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Relatos en este blog

Uno de mis mayores retos estaba por cumplirse, al lograr salir de Suiza sin haber vaciado mi cuenta bancaria y todavía con dos países frente a mí.

Junto a la central de trenes de Zúrich, en un extenso estacionamiento, aparcaban tres autobuses verdes frente a los que esperábamos un grupo de diez personas. En Europa las terminales de buses al aire libre son cosa común. Y solo bajo un diminuto techo nos refugiábamos de la fría noche.

Un par de argentinos volvían a reafirmar su prototipo. Mochileros cargando instrumentos musicales y un porro de marihuana que me ofrecieron y preferí rechazar.

Aunque ese churro me prometía una noche de sueño sin interrupciones, no podría cambiar lo que estaba por venir.

A las 10 de la noche abordé mi Flixbus hacia Innsbruck, una perdida ciudad al oeste de Austria que no quería dejar pasar. Aquella empresa de transporte me había sorprendido con sus precios tan bajos por toda Europa y era, por supuesto, la opción más barata para cruzar la frontera suiza.

El arribo a Innsbruck estaba pronosticado hacia las 6:30 a.m. Y así, me dispuse a dormir y ahorrar una noche de hospedaje.

Pero a las 3 de la mañana las luces se prendieron. El conductor detuvo el vehículo en un oscuro parking y todos empezaron a bajar.

Mis ojos apenas podían abrirse. Me puse mis lentes para ver algo más que lagañas y nubosidad. Bajé del bus con mi boleto en mano y pregunté al chofer qué estaba pasando.

“Esta es la última parada”, dijo. “No, yo compré mi boleto hacia Innsbruck”, repliqué. “Es otro bus. Tienes que esperar hasta las cinco”.

Aquella era una dura lección de viaje. Siempre leer los detalles del traslado. Mi boleto era, efectivamente, un viaje sencillo de Zúrich a Innsbruck. Pero incluía una escala de dos horas en Múnich, Alemania.

¿Cuándo había yo visto un viaje en bus con conexiones de ese tipo? Las cosas no funcionan siempre como en mi país. Y no quedaba más remedio que esperar dos largas horas en una perdida terminal de Múnich, a donde había planeado viajar dos días después.

¿Qué hacer a las 3 de la fría madrugada en Múnich? No hay muchas respuestas. Pero de unas escaleras se veían bajar grupos de jóvenes, que parecían venir (o ir) de fiesta.

Subí para saber qué se escondía sobre el montón de coches estacionados. Un supermercado y algunas tiendas cerradas. Pero hay afortunadamente una marca que ha pensado en todo: Mc Donald’s.

Si debo dar una medalla a dos marcas que han salvado mis viajes esas son Mc Donald’s y Starbucks. Siempre que se necesite un techo donde escapar del frío, un baño limpio o internet gratuito, ellos dos estarán en una esquina no muy lejana. Muchas veces a cualquier hora del día.

Y para los jóvenes alemanes Mc Donald’s no es más que la mejor y única opción donde encontrar algo que comer luego de una noche de cerveza y electrónica.

Una hamburguesa y 1 hora de wi-fi gratuito después, bajé de vuelta a la terminal para abordar mi bus. Esta vez esperaba que fuera el definitivo, sin más escalas sorpresas que me despertasen en el camino.

Antes de las siete, cuando todavía no salía el sol, llegamos a Innsbruck. La mañana era muy fría, y en la densa oscuridad podía ver ligeramente la silueta de las montañas que rodeaban la ciudad. Era la razón por la que viajé con tanto esmero hasta esa remota villa alpina.

Innsbruck es una ciudad pequeña. No muchos couchsurfers pueden encontrarse allí. Y consecuentemente, ninguno de ellos pudo acogerme durante mi visita. Fue el momento entonces de descubrir una nueva forma de alojamiento.

Llegando a Francia abrí una cuenta en AirBnB. Mi compañero de piso en Lyon estaba inscrito como huésped, y algunos amigos en México ya lo habían probado. Para mí no era más que un Couchsurfing pagado.

Y como los hostales en Innsbruck parecían no bajar de los 50 euros (al menos en esa época del año), AirBnB sería mi respuesta. Por solo 16 euros la noche, Rashed me hospedaría en un pequeño apartamento no muy lejos del aeropuerto.

Aunque los check-in suelen ser a partir del mediodía, Rashed me recibió a las 7 a.m. No tenía dónde dejar mi mochila. Además, una buena ducha no me venía nada mal después del agotador viaje nocturno.

Rashed parecía un chico solitario. Hacía una maestría en la Universidad de Innsbruck y sus días los pasaba estudiando. Pero tras una pequeña charla me mostró una dura y actual cara de Europa. Rashed era sirio.

Hacía ya algunos años que había escapado de su país. El gobierno austriaco lo había ayudado otorgándole una beca y un apartamento para que pudiera continuar su vida lejos de Damasco.

Afortunadamente su familia estaba bien. Vivían ahora en Alemania, separados de su hijo y de la vida que alguna vez forjaron en un país que ahora está destruido por la guerra.

Los refugiados se han convertido en un tema común en Europa. Aunque la apertura de muchos países para recibir extranjeros es algo que alabar, el éxodo en pleno siglo XXI es una cosa dura de creer. Pero Rashed y su historia me mostraron la realidad. Y AirBnB era una forma para él de conocer gente nueva y distraerse en una ciudad totalmente opuesta a la que lo vio nacer.

Por suerte para mí, una ciudad opuesta a la mía era justo lo que estaba buscando. Y sin desaprovechar mi único día de visita, salí a conocer Innsbruck desde antes de que su gente despertara.

Pocas personas han oído hablar de Innsbruck, apesar de ser una de las ciudades más importantes de Austria. Pero para los que la conocen lo hacen por una razón: los Alpes.

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Innsbruck se encuentra justo en un callejón ladeado por la cordillera de los Alpes, las montañas más grandes de Europa. Y no era otra la razón por la que aquella remota villa me había atraído hasta sus suelos.

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No importa por dónde caminara, las montañas estaban allí. Observando todo. Vigilando la ciudad. Dibujando su silueta sobre un hermoso cielo azul que me sonrió esa mañana.

Innsbruck es el sitio ideal para los amantes de los deportes de invierno. Yo no soy uno de ellos. Y el otoño, para mí, era el momento ideal para visitar aquellas majestuosas montañas que resguardaban un etéreo frío en su valle interior. Nada que no pudiera soportar después de mis anteriores viajes por Europa.

Con un escaso conocimiento de las actividades específicas que en Innsbruck podía hacer, decidí caminar hacia el centro histórico para buscar la oficina de información turística.

La corriente del río Eno podía escucharse desde lejos y dejaba al desnudo la placidez de la que goza la ciudad. Y desde cualquiera de sus orillas la vista era increíble.

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Tras cruzar uno de sus puentes, el centro histórico de Innsbruck no tardó en aparecer y mostrar su cara más colorida.

Los edificios barrocos y modernistas demuestran lo mucho que sus habitantes se han preocupado por conservar su pasado lo más intacto posible.

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Y no por nada Innsbruck sigue siendo un enorme punto turístico de Austria. No muchas ciudades pueden ofrecer un hermoso casco viejo con un lienzo de montañas como imagen de fondo.

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Los negocios alrededor de la calle Maria-Theresien apenas abrían sus puertas cuando yo ya había tomado la mayoría de mis fotos.

En medio de ella la columna de Santa Ana se posa como uno de los principales monumentos de la ciudad, coronando las antiguas edificaciones que la custodian.

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Entre ellas está la Casa Helbling, una famosa y lujosa morada que data de la Edad Media y que fue redecorada al estilo rococó.

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Pero el más famoso de todos los monumentos es el simpático tejadillo de oro.

Un balcón mandado a construir por el emperador Maximiliano I y que fue recubierto con tejas originales de cobre doradas al fuego. Sin duda, una excéntrica manera de poseer el mejor de los miradores de Innsbruck en aquel entonces.

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Frente al tejado corre la avenida principal del centro, que se flanquea por construcciones góticas, cuyas arcadas hasta el día de hoy alojan a mercantes que tratan de ofrecer lo mejor de Innsbruck a los locales y turistas.

