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  1. 3 puntos
    Argentina es un país muy extenso, tiene varios sitios que fueron declarados como Patrimonio de la Humanidad, cuenta con una de las Nuevas Maravillas del Mundo: Las Cataratas del Iguazú, varios sitios que reciben a viajeros de todo el mundo y también algunos destinos poco explorados, ideales para viajeros que van en búsqueda de lugares donde se puede disfrutar de la tranquilidad Hornocal A 24 kilómetros de Humahuaca se encuentra el Honocal, una colorida serranía de origen calcáreo. Es un destino que se puede visitar en cualquier época del año, el mejor momento del día para visitarlo es por la tarde, por la ubicación del sol. Hay quienes llegan a distinguir más de treinta tonalidades distintas. Campo de Piedra Pómez Se trata de un paisaje caracterizado por una gran cantidad de piedra pómez, que luego de varios años de procesos de erosión, adquirió la extraña y llamativa morfología que hoy presenta. Es un paisaje lunar representativo de la Puna de Catamarca. Se puede recorrer el lugar a pie, es imprescindible llevar gorra para el sol y agua. Lo más aconsejable es visitar el lugar con guía porque es muy fácil perderse. Saltos del Moconá Son casi tres kilómetros de caída de agua con alturas que varían entre los 3 y 5 metros. Se encuentran a 322 kilómetros de las Cataratas del Iguazú. Para visitar los Saltos es necesario chequear previamente el estado de los mismos en la página oficial del Parque Provincial Saltos del Moconá. La localidad más cercana donde hospedarse es el Soberbio, ubicada a 70 kilómetros. Bañado La Estrella Es el tercer humedal más grande del continente americano después del Pantanal ubicado en el vecino país de Brasil y los Esteros del Iberá. Se pueden ver enredaderas junto con una abundante vegetación y varias especies de animales. Puede hacerse una excursión en canoa para conocer el impactante paisaje y ver distintos tipos de animales como aves y mamíferos. Además es una buena oportunidad para conocer las culturas originarias. En la provincia de Formosa existen otras reservas y lugares donde encontrarse con la naturaleza como es el caso del Parque Nacional Pilcomayo, el cual se suele visitar e una excursión que combina al Bañado La Estrella. En el Parque pueden verse esteros, cañadas y lagunas, además de varias especies de palmeras. Otra de las reservas que forman parte de la provincia de Formosa es la Reserva Guaycolec, ubicada a 25 kilómetros de la ciudad de Formosa Capital, es un sitio ideal para conocer la fauna del lugar. La Payunia Es una reserva volcánica ubicada a 130 kilómetros de Malargüe. En este sitio puede verse una especie de muestrario de casi todos los tipos de volcanes que se encuentran en el planeta. Es indispensable recorrer la zona con vehículo alto y en lo posible con guía ya que los caminos internos no están señalizados y no hay servicios. Ischilín Se trata de un pueblo ubicado a un poco más de 100 kilometros de la ciudad de Córdoba. En la época colonial jugó un importante rol en el Camino Real como un paso alternativo hacia ele Alto Perú. En caso de visitar esta localidad de Córdoba en temporada baja, se recomienda reservar ya que generalmente los establecimientos suelen abrir los fines de semana. Glaciar Vinciguerra Es un glaciar austral ubicado en la provincia de Tierra del Fuego, es menos famoso que el Glaciar Martial. Se puede llegar únicamente haciendo trekking de cinco horas de duración. Piedra Parada Esquel cuenta con varias atracciones turísticas, dentro de las menos conocidas se encuentra Piedra Parada una rareza geológica ubicada a 80 kilómetros del centro de la ciudad. Es una gran piedra solitaria con una altura de 276 metros, convoca a curiosos y a escaladores. Se encuentra rodeada de aleros con pinturas rupestres.
