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  1. Hola... estoy planificando mi itinerario... La idea es visitar Suiza llegando en el tren Bernina ya que es un paseo que en videos me ha parecido super impactante! La idea es recorrer durante unos días Milán y luego Suiza. Qué ciudades recomiendan de Suiza? Es verdad que tiene un costo de vida muy alto? La idea es armar un viaje de 20 días, también estoy analizando qué otras ciudades de Italia sumar. Escucho sus consejos!!!!!!
  2. From the album: Mónaco

  3. From the album: Mónaco

  4. From the album: Mónaco

  5. Hasta el año 2012 el punto más lejano que mis inquietos pies habían alguna vez pisado era la estrepitosa Guatemala, a donde ingresé sin pasaporte y sin documento alguno que me protegiera en el extranjero como ciudadano mexicano (bastante arriesgado para cualquiera ). Al finalizar aquel año daría el adiós a un grupo de inigualables amigos, que como una familia foránea, me habían acogido en la capital mexicana, y ahora partían de regreso a su lugar de origen. El más remoto de ellos, España, donde cuatro de mis compañeros habían sido patriados desde el primer momento en que vieron la luz. Mis deseos de volver a verlos me orillaron a buscar hasta la oportunidad más recóndita para partir en un viaje relámpago hacia la madre patria… y como una aguja en un pajar, esperaban por mí las becas de movilidad estudiantil, que recién habían firmado un nuevo convenio con la Universidad de Santiago de Compostela, en la punta gallega del país ibérico. Con algunas dudas sobre mis posibilidades de obtener la subvención, pero sin nada que me detuviera a solicitarla, pocas semanas pasaron para que me fuese informado que había sido uno de los afortunados seleccionados para partir a Europa a mediados del 2013, año en que se consumaría el primer gran viaje de mi vida Y con solo información nubosa sobre el destino que me esperaba, me vi inmerso en toda serie de trámites y eventos que me iniciaron en un ritual burocrático, que pronto se volvería rutina para un novato como yo procedimientos mismos del que todo viajero primerizo debe estar enterado. PREPARATIVOS PARA EL EXTRANJERO Desde la remota Edad Media eran utilizadas por las autoridades locales de los principados europeos pequeñas papeletas que permitían el pase por las puertas (o portes) de las ciudades. Es quizá la forma en que nacieron los famosos pasaportes, que aunque devotos de un mundo del que todos somos dueños, y en el cual merecemos libre tránsito, tras décadas de guerras y atentados es necesario un control de quién entra y sale de cada estado nación. Por ello, el pasaporte es nuestro primer paso en aras de salir del país. En algunos casos específicos no será necesario portarlo, pero ello solo se reducirá a los miembros del Espacio Schengen (Unión Europea, Suiza, Noruega e Islandia, con excepción de Irlanda y Reino Unido) y a los miembros del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Venezuela). Siempre que viajen dentro de los territorios del espacio común, bastará con mostrar su carné de identidad nacional. Para todos los demás, el pasaporte siempre nos será solicitado. Puede que el trámite o renovación de un pasaporte nos produzca algunos dolores de cabeza, con las citas anticipadas, los pagos al banco nacional y la recopilación de algunos documentos pero poseer este pequeño cuadernillo nos llenará de satisfacción, sobre todo al verlo repleto de rúbricas que marcarán nuestra entrada y salida a cada país de tal suerte que nos convertiremos en afanados coleccionistas de sellos. El pasaporte nos abrirá la puerta a la mayoría de los países del mundo, pero es aquí donde jugarán un papel importante las relaciones exteriores: depende del país en el que hayamos nacido tendremos la suerte o no de transitar fácilmente con solo este documento en mano Si no es el caso, tendremos que tramitar un visado para el país que nos recibirá. De esta forma, conforme a los acuerdos y relaciones que haya entre las naciones, éstos pedirán la posesión de una visa o no a los turistas que los visiten. Así, los latinoamericanos necesitaremos visa para ingresar a Estados Unidos, los gringos la portarán para ingresar a Rusia y prácticamente todos la necesitarán para visitar Corea del Norte Por ello, es importante informarnos desde antes si nuestro destino exige dicho trámite y acudir a su embajada local lo antes posible. La mayor parte de los países permiten a los visitantes en condición de turistas permanecer de 90 a 180 días dentro del territorio nacional (aunque puede variar mucho de un estado a otro). Solo se nos permitirá quedarnos más tiempo si poseemos alguna de las otras modalidades de visado internacional: visa de trabajo, visa diplomática, visa de matrimonio o, como en mi caso, visa de estudiante Un detalle importante a mencionar es que no compremos nuestro boleto de avión antes de recibir un visado pues las autoridades migratorias del país destino son quienes decidirán las fechas de vigencia del mismo, y no nos convendrá haber comprado un vuelo que llegue dos días antes de nuestra fecha de entrada permitida, ni diez días después de nuestra fecha de salida En dicho caso, se nos podrá negar el ingreso al país, o tendremos que pagar una multa por cada día extra (como desafortunadamente me pasó en Perú, donde debí pagar un dólar por cada uno de los 14 días que permanecí de más ). Con suerte, será suficiente para nosotros portar nuestro pasaporte y correspondiente visado para viajar por todo el mundo… pero cada país, libre y soberano, pondrá sus propios requisitos de ingreso, que además de pasaporte y visa, pueden incluir otros documentos como: reservas de hotel o cartas de invitación de ciudadanos locales, estados de cuentas de tarjetas de crédito o débito, cartillas de salud con ciertas vacunas obligatorias, boleto de transporte de salida del país y comprobante de un seguro médico de gastos mayores. Comúnmente podemos hallar este tipo de información en el sitio web del Ministerio de Asuntos Exteriores de cada estado. Y, por experiencia, debo decir que rara vez se nos solicitarán tales papeles. Pero es aquí donde el oficial de migración, comúnmente clasista, racista y soberbio, tendrá el libre albedrío de pedirnos o no los documentos, y será él quien tenga la última palabra Así que más nos vale ir preparados ante cualquier situación que se nos presente. Así nos sea o no exigido un seguro médico, será necesario ante cualquier caso de emergencia. Aunque la salud sea un derecho humano básico y universal, rara vez un país cubrirá los gastos de seguridad de una persona que no sea ciudadana local Y me tomo la molestia de hacer otra mención: si bien nuestros consulados estarán siempre ahí para abogar por nosotros fuera de nuestro país natal, ellos NO tienen la obligación de pagar por nuestros servicios médicos. Claro está que en algunos casos serán otros quienes puedan costear cualquier daño a nuestra persona, como los accidentes de transportes (en los que las compañías nos otorgarán un seguro de viajero) o en casos extremos donde el estado se vea involucrado. Existen muchas compañías de seguros, y vale la pena cotizar con cada una de ellas. Para darse una idea general, yo pagué cerca de 280 USD por un seguro con cobertura de 180 días. Dicho todo esto, con mi pasaporte, visa y seguro médico en mano, fue momento de buscar mi pase de abordaje BOLETOS DE AVIÓN La fastidiosa búsqueda por el mejor ticket de avión fue quizá el trabajo más arduo de toda la jornada sobre todo si tomamos en cuenta que casi siempre es el mayor gasto que tendremos en un viaje de esta naturaleza. Para aquel entonces nunca había tomado un vuelo, y la corta experiencia de mis familiares y amigos reducía mis posibilidades a muy pocas En un principio fue común pensar que las únicas aerolíneas que tendrían un vuelo México – España serían Aeroméxico e Iberia, y que en el resto de ellas, al verse obligadas a hacer escalas, el precio se elevaría mucho más. Pero para mi sorpresa, ambas compañías ofertaban vuelos excesivamente caros para la temporada en que yo debía arribar Los buscadores de internet no me auxiliaban mucho, al mostrarme los costos sin impuestos incluidos, que me ofrecía una idea errónea del precio total. Y si intentaba