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  1. 3 points
    El transcurso de una vida urbana puede fácilmente tornarse en algo rutinario, incluso en la grandeza de la Ciudad de México donde, no importa cuándo, siempre se encuentra algo por hacer. Si bien, la rutina es algo que se puede fácilmente esquivar en la capital mexicana, hay algo de lo que es imposible escapar. La contaminación y la gente. Un pacífico fin de semana, a solas en el aire fresco, es una demanda de colosales magnitudes en una de las metrópolis más pobladas del mundo. Pero hay algo que la hace única, a pesar de su estresante e incesante actividad. Hace casi 700 años, los mexicas (mejor conocidos como aztecas) decidieron construir su capital en uno de los más bellos paisajes del Aztlán, la tierra que ellos consideraban su mundo. Fue en un islote, en medio de un lago rodeado por montañas, donde fundaron Tenochtitlán, lo que hoy todos conocemos como Ciudad de México. Los alrededores de Tenochtitlán están cercados de impresionantes paisajes naturales, que dejaron en claro por qué Mesoamérica fue y será el cuerno de la abundancia. Es así que escapar de la ajetreada vida capitalina es, incluso hoy, una tarea fácil. Aquella vez, la decisión para reposar un fin de semana fue tomada por Sediel, uno de mis mejores amigos con cuya novia haríamos el viaje. Con una tienda de campaña casi nueva, un saco de dormir y una mochila sedienta por querer ser utilizada, el estado de Hidalgo fue lo que atrajo nuestra atención. Contiguo al Estado de México, Hidalgo cuenta con pueblos coloniales, grutas, aguas termales, bosques, cañones, cascadas, minas y un sinfín de interesantes propuestas de aventura. Y muy cerca de Pachuca, su capital, el pueblo de Huasca de Ocampo fue el destino elegido. La pequeña localidad nació en la época colonial española, cuando la producción minera atrajo a adinerados hacendarios europeos, que usaron la mano de obra indígena para la explotación. El pueblo creció alrededor de cuatro grandes haciendas, y aunque en el declive de la zona (cuando México se volvió independiente) muchos edificios quedaron casi en ruinas, en el siglo pasado se restauró para hacerlo un pueblo de paseo para turistas. Son varias cosas que hacen especial a Huasca. Su café, sus leyendas (que incluyen a duendes y brujas) y, sobre todo, su hermosa situación geográfica. Ubicada entre la Sierra de Pachuca y el Valle de Tulancingo, los paisajes aledaños a Huasca son un deleite visual, perfecto para los cazadores de un reposo en la naturaleza. Así que en vez de quedarnos mucho más tiempo en Huasca decidimos seguir nuestra ruta hasta los prismas basálticos, uno de los principales atractivos del valle. Huasca se emplaza en el oriente del Eje volcánico transversal, una cadena de volcanes que atraviesa el país de este a oeste y lo corta por su parte central. Hace un par de millones de años, el enfriamiento del escurrimiento de lava que se generó en esta zona formó columnas de basalto que tomaron formas de prismas pentagonales y hexagonales. El resultado es hoy una maravilla. El conjunto de prismas encimados entre sí parecen una estructura de legos. Es difícil creer que la naturaleza haya creado formas tan inorgánicas por sí sola. Accedimos a los prismas bajando unas escaleras que llevan hasta un pequeño corredor, por donde cae un arroyo. El agua es traída desde los ríos y las presas que alimentan de agua la comunidad de Santa María Regla, a la que pertenecen las columnas. Aunque algunas de las pequeñas cuatro cascadas fueron arrastradas hasta allí por el hombre, no hay mejor manera de darle un toque más encantador a un lugar como aquel que con caídas de agua. El arroyo culmina en un pequeño estanque, al que se debe acceder desde la hacienda contigua. Es la llamada Cascada de la Rosa. Este lugar fue visitado y estudiado incluso por personajes como Alexander von Humboldt, durante sus viajes por América Latina. La