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  1. 3 points
    Buena parte del turismo en Gran Bretaña se centra en los grandes museos y palacios de las megalópolis, haciendo de las grandes ciudades sus principales destinos, que incluyen incluso un turismo musical y deportivo (claro, por sus grandiosos equipos de fútbol). Pero la segunda cosa que suele atraer a los visitantes a los rincones del Reino Unido son sus célebres y bien reconocidas universidades. Cambridge, Oxford, St. Andrews o el Colegio Imperial de Londres han visto egresar a los más aplaudidos científicos, artistas, catedráticos y doctores del mundo. Digamos que ser un graduado de una universidad británica podría ser el sueño de cualquiera. Y al igual que en Harvard, Yale o Stanford en los Estados Unidos, los estudiantes británicos suelen sentirse felices y orgullosos de que personas de todo el mundo decidan visitar sus campus, aunque sea solo como un paseo turístico. Pues en las calles de York, al norte de Inglaterra, yo quería ser uno de aquellos turistas. Pero algo lejos de Cambridge y Oxford, tomé una opción menos ortodoxa, y un poco menos conocida. Me dirigí entonces hacia la villa de Durham, no muy lejos de Newcastle, casi en la frontera norte con Escocia. Con una población sumamente universitaria, era obvio que la mayoría de la comunidad de anfitriones de Couchsurfing fueran estudiantes. Y casi a finales de mayo, la temporada de exámenes había comenzado. Eso me dejaba con pocas posibilidades de alojamiento. Pero finalmente encontré una opción. Una pareja de polacos que, a sus más de 30 años, ya no eran más estudiantes, sino trabajadores y padres de familia. Con su pequeña bebé de un año, vivían ahora en los suburbios de Durham, a donde llegué con un bus que tomé desde la estación central aquella mañana. Pero los universitarios no me decepcionarían. Días antes de llegar, una estudiante de letras hispánicas llamada Naomi me había ofrecido mostrarme la ciudad. Después de todo, no todos los días tenía la oportunidad de conocer un hablante hispano nativo para practicar antes de obtener su grado. Me despedí entonces de mis anfitriones y me dirigí al centro de la ciudad, que como muchos en los diminutos pueblos británicos, se compone de calles estrictamente peatonales. No me tomó mucho tiempo darme cuenta que Durham es una ciudad verde, muy verde. Su casco antiguo se encuentra sobre una península serpenteada por el río Wear, que alimenta las tierras de vivos y coloridos follajes. Fue en la plaza del mercado, la explanada central de la ciudad, donde me encontré con Naomi, que tenía toda la tarde libre para poder compartir conmigo. Frente a la iglesia de San Nicolás y el ayuntamiento, Naomi gritó mi nombre y corrió a saludarme, acompañada de una amiga suya que iba camino a la biblioteca. ¿Qué te trajo hasta Durham, siendo tú de México? —preguntó con vehemencia su amiga, poco habituada a la presencia de turistas—. Su vida universitaria —respondí sin titubear. Con certeza no era el único mexicano en el lugar, ya que Durham aloja estudiantes de decenas de nacionalidades, que buscan entrar a sus puertas con becas para extranjeros. Naomi me llevó a recorrer las pequeñas calles empedradas de la ciudad, que ofrecían otra típica postal de una villa medieval británica. Durham nació hace más de mil años, alrededor del 995, cuando un grupo de monjes buscaban un lugar donde enterrar los restos de San Cuthbert. Exactamente en la meseta donde caminaba con Naomi fue donde construyeron un pequeño templo de madera, que con el tiempo se convirtió en la catedral de Durham, a la que no tardamos en llegar. La verde explanada frente a la catedral es el sitio favorito de los estudiantes para sentarse a estudiar, escuchar música, dormir o hacer un picnic con los amigos. Y en compañía de una universitaria nativa de Nottingham, era casi obligatorio sentarse a tomar el té. Mientras Naomi sacó de su bolso un par de sandwiches que había preparado, me contó un poco sobre la historia del majestuoso templo. Fueron los normandos quienes empezaron a construir la catedral justo después de su arribo en el siglo XI, y hoy es considerada una de las mejores construcciones normandas de Europa. Aunque el complejo se considera de estilo románico, muchos piensan que fue el precursor de la arquitectura gótica de las iglesias normandas en el norte de Francia, ya que posee elementos como arcos puntiagudos, muy característicos del gótico. Como muchos templos británicos, empezó como una catedral católica pero se convirtió en la sede del obispado de Durham de la iglesia anglicana, tras romperse las relaciones con Roma por decisión del rey Enrique VIII. La