comprar alguno con la tarjeta de crédito de mi padre, dejaban a un lado la modalidad de pago a meses, y no hace falta hablar de los cuantiosos intereses Al final, descubrí que la mejor manera de adquirir los vuelos es cotizarlos desde las páginas oficiales de las aerolíneas siempre tratando de ser flexible con nuestras fechas. Si tenemos la totalidad del dinero en nuestra cuenta bancaria nos convendrá comprarlo en una sola exhibición, a menos que la compañía nos ofrezca una promoción de pagos sin intereses. Como no fue así mi caso, me vi obligado a recurrir a una agencia de viajes donde pudimos hallar una manera de pago favorable con una tarjeta de crédito departamental. Finalmente, la aerolínea elegida fue la prestigiosa Lufthansa, ya que al no poseer visa de tránsito estadounidense no podía hacer escala en ningún aeropuerto con American Airlines Por supuesto, toda agencia de viajes cobrará un precio extra por la gestión y expedición del boleto. Es mejor, desde luego, hacer la compra nosotros mismos. Para ello (como muy tarde lo supe) podemos usar las alarmas de los buscadores de vuelos, como skyscanner o despegar, quienes nos avisarán cuando salga un vuelo acomedido a nuestra fecha y presupuesto AEROPUERTOS No debe existir en el mundo un lugar más concurrido y agobiante que un aeropuerto internacional (aunque también quizá la bolsa de valores de Nueva York ). Una noche antes de mi partida recibí un correo electrónico de la compañía, pidiéndome realizar lo antes posible mi check-in, concepto que hasta entonces solo conocía en los hoteles Siendo éste último un requisito que se puede realizar en línea o de manera presencial en los kioscos del aeropuerto, vale la pena hacerlo con la mayor antelación posible (entre 72 y 24 horas antes, según la compañía). De todas formas, no pude cambiar mi asiento, que como todo mundo sabe, no son nada buenos cuando se encuentran en medio de una fila de tres No tener acceso al pasillo de forma directa es, sin duda, un gran inconveniente del que uno se da cuenta en un vuelo nocturno de más de 10 horas de duración Confirmado mi viaje, me preocupé por imprimir mi pase de abordar que, cabe decir, de nada nos sirve cuando necesitamos documentar una maleta en el mostrador de la aerolínea. Pero debemos tener cuidado. En todos nuestros viajes aéreos debemos verificar las políticas de la empresa, pues hay quienes extienden el pase de abordar en ventanilla de forma gratuita, y hay quienes lo hacen por un costo extra (y hasta una hora determinada). Así que nunca está de más imprimir nuestro boleto desde el momento del check-in en línea (o al menos, llevarlo en nuestro Smartphone o tablet). Llegar por primera vez al aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México fue como adentrarme en una telaraña gigantesca donde yo era el último eslabón de la cadena alimenticia, listo para ser devorado Una marabunta humana corría en todas direcciones de la desmedida terminal número 1 siempre cargando sobre sus hombros la inapelable presión del tiempo. Y acatando las órdenes de mi pase de abordaje, me vi en la entrada del aeródromo 3 horas antes de mi partida, que devendrían en una prolongada e innecesaria jornada de espera Tan cándido como todo principiante, busqué apresuradamente la ventanilla de Lufthansa, pensando en si el tiempo que me quedaba era suficiente para mi documentación. Después de una escrupulosa búsqueda advertí la extensa fila que se formaba tras la ventanilla de la aerolínea, tras lo cual mi desesperación podía más que mi paciencia Con dos o tres hojas de la reserva y el check-in en mis manos, el empleado del mostrador me miró como a un inocente cordero adentrándose en el matadero. Me sonrió y tomó las hojas; luego me dijo: esto no sirve de nada, no lo necesitas. Con tan solo mi número de pasaporte, buscó mi reserva y procedió a pesar mi maleta. En ese momento me sentía más dentro del avión que fuera, y el desasosiego entonces subió hasta las nubes Por tal conmoción, no pude analizar la siguiente frase que de la boca del hombrecillo salió: “Nuestro vuelo está sobrevendido. Estamos ofreciendo una compensación de 400 euros a los pasajeros que deseen quedarse en tierra una noche más, y quieran salir en el vuelo de mañana a la misma hora.” Un día antes había acordado con mi amiga Henar nuestro encuentro en el aeropuerto de Madrid, y no deseaba hacerla cambiar de planes. Por tanto, rápidamente rechacé la oferta. Con mi boleto en mano y mi mochila rumbo al portaequipaje, corrí a encontrarme con mis padres. Fue entonces cuando reaccioné ante la situación no había rechazado 400 pesos mexicanos ¡Había rechazado 400 euros gratis! ¡Por una noche menos en Madrid que nada más me costaba! Vaya lío, pensé Pero ya nada podía hacer Resignado a partir sin 400 euros más en la bolsa, mi siguiente paso fue hallar una casa de divisas para cambiar mis últimos pesos por algunos euros en efectivo. Y aquí es donde debo recomendar, siempre tratar de cambiar fuera del aeropuerto, pues dentro del mismo las monedas suelen casi siempre ser más caras a la venta Con más de dos horas por delante, me di cuenta de la exageración de ser tan preventivo, y de lo aburrido que puede ser llegar tres horas antes de un vuelo, cuando la puerta de abordaje cierra aproximadamente media hora antes del despegue. Paseándome entre los negocios de comida rápida y la muchedumbre fue como decidí matar el tiempo, hasta que mis padres decidieron partir de regreso al hotel. Entonces llegó el momento de la primera gran despedida cuando su retoño se aventuraba completamente solo a 9000 kilómetros de distancia. Entre bendiciones y caricias, me dirigí al control de seguridad, para ingresar por fin a la sala de espera. Es conveniente saber qué portar y qué no portar en los controles, sobre todo si contamos con una maleta de mano que viajará con nosotros a bordo de la cabina del avión. Líquidos en botes de más de 100 mililitros y fuera de bolsas de plástico están prohibidos !! Bebidas, alimentos, artículos inflamables, puntiagudos, gases, elementos corrosivos, alcoholes, todo ello está por demás prohibido. Lo mejor es ir preparado y evitarnos de pena de perder algo en manos de los guardias, quienes deliberadamente tirarán nuestras cosas a la basura Aunque cabe decir que algunos aeropuertos son menos estrictos. Pero ni hablar de los de Estados Unidos o Alemania, donde por ninguna súplica nos dejarán portar nada de lo acordado Tras casi desnudarme para pasar el escáner, cogí mi maleta y proseguí a la oficina de migración, donde me obsequiaron mi papeleta de salida del país. Después, no había más que esperar el momento del abordaje VUELOS Para mi suerte, mi primer vuelo sería en un gigantesco avión Boeing 747, que con tan solo verlo por fuera me hacía pensar en lo valientes que eran los pilotos al poner al aire tan monumental estructura artificial El control de abordaje suele ser bastante lento, sobre todo para vuelos internacionales tan demandados. Y como había decidido viajar con Lufthansa, la mejor aerolínea de Alemania, haríamos una escala en Fráncfort, ruta sumamente cotizada desde todos los puntos del planeta. Personajes de todas las edades y razas subían lentamente al interior de la nave. Buscaban sigilosamente su asiento, auxiliados por las hermosas azafatas de acento germánico Su perfecta adaptación políglota nos daba la bienvenida en tres idiomas diferentes, hasta que tomábamos nuestro asiento en los pasillos de clase turista. El aire acondicionado era perfecto para la época, lo cual me hizo arrepentirme rápidamente de la ostentosa vestimenta que había decidido portar aquel día, con dos suéteres al hombro que terminaron en el portaequipaje de cabina No hay nada mejor que viajar cómodos, con ropa holgada y suave que nos permita circular la sangre tras largas horas en la misma posición El rápido ascenso dejó a nuestros pies la inmensidad de la capital mexicana, de la que me despedía para no volverla a ver hasta dentro de seis largos meses Las 12 horas de vuelo que se venían encima me hacían preguntarme cómo sobreviviría a tan incómodo asiento No se trataba del cojín, ni de la atención al pasajero, sino del reducido espacio con que Boeing y Airbus diseñaban las sillas en la clase económica (que claro, por