UNESCO nombró al sitio como uno de los 30 geoparques de la Red global de geoparques. Aunque ya había sido testigo de columnas basálticas del mismo estilo en Islandia, verlas en México no hizo más que reafirmar que es un país que lo tiene todo. Antes de que se hiciera más tarde, era momento de decidir dónde debíamos acampar. La zona de Huasca de Ocampo posee múltiples sitios para hacerlo. Pero al ser el último fin de semana del verano estudiantil, los campings y balnearios estaban repletos. El pueblo no era una buena idea para huir del bullicio. Y con ganas de un contacto mucho más natural, decidimos escuchar la sugerencia de un chofer. Unos kilómetros al norte, lejos de la carretera, había un lugar llamado Peña del Aire. Nada habíamos escuchado sobre él. Incluso, encontrarlo en Google Maps no fue del todo fácil. La información en internet era casi escasa. Pues bien, eso lo hacía el lugar perfecto. Según se nos dijo, pocas personas llegaban hasta la peña, ubicada al borde un acantilado bajo el cual se extendía un enorme cañón. Y en lo alto, una zona de camping era ideal para pasar la noche, lejos de las luces, del ruido y de cualquier contacto humano. Aceptamos así un viaje en taxi hasta la peña. Y tras un arduo viaje por un feo y estrepitoso camino de ripio, el chofer nos dejó en un centro de visitantes, que no era más que una palapa. Peña del Aire es un parque ecoturístico protegido. Hay pocas casas y propiedades privadas dentro del terreno. Las únicas construcciones son casetas de vigilancia, cobranza y algunos puestos de comida y tiendas. A solo unos pasos de aquel puesto de visitantes se abrió ante nosotros un enorme cañón, parte de la Sierra de Pachuca. El nombre Peña del Aire se debe, precisamente, a una gigantesca peña que se yergue en uno de los costados de la barranca. Y sí, de hecho, parece que flota en el aire. Estas formaciones rocosas son características de las barrancas de la Sierra Oriental. Y el sitio perfecto para un centro ecoturístico. Una tirolesa de unos 70 metros de largo se tiende al lado de la peña y permite a los visitantes volar sobre el abismo. En la parte más baja, un río dibuja el camino del valle, junto al cual solo una pequeña iglesia se posa junto a un par de campos de cultivo. Al mirar abajo, creímos que sería un excelente lugar para acampar. Comenzamos el descenso con mochila al hombro, cuidadosos de seguir el mezquino sendero que nos guiaba. El calor era sofocante, pero valía la pena hacer el intento. Las vistas desde las laderas eran sencillamente magníficas. La vegetación parecía hacerse cada vez más verde y, a decir verdad, no era lo único colorido que apareció en nuestro camino. El curso nos llevaba por todo el costado de la barranca, pero poco simulaba bajar al río. Aunque los lugareños nos habían asegurado un rápido descenso, la travesía era más larga de lo esperado. Antes de seguir, supimos que algo no resultaría. Esperábamos el arribo de dos amigos más, y en lo bajo de la barranca la señal de telefonía era escasa. Sería mucho más fácil encontrarlos en lo alto del acantilado. Volvimos entonces, entregados al calor de la tarde que, por cierto, no tardaría en esfumarse para dar paso a un fresco atardecer. La planicie superior fue el mejor lugar para montar el campamento. Un terreno llano, pastoso y fresco donde, al parecer, seríamos los únicos en pasar la noche. Nuestros amigos no tardaron su arribo, por suerte, antes del ocaso. Y con las tres tiendas una junto a la otra, fue momento de armar la hoguera. Una pila de malvaviscos y roles de canela fue el menú perfecto para el atardecer, que tras un cielo nublado se esfumó sin mucha presencia. Pero aquellas nubes de tormenta, cuyos relámpagos eran lo único que iluminaba el horizonte nocturno, crearon la atmósfera perfecta para las historias de terror que se avecinaban. Huasca de Ocampo es el sitio perfecto para alguien como Sediel, un fanático de las criaturas de fantasía. El