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Relatos en este blog

La insuficiencia de plata y la innegable necesidad de un clima costero me habían llevado hasta la ciudad chilena de Iquique, al norte del país. Había viajado hasta allí con Kenzo, un viajero de Flandes, con quien recorrí el centro y la zona de playas mientras nos recuperábamos de toda una mañana sin una cama donde dormir y sin una ducha para refrescarnos :(

 

Afortunadamente, esa mañana desperté en la parte baja de una litera del hostal Marley Coffee, donde Héctor nos había recibido amablemente (era lo menos que me esperaba por 25 dólares al día).

 

Pero Kenzo y yo ya no estábamos solos en la habitación compartida que habíamos pagado. Marion, de los Países Bajos y Sonia, de Alemania, habían amanecido en las camas adyacentes.

 

Los cuatro juntos tomamos el desayuno (incluido en el precio) que consistía en un sándwich de queso a la parrilla, pan con mermelada y mantequilla, café y jugo. Era ya casi mediodía y decidí que esa misma noche dejaría la ciudad para dirigirme a la frontera norte y cruzar a Perú. Mi estancia en Chile estaba literalmente desplumando mi billetera y mi viaje se encontraba apenas a poco más de la mitad :wacko:

 

Las chicas parecían muy emocionadas por haber llegado a Iquique, y pensaban permanecer unos días más. Les atraía que formara parte de la Zona Franca de Chile, y aprovecharían a comprar algunos artículos sin impuestos en una plaza comercial. Además, eran fanáticas de los automóviles y no dejarían pasar la oportunidad de ver la carrera del Dakar, el rally internacional de autos que, casualmente, pasaba por Iquique aquel día.

 

Nos dijeron que esa tarde pensaban ir a ver la ronda de camiones y autos que arribaría a la villa instalada unos kilómetros al norte. En vista de que ya habíamos visto los atractivos más importantes de la ciudad, accedimos a su invitación ;) Tomé una última ducha, desocupé la habitación y pedí a Héctor que guardase mi maleta, por la que volvería antes de ir a la terminal.

 

Caminamos por el Paseo Baquedano para llegar hasta la plaza central, dejándonos cautivar nuevamente por sus exquisitas construcciones georgianas y sus nuevas y restauradas paredes con grafitis, que iluminaban a colores aquella tarde nublada en la costa del desierto de Atacama ^_^

 

Grafitis en el Paseo Baquedano

 

Algo que llamó mucho mi atención el día anterior, fue la particular situación geográfica de la ciudad, encerrada entre el furioso Océano Pacífico y una imponente meseta de más de medio kilómetro de alto, que marcaba el inicio de la Cordillera de la Costa. En esa pequeña plataforma a nivel del mar, se erguían la mayoría de las construcciones.

 

No pude evitar pensar en qué pudo haber ocurrido si el tsunami que azotó Chile en 2010 hubiera llegado a las costas de Iquique. La carencia de zonas altas hubiera obligado a la población a huir hacia la cima de la colina en tan solo unos minutos, viéndose acorralados por todas partes :eek:

 

Caminando por las calles del centro histórico, me topé con un letrero que para mí, un chico de la costa del Golfo de México, pareció muy extraño :huh: Un triángulo amarillo con la silueta de una ola dibujada en negro marcaba la zona de amenaza de tsunami. Y más adelante, una flecha indicaba la ruta de evacuación.

 

Alerta de tsunamis en Iquique

 

En el Golfo estamos acostumbrados a la amenaza de tormentas tropicales, depresiones, huracanes, algunos terremotos que provienen de la Placa de Cocos… pero nunca ante algo tan temible como un maremoto. Menos mal que Iquique y el resto de las ciudades tengan la cautela de estar bien preparadas :zsick:

 

Llegamos al zócalo de la ciudad, donde los stands publicitarios del Dakar habían comenzado a funcionar. Gorras, folletos, vasos, latas de bebidas energizantes… los artículos de regalo pasaban de mano en mano para promocionar cada producto en el célebre rally.

 

Nosotros nos deleitamos con cada uno de ellos, incluyendo un shot de fernet, bebida de hierbas con alcohol de uva, muy famosa en Argentina. Algo nuevo para nosotros, excepto para Marion, quien ya la había probado antes y se reía de que los argentinos dijeran que su sabor se equiparaba al del Jägermeister… tenía razón, no se parecían :D

 

Tomando fernet en el centro de Iquique

 

Nos dirigimos a la oficina de turismo y preguntamos por la posibilidad de visitar la villa de coches. Nos dijeron que a las 3:30 saldría un bus gratuito desde la plaza central que transportaría turistas hasta llenar su cupo. De esa forma, decidimos vernos de nuevo en ese mismo lugar a las 2:30, para hacer fila y no perder nuestro lugar.

 

Casas en el Paseo Baquedano en Iquique

 

Kenzo se dirigió a la estación de buses. Marion y Sonia a comprar algunas cosas. Yo por el contrario, me dispuse a descubrir las casitas típicas en cada rincón del centro histórico, para después llegar a la playa y meter por un rato mis pies en la fría corriente del mar, y deleitarme con el ecosistema costero que tanto extrañaba :rolleyes:

 

Playas de Iquique

 

Luego de dejar algunas cosas en el hostal, volví al centro para rencontrarme con los chicos. Marion y Sonia estaban ya allí, y juntos compartimos el sumo antojo de un buen helado para apaciguar el calor veraniego.

 

Cuando Kenzo llegó, lo hizo junto con Daniel, el suizo que habíamos conocido en la estación de Calama. Venía con una bolsa en su mano derecha, colmada con artículos por los que no había pagado ningún impuesto :ohmy:

 

Poco después llegó el autobús, y uno por uno fuimos subiendo. Para entonces, una multitud se amotinó para abordar, y no pasó mucho tiempo para que los asientos se vieran llenos.

 

La coordinadora del viaje, que era miembro de la oficina de turismo, nos explicó que el bus esperaría solo una hora en la villa. Después de que partiera, no se harían responsables si alguno de nosotros se quedaba rezagado.

 

Salimos por la parte sur de la ciudad, siguiendo la carretera costera. Unos 15 minutos después avistamos por la ventana, en medio del desierto costero, la congregación de carpas, stands, remolques, lámparas, automóviles y gente que, cercados por vallas, daban lugar a la villa de Iquique en el Dakar.