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A solo unos metros detrás de sus callejones se asoma el palacio imperial, otra obra de Maximiliano I.

Innsbruck es la capital de Tirol, estado austriaco que alguna vez fue un principado. El palacio imperial sirvió como residencia de los príncipes en tiempos del Imperio Romano-Germánico y del Imperio Austrohúngaro. Y hoy parece como si el tiempo simplemente no hubiera pasado.

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Como todo palacio imperial de Europa, el de Innsbruck es poseedor de un extenso jardín imperial, que sirvió para el recreo de la familia real alguna vez.

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Toda la belleza del centro histórico de Innsbruck parecía destacar por sí misma. Pero algo la descollaba todavía más. Los Alpes.

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Los paisajes montañosos que atraviesan todo el centro de Europa, desde la Costa Azul francesa hasta los valles del Danubio al este, fueron unos de los puntos estratégicos de las civilizaciones que allí se establecieron.

Innsbruck está justo en el medio de dos subcordilleras. La Nordkette al norte y la Patscherkofel al sur, ambas de más de dos mil metros de altura (aunque nada comparado con mi viaje a las alturas de los Andes, a mucho más de cuatro mil).

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La situación de Innsbruck la dota de un clima boreal. Así, la nieve nunca desaparece de sus picos montañosos.

Y aunque una Innsbruck cubierta en nieve debe tener su encanto, para mí no había nada mejor que un suelo seco y un cielo despejado. Así que la pregunta obligada surgió. ¿Se podría subir a las montañas?

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La oficina de turismo podía asemejarse fácilmente a una librería. Con folletos en vez de libros. Pases de un día a una semana ofrecían los highlights de la ciudad. Pero nada de eso me interesaba. Yo quería ir a la montaña.

La única opción que los empleados me daban era la joya turística de Innsbruck: el teleférico a Nordkette.

Desde hace ya varios años subir hasta lo más alto de la cordillera que rodea Innsbruck en su zona norte es sumamente fácil gracias al teleférico. Desde el centro de la ciudad en tan solo 20 minutos se puede alcanzar la cima.

Pero, como era de esperarse, el precio no era el más asequible. Un viaje ida y vuelta rondaba los 35 euros. Solo transporte incluido.

Cogí un mapa y salí un poco decepcionado. Aunque la verdad no me había sorprendido. Pero las montañas seguían ahí, vigilando todo. Y me llamaban a gritos que no era capaz de ignorar.

Así que crucé el río y caminé cuesta arriba. Seguiría el cable funicular hasta donde me fuera posible. La primera estación era en el zoológico alpino y parecía no estar muy lejos.

Las laderas de los Alpes parecían el lugar preferido para muchos de los residentes de Innsbruck, que las habían elegido como lugar de vida permanente.

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La mayoría de aquellas casas simulaban una cabaña, dotando a Innsbruck de un paisaje 100% alpino, si se ignoraban las construcciones modernas.

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Desde el zoológico el camino se volvía más agotador. Cada vez había menos calles y quedaban los senderos de tierra, preferidos por ciclistas y montañistas, deportes bastantes comunes en Austria.

Para ese entonces estaba ya bastante oxidado. Hacía tiempo que la altura no era parte de mi vida y subir senderos de montaña no era algo que hiciera seguido.

Mis esfuerzos me llevaron hasta la siguiente estación, Nordpark, cuya estructura simula los techos de un glaciar.

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La gente que paga su ticket puede subir y bajar del funicular en las estaciones de escala. Y lo hacen no solo por admirar la escultura de metal. Lo mejor de Nordpark es su mirador.

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Su poca altura es ya suficiente para ofrecer una vista panorámica espectacular de la ciudad y de la cordillera Patscherkofel.

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El río Eno queda al descubierto y muestra su intenso color azul, cuyas aguas resbalan desde las cumbres nevadas que así presumen su pureza.

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Un bocadillo en la terraza de Nordpark fue sumamente relajante. Pero hacía falta ahora voltear atrás.

Las montañas se hacían mucho más escarpadas. Los cables del teleférico se hacían cada vez más verticales. Y a la vista ningún sendero o escaleras hacia la cima parecían invitarme a subir.

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Las últimas paradas, Seegrube y Hafelekarspitze estaban a más de 2000 metros de altura y prometían las mejores vistas y actividades en toda Innsbruck. Un restaurante, bares y hasta una discoteca en las alturas. Una estación de ski, actividades deportivas, un iglú artificial. Toda una pequeña ciudad en lo alto de los Alpes.

Pero al parecer la única forma de llegar era por el teleférico. Y ni eso me convencería de pagar 35 euros.

Me alejé entonces un poco de la estación y dejé el teleférico atrás. Seguí a un grupo familiar que caminaba por un sendero que se adentraba en el bosque. Un letrero apareció entonces: “Willkommen auf der Nordkette”, dando la bienvenida a Nordkette.

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Tras él, un mapa dibujaba la telaraña de senderos que se tejían por el bosque de montaña. Y aunque poco conocía hasta dónde me llevarían, no dudé en adentrarme y conocer más de cerca las montañas de Nordkette.

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Los primeros pasos me llevaron hasta algunos restaurantes y resorts en mitad del bosque a los que se puede llegar todavía en automóvil. Son sitios perfectos para un domingo familiar.

Pero al rebasarlos el bosque se hacía más denso por varios kilómetros, y la ciudad desaparecía entre el saturado follaje.

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Por el contrario, las montañas parecían acercarse, y sus serpientes de nieve se hacían más visibles mientras la tarde avanzaba.

Las horas se me habían ido volando. Y una caminata solitaria por el bosque era justo el pretexto perfecto para no fijarme en la hora.

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Todo allí era paz. La naturaleza en su máximo esplendor. Una ciudad así era de envidiarse. Era imposible pasar un fin de semana aburrido con tal cantidad de senderos por recorrer.

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Los ciclistas me rebasaban cada diez minutos. Al parecer yo era de los pocos que se habían sumergido tanto sin un vehículo conmigo. Menos mal que mis botas todo terreno soportaban hasta lo peor.

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El calor comenzó a sofocarme y me obligó a quitarme los abrigos. Una y otra vez. Así es el montañismo. Así es sudar en un clima hemiboreal.

Los colores alpinos no dejaban de sorprenderme. Y sus tonos otoñales me hacían saber que aquel viaje en octubre fue la mejor decisión que pude haber tomado.

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Todo aquello era algo difícil de encontrar en mi país. Quizá viajar 10,000 km no era necesario, pero indudablemente jamás me arrepentiría.

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El laberinto de caminos me llevó hasta una solitaria iglesia que también servía de parking. Los coches me anunciaban que estaba de vuelta en la ciudad.

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Eran casi las 4 de la tarde, y había recorrido unos 10 km al pie de las montañas.

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Para ese entonces el calor se me había ido, y un fuerte viento helado subía desde el valle y me aventaba hacia atrás. El clima había cambiado radicalmente en un segundo y sabía que existían probabilidades de lluvia.

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Apresuré mi paso y crucé el resto de bosque casi corriendo. Cuando llegué a la ciudad un grupo de nubes negras había oscurecido el panorama.

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El viento aceleraba la corriente del río y provocaba un tenebroso zumbido en mis oídos. Momento justo para meterme a un restaurante, comer una hamburguesa y tomar una buena cerveza.

Antes de que oscureciera volví a casa de Rashed para tomar un baño y relajarme en la calefacción. No quería dormir tan tarde. Un bus aguardaría por mí el siguiente día para llevarme a la frontera norte de vuelta con sus vecinos los alemanes.

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Los Alpes me habían maravillado más de lo que esperaba. Ahora era tiempo de que un castillo de cuentos lo hiciera.

Los rumores sobre lo extremadamente costoso que podía resultar Suiza como país comenzaban a traslucirse como una verdad.

Había apenas pasado un par de días en Berna, su capital. Y si los precios de la comida y un tarro de cerveza me parecían caros, no quería ni mirar los precios del transporte.