  2. 3 puntos
    Las brisas de octubre volvían a hacer de las mañanas en Innsbruck un frío amanecer. Y la capital de Tirol no era el mejor lugar para colocar una terminal de autobuses al aire libre, sin paredes ni techos que me refugiaran de las heladas. Pero mi viaje por el centro de Europa, alrededor de los Alpes, era posible en mucha parte gracias a los autobuses de bajo costo. Así que pocas opciones tenía además de estar parado allí, a las 7 de la mañana en medio de las montañas austriacas. Por suerte, aquel día nuestro Flixbus no tuvo ningún retraso, y pocos minutos esperamos para poder entrar con desespero a gozar de su calefacción. Éramos pocos los pasajeros a bordo en esa primera corrida. El frío y el sueño inmediatamente se esfumaron, cuando el sol comenzó a encalar los paisajes alpinos junto a las ventanas del autobús. Escenas registradas ahora solo en mi mente. Olvidar la cámara en el portaequipaje no fue una buena decisión. El callejón bajo la cordillera Karwendel, la cadena más grande de los Alpes del Norte, nos llevó hasta la frontera de Austria con Alemania, abriéndonos las puertas al Estado Federado de Baviera, el territorio más austral de Alemania. La mayoría de las personas en ese autobús viajarían directamente hasta Múnich, capital bávara y una de las principales ciudades del país. Pero yo podía esperar para verla. Primero tenía una escala por hacer, una que había esperado tres largos años. Cuando el autobús llegó a Füssen, solo dos chicos y yo descendimos de él. La pareja australiana, Tom y Penny, caminaron hacia el mismo rumbo, mientras el pueblo apenas despertaba aquella mañana de lunes. A simple vista, Füssen parecía un pueblo perdido de Dios al que poca gente le prestaría importancia. Y a diferencia de mí, Tom y Penny pasarían una noche en él. —Vamos a nuestro hotel a dejar las maletas —dijeron—. ¿Te acompañamos al tuyo? La ciudad es muy pequeña. —No —respondí—. Yo tomo un tren hoy por la noche. Se ofrecieron entonces a llevarme a su hotel y dejarme guardar mi mochila allí. Liberarme de esa carga por todo un día y sin cobrar ni un euro era de agradecerse. A pesar de todo, no era nada raro ver a tres mochileros caminando por las calles de Füssen un lunes temprano. Los Alpes bávaros al sur de la ciudad resguardan, de hecho, uno de los atractivos turísticos más visitados de Alemania: el castillo de Neuschwanstein. Un nombre difícil de aprender para muchos. A mí me costó algunos meses poder pronunciarlo. Pero desde que supe que Walt Disney se había inspirado en un alcázar perdido en la frontera austriaca-alemana para construir el castillo de la Bella Durmiente, sabía que era un lugar al que debía viajar mientras estuviera en Europa. Y ya que mi anterior viaje no me había dado el tiempo y dinero para hacerlo, esta era la ocasión perfecta. Neuschwanstein (pronunciado “noish-van-stain”) es solo uno de los tantos castillos que todavía sobreviven de los antiguos reinos alemanes. Pero ninguno le gana el título del monumento más fotografiado del país, con más de 1.4 millones de visitantes por año, lo que lo hace uno de los más famosos en toda Europa. Tras dejar nuestras mochilas en el hotel, Penny no podía esperar para llegar a las taquillas del castillo. Ninguno de los tres habíamos reservado un boleto y temíamos que nos pudiésemos quedar sin entrar. El castillo se encuentra justo al pie de un desfiladero, junto a la cordillera alpina. Lo cual quiere decir que no está precisamente al lado de Füssen, sino a poco más de tres kilómetros desde el centro del pueblo. Caminar junto a la carretera es posible. Pero el transporte público es barato y viaja con cierta frecuencia. No obstante, Penny no quería esperar. Así que tomamos un taxi que, por unos diez euros, nos llevó hasta el siguiente pueblo, Hohenschwangau. Aquel diminuto pueblo resulta ser el lugar que la familia real de Baviera alguna vez utilizó como sitio de recreo y caza, siendo su residencia principal el palacio de Múnich. Mientras en la Edad Media la zona no tenía más que un par de torrejones de defensa, el rey Maximiliano II de Baviera decidió construir en medio del portentoso paisaje el hermoso castillo de Hohenschwangau, un castillo estilo medieval hecho en pleno siglo XIX. Este palacio sirvió como residencia de recreo a la familia real a partir de 1837. En él, Maximiliano, su esposa María de Prusia, y sus dos hijos, Luis y Otón de Wittelsbach, pasaron varios veranos juntos, deleitándose junto al lago y los Alpes bávaros. Luis de Wittelsbach, heredero al trono de Baviera, vivió buena parte de su juventud en esta alejada área del antiguo reino. Y las ruinas de las fortalezas medievales que se alzaban en el peñasco frente al castillo siempre le causaron una enorme curiosidad. Era allí donde, a la muerte de su padre, se prometería levantar uno de los más majestuosos castillos del mundo. Hohenschwangau dejaba en claro que aquel perdido lugar era uno de los más turísticos de Alemania. Si bien en Füssen no vimos mucho movimiento, Hohenschwangau estaba repleto de gente. De verdad, repleto. Honestamente, Hohenschwangau vive hoy del turismo que ambos castillos le generan. Cada edificio, casa y