AlexMexico

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Sobre AlexMexico

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    Usuario Cicerón
  • Cumpleaños 06/12/91

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  • Tipo de Viajero
    Viajero Independiente
  • Vivo en
    Veracruz, México
  • Intereses
    Periodismo, escritura, viajes, gastronomía, senderismo, naturaleza
  • Mis Viajes
    México, Guatemala, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, España, Francia, Marruecos, Italia, Bélgica, Suiza, Austria, Alemania, Polonia, Porto, Ámsterdam, Praga, Budapest
  • Mi Próximo Viaje
    Escandinavia, Islandia y Gran Bretaña

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  1. Yo me hospedé en un hotel en Saint-Denis y te lo digo: NO LO HAGAS. El hotel estaba muy bien, pero la zona bastante fea y peligrosa. Además había que tomar el metro casi una hora diario para llegar hasta el centro de la ciudad. Lo hice porque fue mi opción más barata, ya que era Navidad. Pero de verdad, mejor busca un Airbnb dentro de los límites de París.
  2. Para mí los mejores pueblos de Argentina se encuentran en el norte, en la provincia de Jujuy y Salta. Sobre todo los que recorren la Quebrada de Humahuaca, como Purmamarca y Tilcara.
  3. Personalmente prefiero Marrakech que Fez. Fez se me hizo algo sucia, descuidada y tuve la impresión de que era más peligrosa. No sé si me tocó una mala situación. En fin, como ciudad imperial prefiero Marrakech
  4. El regateo parece ser algo común en América Latina y Asia. Ojalá así fuera en Europa jaja. Hermosa Bali!
  5. Muchas de las campañas a favor de los derechos de los animales promueven el desapego a los alimentos de dicho origen. Aunque más precisamente atacan a la industria moderna de producción masiva. Pero ninguna de estas corrientes podrá terminar con el consumo de los alimentos que, por milenios, han sido parte de la dieta y la cultura mundial. Existe evidencia de que, desde los tiempos del Antiguo Egipto, el queso ha jugado un papel importante en la alimentación del ser humano occidental. O al menos hasta la era del colonialismo europeo. Con la domesticación de la oveja y la vaca era imposible no experimentar con los estados naturales de la leche, cuya fermentación y acidez no resultó ser tan desagradable para muchos paladares humanos. Los procesos de elaboración del queso llegaron a Europa sin ningún obstáculo desde el Medio Oriente, convirtiéndose en una comida diaria para los romanos. Los griegos creían que era un regalo de los dioses olímpicos. Mientras en el Mediterráneo proliferó la elaboración de quesos ovinos, el criado de vacas en las zonas montañosas y verdes llanos de Europa dieron nacimiento a quesos con menos necesidad de procesos de conservación, gracias a su templado clima. La Galia, antigua provincia romana que hoy todos conocemos como el moderno Estado de Francia, no se quedó atrás en la carrera por elaborar los mejores quesos. Y hoy ostenta el número uno como el país que más exporta queso en todo el planeta. Aunque solo 56 de ellos poseen la denominación de origen (AOC en francés), muchos afirman que Francia cuenta con una gama de más de 400 tipos de quesos distintos, más de uno diferente para cada día del año. Se ha esparcido el rumor de que los quesos franceses son apestosos y amargos. Y que incluso en algunos (como en el queso azul) se pueden encontrar larvas o gusanos. Todo es un mito combinado con realidad. Pero es verdad que cualquiera que viva en Francia un par de meses (como yo) puede muy fácilmente perder el miedo a aquellas bolas de queso envueltas en moho, y devenir en un adicto a probar queso tras queso, en una interminable odisea por descubrir nuestro sabor preferido. Por ello otorgo aquí una lista de los quesos que todo ser humano debe probar (sí, incluso los veganos) si visita alguna vez Francia, así como una menuda guía de la cultura del fromage francés. Queso comté. Es un queso excelente para los principiantes. Lo probé apenas dos días después de haber llegado a Francia (el primero en mi checklist). Un queso del que nunca antes había oído hablar, pero que se convirtió rápidamente en el favorito de mi lista. Se trata de un queso ligero, muy similar al gruyère suizo. De color amarillo crema, que puede tornarse oscuro. Un queso de vaca bastante macizo. Nada