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  1. 3 puntos
    Mi única noche en Venecia, luego de comer la cena con mi compañero de cuarto, tomé el vaporetto a la Plaza de San Marcos para encontrarme con su vida nocturna. Pero al parecer, era prácticamente nula, algo que nunca me imaginé de una ciudad como aquella. Así que un pronto retorno al hostal en la isla de Giudecca me bastó para conciliar el sueño a tempranas horas de la noche. Al amanecer debía tomar un tren hacia Bolonia, en la contigua región de Emilia-Romaña. Despertar no fue difícil, y había anotado el horario en que el vaporetto pararía en la estación más cercana para llevarme a la central de Santa Lucía. Así que tras un rápido check-out, salí a la templada mañana a esperar por el ferry. Giudecca está aislada del resto de Venecia, y la única forma de acceder a ella es por una embarcación. Ningún puente la conecta de forma peatonal. Y como dije antes, en Venecia no existen los coches. El vaporetto no tardó en llegar, pero pronto me di cuenta que aquel iba en la dirección contraria, una vía más larga hasta llegar a Santa Lucía. Pero atravesaba el Gran Canal, y ver sus orillas al amanecer sería un bonito último regalo de Venecia. Al final de cuentas, también me llevaría hasta la estación de trenes, pensé. Y sin pensarlo dos veces, subí y me senté en su descubierta proa. Justo ese día comenzaba el invierno. Eran ya vacaciones escolares y el tráfico era exiguo. Tenía el barco casi para mí solo. Los edificios todavía se veían oscuros, pero el sol empezaba a levantarse en el este. El cielo se pintaba poco a poco de un azul rosáceo, y yo no hacía nada más que admirar ambas orillas de la ciudad. La cautivante escena me hizo olvidarme de mi reloj. Pero mi intuición me decía que ya era algo tarde. El ferry estaba tardando mucho más de lo que pensé en llegar a Santa Lucía, y tenía miedo de perder mi tren. La romántica escena se esfumó cuando el barco empezó a parar en cada una de las estaciones en el camino, así no hubiera nadie que quisiese bajar o subir. Y un vistazo a mi celular bastó para aceptar lo inevitable: estaba a punto de perder mi tren. No tenía muchas opciones. Estaba en Venecia, no existen los coches. Sólo podía seguir montado en el vaporetto o bajar y correr hasta la estación. Y con mi mochila al hombro, no iba a ser muy buena idea. Con la menuda esperanza de que por alguna razón el tren se hubiese retrasado, bajé corriendo del ferry cuando aparcó frente a Santa Lucía. Pero como predije, el tren se había marchado. Me acerqué entonces al centro de atención a clientes. La señorita me dijo que no tenía otra opción, más que comprar un ticket nuevo. Y aunque hubiese llegado más temprano, no iba a poder abordar, porque cuando compré el boleto en internet elegí la opción “Venecia Mestre”, y no “Venecia Santa Lucía”. La estación de Mestre se encuentra en tierra firme, y para llegar a ella debía haber cogido otro tren, o en su defecto, un autobús. Me vi entonces obligado a pagar 32 euros por mi trayecto. Pero no podía enojarme. Son gajes del oficio. Además, estaba en Venecia, nadie puede enfadarse con una ciudad así. Compré algo para desayunar a bordo y me senté a leer junto a la ventana del vagón. Al menos mis 32 euros valieron la pena, con tan cómodo y rápido viaje. Antes del mediodía llegué a la estación de Bolonia. Había reservado una noche en el Dopa Hostel, a unas 10 cuadras de la central, y muy cerca del centro histórico. A mi llegada, no era todavía momento de hacer mi check-in, pero pude, como siempre, dejar mi mochila en la bodega. Y en la sala del hostal, Paul y Laura, un mexicano y una colombiana, hacían su check-out. Debían tomar su tren a Florencia esa misma noche, así que pasarían esa última tarde en la ciudad. Y como no me venía nada mal algo de compañía, acepté recorrer con ellos el centro histórico. Mi amiga Antonia, una italiana con quien trabajaba en el colegio de Lyon en Francia, era quien me había ayudado a armar mi itinerario de viaje en Italia. Y habiendo estudiado cuatro años en la Universidad de Bolonia, recomendarme su antigua ciudad de residencia no era algo de extrañarse. Descrita por ella como una ciudad estudiantil, y una de las mejores capitales gastronómicas de Italia, simplemente no pude dejarla pasar. Me adentré así con Paul y Laura al centro histórico de Bolonia, uno de los cascos antiguos medievales mejor conservados y más grandes de Europa. El centro histórico está rodeado de parques y jardines numerosos, como el Parco della Montagnola, justo al lado del hostal donde nos alojábamos. Nuestra primera parada sería la Fuente de Neptuno, uno de los íconos de Bolonia. Pero al llegar a la Piazza del Nettuno, nos topamos con su sorpresiva ausencia. La fuente estaba en restauración y nada, más que las mallas a su alrededor, podían verse. La fuente fue construida en el siglo XVI para simbolizar el gobierno del nuevo papa, Pío IV. Bolonia perteneció por varios años a los Estados Pontificios, que hoy se reducen solamente a la Ciudad del Vaticano. Pero su fama va más allá de su monumental belleza. Según nos contaron, su creador quería esculpir a Neptuno con unos grandes genitales, pero la iglesia católica lo prohibió. Así que el artista, Juan de Bolonia, se las ideó para que, desde cierto ángulo, su meñique pareciera su pene. Y después de unos años, el papado mandó a poner unos pantalones de bronce a la estatua. Aún así, la fuente sigue siendo un ícono erótico hasta hoy, donde las ninfas en sus esquinas arrojan agua por los pezones. Fue lamentable no poder apreciar aquella curiosa escultura. Pero junto a ella, el Palazzo Re Enzo nos dejó en claro el fuerte carácter medieval que Bolonia sigue poseyendo, un edificio que ha permanecido en pie desde el año 1245. El palacio es en realidad solo una ampliación del contiguo Palazzo del Podestà, sede del gobierno local, cuyo campanario central avisaba a los pobladores de acontecimientos importantes. El ayuntamiento forma parte de los flancos de la Plaza Mayor de Bolonia, el núcleo de la ciudad, donde Paul, Laura y yo nos sentamos por unos momentos a admirar su imponencia. El sur del cuadrante, la basílica de San Petronio hace honor al santo protector de la ciudad, junto al que se encuentran también San Francisco y Santo Domingo. Aunque ninguno de nosotros sumamente católicos, no quisimos perder la