algo se llamaba económica). Verme atrapado entre dos pasajeros alemanes que se disponían a dormir toda la noche me decía al oído: no bebas más agua, no querrás pararte al baño… pero era simplemente inevitable Por fortuna, el hombre a mi derecha se mostró siempre tan amable, al dejarme salir en repetidas ocasiones, mismas en las cuales aprovechaba para estirar mis entumidas extremidades Una apetitosa cena, un saludable desayuno, aperitivos para mis películas y cero bebés en llanto hicieron de mi primer vuelo una mejor estadía de la que había imaginado. Y tras medio día en el aire por fin arribamos al increíble aeropuerto internacional Frankfurt am Main, uno de los más grandes de Europa y de los más transitados en el mundo Realizar una conexión en el aeropuerto de Fráncfort es una cosa de locos descender del avión, pasar por migración, enfrentar la entrevista del gendarme, buscar la línea de conexión, descubrir que tu vuelo parte de la otra terminal, hallar el aerotren que te llevará a la otra terminal, caminar largos pasillos, llegar al control de seguridad, enfrentar una extensa y lenta fila, enfrentar a la seguridad alemana… Debo aceptar que el aeropuerto es muy amigable con los pasajeros, poseedora de múltiples señalizaciones y policías bien informados. Pero la inmensidad del complejo y la cantidad de gente que transita es simplemente una demencia REENCUENTROS Y SUEÑOS CUMPLIDOS Al fin a bordo del segundo y último avión, viajamos pocas horas hasta el Aeropuerto de Barajas en Madrid Siguiendo mi instinto de burocracia, buscaba la oficina de migración para recibir mi sello de entrada al país; pero ahora conocía el funcionamiento de los bloques económicos: la Unión Europea funciona como un solo país en cuestiones de migración, por lo que solo se sella en el primer país de entrada. Seis meses después de mi promesa, hallé fuera del aeropuerto a mi amiga Henar, fumando un cigarrillo en espera de mi arribo. Un fuerte abrazo me dio la bienvenida a tierras ibéricas, donde pasaría mis próximos seis meses, repletos de aventuras inimaginables aguardando por mí Es así como comienzo los relatos de mis aventuras por el viejo continente...
  6. El frío mes de enero había llegado y las vacaciones habían terminado para la mayoría en España. Para mí también. Aunque para ser sinceros yo seguía en Madrid, sin tener una idea muy clara de qué es lo que haría hasta volver a Santiago de Compostela para hacer mis últimos exámenes semestrales a mediados del mes. Mi familia había regresado a México después de pasar dos semanas conmigo durante las navidades. E incapaz de pagar más noches en el hotel y en vista de los ocho días libres que me quedaban por delante, decidí usar el arma que como viajero siempre tenía guardada: Couchsurfing. En mi ardua búsqueda por los múltiples perfiles de couchsurfers en Madrid fue Agustín, un argentino del norte, quien aceptó mi solicitud y decidió alojarme por algunos días. Él, al igual que yo, hacía un semestre de estudios en España. Así que inicié el año 2014 mudando mis maletas del hotel a la casa de un desconocido. Un couchsurfer más que me llevaría a lo inesperado. Agustín vivía en el barrio de La Latina, al oeste de la ciudad, en un piso bastante cómodo junto con un español y una alemana. Y como yo, pasaba sus primeros días de enero relajándose en casa, pues no volvería a clases dentro de un corto tiempo. Pese a su considerada oferta de alojo en su casa yo no quería sentirme un parásito, viviendo una semana entera con él sin hacer nada de interés, pues ya había visitado la mayoría de las cosas en Madrid. Y como mi cuenta bancaria lucía casi vacía y debía guardar la mayoría para mi viaje final (que ya había planeado) creí que sería una buena idea aventurarme a hacer algo bastante nuevo para mí: viajar haciendo hitchhiking (pidiendo rides en la carretera). Deseaba explorar un poco más el sur de la península, y llegar de ser posible a las ciudades andaluzas de Córdoba y Sevilla, de las que todo mundo me había hablado maravillas. Cuando le dije esto a Agustín en él surgió un cierto interés. Tampoco tenía muchos planes y tampoco había conocido el sur. Y cuando supe que él era un hitchhiker experimentado en su natal país, no dudé en invitarlo a unirse a mi travesía. En los próximos días planeamos nuestro viaje juntos, tomando en cuenta dos cosas importantes que a ambos nos faltaban: una chaqueta invernal para él y una buena mochila para mí. Había conseguido una mochila de backpacker en México, pero era demasiado grande para unos cuantos días de viaje. Además resultó ser de mala calidad y se habían roto los tirantes. Fue entonces que decidí invertir en una buena maleta que resistiese las peripecias de un buen viajero. Por 40 euros una Boomerang de 40 litros en El Corte Inglés fue la mejor promoción. Y para Agustín una casaca que una amiga suya en Madrid le prestó lo protegería del invierno andaluz, que nos habían contado podía ser bastante crudo por las noches. Con todo listo partimos apenas pasado el Día de Reyes y apenas comenzado el año. Ahora Agustín y la carretera eran mis guías, a quienes había entregado mi confianza plena para que me llevasen hacia el sur gastando lo menos posible. Nuestra aventura comenzó en Getafe, al sur de la ciudad de Madrid, lugar que habíamos leído era el mejor para coger un ride. Pero la carretera era demasiado amplia, había un distribuidor vial, mucho tráfico y poca esperanza de que alguien parase. Como viejo hitchhiker, Agustín supo que debíamos movernos, y caminamos hacia una calle contigua a la autopista, un poco escondida y donde nos posamos frente a una tienda de autoservicio. En pocos minutos un hombre paró, y nos dijo que ese no era lugar para conseguir un aventón. Nos dejó subir al auto y nos ofreció dejarnos en la próxima gasolinera, donde podríamos conseguir algo mucho más fácil. Avanzamos apenas unos pocos kilómetros sobre la carretera nacional A-42, que llevaba hacia Toledo y luego hacia Andalucía. El hombre nos dejó en la estación de gas y siguió su camino. Él iba apenas un pueblo más adelante y no tenía sentido que nos llevase hasta allí. Así que tomamos nuestras mochilas y todo nuestro entusiasmo para levantar el dedo a cada auto que pasaba. Creímos que sería mejor si la gente sabía a dónde queríamos ir. Así que cogimos un pedazo de cartón y escribimos con un marcador y en letras grandes “Córdoba”. Con suerte mucha gente regresaría de sus vacaciones con dicha dirección. En menos de media hora apareció una patrulla. En seguida el policía que la conducía se orilló frente a nosotros y nos llamó. No había de qué preocuparse, no iríamos a la cárcel. Pero nos dijo que “hacer dedo” estaba prohibido en España. Y no se multaba a quien pedía el aventón, sino a la persona que recoge. Así que nos invitaron a caminar hacia la gasolinera y pedir individualmente de coche en coche si nos podían llevar. Pero no junto a la carretera. No donde pudiésemos distraer a los conductores. Eso nos decepcionó bastante y bajó nuestros ánimos hasta el suelo. ¿Cómo se supone que haríamos dedo sin estar en la carretera? Si no queríamos ser arrestados no teníamos más opción que acatar las órdenes del oficial. Desanimados, volvimos a la estación de gas y nos paramos justo en la entrada/salida, donde todos los conductores podían vernos con nuestro letrero. Uno tras otro pasaban y a nadie parecía causar alguna sensación nuestra rara presencia. Ahora entendía lo que era ser ignorado. Era mi primera vez haciendo dedo y estaba descubriendo el verdadero significado de “paciencia”. Agustín parecía estar más tranquilo. Su experiencia en viajes le había enseñado varias duras lecciones. Pero aceptó que en Argentina había sido más fácil ser recogido. Eso me preocupaba aún más. Decidimos probar suerte preguntando directamente a los conductores, como nos lo había sugerido el policía. Para ello debíamos poner nuestra mejor cara, una buena sonrisa y entonces abordar a la gente. Tarea dura. Y ante la cual también fracasamos. Teníamos algo de comida en la maleta, pero mi hambre era voraz. Y combatiendo a todos mis males que me detenían ante gastar dinero, me dirigí hambriento al Burger King de enfrente y compré una hamburguesa de un euro. No era lo mejor, pero era barata y llenó