de suero, nada que escurra. Es seco, conciso y perfecto para transportar en viajes o largas jornadas, ya que puede conservarse varios días sin refrigeración. El queso comté posee AOC desde 1952 de la región del Franco-Condado, al este del país. Y por su denominación se elaborará siempre en bolas gigantes de hasta 40 kilos. Por supuesto, podemos comprar mucho menos que eso, siendo su presentación a la venta en rebanadas normalmente delgadas. Al ser un queso duro, la corteza resulta imposible de comer. Al menos para mí, así que opto por cortarlas. El extremo cuidado de las hierbas y henos con que se alimenta al ganado dota al comté de un sabor suave y a veces frutal, que lo vuelve uno de los más fáciles de procesar por los extranjeros (muchas veces poco acostumbrados a los olores y sabores fuertes, como yo). Los de menor calidad suelen ser usados para fundirse o acompañar con ensalada. Yo en lo particular siempre lo comí solo y acompañado de un buen vino tinto. Queso emmental. Si bien es un queso suizo, existen dos variantes con AOC francesa: el queso emmental de Savoie y el emmental del est-central. Si se han preguntado de dónde se inspira la típica imagen de un queso triangular y amarillo con hoyuelos en su interior, bien, nada menos que en el emmental. Los ojos redondos en su cuerpo se deben a su proceso de fermentación, que al utilizar otro tipo de bacterias puras forman burbujas de dióxido de carbono que quedan atrapadas y se convierten en hoyuelos al cuajar el queso. Al emmental yo lo llamé “elemental”, ya que es un queso básico para los franceses. Se puede encontrar en varias presentaciones: rayado, en lonchas, en rebanadas… Es el queso que se utiliza para gratinar y para hacer sandwiches. Es el tipo de queso que usamos cuando no sabemos cuál usar. No quiere decir que sea el más malo, o el de menor calidad. Una rebanada de emmental también es buena con una copa de vino. Y su sabor suave de leche de vaca lo hace sin duda un queso fácil de probar. Queso brie. Es hora de hablar de los quesos cremosos. Y sí, un poco más apestosos. El brie es un tipo de queso elaborado con leche de vaca no pasteurizada, proveniente de la región homónima de Francia. Los quesos no pasteurizados pueden ser agresivos con algunos estómagos no acostumbrados a la lactosa. Por eso es bueno probar poco a poco. Los quesos brie se caracterizan por su corteza blanquecina, formada por un moho y algunas otras bacterias (lo que comúnmente desagrada a muchos extranjeros). Pero esta piel es totalmente comestible. La pasta dentro es suave y cremosa. Es posible tomarla con un cuchillo y untarla sobre una pieza de pan, lo que lo hace ideal para acompañar con vino después de una comida. Su presentación a la venta puede ser en una rueda completa o en cuñas. Aunque es más conciso y resistente que el queso fresco, será necesario refrigerarlo. Pero un buen amigo francés me dijo que es bueno sacar el queso del frigo una media hora antes de comerlo. A pesar de su suavidad, el queso brie madura con el tiempo, y es muy común que desprenda un olor parecido al amoníaco. Así que cuando un francés abra su refrigerador y apeste toda la casa, tranquilos, no hay nada caducado. Es solo queso. Queso camembert. Otro en la lista de los quesos cremosos. Uno que nunca faltaba en mi refrigerador, El camembert es parecido al brie, aunque este lo encontraremos solo en ruedas. Y de hecho, es obligatorio que se venda en una caja redonda de madera. Aunque su AOC lo hace exclusivo de la región de Normandía, existen quesos camembert elaborados en varias partes del mundo. La diferencia es que los normandos siempre lo harán a base de leche entera, mientras el resto pueden estar pasteurizados. Un camembert de Normandía siempre dirá en la etiqueta “Camembert de Normandie”. Uno u el otro, es un queso obligatorio al visitar Francia. Aunque no recomendaría probarlo al inicio, sino cuando estemos más acostumbrados a sabores profundos. El camembert es suave, a pesar de todo. Pero adquiere un sabor amargo con el tiempo, y ni hablar del olor que puede desprender cuando madura. Un tip para los novatos es probarlo con un chorro de miel encima, acompañado como siempre de una copa de vino. Eso aliviará un poco el olor, de ser muy fuerte. Su corteza de moho también es comestible. Y he aquí otra recomendación. El queso camembert siempre se