oportunidad de verla por dentro. Aunque la misa que se llevaba a cabo nos imposibilitó tomar fotos de su interior. Nos introrudjimos bajo el Palacio del Banco, por un pasaje orillado por antiguos y coloridos edificios que datan también de la lejana Edad Media, pero que hoy alojan comercios locales de ropa y comida. Antonia me había contado que a su amada ciudad se le apodaba “Bologna la grassa”, ya que por su famosa gastronomía para los boloñeses era imposible dejar de comer. Y que no podía irme de allí sin haber probado algunos de sus mejores platillos. Así que cuando pasamos junto a la boutique-restaurante Tamburini, una de las más visitadas en el casco antiguo, no dudé en pedir a Laura y Paul unos minutos para echar un vistazo. Antonia me había recomendado su mortadella. Pero al parecer, Tamburini era realmente lo mejor de la ciudad, y el número en la lista de espera era muy lejano, y con sólo una tarde en Bolonia, decidí continuar la caminata y deleitar a mi paladar al finalizar el día. La misma calle nos llevó hasta el Palazzo della Mercanzia. A pesar de haber visto infinidad de edificios góticos en Europa, Bolonia parecía poder convertirse en mi ciudad gótica favorita, aunque sus colores ocre pudieran parecer algo aburridos para muchos. Y a tan sólo unos metros, Paul nos llevó hasta las dos torres, el mayor símbolo arquitectónico boloñés. Bolonia fue la verdadera ciudad de las torres en la Edad Media. La gente habla que en aquella época, llegar a Bolonia era casi como llegar a Nueva York, por la cantidad de enormes torres que se erguían dentro de sus murallas. Los historiadores creen que los torrejones fueron construidos por las familias locales como símbolo de poder y protección en una era donde los conflictos entre el Sacro Imperio Romano Germánico y el Pontificado eran cada vez más graduales. Hoy, dos de las torres que permanecen en pie son las más famosas para el turismo y los locales: la torre Garisenda y la torre Asinelli. Sus nombres provienen de las familias que, se cree, las mandaron a construir. La más alta de ellas, la Asinelli, rebasa casi los 100 metros, y su apertura al público permite conocer la verdadera Bolonia del medievo. Aquel rascacielos medieval era el primer monumento de vigilancia al que me introducía en mi vida. Su interior simplemente me cautivó, y me transportó a Gondor, y a las dos torres donde se libraron las batallas de la segunda saga de El Señor de los Anillos. Al llegar a su punta, la ciudad entera de Bolonia quedó a nuestros pies, como si esperase a ser vigilada por nosotros tres. Mirar a los cuatro puntos cardinales era inevitable, esperando a que una banda de orcos o ents apareciera para declararnos la batalla. Aunque para ser sincero, me di cuenta que yo hubiera sido el menos indicado para cuidar de una ciudad desde las alturas. El vértigo, a ni siquiera 100 metros de altitud, me estaba asesinando. Tanto que pedí a Paul tomar las fotos por mí. Aunque la cima de la torre está protegida con barrotes de metal, mirar abajo me daba escalofríos. La forma más eficaz para alguien como yo era caminar sin dejar de tocar las vetustas paredes de piedra. Aún con el miedo recorriendo mis venas, los antiguos tejados de Bolonia me hicieron ver que aquella breve escala no había sido en vano, y respondía a la teoría de Antonia del porqué era una de las ciudades preferidas para los universitarios en Italia. De hecho, la Universidad de Bolonia es considerada la universidad más antigua del mundo occidental, fundada en 1088, y se posa junto a las grandes casas de estudio de Europa, con universidades tan reconocidas como la de Oxford, París y Salamanca. Uno de cada diez habitantes de Bolonia es estudiante de su universidad. La misma ha visto pasar alumnos tan renombrados, como Dante Alighieri y Nicolás Copérnico. Bolonia era, después de todo, mucho más que sólo su salsa boloñesa. Bajamos los escalones, al seguro y menos vertiginoso nivel del suelo, para seguir con nuestra caminata vespertina. Mientras Paul y Laura se inclinaron por un gelatto, yo me decidí por un chocolate caliente en su mezquino, pero cálido mercado de Navidad. Diría que es lo más bello de viajar en diciembre en Europa. Los Christmas markets nunca decepcionarán a nadie. Subir y bajar las escaleras de aquella torre nos había agotado más de lo esperado, sobre todo con ropa tan pesada para cubrirnos del frío invierno, que recién había comenzado. Así que un par de callejuelas más fueron suficientes antes de volver al hostal a reposar un poco. Paul y Laura se detuvieron a comer en un 100 montaditos, una famosa franquicia española de bocadillos, vino y cerveza, de la que casi me había ya hartado cuando viví en Galicia. Yo no había viajado hasta Bolonia para comer tapas baratas, me dije. Así que invité a otro de los chicos que conocí en el hostal, Diego, a visitar L’Osteria dell’orsa, uno de los restaurantes que Antonia me había recomendado. Diego venía de Sevilla, y su deseo por probar tapas españolas era tan exiguo como el mío. Aunque nuestro apetito por la comida boloñesa era gigantesco para esa hora de la noche. Ir antes de las 8 fue una excelente idea, ya que la hora de la cena apenas empezaba, y L’Osteria estaba medianamente vacía. Pedimos una mesa para dos, y la mesera nos llevó al sótano, a una mesa donde fácilmente cabían diez personas. La tradición de L’Osteria es siempre compartir la mesa con desconocidos. Todo por el placer del buen comer. Unos pocos minutos después, el restaurante estaba a poco de su máxima capacidad. Casi ninguno tenía pinta de ser estudiante, pero aquello era normal. Era casi Navidad, y para entonces la mayoría de los universitarios se habían marchado a casa con sus familias. Mi sopa de tortellini relleno de manzo (carne de res) y capone con abundante queso parmesano fue una buena decisión, además de una solución barata al hambre. Y los tagliatelles con ragù (la famosa salsa boloñesa de tomate con carne molida) de Diego nos dejaron en claro que Antonia tenía razón. Bologna la grassa era una de las mejores capitales gastronómicas de Italia. Sin poder quedarme más tiempo, agradecí esa breve escala en aquel rincón del norte italiano. Pasé la noche bebiendo vino con los chicos del hostal, para al otro día tomar mi autobús hacia las faldas del Vesubio, donde Nápoles y mi amigo Gianpiero me darían una acogedora y deliciosa Navidad.
