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  1. Uno de mis mayores retos estaba por cumplirse, al lograr salir de Suiza sin haber vaciado mi cuenta bancaria y todavía con dos países frente a mí. Junto a la central de trenes de Zúrich, en un extenso estacionamiento, aparcaban tres autobuses verdes frente a los que esperábamos un grupo de diez personas. En Europa las terminales de buses al aire libre son cosa común. Y solo bajo un diminuto techo nos refugiábamos de la fría noche. Un par de argentinos volvían a reafirmar su prototipo. Mochileros cargando instrumentos musicales y un porro de marihuana que me ofrecieron y preferí rechazar. Aunque ese churro me prometía una noche de sueño sin interrupciones, no podría cambiar lo que estaba por venir. A las 10 de la noche abordé mi Flixbus hacia Innsbruck, una perdida ciudad al oeste de Austria que no quería dejar pasar. Aquella empresa de transporte me había sorprendido con sus precios tan bajos por toda Europa y era, por supuesto, la opción más barata para cruzar la frontera suiza. El arribo a Innsbruck estaba pronosticado hacia las 6:30 a.m. Y así, me dispuse a dormir y ahorrar una noche de hospedaje. Pero a las 3 de la mañana las luces se prendieron. El conductor detuvo el vehículo en un oscuro parking y todos empezaron a bajar. Mis ojos apenas podían abrirse. Me puse mis lentes para ver algo más que lagañas y nubosidad. Bajé del bus con mi boleto en mano y pregunté al chofer qué estaba pasando. “Esta es la última parada”, dijo. “No, yo compré mi boleto hacia Innsbruck”, repliqué. “Es otro bus. Tienes que esperar hasta las cinco”. Aquella era una dura lección de viaje. Siempre leer los detalles del traslado. Mi boleto era, efectivamente, un viaje sencillo de Zúrich a Innsbruck. Pero incluía una escala de dos horas en Múnich, Alemania. ¿Cuándo había yo visto un viaje en bus con conexiones de ese tipo? Las cosas no funcionan siempre como en mi país. Y no quedaba más remedio que esperar dos largas horas en una perdida terminal de Múnich, a donde había planeado viajar dos días después. ¿Qué hacer a las 3 de la fría madrugada en Múnich? No hay muchas respuestas. Pero de unas escaleras se veían bajar grupos de jóvenes, que parecían venir (o ir) de fiesta. Subí para saber qué se escondía sobre el montón de coches estacionados. Un supermercado y algunas tiendas cerradas. Pero hay afortunadamente una marca que ha pensado en todo: Mc Donald’s. Si debo dar una medalla a dos marcas que han salvado mis viajes esas son Mc Donald’s y Starbucks. Siempre que se necesite un techo donde escapar del frío, un baño limpio o internet gratuito, ellos dos estarán en una esquina no muy lejana. Muchas veces a cualquier hora del día. Y para los jóvenes alemanes Mc Donald’s no es más que la mejor y única opción donde encontrar algo que comer luego de una noche de cerveza y electrónica. Una hamburguesa y 1 hora de wi-fi gratuito después, bajé de vuelta a la terminal para abordar mi bus. Esta vez esperaba que fuera el definitivo, sin más escalas sorpresas que me despertasen en el camino. Antes de las siete, cuando todavía no salía el sol, llegamos a Innsbruck. La mañana era muy fría, y en la densa oscuridad podía ver ligeramente la silueta de las montañas que rodeaban la ciudad. Era la razón por la que viajé con tanto esmero hasta esa remota villa alpina. Innsbruck es una ciudad pequeña. No muchos couchsurfers pueden encontrarse allí. Y consecuentemente, ninguno de ellos pudo acogerme durante mi visita. Fue el momento entonces de descubrir una nueva forma de alojamiento. Llegando a Francia abrí una cuenta en AirBnB. Mi compañero de piso en Lyon estaba inscrito como huésped, y algunos amigos en México ya lo habían probado. Para mí no era más que un Couchsurfing pagado. Y como los hostales en Innsbruck parecían no bajar de los 50 euros (al menos en esa época del año), AirBnB sería mi respuesta. Por solo 16 euros la noche, Rashed me hospedaría en un pequeño apartamento no muy lejos del aeropuerto. Aunque los check-in suelen ser a partir del mediodía, Rashed me recibió a las 7 a.m. No tenía dónde dejar mi mochila. Además, una buena ducha no me venía nada mal después del agotador viaje nocturno. Rashed parecía un chico solitario. Hacía una maestría en la Universidad de Innsbruck y sus días los pasaba estudiando. Pero tras una pequeña charla me mostró una dura y actual cara de Europa. Rashed era sirio. Hacía ya algunos años que había escapado de su país. El gobierno austriaco lo había ayudado otorgándole una beca y un apartamento para que pudiera continuar su vida lejos de Damasco. Afortunadamente su familia estaba bien. Vivían ahora en Alemania, separados de su hijo y de la vida que alguna vez forjaron en un país que ahora está destruido por la guerra. Los refugiados se han convertido en un tema común en Europa. Aunque la apertura de muchos países para recibir extranjeros es algo que alabar, el éxodo en pleno siglo XXI es una cosa dura de creer. Pero Rashed y su historia me mostraron la realidad. Y AirBnB era una forma para él de conocer gente nueva y distraerse en una ciudad totalmente opuesta a la que lo vio nacer. Por suerte para mí, una ciudad opuesta a la mía era justo lo que estaba buscando. Y sin desaprovechar mi único día de visita, salí a conocer Innsbruck desde antes de que su gente despertara. Pocas personas han oído hablar de Innsbruck, apesar de ser una de las ciudades más importantes de Austria. Pero para los que la conocen lo hacen por una razón: los Alpes. Innsbruck se encuentra justo en un callejón ladeado por la cordillera de los Alpes, las montañas más grandes de Europa. Y no era otra la razón por la que aquella remota villa me había atraído hasta sus suelos. No importa por dónde caminara, las montañas estaban allí. Observando todo. Vigilando la ciudad. Dibujando su silueta sobre un hermoso cielo azul que me sonrió esa mañana. Innsbruck es el sitio ideal para los amantes de los deportes de invierno. Yo no soy uno de ellos. Y el otoño, para mí, era el momento ideal para visitar aquellas majestuosas montañas que resguardaban un etéreo frío en su valle interior. Nada que no pudiera soportar después de mis anteriores viajes por Europa. Con un escaso conocimiento de las actividades específicas que en Innsbruck podía hacer, decidí caminar hacia el centro histórico para buscar la oficina de información turística. La corriente del río Eno podía escucharse desde lejos y dejaba al desnudo la placidez de la que goza la ciudad. Y desde cualquiera de sus orillas la vista era increíble. Tras cruzar uno de sus puentes, el centro histórico de Innsbruck no tardó en aparecer y mostrar su cara más colorida. Los edificios barrocos y modernistas demuestran lo mucho que sus habitantes se han preocupado por conservar su pasado lo más intacto posible. Y no por nada Innsbruck sigue siendo un enorme punto turístico de Austria. No muchas ciudades pueden ofrecer un hermoso casco viejo con un lienzo de montañas como imagen de fondo. Los negocios alrededor de la calle Maria-Theresien apenas abrían sus puertas cuando yo ya había tomado la mayoría de mis fotos. En medio de ella la columna de Santa Ana se posa como uno de los principales monumentos de la ciudad, coronando las antiguas edificaciones que la custodian. Entre ellas está la Casa Helbling, una famosa y lujosa morada que data de la Edad Media y que fue redecorada al estilo rococó. Pero el más famoso de todos los monumentos es el simpático tejadillo de oro. Un balcón mandado a construir por el emperador Maximiliano I y que fue recubierto con tejas originales de cobre doradas al fuego. Sin duda, una excéntrica manera de poseer el mejor de los miradores de Innsbruck en aquel entonces. Frente al tejado corre la avenida principal del centro, que se flanquea por construcciones góticas, cuyas arcadas hasta el día de hoy alojan a mercantes que tratan de ofrecer lo mejor de Innsbruck a los locales y turistas. A solo unos metros detrás de sus callejones se asoma el palacio imperial, otra obra de Maximiliano I. Innsbruck es la capital de Tirol, estado austriaco que alguna vez fue un principado. El palacio imperial sirvió como residencia de los príncipes en tiempos del Imperio Romano-Germánico y del Imperio Austrohúngaro. Y hoy parece como si el tiempo simplemente no hubiera pasado. Como todo palacio imperial de Europa, el de Innsbruck es poseedor de un extenso jardín imperial, que sirvió para el recreo de la familia real alguna vez. Toda la belleza del centro histórico de Innsbruck parecía destacar por sí misma. Pero algo la descollaba todavía más. Los Alpes. Los paisajes montañosos que atraviesan todo el centro de Europa, desde la Costa Azul francesa hasta los valles del Danubio al este, fueron unos de los puntos estratégicos de las civilizaciones que allí se establecieron. Innsbruck está justo en el medio de dos subcordilleras. La Nordkette al norte y la Patscherkofel al sur, ambas de más de dos mil metros de altura (aunque nada comparado con mi viaje a las alturas de los Andes, a mucho más de cuatro mil). La situación de Innsbruck la dota de un clima boreal. Así, la nieve nunca desaparece de sus picos montañosos. Y aunque una Innsbruck cubierta en nieve debe tener su encanto, para mí no había nada mejor que un suelo seco y un cielo despejado. Así que la pregunta obligada surgió. ¿Se podría subir a las montañas? La oficina de turismo podía asemejarse fácilmente a una librería. Con folletos en vez de libros. Pases de un día a una semana ofrecían los highlights de la ciudad. Pero nada de eso me interesaba. Yo quería ir a la montaña. La única opción que los empleados me daban era la joya turística de Innsbruck: el teleférico a Nordkette. Desde hace ya varios años subir hasta lo más alto de la cordillera que rodea Innsbruck en su zona norte es sumamente fácil gracias al teleférico. Desde el centro de la ciudad en tan solo 20 minutos se puede alcanzar la cima. Pero, como era de esperarse, el precio no era el más asequible. Un viaje ida y vuelta rondaba los 35 euros. Solo transporte incluido. Cogí un mapa y salí un poco decepcionado. Aunque la verdad no me había sorprendido. Pero las montañas seguían ahí, vigilando todo. Y me llamaban a gritos que no era capaz de ignorar. Así que crucé el río y caminé cuesta arriba. Seguiría el cable funicular hasta donde me fuera posible. La primera estación era en el zoológico alpino y parecía no estar muy lejos. Las laderas de los Alpes parecían el lugar preferido para muchos de los residentes de Innsbruck, que las habían elegido como lugar de vida permanente. La mayoría de aquellas casas simulaban una cabaña, dotando a Innsbruck de un paisaje 100% alpino, si se ignoraban las construcciones modernas. Desde el zoológico el camino se volvía más agotador. Cada vez había menos calles y quedaban los senderos de tierra, preferidos por ciclistas y montañistas, deportes bastantes comunes en Austria. Para ese entonces estaba ya bastante oxidado. Hacía tiempo que la altura no era parte de mi vida y subir senderos de montaña no era algo que hiciera seguido. Mis esfuerzos me llevaron hasta la siguiente estación, Nordpark, cuya estructura simula los techos de un glaciar. La gente que paga su ticket puede subir y bajar del funicular en las estaciones de escala. Y lo hacen no solo por admirar la escultura de metal. Lo mejor de Nordpark es su mirador. Su poca altura es ya suficiente para ofrecer una vista panorámica espectacular de la ciudad y de la cordillera Patscherkofel. El río Eno queda al descubierto y muestra su intenso color azul, cuyas aguas resbalan desde las cumbres nevadas que así presumen su pureza. Un bocadillo en la terraza de Nordpark fue sumamente relajante. Pero hacía falta ahora voltear atrás. Las montañas se hacían mucho más escarpadas. Los cables del teleférico se hacían cada vez más verticales. Y a la vista ningún sendero o escaleras hacia la cima parecían invitarme a subir. Las últimas paradas, Seegrube y Hafelekarspitze estaban a más de 2000 metros de altura y prometían las mejores vistas y actividades en toda Innsbruck. Un restaurante, bares y hasta una discoteca en las alturas. Una estación de ski, actividades deportivas, un iglú artificial. Toda una pequeña ciudad en lo alto de los Alpes. Pero al parecer la única forma de llegar era por el teleférico. Y ni eso me convencería de pagar 35 euros. Me alejé entonces