AlexMexico

Usuario 5
  • Contador de contenido

    3.525
  • Registrado

  • Última visita

  • Días Top Escritor

    403

AlexMexico fue por última vez Top Escritor el 8 de

El contenido de AlexMexico obtuvo más reputación!

Reputación de la Comunidad

405 Excellent

4 Seguidores

Sobre AlexMexico

  • Rango
    Usuario Consejero
  • Cumpleaños 06/12/91

Información Adicional

  • Tipo de Viajero
    Viajero Independiente
  • Vivo en
    Veracruz, México
  • Intereses
    Periodismo, escritura, viajes, gastronomía, senderismo, naturaleza
  • Mis Viajes
    México, Guatemala, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, España, Francia, Marruecos, Italia, Bélgica, Suiza, Austria, Alemania, Polonia, Porto, Ámsterdam, Praga, Budapest
  • Mi Próximo Viaje
    Escandinavia, Islandia y Gran Bretaña

Visitas Recientes

1.555 visitas de perfil
  1. Encontrar el transporte más económico y cómodo es un tema recurrente y una preocupación al viajar largas distancias, no importa dónde estemos. Y hace falta mencionar a una empresa francesa inigualable que hoy está presente en más de veinte países de tres continentes, incluyendo Europa, Rusia, Turquía, India, México y Brasil. Hablo de Blablacar. El covoiturage es una forma de viaje bastante común y segura en Francia que se ha expandido desde hace ya varios años, sobre todo con la aparición del internet y los smartphones. Se trata de un servicio de vehículo compartido que nos permite viajar junto con otras personas en el mismo auto dividiendo los gastos de combustible y peaje. Es como si organizáramos un viaje con amigos y pagáramos juntos. Solo que aquí no conocemos a las personas. Blablacar es una plataforma de covoiturage. Y como siempre, inscribirse es gratis. Necesitaremos verificar nuestro correo y nuestro teléfono móvil. De esta forma los usuarios nos podrán localizar. Y al ser una página basada en la confianza, podremos también verificar nuestro documento de identidad. Es forzoso también enlazar nuestra tarjeta bancaria para realizar los pagos en línea. Si tenemos un coche tendremos que llenar su descripción. Marca, modelo, año, color, incluso una foto de él. Blablacar funciona de manera muy fácil. Si tenemos un auto y haremos un viaje solo tendremos que publicarlo especificando lo detalles: hora y punto de partida, asientos disponibles, tamaño de las maletas, si aceptamos mascotas o fumadores a bordo y, por supuesto, el precio. Y si estamos interesados en un viaje como pasajeros, solo elegimos el lugar de partida, el destino y la fecha que nos interesa, y la página nos mostrará los trayectos disponibles que han publicado los conductores. Veremos la hora, las escalas previstas, un resumen del perfil del usuario y el precio total, que incluye una pequeña comisión para la empresa (que no es muy elevada). Elegiremos el que más nos agrade y enviaremos una reserva. Si el usuario acepta, Blablacar retendrá el dinero de nuestra cuenta. El siguiente paso será ponernos en contacto con el conductor para concretar el punto exacto de reunión y llegada. Así de simple. Una vez finalizado el viaje tendremos que darle al conductor un código que previamente Blablacar nos envió. Sin ese código el conductor no podrá recibir el dinero y nosotros podremos contactar el servicio al cliente si tuvimos algún inconveniente. Como había dicho, Blablacar es una comunidad basada en la confianza. Y las referencias juegan un papel importante. Así que al final de cada trayecto podremos escribir una referencia, tanto como conductor como pasajero. ¿Es peligroso? Blablacar tiene muchas medidas de seguridad y certificado. Y las referencias son suficientes para saber si un conductor lo ha hecho bien o no. ¿Es legal? Totalmente. No es un servicio de transporte de pasajeros. El conductor no necesita un permiso para ello, ya que no recibe ninguna ganancia, porque Blablacar es para COMPARTR GASTOS, como lo hacemos con amigos y familia. Eso nunca ha sido ilegal. ¿Es