  2. 3 puntos
    Comprar un boleto para un viaje matinal siempre resulta fácil, y parece una excelente elección, ya que seguro aprovecharemos más el tiempo en nuestro siguiente destino. Pero cuando llega ese día, hacer el trayecto se convierte en una tarea sumamente difícil, sobre todo durante el invierno. Abandonar la cálida cama y el apartamento de mi host en Verona aquella fría mañana fue duro. Y el poco tiempo que tenía de sobra para llegar a la estación central me obligó a tomar un autobús. Pero la emoción de mi primer viaje en un tren italiano era suficiente motivo para despabilarme. La Navidad se acercaba cada día más, y con ella, el reencuentro con mis amigos en Nápoles, al sur del país. Las escalas en el norte de la península avivaban todavía más mis expectativas, y mi siguiente y breve parada en la costa del mar Adriático era sin duda una de las más esperadas, por mí y por muchos de mis conocidos. Haber volado dos veces a Europa y nunca haber visitado Venecia era casi una transgresión a mi pasaporte. Pero ese 20 de diciembre por fin cumpliría mi cometido. Los trenes italianos eran mucho más baratos que los franceses, y a decir verdad, resultaban igual de cómodos y veloces. Y en menos de dos horas, entré finalmente a la ciudad de Venecia. Encontrar alguien que me hospedase en una ciudad tan turística, en una época tan turística, iba a ser simplemente caótico. —Venecia es una ciudad hermosa, pero es una ciudad de un sólo día —me habían dicho dos amigos italianos. Y con el corto periodo de tiempo que tenía por delante, una sola noche sería la que pasaría en ella. Así que buscar un hostal económico fue mi tarea varios días atrás. 15 euros fue el mejor precio que pude hallar. Pero más allá del precio, la ubicación del alojamiento es lo que a uno debe importarle en una ciudad tan peculiar como Venecia. Recorrer su mapa en vista satelital fue, sin lugar a dudas, algo nuevo para mí. Y encontrar direcciones es toda una odisea. La numeración de las calles es por barrios, y en lugar de estar numeradas calle a calle, cada barrio tiene asignada una serie numérica. Además, los nombres de las calles venecianas siguen conservando la nomenclatura del siglo XI, por lo que difieren a las del resto de ciudades italianas. Así, aparte de calles, existen nombres de canales, ríos (canales estrechos), muelles, plazas y patios. Caminar en Venecia sería, seguramente, como andar en un laberinto. Desde siempre, me fue muy difícil imaginar físicamente a Venecia. Siempre supe ubicarla en un mapa, ya que fue una importante república durante muchos siglos, y su dominio sobre el mar Mediterráneo la grabó para siempre en los libros de historia y geografía. Pero ¿cómo era posible que una ciudad estuviera construida sobre el agua? Quizá se trataría de algo como la antigua Tenochtitlán, pensé. Y Google Maps había confirmado hasta entonces en buena parte mi teoría. La ciudad histórica de Venecia (la que todos conocen en fotos) se encuentra construida sobre decenas de pequeños islotes que forman un conjunto muy particular en el centro de la laguna de Venecia, que se emplaza en la punta norte del mar Adriático. Algo así como los aztecas construyeron Tenochtitlán. La diferencia es que la laguna de Texcoco en México es de agua dulce. La laguna de Venecia es de agua salada. Y así como los aztecas construyeron grandes calzadas que conectaban a su capital con el resto del valle de México, las islas de Venecia se conectan a tierra firme por medio de un largo puente, el Puente de la Libertad, por el que el tren circuló desde la vecina ciudad de Mestre. Los vagones se detuvieron justo después de entrar a una de las islas, donde se encuentra la Estación Santa Lucía, única estación de trenes que conecta a Venecia con el resto del continente. Junto a ella, una central de autobuses es el único lugar donde se permite el aparcamiento de automóviles en la ciudad. El mito es verdad, Venecia es una ciudad sobre el agua. En ella no existen coches. Salí de la estación para toparme de frente con un cielo nublado, y con una postal que hacía realidad todo lo que la gente cuenta sobre este rincón italiano. Venecia es casi una ciudad flotante. Pero las islas de la urbe están prácticamente unidas, y sólo separadas por estrechos arroyos de agua salada conectados por más 450 puentes. Es casi imposible imaginar embarcaciones en muchos de esos pequeños canales. Pero como dibujada naturalmente para poder construir una ciudad allí, Venecia está atravesada por el Gran Canal, un ancho y caudaloso río de agua en forma de “s” que va desde el oeste hasta el sur de la ciudad, y por el que circulan casi todas las embarcaciones que conectan a sus habitantes con el resto de la metrópoli. La mayoría de las personas que llegan a Venecia caminan hasta su hotel, ya que no todo es una ciudad acuática. Las islas poseen cientos de calles peatonales y puentes por los que se puede fácilmente transitar. Además, tomar un bote-taxi es extremadamente caro. Pero en mi afán por ahorrar algunos euros en hospedaje, acepté pagar una noche en el hostal Generator, que se halla en la isla de Giudecca, al sur de la ciudad. El canal que separa Giudecca del resto de Venecia es bastante ancho, y no hay puentes peatonales que