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  1. 4 puntos
    San Francisco, es una de las ciudades imperdibles del Oeste de Estados Unidos, con varios paseos y propuestas interesantes para planificar unas vacaciones únicas. Es una ciudad multicultural con varios barrios para recorrer, museos y sitios cargados de historia los cuales se combinan con modernas estructuras. ¿Qué ver en San Francisco? La postal más representativa de la ciudad es el famoso Golden Gate con 2,7 kilómetros de longitud y 227 metros de altura, es uno de los puentes colgantes más largos y altos del mundo. Es por supuesto ,todo un símbolo de la ciudad. Puede verse desde varios lugares, pero el mejor punto para disfrutar de la vista del gigantesco puente es el Mirador H. Dana Bowers que además de las vistas privilegiadas de la estructura y de la bahía cuenta con otros atractivos como la estatua llamada Tje Lone Sailor Memorial y la Rosa de los Vientos una figura utilizada para mostrar la orientación de los puntos cardinales. Otro de los imperdibles puntos de la ciudad de San Francisco es la zona vieja del puerto, un lugar bastante turístico. Es una zona de múltiples actividades donde se puede visitar el viejo acuario de la Bahía, entrar en la historia de la II Guerra Mundial o simplemente tomar el barco para hacer un crucero por la bahía. Se suma a la lista de sitios imperdibles el Museo del Cable Car, es el lugar ideal para conocer más sobre como funciona el medio de transporte más entrañable de la ciudad. Se puede ver la enorme maquinaria sobre la que giran los cables que hacen que los tranvías circulen por todo San Francisco. Además, es posible ver antiguos tranvías. La zona más animada y comercial lleva el nombre de Union Square y se ubica en pleno centro de la ciudad. Conserva su papel como centro ceremonial de la ciudad, actuando como punto de reunión para eventos públicos, protestas y exposiciones de arte. En las cercanías de la plaza se sitúan las mayores tiendas. Es interesante dedicar un rato para conocer el entorno y caminar por las calles cercanas. Un interesante barrio para recorrer es Chinatown, podría decirse que es como si se tratase de una ciudad dentro de otra ciudad. Allí las fachadas coloridas, los farolillos, templos y restaurantes se apoderan del escenario con cientos de tiendas. El mejor momento del día para realizar un recorrido por el barrio chino es al mediodía cuando todas las tiendas están abiertas. Un dato curioso es que las famosas galletas de la fortuna que se sirven en los restaurantes chinos no fueron inventadas en China, sino que fueron horneadas por primera vez en San Francisco, por lo que vale la pena vivir la experiencia de sentarse a comer y recibir una galleta que pertenece a las dos culturas.... Todos los barrios parecen ser postales o cuadros, pero uno de los más emblemáticos y particulares es Alamo Square, llamado en nuestro idioma, Plaza del Álamo. Por su estética ha sido escenario de varias películas y series de televisión. Las casas victorianas de diferentes colores se apoderan de todas las miradas y llaman la atención de todos los viajeros. Algunos consejos para planificar tu viaje a San Francisco A la hora de planificar un viaje surgen muchas preguntas, como por ejemplo, cuál es la documentación necesaria, idioma, moneda, precios, cuáles son las fechas especiales entre otras preguntas más... En cuanto a la documentación necesaria, la misma dependerá del país de procedencia de cada viajero, por ejemplo los ciudadanos españoles para estancias menores a 90 días no necesitan visado, solamente deben rellenar un formulario de entrada y tener el pasaporte vigente. Hay varios países exentos de visa, mientras que otros deben realizar el trámite para obtenerla. El idioma oficial es el inglés, sin embargo el español es un idioma bastante hablado. En cuanto a los precios, San Francisco es más económica que otras ciudades turísticas de los Estados Unidos como por ejemplo Nueva York Algunos ejemplos de precios... Los billetes de metro tienen un valor promedio de 2,50 USD Una cena en un restaurante estándar tiene un precio desde 40 dólares en adelante Las entradas a los museos varían entre 15 y 35 dólares Una interesante opción si la idea es visitar varias atracciones es obtener la tarjeta turística Go San Francisco Card la cual tiene un precio de aproximadamente 67 dolares. A la hora de ir a cenar o almorzar, es importante tener en cuenta que muchos trabajadores subsisten gracias a las propinas, es habitual dejar entre un 10% y 20% del valor de la cuenta. El tiempo en San Francisco Los mejores meses para visitar la ciudad de San Francisco son de mayo a septiembre, ya que son los meses menos lluviosos. Es importante tener en cuenta que San Francisco se caracteriza por su clima mediterráneo con suaves inviernos húmedos y los veranos suelen ser muy secos. El verano en San Francisco no es demasiado caluroso, en esta época las temperaturas oscilan entre los 10º y los 21 º.
  2. 3 puntos
    La eterna búsqueda del clima perfecto de la que muchos viajeros somos víctimas había ya comenzado a patearme el trasero después de mis primeros dos días en el norte de África. Era fácil creer que pasar una semana en Marruecos a mediados de febrero sería el antónimo ideal al crudo frío europeo que me hacía desear quedarme en cama todo el día, aunque el reloj marcara las horas de un ilusorio sol que se asomaba solo a veces entre los cielos helados. Pero mi chaqueta, que se había ya convertido en mi mejor amiga, debió acompañarme cada uno de mis días al sur del Mediterráneo. Tal parecía que los marroquíes gozaban también de un frío y lluvioso invierno. Bajo esa etérea y fastidiosa lluvia tomé un autobús nocturno en la terminal rodoviaria de Fez, no sin antes contender una vez con los marroquíes, que insistían en ayudarme con mi mochila en busca de un par de monedas, que al no recibir les hacía explotar en cólera entre un arsenal de insultos en árabe que mis oídos afortunadamente no podían descifrar. El elevado volumen de la música bereber que el chofer dejó escuchar desde los altoparlantes durante las primeras horas del trayecto trajo a mi mente aquellas melodías evangélicas que apaciguaron el peor de mis viajes una noche de diciembre en la frontera norte de Guatemala. Pero a diferencia de aquel repugnante autobús, esta vez el conductor se dignó a brindarnos un arrullador silencio, que me dejó dormir hasta nuestro arribo a Marrakech. La puntualidad de sus servicios me había impresionado bastante, para ser sincero. Aunque a decir verdad, la antelación de nuestra llegada a las 5:30 de la mañana no era lo más conveniente para un viajero como yo. Me vi entonces obligado a tomar un taxi hasta la medina, el centro antiguo de Marrakech y la zona donde se aglomera la mayoría del turismo. Aunque claro que a esas horas de la madrugada, el vacío en sus calles era más que aterrador. Al igual que en el centro de Fez, la medina de Marrakech es una zona completamente peatonal. Por tanto el taxista me dejó en la entrada principal a los souks, los mercados callejeros, que para ese entonces estaban todavía cerrados. Esta vez creí haberme anticipado bien ante la falta de un plan de internet en mi móvil, y tenía descargado el mapa que me llevaría hasta la puerta de