construcción está destinado a ellos. Como tienda, restaurante, hotel, cafetería… El taxi nos dejó en la entrada de la oficina de turismo, donde la fila no tardó en avanzar y pudimos comprar nuestros boletos para entrar a las 12 p.m. Tal cantidad de turistas debía no ser una muy buena señal. Y el boleto especificaba algo que no me esperé de Neuschwanstein: solo pueden visitarse ciertas partes del castillo. Y solo se puede entrar como parte de una visita guiada. Los grupos de visita guiada son la cosa que más detesto del turismo. Ser parte de un rebaño, cuyo pastor se dice a explicar lo que quiere y como su horario lo quiera, no es para mí. Pero no tenía opción. Era eso o no entrar. Las visitas guiadas se ofrecen en varios idiomas. Pero los horarios más frecuentes son el alemán y el inglés. Por supuesto, acepté el inglés. Desde la oficina de turismo comienza un sendero peatonal por el que se puede subir a la cima del peñasco, donde se yergue el castillo. Pero un día antes había caminado más de 10 km por las montañas de Innsbruck. Y al parecer Penny no se sentía con ánimos de subir un desfiladero. Así que optamos por pagar el bus. Un bus para ancianos, discapacitados y perezosos. Compramos un bocadillo y cogimos el siguiente bus, que en menos de cuatro minutos nos dejó en medio del boscoso sendero. Desde allí, podía visualizarse ya la grandeza del Neuschwanstein. Pero el letrero señalaba una dirección contraria. Entre dos paredes de piedra que abrían un callejón natural. El puente Marienbrücke une los dos desfiladeros, que dejan entre sí un colorido abismo por el que cae una cascada de ensueño, misma que el rey Luis II podía ver desde su afanado castillo residencial. Tom tenía miedo a las alturas. —Yo también —le confesé—. Pero estas vistas son algo que no podemos permitirnos dejar pasar. Y vaya que tenía razón. Del lado contrario a la cascada, el castillo se desnudó en toda su plenitud. Las decenas de chinos en el puente no dejaban de tomar selfies, imposibilitando el movimiento y las tomas del resto de las personas. Pero valía la pena esperar. Y aguardar por una foto perfecta conmigo en el cuadro podía parecer lo más importante. Pero no lo era. El solo hecho de estar ahí parado, con las llanuras bávaras y su más exquisita obra arquitectónica llenaba un hueco que mi país natal jamás podría llenar. Un verdadero castillo de hadas. La primera vez que oí hablar de Neuschwanstein yo estaba viviendo en España. Pero mis únicas y cortas vacaciones de invierno no me parecieron el mejor momento para ir. Pero esperar tres años para ver al castillo rodeado de semejantes colores fue una excelente decisión, me atrevería a decir. Mis vacaciones de otoño en Francia me dijeron “ve, es el momento”. Y definitivamente lo era. Si bien las postales del castillo nevado traen a la mente una Navidad de cuento, el follaje de octubre en los Alpes bávaros fueron el mejor lienzo para decorar a Neuschwanstein. Al menos lo fue para mí. Luego de varios intentos por tomar una foto donde no saliera un chino, volvimos al sendero y caminamos hacia el castillo. La entrada principal estaba en mantenimiento. Pero nada que pudiésemos perdernos. Solo la recepción y los baños. Más adelante llegamos al patio superior, la explanada principal del palacio desde donde se admira la torre cuadrada. Es justo donde todos debimos esperar nuestro turno para entrar. El castillo de Neuschwanstein se diferencia por muchas cosas del resto de los castillos en Europa. La función principal de un castillo era resguardar de forma segura a la realeza, fungiendo como una verdadera fortaleza además de residencia. El castillo de Neuschwanstein nunca fue pensado como una construcción de defensa. La totalidad de sus edificios se planeó y erigió con el diseño y la belleza como elementos principales. Neuschwanstein fue pensado siempre como una residencia. La mayoría de los castillos que aún siguen en pie en el viejo continente han sido modificados con el tiempo, remodelando su diseño y agregando elementos contemporáneos a cada época. Neuschwanstein fue construido de principio a fin, de una sola vez. Los trabajos de restauración nunca modificaron su diseño original. Pero la construcción de este tipo de castillos fue de hecho normal durante el siglo XIX, cuando el romanticismo dominaba la Europa Central. Neuschwanstein fue descrito por el rey Luis II como el castillo ideal para el caballero medieval. Su visión romántica de la Edad Media inspiró el diseño exterior e interior del complejo, así como las sagas musicales de Richard Wagner, de quien se consideraba fan. Su construcción inició en 1868, cuando el joven rey ya tenía acceso casi ilimitado a los recursos económicos del reino. Sus caprichos y demandas subieron de la misma forma que el presupuesto inicial, por lo que la finalización del proyecto se retrasó repetidamente. Luis II nunca pudo llegar a ver el castillo terminado, pero pudo vivir en él por al menos 172 días, antes de su misteriosa muerte en el lago Starnberg. Justo al mediodía llegó nuestro turno de entrar. Ahora podríamos deleitarnos con lo que Luis II nunca pudo admirar, El guía era un calvo y gordo hombre alemán, de