las conecten. Así que la única forma de llegar a ella es en barco. Las ciudades del mundo entero cuentan con redes de autobuses, tranvías, metros y hasta teleféricos que conectan su trazado urbano. Venecia cuenta con una red de vaporettos, embarcaciones públicas que originalmente se propulsaban a vapor (de ahí su nombre) y que circulan por la ciudad entera navegando por sus canales, sobre todo por el Gran Canal. Funciona básicamente como cualquier servicio de transporte público. Uno compra su ticket y se dirige a la estación más cercana. Cuando el vaporetto llega (existe un horario bien establecido y respetado) sube, toma un asiento de haberlo disponible, y baja en la parada que más le convenga. En cada parada los mapas indican las diferentes líneas de transporte público, las paradas y los tiempos. Aunque para mí pareciera casi una atracción turística (un viaje en barco por Venecia no es cualquier cosa) los venecianos los usan diariamente para ir a sus trabajos y a la escuela, como cualquier citadino usa el metro para ir a casa. Las estaciones de vaporetto son prácticamente muelles flotantes, que se balancean cada vez que el oleaje de los barcos lo permite. Los vaporettos cuentan, por supuesto, con chalecos salvavidas, son accesibles para personas con discapacidad y los accidentes son prácticamente nulos. Pero un viaje sencillo en vaporetto ascendía a más de siete euros. Y el abono de 24 horas tenía un costo de 20 euros. Por el número de veces que debía tomar la embarcación para ir y venir de mi hostal, y al otro día a la estación de tren, supe que el pase diario era la mejor opción para mí. No puedo negarlo, pagar 20 euros por un día de transporte lastimó mi cartera. Pero viajar en barco en Venecia tenía su encanto. Y como mi primera vez en aquella ciudad, coger un asiento en su cálido interior no era mi mejor opción. Así que me dirigí a la proa abierta para disfrutar del paisaje a ambas orillas del canal. Pronto pasamos de largo el barrio de de Santa Croce, la zona portuaria con sus paisajes modernos y poco clásicos. Y al dar la vuelta al sur, la silueta de aquella Venecia renacentista apareció ante los ojos de todos. La línea de transporte que yo había cogido poco se acercó a las islas centrales, y me llevó rápidamente a Giudecca, donde descendí en la parada de Zitelle, casi frente a mi hostal, el único y más famosos en aquella zona, donde la mayoría de los jóvenes se hospedan por su cómodo precio y sus increíbles instalaciones. El reloj todavía no marcaba las 12. No podía hacer mi check-in, y había desayunado algo rápido en el tren. Así que dejé mi mochila en el guardaequipaje y volví a tomar el vaporetto rumbo a las islas centrales de la ciudad. El ferry me llevó hasta la parada de S. Zaccaria, a orillas del barrio más famoso de Venecia, San Marcos en el corazón de la ciudad. Entre los diferentes muelles de vaporetto sobresalían desde el mar filas de palos de madera, a los que se amarraban las célebres góndolas, íconos inmortales de Venecia. Caminando por el malecón, a mi derecha apareció el primer pequeño canal (también llamado río), el más famoso de ellos y uno de los más fotografiados por los turistas. Se trata del Rio di Palazzo, sobre el cual cruza el Puente de los Suspiros, una hermosa construcción barroca bajo el cual aparecieron los primeros gondoleros, que por unos 80 euros la hora, paseaban a turistas enamorados por los románticos rincones de Venecia. No obstante, la historia de aquel radiante puente no es lo que todos esperan. De hecho, conecta al majestuoso Palacio Ducal con los antiguos calabozos de la Inquisición. Así, desde su hermoso interior es donde los prisioneros veían por última vez la luz del sol. Su nombre hace alusión a los suspiros de los condenados que se podían escuchar en él. Incluso Venecia tiene historias horripilantes que contar. Y junto a aquel puente, el Palacio Ducal se yergue, posando su gallardía ante los ojos de todos los venecianos y turistas que como yo, cruzaban la médula de la ciudad. A diferencia de lo que el nombre del palacio da a entender, Venecia no fue un ducado, sino una república, tan antigua que su nacimiento se remonta a la Edad Media, durante el lejano siglo IX. A pesar de haber sido una ciudad-estado (al estilo de lo que es hoy El Vaticano, Mónaco o Singapur), cobró una importantísima relevancia en Europa y el mundo entero, al controlar el comercio entre oriente y occidente en el mar Mediterráneo. Más tarde, extendió su territorio hacia los vénetos de Trivento, Istria y Dalmacia, hasta ser derrotada por Napoleón y pasar a formar parte del Imperio austriaco y el Reino de Italia, país al que hoy sigue perteneciendo. Durante aquel poderío que la distinguió durante casi un milenio, el Palacio Ducal albergaba la residencia de los dux (líderes del gobierno) y a la corte de justicia de Venecia. Y ambas fachadas de un rosado y blanquecino mármol con un exquisito estilo gótico delatan la prominencia de la república en el pasado. Frente a él, el Palazzo della Zecca es la antigua casa de la moneda de Venecia, y hoy alberga, junto al Palazzo della Libreria, a la Biblioteca Nacional Marciana, una de las bibliotecas de manuscritos más antiguas del país con una de las más grandes colecciones