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  1. A principios de mayo la nieve en la mayoría de las ciudades de Europa se había esfumado. La primavera se había anunciado con esplendor aquel año y un delicioso clima corría por todo el continente. Incluso en los rincones de la húmeda y fría cordillera noruega el sol me había sonreído con ventura, y tras cuatro días en Estocolmo me sentía totalmente satisfecho del goce del que Escandinavia me había hecho acreedor. A mitad de la primavera, muchos se habrían decidido por disfrutar de ciudades floreadas, llenas de canales y arboledas donde Europa pudiera ofrecer sus mejores y coloridas postales. La tranquilidad que llega cuando el invierno culmina. Pero mi decisión fue un poco más brusca. Bastante brusca, me atrevería a decir. Aquella última noche en Estocolmo cogí un autobús hacia el norte, con rumbo al aeropuerto internacional de Arlanda. El abordaje fue el más tranquilo que jamás hubiera vivido. Solo 10 personas íbamos a bordo de aquel Airbus a319, y claro, no podía estar más feliz de tener el avión casi totalmente para mí. Pero mi vuelo no se dirigía al sur. No me encaminaba hacia la calidez de latitudes más meridionales. Mi destino no era ni siquiera las tierras continentales. Volaba con rumbo al noroeste, dos husos horarios hacia el occidente, a donde solo los vikingos se atrevieron a embarcarse hace más de un milenio desde las costas del Báltico. Aunque la oscuridad había inundado Estocolmo, al elevarse el avión a más de 8 mil metros un haz de luz entró por mi ventana. Era el sol de medianoche que se asomaba desde el Ártico. Y aunque iluminaba también las montañosas tierras nórdicas, una densa niebla lo cubría todo debajo de nosotros. Tres horas pasaron para atravesar el mar de Noruega y el mar del Norte, y ganándole la carrera al tiempo, el avión comenzó a descender poco a poco entre una espesa niebla. El gris del exterior era simplemente aterrador. Ni las franjas del litoral, ni la torre de control, incluso las luces de la pista de aterrizaje eran escasamente percibidas por los ojos humanos a bordo. El piloto llevó a cabo un descenso prácticamente a ciegas, guiado por la eficiente base aérea. Sus exitosas maniobras nos llevaron a salvo hasta el aeropuerto de Keflavík, ubicado en un cabo al suroeste de Islandia. A una latitud de 64º 08' N, era el sitio más septentrional en donde hubiera estado parado. Mi viaje de primavera sería, así, una fría aventura en aquella remota isla, a unos cuantos kilómetros por debajo del círculo polar ártico. Aunque durante mayo las horas de oscuridad en Islandia son escasas debido a su posición geográfica, a la medianoche, hora en que recogí mi maleta en la cinta transportadora del aeropuerto, la penumbra era total. Y aunado a la niebla que acompañaba a la noche, el exterior no era algo apetecible por disfrutar. Me dirigí rápidamente al estacionamiento, donde el último autobús de conexión con la ciudad saldría unos minutos después. Casi una hora más tarde, a 40 kilómetros al este, llegamos a Reikiavik, la capital de Islandia, que hasta hoy ostenta el título de la capital más septentrional del mundo. Por fortuna, el autobús condujo hasta el centro de la metrópoli, desde donde pude caminar cuesta arriba por sus empinadas calles hasta alcanzar la casa de Gisli, un estudiante que contacté por Couchsurfing y que me hospedaría por un par de días en su apartamento. Gentilmente, aguardó hasta casi las 2 de la mañana por mi arribo. Al parecer yo era su primer huésped, y no podía decepcionarme ante la calidez de los islandeses. Gisli vivía en el segundo piso de una típica casa islandesa, construida con una especie de material de lámina de colores vivos, y un tejado en picada que ayuda a que la nieve resbale y se derrita durante las nevadas del invierno. Alquilar un piso en Reikiavik, según me contaba, se había vuelto sumamente caro, sobre todo después de la crisis que Islandia enfrentó en 2008 y 2009. Pero sus padres le apoyaban lo suficiente para que pudiera finalizar sus estudios en la capital. Como la primera verdadera ciudad que se fundó en la isla por parte de los noruegos en tiempos medievales, Reikiavik se ha vuelto el centro industrial, financiero, político y cultural de Islandia. Con 200 mil habitantes, su área metropolitana alberga a dos tercios del país entero. Era más que raro hallarme en un país cuya población nativa es menor al número de turistas que alberga. La niebla del día anterior había dado paso a un clima frío esa tarde, aunque aquello era bastante normal. Después de todo me encontraba al sur de Islandia, a unos cuantos kilómetros del círculo polar. Pero con el tiempo limitado, no podía dejar que el clima me hiciera perder tiempo y salí a conocer la ciudad. A pesar de encontrarse a latitudes equiparables al norte de Alaska y el Yukón, Islandia posee un clima subpolar oceánico templado. Sus temperaturas de hecho no bajan tan drásticamente, y el invierno puede presentar apenas -10°, un clima más cálido que el que viví en el invierno de Berlín o Polonia. La isla es así bastante habitable no obstante su situación geográfica, y se lo debe nada menos que al Golfo de México. La corriente del Golfo arrastra masas de agua y aire cálidas desde el trópico que contrarrestan la frialdad del Ártico. Las costa de Islandia se mantienen libre del hielo todo el año, algo impensable en otros lugares a la misma latitud. Caminar por Reikiavik era para mí como andar por una ciudad en miniatura construida con legos. El ambiente tan tranquilo, el escaso tráfico y los pequeños edificios que le dan vista a la urbe apenas podían compararse con una modesta comarca en otros países. Sin duda era la capital más tranquila que jamás hubiese visitado. Me preguntaba repetidas veces con qué interés llegaron los primeros residentes a aquella remota parte del mundo. Es bien sabido que los vikingos eran asiduos y expertos navegantes, lo que los llevó a conquistar y saquear múltiples territorios en la Europa continental. Pero los vikingos escandinavos se aventuraron más allá, mucho antes de que Galileo demostrara que la Tierra es esférica y antes de que los españoles arribaran al continente americano. Los fuertes vientos del mar del Norte llevaron a Erik el Rojo, un explorador noruego, hasta las deshabitadas islas del ártico, a las que él mismo bautizó como Islandia y Groenlandia. El comerciante vikingo convenció fuertemente a varios noruegos de emigrar hacia la ‘Tierra verde’ para colonizar la isla. Así, el nombre de Ingólfur Arnarson pasó a la historia del país como el primer residente permanente de Islandia, y fundador de Reikiavik, ya que allí estableció su hacienda. Ingólfur es considerado el creador de Islandia como país, ya que tras su colonización se estableció el Alþing, un parlamento legislativo que es nada menos que el parlamento más antiguo del mundo entero todavía en existencia, y con ello se dio paso a la Mancomunidad islandesa, que luego formaría parte del Reino de Dinamarca-Noruega. Estatua de Ingólfur Arnarson. El parlamento se fundó primeramente en la región de Þingvellir (hoy un parque nacional que ningún parecido tiene con un centro político estatal), y fue hasta el siglo XIX cuando se trasladó a Reikiavik, lo que la convirtió en capital. Hasta el día de hoy, el parlamento se sitúa en el Alþingishúsið, el palacio parlamentario, que a mi parecer, es el más pequeño que jamás avisté. Con la cristianización de Escandinavia y los países nórdicos, no pasaría mucho tiempo para que Islandia abandonara también el paganismo y fuera evangelizada, lo que ocurrió alrededor del año 1000. El rey Cristián III de Dinamarca impuso el luteranismo luego de la Reforma de Lutero en Europa continental. Y aunque Reikiavik posee todavía una catedral católica, la catedral más importante para los islandeses es la Catedral luterana. Aunque no tiene absolutamente nada de monumental e impresionante comparada con el resto de las catedrales, aquel modesto templo posee más un valor simbólico que arquitectónico y religioso para todos los islandeses, pues allí se celebró el establecimiento del Reino de Islandia y se entonó el himno nacional por primera vez, lo que en el siglo XIX comenzaría con el movimiento independentista que hizo de Islandia un país soberano a mediados del siglo XX. Pero como toda ciudad cristianizada, Reikiavik tiene también un campanario del cual estar orgullosa. Y el título se lo da la Hallgrímskirkja, la iglesia y el edificio más alto de toda Islandia. La curiosa forma de su torre de 75 metros de altura se dice que fue inspirada por el movimiento de lava basáltica que caracteriza a la isla. Así, aquellos blancos pilares son visibles desde casi cualquier lugar de la ciudad y da una bienvenida a los turistas que encuentran en ella una mezcla de la cultura religiosa y los maravillosos paisajes naturales de este remoto país. Curiosamente, una figura pagana se yergue frente a la iglesia. La estatua de Erik el Rojo situada en lo alto de la colina celebra el descubrimiento de la isla, y frente a él desciende la totalidad del centro histórico de Reikiavik, por donde me dispuse a caminar aquella fría tarde. Aunque Islandia es un país mayoritariamente cristiano, poco a poco ha ido creciendo el número de ateos en la isla. Pero lo más sorprende son los movimientos neopaganos que poco a poco van cobrando fuerza. Estos ritos traen de vuelta las tradiciones y creencias de los pueblos vikingos que poblaron el lugar hace siglos. Y su influencia no se nota solamente en la religión, sino en el estilo de vida mismo de los jóvenes islandeses. La publicidad por las calles muestra a modelos con rasgos vikingos, y los mismos espectáculos musicales y teatrales intentan rescatar las sagas vikingas bajo las cuales se ha construido la historia del estado islandés. La moda entre los jóvenes son las barbas largas, abrigos voluminosos de piel y beber cerveza en enormes tarros de madera. Los vikingos, sin duda, siguen vivos en las tierras nórdicas. Por supuesto, todo se adecua a su tiempo. La vida “vikinga” de la juventud se ha transformado a los estándares del siglo XXI y la modernidad de Islandia como un país del primer mundo. Reikiavik se muestra hoy como un centro artístico posmoderno bastante fuerte. Entre otras muchas ciudades europeas, es una ciudad de murales. Los frescos en las paredes del centro metropolitano son la cara moderna de Islandia hacia el mundo exterior. Sus colores y formas sitúan a Reikiavik como una urbe a la vanguardia. No se puede ignorar la excentricidad que artistas nativos como Björk han puesto de moda en el mundo entero. Otra de las excentricidades características de esta tierra nórdica que llama mucho la atención de los turistas es su extraño idioma. El islandés es la lengua que menos ha cambiado desde que evolucionó del nórdico antiguo, familia a la que pertenecen también el noruego, el sueco y el danés. Aunque la lengua viva que más se le parece hoy es el feroés, hablado en las islas danesas de Feroe. Las palabras islandesas se fueron acoplando al alfabeto latino, aunque conserva todavía algunas rúnicas de las lenguas germánicas, como la Þ, siendo el único idioma del mundo que usa este caracter (que vamos, ni siquiera sé cómo pronunciar). Leer los vocablos islandeses es una situación de terror. Ejemplo de ello fue la relevante explosión que tuvo el volcán Eyjafjallajökull en 2010 y que dejó a buena parte de Europa sin tráfico aéreo, debido a la nube de cenizas que provocó la