barato? Sí. Cuando un conductor publica un viaje Blablacar le recomienda un precio de acuerdo a los kilómetros, los peajes y los asientos disponibles. Así que cada uno es libre de subir, bajar o respetar ese precio. Pero la mayoría de las veces rondan precios similares a los de los autobuses. Al menos en Europa. Y en México solo la compra anticipada en buses nos saldrá más barato. De no ser así, Blablacar es la mejor opción. ¿Funciona siempre? Como dije, Blablacar no está disponible en todo el mundo, sino en los países que arriba mencioné. Así que no podremos fiarnos de la plataforma para todos los viajes que queramos. Sólo para aquellos donde los dueños de los coches conduzcan frecuentemente. Hay trayectos muy famosos que nunca tendremos problemas para hallar, como París - Lyon, Madrid - Barcelona, Río de Janeiro - Sao Paulo o Ciudad de México - Puebla. Pero algunos otros será mucho más complicado encontrarlos, sobre todo entre ciudades pequeñas. Así que en ese caso, el autobús o el tren serán la mejor y, quizá, única opción. ¿Lo recomiendo? Al cien por ciento. Lo he usado muchas veces y funciona a la perfección. Aunque el precio sea parecido al de los buses, no hay nada como la flexibilidad y comodidad de un viaje en auto. Paramos donde queremos, cuando queremos, escuchamos la música que queremos, conocemos y platicamos con gente. Y si tenemos un poco de retraso basta con decirle al conductor: “espérame un poco”, cosa que ninguna compañía de bus acatará. Y aunque no muchos lo hacen, es una buena forma de hacer amigos cuando se viaja solo. Blablacar es también una elección eco-friendly, perfecta para quienes sientan cierta culpa con el medio ambiente a causa de las emisiones de dióxido de carbono que emanamos al viajar. El promedio de personas que viajan en un coche es de 1.2 personas, en un coche donde caben cinco pasajeros. Compartir auto significa entonces que las mismas emisiones de CO2 de un coche se harán si viaja uno o si viajan cinco personas dentro. Así evitamos conducir otro auto y dañar más al medio ambiente. Existen otras páginas para compartir coche. Pero Blablacar es la de mayor expansión y mejor funcionamiento. Así que si viajan a Europa, Turquía, México o Brasil, no duden en visitar www.blablacar.com o bajen la app para su teléfono móvil.
  2. Hola a todos. En los próximos meses estoy planeando un viaje a Brasil. Es un país muy grande, pero tengo tres meses para recorrer sus tierras. Estaba pensando en hacer algunos programas de voluntariado, sobre todo enfocados a la enseñanza de idiomas. ¿Conocen plataformas online para hacer voluntariados? ¿Y cuáles creen que son las mejores? Gracias
  3. Salir de casa temprano nunca ha presentado un desafío para mí. Y despertarme por las mañanas tampoco. Todo depende de la costumbre. Pero en un día frío, salir de cama siempre se vuelve un martirio, uno al que no estoy muy habituado. Aquel 19 de diciembre Turín amaneció con una temperatura helada. Menos mal que los grados descendieron a casi cero hasta el día que yo abandonaba la ciudad. El frío era lo que menos buscaba en mis vacaciones de invierno en Italia. Ni hablar de meterse a la ducha y esperar a que saliese el agua caliente. Sólo me vestí, tomé mi mochila y salí del apartamento donde Luca, un italiano de Couchsurfing, me había hospedado por un par de noches. Me acompañó hasta la puerta del edificio y caminé hacia la avenida principal a tomar el tranvía, que me llevaría lo más cerca a la parada de mi autobús, que no podía darme el lujo de perder. Al salir del vagón, una nieve ligera comenzó a caer y golpear suavemente mi rostro, que cubrí rápidamente con mi bufanda y un gorro, que había cargado por si el frío hacía de las suyas. El punto de partida de mi Flixbus no era precisamente el mismo al que había arribado dos días antes. Ahora debía caminar por una larga avenida. Y junto a un parque, el omnibus aguardaba por mí y el resto de los pasajeros. Compré un café