catedral es de tanta importancia que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1986, tras considerarla la más perfecta obra maestra de la arquitectura normanda en toda Inglaterra. No es de sorprender entonces que haya sido elegida por las películas de la saga de Harry Potter para hacerla pasar por el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, después de algunos retoques y añadiduras digitales, por supuesto. Y es que cuando uno pasea por sus pasillos arqueados y su patio central es imposible no sentirse en el cuento de magos más famoso del mundo. No hace falta viajar hasta los Universal Studios en Florida. Un simple paseo por las calles de Durham me hicieron transportarme al mundo de hechicería de J.K. Rowling. Incluso para alguien que, como yo, no es fan de la saga de Potter. La amiga de Naomi debía marcharse de vuelta a casa. Y su casa estaba justo al frente de la catedral, en el castillo de Durham. Sí, aquella chica vivía en un castillo medieval. Y lo hacía en compañía de otros 100 alumnos. El Durham castle fue construido por los reyes normandos para mostrar su poder en el norte de Inglaterra, y era habitado por el obispo de Durham que representaba, a su vez, al mismo rey. Pero tras la fundación de la Universidad de Durham, la fortificación fue cedida al University College, y desde entonces sirve como pensión estudiantil. Así, hoy su torre está provista de varios dormitorios, una biblioteca y un aula de informática, el salón principal sirve como comedor, la cripta como sala de reuniones y las capillas como salas de teatro. Los universitarios de Durham poseen así el sueño de muchos. Vivir en un castillo. Y lo hacen así durante los años que les toma obtener su grado. Por desfortuna para mí, el ingreso está solo permitido a sus residentes. Tuve que conformarme con admirarlo desde fuera y con escuchar las historias de Naomi, quien por cierto, no vivía en él. Me invitó entonces a su casa y hacer lo más inglés que puede hacer un turista: tomar el té. Pero antes era necesaria una escala en uno de los puestos de comida rápida más atestados por los estudiantes, para hacer otra de las cosas más inglesas que no podía esquivar: comer fish & chips. Hasta entonces sólo había podido ver las fish & chips en pubs irlandeses alrededor del mundo, pero poco había para poder imaginar. Literalmente, es un plato de papas a la francesa con pescado frito. Poco sabroso, poco apetitoso. Ni siquiera un chorro de su fabuloso vinagre pudo arreglar el tan célebre snack inglés. Era mejor ir por aquel té. Para ello debimos bajar por la colina que se alza sobre el río, entre cuyo follaje sobresalen algunas de las otras residencias universitarias, mucho más modernas que el Durham castle. Por dondequiera que pasábamos, el ambiente estudiantil podía respirarse. Con una pinta de cerveza siendo servida, un libro nuevo siendo leído, un grupo de amigos discutiendo los resultados del último partido, y algunos debatiendo acerca del próximo examen a rendir. Los verdes paisajes que orillan al río Wear hacen de Durham el sitio perfecto para la vida estudiantil. Una excelente mezcla entre la vida nocturna y el aire natural que cualquier estudiante necesita para aliviar el estrés. Estudiar en Oxford o Cambridge puede ser el sueño de muchos; pero mudarse a Durham para sus estudios sigue manteniendo la mente de muchos preuniversitarios ocupada. La tercera universidad más antigua de Inglaterra se ha ganado el respeto y cariño, no solo del Reino Unido, sino de un sinfín de estudiantes extranjeros que tocan a sus puertas en busca de una oportunidad en uno de sus 16 colegios. Y así como cualquier mago de J.K. Rowling aguarda pacientemente su invitación a Hogwarts, son muchos los ingleses que esperan con ansias su carta de aceptación a Durham. Y yo también lo haría. Aquella tarde, con un té en mano, Naomi y Durham me mostraron lo que se siente ser un universitario en el Reino Unido. Y fue una magnífica manera de tomar aquel pequeño bocado. Y con dirección al norte al siguiente día, ahora me tocaría ponerme en otros zapatos, para poder entender un poco más lo que marca la diferencia de Inglaterra con Escocia.
  2. 2 points
