AlexMexico

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Sobre AlexMexico

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  • Tipo de Viajero
    Viajero Independiente
  • Vivo en
    Veracruz, México
  • Intereses
    Periodismo, escritura, viajes, gastronomía, senderismo, naturaleza
  • Mis Viajes
    México, Guatemala, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, España, Francia, Marruecos, Italia, Bélgica, Suiza, Austria, Alemania, Polonia, Porto, Ámsterdam, Praga, Budapest
  • Mi Próximo Viaje
    Escandinavia, Islandia y Gran Bretaña

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  1. Llevaba menos de 12 horas en Alemania y ya había visitado una de sus atracciones más famosas, el castillo de Neuschwanstein. Me encontraba entonces en Füssen, a escasos metros de la frontera con Austria, desde donde había viajado aquella misma mañana. Por la diminuta extensión del pueblo decidí no quedarme. Esa misma noche tomaría un tren hacia Múnich, donde ya había conseguido que Dominik, de Couchsurfing, me diera alojo por algunos días. Hasta entonces, había viajado a Alemania ya dos veces. Una en 2013 y otra en 2014. Pero ambos fueron viajes relámpago, a Heidelberg, Frankfurt y Berlín, respectivamente. Esta vez me había propuesto tomármelo con calma, y conocer tranquilamente el sur del país. Füssen es, como dije, muy pequeño. Su estación de tren no tiene más de un par de salidas por día, a las ciudades más cercanas. Aunque Múnich es la capital del estado de Baviera, al que Füssen pertenece, no hay una corrida que las conecte directamente. De cualquier forma, había ya reservado mi viaje en tren hasta la capital. Haría una conexión en Augsburg y estaría en Múnich no después de las 9 p.m. La salida fue puntual, a las 7 p.m., como bien estaba estipulado. Podía notarse que la mayoría de los pasajeros eran turistas que se habían tomado el día para visitar el castillo, y ahora regresaban a su hotel en la gran ciudad. Los trenes alemanes parecían cómodos, pero nada comparado con los trenes franceses, pensé. No había conexiones eléctricas ni wi-fi a bordo. Algo poco conveniente para alguien que, como yo, no tenía línea telefónica para comunicarse en el extranjero. Luego de más o menos media hora, los altavoces del tren emitieron un mensaje. Un mensaje en alemán. El tren se detuvo en la siguiente estación y abrió sus puertas, como es costumbre. La voz de las bocinas volvió a decir algo ininteligible a mis oídos, a lo que todos comenzaron a descender del tren. Rápidamente me quité los audífonos y pregunté a la mujer del asiento de atrás qué estaba pasando. —Creo que hay que bajar —dijo. Tomé mi mochila y salí al andén. Acto seguido, el tren separó sus vagones. Algunos corrieron a la parte delantera antes de que sus puertas se cerraran. La parte trasera se encarriló en sentido contrario, mientras la delantera siguió su camino. El resto de los pasajeros, que nos quedamos parados en el andén, no supimos con exactitud lo que acababa de ocurrir. Como dije, todos éramos turistas. Todos menos un chico, el único alemán a bordo. —El tren a Múnich se canceló, o eso parece —exclamó—. El próximo sale a las 10:00 p.m. —Imposible —pensamos todos. La estación era tan pequeña como el pueblo en el que se encontraba. El grupo, de unas 45 personas, se dirigió en conjunto a la taquilla, donde cuestionaron a un policía sobre lo sucedido. El chico alemán nos explicó. Un autobús vendría a recogernos y nos llevaría hasta Múnich. La situación era todavía confusa. Varados en medio de un oscuro estacionamiento, no teníamos nada más que esperar. Luego de unos 15 minutos el autobús aparcó del otro lado de la estación. La multitud corrió y se abalanzó para coger un asiento. No podía creer que viajaríamos con cuatro personas de pie. No en Alemania. Las caras de enojo poco a poco se transformaron en risas, hasta que el chofer afirmó: “no llegaré hasta Múnich, los dejaré fuera de la ciudad”. Nadie creía la odisea que estábamos atravesando, no después de haber comprado nuestro ticket directo a la ciudad. El servicio alemán de transporte nos estaba decepcionando, y yo cada vez me preocupaba más por tener un lugar donde dormir. Dado a que me había quedado de ver con Dominik a las 9 p.m. en la Haupbanhof (estación central), debía informarle de alguna forma que llegaría más tarde. Pero no tenía línea telefónica. Pedí el celular a Lucía, una argentina con la que había hablado momentos antes. Ella vivía en Alemania y tenía un número