intensa erupción. En fin, no hace falta imaginarse el sufrimiento de los conductores televisivos de toda Europa al intentar pronunciar Eyjafjallajökull para dar a conocer la noticia a los televidentes. Las calles del barrio Miðborg constituyen el centro histórico y gubernamental de Reikiavik. Orillado por coloridos edificios, representa el núcleo turístico de la ciudad. Sus estrechas vías, muchas de ellas peatonales, me llevaron cuesta abajo hasta el estanque de Tjörnin, un pequeño lago alrededor del cual se desenvuelve el casco principal de la capital. El Stjórnarraðið se encuentra muy cerca al lago, y se trata de la sede del poder Ejecutivo, donde se encuentra el Consejo de Ministros. A diferencia de sus países nórdicos hermanos, Islandia abandonó la monarquía y se decidió por ser una república. Y claro, su palacio de gobierno no es nada de ostentoso comparado con los palacios reales de Escandinavia. El Ayuntamiento es otro de los edificios importantes, donde aproveché para refugiarme un rato del frío y pedir alguna información en la oficina de turismo. Reikiavik era solo mi primera parada en Islandia y necesitaba algo de orientación sobre su geografía. Bajando las colinas hacia el norte de la península donde se enclava el centro, alcancé el puerto marítimo de Reikiavik, principal actividad industrial del país. Desde los embarcaderos pude apreciar el Harpa, el centro de conciertos y conferencias que se ha convertido en el núcleo cultural de la isla, y que le da otro gran toque de modernidad al país. Los barcos y cruceros son algo típico de observar en el fiordo que se abre al norte de la capital, donde los paisajes montañosos se empezaron a asomar cuando las nubes se esfumaron y el sol al fin me sonrió algunas horas. Más al este, caminando por su malecón, la ensenada de Reikiavik me dio mi primer acercamiento a la accidentada geografía que me esperaba en Islandia. Volar hasta aquella remota isla no había sido sin duda para visitar su capital solamente, sino para dejarme sorprender por las maravillas naturales que solo un sitio como aquel podía darme. Si bien Islandia es considerada parte de Europa por su similitud cultural e histórica, la isla se posa justamente en medio de las placas tectónicas Euroasiática y Norteamericana, lo que geológicamente la coloca en ambos continentes. Con una falla que parte al país justo por la mitad, no es de sorprender que la actividad volcánica, sísmica y geotérmica sea lo que caracteriza a Islandia, y lo que la ha puesto en el mapa como uno de los destinos turísticos predilectos de los mochileros. Y justo con dos mochileros es que me había quedado de ver aquella noche para intercambiar nuestros planes y tomar alguna copa. Pero antes de ello volví a casa de Gisli para cenar con él. Preparar la cena para mi anfitrión siempre ha sido un placer. Es la mejor forma para agradecer su hospitalidad. Pero comprar los ingredientes para una simple cena en Islandia fue un pequeño roce a un paro cardiaco. Los precios en la isla están simplemente por las nubes. Y no solamente por la proveniencia de sus productos importados (la mayoría lo son), sino por la inflación que la crisis del 2008 dejó en su canasta básica. 4 euros por una lata de atún, 3 euros por un chocolate y la inexistencia de la venta de alcohol en supermercados (ya que la ley controla su venta libre para prevenir las adicciones) hizo de mi noche algo un poco difícil. Así que un simple platón de pasta tendría que ser suficiente para ambos. Tras aquella experiencia no sabía qué esperar de la vida nocturna de Reikiavik y de sus precios. Al reunirme con Alessandro y Catherine, dos couchsurfers que habían arribado a la ciudad aquel mismo día, visitar un bar local me dio algo de escalofríos. En efecto, el precio promedio de una pinta de cerveza es de nada menos que diez euros. Diez euros por un vaso mediano de cerveza. Finalmente creo que el alcohol sería lo que menos buscaría beber en Islandia. Pero la noche se pasó divertida. Entre risas y música de origen neopagano, los bares de Reikiavik nos dejaron en claro a los turistas que la moda vikinga tiene un enorme peso. Un juego de ruleta le trajo bastante suerte a uno de los jóvenes locales que bastante borracho estaba ya. Y ocho cervezas gratis por una ronda de aquel inocente juego nos dio el privilegio de recibir un tarro de cerveza gratis a Alessandro, Catherine y a mí. Era obvio que aquel chico islandés no podría solo con ocho tarros de cerveza. Mientras volvíamos caminando cuesta arriba a nuestro hospedaje, ambos me contaron los planes que tenían para recorrer la isla y sus paisajes naturales. Habían rentado una van y la recogerían al siguiente día. Conducirían y dormirían en aquel vehículo perfectamente equipado para la vida en las carreteras árticas. Pero por las fechas en que pensaban hacerlo, no me sería posible unirmeles. Aquello significaba que mi travesía por Islandia la haría solo, al fracasar en mi búsqueda por un acompañante para mi aventura. Y con poco dinero para rentar un coche, la decisión estaba tomada. Haría mi trayecto pidiendo aventones en la carretera. Un viaje más con solo mi mochila y el hitchhiking de mi dedo pulgar. Con una tienda de campaña, un saco de dormir nuevo, ropa térmica, un rompevientos y botas para la nieve, la siguiente mañana sería el inicio de una inusitada hazaña, que me mostraría que con Islandia no se juega tan fácil. Pero la satisfacción de un viaje por una isla del ártico nadie me la quitaría jamás.
  2. Dicen que si la vida te da limones, hay que hacer limonada. Y cuando las buenas oportunidades se nos presentan no podemos pasarlas por alto Es así como mis primas, mi hermano y yo nos tomamos cuatro días de vacaciones durante el mes de mayo para visitar la perla del occidente mexicano: Guadalajara, la segunda ciudad más poblada de México. Aunque llevábamos planeando un viaje juntos por algún tiempo, supimos que era el momento indicado cuando una amiga mía me llamó por teléfono para decirme que Volaris, una aerolínea lowcost nacional, estaba regalando vuelos en el centro de la ciudad Rápidamente contacté a mis primas y nos reunimos en el zócalo donde, tras el módulo de la aerolínea, una larga fila de personas de todas las edades esperaba su turno para completar la dinámica. Lo único que debíamos hacer era decir frente a la cámara por qué es bueno viajar en avión; después de ello, debíamos oprimir un botón para elegir qué opción era mejor: viajar en camión o viajar en avión. Por supuesto, el botón correcto era el del avión Y así, un cupón con un código impreso era expulsado desde una máquina, mismo que nos daría acceso a la futura adquisición gratuita de un viaje nacional La campaña publicitaria de la aerolínea, llamada “No Más Camión”, tuvo tanto éxito que al llegar a casa y revisar la lista de viajes participantes, muchos de ellos estaban agotados, incluyendo todos hacia Cancún De tal manera que el vuelo elegido fue Guadalajara. Ya había tenido la suerte de viajar con Volaris. Pero hacerlo gratis me dijo, sin duda, que era mi empresa de transporte favorita en todo México Y disfrutando de sus mejores servicios, Montse, Meya, Iván y yo volamos por poco más de una hora hasta la ciudad tapatía por excelencia. La zona metropolitana de Guadalajara es una de las tres ciudades más importantes del país, junto con la Ciudad de México y Monterrey. Juega un papel muy importante en materia económica, histórica y política. Pero ante todo, es un símbolo de la identidad y la cultura nacional. Al ser la orgullosa cuna del mariachi y el tequila, no es de extrañar que posea una fuerte afluencia turística internacional. Nos dirigimos al hotel que reservamos semanas antes, ubicado en el primer cuadro de la ciudad. Como es común en las urbes latinoamericanas, todos sus cascos viejos tienen una buena y una mala cara Por suerte, nuestro hotel se encontraba antes del límite del lado malo (donde abundan los mercados, la venta ilegal y la prostitución). Tras ocupar nuestra habitación doble y tomar un breve descanso, aprovechamos la luz del día de aquella tarde todavía joven para conocer el centro histórico. Pero antes, hicimos una parada para comer uno de los platillos más representativos de Guadalajara: la torta ahogada. Se trata de un emparedado de bolillo (un tipo de pan más duro de lo normal) que permite ser sumergido en salsa picante de tomate, chile de árbol y condimentos, relleno de carnitas estilo jalisciense (carne de cerdo) y acompañado de cebolla en jugo de limón. A pesar de su célebre reputación, no fue de todo mi agrado. El caldo es demasiado agrio para mi paladar y la idea de una torta sumergida en salsa es algo a lo que simplemente me llevaría tiempo acostumbrarme. Pocas cuadras delante de aquel restaurante se encontraba la Plaza de Armas de la ciudad, repleta de transeúntes que se paseaban bajo un abrasador sol de primavera. En su costado izquierdo pudimos admirar el Palacio de Gobierno de Jalisco, y en el margen norte, la majestuosa catedral de la ciudad. Palacio de gobierno de Jalisco Es extraño hallar en México construcciones coloniales de estilo gótico o neogótico, pues predominan sobre todo el barroco y el neoclásico. Es por ello que las torres de la parroquia me enamoraron al instante que pude divisarlas Su brillante matiz dorado confrontaba al intenso azul del sereno cielo que se desplegaba sobre nosotros. Seguimos nuestro recorrido del lado posterior de la catedral, hogar de los museos y parques más famosos del distrito, como el Museo Regional, el Museo de Cera y el Teatro Degollado. Lamentablemente y por falta de tiempo, no pudimos visitar ninguno de ellos La calle sur de la alameda se convertía más adelante en un andador, el Paseo Hospicio, un corredor turístico colmado con las más variadas atracciones humanas, desde estatuas vivientes hasta un show sobre ruedas. Y a los costados, multitudes de comercios se aglutinaban buscando seducir hasta al más desamparado individuo. Tras cruzar el puente de la avenida Independencia (una de las principales arterias de la ciudad) apareció frente a nosotros el formidable Hospicio Cabañas, edificio emblemático de Guadalajara. Antiguo hogar de niños huérfanos, hoy es sede del Instituto Cultural Cabañas, su arquitectura neoclásica y sus murales interiores lo hicieron merecedor de ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, título que ostenta orgulloso al imponerse en el núcleo de toda la metrópoli. Bajamos por la avenida Independencia para regresar al hotel. Pero una de las efigies, quizá la más mexicana a nivel mundial, nos hizo detenernos para nuestra foto obligada La Plaza de los Mariachis de Guadalajara puede no ser la más famosa del país (sin duda no más que la Plaza Garibaldi de la Ciudad de México), pero la ciudad puede presumir ser el lugar de nacimiento de tan afamado género musical Y además de los aclamados grupos de mariachis que serpentean los bares y restaurantes de la zona buscando a quien ofrecer una serenata, no podía faltar el célebre sombrero mexicano para nuestra mejor foto del recuerdo Tras reposar en nuestras camas, nos alistamos para salir de fiesta y conocer la vida nocturna de la ciudad. Uno de los mejores sitios, según los locales, era la avenida Chapultepec. Un largo camellón peatonal saturado de artistas callejeros y comerciantes era costeado por un sinfín de restaurantes, bares y discotecas, que hicieron de nuestra noche una velada memorable, entre hamburguesas, papas fritas y cerveza A la siguiente