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  1. 4 puntos
    Singapur, es una ciudad ubicada en el sudeste asiático. En sus inicios, surgió como una colonia comercial, en la actualidad es la capital de uno de los países más prósperos del mundo. Rascacielos, un importante puerto comercial que tiene la particularidad de ser uno de los más activos del mundo, rascacielos y un moderno metro son algunas de las tantas cosas llamativas que la ciudad tiene para ofrecer a sus visitantes. Singapur tiene un clima soleado, donde no existen las estaciones. Por su cercanía al ecuador siempre tiene un clima soleado, llueve casi todo el año, pero no es una cuestión para preocuparse ya que los chaparrones no suelen durar más de una hora. Singapur es un destino para conocer paseando, también se puede disfrutar de la naturaleza y de una activa vida nocturna. Una de las zonas imperdibles es el Parque de Merlion, donde se encuentra la famosa estatua símbolo de Singapur. Merlion es mitad pez y mitad león fue diseñado como la imagen del Ministerio de Turismo de Singapur. Muchos viajeros coinciden en que la mejor hora para visitar el Parque de Merlion es a la noche cuando los rascacielos de la ciudad se encuentran iluminados formando una hermosa postal junto con el símbolo de la ciudad. Otra de las zonas más visitadas es Clarke Quay, una zona de restaurantes que se encuentran a orillas del río Singapur. Abarca cinco manzanas con cosas de antiguos almacenes rehabilitados. También pueden encontrarse varios bares donde tomar una copa y disfrutar de la activa vida nocturna. Se suma a las propuestas turísticas, pasar por lo menos un día en una playa de la isla de Sentosa, se trata de una pequeña isla conectada con Singapur la cual se ha convertido en un parque de atracciones. Allí pueden encontrarse museos, atracciones, actividades de aventura y también el Universal Studios Sinapore. Sentosa tiene apenas 5 kilómetros cuadrados, pero durante los fines de semana suele llenarse de mucha gente en busca de descanso y sol. Si el plan es visitar la isla con menos cantidad de gente, una buena idea es ir un día de semana. Un barrio que merece la pena ser visitado es Chinatown, una buena opción para comer algo y visitar las tradicionales casas de colores perfectamente conservadas. Además de varios restaurantes, también pueden encontrarse un montón de tiendas de recuerdos. El plato nacional lleva el nombre de Chilli Crab y la fruta nacional es el durían tiene un olor y sabor muy característico y un precio bastante elevado. La gastronomía local tiene una fuerte influencia de China y de la cocina malaya. A la hora de ir de compras una de las mejores opciones es Orchard Road, una calle de centros comerciales donde también se encuentran las marcas internacionales. Si el plan es comprar gangas y cosas a buen precio, el sitio es Lucky Shopping Mall. Otros paseos para hacer son: recorrer los jardines como el Jardín Botánico, el Jardín Chino y el Jardín Zoológico. También existe un parque de aves y de reptiles al oeste de la ciudad, es un espacio natural que permite contemplar cerca de 600 especies de aves, anfibios y reptiles. La ciudad cuenta con varios museos como el Museo Asiático de las Civilizaciones donde puede verse etnografía perteneciente a China, India y otros países del sudeste asiático. Para los viajeros que están interesados en conocer más sobre la historia de este lugar, una idea es visitar el Museo de la Historia de Singapur. Se suma a las propuestas culturales el museo Marítimo. ¿Cómo moverse por Singapur? En general el transporte público es de muy buena calidad. El metro y el autobús son opciones ideales para moverse por la ciudad y conocer sus atracciones turísticas. Es importante mencionar que el metro está perfectamente conectado con el aeropuerto, es posible tomar un metro y llegar en media hora al centro. Info útil para visitar Singapur La mayoría de los países no necesitan visa para visitar este país. La moneda local es el dólar de Singapur, suele ser más barato que el dolar de Estados Unidos. Existen varias casas de cambio donde se pueden comprar los dólares singapurenses. En el aeropuerto puede cambiarse la moneda, pero como suele suceder en la mayoría de las ciudades del mundo, suele ser menos favorable el cambio en comparación con casas ubicadas en el centro. A pesar de ser un país lejano para muchos países, es muy fácil llegar ya que está bien comunicada con varias aerolíneas además de estar bien conectada con países vecinos asiáticos. Muchas aerolíneas vuelan con destino a Singapur inclusive también compañías low cost. En cuanto a las propinas, no es habitual dejar propinas, ya que en la cuenta del restaurante se suelen cargar como concepto de servicio. En algunos hoteles y restaurantes de lujo, si es frecuente que turistas dejen propina a su criterio. Pero en los taxis nunca se deja. Existen algunas opciones de pases turísticos que combinan la entrada a tracciones con facilidades en el acceso al transporte público. Un consejo a tener en cuenta tanto en Singapur, como en cualquier otra ciudad del mundo que ofrezca pase de atracciones, es realizar primero un cálculo para ver si combine comprar el pase evaluando cuanto se gastaría en la compra de las entradas individuales de cada atracción y el gasto en transporte para ver si se justifica la compra del pase o no, ya que depende de cuantos días se vaya a recorrer la ciudad y cuántos lugares se deseen visitar.