Por suerte, Couchsurfing funcionaba bastante bien, como en el resto de los países de Europa. Y eso me ahorraba, como de costumbre, el pago de hospedaje. Pero debía moverme hacia Zúrich, la capital financiera de Suiza y considerada por varios años la ciudad con mejor calidad de vida del mundo. Y la tercera más cara también.

Tan solo por detrás de Singapur y Hong Kong, en los últimos años Zúrich se ha colocado en el puesto más alto de toda Europa en cuanto a costo de vida se refiere. Y eso me asustaba un poco.

No había recibido todavía mi primer salario en Francia, donde estaba trabajando. Y aquel viaje, del que me restaban unos 12 días aún, lo estaba pagando con mis mezquinos ahorros.

Y todo se había hecho posible gracias a Flixbus, la compañía de autobuses más barata de Europa occidental. Pero había un problema: Flixbus no realiza viajes dentro de Suiza.

Las pocas empresas de transporte que conectan Berna y Zúrich alzaban sus precios a más de 20 francos (20 euros) por poco más de una hora de viaje. Y ni hablar del precio del tren, unos 25 francos.

Pero la suerte me sonrió. Blablacar sí parecía funcionar en Suiza, y un viaje a Zúrich por tan solo 7 euros fue publicado por una chica alemana apenas unos días antes de mi partida. Sin duda, mi mejor opción.

El cándido deseo de recuperar a su exnovio había llevado a Sarah hasta Berna, y ahora manejaba de vuelta a Alemania. Mientras a mí, era la aventura la que me guiaba.

En poco más de una hora aparcamos en el centro de Zúrich. Sarah fumó un cigarrillo y se fue, dejándome en una enorme avenida rodeado por inmensos edificios de hormigón y cristal.

Dos días antes la compañía francesa había cancelado mi línea telefónica por no haber renovado mi plan (sin ninguna especie de aviso o recordatorio previo). Lo que quería decir que me hallaba en medio de Europa sin señal celular.

Pero había ya acordado verme en la estación central con Markus, mi couchsurfer alemán que me alojaría en su apartamento.

Esperar a alguien desconocido en una bulliciosa estación de tren sin línea telefónica disponible no es muy agradable. Y menos en un país que habla un idioma que tú no. Si pasan dos minutos y esa persona no llega los nervios comienzan a allanar el cuerpo. Eso es seguro.

“Pero así se hacía antes”, me dije. No había que desesperar. Después de todo, los alemanes son bien conocidos por su puntualidad y compromiso.

“Pero ¿qué tal si no me conoce cuando me vea?”, me pregunté. No tenía caso seguir haciendo suposiciones estúpidas, así que pedí un teléfono a una chica y lo llamé.

“Estoy bajo el reloj”, le dije. Y entonces apareció. Di las gracias a aquella desconocida suiza y caminé con mi mochila al hombro a saludar a Markus.

“Te mandé un WhatsApp”, me dijo. Yo solo reí. Caminamos a las vías del tren y cogimos el interurbano hacia el oeste de la ciudad, donde Markus vivía.

Me invitó una ligera cena con pan de centeno, queso para untar y té. Su roomie se había ausentado por varios días y prefería aprovechar ese espacio libre para darme la oportunidad de visitar Zúrich sin hacer un gasto excesivo. Él más que nadie sabía lo caro que era la renta de un cuarto de hostal.

Y como una buena idea para salir de la rutina, tomó su siguiente día libre para mostrarme lo mejor de la ciudad.

Un paseo por Zúrich comienza por la estación central, ubicada a orillas del río Limmat, que cruza la ciudad entera.

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Así, desde el momento de abandonar el tren cualquiera tiene la dicha de admirar un pequeño pedazo del maravilloso centro histórico.

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Muchas de las edificaciones del casco viejo de Zúrich datan de la Edad Media, época en que la ciudad se unió a la Confederación Suiza.

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Esta confederación de cantones única en el mundo ha hecho de Suiza un país muy particular. Con 4 idiomas oficiales, es gracioso saber que el idioma “suizo” no existe. Y fue común encontrarme en la calle con gente hablando alemán, francés e italiano. Y ya que Zúrich forma parte del “lado alemán” de Suiza,  no es de extrañarse que alemanes como Markus vivan expatriados de su país (que por cierto les queda a unos 50 km de la frontera más cercana).

La antigua belleza de la metrópoli se ha combinado con su modernización, que ha hecho de Zúrich uno de los centros financieros más importantes del planeta. No por nada es sede de organizaciones y empresas mundialmente reconocidas, como la FIFA y el Credit Suisse.

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Por fortuna, el sol se asomaba con fuerza y aplacaba el frío de nuestra andanza matutina, e iluminaba los tejados y el follaje de la verde y limpia ciudad.

Markus me llevó entonces a una de las principales atracciones. La catedral de Fraumünster.

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Nació como un convento fundado en el año 853, del que hoy queda solo la iglesia. El monasterio tuvo mucha fuerza en la ciudad, llegando a elegir el alcalde por sí mismo.

Pero su fama a los turistas no radica en su milenaria historia, sino en los vitrales que posee en su interior.

Fueron hechos por el conocido Marc Chagall, pintor francés de origen bielorruso que ha plasmado pasajes bíblicos y de su herencia judía en vitrales por todo el mundo.

A sus más de 70 años, aceptó el reto de decorar las paredes de la catedral de Zúrich y hoy lucen como muestra de lo sorprendente que puede hacer un artista a pesar de su edad.

Del otro lado del río se erige otro monumental templo cristiano. La iglesia Grossmünster, que sobresale de todo el centro histórico gracias a sus dos torres campanario.

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Se dice que fue fundada por Carlomagno, aunque sigue siendo una leyenda. Lo que es cierto, es que la iglesia jugó un papel crucial en la Reforma Suiza, ya que fue en Grossmünster donde inició el cisma de la iglesia católica y la conversión de Suiza como un país mayormente protestante.

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Y al mirar atrás desde el puente del río Limmat la famosa iglesia de San Pedro se asomó junto a Fraumünster, presumiéndose como los íconos de Zúrich por excelencia.

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Mi paseo con Markus nos llevó hasta la desembocadura del río en el lago de Zúrich, donde algunos veleros navegaban rodeados por un frondoso bosque otoñal.

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Cuando llegó el mediodía serpenteamos por la calle Münstergrasse, en el lado este del río, cuna del controversial movimiento artístico dadá. Entre los bares y famosas cafeterías, buscamos algo apetitoso y no extremadamente caro para comer. Y la mejor opción fue una salchicha bratwurst.

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Hace tres años las bratwurst se habían convertido oficialmente en mi platillo alemán favorito. Ricas, rápidas, fáciles de comer y baratas. Aunque en Zúrich no podían serlo tanto. Ocho euros por una salchicha que en Alemania me había costado cuando mucho cuatro monedas. Literalmente la mitad.

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Sin poderme quejar, Markus me llevó a uno de los campus de la Universidad de Zúrich, donde trabajaba como investigador.

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Las facilidades en el estilo de vida suizo y un jugoso sueldo lo habían atraído desde Alemania, un país que muchos considerarían un sueño para vivir. Pero no todo es siempre bello.

Confesó haberme invitado a su casa y haberse unido a Couchsurfing por la necesidad de encontrar más amigos y gente nueva con quien salir. Los suizos no son las personas más abiertas, ni con quien es más fácil forjar una amistad a largo plazo.

Su día a día como trabajador de una de las mejores universidades del mundo no era suficiente para encontrar la felicidad y estabilidad que él deseaba. Su novia vivía todavía en Alemania y era imperativo viajar de vez en cuando para verse. Sin mencionar que no tiene familia en Suiza.

Desde el balcón de la rectoría observé el paisaje urbano que se extendía a mis pies y pensé en cuántos extranjeros se paseaban por esas calles, habiendo llegado en busca de un sueño europeo. Pero cuántos de ellos serían de verdad felices en la ciudad con “mejor calidad de vida del mundo”. Es una incógnita difícil de resolver.

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Bajamos de vuelta al centro y tomamos un tranvía a la estación central. Allí cogimos un tren a la parte oeste, saliendo casi completamente de la ciudad. Markus quería mostrarme un último rincón que merecía la pena visitar.

