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  1. flormdk

    Recorrer Andalucia

    Una de las comunidades de Españolas es Andalucía, una de las más extensas del país y a la vez una de las más turísticas. Es una zona con una rica historia donde se han ido fusionando a lo largo del tiempo distintas culturas y pueblos. ¿Qué ver en Andalucía? En esta región española pueden encontrarse pueblos cargados de historia, fiestas alegres y coloridas, playas, montañas, obras arquitectónicas impresionantes, arte, bailes tradicionales y mucho más... Arquitectura + playas en Granada Granada, es una ciudad con un imponente Patrimonio de la Humanidad, la famosa Alhambra es el último reino en ser conquistado por los Reyes Católicos. La colina de La Alhambra alberga la Alcaza y los Palacios Reales Nazaríes, una joya del arte arábigo. Para quienes deseen conocer la Alhambra un consejo importante es sacar las entradas con varios meses de anticipación en caso de que vayan a realizar el tour por cuenta propia, o planificar la visita con una agencia también con anticipación para no perder la posibilidad de visitar este magnífico lugar. El litoral de Granada posee una de las más antiguas localidades de la Costa Tropical. Entre el mar y la montaña se encuentra el municipio de Almuñécar, un sitio que ofrece a sus visitantes playas y aguas pocas profundas. Además de recorrer la costa, la Alhambra y el Generalife, Granada al igual que otros lugares de Andalucía, ofrece la posibilidad de disfrutar de la cultura local visitando un tablao flamenco, sitio donde tienen lugar los espectáculos flamencos. La milenaria ciudad de Córdoba Otra de las paradas imperdibles por la región de Andalucía, es Córdoba, un sitio donde la modernidad y el pasado se encuentran. Es una ciudad milenaria que ha sido declarada como Patrimonio de la Humanidad. Pasear por la ciudad de Córdoba es disponerse a descubrir un entramado de callejuelas, patios y plazas además de una Mezquita Catedral la cual es el reflejo de la época medieval y un auténtico símbolo de la ciudad. Estepona, un lugar recreativo y deportivo en Andalucía Siguiendo con los lugares para descubrir de la mágica Andalucía se encuentra Estepona en la famosa Costa del Sol. Pude decirse que conserva el encanto de un pueblo tipicamente andaluz de plazas tranquilas con los característicos adornos de macetas cargadas de flores y casas blancas. Es un destino turístico que cuenta además con campos de golf y zonas deportivas. Un lugar especial para visitar en Estepona, es el orquidiario un moderno jardín botánico con orquídeas y otras flores. Málaga, la ciudad que vio nacer a Picasso Siguiendo con las ciudades ubicadas en la costa del Sol, se encuentra Málaga, una ciudad portuaria. Además de disfrutar de sus playas, se puede visitar el Museo Picasso, donde se encuentran obras de este famoso pintor que nació en esta ciudad de Andalucía. Marbella un destino para disfrutar del sol y la playa Otro destino de sol y playa es Marbella, las montañas de la Sierra Blanca hacen de telón de fondo de los casi 30 kilómetros de playas de arenas en el Mediterráneo. Su centro histórico merece también un alto en el camino, para perderse por sus adoquinadas y angostas calles donde pueden encontrarse casas de estilo morisco, un estilo arquitectónico muy tradicional de la región de Andalucía. El centro de la ciudad de Marbella es la Plaza de los Naranjos donde pueden verse las ruinas de las murallas árabes medievales de la ciudad. Una ciudad con un color especial, Sevilla Enclavada a orillas del Río Guadalquivir se encuentra la ciudad de Sevilla, una ciudad muy animada con “un color especial”... Es la ciudad más poblada de la región de Andalucía y la cuarta ciudad más poblada de España. Un paseo por esta ciudad, debe comenzar por su casco antiguo, el cual tiene la particularidad de ser el más extenso de España y uno de los tres más grandes de toda Europa. Entre las paradas imperdibles se encuentran la Catedral que incluye a la famosa Giralda, el Alcázar y la Torre de Oro. Durante los meses de abril o mayo tiene lugar la Feria de Sevilla, un evento que dura toda una semana, donde la ciudad se viste de fiesta, sus ciudadanos y también los turistas lucen trajes típicos, disfrutan de los bailes tradicionales y de la gastronomía típica. La isla de Cádiz Cádiz es una isla que se separa del continente, esta ciudad se encuentra inmersa en el Parque Natural de la Bahía de Cádiz. Tiene la particularidad de ser la ciudad más antigua de Europa Occidental, allí pueden verse restos arqueológicos datados e más de tres mil años. De Cádiz se pueden destacar muchas cosas, las principales son las playas y las fiestas. Es una ciudad ideal para caminar y encontrarse con un rico patrimonio artístico y monumental. ¿Cuándo es el mejor momento para planificar un viaje por Andalucía? La temporada ideal para visitar Andalucía es durante los meses de junio a septiembre, meses en los que el clima es caluroso y seco. Es una época ideal para quienes desean disfrutar de las playas. Hay viajeros que prefieren combinar su viaje con algún evento, algunos de los eventos que pueden disfrutarse en esta región, son las celebraciones de Carnaval y la Semana Santa. Las ciudades tienen también eventos propios, como es el caso de la Feria de San Bernabé en Marbella durante el mes de junio y la Feria de Sevilla durante Abril o Mayo.
  2. flormdk

    Tablao

    From the album: Andalucia

  3. Conocer la ciudad de Santiago de Compostela no parecía una tarea tan difícil. Mi vida transcurriría a sus pies durante los cuatro meses del primer curso escolar, y la diferencia entre un intercambio en la Ciudad de México y Santiago era abismal. 23 millones de habitantes no se pueden comparar de ninguna forma con los escasos 150 mil que posee Compostela Aunque para mí lucía como una villa diminuta, descubrir sus maravillas iba más allá de dar una caminata por sus rúas. Se trataba de explorar cada singular historia que se escondía tras sus viejos edificios, todos testigos de la grandeza de una ciudad casi espiritual. Mi mudanza del norte al sur de la urbe me llevó desde los suburbios más tranquilos hasta la activa zona centro, pasando por sus emblemáticas callejuelas a diario camino a la escuela y por sus rincones menos conocidos. Así es Santiago: CAMPUS NORTE DE LA UNIVERSIDAD Como bien dije en el relato anterior, mi primer mes en la capital gallega lo pasé en el lindo apartamento de Severino y Wanderley, un gallego y un brasileño que originalmente destinaban el cuarto de su vivienda al alojo de los viajeros de Couchsurfing, pero que por ayudar a sus bolsillos decidieron ponerlo en renta para mí. En principio fue muy difícil resistirse a la idea de vivir con ellos. Su unidad habitacional estaba a solo unos pasos del campus norte de la Universidad de Santiago de Compostela, mismo que alojaba a la Facultad de Comunicación, mi nueva casa de estudios. Como no era de extrañarme, la facultad era la más lejana al resto de los campus Pero no se hallaba completamente sola. Su hermana, la Facultad de Filología, se encontraba unos metros a su izquierda. Ambas encaraban a la Residencia Estudiantil Burgos das Naciones, una de las dos existentes en la ciudad. Bajo su techo se alojaban centenares de estudiantes, en su mayoría de humanidades, que se dispersaban todas las mañanas por las escuelas de lenguas, comunicación y ciencias económicas y administrativas. No era raro, por tanto, hallar múltiples letreros de protesta social alrededor de sus instalaciones. Y fueron aquellos epígrafes quienes me acercaron más a la dura realidad política de Galicia y España. No tardé mucho en inmiscuirme al mundo lingüístico del gallego, que se hablaba en la calle, en la escuela, y en mi caso, hasta en casa. En varias ocasiones había tenido oportunidad de escuchar a mi amigo Daniel, con quien viví en México, decir algunas palabras en gallego. No parecía nada difícil. Su origen romance y su similitud con el español y portugués lo hacían muy digerible a mis oídos. Pero el día a día del gallego resultó ser mucho más complejo Los profesores daban la clase en español; los estudiantes hacían preguntas en gallego. El maestro escribía gallego en el pizarrón; proseguía hablando castellano. Yo preguntaba el costo del pan en la tienda; me contestaban en gallego. El mapa del autobús estaba en español; sus calles en gallego… Acostumbrarme a la vida bilingüe en una ciudad con dos idiomas oficiales me resultaba algo raro Sobre todo cuando muchos de ellos estaban conscientes de que yo no hablaba gallego. Y siendo capaces de hablar castellano, su arraigada cultura lingüística los empujaba a no hacerlo Galicia había surgido siglos atrás como un reino independiente en la punta noroccidental de Hispania, muy ligado al Principado de Asturias y al adyacente Reino de León. Al proceder de un pueblo romano, la lengua latín evolucionó a lo que hoy es el idioma gallego. Sin embargo, su incorporación al Imperio Español, con la Corona de Castilla al mando, retrajo su lengua poco a poco para adoptar al castellano como un idioma oficial, tal como en el resto de las dependencias hispanas. Al igual que el catalán o el euskera en el norte de la península, la lengua gallega perdió fuerza poco a poco a lo largo de los años bajo el reinado de Castilla, más nunca se desvaneció por completo. De hecho, fue de la antigua Galiza que nació el posterior Reino de Portugal, y por ende, el idioma portugués. Pero la unificación de los reinos ibéricos y la reciente dictadura franquista (donde se oprimió a todas las lenguas que no fueran la castellana) intentaron debilitar a la identidad y cultura de las provincias, con tal de aunar a una sola España. Es por ello que el día de hoy existe un nacionalismo tan férreo en comunidades como Cataluña, el País Vasco y, por supuesto, Galicia, donde el pueblo lucha por recuperar esa identidad que se les intentó arrebatar y, en los casos más extremos, por independizarse como un Estado propio. Hablar gallego, y no castellano, es también una forma de decirle al mundo: yo soy gallego, y no español. Con el tiempo es posible que todos los intercambistas de la ciudad le tomáramos un poco de amor al idioma, ya que aunque no lo deseáramos terminamos falando un pouco de galego en nosa vida En fin. Más allá de los grafitis protestantes y del cúmulo de estudiantes nacionalistas, el campus norte de la universidad tenía un sublime encanto. El extenso terreno en su interior estaba cubierto en su totalidad por coloridos jardines que enmarcaban a cada edificio con un enorme lienzo verde El Auditorio de Galicia, destinado a actividades culturales, marcaba el inicio del pequeño estanque que cientos de alumnos rodeaban día con día para dirigirse a sus clases. Los patos y cisnes chapoteaban siempre sobre la superficie, y con frecuencia se acercaban a nosotros buscando comida Los mejores paisajes llegaron en el otoño, cuando todo el follaje cambió de color, mientras los árboles tapizaban día con día al suelo, tiñéndolo de naranjas y amarillos por los que era un deleite caminar, incluso para llegar a un examen. Las postales del campus norte serán, sin duda, las que permanecerán con más recelo en mi memoria, y un lugar un poco olvidado que siempre recomendaré visitar a cualquier turista EL CENTRO