  2. 3 puntos
    Dicen que cuando nos empiezan a gustar las aceitunas o el vino es porque nos estamos haciendo viejos. El azúcar tiene un cierto grado analgésico cuando somos niños, y entonces rechazamos los sabores amargos. Viajar a otro país y probar su gastronomía a veces es una tarea bastante difícil, tanto como probar aceitunas cuando somos niños. Porque muchos de los platillos poseen un gusto adquirido, que rara vez nos causará placer la primera vez, sino después de repetidas veces hasta encontrar su sabor oculto. Francia no es la excepción. La mayoría de los turistas viaja a Francia deseoso de probar un trozo de cada queso que le sea posible y asistir a una cata de vino en un bar au vin. Pero el camembert, el queso azul o muchos otros olorosos lácteos en una table au fromage causan, al contrario, una sensación de asco. Es normal. Si bien Latinoamérica o el sudeste asiático son destinos donde lo ideal es vivir una experiencia gastronómica en la calle, Francia es el sitio ideal para vivir una verdadera experiencia gourmet. Después de todo, es allí donde nació la alta cocina. Aunque es preciso derribar un mito: los franceses no comen a diario de forma gourmet. Es obvio que los precios de los restaurantes y los ingredientes necesarios para la haute cuisine son elevados, ya que se prefiere la calidad a la cantidad. Pero la gastonomía francesa tiene de todo un poco. Y algo que aprecié mucho durante los ocho meses que viví allí es el amor que los franceses le tienen a los productos locales. Así, también se puede vivir una excelente experiencia gastronómica aún cuando tengamos un bajo presupuesto, y bastará con pasearnos por los mercados callejeros o por las panaderías de cada esquina. En fin, este es mi pequeño intento por resumir y compartir cómo vivir una experiencia gourmet en Francia. Le petit déjeuner. El desayuno francés no se aleja mucho del tipo de desayuno ligero que predomina en los países europeos no angloparlantes. Esto quiere decir que no incluyen comidas saladas ni proteínas durante la mañana. Esto fue difícil al principio para un mexicano como yo, acostumbrado a grandes cantidades de calorías, e incluso, tiempos dentro del desayuno (la fruta, el plato fuerte, el café…). Pero hay una ventaja. Los franceses desayunan entre 7 y 9 de la mañana. Pero el almuerzo va desde las 11:30 a.m. hasta la 1:30 p.m. Así que si el desayuno nos parece ligero, podremos saciar nuestra hambre tan sólo dos o tres horas después. Algo bueno del desayuno es que no hay que buscar ser muy refinados. Un verdadero desayuno francés se compone de cosas simples, como las tartines y un vaso de café o jugo de frutas. Las tartines son piezas de su famosa baguette cortadas por la mitad, a las que se les unta confiture (mermelada casera). Suena simple, pero para mí era algo casi gourmet. Si alguien sabe en qué parte del mundo las baguettes tienen la misma consistencia crujiente y el mismo sabor que en Francia, por favor que me lo diga. Ir a comprar una baguette en Francia es toda una vivencia. Muy temprano por la mañana, pueden verse filas colosales fuera de algunas boulangeries. Si eso pasa, quiere decir que es la mejor panadería del barrio. Conseguir la mejor baguette es sin duda algo muy francés. No por nada quieren convertir a la baguette francesa en Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (imitando a los italianos con su pizza margarita de Nápoles). El café o el té de la mañana se puede acompañar con piezas hojaldradas de pan dulce llamadas viennoiseries, el más francés de ellas es por supuesto el croissant. Un croissant cuesta alrededor de un euro. Puede parecernos caro a muchos. Pero créanlo, no probarán un croissant tan delicioso en ninguna otra parte del planeta. Otra buena opción es el pain au chocolat, para los amantes del chocolate. Una formule (menú completo) de desayuno en un restaurante, café u hotel en Francia incluirá normalmente una bebida caliente, un jugo de fruta, un par de tartines con mantequilla y confiture y una viennoiserie. Eso nos costará alrededor de 4 o 5 euros. Desayuno en las calles de Avignon. Pero no es necesario ir a un lujoso restaurante. Los franceses comen su desayuno en casa. Y si no tienen tiempo porque deben ir a trabajar, paran en una panadería en cualquier estación del metro y compran un café con una pieza de pan, que literalmente toman de pie mientras esperan el bus. Es lo que yo hacía en mi camino a la escuela todos los días. Le déjeuner et le dîner. Bien, los desayunos en Francia son pequeños (por eso es petit-déjeuner). Pero esas calorías necesarias las conseguiremos durante el almuerzo y la cena. Pero no solo hay que conocer la variedad de platillos. Hay que entender el lozano e histórico ritual que representa la comida en Francia. Los franceses no sólo inventaron la alta cocina. Inventaron la restaurantería entera. Los primeros restaurantes con menús impresos, con platillos permanentes y un precio fijo. Los meseros, los pinches, los sommeliers. La repartición de tareas dentro de las cocinas. Los tiempos de la comida. Crear todo aquello llevó décadas de refinamiento. Y numerosos chefs franceses han quedado grabados en la mente de miles de cocineros del mundo, gracias a sus aportes a la cocina internacional. Por ello es imperativo entender los tiempos en que se divide un almuerzo (o una cena) en Francia, que suele variar de otros países. L’apéritif. En casi todos los restaurantes el mesero nos preguntará si deseamos un apéritif antes de ordenar. Es la forma de darnos la bienvenida. El aperitivo es algo parecido a las tapas en España. Comúnmente es una bebida alcohólica ligera, como una copa de vino dulce, una cerveza o algún coctel. Y se acompaña por un pequeño