El tren subió una colina que nos dejó en la estación Üetliberg, uno de los puntos más altos de Zúrich.

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La colina es ampliamente visitada por una multitud de locales y turistas, muchos de los cuales buscan actividades al aire libre en la bella naturaleza que los bosques de los alrededores ofrecen.

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La mejor parte es la explanada del mirador, custodiada por una torre de telecomunicaciones que posee, sin lugar a dudas, la mejor vista de toda la metrópoli.

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Desde el centro histórico y sus iglesias hasta una parte del lago, la panorámica fue simplemente espectacular.

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A pesar del extraño día soleado que teníamos, las nubes no dejaban al desnudo las siluetas de los Alpes suizos que en un día despejado pueden verse al fondo del lago.

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Los Alpes son la principal atracción por la que la gente visita Suiza. Pero mi recortado presupuesto no me dejaría subir aquellos emblemáticos montes en el país más caro de Europa.

Pero la cordillera más grande del continente se extiende más allá de Suiza. Esa noche recogí mi mochila en el apartamento y me despedí de Markus para dirigirme a la estación central, donde otro Flixbus me llevaría mucho más cerca de aquellas maravillosas montañas nevadas.

Un puñado de días viviendo en Francia bastaron para comprender lo que verdaderamente es un país primermundista, y para disfrutar de los beneficios de ser asalariado bajo un régimen tributario tan humano.

Llegué a Francia para dar clases de español a alumnos de 14 a 18 años en una escuela pública de Lyon. Y las prestaciones laborales, aún con un contrato temporal, superaron mis exigentes expectativas.

El Ministerio de Educación Francés, como mi empleador, me ofrecía alojo en la residencia del colegio; pagaba la mitad de mi abono de transporte mensual; reducía el precio del menú del comedor a solo 3.14 euros.

Aunque mi recibo de nómina manifestaba la alta (altísima) tasa de impuestos que me era descontada, nunca pude realmente quejarme de los servicios que el gobierno francés pone a disposición de todos sus ciudadanos y residentes.

Y esos beneficios son tantos que, incluso, llegaron a estresarme. Sonará estúpido, pero la gran cantidad de periodos vacacionales angustió mi mente, opacando el tiempo que debía destinar a preparar mis futuras clases.

Como suele suceder, el gremio de la educación es el que goza de más vacaciones en el país, con más de 12 semanas por año (más de tres meses enteros). Algo imposible en una empresa mexicana.

Lo cual quería decir que mi periodo de siete meses trabajando para el colegio se reducirían a prácticamente cinco, descontando las ocho semanas que obtendría como asueto. Sin duda, la mejor noticia que pude recibir al firmar mi contrato.

Así, sin siquiera haber comenzado a laborar y sin haber todavía encontrado un apartamento en Lyon, tuve que darme a la tarea de planear mis vacaciones de tous-saints, un viaje a mediados de octubre que duraría 15 días.

Ante el estrés de preparar clases, buscar un hogar, trabajar para mi segundo empleo en México y concluir los papeleos necesarios con la burocracia francesa, opté por hacer un viaje fácil, rápido y sencillo. Un tour por el centro de Europa viajando por carretera a bordo de buses de bajo costo.

Esta vez no habría vuelos ni aeropuertos. No tendría que preocuparme por llegar con horas de anticipación, por la manera de salir y entrar a la ciudad desde los aeródromos, por el equipaje que llevase conmigo ni por la disponibilidad, horarios y precios.

Y una empresa alemana fue quien me animó a volver a los viajes por carretera: Flixbus, la compañía de buses de menor costo en Europa occidental.

En mi último viaje del viejo continente había volado de ciudad en ciudad, reduciendo mis gastos al máximo con las aerolíneas lowcost. Pero Flixbus se había ahora expandido, y sus precios ridículos y miles de destinos en toda Europa hicieron de mi toma de decisiones una tarea mucho más fácil. Justo lo que necesitaba.

Y sobrevalorando el tiempo que estaría en Francia me incliné por viajar al este, y adentrarme al desconocido centro europeo, que escondía algunos destinos que desde hace mucho llamaban mi atención.

Y para alcanzar los alpes austriacos y los castillos del sur alemán era estrictamente necesario atravesar Suiza, el oasis europeo.

Mucho había oído hablar de Suiza. El mejor país del mundo para muchos. Un paraíso financiero para las empresas. Sede de cientos de asociaciones y compañías multinacionales. Una política neutral con cero guerras ni enemigos. Excelente sistema de salud, excelente cuidado al medio ambiente, excelentes relojes, quesos, chocolates y navajas.

Pero todo ello tiene un precio. Un inmenso costo de vida. Y sabía que viajar a Suiza no era quizá lo más prudente que podía hacer sin haber recibido mi primer salario.

Pero no tenía muchas opciones. La manera más fácil de llegar a los alpes austriacos desde Lyon era atravesando Suiza en tren o por carretera. Y así lo haría.

Y tras solo tres semanas de mi debut como profesor, cogí mi vieja mochila y abordé por primera vez un Flixbus desde la terminal Part-Dieu de Lyon.

Los trenes suizos son un anhelo para la mayoría. Pero un vistazo a su talón de precios haría a esa mayoría comprar el mismo ticket de bus que yo.

El servicio de café, conexiones eléctricas y wi-fi a bordo me hicieron preguntarme cómo aquella empresa podía ser rentable. Su secreto radica en la cantidad de escalas que puede hacer en un solo trayecto (tres en aquel viaje). Y sobre todo, recae en el alto monto de impuestos que Flixbus esquiva por aparcar fuera de terminales de autobús.

De tal suerte que el chofer me dejó junto a una estación de gas, en algún extraño punto de la ciudad de Berna, la capital suiza que sería la primera parada de mi viaje.

Ante mi nuevo desafío (sobrevivir a Suiza sin gastar todos mis ahorros) mi mejor alternativa fue continuar explotando mi red social favorita: Couchsurfing. Y Nora, una estudiante alemana, fue quien me ofreció un colchón en su casa para poder pasar dos noches en la ciudad.

Berna me recibió con una tarde lluviosa, bajo la cual Nora y yo caminamos rumbo a su casa para poder comer el almuerzo.

Nora era originaria de Düsseldorf, y estaba haciendo su tesis en la Universidad de Berna. Sus continuos ciclos de estudio la hicieron buscar una forma de conocer gente nueva para despejar su mente, y encontró en Couchsurfing una atractiva opción.

Halagado por ser su primer invitado, la acompañé a comprar una barra de queso gruyère y una pieza de pan. Así, sabía que empezaba a acercarme poco a poco a lo que era Suiza y su famosa adicción por los quesos.

Nora vivía en una casa de huéspedes con todo tipo de personas. Algo que me recordó a la serie Hey Arnold!, para quien la haya visto.

Cesada la lluvia, salimos a dar un paseo por el centro histórico de Berna.

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Las calles de una de las capitales más pequeñas donde alguna vez había estado nos llevaron sin pierde hacia el casco viejo de la ciudad, que da comienzo con su central de trenes, punto de reunión de la mayoría de los locales.

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Los grisáceos edificios coronados por las tejas nos abrieron paso a la Suiza medieval, edad misma de la que datan la mayoría de sus construcciones.

Aunque la mayoría de ellas fueron remodeladas en el siglo XVIII, el plano urbanístico de la ciudad vieja de Berna es el mismo que desde 1191 se fundó sobre aquella pequeña colina.

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Aunque no era oriunda de allí, Nora conocía ya bastante bien la ciudad, que con sus escasos 140 mil habitantes no se comparaba en mucho a su natal Düsseldorf.

Pero aunque pequeño, el centro histórico de Berna sigue siendo uno de los mejores testimonios del trazado citadino del medievo europeo. Y por ello fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La torre del reloj pronto apareció al final de la Marktgasse, la calle principal del centro.

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El monumento se posa justo en medio de la colina, y es quizá la estructura más vieja de la ciudad, y sin duda la más emblemática.

Muchas historias se cuentan sobre ella. Pero lo más interesante para muchos locales es saber que, orgullosamente, es uno de los pocos monumentos históricos del mundo sobre el que se puede orinar (hay un mingitorio dentro del cuartel).