mañana nos dirigimos a uno de los distritos más bellos y famosos de la zona metropolitana: el municipio de Tlaquepaque. Ubicado al sureste de la ciudad, solía ser un pueblo de artesanos que, con el pasar de los años, se conurbó a la mancha urbana de Guadalajara. Carente de grandes edificios o bulliciosas avenidas, Tlaquepaque nos transportó a un tradicional pueblito mexicano dentro de la colosal capital El trayecto por su centro histórico da inicio en el andador Independencia, un amplio corredor adoquinado y ataviado por antiguas y coloridas casonas del siglo pasado, que hoy sirven como residencias particulares o locales de comercio. La mayoría de ellas alberga extravagantes galerías de todo tipo: alfarería, tiendas de textiles, artesanías ecológicas, figurillas de vidrio… Todas las imágenes más representativas de un México tradicional se reflejaban en cada una de aquellas tiendas: catrinas, calaveras del día de muertos, alebrijes, figuras de dioses prehispánicos, indígenas o mariachis. Y lo no mexicano también tenía cabida en esta abundancia comercial, como esta tienda estilo pastel que remembraba a las habitaciones de la aristocracia europea del siglo XVIII, y a mí en lo particular, a los aposentos de María Antonieta en Versalles Y más allá de los souvenirs y los productos a la venta, los colores y las formas de cada calle y edificio hicieron de Tlaquepaque nuestra zona favorita de todo Guadalajara Al terminar el paseo Independencia nos topamos con el zócalo del distrito, bajo cuyo kiosco nos refugiamos un momento del sol Aunque cada cafetería y restaurante en la zona turística son muy atractivos, preferimos desayunar en el mercado local. Siempre digo que la mejor comida se encuentra en el mercado… y vaya si tenía razón Antes de que cerraran el negocio, unas amables cocineras nos ofrecieron las últimas gorditas de comal que estaban preparando. Son tortillas de maíz hechas a mano rellenas de cualquier tipo de guisado, incluso las hay vegetarianas. Toda una delicia para cualquier hora del día Y al platicar con una señora local que se sentó a nuestro lado, nos recomendó echar un vistazo a las artesanías del segundo nivel. Como era de esperarse, la recomendación de una tlaquepaqueña no podía subestimarse, ya que el cúmulo de figuras a la venta era más vasto y atractivo que el de la zona turística, pero a precios mucho más bajos, por supuesto No cabe duda que siempre hay que estar atento a los consejos de los locales, pues sin esa amable señora nunca habríamos encontrado aquel segundo piso repleto de tan admirable colección Seguimos con nuestra andanza, pasando por el reconocido Centro Cultural El Refugio, antiguo hospital y ahora sede de hermosas exposiciones culturales. No dudamos en experimentar con el laberinto contemporáneo de materiales reciclados que se posaba en su patio central Volvimos al zócalo del distrito para visitar la catedral y el Santuario de Nuestra Señora de la Soledad, ambas de una hermosa arquitectura exterior e interior. Terminamos nuestra visita en El Parián, una plazuela colonial en la esquina de la plaza central donde hoy se alojan una multitud de restaurantes, desde los cuales se pueden admirar los diferentes eventos que se llevan a cabo en su kiosco central. Claro está, lo más común es el show de mariachis. Pero a nosotros, sin duda, nos cautivó más la danza prehispánica que tuvimos la suerte de ver Un par de músicos, una danzante y un pequeño niño vestidos con telas en grecas, máscaras y penachos de pluma representaron un baile ritual a la manera de las antiguas civilizaciones mesoamericanas, lo que resalta la verdadera cuna de nuestra identidad mestiza. Nuestro tercer día decidimos pasarlo entre la naturaleza de la ciudad, en uno de sus pulmones más importantes, el Bosque de los Colomos. Tomamos un autobús y luego un taxi hasta la entrada del parque. Un grupo de caballos en su establo nos dio la bienvenida, mientras sus dueños nos ofrecían paseos sobre sus lomos. Con toda la energía aún con nosotros, decidimos caminar. Los curvilíneos senderos de concreto nos llevaron desde un castillo ocupado para eventos culturales, hasta los campos de flores de los más distintos colores Los tapatíos (como se les llama a los nacidos en Guadalajara) corrían y hacían ejercicio por cada una de sus veredas, afortunados de tener a tan hermoso bosque con ellos Nos sentamos a la orilla de uno de sus estanques a mirar las tortugas y las garzas, mientras hablábamos sobre cuál animal nos gustaría ser en nuestra otra vida (cuando se tiene mucho calor se puede hablar de cualquier cosa). Mientras un numeroso grupo de palomas caminaba por una de sus pequeñas plazas, curiosas ardillas aparecían frente a nosotros, pidiéndonos con desesperación algo para comer amenazadas por sus amigas (o enemigas) las aves. Máquinas en el lugar ofrecían puñados de maní por unos cuantos pesos, destinados por supuesto a la gordura de esos roedores. Lo más hermoso del bosque fue, sin duda, su jardín japonés Esta réplica de tal tradición ceremonial de oriente nos llenó de calma ante el sonar de sus canales de agua y el relajado estado de ánimo de las aves que se posaban en él. Aunque en la baja profundidad del estanque, los peces gato no parecían relajarse en lo absoluto, y nadaban golpeándose uno con otro Nos paseamos por sus pequeños puentes de madera a la sombra de las copas de sus árboles, que para un mejor ambiente, imaginé como hermosos bonsái Dejamos el bosque para visitar la última atracción, del mismo modo, natural. En la punta norte de la ciudad, justo detrás de la facultad de arquitectura de la Universidad de Guadalajara, llegamos a un parque mirador que nos ofreció una panorámica magnífica de quien custodia las afueras meridionales de la urbe. La Barranca de Huentitán es una especie de cañón, cuyo valle vigila el correr del río Santiago. Sus paredes talladas por miles de años son fotografiadas por los turistas desde el mejor de los ángulos a los que se puede subir sin tanto esfuerzo (aunque quisiera haber podido bajar hasta su nivel más bajo). Con aquella postal terminaríamos nuestra jornada en Guadalajara no sin antes pasar una noche más en el centro de Tlaquepaque, y disfrutar de las luces que iluminan la vida nocturna del antiguo pueblecillo. Descansaríamos bien, pues al otro día nos disponíamos a visitar otra de las recomendaciones de un local a la que se nos uniría la madre de mi prima Meya en una búsqueda por la aventura en lo desconocido.
  3. AlexMexico

    Andanzas por Madrid

    Después de mi primera semana en España muy poco de lo que había conocido podría ser considerado como la imagen “cliché” del país. Hasta entonces, mis andanzas con la familia Velasco me habían arrojado hasta las llanuras de la campiña de Castilla León, entre sus pueblos medievales y áridos paisajes. Más ello me hacía feliz. De tal suerte que pude adentrarme en la Hispania antigua y conservadora antes de sumergirme en la moderna nación liberal que todos conocemos hoy. Y de vuelta a la gran capital, Henar y su familia se encargarían de mostrarme a fondo lo mejor de su natal Madrid Rápidamente me di cuenta de que la célebre rivalidad entre madrileños y barceloneses resultó no ser un mito Y va mucho más allá de sus afanados equipos de futbol soccer. Ambas luchan por ser la primera ciudad española por excelencia en Europa y el mundo. Barcelona tuvo y aún posee una hegemonía cultural y económica impactante, que sobrevivió a la guerra civil y a las duras condiciones a las que muchos catalanes fueron sometidos por los antiguos reinos. Cabe mencionar que la comunidad de Cataluña tiene su propio idioma: el catalán, oficial además del castellano, ahí, en la Comunidad Valenciana y en las Islas Baleares. Barcelona aporta la quinta parte del PIB de todo el Estado. No obstante, Madrid ha sido la capital del reino por casi 5 siglos, y eso le otorga un título incomparable. No solo es una de las ciudades más pobladas de Europa, sino una de las más ricas nominalmente. Aunque su identidad cultural es menos reconocible que la de Barcelona, su afinidad influye a toda España y a los países hispanohablantes. Así, la mayoría de los madrileños siempre se encargarán de darle a cualquier turista la mejor de las bienvenidas para demostrar, con creces, que Madrid es la mejor ciudad del mundo Henar y yo abandonamos solos el pueblo de Consuegra aquella despejada tarde, mientras el sol se ocultaba poco a poco detrás de un plano horizonte. Y tras el ocaso, decidimos coger el auto para conocer lo que Madrid me ofrecía al caer la noche LA GRAN VÍA Pasado ya las 22 horas, misma en la que (raramente para mí) el astro rey se marcha durante el verano en la península, Henar me condujo desde el barrio de Carabanchel hasta la célebre estación de Atocha, donde decenas de trenes de metro y cercanías confluyen en el alto tráfico de pasajeros de la gran ciudad. Barrio de Carabanchel Atocha fue uno de los desafortunados destinos del ataque terrorista del 2004 aunado a Al-Qaeda, donde varias bombas fueron colocadas en cuatro trenes de cercanías con rumbo hacia la estación Hoy, sin embargo, luce como la central más moderna y demandada de todo Madrid Desde Atocha tomamos el Paseo del Prado, que más adelante se convierte en el Paseo de la Castellana, una de las avenidas principales con mayor afluencia y orillado por edificios de gran importancia en la urbe, como museos, embajadas, monumentos y ministerios de gobierno. Tornamos hacia la calle de Alcalá y luego a la afamada Gran Vía, misma que bauticé como el Brodway de Madrid. La amplia avenida es el hogar de importantes bancos, empresas multinacionales, centros comerciales, enormes y lujosos hoteles, pero sobre todo, de los teatros, que exhiben las mejores obras de toda España y parte de Europa. La más famosa en aquellos momentos era sin duda El Rey León y aunque muriera por un billete de entrada, sus precios exorbitantes me contuvieron de comprarlo De todas formas, meses más tarde llegaría a México con el mismo elenco La Gran Vía se convertiría desde entonces en un punto de referencia obligado durante mi larga estadía en Madrid, y en la mejor zona para calarse del ambiente urbano de la capital LA CIBELES Y EL RETIRO Ya con la luz del día contemplé el resto de los símbolos que en la calle de Alcalá se yerguen con su esplendor. En la convergencia con el Paseo del Prado, una rotonda que distribuye el tráfico de manera circular forma la célebre Plaza de Cibeles, llamada así por la famosa fuente que se posa en el medio de la glorieta, que luce a la diosa Cibeles, símbolo de la Tierra, la agricultura y la fecundidad, sobre un carro tirado por leones. Plaza de Cibeles Esta plaza es ya una insignia del pueblo madrileño, por la historia de su creación, el significado de la fuente, el hecho de que divide a sus cuatro esquinas en barrios diferentes… es aquí donde los seguidores del equipo del Real Madrid celebran todas sus victorias importantes. Es el equivalente al Ángel de la Independencia en la Ciudad de México y al obelisco de Buenos Aires La plaza está rodeada por emblemáticos edificios, como el Palacio Buenavista, la Casa de América, el Banco de España, pero el más hermoso y glorioso de todos es, sin duda, el Palacio de Cibeles Desde que aquella blanquecina construcción se asomó frente a mis ojos no pude contenerme a fotografiarla por todos sus ángulos Una portentosa maravilla arquitectónica creada casi un siglo atrás que fue usada, en un principio, como palacio de telecomunicaciones, y