mi estómago por un momento. Habían pasado más de tres horas desde que estábamos en la estación. Y más de cinco horas desde que salimos de Madrid. Nunca creí que coger un ride fuera tan difícil. Agustín quiso intentar con uno de los camioneros que conducía un enorme tráiler. “Normalmente ellos viajan solos y no les cae mal algo de compañía”, dijo. Tenía lógica, y no teníamos nada que perder. El hombre era pequeño, de un metro sesenta quizá. Moreno, barrigón, una cachucha en la cabeza, una coca cola en la mano. Era la típica imagen de un trailero. Cuando nos acercamos él sabía lo que buscábamos. Y desde pronto nos advirtió que solo podía llevar a uno de nosotros. “Me detienen si descubren que llevo más de un pasajero. Lo siento chavales”. Por un momento pensé en ofrecerme a ir con él y dejar que Agustín probase suerte con algún otro camionero. Estaba desesperado y nadie parecía estar interesado en llevarnos. No teníamos tienda de campaña y no podíamos acampar allí, ni pretendíamos pagar un hotel en la carretera si se hacía de noche. Pero habíamos iniciado esto juntos y así debíamos llegar a nuestro destino. Dividirnos no era una buena opción. El camionero nos invitó a fumar un porro detrás de unos almacenes. Estaba actuando demasiado extraño, para mí. Pero no para Agus. Él sabía cómo eran los camioneros, y sabía que había que seguirles el juego para ser llevados. Así que fuimos con él, más ninguno de los dos tocó el porro de marihuana. De hecho, Agustín sabía el riesgo que corríamos si cargábamos con marihuana por la carretera haciendo dedo. Sobre todo en un país como España. Por ello, él dejó toda su mercancía en casa y yo, bueno, yo no soy precisamente fan de la marihuana. Finalmente el camionero se fue, y no aceptó llevarnos a ambos. Y más decepcionado que antes volví a la gasolinera y me senté frente a mi mochila con el letrero en mano, que ahora decía solo “Andalucía”. Ante mi cara larga, cansado y aún con hambre, un hombre de unos 35 años se me acercó y me dijo: “Os he visto desde que llegué a comer al restaurante. Pensé que ya habían cogido un aventón. Yo voy a Granada, si les sirve de algo”. Mi cara se iluminó. A alguien le importábamos. Alguien considerado y solidario quería ayudarnos. Era lo mejor que me había pasado en mucho tiempo. Todo ello pensé en pocos segundos antes de soltar de mi boca un: “¡claro, nos sirve de mucho! ¡aceptamos!”. Corrí a buscar a Agus, quien aún probaba suerte con quienes ponían gasolina en sus coches. Grité: “¡deja eso, que ya tenemos ride!”. Nos apresuramos y alcanzamos al chico en su auto, de quien lamentablemente no recuerdo su nombre. Solo sé que estaba casado con una chica inglesa y que él, en su no lejana juventud, también había viajado a dedo por España e Inglaterra. Ahora entendía el porqué se había solidarizado con nosotros. Ahora nos dirigíamos a Granada. Una vez más me dirigía a la perla de Andalucía, a la antigua capital nazarí en la que dos meses antes había vivido una de mis mejores fiestas junto a mi amiga Henar y Alex. ¡Pero qué importaba! Podíamos intentar ir a Córdoba después. Al menos teníamos transporte y un destino seguro. Desde un día antes habíamos enviado solicitudes de Couchsurfing a varios perfiles en Córdoba. Ahora, lo primero que hice al subirme al auto, fue enviar muchas otras solicitudes a los perfiles de Granada. Con suerte alguien nos acogería aquella fría noche. Pasamos unas tres horas en el viaje hablando con nuestro nuevo amigo y escuchando sus viejas aventuras en Jaén e Inglaterra. Cuando nos preguntó si teníamos ya un lugar dónde dormir yo esperaba fervientemente que él nos ofreciese un pequeño rincón en su casa. Pero no podíamos pedirle más. Y ahora todo dependía de los couchsurfers. Llegamos a Granada cerca de las 7 pm. El chico nos dejó cerca del centro de la ciudad, junto a un centro comercial. Dimos las gracias y lo vimos partir. Ahora estábamos nuevamente solos. Y sin respuesta de ningún couch, nos dispusimos a caminar y buscar algún sitio para dormir. La noche era fría y dormir en un parque no era una buena alternativa. Yo ya había estado en Granada y conocía las calles del centro. Aunque la vez pasada me había alojado en el apartamento del primo de Henar. Y sin otra alternativa, decidí buscar un hostal en Hostelworld y dirigirme al lugar con el precio más bajo. Mientras tanto, nos topamos con un mochilero en la calle principal que parecía algo perdido. Su nombre era Keiran, un neozelandés de origen iraní que estaba en España para trabajar como voluntario en una granja de la Sierra Nevada. Le hablé en inglés y le dije que estábamos buscando un hostal. Él respondió que debía hacer lo mismo y decidimos buscar uno juntos. Caminamos hacia la parte norte de la catedral, donde un hostal ofrecía una noche por 8 euros. Era un precio imposible, pero era temporada baja y era Granada, la ciudad (casi) más barata de España. Aceptamos sin dudar y tomamos una cama en una habitación compartida por dos noches. Así podríamos disfrutar de la ciudad sin tantas prisas. Agotado, pero feliz de haber logrado mi primer viaje a dedo, invité a los chicos a comer unas tapas en uno de los mejores bares en los que había estado en la ciudad, junto a la Gran Vía, donde por 2.5 euros recibimos una cañita (cerveza), un bagel, ensalada de pasta y papas fritas. Al día siguiente quise mostrarles un poco de lo que bueno que tiene Granada, y de lo que yo había podido disfrutar dos meses atrás. En el hostal conocimos a otros dos argentinos. Uno de ellos era Nacho, quien también había estudiado un semestre en Madrid y ahora estaba de vacaciones. Los cinco entonces decidimos dar un paseo por la ciudad, comenzando por la imponente catedral, donde están las reliquias de los Reyes católicos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. A sus pies me abordó una gitana, quien no dudó en tomarme de la mano y empezar a “leer mi futuro”, sin que yo se lo hubiese pedido. La mujer habló tan rápido que pocas fueron las palabras que entendí. Pero al final pude entender perfectamente su mensaje: “algunos euros para ayudarme”. No tenía casi dinero. Tenía que comer y sobrevivir unos días más antes de llegar a Santiago. Así que le dije sutilmente que no. Después de ello su semblante cambió. Su rostro lucía enojado y comenzó a hablar en un idioma extraño. Yo me alejé rápidamente, un poco atemorizado, para ser honesto. Ahora veía por qué la mayoría de la gente huía de ellos. En vista de que ninguno de los argentinos ni Keiran quería pagar la entrada a la Alhambra, la mejor atracción de Granada, decidí llevarlos al Albaicín para recorrer sus callejuelas de estilo árabe hasta llegar a las antiguas casas de los gitanos en el Sacromonte. En una de ellas pudimos entrar para admirar las pinturas de uno de los artistas que vivió allí hace varios años. Y aprovechamos su patio exterior para tomar un descanso y para que los argentinos me enseñasen el arte del mate. Como buenos argentinos, los tres cargaban su mate con hierba y un termo con agua caliente para beberlo cuando les diese la gana. Y el mejor momento era allí, sentados en círculo en el maravilloso barrio gitano de Granada. Después los llevé hasta el mirador del Sacromonte, donde tuvimos una vista espectacular de la Alhambra con la Sierra Nevada a sus espaldas. Es increíble cómo Granada, a tan solo unos kilómetros de la playa, es el único lugar en España del sur donde se puede hacer esquí en el invierno. Y para completar aún más la postal, un par de músicos tocaban y cantaban flamenco sentados frente al imponente palacio nazarí, a quienes no dudé en comprarles uno de sus CDs. Sin duda, volver a Granada era algo que no me molestaba en lo más absoluto. Y fue el momento para aceptar que Granada es mi ciudad favorita en España. Una ciudad a la que podría volver a cada instante. Bajamos del Sacromonte y el grupo se separó. Algunos volvieron al hostal y Agustín y yo seguimos caminando por el Albaicín, conociendo sus hermosas casas por dentro y por fuera. Terminamos nuestro tour en el Callejón de los Tristes, al pie de la Alhambra, de donde volvimos al hostal a comer y descansar un poco para el próximo día, en que nos aventuraríamos nuevamente para coger un ride, esta vez más al oeste, hasta la ciudad de Sevilla.