un poco de la estación y dejé el teleférico atrás. Seguí a un grupo familiar que caminaba por un sendero que se adentraba en el bosque. Un letrero apareció entonces: “Willkommen auf der Nordkette”, dando la bienvenida a Nordkette. Tras él, un mapa dibujaba la telaraña de senderos que se tejían por el bosque de montaña. Y aunque poco conocía hasta dónde me llevarían, no dudé en adentrarme y conocer más de cerca las montañas de Nordkette. Los primeros pasos me llevaron hasta algunos restaurantes y resorts en mitad del bosque a los que se puede llegar todavía en automóvil. Son sitios perfectos para un domingo familiar. Pero al rebasarlos el bosque se hacía más denso por varios kilómetros, y la ciudad desaparecía entre el saturado follaje. Por el contrario, las montañas parecían acercarse, y sus serpientes de nieve se hacían más visibles mientras la tarde avanzaba. Las horas se me habían ido volando. Y una caminata solitaria por el bosque era justo el pretexto perfecto para no fijarme en la hora. Todo allí era paz. La naturaleza en su máximo esplendor. Una ciudad así era de envidiarse. Era imposible pasar un fin de semana aburrido con tal cantidad de senderos por recorrer. Los ciclistas me rebasaban cada diez minutos. Al parecer yo era de los pocos que se habían sumergido tanto sin un vehículo conmigo. Menos mal que mis botas todo terreno soportaban hasta lo peor. El calor comenzó a sofocarme y me obligó a quitarme los abrigos. Una y otra vez. Así es el montañismo. Así es sudar en un clima hemiboreal. Los colores alpinos no dejaban de sorprenderme. Y sus tonos otoñales me hacían saber que aquel viaje en octubre fue la mejor decisión que pude haber tomado. Todo aquello era algo difícil de encontrar en mi país. Quizá viajar 10,000 km no era necesario, pero indudablemente jamás me arrepentiría. El laberinto de caminos me llevó hasta una solitaria iglesia que también servía de parking. Los coches me anunciaban que estaba de vuelta en la ciudad. Eran casi las 4 de la tarde, y había recorrido unos 10 km al pie de las montañas. Para ese entonces el calor se me había ido, y un fuerte viento helado subía desde el valle y me aventaba hacia atrás. El clima había cambiado radicalmente en un segundo y sabía que existían probabilidades de lluvia. Apresuré mi paso y crucé el resto de bosque casi corriendo. Cuando llegué a la ciudad un grupo de nubes negras había oscurecido el panorama. El viento aceleraba la corriente del río y provocaba un tenebroso zumbido en mis oídos. Momento justo para meterme a un restaurante, comer una hamburguesa y tomar una buena cerveza. Antes de que oscureciera volví a casa de Rashed para tomar un baño y relajarme en la calefacción. No quería dormir tan tarde. Un bus aguardaría por mí el siguiente día para llevarme a la frontera norte de vuelta con sus vecinos los alemanes. Los Alpes me habían maravillado más de lo que esperaba. Ahora era tiempo de que un castillo de cuentos lo hiciera.
  2. Estaba en la localidad de Caviahue, una hermosa “mini- ciudad” ubicada al lado de la Cordillera de Los Andes, en el Parque Provincial Copahue. Un lugar soñado, donde se respira aire puro y sobretodo tranquilidad. Y digo mini ciudad, no en sentido despectivo sino, todo lo contrario… Viven aproximadamente unas 500 personas. No hay que hacerse ilusiones con mudarse o construirse una casita, porque los terrenos ya están todos loteados y vendidos. Hay lista de espera. La razón del impedimento de más construcciones es que el Volcán Copahue, el cual se encuentra muy próximo, puede entrar en erupción haciendo que haya que evacuar al todo el pueblo. Parece mentira, pero a pesar de ser un lugar tan chiquitito, al estar enclavado en un Parque, tiene una gran cantidad de paseos para hacer. Estuve unos 5 días, pero creo que no fueron suficientes… Y todavía me queda pendiente conocerlo en invierno cuando cae la nieve y cambia el paisaje por completo… Uno de los tantos paseos que se puede hacer desde Aquí es conocer el Salto del Agrio. Yo lo había visto por foto en los folletos turísticos. Parecía una cascada común, nada llamativa. Es más recuerdo que le dije a mi novio “¿Vale la pena ir allá para ver solamente la cascada?” El me respondió que sí, que todos los lugareños decían que era algo impactante y que estando allí no lo podíamos perder. Entonces contratamos la excursión para ir. (Dato importante para el que tenga ganas de ir: se puede ir en auto de forma particular, la gente del lugar es muy amable y les va a explicar cómo llegar, además está muy cerca) Nosotros fuimos en excursión porque habíamos viajado en colectivo, sin vehículo particular. El camino hacia el lugar ya es pintoresco y además interesante. Creo que sería un placer para cualquier geólogo o también para los amantes de la geografía como es mi caso. Pasamos por los Riscos Bayos, un lugar muy misterioso… Es un tipo de formación rocosa formada por ceniza volcánica que se solidificó. Solamente existen tres lugares en el mundo donde se encuentra este tipo de formación… Caviahue, México y Turquía en la famosa Capadocia. Va otro dato importante: Están a solo 10 kilómetros de la villa, más exactamente en el kilómetro 16 de la Ruta 26, camino también a Copahue. Sí o sí se pasa por allí por lo que es imperdible no verlos y no sentirse deleitados con ellos. Luego de unos pocos kilómetros más, llegamos a destino al Salto del Agrio. Es un lugar impresionante, es un salto que tiene una altura aproximadamente de unos 60 metros de alto. Es muy llamativo, pero ninguna foto creo que logra reflejar todo su esplendor. El agua del salto cae sobre una pileta cuyas paredes muestran la forma de columna del basalto. Según comentó el guía, el Río Agrio nace en el Volcán Copahue (Volcán que podía verse desde Caviahue, se podía ver como estaba fumando). En su recorrido, o mejor dicho curso, deja siete saltos, los cuales se encuentran entre rocas y araucarias o pehuenes. El río llega hacia la meseta y allí conforma el Lago Caviahue. El Lago Caviahue también tiene su encanto, es uno de los pocos lagos ácidos del mundo. Al meter el pie, se siente raro, es una agua muy fría pero se nota algo distinto, intuyo que esto está relacionado con su acidez. El río Agrio recorre varios kilómetros conformando la Cascada del mismo nombre. Sigue su trayecto hacia varios pueblos y desemboca definitivamente en el río Neuquén. Hay tres miradores donde se puede apreciar el imponente paisaje. Eso sí, vayan bien equipados con calzado cómodo y de trekking para no resbalarse. Algo muy llamativo es la coloración naranja de las aguas, dicen que es una especie de tabla periódica porque allí pueden encontrarse unos cuantos minerales, principalmente el azufre. Es un lugar que no tendrían que perdérselo si andan paseando por el norte neuquino, es un paisaje único, como dije anteriormente ninguna foto logra mostrar lo imponente que es. Lógicamente agradezco a todos quienes me insistieron para que haga la excursión y no me la pierda, tenían mucha razón… Yo hice la excursión por la tarde, hay muchos que recomiendan hacerla por la mañana para ver el arcoíris que se forma con el vapor del agua. Quedará pendiente para otra oportunidad en la que pise el suelo neuquino…
  3. Hacía bastante que no planificaba un viaje al Sur de mi país, aunque ya viajé varias veces, no he terminado de recorrerlo... Tiene muchos lugares turísticos, otros no tanto y muchas cosas para ver y para hacer, en un sólo viaje es prácticamente imposible conocerlo completo. Esta vez no quería un viaje de muchas idas y vueltas, con varias paradas, varios hospedajes, varias veces de armar y desarmar valijas, sino que quería viajar más tranquila, con la famosa modalidad de slow travel. Considero que para conocer un destino hay que estar varias noches, sino es una simple “pasada por el lugar”. El Chaltén tiene el apodo de Capital Nacional del Trekking, esto es así porque tiene varios caminos para hacer con vistas a imponentes paisajes. Sabía que iban a ser seis largos días donde más que descansar, iba a sentirme parte del paisaje. Armé el equipaje con los bastones de trekking, calzados apropiados y ropa cómoda... El primer día, como en todo viaje sirve para ubicarse y acomodar el equipaje. Es un pueblo muy pequeño con muy pocas cuadras, pero con una gran cantidad de negocios, todo en función del turismo. El Chaltén es un lugar único y muy especial. Está dentro de un parque, el Parque Nacional los Glaciares, es un pueblo que vive exclusivamente del turismo y que se fundó hace muy poquito, en el año 1985. Como está en un Parque Nacional, no tiene aeropuerto, para llegar lo más cómodo es tomar un avión hasta El Calafate y desde allí un transfer. En mi caso, el viaje había sido bastante largo, desde mi ciudad, Mar del Plata a la Capital Federal, desde allí a El Calafate y finalmente a El Chaltén, unas cuantas horas de viaje y otras tantas en espera... El segundo día que llegamos, El Chaltén amanecía con un día único, soleado, sin viento (cosa bastante rara para tratarse de la Patagonia) y con una muy buena temperatura. Después de desayunar en el hotel salimos a caminar con rumbo al Cerro Torre. Hay varios circuitos de trekking, este está considerado como de dificultad intermedia. Es un trayecto de 22 kilómetros, está calculado para hacerse entre 5 y 6 horas. Así que salimos temprano, equipados con todo lo necesario para pasar el día, agua, frutas, un almuerzo liviano. Un consejo importante que nos habían dado los lugareños es que, el agua que se encuentra en el camino en los arroyos y cascadas es natural y que no es necesario entonces trasladar varias botellas de agua, basta con llevar una y recargar. Creo que nunca había tomado una agua tan rica y fresca Otra de las caminatas que se pueden hacer en este pueblo de montañas, es ir al Fitz Roy, es la meca de los escaladores y el camino más buscado por los amantes de las caminatas o del senderismo. Hubiera estado muy bien tener un día de descanso entre caminata y caminata, pero estaba anunciado mal tiempo para los días siguientes. Dicen los lugareños que un día de sol, despejado y sin viento, no se puede desaprovechar... A pesar del cansancio, luego del desayuno volvimos a salir. Para llegar al inicio del camino es conveniente tomar un minibus. Una vez llegado al punto de inicio nos esperaban unas nueve horas de caminata. Son unos 25 kilómetros. Lo bueno es que era verano y en verano en el sur, oscurecer después de las 22:30. De todas maneras salimos temprano para que no nos agarrase la noche en el camino. Durante la primera hora, la pendiente del camino es algo pronunciada, tuve que ir haciendo pausas para evitar la sensación molesta de falta de aire. Los ñires forman parte del paisaje junto con arroyos. Lo más lindo, el silencio y el aire puro. El punto más difícil del camino, es una pendiente empinada, la cual debe tener aproximadamente unos 400 metros. Demanda, según los carteles una hora de esfuerzo, ante mi falta de experiencia en este tipo de "travesías" me tomo una hora y media. De todas maneras cada segundo de esfuerzo valió la pena para disfrutar de La Laguna de los Tres con unos imponentes cerros de fondo. Después de tanto andar, era hora de sentarse a descansar, contemplar y hacer un picnic disfrutando tal hermosa postal. Una vez finalizado el almuerzo tuvimos que emprender el regreso, en total fueron aproximadamente nueve horas de caminata, a pesar del cansancio se disfruta igual, a lo largo del camino aparecen distintas postales que son realmente únicas. Los días siguientes fueron más tranquilos en cuanto a caminatas y exigencias físicas. Hicimos el paseo más sencillo, visitar el Chorrillo del Salto y lógicamente probar su exquisita agua pura de deshielo. A los días siguientes el tiempo empeoró , pero no fue un impedimento para seguir paseando.... Hicimos una excursión al Lago del Desierto, otro paraíso natural con senderos para caminar, afortunadamente mucho más sencillos. También visitamos los miradores desde donde se puede ver el pequeño pueblo rodeado de montañas que marcan sus límites naturales. Hubiera faltado más tiempo para recomponerse y hacer la tercera caminata larga que propone este destino, visitar el Pliegue Tumbado, pero de todas formas es lindo que siempre quede algo pendiente para planificar una vuelta ... El Chaltén es un pueblo único, al que seguramente en otra oportunidad volveremos!