mi hostal. Pero las calles de las medinas árabes son siempre un laberinto que solamente los locales saben atravesar. No pasó mucho tiempo para que un hombre se acercara ofreciéndome ayuda. Pero mis anteriores experiencias con los marroquíes me dejaban en claro que aquel sujeto solo me ayudaría a cambio de algunos dirhams, por lo que me negué ante su oferta. Soy policía de seguridad —me dijo—. Dime el nombre de tu riad y te llevo a él. Su chaleco fluorescente parecía ser real, y lo dejé guiarme hasta la entrada del hostal. Cuando creí haber conocido a un honesto funcionario que me habría ofrecido al fin ayuda verdadera, su mano extendida frente a la puerta me indicó que todo había sido un engaño. El chaleco no era más que un señuelo para camuflar su identidad, y al igual que la mayoría del resto, esperaba dinero a cambio. El encargado del hostal abrió la puerta y me dio la bienvenida. El señor pregunta si le darás alguna moneda —me hizo saber—. Me dijo que era un policía, no tengo por qué darle algo a cambio. —repliqué. Aunque parezca rudo, es así como muchas cosas funcionan en Marruecos. Tras el manifiesto enfado en la cara de aquel hombre, cerramos la puerta y me refugié por fin del frío que bañaba el exterior. Y ya que sabía que podría hacer mi check-in hasta pasado el mediodía, pedí al encargado poder dejar mis cosas y descansar un poco en la sala común del hostal, a lo cual contestó mostrándome el camino al cuarto compartido, donde cordialmente me permitió tomar mi cama y hacer el check-in después de descansar algunas horas. La hospitalidad de muchos marroquíes parecía ser, después de todo, algo de admirarse. El Dar Radya fue otro claro ejemplo de lo placentera que puede ser una estadía en un típico riad marroquí. Su patio central con mesas de té y una fuente en la que se bañaban las aves; los cuartos con ventanas dobles de madera y tapetes de mosaicos; el baño en colores rojizos y un lavabo de azulejos en motivos geométricos. Cada detalle de aquel riad parecía estar planeado a la perfección para hacer sentir a sus huéspedes en un histórico Marruecos. Y sumado a la amabilidad de su personal la experiencia no podía ser mejor. Un té de menta es siempre una buena forma de empezar el día. Y ya que el cielo me sonreía mucho más que la noche anterior, salí nuevamente a caminar por las laberínticas calles de aquella metrópoli magrebí. Marrakech es una ciudad más nueva que su hermana Fez, en el norte, de donde yo había llegado esa mañana. Mientras Fez fue fundada por una dinastía árabe, Marrakech, situada más bien al sur del actual país, nació gracias a una dinastía bereber, llamados los almorávides. La imagen contemporánea de Marruecos y el Magreb (el noroeste africano) suele resumirse en un solo concepto: países árabes. Pero es necesario hacer algunas diferencias. Los árabes son un pueblo (actualmente aceptados como una etnia) que originalmente provienen de la península arábiga, y que poblaron el Medio Oriente y el norte de África durante la propagación del Islam en los siglos VII y VIII. Y aunque puede decirse que casi todos los árabes hablan la lengua árabe, no puede decirse que todos los árabes practican el Islam. Así también, no puede decirse que todos los pobladores de los países árabes pertenecen a la etnia árabe ni hablan tal idioma. Antes de que los árabes se expandieran llevando consigo el Islam, el norte de África estaba ya habitado por tribus nómadas, conocidas como bereberes, hablantes de lenguas bereberes. Venta de tapetes bereberes típicos. Su presencia a lo largo del Sahara se remonta a siglos antes del nacimiento de Cristo, aunque las duras condiciones del desierto más grande del mundo los obligaron a moverse constantemente de un lado a otro. No obstante, fueron capaces de establecer verdaderas ciudades en algunas de las regiones mejor adecuadas para su supervivencia. Marrakech es uno de los mejores ejemplos, nacida como una urbe bereber e invadida siglos más tardes por los sultanes árabes que hasta hoy gobiernan Marruecos. Se puede decir entonces que los dos principales pueblos que habitan hoy el Reino de Marruecos son los árabes y los bereberes, siendo el árabe y el bereber las dos lenguas oficiales del país, y cuyos ciudadanos son libres de profesar la religión que deseen. Aunque claro, el islam es el dogma predominante. Mujeres usando su hiyab típico árabe, y detrás un hombre usando su jellaba típica bereber. La medina es el lugar donde se establecieron los primeros pobladores de la ciudad durante la Baja Edad Media. Los souks de Marrakech son los más grandes del país, y es la mejor forma de sumergir a los turistas como yo en estos típicos y laberínticos mercados callejeros del mundo árabe. Otro elemento bastante característico de estas ciudades son los hammam, los baños árabes o turcos que se heredaron de la cultura romana tras su desaparición. Los otomanos y las culturas islámicas prosiguieron estos rituales de limpieza en baños públicos, que hasta el día de hoy están divididos para hombres y mujeres. Es la versión árabe de las saunas, que le valen a Marruecos una buena parte del turismo que reciben. No tardé mucho tiempo para darme cuenta de algo. Casi la totalidad de los edificios y paredes en la medina eran de color rojizo. La causa, es que están construidas con arena roja, característica de la zona donde se emplaza la ciudad. Es por ello que Marrakech se ha ganado el título de “la ciudad roja”. De hecho, cualquiera que viaje por Marruecos se dará cuenta que cada ciudad tiene un color predominante en sus construcciones, ya que por órdenes de los gobiernos locales toda nueva edificación debe respetar el material y el color tradicional para conservar su matiz único. La medina está amurallada todavía en su mayor parte, y como es de esperarse, su extensión es bastante grande. Pero toda caminata por la medina culmina de forma perfecta en la plaza de Yamma el Fna, el corazón de Marrakech donde desemboca la densa red de callejuelas. La plaza de forma irregular está rodeada por tiendas, restaurantes y cafés que ofrecen la mejor vista de la ciudad con sus terrazas. Pero lo mejor de Yamma el Fna se encuentra sin duda al nivel del suelo. Conforme va avanzando el día, comienza a llenarse de comerciantes y artistas de todo tipo. Mujeres que pintan con henna, vendedores de jugos de naranja o de pociones afrodisíacas; malabaristas, músicos, encantadores de serpientes, contorsionistas; vendedores de fruta, pescados, tapetes persas, joyería, juegos de té, lámparas mágicas. La lista va creciendo conforme el sol va avanzando hacia el oeste. Pero como bien me habían dicho, lo mejor de Yamma el Fna llega tras el ocaso. Por ello decidí seguir mi camino y dejar que me sorprendiera al caer la noche. Al oeste de la plaza una larga calzada peatonal ofrecía paseos turísticos en carruajes, que se estacionaban junto a uno de los parques públicos que dan comienzo a las modernas avenidas, donde el tránsito de coches empezaba a aparecer en la ciudad. Al fondo, la torre de la mezquita Kutubía dominaba el paisaje, haciendo notar su presencia como el ícono más representativo de Marrakech. Como dije antes, la ciudad fue fundada por los almorávides, en una localización estratégica para las caravanas que cruzaban el Sahara hacia la África negra. Pero