pueblo está lleno de leyendas sobre duendes y brujas que moran los bosques circundantes, y que han hecho sus apariciones en repetidas ocasiones. De hecho, cuenta con su propio museo de los duendes. Y vaya que nuestro campamento simulaba ser su hogar, con una torre de metal en forma de sombrero que, de hecho, albergaba los únicos baños disponibles, a los que nadie se atrevía a entrar una vez caída la noche. Cuando el fuego se fue consumiendo, una extraña luz apareció detrás de los arbustos. Un color amarillo fluorescente de forma redonda se movía con delicadeza, y de repente palpitaba como el latido de un corazón. No le prestamos mucha atención, quizá era alguien con una linterna. Tras pocos minutos se esfumó sin darnos cuenta. A la siguiente mañana, los lugareños nos contarían que se trataba de una bruja. Aparecer como pequeñas centellas era su especialidad en aquella zona. Pues bien, al menos no decidió visitar nuestro campamento. El alba fue bastante frío. El sereno dejó nuestras carpas más que húmedas por fuera. Y no había nada que deseáramos más que un café caliente. Pero habría que esperar la apertura de los puestos. Entretanto, un temprano despertar fue la mejor decisión grupal tomada para poder ser testigos de un hermoso amanecer. El sol se levantó sobre la sierra oriental, iluminando tenuemente la figura de cada barranca del cañón. Nada, sino el cantar de las aves, se podía escuchar en el abismo. Es lo que un grupo entero de capitalinos buscaba lejos de la metrópoli. La serenidad de una fría y verde mañana. Pero acompañada de un café de olla a la apertura del primer puesto, todo fue incluso mejor. Luego del desayuno fue momento de bajar a la peña, y contemplar el valle dibujado por los primeros rayos del sol. La bruma de la mañana poco a poco se retiraba, y dejaba al desnudo la vitaleza de un cañón que podía apaciguar todo pensamiento y todo presente. Escalar la peña no era una opción segura, pero hasta la poca altura que pudimos llegar fue suficiente para sentirnos satisfechos en nuestro viaje. Disfrutar de la barranca sin la presencia de turistas durante la noche y la mañana fue una excelente decisión, que nos daría el respiro necesario para volver a la vida de una colmada ciudad.
  2. 2 points
    Luxemburgo es una tierra de castillos, de sorprendente naturaleza. Es la capital de uno de los países más pequeños y ricos del mundo. La ciudad de Luxemburgo, se encuentra localizada en la confluencia de los ríos Alzette y Pétrusse. Pese a su tamaño es de gran importancia, fue en dos oportunidades elegida como capital europea de la cultura, es un sitio con varios paisajes y postales para conocer. Entre los imperdibles y principales razones para planificar un viaje por la ciudad de Luxemburgo se encuentran: El centro histórico La mejor manera de recorrer las ciudades pequeñas es a pie, sobre todo por las pequeñas distancias que separan a un lugar de otro, además es una manera de conectarse con el lugar. La ciudad se encuentra dividida en dos partes: la parte alta y la parte baja. En la parte alta, se encuentra la Ciudad Vieja. Pasear por esta zona es una oportunidad ideal para ver importantes monumentos como la Catedral y las Plazas. El Palacio Gran Ducal El edificio es todo un símbolo para los habitantes de esta pequeña ciudad. Es uno de los palacios más relevantes de la época medieval. Es importante mencionar que es el palacio de los Duques de Luxemburgo y que allí es la residencia de la familia real del país. Valles y ríos Luxemburgo es una ciudad que se encuentra repleta de ríos y de puentes para cruzar. El río Pétrusse es uno de los más famosos. Lo ideal es visitar esta zona en primavera cuando las magnolias florecen formando una postal única con un aroma sorprendente. Galerías militares subterráneas Se trata de metros y metros de galerías militares subterráneas. Tienen la particularidad de ser las más largas del mundo, por ello es que se convierten