de textos clásicos del mundo. Ambos palacios, vis a vis, son la antesala de la única plaza pública de Venecia, la reconocida Plaza de San Marcos, el “salón más bello de Europa”. Este es el punto culminante del turismo en Venecia, en donde cada esquina es fotografiada por numerosos visitantes que acuden a su bullicioso centro cada día del año. El cuadrante está flanqueado por los más bellos y célebres edificios de la ciudad, que incluyen al Campanile de San Marcos, un particular y aislado campanario católico, y por supuesto, la Basílica de San Marcos, el principal templo veneciano. La basílica está dedicada a San Marcos, que desde el siglo IX es el patrono de la ciudad. Supuestamente, sus reliquias fueron llevadas a Venecia desde Alejandría, ganando así la ciudad una sede episcopal independiente, lo que contribuyó mucho a su desarrollo. Una ley de la antigua república obligaba a los mercaderes a pagar un tributo para “embellecer a San Marcos” cada vez que hicieran un negocio provechoso. Por ello, la basílica cuenta con tantos materiales diferentes, que al final forman un excelente prototipo del arte bizantino. La Plaza de San Marcos es el punto más bajo de toda Venecia, y el precio que debe pagar por ello es bastante caro. Cuando llueve, la plaza suele inundarse, aunque el drenaje logra hacer circular el agua hacia el Gran Canal. Pero cuando la marea sube en el mar Adriático, el agua salada sale incluso del drenaje, y las inundaciones resultantes no son nada agradables. Mucha gente pone a Venecia como una de las ciudades que desaparecerán próximamente, ya que el nivel de los océanos crece año con año gracias al calentamiento global. Por lo pronto, su belleza sigue atrayendo a millones de turistas, a quienes ni la lluvia ni las inundaciones los detiene a este rincón italiano. Me introduje en la famosa Torre del Reloj, bajo la cual un pasaje me condujo al interior del barrio de San Marcos, uno de los seis sestiere de la ciudad. Algunas góndolas se aparcaban en los canales sin pasajero alguno, como si perteneciesen a las familias residentes del edificio contiguo y las ocupasen para su uso personal. Cada vez que pasaba por uno de ellos y observaba aquellas ventanas y puertas que daban directo a las aguas, me preguntaba si aquella marea alta no entraría a sus casas con frecuencia. Una postal bellísima, pero algo que sin duda me daría miedo de vivir allí. Los edificios de Venecia parecían ser restaurados y pintados por el gobierno para conservar su increíble belleza, aunque en realidad los dueños y arrendatarios sean los responsables del cuidado de cada una de las casas de la ciudad. Pronto, las calles de San Marcos me llevaron hasta el Ponte di Rialto, el puente más famoso y hermoso de la ciudad, que para entonces se colmaba de turistas que fotografiaban el Gran Canal que surcaba bajo nosotros. El Gran Canal es algo así como la avenida principal de Venecia, donde el tráfico y el bullicio de los vaporettos y botes particulares siempre está presente. Incluso los tránsitos y policías navegan sus aguas para el control de la circulación. Y a sus orillas, multitud de “aparcamientos” estacionan las góndolas de los venecianos. Ahora me quedaba claro que Venecia es una ciudad única. Hasta entonces había tenido mucha suerte, pues el cielo nublado no había soltado su furia sobre la ciudad. Estábamos a un día de que comenzara el invierno, pero el frío en Venecia no era nada extremo. Ahora sabía que Italia había sido una buena elección para mis vacaciones de invierno. El puente me llevó hasta el barrio de San Polo, el más pequeño de los distritos venecianos. Aunque era plena víspera de Navidad, muchas calles de Venecia se encontraban vacías. Y cada turista que me topaba por sus callejones sostenía un estorboso mapa de papel, que con dificultad intentaba descifrar. Yo por suerte tenía mi GPS y mi plan 3G en toda la Unión Europa. Aunque para ser sincero, no se puede visitar Venecia sin perderse en ella. Aunque la Plaza de San Marcos es el núcleo del turismo, a cada paso me daba cuenta de algo. Todo rincón de Venecia es digno de una postal. Es una de las ventajas de las que esta histórica y maravillosa ciudad goza, a diferencia de muchos otros destinos, donde la gente se aglomera exclusivamente en un un solo punto. Y si bien, un paseo en góndola es para muchos una actividad obligada, 80 euros no era precisamente lo que estaba dispuesto a pagar. Para mí, el viaje en vaporetto había sido casi suficiente. Además, otro cliché veneciano apareció rápidamente frente a mí. Una tienda de máscaras del carnaval. A lo largo de cada calle, sobre todo en el distrito de San Marcos, las máscaras se venden como uno de los principales atractivos de Venecia para que el visitante lleve de vuelta a casa. Pero pocos son los artesanos de máscaras auténticos que Venecia conserva hoy. En aquel rincón de San Polo, ni una persona visitaba la Bottega dei Mascareri, donde la silueta de Sergio, el joven artesano, me llamó la atención y me hizo tocar la puerta. Sergio se encontraba preparando la emulsión para remojar las máscaras, que desde décadas atrás, junto con su hermano, se ha dedicado a crear con sus propias manos. El carnaval es la época más famosa y hermosa del año en