 

Villa de autos en el Dakar

 

Desde lejos, todo parecía ser pequeños puntos negros que se movían lentamente por una plancha de arena rodeada por dunas y dominada por la enorme meseta que daba pie a la cordillera. Conforme nos acercábamos, todo iba adquiriendo forma y color.

 

El autobús aparcó y nos dio bandera de salida, citándonos máximo a las 5 de la tarde para regresar a la ciudad. Con una hora exacta para la visita, nos apresuramos para admirar algunos de los coches que llegaban a la villa.

 

Fotografías en el Dakar

 

Caminamos un largo tramo por la suave arena, al hundir de nuestros pies entre los diminutos granos. Varios remolques y camiones se amotinaban en el conglomerado, adornados con un sinfín de estampas y sellos publicitarios, y banderas que revelaban su país de origen.

 

Algunos se relajaban asando carnes en la parrilla. Otros disfrutaban de una tarde familiar bajo su carpa. Otros, cual playa, tomaban el sol con una hielera llena de cervezas a su lado.

 

Villa de autos en el Dakar

 

Tras cruzar la multitud de gente y automóviles, llegamos a la orilla de la valla que delimitaba el amplio carril por el que los conductores llegaban al final de su ruta diaria, desde la ciudad de Antofagasta hasta descender por la cordillera de la costa a Iquique.

 

La gente aplaudía mientras una camioneta naranja llegaba empolvada desde lo lejos; el conductor pitaba y movía la mano en señal de triunfo. La verdad es que hasta el momento no entiendo cómo se determina al ganador de un rally, ya que éste se compone de varias carreras por cada día. Supongo que se toma el tiempo por cada recorrido y al final se suma el total.

 

Camioneta descendiendo en el Dakar

 

En fin, Iquique no era su última parada. Al siguiente día partirían hacia el Salar de Uyuni, su meta septentrional. Desde allí bajarían por el cono sur hasta llegar a Buenos Aires, última parada de la edición 2015.

 

Mientras fotografiaba aquel imponente auto, Kenzo nos dijo que mirásemos hacia arriba. Situados a una distancia considerable del inicio del altiplano, las figuras de los coches eran casi imperceptibles. Pero nuestros ojos lograron avistar un pequeño punto justo en la cima del mismo.

 

Ruta de llegada a Iquique, en el Dakar

 

A casi 600 metros de altura, los coches debían dejarse caer por una pendiente que, para mí, parecía tener casi 90 grados de inclinación. No podía imaginar el vértigo que aquellos aventureros conductores debían sentir al mirar hacia abajo :confus:

 

Todas las veces que el vértigo me invadía al verme posado en lo alto de un tobogán (cuya máxima altura ha sido cerca de los 25 metros) no se podría comparar con tener un macizo del desierto de más de medio kilómetro frente al parabrisas :eek:

 

Imaginando toda expresión que el rostro del conductor pudiera exteriorizar, observamos cómo ese diminuto punto negro se abalanzó hacia abajo, como si fuese en caída libre :mellow:

 

Mientras más se aproximaba, se vislumbraba una nube de polvo que se alzaba a su paso. Los aplausos se empezaban a oír como una ola que avanza involuntariamente. Desde las personas en lo alto de la rampa hasta el último reducto de espectadores junto a las cámaras de televisión.

 

Camión en la carrera del Dakar

 

El menudo punto negro se convirtió poco a poco en un enorme camión blanco tapizado con logotipos que dejaban adivinar quiénes le patrocinaban. El grave pitido se escuchaba paralelo a las aclamaciones del público. El conductor se detuvo y bajó para dar una entrevista a una presentadora de televisión. Luego de ello, cruzó la barrera de vallas por un pequeño hueco, cuyo carril lo conducía a la zona privada del stand, donde los mecánicos se harían cargo de su auto mientras él se relajaría con

algo de comer y beber.

 

El límite cercado nos impedía ver más de cerca la actividad de los participantes en la zona de remolques y medios de comunicación, por lo que después de otro extremo descenso, Marion, Sonia y yo volvimos para buscar el autobús (en vista de que a Kenzo y Daniel los habíamos perdido de vista).

 

Justo en el momento en que tocaríamos a la puerta delantera, el autobús se puso en marcha :O_o: y corrimos a su lado, dando golpes en su costado para indicarle que se detuviera. La coordinadora abrió la puerta y nos dijo que el cupo estaba lleno, a lo que replicamos diciendo que aún no eran las 5 de la tarde. No importándole que nos quedásemos varados allí, no nos dejó viajar parados dentro del bus. Cerró la puerta y partió sin más :crying:

 

Sin una idea de cómo volver, tomamos la opción más fácil: hacer dedo.

 

Con un par de mujeres junto a mí, pronto un lujoso coche se detuvo y abrió sus puertas traseras ^_^ Se trataba de un señor canadiense y su amigo holandés, ambos fanáticos de los automóviles deportivos que se encontraban en Santiago, y no perdieron la oportunidad de ver en vivo en Dakar. Amablemente nos llevaron hasta la puerta del hostal, tras una larga plática sobre marcas de autos.

 

Con algunas horas para que el sol se metiese, caminé hacia la central de autobuses para comprar mi boleto al norte. Aproveché para adquirir algunas cosas que me faltaban para el viaje y me di una vuelta por la zona portuaria, donde un grupo inesperado de amigos me sacó una gran sonrisa :big-smil:

 

Sabía que en las costas sudamericanas habitaban muchos lobos marinos; más nunca creí encontrarlos en mitad de una civilizada ciudad :ohmy:

 

Lobos marinos, Iquique

 

Entre el penetrante olor a mariscos, las algas, las gaviotas y las lanchas, un grupo de estos grandes mamíferos híbridos se amotinaba en la playa, en busca de un buffet de pescados.

 

Me acerqué para fotografiarlos con mi escaso lente de 50 mm. Pero su aparente calma reflejada por sus obsesos cuerpos tumbados sobre la arena, se transformó rápidamente en una lucha de cuerpo a cuerpo entre ellos :unsure: Los fuertes rugidos aunados al largo de los colmillos de los machos me hicieron retroceder un poco más, para no interrumpir su pacífica tarde.

 

Mientras tanto, uno de ellos se hallaba en lo más profundo de sus sueños, recostado junto al mercado de pescado, lo que me permitió admirarlos más de cerca :big-grinB:

 

Un lobo marino reposando en el puerto de Iquique

 

Volví al hostal, donde pronto cayó la noche, mientras comía un plato de sopa y una ensalada de atún que el dueño me dejó preparar en la cocina. Hice algo de tiempo en la recepción para después pedir la maleta y partir. Me despedí de las chicas y de Kenzo, quien partiría a la siguiente mañana con el mismo rumbo que el mío.