HISTÓRICO No se puede hablar de Santiago de Compostela sin hablar del cristianismo, del catolicismo y, claro, sin hablar del apóstol Santiago. Sea cual sea nuestra religión (o ausencia de la misma) cualquiera que visite Santiago debe estar consciente que la ciudad existe sólo gracias al presumible hallazgo de los restos del apóstol en las tierras de aquella ciudad, cerca del año 820. El rey de Asturias mandaría a crear una iglesia rodeada de privilegios justo en ese lugar, justo en el centro de Galicia, con lo que evangelizaría el área y poseería una ciudad gallega fiel al reino, lo que más tarde devendría en la incorporación de toda Galicia bajo su mandato. Así nace Santiago de Compostela, nombre que hace un total honor al apóstol. Y es todo el centro histórico el que nace a partir de la construcción de aquella antigua capilla, que hoy por supuesto, luce como el mayor atractivo de la ciudad. La llamada zona vieja de Santiago fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985, no solamente por su importancia para el mundo cristiano, sino por su indudable belleza arquitectónica El irregular centro histórico es todo un laberinto de rúas, en su mayoría peatonales, flanqueadas por edificios de más de diez siglos de antigüedad. El estilo predominante es el barroco, pero hay presencia de construcciones góticas y románicas, entre las que destacan los conventos católicos instaurados como satélites de la capilla y, años más tarde, los primeros edificios de la Universidad, una de las más viejas de Europa y por lo que Santiago poseyó siempre un ambiente estudiantil. La confluencia de rúas forma siempre pequeñas plazas públicas, rodeadas en su mayoría por negociantes y comercios que ofrecen todo al visitante y al local que se pasea por ellas. La Praza de Cervantes, Praza da Quintana, Praza das Praterías y Praza do Toural son sólo algunas de ellas. Pero si lo que se busca es un corredor turístico no hay mejor lugar que la Rúa do Franco Es una larga y curva callejuela peatonal donde se encuentran un sinfín de restaurantes y tiendas de todo estilo, donde el turista puede encontrar prácticamente cualquier cosa que busque para llevar consigo el mejor recuerdo de Santiago. Si hay algo que debo confesar es que las tapas en Galicia simplemente no son las mejores de España De hecho, la cultura tapera de la ciudad me pareció bastante pobre, ofreciendo en muchos casos sólo un pequeño trozo de pan por cada copa demandada en la mesa Pero Galicia no le envidia mucho al resto del país, pues tiene lo mejor en mariscos y vino tinto Y no podemos salir de Galicia sin probar una empanada gallega, un plato de pulpos a la gallega y una copa de vino Ríax Baixas. Y aunque en la Rúa do Franco podemos hallar esto y mucho más, siempre podemos encontrar mejor comida y a mejor precio fuera del cuadro histórico de la ciudad En la parte más occidental de la zona vieja está la enorme explanada de la Praza du Obradoiro, un cuadrante empedrado que se ostenta como el punto céntrico de la ciudad. A sus orillas se elevan la rectoría de la Universidad, el Hostal de los Reyes Católicos y el Palacio del Ayuntamiento. Pero la construcción más emblemática es y será siempre la imponente Catedral de Santiago de Compostela. Su construcción como se le conoce hoy en día da comienzo en el siglo XI, aunque sus múltiples partes fueron hechas y reconstruidas a lo largo de los siglos XVI y XVII. Es por ello que presenta estilos tan distintos en toda su estructura, aunque lo más atractivo es su fachada principal. La cara barroca con su pórtico románico se engalana con sus dos torres, quizá, los puntos más altos de toda la ciudad, visibles desde muchos puntos de toda la villa de Santiago. Es esta enorme catedral quien reemplaza a aquella pequeña capilla que el rey asturiano mandó a erigir al enterarse del descubrimiento de los restos del apóstol, misma que fue incendiada en manos de los moros. Esos mismos restos son los que supuestamente descansan hoy en el claustro de la catedral, que han sido y siguen siendo el motivo que convierte a Santiago de Compostela en uno de los puntos de peregrinación más importantes del mundo cristiano, peregrinación que da pie al célebre camino de Santiago. O CAMINHO DO SANTIAGO Desde la Edad Media, cuando la ciudad nació de aquel mito católico, miles de personas marchaban hasta Santiago como una muestra de fe por el apóstol y por Jesucristo mismo. Se dice que el primer peregrino fue el rey asturiano Alfonso II, quien caminó hasta el Campus Stellae (que devendría en Compostela) para encomendarse a las reliquias. Ya que Jerusalén y la Tierra Santa habían caído en manos de los musulmanes, Santiago se convirtió en uno de los puntos de peregrinaje cristianos más importantes. Así, ayudó a difundir la cultura española por toda Europa y fue uno de los puntos clave en la lucha hispánica por la Reconquista de sus tierras para exiliar a los moros. Sin embargo, el llamado Camino de Santiago cayó en el olvido a finales de la Edad Media y durante la Era Moderna, perdiendo así la ciudad entera la atención que todo el mundo cristiano le tenía. No obstante, durante el siglo pasado se hicieron esfuerzos para recuperar la tradición del histórico camino, y hoy se presume como uno de los senderos más famosos de todo el planeta, por el que miles de católicos, aventureros, mochileros y senderistas darían todo por realizar Cabe destacar que no existe un solo Camino de Santiago. Hay una lista interminable de rutas por toda España, Portugal, Francia y otros lugares de Europa. Pero todos ellos culminan allí, en la gran Catedral de Santiago de Compostela, justo donde se encuentran las reliquias del apóstol Santiago. En 1993 el Camino de Santiago Francés fue declarado un bien cultural Patrimonio de la Humanidad. Y para muchos es todo un orgullo y una meta a cumplir. Por ello, es muy común toparse todos los días con grupos de senderistas que llegan a la ciudad después de varias semanas de caminatas. Algunos caminaron 100 kilómetros. Otros más de 1000. Y me atrevería a decir que no muchos de ellos llegan para agradecer al apóstol, sino simplemente como una forma de conservar una bella tradición y de romper objetivos físicos, a la par de los bellos paisajes de los que son testigos en el camino. Gordas mochilas, bastones, ponchos impermeables y un olor peculiar. No es difícil reconocer al peregrino que llega a la ciudad y se sienta entusiasmado en la Praza do Obradoiro. Existe además toda una cultura del peregrino de Santiago, con una compleja simbología y una red de albergues, restaurantes y hasta aplicaciones de smartphones destinados solo a ellos. Y uno de esos símbolos es el peregrino escondido. Se trata de un pilar tras la catedral de Santiago donde, por las noches, la luz refleja una sombra extraña que, con nuestra imaginación, toma la forma de un peregrino. Es definitivamente toda una atracción turística que nadie se puede perder al visitar la ciudad ZONA NUEVA DE SANTIAGO En el ala sur de la ciudad encontramos la llamada zona nueva, misma que me acogió durante mis últimos tres meses Es aquí donde encontramos las tiendas de moda, discotecas, bares de tapas, bancos, cafeterías, edificios habitacionales y todo lo que una ciudad moderna necesita Una de las atracciones más llamativas y curiosas es una pequeña estatua en la Alameda Central, de dos mujeres vestidas y maquilladas de forma extravagante. Más allá de una jovial fotografía con las dos señoras, la historia Las Marías no es del todo agradable. Ambas eran hermanas, costureras y pobres. Se quedaron sin trabajo y vivían de las limosnas. Pero su salada y chusca actitud, sobre todo con los jóvenes estudiantes, las condecoró siempre como dos mujeres muy felices, a pesar de haber sido tachadas de locas o putas Todo esto pasó en la época de la oscura dictadura. Su espíritu colorido y vivaz era toda una chispa de luz y optimismo ante una Galicia gris y ensombrecida por la dura dictadura militar. Es por ello que, más allá de haber sido un personaje de la cultura popular, son un símbolo de la resistencia a la opresión política y del nacionalismo gallego. Todavía más al sur, pasando la estación de trenes, nos toparemos con un complejo de edificios bastantes posmodernos, situados en lo alto de una colina a las afueras de Santiago. La Ciudad de la Cultura de Galicia es un proyecto que tiene como objetivo hospedar a toda exposición que enaltezca al arte y a la cultura gallega, con la mejor de las instalaciones de vanguardia. Aunque por sus empinadas rampas y asfalto de formas curvas, muchos skaters la utilizan como pista de patinaje LA VIDA EN SANTIAGO Santiago resultó ser justo lo que esperaba. Una pequeña ciudad con una vida tranquila sin ningún estrés de ningún tipo. La lluvia no cesó durante todo el otoño, y el invierno trajo consigo heladas temperaturas, que rara vez llegaron a tapizar con nieve el suelo. Al final entendería que para conocer la ciudad, no bastaba con recorrer día con día sus estrechas calles. Más bien adentrarse al mundo espiritual que rodea a cada viejo edificio
  4. El reto estaba ya asumido: mudarme a una ciudad de la que casi nada conocía, donde a nadie conocía, donde una vez más sería el nuevo de la clase, y en la que pretendería vivir con menos de 550 euros por mes. Mis primeras semanas en España habían pasado de forma lenta y asequible. El insistente apoyo que Henar y su familia me mostraban me facultó cómodos viajes por el centro de la península sin la más mínima preocupación, y por lo que les estaría eternamente agradecido No obstante, agosto había terminado, y se aproximaba la fecha del inicio del curso escolar, que en España se sitúa en los primeros días de septiembre. Y era precisamente ello lo que me había llevado hasta el Viejo Mundo, acompañado por una beca que me apadrinaría por el resto de mi estancia: un intercambio estudiantil en la Universidad de Santiago de Compostela. Hasta entonces, lo único que había escuchado sobre Galicia eran los absurdos chistes que en México hacen mofa de sus habitantes mismos que mi amigo Daniel (oriundo de La Coruña) había desmentido un año atrás, cuando nos hicimos buenos amigos en México Y fue en parte por él que decidí solicitar mi beca a la capital gallega, sabiendo que él vivía tan sólo 70 km al norte; aunque, para ser sincero, mi decisión prioritaria siempre fue Granada, la perla del sur español. Aceptémoslo, es una ciudad que a cualquiera tentaría pero de ella podré hablar en otra ocasión. De cualquier forma, el reto a lo desconocido es algo que siempre nos llevará a las mejores experiencias de nuestras vidas, y estaba seguro de que Santiago no sería la excepción Así, luego de dos semanas al lado de la acogedora familia madrileña, me despedí temporalmente de ellos para dar comienzo a mi nueva aventura, a 600 km al noroeste de la capital. Aunque ya había recibido varias recomendaciones para mis viajes en Europa, como aerolíneas lowcost y redes de car-sharing, decidí tomar un tren para disfrutar de un viaje más cómodo. Además, cargaba conmigo dos maletas, que por su transporte en un vuelo de bajo costo duplicaría el precio por el exceso de equipaje. De tal suerte que me aventuré en mi primer viaje en tren en Europa. Debo confesar que fue una experiencia sumamente palpitante Hacía ya tantos años que no viajaba