Venecia. Festival mundialmente conocido por los transeúntes que se pasean con sus atuendos del siglo XVIII, originalmente portados por la nobleza para sus fiestas aristocráticas. Pero el elemento más icónico es, sin duda, la máscara antropomorfa, que permitía a los asistentes de la fiesta conservar su anonimato. Encontrar máscaras en Venecia hoy en día no es una tarea difícil. Pero a decir verdad, la mayoría de ellas son fabricadas en masa, muchas de ellas hechas en China y el resto de Asia por mano de obra barata. Así que encontrar un artesano italiano como Sergio no era una oportunidad que me podría perder. Los precios de las máscaras en la Bottega dei Mascareri son por supuesto más elevados que en el resto de las tiendas, pero las hay desde los 20 euros. Sus creaciones han participado en multitud de eventos en Italia y Estados Unidos, que los han hecho merecedores de galardones y premios desde 1984, año en que Sergio y su hermano Massimo fundaron la tienda. La falta de clientes en ese momento no me hizo pensar en que su fama hubiera trascendido tanto. Pero haber creado las máscaras para la película “Ojos bien cerrados” de Stanley Kubrick, me dejó en claro que estos artesanos no se andan con rodeos. Poco me faltó para comprar una máscara y pasearme por Venecia con ella sobre mi cara. Pero el escaso espacio en mi mochila me hacía muy difícil llevarla de vuelta, intacta, hasta mi ciudad natal en México. Me conformaría con un pequeño souvenir para mi refrigerador. Di las gracias a Sergio y lo felicité por su trabajo, para después salir y seguir con mi caminata vespertina. Antes de darme cuenta, había pasado hasta el barrio de Dorsoduro, uno de los más caros y populares entre los extranjeros y los estudiantes en Venecia. Sus colores y la belleza de su inigualable arquitectura eran simplemente majestuosos. Aunque el olor que los canales venecianos emanan no es el más suculento (después de todo, es agua salada), el reflejo de los vívidos edificios sobre ellos hacen de cada orilla un paisaje inolvidable. Las postales ante mis ojos parecían no sólo inspirarme a mí a escribir en mi diario y a tomar fotografías. Un solitario pintor parecía sentirse también cautivado por aquellas siluetas de fantasía. Algunas casas me hacían difícil entender el trazado urbano de Venecia. Si las puertas daban directamente a los canales, significaba que algunas personas entraban a sus casas desde una lancha. Algunas no gozaban incluso de un pórtico. Y el moho en su parte baja dejaba en claro que la marea subía y bajaba de manera continua. Pero los venecianos parecían estar acostumbrados a vivir sobre el agua. Tal como los aztecas. Tal como los uros del lago Titicaca. ¿Cómo hacían las personas para ir a la tienda? ¿Cómo haría alguien para mudarse de casa, sin coches ni camiones de mudanza? ¿Cómo sería ir a tomar una cerveza a casa de un amigo? Vivir en Venecia debe ser, indudablemente, una señera experiencia digna de muy pocos. Llegué nuevamente a la costa del Gran Canal, esta vez por su parte sur, justo al lado del Puente de la Academia, otro de los cuatro que lo atraviesan. Desde lo alto, se apreciaban ambas orillas de los distritos más conocidos de Venecia, Dorsoduro y San Marcos. Siluetas de edificios tan famosos como el Palazzo Cavalli-Franchetti y la basílica de Santa María della Salud quedaban al desnudo, regalándonos a mí y a todos los turistas un paisaje maravilloso. Sobre el puente, todos los idiomas podían escucharse. Excepto el italiano, aunque seguro que los venecianos deben estar muy acostumbrados a los visitantes extranjeros, Sin poder evitar ser un turista más en la ciudad, bajé el puente y regresé a las callejuelas de San Marcos, para seguir deleitándome con sus canales coloridos. Llegó la hora de perderme en Venecia, y decidí apagar el GPS y dejarme guiar por mi propio sentido de la orientación, que me llevó al final hasta las orillas de Cannaregio, el barrio más septentrional de la ciudad. Deseé por mucho que las avenidas principales de las grandes ciudades lucieran como el Gran Canal de Venecia, que a pesar de su atestada navegación, sus aguas eran capaces de llenarme de una inmensa apacibilidad. Los edificios a orillas del Gran Canal son los más bellos de Venecia. Muchos de ellos albergan museos de arte, escuelas de la Universidad, Bibliotecas y antiguos palacios. Pero quien tiene la suerte de vivir allí, es causa de la envidia de la ciudad y el mundo entero. Caminar junto al Gran Canal a veces es complicado, ya que no posee un malecón entero a sus orillas, sino sólo pequeñas terrazas con barandales, en cuyas aguas se posan las estaciones de vaporetto. Y sin más, tomé el ferry de regreso a mi hostal, disfrutando de las últimas vistas que el Gran Canal de Venecia me ofrecía. Y al atravesar el canal de Giudecca, San Marcos y Dorsoduro me enamoraron con una última toma de su silueta al atardecer, que contemplé desde la isla contigua a un costado de mi hostal. Hospedarme allí no había sido, después de todo, una idea tan mala. Tras tomar una ducha, salí a buscar una buena pizza para cenar con mi compañero de cuarto argentino. Aunque la mejor comida italiana era la que estaba por probar los siguientes días, en una víspera de Navidad que nunca olvidaría.