que hoy alberga a un centro cultural y al Ayuntamiento de la ciudad. No podía creer cómo esos ostentosos detalles tallados en piedra, que denotan una mezcla de barroco con modernismo, hubieran sido creados para alojar los servicios de telégrafos, correos y telefonía por lo que se le conoció (y aún se le conoce) como Palacio de Comunicaciones. Es gracias a la diosa de la Anatolia que hoy recibe tal apodo, que porta orgulloso entre los demás edificios de la metrópoli capitalina Tan sólo dos cuadras detrás del Palacio me encontré con otro de los íconos de Madrid, quizá el más conocido por muchos: la Puerta de Alcalá. No muchos saben algo sobre este monumento, más allá de la canción que Ana Belén y Víctor Manuel hicieron famosa años atrás Se trata de una de las puertas reales que la ciudad poseía cuando estaba amurallada. Era por allí que entraban y salían legalmente todas las personas que lo tenían permitido, además de las mercancías que eran revisadas minuciosamente, cumpliendo así la función de una aduana moderna. Y se llama de Alcalá porque, sí, por ahí era el camino hacia la ciudad de Alcalá de Henares. Hoy permanece orgullosa, presumiendo el nombre del rey Carlos III en su fachada, a quien debe su diseño neoclásico actual. A pesar de la existencia de otras puertas, como la de Toledo o Segovia, es ésta la que ha devenido en sede de eventos importantes, como asesinatos, manifestaciones y celebraciones, lo que la hace tan popular en Madrid y en el mundo (y la razón por la cual aparece en la mitad de los souvenirs ). Y es justo al sureste de la puerta de Alcalá donde se extiende por más de 100 hectáreas el central park de toda buena capital: en el caso de Madrid es el Parque del Retiro. Es un área boscosa que siglos atrás fue obsequiada al monarca Felipe IV, precisamente como un parque de retiro y recreo para la Corte española. Hoy, afortunadamente, se encuentra abierto al público, siendo uno de los principales pulmones de la ciudad, aunque cabe decir que Madrid puede presumir ser una ciudad bastante verde Entramos por la esquina superior oeste, donde la Puerta de Alcalá adorna el fondo urbano. Al seguir el sendero, nos topamos con el estanque más grande del bosque, enmarcado por un monumento al rey Alfonso XII. Allí, locales y turistas se paseaban en atuendos frescos para la tarde, mientras libaban cualquier bebida o bocadillo frío que les quitase el apetito y el calor. Yo mientras, me deleitaba con el primer grupo de flamenco que me tocó admirar en España Una pareja de jóvenes españoles embellecían aún más la postal del lago con el encanto que sólo el flamenco puede ofrecer Él tocaba la guitarra. Ella cantaba y bailaba. Ambos al mismo ritmo, sincronizados a la perfección. A pesar de la gallardía que para mis oídos era escuchar aquel género andaluz (notablemente influenciado por la cultura gitana), Henar y Álvaro me hicieron saber la situación actual que en España se vive con dicha comunidad Los gitanos tienen fama de ser rateros, abusadores, pandilleros y criminales Muchos creen que se han aprovechado de la compasión del pueblo, y los ven como oportunistas usurpadores, aunque hayan llegado a la Iberia hace ya muchos siglos En fin, poco de lo que la cantante hablaba en su canción sobre la “ hermandad entre gitanos y españoles” podía ser trasladado a la realidad actual del país El parque parecía interminable, así que nos decidimos por visitar el segundo estanque, donde se alza una majestuosa obra de arte, el Palacio de Cristal. Dentro de él se llevan a cabo exposiciones de arte contemporáneo, bastante ad hoc con su estilo arquitectónico. Más allá de los jardines y de vuelta en la ciudad se encuentra el Casón del Buen Retiro, antiguo salón de baile. Detrás de él se yergue uno de los antiguos monasterios de Madrid y, debo confesar, bastante atractivo a la vista: el de San Jerónimo el Real. Monasterio San Jerónimo El Real Pero toda su belleza queda de lado cuando frente a él aparece la joya artística de Madrid, la atracción más visitada de la ciudad y, quizá, de toda España: el Museo del Prado. Museo del Prado: https://goo.gl/YCOL0r Es uno de los museos de arte más importantes del mundo, y uno de los más concurridos. Su amplia colección, que incluye a pintores renacentistas y contemporáneos como Diego Velásquez, Francisco de Goya y Rubens, se debe como otros grandes museos a la gran afición coleccionista de las dinastías monárquicas a lo largo de la historia española. La mala noticia: no permiten tomar fotografías al interior ¡Es algo que verdaderamente apesta! Eso no pasa ni siquiera en el museo de Louvre en París. Pero cada institución y sus normas Lo que sí puedo decir es que cada centímetro del museo vale completamente la pena Desde las esculturas grecorromanas hasta el Jardín de las Delicias de Bosch. Definitivamente un must go de Madrid DE ESPAÑA HASTA EGIPTO El recorrido histórico de Madrid da comienzo, por excelencia, en la Puerta del Sol, una famosa plaza central que ha devenido en el punto de encuentro básico para todos los madrileños. Debe su nombre a la antigua entrada que existía en la muralla del Madrid medieval. La plaza está rodeada por muchos edificios famosos, el más célebre de ellos es el edificio de correos, cuyo reloj en su torre es el que marca las 12 campanadas en el año nuevo en España, celebración misma de la que sería testigo algunos meses más adelante (de ello pueden darse una idea con la canción “ Un año más” de Ana Torroja). La Puerta del Sol en año nuevo En el medio de la plaza se halla el kilómetro cero, desde donde comienzan todas las carreteras españolas. Y otro de los símbolos de la ciudad: la estatua del Oso y el Madroño. Es la imagen que aparece en el escudo heráldico de Madrid, y es también utilizado para muchos de los souvenirs a la venta. La plaza del Sol: https://goo.gl/XhHcij Desde la populosa explanada, acompañado por mi mejor guía, Álvaro, caminamos hacia la Plaza Mayor. Como todas las plazas mayores en el país, ésta nació a manera de mercado durante la Edad Media, y posee las mismas característica que el resto de sus hermanas: una silueta rectangular cerrada completamente por edificios en sus cuatro lados, con pasillos adornados por pilares y pequeños pasillos como salida. Por supuesto, hoy todos esos pasillos se ven atiborrados de restaurantes y comercios que ofrecen al turista todo tipo de accesorio. Al buscar la salida por los angostos pasillos llegamos a una avenida, que nos llevó directamente hasta la mayor residencia española: el Palacio Real. Aunque no es donde realmente vive la actual familia real de España (quienes se han trasladado ahora al Palacio de Zarzuela) es la residencia oficial, y donde ahora se llevan a cabo juntas oficiales de Estado. Aunque parezca imposible, su extensión llega a ser incluso más grande que la de los palacios de Buckingham y Versalles Frente al monumental y blanco castillo se posa la Catedral de la Almudena, patrona de la ciudad de Madrid. Fue allí donde se casaron los príncipes de Asturias en el año 2004, Felipe de Borbón y Leticia Ortiz, hasta ahora, la única boda celebrada en dicho templo Sus campanas resonarían varios meses más tarde, cuando el rey Juan Carlos I abdicara al trono y le entregara su corona a su hijo y a su nuera, quienes se proclaman ahora como reyes de España. Unas calles más al norte del recinto real se encuentra la Plaza España, un parque de recreo dedicad al autor Miguel de Cervantes, y coronada por altos edificios que sobresalen desde cualquier ángulo. El más distintivo de ellos, el Edificio España. Por supuesto, una plaza dedicada a Cervantes debe poseer una estatua de su inmortal personaje: Don Quijote de la Mancha, y de su inseparable colega, Sancho Panza Y detrás de aquella plazuela me topé con una sorpresa que jamás creí encontrar en el medio de ninguna ciudad española, europea u occidental: un templo egipcio Se trata del Templo de Debot, que fue donado (sí, literalmente regalado ) al gobierno español por parte de Egipto, en agradecimiento por su colaboración en el rescate de varios templos en 1968. Es aquí donde uno puede maravillarse tanto, al ver cómo una estructura de más de 2200 años de antigüedad pudo transportarse pieza por pieza de un continente a otro y volverse a armar para lucir tal como lo hacía hace dos milenios Parece que Egipto tiene tantos restos arqueológicos que puede darse el lujo de regalarlos por doquier EL PARQUE EUROPA Y si bien he relatado las principales y más bellas atracciones que tiene Madrid, no quisiera despedirme sin antes presentar una que no muchos conocen, debido quizá, a su lejanía del centro de la ciudad. Pero vale mucho la pena si se tiene el tiempo libre y la forma de llegar En Torrejón de Ardoz, en la salida este de la ciudad de Madrid, está el pintoresco Parque Europa. Si se preguntan qué es, pues adivinaron. Es un parque que representa a Europa a la Unión Europea, y lo hace con réplicas de los monumentos icónicos de cada país y/o ciudad de la comunidad Así, si no se tiene el tiempo de viajar más allá de Madrid o España, se puede admirar de forma más barata al Puente de Londres, la Puerta de Brandemburgo, la Torre Eiffel, la Fontana de Trevi, la Torre de Belem, la Acrópolis de Atenas, la Sirenita de Copenhague, un barco vikingo, los molinos de viento holandeses y al David de Miguel Ángel. Claro está, son réplicas, pero para un paseo de domingo no está nada mal que digamos Y un pequeño video de mi experiencia con el flamenco en el Parque del Retiro, con vista al estanque central
  4. Un puñado de días viviendo en Francia bastaron para comprender lo que verdaderamente es un país primermundista, y para disfrutar de los beneficios de ser asalariado bajo un régimen tributario tan humano. Llegué a Francia para dar clases de español a alumnos de 14 a 18 años en una escuela pública de Lyon. Y las prestaciones laborales, aún con un contrato temporal, superaron mis exigentes expectativas. El Ministerio de Educación Francés, como mi empleador, me ofrecía alojo en la residencia del colegio; pagaba la mitad de mi abono de transporte mensual; reducía el precio del menú del comedor a solo 3.14 euros. Aunque mi recibo de nómina manifestaba la alta (altísima) tasa de impuestos que me era descontada, nunca pude realmente quejarme de los servicios que el gobierno francés pone a disposición de todos sus ciudadanos y residentes. Y esos beneficios son tantos que, incluso, llegaron a estresarme. Sonará estúpido, pero la gran cantidad de periodos vacacionales angustió mi mente, opacando el tiempo que debía destinar a preparar mis futuras clases. Como suele suceder, el gremio de la educación es el que goza de más vacaciones en el país, con más de 12 semanas por año (más de tres meses enteros). Algo imposible en una empresa mexicana. Lo cual quería decir que mi periodo de siete meses trabajando para el colegio se reducirían a prácticamente cinco, descontando las ocho semanas que obtendría como asueto. Sin duda, la mejor noticia que pude recibir al firmar mi contrato. Así, sin siquiera haber comenzado a laborar y sin haber todavía encontrado un apartamento en Lyon, tuve que darme a la tarea de planear mis vacaciones de tous-saints, un viaje a mediados de octubre que duraría 15 días. Ante el estrés de preparar clases, buscar un hogar, trabajar para mi segundo empleo en México y concluir los papeleos necesarios con la burocracia francesa, opté por hacer un viaje fácil, rápido y sencillo. Un tour por el centro de Europa viajando