nacional. Envié un mensaje a Dominik antes de que la batería se agotara (para ese entonces estaba en un 5%). Y vaya sorpresa que me llevé. Dominik apenas iba camino a Múnich. Su tren también había sido retrasado. Con una gran incertidumbre, el chofer nos dejó fuera de una de las estaciones del S bahn, el tren urbano que conecta a Múnich con las afueras de la ciudad. Todos juntos tomamos el próximo en pasar, en dirección a la estación central. Como forma de protesta por lo ocurrido, el grupo entero decidió no comprar el ticket de abordaje. El metro y los trenes urbanos en Alemania pueden ser abordados sin ticket, ya que nada impide subirse. Todo recae en la confianza de que el ciudadano adquiera el boleto. De lo contrario, solo un controlador de la empresa de transporte puede multar a la persona. Nosotros corrimos el riesgo. Nadie pensaba gastar más dinero después de lo que nos habían hecho pasar. Cuando la batería de Lucía estaba en el 2%, envié un último mensaje a Dominik, diciéndole que estaba a punto de llegar. —Espérame ahí —dijo. Y unos minutos después nos encontramos frente a una tienda de hamburguesas. Eran ya casi las 11 de la noche. —Así funciona el sistema de trenes en Alemania —me hizo saber Dominik. Yo, sinceramente, seguía sin poder creerlo. Tomamos el tranvía a su apartamento, mismo que compartía con un par de estudiantes. Preparó algo rápido de cenar y no demoramos en irnos a la cama. Al próximo día él iría a su universidad, mientras yo me dispuse a conocer la ciudad. Múnich es una de esas metrópolis que vivieron el llamado “milagro alemán”. Lo cual quiere decir que en un relativo corto tiempo se repuso de los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque en 1945 Múnich era solo cenizas, hoy su centro histórico está perfectamente reconstruido, y me acogió como a la mayoría de los turistas que llegan a diario, y que convierten a la capital bávara en la ciudad con más visitantes en toda Alemania. Aunque los edificios fueron reconstruidos, la mayoría de la arquitectura del casco viejo de Múnich data del siglo XIX, cuando Bavaria pasó de ser un ducado a un verdadero reino, que formó parte de la Confederación Germánica y del Imperio Alemán. El símbolo más representativo del esplendor de Bavaria es el Nuevo Ayuntamiento. Ubicado en la famosa y concurrida Marienplat, que ha sido el corazón de la ciudad desde su fundación, es considerado por muchos el edificio más hermoso de todo Múnich. Su torre de 85 metros de altura se asomó rápidamente entre las callejuelas peatonales que me condujeron a sus pies para admirar la belleza de su estilo neogótico imaginado y diseñado por Georg von Hauberrisser, uno de los mejores arquitectos alemanes exponentes del romanticismo. Sea desde la Marienplatz o desde su patio interior, el Ayuntamiento se ha ganado su lugar con creces. A pocos pasos me encontré con su hermano, menos querido y admirado, el Viejo Ayuntamiento, un edificio que fue rediseñado en varias ocasiones y que albergaba antiguamente la sede del gobierno municipal. Guiado por Google Maps y sus recomendaciones (a las que había echado un vistazo antes de salir de casa) me dirigí al Viktualienmarkt, una famosa plaza al aire libre que ha albergado al mercado local por varios siglos. Si bien antes se reservaba a la venta de frutas, carnes, flores, especias y productos de granja, hoy es también un sitio turístico donde pueden encontrarse platillos típicos bávaros. Por supuesto, fue el mejor momento y lugar para comer otro bratwurst, la tradicional salchicha alemana que tanto se había ganado mi corazón. Pasado el mediodía caminé hacia el norte del casco viejo para alcanzar la Max-Joseph Platz, que está flanqueada por dos joyas de Baviera: el Teatro Nacional, que alberga a la Ópera estatal, y el Palacio Real de Múnich, antigua residencia de los reyes bávaros. Este último se trata del palacio urbano más grande de Alemania. Y después de haber visitado el día anterior el castillo de verano de los reyes de Baviera en Füssen, necesitaba ver ahora su residencia por dentro. No es necesario decir que el palacio entero fue bombardeado y reducido a escombros durante la Segunda Guerra Mundial. Pero gracias a los fondos del Plan Marshall, pudo alzarse nuevamente para acercarnos a lo que fue la casa real de los Wittelsbach. El salón más prominente y ostentoso es sin duda el antiquarium, la sala de antigüedades de los duques y los reyes. A los costados de esta bóveda de cañón se resguardan hasta hoy algunos