corta en forma de rebanadas. Como las del pastel. Si cortan un pedazo aleatorio y asimétrico dentro de la rueda, un francés podría estrangularlos. Pregúntenmelo a mí. Queso chèvre (de cabra). Es un término muy amplio. Existen muchos tipos de queso de cabra en todo el mundo. Pero una visita a Francia debe forzosamente incluir una tarde de vinos con una tabla de queso chèvre. Para mí, fue uno de los más fáciles de digerir. Es suave y cremoso. Blanco y fresco, con cero olores pestilentes ni hongos o cosas desagradables dentro. El queso de cabra puede recordar un poco a la dieta mediterránea. Algunos de ellos son más bajos en grasas y no son tan curados como el resto de los fromages. Si debo mencionar dos que específicamente deba recomendar, iría por el Chabichou (de la región Poitou) y Crottin de Chavignol, ambos con AOC francesa. Queso azul. Este es el último en la lista. Un queso fuerte, salado, a veces picoso, maloliente. Y al observar una pieza en un mercado de granjeros entenderán por qué. Los quesos azules incluyen una larga lista, muchos de ellos con AOC francesa. Mis favoritos el Bleu d’Avergne y el famoso Roquefort. Lo que categoriza de la misma manera a todos estos quesos es que al final de su proceso se les añade un hongo, lo que los dota de puntos de colores azulados o verdosos. Bastante desagradable a la vista y al olfato. Pero su sabor es incomparable. Como dije, no es quizá el primer queso que debamos probar. Pero después de algunos días y algunas degustaciones sabremos apreciar el valor de un queso prácticamente en descomposición. Untarlo en un pan es una buena forma de empezar. Y si el queso azul resulta ser demasiado para nuestro paladar, un poco de miel siempre puede ayudar. Queso Cancoillotte. Este es un elemento extra que quisiera añadir a mi lista. No es el queso más consumido ni más famoso de Francia, pero le tomé un especial cariño. Se trata de un queso proveniente del este de Francia, de la frontera con Alemania. Es un queso muy diferente al resto de los que he presentado en este artículo. Y es porque parece más una salsa que un queso. Se vende en un bote de unos 200 mg y viene prefundido. Así, lo ideal es tomarlo con una cuchara para luego untarlo en pan. Se trata de un queso bajo en grasas al que se le puede añadir hierbas aromáticas o ajo. Quizá por eso se ganó un lugar en mi corazón. No es un queso obligatorio. De hecho, no suele encontrarse en muchas partes del país. Pero si se presenta la oportunidad, yo diría que el Cancoillotte merece mucho la pena. ¿Cómo comer queso en Francia? Ahora que conocemos cuáles son los principales quesos que debemos probar, hay que entender un poco cómo funciona la cultura del queso en Francia. En muchos lugares del mundo, el queso es solo otro ingrediente que podemos añadir a nuestros platillos, como el mozzarella sobre una pizza, el queso oaxaca en una quesadilla mexicana o simplemente un puñado de queso rallado para gratinar. Pero los franceses han creado sus propios protocolos. Y eso llega a tal punto que el queso es un tiempo especial en las comidas. Un almuerzo común posee tres tiempos: la entrada, el plato fuerte y el postre. En uno más especial podemos agregar algún otro tiempo, como la crema o el aperitivo. Bien, los franceses han agregado el queso. Así, el orden específico de un almuerzo o cena típica francesa suele ser el siguiente: aperitivo, entrada, plato fuerte, queso y postre. No importa si el plato fuerte lleva queso. No importa si el postre lleva queso. Siempre podremos degustar de un queso por sí solo entre el plato fuerte y el postre. ¿Cómo hacerlo? Al recoger la vajilla finalizado el plato principal, podemos colocar en el centro de la mesa todos los quesos que tengamos en el refrigerador (o solo uno de ellos). No deben faltar las lonchas de baguette y un cuchillo con el que podremos cortar y untar el queso sobre el pan. Y una copa de vino rojo o blanco (según el gusto) será el toque final para hacerlo a la francesa. En muchos restaurantes nos ofrecerán el postre directamente después del plato fuerte, saltándose el queso. Pero siempre podremos preguntar si tienen alguna opción. Sin embargo, una vinoteca puede ser el sitio ideal para degustarlos. Bastará con pedir un vino y una tabla de quesos, donde combinarán tres o cuatro variedades francesas que harán la combinación perfecta.