platillo de comida fría, normalmente aceitunas, ajos marinados, encurtidos, canapés, etc. Pero cuidado. Si fuera del restaurante vemos el precio de un menú (por ejemplo, de 20 euros), en ese precio no va incluido el aperitivo. Tendremos que pagar unos euros más por ello. Después de todo, se trata de alcohol. Es común escuchar a los franceses decir “te invito a un apéro”, “iré a un apéro”. El apéro es una especie de reunión en casa entre amigos o familia, donde se toman bebidas alcohólicas y se “pica” algo para comer. También puede ser algo así como un “precopeo”, aquello que hacemos antes de salir de fiesta. Hacer un apéro en casa es fácil. Basta con comprar una botella de vino, algunas cervezas y bocadillos ligeros. En los mercados y supermercados franceses hay infinidad de variedades de aceitunas y ajos. Mis preferidos para las noches de vino junto al río Ródano en Lyon. L’entrée. Como en la mayoría de los restaurantes a nivel mundial, los franceses también comienzan por la entrada, aunque suele ser una entrada más ligera que en otras cocinas del mundo. Normalmente se compone por una ensalada, una tarta salada, verduras crudas (crudités), patés, charcutería o sopas (más comunes en las cenas). ¿Mis recomendaciones personales? La soupe à l’oignon es una de mis favoritas. Fue el primer platillo que comí al llegar a Lyon, región de donde proviene la sopa de cebolla. Aunque a pesar de su fama, los franceses no la consumen tanto. Ni es tan común encontrarla en los restaurantes. De hecho, me dijeron que es una sopa común para comer después de una borrachera. Honestamente, en mi país no comemos sopa después de la juerga. En Lyon es también muy común comer embutidos al principio, como las saucissons. Aunque no me declaro un fan de la charcuterie. Y si hablamos de paté, los paté en croûte (envueltos en masa o pan) suelen ser los más comunes. Pero si queremos algo verdaderamente gourmet, hay que probar el foie gras, hecho a partir del hígado graso del pato o ganso. Aunque no es una buena opción para los defensores animales, ya que para llegar a su elaboración es necesario hacer que el ave se enferme del hígado para luego matarla. Paté en croûte a la venta en el mercado Les Halles de Lyon. Los franceses pueden hacer una ensalada de lo que sea. Pero mis favoritas son las ensaladas de la dieta mediterránea. Bocadillos mediterráneos en Mónaco. La Costa Azul de Francia, por su cercanía y herencia de Italia, poseen una enorme variedad de vegetales frescos. Y la más célebre (y deliciosa) es la salade niçoise. Aunque esta ensalada proveniente de Niza me atrevería a decir que cuenta como entrada y plato fuerte, ya que se sirve bastante completa. Tomate, pimiento, cebolla, aceitunas negras, huevo cocido y alcachofas tiernas suelen ser los componentes típicos. Todo regado con aceite de oliva o alguna salsa vinagreta. Otra buena opción es comenzar con un ratatouille. Sé que es inevitable pensar en la película de Pixar con aquella adorable rata. Pero el ratatouille es mucho más que eso. Es otro platillo típico de Provenza, en la costa mediterránea, compuesto por tomate, ajo, pimiento morrón, berenjena, calabacita y cebolla cocinadas en aceite de oliva, . Su mezcla de hortalizas espolvoreadas por hierbas provenzales la hacen un guiso ideal para una entrada ligera. Ratatouille servido con un huevo duro en salsa verde. Sobre las tartas, nada mejor que una quiche, sobre todo la más famosa de ellas, la quiche lorraine. Quiche recién horneada. Aunque para ser sincero, estas tartas saladas nunca las vi como entradas en los restaurantes. Suele ser más común encontrarlas en las panaderías como un bocadillo. Perfectas para ese apetito entre la comida y la cena. Le plat principal. Como en todo lugar, luego de la entrada viene el plato fuerte, donde se sirve la proteína principal acompañado de una guarnición de cereales, arroz, pasta o legumbres. Pollo en salsa de almendras en un restaurante de París. Los cortes de carnes, escalopes de pollo en salsas, filetes de pescado o ternera son comunes para el plato fuerte. Pero podemos ir más allá de eso. Tiras de pollo agridulce sobre puré de papa y legumbres. El suroeste de Francia me dio el mejor regalo culinario: la carne de pato. En las regiones de Toulouse el pato, la oca y el ganso son tan apreciados como en Marsella lo son los mariscos y el pescado. Y una infinidad de variedades de preparación de su carne son un obsequio exquisito difícil de encontrar en otras partes del mundo. El confit de canard es uno de los más típicos. Es la pierna del pato salada y escalfada en su propia grasa, para luego cocinarla y servirla con una guarnición de papas o coles. Con el mismo confit se prepara la cassoulet, que para mí fue todo un manjar. Es un guiso de alubias blancas con trozos de embutidos, como salchichas de Toulouse y tocino. Y se remata con una exquisita pierna del pato dentro de la cazuela de barro donde se sirve. Algo que a la vista parece poco gourmet, pero una delicia para paladares avícolas. Los platillos de carne cocinada con sidra o vino no pueden pasar desapercibidos, como el matelote de Normandía, el pôchouse de Borgoña o el escabeche de Picardía. Pero el marinado en vino o los patos no sobrepasan el límite de lo excéntrico. Para ello hay platos reservados para los más exigentes. Les escargots de Bourgogne cumplen su objetivo para muchos. Son caracoles terrestres (sí, esos que pueden hallarse en los jardines) servidos en su concha y cocinados con mantequilla, ajo y perejil. Y aunque las ancas de rana son un platillo típico en otros países, Francia es el mayor consumidor en Europa. Fritas, a la provenzal, a la mediterránea o al curry, las cuisses de grenouille para mí fue como comer alitas