para calentar mi cuerpo y no tardé en entrar al coche y recostarme. Y mientras salíamos de la ciudad, la nevada se intensificaba hasta casi borrar toda silueta por las ventanas. Pero nuestro rumbo al este, lejos de los Alpes, mejoró el clima, y después de tres horas y media entrábamos a la estación Porta Nuova de Verona. Llegaba a una pequeña ciudad de la que, nuevamente, poco sabía, aunque su nombre resonaba en mi cabeza. Mi amiga Antonia me la había recomendado ampliamente. Así que una escala de un sólo día no me haría ningún daño. La suerte me había sonreído otra vez, y un couchsurfer había aceptado hospedarme aquel día. Pero él llegaría a casa por la noche. Así que el resto de la mañana y toda la tarde, estaría yo solo y la hermosa ciudad bajo mis pies. Y ya que nunca encontré la consigna de equipaje en la estación central, debía llevar mi mochila al hombro conmigo todo el día. No era lo más cómodo, pero no era algo nuevo a lo que me enfrentaría. Mi experiencia me había enseñado a cómo cargar menos de 10 kg en ella. Incluso en el frío invierno. La Navidad también había llegado a aquel rincón del norte italiano. Y frente a la antigua Porta Nuova, un pino navideño me dio la bienvenida. Guiándome por el GPS de mi móvil, caminé hacia la Via Guglielmo Marconi, donde los antiguos y pintorescos edificios comenzaron a alumbrar mi recorrido. En una de sus puertas encontré una bandera argentina. Y aunque sabía que estaba en Italia, no me resistí a comer una empanada de carne. ¡Vaya si extrañaba Argentina y sus empanadas salteñas! Después de todo, tenía el resto de mis vacaciones para seguir comiendo pizza, pastas y lo que Italia me pusiera enfrente. La ciudad, como dije, es pequeña, y pronto alcancé los arcos del Corso Porta Nuova, una calle que lleva hasta el centro histórico. Y tras aquellos arcos me abrí paso en la Pizza Brà, la plaza pública más famosa y grande de Verona. A ambos costados de la acera, los mercaderes ya habían colocado sus carpas para vender toda clase de productos y comida, especialmente las que hacían referencia al Natale (la Navidad). Las nubes se disiparon por completo aquel hermoso día y dejaron ante mis ojos una colorida y vívida Verona, excelente para el lente de mi cámara. La Piazza Brà es el testimonio más fiel de lo bien que se ha conservado la arquitectura veronesa, incluso después de las guerras que azotaron al país en el siglo XX. Y a sus orillas, los tornasoles edificios dan una muestra magnífica de las corrientes artísticas que se expandieron con el Renacimiento, de la que Italia fue cuna y propulsora. Desde el neoclásico hasta el barroco. Pero al Renacimiento no es lo único que la ciudad deja todavía de manifiesto. Tan sólo unos pasos más adelante, me topé con la portentosa Arena de Verona. El vetusto anfiteatro romano es una de las construcciones de su tipo mejor preservadas en Italia, y un símbolo memorable de la Era Antigua. El edificio de casi 2,000 años de antigüedad fue construido fuera de las murallas que delimitaban la ciudad en la época romana, y era tan famoso que muchas personas viajaban desde lejos para contemplar los espectáculos que se llevaban a cabo en su interior. A pesar de su longevidad, la Arena se sigue utilizando para algunas presentaciones de entretenimiento, gracias a su excelente acústica y a su capacidad para 22,000 espectadores. Así, durante el Festival de Verona en el verano, son comunes las óperas y conciertos, y han dado cabida a grupos tan célebres como Pink Floyd, Elton John y Muse. Cualquiera diría que al haber presenciado ya el Coliseo de Roma (una de las llamadas siete nuevas maravillas del mundo), todo anfiteatro de su mismo tipo no tiene comparación. Pero la Arena de Verona me dejó simplemente boquiabierto. A un costado del monumental teatro, las callejuelas más turísticas de Verona se abrían paso, con boutiques de moda, cafeterías, joyerías y tiendas de regalos. No tardé en alejarme lo más posible del