 

Caminé por las oscuras calles del centro, aterradoras y solitarias. Llegué a la central de buses, donde Rodrigo, un mochilero de Concepción, entabló rápidamente una charla conmigo. El chileno pretendía llegar hasta Colombia con 100 dólares en la bolsa, algo poco creíble al verlo esperar un autobús en lugar de avanzar a dedo :huh:

 

Ambos viajaríamos de madrugada hacia la ciudad norteña de Arica, desde donde podría cruzar la frontera a mi próximo destino peruano: la ciudad blanca de Arequipa, donde un benévolo couchsurfer me hospedaría en su casa :smug:

 

Pueden ver aquí el álbum completo de Iquique, así como un pequeño video de mi encuentro con los lobos marinos:

 

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=SmGiavwwlP0&feature=youtu.be

Caminatas por Iquique

Después de haber recorrido en bicicleta San Pedro de Atacama y el Valle de la Luna no tuve la oportunidad de tomar una ducha decente cuando volví al hostal. Solo pude lavar mi cabeza y mi cara con algo de champú :sad:

 

De ese modo, me vi en la terminal de autobuses considerablemente sucio e incómodo. Mi ropa había absorbido el sudor, y no hace falta describir el hedor que expedía. Mi piel estaba reseca y cubierta con polvo y arena. Tocarla era más que un martirio al tacto :wacko:

 

Más al descubrir que viajaría sin compañía en el asiento, ya nada me importó, y una vez a bordo del bus rumbo a la ciudad costera de Iquique me preparé para dormir toda la noche, y reponer las fuerzas que mi jornada por el desierto chileno me había arrebatado :zsick:

 

Había ya dejado atrás a Max, quien me acompañó en mi travesía a dedo desde Argentina hasta Chile. A la siguiente mañana se vería en una van recorriendo por tres días el desierto y la puna de Atacama hasta topar con el majestuoso Salar de Uyuni en Bolivia, para después retornar a su natal Río de Janeiro.

 

En cambio, antes de subir al bus había conocido a Kenzo, un agradable chico de Bélgica que, al igual que yo, había estado viajando solo por las alturas de los Andes y deseaba (o necesitaba) estar de nuevo al nivel del mar.

 

Mientras el coche avanzaba rumbo al oeste y el sol encontraba su guarida detrás de las montañas, mis ojos encontraban la suya tras mis ya pesados párpados… pero en menos de dos horas, una escala inesperada interceptó mi sueño estrepitosamente :O_o:

 

La ‘servil’ cajera de la compañía de bus había olvidado decirme un pequeño detalle: el autobús nos dejaría en la terminal de Calama, donde luego tendríamos que tomar otro hacia Iquique con el mismo boleto. Pero eso no era lo peor. La espera sería de dos horas :excl: No había peor golpe a mi cansancio, ni otra opción a la cual recurrir. Tendría que esperar esas largas horas despierto en la estación.

 

A falta de sillas, busqué el mejor sitio en el suelo para poner mi equipaje y dejarme caer. Junto a mí, Kenzo y otros dos mochileros hacían lo mismo, mostrando en sus rostros la misma consternación que a mí entonces me invadía :confus:

 

Inmediatamente Kenzo hizo amistad con Jérémy, quien resultó ser su connacional; no sólo de Bélgica, sino de su misma región natal: Flandes. Entusiasmado, quise seguir su charla y tratar de incorporarme para poner en práctica mi joven francés :blush: Fue entonces cuando descubrí que no en toda Bélgica se habla el francés como lengua materna. De hecho, la mayoría de ellos hablan el flamenco, un dialecto del neerlandés. Por consiguiente, por mis oídos entraban y salían palabras completamente indescifrables :(

 

Pero pronto los dos nos integraron a la plática :big-grinB: hablando el inglés en solidaridad conmigo y Daniel, el otro viajero proveniente de la región germana de Suiza.

 

Varios minutos de transcurrida la charla, la gente comenzó a amontonarse al lado del autobús, creando una desorganizada muchedumbre que peleaba por documentar su equipaje. Tranquila y civilizadamente, los cuatro esperamos nuestro turno. Y una vez en marcha, nuevamente conciliamos el sueño.

 

Cerca de las 4 de la mañana el bus arribó a la terminal de Iquique. Todavía seguía muy oscuro, y la zona aledaña no tenía pinta de ser muy segura :huh:

 

Jérémy y Daniel ya habían reservado un hostal. Daniel había pagado una abundante cantidad que ni Kenzo ni yo estábamos dispuestos a pagar :madd: Pero Jérémy nos contó que el suyo le había costado solo 8,000 pesos, lo cual en Chile era una ganga.

 

Decidimos compartir un taxi y dividir los gastos. Primero dejamos a Daniel y luego llevamos a Jérémy a su hostal, donde Kenzo y yo probaríamos suerte, en vista de no tener una idea de dónde dormiríamos aquella noche.

 

El hostal backpackers parecía bastante cómodo y ambientado. El chico de la recepción era más que amable. Desafortunadamente, no había ninguna habitación disponible por los siguientes cinco días :sad:

 

Preguntamos al chico por otros hostales cercanos, y con la luz del sol todavía sin asomarse, empezamos a caminar con nuestras pesadas mochilas, en busca de un refugio para nuestras desvalidas almas.

 

Puerta por puerta, la suerte no parecía estar de nuestro lado. El cupo estaba repleto o simplemente nadie contestaba al interfon :mad: Pronto, una chica argentina y un chileno aparecieron por el rumbo, y al enterarse de nuestra búsqueda decidieron acompañarnos. Estábamos deambulando por el centro de la ciudad, el cual según ellos, no era muy seguro al oscurecer.

 

No encontramos ninguna habitación. Cansados de caminar y con deseos de una buena cama, dimos las gracias a los chicos y volvimos al hostal backpackers para pedir prestado el internet. Si nuestros pies no habían podido hallar algo, quizá nuestros dedos podrían hacerlo en la tablet :zsick:

 

Busqué en cada una de las aplicaciones que tenía instaladas, pero todos los hostales disponibles ofrecían precios exorbitantes ¡Me sentía casi de vuelta en Europa!