  4. Más allá de todos los paisajes que nos habían asombrado y encantado hasta aquel momento en la Patagonia argentina, una de las mejores caminatas que realizamos en El Bolsón, fue la del Cajón del Azul: Un enorme río, al que llaman Río Azul, encajonado por altas paredes de piedra, rodeado de bosque nativo. De sólo imaginarme aquel paisaje, me llenaba de ansías para arrancar la excursión. El día anterior, debimos dar aviso a las oficinas de turismo, ubicadas en la plaza central de El Bolsón, donde nos registramos y nos brindaron un práctico mapa. A lo largo de un extremadamente largo sendero (de varios días de caminata) se encuentran diferentes refugios en los que uno puede pasar la noche, por lo que decididos a ello, nos equipamos con comida y las bolsas de dormir. Partimos una mañana entonces, desde Las Golondrinas en la moto, hasta llegar a un conocido paraje, llamado Chacra de Wharton, a aproximadamente 15 kilómetros. Allí debíamos dejar la Honda, ya que no se puede avanzar más en vehículo. Abrigados porque el día estaba bastante fresco, iniciamos la caminata. No les voy a mentir, fue un sendero muy cansador para mí y difícil, pero voy a intentar no adelantarme. Iniciamos descendiendo por un empinado camino marcado hoscamente en la tierra, hasta continuar con una senda más ancha, rodeada de un bosque de cipreses y cohiues. Y desde ese punto, comenzamos a subir. Paso a paso, íbamos ascendiendo a través de la pendiente que se internaba en aquel espeso bosque, siguiendo las flechas indicativas pintadas en las rocas o en los troncos de los árboles. A medida que avanzábamos, escuchábamos más cerca la turbulencia de un poderoso río, y eso nos animaba a seguir. La verdad es que yo debía detenerme cada algunos pasos para oxigenarme, porque el camino en aquel punto fue muy exigente. Para aumentar “la aventura”, a mi querido novio, no se le ocurrió mejor plan que salirse del camino principal, internándose en el bosque. Como ya les dije, está un poquito loco Al principio, ir haciéndonos paso entre la maleza, corriendo ramas y saltando raíces fue bastante divertido y emocionante… pero a medida que avanzábamos y nos internábamos más, la cosa comenzó a ponerse un poco complicada. Algunos metros más adelante nos cruzamos con lo que parecía ser un viejo camino, marcado débilmente en el suelo, y comenzamos a seguirlo, suponiendo que nos llevaría nuevamente a la senda principal. Aquello se puso realmente abstracto cuando comenzamos a avanzar por el borde de una vertical pendiente, con una peligrosa caída, varios metros hacia debajo de mucha vegetación. Casi que debía ir trepando, sosteniéndome de fuertes raíces para no rodar cuesta abajo. Ya bastante molesta con Martin porque ya aquello se estaba tornando demasiado para mi, decidimos desviarnos por segunda vez de aquel viejo camino y, afortunadamente, salimos al sendero principal. Sin más locuras, porque realmente se corre el riesgo de perderse en aquel laberinto de árboles, continuamos el ascenso por aquel camino de tierra y piedras, hasta llegar al responsable del estruendoso sonido que escuchábamos a lo largo del camino. Delante de nosotros, se abría un violento cauce de agua, una rama del Rio Azul, que descendía rápida y violentamente por entre gigantescas rocas claras. Un no muy confiable puente hecho de sencillas maderas se tambaleaba peligrosamente por sobre aquel caudal de agua. Aquel había sido el único medio para pasar por encima del brazo del Rio, pero (quizás quitándole un poco la aventura al camino, hay que admitir) un robusto, sólido y mucho más seguro puente de acero se había construido a su lado. Martin no dejó de quejarse de lo mucho que afectaba el sendero aquel puente, pero yo lo transité feliz y tranquilamente Continuamos el camino, que ahora bordeaba aquel sonoro caudal de agua cristalina. A medida que íbamos ascendiendo, por entre las copas de los árboles podíamos ver aquel brazo hacerse más angosto, escoltado por enormes paredes de piedra. El agua corría vertiginosamente saltando por entre las piedras y golpeando violentamente al caer. Luego de casi dos horas de continua travesía, llegamos al primer paraje del sendero, el refugio La Playita. En esta parte, el camino descendía sinuosamente hasta llegar a una cabaña situada en unas playas pedregosas, donde el agua corría más lenta y tranquilamente. En aquel lugar se puede acampar, comer algo o pasar la noche dentro del refugio, pero simplemente nos limitamos a recorrer las orillas, caminando por sobre hoscas piedras y continuamos la travesía. Sé que en épocas veraniegas, la gente suele bañarse en esas playas, pero esa idea estaba lejos de ser concretada para nosotros aquel fresco día. Aun nos restaba una hora más de ardua caminata por entre el bosque de grandes y altos pinos, en un tramo del mismo, debimos subir, escalando unos escalones realizados con gruesos troncos adheridos a una vertical pared de tierra. A medida que avanzábamos íbamos descubriendo algunos arroyos que cruzaban el bosque y a nuestro costado íbamos observando como el Rio Azul (ya habíamos conectado con él, a través del brazo) comenzaba a encajonarse en un abrupto cañadón, por entre el cual el agua corría rápidamente, arremolinándose en algunos sitios. Las paredes de aquel cajón se aproximaban cada vez más, a medida que continuábamos la caminata, hasta que llegó un punto que increíblemente ambas paredes estaban sólo separadas por apenas 80 cm. Un sencillo puentecito, hecho con algunos troncos conectaba ambas márgenes, pero uno podía saltar prácticamente de un punto al otro. Si se miraba hacia abajo, a 40 metros más o menos se podía ver el caudal el Rio Azul haciéndole honor a su nombre, ya que el agua realmente tiene un precioso color azul, a veces aguamarina cuando le pegan los rayos de sol, que no dejaba de deslumbrarnos. Cruzado aquel singular puente, un cartel nos indicó que sólo faltaba poco para llegar al refugio del Cajón del Azul. Apuramos la marcha hasta encontrarnos con una llanura, cubierta de campos de pastura. Unas vacas nos dieron la bienvenida en la tranquera e ingresamos al refugio. Como todos los refugios de aquel lugar, también podíamos pasar la noche allí, pero a pesar del cansancio y el agotamiento que sentíamos en nuestras piernas, una vez que recuperamos el aliento, con Martin decidimos seguir unos kilómetros más, aprovechando los últimos vestigios de luz del día, al siguiente refugio: El Retamal. Ni bien comenzamos a caminar los últimos tramos hacia nuestro objetivo, me arrepentí rotundamente. Aquellos últimos metros, había que hacerlos por entre altos árboles, tomando una difícil pendiente que ascendía varios metros. Con las rodillas casi temblándonos, llegamos a la cima, completamente exhaustos y desde allí, vislumbramos el siguiente refugio. Ingresamos a un extenso y verde campo con una sencilla casita ubicada en el medio. Un imperioso cordón de montañas rodeaba todo el paisaje. Un joven nos dio la bienvenida y nos indicó el lugar de la casa que podíamos utilizar, una cálida habitación con mesas y sillas tapizadas de lana de oveja y una pequeña cocina. Cansados y hambrientos por aquel arduo esfuerzo que nos llevó la caminata de todo el día, nos preparamos unos fideos y nos fuimos a dormir. En la parte superior de aquella habitación, un altillo servía de dormitorio, donde varios colchones se encontraban dispersos en el suelo. Recuerdo haberme metido dentro de mi bolsa de dormir y simplemente me desmayé. A la mañana siguiente, temprano, decidimos comenzar el retorno. El sendero sigue mucho más allá, llegando incluso a un glaciar, llamado Hielo Azul, pero no llevábamos la suficiente comida y ropas para pasar muchos días más en el bosque, por lo que había que volver. Sin embargo, antes de tomar el camino de vuelta, el encargado del refugio nos aconsejó que visitáramos un lugar, ubicado en altura, llamado Paso de Los Vientos. Sinceramente, mis pobres piernecitas no querían saber más nada con seguir subiendo, pero a pesar de mis quejas, aquello valió totalmente la pena. Fuimos avanzando a través de un sendero que ascendía internándose en el bosque, el cual crecía atravesando el camino. Debimos ir esquivando ramas, corriendo hojas y saltando raíces. El rocío de la mañana había humedecido toda la vegetación y pronto terminamos nosotros también completamente mojados, al ir rozando con todo el follaje que se interponía en el camino. El camino llegó hasta el comienzo de unas altas colinas que fuimos ascendiendo por entre grandes rocas, y cuando al fin llegamos a la cima nos quedamos anonadados. A nuestro alrededor se abría un gigantesco valle tapizado de bosque y más allá todo estaba rodeado de grandes montañas. En aquel lugar reinaba la absoluta paz y el silencio. Realmente uno se sentía muy insignificante al lado de tal abrupto paisaje. Permanecimos varios minutos allí, llenándonos de aire puro y contemplando aquel paisaje maravilloso. Me senté sobre la sima de una de las más altas colinas y me quedé simplemente maravillada. Aquella ardua caminata, realmente había valido la pena. Aquel lugar era increíble! Descendimos nuevamente al refugio El Retamal, tomamos nuestras mochilas y emprendimos el regreso a El Bolsón. Antes de llegar al Refugio del Cajón del Azul, en el cual no habíamos parado el día anterior, nos desviamos, curiosos de seguir una indicación en un desprolijo cartel de madera que indicaba el camino al “nacimiento del cajón”. Solo unos pocos metros más adelante descubrimos, efectivamente, el sitio exacto donde el río comenzaba a correr por entre el nacimiento de grandes rocas que más adelante se convertirían en el Cajón del Azul. El agua increíblemente cristalina saltaba por entre las rocas y se escurría cuesta abajo con fuerza. Se podía ver el fondo rocoso de tan transparente que era el agua. Un precioso Martin Pescador, un ave típica de la zona, famosa por sus habilidades en la pesca, sobrevolaba el rio en busca de alimento. Era la primera vez que veía a este precioso animal en persona Retomamos otra vez el camino y regresamos por sobre nuestros pasos hacia la moto. El camino de vuelta creo que fue peor que el de ida, si tengo que serles sincera, pero al final, llegamos cansados pero felices al reencuentro con nuestra querida Transalp.