en tren que ni siquiera recordaba cómo lucían los andenes, donde esperaba inocentemente a una ferromoza que demandara por mi ticket antes de abordar, y no una vez adentro como sucede comúnmente El chillar de los rieles al partir de los vagones; la mirada de un pasajero sentado cara a cara frente a uno; el paisaje libre de carreteras y automóviles circulando… me preguntaba entonces por qué en México había desaparecido uno de los servicios más cómodos y seguros de transporte mientras era testigo del evidente avance tecnológico ferroviario del que había perdido toda pista por casi 20 años. Pero, inevitablemente, algo más revoloteaba por mi cabeza. Poco más de un mes atrás, un terrible suceso había mantenido de luto a la ciudad de Santiago de Compostela: un tren se había descarrilado antes de llegar a la estación y múltiples personas habían muerto en el accidente entre ellos, una estudiante mexicana (de la misma provincia que yo) que realizaba su intercambio en dicha ciudad. Las posibilidades de que sucediera lo mismo, en el tren en el que viajaba, en la misma estación, eran para mí demasiado reducidas. Además, es justo después del accidente cuando la seguridad se había reforzado al máximo, al grado de que mi tren viajaba a velocidades sumamente lentas, para evitar cualquier tipo de catástrofes. Sin embargo, no pude evitar aquel pequeño sobresalto al pasar por las mismas vías donde semanas atrás había tenido lugar tal siniestro... El paisaje se había transformado, desde las planicies áridas de Castilla hasta las verdes colinas del norte. Y seis horas después de mi excitante travesía por las vías, fue la hora de encontrarme con mi nuevo hogar. Sólo había una persona a quien yo conocía verdaderamente en la ciudad, y esa era Alemara, la otra estudiante de mi universidad que haría su intercambio en Santiago. Fue gracias a ella que me introduje meses atrás en una red social que cambiaría mi modo de vida (y de viajes) y de la que ya he hablado anteriormente: Couchsurfing. En pocas palabras, es una página web para alojar viajeros en nuestra casa, o bien, para buscar alojo (un couch) en cualquier parte del mundo. Alemara y yo Llevaba ya 4 meses inscrito, y hasta entonces había alojado a unos 6 viajeros en casa (en México, claro está). Con tales referencias, decidí apoyarme en la plataforma para pedir consejos sobre los precios de los pisos (apartamentos) en la Universidad de Santiago y sus alrededores, ya que una habitación en la residencia universitaria ascendía a 260 euros mensuales Fue así como contacté con Severino y Wanderley, una pareja gallego-brasileña de chicos muy majos* que me ofrecieron en renta el cuarto de su piso que normalmente destinaban a los couchsurfers. Por 120 euros al mes, no pude resistirme *Palabra que designa a alguien chido, chévere. Ambos me recogieron en la estación, siendo ese nuestro primer encuentro en persona. Lo sé, si piensan que estoy loco por haber hecho un trato de tal naturaleza por una red como Couchsurfing, quizá, lo estoy. Pero fue mi mejor opción por algún tiempo, hasta encontrar algo mejor La ciudad de Santiago lucía bastante más verde que las villas del centro del país. Además, el verano todavía no terminaba y prontamente pude sentir que el calor no era algo por lo que Galicia se caracterizaba El cielo se tupía con un gris uniforme. Ya había sido advertido varias veces sobre el microclima de Santiago: lluvias constantes entre niebla y espesas nubes. Pero parecía todo muy agradable. El calor era lo que menos buscaba en España y Europa, al menos no por las próximas semanas Arribamos al piso. Segunda planta, amplio, bien distribuido, con dos habitaciones y un estudio, una sala comedor, una cocina, un baño, un aseo (baño sin ducha) y un balcón lleno de huertos y macetas. La vista parecía agradable, un barrio tranquilo que tenía la pinta de un vecindario familiar. Ambos me invitaron a ponerme cómodo, a lo que acaté sus órdenes y me instalé en mi nueva habitación. Disfrutamos juntos de una buena cena horneada al estilo gallego-brasileño de Wanderley, quien había abandonado su natal Sao Paulo para asentarse en Santiago por tiempo indefinido. Concilié el sueño de una forma extraordinaria mi primera noche, bastante fría comprada con las veladas en Madrid. Sin hacerme de muchas expectativas, aguardé tranquilo por el siguiente día, en el que conocería parte de mi nueva vida universitaria. Convenientemente mi facultad estaba a menos de un kilómetro de distancia desde mi nuevo piso, cruzando apenas tres calles y algunos edificios habitacionales. Como no era de extrañarse, la Facultad de Comunicación se ubicaba en el campus norte, el más alejado de la zona universitaria. Pero el área circundante parecía bastante agradable, con extensas áreas verdes a su alrededor. Y pronto descubrí que aquel blancuzco y frío edificio había sido merecedor de un premio de arquitectura… y al entrar en él pude rápidamente percibir su singularidad. Escaleras en diagonal, sótanos que parecían laberintos, plantas en diferentes niveles de alineación... una estructura que me hizo difícil hallar las aulas de clase y el auditorio central El no haberme topado con ningún otro estudiante de intercambio en primera instancia era algo bizarro para mi primer día, pues había sido dicho que tal Universidad era altamente demandada por los Erasmus. Y de aquí en adelante surge el resto de mi relato: Cuando vivía en la Ciudad de México acudí a un congreso de posgrados en Europa, donde un conferencista nos habló sobre el sistema Erasmus. Se trata de un programa de movilidad en universidades europeas, para estudiantes europeos y financiado por la Unión Europea. Así, en toda Europa ser intercambista es sinónimo de ser un Erasmus, sin importar de dónde vengas. Por supuesto, ser Erasmus también es sinónimo de fiesta, locura y, sobre todo, de viajes Pero no debía impacientarme, pues esa misma tarde se me había invitado por parte de la coordinación académica a una bienvenida a los estudiantes extranjeros en la Facultad de Historia. Así, mis dos nuevos roomies me condujeron hasta el centro de Santiago, que a simple vista parecía cumplir todo lo esperado. Una vieja ciudad medieval con aires completamente cristianos, repleto de capillas y monasterios de piedra de estilo gótico y barroco. Una larga avenida nos llevó hasta el famoso Monasterio de San Francisco, donde el principal corredor turístico da comienzo. Monasterio de San Francisco Una calle adoquinada orillada por decenas de vendedores que sobre la acera persuadían a todo paseante a acercarse a sus boutiques de postres, artesanías y souvenirs. En esa misma calle se alzaba majestuosa la vieja facultad de medicina, denotando en sus paredes la antigüedad de la Universidad de Santiago, de más de 500 años de existencia, lo que la hace tan popular en España y en toda Europa A partir de allí empecé a percibir lo atestada que aquella pequeña villa se encontraba con los estudiantes universitarios. Cerca de 30,000 de los 150,000 habitantes son sólo estudiantes matriculados en su universidad Los aires juveniles contrastaban con una metrópoli de tal naturaleza, pero hermosa en todos sus rincones, o al menos los que había podido ver hasta entonces. Y el mejor de los rincones era sin duda la Plaza du Obradoiro, que metros adelante me recibió complacientemente. Santiago de Compostela básicamente existe gracias al entierro del apóstol Santiago en sus tierras. Tras su tumba, se construyó la totalidad de la zona vieja de la ciudad. Y esas reliquias se encuentran enclaustradas supuestamente en la hermosa e icónica Catedral de Santiago. La Plaza du Obradoiro es el corazón de toda la urbe, enmarcada por la Catedral en el este, el Palacio del Ayuntamiento en el oeste, el Hostal de los Reyes Católicos al norte y el Colegio de San Jerónimo al sur. Palacio del Ayuntamiento de Santiago Tanta vida y esplendor hacía falta admirarlo con mucho detenimiento, y poco a poco iría comprendiendo la vida e historia en la ciudad; por mientras, mi misión era hallar la Facultad de Historia Enclavada en la frontera del centro histórico, los miles de estudiantes que rodeaban el edificio anunciaron con bombo y platillo mi arribo a la facultad. Wanderley y Severino se despidieron de mí, dejándome solo en un mar de jóvenes políglotas que presumían cada uno su nacionalidad en sus pechos. Rápidamente los anfitriones se aproximaron para preguntarme por mi procedencia, y acto seguido pegaron la correspondiente bandera en mi suéter, misma que, quizá, una quinta parte de los presentes usaban Ahora no había duda que no era el único mexicano en la ciudad Y entre esa multitud multirracial apareció Alemara. Ella había llegado una semana antes, y tenía ya el placer de conocer a varios de los intercambistas, con los que rápidamente me introdujo. Entonces supe cuál sería el segundo grupo con mayor presencia en Santiago: Francesca, Giulia, Silvia, Corinna, Mariana, Claudio, Nicole, Valentina… era claro que los italianos serían la competencia con los mexicanos y los chinos para ver cuál sería el grupo más numeroso Si algún día se sienten deseosos de conocer gente sin ningún tipo de conflicto, no se acerquen a los clubes, bares o fiestas fancy. Acudan a una fiesta de intercambio. Cada diminuto centímetro por el que uno camina está ocupado por una o un estudiante deseoso de conocer a cualquiera en una ciudad y un país que no es el suyo. Así, me abría paso entre turcos, franceses, chinos, brasileños, italianos, gringos, argentinos, ingleses y españoles para acudir a cada uno de los stands publicitarios que no dudaban en regalarnos volantes para promocionar sus negocios en la ciudad. Fue así como conseguimos nuestro chip de telefonía móvil español de forma gratis La junta explicativa dio inicio en una de las aulas más grandes de la facultad, donde tal cantidad de gente apenas y se dio cabida. Los estudiantes anfitriones nos dieron la más cordial bienvenida, no sólo a la Universidad, sino a nuestra nueva y temporal vida Terminando la asamblea nos dieron un break para tomar algo cerca, y nos veríamos más tarde en la Plaza do Obradoiro. Rápidamente me integré al grupo de italianos que acompañaban a mi amiga Alemara, con los que tomé mi primer café en un pequeño bar tapero del centro. Debo confesar que Santiago no es la mejor ciudad para degustar las tapas españolas, pero más tarde descubriría las delicias gastronómicas que Galicia me ofrecía Llegada la hora, nos dirigimos todos a la Plaza do Obradoiro, donde frente a la catedral yacía el enorme grupo de estudiantes, que aguardaban ansiosos por ver la sorpresa que los anfitriones nos habían prometido. Bajando unas escaleras hacia el lado sur, de donde se tenía una impresionante vista del templo, nos aglutinaron frente a un restaurante gallego, para presenciar la preparación de una de las bebidas más antiguas de Galicia: la queimada. Se trata de una bebida de posibles orígenes medievales que según se utiliza como bebida curativa y de protección contra maleficios Es básicamente aguardiente y azúcar, con trozos de cáscara de cítricos, lo que la hace una bebida bastante dulce. Pero en su preparación está la magia. Sobre el líquido, que se vierte en una enorme cazuela de barro, se prende una llamada de fuego, que se alimenta del mismo alcohol. El sujeto del restaurante