  6. Un paseo por el Bósforo no puede faltar en una visita a Turquía. Estambul es uno de mis destinos realmente deseados.
  7. Cuando estuve en Atacama no me tocó ver este fenómeno de las flores. Pero sí que estuve en el Valle de la Luna y otros paisajes y son simplemente increíbles. De otro planeta. Y bueno, la aridez es increíble. Se me partió la boca como nunca.
  8. Si vas a estar 6 días en Roma yo te recomendaría visitar al menos un día la ciudad de Florencia, que no tienes tan lejos de ahí. Roma es hermosa y tiene muchas cosas, pero en 4 o 5 días puedes verla bien.
  9. Los alrededores de París pueden no ser lo mejor, como Cretéil o Sain-Denis. Pero efectivamente con los trenes en Francia todo puede quedarte "cerca". Yo te recomendaría subir a Lille alguna vez. Te harás quizá solo una hora de viaje.
  10. Sin duda las playas de España son las más cálidas y prácticas para el verano. Aunque sí son muy turísticas, y probablemente te toparás con mucha concurrencia, como en Alicante, Barcelona o Benidorm.
  11. Una ciudad a veces un poco olvidada en el sur es Adelaida. Puede ser igual de atractiva que Melbourne o Sidney, solo que es menos famosa. Tómala en cuenta para tu ruta
  12. Yo usaba antes las páginas que buscan vuelos aleatorios según la fecha en la que puedas viajar, como Drungli. Aunque sinceramente ya no funciona como antes. Así que lo mejor sigue siendo Skyscanner y los buscadores de vuelos.
  13. Sé que hay muchas actividades en la naturaleza que rodea la ciudad. Hay teleféricos que suben al pan de azúcar, parapente desde el Corcovado, caminatas por el bosque... Eso sí. ten cuidado con las favelas. La gente cree que son una atracción turística, pero algunas son bastantes peligrosas.
  14. La elección de un destino siempre es difícil para un viajero. Y aunque pocas veces podemos realmente arrepentirnos, puede llegar un momento en el que nos digamos: “debí haber elegido este otro”. Y es un pensamiento inevitable. Pero cuando la elección ha sido claramente la correcta, el regocijo resultante es inminente. Escoger solo tres de las 26 regiones académicas en la Francia continental para pasar siete meses de mi vida como profesor de español no fue, sin duda, una decisión fácil. Pero ciertamente fue una de aquellas que llamaría “la correcta”. A la sombra de París, la metrópoli francesa por excelencia, se encuentra una portentosa ciudad, comúnmente puesta en segundo plano. Una ciudad que ha sido desplazada por buena parte del turismo internacional que visita a Europa, solo por ser más pequeña que su hermana del norte. Su vetusta historia, su bien conservado patrimonio, su excelente ubicación y deliciosa gastronomía hicieron de Lyon la mejor de mis elecciones para vivir en Francia. Si bien ni siquiera siete meses en “la capital de la seda” fueron suficientes para conocer todos sus rincones, un par de buenos amigos y un libro titulado Lyon: secret et insolite hicieron que aquello que es imprescindible no escapara de mis ojos. Y lo siguiente es el mejor intento de una lista de atractivos y barrios imperdibles en la que, personalmente, fue la mejor ciudad en la que pude haber vivido en Francia. Roma y los galos. Lyon no siempre fue Lyon. Y Francia no siempre fue Francia. Pero algo es claro en su rivalidad con París: Lyon es más antigua. Y a su fundación en el 43 antes de Cristo fue llamada Lugdunum, por sus padrinos los romanos. Lyon es a veces apodada la antigua capital francesa. Aunque de eso muy poco es verdad, ya que cuando Lyon pudo ser capital de algo, Francia ni siquiera existía. Pero sí lo hacía Galia, la enorme provincia romana de la que Lyon fue centro político y cultural. Es por ello que, aunque no muchos se lo esperan, en Lyon podemos encontrar dos bellos y conservados anfiteatros romanos. La ciudad está estratégicamente ubicada en la confluencia de dos importantes afluentes fluviales: el río Ródano y el río Saona, fácilmente navegables para toda sociedad que allí se estableció. Y otros dos cuerpos naturales dominan la metrópoli: la colina de Fourvière al oeste y la colina de la Croix Rousse al norte, de las que hablaré