  5. Al dejar atrás la ciudad de El Calafate, el paisaje se vuelve inhóspito repentinamente, pero deslumbrante de belleza. Los apagados colores de la Patagonia se extienden al costado de la ruta con sus marrones, verdes y amarillos, para contrastar con el aguamarino del extenso Lago Argentino, el cual fuimos bordeando mientras avanzábamos veloz y solitariamente por la ruta 11, que nos conectaría nuevamente con la ruta 40. Sólo unos pocos kilómetros más adelante nos topamos con el cruce y tomamos nuestra meta principal, que rodea el extremo este del Lago Argentino, hasta que finalmente lo dejamos atrás, quedando envueltos nuevamente en la vasta estepa patagónica. Corría un viento helado, pero ya no hacía tanto frío como en las zonas más australes, y eso me dejaba disfrutar plenamente del paisaje. Aproximadamente 40 kilómetros más adelante, otro gran Lago hacia su aparición a lo lejos, mostrándose como un gigantesco espejo de agua cristalina escoltado por las infaltables montañas nevadas, teñidas de un azul que se mezclaba con el celeste limpio del cielo. La Ruta 40 comenzaba a costear el gigantesco Lago Viedma en ese tramo, en el medio de aquel desierto patagónico. A medida que el contador de millas corría en el tablero de la moto, las montañas que cortaban el horizonte a lo lejos, se volvían más puntiagudas y llamativas. Sobre todo, nos llamó la atención casualmente a los dos, ver un gigantesco conjunto de filosas cumbres a nuestra derecha, donde una cima en particular destacaba por su altura y sus imponentes picos. El Lago Viedma Tengo grabado ese corto tramo de la ruta como el viaje que más disfruté después de haber sufrido tanto frío sobre la moto. La ruta completamente solitaria y sólo nosotros dos, corriendo sobre el asfalto acompañados de aquel hermoso paisaje de la Patagonia argentina. Nuestra emoción aumentó cuando nos desviamos hacia la ruta 23, tomando una pronunciada curva, y nos direccionamos exactamente hacia donde nacían esas gigantescas sierras de picos como agujas. Camino a El Chaltén Cuanto más nos acercábamos, aquella imperiosa montaña se elevaba lentamente sobre el horizonte, y por detrás de ella se abría un abanico de nubes que le daba un aspecto aún más impresionante y nos hacía sentir pequeñitos ante semejante expresión de la naturaleza. El nuevo camino nos llevó hacia casi el limite montañoso del país, internándose entre grandes paredes de roca y entonces, pocos kilómetros antes ya pudimos divisar el pequeño asentamiento de casas: llegábamos a El Chaltén, y aquellos picos puntiagudos que nos había deslumbrado formaban, nada más ni nada menos, que la cumbre del cerro Fitz Roy. Primera vista de la localidad de El Chaltén Establecida dentro del Parque Nacional Los Glaciares, se encuentra esta pequeña y completamente preciosa villa turística. Su calle principal con un enorme boulevard de césped, sus casitas y negocios y, enmarcando la vista, la puntiaguda cima del cerro. El cerro Fitz Roy, en realidad se llama cerro “Chaltén”, al que debe su nombre el pueblo, y proviene de los Tehuelches, pueblo originario que habitó esas tierras, y significa “montaña humeante”, puesto que como mayormente se encuentra rodeado de nubes y bruma, fue erróneamente considerada en un principio por este pueblo como un volcán. La calle principal de la localidad El Chaltén es la capital del trekking, lugar famoso y predilecto en el mundo por miles de turistas amantes de largas caminatas por la naturaleza. El medio ambiente que rodea a esta pequeña localidad, con sus empinadas cumbres, bosques patagónicos rodeando arroyos, fauna y flora autóctona, lo convierten en el sitio ideal para practicar esta actividad. De todas las opciones que teníamos para realizar en los breves días que nos quedamos en aquel mágico lugar, elegimos visitar el Lago del Desierto, a aproximadamente 40 kilómetros de El Chaltén. Debimos tomar un camino de ripio, que iniciaba a pocos metros del mismo camping donde estábamos acampando. Al principio, el camino no ofrecía nada nuevo. Avanzábamos sobre la moto, costeando la ribera del Rio de las Vueltas, que discurre entre bajos arbustos y pálidos pastos amarillos, hasta desembocar en el ya mencionado Lago Viedma. Sin lugar a duda, los gigantescos cordones montañosos son los que más resaltan en aquel paisaje. Si se observa con atención, pueden vislumbrarse formaciones glaciares entre sus valles, que forman parte de la lista de glaciares pertenecientes al Parque Nacional. Camino al Lago del Desierto A medida que nos íbamos internando en el camino, la vegetación comenzaba a ser más abundante, hasta convertirse en un verdadero bosque de lengas y ñires, y el caudal de agua que nos acompañaba a nuestra derecha, ahora era un ancho canal que corría con fuerte corriente. Tuvimos la suerte de ver uno de los habitantes del bosque, un hermoso zorrino que se cruzó muy campante en el camino y al que pude fotografiar. Realmente el camino de ripio se llenó de vida en pocos minutos. A nuestro alrededor se alzaban cerros, tapizados de árboles con sus copas de colores verdes, naranjas y rojos, mientras el Río de las Vueltas corría ruidosamente con su agua cristalina saltando por entre las rocas, cuesta abajo. Nos detuvimos unos minutos, en un sitio particularmente hermoso, donde el rio descendía en una pequeña cascada, entre grandes rocas rodeadas de vegetación. El agua era increíblemente azul, y su espuma puramente blanca se alborotaba ruidosamente cuando la corriente golpeaba contra las rocas. Río de las Vueltas Llegamos finalmente, al cabo de algunos minutos de viaje, al Lago del Desierto que, claramente de desierto no tiene nada. Un gigantesco estanque de agua, de colores azules y verdes se abre entre las montañas y el bosque, extendiéndose hasta orillas rocosas y, más allá, el perdiéndose entre el bosque y las montañas. Un paisaje increíble. Lago del Desierto Recorrimos la playa, rodeaba de altos árboles, mientras el sol se reflejaba en el agua. El lago esta contenido por dos cordones montañosos que se abrían en el horizonte, para darle paso a enormes montañas nevadas. A escasos metros de allí, comienza un corto pero difícil sendero hacia el Glaciar Huemul, al que decidimos llegar. Como pertenece a terrenos privados (sí, la verdad que no entiendo aún como hay terrenos privados dentro de un Parque Nacional…) se paga una entrada de un valor insignificante que sirve simplemente para mantener algunos servicios. Motivados, ya que nos habían informado que el Glaciar Huemul es uno de los más bellos de la región, iniciamos la caminata. Sendero hacia el Glaciar Huemul El glaciar debe su nombre a un pequeño ciervo llamado huemul que habita en los bosques aledaños ocupando varias hectáreas que fueron designadas para su protección. Es muy difícil verlos, aunque alguna que otra vez, algunos afortunados caminantes han tenido el placer de toparse con estos bellos animales. No fue mi caso Al principio la caminata me pareció súper fácil y avanzamos confiados y de buen humor varios metros, caminando sobre una superficie plana. El sendero corría por entre los árboles de aquel mágico bosque, que de a tramos se cerraba sobre nuestras cabezas oscureciendo el día para luego volver a abrirse, dejándonos contemplar el celeste cielo. De improvisto, el sendero comenzó a ponerse un poco “inclinado”, y fue cuando debimos comenzar a subir. Yo, que ingenuamente creía que aquel iba a ser una caminata fácil, comencé a sudar y a hiperventilarme al subir los hoscos escalones que se marcaban por entre las raíces de los árboles. Es de mucha ayuda llevar consigo un bastón o bien una fuerte rama que nos ayude en este tramo. El paisaje también cambia, sectores de árboles marrones y secos, y otros de charcos y hielo conservado entre los arbustos van apareciendo a medida que uno avanza por el sendero. Después de recorrer esos 3 kilómetros que nos llevó algo más de una hora, llegamos al tramo final que nos exigiría aún más esfuerzo, al subir una pendiente particularmente empinada. Y así, con la lengua hacia afuera y los pulmones trabajando con todo, llegamos a un claro donde tendríamos nuestro premio. Hacia delante, se podía apreciar el gigantesco Glaciar Huemul, descansando entre dos grandes montañas. Aquella masa de hielo, que siempre me recordó a la crema helada por su color y su textura, pero que en realidad es una sólida manta congelada, se extendía en forma triangular por entre las grietas de rocas grises de las montañas que la escoltaban. Hacia el horizonte se podían ver los picos nevados de otras montañas vecinas. El Glaciar Huemul Avanzamos unos metros más por aquel claro y el paisaje se hizo aún más bello, cuando descubrimos la Laguna Huemul, donde discurre el hielo que se descongela del glaciar con el mismo nombre. La laguna, contenida en un estanque natural de piedra, estaba teñida de un bellísimo color esmeralda, debido a los minerales provenientes del glaciar. Lo más atractivo de aquel paisaje eran los colores que resaltaban: los verdes y rojos del frondoso bosque, el celeste del glaciar, al agumarino del lago, el gris metal de las montañas. El Glaciar y La Laguna Huemul Hacia nuestras espaldas, el lago discurría como un pequeño arroyo, cuesta abajo por entre rocas y se perdía entre el bosque. Martín (siempre más osado y aventurero) comenzó a caminar, esquivando rocas y arbustos, por la cumbre de una de las paredes que contenían el estanque de agua y yo (para no quedarme atrás en la aventura) comencé a seguirlo. Aquella muralla de piedra se elevaba algunos metros y con un poco de vértigo, avanzamos lentamente, pasito a pasito, por aquella angosta cima. Llegamos justo al inicio de la pared súper empinada de una de las montañas que contenían el gigantesco glaciar. Desde aquella altura, podíamos ver el lago con su precioso color en toda su extensión. Y a nuestro costado, varios metros más allá, teníamos una vista más de cerca de aquel gigante congelado. La Laguna Huemul y su precioso color esmeralda Martin (que ya pasa de ser un aventurero a un loco ) estaba empeñado en llegar hasta el glaciar y tocarlo. Y esta vez, no lo seguí. Él sin embargo, se aventuró a través de la inclinada pared, saltando gigantescas rocas y avanzando hasta acercarse bastante al glaciar. Yo simplemente lo observaba de lejos, pensando que en cualquier momento lo iba a ver rodar y caer al vacío. Sin embargo, el camino se tornó bastante dificultoso para él por lo que regresó, sano y salvo, aunque decepcionado de no haber podido llegar al glaciar. Martin (pequeñiiiito) intentando alcanzar el glaciar Desde aquel privilegiado lugar, podíamos contemplar los dos Lagos (el Huemul y el del Desierto) y era increíble ver sus colores contrastando, entre aquel collage verde y rojo del bosque. La Laguna Huemul y El Lago del Desierto Cuando el sol comenzó a caer, comenzamos el retorno hacia la localidad de El Chaltén. Entre sus casitas pintorescas y sus negocios dedicamos al turista, el que más destaca es, sin lugar a dudas, La Cervecería, restaurant bar con una hermosa ambientación y unas deliciosas cervezas caseras. Esa noche nos dimos el lujoso gusto de tomarnos unas cervezas en aquel cálido lugar y degustar unos increíbles sorrentinos con salsa de hongos…. Aun lo recuerdo y se me hace agua la boca! Si algún día deciden visitar este bello pueblo, además de estas caminatas no pueden perderse las delicias culinarias de este buen lugar. A la mañana siguiente, después de pasar una noche algo fresca (para esa altura comenzaba a acostumbrarme a dormir con los pies completamente congelados dentro de la bolsa), el cielo estaba celeste y limpio, salvo en la cumbre del cerro Chaltén, la cual, como ya dije, siempre se encuentra rodeada de densas nubes. Entonces, juntamos campamento y nos marchamos. Personalmente, no puedo explicar qué fue exactamente… quizás la belleza y la particularidad de aquel pueblo perdido entre los cerros, o sus increíbles paisajes al realizar las caminatas por entre los bosques típicamente patagónicos, o la extraña magia que rodea al cerro Chaltén… pero aquel lugar me dejó una sensación muy especial, muy diferente a todos los demás sentimientos que me han generado los diferentes sitios que hemos visitado. Me fui de allí, prometiéndome a mí misma volver en algún momento, a visitar nuevamente esos increíbles picos puntiagudos, coronados de nubes.