una edad algo avanzada. Como es costumbre, nos dieron audífonos y un radio para escuchar más atentamente la explicación del hombre. Pero, vaya. Su acento era terrible. —¿Entiendes algo? —me preguntó Penny—. Sí tú no entiendes, menos yo —repliqué—. Seguimos a aquel ininteligible guía con un grupo de unas veinte personas, con las que me moví bajo los lujosos techos del castillo, del que me prohibían tomar fotografías. Aún así, me las arreglé para tomar algunas. El palacio tiene en total unas 200 habitaciones, pocas de ellas abiertas al público. Entre todas destacan la Sala de tronos y la Sala de los cantores. El cisne es el símbolo del castillo, y está presente en muchas de sus salas. Neuschwanstein significa "nuevo cisne de piedra". Las paredes de los cuartos y pasillos están decorados con frescos que parecen sacados de un cuento de hadas. Pinturas que inmortalizan las sagas de los caballeros que lucharon por los reinos medievales del Imperio Germánico. Entre todos, uno llamó especialmente mi atención. Y no porque fuese el más hermoso que hubiera visto, sino porque parecía más haber sido pintado para La Bella Durmiente que para el verdadero rey de Baviera, El castillo de Neuschwanstein se destaca también por ser el primero que incorporó los avances tecnológicos de la era industrial. Poseía una red eléctrica, un sistema de agua corriente, un sistema de campanas operadas con baterías y servicio telefónico. Una verdadera maravilla moderna. Si bien el castillo es considerado romántico, su arquitectura exterior e interior incorpora elementos de todas las épocas europeas, desde el románico y gótico hasta el moderno y bizantino. Se planeó incluso una sala árabe para el rey, que sin embargo nunca fue concebida, así como una fuente y un jacuzzi exterior. La visita duró poco más de media hora. Sinceramente fue un poco desconsoladora. Entre tantos turistas y al lado de un alemán al que poco se le entendía el inglés. Pero el escaso número de salas que nos permitieron visitar fue suficiente para darnos por bien servidos. Además, desde los balcones y corredores norte del castillo tuvimos vistas impresionantes de sus alrededores. No cabía duda del porqué los reyes habían elegido este remota zona del sur bávaro para pasar sus veranos en familia. Y no dudaba del porqué Luis II había enloquecido tanto con la construcción de dicho monumento. El castillo de Neuschwanstein fue nominada como una de las siete maravillas del mundo moderno, pero obtuvo el octavo lugar. Aun así, muy bien merecido. Abandonamos el majestuoso palacio y decidimos descender la colina a pie. Era inevitable voltear a ver cómo se asomaba entre el vivaz naranja de las copas de los árboles, y cómo nos decía adiós, dándonos la bienvenida a Alemania. Comimos una ensalada en un restaurante local y cogimos el bus de vuelta a Füssen. Busqué mi mochila en el hotel y me despedí de los australianos, que necesitaban desesperadamente una siesta. Ya que yo no podía darme ese lujo, caminé un rato por el pueblo y fotografié algunos de sus rincones. La tarde había traído la vida de vuelta a Füssen, y sus corredores se llenaron de turistas y locales. Bajo los árboles de otoño y vigilado por los Alpes, me senté a esperar la hora de mi tren. Neuschwanstein había sido mi puerta de entrada hacia Bavaria, y ahora su capital me esperaba con mucha cerveza.
  3. 2 puntos
    Llevaba menos de 12 horas en Alemania y ya había visitado una de sus atracciones más famosas, el castillo de Neuschwanstein. Me encontraba entonces en Füssen, a escasos metros de la frontera con Austria, desde donde había viajado aquella misma mañana. Por la diminuta extensión del pueblo decidí no quedarme. Esa misma noche tomaría un tren hacia Múnich, donde ya había conseguido que Dominik, de Couchsurfing, me diera alojo por algunos días. Hasta entonces, había viajado a Alemania ya dos veces. Una en 2013 y otra en 2014. Pero ambos fueron viajes relámpago, a Heidelberg, Frankfurt y Berlín, respectivamente. Esta vez me había propuesto tomármelo con calma, y conocer tranquilamente el sur del país. Füssen es, como dije, muy pequeño. Su estación de tren no tiene más de un par de salidas por día, a las ciudades más cercanas. Aunque Múnich es la capital del estado de Baviera, al que Füssen pertenece, no hay una corrida que las conecte directamente. De cualquier forma, había ya reservado mi viaje en tren hasta la capital. Haría una conexión en Augsburg y estaría en Múnich no después de las 9 p.m. La salida fue puntual, a las 7 p.m., como bien estaba estipulado. Podía notarse que la mayoría de los pasajeros eran turistas que se habían tomado el día para visitar el castillo, y ahora regresaban a su hotel en la gran ciudad. Los trenes alemanes parecían cómodos, pero nada comparado con los trenes franceses, pensé. No había conexiones eléctricas ni wi-fi a bordo. Algo poco conveniente para alguien que, como yo, no tenía línea telefónica para comunicarse en el extranjero. Luego de más o menos media hora, los altavoces del tren emitieron un mensaje. Un mensaje en alemán. El tren se detuvo en la siguiente estación y abrió sus puertas, como es costumbre. La voz de las bocinas