 

Kenzo encontró uno en 25 dólares la noche y no dudó en reservarlo. Por más que me doliera, no tenía muchas opciones. Estaba prohibido acampar en la playa y ninguno de los couchsurfers a los que envié solicitud me había contestado… más le valía a aquel hostal darme la mejor y más cómoda noche de todo mi viaje :dry:

 

Al izar del sol, caminamos juntos algunas calles más al norte. Sobre un portón negro se leía el nombre Hostel Marley Coffee. Héctor nos abrió la puerta, quien era el encargado del hostal en turno. Prácticamente vivía ahí con su familia, quienes le apoyaban con el negocio y con las clases de surf que allí ofrecían.

 

Algo que me sorprendía de Chile era lo tarde que en la mayoría de los hospedajes se debía realizar el check-in: a las 2 pm. Por tanto, debíamos pasar toda la mañana esperando recibir nuestra habitación :oops: Al menos, el lugar era bastante cómodo :big-grin: decorado con una mezcla entre el estilo surfer y el reggae a la Bob Marley.

 

Luego de guardar nuestras maletas, Kenzo y yo salimos a conocer un poco de la ciudad mientras hacíamos tiempo para ocupar nuestro cuarto.

 

El sol ya había salido. A pesar de lo mal dormido y lo sucio que me encontraba, no pude dejar de reír, regocijado por volver a sentir un clima costero :big-smil: Aunque se ubica en el desierto, el clima en Iquique me recordó un poco a mi natal Veracruz. Era verano, y el calor y la humedad se hacían presentes. Pequeñas pero poco molestas gotas de sudor escurrieron por mi cara. Al fin, podía despedirme de la piel y labios secos que tanto me habían hecho sufrir.

 

Era muy temprano y la vida apenas comenzaba en aquel día de enero, cuando los chilenos todavía seguían de vacaciones. No poseíamos un mapa turístico ni habíamos preguntado qué hacer; pero nuestro instinto nos guió hacia la playa, desde donde tornamos a la dirección norte para conocer el centro histórico, que habíamos ojeado al venir en el taxi desde la terminal. Desde el monumento a un héroe naval chileno, tomamos el famoso paseo Baquedano.

 

Paseo Baquedano, Iquique

 

Se trata de un andador peatonal adoquinado con aceras de madera que da hasta la plaza central de Iquique. Lo bonito de esta calle, son las casas tan pintorescas que se alzan a sus orillas, y que inmediatamente apartan a uno de la típica imagen que de Latinoamérica se tiene :ohmy:

 

Paseo Baquedano, Iquique

 

Durante el auge económico del puerto gracias a la actividad salitrera durante el siglo XIX y principios del XX, cientos de extranjeros arribaron para enriquecerse con el negocio de tan preciado nitrato. Entre ellos, muchos ingleses.

 

Paseo Baquedano, Iquique

 

Como era de esperarse, la aristocracia europea no pretendía mezclarse con los plebeyos, por lo que fundaron su propio barrio, dando pie a estas majestuosas y coloridas moradas de madera al puro estilo georgiano :rolleyes:

 

Paseo Baquedano, Iquique

 

Una casa junto a la otra, con balcones blancos, pilares, marcos en puertas y ventanas, pórticos… caminar sobre banquetas de madera adornadas por los faroles y cables del antiguo tranvía me llevaban a una película del viejo oeste :P donde los recurrentes colores ocre y las fachadas de colores se mezclaban con el polvo y el desierto.

 

Paseo Baquedano, Iquique

 

Llegamos hasta la conocida plaza de la Torre del Reloj. La mañana apenas empezaba y los negocios comenzaban a abrir sus puertas. Decidimos buscar algo para desayunar. Nos alejamos del centro y acudimos cerca de la central de buses, donde hallamos un pequeño puesto de sándwiches.

 

Torre del Reloj, Iquique

 

Debo confesar que después de haber pisado Argentina, la comida chilena no me pareció tan apetitosa :wacko: Los sándwiches eran de uno o dos ingredientes como mucho, y por cada uno aumentaba el precio. Un sándwich de jamón costaba 3,000 pesos (5 USD); pero si querías mayonesa o tomate costaba 500 pesos más :eek: ¿Qué clase de restaurante hacía eso por algo tan simple como el tomate o aderezo?

 

En fin, mi billetera continuó sollozando por los altos precios del país sureño :angry: con tal de mantenerme sano y con fuerzas durante el viaje

 

Luego de desayunar regresamos a la plaza central, donde había dado inicio la venta de souvenirs y comida. Pero había algo que llamaba mucho más la atención de los turistas y locales: el Dakar.

 

A lo largo de explanada, varios stands publicitarios promocionaban con artículos, dinámicas, bebidas y música uno de los rallys de autos más conocidos de todo el planeta, y del cual yo no tenía la más remota idea.

 

Stand publicitario del Dakar, Iquique

 

El Dakar es una carrera de autos auspiciada por Francia en el que varias categorías de unidades (automóviles, camiones, motocicletas y cuadriciclos) compiten conduciendo por el desierto. Originalmente el rally llevaba a los conductores desde alguna ciudad europea hasta Dakar, la capital de Senegal, cruzando el desierto del Sahara. En 2015, tocaba el turno al desierto de Atacama y algunas otras zonas de Bolivia, Chile y Argentina. Precisamente, ese día y el siguiente llegarían los autos al campamento instalado al sur de Iquique.

 

Kenzo y yo no le prestamos mucha atención a los videojuegos y los folletos que en la plaza nos ofrecían, y decidimos seguir caminando en la dirección opuesta.

 

De vuelta en el Paseo Baquedano nos encontramos con que el Museo Regional ya estaba abierto. La entrada era gratuita y no quisimos dejar pasar la oportunidad de conocer un poco más sobre aquella enigmática ciudad.

 

Antes de entrar de lleno a la exposición permanente, que hablaba sobre las antiguas culturas andinas de pescadores que habitaban la zona, una muestra temporal introducía a los visitantes sobre la historia del Dakar. Ahora me daba cuenta del gran negocio que eso representaba al turismo, y del por qué todos los hoteles estaban llenos aquella mañana :huh:

 

Le perdí la pista a Kenzo y volví al hostal, todavía cansado de no haber podido reposar. Para entonces ya pasaba del mediodía. La esposa del dueño me dijo que ya podía ocupar el cuarto, lo que por supuesto me hizo muy feliz :big-grinB:

 

Corrí por mi maleta y tomé una merecida ducha con agua fría para apaciguar el calor. No había mejor sensación que por fin remover la arena de mi cuerpo y usar ropa limpia ^_^ Me recosté en mi litera y, sin darme cuenta, caí profundamente a tomar una larga siesta, que se prolongó hasta las 5 de la tarde :mellow:

 

Me reencontré con Kenzo al despertar, quien también había dormido toda la tarde. Nos alistamos nuevamente para, esta vez, recorrer la zona de playas.