  6. Con la moto funcionando correctamente, todas nuestras preocupaciones se disiparon rápidamente esa mañana. El clima parecía acompañar nuestro humor aquel día, con un sol radiante en un limpio cielo celeste. Era la primera vez que disfrutábamos de un día soleado en la ciudad de Ushuaia, porque desde nuestro arribo, siempre la habíamos visto con un cielo gris y nublado, con lluvia o nevisca. Les parecerá una broma, pero la moto finalmente recorrió cinco cuadras, y volvió a morir. Nuestra frustración fue total. Sin otra opción, la moto regresó taller y nosotros volvimos cabizbajos al hostel, a la espera de una prometida respuesta por parte de los mecánicos, que nunca llegó. Vimos el esplendoroso día, desde la ventana del hostel, con una amargura que quería expresarse en llanto, pero que yo contenía con fuerza. A pesar de sentirnos muy a gusto en aquel hostel, al día siguiente decidimos mudarnos a un camping, para abaratar los costos, porque con el futuro incierto que teníamos delante por la falla de la moto, no sabíamos cuántos días más deberíamos quedarnos en Ushuaia. Llegamos así al camping El Andino, establecido en las afueras de la ciudad. Cartel con las distancias desde Ushuaia Para acceder al camping, debíamos tomar una empinada calle de tierra, al pie de la montaña, hasta llegar a una planicie, donde se alzaba un robusto refugio de dos pisos. En tiempo pasado, El Andino, había sido el principal centro de esquí de la ciudad, convocando a esquiadores de todas partes del mundo. Sin embargo, el aumento de la población, con la consecuente expansión de la ciudad, generaba en la actualidad el calor suficiente para impedir que la nieve caída se acumulara sobre la pista luego de cada nevada, por lo que sólo se encontraba en funcionamiento el sector de acampe. La antigua pista de esquí que supo ser un centro de atracción turístico importante, ahora sólo era una ancha y larga ladera de tierra y pasto. Hacia un costado de la pista, se alzaba un pequeño bosque, donde ya se encontraban instaladas algunas carpas. Elegimos un lugar apropiado, aunque era difícil, puesto que las nevadas anteriores habían dejado el suelo completamente mojado, pero igual armamos la carpa. Recuerdo que tan ingenuos los dos, nos metimos en nuestro hogar de plástico sorprendidos de que no hiciera tanto frío y creyendo realmente que íbamos a pasar una buena noche….... Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando el mismo frío me despertó. Mi cuerpo estaba completamente helado. Me volteé lentamente sobre la bolsa para ver que Martin también estaba despierto y casi tiritando, podía ver la tibia bruma saliendo de su boca. Así fue como aprendimos que Ushuaia no es un buen lugar para acampar y que los colchones inflables no son muy buena opción para temperaturas muy bajas, ya que el aire dentro de ellos se termina helando y les puedo asegurar que se siente como dormir sobre una tabla de hielo. Les aconsejo que si pretender acampar sobre estos cómodos colchones, se aseguren de colocar algo entre él y la bolsa, para aislarse, más adelante les contaré la solución que nosotros encontramos para ello. Era tal el frío que por más que frotaba mis pies, no podía generar nada de calor. Fue la noche más larga que sufrimos hasta el día de hoy, y la que me hizo aprender a valorar una estufa. Al día siguiente, decididos, nos mudamos a unas pequeñas casillas rodantes que se encontraban dentro del camping y de las que disponían para albergar gente. Un buen colchón, unas gruesas mantas y un generador de calor eléctrico fueron el paraíso para nosotros después de esa terrible noche. Nuestro hogar transitorio en Ushuaia Sin la moto, nos era difícil realizar alguna actividad en Ushuaia, puesto que muchos sitios importantes para visitar se encuentran a varios kilómetros a las afueras de la ciudad, y un transporte de excursión es exageradamente muy costoso. Por lo que ese mediodía solo pudimos realizar una pequeña caminata que era accesible, a la que llamaban el camino al glaciar. Iniciamos subiendo por la empinada ex pista de esquí, desde el camping. Desde allí arriba, se podía ver toda la ciudad extendiéndose hasta las costas del Beagle, y aunque casi se me colapsan los pulmones por subir esa empinada pendiente, la vista era increíble. La ciudad desde la cima de la pista de esquí Una vez allí arriba, debíamos tomar un sendero de tierra que se internaba en el bosque que rodeaba la montaña, donde ya la nieve había comenzado a acumularse con las nevadas. A lo lejos se alzaban enormes picos blancos que resaltaban entre el tupido bosque verde. Hacia el sendero del glaciar Sólo recorrimos unos pocos kilómetros esquivando tramos de barro y fotografiando solemnes Chimangos, que nos observaban pasar desde lo alto de los árboles, hasta toparnos con un camino asfaltado que ascendía por la montaña desde la ciudad. Tomamos aquella carretera, caminando por un costado, intentando entrar en calor con cada paso porque, ya no hace falta decirles, hacía mucho frío. Chimangos observándonos pasar desde lo alto de un árbol El camino terminaba en una gran planicie, que funcionaba como estacionamiento. Allí había algunas confiterías, un sistema de aerosiilas, y un centro de información turística. Nada de eso estaba en funcionamiento por encontrarnos fuera de temporada, pero aun así, muchos turistas se encontraban en el lugar. El sendero del glaciar comenzaba allí, como un ancho camino cubierto de nieve, que ascendía por la pendiente de la montaña. Hacia los costados del sendero se alzaban altos pinos de frondosas copas, y más allá comenzaban a verse las montañas vecinas. El sendero del glaciar A medida que ascendíamos, veíamos cada vez más y más nieve. Mis zapatillas no tardaron en empaparse con cada paso, enterrándose algunos centímetros en aquel suelo blanco. Varios turistas que recorrían el sendero junto a nosotros se detenían a jugar con la nieve, algunos más osados se tiraban por la pendiente nevada, sentados sobre algún plástico, y hasta nosotros nos divertimos unos instantes haciendo nuestro propio muñeco de nieve. Nuestro muñeco de nieve En el último tramo, el sendero se fue convirtiendo en camino súper angosto y peligrosamente empinado. Es momento de que confiese que suelo ser un poco miedosa ante estas travesía, por lo que fui aferrándome con uñas y dientes en estos últimos metros de camino, porque realmente temía resbalar y rodar cuesta abajo cual avalancha. El angosto sendero Llegamos así al final del sendero del glaciar, donde no había ningún glaciar y nos sentimos un poco estafados al respecto. Sin embargo desde aquella cima, el paisaje era abrumador. Las montañas se abrían hacia los costados, con sus altas paredes de piedra cubierta de nieva, en el medio y a lo lejos se podía ver toda la ciudad como pequeños puntitos, luego el inmenso canal del Beagle y a lo lejos más montañas, para variar. La ciudad desde lo alto Volvimos esa noche después de haber estado todo el día caminando sin parar, con los músculos de las piernas doloridos, pero satisfechos. Ya en nuestra pequeña casilla recibimos la esperada llamada del taller, que nos traería más angustia que alegría. Según los mecánicos, el problema se hallaba en la bobina de la moto, estructura que se encuentra dentro del motor y que genera la energía eléctrica necesaria para el buen funcionamiento del vehículo. Esto era una muy mala noticia para nosotros, puesto que el repuesto de esta pieza ni siquiera estaba en el país, debía ser pedido al exterior con una demora de 45 dias!! Y ni hablar del costo extra que representaba comprar un repuesto original. Dada estas condiciones, procedimos al plan B, y buscamos la manera de reparar la pieza en lugar de reemplazarla. Buscamos así a un especialista en el tema y luego de quitar la bobina (cosa nada fácil, puesto que se debe abrir el motor, con las complicaciones que esto implica), la llevamos al taller adecuado para su reparación. Al igual que nuestro ánimo, los siguientes días fueron nublados, con mucha lluvia y nevadas y frío…mucho frío. Creí que Martin iba a enloquecer en algún momento, puesto que nos la pasábamos encerrados en nuestra casilla sin poder hacer mucho y sin ver rastro alguno de sol. Llegamos al punto de replantearnos seriamente quedarnos en Ushuaia a pasar el invierno antes de continuar, puesto que la situación ya se había tornado bastante desoladora. Sólo un par de días bastaron para tener en nuestro poder la bobina reparada. En el taller fue colocada nuevamente en la moto y ya bastante cansados de aquella angustiosa situación, esperábamos que todo se solucionara al fin. Imaginen la frustración (que ya rozaba la rabia) que sentimos cuando la moto continuó fallando, aun con el repuesto reparado correctamente. El problema se encontraba en otro sitio: El regulador de voltaje. Esta pequeña estructura, del tamaño de mi mano, forma parte también del circuito eléctrico de la moto, y es el que recibe la energía eléctrica generada en la bobina y la envía hacia la batería. Sí, luego de dos semanas en Ushuaia, aprendimos perfectamente todo el circuito eléctrico de la moto. A esa altura, sinceramente, sólo quería matar a cada uno de los mecánicos que no sólo nos habían hecho perder tiempo y dinero, sino que, además, habían alterado innecesariamente una parte original y sana de la moto. El repuesto, obviamente, no se encontraba en Ushuaia, por lo que debimos pedirles a mis padres, que viven en Buenos Aires, que hicieran la compra y nos la enviaran por correo. Eso significaba más días de espera en aquella congelada ciudad. Realizamos entonces, una segunda caminata por un sendero llamado Laguna Esmeralda, que nos había recomendado cada ciudadano de Ushuaia. El día estaba terriblemente gris, pero aun así, nos arriesgamos a emprender el sendero, que nacía a un costado de la ruta, varios kilómetros antes de la entrada a la ciudad. El camino iniciaba bastante bien, un ancho sendero de tierra que se internaba en el frondoso bosque, con algo de barro debido a las nevadas, pero nada muy difícil de esquivar. Sólo pocos kilómetros hasta salir a un llano atestado de la agradable turba, que debimos atravesar. Con cada paso, el pie se hundía cada vez más en esa húmeda esponja vegetal, dando esa sensación de hundirse en arenas movedizas, realmente algo bastante desagradable para mí. Mi archienemiga: La Turba Aun así, frente nuestro se abría un paisaje hermoso, a pesar de que el cielo nublado y una leve neblina a lo lejos le proporcionaban un tinte sombrío. El camino, completamente embarrado y resbaladizo, se marcaba de forma sinuosa por entre la baja vegetación austral, mientras que hacia un costado, un delgado arroyo bajaba por entre las rocas y a lo lejos se alzaban grandes montañas. Si alguna vez visitan Ushuaia, no dejen de hacer este recorrido, pues la Laguna Esmeralda que se encuentra justo al finalizar el sendero, detrás de unas lomadas, es un estanque de agua de un bellísimo color aguamarina que contrasta con el paisaje que lo rodea y las enormes montañas de una manera increíble. Camino a la Laguna Esmeralda Sin embargo, el clima no nos favoreció básicamente desde que dejamos la ciudad de La Plata, bajo una tormenta, por lo que realmente no nos sorprendimos cuando una fuerte nevada se desató sobre nosotros justo cuando llegábamos al final del camino. Sólo vimos la Laguna Esmeralda tras una cortina de nieve espesa que caía fuertemente desde el cielo. La nieve que el primer día me había emocionado, ese día terminó por irritarme terriblemente. Huyaaaamooss! Regresamos a nuestra pequeña casilla del camping con barro hasta las rodillas, completamente mojados y tiritando de frío. Afortunadamente, una llamada telefónica desde Buenos Aires cambiaría nuestro ánimo. El repuesto de la moto arribaría a la ciudad al día siguiente. En ese momento, las nubes se disiparon en el cielo, permitiendo el paso de unos pocos rayos de sol y un hermoso arcoíris se formó por sobre encima de la ciudad de Ushuaia, quizás sería una señal de que nuestra suerte cambiaría.