volvió a decir algo ininteligible a mis oídos, a lo que todos comenzaron a descender del tren. Rápidamente me quité los audífonos y pregunté a la mujer del asiento de atrás qué estaba pasando. —Creo que hay que bajar —dijo. Tomé mi mochila y salí al andén. Acto seguido, el tren separó sus vagones. Algunos corrieron a la parte delantera antes de que sus puertas se cerraran. La parte trasera se encarriló en sentido contrario, mientras la delantera siguió su camino. El resto de los pasajeros, que nos quedamos parados en el andén, no supimos con exactitud lo que acababa de ocurrir. Como dije, todos éramos turistas. Todos menos un chico, el único alemán a bordo. —El tren a Múnich se canceló, o eso parece —exclamó—. El próximo sale a las 10:00 p.m. —Imposible —pensamos todos. La estación era tan pequeña como el pueblo en el que se encontraba. El grupo, de unas 45 personas, se dirigió en conjunto a la taquilla, donde cuestionaron a un policía sobre lo sucedido. El chico alemán nos explicó. Un autobús vendría a recogernos y nos llevaría hasta Múnich. La situación era todavía confusa. Varados en medio de un oscuro estacionamiento, no teníamos nada más que esperar. Luego de unos 15 minutos el autobús aparcó del otro lado de la estación. La multitud corrió y se abalanzó para coger un asiento. No podía creer que viajaríamos con cuatro personas de pie. No en Alemania. Las caras de enojo poco a poco se transformaron en risas, hasta que el chofer afirmó: “no llegaré hasta Múnich, los dejaré fuera de la ciudad”. Nadie creía la odisea que estábamos atravesando, no después de haber comprado nuestro ticket directo a la ciudad. El servicio alemán de transporte nos estaba decepcionando, y yo cada vez me preocupaba más por tener un lugar donde dormir. Dado a que me había quedado de ver con Dominik a las 9 p.m. en la Haupbanhof (estación central), debía informarle de alguna forma que llegaría más tarde. Pero no tenía línea telefónica. Pedí el celular a Lucía, una argentina con la que había hablado momentos antes. Ella vivía en Alemania y tenía un número nacional. Envié un mensaje a Dominik antes de que la batería se agotara (para ese entonces estaba en un 5%). Y vaya sorpresa que me llevé. Dominik apenas iba camino a Múnich. Su tren también había sido retrasado. Con una gran incertidumbre, el chofer nos dejó fuera de una de las estaciones del S bahn, el tren urbano que conecta a Múnich con las afueras de la ciudad. Todos juntos tomamos el próximo en pasar, en dirección a la estación central. Como forma de protesta por lo ocurrido, el grupo entero decidió no comprar el ticket de abordaje. El metro y los trenes urbanos en Alemania pueden ser abordados sin ticket, ya que nada impide subirse. Todo recae en la confianza de que el ciudadano adquiera el boleto. De lo contrario, solo un controlador de la empresa de transporte puede multar a la persona. Nosotros corrimos el riesgo. Nadie pensaba gastar más dinero después de lo que nos habían hecho pasar. Cuando la batería de Lucía estaba en el 2%, envié un último mensaje a Dominik, diciéndole que estaba a punto de llegar. —Espérame ahí —dijo. Y unos minutos después nos encontramos frente a una tienda de hamburguesas. Eran ya casi las 11 de la noche. —Así funciona el sistema de trenes en Alemania —me hizo saber Dominik. Yo, sinceramente, seguía sin poder creerlo. Tomamos el tranvía a su apartamento, mismo que compartía con un par de estudiantes. Preparó algo rápido de cenar y no demoramos en irnos a la cama. Al próximo día él iría a su universidad, mientras yo me dispuse a conocer la ciudad. Múnich es una de esas metrópolis que vivieron el llamado “milagro alemán”. Lo cual quiere decir que en un relativo corto tiempo se repuso de los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque en 1945 Múnich era solo cenizas, hoy su centro histórico está perfectamente reconstruido, y me acogió como a la mayoría de los turistas que llegan a diario, y que convierten a la capital bávara en la ciudad con más visitantes en toda Alemania. Aunque los edificios fueron reconstruidos, la mayoría de la arquitectura del casco viejo de Múnich data del siglo XIX, cuando Bavaria pasó de ser un ducado a un verdadero reino, que formó parte de la Confederación Germánica y del Imperio Alemán. El símbolo más representativo del esplendor de Bavaria es el Nuevo Ayuntamiento. Ubicado en la famosa y concurrida Marienplat, que ha sido el corazón de la ciudad desde su fundación, es considerado por muchos el edificio más hermoso de todo Múnich. Su torre de 85 metros de altura se asomó rápidamente entre las callejuelas peatonales que me condujeron a sus pies para admirar la belleza de su estilo neogótico imaginado y diseñado por Georg von Hauberrisser, uno de los mejores arquitectos alemanes exponentes del romanticismo. Sea desde la Marienplatz o desde su patio interior, el Ayuntamiento se ha ganado su lugar con creces. A pocos pasos me encontré con su hermano, menos querido y admirado, el Viejo Ayuntamiento, un edificio que fue rediseñado en varias ocasiones y que albergaba antiguamente la sede del gobierno municipal. Guiado por Google Maps y sus recomendaciones (a las que