 

Playas de Iquique

 

Iquique no es una ciudad muy grande. Su zona metropolitana ronda los 300,000 habitantes. Y si de playas se trata, la que recorre toda la bahía de Iquique es la mejor y más concurrida de todas.

 

Bahía de Iquique

 

Desde la zona del puerto hasta la Punta Cavancha, miles de turistas se aglutinaban a tomar el sol y bañarse en las frías aguas de la corriente de Humboldt (a cuyas temperaturas muchos sudamericanos deben estar acostumbrados, pero yo no).

 

Densos grupos de sombrillas albergaban a familias, jóvenes y surfistas que disfrutaban de la arena y rocas atestadas de cadáveres de medusas, que producían una sensación curiosa y algo desagradable al pisar :confus:

 

Turistas en las playas de Iquique

 

Caminamos a orillas del bulevar Arturo Prat, que bordea toda la costa, admirando las casas y negocios que adornaban la ciudad con sus grafitis artísticos. Pero si hay algo que en Iquique deba resaltar, eso es sin duda el acantilado de la cordillera costera que se alza tras la ciudad a más de 600 metros de altura :eek: dejando a la pequeña mancha de concreto indefensa entre la montaña y el furioso mar.

 

 

Grafitis en Iquique

 

 

Y como si de esa enorme colina descendieran tormentas de arena, nubarrones de polvo difuminaban el horizonte de una punta a la otra, diluyendo entre sí los conjuntos de hoteles y edificios amontonados sobre la línea del mar.

 

Vista de la costa de Iquique

 

Tomamos el camino de regreso, entre las risas de los niños que se daban un chapuzón en una de las cascadas artificiales y los extraños pájaros con los que nos habíamos topado, que desde lo alto de las palmeras emitían un sonido muy similar al del cerdo :D

 

Niños refrescándose en el bulevar de Iquique

 

Sobre la arena, Jérémy tomaba el sol junto con una de las chicas de su hostal. Nos invitó a un concierto de rock en la playa por la noche, al que Kenzo quiso asistir, y que al final lo decepcionó un poco.

 

Compré víveres en el supermercado y me preparé algo de cenar. Me dije a descansar nuevamente para abandonar el hostal al mediodía, ya que no me podía dar de lujo de pagar una noche más por tal precio….

 

Pueden ver la primera parte de las fotos en el álbum:

 

 

Después de tres días haciendo dedo en las carreteras de la puna argentina y de dos noches de acampar al lado de la ruta, por fin pude despertar en una cama cómoda y decente en un hostal de San Pedro de Atacama, mi primer destino dentro de Chile, al cual había llegado con 25 pesos en mi cartera desde la ciudad de Salta, en su país vecino del este.

 

En mi larga travesía me había acompañado Max, un brasileño sin el cual, posiblemente, no habría podido llegar, pues con su acento carioca convenció a un conductor brasileño de llevarnos hasta allí en su enorme camión de carga.

 

Habíamos cenado y pagado la noche en el hostal con el dinero que un loco alemán nos había regalado en Argentina. Chile me había sorprendido con sus altos precios, casi equiparables a lo de Europa.

 

La noche en un cuarto compartido nos había costado más de 15 dólares :wacko: y hasta ese entonces había venido pagando no más de 5 USD por noche en el resto de los países. Comer medio pollo nos costó casi 12 dólares. Sin duda, sabía que sería un duro golpe a mi bolsillo :O_o: Pero mantuve la calma, supuse que al ser Atacama un lugar turístico, era normal que el centro de la ciudad ostentara tales precios.

 

De todas formas, ese alemán nos había regalado la primera noche en la ciudad. Pero el siguiente paso para nosotros era, entonces, sacar dinero del cajero, pues no poseíamos un centavo más en efectivo.

 

Luego de un ligero desayuno que Max amablemente preparó, salimos a conocer un poco la pequeña ciudad, en busca de un cajero automático.

 

 

Plaza de Armas de San Pedro de Atacama

 

 

La mayoría de las calles de San Pedro de Atacama no están pavimentadas. En oposición, están hechas de ripio, piedras y tierra, donde al caminar se levanta el polvo al aire, dando esa sensación de un pueblo del viejo oeste.

 

 

San Pedro de Atacama

 

 

Sus estrechas vías son costeadas por casitas de adobe de baja altura, pero de superficies a veces enormes. Por supuesto, la mayoría de las edificaciones en el centro están ocupadas por hoteles, comercios, agencias de viajes y restaurantes que tratan de ofrecer lo mejor al público. Sin embargo, San Pedro de Atacama tuvo el poder de cautivarme <3 a pesar de las enormes masas de turistas que caminaban entonces (y a lo largo de todo el año) por sus calles.

 

Centro de San Pedro de Atacama

 

Sus paredes de adobe, sus calles adoquinadas, su escasa y desértica vegetación, sus colores opacos, la arena en el aire, el incesante sol de verano... Así no tuviese los paisajes más coloridos y su clima fuera tan extremo, Atacama ofrecía, además, algo que no muchas ciudades tienen: una infinidad de bellezas naturales a las que cualquier turista podía acceder. Solo había un problema: los precios :(

 

Cuando apenas llegué al pueblo la noche anterior, me quedé anonadado de la cantidad de excursiones que ofrecían las agencias y hostales :ohmy: y que presumían en cartelones colgados fuera de sus edificios: lagunas altiplánicas de colores turquesa, aguas termales, géiseres, colonias de flamencos, ruinas arqueológicas, salares, el cráter de un volcán activo, paseos por el desierto, noches en un observatorio astronómico

 

Pero de la misma forma en que todo ello me sorprendió, los precios me dejaron con la boca abierta :eek: poniendo mis pies en la tierra y resignándome a no poder conocer casi nada de lo que el magnífico y gigantesco Desierto de Atacama y la Reserva Nacional de los Flamencos me proponían :sad:

 

Sólo había una excursión que no rebasaba por mucho nuestro presupuesto: un paseo por el Valle de la Luna. Los costos rondaban entre los 9,000 y 16,000 pesos chilenos (algo como entre 15 y 28 USD). Ya que nos habían dicho que en Atacama no había cajeros de Santander (cuya comisión es mínima por ser mi banco), sacamos dinero de otro cajero de red.

