos parajes de la zona, y cuando digo precioso, me refiero a ese encanto de ver el amanecer rodeada de naturaleza, animales y camino a un destino que por algo se considera una de las nuevas maravillas del mundo moderno. Llegamos a Aguascalientes alrededor de las 10 de la mañana, y- ¿adivinen que fue lo primero que hice al llegar a este pueblito que se aloja entre gigantescas montañas cubiertas de vegetación y nubes? La respuesta es bastante simple. Lo primero que hice fue perderme. Me enviaron un email justo antes de salir de Cusco, avisándome que debía informar al hotel de mi horario de llegada, pero por supuesto, olvidé enviar la información y terminé finalmente extraviada entre un sinnúmero de callejuelas de nombres extraños (Wiracocha, Pachacutec, Aymuraypa, etc.). ¡Nadie sabía dónde quedaba mi hotel! Me llegaron a decir que esa calle no existía, me enviaron a diferentes puntos del pueblo que si bien es bastante pequeño, no hay que menospreciar las subidas empinadas que posee y al yo no tener un muy buen estado físico, terminé derrotada en un rincón en donde una joven persistentemente me ofrecía servicios de masajes y manicure. Finalmente, luego de una costosa llamada de mi celular, personal del hotel llegó a rescatarme y a mostrarme que solo estaba a 2 calles de mi destino. Luego de una reparadora ducha y siesta, me dedique a explorar el pueblo de Aguascalientes, de sólo 3.400 habitantes, pero que suele albergar aproximadamente un promedio de 1.500 turistas diarios. Es increíble ver como las culturas se mezclan en un lugar tan pequeño y me encuentro inesperadamente escuchando diferentes idiomas mientras ordeno un asado de llama con un delicioso pisco sour que rápidamente me hace sonreír (4 medidas de pisco, 1 medida de jarabe de goma, 1 medida de limón y ½ de clara de huevo). El pueblo está pensado para turistas, y si bien podemos encontrar platillos típicos peruanos en todo restaurant, como el cuye, llama, aji de gallina, seco de cordero entre otros, también existe una amplia oferta gastronómica para los de paladar más exquisito. En cada calle que recorres puedes encontrar al menos 4 hostales, 5 restaurantes y un salón para masajes, y si te detienes a mirar más de 5 segundos, te encontrarás abrumada con los ofrecimientos por parte de los trabajadores de los locales, siendo el promedio gastar 30 soles por comida típica en los lugares más tradicionales (10 dólares/ 7 euros). Por supuesto, también es obligado recorrer los cientos de puestos artesanales esparcidos en todo el pueblo, siendo los tejidos a telar uno de los recuerdos que más atractivo tiene para la gente que visita desde países Europeos, por el maravilloso colorido y trabajo de éstos. Respecto de los paseos que puedes realizar en la zona, existen diferentes ofertas de senderismo y observación de aves y naturaleza, pero producto de mi ya acumulado cansancio y a pesar de los comentarios negativos leídos previamente, me decidí a visitar las termas de Aguascalientes. Siete de la tarde y me dirigí a conocer estas aguas curativas, y luego de tan solo 15 minutos caminando (cuesta arriba por supuesto) me encontré con un serie de pequeñas cascadas entre gigantescas montañas y finalmente las piscinas termales. Mis expectativas no eran altas, ya que había leído los comentarios de otros viajeros y en parte tenían razón. Pocas de sus piscinas están en funcionamiento y las que sí lo están, se encuentran repletas de turistas intentando aliviar los males que lo aquejan o bien simplemente se relajan esperando el anochecer. No obstante esto, el contenido sulfuroso de las aguas, me hace pensar que son más naturales que otras que he visitado con una mejor infraestructura y me dispongo a pasar un momento sumergida, esperando que el agua haga su magia y me alivie del cansancio que no me servirá para recorrer las ruinas al día siguiente. Con el anochecer y una llovizna ligera, me dispuse a abandonar los baños termales y me dirigí a comer a otro de los locales, atreviéndome a probar en esta oportunidad un platillo típico de la comida mexicana de acuerdo a la cocina peruana, una exquisita sopa de tortilla y nuevamente, otro pisco sour, para luego dirigirme