de la época almorávide no queda nada en Marrakech, ya que años después de su llegada fueron invadidos por los almohades, otra dinastía bereber proveniente de las montañas del este. Los almohades dieron a Marrakech su primera gran época de esplendor, y en el siglo XII su primer califa, Abd Al-Mumim, mandó a construir la mezquita Kutubía, que se cuenta que en su época era de las mayores en el mundo islámico. Sus muros están construidos, al igual que el resto de la ciudad, con la arena rojiza que rodea a la urbe, presumiendo sus arcos de herradura por los que es un deleite atravesar para todo occidental como yo. Su alminar (como se le conoce a las torres de las mezquitas) es la construcción más alta de Marrakech, y aunque ha perdido ya buena parte de su ornamentación original, continúa imperando con su poder sobre la metrópoli roja. Marrakech es quizá la ciudad más turística y visitada en todo el país. No fue extraño entonces que mi amiga Daniela, que entonces salía con un chico marroquí, se encontrara aquel día en la misma ciudad que yo, a más de 9000 kilómetros de nuestro hogar en México. Encontrarme con ella mientras tomaba un café frente a aquella imponente mezquita fue sin duda una experiencia extraordinaria. Pero mejor aún en compañía de un local como Zakaria, su novio marroquí que nos ofreció a ambos mostrarnos lo mejor de la ciudad. Al oeste de la mezquita, Zakaria nos llevó a La Mamounia, un verdadero palacio-hotel que permite visitas gratuitas a los turistas. El terreno fue heredado al príncipe Al Mamoun en el siglo XVIII como regalo de bodas por parte de su padre. Pero fue hasta 1923 cuando se decidió inaugurar un lujoso hotel en lo que alguna vez fue un oasis protegido dentro de las murallas de Marrakech. Entrada al hotel La Mamounia. Numerosas celebridades son las que se han hospedado en sus opulentas habitaciones. Desde políticos tan renombrados como Winston Churchill y el general Charles De Gaulle, hasta artistas como Charles Chaplin, Edith Piaf, Yves Saint-Laurent y Elton John. La máxima expresión de la arquitectura árabe y andaluza parecía encontrarse al interior de aquel suntuoso hotel. Esculturas de arabescos, techos con madera tallada en la mejor calidad, fuentes de mosaicos mudéjar y lámparas de cristal que iluminaban el interior del edificio simplemente a la perfección. La presencia del agua en sus fuentes y estanques no podía pasarse por alto como en cualquier otra construcción del mundo árabe. Pero sin duda en una forma muy diferente a como lo hacían los riads que mi bolsillo podía pagar. Detrás del hotel, ocho hectáreas de jardines se extendían con un acervo de especies vegetales que contrastaba idealmente con el naranja de sus muros. Palmeras, cactus, olivos, naranjos y bugambilias, donde los pájaros se posaban para hacer al ambiente inclusive más sublime. Con su cava de vino, spa, chefs de renombre, suites imperiales y códigos de etiqueta, La Mamounia nos dejó en claro que Marruecos no tiene nada que envidiarle a los países occidentales en cuanto a turismo de lujos se trata. Pasadas las horas la lluvia comenzó a caer otra vez sobre nosotros, así que decidimos que era tiempo de comer. Zakaria nos llevó a un buen restaurante por un almuerzo típico marroquí: sopa harira y tajín. Ambos platos me parecían dignos de todo paladar, pero después de cierto tiempo no sabía si me llegarían a aburrir. Y para para la digestión, un buen vaso de té nos reconfortó a ambos lados de la mesa, antes de volver al coche y seguir nuestro tour por la ciudad roja. Zakaria tomó una carretera, que parecía estarnos llevando fuera de la ciudad. En realidad, nos dirigíamos a la Palmerai, la zona norte de Marrakech, donde un oasis de palmeras parece ser el lugar que ha atraído a millonarios a construir sus nuevas residencias. Camellos en el Palmerai. Aunque a decir verdad, no todos son precisamente millonarios. Aunque Marrakech es una de las ciudades más caras de Marruecos y ha incrementado sus precios inmobiliarios durante las últimas décadas, comprar un riad en su interior sigue siendo mucho más barato que un apartamento en Europa o Estados Unidos. Es por ello que se ha convertido en la ciudad que atrae a más extranjeros en todo el país. Al volver al centro antiguo de la ciudad, cometimos el grave error de atravesar la muralla de la medina en el coche. Si bien, gran parte de ella es peatonal, algunas calles están habilitadas para el tránsito automovilístico. Pero la circulación en su interior es simplemente nefasto. Esquivando a los peatones y serpenteando en tal laberinto de rúas, tardamos casi media hora en salir para hallar un estacionamiento. Para entonces, la noche había caído, y Yamma El Fna se había animado como toda una fiesta citadina que amenazaba con parar hasta pasada la medianoche. En el medio de la plaza nos encontramos con un amigo de Zakaria. Daniela y yo, deseosos de comprar souvenirs, supimos que debíamos aprovechar la oportunidad de estar con dos marroquíes, quienes podrían negociar por nosotros los precios de los productos. Cualquiera diría que los latinoamericanos están acostumbrados a regatear. Pero los comerciantes marroquíes han pulido ese arte mucho más que nuestros ancestros. Así, Zakaria y su amigo consiguieron una lámpara para Daniela y un tarbush para mí, ese típico sombrero rojo que usaba el mono de Aladino en su cabeza. Para disfrutar de una vista panorámica de Yamma El Fna, subimos a la terraza de uno de sus múltiples cafés, donde un café con leche y un té de menta fueron una excelente forma de culminar nuestra jornada. Al otro día Daniela y Zakaria ya habían armado su plan. Así que me tocó visitar el resto de Marrakech por mi cuenta. Esta vez, decidí conocer los verdaderos palacios de los que había gozado la metrópoli en su época de esplendor. Marrakech fue la capital imperial durante los siglos XVI y XVII, cuando la tribu árabe de los saadíes invadió la ciudad y la convirtió en una de las más prominentes y pobladas del mundo árabe, atrayendo a grandes artistas y pensadores. Una de las construcciones más emblemáticas de esta era es el palacio El Badi, mandado a construir por el sultán Ahmed al-Mansur. Lo que puede visitarse hoy de aquel palacio son solo sus ruinas y su bien conservado jardín central. Pero según algunos cronistas, se trataba de una verdadera maravilla del mundo islámico. Contaba con 360 habitaciones, cuyas paredes y techos estaban recubiertos con oro traído desde la mítica ciudad de Tombuctú, que el propio sultán había ya conquistado. No hace falta decir que los patios estaban adornados con estanques y fuentes tras los que se sembraron filas de naranjos, que me trajeron a la mente los palacios nazaríes de Andalucía en España. De hecho, los planos de El Badi se basaron en los de la Alhambra, la joya de la arquitectura musulmana en la península ibérica, que por suerte se conserva mucho mejor que aquel en Marrakech en el que posaba mis pies. La gloria del palacio no duró mucho más de cien años, tras los cuales una nueva dinastía árabe (la que gobierna hasta ahora Marruecos) subió al trono, y llevó todos sus tesoros hasta Mequinez, la que sería la nueva capital del reino. Pero para mi fortuna también es posible admirar un palacio mucho más reciente. En el antiguo barrio judío se encuentra el