 

Un día antes habíamos mirado los precios al Valle de la Luna, pero recordamos haber visto en el hostal un grupo de bicicletas en renta amontonadas en una de las salas. Así que antes de contratar cualquier paquete, fuimos a investigar qué tan lejos estaba el valle, y si era posible alcanzarlo sobre dos ruedas. La mujer de la oficina de información turística nos dio un mapa de la ciudad y sus alrededores y nos indicó el camino para llegar. Según ella, era fácil recorrerlo en bicicleta. El día era hermoso y la idea era simplemente cautivadora :rolleyes:

 

Volvimos al hostal y nos dispusimos a rentar dos bicicletas. Cada uno pagamos 3,000 pesos (poco menos de 5 USD) por 6 horas a bordo del austero vehículo. Nos dieron nuestros cascos y el dueño del hostal, amablemente, me prestó una mochila para guardar mi cámara, mi botella con agua y las herramientas de emergencia que nos proporcionó.

 

Nos habíamos ahorrado más de dos tercios del precio del tour, y todo parecía mucho más divertido :big-smil: Era apenas medio día y teníamos toda la tarde para recorrer el desierto. El hotelero nos recomendó llevar mucha agua y bloqueador solar. A diferencia de la mujer en la oficina de turismo, me confesó que era una larga y dura travesía. No obstante, ya no podía apaciguar mis ánimos en lo absoluto :smug:

 

Alrededor de las 12 pm, con el sol justo sobre nuestras cabezas, Max y yo salimos del hostal montados en nuestras bicicletas, listos para recorrer de pies a cabeza el famoso Valle de la Luna.

 

Antes de salir de la ciudad, nos dirigimos a la estación de buses. Yo sabía que mi presupuesto no me daría para ninguna otra excursión. El resto de los lugares estaba demasiado lejos para ir en bicicleta, y no había transportes públicos que nos llevasen. Supuse entonces que, más allá del Valle de la Luna y San Pedro de Atacama, no tenía mucho más a qué quedarme y pagar otra noche de hostal, pues no pude conseguir un couchsurfer que me alojase :blush: De esa forma, quise comprar mi ticket de bus para dejar el pueblo ese mismo día y pasar la noche a bordo, con tal de salvar algo de plata.

 

La central de buses era bastante pequeña, pero con suficientes opciones de empresas entre las cuales poder elegir. A sabiendas de lo caro que me estaba saliendo mi estadía en aquel país decidí no viajar más hacia el sur. Quería regresar pronto a Perú, donde los precios me hacían sentir más cómodo. Así que me dirigiría a Iquique, una pequeña ciudad al oeste, en la costa del Pacífico, desde donde podría subir fácilmente hasta el sur de Perú.

 

Una vez con mi ticket en la bolsa, pedaleamos por las arenosas calles del centro de Atacama y en unos cuantos minutos salimos de la ciudad, tomando la carretera 23 al oeste, en dirección a Calama.

 

En la ruta a San Pedro de Atacama, desde el Valle de la Luna

 

Avanzamos uno o dos kilómetros aproximadamente por la autopista, riendo y disfrutando del aire seco, mientras fotografiaba todo a mi alrededor, y Max grababa un video a modo de selfie :big-grin: La silueta del Volcán de Lascar dominaba todo el panorama.

 

San Pedro de Atacama custodiado por el volcán Lascar

 

Pasamos un puente y una parada de bus. El pueblo comenzaba a alejarse de nuestra vista. En la primera bifurcación, tornamos a la izquierda, dirigiéndonos hacia al sur. Allí, la carretera parecía interminable. Corría de forma recta por una inmensa llanura árida, sin una señal de vida vegetal a sus orillas. Desde allí, manejábamos paralelos al pueblo, el cual se divisaba como un oasis de adobe adornado por una fila de verdes árboles en su parte frontal. Esos serían los últimos colores vivos que vería por las siguientes 4 horas.

 

Carretera hacia el Valle de la Luna

 

Me había puesto desde antes toneladas de bloqueador solar. No quería que me pasara lo mismo que me ocurrió en Lima, donde una capa grisácea de niebla y nubes me hizo creer que mi piel no se quemaría. Pero mientras más avanzaba el reloj, el sol parecía intensificar la fuerza de sus rayos :confus:

 

La llana autopista nos llevó por otros 4 km hasta la caseta de información del parque. En un letrero se leía “Valle de la Luna” y a la entrada del complejo se alzaba una especie de escudo de piedra, con figuras antiguas talladas y con la bandera de Chile en su parte superior.

 

Entrada al Valle de la Luna

 

Nos acercamos a la oficina de información. Sólo había un par de mujeres en la ventanilla y el señor de la limpieza. El complejo es bastante cómodo y amable con el turista. Hay un pequeño museo de geología que explica a profundidad las endémicas y peculiares características del valle. Al parecer, los estudios han concluido que millones de años atrás existió un lago cerca de un volcán de la zona, cuyo arrastre fluvial y residuos orgánicos formaron la base de lo que ahora es la depresión del valle. La erosión de varios siglos ha tallado lentamente las rocas sedimentadas de sal, yeso, arcilla y arena, dándoles esa forma lunar tan singular.

 

Luego de recorrer a grandes rasgos el museo, compramos nuestros tickets (a mitad de precio con credencial de estudiantes :rolleyes: cerca de unos 3 USD) tomamos un par de folletos y empezamos el recorrido. Mientras varios coches y autobuses turísticos pasaban de ida y de vuelta, Max y yo comenzamos a pedalear constantemente. La carretera por la que habíamos llegado parecía partirse en dos. Tomamos el camino asfaltado de la derecha que después se convirtió poco a poco en un camino de ripio.