    De grandes ciudades y capitales había sabido ya mucho en mi viaje por Europa. Y la caótica ciudad de Londres había sido una más de ellas. Con poco conocimiento sobre el Reino Unido y sus mejores atractivos, antes de viajar a la isla decidí pedir algunos consejos a los expertos en la Gran Bretaña. Amigos y conocidos que habían viajado y vivido repetidas veces en el país. Manchester, Liverpool o Leeds son algunas de las metrópolis que muchos recomiendan visitar en internet. Pero más allá de grandes complejos portuarios, un estadio de fútbol o el tour de los Beatles, mi intención era adentrarme mucho mejor en la historia de Inglaterra. Y aunque la decisión no fue nada fácil, me incliné por los destinos del norte. Después de todo, mi camino tenía que llevarme hacia Escocia, donde culminaría mi viaje por el Reino Unido. Una soleada mañana cogí mi bus con el National Express, una de las líneas más baratas que pude encontrar. Luego de casi 4 horas de haber dejado Londres llegué hasta York, a 330 kilómetros al norte. Desde la central de trenes caminé a mi hostal, el Safestay hostel, ubicado en el centro histórico, a intramuros de la muralla que rodea la pequeña ciudad. ¿Cuál es el parecido de York con Nueva York? Ninguno. Pero así quisieron bautizar los colonos ingleses a la ciudad americana que, por cierto, solía llamarse Nueva Ámsterdam. Pero no debe pensarse en York como una moderna ciudad de rascacielos. Sino como un pintoresco y mágico pueblo que puede representar todas las etapas históricas de Inglaterra y el Reino Unido. Luego de dejar mi equipaje en el hostal y coger un bocadillo para el camino, comencé mi paseo por la antigua York, una de las mejores recomendaciones que pude tomar por parte de una buena amiga de la universidad (que por cierto, es fan declarada de Gran Bretaña). Uno de los mayores atractivos de este pequeño emplazamiento al norte de Inglaterra es que es una de las pocas ciudades medievales que conservan todavía su muralla. Los muros tienen en promedio 4 metros de alto y 1.8 de ancho, y se encuentran allí desde antes del medievo, cuando los romanos fundaron la ciudad en su entonces provincia imperial Britannia, de donde, por supuesto, proviene el nombre de la isla de Gran Bretaña. Pero las murallas actuales no son precisamente las que los romanos construyeron. A ellos le sucedieron los anglos, un pueblo bárbaro que tomó la ciudad a la fuerza y remodelaron las fortificaciones. La pared cuenta con varias puertas que permitían la entrada y salida de los habitantes, y que eran controladas por guardias. La puerta de Bootham, fue la que me recibió aquella tarde en York, muy cerca de donde se encontraba mi hostal. De hecho, el nombre de la ciudad, aunque surgido con los anglos, fue más bien oficializado por los vikingos, otro de los pueblos que invadió la isla y se estableció para heredar su influencia en la ciudad. Así, York es testigo de los distintos pueblos que pasaron por Inglaterra y poblaron la isla antes del surgimiento del Reino de Inglaterra, que daría lugar al Reino Unido que conocemos el día de hoy, formado por la unión de los reinos anglos, y del que nacería el idioma inglés. Otra de las construcciones medievales de York es la Abadía de Santa María, aunque al contrario de la muralla y sus puertas, esta no pudo mantenerse en pie. Fundada en 1055, se piensa que sentó las bases de la iglesia normanda, hoy inexistente. Y ya que alguna vez formó parte de los monasterios de la iglesia católica, el rey Enrique VIII la mandó a destruir, en su proceso de separación del Reino de Inglaterra con Roma. Inglaterra fue, de hecho, el primer reino cristiano de Europa que rompió toda relación con la iglesia católica y el papado, primero en su anhelo de divorciarse oficialmente con la Reina Catalina, pero cuya ruptura marcaría la historia del país hasta nuestros días. Detrás de la abadía en ruinas se encuentra un monumental templo que conserva todos los lujos y esplendor que tuvo desde que se erigió en el siglo XIV. La catedral de York es el símbolo de la ciudad, edificio más grande y alto, cuyas torres de campanario pueden ser vistas desde muchos de los puntos del centro histórico. También llamada York Minster, es sede del arzobispado de York, el segundo en importancia en la iglesia anglicana. Aunque también nació como un templo católico, Enrique VIII tuvo la decencia de no destruirla y convertirla en parte de la Iglesia de Inglaterra tras su fundación. Se trata de una de las iglesias góticas más grandes de Europa, la segunda en el norte del continente después de la de Colonia (a la que, hasta ahora, nadie le puede ganar). Un descanso bajo sus torres fue la forma perfecta de hacer un entremés en mi día, que me sonreía, por cierto, con un clima espléndido y poco común en las tierras del norte inglés. Aunque muchos edificios datan de la ya lejana Edad Media, muchos otros en York son de hecho de estilo georgiano, construidas en los siglos XVIII y XIX. El nombre proviene de George, ya que entre 1714 y 1830 fueron cuatro los reyes del Reino Unido que llevaron el nombre George sobre la corona británica. La monarquía y su poder se hacen también presentes en la ciudad con museos