  7. Hacía apenas ocho días que había comenzado el año y yo despertaba bajo una litera en un hostal de bajo costo en la antigua ciudad de Granada. En la cama de al lado dormía Agustín, el argentino que me había hospedado en Madrid y con el que por azar había terminado haciendo un viaje por Andalucía. Y más allá de su risueña personalidad, era su experiencia como hitchhiker lo que me hacía depender de él para seguir con mi aventura. Aquella mañana me desperté muy temprano y levanté a Agustín para dejar el hostal. Cogimos nuestras mochilas y ni siquiera nos despedimos de Nacho y Keiran, el argentino y neozelandés con los que habíamos recorrido la ciudad el día anterior, a quienes no quisimos despertar de su profundo sueño. Agustín llevaba lista la información que había encontrado en hitchwiki.org, la página web que fungía como una de las mejores guías de hitchhikers en el mundo. Debido a nuestro corto presupuesto y nuestro tiempo libre, viajar de aventón seguía siendo la mejor opción. Así, tomamos un bus en la Gran Vía de Granada y descendimos en la última parada, muy cerca de la intersección con la carretera nacional A-92. Nuestro objetivo era llegar a Sevilla, a 250 km al oeste. De entrada, sabíamos ya muy bien que hacer dedo en España estaba prohibido. “Distraen a los conductores” nos dijeron los policías la vez pasada. Así que debíamos encontrar un sitio discreto y funcional. Una tienda de autoservicio con una estación de gas cerca de una zona industrial fue la elección tras la cual no tendríamos que caminar mucho y perder más tiempo, como nos pasó en Madrid. Al menos eran apenas las 8:30 am y empezamos casi cuatro horas más temprano que nuestra vez anterior al sur de la capital española. Esperábamos tener más suerte y ser levantados lo más pronto posible. No queríamos esperar más de una hora. Cuando empezaba a desesperarme un poco la meta se cumplió, y un coche se estacionó. El conductor era un señor de unos 45 años que usaba una gorra blanca y lentes oscuros. Quizá no era la persona que denotaba más confianza en el mundo, pero aceptamos el ride. Esta vez no habíamos usado aún nuestro letrero, esperando que nos pudieran llevar lo más cerca de Sevilla. Y así sería. Dijimos al hombre que queríamos llegar hasta Sevilla, pero que cualquier lugar en la carretera A-92 nos sería bastante útil. A ello nos propuso dejarnos unos 50 km más adelante, pues después se desviaría a su pueblo. La travesía comenzó. Agustín se sentó adelante y yo en el asiento trasero. El clima era bastante bueno, con un cielo despejado y un quemante sol. Pero se sentía algo de frío y el viento entrando por las ventanas bajaba la temperatura al interior. El hombre manejaba bastante rápido. No dudé ni un minuto en usar el cinturón. Su forma de hablar era extremadamente rápida. Y si a ello sumamos su fuerte acento granadino una plática con él era un reto imposible. Antes de que Agustín y yo pudiésemos decir una sola palabra, él comenzó a contar su historia como candidato a un puesto popular en Granada. Nos contó sobre su campaña, sobre las relaciones políticas, sobre sus viajes y sobre ‘sus chicas’. Sí, sus chicas. Agustín volteó a verme con una cara de intriga. Yo tenía la misma expresión. Sabíamos que debíamos seguirle la corriente. Pero era difícil de creer que un hombre como él pudiera haber hecho las ‘cosas’ que nos dijo con tantas bellas mujeres. Realmente no queríamos escuchar más. Antes de que pudiésemos cambiar el tema llegamos a una bifurcación en la que dobló rápidamente y descendió por un pequeño pueblo. Agustín y yo preguntamos si podíamos quedarnos en la carretera. “Aquí será mejor”, nos dijo. “Pasan muchos camioneros y gente que los puede recoger”. Queríamos que parara lo más pronto posible; pero nos llevó hasta la calle principal de aquel poblado. No tuvimos opción. Bajamos del auto y le dimos las gracias, a lo que él contestó con un simple “¡suerte!”. Rápidamente abrí Google Maps para saber nuestra ubicación exacta. Por suerte, el hombre no había mentido, y estábamos en el camino hacia Sevilla, en un pueblo llamado Loja. Pero estar dentro de aquella villa no nos servía de mucho. No era verdad que pasaban camiones. De hecho, casi ningún coche transitaba. Según mi mapa, debíamos caminar hacia la salida del pueblo nuevamente para alcanzar la carretera A-92. En vista de la pendiente por la que bajamos en el auto decidimos probar por el otro lado. Así que empezamos a andar con nuestras mochilas al hombro. Intentamos parar a los coches que pasaban, pero ninguno se detenía. Teníamos algunas frutas y cereales en las bolsas que decidimos comer para tener fuerzas. Las calles del pueblo comenzaron a inclinarse, y de pronto nos vimos en una dura cuesta que parecía cada vez más lejos de una verdadera autopista. Pueblo de Loja Seguramente muchos habitantes se preguntaban qué hacían dos chicos como nosotros perdidos en aquel remoto sitio. Nosotros tampoco lo sabíamos. La tranquilidad y lejanía lo hacían lucir desde algunos puntos como un pueblo fantasma, del que no queríamos más que salir. Después de casi cuarenta minutos a pie, por fin encontramos una salida a la carretera, donde los coches pasaban a toda velocidad. Aquella zona era bastante estrecha y no teníamos mucho sitio donde pararnos para hacer dedo. Así que nos mantuvimos detrás de las vallas metálicas levantando el brazo a todo conductor. En menos de dos minutos un chico joven se detuvo y nos dijo: “¡suban rápido!”. “No pueden pedir aventón aquí, ¿lo sabían?”. “Sí”, contestamos. Claro que lo sabíamos, pero no teníamos muchas opciones. Aquel hombre nos había dejado en medio de ese pueblo y era nuestra única salida. El chico condujo unos cuantos kilómetros adelante y nos dejó en una zona mucho más tranquila, con menos tráfico y más espacio a los lados. Él no iba hacia Sevilla, así que nos dejó a nuestra suerte, de vuelta en la A-92. Dimos las gracias y nos preparamos nuevamente para comenzar. Habíamos avanzado 50 km en casi tres horas; pero aún era temprano y podíamos alcanzar nuestro objetivo. Con nuestra mejor sonrisa y entusiasmo volvimos a convertirnos en los locos de la carretera, deseando no toparnos con un policía. Pero esta vez todo parecía diferente. Casi no pasaban coches y no escuchábamos un solo ruido a kilómetros de distancia. Eso nos asustaba un poco. ¿Sería posible conseguir un ride en esas condiciones? Seguimos intentando con cada escaso coche que pasaba frente a nosotros. Era extraño que siguiendo en la A-92 el tráfico hubiese disminuido tan de repente. Quizá todos habían virado hacia los pueblos granadinos. Otra vez mi cabeza empezó a doler. Ahora solo dependía de mi botella de agua y mi comida embolsada. En ese sitio no había un Burger King, una tienda, un baño… no había nada. Esperando un ride en la A-92 Agustín nunca perdió el entusiasmo. Estaba ya acostumbrado y solo se reía de mí, a lo que yo replicaba enojado: “¡¿por qué nadie nos recoge?!”. Pero no era obligación de nadie. Era mi culpa estar allí parado en medio de la nada. Así que no tenía derecho a enojarme. Ni con los conductores, ni con Agus ni con nadie. Solo conmigo. Tras una hora y media de espera un auto se detuvo unos metros más adelante. Ambos cogimos las mochilas y corrimos hacia él. Del coche bajaron dos altos, rubios y musculosos hombres, que pronto nos dijeron con un extraño acento: “vamos a Córdoba, ¿les sirve?”