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Otro de los grandes atractivos es la fuente del arcabucero. Es una de las fuentes que sobrevivió desde su popularización en el siglo XVI. Ahora sus figuras alegóricas adornan la avenida principal que baja hacia lo más bello de la capital.

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Antes de que la actual Suiza naciera, Berna fue fundada sobre una pequeña colina rodeada por el río Aar, que formó una frontera natural contra los enemigos.

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Hoy la pequeña península se conecta al resto del territorio a través de puentes de piedra, que ofrecen una espléndida vista de la ciudad.

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La leyenda cuenta que el nombre Berna proviene del alemán “bärn” (pronunciado “bern”), que significa literalmente “oso”. Se dice que el duque Bertoldo V de Zähringen, fundador de la ciudad, prometió llamar a la nueva aglomeración según el primer animal que pudiese cazar. Y un oso fue lo que se topó en su camino.

Los locales parecen todavía muy orgullosos de su historia, y los osos están presentes en cada elemento de la capital. Incluso en su bandera.

Y justo al lado del río se ha logrado salvar a una pequeña familia de osos que hoy viven en cautiverio.

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Los nombres de quienes han aportado dinero para el cuidado de estos animales aparecen en cada una de las piedras que pavimentan el balcón desde donde se les puede ver paseando.

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Los osos de Berna se han convertido en el símbolo de la ciudad, y poseen ya un lugar en la mayoría de sus habitantes.

Más arriba de su jaula, un parque brinda las mejores vistas de la ciudad, que en ese entonces se teñía con los fulgurantes colores del otoño.

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Antes de que pudiese volver a llover, volvimos andando por el centro, no sin antes pasar a comprar otra pieza de pan para la cena, en uno de los singulares locales del andador comercial.

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Muchas de las tiendas de la calle principal se encuentran en el subterráneo. Y se accede a ellas por puertas de madera que se abren hacia arriba, y no hacia adelante.

Estas pequeñas cuevas solían ser los sótanos durante el medievo. Bodegas donde se almacenaba todo tipo de víveres que ayudaban a las familias a sobrevivir el invierno. Hoy, bueno, encontramos desde vendedores de CDs antiguos hasta panaderos.

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Al otro día, Nora debía acudir a una de sus clases, y quedé de acompañarla para conocer su universidad.

La Universidad de Berna es una de las mejores universidades públicas de Europa. Nada menos que donde Albert Einstein realizó la Teoría de la relatividad.

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Allí mismo acompañé a Nora para aprovechar las vistas desde lo alto del campus. Y aunque planeaba aprovechar su hora de clase para dar una vuelta, algo me puso en apuros.

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Mi número telefónico había sido cancelado. Hacía un mes que había comprado una SIM card con una compañía francesa, y había pagado 20 euros para tener llamadas, mensajes e internet en toda la Unión Europea (aunque Suiza no es parte de ella). Vinculé la cuenta con mi tarjeta de débito para que pudiesen cobrar automáticamente.

Pero al parecer no había entendido del todo las cláusulas. Ya que no solo cancelaron mi plan, sino que eliminaron mi línea. Ahora no tenía un número para usar.

Ni siquiera podía recibir llamadas. ¿Para qué querría entonces un celular? Sin wi-fi era simplemente nada.

Así que a partir de entonces la tecnología no estaría de mi lado, y volvería a utilizar los encuentros a la antigua: acordando un lugar y una hora.

Esperé a Nora para comer juntos. Un kebab turco fue la opción más barata, que por diez francos suizos (diez euros aproximadamente) fue el kebab más caro de mi vida.

El día anterior, cuando todavía tenía un número de móvil, había quedado de verme con Christian, un couchsurfer que me había invitado a quedarme en su casa. Pero al haber aceptado la invitación de Nora primero, decidimos al menos salir a tomar algo.

Nos vimos en la central de trenes, como cualquier suizo haría. Nora y Christian intercambiaron sus números antes de que ella volviera a la universidad. Así no padecería más de la ausencia de mi línea telefónica.

Apenas al despedirnos, un indigente se acercó mendigando dinero. Christian empezó a hablar un raro alemán con él y caminó hacia una tienda. Compró una bebida y un pan. Se los dio al hombre que, con una sonrisa, agradeció su noble gesto.

Sabía muy pocas cosas sobre Christian. Era joven, 20 años, tocaba el bajo en una banda de rock. Sus brazos se cubrían en tatuajes. Su ceja era atravesada por dos picos. Hablaba tres idiomas, había nacido en la zona francófona de Suiza. Tenía una novia y vivía en una zona rural a las afueras de la ciudad. No había estudiado la universidad y quería ser chofer de tranvía.

Todo ello me pareció interesante. Pero encontrarme a un indigente en Suiza era algo que no esperaba. Y ver a Christian hacer lo que hizo era, sin duda, lo que esperaba de Suiza.

Su evidente personalidad alternativa me invitó a dirigirnos al otro lado de la ciudad, alejándonos un poco del centro histórico, que él suponía que habría visitado ya.

El poco llamativo paisaje nos llevó al pie de un hospital. “Entremos”, me dijo, ante mi cara de estupefacción.

“Aquí es donde trabajo”. “¿Eres médico?”, repliqué. “No, solo hago mi servicio civil”.

En Suiza el servicio militar es obligatorio, aunque puede esquivarse pagando un alto monto correspondiente. Pero es posible evadir al ejército haciendo un servicio civil. Así, Christian decidió ayudar en un hospital.

El servicio civil tiene un salario fijo. Y Christian recibía más de dos mil francos al mes. No mucho, según él.

Tomamos el elevador hasta el último piso. Conocía bien el edificio y sabía que desde su terraza-café se tenía una bella y diferente vista de Berna. Una que no muchos conocían.

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Y entre lo desconocido, bajamos a caminar de vuelta al centro, para que me mostrase uno de sus lugares favoritos.

En la confluencia entre dos avenidas, Christian me mostró un viejo y descuidado edificio que ha sido tomado por jóvenes anarquistas. Fomentan la paz. No hay drogas, prostitución ni actos ilegales. Pero allí la policía no tiene entrada. Solo “el pueblo”.

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Aun en países como Suiza, donde todo parece perfecto, existen movimientos de izquierda que rechazan las ideas del gobierno. No cabe duda de que el ser humano siempre tendrá algo de qué quejarse.

Y si no todo parecía perfecto, Christian me llevó a otro edificio cercano, que resultó ser una oficina donde el gobierno proveía droga a los adictos. Sí, el gobierno suizo regala droga a los adictos.

Era algo difícil de creer. Observar aquel grupo de junkies luego de haber tomado drogas que su gobierno les obsequió me causó, indudablemente, una conmoción. Pero hay una explicación para todo.

¿Qué pasa si le quitas la droga a un drogadicto? Se torna violento, y no tarda en recaer. La mejor manera de abandonar una adicción es ir disminuyendo poco a poco los niveles de consumo, pues el cuerpo adquiere una necesidad fisiológica del producto.

En Suiza, el gobierno se encarga de llevar un expediente de los adictos que se den de alta en su programa. Así, les entrega periódicamente su dosis necesaria, que va decrementando con el tiempo, hasta que el adicto sea capaz de renunciar a su consumo. Eso evita que las personas recurran al mercado negro en busca de mercancía ilegal.

Mientras la tarde avanzaba y Christian relataba cómo es haber nacido en un país como el suyo, caminamos por las calles empedradas que se ocultaban a los lados de la avenida principal, donde un día antes Nora me había llevado.

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Los rojizos tejados que resbalaban el agua de la brisa nos guiaron hasta la orilla del río Aar, donde según él, los pobres solían vivir hace varios siglos.

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Hoy esta zona ha perdido por completo su mala reputación, y es una de las áreas más cotizadas por los residentes. Y tenía sentido el porqué.

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Antes del anochecer, subimos hacia la plaza principal de Berna, just al frente del edificio más emblemático e importante del país. El Palacio Federal.

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Suiza es un país, como dije ya, asombroso. Y no solo por regalar droga (lo siento, me sigue sorprendiendo). Sino por su propia estructura gubernamental.