de renombre, como la galería de arte de York y el Castle Museum, uno de los museos etnográficos más importantes del país. Las hermosas callejuelas del centro me llevaron hasta el sur, donde la Torre Clifford apareció en lo alto de una pequeña colina. Parte de un castillo construido en el siglo XI, la torre medieval es una de las dos que se alzaron al lado del río para proteger a la ciudad y a su puerto fluvial. Sus muros resguardan también un oscuro pasado, ya que fue allí donde surgió un movimiento antisemita que concluyó con la muerte de más de 150 judíos en la ciudad, que quedaron atrapados en la fortaleza mientras esta se incendiaba. Desde la colina se tiene una increíble vista de York atravesada por el río Ouse, que parte a la ciudad de norte a sur. Ya que el río desemboca en el Mar del Norte York ha sido también un importante puerto fluvial desde el medievo, y es por ende que sus fortificaciones fueron siempre tan importantes. Volví tranquilamente por sus pintorescas calles hasta llegar al mercado Shambles, donde compré algo para la cena antes de retornar a la comodidad del hostal. Las viejas villas inglesas tienen a veces mucho más encanto e historia que las grandes ciudad, y quedaba por delante otra más a la que partiría a la siguiente mañana.
  3. 2 points
    Los días de un viajero son a veces una moneda al aire. Mientras una mañana se amanece en un cómodo sofá con calefacción y sábanas limpias, en otra es la fastidiosa patada de un policía la que te levanta de tu sueño, dentro de un saco de dormir en el frío suelo de un aeropuerto. Y así es como mis ojos tuvieron que despegarse aquella fría mañana en las salas de espera del Keflavík, el último amanecer que vería en Islandia. Luego de nueve días huyendo de una tormenta y durmiendo en una casa de campaña que, cabe mencionar, se esfumó junto con el viento proveniente del Ártico, me era justamente necesario pasar la noche en una cama. Los extraños horarios del aeropuerto no me permitieron dormir ni siquiera cuatro horas. A las 3 de la mañana, el guardia despertó a todos con una ligera patada. Vaya forma de despedirme del país. Pero era momento de partir, ahora hacia una nueva isla. Una que llevaba años queriendo recorrer. A 1800 kilómetros al sureste mi vuelo llegó hasta el aeropuerto de Gatwick en Londres, luego de tres horas de haber partido desde Reikiavik. Así, me dispondría a pasar mis últimas semanas en Europa recorriendo de sur a norte la isla de Gran Bretaña. Pero llegar a Londres aquella tarde después de haber aterrizado me tomó más de una hora. El tráfico y la lluvia no ayudaban en mucho. Ahora sí que notaba el cambio de un pacífico y despoblado país como Islandia a la locura de una enorme capital. La ciudad más grande de Europa, que me acogería por los próximos cuatro días. Hacía años que anhelaba visitar el Reino Unido y su ciudad capital. Pero el miedo por la fama de sus altos costos me había detenido. Pues bien, con suficientes ahorros en mi cuenta, era ahora o nunca. Un vuelo de bajo costo y un hostal de 20 euros la noche habían hecho posible y accesible mi viaje. Pero al llegar a la estación Victoria, la central de metro más caótica, descubrí que el mito de sus precios era verdad. ¿4.95 libras por un viaje sencillo en metro? Vaya, hasta para los propios londinenses es un precio excesivo. Pero no tenía otra opción para llegar al Hyde Park, el Central Park de Londres, cerca de donde se ubicaba mi hostal. Con tanto que ver en una capital de tal magnitud, y con tan pocos días a mi disposición, sería imprescindible dejar de lado algunas atracciones. Y he aquí a las que dediqué mi tiempo y atención. Hyde Park. Al igual que Nueva York, el corazón de Londres se encuentra a la sombra de uno de sus mayores y verdes pulmones. Con 225 acres de superficie total, el Hyde Park es más grande que el Principado de Mónaco, el segundo país más pequeño del mundo. Así, recorrerlo puede tomar más tiempo que caminar de punta a punta por la ciudad de la Costa Azul francesa. A tan solo dos cuadras de mi hostal (que, por cierto, se llamaba Smart Hyde Park Inn), fue mi primera visita y mi primera impresión de la ciudad. Por supuesto, fue la mejor que pude tener en un día tan hermosos y soleado como aquel. Disfrutar de un cielo tan azul en Londres es casi un privilegio. La megalópolis es bien conocida por ser el vertedero de Europa, una de las zonas más lluviosas del continente. Así que digamos que corrí con bastante suerte. Como muchos parques de Londres, alguna vez fue propiedad de la Corona. Específicamente fue Enrique VIII quien adquirió la mansión que allí se encontraba, y usó el bosque como un sitio privado de caza. Fue hasta el