más adelante. Y cada una de estas dos colinas resguarda como tesoro los vestigios arquitectónicos más antiguos que Lyon puede poseer, de una de las civilizaciones que más marcó el mundo occidental. Aunque uno de ellos, el ubicado en la Croix Rousse, fue testigo de una cruel matanza de cristianos, en un intento de los romanos por conservar el paganismo de su religión. Capital de las tres Galias, Lyon no solo pudo mostrarme parte de lo que hoy es Francia, sino parte de lo que hace siglos fue Roma. El Vieux Lyon. Es claro que durante siglos de existencia Lyon haya tenido que cambiar sus fachadas y extender sus complejos habitacionales para dar cabida a la creciente población que llegaba a ella, atraída por la bonanza económica de la que gozó por mucho tiempo. Y aunque los anfiteatros son los remanentes más longevos, el Vieux Lyon es la zona más antigua donde todavía vive gente (incluido mi amigo Jonathan, quien me invitó a emborracharme en el interior de este antiguo e histórico complejo). La primera vez que di un paseo por el Viejo Lyon, que resulta ser la zona más turística de la ciudad, simplemente no me sentí en Francia. Y no resulta extraño. De hecho la mayoría de este barrio medieval-renacentista fue construido bajo los estándares italianos, debido a la oleada de florentinos que llegaron con el matrimonio de Catalina de Médecis con el hijo del rey francés. Es por ello que esas grandes edificaciones poseen un patio interior al puro estilo itálico. Y los callejones que abren paso entre el interior de las manzanas son uno de los símbolos más apreciados de Lyon. Los llamados traboules. Un paseo por Lyon no puede estar completo sin caminar por el oscuro interior de un traboule. Y no se trata solo de la funcionalidad de acortar las distancias por esta estrecha parte peatonal de la ciudad. Es un legado que hoy forma parte innata de la identidad lionesa. Es en uno de esos coloridos edificios italianos que se aloja el Museo Gadagne, que cuenta la historia de la ciudad con piezas y mapas originales, entre las que se encuentran una cama hecha exclusivamente para Napoleón Bonaparte y el cartel de la Exposición Internacional de 1914. Pero si hay un museo que debió llamar mi atención desde que caminé por primera vez por el barrio es el Museo del cine y miniatura. Aunque Lyon no es reconocida internacionalmente como una capital del cine, es el lugar que prácticamente vio nacer al séptimo arte. Los hermanos Lumière, inventores del cinematógrafo, hicieron allí la primera película de la historia: la famosa cinta Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir, donde hoy se encuentra en su honor el Instituto Lumière. La cinta no mostraba nada más que, literalmente, la salida de los trabajadores de una fábrica. Y ese nuevo invento que ellos mismos dijeron que no poseía futuro alguno, se convirtió en una de las industrias de entretenimiento más grandes del planeta. Y aunque Lyon no cuenta con estudios cinematográficos ni ha sido sede de muchos rodajes, se ha encargado de mostrar a la gente la magia de aquello que Auguste y Louis Jean Lumière crearon en el siglo XIX. El Museo de cine y miniatura ha recopilado piezas originales de algunos de los filmes más famosos de la historia. Desde la escalofriante escenografía francesa de El Perfume (con réplicas tamaño natural de Jean-Baptiste Grenouille) hasta las máscaras de El planeta de los Simios. Mis alumnos de intercambio provenientes de Mallorca pudieron no haber apreciado como yo las páginas del storyboard original de Troya o la cabeza del triceratops de Jurassic Park. Pero la utilería y miniaturas allí presentes me hicieron sentirme mucho más niño que ellos. El barrio central del Vieux Lyon alberga también a la catedral de Saint-Jean, una de las dos iglesias más icónicas de la urbe. Su fachada delantera y posterior recuerdan mucho a la catedral de Notre Dame de París, obteniendo casi el mismo valor emblemático para los locales y turistas que su gemela parisina. Pero si una iglesia debía imperar la ciudad, Saint-Jean pudo hacerlo solo hasta la llegada de su nueva rival en el siglo XIX. Altos de