por carretera a bordo de buses de bajo costo. Esta vez no habría vuelos ni aeropuertos. No tendría que preocuparme por llegar con horas de anticipación, por la manera de salir y entrar a la ciudad desde los aeródromos, por el equipaje que llevase conmigo ni por la disponibilidad, horarios y precios. Y una empresa alemana fue quien me animó a volver a los viajes por carretera: Flixbus, la compañía de buses de menor costo en Europa occidental. En mi último viaje del viejo continente había volado de ciudad en ciudad, reduciendo mis gastos al máximo con las aerolíneas lowcost. Pero Flixbus se había ahora expandido, y sus precios ridículos y miles de destinos en toda Europa hicieron de mi toma de decisiones una tarea mucho más fácil. Justo lo que necesitaba. Y sobrevalorando el tiempo que estaría en Francia me incliné por viajar al este, y adentrarme al desconocido centro europeo, que escondía algunos destinos que desde hace mucho llamaban mi atención. Y para alcanzar los alpes austriacos y los castillos del sur alemán era estrictamente necesario atravesar Suiza, el oasis europeo. Mucho había oído hablar de Suiza. El mejor país del mundo para muchos. Un paraíso financiero para las empresas. Sede de cientos de asociaciones y compañías multinacionales. Una política neutral con cero guerras ni enemigos. Excelente sistema de salud, excelente cuidado al medio ambiente, excelentes relojes, quesos, chocolates y navajas. Pero todo ello tiene un precio. Un inmenso costo de vida. Y sabía que viajar a Suiza no era quizá lo más prudente que podía hacer sin haber recibido mi primer salario. Pero no tenía muchas opciones. La manera más fácil de llegar a los alpes austriacos desde Lyon era atravesando Suiza en tren o por carretera. Y así lo haría. Y tras solo tres semanas de mi debut como profesor, cogí mi vieja mochila y abordé por primera vez un Flixbus desde la terminal Part-Dieu de Lyon. Los trenes suizos son un anhelo para la mayoría. Pero un vistazo a su talón de precios haría a esa mayoría comprar el mismo ticket de bus que yo. El servicio de café, conexiones eléctricas y wi-fi a bordo me hicieron preguntarme cómo aquella empresa podía ser rentable. Su secreto radica en la cantidad de escalas que puede hacer en un solo trayecto (tres en aquel viaje). Y sobre todo, recae en el alto monto de impuestos que Flixbus esquiva por aparcar fuera de terminales de autobús. De tal suerte que el chofer me dejó junto a una estación de gas, en algún extraño punto de la ciudad de Berna, la capital suiza que sería la primera parada de mi viaje. Ante mi nuevo desafío (sobrevivir a Suiza sin gastar todos mis ahorros) mi mejor alternativa fue continuar explotando mi red social favorita: Couchsurfing. Y Nora, una estudiante alemana, fue quien me ofreció un colchón en su casa para poder pasar dos noches en la ciudad. Berna me recibió con una tarde lluviosa, bajo la cual Nora y yo caminamos rumbo a su casa para poder comer el almuerzo. Nora era originaria de Düsseldorf, y estaba haciendo su tesis en la Universidad de Berna. Sus continuos ciclos de estudio la hicieron buscar una forma de conocer gente nueva para despejar su mente, y encontró en Couchsurfing una atractiva opción. Halagado por ser su primer invitado, la acompañé a comprar una barra de queso gruyère y una pieza de pan. Así, sabía que empezaba a acercarme poco a poco a lo que era Suiza y su famosa adicción por los quesos. Nora vivía en una casa de huéspedes con todo tipo de personas. Algo que me recordó a la serie Hey Arnold!, para quien la haya visto. Cesada la lluvia, salimos a dar un paseo por el centro histórico de Berna. Las calles de una de las capitales más pequeñas donde alguna vez había estado nos llevaron sin pierde hacia el casco viejo de la ciudad, que da comienzo con su central de trenes, punto de reunión de la mayoría de los locales. Los grisáceos edificios coronados por las tejas nos abrieron paso a la Suiza medieval, edad misma de la que datan la mayoría de sus construcciones. Aunque la mayoría de ellas fueron remodeladas en el siglo XVIII, el plano urbanístico de la ciudad vieja de Berna es el mismo que desde 1191 se fundó sobre aquella pequeña colina. Aunque no era oriunda de allí, Nora conocía ya bastante bien la ciudad, que con sus escasos 140 mil habitantes no se comparaba en mucho a su natal Düsseldorf. Pero aunque pequeño, el centro histórico de Berna sigue siendo uno de los mejores testimonios del trazado citadino del medievo europeo. Y por ello fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. La torre del reloj pronto apareció al final de la Marktgasse, la calle principal del centro. El monumento se posa justo en medio de la colina, y es quizá la estructura más vieja de la ciudad, y sin duda la más emblemática. Muchas historias se cuentan sobre ella. Pero lo más interesante para muchos locales es saber que, orgullosamente, es uno de los pocos monumentos históricos del mundo sobre el que se puede orinar (hay un mingitorio dentro del cuartel). Otro de los grandes atractivos es la fuente del arcabucero. Es una de las fuentes que sobrevivió desde su popularización en el siglo XVI. Ahora sus figuras alegóricas adornan la avenida principal que baja hacia lo más bello de la capital. Antes de que la actual Suiza naciera, Berna fue fundada sobre una pequeña colina rodeada por el río Aar, que formó una frontera natural contra los enemigos. Hoy la pequeña península se conecta al resto del territorio a través de puentes de piedra, que ofrecen una espléndida vista de la ciudad. La leyenda cuenta que el nombre Berna proviene del alemán “bärn” (pronunciado “bern”), que significa literalmente “oso”. Se dice que el duque Bertoldo V de Zähringen, fundador de la ciudad, prometió llamar a la nueva aglomeración según el primer animal que pudiese cazar. Y un oso fue lo que se topó en su camino. Los locales parecen todavía muy orgullosos de su historia, y los osos están presentes en cada elemento de la capital. Incluso en su bandera. Y justo al lado del río se ha logrado salvar a una pequeña familia de osos que hoy viven en cautiverio. Los nombres de quienes han aportado dinero para el cuidado de estos animales aparecen en cada una de las piedras que pavimentan el balcón desde donde se les puede ver paseando. Los osos de Berna se han convertido en el símbolo de la ciudad, y poseen ya un lugar en la mayoría de sus habitantes. Más arriba de su jaula, un parque brinda las mejores vistas de la ciudad, que en ese entonces se teñía con los fulgurantes colores del otoño. Antes de que pudiese volver a llover, volvimos andando por el centro, no sin antes pasar a comprar otra pieza de pan para la cena, en uno de los singulares locales del andador comercial. Muchas de las tiendas de la calle principal se encuentran en el subterráneo. Y se accede a ellas por puertas de madera que se abren hacia arriba, y no hacia adelante. Estas pequeñas cuevas solían ser los sótanos durante el medievo. Bodegas donde se almacenaba todo tipo de víveres que ayudaban a las familias a sobrevivir el invierno. Hoy, bueno, encontramos desde vendedores de CDs antiguos hasta panaderos. Al otro día, Nora debía acudir a una de sus clases, y quedé de acompañarla para conocer su universidad. La Universidad de Berna es una de las mejores universidades públicas de Europa. Nada menos que donde Albert Einstein realizó la Teoría de la relatividad. Allí mismo acompañé a Nora para aprovechar las vistas desde lo alto del campus. Y aunque planeaba aprovechar su hora de clase para dar una vuelta, algo me puso en apuros. Mi número telefónico había sido cancelado. Hacía un mes que había comprado una SIM card con una compañía francesa, y había pagado 20 euros para tener llamadas, mensajes e internet en toda la Unión Europea (aunque Suiza no es parte de ella). Vinculé la cuenta con mi tarjeta de débito para que pudiesen cobrar automáticamente. Pero al parecer no había entendido del todo las cláusulas. Ya que no solo cancelaron mi plan, sino que eliminaron mi línea. Ahora no tenía un número para usar. Ni siquiera podía recibir llamadas. ¿Para qué querría entonces un celular? Sin wi-fi era simplemente nada. Así que a partir de entonces la tecnología no estaría de mi lado, y volvería a utilizar los encuentros a la antigua: acordando un lugar y una hora. Esperé a Nora para comer juntos. Un kebab turco fue la opción más barata, que por diez francos suizos (diez euros aproximadamente) fue el kebab más caro de mi vida. El día anterior, cuando todavía tenía un número de móvil, había quedado de verme con Christian, un couchsurfer que me había invitado a quedarme en su casa. Pero al haber aceptado la invitación de Nora primero, decidimos al menos salir a tomar algo. Nos vimos en la central de trenes, como cualquier suizo haría. Nora y Christian intercambiaron sus números antes de que ella volviera a la universidad. Así no padecería más de la ausencia de mi línea telefónica. Apenas al despedirnos, un indigente se acercó mendigando dinero. Christian empezó a hablar un raro alemán con él y caminó hacia una tienda. Compró una bebida y un pan. Se los dio al hombre que, con una sonrisa, agradeció su noble gesto. Sabía muy pocas cosas sobre Christian. Era joven, 20 años, tocaba el bajo en una banda de rock. Sus brazos se cubrían en tatuajes. Su ceja era atravesada por dos picos. Hablaba tres idiomas, había nacido en la zona francófona de Suiza. Tenía una novia y vivía en una zona rural a las afueras de la ciudad. No había estudiado la universidad y quería ser chofer de tranvía. Todo ello me pareció interesante. Pero encontrarme a un indigente en Suiza era algo que no esperaba. Y ver a Christian hacer lo que hizo era, sin duda, lo que esperaba de Suiza. Su evidente personalidad alternativa me invitó a dirigirnos al otro lado de la ciudad, alejándonos un poco del centro histórico, que él suponía que habría visitado ya. El poco llamativo paisaje nos llevó al pie de un hospital. “Entremos”, me dijo, ante mi cara de estupefacción. “Aquí es donde trabajo”. “¿Eres médico?”, repliqué. “No, solo hago mi servicio civil”. En Suiza el servicio militar es obligatorio, aunque puede esquivarse pagando un alto monto correspondiente. Pero es posible evadir al ejército haciendo un servicio civil. Así, Christian decidió ayudar en un hospital. El servicio civil tiene un salario fijo. Y Christian recibía más de dos mil francos al mes. No mucho, según él. Tomamos el elevador hasta el último piso. Conocía bien el edificio y sabía que desde su terraza-café se tenía una bella y diferente vista de Berna. Una que no muchos conocían. Y entre lo desconocido, bajamos a caminar de vuelta al centro, para que me mostrase uno de sus lugares favoritos. En la confluencia entre dos avenidas, Christian me mostró un viejo y descuidado edificio que ha sido tomado por jóvenes anarquistas. Fomentan la paz. No hay drogas, prostitución ni actos ilegales. Pero allí la policía no tiene entrada. Solo “el pueblo”. Aun en países como Suiza, donde todo parece perfecto, existen movimientos de izquierda que rechazan las ideas del gobierno. No cabe duda de que el ser humano siempre tendrá algo de qué quejarse. Y si no todo parecía perfecto, Christian me llevó a otro edificio cercano, que resultó ser una oficina donde el gobierno proveía droga a los adictos. Sí, el gobierno suizo regala droga a los adictos. Era algo difícil de creer. Observar aquel grupo de junkies luego de haber tomado drogas que su gobierno les obsequió me