reinado de Carlos I cuando el parque fue abierto al público. Es desde entonces que una larga lista de paisajistas y arquitectos han modificado el parque para convertirlo en el gran atractivo que es hoy. De hecho, se trata oficialmente de dos parques, divididos por un lago que lleva el nombre de Serpentine. Mientras el Hyde Park se encuentra del lado oriente, del lado occidental se extienden los jardines del Kensington. El Palacio de Kensington es una de las tantas residencias reales del Reino Unido, propiedad de la Corona británica. Aunque la familia real no reside en él, sí lo hacen algunos miembros de la realeza, como los duques de Kent y de Gloucester. La residente más famosa fue, en sus días, la Princesa Diana de Gales. Hyde Park es también el lugar de encuentro de muchos oradores. Y para ello existe la Speaker’s corner. Se trata de una zona del bosque donde se permite la oratoria al público, sin temas realmente prohibidos ni prescritos. Así, cualquier ciudadano puede ejercer su derecho de libre expresión, incluso si su discurso es contrastante con la ley británica o la monarquía. Pero es casi imposible separar hoy a Inglaterra y Gran Bretaña de la monarquía. Y el Hyde Park es fiel testigo de ello, con estatuas y monumentos dedicados a la realeza. Y claro está, las famosas cabinas telefónicas de color rojo que se hallan hoy como un recuerdo de las telecomunicaciones antes de la era digital. Al salir del parque, cruzar la calle fue otra de las venturas que tuve que vivir en Londres donde, como muchos saben, se conduce por el lado derecho del automóvil. Voltear a ambos lados de la calle es imprescindible en cualquier ciudad transitada del planeta. Pero cambiar de un día para otro los sentidos de orientación no es una tarea fácil. El Palacio de Buckingham. Aunque el Kensington es una obra maestra de los palacios reales del Reino Unido, ninguno se compara con la verdadera residencia de la monarquía británica. Una vez finalizado el Hyde Park da comienzo una vereda orillada por los jardines del palacio y el Green Park, y que contiene varios monumentos significativos para el reino, como el memorial de la guerra de Nueva Zelanda y la guerra de Australia, así como el arco de Wellington, que conmemora el triunfo sobre las guerras napoleónicas. La calzada, llamada Constitution Hill, da la bienvenida a los paseantes con los memoriales de la Mancomunidad de Naciones (o Commonwealth, en inglés), una agrupación de 53 países que comparten lazos históricos con el Reino Unido, ya que la mayoría fueron parte del Imperio Británico. Es difícil para muchos dimensionar el peso que este país todavía posee sobre el mundo entero. Tanto así que una multitud de naciones todavía reconocen a la Reina Isabel II como jefa de Estado. Es el caso de muchos miembros de la Commonwealth. Seguí por la Constitution Hill hasta alcanzar el Palacio de Buckingham, la joya de la monarquía británica. El recibimiento lo ofrece el monumento a la reina Victoria, una de las más queridas y reconocidas monarcas que ha tenido la nación. Su legado se marcó por el auge de la revolución industrial y la máxima extensión del imperio. Y si no fuera por la actual reina Isabel II, Victoria seguiría siendo la persona cuyo reinado ha durado más años en la historia. Quizá Isabel II no llegue a tener la misma popularidad de Victoria, pero no puede negarse que ha sabido ganarse el respeto de muchos alrededor del mundo. Con la suma vejez de la monarca, era de esperarse que ella y la familia real estuviesen en aquel momento dentro del palacio. Y me bastó con pararme frente a las rejas de su entrada principal para saberlo. Un desfile de aristócratas se paseaba por una alfombra roja colocada alrededor de las paredes, vistiendo sus mejores atuendos para un almuerzo organizado por la Corona. Monárquico, republicano o comunista, es a veces imposible resistirse a la exquisitez de la realeza. Aquellos trajes, vestidos de alta costura, sombreros de plumas y de copa es algo que no se puede ver todos los días. Al menos no en un país que carece de un rey. Fue con la reina Isabel II que el Palacio de Buckingham empezó a abrir sus puertas cada vez más a la sociedad británica, ofreciendo banquetes y ceremonias oficiales en su interior. Antes de ella, era casi imposible que un ciudadano común pudiese ingresar. Comprado inicialmente como un petit hôtel (una casa de vacaciones temporal de la burguesía y la aristocracia), el palacio se convirtió en la residencia oficial de la familia real a partir del arribo de la reina Victoria, en el siglo XIX. Con 777 habitaciones, es uno de los palacios más grandes de Europa entera. Y además de alojar a la realeza, le da