menaba con persistencia el cucharón, mientras todos veíamos atónitos la hipnotizante y viva llamarada. La escena se adornaba todavía más con un grupo de músicos de gaita gallega. Sí, la misma gaita que ha hecho tan famosos a los escoceses la encontramos ahí mismo, en la capital de Galicia Y es que algo que no muchos saben, es que se cree que los mismos celtas que se establecieron en las tierras del norte de Gran Bretaña poblaron también la isla de Irlanda, Normandía y el norte de la península Ibérica Es por ello que hasta entonces Santiago nos parecía algo fuera de lugar, una villa aislada y con una propia identidad, muy distinta a la del resto de España. Por si fuera poco, cuando la llama se apagó algo inusual ocurrió. Un hombre vestido con un traje de paja se posó sobre un banco y nos pidió repetir después de él. Comenzó entonces a parlar un extraño e inentendible conjuro en gallego, que serviría para ahuyentar a los malos espíritus Era ya de mi conocimiento que Galicia poseía su propio idioma, declarada junto con el castellano lengua oficial en la comunidad. En algunas ocasiones pude escuchar a mi amigo Daniel hablar en gallego con una brasileña, ya que de hecho el portugués ha nacido de este último idioma. Pero el gallego en el que este hombre recitaba se percibía mucho más complicado Tanto que me hizo pensar que se trataba de un gallego antiguo Pero a lo largo de mi estancia en Santiago me acostumbraría al repentino cambio del español al gallego, algo normal para los locales Al finalizar el conjuro grupal vino la prueba de fuego, literalmente, pues tras apagarse el fuego nos sirvieron a cada uno un vaso con la queimada, con el que hicimos nuestro primer brindis. Pero el regocijo de nuestro primer día en la ciudad no fue el mismo que nos deleitó tras probar la antigua bebida. La combinación de aguardiente con los sabores dulces del azúcar y la fruta quemó nuestras gargantas no sólo en el sentido de su alta temperatura, sino de su poderoso y raspante nivel etílico, que subió a nuestras cabezas en un santiamén Poco a poco el grupo de Erasmus se fue desperdigando, algunos volvieron a sus pisos y otros buscaron un bar donde meterse. Yo por lo pronto, seguí de la mano con el simpático grupo de italianos, quienes me hablaron de un concierto que habría esa noche en la Praza da Quintana, justo detrás de la catedral. Así culminaba mi primer día en Santiago, lleno de sorpresas y expectativas que se rompían cada vez más Muchos quizá llegamos esperando escuchar flamenco, bajo un cielo azul y un ardiente sol, frente a una cálida playa paradisíaca, tomando una cañita y un plato de tapas de jamón serrano. Pero Santiago era distinto, y logró por mucho asombrarnos a todos aquella tarde de septiembre en que nos recibió con los brazos abiertos, y como lo seguiría haciendo por el resto de nuestra estadía Y un pequeño video que muestra el seductor ritual de la queimada gallega, a color y en HD:
  5. A mi triunfal arribo a Madrid, todas las sensaciones dentro de mi corazón se aceleraban al mismo tiempo Era increíble cómo después de 12 horas me hallaba ahora a 9000 kilómetros tan lejos de casa y cómo, de repente, después de 8 meses de haber despedido a mis amigos españoles en México, volvía a reencontrarme con una de ellas: Henar, quien me esperaba fuera del Aeropuerto de Barajas mientras fumaba un pitillo. Totalmente embelesados por nuestra pronta y tan espontánea comparecencia, subimos a su camioneta y condujimos por la carretera estatal que circunvala a la localidad de Madrid, sede de la capital de la comunidad homónima y de un estado nación que, hasta el momento, me recibía con la mejor de sus caras Cada palabra y gesto de emoción que emanaba de la boca de Henar eran opacados por las postales que tras la ventana dejaban al desnudo a un Madrid cálido y vivaz. La imagen de una Europa templada y fría desaparecía vertiginosamente con el sol, que a las 19 horas seguía en un álgido punto de potencial luz… qué candor el mío para cualquiera que me veía portar un enorme abrigo de invierno en mitad de agosto El tamaño de Madrid y su zona metropolitana no se comparaba en lo absoluto con el de la Ciudad de México, misma que nos había acogido unos meses atrás; pero su extensa dimensión nos permitió aprovechar el tiempo para ponernos al día, mientras nos paseábamos por las periferias rumbo al sur de la metrópoli. Mi primer destino en la Iberia española era el barrio capitalino que había visto nacer a Henar y su familia: el distrito de Carabanchel. Albergue de una importante historia, cultura, identidad y de una amplia diversidad de población proveniente de todo el país (y el extranjero), Carabanchel me dio un sonriente saludo de acogida en la gran ciudad Decenas de madrileños se paseaban en bermudas y faldas bajo las carpas de los negocios al pie los edificios habitacionales. El verano invitaba a todos a salir de sus casas, y los coloridos árboles de matices otoñales incitaban a cualquiera a disfrutar de la tarde bajo sus poblados follajes. No era diferente el caso para el padre de Henar, quien disfrutaba de una cañita (cerveza de barril en vaso) cuando ambos llegábamos a casa. Y tras ser advertido por Henar sobre lo agresivo que podía sonar el tono de voz de los españoles (especialmente el de su familia), fui recibido con un fuerte abrazo por su hermano y su madre, quien con un banquete que ocupaba la totalidad de la mesa exclamó la mejor de mis recepciones: ¡BIENVENIDO A ESPAÑA! La gama gastronómica más popular y representativa de España se posaba como un bufete infinito que me exhortaba a sentarme, no sin antes otorgar a July (madre de Henar) los presentes que desde México había cargado conmigo: un par de magnetos y una botella de tequila Jimador Con el estómago saciado desde que bajé del avión, mi apetito velozmente escindió ante tal variedad culinaria, que incluía: salmón a la plancha, croquetas, jamón serrano, jamón york, queso de tetilla, paté, lonchas de chorizo, tortilla española y pan de baguette. Todo mientras el sol descendía poco a poco sin ponerse completamente. Tras el exquisito banquete y un shot de tequila, que obligadamente July se bebió por cortesía subí a darme una ducha y tratar de conciliar el sueño, no sin antes avisar a todos en México que había llegado con bien hasta las tierras hispánicas. La casa de Henar era sorprendentemente cómoda y grande desde su amplio patio trasero hasta su ático y la habitación de invitados. No obstante, ella amablemente me concedió su alcoba, en la que vi ocultarse el sol, nada más y nada menos, que a las 10 pm Algo extraño para mí, pero común para un verano español (quienes raramente todavía utilizan la hora del centro de Europa). El usual y perverso jet lag no me permitió despertarme más temprano que las 12 pm del siguiente día Y un poco avergonzado por el prolongado sueño, bajé a saludar a una familia que, a finales de sus vacaciones de verano, se preparaba para su última escapada de la temporada. Mientras trataba de adaptarme a los desayunos españoles (café y pan) Henar me contaba que ese día partirían todos al pueblo, donde compartirían algunos días con el resto de la familia. Por suerte, yo también estaba invitado, y vi allí la mejor oportunidad de codearme con el ambiente más típico de que de España se pudiera imaginar Pero antes de partir necesitaba algo más: casualmente no había traído desde México pantalones cortos, y visto el abrasador calor que en Madrid se sentía Henar me llevó al mejor lugar para las compras en España. No estoy hablando de la primera boutique de Zara ni de marcas excesivamente costosas. Más todo lo contrario, y acudimos directamente a Primark. Como cadena irlandesa especializada en ropa y accesorios a precios bajos, Primark me ofreció todo lo necesario para el resto de mi estadía en Europa. Y no solamente hallé mis deseados pantaloncillos, sino gorros, guantes, bufandas y camisas a precios que increíblemente no sobrepasaban los 5 euros por prenda Con todo un guardarropa renovado en mi maletín, alistamos todo para pasar algunos días lejos de Madrid, misma que conocería a fondo una semana más tarde. Casi al caer la noche dejamos la ciudad y tomamos la carretera estatal norte rumbo a la comunidad de Castilla León, hogar del antiguo reino de Castilla, de la lengua castellana y lugar de nacimiento de la unificación de toda España. Al este de la provincia de Segovia, colindante a la cercana comunidad madrileña, se hallaba Sepúlveda y sus pueblos circundantes. Uno de ellos, nuestro hogar por los próximos cinco días: Consuegra de Murera. Cuando me hablaron del pueblo de la familia había imaginado una especie de ranchería o comunidad rural con casas grandes y alejadas una de la otra (como suelen lucir en México). Pero Consuegra fue algo que nunca en mi vida había visto… Todas las casas colindaban una con la otra, sumando no más de 35 hogares, y el conjunto de edificaciones no sobrepasaban ni media hectárea Todo ello en el medio de una vasta llanura de verdes cultivos. He aquí una foto aérea para su mejor visualización: En la plaza central de la diminuta aldea, un grupo de niños yacían sentados con sus madres, disfrutando de un show infantil que se proyectaba en un vetusto muro de la parroquia, al mero estilo de Cinema Paradiso Llegamos directamente a la casa de los padres de Henar, quienes me dirigieron a la antigua casa de la abuela, una enorme morada de ancianas paredes de piedra. Allí, el singular tío Paquito me recibió, tal como me habían descrito a su afanado personaje. Desviviéndose por ser el mejor anfitrión de España, en pocos minutos me contó la historia de la casa, del pueblo y de él mismo, mientras todos preparaban la mesa para la cena. Aquella templada noche dormí tan cómodamente que olvidé por completo la diferencia de horario, y me dije afortunado de compartir mis primeros días con tan benévola familia El despertar para mí y Henar fue temprano la siguiente mañana cuando Álvaro, su hermano (quien no tenía ningún problema para levantarse al alba) nos echó de la cama para aprovechar el día: eran las fiestas de Los Santos Toros de Sepúlveda y era algo que yo no podía perderme. Retirando las lagañas de mis ojos, me llevaron a la plaza de toros del municipio, a lo cual rápidamente protesté. Las corridas de toros no es algo de mi agrado Más Henar y Álvaro me hicieron saber que mi filosofía no era ajena al pensar de muchos españoles, quienes poco a poco se han ido mostrando en contra de los brutales eventos. Así, en las fiestas de Sepúlveda el llamado “Encierro” sólo consistía en soltar a los toros para correr por las calles y encerrarlos al final en su respectivo corral. Como nosotros no llegamos al encierro, entramos a la plaza para coger un sitio. Otro espectáculo tendría lugar, esta vez solo con pequeños novillos. El sol apenas se levantaba, y la mayoría de los asistentes parecían no haber dormido. De hecho, habían seguido la fiesta toda la noche hasta el amanecer esperando con ansias el tan anhelado encierro. Grupos de jóvenes borrachos con camisas del mismo color formaban porras y cantaban orgullosos los himnos de sus pueblos. Ninguna de sus palabras castellanas eran descifrables para mí lo cual denotaba su procedencia meramente rural. Llegó el esperado momento, y el novillo fue soltado al centro de la pista. La