causó, indudablemente, una conmoción. Pero hay una explicación para todo. ¿Qué pasa si le quitas la droga a un drogadicto? Se torna violento, y no tarda en recaer. La mejor manera de abandonar una adicción es ir disminuyendo poco a poco los niveles de consumo, pues el cuerpo adquiere una necesidad fisiológica del producto. En Suiza, el gobierno se encarga de llevar un expediente de los adictos que se den de alta en su programa. Así, les entrega periódicamente su dosis necesaria, que va decrementando con el tiempo, hasta que el adicto sea capaz de renunciar a su consumo. Eso evita que las personas recurran al mercado negro en busca de mercancía ilegal. Mientras la tarde avanzaba y Christian relataba cómo es haber nacido en un país como el suyo, caminamos por las calles empedradas que se ocultaban a los lados de la avenida principal, donde un día antes Nora me había llevado. Los rojizos tejados que resbalaban el agua de la brisa nos guiaron hasta la orilla del río Aar, donde según él, los pobres solían vivir hace varios siglos. Hoy esta zona ha perdido por completo su mala reputación, y es una de las áreas más cotizadas por los residentes. Y tenía sentido el porqué. Antes del anochecer, subimos hacia la plaza principal de Berna, just al frente del edificio más emblemático e importante del país. El Palacio Federal. Suiza es un país, como dije ya, asombroso. Y no solo por regalar droga (lo siento, me sigue sorprendiendo). Sino por su propia estructura gubernamental. Se trata de la única confederación del mundo que forma un estado, cuyo nombre oficial es también la Confederación Helvética. Su territorio se divide en cantones, que hace siglos se unificaron para defenderse a sí mismos hasta lograr separarse del Sacro Imperio Romano-Germánico. Con un sistema representativo y porcentual, existen siete representantes de los cantones en el poder ejecutivo. Eso quiere decir que Suiza tiene siete presidentes. Por ello, es normal que nunca escuchemos en las noticias sobre el “jefe de estado” de Suiza. O su “líder nacional”. Suiza es un verdadero pueblo unido orgulloso de su lugar en el mundo. Y ese orgullo lo veríamos reflejado muy pronto sobre el gran Palacio Federal. Literalmente, al caer la noche hubo un espectáculo de luces y música proyectado sobre el edificio. Se trataba de una animación que celebraba los 150 años de la Cruz Roja, la organización internacional de salud más importante del mundo, y que se creó precisamente en Suiza. Finalizado el show, buscamos un buen lugar donde cenar. Y Christian no me dejaría partir sin haber probado el plato más típico de Suiza: el fondue. Encontramos una mesa en una cálida taberna. No había comido nada en horas, y eso prepararía mi estómago para el siguiente paso. El caquelon es la olla donde se funde el queso, que se coloca sobre un pequeño hornillo que debe permanecer encendido para que el queso no se solidifique. La gran cacerola de queso nos fue servida con una canasta de pan, que puede ser sustituida también por papitas cocidas. La enorme cantidad de carbohidratos y el grasoso queso hace del fondue un indiscutible plato de invierno. Pero afuera había frío, así que lo ameritaba. Justo al terminar Nora nos alcanzó fuera del restaurante, y nos acompañó a tomar una buena cerveza en un bar cercano. Christian no se iría sin pagar la cuenta del restaurante, y sin regalarme una bolsa de chocolates, como un buen recuerdo de Suiza y sus tradiciones. Ese inconcebible sujeto llegó incluso a ofrecerme dinero. “Yo sé que nací en un país rico, en el que muchos quisieran vivir. Nadie elige dónde nacer, yo solo tuve suerte”. Christian insistió en ayudarme con mi viaje, donándome una desconocida cantidad de dinero. Yo insistí en que no. Su increíble nobleza y la hospitalidad de Nora me dieron de mis primeros días en Suiza una exorbitante sorpresa. Y no podría esperar a llegar a mi siguiente parada: la ciudad de Zúrich.
  5. Los días parecían hacerse cada vez más cortos en Polonia. Los exiguos rayos del sol se ocultaban a las 16 horas, y levantarse a las 9 parecía como despertar al mediodía. El frío no se esfumaba y la nieve tampoco. Hasta ese punto estaba un poco harto del invierno en Europa central. No era lo que había imaginado. Y llevar puestas mis botas y varias capas de ropa encima todos los días me empezaba a exasperar. Pero antes de volver al sur tenía un último destino más al norte. No podía irme de Polonia sin visitar su gran capital. Mis tres noches en Cracovia en el apartamento de Maciek habían sido bastante placenteras. Y como un último favor para agradecerme la hospitalidad que le había brindado en México algunos meses atrás, me puso en contacto con algunos amigos suyos en Varsovia, donde había terminado sus estudios universitarios. Maciek me llevó entonces a la estación central. Un mes atrás había conseguido un viaje de Cracovia a Varsovia por solo 10 złotys (2.5€ aprox.) con la empresa Polskibus. Pero como suele ocurrir con los precios baratos, el bus llegó con retraso, y unas cinco horas pasaron para que llegase a la capital. Habiendo desaprovechando todo el día en la carretera, me vi obligado a pasar algunas horas solo al arribo del bus. Una pareja de amigos de Maciek me hospdaría esa noche en su apartamento al norte de Varsovia. Pero debía esperar a que saliesen de la oficina, alrededor de las 7 p.m. Como dije ya, la noche caía rápido sobre el crudo invierno del este europeo. Y caminar solo por las oscuras calles repletas de nieve no es algo exquisito. Al menos no para mí. Sin más opciones, cogí mi mochila y caminé un poco por el centro de la ciudad. La gran avenida Marszałknowska me llevó hasta el centro financiero, el corazón de Varsovia y de casi todo el país. A pesar de haber sido casi completamente destruida por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Varsovia resurgió de los escombros como una nueva metrópoli, siendo hoy una de las capitales más importantes de la Unión Europea, que se luce con un imponente conjunto de modernos rascacielos que albergan hoteles de lujo y oficinas de grandes compañías transnacionales. Pocos saben que antes de la guerra Varsovia fue uno de los tempranos centros capitalistas del mundo y de Europa. Fue sede de una de las primeras bolsas de valores del continente y atrajo a empresarios de todos los alrededores. Tristemente la historia de la ciudad y del país no puede ser contada sin tomar en cuenta las múltiples invasiones que sufrieron por los imperios adyacentes. Rusos, prusianos, austrohúngaros, alemanes. Pero a pesar de la influencia extranjera forzada, los polacos han sabido mantener su identidad. No obstante, uno de los grandes símbolos del centro financiero de Varsovia, el Palacio de la Cultura y la Ciencia, sigue siendo un remanente de la rusificación del país. El rascacielos fue construido durante la época comunista de Polonia, cuando la Unión Soviética invadió el país con el pretexto de haberlo salvado de la ocupación nazi. Un hecho que sigue vivo hasta hoy, con un gran número de polacos que todavía hablan ruso. Aunque los rusos no solo estuvieron presentes en Polonia durante la Guerra Fría, sino desde la partición forzada de Polonia en tiempos de la Rusia zarista, hoy las hostilidades armadas parecen haber terminado. Y el Palacio de la Cultura y la Ciencia es otro edificio más que ilumina el centro de la ciudad. La penumbra me llenaba de melancolía. Eran solo las 5 p.m. y Varsovia parecía estar muerta. ¿Quién querría salir a dar un paseo a esa hora?, me pregunté. Solo yo y mis incontenibles ganas de viajar sin importar el tiempo. Tomé una calle en dirección norte, acercándome al centro histórico de la ciudad. Y en medio del frío crepúsculo solo un bar estaba abierto. Un restaurante mexicano con tequila al 2x1 donde sonaba una canción de Cristian Castro en versión salsa. Fue sin duda un momento surrealista y vivificante que me brindó ánimos para continuar con mi osada caminata nocturna. Al toparme con la muralla del casco antiguo decidí que era mejor adentrarme en el centro histórico al día siguiente, con la plena luz del sol. Así que caminé a la estación de metro más cercana para viajar al norte de la ciudad, donde unos minutos después me encontré con los amigos de Maciek. Me llevaron hasta su apartamento, un cómodo y amplio T3 donde me ofrecieron una habitación y una cama matrimonial solo para mí. ¡Couchsurfing realmente podía salvarme la vida! Insistieron en compartir conmigo su cena vegetariana y mostrarme un poco el mapa de la ciudad, explicándome los mejores sitios a visitar. Al día siguiente tras el desayuno tuvimos que salir muy temprano porque ambos debían trabajar. Aquella noche no podrían hospedarme. Pero, exponiendo la calurosa hospitalidad de los polacos, se las arreglaron para contactarme con otro amigo suyo, al que vimos en una estación de metro para que le diese mi mochila y así no la cargase el resto del día. Por la noche me reencontraría con él para dormir en su apartamento. A pesar de todo, Polonia no era tan fría como imaginé. Así, nuevamente desde el centro financiero, comencé un recorrido matutino por la ciudad. Para regocijo de mi piel, pálida y sin mucha vida, esa mañana el sol se asomó con todas sus fuerzas sobre Varsovia, dejando por fin al descubierto un vívido cielo azul. Caminé primero hacia el norte de la zona centro. Un lugar donde permanecen algunos recuerdos que Polonia quisiera olvidar. En 1949 el Tercer Reich alemán invadió Polonia, dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Su principal objetivo era recuperar los espacios que alguna vez pertenecieron al Imperio de Alemania en el siglo XIX. Y, como todos sabemos, uno de los deseos del Führer era gobernar sobre un reino de “raza aria”, lo que llevó al exilio de las minorías raciales en todos los territorios dominados. Los judíos fueron la comunidad más numerosa que sufrió este separatismo. Y si bien en Alemania la población judía no era extremadamente copiosa, Hitler se encontró con casi 3 millones de judíos en Polonia. Las primeras medidas de segregación en el país incluyeron marcar a los judíos con una estrella de David en su brazo, prohibirles usar el transporte público, las aceras, los parques o comer en restaurantes. Después llegó la prohibición de cambio de residencia, impidiendo así el movimiento de judíos fuera de Polonia. Pero lo peor llegó en 1940, cuando se finalizó la construcción del Gueto de Varsovia, el mayor de los guetos judíos construidos por la Alemania nazi. En solo el 2% de la superficie de la ciudad los alemanes confinaron a más de 400,000 judíos provenientes, no solo de Varsovia, sino de varios de los territorios ocupados. Durante un año y medio esta fue la residencia oficial de los judíos, donde las el hambre, las enfermedades y la muerte reinaban por las calles todos los días. Pero para 1942 el gueto se vaciaría de forma casi repentina, cuando la verdadera solución final empezó a llevarse a cabo, y los alemanes deportaron a la mayoría de las personas al campo de exterminio de Treblinka, donde murieron en las cámaras de gas. Los pocos judíos que corrieron con la suerte de quedarse en el gueto para trabajar iniciaron un levantamiento en contra de los nazis en 1943. Estos hechos provocaron la furia del general Himmler, quien ordenó quemar todos los edificios del gueto, reduciéndolo casi completamente a escombros. Estos hechos fueron perfectamente retratados por Roman Polanski en el filme El pianista, basado en la historia real de un sobreviviente del