  7. Si aun no habéis leído la primera parte del relato, donde describo la ruta a pie desde Figaró hasta los pies del Tagamanent, os aconsejo seguir el siguiente enlace: Desde el Collet de Sant Martí a los pies del Tagamanent hay varios senderos que coronan la cima por lo cual aconsejo seguir el que cada uno considere más oportuno, siendo los más pequeños los más bonitos y empinados En poco menos de 15 minutos, parando para admirar el paisaje, os encontrareis en la cima y admitiréis que ha valido la pena perder un poco el aliento subiendo por la pronunciada pendiente. En lo más alto del cerro hay suficiente espacio para acoger un gran numero de excursionistas y familias, si queréis venir con niños tened en cuenta que hasta el Collet de Sant Martí se puede llegar en coche por la carretera asfaltada que inicia poco después del pueblo de Tagamanent. El lugar es ideal para organizar un picnic o quedarse por un rato contemplando las inmejorables vistas, según algunos las mejores de todo el Montseny. Hemos tenido la suerte de que bajará un poco el viento y por unos momentos las nubes que cubrían densamente el horizonte se han abierto un poco, lo justo para ver un poco de cielo azul, aunque no lo suficiente como para dejar pasar el sol... debe de ser precioso estar en lo alto del cerro en un día despejado. Como podéis ver de entre todos los antiguos edificios y casas que formaban parte del castillo y viviendas de Tagamanent solo queda en pie la ermita de Santa María y algún muro adyacente. Mientras me asomo entre las rejas para ver el interior de la iglesia no puedo evitar en recordar la siguiente leyenda... " En la edad media, cuando Tagamanent aun no se llamaba así, el castillo era prospero y sus habitantes felices, heredó el castillo un noble Conde que se encontraba en la edad perfecta para buscar esposa y establecer una familia que heredara el castillo y sus propiedades. Como bien sabemos el Conde no tuvo dificultad alguna en encontrar esposa y entre todas las pretendientes escogió la más bella, séptima hija de un noble de Osona, la cual venía ademas con una buena dote que aumentaba el patrimonio del joven Conde. Nueve meses despues de la ostentosa boda el castillo hervía de emoción, los preparativos estaban todos listos y solo quedaba esperar el eminente nacimiento del futuro condecito. Pero en eso salió el Conde con cara compungida y anunció que el parto se había complicado y que tanto su querida esposa como el esperado hijo habían muerto... Por ello pedía que por favor sus desconsolados súbitos lo dejaran solo durante una semana para guardar duelo. Y así hicieron todos ellos dejándolo solo y yéndose a vivir durante 7 días en las masías colindantes. Pero la supuesta complicación y muerte de su esposa e hijo eran mentira, en esos momentos su mujer reposaba tranquila en el lecho con el hermoso hijo entre sus brazos. El problema era que el niño había nacido con los brazo más cortos de lo habitual y el Conde culpó de ello a la madre y lo consideró una grave ofensa para su honor. Por ello cuando ya todos los súbitos se habían marchado se acerco a la madre que aun tenía el niño en brazos y empezó a golpearla brutalmente mientras la culpaba de la deformidad de su hijo. Cuando se canso de pegar a su esposa la tomo de los pelos y la arrastro junto con su hijo al calabozo del castillo, donde los encerró para que muriesen de dolor y hambre. Durante los tres primeros e interminables días se escucharon los llantos y suplicas del bebe y de la madre, transcurridos los cuales solo se oían los de la madre que lentamente se fueron apagando hasta que al sexto día reino el silencio. Mientras tanto el malvado Conde había cavado dos tumbas que había rellenado con ropa y, cuando transcurrida la semana, volvieron los habitantes del castillo se celebraron los oficios tomando las tumbas como verdaderas. El deseo de descendencia hizo que transcurrido el tiempo de luto preestablecido el conde rápidamente buscase otra nueva esposa, casándose esta vez con la hija de un noble del Vallès. Pero la suerte quiso que el nuevo recién nacido también naciera con una pequeña deformidad y el Conde volvió a repetir el mismo procedimiento de la vez anterior con la única diferencia que esta vez primero mato a su mujer a golpes y encerró durante un par de días al recién nacido que rápidamente murió de frío y hambre. Los remordimientos acosaban al Conde y este se refugiaba en el interior de la iglesia para rezar, no ya a Dios en el cual no confiaba sino al Diablo pidiéndole que le concediese una buena descendencia. Tanto rezo que en el preciso momento que dejaron de escucharse los llantos del bebe un frío viento hizo estremecer al Conde y al volverse vio una siniestra figura esperándole fuera de la iglesia. El Diablo le prometió el bebe deseado con la condición de que se casase con la primera mujer con la que se cruzase desde aquel momento. El conde desesperado y ciego por su deseo acepto sin pensárselo y cuando al cabo de un par de día empezaron a volver sus sirvientes se cruzo con una anciana que volvía para ocuparse de sus tareas en el interior del castillo. Respetando el pacto debería haberla tomado como esposa pero el Conde adujo que el diablo no podía pretender que un señor de su categoría se acostase con tal mujer y así se autoconvenció. La siguiente mujer con la que se cruzo fue una joven y sana campesina a la cual propuso inmediatamente matrimonio sin ni siquiera esperar a finalizar el duelo por su segunda mujer. La familia escandalizada le pidieron que mantuviese la calma y primero mantuviese el luto y luego buscase esposa. Pero el conde ya no escuchaba consejos y al día siguiente se celebró la boda con la bella campesina a la cual no asistieron más que los sirvientes y la familia de la campesina. Nueve meses más tarde la nueva esposa dio a luz pero no un bebe con los brazos un poco más cortos sino sin ellos y con una enorme cruz invertida gravada en el pecho. El Conde no pudo reprimir por más tiempo su locura y tomando el niño por las piernas se dirigió, en frente de todos su súbitos, a la ermita de Santa María y allí empezó a golpearlo contra las paredes de la iglesia donde había cerrado el pacto con el Diablo, hasta que el recién nacido no fue más que una masa uniforme de sangre, carne y huesos que llevo hasta el interior del calabozo y tiro junto con los descompuestos cuerpos de sus antiguas esposas e hijos, para luego clavarse el mismo su propia espada. Los sirvientes que recordaron haber escuchado llantos provenientes del castillo entendieron lo que había pasado y el miedo y el horror los empujo a abandonar la zona y desde aquellos días nadie nunca más ha vivido en el castillo por considerarse una zona maldita. Dicen que incluso desde las masías de la zona hay noches que el viento trae consigo el sonido de los desesperados llantos de las madres y de sus bebes. Quienes vivieron en el castillo decidieron olvidar su anterior nombre y se referían a el castillo como “Nen Amagat” (niño escondido en catalán) pero al revés “Tagamanen” nombre al que, con el tiempo, se añadió una “t” al final por cuestiones fonéticas, llegando a nuestros días como Tagamanent " Fuente original LlegendesCatalanes traducido e interpretado por @Kamali Pero la ermita no es lo único que recuerda la fragilidad del ser humano, si uno se fija, en la punta de la gran “terraza” rocosa (punto desde donde se disfrutan unas vistas preciosas, ver la 1era y 3a imagen del relato) mirando hacia abajo, si sufres de vértigo no te lo aconsejo, se ve una plaquita blanca con una florecita de plástico... Como desde lo alto solo se ve eso y ya he dicho que soy muy curiosa decidí bajar por las rocas, hay que estar en forma pero no es difícil, hasta llegar a un saliente bastante grande que quedaba poco más abajo de la plaquita mencionada y desde donde seguramente la colocaron. En la plaquita esta escrito: "La meva petjada per la vida a sigut com un floc de neu. (Mi huella por la vida a sido como un copo de nieve.) Maritxell A. B. 1974 – 1997" Prefiero no perderme imaginándome el cómo o el porqué de este triste mensaje, dejando a la joven almita de Maritxell disfrutar de las hermosas vistas y prometiéndome a mi misma que hay que aprender a amar la vida antes de que se funda como los suaves copitos de nieve. Nos relajamos unos minutos contemplando el paisaje y las ruinas de Tagamanent antes de despedirnos de tan maravilloso paraje y disponernos a bajar hasta Aiguafreda y su estación de trenes para volver a Barcelona. A diferencia con el itinerario seguido para ascender hasta lo alto del Tagamanent desde Figaró, que en su mayoría transcurre por una amplia pista forestal ahora descendemos tranquilamente por el pintoresco sendero que cubre parte del GR5 (GR = sendero de Gran Recorrido), la Ruta Verdaguer o V+ (Recorrido por lugares y caminos más significativos de la vida del poeta y cura Jacinto Verdaguer) y la ruta Matagalls a Montserrat (trazada en 1904 por Jaume Oliveres) El recorrido es realmente lindo no hay un rincón o nuevo tramo del camino que no admiremos. Una de las características del terreno que más nos llama la atención es que la tierra esta formada a capas que poco a poco, con el agua y el constante paso de los senderistas y las bicicletas de montaña se va desmoronando o exfoliando, creando curiosos desniveles que, visto desde una perspectiva de hormiga, pueden recordar a los paisajes del Gran Cañon o a enormes y finas laminas de chocolate Otro dato curioso es que a pesar de ser más sombreado, o al menos eso parece (hoy, como ya he dicho, el sol brilla por su ausencia), hay más árboles caídos o tirados por el fuerte viento que azota este lado de la montaña, otorgando al camino un toque más salvaje. En algunas ocasiones los troncos muertos y metamorfoseados en enormes arañas grises intentan invadir nuestro sendero, otros al romperse se fragmentan laminándose al igual que finas tiras de papel... Menos mal que a pesar de los fuertes vientos, incluso hoy lo escuchamos susurrar entre las ramas más altas, aun quedan enormes y ancianos pinos que con sus grandes raíces mantienen el terreno. La ruta es apta para todo tipo de senderistas aunque en ciertas ocasiones aquellos con más problemas físicos o de rodilla deberán ir más lentos y/o ayudarse con los bastones para no resbalar o cargar excesivamente las rodillas. El resto del recorrido no presenta ningún tipo de dificultad. Desde hace unos minutos la ruta ha dejado atrás el sendero y ahora caminamos por la pista forestal que pasa por delante de la masía en ruinas de Puig Agut. Antes de desviaros a la izquierda siguiendo la linea de alta tensión recordad mirar atrás, veréis en lo alto y a lo lejos la cima del Tagamanent. Por suerte al cabo de pocos metros las señales que encontramos nos invitan a dejar el camino que sigue la linea de alta tensión y a adentrarnos por un nuevo y pequeño desvío a la derecha. A poco que sale el sol el precioso camino se inunda de luz y color volviéndolo aún más hermoso. Durante toda el camino se entrecruzan varios senderos y pistas forestales por ello es muy importante, para evitar perderse y tener que volver atrás, seguir las indicaciones del GR ( 2 franjas paralelas la superior blanca y la inferior roja) que podéis encontrar en los hitos metales de color verde, pintadas en el tronco de un árbol o en una piedra del camino. Con muchas pausas y risas llegamos al fin a la carretera desde donde se ven las primeras casas de Aiguafreda. Pero justo cundo ya dábamos por terminada la ruta aparece de nuevo la señal vertical indicándonos que “debemos” seguir por un pequeño atajo que nos evita tener que caminar por la transitada pista Llegamos a Aiguafreda y decidimos tomar el siguiente tren a Barcelona y aprovechar esta horita que nos queda para dar una vuelta por el municipio. Las intenciones eran buenas pero en el momento en que “aterrizamos” en el centro del pueblo cae sobre nosotros todo el cansancio del día y nos vemos obligados a postergar nuestra visita, entrar en un pequeño supermercado para comprar dos Aquarius y un par de manzanas. Quizás sea porque cada vez tomamos menos refrescos, por ser tan ácidos y malos para el cuerpo, pero el caso es que el Aquarius lo único que logra es darnos más set e impulsarnos a buscar lo antes posible una fuente donde quitarnos el regusto de la bebida (qué antes tanto nos gustaba) y calmar nuestra set. Suerte que las manzanas están deliciosas. Cansados y contentos nos dirigimos a la estación de rodalies a esperar nuestro tren que nos llevara de vuelta a la bulliciosa Barcelona.