Palacio de la Bahía, el mejor conservado de Marrakech. Entrada al palacio de la Bahía. Si bien en el siglo XIX Marrakech ya no era la capital, un visir de la corte real (asesor del sultán) mandó a edificar este inmenso palacio para su uso personal. Su intención era hacer el palacio más grande jamás construido, y aunque nunca gozó de ese título, logró captar a la perfección la esencia de la arquitectura islámica y marroquí en un solo lugar. Aunque el hotel La Mamounia me había mostrado ya buena parte de lo que es un palacio marroquí, La Bahía se trataba de uno de verdad, en donde un miembro de la realeza había pasado parte de su vida. A pesar de haber quedado en desuso como residencia cuando el visir falleció, se yergue todavía en excelentes condiciones. El brillo de los mosaicos, la textura del cedro tallado y el matiz de los colores en cada uno de sus muros siguen pareciendo sumamente nuevos. El harén es simplemente exquisito, con un patio interior en el medio del cual se posa una fuente, y alrededor del que vivían las concubinas del visir, quien además de ello tenía cuatro esposas. Satisfecho con haberme por fin sumergido en una verdadera monarquía árabe, almorcé en las calles cercanas a la medina, para después continuar hacia la zona nueva de Marrakech. Esta área es llamada la ville nouvelle, que como en todas las ciudades marroquíes, fue construida por los franceses durante los años del protectorado en el siglo pasado. Aquí se encuentran las grandes avenidas, hoteles, centros comerciales, tiendas, los edificios del gobierno local y, sobre todo, las modernas casas y apartamentos donde moran los actuales habitantes de la ciudad. Es en esta zona donde se encuentra uno de los principales y más nuevos atractivos de Marrakech: el jardín Majorelle. Durante los años del protectorado de Francia y España en Marruecos, el pintor francés Jacques Majorelle estableció su pequeño taller en la ville nouvelle. Alrededor del mismo, decidió mandar a plantar uno de los más bellos y cuidados jardines botánicos de la ciudad, que además de poseer una amplia gama de plantas y arbustos, se decora con vivos colores en sus muros, macetas y ornamentos que dejan en claro que aquel sitio perteneció a un pintor. Pero el color más predominante es el azul, que el mismo artista creó y que hasta hoy lleva su nombre: color azul Majorelle. En los años sesenta la propiedad pasó a manos del famoso modista francés Yves Saint-Laurent, quien amplió el acervo botánico y convirtió el antiguo taller en una sala de exposición de arte islámico Enamorado de los jardines y palacios marroquíes, decidí que era momento de volver a mi riad y cenar en Yamma El Fna un buen plato de pescado con calamares y berenjenas, que saciaron mi apetito para la hora de dormir. Los siguientes días me esperaba otra cara de Marruecos. Una cuyos paisajes se colmaban menos por la realeza, y mucho más por la naturaleza de un país entre el océano, las montañas y el desierto.
  3. 3 puntos
    ¿Quién no ha soñado con una Navidad diferente fuera de casa? La Navidad es una excusa perfecta para planificar un viaje y disfrutar de una fiesta diferente. A la hora de pensar en un destino navideño, las propuestas son muchísimas, pero a continuación te presentamos dos destinos únicos... Por un lado Nueva York, una ciudad que nunca duerme y donde la Navidad le da aún más vida a esta gran urbe. Otra de las propuestas es visitar el hogar de Papa Noel, Finlandia para pasar unas fiestas blancas y conocer otras tradiciones. La Navidad en Nueva York Si de celebraciones se trata, la enigmática ciudad de Nueva York es uno de los puntos más elegidos. La Navidad comienza a sentirse durante noviembre. Las vidrieras y las fachadas de los edificios se visten de fiesta, los abetos se iluminan al igual que los hogares. Se suman los mercados al aire libre desbordantes de adornos. Podría decirse que Nueva York es lo opuesto al mensaje original y bíblico que desde hace dos mil años difunden las figuras de José y María junto con el niño Jesús. Es decir, atrás queda en esta ciudad de luces, la familia chica en silenciosa reunión para dar lugar a pilas de paquetes que decoran los árboles familiares. Por supuesto, que el viaje no estaría completo sin antes disfrutar de una tarde de patinaje. La pista más famosa es la de Rockefeller Center. Un detalle muy importante, es que conforme se aproxima la Navidad, el precio va en aumento. Pero, existe una alternativa gratuita, Bryant Park, la única pista de patinaje en la que no hay que pagar, eso sí, es una de las más concurridas. Los mercados navideños tienen todo su encanto, el más grande lleva el nombre de Bank of America Winter Village, además de regalos pueden comprarse varios comestibles y bebidas. Los mercados suelen abrir a fines de octubre y cerrar los primeros días de enero. Existen pistas de esquí que cierran más tarde, como por ejemplo la llamada Wollman la cual no cierra hasta el mes de abril. Se suman a los atractivos navideños, las vidrieras de la famosa 5 ª Avenida son realmente un viaje para los sentidos. Laponia+ Helsinki La leyenda se remonta a la década de 1820 y cuentan que el hogar oficial de Papa Noel es Laponia en Finlandia. El entorno natural es uno de los elementos que le dan vida a la Navidad finlandesa. Paisajes blancos envueltos de oscuridad e iluminados únicamente por las estrellas crean un ambiente ideal para disfrutar de esta importante celebración. Es parte de la navidad de Finlandia el pan de jengibre, por lo que un viaje no está completo sin antes probrar todas las variedades junto con las galletas horneadas acompañadas de vino caliente. El Glogi es un tipo de vino caliente, se prepara con vino tinto o jugo rojo de algún tipo mezclado con especias como el cardamomo y la canela. Se suele servir con pasas y almendras. Otra curiosidad de este país son las linternas de hielo, se hacen con pequeñas bolas de nieve y son una forma muy popular de iluminar la oscuridad invernal. Se dice que la ciudad de la navidad es Helsinki, la capital de Finlandia donde las primeras nieves abundantes suelen llegar a tiempo cubriendo la ciudad de blanco y creando un ambiente adecuado para el 25 de diciembre. La fiesta en sí se celebra tranquilamente en familia, pero la ciudad aprovecha al máximo el anticipo de las fiestas en bares y restaurantes. Los escaparates de las tiendas se visten de fiestas decorados para abrir las puertas a los compradores de Navidad. La inauguración de la ventana de Navidad de la Tienda Stockmann es un evento anual muy esperado por los jóvenes pero especialmente por los niños. Las familias visitan esta tienda para mostrar a los niños un espectáculo que todos los años cambia y se renueva. Otra de las propuestas para combinar en un viaje navideño por Findlandia es patinar. Es una atracción muy popular, se encuentra abierto todos los días si el tiempo lo permite. La pista de hielo cuenta con una cafetería y es un espacio ideal para relajarse luego de practicar unos giros por las pistas. Un viaje por las tierras de Papa Noel no está completo sin antes visitar el mercado de Navidad de Helsinki el cual tiene lugar en el corazón de la ciudad. El mercado se compone de más de 120 puestos de ventas de artesanías, lámparas, adornos navideños, comidas y bebidas calientes.