de pollo. En cuanto a la región de Lyon, las quenelles son quizá el platillo más común para una tarde gourmet. Son albóndigas en forma de salchicha preparadas con sémola de trigo, leche, huevo, mantequilla o agua a las que se agrega alguna carne o pescado, y se sirven bañadas con una salsa. Un plato sumamente pesado, que en lo particular no lo metería en mi lista de favoritos. Quenelles recién horneadas. Y si nos topamos con el frío invierno francés y queremos llenarnos de calor y calorías, una raclette puede ser una buena idea. Es básicamente queso fundido con papas y algún embutido. Grasa, grasa y más grasa. Le fromage. El cliché nos dice que los franceses comen queso todo el tiempo. Eso es mitad verdad mitad mito. Francia tiene más de 365 tipos de queso, y no he conocido a un francés que no los coma. Pero no lo hacen a todas horas del dia. Ellos han agregado un tiempo especial a la comida para degustarlo: le fromage. Entre el plato fuerte y el postre, una tabla con pequeños trozos de una variedad de quesos es un manjar de dioses. Y acompañado de pan y un buen vino, es la manera perfecta de cerrar un repas. Casi todos los platillos se pueden gratinar. Pero los quesos franceses merecen ser saboreados por sí solos. Y por ello no hay que dudar en pedir al mesero si ofrecen quesos tras el plato fuerte. Si no, acudir a un bar au vin es la mejor opción. No profundizaré tanto. Para saber más sobre los quesos, tengo un artículo especial dedicado a ellos. Le dessert. Hasta que alguien me demuestre lo contrario, no hay mejor lugar para los postres que Francia. El almuerzo o la cena no están completos sin un modesto postre en nuestra mesa. Hay ocasiones en que no irá más allá de una fruta o un yogur, como solía ocurrir en la barra del comedor de la escuela donde trabajaba. Pero si tenemos la oportunidad de comer una rebanada de la infinita pâtiserie francesa, nuestras papilas no descansarán hasta hacernos volver a Francia. Tarta de manzana. Las tartas de fruta son sin duda mis favoritas. La tarte aux pommes o la tarte au citron son dos delicias de repostería. Sencillas, dulces y con una pasta hojaldrada que da un perfecto toque crujiente. Tartas de limón. La tradición no se pierde nunca con una crème brûlée o con un mousse de chocolate. Nunca fallarán en brindarnos ese nivel de azúcar necesario. Pralines de Lyon. El postre lionés por excelencia es la praline, un dulce de almendra caramelizada con azúcar y colorante rojo. Algo así como almendras garapiñadas. Se pueden comer solas o en algún tipo de repostería. Aunque yo no recomendaría la tarte aux pralines (demasiado empalagosa para mi gusto), sino mejor una brioche aux pralines, más ligera y menos densa. Tarta de praline de venta en Lyon. Después del postre viene el café, que cabe mencionar, en Francia es casi siempre un espresso. Pero incluso los franceses han inventado un platillo perfecto para evitar llamar tantas veces al mesero, es el café gourmand. Si elegir entre tantos exquisitos postres es una odisea que nos hará sentir culpables, no sólo por perdernos la oportunidad de probar todos, sino por la cantidad de calorías que un postre regular nos aporta, el café gourmand es el toque perfecto para terminar un repas. El diminuto platillo se compone de un espresso y una selección de cuatro o cinco pequeños postres, medidos a la perfección para evitar culpas, cuyos nombres rara vez aparecerán en la carta. Esto es lo equivalente a pedirle al chef que nos sorprenda. Y por unos cuatro euros, tendremos en nuestra mesa esos cuatro o cinco desserts que acabarán con nuestro apetito de algo dulce y nos harán, sin duda, querer regresar a Francia. Suele ser común encontrar en el café gourmand la crème brûlée, el mousse de chocolate o una magdalena. Pero como dije, uno nunca sabe. Aunque seguro nunca nos decepcionará. Los tipos de restaurantes. Como turistas, al momento de tener hambre lo más común es preguntar por un restaurante. Finalmente no hay que saber hablar otro idioma para preguntar por él. Pero es importante saber diferenciar los tipos de establecimiento donde podremos comer o beber, ya que para los franceses esas diferencias están bastante bien marcadas. Un restaurante es eso, el mismo concepto que adquiere en todo el mundo. Tienen una carta con un menú establecido y precios fijos por platillo, y cada uno con un costo individual. Los hay de baratos a caros (en Francia en pocos restaurantes nos gastaremos menos de 12 euros). Si lo que buscamos es un menú del día por un precio fijo (digamos, unos 14 euros), lo que necesitamos es un bistrot. Aquí, los platillos del día se dictan verbalmente o se escriben en una pizarra fuera del establecimiento. Así sabremos exactamente cuánto gastaremos antes de entrar, y tendremos una idea de qué comeremos una vez dentro. Aunque siempre hay que preguntar si todavía queda comida de ese platillo que tanto se nos antoja. Recordemos, los almuerzos terminan máximo a las 2 p.m. No podemos darnos el lujo de esperar un menú después de esa hora. Y hay diferentes menús. La demi-formule normalmente incluye una entrada y el plato fuerte (el agua siempre es gratis). La formule completa incluirá también el postre. Pero nunca, casi nunca, un menú nos incluirá vino, el aperitivo o el queso. Así que antes de ordenarlo todo es mejor preguntar. Las brasseries solían ser fábricas de cerveza que contaban con una taberna para beber alcohol, acompañado de algún platillo. En una brasserie no podemos esperar platillos super gourmet. Pero si queremos buena cerveza, este es el lugar. Los cafés suelen estar abiertos desde la mañana hasta la noche. Pero su especialidad no es la comida, sino las bebidas y los postres. Quizá encontremos un par de ensaladas