empleo a unas 450 personas que allí trabajan. A pesar de ser el hogar actual de la reina, es posible visitar algunas de las alas del palacio, sobre todo durante el verano. Pero con la fiesta privada que estaba en pie, no era ni de pensarse poder ingresar entonces a la mansión. Aún así, admirar el Palacio de Buckingham desde fuera fue un deleite. Sobre todo, porque tuve la oportunidad de ver a la guardia real, aquellos hombres vestidos de rojo, con altos y peludos sombreros negros. Museo de Historia Natural. No muy lejos del Hyde Park y el Palacio de Buckingham llegué a la Exhibition Road, una calle conocida por albergar tres de los mejores y más famosos museos de Londres. El Museo de Ciencia, el Museo de Victoria y Albert y el Museo de Historia Natural, al que no pude dejar de asistir, sobre todo por su entrada gratuita al público en general. Mucho más allá de su bella arquitectura exterior, el museo es uno de los mayores y más bellos atractivos por la enorme colección que posee, lo que incluye varias áreas de la ciencia, como la botánica, la mineralogía, la paleontología y la zoología. El museo de la bienvenida con fósiles tamaño real de animales extintos, como un stegosaurus y un rinoceronte lanudo. Por supuesto, la sección de paleontología también alberga fósiles de las diferentes especies humanas que han habitado la Tierra, haciendo una comparación de sus cráneos. Desde el recibidor principal del Exhibition Road accedí a la zona roja, que muestra de una forma interactiva la evolución geológica del planeta Tierra. Además de mostrar algunas gemas, rocas y minerales con una luz lo suficientemente tenue para apreciar su interior, tiene algunos fósiles de animales y plantas. Lo mejor es la parte interactiva, con la que muchos grupos de estudiantes de primaria y secundaria se divertían, experimentado los movimientos simulados de un terremoto real. Pero la zona más esperada por muchos es la zona azul, donde se encuentra la sala de dinosaurios, que gracias en gran parte a este museo londinense cobraron fama en el mundo entero (así es, no solo fue por Jurassic Park y sus consiguientes películas). Si bien, las recreaciones de un T-Rex y un par de velociraptors en tamaño real son simplemente robots animatrónicos, el museo posee también esqueletos reales obtenidos por una multitud de paleontólogos británicos. De hecho, el museo es la viva muestra de la grandeza que el Reino Unido ha cobrado en las ciencias naturales. El mismo Charles Darwin es egresado de Cambridge, y muchos de sus especímenes capturados se encuentran resguardados en el museo. La zona verde, por ejemplo, muestra figuras disecadas de las diversas familias de aves alrededor del mundo. Desde los coloridos pájaros de la selva centroamericana y el Amazonas hasta los cuervos y aves de rapiña de Escandinavia. La zona de reptiles fue también algo interesante por ver, con especímenes en tamaño real que difícilmente podría llegar a ver en la vida real, como el lagarto de cuello de volantes de Australia. Pero, sorprendentemente, no fue la sala de dinosaurios la que más me asombró. Todo sucumbió al llegar a la colección de mamíferos. Un modelo tamaño real de una ballena azul es suficiente para dejar atónito a cualquiera. El ser vivo más grande que ha habitado nuestro planeta. La creación de aquella réplica está llena de leyendas, una de las cuales asegura que sus constructores dejaron monedas y un directorio telefónico dentro del estómago de la ballena, que serviría después como una cápsula del tiempo. El Museo de Historia Natural de Londres no es solamente un lugar donde sentirse un niño insignificante y admirar las réplicas de las especies terrestres. Es una verdadera referencia en la comunidad científica, gracias a sus aportes a la biología y las ciencias naturales en el mundo entero. Westminster. El Támesis es el cuerpo de agua que divide a la ciudad de Londres en dos, respetando la geografía de la mayoría de las capitales europeas, que son igualmente bañadas por un río. Es al oeste del Támesis donde se ubica el corazón de la capital británica, el barrio de Westminster donde, de hecho, se encuentra oficialmente el Palacio de Buckingham. El Westminster se ha ganado su fama por ser el centro político, real y cultural de todo el Reino Unido, así como lo fue durante años para el propio imperio británico, pues es allí donde se lleva a cabo la coronación de los reyes, donde reside la monarquía y donde se hallan los edificios del gobierno, como los ministerios y el famoso 10 Downing Street, la residencia y oficina de trabajo del primer ministro, por donde pasaron personajes como Winston Churchill y Margaret Thatcher. Pero sin duda el edificio