Se trata de la única confederación del mundo que forma un estado, cuyo nombre oficial es también la Confederación Helvética. Su territorio se divide en cantones, que hace siglos se unificaron para defenderse a sí mismos hasta lograr separarse del Sacro Imperio Romano-Germánico.

Con un sistema representativo y porcentual, existen siete representantes de los cantones en el poder ejecutivo. Eso quiere decir que Suiza tiene siete presidentes.

Por ello, es normal que nunca escuchemos en las noticias sobre el “jefe de estado” de Suiza. O su “líder nacional”. Suiza es un verdadero pueblo unido orgulloso de su lugar en el mundo.

Y ese orgullo lo veríamos reflejado muy pronto sobre el gran Palacio Federal. Literalmente, al caer la noche hubo un espectáculo de luces y música proyectado sobre el edificio.

Se trataba de una animación que celebraba los 150 años de la Cruz Roja, la organización internacional de salud más importante del mundo, y que se creó precisamente en Suiza.

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Finalizado el show, buscamos un buen lugar donde cenar. Y Christian no me dejaría partir sin haber probado el plato más típico de Suiza: el fondue.

Encontramos una mesa en una cálida taberna. No había comido nada en horas, y eso prepararía mi estómago para el siguiente paso.

El caquelon es la olla donde se funde el queso, que se coloca sobre un pequeño hornillo que debe permanecer encendido para que el queso no se solidifique.

La gran cacerola de queso nos fue servida con una canasta de pan, que puede ser sustituida también por papitas cocidas.

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La enorme cantidad de carbohidratos y el grasoso queso hace del fondue un indiscutible plato de invierno. Pero afuera había frío, así que lo ameritaba.

Justo al terminar Nora nos alcanzó fuera del restaurante, y nos acompañó a tomar una buena cerveza en un bar cercano.

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Christian no se iría sin pagar la cuenta del restaurante, y sin regalarme una bolsa de chocolates, como un buen recuerdo de Suiza y sus tradiciones.

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Ese inconcebible sujeto llegó incluso a ofrecerme dinero. “Yo sé que nací en un país rico, en el que muchos quisieran vivir. Nadie elige dónde nacer, yo solo tuve suerte”. Christian insistió en ayudarme con mi viaje, donándome una desconocida cantidad de dinero. Yo insistí en que no.

Su increíble nobleza y la hospitalidad de Nora me dieron de mis primeros días en Suiza una exorbitante sorpresa. Y no podría esperar a llegar a mi siguiente parada: la ciudad de Zúrich.

En medio de otra helada mañana me despedí de Matthias y de su afable morada y le deseé un agradable viaje de vuelta a México, donde pronto se mudaría con su novia. Por mi parte era hora de tomar el tercer bus de mi travesía, dirigiéndome cada vez más al este de Europa.

Matthias y su roomie austriaco me habían acogido de la mejor manera en Viena y ahora me despedía de la capital de los Habsburgo para encaminarme a otra alucinante ciudad imperial: Budapest.

Para ese entonces empezaba a cansarme de la nieve y del frío. :unsure: No había podido ver el sol desde que estaba en Barcelona unos diez días atrás, y estaba al punto de quemar mis manos para hacerlas entrar en calor. No había más que resistir :wacko: Y como ya era costumbre, y con lo difícil que era conseguir un bus con wi-fi en aquel entonces, antes de salir de casa escribí un mensaje a Richard, mi couchsurfer en Hungría, diciéndole que arribaría en unas tres horas. Prometió esperarme en la estación de buses para luego llevarme a su piso. Él tampoco tenía internet fuera de casa y todo dependía de nuestra conexión a un módem.

El viaje fue cómodo y por la ventana no vi más que una extensa capa de blancura eterna, a lo que ya me había acostumbrado y a lo que pronto le perdí el encanto. O_o

Pero, dormido, no me di cuenta de que el bus iba con retraso, y que a la hora en que debía verme con Richard nosotros seguíamos en medio de la carretera, sin señales de llegar a la ciudad. :confus:

Comencé a preocuparme y a buscar una solución. Pero a bordo de aquel bus nada podía hacer. Solo esperar a que llegásemos lo más pronto posible y buscarlo en la estación. :unsure:

El bus aparcó una hora más tarde en la calle fuera de la central. Incluso esperar por mi equipaje parecía un minuto eterno. Temía que Richard se hubiera ido ya. :crying:

Corrí hasta la estación y volteé por todas partes, sin poder encontrarlo. Solo tenía unas cuatro fotos de él guardadas en mi móvil y me había dicho que llevaría una chaqueta y zapatos de color azul.

Empecé a repasar en mi mente qué debía hacer. Había escuchado a hablar a unos españoles en el bus y quizá podía unírmeles para ir al hostal que ellos ya tenían reservado. Pero no podía gastar mucho. No en el medio de viaje por Europa.

Pero de pronto un chico apareció sosteniendo un letrero con su mano derecha que decía “Alexis” en una caligrafía algo difícil de leer. ¡Era Richard! ¡Couchsurfing funcionaba! Y eso me hacía muy feliz. :)  

Corrí y le grité por la espalda para que se detuviese. Le pedí perdón repetidas veces, a lo que contestó: “Estuve a punto de irme, he esperado más de una hora. Pero no quería dejarte solo aquí”. Nada más podía replicar que un sincero “gracias”. :blush:  

Cogimos entonces un bus local hacia su apartamento en el este de la ciudad. Tenía la pinta de ser una zona bastante popular, quizá de los años del comunismo. Edificios de varios pisos amontonados uno junto al otro con colores neutros que no se preocupaban por su imagen urbana, sino por cumplir su objetivo como vivienda humana.

Richard me había dicho que normalmente vivía con su novia. Pero entonces era invierno y había decidido mudarse con su padre por unos meses, ya que la calefacción suele ser muy cara y debía ahorrar algunos florines.

Pensé entonces que sería lo más interesante que podía pasarme en mi viaje. Conocer a una familia húngara. Además, todo mundo podría esperar vivir mejor con sus padres que por sí solo. La comodidad del hogar. Pero al llegar me llevé una no muy grata sorpresa.

Los pasillos del edificio parecían una cárcel, con varias rejas que encerraban los conjuntos de apartamentos. Y al abrir la puerta del suyo pude ver una caja de unos 30 metros cuadrados abarrotada de cosas que parecía denotar el cuarto de un gueto judío de los años 40. :wacko:  

Un pequeño pasillo de unos cuatro metros de largo que funcionaba como “recepción” y cocina al mismo tiempo, con los sartenes, cacerolas y utensilios colgados de la pared, y la alacena que se colmaba por productos de abarrotes que saltaban hasta el suelo.

Una parrilla llena de grasa y cochambre y una pequeña barra de madera donde apenas y se podía cortar una cebolla sin siquiera rozar el resto de los alimentos.

Un cuarto de unos 7 metros cuadrados con papeles y un escritorio funcionaba como la oficina del anciano padre, a quien saludé con la mejor sonrisa. Pero él solo hablaba húngaro y ruso, así que nos limitamos a saludarnos con las manos y un buen gesto de cortesía.

El cuarto más grande, que sería mi “dormitorio” por dos días, no era más que dos armarios de madera cuyas puertas era imposible cerrar por la cantidad de ropa que salía de ellas. Y en el suelo restante se tendía un colchón matrimonial. Sin cama, sin cabecera. Solo el viejo colchón con montones de ropa sucia encima. O_o 

“Aquí dormirás hoy”, me dijo Richard. “No te preocupes, yo puedo dormir en el suelo, el colchón es para ti”. No pude evitar mover mis ojos por toda la habitación buscando un pedazo de suelo donde él pudiese acostarse. Quizá bajo ese montón de ropa haya un espacio libre, me dije. :huh:

Pero lo peor no lo había visto aún. Tenía que orinar.