. Agus y yo nos miramos y asentamos con la cabeza. Deseábamos mucho llegar a Sevilla; pero habíamos esperado ya mucho tiempo en la autopista, y no pensábamos aguardar hasta que cayera la noche. “Córdoba está bien” dijimos con resignación. Los hombres abrieron la cajuela para meter nuestras mochilas, no sin antes preguntar: “¿no tienen drogas?”. Contestamos con un rotundo “no”. “¿Seguros?”, insistieron. “No usamos drogas”, replicamos tranquilamente. Entramos todos al coche y Agus y yo nos miramos nuevamente. Parecía que todas las personas que nos recogían resultaban ser algo extrañas. “¿Seguros que no tienen drogas?”, volvieron a preguntar. “Porque si tienen drogas van a arrestar al conductor y no a ustedes”. Esta vez reímos de una manera incómoda, pero seguimos firmes antes la verdad. No teníamos drogas. Los dos hombres resultaron ser de nacionalidad rumana y formaban parte del ejército. Ahora todo tenía sentido. En unos cuantos minutos ambos empezaron a hablar en rumano, y Agus y yo no sabíamos qué pensar. Confiamos ciegamente en ellos como lo habíamos hecho con el resto de las personas. Cuando uno viaja a veces no hay otra opción que ser optimista y creer que “los buenos somos más”. Mi dolor de cabeza no había desaparecido aún, y cuando entramos de lleno a la carretera no pude evitar recostarme sobre el asiento y dormir. Agustín intentó mantenerme despierto, pero no funcionó, y como muy mal compañero de viaje lo dejé hablando solo con los extraños rumanos. Un zarandeo en mi hombro me despertó una hora después para saber que habíamos ya llegado a Córdoba. Bajamos del auto y dimos las gracias otra vez, agradeciendo no haber sido víctimas de un par de rumanos asesinos, como quizá lo habíamos imaginado muy dentro de nosotros. Aunque no había eliminado el viaje a Córdoba que había publicado en Couchsurfing dos días antes, ninguna persona nos había invitado o había aceptado nuestra solicitud de alojo, lo que quería decir que, nuevamente, debíamos buscar un hostal para dormir. Caminamos hacia el centro de la ciudad mientras yo buscaba un albergue barato en Hostelworld. Para nuestra sorpresa el mismo hostal en el que nos quedamos en Granada tenía una sucursal en Córdoba con el mismo precio por noche (solo 8 euros). No dudamos en dirigirnos hacia él para dejar nuestras maletas y descansar. Cuando llegamos nos topamos con que Nacho, el argentino que conocimos en Granada, ahora estaba en el hostal de Córdoba. Él había sido menos aventurero que nosotros, y había pagado un Blablacar para llegar a la ciudad. Hicimos nuestro check-in y subimos a la habitación, donde decidí tomar una verdadera siesta para reponerme del estrés, del cual Agustín solo se seguía riendo. “Pobre novato” debió pensar seguramente. Por la noche comimos juntos la cena y planeamos un poco nuestra visita a Córdoba al siguiente día. Aunque nuestra meta inicial fue Sevilla, la suerte nos llevó hasta una de las ciudades más importantes e históricas de Europa, de la que poco sabíamos entonces. En cuanto comenzamos a caminar por la Judería de la ciudad, con sus estrechas y coloridas calles, supimos el milenario mestizaje que la ciudad había vivido desde tiempos antiguos. Pero realmente antiguos. Córdoba fue la capital de Hispania durante la República Romana y la provincia Bética durante el Imperio. Desde entonces su brillo ha sido incandescente en toda la península y todo el continente europeo. Y ello denota la vejez de sus calles que han estado habitadas desde hace más de dos mil años. Por tanto, los judíos no fueron los únicos que habitaron dentro de sus muros y que dejaron vestigios para la posteridad. Los romanos, como es costumbre a lo largo de todo su antiguo imperio, no pudieron quedarse atrás. Así llegamos sorprendidos a las ruinas del templo romano. Tal y como el gran acueducto romano de Segovia, este templo se dice que data del siglo I d.C. Es decir, tiene ya dos mil años en pie. Si bien las interpretaciones de sus increíbles construcciones de mármol y su ubicación han sido múltiples, la más aceptada es que era un templo de culto imperial. Es decir, para adorar a los emperadores divinizados. Más adelante llegamos a la famosa Plaza Mayor de Córdoba, una de las tantas en toda España. El concepto de Plaza Mayor, que muy poco se ve en Latinoamérica, nace del deseo de los Reyes Católicos de formar plazas de enorme espacio interior para poder realizar el mercado y en la cual debe estar emplazado el Ayuntamiento. Como es costumbre hoy en el país, la Plaza Mayor de Córdoba se ve orillada por multitud de tiendas y restaurantes que ofrecen a los turistas una típica comida española, con tapas y un café con leche. Además de ella, en Córdoba son muy famosos los patios interiores, que hoy son declarados Patrimonio de la Humanidad, al igual que el resto del centro histórico de la ciudad. Debido al clima caluroso de la ciudad, desde los romanos y los musulmanes que se establecieron aquí decidieron diseñar las casas con patios en su interior para aumentar la entrada de aire a los hogares. Hoy existe, incluso, un concurso de patios en el que los propietarios de las casas decoran sus patios al principio del mes de mayo para conseguir el mayor prestigio. Al extremo norte de la ciudad nos topamos con una de las antiguas puertas de entrada de la ciudad que formaban parte de la muralla. Hoy es solo un vestigio del esplendor de Córdoba. Si bien estábamos en pleno invierno, las callejuelas de la ciudad tenían mucha más vida que el resto de las frías urbes de Europa. Los célebres naranjos y las macetas decoraban cada acera y daban a Córdoba un vivaz tono veraniego. Justo antes de llegar al río que cruza el centro histórico nos detuvimos para admirar el Alcázar de los Reyes Cristianos, una de las joyas de la ciudad. El alcázar representa tres etapas de construcción. Primero fue la residencia del emperador romano; durante la invasión de los moros fungió como un alcázar andalusí; y tras la conquista de Córdoba por los reinos cristianos peninsulares pasó a ser un alcázar de defensa militar mandado a construir por el Rey Alfonso XI de Castilla. Esto deja entrever la importancia que ha tenido Córdoba a lo largo de la historia. Los historiadores y cronistas dicen que Córdoba fue la ciudad con mayor esplendor, influencia cultural y la más poblada durante el siglo X d.C., con más de un millón de habitantes. En aquella época la tasa de alfabetización de niños y niñas era muy alta en comparación con la del resto del mundo. Su universidad y biblioteca pública eran de las más grandes y reconocidas en el continente. Las ricas mujeres francesas solían mandar a confeccionar sus elegantes vestimentas a Córdoba. La ciudad contaba con un sistema de agua con acueductos, baños púbicos y jardines. Los moros instalaron también una serie de molinos sobre el río Guadalquivir para poder moler el trigo con la fuerza de la corriente. Pero la época dorada de Córdoba no se puede entender de mejor manera que visitando su mayor monumento arquitectónico y cultural: la mezquita-catedral de Córdoba. No se puede entender la historia de España sin entender la mezcla de cultural que el país sufrió durante siglos. Romanos, judíos, musulmanes, reinos cristianos… La península casi entera estuvo ocupada por los musulmanes durante más de 700 años, quienes instauraron un Emirato independiente y posteriormente un Califato. En ambos casos, Córdoba fue su capital. Y a pesar de los esfuerzos por