en uno de los atractivos principales de la ciudad. Visitar la Catedral de Notre Dame Uno de los paseos imperdibles es conocer la Catedral de Notre Dame. Es una de las postales más características de la ciudad. Sus campanas tienen un sonido especial. Disfrutar de la gastronomía Todo viaje implica conocer gente local, comprar al menos una artesanía y también animarse a probar al menos un plato o bebida o dulce típico del lugar. Como consecuencia de la posición geográfica del lugar, los platos de Luxemburgo tienen una gran influencia alemana, francesa, belga e incluso española. Entre los platos imperdibles se encuentran los guisos. Por supuesto que una degustacion de quesos también es algo que vale la pena. Como en muchos países, también se ha instalado una cocina internacional, es posible encontrar restaurantes donde se venden platos de cocina italiana, china, griega, japonesa, mexicana. En el país existe una interesante cultura del vino y de la cerceza. Ambas bebidas se producen en el país. Un dato no menor, es que pese a su pequeño tamaño, Luxemburgo es un paraíso gastronómico, cuenta con un total de 11 estrellas Michelin. Distrito Grund Se trata de un barrio informal, tranquilo y por sobre todas las cosas encantador. Es un barrio lleno de restaurantes y tiendas. Recorrer Clausen Otro de los distritos para visitar es Clausen, se trata de una zona repleta de restaurantes, bares y locales típicos. Es uno de los barrios más antiguos de la ciudad con una historia que se remonta a las cervecerías de la zona durante el siglo XII Visitar localidades cercanas a Luxemburgo como Echternach Esta ciudad de nombre de difícil pronunciación es conocida como la pequeña Suiza. Para quienes disfrutan de los paseos en bicicleta, este es un sitio ideal. Por supuesto, que todo recorrido por una ciudad histórica debería comenzar por su casco histórico. En Echternach también pueden encontrarse parques para relajarse y estar en contacto con la naturaleza. El lago de Echternach es además una oportunidad ideal para los amantes de la naturaleza quienes pueden aprovechar el maravilloso escenario natural para practicar deportes como andar en bicicleta, patinar. En la ciudad además pueden encontrarse miradores, se trata de lugares ideales para desconectarse y disfrutar de la paz y tranquilidad del lugar mientras se disfruta de una vista maravillosa. Visitar su punto panorámico Este sitio llamado Chemin de la Corniche, es considerado como uno de los balcones más imponentes de Europa, desde aquí se puede ver la imagen que se encuentra en la mayoría de las postales de la ciudad. Consejos e información útil para visitar Luxemburgo La mejor época para visitar Luxemburgo es entre los meses de mayo a octubre, sobre todo en pleno verano ya que no suele tener un clima muy caluroso. Conviene evitar los inviernos porque son bastante fríos. Luxemburgo tiene tres idiomas oficiales, el francés, el alemán y el luxemburgués Se puede llegar a Luxemburgo en vuelo directo desde varias ciudades europeas, otra opción es tomarse un tren desde la ciudad de Bruselas. Luxemburgo, es una ciudad con un alto poder adquisitivo por lo que los hospedajes pueden tener precios más elevados comparados con otras ciudades del mundo. Como en muchas ciudades del mundo, para los turistas que deseen visitar varias atracciones conviene adquirir la tarjeta turística ya que también suele incluir pasajes de autobuses. A la hora de conocer los lugares más exclusivos para compras, uno de los sitios que no puede dejar de visitarse es la Grand Rue, con sus calles llenas de chocolaterías y joyas. Otro sitio importante es el mercado de flores, frutas y hortalizas de la Plaza Guillaume II. Enclaustrada entre bosques, valles y ríos, Luxemburgo se presenta como un encantador destino al que vale la pena dedicarle por lo menos tres noches para poder conocer todos sus rincones y postales.
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