Fourvière. Lyon fue fundada en el lado oeste del río Saona. Pero no tan al norte en el actual distrito 9 (a donde me dirigía diario para trabajar en el colegio público Jean Perrin). Sino en lo alto de una de las dos colinas que mencioné con anterioridad. La célebre colina de Fourvière, a la que hoy puede accederse fácilmente a través de un funicular. Fourvière vio nacer a Lyon en manos de los romanos y fue testigo del crecimiento de la metrópoli a sus pies, con los imponentes Alpes en su difuminado horizonte (donde con suerte puede verse el Mont Blanc en un día bastante despejado). Y fue justamente al lado de este increíble mirador que los lioneses decidieron erigir un templo en agradecimiento a la Virgen María por salvarlos de la peste en el siglo XVII. Esa modesta capilla fue remodelada a partir de 1870 para darle forma a la actual Basílica de Notre Dame de Fourvière. Su imponente y alternativa arquitectura inspirada en el arte románico y bizantino, pero sobre todo su perfecta ubicación a 120 metros de alto, la ha hecho el símbolo religioso de Lyon. Al otro lado del mirador, una torre de metal apodada “la Torre Eiffel” también domina la ciudad. Se trata de una torre de telecomunicaciones que fue mandada a hacer por un restaurantero durante la Exposición Universal de Lyon en 1914 para atraer turistas a su restaurante. Este par se ha convertido en la corona lionesa, pudiendo ser vistos desde casi cualquier punto de la ciudad. Sea cuando salía a comprar pan, paseaba en bicicleta, corría a orillas del Ródano o, incluso, desde mi salón de clase, la basílica y la torre de Fourvière me harían no olvidarme nunca de que me encontraba en Lyon. La presqu’île y Terreaux. Cuando Lyon se vio atrapada entre la colina de Fourvière y el río Saona no le quedó otro remedio que extenderse hacia la península contigua que hoy da lugar al centro de la ciudad. Terreaux, Hôtel de Ville, 1er arrondissement son algunos de los nombres con los que los lioneses llamarían a esta zona de la ciudad, ubicada justo en medio de los dos afluentes que la atraviesan. Este estrecho trozo de tierra, llamado en francés presqu’île (literalmente “casi isla”), es la península más cotizada donde la mayoría de los locales quisieran vivir. A pesar de mis esfuerzos, encontrar un apartamento en esta zona fue imposible para un joven extranjero sin experiencia laboral y con un salario bajo en relación al resto. Pero mis últimos 15 días en Lyon los pasé refugiado en el estudio de mi amigo Loïc, justo en el corazón de este bullicioso y haussmanniano vecindario. La Plaza de Terreaux es el núcleo de la presqu’île, flanqueada por bares y cafeterías que dan a toda la península más vida que en cualquier lugar de Lyon. Al sur de la explanada se encuentra el Palacio de Bellas Artes, que alberga al Museo de Bellas Artes de la ciudad. Sí, es verdad que Lyon no destaca tanto en las artes como lo hace París, con sus mundialmente famosos museos. Pero fue una buena manera de pasar mis domingos lluviosos, cuando todo lo demás está cerrado en la ciudad. Al este se alza el Hôtel de Ville. Es importante saber que en francés la palabra hôtel no siempre querrá decir lo que en español. Así, la traducción de Hôtel de Ville no es “hotel de la ciudad”, sino más bien “ayuntamiento”. Y justo detrás del ayuntamiento se halla un edificio que todo buen lionés ocupa como punto frecuente de reunión, incluyéndome a mí. La Ópera de Lyon se resguarda bajo esa majestuosa construcción coronada por ocho musas griegas (sí, normalmente son nueve, pero ocho es un hermoso número par que conserva la simetría arquitectónica). Hasta este punto haría pensar a cualquiera que Lyon es una ciudad burguesa y chic, como la gente suele pensar que es París. Una ciudad donde la gente acude a la ópera vestida de gala y visita un museo cada domingo. Pero no es así. De hecho, en la Ópera de Lyon algunos jóvenes han encontrado un lugar propicio donde contraponer sus expresiones artísticas ante la música clásica occidental. A diario es posible encontrar en el pasillo exterior de la ópera a grupos de bailarines de música urbana practicando sus