  3. 2 puntos
    Encontrar el mejor lugar para comer sin gastar mucho dinero es algo difícil de lograr cuando viajamos. Y sinceramente la mejor comida siempre dependerá de nuestros gustos. Pero he aquí algunas de las cosas que he aprendido. Comer en la calle no es una experiencia gourmet, pero nos ahorra mucho dinero. La mejor manera de ahorrar es ir a los mercados. Así estemos en América Latina o Europa, los mercados nos ofrecen siempre productos locales y buenos ingredientes si queremos cocinar nosotros mismos. Aunque cabe decir que los mercados no funcionan de la misma manera en Europa que en América. Una cholita vendiendo truchas fritas en las calles de Copacabana, Bolivia. La mayoría de las ciudades y pueblos en Latinoamérica tienen un mercado central, o en cada vecindario un mercado local que abre todos los días desde muy temprano hasta casi llegada la noche. Los productos serán casi siempre más baratos que en un supermercado y de procedencia auténtica. Es decir, de las granjas más próximas. A diferencia de lo que muchos temen, las carnes, frutas, verduras y demás productos no son de mala calidad. Simplemente no tienen tantos químicos que el resto. Así que un plátano puede ponerse negro en dos días. Personalmente, eso me da más confianza que un plátano que nunca envejece. Mercado de Arequipa en Perú. En Europa, al contrario, no suele haber siempre un mercado principal. Las grandes centrales de abasto están regularmente alejadas de la ciudad, por lo que es difícil de llegar para un viajero. Pero es común encontrar mercados callejeros (que ojo, no se ponen todos los días ni están hasta la noche) en algunas avenidas o parques de la ciudad. Y allí podremos comprar también muchos productos locales. Cabe decir que los precios no siempre serán más bajos que en el supermercado. A veces es todo lo contrario, serán más caros. Esto es porque los granjeros en Europa están más consternados por una “buena calidad” del producto, por lo que usan más químicos para conservarlos u obtener sellos de calidad. Mercado Les Halles en Lyon, Francia. Por esto puedo decir que en Europa es más barato comprar en los supermercados. Cadenas como Lidl o Carrefour pueden encontrarse en muchos países, y su marca propia es siempre la de los precios más bajos. Si queremos probar los platillos locales en América Latina o Asia, por ejemplo, el mejor sabor lo encontraremos también en los mercados, o en algunos puestos callejeros, como las empanadas en Argentina, los tamales en Perú, las arepas en Colombia o los tacos en México. Una "tlayuda" en un mercado mexicano. Pero en Europa no suele ser así. No existen casi los vendedores ambulantes, salvo algunos como las crepas en Francia, los bratwrust en Alemania o las castañas durante el invierno. Y los mejores platillos los hallaremos siempre en restaurantes. Y tendremos que pagar normalmente un precio alto. Un costoso almuerzo en un restaurante de París. Un bratwrust caliente en las calles de Heidelberg es un buen y barato almuerzo en Alemania. ¿Qué recomiendo yo? Podemos siempre probar la comida local evitando costosos restaurantes. Quizá tendremos que aguantarnos las ganas de un steak a la fiorentina en Florencia o un pato a la naranja en Francia. Pero si elegimos la comida más sencilla será siempre más económico, como las tapas y pinchos en España, la repostería en una pâtisserie de Francia, las salchichas en un mercado alemán, fish and chips en Inglaterra y, claro, una pizza y un gelatto en Italia. Una pizza Margherita por sólo 4 euros en Nápoles. Un buen tip es hablar siempre con estudiantes locales. Los estudiantes en todo el mundo tienen siempre una constante: son más pobres y encuentran la mejor forma de ahorrar y comer bien. Un asado hecho por estudiantes argentinos en Salta. Así, nos dirán cuál es la taquería más rica y barata en México, la mejor peña para ir de fiesta en Argentina, las tapas más grandes y baratas en Granada, las papas fritas más pedidas en Bruselas. Un bocadillo de bacalao y una pinta de cerveza en Oporto, por sólo 2 euros. En Europa también hay lugares estilo cafeterías que ofrecen descuentos a estudiantes mostrando su credencial. Así que si tenemos cualquier tarjeta que nos acredite como uno ¡funcionará!
  4. 2 puntos
    Una capital vertiginosa, ciudades en el norte ubicadas cerca de montañas y un gran conjunto de islas son algunas de las tantas propuestas que ofrece Tailandia. Tailandia, uno de los países que figura en la lista de exóticos, es una perfecta combinación de flores, budismo, respeto, sabores intenso, lluvia, calor... Es un país bastante poblado, tiene 69 millones de habitantes, de los cuales 12 millones viven en la capital. Existen varias religiones... budistas, musulmanes, católicos e hindúes. A la hora de planificar una visita es importante tener en cuenta que entre julio y septiembre llueve demasiado. Algunas de las propuestas turísticas de Tailandia son... Una ciudad de templos, palacios y mucho movimiento: Bangkok Bangkok es una ciudad intensa donde se pueden encontrar 320 templos además de una gran cantidad de palacios deslumbrantes. Uno de los más destacados es el Palacio Real, se trata de un conjunto arquitectónico formado por edificios utilizados como sede real desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Es una ciudad de mucho movimiento, con autopistas gigantescas que por momentos pueden atascarse de vehículos, pese a ello no se escucha ningún bocinazo. Es interesante mencionar que es una ciudad en expansión, ya que cuenta con sistema de trenes elevados además de líneas de subte. Uno de los puntos imperdibles de Bangkok es pasear por la Avenida de los Reyes, es una réplica de Les Champs Élysées. Sobre esta avenida se encuentra el Museo Nacional. Siguiendo con la lista de lugares para conocer, se encuentra el famoso templo Wat Pho es muy famoso debido a que en su interior se encuentra el gran Buda reclinado, una figura que llama mucho la atención por tener unos 46 metros de largo y 15 metros de altura. Tailandia es sinónimo de templos... Otro de los templos que vale la pena visitar es el de Wat Arun su nombre significa Templo de la Aurora o Templo del Amanecer. La isla de Phuket La isla más conocida, la más grande y la que mayor cantidad de turistas recibe es Phuket, se encuentra conectada con la península tailandesa por carretera y también cuenta con un aeropuerto. Es la meca del turismo de sol y playa, es posible encontrar una gran cantidad de importes hoteles resort, actividades nocturna. Chiang Mai Otra de las ciudades que vale la pena visitar es Chiang Mai, se encuentra en el norte de Tailandia en una zona montañosa. Allí se pueden ver vestigios del pasado como murallas además de templos budistas. En la parte nueva de la ciudad existen tiendas de modas, sofisticadas galerías y una gran variedad de restaurantes y café. Entre los platos característicos del lugar se encuentra el plato llamado khao soi, fideos en curry. En algunos restaurantes se ofrecen shows musicales. Pattaya En la costa este del Golfo de Tailandia se encuentra Pattaya, una ciudad muy popular por sus playas. Años atrás fue simplemente una tranquila aldea pesquera, en la actualidad es un lugar muy animado con centros hoteleros, condominios, centros comerciales y clubes. Las playas son además escenarios perfectos para la práctica de deportes y paseos en motos de agua. Datos útiles para planificar un viaje por Tailandia El país tiene tres estaciones, el verano con altas temperaturas, entre 30º y 40º, de marzo a junio la época más lluviosa y el invierno (el cual se caracteriza por ser suave en cuanto a las temperaturas) de nombre a febrero. Esta última es la época considerada como temporada alta. Es importante verificar, si se necesita visa y vacunación contra la fiebre amarilla, esto dependerá del país de origen. Los templos por lo general cierran a las 17:00 horas. Otro dato... es necesario cuidar las monedas y guardarlas. En algunos lugares se debe pagar por utilizar el baño. La moneda oficial es el Bhat. Es posible cambiar euros y dólares por moneda local. Generalmente los locales comerciales aceptan tarjetas de crédito. Tailandia es un país seguro e ideal para cualquier tipo de turismo. Es un buen destino para planificar un viaje en pareja, luna de miel, disfrutar con amigos o por qué no, tomar la mochila e iniciar el primer viaje sólos, el sudeste asiático es muy popular para los mochileros por sus precios accesibles. Puede afirmarse que es un país económico, los restaurantes tienen buenos precios, las entradas para los sitios de interés son bastante accesibles comparadas con otras entradas del resto del mundo. Otro de los motivos por el cual planificar un viaje a Tailandia es por su gran variedad de propuestas,tiene una interesante oferta cultural, de naturaleza, mercados, compras, islas, playas paradisíacas y mucho más. La cordialidad de la gente se suma a los motivos por el cual planificar un viaje, es un destino muy amigable con el turismo, con gente dispuesta a ayudar a los turistas a pesar de las barreras idiomáticas.