nuevamente a mi hotel a descansar. Una vez en mi dormitorio, me doy cuenta que a pesar de solo haber estado un par de horas en Aguascalientes, siento que las horas se han hecho más largas, siento que el tiempo se detuvo y me permitió recorrer este encantador pueblo en su totalidad y por un instante, me hizo querer permanecer más tiempo perdida dentro de él e incluso por un instante, me imaginé administrando algún local de comida que me permitiera quedarme permanentemente en este rincón del mundo. Será por la mezcla de culturas, por la bienvenida que te dan sus habitantes o simplemente por estar rodeada de parajes con un toque de misterio, yo les recomiendo en definitiva, extraviarse al menos un día en estas callejuelas antes de retomar el rumbo a las ruinas de Machu Picchu.
  9. Hacia el medio día se han dispersado todos los nubarrones grises y el cielo aparece limpio y brillante. Me encuentro en la tranquila plaza de San Leandro, dejando que el sol absorba todo el frío que he acumulado. La fuente del siglo XIX que adorna la plaza, conocida como “Pila del Pato”, nació para sustituir la de Mercurio en la plaza de San Francisco. Pero, curiosamente, es una de las fuentes que más a “vagado” por las plazas de Sevilla, incluso durante más de 60 años estuvo en la Alameda de Hércules. Tras visitar 5 plazas la Pila del Pato llegó, hace ya casi 50 años, a esta pequeña placita para establecerse, esperemos, definitivamente. Hoy me gustaría visitar el Palacio de la Condesa de Lebrija en la céntrica calle Cuna. Así que tomo rumbo a la casa museo, callejeando en busca de nuevos rincones, como el precioso encuadre de la torre del antiguo convento de Los Trinitarios Descalzos. La característica torre es prácticamente la última huella que queda del viejo convento de los Trinitarios. Al parecer fue diseñada por un arquitecto ruso, de allí su curiosa forma bulbosa, que recuerda, de alguna manera, las iglesias ortodoxas. Sevilla es una ciudad preciosa, puedo pasar tres veces por la misma calle, plaza o rinconcito que siempre me parece hermoso. He dejado atrás la iglesia de San Pedro y la plaza de la Encarnación, para adentrarme por la calle de Puente y Pellón donde se encuentra la curiosa escultura del Caracol, de Chiqui Díaz. En el palacio hay un grupo de estudiantes italianos esperando para la próxima visita guiada, por lo que decido pasar después de comer. La Plaza del Salvador y bares de la zona están llenos, continuo caminando por las céntricas calles comerciales y sus trasversales observando los patios, los cuidados balcones de las casas o las estupendas fachadas de algunos edificios, como el que se encuentra en la calle. He comprado una pita falafél para llevar y me he sentado en uno de mis sitios preferidos, la Plaza del Triunfo. Habitualmente no entraría dentro de mi repertorio por ser un lugar demasiado turístico y frecuentado, pero me gusta sentarme en la blanca escalinata del monumento dedicado a la Inmaculada Concepción y comerme mi bocadillo, o en este caso pita, observando como la frenética vida turística al rededor de la Catedral, Giralda y Alcazar se relaja mientras todos se dispersan para ir a comer. En los alrededores de la catedral es frecuente encontrar, cantautores, gitanas del romero, figurantes, sevillanas, poetas, pintores y toda suerte de artistas. Me despido de la catedral y me dirijo de nuevo a la concurrida calle Cuna para visitar el hermoso Palacio de la Condesa.
  10. flormdk

    Living del Café de gatos

    From the album: Café de Gatos en Brisbane

    Living del café de gatos, con espacio para tomar un café y también comodidades para los gatos
  11. flormdk

    Archer

    From the album: Café de Gatos en Brisbane

    Archer vino a nuestra mesa a hacernos compañía mientras tomábamos un café
  12. holaa! Tengo ganas de viajar a Europa pero no ir a las grandes capitales o ciudades, sino que me gustaría recorrer pueblos, si son medievales mejor aún, sino cualquier otro destino de esos que están cargados de historia y parecen detenidos en el tiempo.. que me recomiendan?
  13. From the album: viaje por Kirguistán

    la hija de cazador
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