tesoros de la familia real, provenientes de todos los rincones del mundo y adquiridos durante los siglos de su mandato en el sur de la actual Alemania. El antiquarium sirve hoy también como salón para algunos eventos diplomáticos, como el que estaba a punto de llevarse a cabo justo cuando yo lo fotografiaba. Otro de los cuartos más bellos que me topé es la Galería Ancestral, un magnífico salón ornamental con madera tallada y detalles dorados donde se exhiben los retratos de la familia Wittlesbach, que gobernó Baviera por siglos, y de donde nacieron dos de los grandes emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico: Luis IV y Carlos VII. Una de las cosas que típicamente se encuentran en todos los palacios de Europa son las colecciones de reliquias que los grandes reyes resguardaban con recelo, como una muestra de su poder. Figuras de porcelana, vajilla china, telas de seda. Todos los artículos y artesanías más preciados en aquel entonces y hasta ahora. Una de las últimas salas para los visitantes es la Galería Verde, que gana su nombre por el matiz de sus paredes, que se adornan por espejos alternados con más retratos de los Wittlesbach. Como toda residencia real europea, el Palacio de Múnich cuenta en su ala norte con una pequeña pero significativa extensión de áreas verdes. Los jardines imperiales, que abiertos al público, me regalaron la vívida hojarasca con la que, regocijado, suelo hacer el fondo perfecto para mis fotografías de viaje. En medio del otoñal prado, bajo la cúpula de un kiosko, un peculiar sonido me llamó hasta él. La voz de una cantante de ópera desde un amplificador de sonido me hacía pensar que alguien transmitía el concierto del Teatro Nacional desde el jardín. Pero para mi sorpresa, era una chica, común y corriente que resultaba ser una soprano. Ella cantaba para el público a cambio de un par de monedas. Los discos en el suelo dejaban ver que comenzaba apenas su camino como cantante. Pero dijo ser una estudiante universitaria que necesitaba el dinero para seguir su carrera. Fuese lo que fuese, su interpretación nos cautivó a la mayoría. Y habiendo escuchado ópera al aire libre en Múnich, me sentí satisfecho de terminar mi día y volví a casa para cenar con Dominik. Un exquisito risotto. Couchsurfing no dejaba nunca de sorprenderme con la calidad de seres humanos que gracias a la red social había conocido. Y Dominik fue otro de esos casos. Hace algunos años perdió a su hermana gemela, ante lo cual no quise entrar en detalles. Se había mudado a Múnich y empezado a repartir comida en bicicleta para ayudar a sus padres con los gastos de la universidad. Ahora, además de alojar extraños para ayudarlos en su travesía por Alemania (como a mí), ayudaba también en un centro de refugiados, situación en la que muchos países de Europa se vieron inmersos a partir de la guerra en Siria. Aunque era mi intención acudir en su ayuda, había que estar registrado en los centros de refugio para poder ingresar. Así que Dominik me alcanzaría en el centro de la ciudad más tarde aquella noche, mientras yo me reuniría con una vieja amiga de la escuela. Lo mejor de los viajes es que nunca puede uno predecir lo que sucederá. Y mi reencuentro con Yolanda fue uno de esos imprevistos. Ella y yo nos conocimos a los 12 años en la escuela secundaria. Y ahora, muy lejos de México, estudiaba alemán en Múnich, donde pretende quedarse a vivir. Así que a mi paso por la ciudad no dudé en contactarla para bebernos una cerveza. Dicho y hecho, Yolanda me llevó a la cervecería más típica y famosa de Múnich: la Hofbräuhaus. Sus orígenes son tan lejanos como el año de 1589, cuando el Duque Guillermo V la creó como el proveedor oficial de Weissbier (cerveza típica de Baviera) de la familia real. Hoy es la cervecería más visitada de casi toda Alemania, con más de 35 000 clientes al día. Y entre ellos estuve yo. No hace falta decir que los tarros de cerveza en Alemania son enormes. Con un litro es como se suele empezar. Pero Yolanda me lo advirtió. —La cerveza aquí es muy fuerte, con una basta —me dijo. Y tenía razón. No quiero imaginar cómo son las cosas en el Oktoberfest. Dominik se nos unió con otro tarro y un pretzel, que es necesario si no queremos que la cerveza se nos suba muy pronto a la cabeza. Aunque era martes, el bar estaba lleno y el grupo de música folklórica bávara no dejaba de tocar. Un grupo de alemanes con su Lederhosen (pantalones de cuero cortos), típicos de Baviera, me hicieron entonces sentir que estaba