coreografías. Los más avanzados enseñan a los novatos los pasos básicos del hip-hop y break dance, mientras cúmulos de gente los observan con detención. Era una manera sumamente entretenida de esperar a mis impuntuales amigos antes de salir a buscar un café. Y al norte de la ópera, la explanada de asfalto sirve a los skaters para practicar sus movimientos, dando un peculiar espectáculo a los que toman su cerveza en las terrazas contiguas. La Croix-Rousse y los canuts. Ha quedado claro que Lyon es más que una ciudad burguesa y refinada. Es una mezcla de contrastes para todos los gustos y edades. De hecho, Lyon no siempre gozó de una aristocracia de edicios haussmanianos (típica postal parisina de la belle époque). Lyon salió adelante gracias al trabajo. Y no hay trabajo que le haya sido mejor reconocido que haber dominado el tejido de la seda. Lyon fue uno de los últimos destinos de la ruta de la seda en Europa, que transportaba la codiciada fibra natural desde el Lejano Oriente. El siglo XIX fue la época dorada de la seda, cuando muchos artefactos fueron desarrollados y cuando aumentó el número de trabajadores dedicados a la industria. Máquina de tejido de seda. La mayoría de esos obreros, llamados canuts, poseían un taller (atelier en francés) en el barrio al que ellos mismos dieron vida. La famosa Croix-Rousse. Se trata de la segunda colina que domina la ciudad. Igual de famosa que su hermana Fourvière, la Croix-Rousse ha estado a la vez separada y unida a Lyon desde su existencia como comuna. La Croix-Rousse vista desde el río Saona. Mientras Lyon se ha desarrollado como una gran metrópoli, la Croix-Rousee ha conservado ese ambiente de pueblo, que hace sentir a sus habitantes en una especie de isla en medio de la gran ciudad. Muchos de ellos nunca “bajan”, haciendo la totalidad de su vida en lo alto de la meseta. El siglo XIX significo muchas cosas para este vecindario y para el mundo entero. Fue el siglo en el que se unió oficialmente con Lyon, derribando la muralla que las separaban y creando un lazo inminente a través de un funicular, el primero en el mundo. Pero fue también cuando nació la primera protesta laboral del planeta, en manos de los canuts. Los trabajadores de la seda estaban sometidos a condiciones muy duras, por lo que alzaron la voz ante las autoridades, siendo violentamente reprimidos. Los canuts dejaron su legado en la Croix-Rousse. No solo en el tipo de viviendas altas con traboules y con amplias ventanas (la luz ayudaba a trabajar la seda), sino con la atmósfera bohemia que heredaron al día de hoy. Antiguo edifico de canuts. La colina se divide en dos barrios: el plateau y les pentes. El plateau es la meseta, zona residencial con la más alta densidad de población. Y les pentes son las pendientes que suben desde el centro de Lyon, cuyas estrechas calles albergan hoy el barrio artístico y bohemio de la ciudad. Les pentes de la Croix-Rousse. Subir por las cansadas pendientes de la Croix-Rousse era algo indispensable cada vez que un día bello y despejado ameritaba sentarse ante una linda panorámica. La llanura este hacia los Alpes desde lo alto en medio de un ambiente bohemio es una de las mejores cosas que pueden hacerse en Lyon. Quais du Rhône. Si preguntamos a un lionés cuál de los dos ríos que atraviesan la ciudad prefiere, sería quizá una pregunta muy difícil. El río Saona flanquea al Viejo Lyon y pasa junto a la colina y la Basílica de Fourvière, siendo el preferido de los turistas si de un paseo en bote se trata. Pero el Ródano tiene lo suyo. El Ródano puede ser un río más bien destinado a los locales. En su extenso malecón (quai du Rhône en francés) puede encontrarse cientos de personas a todas horas del día. Desde los que, como yo, corrían en las templadas mañanas (excepto cuando el invierno lo volvió imposible) hasta los indigentes que se refugiaban bajo los puentes. El malecón del Ródano tiene vida. En sus simétricas alamedas que colorean la ciudad de acuerdo a su estación. En la increíble vista de la presqu’île y Fourvière desde cualquiera de sus puntos. La Croix-Rousse vista desde el quai du Rhône. En