había echado un vistazo antes de salir de casa) me dirigí al Viktualienmarkt, una famosa plaza al aire libre que ha albergado al mercado local por varios siglos. Si bien antes se reservaba a la venta de frutas, carnes, flores, especias y productos de granja, hoy es también un sitio turístico donde pueden encontrarse platillos típicos bávaros. Por supuesto, fue el mejor momento y lugar para comer otro bratwurst, la tradicional salchicha alemana que tanto se había ganado mi corazón. Pasado el mediodía caminé hacia el norte del casco viejo para alcanzar la Max-Joseph Platz, que está flanqueada por dos joyas de Baviera: el Teatro Nacional, que alberga a la Ópera estatal, y el Palacio Real de Múnich, antigua residencia de los reyes bávaros. Este último se trata del palacio urbano más grande de Alemania. Y después de haber visitado el día anterior el castillo de verano de los reyes de Baviera en Füssen, necesitaba ver ahora su residencia por dentro. No es necesario decir que el palacio entero fue bombardeado y reducido a escombros durante la Segunda Guerra Mundial. Pero gracias a los fondos del Plan Marshall, pudo alzarse nuevamente para acercarnos a lo que fue la casa real de los Wittelsbach. El salón más prominente y ostentoso es sin duda el antiquarium, la sala de antigüedades de los duques y los reyes. A los costados de esta bóveda de cañón se resguardan hasta hoy algunos tesoros de la familia real, provenientes de todos los rincones del mundo y adquiridos durante los siglos de su mandato en el sur de la actual Alemania. El antiquarium sirve hoy también como salón para algunos eventos diplomáticos, como el que estaba a punto de llevarse a cabo justo cuando yo lo fotografiaba. Otro de los cuartos más bellos que me topé es la Galería Ancestral, un magnífico salón ornamental con madera tallada y detalles dorados donde se exhiben los retratos de la familia Wittlesbach, que gobernó Baviera por siglos, y de donde nacieron dos de los grandes emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico: Luis IV y Carlos VII. Una de las cosas que típicamente se encuentran en todos los palacios de Europa son las colecciones de reliquias que los grandes reyes resguardaban con recelo, como una muestra de su poder. Figuras de porcelana, vajilla china, telas de seda. Todos los artículos y artesanías más preciados en aquel entonces y hasta ahora. Una de las últimas salas para los visitantes es la Galería Verde, que gana su nombre por el matiz de sus paredes, que se adornan por espejos alternados con más retratos de los Wittlesbach. Como toda residencia real europea, el Palacio de Múnich cuenta en su ala norte con una pequeña pero significativa extensión de áreas verdes. Los jardines imperiales, que abiertos al público, me regalaron la vívida hojarasca con la que, regocijado, suelo hacer el fondo perfecto para mis fotografías de viaje. En medio del otoñal prado, bajo la cúpula de un kiosko, un peculiar sonido me llamó hasta él. La voz de una cantante de ópera desde un amplificador de sonido me hacía pensar que alguien transmitía el concierto del Teatro Nacional desde el jardín. Pero para mi sorpresa, era una chica, común y corriente que resultaba ser una soprano. Ella cantaba para el público a cambio de un par de monedas. Los discos en el suelo dejaban ver que comenzaba apenas su camino como cantante. Pero dijo ser una estudiante universitaria que necesitaba el dinero para seguir su carrera. Fuese lo que fuese, su interpretación nos cautivó a la mayoría. Y habiendo escuchado ópera al aire libre en Múnich, me sentí satisfecho de terminar mi día y volví a casa para cenar con Dominik. Un exquisito risotto. Couchsurfing no dejaba nunca de sorprenderme con la calidad de seres humanos que gracias a la red social había conocido. Y Dominik fue otro de esos casos. Hace algunos años perdió a su hermana gemela, ante lo cual no quise entrar en detalles. Se había mudado a Múnich y empezado a repartir comida en bicicleta para ayudar a sus padres con los gastos de la universidad. Ahora, además de alojar extraños para ayudarlos en su travesía por Alemania (como a mí), ayudaba también en un centro de refugiados, situación en la que muchos países de Europa se vieron inmersos a partir de la guerra en Siria. Aunque era mi intención acudir en su ayuda, había que estar registrado en los centros de refugio para poder ingresar. Así que Dominik me alcanzaría en el centro de la ciudad más tarde aquella noche, mientras yo me reuniría con una vieja amiga de la escuela. Lo mejor de los viajes es que nunca puede uno predecir lo que sucederá. Y mi reencuentro con Yolanda fue uno de esos imprevistos. Ella y yo nos conocimos a los 12 años en la escuela secundaria. Y ahora, muy lejos de México, estudiaba alemán en Múnich, donde pretende quedarse a vivir. Así que a mi paso por la ciudad no dudé en contactarla para bebernos una cerveza. Dicho y hecho, Yolanda me llevó a la cervecería más típica y famosa de Múnich: la Hofbräuhaus. Sus orígenes son tan lejanos como el año de 1589, cuando el Duque Guillermo V la creó como el proveedor oficial de Weissbier (cerveza típica de Baviera) de la familia real. Hoy es la cervecería