 

Aquí, la cosa se empezaba a complicar un poco más para mí :zsick: Había una que otra rampa poco empinada, lo que empezó a debilitar mis piernas. Max, por el contrario, parecía estar en muy buena condición. Solía practicar box en Río de Janeiro y levantaba pesas en su tiempo libre. Por lo tanto, la hazaña le era mucho más fácil :dry:

 

No pude evitar empezar a tomar agua de mi botella de litro. Estaba quemando muchas calorías y el calor y escasa humedad me agotaban y resecaban mi piel. En especial, resecaban mis labios. Cuando me di cuenta, la botella estaba ya casi a la mitad. Faltaba mucho por recorrer todavía, debía racionarla si quería alcanzar mi meta :mellow:

 

Luego de pasar una pequeña colina, vimos un camión de pasajeros estacionado en una orilla del camino. Al ver un pequeño parqueadero de bicicletas, nos estacionamos para averiguar de qué se trataba.

 

Un grupo de turistas caminaba por la arena hirviente hacia una especie de cañón. Max y yo avistamos a sus espaldas, un letrero que anunciaba las Cuevas de Sal. Nos alejamos un poco del numeroso rebaño y nos adentramos en las misteriosas cuevas.

 

Un camino de arena nos llevó serpenteando entre grandes paredes de roca, que formaban pasadizos cada vez más estrechos. Las paredes empezaron a cerrarse cada vez más desde arriba, cubriendo la entrada de la luz del sol. La roca escarpada y rugosa era algo placentera al tacto. Además, nos habíamos dejado los cascos puestos, y así protegíamos nuestras cabezas de un choque contra la piedra.

 

Cuevas de sal del Valle de la Luna

 

Mientras el camino dejaba la arena para convertirse en roca, el laberinto se tornaba más y más angosto, al grado que nos tuvimos que arrastrar para salir de algunas de las pequeñas cuevas. Al final salimos por la parte alta de un montículo, desde donde tuvimos que saltar hacia el arenal donde comenzamos.

 

Allí, el camino seguía hacia una especie de cañón de poca altura, de donde los turistas ya se habían retirado. Solo un par de viajeros eran nuestros compañeros en aquel inmenso paisaje de rocoso.

 

Los otros chicos jugaban un poco con el eco de sus voces; Max y yo llegamos hasta el final del camino, donde una modesta cuerda dividía un montículo de roca de un montículo de arena, una estampa sublime que podía describir a la perfección la composición básica del desierto del norte chileno.

 

Arena y roca en el Valle de la Luna

 

Caminamos de vuelta hacia el parking, donde antes de coger mi bicicleta, descubrí una pequeña garita, donde creí que habría un poco de agua potable :light:

 

Tres jóvenes estaban ahí. Me dijeron que era la última caseta en todo el Valle de la Luna. De ahí en adelante estaríamos solos :excl: Les pregunté si el agua de la llave era potable, a lo que contestaron que no. Pero detrás suyo, había un garrafón de agua. Les ofrecí algo de dinero si me dejaban rellenar mi botella. Lo pensaron un poco, y luego negaron mi efectivo, pero amablemente me dejaron llenar mi garrafa :big-grin:

 

Ese nuevo litro de agua debía durarme el resto del recorrido. Habíamos avanzado ya unos 10 km desde la ciudad y yo sentía que mis labios se habían convertido en las cuevas de sal que acababa de visitar :wacko:

 

Cogimos las bicicletas y dimos la vuelta a la garita, pues el camino seguía detrás de la pared de roca que la custodiaba ¡Y vaya sorpresa que me llevé! El camino seguía con una enorme rampa de unos 800 metros de largo y una pendiente de unos 30 grados :O_o: Mi corazón palpitó y mi boca no pudo evitar resoplar en un suspiro :zsick: Eso era apenas el comienzo del gran valle.

 

Por supuesto, decidimos subirla andando. El esfuerzo era menor si caminábamos a que si pedaleábamos. Y Max sabía que yo debía reservar fuerzas. Después de todo, él fue un excelente compañero de viaje, pues siempre tuvo consideración por mi condición física :blush:

 

Luego de varios minutos cuesta arriba alcanzamos la punta, donde sonreímos al avistar el paisaje del Valle Lunar. Pero sobre todo, el mirar que el camino seguía cuesta abajo con pendientes poco pronunciadas :big-smil:

 

Valle de la Luna, Chile

 

Max y yo nos deslizamos varios metros abajo y seguimos hacia adelante. Eché un vistazo a nuestro mapa para saber cuánto nos faltaba. Debíamos llegar hasta una especie de minas, donde el camino se cerraba y no se permitía ir más allá.

 

Para entonces, el paisaje entero se alejaba tanto de mi realidad, que de verdad me transportó a la escenografía de una película, a la Guerra de las Galaxias, simplemente a otro planeta <3 Mis ojos se deslumbraban por los colores ocre en formas rocosas tan irregulares que contrastaban con el pabellón azul uniforme y perfecto que se iluminaba ante el poderoso sol de aquel día.

 

Formaciones del Valle de la Luna

 

Aquel sitio parecía tan inhóspito que me daba miedo que mi llanta se ponchara por alguna circunstancia, y quedarme varado allí, en mitad de la nada :unsure: Cada metro que avanzaba sin pedalear me asustaba un poco más. No por lo fácil que era descender las pendientes poco inclinadas, sino porque sabía que de regreso, ese sería un enorme reto para mí :zsick:

 

A pesar del cansancio y del calor, no sudábamos tanto como pensamos. Pero el viento que azotaba nuestras caras mientras avanzábamos era el más seco que había sentido en toda mi vida :O_o: Mi piel me picaba por el quemar del sol; mi boca se llenaba de una rara e incómoda masa blanquecina que me hacía jadear y escupir a cada centímetro. Pero lo que más sufría por sobre todo, eran mis labios… entonces recordé que el Desierto de Atacama es el más árido de todo el mundo. Después del desierto de hielo en la Antártida, es el sitio con menos humedad en todo el planeta. Y vaya que lo había descubierto por mí mismo :wacko:

 

Valle de la Luna

 

Cuando casi ya no sentía mis piernas ni mi boca, y después de casi una hora de pedalear sin parar y sin hablar entre nosotros, llegamos al final del camino. Eran ya las 3 de la tarde. No había una sola sombra a la vista. Tomé agua para reponerme un poco, pero sentía que ya no podía más :crying: Me aventé sobre la tierra, jadeando bajo el sol. Y lo único que logró hacerme poner en pie fueron las palabras de ánimo de Max, a quien envidié por mostrarse tan sereno con menos de un litro de agua que llevaba consigo.

 

El término del viaje era marcado por un grupo de formaciones rocosas llamadas Las 3 Marías. Se trata de tres columnas de granito, cuarzo y arcilla que han sido maravillosamente erosionadas por la sal y el viento del desierto. Como estaba prohibido tocarlas, solo tomamos algunas fotos desde lejos.