  4. 3 puntos
    4 meses y medio en Lyon habían roto ya varios estereotipos de Francia en los que creía fielmente antes de llegar. Enumerarlos en una lista podría llevarme horas. Que los franceses no toman su ducha, que París es la capital de la moda, que usan los mejores y más exquisitos perfumes en el mundo… Los tiempos han cambiado, y Francia ya no es lo que quedó impregnado en la mente del vulgo. Aunque conserva buena parte de su identidad, no se ha salvado de la influencia comercial del mundo globalizado. Y esa influencia no solo proviene de los Estados Unidos y su cultura capitalista. Francia es un país que desde mitad del siglo pasado ha recibido una importante cantidad de inmigrantes del Magreb, la zona norte y noroeste de África, cuyos países fueron parte del imperio colonial francés. Los inmigrantes magrebíes siguen, de hecho, llegando todos los días a territorio francés. Y aunque muchos de ellos lo hacen de forma ilegal, su adaptación resulta un poco más fácil, sobre todo por la facilidad que representa el idioma. No obstante, el origen árabe y su fuerte religión hace a los magrebíes fácilmente distinguibles del resto de los franceses, y la dura realidad, es que muchos no se han acoplado del todo a su modo de vida, lo que provoca cierto grado de rechazo y discriminación. Pero caminar por las calles de Lyon y las ciudades galas hace imposible no sentirse atraído por una cultura tan particular como la magrebí. Sus restaurantes y su cuscús, sus bares de shishas, su té de menta y su exótica y moderna música rap. Las mujeres que aún en Europa usan su hiyab, sus toscos y grandes rasgos físicos, su extraño pero exquisito idioma, su elegante forma de escribir el alifato de derecha a izquierda. Todo ello hizo prácticamente imposible resistirme a comprar uno de los varios económicos vuelos que salen de Francia hacia Marruecos, el destino del Magreb que tiene más conexiones a Europa a través de las aerolíneas de bajo costo. Esto último ha convertido a Marruecos en el país más turístico de África, donde ya no es difícil encontrar una multitud de mochileros que llegan día con día a sus aeropuertos. Ryanair, una de las aerolíneas de menor costo en Europa, ofrecía un vuelo a la ciudad de Fez desde el aeropuerto de Saint-Étienne, a 60 kilómetros de Lyon. Y su menudo precio me convenció de cruzar al sur del Mediterráneo en mis vacaciones de febrero, cuando las escuelas de Francia tienen dos semanas de asueto. Los vuelos de Ryanair son el sueño de todo mochilero, capaces de llevarlos por toda Europa y destinos cercanos por precios ridículos. Pero no se puede esperar una buena calidad del servicio. El avión despegó con 40 minutos de retraso, y un bebé que no paró de llorar en todo el trayecto a solo tres asientos junto a mí hizo de aquel un vuelo sumamente difícil. Pero el aterrizaje suavizó el estrés. La fachada que recibe a los pasajeros al aeropuerto de Fez es una particular probada a la arquitectura árabe que da una perfecta bienvenida. Aunque por alguna razón, uno de los policías no me permitió tomarle una foto. Desde Francia había sido ya advertido de lo difícil que podría ser tratar con los marroquíes. Y mi primera batalla la enfrenté solo algunos minutos después de llegar, cuando debía cambiar mis euros por dirhams, la moneda local. Había escuchado ya que Marruecos es un destino barato, y comprar 2 mil dirhams me parecía suficiente para toda mi estadía (y de hecho lo fue). 2 mil dirhams es muy poco. Compra 3 mil —me dijo el vendedor, quien insistía en que no sería suficiente—. Gracias, pero no quiero más—repliqué. Traté de ser educado, pero su insistencia era tanta que tuve que dejarlo hablando solo. Hasta que se decidió a aceptar mis euros y darme el efectivo. Ahora sabía que los marroquíes no serían nada fácil. Aunque Marruecos es barato, había contactado con Anouar, un chico de Couchsurfing que había aceptado hospedarme por algunas noches en Fez. Pero desde nuestro primer mensaje algo me dio un mal presentimiento sobre aquel chico. Un día antes de mi viaje, le había enviado un WhatsApp para confirmar mi llegada. Pero hasta la siguiente mañana no había recibido respuesta. Una vez en el aeropuerto, rápidamente me encargué de conectarme a una red wifi, solo para corroborar que Anouar no había respondido aún. Incluso marqué a su teléfono, dispuesto a pagar por lo que sería una costosa llamada internacional. Pero tampoco hubo respuesta. Sin hacer coraje alguno por otra mala experiencia con un marroquí, decidí moverme por mi cuenta. Pregunté entonces a un policía por la parada del bus, a lo que contestó que no existía ninguna, y que la única manera de llegar a la ciudad era tomando un taxi. Descubrí entonces lo que la mayoría de los marroquíes buscan siempre: el dinero. Intentar hacer al turista gastar lo más posible para dejar un buen derroche económico en su país. Caminé hacia donde mis instintos me guiaron. La parada no existía visualmente, pero el bus, en efecto, sí existía. Y por solo 4 dirhams conseguí viajar al centro de la ciudad, a diferencia de los 200 que normalmente cobra un taxi. Yo era el único extranjero a bordo, pero los primeros minutos de viaje me hicieron sentir como en casa. Si bien el vetusto autobús era bastante feo, un grupo de pasajeros no paraba de reír en su parte trasera. Y aunque no entendía una palabra del árabe que emanaban sus bocas, una sonrisa es un símbolo universal que siempre es capaz de contagiar alegría. Pero las cosas cambiaron más tarde, cuando un par de policías subieron al bus pidiendo los tickets a los pasajeros. Aquel grupo que tanto había reído fue detenido por los gendarmes. Al parecer no habían pagado su boleto. Los gritos vinieron de todos lados. Hombres, ancianos, señoras, policías y hasta el chofer gritaban frases ininteligibles para mi oído. Cuando al fin se calmaron los alaridos y los pasajeros bajaron forzados por los oficiales, llegamos a la central de trenes de Fez, donde descendí para decidir cuál sería mi siguiente paso. Nuevamente con wifi, reservé una noche en un hostal ubicado en la medina de Fez, la zona más vieja de la ciudad, poseedora de la mayoría del turismo. Los 75 dirhams (7 euros) que debía pagar por cada noche con desayuno incluido, me convencieron inmediatamente de que Marruecos se trataba de un país bastante barato. Cogí así un taxi a la entrada de la medina de Fez el-Bali. Se trata de la zona medieval de Fez, el área peatonal más grande del mundo, declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y rodeada completamente por una muralla. El chofer me dejó en la puerta Bab Bou Jeloud, la principal entrada a la medina en su parte occidental, por donde a toda hora cruzan cientos de personas locales y turistas. La primera puerta construida data del siglo XII, y daba acceso a la calle Tala’a Kebira, el principal souk de la medina, palabra que designa los mercados callejeros del mundo árabe. Bab Bou Jeloud es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura árabe, con sus tres puertas en arco de punta, un techo almenado y ambas fachadas cubiertas en mosaicos con motivos geométricos, con el azul como color predominante. Desde su fachada exterior me fue posible avistar la torre de la madraza de Bou Inania, una de las principales universidades en la medina de Fez que también funciona como mezquita, fundada en la Edad Media por la dinastía Marinid, que gobernó Marruecos del siglo XIII al XV. La “puerta