o sandwiches, pero no viviremos una experiencia gourmet de carnes, pastas o guisos. Los bares suelen ser para un público nocturno. Por supuesto, su especialidad son las bebidas alcohólicas. Y su comida, aunque puede ser muy buena, será un poco menos gourmet y mucho más internacionalizada, como papas fritas y hamburguesas. La experiencia más gourmet la podremos vivir en los bouchons. Aunque sólo los encontraremos en la región de Lyon, es en estos restaurantes donde nació buena parte de la haute cuisine, gracias a chefs tan reconocidos, como Paul Bocuse. No podemos esperarnos un precio bajo, pero si estamos dispuestos a gastar para satisfacer nuestro paladar, un bouchon es el lugar perfecto. Mural de Paul Bocuse, frente al mercado Les Halles de Lyon. ¿Y qué hay de los vinos? Como dije, el vino es una buena idea para el apéritif y el queso, y quizá un poco con el postre. Pero en general, los franceses toman agua. Agua del grifo, servida en una garrafa de vidrio. Nada especial, nada fuera de este mundo. Pero tal calidad de buenos platillos no puede arruinarse con una lata de coca cola o un agua saborizada. Aunque cinco tiempos de comida y unas copas de vino suenen a mucho, puedo afirmar que en Francia nunca padecí del mal du porc (el mal del puerco). Sí, los franceses comen mucho, pero en cantidades sumamente bien medidas. Y los chefs franceses han perfeccionado esa técnica durante siglos. Así que no hay que tener miedo a las calorías. Lo único que hay que cuidar en Francia es nuestra cartera. Vivir una experiencia gourmet no suele ser muy barato, sobre todo para los latinoamericanos. Pero como dije, una vez que lo probemos, nuestras papilas no descansarán hasta hacernos regresar a Francia, el hogar de la alta cocina.
  3. 3 puntos
    Marsella me había llevado hasta sus azules costas esmeralda para disfrutar el puente vacacional del 11 de noviembre, que conmemora el Armisticio de Compiègne, acuerdo que puso final a la Primera Guerra Mundial. El fin de semana largo no sólo me había llamado a mí a la costa sur francesa. Mi amiga Tamar estaba allí con su novia Mor. Tamar, al igual que yo, trabajaba como asistente de idioma en la ciudad de Lyon. Sólo que ella enseñaba hebreo. Sí, hebreo, en una escuela de niños judíos, cosa que me es, todavía al día de hoy, difícil de imaginar. Las dos israelíes vivían juntas en Valence, una ciudad 100 km al sur de Lyon, ya que Mor estudiaba cine de animación en aquella ciudad. Y estando 100 km más cerca que yo de Marsella, decidieron pasar el fin de semana allí. Otros dos amigos suyos, Melody y Bogdan, también visitaban la ciudad. Así que decidimos vernos con ellos para pasar un día juntos. En vista de que ya habíamos visitado por nuestra cuenta los principales puntos turísticos de Marsella, decidimos destinar aquel día a un plan mucho más tranquilo. Mucho más natural. Marsella es la única ciudad en Francia que cuenta con un parque nacional periurbano, uno de los pocos de Europa. Es decir, dentro de su área urbana, Marsella posee su propio parque natural. Es algo de lo que pocos turistas saben, lo cual me incluía a mí. Pero mi compañero de piso en Lyon, Olivier, me lo dijo: no puedes ir a Marsella y no visitar les Calanques. Desde mi primer día hospedándome con Jean-Alain, caminando por los barrios africanos y el Vieux Port de Marsella, me di cuenta de que la ciudad está situada entre varios macizos rocosos. Y observarla desde lo alto de la basílica de Notre-Dame de la Garde me dijo que Marsella ha crecido en una especie de anfiteatro natural. La segunda metrópoli más poblada de Francia se ha expandido tanto que ha llegado a tomar como parte de su superficie territorios naturales no urbanizables, y que dependen directamente del departamento Bocas del Ródano, del cual Marsella es capital. Y es al sur de la ciudad en donde uno de esos territorios naturales fue declarado parque nacional en el 2012. Se trata de les Calanques. La imagen de una costa mediterránea escarpada por blancos acantilados y arbustos bajos ya había venido a mí desde que visité Ibiza en el 2013. Y al parecer esa imagen efectivamente se repite en muchos otros lugares del mar Mediterráneo. Las calas de Ibiza son uno de sus muchas bellezas que atraen a miles de turistas cada año. Marsella también cuenta con muchas de esas calas, que en francés llaman calanques. Tamar y Mor me encontraron fuera de la estación de metro de la avenida del Prado, cerca del estadio Orange Vélodrome, no muy lejos de casa de Jean-Alain. Esperamos algunos minutos por Melody y Bogdan para partir todos juntos. Tomamos un bus en el paradero del Prado y nos dirigimos al sur. Poco a poco nos adentramos en los suburbios de la ciudad. A cada metro que avanzábamos, la mancha urbana iba desapareciendo. Los edificios se iban haciendo menos frecuentes, y el tamaño de las casas y sus jardines se hacía más y más extenso. Justo cuando vimos que el bus daba vuelta en una rotonda, preguntamos si era allí donde debíamos bajar para caminar hacia les Calanques. El chofer afirmó, y en medio del Chemin de Sormiou, comenzamos la caminata. El asfalto tardó más de un kilómetro en convertirse en tierra y piedras. Mucha gente adinerada vivía en aquella verde y tranquila zona de la ciudad. Hacer senderismo era lo que menos había planeado al visitar Marsella. Mis cómodos botines todoterreno se habían quedado en Lyon. Y mis pantalones no eran los mejores para largas caminatas. Pero en ese momento mis zapatos o mis pantalones era lo que menos me preocupaba. Desde que bajé del autobús un gélido viento penetró mis huesos y heló mi cabeza por completo. El día estaba soleado, como la mayoría de los días en Marsella y la Costa Azul francesa. Pero nunca me imaginé pasar