más visitada de casi toda Alemania, con más de 35 000 clientes al día. Y entre ellos estuve yo. No hace falta decir que los tarros de cerveza en Alemania son enormes. Con un litro es como se suele empezar. Pero Yolanda me lo advirtió. —La cerveza aquí es muy fuerte, con una basta —me dijo. Y tenía razón. No quiero imaginar cómo son las cosas en el Oktoberfest. Dominik se nos unió con otro tarro y un pretzel, que es necesario si no queremos que la cerveza se nos suba muy pronto a la cabeza. Aunque era martes, el bar estaba lleno y el grupo de música folklórica bávara no dejaba de tocar. Un grupo de alemanes con su Lederhosen (pantalones de cuero cortos), típicos de Baviera, me hicieron entonces sentir que estaba de vuelta en Alemania. Y por los próximos días me enamoraría más y más de aquel país. Al siguiente día el cielo amaneció algo nublado, pero nada por lo cual asustarse. Dominik me dio algunas indicaciones para llegar caminando al complejo del Parque Olímpico, que data de 1972, cuando la ciudad albergó los Juegos Olímpicos de Verano. Es de agradecerse que Múnich no haya dejado morir la infraestructura en la que se invirtieron millones de marcos (antigua moneda alemana) y que ayudó a la urbe y al resto de la República Federal Alemana a crecer durante la Guerra Fría. Muchos estadios durante la historia han quedado en el abandono después de su auge en los Juegos Olímpicos. No es el caso de Múnich. Es común ver gente corriendo por los senderos del campo. Haciendo picnics, paseando a sus perros, andando en bicicleta o, incluso, volando sus drones. El Olympiapark es una de esas áreas verdes que desearía que todas las ciudades del mundo tuvieran. Un lago, cuerpos boscosos y pistas de atletismo no deberían faltar en ningún lugar. Y combinado con los modernos monumentos que la Alemania de los 70s erigió para ello, son sin duda un hermoso paisaje que contrasta con la historia de la ciudad. Detrás de la icónica antena de televisión que enmarca otra de las postales de Múnich, se encuentra uno de los mayores y modernos atractivos: el Museo BMW. Alemania se ha ganado su lugar en el imaginario mundial gracias a muchas cosas: la cerveza, el chocolate, las salchichas, el fútbol… y los coches. La industria automovilística creció rápidamente en el mundo en el siglo XX. Y Alemania no se quedó atrás al competir con sus países rivales, Japón, Estados Unidos, Italia, Francia, Suecia… Son varias las marcas alemanas posicionadas en el mercado de automóviles. Volkswagen es quizá la mejor. Pero no podemos dejar atrás a la BMW. La Bayerische Motoren Werke (fábricas bávaras de motores) empezó como un fabricante de motores para aviones, que se las vio negras tras terminada la Primera Guerra Mundial, cuando le fue prohibido a Alemania fabricar motores durante cinco años. Pero la empresa se revolucionó, y se incorporó en la industria del transporte terrestre. Hoy se presume a sí misma como una de las mejores compañías de automóviles del planeta. Y sus edificios lo dicen todo. La torre BMW y su complejo anexo, que incluye un centro de visitantes y el museo, expide la modernidad al aire. Su arquitectura es exquisita. Pero si algo se lleva el premio es la excelente mercadotecnia de la marca. Desde que llegué, letreros en todos los idiomas dan la bienvenida al centro de visitantes. No importa de dónde vengas, la BMW te hace sentir como en casa. El interior parecía simular una nave en movimiento que me hizo sentir a bordo de un gigantesco vehículo. No hace falta hablar de los coches. Los modelos más lujosos y detallados se exponen en primera fila para el deleite de los transeúntes. BMW no hace ninguna venta directa. Pero todo a su alrededor te hace querer comprar. Slogans, colores, imágenes high-tech, texturas metálicas, aparatos interactivos. Todo lo necesario para hacernos tener hambre de manejar. La BMW ha pensado en todo. Hasta en los niños. Finalmente, los coches son para el mundo entero. Cualquier puede manejar. Cada rincón del centro de visitantes me invitaba a acercarme y palpar de cerca la mejor publicidad física de la que había sido testigo. Un lugar del que no quería salir. BMW me dio un acercamiento a algo en lo que usualmente no me intereso: los coches. Y fue el mejor preámbulo para lo que días más tarde vería en Stuttgart, donde otra compañía automovilística me transportaría a todas partes del mundo. Aquella tarde volví al apartamento de Dominik, quien me hizo una muy buena oferta: dar un paseo en bicicleta por la ciudad. Dominik me llevó primero a la tienda oficial del Bayern Múnich, quizá el equipo alemán de fútbol más conocido en el mundo. Si bien es escaso mi interés en el fútbol, no podía irme de la ciudad sin llevar un recuerdo del equipo a mi hermano y mi padre. La mercadotecnia del fútbol es equiparable a la de los coches: no se puede escapar de ella. Terminamos el recorrido a orillas del río Isar, con las torres de la catedral en el fondo del paisaje. Múnich es una ciudad enorme, y me había regalado de todo un poco: historia, palacios, cerveza, salchichas, autos y fútbol. Ahora era tiempo de saltar a un lugar un poco menos ostentoso, pero muy alemán, finalmente.