parte de los reinos católicos por expulsar todo rastro del islam de España, su influencia y vestigios serían imposibles de esquivar, habiendo dejado su cultura en la lengua castellana, el arte, la genética, la gastronomía y, por supuesto, la arquitectura. La antigua mezquita de la ciudad fue la más grande del mundo después de La Meca. De hecho, fu construida sobre una basílica visigoda que ya existía y funcionaba desde el siglo V. Pero tras la reconquista hispánica la diócesis católica la convirtió rápidamente en una catedral. Sin embargo, y para el bien de nosotros, no mandaron a destruir ninguno de sus muros, sino que adaptaron la construcción con los elementos cristianos necesarios: un campanario, un altar, un coro y una capilla mayor. Entré con Agustín y Nacho al llamado Patio de los Naranjos, desde donde se tiene una buena vista de la torre del campanario. Como ya me venía acostumbrando en España, había que pagar 8 euros para poder conocer la mezquita-catedral por dentro. A mí me parecía lo más absurdo del mundo tener que pagar por ver una iglesia cristiana, y siempre me rehusé a hacerlo (ni siquiera en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es necesario pagar). Así que usamos el viejo truco: dijimos que éramos católicos y que queríamos entrar a misa. El vigilante en la entrada no nos creyó, y nos dijo que si queríamos tomar fotos y visitar teníamos que pagar. Replicamos diciéndole que, en verdad, queríamos entrar a misa. Por supuesto todos sabíamos que era mentira. Pero en “la casa de Dios” no nos podía negar la entrada. Esperamos unos minutos hasta que la misa iba a comenzar. Tenía muchos años que no escuchaba una misa completa. Pero mis ganas de conocer la mezquita-catedral por dentro eran mucho más fuertes. El coro y la capilla no eran nada de qué sorprenderse después de haber visitado tantas iglesias católicas en España. Pero alrededor del altar todo el ambiente cambiaba. Los arcos de medio punto y la arquitectura omeya eran para mí algo simplemente increíble. Estaba seguro de que ninguna iglesia cristiana en el mundo podía lucir así al interior de sus muros. Las decoraciones musulmanas siempre me parecieron exquisitas. Quizá no tenían el mismo esplendor que los palacios nazaríes en Granada, pero sin duda denotaban el verdadero esplendor que Córdoba había vivido un milenio atrás. Cada pequeño muro de aquel templo espiritual representaba siglos de lucha interminable entre religiones basadas en el mismo principio. Un símbolo que hoy, en el siglo XXI, debería decirnos algo más sobre el respeto a las creencias. Las fachadas exteriores de la mezquita eran solo eso para nosotros: una mezquita. Si no fuera por el campanario luciendo en lo alto de su estructura, la totalidad de aquel monumento nos diría que hay cientos de musulmanes sobre el suelo orando en dirección a La Meca. Caminamos hacia el otro lado del río para admirar de mejor forma la catedral y cruzar otro de los símbolos de Córdoba: el puente romano. Un vestigio más que pone en evidencia la milenaria historia de una ciudad que, sin duda, me había robado el aliento. Aquella misma tarde contactaríamos junto con Nacho a un conductor por Blablacar para llegar a Madrid por la noche. Esta vez preferíamos pagar cinco euros y viajar cómodos que pasar horas en la carretera para terminar en un destino que no era el nuestro. Conocer a Agus me había dado mi primera experiencia como hitchhiker, misma que repetiría por mi cuenta un año más tarde. Ahora era tiempo de volver a la gran ciudad de Madrid y estudiar para los exámenes que me esperaban en Santiago.
  8. El año pasado estaba en Escandinavia, donde el transporte (y la vida entera) suele ser caro. Así que decidí viajar desde Odense hasta Copenhague como casi nunca lo hago: haciendo hitchhiking, es decir, pidiendo aventón en la carretera. Es un estilo de viaje en el que no tengo mucha experiencia, pero lo he hecho un par de veces en Europa, Sudamérica y México. Definitivamente es la forma más barata de todas para transportarse. Literalmente es gratis. Y para los interesados en descubrir este arcaico y aventurero estilo de viaje aquí les dejo algunas recomendaciones. La paciencia es el primer elemento que debemos considerar. Es quizá por eso que casi no pido aventones. Si no me gusta mucho esperar a la gente con la que tengo una cita, esperar a que alguien que no tiene la obligación de recogerme me recoja es una espera que parece interminable. Así que desde ahora lo advierto: SI NO SON PACIENTES NO HAGAN HITCHHIKING. ¿Cuánto toma conseguir un ride? No lo sabemos. Hay días en que tenemos suerte, hay días en que no. Yo esperé veinte minutos en Odense y media hora en la salida al puente de Fionia. Me llevó en total 3 horas recorrer 170 kilómetros. En Sudamérica me llevó tres días recorrer 500 kilómetros. Sí, tres días. Lo que debo decir es que hay rutas más fáciles que otras. Por ejemplo, no podemos esperar fácilmente hacer la ruta París – Berlín. Son ciudades separadas por una larga distancia. Y las posibilidades de conseguir un conductor (que tenga espacio y quiera llevarnos) que haga precisamente esa ruta en coche son muy bajas. Es mejor viajar siempre haciendo rutas cortas. Debemos comenzar lo más temprano posible. Muchos conductores prefieren salir por la mañana para no llegar por la noche a su destino. Y definitivamente hacer dedo en la oscuridad es una cosa inútil. Siempre necesitaremos del sol. Es imperativo tener un mapa de las autopistas o, al menos, nuestro GPS o imagen de Google Maps guardada en nuestro móvil. No toda la gente local conoce con exactitud las carreteras, y aunque pidamos consejos a veces no nos darán la mejor opción. Una buena app es Maps.me, que nos ofrece mapas offline de Open Street Map, con lo cual no necesitaremos de una conexión a internet para geolocalizarnos. La cuestión es ¿dónde pedir el ride? En la carretera, por supuesto. Pero no en cualquier sitio. Las autopistas están hechas para que los conductores manejen a más de 100 km/h. ¿Alguien se detendrá mientras conducen a esa velocidad solo porque nos ven allí alzando el dedo? No es muy probable. Lo mejor es situarse en un lugar donde los conductores normalmente puedan disminuir la velocidad. Después de una caseta de cobro, cerca de una estación de servicio, cerca de una cafetería. Finalmente tendrán mucho más tiempo de observar nuestras caras y leer nuestros letreros (si tenemos alguno) y generaremos un poco más de confianza que si nos ven pasar como estrellas fugaces por sus ventanas. Hacer hitchhiking en los parques nacionales suele ser fácil, ya que la mayoría de los conductores son turistas. ¿Necesitamos un letrero? Depende. En mi experiencia he conseguido éxito con y sin letrero. Si estamos en una carretera donde haya varias bifurcaciones hacia varias ciudades quizá sea mejor especificar a dónde queremos llegar. Y para ello debemos escribir con letra legible y muy grande. Un buen marcador será también imperativo. En cambio si haremos una corta distancia o la mayoría de las personas conducen por la ruta hacia el mismo destino quizá no sea necesario el letrero. Lo que yo recomiendo es usarlo al principio. Si pasa mucho tiempo y nadie nos recoge podemos intentar ahora sin letrero. Muchas veces es conveniente que solo se paren y nos pregunten a dónde vamos. La mayoría de las veces pueden dejarnos más adelante y así poco a poco avanzaremos hacia nuestro