 

La 3 Marías, Valle de la Luna

 

El mapa indicaba que las minas estaban unos metros hacia la izquierda de aquella ruta. Había un camino de piedras que marcaba dicha dirección, y Max quería conocerlas. Pensé que si me quedaba parado muchos minutos, perdería aún más fuerza, y que sería mejor seguir en movimiento antes de darme completamente por vencido :mad:

 

Cogimos nuevamente las bicicletas y nos adentramos al camino. Pronto, nos dimos cuenta que no era tan buena idea ir pedaleando. Las piedras nos hacían rebotar mucho y nos cansaban más de lo debido :confus: Yo decidí bajarme y seguir caminando.

 

Casi un kilómetro más adelante llegamos a una especie de construcción en ruinas, donde vimos un grupo de bicicletas estacionadas. Max se fue a asomar a donde creyó que eran las minas, pero no vio más que un gran hoyo en el suelo, donde estaba el grupo de turistas.

 

Marcando el final de nuestro recorrido, tomamos algunas fotos del inmenso valle que se abría frente a nosotros y emprendimos la caminata de regreso.

 

Final del recorrido en el Valle de la Luna

 

Cuando el camino volvía a ser de ripio, debíamos andar unos 18 kilómetros de vuelta hasta la ciudad :oops: Yo ya no sabía qué pensar, así que simplemente dejé mi mente en blanco y comencé a pedalear. No demoré mucho para bajarme otra vez de la bicicleta y empezar a caminar. La primera cuesta apareció, y aunque poco inclinada, era un golpe duro para mis piernas.

 

Tomé parte de mi última reserva de agua y me dispuse a avanzar. Me dije a mí mismo que si había aguantado tres días haciendo dedo por la puna argentina con solo agua, plátanos y naranjas, debía aguantar esas dos horas en bicicleta :angry:

 

El tiempo transcurrió en silencio. Max siempre iba delante de mí. El calor lo había despojado de su camisa y empezaba a sufrir un poco más las penurias. Mientras tanto, yo jadeaba y cerraba los ojos para no avistar las distancias que me hacían falta :zsick:

 

Pronto, el grupo de turistas alemanes que estaban en la mina, apareció con sus bicicletas manejando junto a nosotros. Los saludamos amablemente y seguimos juntos el camino. Al menos, me sentía acompañado por si algo me sucedía :blush:

 

Las chicas alemanas parecían padecer igual que yo del cansancio y la deshidratación. Pero todos nos apoyamos con gritos de entusiasmo. Y con tal compañía, cuando menos nos dimos cuenta, llegamos a la cima de la última cuesta, la mayor de todas, que nos llevaría hasta la garita del valle.

 

Paisaje desde el Valle de la Luna

 

Antes de bajarla tomamos algunas fotos, con una vista maravillosa de los volcanes que custodian todo Atacama.

 

Max y yo en la cima del Valle de la Luna

 

Me sentí contento, porque de ahí en adelante el camino se haría más fácil :big-smilB: Tumbé por un momento mi bicicleta y casi me terminé el agua para celebrar mi osada travesía.

 

Nuestro transporte en el Valle de la Luna

 

Luego de las fotos, nos formamos en fila y descendimos juntos por la cuesta de casi 1 km de largo. El viento rosaba nuestras caras y la velocidad nos obligaba a frenar poco a poco para no volcarnos boca abajo.

 

En pocos segundos llegamos a la garita. Ya ningún grupo de turistas parecía estar entrando al valle. Ya pasaban las 4 de la tarde y el sol no parecía avanzar rumbo a su ocaso.

 

Salimos del valle y tomamos la ruta de ripio que daba hasta el complejo de información. A pesar de andar en línea recta, cada empuje al pedal era un golpe para mis piernas. Los alemanes empezaron a adelantarse y nos dejaron a Max y a mí un poco más atrás. Me sentía mal por causar la demora :sad: pero como Max me dijo, no llevábamos ninguna prisa :whistling:

 

Cuando arribamos a la estación, dejé la bicicleta y me tumbé bajo la sombra. Un grupo de turistas que entraban en su coche me vieron allí botado. “Wow, debe ser muy duro”, me dijeron. Yo solo reí, y les dije “lo logré:big-smil:

 

Pasé al baño para lavar mi cara, que ya se sentía más que arenosa y seca. Mojé mis labios para aliviarlos un poco. A pesar de haber usado el labial hidratante, no dejaban de producir esa extraña masa blanca de resequedad :unsure:

 

Luego de un ligero reposo, seguimos adelante los últimos 6 km por carretera para retornar finalmente a San Pedro de Atacama.

 

Misión cumplida, Valle de la Luna

 

Poco más de las 5 pm, nos vimos de vuelta en el hostal. Aunque ya habíamos desalojado las habitaciones y no teníamos derecho a usar el baño, el señor nos dejó pasar al mirar nuestro estado de sumo cansancio. Pero me dijo que si queríamos ducharnos tendríamos que pagar dos mil pesos (4 USD) :wacko:

 

Sabiamente, escondí mi shampoo en mi bermuda y entré al baño. Usando solamente el lavabo, enjuagué mi cabeza llena de polvo, mis brazos y mis manos. Me sequé con mi playera y salí como si nada hubiera pasado :whistling:

 

En ese transcurso, Max salió para comprar su boleto para el Salar de Uyuni. Al final se decidió por comprar el tour de 3 días que lo llevaría por las maravillas del desierto hasta el suroeste de Bolivia.

 

Tomé mi tiempo libre antes de ir a la estación de buses para comer un merecido menú de ensalada y carne en la zona de mercados de la ciudad :P que siempre es más barato que los restaurantes del centro.

 

Antes de dejar el hostal, escuché a un chico belga que se dirigía hacia Iquique esa misma noche. Kenzo tomaría el mismo bus que yo, y no dudé en presentarme con él. Max me acompañó a coger mi autobús y me despedí de él, deseándole suerte en su viaje de vuelta a Brasil ;)

 

Después de todo, de eso se trataba el viajar solo. Cuatro días antes había conocido a Max y ahora lo dejaba atrás para seguir mi viaje junto a un desconocido belga… pero al final, todos y cada uno permanecerían en mi memoria, haciendo de mi viaje por Sudamérica un hermoso y aventurado recuerdo :rolleyes:

 

Pueden ver todas las fotos en este álbum:

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