tanto frío bajo el sol. Olivier había vivido en Marsella algunos años atrás. Cuando le dije que la visitaría por un fin de semana me dijo que era una excelente elección. Pero que debía prepararme con un grande y caliente abrigo que me protegiera del frío viento. Ignoré varias veces su comentario. Yo había revisado el clima para Marsella y todo parecía normal. Era más cálido que Lyon, así que el frío no iba a preocuparme. Pero cuando llegué a les Calanques, supe de lo que hablaba. Por suerte, Tamar y Mor iban bien preparadas. Tanto que todavía les sobraba un abrigo rompevientos en su mochila. No dudé en aceptarlo cuando me lo ofrecieron para ponérmelo bajo mi otra chamarra, que para ese entonces había descubierto que era demasiado delgada. El camino de asfalto empezó a penetrar a les Calanques, y el paisaje urbano pronto cambió a una plancha de montículos blancos tapizados por las yerbas y arbustos. Algunos coches nos rebasaban y empezaban a subir las colinas, tras las cuales no podíamos ver lo que se ocultaba. Incluso me fue necesario aceptar los guantes que Mor me ofreció. Nunca creí que el viento del que Olivier me había hablado fuera tan verdad. Mucho menos en un día tan soleado de otoño. Pero el mistral es una corriente de vientos que se gesta en los Alpes para luego bajar al Mediterráneo. No cabe duda entonces del porqué de su helada temperatura. Cuando alcanzamos poco a poco la cima de las colinas graníticas tuvimos una vista de la ciudad que se escondía tras los montes Marseilleveyre, como se les conoce comúnmente. Esta zona de Marsella se caracteriza por poseer escasa tierra. La mayoría del terreno es de roca, lo cual hace difícil a las plantas poder crecer. Es por ello que a lo largo de nuestro camino los pequeños arbustos eran más comunes que los grandes árboles. Así que prácticamente no había lugar donde esconderse del poderoso viento. Cuando llegamos a la punta de uno de los macizos calcáreos, frente a nosotros apareció el imponente mar Mediterráneo. Me había quedado en claro que no era un mar cualquiera. En Valencia, Barcelona e Ibiza el Mediterráneo me había maravillado con su increíble color azul, sus tranquilas aguas y, sobre todo, con su importante e histórico pasado. Estar frente al Mediterráneo siempre me llenaba de una calma inexplicable. Y Marsella no sería por nada la excepción. Luego de algunos serenos minutos y de un sándwich sobre las rocas, dimos la vuelta para volver al camino de asfalto. Sólo se puede acceder a un par de las playas del parque natural en coche, por una vía de asfalto y tierra. Es a una de ellas donde nos dirigíamos: la Calanque de Sormiou. Normalmente el descenso es mucho más fácil que el ascenso. Pero bajar un macizo rocoso con el único par de delgados tenis que había llevado a Marsella representaba algunas complicaciones. Debía ser cuidadoso con el terreno escarpado. El camino en zigzag nos llevó cuesta abajo hasta la parte trasera de un par de edificaciones, que parecían ser un restaurante y una pequeña posada. Nada muy lujoso ni extravagante. Y detrás de todo, por fin pisamos la húmeda arena de la ensenada. Allí abajo, por el fin mistral desapareció, y pude despojarme entonces de los guantes y mis dos abrigos, que bastante estorbo me hacían ya. Aunque sinceramente, el clima seguía siendo fresco. Y no fue nada normal para mí pararme sobre una playa con pantalón, tenis y un suéter. Mucho menos con el sol que quemaba nuestra piel. Melody y Bogdan no tardaron en irse. Tenían una reservación en un restaurante bastante famoso de Marsella y no querían perder la oportunidad de comer allí. Mor, Tamar y yo nos quedamos otro rato. La ensenada de Sormiou es quizá la de más fácil acceso desde la ciudad. Pero por ser otoño, el número de turistas era escaso, a pesar de haber sido un puente vacacional. En verano, las calanques se colman de bañistas que se sumergen en sus aguas, las navegan en kayak, en yates privados o simplemente toman el sol sobre sus playas. Para nosotros la situación fue bastante diferente. Nos bastó con sentarnos frente a sus tranquilas aguas y disfrutar de la vista. Pasamos allí una media hora más, caminando sobre la arena y sintiendo la suave brisa del Mediterráneo. Cogimos de vuelta nuestras cosas y empezamos a subir. Si queríamos llegar a buena hora a almorzar en la ciudad,debíamos emprender nuestro camino de vuelta. Pero en todas partes se puede encontrar un buen samaritano. Y una pareja se detuvo en su coche, al vernos subir con tanto esfuerzo la colina. Nos ofrecieron llevarnos hasta la ciudad, a donde pudiésemos coger un autobús. Y con el hambre que se había despertado en nuestros estómagos, aceptamos el trato. Mor y yo hablábamos francés con fluidez. Pero no era el caso de Tamar. Ella hacía su programa como asistente de idioma sin hablar casi una palabra de francés. Pero con Mor y yo al lado, no tenía nada que temer. Dimos las gracias a la pareja francesa y descendimos en la misma parada de bus a donde habíamos arribado unas horas antes. Y tras una siesta reconfortante a bordo, llegamos de vuelta a la ciudad. Comimos una rebanada de pizza antes de tomar el metro. Todavía había un importante punto que no habíamos visitado. Al oeste de la Rue de la République, que conecta el antiguo puerto de Marsella con el nuevo y moderno puerto, se encuentra uno de los barrios más viejos de la ciudad: Le Panier. Es la zona geográfica donde se establecieron los primeros griegos cuando fundaron la ciudad, hacia el año 600 a.C. Y hoy representa uno de los sitios más bellos e históricos de la urbe. Le Panier es conocido por ser un barrio popular de Marsella. Y no es de sorprenderse, ya que fue el primer sitio de implantación de los inmigrantes que a la ciudad