  4. 1 punto
    Los trenes despiertan interés en todos los viajeros… existen los antiguos, también los de lujo, los ultramodernos… los veloces y los que van muy despacio para apreciar el paisaje y el recorrido. Existen los que invitan a viajar por pocas horas y los extensos que llegan a implicar varios días de viaje… El Transiberiano es quizás uno de los más célebres y conocidos en todo el mundo. No hay solamente uno, sino que hay tres opciones, está el que va desde Moscú hasta Vladivostok, es la línea más extensa del mundo. También se encuentra el Transmongoliano y el Transmanchuriano que cruzan a Mongolia y China. Rovos Rail, es el nombre dele tren que realiza la ruta emblemática que va desde Pretoria a Ciudad del Cabo. Se trata de un trayecto que dura tres días y dos noches. Existe también otro recorrido que dura catorce días que va desde la ciudad del Cabo a Tanzania. El tren tiene todo lo necesario para disfrutar del recorrido: coches camarote, vagones comedor, sillones y vagones de observación con ventanas muy grades y balcones al aire libre. La cocina está catalogada como excelente y va acompañada de vinos sudafricanos. El Orient Express es un clásico. Es un tren de lujo que une a Venecia y Londres vía París con una noche a bordo, cruzando asombrosos paisajes de Francia y Suiza. Los vagones mantienen el estilo de la década de los años 20 y 30. En 1930 se empezó a realizar un recorrido soñado por los Alpes, que aún continúa realizándose, se trata del Glacier Express que hace la ruta que une a Zermatt con St Moritz. El recorrido tarda unas siete horas, hay opciones con distintos precios. Un dato muy importante es que los menores de seis años no pagan. Siguiendo con los recorridos por Suiza, se encuentra el Bernina Express, es un tren panorámico que va desde Tirano en la frontera entre Italia y Suiza hasta St Moritz, Chur o Davos. Es la mejor manera de cruzar los Alpes. El tren cuenta con un programa de entretenimiento que va explicando las atracciones de cada punto. Cuenta con una carroza panorámica ideal para tomar buenas fotografías. Eurostar, representa una opción ideal para los apasionados por los trenes de alta velocidad. Este tren une a dos de las capitales más importantes de Europa, las ciudades de Londres y París. En dos horas y cuarto, se realiza este trayecto de casi 500 kilómetros. Para conocer la zona de Sevilla, la mejor opción es el Alandalus, un tren que realiza un recorrido de siete días y seis noches permitiendo conocer a fondo esta región española. El tren pasa por Córdoba, Úbeda, Granada, Ronda, entre otros destinos. No solamente pasa por estos lugares, sino que además incluye una programación de excursiones y visitas guiadas. En Norte América también hay opciones… Se encuentra el Royal Canadian Pacific el cual propone una ruta de seis días y cinco noches por Calgary, Golden, Elko entre otros destinos. Otra alternativa canadiense es The Canadian, el cual conecta a las ciudades de Toronto con Vancouver. En Estados Unidos los trenes Amtrak llegan a más de 500 destinos en 46 estados. La ruta emblemática es Chicago. Denver- Salt Lake City y San Francisco. No todas las opciones de recorridos en trenes son caras, hay opciones low cost, como es el caso del Tranzalpine, un recorrido de cinco horas que permite descubrir la impactante geografía de Nueva Zelanda. El recorrido se compone de nueve paradas y tiene un costo de 90 dólares por persona. The Ghan, es el nombre que lleva el tren australiano que une a las localidades de Adelaida, Alice Springs y Darwin. Tarda unas 54 horas en recorrer casi tres mil kilómetros con una escala de cuatro horas en Alice Spring. Es un ferrocarril histórico que fue inaugurado en el año 1929. En el continente asiático existen varios recorridos sobre rieles, uno de ellos lleva el nombre de Maharajas Express, se habilitó en el año 2010 y recorre desde Nueva Delhi hasta la ciudad de Bombay. Un viaje promedio tarda unas siete horas y llega a varios sitios emblemáticos como Agra lugar donde se encuentra el Taj Mahal. Otro destino al que llega el tren es a la reserva de tigres de bengala. Quizás una de las principales ventajas de elegir un tren como medio de transporte es que no sólo despierta fantasías desde la más tierna infancia, sino que también tiene la virtud de tener un camino prefijado, que desafías cualquier tipo de altura de relieve. Subirse a un tren es subirse a un viaje, es disfrutar cada instante del recorrido, es sumergirse en un mundo donde lo llegar no es lo principal, sino disfrutar del camino…