gueto. Y entre aquellos escombros todavía residen algunos muros malheridos que hoy exhiben memoriales y monumentos conmemorativos de lo que fue uno de los episodios más oscuros y sangrientos de la ciudad. No fue extraño caminar por Varsovia y toparme en cada esquina con placas rememorativas de los soldados caídos, los judíos asesinados o los civiles que apoyaron el levantamiento. Pero como Maciek me había prometido, Varsovia era mucho más que eso. Varsovia es una ciudad nueva y llena de vida a la que los milagros de la posguerra también sonrieron. Inmediatamente tras la liberación de Polonia por parte de la URSS, dieron comienzo las obras de reconstrucción de Varsovia, que había perdido casi el 80% de sus edificios. Es increíble entonces caminar por sus calles y pensar que apenas unas décadas atrás nada de aquello existía. Y, sin duda, una de las mejores reconstrucciones que se llevaron a cabo fue la del Barrio antiguo de Varsovia, que en 1989 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, por ser uno de los centros históricos mejor restaurados del mundo. El día apenas estaba empezando para muchos polacos, quienes se paseaban por el centro haciendo sus compras matutinas y algunos pocos yendo a trabajar. La primera imagen que tuve del centro de Varsovia fue claramente distinta a lo que había imaginado. Los edificios no eran de ladrillos rojos ni de fachadas grises y renacentistas, como muchas otras capitales europeas. Por el contrario, me topé con paredes coloridas que brillaban con la luz del sol, bajo un techo de tejas que se encontraba parcialmente cubierto en nieve. Mi parte favorita fue la Plaza Mayor, hogar del antiguo mercado callejero de Varsovia. La explanada está rodeada de casas altas y coloridas en cuyo centro se había instalado una pista de patinaje sobre hielo para el deleite de los pequeños. Más al sur llegué a la Plaza del Castillo, que toma su nombre del Castillo Real de Varsovia, que se posa justo en el lado este de la explanada. El castillo fue la residencia real del rey de Polonia hasta 1795, y hoy alberga a un museo de la Fundación de Historia y Cultura. En la otra punta se alza la famosa Columna de Segismundo, que conmemora el traslado de la capital polaca de Cracovia a Varsovia por el rey Segismundo II en 1596. La plaza es el principal punto de encuentro de turistas y locales, y por ella se puede acceder al resto del centro de la ciudad. Yo decidí primero ir al oeste, para ver los restos de la muralla que rodeaba la antigua Varsovia. Tomé después una de las calles principales del centro que me llevó hasta el frente del Palacio del Presidente, actual sede del poder ejecutivo polaco aún resguardado por centinelas al estilo monárquico. Buscando algo de comer, seguí las arterias de la ciudad hasta atravesar un parque junto al Teatro de la Ópera, que entonces se cubría de blanco dejando el fresco césped hundido bajo una espesa capa de nieve que estaba harto ya de pisar. En el medio del jardín otro monumento rendía honores a los defensores de la patria. La tumba del soldado desconocido conmemora a todos los polacos que defendieron Varsovia durante la invasión nazi, y dos centinelas resguardan con recelo el sepulcro nacional. Hice una parada para almorzar y calentar un poco mis pies. Pasar horas sobre la nieve no es una experiencia tan afable como la mayoría podría pensar. Pero con lo cortos que son los días en Europa en el horario invernal más valía seguir andando que hacer una enorme pausa bajo la cómoda calefacción. Caminé por el puente Poniatowskiego para cruzar el río Vístula, entonces congelado por las heladas temperaturas. Aunque el sol parecía empezar a hacer ceder al hielo poco a poco. En el otro extremo llegué al Estadio Nacional, el más grande del país y casa de la selección nacional de futbol de Polonia. El paisaje al otro lado del río cambió mi perspectiva. Se trataba de una zona residencial, con una increíble vista de los rascacielos que se ensombrecían con el ocaso. En la parte este del Vístula se encuentra el distrito de Praga, un barrio histórico que se anexionó a Varsovia apenas el siglo pasado. La importancia de este vecindario es que no fue destruido durante la guerra, y hasta hoy sigue conservando su carácter rústico y ambiente tranquilo. La poca industrialización y oposición a su remodelación por parte del ayuntamiento y de los residentes puede apreciarse a simple vista con un corto paseo por sus calles, que son las más densamente pobladas de la ciudad. Antes del anochecer volví a la parte oeste del río para conocer el centro histórico al estilo navideño. Diciembre había terminado hace más de treinta días, pero las luces y el pino seguían en pie, brindando ese toque de Navidad que hace a cualquier ciudad más cálida que de costumbre. Más tarde caminé nuevamente al centro financiero para encontrar al amigo de Maciek que me hospedaría aquella noche. Pero antes de ir a casa visitamos a su novia, para lo cual volvimos al barrio de Praga, esta vez viajando el metro. Comí un bocado de trigo con un vaso de té y miel, que reconfortaron mi última velada en Polonia en compañía de dos desconocidos que, sin importarles mi procedencia, me recibieron como un rey. La siguiente mañana viajaría hasta el Aeropuerto Chopin de Varsovia para dejar atrás el este europeo y volver al sur. Mi viaje estaba a punto de terminar, no sin antes visitar la antigua capital romana.
  6. AlexMexico

    Zentropa en Bruselas

    Una semana en Marruecos pasó flotando sobre mi calendario. Cuando menos lo esperaba, me encontraba trabajando en la terraza del hostal en Fez, donde pasé mi última noche en el país que me había mostrado una cara muy distinta de los viajes de mochila a los que me había enfrentado hasta entonces. Aquella misma tarde, un taxi compartido me llevó hasta el aeropuerto internacional de Fez, donde por fortuna Ryanair había abierto rutas desde hacía ya varios años, abriendo las puertas de África a los mochileros de Europa. La aerolínea de más bajo costo me llevó de vuelta al viejo continente en un cansado e incómodo vuelo, donde una niña no paró de llorar, y donde los abarrotados asientos rechinaban en cada pequeña turbulencia que atravesábamos. Mi vasta experiencia comprando vuelos en Europa parecía no haberme enseñado las lecciones suficientes hasta esa noche de invierno, cuando me di cuenta de que el aeropuerto Charleroi no era el aeródromo principal de Bruselas, sino una pequeña pista de aterrizaje a una hora de distancia de la ciudad. Así, el dinero ahorrado en la adquisición de aquel vuelo barato se fue a la basura con los 17 euros que debí pagar para llegar a la capital belga, donde tenía ya reservadas dos noches en el hostal Van Gogh, en el centro de la metrópoli. Pisar de nueva cuenta el suelo europeo no fue tan gratificante como pensaba. Mis deseos de volver al frío y húmedo invierno que se vivía eran escasos. Pero la animada vida de una ciudad como Bruselas me invitó a pensar lo contrario, y sentirme agradecido de volver a lo que ya sentía como mi segunda casa. Aunque a más de 700 kilómetros de Lyon, donde entonces estaba viviendo, Bruselas me cobijó como si fuera un miembro local. Con el limpio francés de sus habitantes, la hospitalidad con la que me recibieron en un albergue juvenil, el calor de un café espresso con galletas y las deliciosas papas fritas que aguardaban por mí al siguiente amanecer. Si bien mi primera mañana no pude evitar extrañar los desayunos marroquíes, con su mantequilla casera, sus crepas, sus huevos con pimienta y su té de menta, el desayuno en el hostal Van Gogh me dejó más que satisfecho, y listo para empezar mi primera jornada en Bélgica, la primera vez que pisaba aquel diminuto pero importante país de Europa occidental. La mañana era nublada, nada raro para mi primer día. Había ya sido advertido de que Bélgica es la bañera de Europa, donde la lluvia parece no cesar a lo largo de todo el año. El distrito del pequeño Manhattan a unos pasos del hostal me dejó entrever la moderna cara de Bruselas, lo que en realidad cumplía el estereotipo que se esbozaba en mi mente sobre aquella zona metropolitana. La capital de un país, la capital de un reino, pero sobre todo, la capital de Europa, donde los miembros de la Unión Europea decidieron establecer su sede, debido a la política neutral de Bélgica. No obstante, aquel pequeño país ha sido la disputa de varias naciones del viejo mundo durante siglos. No por nada se ganó el apodo de “el campo de batalla de Europa”. Pero como una de las naciones más jóvenes del occidente europeo, parece haber sido el lugar perfecto para desarrollar a Zentropa (el centro de Europa). Al lado del pequeño Manhattan, un barrio lleno de edificios de hormigón y rascacielos, da comienzo el centro histórico de la ciudad, que aunque algo pequeño comparado con otras capitales, sigue luciendo con orgullo su encanto que le ha valido el reconocimiento de la UNESCO. Los edificios del gobierno local y construcciones como el Teatro Real de la Moneda muestran que Bruselas es digno de admiración en comparación con sus ciudades hermanas. La arquitectura neoclásica y hasta haussmaniana de sus calles centrales me dejaron ver una Bruselas que no esperaba. Pero perdido algunos pasos bien adentro, una imagen flamenca de Bruselas me llevó a lo que mi mente esperaba. Aquel es el perfecto contraste de una dura realidad que ha enfrentado Bélgica desde su fundación. La división de un país en dos: Flandes y Valonia. Históricamente, Bélgica formó parte del Reino de los Países Bajos desde su nacimiento. Sus provincias solían ser llamadas “los Países Bajos del Sur”. Su situación geográfica la llevó a adoptar una gran influencia de las naciones circundantes, como Alemania, pero sobre todo, de Francia. Aunque los Países Bajos pertenecieron al rey Carlos V de España por mucho tiempo, el reino batalló para separarse de ellos, hasta que lo logró, convirtiéndose en los actuales estados de Países Bajos y Bélgica. Pero Bélgica heredó un enorme desafío: una comunidad bilingüe y dos tipos de identidades nacionales: la francófona y la flamenca. Flandes, la región norte del país, es una rica e industrializada zona proveniente de la cultura neerlandesa, donde se habla el flamenco, un dialecto del neerlandés. Valonia, en cambio, conforma el sur del país, una región católica de habla francesa que ha combatido contra su rival desde el nacimiento del nuevo reino. Bruselas es el punto intermedio entre ambas regiones, y es la ciudad bilingüe por excelencia, donde la batalla entre el flamenco y el francés va más allá del idioma. Como bien me dijo un amigo, todos en Bruselas hablan francés. Pero si de verdad quieres ser exitoso en esta ciudad, es imperativo hablar el flamenco. Si bien algunos imponentes edificios denotan una fuerte influencia de la vecina Francia, algunas de las mayores joyas de Bruselas nacieron completamente de Flandes. Prueba de ello es la Grand Place, el Patrimonio de la Humanidad que pone a Bruselas en el mapa del mundo. El palacio gótico del Ayuntamiento domina la explanada que marca el centro nuclear de la ciudad, con su enorme torre puntiaguda que recuerda al nacer del medievo tardío. Pero sus alargados edificios con altos ventanales y fachadas en detalles dorados son la viva herencia del esplendor de Flandes. Y no cabe duda que aquella mansión negra que hoy alberga al Museo de Historia de Bruselas es un ícono que pocas veces se encontraría en otra ciudad de Europa. La Grand Place es el lugar