arribaban, sobre todo en el siglo pasado. Así, en el vecindario todavía vive una cantidad importante de corsos y magrebians (provenientes del norte de África). En años anteriores, sobre todo terminada la Segunda Guerra Mundial, Le Panier se convirtió en un sitio común para el tráfico de mercancías y el bandalismo. Marsella posee todavía la fama de ser una ciudad peligrosa donde la mafia tiene cierto poder. Pero recorrer las calles de Le Panier para Mor, Tamar y para mí fue una experiencia totalmente placentera. El barrio es hoy un circuito célebre para los turistas. Gracias a proyectos de recuperación del lugar, Le Panier ha pasado a ser uno de los núcleos culturales de Marsella. El arte no sólo está presente en las coloridas paredes de sus edificios o en los elaborados grafitis que las adornan, sino en el interior de cada casa y local. Muchos de los estudios a las orillas de sus calles se han convertido en ateliers de pintura, cerámica, o cualquier otra expresión artística, donde los artesanos locales ofrecen sus productos a los transeúntes. Ropa, juguetes, cuadros, flores, artículos de material reciclado, fotografías, instrumentos musicales. Y por supuesto, no puede faltar la comida. Las cafeterías son parte del alma de Le Panier, y el chocolate es parte importante de ella. No dudamos entonces en sumergirnos en una de las chocolaterías para adentrarnos en su delicioso arte. La elección era imposible, entre tantas pequeñas (o grandes) tentaciones a nuestro alrededor. Pero nos inclinamos por una bola de chocolate blanco, envuelta en chocolate negro y espolvoreada con coco rayado. Un manjar que endulzó nuestro paladar y el resto de nuestra tarde en Marsella. Le Panier se forma por varias calles que bajan hasta el viejo y el nuevo puerto de la ciudad. Y es allí hasta donde nos llevaron sus rúas, justo para quedar nuevamente frente a la basílica de Notre Dame de la Garde, en lo alto del otro extremo. Entramos en un restaurante para comer una hamburguesa con papas y apaciguar el hambre que colmaba nuestros estómagos. Y antes de que el sol se ocultara, nos dirigimos al malecón del nuevo puerto para admirar más de cerca la Catedral de la Mayor, que se pintaba poco a poco con los colores del atardecer. Caminamos hacia el fuerte de Saint-Jean y visitamos un poco el interior del MuCEUM, el Museo de las civilizaciones de Europa y el Mediterráneo, que por desgracia estaba ya cerrando sus puertas al público. Frente al más posmoderno de los edificios de la metrópoli cayó la noche sobre nosotros y sobre Marsella, una ciudad que superó todas nuestras expectativas. Aunque no sería la última parada de la hermosa costa mediterránea francesa. Y algunos meses después, volvería a sus orillas para otras soleadas tardes frente a sus azules aguas.
  4. 3 puntos
    Ya hablé de la diferencia de precios y comodidades entre trenes y buses en Europa. Ahora hablaré de otro gran célebre viaje europeo con el que muchos sueñan: el Eurail. La idea es fácil: con un solo boleto podemos tomar todos los trenes de Europa que queramos y visitar todos los sitios que deseemos. Aunque no todo es como lo pintan. ¿Cómo funciona? En la página eurail.com tenemos varias opciones de boletos. Los hay para un solo país (One Country Pass), para un conjunto de países limítrofes (Select Pass) o para todos los países del espacio Schengen y algunos más (Global Pass). Solo elegiremos el que más nos agrade y nos lo enviarán agregando un costo de entrega. La ventaja que nos venden es poder improvisar nuestro viaje, tomando el tren que queramos hacia donde queramos. Pero hay que aclarar unas cosas. No todos los trenes son participantes. Los de alta velocidad y los nocturnos, por ejemplo, no están incluidos en nuestra compra. Y a veces será posible cogerlos pagando un costo extra. Además estaremos limitados a tomar un trayecto por día, ya veces uno cada tantos días. Eso dependiendo de cuánto estemos dispuestos a gastar. Si queremos viajar un mes en Italia, por ejemplo, podemos comprar el Italia Pass. Pero el boleto nos permitirá solo tomar trenes en tres días dentro de ese mes por 198€, cinco días por 273€ u ocho días por 369€. Es un poco mierda, diría yo. Lo mismo pasa con el Global Pass. Coger trenes por toda Europa cinco días en un mes nos costará 305€, diez días en dos meses 457€ y un mes continuo 613€. Y estoy hablando de la segunda clase. También hay que agregar que los europeos pagan menos. De hecho, ellos no hacen el Eurail, sino el Interail, que tiene un sitio web diferente, aunque prácticamente igual. Así, por cinco días en un mes pagarán 206€, diez días en un mes 301€ y un mes continuo 493€. Mucho menos que los extranjeros. ¿Conviene hacer el Eurail? Conviene si tenemos dinero y no queremos estresarnos reservando boletos. Pero económicamente no nos conviene. Bastará con decir que yo hice un viaje por las capitales europeas por 22 días y por cinco vuelos y cinco buses pagué 240€, mientras con el Eurail hubiera pagado 450€. Lo digo de nuevo: para cortas distancias y visitar los pueblos el tren es una buena opción, y si es tren regional el ticket podemos comprarlo directamente en la estación por el precio normal. Pero para largas distancias los vuelos lowcost y buses nos salvarán de caer en la tentación y arrepentirnos de habernos desfalcado por un simple viaje en tren. No todos los trenes tienen rutas panorámicas y bonitos paisajes a los lados. La mayoría del tiempo verán más vías, paredes con grafitis y estaciones sin nada extraordinario. Tampoco tienen camas ni cabinas privadas de lujo, como muchos los imaginan. Si sueñan con un viaje en tren tomen uno o dos cuando puedan. Pero cuiden su cartera. Dejen que los vuelos y los buses lo hagan más sencillo.