más célebre es el Palacio de Westminster, mejor conocido como el Big Ben, el edificio más emblemático de todo Londres y el Reino Unido. A decir verdad, es un error común en todo el mundo. El Big Ben se refiere a la campana ubicada en lo alto de la torre, que toca los cuartos de horas. La torre se llama oficialmente Clock tower. Es el reloj de cuatro caras más grande del planeta, y muchos lo toman como referencia, al creerse que es el reloj más exacto del mundo. La misma BBC lo toma como base para dar la hora por sus transmisiones de radio. Y es que es en Londres, estrictamente en el observatorio de Greenwich, por donde pasa el meridiano cero, marcando el inicio de las zonas horarias hacia el este y oeste de la ciudad en el planeta entero. Es también la torre que marca las doce campanadas del año nuevo cada 31 de diciembre, bajo la cual se llevan a cabo las celebraciones con fuegos artificiales que reflejan su belleza en las aguas del Támesis. Pero como lo dije, el Big Ben no refiere al edificio entero. Su nombre es el Palacio de Westminster, Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO. El edificio de estilo gótico actual se erigió en su mayoría en el siglo XIX, luego de un incendio al cual siguió una remodelación. Pero no siempre fue así. Desde su nacimiento en la Edad Media, el palacio sirvió como residencia real. Es allí donde vivieron los reyes ingleses en el medievo, predecesores de Enrique VIII, quien fue el primer monarca europeo en romper relaciones con la iglesia católica, fundando la iglesia anglicana. Desde el siglo XVI, ningún monarca ha vivido en su interior. En cambio, el palacio pasó a albergar diversas instituciones gubernamentales. Hasta el día de hoy, es el hogar del Parlamento británico, con la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes. El Parlamento del Reino Unido es un referente mundial de la democracia legislativa, pues son muchos los países que lo han tomado como modelo madre para crear su propias cámaras de congreso, sobre todo con los miembros de la Commonwealth. Así, el Westminster merece con creces su título de patrimonio. No solo por su belleza arquitectónica, sino por la importancia que tiene en la política mundial. La Galería Nacional. París tiene el Louvre. Madrid tiene El Prado. Pues Londres no podía quedarse atrás, y para ello cuenta con The National Gallery. A diferencia del Louvre y El Prado, la Galería Nacional de Londres no se compone de obras de arte que alguna vez pertenecieron a la colección privada de la realeza, para después exhibirlas al público a modo de museo (para eso existe la Royal Collection). Esta galería se creó como una especie de obra pública, bajo la idea de que el arte es para todos. Así, el gobierno británico comenzó a adquirir obras bastante bien valuadas de corredores particulares para después exhibirlas a los ciudadanos. Por fortuna, hoy también se exhiben a los extranjeros, y también de forma gatuita. Huyendo de la lluvia que empezó a caer en el Westminster (de la que, después de todo, no pude salvarme), la Galería Nacional fue la forma perfecta de refugiarme. El museo resguarda obras de un increíble renombre, y que al ser bienes públicos son el orgullo de muchos británicos. Las escuelas de arte presentes pasan por todos los rincones de Europa. Inglaterra, por supuesto, inaugura la galería, con Joseph Wright de Derby y su Experimento con un pájaro en una bomba de aire, una obra maestra del manejo de luces al óleo. La escuela alemana me recibió con The Painter’s father, de Alberto Durero, el oriundo de Núremberg famoso por haber hecho “la primer selfie del mundo” (su autorretrato, en realidad). En esta obra, es el retrato de su padre. Algunos pintores españoles también se lucen por sus pasillos. El más famoso de ellos es Diego Velázquez, que con San Juan en Patmos muestra sus inicios en España. La etapa italiana de Velázquez queda al desnudo con uno de sus mayores óleos, Cristo contemplado por el alma cristiana. Y de la escuela italiana habría mucho que hablar. Después de todo, son los creadores del Renacimiento Europeo. Giovanni Bellini y su Madonna del Prato fue uno de mis favoritos. Y aunque no es una obra original de Miguel Ángel, una de las muchas copias que se han hecho de The Dream of Human Life se exhibe también como parte de la colección italiana. Pero, sin duda, la obra maestra y orgullo de la Galería Nacional es La Virgen de las Rocas, del maestro Leonardo Da Vinci. De las dos obras idénticas existentes del autor (la otra se encuentra en el Louvre), la de Londres es la que aún permanece sobre la tabla. Tras unos minutos ante la imagen de la Inmaculada Concepción, fue momento de salir y