cría desorientada caminaba de un lugar a otro, sin hacer mucho más que mirar al público. Algunos empezaron el show, y bajaron de sus gradas para correr con la vaquilla, quien los perseguía amenazando sus traseros con sus desafilados cuernos. Los más osados se acercaban a sólo centímetros de ella, y el célebre “olé” se vociferaba en todo el anfiteatro. Niños, ancianos, jóvenes y adultos disfrutaban entre familiares y amigos el espectáculo animal, manteniendo el fuerte vínculo que el pueblo hispano tiene con sus tradiciones más arraigadas. Sin duda, la primera típica postal que España me dió de sí Desde lo alto de las tarimas se asomaba la parroquia de Sepúlveda y parte de su pueblo, esperando a ser visitado por el recién llegado turista mexicano Sepúlveda es cruzado por las hoces que forma el río Duratón, afluente del río Duero, cuyo cauce ha formado una especie de cañón. Así, desde sus alturas, puede apreciarse un hermoso y singular paisaje de tonos que van de los marrones a los verdes intensos. Sumergirme en las calles de Sepúlveda fue como volver en la línea del tiempo hasta la misma Edad Media peninsular Los autos de modelo reciente aparcados en sus orillas se combinaban contrastantemente con la antigua arquitectura castellana, que Sepúlveda y su gente han sabido conservar de manera sensacional. Cada ladrillo de arcilla coronado por tejas y pequeñas chimeneas podría haber sido capaz de contarme una historia diferente, sobre todas las auténticas generaciones que han pasado por el interior de cada añejo edificio. Vaporosos tonos beige orillaban las escoradas rúas, que en su centro lucían decenas de locales y visitantes que gozaban de un verano más en la campiña española. Y para mí, quizá el visitante de procedencia más lejana presente en aquel momento, cada molécula en la atmósfera representaba un universo de cultura que deseaba conservar en mis recuerdos. La estructura de una ciudad que parecía amurallada situada sobre la irregular figura de una colina me recordaba mucho a los cuentos de caballeros y dragones, y me llevaba de vuelta a lo que mi imaginación era capaz de crear durante los juegos de mi infancia El centro de la villa se hallaba atiborrado de lugareños y vacacionistas que se empapaban, perdidos en entre el pueblo, de la honra de los sepulvedanos. Las fiestas ya habían dado comienzo y eso se sentía en cada pequeño rincón De pronto, la multitud se reunió al pie de uno de los edificios, donde un simpático hombre incitó a todos a cantar el himno a San Miguel, patrón de la comunidad. Tras dos fervientes ¡Viva San Miguel! Todo se preparó para el siguiente evento: el encierro de toros infantil. El público se hacinó en ambas orillas de la callejuela empedrada para dejar paso al desfile de infantes, quienes se oían venir a lo lejos gracias a sus gritos y clamor. Los primeros pequeños aparecieron. Algunos de la mano de sus padres, otros en grupo con sus amigos, y otros solos corriendo desesperadamente para huir del monstruo amenazador que venía tras de ellos. Cada uno sostenía en una de sus manos una hoja de periódico enrollada. Esa era su mejor arma para defenderse de cualquier ataque. La indomable bestia apareció: una figura de felpa que simulaba un toro era empujada por un sujeto desconocido. La vaca se posaba sobre una carreta a ruedas que facilitaba su deslice por las calles empedradas. Y por delante, sus enormes cuernos desafiaban a cualquiera que se le pusiera enfrente Gritos y algunos llantos se escuchaban pasar mientras la muchedumbre infantil escapaba de ser la próxima carnada. Y los más valientes se acercaban al falso bovino para golpearlo con sus periódicos y hacerse respetar Al final de la corrida, otro grupo de adultos corría hacia ellos. Pero esta vez, lo hacían para ayudarlos. La cuadrilla de paramédicos se apresuraba con su ambulancia para auxiliar a los heridos durante el encierro. Hombres vestidos de enfermeras rociaban agua a cualquiera que se le cruzara para tratar de curar sus heridas, así no hubieran participado en la novillada De esta forma es como los sepulvedanos iniciaban a sus niños en los ritos patronales propios de su comunidad. El resto de la jornada, era solo fiesta y más fiesta. Las orquestas hacían bailar a chicos y grandes en el medio de las plazas. Y no faltaban los trasnochados y pasados de copas que sacaban a bailar a cualquiera que caminara a su lado. Terminamos nuestra tarde en Sepúlveda probando una de sus mejores delicias: los pedruscos. Panes rellenos de chorizo de aproximadamente un euro que saciaron mi hambriento paladar antes de volver a casa A nuestro retorno, la familia no estaba en casa. Todos se habían dirigido al único bar del pueblo, y así ponerse al corriente con los últimos chismes sabidos. Pueblo de Consuegra de Murera Henar, July, su hermana Mary, tíos, tías, primos y parientes se aglutinaron todos fuera de la cafetería para disfrutar de otra soleada tarde en la canícula. El pueblo no debía tener más de 30 habitantes permanentes Pero ese número fácilmente podía triplicarse durante el verano, cuando todos los antiguos residentes y familiares regresaban para un sublime reencuentro anual Pese a mi insistencia en pagar mi propia cuenta, cada persona se disponía a invitar una ronda de bebidas, donde no me incluyeron a mí pero sí a mi brebaje, el mejor sin duda que España me otorgaría: Si bien en México nunca me consideré un fanático del vino, sabía que no podía vivir en España sin sumergirme en la cultura vinícola. Y por recomendación de Henar, comencé mi experiencia con el tinto de verano, una placentera mezcla de vino tinto con hielo y refresco de limón. Una combinación que muy pocos debían conocer en mi país, pero que definitivamente fue la mejor forma de adentrarme en su consumo Uno tras otro, los vasos con tinto de verano pasaban por mis manos tantas veces como el mesero se acercaba con su charola, y nos ofrecía una nueva ronda de las célebres tapas españolas Chorizo, jamón serrano, jamón york, queso, paté, tomate, aceite de oliva, tortilla de huevo… La deliciosa cobertura de cada pieza de pan era tan abrasadora como el fervor de los españoles, quienes me habían hecho sentir, sin duda, que España había sido el mejor destino elegido para realizar mi intercambio estudiantil
  6. Hacer planes en Alemania se había convertido en una tarea meramente complicada. Aunque confiar en los alemanes es una tarea evidentemente sencilla, hacer lo mismo con los sistemas de transporte no lo es. La ciudad de Stuttgart, capital del estado federado de Baden-Wurtemberg, se encuentra a solo 40 km de Tübingen, donde había pasado mi fin de semana junto a Ülrich. Si bien su recomendación fue no “desperdiciar” tiempo en Stuttgart, decidí pasar aunque sea un día en la ciudad. Después de todo, quedaba obligadamente a mi paso. Stuttgart era el lugar de residencia de otro couchsurfer al que había hospedado en México meses antes: Thomas, quien estudiaba una maestría en ingeniería de energías renovables. La ciudad es un ejemplo en calidad de vida e innovación sustentable, junto con muchas otras del sur de Alemania. Como muchos otros universitarios alemanes, Thomas vivía en un diminuto cuarto, parte de un complejo habitacional para estudiantes. Y su espacio y disponibilidad para alojarme no eran suficientes. Encontrar otro hospedaje en Couchsurfing no fue fácil. Pero los viajes públicos dieron buenos resultados, específicamente durante aquel viaje centroeuropeo. Así, recibí una invitación de Moritz, otro estudiante universitario, para quedarme en su dormitorio. Pero se trataba de una invitación bastante particular. Moritz se encontraba de viaje en Italia. Su cuarto había quedado solo por unos días, y su noble corazón no quiso desperdiciar esa disponibilidad para hacerme pagar un hotel durante mi estadía. Fue la primera vez que un couchsurfer se ofrecía a hospedarme sin siquiera poder conocerlo en persona. No me lo podía creer. Pero restaurar la confianza en la humanidad es precisamente uno de mis objetivos en Couchsurfing. Y vaya si los alemanes sabían cómo hacerlo. Fue así como Moritz me dejó instrucciones a mí y a su amigo Farzad, a quien le había dejado las llaves y con quien me encontraría en la estación de S Bahn más cercana para guiarme a su casa. La cita era el sábado por la noche a las 9 p.m., minutos después de que mi bus estaba programado para llegar a Stuttgart. Pero Flixbus, la empresa alemana de bajo costo con la que había hecho la mayoría de mis trayectos, parecía funcionar a la perfección en el resto de los países. Menos en Alemania. Y aquella tarde en la estación de Tübingen, mi autobús llegaría con una hora de retraso, como ya no era sorpresa para mí. Me apresuré a usar el wi-fi del autobús y avisar a Farzard que llegaría un poco más tarde. —Avísame cuando vayas llegando a la estación de Stuttgart —me dijo—. Así yo calcularé el tiempo para esperarte en la estación de tren. Accedí a su petición al no encontrar ningún inconveniente en ello. Pero a mitad de la carretera, cuando la oscuridad había ya caído sobre todos, el autobús se detuvo en un aparcamiento y todos comenzaron a bajar. Parecía que la escena de mi tren a Múnich se repetía. Pero esta vez no volvería a perder mi bus, pensé. La gente comenzó a abordar un camión que estaba al lado, encendiendo ya sus motores para arrancar. Todo era confuso, y las incognoscibles frases en alemán pasaban de un lado para otro. Una vez de vuelta en el camino, aquel inconveniente que creía ausente se manifestó. El nuevo autobús no tenía wi-fi. Todo parecía ir en mi contra cuando de transportarme en Alemania se trataba. Pero siempre hay una solución para todo. Y la escala en el aeropuerto de Stuttgart me la dio. Una intensa red de internet con la que rápidamente avisé a Farzard mi ubicación. Y con una enorme incertidumbre, quedé de verlo en la estación S Bahn 40 minutos más tarde. A pesar de mi indeseable impuntualidad (más bien, la del autobús), Farzard esperó pacientemente y me llevó hasta el apartamento de Mortiz. Un edificio estudiantil al este de la ciudad, muy cerca del río Neckar. La sensación fue extraña. Entrar a un cuarto donde nadie me esperaba. Un lugar donde nadie me conocía y donde nunca antes había estado. Un par de estudiantes me vieron cuando fui al baño. Y solo asintieron con la cabeza, en motivo de saludo. Muchos de ellos eran extranjeros, incluido Farzard, quien había nacido en Irak. Las banderas en sus puertas y la increíble variedad de comida en la cocina denotaban un ambiente afable e internacional. Avisé a Moritz que ya había llegado. —Ponte cómodo y coge lo que quieras del refri —me dijo—. Intenté no abusar de su hospitalidad y me dediqué exclusivamente a dormir. A la mañana siguiente salí temprano de la habitación. Tras tomar un desayuno y una merecida ducha, tomé el tren al centro de la ciudad, donde un típico y pacífico domingo me esperaba sin mucho que hacer. La Hauptbahnhof, estación central de Stuttgart, me dio la bienvenida al casco histórico, donde algunos pequeños negocios y la oficina de turismo abrían para recibir a los pocos visitantes. Pronto un área verde detrás de los comercios llamó mi atención y al lente de mi cámara. El Oberer Schlossgarten son los antiguos jardines reales, donde el sol iluminaba el Teatro Estatal de Ópera y la fachada norte del