azul” era también el mejor ejemplo de la atmósfera que colma las ciudades marroquíes. Muchedumbres yendo y viniendo, comerciantes y restauranteros gritando a las orillas del pasillo principal, el altavoz de una mezquita llamando a sus fieles. Y en medio de todos, los turistas como yo que llevaban su mochila al hombro. Así que antes que nada, decidí adentrarme en aquel laberinto amurallado para encontrar el hostal donde pasaría la siguiente noche. Mi intuición me había hecho reservar un hostal muy cerca de la puerta azul, facilitando mi acceso a la medina, ya que no hay manera de llegar más que caminando. El taxista me explicó qué camino tomar. Pero al tocar la puerta del riad, uno de los empleados salió para decirme que ya no tenía cupo en sus habitaciones compartidas. Se ofreció a llevarme a otro hostal cercano, perteneciente al mismo propietario. Acepté sin más remedio. Llegamos así al riad Dar Hozor, a solo unas calles delante de la puerta azul. Las camas en habitaciones compartidas estaban aún disponibles, y la calidad del alojamiento y de su personal parecía igual de buena. Además de todo, respetaron el precio por el que reservé. Los riads son antiguas casas típicas de las ciudades marroquíes, que ahora sus dueños han hecho funcionar como alojamiento. Vista desde la terraza del riad Dar Hozor. Lo atractivo de los riads no es solo su bajo precio (mucho más bajo que los hoteles que se encuentran fuera de las medinas) sino el edificio mismo, que conserva la arquitectura propia del reino. La estructura de las casonas posee siempre un patio central, normalmente cuadrado o rectangular, donde el agua suele estar presente en fuentes y pequeños estanques. El techo puede ser descubierto o cerrado para proteger al patio de la lluvia. Así, muchas veces las aves tienen libre ingreso. El comedor, la sala y las mesas de té son los espacios comunes que suelen compartir los huéspedes y empleados. Además de todo, los muros suelen ser ornamentados con azulejos y motivos geométricos típicos del antiguo Marruecos que hacen al huésped poder sumergirse totalmente en la cultura local. Los cuartos de la antigua casona funcionan ahora como habitaciones de alojamiento, con cómodas camas, baños privados, conexiones eléctricas y de internet, todo lo necesario que supera los estándares de muchos alojamientos baratos en otros países. Mi riad fue mi mejor primer acercamiento a Marruecos. Y con la ayuda de sus empleados, que me proporcionaron un mapa de la ciudad, salí a dar un primer paseo por la medina. Abrir el mapa de papel en medio de Fez no era precisamente lo que estaba planeando. Mis rasgos occidentales y mi nulo árabe eran suficiente para hacerme ver como un turista. Y lo que menos precisaba era más marroquíes acercándose a mí. Así que para no perderme, decidí tomar una de las calles principales de la medina, Tala’a Sghira, la más amplia de toda la zona medieval. La avenida está orillada por cientos de comerciantes, que ofrecen todo tipo de productos. Textiles, frutos, carne, plantas curativas, vajillas de té, mantas de lana de camello, aparatos electrónicos, tubos de shishas. Las ciudades marroquíes son también famosas por poseer una enorme cantidad de gatos callejeros, superando por mucho a los perros ambulantes, comunes en el resto de las grandes metrópolis del planeta. El ruido de los transeúntes y comerciantes se adornaba aún más con el sonar del altavoz que llamaba a los fieles musulmanes a acudir a la mezquita. Más tarde me enteraría que existen cinco horas al día en que un practicante del Islam debe acudir a la mezquita a rezar, o en su defecto, hincarse a rezar en el lugar en el que esté. El llamado de la mezquita es la forma de hacerles saber que es tiempo de rezar a Alá. Torre de una típica mezquita en la medina de Fez. Marruecos es una monarquía constitucional, cuya ley no se basa en la sharia, es decir, la ley de derecho islámico. Así, puede decirse que es un país laico donde cada persona es libre de predicar la religión que le plazca. Sin embargo, el 99% de sus habitantes se autodenominan musulmanes, siendo el rey de Marruecos el máximo representante del Islam en el país. Pero a diferencia de lo que la gente cree, en Marruecos no es obligatorio la práctica islamista. Las mujeres, por ejemplo, pueden conducir, no están obligadas a usar el hiyab, tienen derecho a divorciarse y no se les puede obligar a casarse. Los homosexuales no son perseguidos por la ley, la educación básica no obliga a los niños a aprender el corán y, por lo tanto, acudir a una mezquita, no es una obligación, sino más bien una práctica cultural. Una mujer camina con su típico hiyab por las calles de Fez. Marruecos es el país árabe y musulmán que otorga, quizá, más libertades a sus ciudadanos. Sin embargo, existe todavía mucha represión por parte de la sociedad, que tiene mucho más que ver con el arraigo cultural ligado al islamismo que con las leyes dictadas por la constitución. Aún así, al oír el altavoz proveniente de la mezquita, la gente que vi en las calles no se hincó en ningún momento a rezar. La mayoría prefirió seguir con sus deberes diarios y sus oficios. Algunos, por otro lado, acudieron rápidamente a la mezquita, muchos de ellos a la mezquita Qarawiyyin, la más grande de la medina. Qarawiyyin resulta ser también una antigua madraza, que funciona hasta hoy como una universidad. La mezquita de Qarawiyyin está inscrita en el Libro Guiness de los récords, como la universidad más antigua todavía en funcionamiento. Fue fundada en el año 859 durante el reinado de la dinastía idrísida, considerada creadora del estado marroquí. Entrada a la mezquita de Qarawiyyin. La universidad es famosa por los estudios de la lengua árabe y de la religión musulmana, lo que convierte a Fez en una ciudad estudiantil por excelencia, y es considerada el foco religioso y cultural de todo Marruecos. Lamentablemente las mezquitas no permiten el ingreso a personas no musulmanas, por lo que tuve que conformarme con ver a los fieles poner y quitarse los zapatos en la entrada principal. Y aunque pensé que todos acudirían con sus típicas y mejores vestimentas árabes, no es raro ver tenis Nike o Adidas, hombres con gorras deportivas en sus cabezas, pantalones de mezclilla y gafas Ray Ban. La globalización ha llegado a todos los rincones del mundo. Comencé a caminar de vuelta a mi riad antes de que la noche cayera sobre la ciudad. Esta vez tomé la Tala’a Kabira, paralela a la otra gran avenida. Entre la cantidad de callejones y decenas de tiendas a mi alrededor, de repente me vi perdido en medio de la vía. Mi cara era rápidamente interpretada por los locales, que siempre se acercaban a ofrecerme ayuda. Calle de Tala'a Kabira. Me hablaban en inglés, luego en español. Por último intentaban en francés. La mayoría de los marroquíes son bilingües de nacimiento, con el árabe y el bereber, o el árabe y el francés, como sus primeras lenguas. El español es el idioma más aprendido por los estudiantes, siendo uno de los países con el mayor número de personas que lo aprenden en el mundo entero. Pero la ayuda de los locales no parecía ser genuina casi nunca. Luego de unos minutos de entablar una charla (en la que casi siempre eran ellos quienes tomaban la palabra sin dejarme hablar) terminaban por pedirme un par de monedas a cambio de llevarme hasta mi hostal. Así que refusé todo intento de auxilio de su parte. Un misterioso hombre en la vía Tala'a Kabira. Las