volver a mi hostal, no sin antes coger en el camino un pasty de res, bocadillo típico para los londinenses. La City de Londres. Un nombre que puede ser confuso, y al que me tomé el tiempo de llegar caminando para aprovechar el día sin lluvia. El Gran Londres se refiere a la zona metropolitana que forma una de las nueve regiones administrativas de Inglaterra. La City de Londres es en realidad el nombre histórico de la zona centro de Londres, donde solía ubicarse la antigua ciudad en el medievo. De la Edad Media se conserva hoy solamente la Torre de Londres, un castillo al norte del río Támesis que por su importancia histórica fue también nombrado Patrimonio de la Humanidad. Desde su construcción en el siglo XI por parte de los normandos, ha funcionado como prisión, armería, tesorería, casa de la moneda y como resguardo de la joyería de la monarquía británica. La Torre de Londres es quien le da su nombre a uno de los emblemas de la ciudad que se posa justo al lado del castillo, el puente de la Torre, que pude cruzar de ida y vuelta. Así es, esta pasarela que une ambas orillas del Támesis se llama oficialmente el puente de la Torre, y no el puente de Londres, con el que normalmente es confundido y que se encuentra unos metros río abajo. Aunque no es tan antiguo como muchos suelen pensar, desde su construcción durante la época victoriana se ha convertido en un símbolo de la urbe. El siglo XIX marcó para todo el Reino Unido el refinamiento de la tecnología con el auge de la revolución industrial, en los que el país se llenó de vías férreas, barcos de vapor, automóviles y telecomunicaciones. El puente de la torre es una obra maestra de la ingeniería de su época, con plataformas elevadizas que dejan circular tanto al tráfico terrestre como al marítimo, y que en su tiempo se alzaban con motores de vapor. La City de Londres es también el distrito financiero más importante del mundo, donde diariamente se compran y venden productos financieros que representan la tercera parte del dinero del planeta. No es sorprendente entonces que la ciudad cuente con un skyline típico de la era posmoderna, lleno de lujosos y altos rascacielos que contrastan con el castillo y el puente victoriano. Portobello road market. Con un día libre más, fue momento de recibir la visita de mi amigo Dane, a quien había conocido tres años atrás en Perú, y quien vivía en la ciudad conurbada de Reading. Nos vimos en la estación de Paddington, no muy lejos de mi hostal. Y desde allí caminamos a la Portobello road market, una famosa calle con un mercado callejero, ubicada en el barrio de Notting Hill. Dane no se explicaba por qué me interesaba tanto visitar Portobello. Pues bien, no muchos días atrás había leído que era una de las calles más bonitas del mundo, no solo por sus coloridas casas victorianas, sino por el animado bullicio de sus mercantes. Si han visto la película de Notting Hill, con Julia Roberts y Huge Grant, es precisamente en Portobello donde se lleva a cabo su romántica historia. La librería de William donde Ana Scott llega por casualidad en la película, se encuentra en uno de los múltiples locales comerciales que orillan a esta mágica y encantadora callejuela. Camden Town. Y luego de caminar un buen rato, probando bocadillos y bebidas en el street market de Notting Hill, era momento para que Dane me mostrase su lugar favorito en todo Londres. Me llevó así hasta Camden Town, otro suburbio con mercados callejeros, pero de un estilo indudablemente diferente. Basta con decir que es allí donde vivió y murió la inolvidable Amy Winehouse. Un barrio que lleva en la sangre el mismo espíritu extravagante y alternativo que la cantante británica. Las tiendas de Camden Town lo tienen todo. Comida color fluorescente con exóticos sabores de todo el mundo, sucursales de luces neón donde se vende ropa para las fiestas más locas que uno podría imaginar. Y droga, mucha droga por doquier. Camden Town se ha ganado el título de la capital del rock alternativo del Reino Unido, y no cabe duda del porqué. Un típico plato de curry y una cerveza sobre uno de los locales del Regent’s canal fue mi manera de despedir a Dane y a Londres, una ciudad que me mostró todas sus caras en tan pocos días, que sería algo difícil de olvidar. Realeza, arte, historia, ingeniería, arquitectura, palacios, castillos, puentes, museos, ciencia, mercados y el bullicio callejero. Londres me enseñó con creces por qué ha sido siempre una capital mundial. Y ahora me tocaba dirigirme a aquellos pequeños pero significativos puntos de Inglaterra que han hecho del Reino Unido una de las mayores naciones del mundo.
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