Pedí a Richard si podía usar su baño, que estaba a la entrada del pasillo a la izquierda. Y al abrir la puerta vi por primera vez el baño del infierno. Una bañera amarillenta (que parecía haber sido blanca en el pasado) llena de manchas de mugre, moho y un tapón con pelos. Un lavabo roto por el que goteaba agua cada dos segundos. Y un antiguo retrete con la cadena sobre la cabeza que parecía nunca haber sido lavado. :zsick:  

No pude hacer más que sentir asco al verlo. Aguanté mis ganas de orinar y salí sin tocar un solo elemento de aquel espeluznante cuarto. Sin un lugar donde sentarme en aquel apartamento, me quedé parado repasando en mi mente si de verdad quería quedarme allí. :oops:  

Richard se acercó y me ofreció un sándwich y un vaso de jugo. “Es un sándwich de queso húngaro” me dijo. “Tienes que probarlo”.

Mi persona no me dejó comportarme de forma grosera y acepté con gratitud la comida, servida en un plato no muy bien lavado.

Richard era un chico completamente gentil y no quería herir sus sentimientos. Así que lo había decidido. Me quedaría en su casa dos noches y dormiría tapado con mi saco de dormir, no son sus sábanas. Y definitivamente no me ducharía en dos días. Y buscaría un McDonald’s. No pensaba utilizar aquel retrete infernal. :confus:  

Anonadado entre aquellos cuatro muros esperé a que Richard se cambiara y entonces salimos a la ciudad. Tomamos de nuevo un bus para llegar hasta el centro, precisamente hasta la estación de tren.

Allí me dijo que me dejaría solo. Él trabajaba como mesero en eventos nocturnos y aquella noche tenía una fiesta que atender.

Así que pedí un mapa en la oficina de turismo y empecé a caminar por el helado suelo de Budapest.

La capital húngara es una ciudad que ha vivido miles de proezas. Situada en el medio del continente europeo, siempre ha sido de interés para muchas culturas e imperios adyacentes.

Y su situación geográfica es quizá uno de sus mayores atractivos. Y sobre todo al ser cruzada por el río más famoso de Europa, el Danubio.

Esta enorme corriente de agua que marcó por siglos la frontera norte del Imperio Romano permitió a ciudades como Budapest y Viena navegar por el continente y comerciar con los reinos circundantes.

Pero hoy, quizá, el símbolo más conocido del río es el magnífico Parlemento, o Országház, en húngaro.

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Hungría puede presumir de tener el tercer edificio del Parlamento más grande del mundo. Y para mí, el más bonito que he visto en mi vida.

Nunca la casa de la legislatura había sido tan exquisitamente elaborada como en la Budapest del siglo XIX, y hoy se alza como la construcción más fotografiada y célebre del país.

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Y para verlo desde el mejor ángulo fue mejor caminar hacia el lado oeste del río, en la antigua Buda. Cabe mencionar que la ciudad actual fue creada en el siglo XIX de la fusión de dos antiguas fronteras búlgaras: Buda al occidente y Pest al oriente del Danubio.

Una vez en el oeste caminé por sus antiguas iglesias, algunas datan de la lejana Edad Media.

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Y desde las orillas bajas del afluente pude divisar el Castillo de Buda, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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Se trata de la antigua residencia de los reyes húngaros, un palacio repetidas veces reformado que se alza en la cima de la colina Kelenföld.

Ha sido ocupado por los húngaros, los otomanos, los Habsburgo, los nazis y los soviéticos. Pero hoy, tras muchas restauraciones, es sede de varios museos y de la Biblioteca Nacional.

La mejor vista del complejo arquitectónico la tuve al atravesar el Puente de las Cadenas, uno de los puentes más famosos en Europa. :rolleyes:  

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Aunque parezca difícil de creer, fue hasta hace apenas dos siglos que se iniciaron los planos para construir el primer puente que uniera ambas orillas del Danubio. Antes se atravesaba en pequeñas embarcaciones o a caballo durante el invierno, cuando la superficie estaba congelada.

Richard me explicó que se construyó gracias a las donaciones de un conde, quien esperó una eterna semana para encontrar un navegante que circundara los bloques de hielo.

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La imagen actual del puente difiere de la original, por supuesto, tras el asedio nazi durante la Segunda Guerra Mundial, quienes lo dinamitaron junto con otros monumentos húngaros.

De vuelta en la zona de Pest, al este del río, caminé hacia la Basílica de San Esteban, una de las iglesias cristianas más famosas de la ciudad.

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Y no solo por su bella fachada neoclásica que mira en dirección al Danubio, sino por alojar las reliquias del primer rey húngaro y fundador del país, Esteban I de Hungría, o I István, en húngaro.

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Al caer la noche me dirigí al distrito Erzsébetváros para ver la segunda sinagoga más grande del mundo. La llaman la Gran Sinagoga de la Calle Dohány, o simplemente Gran Sinagoga de Budapest. Su fachada me dejó un poco intrigado, trayéndome a la mente un palacio árabe o algo parecido.

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Antes de volver a casa supe que debía cenar e ir al baño en algún restaurante local, evitando a toda costa cualquier movimiento innecesario en el apartamento de Richard. :wacko:  No obstante tenía que volver para dormir. Y al siguiente día Richard me mostraría algunos otros secretos de su ciudad natal.

Esta vez tomamos el metro, que según me contó, es el segundo metro más antiguo del mundo, solo después del de Londres. Después leería que, de hecho, la línea 1 ha sido declarada también Patrimonio de la Humanidad.

El vetusto tren nos llevó hasta la Plaza de los Héroes, una de las plazas principales en la ciudad.

En el centro se alza una columna sobre la que se posa la estatua del arcángel Gabriel, que gobierna toda la explanada erigida como conmemoración del primer milenio de Hungría, fundada según los historiadores en el siglo IX.

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A ambos costados del arcángel lucen las estatuas de los líderes de las siete tribus magiares que fundaron el país, según cuentan las leyendas, incluido San Esteban, primer rey de Hungría.

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Y a los extremos de la plaza se engalanan también dos hermosos edificios que resguardan el Museo y el Palacio de Bellas Artes.

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Todo ello hace de este conjunto también parte del patrimonio de Budapest. Una ciudad que hasta entonces me sorprendía más y más. :rolleyes: 

Y para terminar mejorar aún más nuestro tour Richard me llevó a un sitio un poco menos conocido de la capital. El Castillo de Vajdahunyad.

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Al verlo por primera vez me pregunté por qué la gente lo apreciaba menos que el resto de los increíbles monumentos que se esparcen por la ciudad. La respuesta está en que no es un castillo original, sino una réplica de uno ya existente en Transilvania, hoy Rumania, zona que perteneció por algún tiempo al reino húngaro.

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Durante una exposición del Imperio Austrohúngaro en la ciudad a finales del siglo XIX el castillo se construyó inicialmente con cartón. Pero hoy alumbra su alrededor con sus paredes de ladrillo y torres que encontré escarchadas por la nieve.

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Y sinceramente poco me importaba que fuese una vil copia. Podía así darme una idea de cómo era Transilvania. ;)  

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Para terminar nuestro recorrido Richard me llevó hasta la colina Kelenföld para tener una mejor vista del impresionante Danubio y del este de la ciudad, que para entonces parecía toda blanca cubierta por una espesa neblina.

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Al caer la noche las luces del Parlamento se encendieron, dejando al descubierto un bello y amarillento resplandor de la gloria de un imperio desaparecido, pero que dejó lo mejor de sus vestigios en esta mágica ciudad. :rolleyes:

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Recorrimos entonces un poco la ciudadela, que alberga el complejo del Castillo de Buda, al que no podía pagar por entrar. Pero bastaba al menos con caminar entre sus columnas iluminadas en la densa oscuridad del invierno.

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Dentro de las murallas se encuentra también la bella Iglesia de San Matías, una de las más antiguas de Budapest.

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Una de las cosas curiosas en aquella ciudad es que fue gobernada por los otomanos durante casi 140 años. Y en ellos, las iglesias católicas, como la de San Matías, fungieron como mezquitas. Pudo pasar todo lo contrario a lo que había visto en Córdoba: una mezquita donde se celebraban misas católicas.

Pero la invasión otomana dejó un gran vestigio en Hungría y en Budapest que la convierten también en un símbolo mundial: los baños termales.