palacio real. Las musas griegas en mármol me dirigieron hasta la Schlossplatz, la plaza central de la ciudad. Las agudas vibraciones vocales de una chica resonaban por toda la explanada. Intentaba ganar algunos euros interpretando las melodías de Adele. Y como es común en las plazas públicas, no era la única intentando ganar dinero. Otro sujeto entretenía a los niños con burbujas de jabón que flotaban en todas direcciones. El obelisco, que conmemora al rey Wilhelm, se posa en medio de la plaza, entre un antiguo edificio parlamentario y el llamado Palacio Nuevo de Stuttgart. El Neue Schloss, de estilo barroco, sirvió en el siglo XVIII y principios del XIX como residencial de los reyes de Wurtemberg. Stuttgart es actualmente capital del estado Baden-Wurtemberg. Pero por muchos siglos, ambos estados estuvieron separados independientemente como el Ducado de Baden y el Reino de Wurtemberg, que evolucionó de condado a ducado, y posteriormente a reino. Todo esto puede ser muy complicado de entender, ya que Alemania como la conocemos hoy, no se formó sino hasta los tardíos años del siglo XIX. Nadie puede negar, sin embargo, que Stuttgart fue una ciudad próspera e importante dentro del Sacro Imperio Romano Germánico y del posterior Imperio Alemán. Tanto que, durante la partición de las dos Alemanias en la Guerra Fría, Stuttgart compitió contra Fráncfort y Bonn para ser la capital de la Alemania occidental. El palacio real es hoy solo el recuerdo de las épocas monárquicas de lo que vivió el territorio alemán en su momento. Aunque se sigue utilizando como sede de algunos ministerios. Y a pocos pasos del Palacio Nuevo me encontré con el Castillo Antiguo de Stuttgart, cuya fachada renacentista no remonta precisamente al medievo, época en que fue construido, sino al Renacimiento. Las grandes aspiraciones de muchos de los reinos e imperios europeos hacían a las familias reales abandonar aquellos antiguos alcázares de piedra y mudarse a los enormes e imponentes palacios que mandaban a construir con las riquezas de su estado. Stuttgart es solo otro de muchos ejemplos así. El castillo me abrió paso a la Schillerplatz, una plaza mucho más menuda y discreta, flanqueada por antiguas casas y la Stiftskirche, una famosa iglesia evangélica. Había quedado con Thomas de verlo por la tarde en su apartamento, para luego reunirnos con sus amigos. Y como todavía tenía mucho tiempo de sobra y pocas ideas de qué hacer, me dirigí a una de las atracciones más visitadas de la urbe. El Museo Mercedes-Benz. Stuttgart es la sede de la compañía automovilística multinacional que se dice responsable de la invención del automóvil. Y como casi todas las marcas de automóviles en el mundo, ha creado su propio museo para exhibir sus modelos a lo largo de la historia. El Museo Mercedes-Benz es increíble desde el momento en que uno se para enfrente. Su arquitectura ultramoderna se impone desde varios metros a la redonda, haciéndose notar ante todos. Entonces me di cuenta de que el centro histórico estaba vacío porque la mayoría de los turistas vienen a Stuttgart por el Mercedes. La fila era enorme. Quizá debí haberme anticipado un poco más, pensé. Casi una hora más tarde, pude comprar mi ticket de entrada. Me introduje en el flamante museo y tomé el elevador al último piso, donde comienza el recorrido perfectamente diseñado. Alemania fue uno de los países que más rápidamente se adaptó a la Revolución Industrial. Si bien el Reino Unido fue la cuna de dicho movimiento que marcó el comienzo de la Era Moderna, en la segunda mitad del siglo XIX Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón fueron rivales que pronto se convirtieron en potencias mundiales gracias a su industrialización. A partir de 1871 y hasta 1914, Europa vivió un periodo de paz y esplendor conocido como la belle époque. Las cuatro décadas se caracterizaron por la ausencia de guerras, la expansión del imperialismo europeo, el pensamiento científico sobre el teológico, el crecimiento económico capitalista y por un avance tecnológico nunca antes visto. El ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo y el teléfono fueron inventos que cambiaron el rumbo del mundo para siempre. La aristocracia poco a poco perdía el poder político ante la importancia que había cobrado la burguesía. La gente empezó a migrar a las ciudades y las necesidades mercantiles cambiaban día con día. En ese contexto, un empresario alemán llamado Carl Benz haría uno de los aportes más significativos al mundo moderno. Una de sus empresas, Benz & Cie, producía motores industriales de gas. En 1885 instaló uno de esos motores a un triciclo, que condujo por la ciudad de Mannheim. El año siguiente, Carl solicitó al gobierno alemán la patente de aquel triciclo, considerado el primer vehículo automotor de combustión interna de la historia. Tras la asociación con otros dos expertos en administración y ventas, se funda la empresa Daimler-Benz, convirtiéndose en los padres del automóvil. Muchas personas no creían en el invento, ya que la gasolina no era fácil de conseguir. Sumado a las bajas velocidades en comparación al ferrocarril, ya bastante usado en aquella época. El emperador Guillermo II de Alemania llegó a decir “Yo creo en el caballo. El automóvil no es más que un fenómeno transitorio”. Y aunque el caballo sigue formando parte importante del transporte de hoy, no cabe duda que Guillermo II nunca se imaginó lo que Carl y la Daimler-Benz acababan de crear. Las exposiciones universales formaron parte importante de la belle époque, ya que mostraron los grandes avances en la invención tecnológica y las últimas tendencias en el arte, además de la diversidad etnográfica de los vastos imperios europeos de la época. La exposición de París en 1889 fue una de las más importantes. Además de ser la fecha de inauguración de la emblemática Torre Eiffel, fue cuando Daimler-Benz mostró uno de sus primeros prototipos de automóvil al mundo entero. Tras ello, varios fabricantes de autos comenzaron a aparecer en el mundo, como la Ford, la Peugeot y la Renault. Aunque la compañía sigue teniendo el nombre de Daimler AG, la marca Mercedes-Benz es todavía más famosa. Y su historia es bastante atractiva. Un empresario austrohúngaro llamado Emil Jellinek, decidió convertirse en un vendedor de los autos DMG, llegando a ser su agente y distribuidor principal, debido al éxito de la empresa. En 1899 condujo sus propios autos en la “semana de la velocidad” en la Costa Azul francesa, que se celebraba cada marzo. Apodó a su coche “Mercedes”, siendo este el nombre de su hija. Tras la popularidad, siguió usando el seudónimo de Mercedes para todos los autos que vendía. La serie Mercedes llegó a ser tan famosa que pasó a reemplazar el nombre oficial de la compañía Daimler-Benz. Así nace Mercedes-Benz, famoso hoy por sus autos de lujo y camiones. El actual logotipo de la marca simboliza los tres espacios donde los motores Mercedes-Benz son exitosos: aire, tierra y mar. Los seis pisos de los que se compone el museo, por los que fui bajando poco a poco en una escalera espiral, explican la historia de la empresa y del automóvil, desde su nacimiento hasta la actualidad. Paulatinamente van mostrando los modelos que en cada época estaban de moda, desde los más rústicos y funcionales hasta los más lujosos y exclusivos. Cada piso posee una sala de exhibición temática, donde se muestran los coches Mercedes catalogados por su función. La sala de transporte público muestra, por ejemplo, la diversidad de autobuses que han transportado pasajeros alrededor del mundo. Desde la compañía nacional argentina de transporte hasta un camión urbano de Afganistán de los años 60s. La sala de modelos clásicos es un deleite para todo amante del automóvil. Coches que parecen haber sido sacados de una película de Hollywood. La sala de servicios públicos exhibe modelos tan exóticos de camiones de bomberos, ambulancias, patrullas policiacas o gruas remolcadoras. La sala de coches famosos contiene el Mercedes donde se transportaba la princesa Diana cuando sufrió el mortal accidente en el túnel de París, y el célebre papamóvil, en el que tantas veces se vio viajando al Papa Juan Pablo II. Los últimos pisos son el juguete preferido de todos. Los autos de carreras. En ellos se han ganado competencias de Fórmula 1, NASCAR e infinidad de rallys automovilísticos en todo el mundo, siendo uno de los más famosos el de Mónaco. En esos momentos no importaba mi escaso interés por los coches. Aquellos relucientes modelos me hacían anhelar conducir uno de aquellos increíbles ejemplares. 131 años de historia automovilística perfectamente resumidas en seis plantas hicieron del Museo Mercedes-Benz una muy buena inversión de tiempo y dinero en Stuttgart. Una mucho más divertida que un domingo en el centro histórico. Aunque reunirme con Thomas el resto de aquella tarde sería otra inesperada pero entretenida idea. Nos vimos en su casa cerca de las 4 de la tarde, para preparar una ensalada de tomate y dirigirnos al apartamento de uno de sus amigos. Se trataba de una fiesta sorpresa para uno de los chicos que pronto emigraría a Leipzig, una de las ciudades más trendy para los jóvenes alemanes hoy en día. El variado buffet de panes, aderezos, ensaladas, bocadillos y bebidas no fue lo más sorpresivo, sino encontrarme con una habitación llena de alemanes que bailaban forró, el famoso baile brasileño. ¿Alemanes bailando? Sí. Y vaya que sabían moverse. El forró es un conjunto de bailes que nacieron en el noreste de Brasil a principios del siglo pasado. En los últimos años se ha extendido su fama a varios rincones de Europa, siendo Stuttgart el punto principal de esta lejana danza. La ciudad alberga cada año el Festival de Forró de Domingo, el más grande del mundo, con más de 500 participantes. Mis ojos no podían creer que un grupo de rubios alemanes estuvieran descalzos en una sala con piso de madera juntando sus cuerpos sudados y moviendo sus caderas al son de ritmos latinos. Era sin duda lo que menos esperaba ver en mi viaje por Alemania. No quedaba nada más por hacer que pedir mi vaga participación en la clase. Y sin dudarlo, tomé a una pareja con quien bailar para imitar los pasos de la instructora. Thomas me presentó ante todos como un turista mexicano. Mis raíces latinas hicieron creer a todos que podía fácilmente mostrar mis mejores pasos. Pero el forró es algo que había visto solo en películas brasileñas. Nunca lo había bailado. Mover las caderas es algo no muy necesario en el baile, cosa a la que estoy acostumbrado con la salsa, la bachata o el reggaeton. El forró implica movimientos un tanto más lentos, aunque con la misma sensualidad que muchos de los bailes latinos. La cena y la bebida pasaron sin duda a segundo plano con las horas que pude practicar forró con aquel simpático e inusual grupo de alemanes. Ellos y la excepcional hospitalidad de Moritz (a quien hasta hoy no he conocido en persona) rompieron todavía más esa imagen fría que de los alemanes se tiene en varias partes del mundo. Stuttgart había sido, después de todo, un buen destino a visitar. Quizá no tiene el casco viejo o el castillo más impresionante del país. Pero una caravana de históricos autos y la alegría de su gente son lo que escribieron una perfecta página más en mi diario de viajes.