ofertas no se limitaban a guiarme por la medina. En más de cuatro ocasiones aquella tarde varios hombres se acercaron a ofrecerme marihuana. ¿Quieres fumar amigo? Tengo hachís —me decían—. A lo que siempre me negué, no por miedo, sino por falta de interés. Hubo quien incluso me invitó a su casa para fumar un par de pipazos. Sin duda Marruecos es el destino ideal para los amantes del cannabis, que se dice, es de la mejor calidad. Antes del ocaso me vi nuevamente en mi riad. Y para calmar el hambre, acudí a un restaurante típico marroquí, con cojines tejidos en motivos geométricos y sus características mesas de té redondas. La sugerencia del chef fue el tajín, el plato tradicional de Marruecos y de buena parte del norte africano. Es una mezcla de alimentos estofados, que normalmente incluyen verduras y carne de pollo, ternera o cordero, y se sirven sobre un recipiente especial de barro barnizado que se cubre con una tapa cónica que mantiene el vapor. Mi elección por el tajín kefta (con carne picada) fue una genial alternativa para la cena, con la que volví a cama para descansar luego de una larga jornada que había comenzado en la lejana Francia aquella mañana. Pero mi susurrante sueño fue súbitamente interrumpido cerca de las 5 de la mañana, cuando el primer llamado de la mezquita se hizo escuchar en sus altavoces. Vaya si los musulmanes eran más estrictos que los cristianos. Nunca vi a un cristiano comenzar sus rezos a las 5 de la mañana, pensé. Ya que el personal del hostal apenas se alistaba para servir el desayuno, decidí tomarme el tiempo de comprar mi boleto a Marrakech, que al parecer la compañía no vendía online, lo que me obligaba a acudir directamente a la terminal de buses. Salí para enfrentarme a una fría y lluviosa mañana. Había decidido pasar mis vacaciones en Marruecos porque la gente me había dicho que sería mucho más cálido que quedarse en Europa. Ahora veía que Marruecos no era solo un pedazo de desierto junto al Mediterráneo. Ubicada fuera de la medina, para llegar a la estación de buses atravesé la muralla y caminé por la moderna carretera que me llevó hasta la Gare routière. La medina desde fuera podía fácilmente pasar por un castillo medieval europeo, a no ser por las columnas de las mezquitas que se asomaban en lo alto de sus muros. Buena parte de la ciudad moderna a extramuros de la medina fue construida por los franceses durante la época en que Marruecos fue un protectorado de Francia. Fue entonces cuando Fez dejó de ser la capital del reino, siendo desplazada por Rabat. Ambas, junto con Mequinez y Marrakech forman las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, que en algún momento de la historia fueron las capitales del reino. A pesar de la historia que Marruecos tuvo con Francia y España en el pasado (del que también fue protectorado y que aún conserva dos ciudades autónomas en el norte del territorio marroquí) , sus relaciones exteriores han mejorado bastante. Y es por ello que muchos marroquíes todavía hablan francés y español, aunque no sean lenguas oficiales del reino. No obstante, gran parte de la educación superior se imparte todavía en francés. Luego de comprar mi boleto a Marrakech para aquella noche, volví al hostal completamente empapado. Desalojé la habitación, colgué a secar mi ropa y tomé mi desayuno, que debo admitir, logró sorprenderme más de lo esperado. Un huevo estrellado, una pizca de pimienta con especias, un trozo de pan salado marroquí, mantequilla, un jugo de naranja y un té de hierbabuena me hicieron empezar bien mi día, a pesar de que la lluvia parecía no cesar. Antes de seguir andando me detuve frente a la puerta Bab Bou Jeloud. Mi amigo Alex, de Londres, me había dado el nombre de un amigo que había hecho hace un año durante su viaje a Fez. Encontré así a Abdellatif, un joven chico que trabajaba en uno de los restaurantes en la entrada de la medina. Ambos reconocimos nuestras caras al cruzar miradas, y aunque sólo nos habíamos visto en fotografías que Alex intercambió con nosotros, fue un alivio al fin poder conocer de primera mano a un marroquí. Pronto me invitó a beber un té de menta, que hubiera sido mucho mejor sin tal cantidad de azúcar (razón que muchos creen la culpable de la horrible dentadura que poseen muchos marroquíes). Me senté a su lado para conocernos un poco. Abdellatif no hablaba francés, pero su inglés era mucho más fluido que el del resto de los locales. Y parecía contento de poder practicarlo conmigo. Vivía cerca de la medina, donde rentaba un cuarto. Estudiaba química en la Universidad de Fez, facultad con mucho mayor prestigio que la de su natal Agadir, en la costa atlántica. Fue gracias a Abdellatif que resolví muchas de mis dudas sobre Fez y su particular cultura, a la que poco estaba acostumbrado en el mundo occidental. Luego de una hora de charla, y una vez harto de que sus colegas intentaran venderme una costosa jellaba (túnica tradicional bereber) seguí caminando para conocer, esta vez, la parte exterior de la medina. Muchas de las casas al otro lado de la muralla no cambiaban mucho que digamos. Aunque no todas datan de la misma época medieval, el gobierno hizo un buen trabajo al lograr conservar la arquitectura típica y el color de la ciudad. Algunos jardines, como el Jardín Jnan Sbil, todavía se presumen como recordatorio de cuando Fez fungía como la capital del Reino de Marruecos. Incluso algunos edificios que fueron construidos para la familia real funcionan hoy como edificios del gobierno local. La tarde y la lluvia dejaron mis pies agotados luego de algunos minutos de caminata con mis botas. Así que busqué refugio en la terraza de un restaurante. Fuera de la medina los menús parecían menos turísticos que en el interior. Una sopa harira, hecha a base de tomate y legumbres, fue una magnífica entrada, a la que siguió un plato de cuscús con pollo, que ni con todo mi esfuerzo pude terminar. Sopa harira, típica para romper el ayuno en el ramadán. Saciado mi apetito, volví a la medina, ya con la lluvia menos densa en el ambiente, para comprar algunos souvenirs y perderme nuevamente en sus calles y souks. Las ropas de lana de camello, el cuero y la metalurgia son algunos de los productos mejor producidos en Fez, que cuentan incluso con sus plazas exclusivas donde se elaboran dentro de la medina. Pero poco se podría esperar que un turista como yo volviera a Europa con algo tan grande en su equipaje. Así que una lámpara diminuta y un vaso de colección fueron suficiente para satisfacer mis necesidades de compra. Al volver al riad, dos misteriosos hombres aguardaban de pie en el callejón, interceptando por completo la entrada al hostal. Fui y volví, con un mal presentimiento sobre ellos. Pero parecían no esfumarse, y sentía sus miradas encima. Entonces caminaron hacia mí, y otro más apareció del lado contrario. Voy a ser asaltado, pensé rápidamente. Y bajo la oscuridad que había ya invadido la medina, me resigné a no ofrecer resistencia y dejar que se llevaran lo que tuvieran que robar. Pero una vez más mis instintos fallaron, y los tres pasaron de largo, dejándome solo en el callejón. Caminé rápido hasta la entrada del riad, donde me resguardé hasta cercana las 20 horas, cuando debí caminar a la estación central y tomar mi bus. A la siguiente mañana visitaría otra de las capitales imperiales de Marruecos, un reino bastante distinto a lo que me había ya acostumbrado en la Europa imperial.