de vuelta en Alemania. Y por los próximos días me enamoraría más y más de aquel país. Al siguiente día el cielo amaneció algo nublado, pero nada por lo cual asustarse. Dominik me dio algunas indicaciones para llegar caminando al complejo del Parque Olímpico, que data de 1972, cuando la ciudad albergó los Juegos Olímpicos de Verano. Es de agradecerse que Múnich no haya dejado morir la infraestructura en la que se invirtieron millones de marcos (antigua moneda alemana) y que ayudó a la urbe y al resto de la República Federal Alemana a crecer durante la Guerra Fría. Muchos estadios durante la historia han quedado en el abandono después de su auge en los Juegos Olímpicos. No es el caso de Múnich. Es común ver gente corriendo por los senderos del campo. Haciendo picnics, paseando a sus perros, andando en bicicleta o, incluso, volando sus drones. El Olympiapark es una de esas áreas verdes que desearía que todas las ciudades del mundo tuvieran. Un lago, cuerpos boscosos y pistas de atletismo no deberían faltar en ningún lugar. Y combinado con los modernos monumentos que la Alemania de los 70s erigió para ello, son sin duda un hermoso paisaje que contrasta con la historia de la ciudad. Detrás de la icónica antena de televisión que enmarca otra de las postales de Múnich, se encuentra uno de los mayores y modernos atractivos: el Museo BMW. Alemania se ha ganado su lugar en el imaginario mundial gracias a muchas cosas: la cerveza, el chocolate, las salchichas, el fútbol… y los coches. La industria automovilística creció rápidamente en el mundo en el siglo XX. Y Alemania no se quedó atrás al competir con sus países rivales, Japón, Estados Unidos, Italia, Francia, Suecia… Son varias las marcas alemanas posicionadas en el mercado de automóviles. Volkswagen es quizá la mejor. Pero no podemos dejar atrás a la BMW. La Bayerische Motoren Werke (fábricas bávaras de motores) empezó como un fabricante de motores para aviones, que se las vio negras tras terminada la Primera Guerra Mundial, cuando le fue prohibido a Alemania fabricar motores durante cinco años. Pero la empresa se revolucionó, y se incorporó en la industria del transporte terrestre. Hoy se presume a sí misma como una de las mejores compañías de automóviles del planeta. Y sus edificios lo dicen todo. La torre BMW y su complejo anexo, que incluye un centro de visitantes y el museo, expide la modernidad al aire. Su arquitectura es exquisita. Pero si algo se lleva el premio es la excelente mercadotecnia de la marca. Desde que llegué, letreros en todos los idiomas dan la bienvenida al centro de visitantes. No importa de dónde vengas, la BMW te hace sentir como en casa. El interior parecía simular una nave en movimiento que me hizo sentir a bordo de un gigantesco vehículo. No hace falta hablar de los coches. Los modelos más lujosos y detallados se exponen en primera fila para el deleite de los transeúntes. BMW no hace ninguna venta directa. Pero todo a su alrededor te hace querer comprar. Slogans, colores, imágenes high-tech, texturas metálicas, aparatos interactivos. Todo lo necesario para hacernos tener hambre de manejar. La BMW ha pensado en todo. Hasta en los niños. Finalmente, los coches son para el mundo entero. Cualquier puede manejar. Cada rincón del centro de visitantes me invitaba a acercarme y palpar de cerca la mejor publicidad física de la que había sido testigo. Un lugar del que no quería salir. BMW me dio un acercamiento a algo en lo que usualmente no me intereso: los coches. Y fue el mejor preámbulo para lo que días más tarde vería en Stuttgart, donde otra compañía automovilística me transportaría a todas partes del mundo. Aquella tarde volví al apartamento de Dominik, quien me hizo una muy buena oferta: dar un paseo en bicicleta por la ciudad. Dominik me llevó primero a la tienda oficial del Bayern Múnich, quizá el equipo alemán de fútbol más conocido en el mundo. Si bien es escaso mi interés en el fútbol, no podía irme de la ciudad sin llevar un recuerdo del equipo a mi hermano y mi padre. La mercadotecnia del fútbol es equiparable a la de los coches: no se puede escapar de ella. Terminamos el recorrido a orillas del río Isar, con las torres de la catedral en el fondo del paisaje. Múnich es una ciudad enorme, y me había regalado de todo un poco: historia, palacios, cerveza, salchichas, autos y fútbol. Ahora era tiempo de saltar a un lugar un poco menos ostentoso, pero muy alemán, finalmente.
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