  7. Comprar un boleto para un viaje matinal siempre resulta fácil, y parece una excelente elección, ya que seguro aprovecharemos más el tiempo en nuestro siguiente destino. Pero cuando llega ese día, hacer el trayecto se convierte en una tarea sumamente difícil, sobre todo durante el invierno. Abandonar la cálida cama y el apartamento de mi host en Verona aquella fría mañana fue duro. Y el poco tiempo que tenía de sobra para llegar a la estación central me obligó a tomar un autobús. Pero la emoción de mi primer viaje en un tren italiano era suficiente motivo para despabilarme. La Navidad se acercaba cada día más, y con ella, el reencuentro con mis amigos en Nápoles, al sur del país. Las escalas en el norte de la península avivaban todavía más mis expectativas, y mi siguiente y breve parada en la costa del mar Adriático era sin duda una de las más esperadas, por mí y por muchos de mis conocidos. Haber volado dos veces a Europa y nunca haber visitado Venecia era casi una transgresión a mi pasaporte. Pero ese 20 de diciembre por fin cumpliría mi cometido. Los trenes italianos eran mucho más baratos que los franceses, y a decir verdad, resultaban igual de cómodos y veloces. Y en menos de dos horas, entré finalmente a la ciudad de Venecia. Encontrar alguien que me hospedase en una ciudad tan turística, en una época tan turística, iba a ser simplemente caótico. —Venecia es una ciudad hermosa, pero es una ciudad de un sólo día —me habían dicho dos amigos italianos. Y con el corto periodo de tiempo que tenía por delante, una sola noche sería la que pasaría en ella. Así que buscar un hostal económico fue mi tarea varios días atrás. 15 euros fue el mejor precio que pude hallar. Pero más allá del precio, la ubicación del alojamiento es lo que a uno debe importarle en una ciudad tan peculiar como Venecia. Recorrer su mapa en vista satelital fue, sin lugar a dudas, algo nuevo para mí. Y encontrar direcciones es toda una odisea. La numeración de las calles es por barrios, y en lugar de estar numeradas calle a calle, cada barrio tiene asignada una serie numérica. Además, los nombres de las calles venecianas siguen conservando la nomenclatura del siglo XI, por lo que difieren a las del resto de ciudades italianas. Así, aparte de calles, existen nombres de canales, ríos (canales estrechos), muelles, plazas y patios. Caminar en Venecia sería, seguramente, como andar en un laberinto. Desde siempre, me fue muy difícil imaginar físicamente a Venecia. Siempre supe ubicarla en un mapa, ya que fue una importante república durante muchos siglos, y su dominio sobre el mar Mediterráneo la grabó para siempre en los libros de historia y geografía. Pero ¿cómo era posible que una ciudad estuviera construida sobre el agua? Quizá se trataría de algo como la antigua Tenochtitlán, pensé. Y Google Maps había confirmado hasta entonces en buena parte mi teoría. La ciudad histórica de Venecia (la que todos conocen en fotos) se encuentra construida sobre decenas de pequeños islotes que forman un conjunto muy particular en el centro de la laguna de Venecia, que se emplaza en la punta norte del mar Adriático. Algo así como los aztecas construyeron Tenochtitlán. La diferencia es que la laguna de Texcoco en México es de agua dulce. La laguna de Venecia es de agua salada. Y así como los aztecas construyeron grandes calzadas que conectaban a su capital con el resto del valle de México, las islas de Venecia se conectan a tierra firme por medio de un largo puente, el Puente de la Libertad, por el que el tren circuló desde la vecina ciudad de Mestre. Los vagones se detuvieron justo después de entrar a una de las islas, donde se encuentra la Estación Santa Lucía, única estación de trenes que conecta a Venecia con el resto del continente. Junto a ella, una central de autobuses es el único lugar donde se permite el aparcamiento de automóviles en la ciudad. El mito es verdad, Venecia es una ciudad sobre el agua. En ella no existen coches. Salí de la estación para toparme de frente con un cielo nublado, y con una postal que hacía realidad todo lo que la gente cuenta sobre este rincón italiano. Venecia es casi una ciudad flotante. Pero las islas de la urbe están prácticamente unidas, y sólo separadas por estrechos arroyos de agua salada conectados por más 450 puentes. Es casi imposible imaginar embarcaciones en muchos de esos pequeños canales. Pero como dibujada naturalmente para poder construir una ciudad allí, Venecia está atravesada por el Gran Canal, un ancho y caudaloso río de agua en forma de “s” que va desde el oeste hasta el sur de la ciudad, y por el que circulan casi todas las embarcaciones que conectan a sus habitantes con el resto de la metrópoli. La mayoría de las personas que llegan a Venecia caminan hasta su hotel, ya que no todo es una ciudad acuática. Las islas poseen cientos de calles peatonales y puentes por los que se puede fácilmente transitar. Además, tomar un bote-taxi es extremadamente caro. Pero en mi afán por ahorrar algunos euros en hospedaje, acepté pagar una noche en el hostal Generator, que se halla en la isla de Giudecca, al sur de la ciudad. El canal que separa Giudecca del resto de Venecia es bastante ancho, y no hay puentes peatonales que las conecten. Así que la única forma de llegar a ella es en barco. Las ciudades del mundo entero cuentan con redes de autobuses, tranvías, metros y hasta teleféricos que conectan su trazado urbano. Venecia cuenta con una red de vaporettos, embarcaciones públicas que originalmente se propulsaban a vapor (de ahí su nombre) y que circulan por la ciudad entera navegando por sus canales, sobre todo por el Gran Canal. Funciona básicamente como cualquier servicio de transporte público. Uno compra su ticket y se dirige a la estación más cercana. Cuando el vaporetto llega (existe un horario bien establecido y respetado) sube, toma un asiento de haberlo disponible, y baja en la parada que más le convenga. En cada parada los mapas indican las diferentes líneas de transporte público, las paradas y los tiempos. Aunque para mí pareciera casi una atracción turística (un viaje en barco por Venecia no es cualquier cosa) los venecianos los usan diariamente para ir a sus trabajos y a la escuela, como cualquier citadino usa el metro para ir a casa. Las estaciones de vaporetto son prácticamente muelles flotantes, que se balancean cada vez que el oleaje de los barcos lo permite. Los vaporettos cuentan, por supuesto, con chalecos salvavidas, son accesibles para personas con discapacidad y los accidentes son prácticamente nulos. Pero un viaje sencillo en vaporetto ascendía a más de siete euros. Y el abono de 24 horas tenía un costo de 20 euros. Por el número de veces que debía tomar la embarcación para ir y venir de mi hostal, y al otro día a la estación de tren, supe que el pase diario era la mejor opción para mí. No puedo negarlo, pagar 20 euros por un día de transporte lastimó mi cartera. Pero viajar en barco en Venecia tenía su encanto. Y como mi primera vez en aquella ciudad, coger un asiento en su cálido interior no era mi mejor opción. Así que me dirigí a la proa abierta para disfrutar del paisaje a ambas orillas del canal. Pronto pasamos de largo el barrio de de Santa Croce, la zona portuaria con sus paisajes modernos y poco clásicos. Y al dar la vuelta al sur, la silueta de aquella Venecia renacentista apareció ante los ojos de todos. La línea de transporte que yo había cogido poco se acercó a las islas centrales, y me llevó rápidamente a Giudecca, donde descendí en la parada de Zitelle, casi frente a mi hostal, el único y más famosos en aquella zona, donde la mayoría de los jóvenes se hospedan por su cómodo precio y sus increíbles instalaciones. El reloj todavía no marcaba las 12. No podía hacer mi check-in, y había desayunado algo rápido en el tren. Así que dejé mi mochila en el guardaequipaje y volví a tomar el vaporetto rumbo a las islas centrales de la ciudad. El ferry me llevó hasta la parada de S. Zaccaria, a orillas del barrio más famoso de Venecia, San Marcos en el corazón de la ciudad. Entre los diferentes muelles de vaporetto sobresalían desde el mar filas de palos de madera, a los que se amarraban las célebres góndolas, íconos inmortales de Venecia. Caminando por el malecón, a mi derecha apareció el primer pequeño canal (también llamado río), el más famoso de ellos y uno de los más fotografiados por los turistas. Se trata del Rio di Palazzo, sobre el cual cruza el Puente de los Suspiros, una hermosa construcción barroca bajo el cual aparecieron los primeros gondoleros, que por unos 80 euros la hora, paseaban a turistas enamorados por los románticos rincones de Venecia. No obstante, la historia de aquel radiante puente no es lo que todos esperan. De hecho, conecta al majestuoso Palacio Ducal con los antiguos calabozos de la Inquisición. Así, desde su hermoso interior es donde los prisioneros veían por última vez la luz del sol. Su nombre hace alusión a los suspiros de los condenados que se podían escuchar en él. Incluso Venecia tiene historias horripilantes que contar. Y junto a aquel puente, el Palacio Ducal se yergue, posando su gallardía ante los ojos de todos los venecianos y turistas que como yo, cruzaban la médula de la ciudad. A diferencia de lo que el nombre del palacio da a entender, Venecia no fue un ducado, sino una república, tan antigua que su nacimiento se remonta a la Edad Media, durante el lejano siglo IX. A pesar de haber sido una ciudad-estado (al estilo de lo que es hoy El Vaticano, Mónaco o Singapur), cobró una importantísima relevancia en Europa y el mundo entero, al controlar el comercio entre oriente y occidente en el mar Mediterráneo. Más tarde, extendió su territorio hacia los vénetos de Trivento, Istria y Dalmacia, hasta ser derrotada por Napoleón y pasar a formar parte del Imperio austriaco y el Reino de Italia, país al que hoy sigue perteneciendo. Durante aquel poderío que la distinguió durante casi un milenio, el Palacio Ducal albergaba la residencia de los dux (líderes del gobierno) y a la corte de justicia de Venecia. Y ambas fachadas de un rosado y blanquecino mármol con un exquisito estilo gótico delatan la prominencia de la república en el pasado. Frente a él, el Palazzo della Zecca es la antigua casa de la moneda de Venecia, y hoy alberga, junto al Palazzo della Libreria, a la Biblioteca Nacional Marciana, una de las bibliotecas de manuscritos más antiguas del país con una de las más grandes colecciones de textos clásicos del mundo. Ambos palacios, vis a vis, son la antesala de la única plaza pública de Venecia, la reconocida Plaza de San Marcos, el “salón más bello de Europa”. Este es el punto culminante del turismo en Venecia, en donde cada esquina es fotografiada por numerosos visitantes que acuden a su bullicioso centro cada día del año. El cuadrante está flanqueado por los más bellos y célebres edificios de la ciudad, que incluyen al Campanile de San Marcos, un particular y aislado campanario católico, y por supuesto, la Basílica de San Marcos, el principal templo veneciano. La basílica está dedicada a San Marcos, que desde el siglo IX es el patrono de la ciudad. Supuestamente, sus reliquias fueron llevadas a Venecia desde Alejandría, ganando así la ciudad una sede episcopal independiente, lo que contribuyó mucho a su desarrollo. Una ley de la antigua república obligaba a los mercaderes a pagar un tributo para “embellecer a San Marcos” cada vez que hicieran un negocio provechoso. Por ello, la basílica cuenta con tantos materiales diferentes, que al final forman un excelente prototipo del arte bizantino. La Plaza de San Marcos es el punto más bajo de toda Venecia, y el precio que debe pagar por ello es bastante caro. Cuando llueve, la plaza suele inundarse, aunque el drenaje logra hacer circular el agua hacia el Gran Canal. Pero cuando la marea sube en el mar Adriático, el agua salada sale incluso del drenaje, y las inundaciones resultantes no son nada agradables. Mucha gente pone a Venecia como una de las ciudades que desaparecerán próximamente, ya que el nivel de los océanos crece año con año gracias al calentamiento global. Por lo pronto, su belleza sigue atrayendo a millones de turistas, a quienes ni la lluvia ni las inundaciones los detiene a este rincón italiano. Me introduje en la famosa Torre del Reloj, bajo la cual un pasaje me condujo al interior del barrio de San Marcos, uno de los seis sestiere de la ciudad. Algunas góndolas se aparcaban en los canales sin pasajero alguno, como si perteneciesen a las familias residentes del edificio contiguo y las ocupasen para su uso personal. Cada vez que pasaba por uno de ellos y observaba aquellas ventanas y puertas que daban directo a las aguas, me preguntaba si aquella marea alta no entraría a sus casas con frecuencia. Una postal bellísima, pero algo que sin duda me daría miedo de vivir allí. Los edificios de Venecia parecían ser restaurados y pintados por el gobierno para conservar su increíble belleza, aunque en realidad los dueños y arrendatarios sean los responsables del cuidado de cada una de las casas de la ciudad. Pronto, las calles de San Marcos me llevaron hasta el Ponte di Rialto, el puente más