  5. 2 puntos
    No podemos viajar sin conocer el ritual de tomar unas cervezas en cada lugar que visitamos. Las bebidas alcohólicas están presentes en muchas de las culturas del mundo y es también importante profundizar en ellas (a menos que hayamos decidido abstenernos del alcohol o simplemente no nos guste). Estos son quizá los consejos más elegantes para “irse de peda” como un profesional mientras viajamos, sin desfalcar nuestra billetera. La primer y más grande sugerencia es siempre tomar las bebidas locales. Hechas en el país, o mejor aún, en la región. Los costos serán menos elevados y nos darán un acercamiento al sabor de ese lugar. Muchas veces no será lo que todos los locales beban, lo que podrá sorprendernos. Por ejemplo, no todos los irlandenses beberán Guiness. Y encontraremos a muchos franceses bebiendo Heineken. Pero seguro habrá otra cerveza local que la gente nos recomiende. ¿O acaso en México todos beben Coronita? Un ceviche limeño de camarón acompañado por una Cusqueña, la cerveza local de Perú. Hay que saber adaptarnos al modo en que la gente bebe en cada lugar. No podemos esperar perder el conocimiento bebiendo unas “cañas” en Madrid mientras comemos tapas. Para eso existe el “botellón”. Si asistimos a una “peña” en Argentina lo más tradicional será pedir un vino, y quizá no tanto una cerveza. A muchos escoceses no les agradará que pidamos whisky con coca cola o agua para ponernos “drunk”. Si viajamos hasta Perú no será para pedir tequila en la barra. Pidamos mejor un pisco sour. Y cuando el mesero nos traiga una cerveza de 600 ml en Brasil será, siempre, para compartir con los demás, y no se tratará de una cerveza individual. En Brasil las garrafas de cerveza suelen compartirse, aunque en una "chopería" los tarros son individuales. Hay que tratar de no actuar instintivamente cuando estemos en el extranjero para no parecer un tonto. Quizá en México sea normal tener un plato de sal y limón en la mesa cuando pedimos una cerveza. Pero ponerle limón a la cerveza es algo que a la mayoría de los extranjeros les parecerá repugnante (y aún más si ponemos salsa Tabasco y la hacemos una “michelada”). Tampoco es muy normal encontrar lugares que vendan cervezas por mayoreo. Y mucho menos el ritual de pedir un botella entera de alcohol en una discoteca, por ejemplo. La mayoría de las veces se trata de pedir bebidas individuales, tanto en los bares como en las discotecas. Y si pagamos un precio de entrada será para poder bailar y estar allí. Rara vez nos pedirán consumo mínimo, aunque siempre es mejor preguntar. Cada cerveza belga tiene un vaso diferente donde debe servirse, no se bebe directamente de la botella. Además hay que mirar siempre el porcentaje de alcohol de las cervezas, sobre todo si vienen en botella y no son de barril. Muchas cervezas, sobre todo las alemanas, las belgas o las checas, suelen tener un porcentaje mucho mayor. Y si en Latinoamérica necesitamos mínimo cinco botellas para “entrar en calor”, puede que allá con dos nos sintamos más que “alegres”. En los bares de Alemania una cerveza puede ser más que suficiente. ¿Ganas de un cigarro? Hay que salir del bar. En muy pocos lugares se permite fumar dentro. Y hacerlo será más que una falta de respeto. También es bueno conocer las expresiones locales en todos los países. Mientras en México “nos vamos por unas chelas”, en Argentina “se van por unas birras”, y para “darle fondo” al vaso en Francia se dirá algo como “culo seco”. Sin mencionar lo más importante: siempre aprender a decir “¡salud!”. Una de las mejores maneras de beber más por menos es no perderse la happy hour, que en muchos bares del mundo se ofrece aproximadamente entre las 5:00 y 8:00 p.m. Es muy temprano para hacer la fiesta, quizá. Pero nos dará un buen preámbulo de “precopeo” para después no necesitar vaciar nuestra cartera. La cerveza danesa suele ser cara, pero la happy hour en un bar de Odense me dio la oportunidad de probar la cerveza local. Y si optamos por la opción más barata, la de comprar alcohol en el supermercado, debemos siempre investigar dónde sí y dónde no es legal beber en la ciudad. En la mayoría de las ciudades brasileñas beber en la calle no es un delito, pero suele serlo en el resto de los países. Si no podemos hacerlo fuera, nos tocará regresar a casa o al hostal para hacer el “pre” en soledad, aunque siempre podremos toparnos con alguien dispuesto a acompañarnos. Las mejores noches de fiesta callejeras en Francia no son con cerveza, son con vino. En muchos países árabes el alcohol es ilegal. Mucha gente socializa bebiendo té o fumando shishas. Y hablando de hostales, muchos de ellos también ofrecen descuentos o promociones en algunos bares. Siempre es bueno preguntar. Y por último, mucho ojo con los precios de la carta. Algunos bares cobran diferente por beber en una mesa dentro o una en la terraza. Si llegan a París ansiosos por tomar una “pinta” será mejor buscar una mesa dentro.