  5. 2 puntos
    Uno de los países que se puso de moda tras varias series televisas es Turquía. Según Napoleón Bonaparte “Si el mundo fuera un solo estado, Estambul sería su Capital”. Capital de Imperios, Ciudad que domina continentes, cuna de civilizaciones, punto de encuentro de culturas, civilizaciones y continentes, son algunas de las palabras que se usan para describir a la capital de Turquía. Un buen punto de partida para conocer un país, suele ser su ciudad capital... ¿Qué ver? ¿Cuáles son los imperdibles de Estambul? Estambul, es la ciudad más poblada de Turquía,con más de 15 millones de habitantes es una de las ciudades más pobladas del mundo. Una de sus particularidades es la de ser una ciudad transcontinental, ubicada en el estrecho del Bósforo que separa Europa y Asia. La capital de Turquía ha sido un crisol cultural y también étnico, es por ello que pueden encontrarse varias mezquitas, iglesias, sinagogas y palacios históricos. Las zonas históricas de la ciudad han sido declaradas como Patrimonio de la Humanidad. Existen varios monumentos y lugares imperdibles como es el caso de la Iglesia de Santa Sofía donde funciona un museo, merece un alto en el camino la Mezquita Azul y los palacios como el Palacio de Topkapi. Sin lugar a dudas, uno de los templos más importantes de Turquía es la Mezquita Azul, se trata del templo religioso más importante de Estambul. Es necesario tener en cuenta que si el plan es visitar las Mezquitas, se debe llevar roba apropiada y descalzarse antes de entrar. Las mujeres deben llevar los hombros y el pelo tapado. Durante las horas de culto las mezquitas se encuentran cerradas al turismo. Siguiendo con los imperdibles se encuentra el Gran Bazar ubicado en la parte antigua de la ciudad. Es el bazar más grande de la ciudad y uno de los más grandes del mundo, cuenta con más de cincuenta calles y aproximadamente unas cuatro mil tiendas. Se destacan los negocios dedicados a la venta de joyas, orfebrería y tiendas dedicadas a alfombras. Un paseo que no se puede dejar de hacer es un crucero por el Bósforo. Es importante mencionar que los precios son realmente asequibles, es un paseo único ideal para disfrutar tanto de día como de noche. Durante el recorrido se pueden ver varios palacios y contemplar la animada vida de Estambul. Se suman a los destinos turísticos de Turquía, Capadocia, famosa por sus formaciones geológicas las cuales pueden ser vistas desde un globo aerostático. Un poco más al sur y en la costa del Mediterráneo se encuentra Antalya, una región ubicada en un acantilado, rodeado de montañas y con salida al Mediterráneo, cuenta con playas de arenas fina y restos arqueológicos de los imperios más importantes de la historia como el romano, otomano y bizantino. Por supuesto que un viaje por este sitio no está completo sin antes disfrutar de la gastronomía, mercados y por supuesto la variedad de especias y el aroma del café turco. La Ruta Licia Es un sendero señalizado por una inglesa amante de la historia, la revista The Times lo sitio entre las mejores rutas senderistas del mundo. Es un sendero de dificultad media entre las provincias de Mugia y Antalya. Forman parte de la ruta montañas de casi 3000 metros de altura, bosques, acantilados. Un paseo para relajarse y agudizar los sentidos. Pammukklae, uno de los lugares más raros y curiosos para ver en Turquía es este famoso spa romano, su significado es “Castillo de algodón”. Este lugar se formó como consecuencia de una serie de terremotos y el surgir de aguas subterráneas ricas en minerales. Una ciudad que se volvió famosa tras el legendario caballo es Troya. La ciudad se encuentra en el noroeste de Turquía y en la actualidad es considerada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Se dice que Troya fue destruida y reconstruida unas nueve veces, al recorrerla es posible ver sus distintos momentos históricos. Recomendaciones para visitar Turquía Una de las dudas que surge al planificar un viaje a Turquía es sobre la seguridad, es necesario prestar atención y ser cuidadosos con las pertenencias en las zonas turísticas. En relación a los atentados se recomienda evitar las aglomeraciones y manifestaciones. Se desaconseja visitar las zonas limítrofes con Siria, Irak y Armenia. Una buena noticia! Turquía es un país relativamente barato para viajar. A la hora de comer existen muchas alternativas como puestos callejeros, locales de comida al paso donde se pueden probar los platos típicos y restaurantes .La época más barata para visitar Turquía es durante los meses de noviembre a febrero, es una época en la que hace frío y en algunos lugares puede llegar a nevar. Algunos sitios turísticos tienen todo su encanto con nieve como es el caso de Capadocia. Turquía es un país para descubrir con todos los sentidos. Es una oportunidad para conocer la mezcla de la cultura de Oriente y Occidente.