gentío, perdiéndome en los callejones veroneses a donde ningún coche puede entrar. Algunas casas me recordaban, por alguna razón, a la costa mediterránea, que había pisado un mes atrás en Marsella. Con aquellas fachadas matizadas cual verano, el frío se escapaba de mi cuerpo con tan sólo voltear hacia arriba, a donde las torres de sus iglesias y antiguos puestos medievales de vigilancia se asomaban bajo el cielo azul. No me cabía ninguna duda de por qué Verona era conocida como la ciudad del amor y el romance, a donde muchas parejas viajan a casarse o pasar su luna de miel. Pero este último dato tiene su explicación. Una tan sencilla que tres palabras lo dejan todo en claro: Romeo y Julieta. Aun quien no haya nunca leído la tragedia de Shakespeare, conoce un poco de la historia que se esconde detrás. Dos jóvenes enamorados cuyas familias no apoyan el amor que se tienen el uno por el otro, y aun así deciden casarse de forma clandestina. La presión de sus parientes y la serie de desfortunios que viven, los hace encontrar en el suicidio la única forma de felicidad, lo que supone al final de la obra la reconciliación de las dos familias. Las obras más aclamadas del dramaturgo inglés están casi siempre basadas en hechos y personajes de la vida real, al igual que sus escenarios. Así, Macbeth se sucede en Escocia con uno de sus reyes; Hamlet en un castillo de Dinamarca; Romeo y Julieta toma lugar en Verona. Existen muchas teorías que contradicen que las familias protagonistas (los Montesco y los Capuleto) hayan sido originarias de Verona en la vida real. Aunque sí se tiene certeza de que los Cappelletti vivieron en Verona en el siglo XII. Y la casa que presume todavía el escudo de armas de la familia en su entrada, es hoy llamada “la casa de Julieta”, y es por supuesto, uno de los principales atractivos de la ciudad, ubicada en la Vía Capello 23. Shakespeare nunca visitó Verona, y su obra original es una mezcla de leyenda con realidad. Por lo que no se sabe con exactitud que en aquella casona haya realmente vivido una tal Julieta. Pero sin duda, los enamorados prefieren pensar que así fue. En el pasillo que recibe al patio principal, ambas paredes se colman de miles de mensajes de amor que los turistas han dejado con el paso de los años, desde 1905 cuando la casa fue convertida en museo. La cantidad de cartas de amor es tal, que el ayuntamiento de la ciudad debe retirarlas por lo menos dos veces al año, al igual que los candados que los novios colocan en una de sus puertas, y que pueden comprarse fácilmente en cualquier tienda de souvenirs. En la representación teatral, Romeo y Julieta se declaran su amor en un balcón de la casa. Y ese balcón fue estratégicamente añadido al edificio en los años 30, para hacerlo más ad hoc al libreto de la famosa puesta en escena. En el patio, una estatua de Julieta es la forma en la que muchos hombres y mujeres creen poder enamorarse. La tradición cuenta que quien toque el seno derecho a Julieta encontrará por fin el amor verdadero. Realidad o mito, no cabe duda que Shakespeare y su célebre drama hicieron a Verona famosa en todo el mundo desde el lejano siglo XVI. Y hayan o no vivido Romeo y Julieta en ella, no puedo negar que cada calle de la ciudad hace a cualquiera enamorarse. Muy cerca de la casa de Julieta llegué a la Piazza delle Erbe, la más antigua de Verona, donde años atrás se hallaba su foro romano. La plaza está flanqueada por varios edificios y monumentos medievales, como la torre del Gardello, que vigilaba el antiguo centro político de la ciudad. En su centro, el mercado de Natale tentaba a cualquiera a comprar chocolate caliente, dulces, adornos y gorros de Santa Claus. Yo me resistí a todo, y me conformé con la belleza del lugar. El mayor símbolo de la plaza es la torre de Lamberti, de unos 84 metros de altura, desde donde se custodiaba la ciudad en la Edad Media. Para separarme un poco de los turistas, caminé hacia la rivera del río Adigio, que