la línea de botes aparcados a sus orillas donde se puede beber una cerveza en la terraza. En la piscina municipal al aire libre que, incluso en invierno, siempre está llena. Pero sobre todo tiene vida los jueves por la noche, cuando todos los estudiantes acuden a su escalinata a admirar a los skaters hacer sus piruetas y a beber vino y cerveza hasta que llega la hora de buscar un club. El quai du Rhône me dio las mejores y más inolvidables noches en Lyon. Seis botellas de vino para tres personas, ver el trasero desnudo de estudiantes que cantaban al unísono “muéstranos tus nalgas”, música hip-hop francesa que escuchaban los racailles… Bien, creo que la elección no me es difícil. Mi río preferido es el Ródano. Y seguro el de muchos otros también. Confluences. Pero la lucha entre ambos ríos termina justo donde llega a su fin la ciudad de Lyon. Confluences es, literalmente, la confluencia del Ródano y el Saona. Los ríos se vuelven uno solo y eso da fin a la presqu’île y a la ciudad entera. Es en realidad un barrio un tanto lujoso, donde se halla un famoso centro comercial y un conjunto de edificios habitacionales ultramodernos. Entre ambos, un pequeño embarcadero sirve como aparcamiento del vaporeto, un bote de servicios turísticos que ofrece paseos por el río Saona. Pero el emblema del vecindario es el Museo de Confluences, ubicado en la punta extrema sur de la península. Es otra edificación ultramoderna que alberga exposiciones permanentes y temporales que vale la pena visitar. Una sala con réplicas de tamaño real de las especies animales del mundo, una exposición contemporánea sobre expediciones a la Antártica, hasta una muestra de la historia de los zapatos. Pero la mejor parte es la vista que se tiene desde su terraza, que nos deja admirar el fin de Lyon. Es posible caminar por ese pequeño estrecho, donde las olas poco a poco cubren el último pedazo de tierra. Ciudad de los murales. Otro de los grandes secretos que resguarda Lyon. Muy poca gente llega sabiendo la cantidad de murales que posee la ciudad en cada uno de sus rincones. Desde murales que simulan una biblioteca a orillas del Saona hasta frescos que hacen honor a Diego Rivera y la cultura mexicana en el lejano distrito 7. El más famoso, sin duda, es el fresque des lyonnais, un enorme mural ubicado en el centro de la ciudad, que muestra a los lioneses más célebres de la historia. Se presumen personajes como los hermanos Lumière, Laurent Mourguet (creador del teatro guiñol), Paul Bocousse (uno de los mejores chefs de Francia) y Antoine Saint-Éxupery, el famoso piloto y autor de El Principito. Por cierto, el aeropuerto de Lyon lleva su nombre. Pero el más alucinante es ciertamente el mur des Canuts, ubicado en la Croix-Rousse. Muchos dicen que es el mural más grande de Europa. Yo diría que quizá lo fue en su tiempo. Sea cierto o no, su tamaño es colosal, y el empeño que los artistas pusieron en él puede notarse a leguas, sea visto desde lejos o desde cerca. Pero a mi primer acercamiento el mural engañó mi vista. La perspectiva de escalera y el conjunto de edificios pintados en otro edificio me hizo creer que todo ello era real. El fresco se ha renovado con el paso del tiempo y ha sido financiado por patrocinadores. Todo en él hace honor a la Croix-Rousse, conteniendo elementos característicos de la vida cotidiana en aquel afanado barrio. Hay muchas razones por las que diría que prefiero Lyon ante cualquier otra ciudad francesa. Su clima, su trazo urbano, su comida, su limpieza, su seguridad, su cultura. Lo cierto es que me es muy difícil pensar en Lyon como una ciudad turística. La pienso solo como un melancólico hogar. Pero sé que estos sabios y sinceros minirelatos pueden motivar a muchos a conocer Lyon hasta lo más profundo de su ser. Porque aunque sea la tercera ciudad más grande de Francia, siempre seguirá siendo secreta e insólita.
  15. Yo te recomiendo mucho la zona norte si puedes llegar hasta allá. El desierto de Atacama tiene muchos atractivos y tours, como el Valle de la Luna y las lagunas. Además Iquique es un buen destino de playa, sobre si te gusta el surf.