donde una vez al año se tienden las coloridas alfombras de flores que presumen a Bélgica ante el mundo entero. Y es el lugar donde los grupos de turistas se aglomeran en su paseo por la capital europea. Para huir un poco de aquellos tumultos que se empezaban a formar, decidí caminar un poco hacia el norte, hacia un viejo edificio que los miembros del hostal me habían recomendado. No tenía nada de especial, Una fachada cualquiera y un frío interior residencial. Pero subir a su estacionamiento era gratis, desde el cual se tenía una hermosa vista de la ciudad. Claro que con la lluvia y una niebla que había empezado a caer, la panorámica no era tan bella como me habían contado. Y con el mal humor que suele generarme el exceso de agua, fue momento de bajar y hacer algo de tiempo en un café. Bruselas era como estar de vuelta en Francia. La gente andando por sus calles, hablando con el mismo acento al que ya me había acostumbrado, bebiendo un espresso, comiendo patatas fritas en un cono, escuchando rap franco-árabe, entre bonitos edificios que contrastan con los grafitis de las tribus juveniles modernas. Incluso su catedral, la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, tiene un cierto parecido con la catedral de Notre Dame de París desde cierto ángulo. Pero había varias cosas que separaban por mucho a Bélgica de su hermana del sur. Y poco a poco empezaría a descubrirlas. Cuando la lluvia paró un poco, avancé hasta el parque Mont des Arts, una verde explanada de jardines ingleses ante cuyos pies se extiende el centro de Bruselas. Orillado por los bellos edificios flamencos, que ya desde entonces comenzaban a enamorarme, es el lugar donde algunos artistas callejeros intentan ganar algunos euros entreteniendo a los turistas. Pero ante todo, es el lugar desde el que se aprecia mejor la antigua cara de Bruselas, que a pesar de la lluvia me dejó un exquisito sabor de boca. Al otro lado del parque, la iglesia de Santiago da comienzo a otro de los importantes barrios de la ciudad. Detrás de él, el Palacio Real de Bruselas apareció como otro imponente castillo europeo que sigue siendo la residencia del monarca, el rey Felipe de Bélgica. Hay veces que los turistas olvidan que Bélgica sigue siendo una monarquía. Pues bien, el Palacio Real le recuerda a todos que una familia real sigue al frente del país como jefes de Estado. Pero se trata de una monarquía parlamentaria, como la mayoría de las modernas monarquías europeas. Y su cámara de representantes parlamentarios está justo al frente del palacio, dejando en claro la identidad democrática del país. La avenida que nace de los jardines reales me llevó hacia la otra cara de Bruselas. El moderno y más conocido rostro de la metrópoli: su barrio europeo. Los edificios que acogen a las distintas instituciones de la Unión Europea hacen de Bruselas la verdadera Zentropa. Una especie de Ginebra en la cara occidental del continente. La concentración de la administración europea ha impulsado también la economía local hacia las nubes, haciéndola una de las ciudades más prominentes. Sin embargo, la política internacional le ha valido a Bruselas enemigos inconformes con el sistema, lo que la ha llevado a estar en el foco rojo del terrorismo durante los últimos años, sobre todo después del atentado del 2016. El parque Leopoldo se encuentra en el medio del quartier européen, y es uno de los varios pulmones que permiten a Bruselas respirar. Tras él, un moderno edificio de cristal alberga la sede del parlamento europeo. En realidad, Bruselas es una de las tres capitales de la Unión Europea, ya que las sesiones plenarias de llevan a cabo también en Luxemburgo y Estrasburgo, esta última siendo la sede oficial del parlamento. Mi caminata por la cara más internacional de Bruselas fue linda. Pero para mí había llegado la hora de probar algo más local. No había mejor forma de empezar que acudiendo a un supermercado. Si el viento me había arrastrado hasta Bélgica debía probar su chocolate y su cerveza. Existen múltiples confiterías a lo largo de la ciudad, pero un chocolate de marca local podía saciar ese apetito. Y una barra de Côte d’or rellena de coco fue sin duda una excelente elección. En cuanto a la cerveza, mi tarde estaba apenas por empezar. Las cervecerías locales me ofrecían una cantidad gigantesca de opciones, ante las cuales no sabía cómo reaccionar. Así que dejé que mi intuición me guiara y cogí una botella de Westmalle tripel, que disfruté de vuelta en el hostal al no saber si beber alcohol en la calle era algo permitido en aquella ciudad (luego sabría que lo es). Después de un almuerzo precedido por un buen aperitivo con cerveza, salí a dar una última ronda por las atracciones que la ciudad aún tenía para mí. La primera escala me llevó de vuelta a cruzar el centro histórico, dejando al desnudo los frescos que ponen en alto a la historieta belga, un país donde los cómics son tan importantes como en Estados Unidos o Japón. Las bandes dessinées franco-belgas se han ganado el amor del público alrededor de todo el mundo, con títulos como Ásterix el galo, Los Pitufos y el simpático Tintin, a quien descubrí bajando la escalera de incendios al costado de una vieja construcción. Muy cerca de allí, un niño de bronce que sostiene su miembro para dejar salir el orín sobre el asfalto se llevaba la admiración de multitudes de turistas. El Manneken Piss se ha convertido en una de las principales atracciones de Bruselas, y también forma parte de la lista de las figuras más decepcionantes en el turismo mundial, junto con La Sirenita de Copenhague. La estatua no es nada maravilloso. Un pequeño de 65 centímetros de alto de cuyo pene sale agua creando una fuente que da la idea de estar chorreada de orines. Pero la fama del niño se debe más bien a la cantidad de leyendas que lo rodean, o al mismo simbolismo del que se le ha dotado durante los años. Hoy el Manneken Piss representa al espíritu liberal de los belgas, lo que le ha ganado ser el objeto más fotografiado de todo Bruselas. A unos pasos, cerca de la Grand Place, otra leyenda rodea a un Jesucristo recostado sobre un retablo de bronce. Aquel que toque su brazo se dotará de buena suerte, y tendrá la fortuna de volver a Bruselas. Junto al Manneken Piss y a la Grand Place, otro monumento ha hecho de Bruselas un símbolo mundial, y aunque bastante lejos del centro histórico, no podía irme sin tomar al menos una fotografía. Se trata del Atomium, la imagen más moderna de Bruselas. Una estructura de más de 100 metros de altura que representa a un cristal de acero. Lo que se construyó para permanecer seis meses durante la Exposición de Bruselas de 1958 se ha mantenido en pie como una verdadera atracción hasta nuestros días, y se ha convertido en la Torre Eiffel de la capital belga. De vuelta en mi hostal, la noche apenas empezaba a caer, y yo arreglaba otro de mis tantos reencuentros en Europa. Dos años atrás, Víctor había llegado a mi ciudad natal en México para conocer el mejor carnaval del país. Y un mes más tarde, viajamos juntos a la zona arqueológica de El Tajín, donde compartimos una tienda de campaña para disfrutar dos noches de un festival de electrónica en medio de la antigua capital totonaca. Ahora yo estaba en Bruselas, la ciudad que lo vio nacer. Y en muestra de su agradecimiento, se ofreció a mostrarme la vida nocturna de la capital. Tomé así el tram hacia la estación Churchill, al sur de la ciudad, a unos pasos de donde él vivía con sus padres y su hermano gemelo. Una voz en los altoparlantes del tranvía me hicieron saber que dos estaciones estaban cerradas de manera indefinida. Pero a pesar de las sirenas de la policía que se oían en la calle, no me levanté de mi asiento y seguí de largo hasta mi destino. Víctor me recogió fuera de la estación y me llevó a su casa, a donde su cuñada arribaba al mismo tiempo que nosotros. —Hay una alerta de ataque terrorista —nos hizo saber rápidamente—. Encontraron a un hombre que se pasó tres semáforos en rojo y que en su coche llevaba tres bombonas de gas. Está identificado por la policía como un radical. No sé ustedes, pero yo no pienso salir de casa esta noche.— finalizó con seguridad. Víctor volteó a verme, sintiéndose culpable de que aquella noche, mi fin de semana en Bruselas, una alerta como aquella se lanzara al público, en una ciudad que normalmente suele ser pacífica. — No te preocupes —me dijo—. No dejaré que te quedes en casa hoy, seguro que no pasará nada. Con la confianza en él y en mí, accedí a salir. No podía perderme la noche de Bruselas por un solo hombre que manejaba con gas en su automóvil. Me llevó entonces a cenar, tras lo cual nos vimos con su mejor amigo, Antoine, en el bar Celtica, un pub local donde se ofertaba la cerveza Brugs a un euro. Aquella cerveza rubia era casi igual de buena que la Westmalle que había probado en la tarde. Pero pagar tan solo un euro por ella la hacía todavía mejor. Con los éxitos de Stromae sonando al fondo, Antoine y Víctor se acercaron a mí con un tarro de cerveza de barril. —Haremos un cul sec —me dijeron—. Será tu bienvenida a Bruselas. El cul sec (literalmente “culo seco”) significa beber el vaso entero de alcohol de un solo trago. Todo bien cuando se trata de un shot de tequila, pero pasar medio litro de cerveza de barril por mi garganta no fue una tarea con la que pude lidiar. Con el cerebro congelado tras un fallido intento de cul sec, ambos me sacaron del bar para llevarme al Café Delirium, la mejor cervecería de Bruselas. El elefante rosado de Delirium ha cobrado fama internacional, sobre todo por ostentar el récord Guiness como el bar con la carta de cerveza más grande del mundo. Cuando el barista me dio el menú, el peso me llevó a dejar caer los brazos sobre la barra. Aquello no era una carta, era una verdadera guía de cervezas provenientes de todos los rincones del mundo. ¿Cómo podría elegir una cerveza? ¿Una sola marca entre más de dos mil opciones? —Dame una cerveza local —le dije al oído—. La que quieras y que sepas que está buena. Una Tripel Karmeliet fue la elegida por el empleado, tras la que siguieron un par de pintas más que me dejaron casi en las nubes. Si Francia es la capital del vino, Bélgica lo es con la cerveza. Y beber cerveza en Bruselas no se compara con hacerlo en ninguna otra parte del planeta. Lo que un par de cervezas suele hacer conmigo en México no tiene comparación con lo que lograron en el Delirium. Es por ello importante conocer el porcentaje de alcohol presente en cada botella. La cerveza mexicana al lado de la belga parece ser solo agua fermentada. Así fue como me vi obligado a rechazar la siguiente invitación de Víctor, quien quería llevarme a un tercer bar a beber absenta, la bebida prohibida de Europa que tiene más de 80% de alcohol. —Si haces eso conmigo acabaré con un coma etílico en un hospital —. Así que lo mejor para ambos fue dar por terminada la noche y evitar peores consecuencias. Agradecido con Víctor por aquella introducción a la vida nocturna de Bruselas, volví a mi hostal para descansar y tratar de dejar salir el alcohol de mi cuerpo. Al otro día debía tomar un tren con dirección norte, para adentrarme en los aposentos de la Bélgica flamenca.
  7. From the album: Bruselas

  8. From the album: Bruselas

  9. From the album: Bruselas

  10. AlexMexico

    Palacio Real de Bruselas

    From the album: Bruselas

  11. From the album: Bruselas

  12. From the album: Bruselas

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