parte a la ciudad en dos y que acordona al casco histórico. Desde su orilla contemplé las pequeñas colinas que rodean al centro de Verona, sobre una de las cuales se alza el Castillo de San Pedro, del que poco pude ver, ya que se encontraba en restauración. De cualquier forma, no quise perderme la oportunidad de subir hasta la cima, así que crucé el Ponte Nuovo hacia el otro lado del río. El campanario de la iglesia de Santa Anastasia fue lo que más acaparaba la atención desde aquel ángulo. Pero una vez al otro extremo, el longevo Ponte Pietro apareció sobre la furiosa corriente del Adigio, sobre el que emergía la torre de la catedral de Verona. Casi al lado del Puente de Pedro, unas escaleras subían por la ladera de la colina, entre las coloridas casas y sus floreados ventanales. Pero Google Maps no marcaba precisamente a dónde llegaban las escalinatas. Di un par de pasos arriba, pero no podía ver mucho más allá de las casas. Ante la incógnita, decidí tomar el camino seguro, y subí por la Vía Castello San Felice, que bordeaba la colina por su parte trasera. Mi tedioso andar por un camino zigzagueante parecía no llevarme a ningún lugar. No al menos a uno agraciado que quisiera fotografiar. Pero el espectro de un camping de recreo sobre una verde plancha de césped, me condujo a los pies del castillo. Y aunque éste último cerraba entonces sus puertas al público para dar paso a su restauración (en plena época navideña) las vistas que su balcón me regaló merecieron muchísimo la pena. El casco viejo de Verona circundado por el río Adigio fue el panorama ideal para descansar, y para comer un racimo de uvas verdes bajo los pinares. Me preguntaba si aquel castillo habría sido suficiente para avizorar por la pimpolla ciudad hace algunos siglos, cuando el Imperio Romano Germánico y el Austrohúngaro intentaron en repetidas ocasiones invadir el norte de Italia. Pero por suerte, lo mejor de ella parecía haber quedado intacto. Sus tejados anaranjados y sus torres medievales me dejaron en claro por qué Shakespeare la eligió como escenario principal para una historia de amor, aunque por desventura nunca tuvo el placer de verla con sus propios ojos. Ante mí, una decena de parejas había subido hasta el castillo a pie. Habían tomado las escaleras que no tuve la osadía de explorar. Tras toda una tarde con mi mochila a los hombros, bajarlas fue la mejor elección, y crucé de vuelta a la ciudad por el Ponte Pietra antes del atardecer. Busqué un local de comida rápida para saciar mi hambre y descansar mi espalda. Y cuando hube terminado, la noche había caído, el frío se había intensificado y las luces habían alumbrado a una Verona que recibía la Navidad. Volví camino al centro para pasar mis últimos minutos en el mercado navideño, donde una pareja de recién casados bailaba su vals por las calles de aquella romántica ciudad. El coro hacía sonar sus villancicos, alentando a los novios a besarse en señal de amor. Si una época del año puede poner sentimental a muchos, es sin duda la temporada navideña. Las luces, los adornos, el sonar de los cascabeles. Un cuarto menguante en el cielo, el calor de los calefactores callejeros. Las canciones del coro italiano y un grito de ¡Buon Natale! Parado solo aquella noche allí, en una ciudad donde nadie me conocía, a unos cuantos días de la Navidad, no tardó en sacarme una lágrima del ojo. Pero pronto supe que era una lágrima de alegría. No todos los días podía disfrutar de aquel tipo de momentos, que aunque en plena soledad, me hacían saber lo afortunado que soy. Y unos minutos después me encontraba en el apartamento de Franco, comiendo una pizza de pepperoni y tomando una copa de vino. La mejor manera de curar la melancolía. Tras una ducha caliente caí muerto en la cama. Navidad se acercaba y debía seguir mi camino, que al otro día me llevaría a la costa del Mar Adriático.
  4. Del álbum Verona

  5. Del álbum Verona

  6. Del álbum Verona

  7. Del álbum Verona