famoso y hermoso de la ciudad, que para entonces se colmaba de turistas que fotografiaban el Gran Canal que surcaba bajo nosotros. El Gran Canal es algo así como la avenida principal de Venecia, donde el tráfico y el bullicio de los vaporettos y botes particulares siempre está presente. Incluso los tránsitos y policías navegan sus aguas para el control de la circulación. Y a sus orillas, multitud de “aparcamientos” estacionan las góndolas de los venecianos. Ahora me quedaba claro que Venecia es una ciudad única. Hasta entonces había tenido mucha suerte, pues el cielo nublado no había soltado su furia sobre la ciudad. Estábamos a un día de que comenzara el invierno, pero el frío en Venecia no era nada extremo. Ahora sabía que Italia había sido una buena elección para mis vacaciones de invierno. El puente me llevó hasta el barrio de San Polo, el más pequeño de los distritos venecianos. Aunque era plena víspera de Navidad, muchas calles de Venecia se encontraban vacías. Y cada turista que me topaba por sus callejones sostenía un estorboso mapa de papel, que con dificultad intentaba descifrar. Yo por suerte tenía mi GPS y mi plan 3G en toda la Unión Europa. Aunque para ser sincero, no se puede visitar Venecia sin perderse en ella. Aunque la Plaza de San Marcos es el núcleo del turismo, a cada paso me daba cuenta de algo. Todo rincón de Venecia es digno de una postal. Es una de las ventajas de las que esta histórica y maravillosa ciudad goza, a diferencia de muchos otros destinos, donde la gente se aglomera exclusivamente en un un solo punto. Y si bien, un paseo en góndola es para muchos una actividad obligada, 80 euros no era precisamente lo que estaba dispuesto a pagar. Para mí, el viaje en vaporetto había sido casi suficiente. Además, otro cliché veneciano apareció rápidamente frente a mí. Una tienda de máscaras del carnaval. A lo largo de cada calle, sobre todo en el distrito de San Marcos, las máscaras se venden como uno de los principales atractivos de Venecia para que el visitante lleve de vuelta a casa. Pero pocos son los artesanos de máscaras auténticos que Venecia conserva hoy. En aquel rincón de San Polo, ni una persona visitaba la Bottega dei Mascareri, donde la silueta de Sergio, el joven artesano, me llamó la atención y me hizo tocar la puerta. Sergio se encontraba preparando la emulsión para remojar las máscaras, que desde décadas atrás, junto con su hermano, se ha dedicado a crear con sus propias manos. El carnaval es la época más famosa y hermosa del año en Venecia. Festival mundialmente conocido por los transeúntes que se pasean con sus atuendos del siglo XVIII, originalmente portados por la nobleza para sus fiestas aristocráticas. Pero el elemento más icónico es, sin duda, la máscara antropomorfa, que permitía a los asistentes de la fiesta conservar su anonimato. Encontrar máscaras en Venecia hoy en día no es una tarea difícil. Pero a decir verdad, la mayoría de ellas son fabricadas en masa, muchas de ellas hechas en China y el resto de Asia por mano de obra barata. Así que encontrar un artesano italiano como Sergio no era una oportunidad que me podría perder. Los precios de las máscaras en la Bottega dei Mascareri son por supuesto más elevados que en el resto de las tiendas, pero las hay desde los 20 euros. Sus creaciones han participado en multitud de eventos en Italia y Estados Unidos, que los han hecho merecedores de galardones y premios desde 1984, año en que Sergio y su hermano Massimo fundaron la tienda. La falta de clientes en ese momento no me hizo pensar en que su fama hubiera trascendido tanto. Pero haber creado las máscaras para la película “Ojos bien cerrados” de Stanley Kubrick, me dejó en claro que estos artesanos no se andan con rodeos. Poco me faltó para comprar una máscara y pasearme por Venecia con ella sobre mi cara. Pero el escaso espacio en mi mochila me hacía muy difícil llevarla de vuelta, intacta, hasta mi ciudad natal en México. Me conformaría con un pequeño souvenir para mi refrigerador. Di las gracias a Sergio y lo felicité por su trabajo, para después salir y seguir con mi caminata vespertina. Antes de darme cuenta, había pasado hasta el barrio de Dorsoduro, uno de los más caros y populares entre los extranjeros y los estudiantes en Venecia. Sus colores y la belleza de su inigualable arquitectura eran simplemente majestuosos. Aunque el olor que los canales venecianos emanan no es el más suculento (después de todo, es agua salada), el reflejo de los vívidos edificios sobre ellos hacen de cada orilla un paisaje inolvidable. Las postales ante mis ojos parecían no sólo inspirarme a mí a escribir en mi diario y a tomar fotografías. Un solitario pintor parecía sentirse también cautivado por aquellas siluetas de fantasía. Algunas casas me hacían difícil entender el trazado urbano de Venecia. Si las puertas daban directamente a los canales, significaba que algunas personas entraban a sus casas desde una lancha. Algunas no gozaban incluso de un pórtico. Y el moho en su parte baja dejaba en claro que la marea subía y bajaba de manera continua. Pero los venecianos parecían estar acostumbrados a vivir sobre el agua. Tal como los aztecas. Tal como los uros del lago Titicaca. ¿Cómo hacían las personas para ir a la tienda? ¿Cómo haría alguien para mudarse de casa, sin coches ni camiones de mudanza? ¿Cómo sería ir a tomar una cerveza a casa de un amigo? Vivir en Venecia debe ser, indudablemente, una señera experiencia digna de muy pocos. Llegué nuevamente a la costa del Gran Canal, esta vez por su parte sur, justo al lado del Puente de la Academia, otro de los cuatro que lo atraviesan. Desde lo alto, se apreciaban ambas orillas de los distritos más conocidos de Venecia, Dorsoduro y San Marcos. Siluetas de edificios tan famosos como el Palazzo Cavalli-Franchetti y la basílica de Santa María della Salud quedaban al desnudo, regalándonos a mí y a todos los turistas un paisaje maravilloso. Sobre el puente, todos los idiomas podían escucharse. Excepto el italiano, aunque seguro que los venecianos deben estar muy acostumbrados a los visitantes extranjeros, Sin poder evitar ser un turista más en la ciudad, bajé el puente y regresé a las callejuelas de San Marcos, para seguir deleitándome con sus canales coloridos. Llegó la hora de perderme en Venecia, y decidí apagar el GPS y dejarme guiar por mi propio sentido de la orientación, que me llevó al final hasta las orillas de Cannaregio, el barrio más septentrional de la ciudad. Deseé por mucho que las avenidas principales de las grandes ciudades lucieran como el Gran Canal de Venecia, que a pesar de su atestada navegación, sus aguas eran capaces de llenarme de una inmensa apacibilidad. Los edificios a orillas del Gran Canal son los más bellos de Venecia. Muchos de ellos albergan museos de arte, escuelas de la Universidad, Bibliotecas y antiguos palacios. Pero quien tiene la suerte de vivir allí, es causa de la envidia de la ciudad y el mundo entero. Caminar junto al Gran Canal a veces es complicado, ya que no posee un malecón entero a sus orillas, sino sólo pequeñas terrazas con barandales, en cuyas aguas se posan las estaciones de vaporetto. Y sin más, tomé el ferry de regreso a mi hostal, disfrutando de las últimas vistas que el Gran Canal de Venecia me ofrecía. Y al atravesar el canal de Giudecca, San Marcos y Dorsoduro me enamoraron con una última toma de su silueta al atardecer, que contemplé desde la isla contigua a un costado de mi hostal. Hospedarme allí no había sido, después de todo, una idea tan mala. Tras tomar una ducha, salí a buscar una buena pizza para cenar con mi compañero de cuarto argentino. Aunque la mejor comida italiana era la que estaba por probar los siguientes días, en una víspera de Navidad que nunca olvidaría.
  8. España tiene varias celebraciones y fiestas populares para disfrutar en distintos tipos momentos del año. Normalmente en febrero llegan las celebraciones de los carnavales, los más conocidos son los de Cádiz, en marzo tienen lugar las estatuas de cartón que arden en las Fallas de Valencia mientras que en abril se celebran dos importantes acontecimientos, por lo general la Semana Santa suele suceder en esta época y otra de las celebraciones más populares es la Feria de Abril. Por supuesto, que se suman al calendario de acontecimientos programados las Hogueras de San Juan y la tradicional Fiesta de los Patios de Córdoba. A continuación presentamos más información sobre algunas de las fiestas más importantes y atractivas para los turistas que visitan o deseen visitar España. La Nochevieia en Madrid Una de las celebraciones más importantes del mundo y también de Madrid es la época navideña, la Nochevieja, una cena que se suele convertir en una fiesta única. La principal tradición implica comer 12 uvas a la noche en punto. Según la tradición, los que comen las uvas a tiempo tendrán doce meses de prosperidad durante el año próximo. Esta costumbre se remonta a principios del siglo XX. También se suele celebrar en la calle o en lugares determinados como las plazas, uno de los puntos emblemáticos para el ritual es la Puerta del Sol de Madrid. El carnaval de Cádiz Uno de los carnavales más famosos de España es el de Cádiz, fue declarado como Fiesta de Interés Turístico Nacional junto con el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife y el Carnaval de Águilas de Murcia. Los carnavales tienen lugar en toda Andalucía, esta festividad se manifiesta en los divertidos desfiles de carrozas, bailes y concursos de Disfraces. Otros sitios donde se puede disfrutar de este divertido evento es en Bornos, Carmona, Chipiona y la Isla Cristina. Las Fallas Valencianas Las Fallas son unas celebraciones que tienen lugar en marzo en la Ciudad de Valencia y otras poblaciones de la Comunidad Valenciana. Se trata de una festividad que representa un atractivo turístico muy importante ya que además están catalogadas como fiestas de interés turístico nacional, por ello es que la UNESCO la inscribió en la lista de Patrimonios Cultural Inmaterial de la Humanidad. El origen de las Fallas se relaciona con el gremio de carpinteros que años atrás quemaban en víspera del día de su patrón San José, en una hoguera purificadora las virutas y trastos viejos sobrantes haciendo limpieza de los talleres antes de entrar en la primavera. El monumento fallero es el icono del evento, habitualmente tienen un carácter satírico sobre temas de la actualidad. Las fallas suelen contar con una figura o composición central de varios metros de altura, algunas llegan incluso a superar los 30 metros de altura. Se crean varias figuras de cartón, plastilina y piedra. Los artistas falleros se dedican durante todo el año a realizar los monumentos que las diferentes comisiones de Valencia y de las localidades de la ciudad contratan, lo cual impulsa la creación de empleo. El acto en el que se quema la falla se llama "La quema" y se realiza el día de San José, patrón de las fiestas falleras. Un mundo de colores y música: La Feria de Sevilla La Feria de Abril o Feria de Sevilla es una fiesta que tiene lugar durante la primavera en la ciudad de Sevilla, donde el público se reúne en un gran recinto denominado Real de la Feria con calles pobladas de casetas. Se suele celebrar por lo general una o dos semanas después de la semana santa. Tiene un gran impacto económico y social y ha sido declarada como Fiesta de Interés Turístico Internacional. Durante la fiesta puede verse a los locales y a los turistas luciendo los tradicionales trajes de flamencas, un típico traje andaluz, se trata de una vestimenta con abundante decoración. Cuando oscurece las calles del Real se iluminan con farolitos venecianos adornados por bombillas. En las casetas se suele servir comida y es muy habitual el tapeo, beber y disfrutar hasta avanzada la noche. En los puestos de comida puede comprarse churros con chocolate y otros platos tradicionales. La Fiesta de San Juan La fiesta de San Juan o también llamada víspera de San Juan se celebra en varios puntos españoles con ritos y tradiciones ancestrales. El origen de esta costumbre se asocia con las celebraciones en la que se festejaba la llegada del solsticio de verano. La finalidad el rito era dar más fuerza al sol, simbólicamente el fuego representa una función purificadora en las personas que la contemplan. Esta celebración también tiene lugar en otros países como Portugal, Noruega, Dinamarca, Finlandia y Estonia. Los patios se visten de fiesta en Córdoba La Fiesta de los Patios Cordobeses es un concurso de Córdoba el cual se celebra durante la segunda y la tercera semana del mes de mayo. Los participantes abren de modo gratuito, sus patios para que puedan ser visitados dentro del horario establecido. Generalmente más de cincuenta patios participan del evento. Forma parte del evento dar a conocer la arquitectura y patrimonio de la región para promover el respeto por el mismo. La fiesta culmina con una verbena. Al igual que otras celebraciones españolas ha sido declarada como Fiesta de Interés Turístico Nacional y también ha sido declarada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
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