  8. Nos encontramos en la estación de Figaró, un pequeño pueblo anclado a los pies del Montseny, en provincia de Barcelona. Quizás os suene el nombre del municipio por haber leído alguna noticia de su admirable forma de gestión, que ha logrado ser un ejemplo real de democracia participativa y abierta, donde los habitantes de la pequeña localidad deciden a que destinar parte del presupuesto anual. Puede sonar a utopía pero es cierto y al parecer cada año funciona mejor. La participación ciudadana es activa, critica e independiente, por ello en algunas ocasiones las decisiones tomados no concuerdan con las del alcalde y este se ve orgullosamente "obligado" a acatar las decisiones de sus conciudadanos, como él mismo dice: Otro de los atractivos de Figaró, razón por la que ahora nos encontramos en la pequeña estación de Rodalies, son las rutas y senderos que recorren el municipio. Algunos de los más conocidos son: Itinerario del Congost, Las Fuentes del Municipio, Ruta dels Arbres de Vallcàrquera y el Itinerario a Tagamanet. Nosotros vamos a agrupar estas dos últimas rutas para luego decender por el GR-5 hasta Aiguafreda. Atravesamos el pequeño puente que cruza el río Congost y nos desviamos a la izquierda por la calle de Ribes. Pasamos por delante del Ayuntamiento, del hotel, algún que otro bar, panaderías y pequeños comercios hasta llegar al final del pueblo donde, después de cruzar el riachuelo de Vallcàrquera, encontramos el camino bien señalizado de la Ruta dels Arbres (árboles) de Vallcàrquera. Como bien indica el nombre de este sencillo itinerario, es ideal para organizar excursiones con niños y aprovechar la ocasión para aprender a conocer los árboles que caracterizan esta zona del Montseny leyendo el nombre de los mismos en los carteles que encontramos al pie de los árboles más característicos. Entre la flora del Vallcàrquera podemos encontrar castaños, avellanos, robles, pinos, encinas, chopos, fresnos, alisos, almeces, ciruelos, saúcos y otros árboles típicos de la vegetación ribera o bosque de galería de montaña. El camino esta muy bien señalizado, unicamente hay que seguir la dirección de las franjas blancas y amarillas (senderos de Pequeño Recorrido, PR) y tener cuidado de no continuar por el sendero señalizado con las dos franjas en cruz a pesar de que el camino erróneo resulte tan atractivo como en esta ocasión Al poco llegamos a la fuente de la Noguera Punxeguda, dejando rienda suelta a mi imaginación puedo entrever como antaño se reunían a descansar los ancianos apoyados en el murito de la fuente, manteniendo el bastón entre sus nudosas manos mientras escuchaban el suave gorjeo del agua y el trinar de los pájaros. Los pequeños saltos de agua y las numerosas pozas del riachuelo nos invitan a fotografiar y filmar cada nueva curva del camino. Las señales nos convidan a cruzar el Vallcàrquera, abandonando el precioso sendero que bordeaba el arroyo y a seguir por una pista asfaltada, por suerte poco transitada. Tras unos minutos caminando por la prácticamente anónima carretera llegamos a la Font del Molí o fuente del molino. El agua sale clara y fresca y aprovechamos para mojarnos la cara y eliminar así los últimos recuerdos de la ciudad. Tened en cuenta que es la última fuente del itinerario, la próxima se encuentra en el pequeño pueblo de Aiguafreda, al final del recorrido. La pista continua entre bonitas masías con jardines y campos. Uno de los huertos consigue, a través de su extravagante decoración, captar nuestra incrédula mirada... desconocemos el mensaje que ha querido transmitir el propietario del singular huerto pero sin duda es desconcertante. Dejamos atrás las extravagancias o quizás una suerte de mensaje reivindicativo en defensa de la libertad y, erróneamente, seguimos nuestra ruta. Digo erróneamente porque cuando llegamos a casa me doy cuenta que justo detrás de esta masía se encontraba la iglesia de Sant Pere de Vallcàrquera del siglo XVII. A medida que nos alejamos del curso del riachuelo la vegetación va cambiando y enormes arbustos de ginesta florecida invaden los costados de la carretera. Pocos metros más adelante hay un cruce donde tendríamos que haber tomado el desvió de la izquierda para abandonar la Ruta dels Arbres de Vallcàrquera y encaminarnos en dirección al Tagamanet pero en su lugar hemos seguido recto hasta llegar a la pequeña casita de Can Matamoros. Para retomar nuestra ruta decidimos recortar por un pequeño sendero que pasa entre campos cultivados y viñas hasta llegara a La Rectoría, una casa de colonias y actividades para niños. Poco después de la pendiente de la Rectoría inicia la pista forestal que sube hasta lo alto del Tagamanent (1055m). A partir de aquí el sol, que hasta ahora nos acompañaba a intervalos, se despide por completo esperemos que al menos no decida llover... Mientras ascendíamos el primer tramo del camino nos hemos cruzado con varios grupos de BTT, MTB o ciclomontañistas que bajaban a toda velocidad pasándoselo en grande Las vistas del Congost (desfiladero) de Figaró son preciosas e invitan a planear una futura excursión por la zona. Proseguimos nuestra marcha por la amplia pista forestal, el desnivel es considerable aunque no resulta ningún impedimento para la gran mayoría de senderistas de todas las edades que cada fin de semana visitan esta zona del Montseny. Si os fijáis en las dos últimas fotos percibiréis que a medida que vamos ascendiendo el color de la tierra se va tornando cada vez más rojosa resaltando aun más los colores de la primavera. Cuando uno camina despacio tiene el tiempo de ver los pequeños detalles que otros pasan por alto... Por eso no me suele gustar mucho practicar trekking en grupo, aunque en algunas ocasiones puede resultar divertido soy una persona demasiado curiosa para limitarme a seguir la marcha sin distraerme mirando a mi alrededor. Llevamos aproximadamente 40 minutos subiendo y en estos momentos agradecemos que el sol haya decidido no acompañarnos... Hemos alcanzado la altura de Can Coll un gran agriturismo abandonado que disfruta de unas inmejorables vistas pero que su tamaño lo deben de haber vuelto ingestionable... Como ya he comentado alguna vez, amo los senderos pequeños que me permiten mantener un contacto más estrecho con la naturaleza que me rodea, donde la anchura del mismo sea a medida humana y no de coche. Y a pesar de que esta pista forestal en concreto es bonita y su “mal estado” prácticamente no permite el paso de coches no acaba de enamorarme y me entretengo fotografiando las flores silvestres y sus bichitos Hemos llegado a un cruce de caminos y no tenemos muy claro por donde debemos continuar, suerte que a lo lejos ya se ve el campanario de nuestro destino, el camino de la izquierda desciende según las indicaciones a Tagamanent... consultando el pequeño mapa del Montseny (el gratuito no el topográfico) deducimos que realmente desciende a Tagamanent pueblo por lo cual queda descartado, aunque @Avani no lo tiene tan claro pues no estamos seguros a que altura del recorrido nos encontramos y en el mapa solo hay trazados dos caminos no tres... Pero bueno apostamos por abandonar el desvió a la izquierda y centrarnos en decidir si tomamos el camino de la derecha o el del centro. El de la derecha es seguramente el correcto, peeero el del centro es un senderito de lo más atractivo y tanto Avani como yo tenemos ganas de perdernos entre los árboles y alejarnos de lo preestablecido... Poco a poco el sendero se estrecha hasta llegar a una bifurcación donde un montículo de piedras nos indica que hay que seguir por la derecha, al parecer es realmente el camino correcto porque por seguridad hemos dado unos pasos por el otro desvió y este parecía que se perdía en un precioso prado que invitaba a hacer una pausa e incluso comer, lástima que @Avani a dicho que no, que comemos en lo alto del Tagamanent... En ciertos momentos el precioso camino es traicionero e invita a perderse, como por ejemplo cuando se llega a un encantador rincón donde enormes bloques de pizarra medio desprendida te hacen continuar por la izquierda en lugar de la derecha como hemos visto hacer a una familia que justo pesaba en ese momento por allí, curiosamente son los únicos senderistas que nos hemos topado a lo largo de esta bonita ruta alternativa. El caso es que nos encontrábamos en un dilema, retroceder y tomar el desvió justo o internarnos y probar suerte... exacto hemos seguido por nuestro casi imperceptible senderito hasta llegar a un murito de casi dos metros que nos cortaba el paso, no hay remedio hay que "escalarlo", buscamos el punto más bajo yyy para arriba Otros dos punto memorable del camino son las vistas que aparecen tras una de las subidas con más desnivel y en lo alto de la montañita cuando atraviesa un precioso bosque de jóvenes y retorcidos robles. Hemos llegado a los pies del Tagamanent y un frío e intenso viento nos da la bienvenida. Tras visitar rápidamente la torre en ruinas, y comprobar que no sirve para repararse del viento, decidimos que antes de ascender hasta la cima buscamos un refugio donde comer nuestros más que merecidos bocadillos. Esta vez he preparado unas buenísimas pitas rellenas de hamburguesitas de lentejas naranjas, sésamo, ensalada, tahini, tomates cherry y rúcula mmmm que buenas Solo queda quitarme los zapatos y disfrutar del contacto de la fresca hierba en "nuestro" pradecito. No os perdáis la continuación del relato donde hablo de la cima del Tagamanent y la vuelta a Aiguafreda por el precioso sendero GR 5:
  9. Es la primera vez que tomo la línea uno de Rodalies que costea el Maresme, como algunos ya sabéis soy nueva en BCN y me parece una bonita manera de descubrir el litoral. He leído varias opiniones en contra de este trayecto, por encontrase en primera linea de mar y estropear el paisaje, pero a su favor tengo que argumentar que gracias a él se ha frenado la construcción abusiva de edificios, hoteles y restaurantes en toda la costa de el ya hiper-urbanizado Maresme. Llegamos en poco más de 30 minutos, la niebla aun cubre gran parte del litoral pero el día promete ser bonito. Todo aquel que conozca un poco el Maresme, o haya mirado un mapa sabrá que el núcleo urbano de Cabrera de Mar se encuentra a 4km de la costa. Así que tras comprobar que los domingos no circulan los autobuses a Cabrera, seguimos las indicaciones de trafico y nuestra intuición, esperando no equivocarnos mucho. Por si acaso nos paramos a preguntar a una señora si la dirección era la correcta, nos comenta que vamos bien, tenemos que seguir la carretera siempre recto, pasar por debajo de la C32 y en la siguiente rotonda tomar el desvío hacia la izquierda. Efectivamente, poco después dejamos atrás las últimas casas de Vilassar de Mar y durante más diez minutos tenemos que seguir por el peligroso arcén de la B502, con el único aliciente que de lejos se ve el castillo. En la segunda rotonda abandonamos, aliviados, la transitada B502 y su smock, para desviarnos por la bien mantenida carretera de Cabrera. Hemos recuperado toda nuestro optimismo y buen humor, los cuidados campos y jardines, las hermosas villas en lo alto de las colinas, las bien mantenidas calles y la tranquilidad de sus habitantes es el bálsamo del ruido y el ajetreo de nuestro nuevo hogar. Al llegar a Cabrera el castillo está bien señalizado: en el primer cruce importante tenemos que torcer a la izquierda, por la misma calle del centro deportivo, y seguir todo recto hasta llegar al siguiente desvió donde, como indican las señales, hay que tomar la calle de la derecha. Si no habéis desayunado decentemente o os apetece un segundo y abundante desayuno, antes de llegar al segundo desvío os aconsejamos parar en el bar que hay enfrente del yacimiento de Mateu-Can Benet. Sirven unos estupendos platos de “faves a la catalana”, no aptas para vegetarianos habrá que pedir "faves amb torrades". Poco después dejamos atrás las últimas casas del pueblo y nos adentramos en el parque de la Serralada Litoral por un amplio camino de tierra. La pista forestal pasa cerca de caserones y viejas masías mientras sigue ascendiendo lentamente por la ladera de la montaña. En el primer tramo nos cruzamos con muchos lugareños que vienen a pasear el perro o hacer deporte, pero a medida que seguimos avanzando solo nos adelantan coches de familias con niños y de algunos maleducados que sienten demasiada pereza para venir andando o, al menos, reducir la marcha, prefieren llegar rápido, levantando polvo a su paso y perdiéndose los colores y perfumes de la primavera. No queríamos desviarnos de la ruta principal y hasta el momento hemos ignorado todos los posibles senderos alternativos. Pero nos acaban de adelantar dos coches yendo a tal velocidad que hemos tenido que esperar unos minutos antes de que se disipara todo el polvo que habían levantado. Mientras esperábamos hemos tomado la resolución de aventurarnos por el primer atajo que encontremos. Desafortunadamente el único caminito que vemos practicable se encuentra en la altura del parquin, después de allí la pista forestal esta cerrada por una cadena y todos prosiguen la marcha a pie, mejor dicho, los adultos andan los niños y perros ya han salido en estampida . Aprovechamos la confusión de niños, perros, padres y polvo para escabullirnos entre los matorrales siguiendo la pequeña senda. A pesar de no estar señalizado resulta muy fácil seguir el recorrido, el único punto donde hay que estar atento es en la primera encrucijada. Llegando desde el parquin, hay tres posibles caminos a seguir: el de la derecha desciende claramente en dirección Cabrera por lo cual queda lógicamente descartado, en un principio el más viable es el del extremo izquierdo pero se desvía demasiado de nuestra meta por lo tanto nosotros nos decidimos por el tercer sendero, el del centro, que cuesta un poco más de ver pero una vez localizado es muy sencillo de seguir. Al inicio el camino se abre paso entre pinos, alcornoques, arbustos de alterno, estepa blanca y lentisco pero cuando “cruzamos” a la ladera norte del Turró de Burriac la vegetación se vuelve más seca, gris y cerrada, dando prioridad a pequeños alcornoques de ramas bajas, brezos y sabinas. En algunos tramos el desnivel es muy pronunciado y, a pesar de que las raíces de los pinos y alcornoques son una óptima ayuda, no recomiendo practicar este sendero sin la agilidad y el calzado oportuno. Tras 20 minutos de ascensión llegamos a una explanada donde también confluye la pista forestal. Nos encontramos justo enfrente del camino que cubre el último tramo antes de llegar al castillo. En uno de los extremos, de la explanada, hay un pilar o monolito, que conmemora el quinto centenario (1480-1980) de las “Municipalitats de la Baronia del Maresme”, lo que más llama la atención de dicho monolito son las pequeñas piedras que hay en lo alto. En un principio me he imaginado que, en una suerte de tradición popular, la gente subía al pilar con cuerdas y dejaban, como demostración de la hazaña, una piedrecita en lo alto. Pero preguntando a algunos excursionistas de Argentona nos han contado que no hay que subir hay que tirar la piedra desde abajo e intentar que se mantenga en lo alto sin caerse. Explicado así suena fácil pero, teniendo en cuenta la cantidad de piedras que hay acumuladas, resulta difícil. Desde la explanada hay dos posibilidades: “trepar” por el estrecho y empinado sendero que corona el castillo por el oeste o caminar tranquilamente por la pista forestal que bordea el castillo por el este. Nosotros optamos por aventurarnos por el divertido camino que serpentea alegremente entre enormes rocas, madroños, enebro, pequeños alcornoques, estepa y ginesta. Pocos metros antes de llegar al castillo de Burriac decidimos pararnos en lo alto de dos enormes rocas mientras tranquilamente esperamos que vuelva a salir el sol, el cual desde ya hace tiempo se esconde detrás de enormes nubarrones. Es bonito sentarse al margen de la pendiente que llega al castillo y escuchar como van llegando los otros excursionistas, la mayoría de ellos exhaustos a causa de las últimas subiditas. Lo mejor son los niños, llegan orgullosos trepando con manos y pies, solo se paran para animar a sus padres que llegan cubriendo la retaguardia cargados con todo lo necesario para el picnic y algún que otro trofeo que han encontrado sus pequeños saltamontes. Cubrimos el último tramo y llegamos a la entrada principal del castillo, se entra por donde antiguamente se encontraban las cuadras y almacenes. Seguimos avanzando y nos encontramos con la cisterna y el primer cartel informativo, donde detalla un poco la historia del castillos sus diferentes estancias y las escalofriantes leyes de los señores feudales de aquella época: Las vistas son preciosas, uno puede quedarse embalsamado mirando el horizonte desde cualquier angulo del castillo. Subimos por las escaleras a la parte alta del castillo, dejando atrás la cisterna y las estupendas vistas de Mataró. Aquí, como abajo, los muros y paredes han sido reforzadas y tapadas con una capa de cemento, demasiado gruesa y lisa como para adaptarse al entrono, estropeando así la autenticidad del castillo. Si bien es cierto que muchos de los excursionistas usan las lisas y bajas murallas como bancos y mesas para sus picnics o para tomar el sol, hubiésemos preferido, teniendo en cuenta el entorno del castillo, un acabado menos impactante. La torre es la parte más importante de cualquier castillo y el de Cabrera de Mar no es la excepción. Según leemos en el cartel informativo se conoce con el nombre de “Torre de l'Homenatge", en ella se celebraba el Homenaje, ceremonia donde el vasallo juraba sumisión, lealtad, veneración y respeto al señor del castillo a cambio de un feudo (terreno concedido para su supervivencia). La torre también jugaba un papel importante en la defensa del castillo y en última instancia era el refugio más inexpugnable del castillo, por ello se construyeron los muros con rocas de 120 cm de ancho. Pasamos por debajo del viejo arco de piedra y bajamos al Bastión Sur del castillo. Este es seguramente uno de los mejores sitios para observar el Castell de Burriac. Nos despedimos del castillo por el camino "oficial", dejando atrás el sendero por el que habíamos subido. Tras rodear los muros de oeste bajamos por unas bonitas escaleras que bordean el Burriac hasta llegar a la amplia pista forestal. Queremos ir hasta el parquin y de allí tomar el camino que debería llevarnos a Cabrera. Para no volver por el mismo camino decidimos continuar por la pista forestal hasta el estacionamiento. A cierta altura nos llama la atención un pequeño desvió, nos adentramos, pero el atajo apenas dura unos pocos minutos. Los justos para emocionarnos por estar caminando bajo la sombra de los pinos Ahora puedo decir que es una suerte que el caminito durase tan poco, porque las vistas del castillo desde la pista forestal son inigualables. Siguiendo de nuevo un atajo hemos llegado al precioso pinar que hay en lo alto del parquin. Ahora toca adentrarnos por el camino que creemos nos llevará a Cabrera. Volvemos a nuestra encrucijada y torcemos por el sendero de la derecha, alejándonos del ruido de los coches y adentrándonos en un mundo de luces y sombras. El camino atraviesa primero una preciosa y estrecha galería formada con las ramas de los arboles más bajos. Al salir de dicha galería, de repente, el sendero se inunda de luz, y un intenso aroma de flores y pino nos hace olvidar la sombría senda que acabamos de atravesar. Siguen acompañándonos los pinos, madroños y pequeños alcornoques, pero ahora, junto con la estepa blanca y el romero crece también la lavanda y unos preciosos higos chumbos que nos sugieren llamar al camino "sendero de los cactus" Poco antes de llegar a Cabrera el sendero nos regala un último y precioso encuadramiento del castillo. Estamos muy contentos, la ruta es sin ninguna duda preciosa y hemos tenido muy buena suerte con todo el itinerario. Realmente recomendamos hacer el recorrido en este orden: subir hasta el parquin por la pista forestal, desviarse por el pequeño atajo hasta llegar a lo alto del castillo, bajar por la pista forestal y por último tomar el precioso "sendero de los cactus" hasta llegar a Cabrera.
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