  5. 2 puntos
    En el Oeste de Estados unidos se pueden encontrar muchas ciudades turísticas, una zona de sol eterno, playas y muchas más... Se dice que California es una zona de eterna primavera, esto se debe a su clima templado durante todo el año a pesar de que las temperaturas pueden variar según cada ciudad. Al interior de California el clima es muy variable, en la zona sur existen zonas desérticas con temperaturas bastante altas, mientras que al norte el clima puede llegar a ser muy frío. Si visitás california durante los meses de Diciembre, Enero y Febrero, comprobarás que el clima es muy agradable en las zonas sur y central de la costa oeste, mientras que en la zona de Sierra Nevada, algunos parques naturales cierran por las condiciones meteorológicas. Sin lugar a dudas, la primavera es la mejor épca del año para recorrer esta región. ¿Qué ciudades y lugares visitar en el Oeste de Estados Unidos? Los Ángeles Viajar a la ciudad de Los Ángeles es una excelente oportunidad para disfrutar de las mejores playas del planeta, sitios además ideales para los amantes del surf. Otro de los motivos que hacen que esta ciudad sea tan visitadas es por sus marcas de ropa, se dice que es una ciudad ideal para ir de shopping. La ciudad de Los Ángeles ofrece a sus visitantes una gran variedad de actividades como visitar los Studios Hollywood Universal, es importante adquirir las entradas con anticipación. Siguiendo con la lista de paseos recomendados se encuentra Griffith Park, uno de los parques más grandes de Norteamérica ideal para disfrutar de la tranquilidad, relajarse al sol o por qué no hacer la ruta de senderismo para disfrutar del paisaje de una manera más activa. San Francisco Visitar San Francisco es una oportunidad ideal para ver varias culturas reunidas en un mismo espacio, allí se puede encontrar una gran variedad de culturas que han influido en su surgimiento e historia. Cada uno de los barrios que forman parte de esta ciudad ofrecen un ambiente único que los distingue entre sí, cada uno tiene su particularidad y eso los hace sumamente interesantes. Las playas de la ciudad de San Francisco se suman a los motivos para viajar a este destino de Estados Unidos, playas para el relax, con lugares para el descanso pero también con lugares para prácticas deportivas. San Diego San Diego es una ciudad de rascacielos, grandes tiendas e impresionantes parques temáticos. Además es un sitio que tiene una gran influencia mexicana por su proximidad. Las playas se suman a los motivos para planificar un viaje a esta ciudad. Conviene empezar un paseo por San Diego, recorriendo la parte conocida como “Old Town San Diego”, un lugar único donde se puede conocer más sobre cómo se originó esta ciudad. Otro de los barrios para conocer es Gaslamp Quarter, un barrio de moda y uno de los más emblemáticos, allí se puedene encontrar casas antiguas del siglo XVII, tiendas y boutiques de moda. Además, cuenta con varios restaurantes y bares de todo tipo para todos los gustos. En San Diego, se encuentra uno de los parques urbanaos más grandes de Estados Unidos, Balboa Park, una impresionante área verde llena de museos muy interesantes para visitar. Sacramento Esta ciudad tiene su particularidad ya que es una ciudad relativamente pequeña pero está llena de historia, es una parada ideal para entender más y conocer más sobre la cultura de california.Merece la pena hacer un alto en el barrio de Old Sacramento donde puede verse historia de la ciudad, además de varios museos. Las Vegas ¿Quién no ha soñado con visitar Las Vegas? Es una urbe tan artificial como enigmática. Un espacio de juego y luces que parece no dormir. Es uno de los principales destinos turísticos del país por sus zonas comerciales y fundamentalmente por sus casinos. Es conocida como la Capital del Entretenimiento mundial, también se la llama la “Ciudad del Pecado” por la popularidad del juego y las apuestas. Es una ciudad con un clima desértico y con pocas lluvias. Es extremadamente cálido en verano, por lo que la mejor estación para visitarla es durante la primavera. Espacios naturales para sorprenderse... En California también pueden encontrarse sitios donde reina la naturaleza, como Yosemite y el Gran Cañón de Colorado. Se trata de Parques Nacionales considerados como los más interesantes y atractivos de Estados Unido. A pesar de su nombre, el Gran Cañón del Colorado, no es un cañón, sino un laberinto de Cañones, quebradas esculpidas en rocas y capas multicolores que varían según va cambiando la posición del sol. Yosemite es un Parque Nacional muy visitado por su gran belleza natural, enclavado en las montañas de California llama la atención por sus acantilados de granito y sus cascadas. Otro paisaje que sorprende y permite recrear los sentidos, son los viñedos de California, donde también se ofrece la degustación de vinos.