objetivo. Además que si nos dejan en la siguiente bifurcación aumentaremos nuestras posibilidades de cachar un aventón (más bifurcaciones = más coches en la ruta). Debemos tratar de vestirnos presentables. No a mucha gente le agrada subir a un hippie peludo barba larga que probablemente huele mal. Además suelen creer que cargamos droga (eso pensaron de mí cuando hice dedo en España). No digo que nos vistamos de traje. Pero una bermuda o pantalón que no esté roto y un cabello peinado pueden marcar la diferencia. Este es un mundo sexista. Perdón que lo diga, pero viajar con una mujer siempre nos hará la vida más fácil. Cabe decir que dos es el número máximo para hacer hitchhiking. Muy pocas personas estarán dispuestas a subir a tres. Lo ideal es viajar solo. Pero vamos, un par de piernas y una cabellera femenina en la carretera ayudan a detener a muchos conductores. ¿Lo podemos hacer en todas partes? Seguro que no. Hay carreteras con muy poco tráfico donde nos será muy difícil. Hay carreteras que tienen olas de violencia. Hay unas que están en mantenimiento. Siempre nos tocará investigar antes de comenzar. Argentina es uno de los países donde me fue más fácil viajar haciendo hitchhiking. Y por último: hay que sonreír y mantener la frente en alto. No importa que haya calor, frío, que llevemos cuatro horas bajo el sol, que mientras pasan los coches mandemos a la mierda en voz baja a los conductores. Siempre hay que recordar que nosotros elegimos estar allí y nadie nos obligó. Y cuando alguien se detenga por nosotros nos cambiará el semblante en un abrir y cerrar de ojos. Luego vendrá esa verdadera sonrisa de satisfacción. Mi cara luego de conseguir al fin un ride hacia Chile. Para saber los mejores lugares en las carreteras donde hacer hitchhiking recomiendo esta página que me ayudó mucho en Argentina www.hitchwiki.org. No tiene tips para el mundo entero, pero sí para los destinos donde es más común viajar de de esta aventurera forma.
  9. Encontrar el transporte más económico y cómodo es un tema recurrente y una preocupación al viajar largas distancias, no importa dónde estemos. Y hace falta mencionar a una empresa francesa inigualable que hoy está presente en más de veinte países de tres continentes, incluyendo Europa, Rusia, Turquía, India, México y Brasil. Hablo de Blablacar. El covoiturage es una forma de viaje bastante común y segura en Francia que se ha expandido desde hace ya varios años, sobre todo con la aparición del internet y los smartphones. Se trata de un servicio de vehículo compartido que nos permite viajar junto con otras personas en el mismo auto dividiendo los gastos de combustible y peaje. Es como si organizáramos un viaje con amigos y pagáramos juntos. Solo que aquí no conocemos a las personas. Blablacar es una plataforma de covoiturage. Y como siempre, inscribirse es gratis. Necesitaremos verificar nuestro correo y nuestro teléfono móvil. De esta forma los usuarios nos podrán localizar. Y al ser una página basada en la confianza, podremos también verificar nuestro documento de identidad. Es forzoso también enlazar nuestra tarjeta bancaria para realizar los pagos en línea. Si tenemos un coche tendremos que llenar su descripción. Marca, modelo, año, color, incluso una foto de él. Blablacar funciona de manera muy fácil. Si tenemos un auto y haremos un viaje solo tendremos que publicarlo especificando lo detalles: hora y punto de partida, asientos disponibles, tamaño de las maletas, si aceptamos mascotas o fumadores a bordo y, por supuesto, el precio. Y si estamos interesados en un viaje como pasajeros, solo elegimos el lugar de partida, el destino y la fecha que nos interesa, y la página nos mostrará los trayectos disponibles que han publicado los conductores. Veremos la hora, las escalas previstas, un resumen del perfil del usuario y el precio total, que incluye una pequeña comisión para la empresa (que no es muy elevada). Elegiremos el que más nos agrade y enviaremos una reserva. Si el usuario acepta, Blablacar retendrá el dinero de nuestra cuenta. El siguiente paso será ponernos en contacto con el conductor para concretar el punto exacto de reunión y llegada. Así de simple. Una vez finalizado el viaje tendremos que darle al conductor un código que previamente Blablacar nos envió. Sin ese código el conductor no podrá recibir el dinero y nosotros podremos contactar el servicio al cliente si tuvimos algún inconveniente. Como había dicho, Blablacar es una comunidad basada en la confianza. Y las referencias juegan un papel importante. Así que al final de cada trayecto podremos escribir una referencia, tanto como conductor como pasajero. ¿Es peligroso? Blablacar tiene muchas medidas de seguridad y certificado. Y las referencias son suficientes para saber si un conductor lo ha hecho bien o no. ¿Es legal? Totalmente. No es un servicio de transporte de pasajeros. El conductor no necesita un permiso para ello, ya que no recibe ninguna ganancia, porque Blablacar es para COMPARTR GASTOS, como lo hacemos con amigos y familia. Eso nunca ha sido ilegal. ¿Es barato? Sí. Cuando un conductor publica un viaje Blablacar le recomienda un precio de acuerdo a los kilómetros, los peajes y los asientos disponibles. Así que cada uno es libre de subir, bajar o respetar ese precio. Pero la mayoría de las veces rondan precios similares a los de los autobuses. Al menos en Europa. Y en México solo la compra anticipada en buses nos saldrá más barato. De no ser así, Blablacar es la mejor opción. ¿Funciona siempre? Como dije, Blablacar no está disponible en todo el mundo, sino en los países que arriba mencioné. Así que no podremos fiarnos de la plataforma para todos los viajes que queramos. Sólo para aquellos donde los dueños de los coches conduzcan frecuentemente. Hay trayectos muy famosos que nunca tendremos problemas para hallar, como París - Lyon, Madrid - Barcelona, Río de Janeiro - Sao Paulo o Ciudad de México - Puebla. Pero algunos otros será mucho más complicado encontrarlos, sobre todo entre ciudades pequeñas. Así que en ese caso, el autobús o el tren serán la mejor y, quizá, única opción. ¿Lo recomiendo? Al cien por ciento. Lo he usado muchas veces y funciona a la perfección. Aunque el precio sea parecido al de los buses, no hay nada como la flexibilidad y comodidad de un viaje en auto. Paramos donde queremos, cuando queremos, escuchamos la música que queremos, conocemos y platicamos con gente. Y si tenemos un poco de retraso basta con decirle al conductor: “espérame un poco”, cosa que ninguna compañía de bus acatará. Y aunque no muchos lo hacen, es una buena forma de hacer amigos cuando se viaja solo. Blablacar es también una elección eco-friendly, perfecta para quienes sientan cierta culpa con el medio ambiente a causa de las emisiones de dióxido de carbono que emanamos al viajar. El promedio de personas que viajan en un coche es de 1.2 personas, en un coche donde caben cinco pasajeros. Compartir auto significa entonces que las mismas emisiones de CO2 de un coche se harán si viaja uno o si viajan cinco personas dentro. Así evitamos conducir otro auto y dañar más al medio ambiente. Existen otras páginas para compartir coche. Pero Blablacar es la de mayor expansión y mejor funcionamiento. Así que si viajan a Europa, Turquía, México o Brasil, no duden en visitar www.blablacar.com o bajen la app para su teléfono móvil.
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