La tradición de las termas turcas llegó al país y fue muy bien recibido. Hoy Budapest es llamada la Ciudad de los Balnearios, por la cantidad de aguas termales que posee, siendo los baños más famosos los de Széchenyi, los más grandes de Europa.

Pero además de no tener mucho tiempo, sabía que no podría pagar un buen baño medicinal. Así que lo dejaría para la próxima ocasión. :(  

Cuando el frío nos impedía mantenernos fuera Richard me invitó a un pub cercano que frecuentaba usualmente.

A pesar de la incómoda habitación en la que me había invitado a dormir no dudé en agradecerle la amabilidad de mostrarme su ciudad y recibirme con los brazos abiertos (ignorando la suciedad de su hogar). Así que lo menos que podía hacer era invitarle una cerveza.

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Antes de volver a casa pasamos por el Palacio de la Ópera, sede de una de los mejores espectáculos de música del mundo, aunque quizá no mejor que en Viena. De todas formas, es de saberse que el edificio fue erigido durante el reinado de los Habsburgo en Hungría, amantes eternos de la buena ópera.

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Regresamos a casa no muy tarde para que pudiese descansar. Otro bus matutino me esperaba, esta vez rumbo al norte, adentrándome cada vez más al crudo invierno de Europa del este.

Mientras más me aproximaba al levante de Europa, casi culminado el mes de enero, más desdeñaba la temperatura de los cero grados centígrados, que ahora lucían casi como un anhelado verano para mí. :crying: 

Praga había sido mi primera parada en la Europa Central y no me había dado nada de qué arrepentirme. Pero cada vez me movía más al este del continente y, francamente, se acentuaba mi cobardía por encarar al invierno oriental. :unsure:  

Mi última mañana en la capital de la República Checa tomé el bus que me llevaría 300 kilómetros al sur, justo al lado del legendario río Danubio, el más largo de la Unión Europea que por siglos marcó la frontera norte del Imperio Romano.

Me adentré entonces en los actuales territorios de Austria, el sexto país en mi lista. Viena estaba justo en el paso hacia mi último destino del este, y era obligado hacer una escala en la centenaria ciudad imperial.

En ella vivía entonces Matthías, un austriaco (originario de Graz) estudiante de Relaciones Internacionales que había hecho su intercambio en la Universidad Autónoma de México, y a quien había conocido hace poco más de un año atrás.

Para mi suerte, cursaba el último año de su carrera en la capital austriaca antes de volar a México para reencontrarse con su novia. Y antes de desalojar su apartamento me ofreció gentilmente hospedarme en él durante mi estancia. ;)  

El único problema era que él debía trabajar hasta las 6 p.m. aquel día. Viajar en enero, durante los exámenes finales, no era una buena idea del todo si quería hacer Couchsurfing. Así que desde mi arribo al mediodía debía cargar mi mochila hasta que cayera la noche sobre la ciudad. :zsick:

Desde la estación de bus tomé el metro hacia el centro histórico, exactamente a la parada Stephansplatz.

La estación lleva ese nombre por encontrarse justo al lado de la Plaza de San Esteban, y más específicamente, de la Catedral de San Esteban.

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Su torre de campanario de 136 metros de altura es uno de los símbolos de Viena y el elemento gótico más representativo de todo el país.

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Desde que salí del cálido subterráneo para ver el imponente templo me di cuenta de que la ropa térmica, mis dos jersey y mi chaqueta no serían suficientes para aguantar toda una tarde al aire libre en Viena. O_o

Aunque la nieve en las aceras estaba casi por completo derretida, la sensación térmica bajaba hasta unos 9 grados bajo cero. Y, al igual que me ocurrió en Berlín, eso convertía en un reto tomar una buena fotografía, lo que implicaba sacar mis manos de los bolsillos y exponerlas al gélido ambiente. Y sabía que con mi pesada mochila sobre mi espalda, aquella sería una larga y fatigante jornada. :oops:  

Desde la Plaza de San Esteban también era visible la Iglesia de San Patricio, un templo barroco que hoy ha sido transferido al Opus Dei.

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Justo cuando comencé a caminar hacia el sur para alcanzar la avenida principal del centro, una fuerte nevada comenzó a caer. No era una nevada de ensueño, sino todo lo contrario. El viento bufaba con lozanía y sin piedad, atizando mi rostro con sus helados copos que se hacían cada vez más gruesos.  :madd:

Mi afelpado gorro y mi cubreorejas devinieron en un nada absoluto que se vieron incapaces de proteger mi cara de aquel blanco infierno. Y me dispuse pronto a resguardarme en el café más cercano, donde aproveché para comer algo caliente.

Entonces lo decidí: ¡no volvería a viajar en invierno! Al menos no a Europa Central. :mad:  

Cuando la ventisca abdicó pude por fin salir en paz. Di la última bocanada de un abrasador aire antes de dejar la holgura de la cafetería y me enfrenté de nuevo a la cana atmósfera que inundaba Viena.

Caminé hacia el sur hasta alcanzar la RingStraße, la avenida de circunvalación que rodea el centro de la ciudad.

Hasta 1857 estaba ocupada por la muralla que rodeaba la capital austriaca. Hoy es un amplio bulevar que posee en ambas orillas monumentos increíbles que han sido declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, lo que lo convierte en uno de los atractivos más visitados por los turistas. <3

Uno de los más célebres es, por supuesto, el Teatro de la Ópera Estatal de Viena.

Viena es bien conocida por ser la capital musical de Europa y, para muchos, del mundo. No por nada la imagen de Mozart, nacido en Austria, aparece en casi la mitad de los souvenirs que se venden en las tiendas. :big-grin:  

El edificio posee, de entrada, una historia bastante controversial. Por más bello que parezca, su construcción a mediados del siglo XIX causó una decepción en los vieneses, quienes esperaban mucho más de la nueva casa de la música nacional. Eso ocasionó nada menos que el suicidio del primer arquitecto y la muerte por infarto del segundo, quienes nunca vieron terminada su obra neorenacentista de la que hoy goza la metrópoli.

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Al verme frente al inmenso y emblemático edificio y tocar mi billetera supe de inmediato que Viena sería otra ciudad a la que debería volver. Un concierto en la Ópera y la entrada a sus innumerables museos sumaba una cuantiosa suma. Y era algo que, lamentablemente, no podía darme el lujo de pagar. No si quería comer y asegurarme de no dormir en la calle :(  Y la Ópera no fue el último lugar al que desearía haber podido entrar.

Unos metros al oeste, siguiendo la RingStraße, me topé con el inmenso Palacio Imperial de Hofburg, residencia antigua y actual del poder ejecutivo de la nación austriaca.

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Sus numerosas salas y estancias albergaron a las familias imperiales de Austria durante más de seis siglos, que vieron pasar por su territorio a un ducado, un archiducado y un imperio que tuvo su fin al final de la Primera Guerra Mundial, cuando el país abandonó la monarquía para convertirse en una república.

Con el mapa de la ciudad en mis torpes manos envueltas con unos débiles guantes que poco me ayudaban, llegué a la parte sur del palacio desde los jardines imperiales, que para entonces no eran otra cosa que una enorme manta de nieve.

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Exquisitas estatuas de mármol se posaban por toda la extensión de los huertos, que fusionaban su blanco con el de la escarcha a su alrededor. :rolleyes:

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Pero el monumental palacio parecía no mostrarme su mejor ángulo. No con la docena de edificios que, de hecho, componen el complejo, entre los que se encuentran el Museo de Etnología, la Biblioteca Nacional de Austria y la Escuela Española de Equitación, todos ellos destinos que pueden ser visitados por separado por precios individuales que no me vi dispuesto a costear. :sad:  large.ad35a0563bbabfcfc957dab37c3c89da.jpg.21e04ab55f7fad66965265c961f95c10.jpg

Por el contrario, preferí caminar hacia la Maria-Theresien-Platz para fotografiar los exquisitos edificios que la flanquean.

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La plaza pública está justo al lado de la RingStraße y está dedicada a la emperatriz María Teresa, cuya estatua se posa en el medio.

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Los dos formidables edificios gemelos (de hecho, casi gemelos) en sus extremos norte y sur fueron mandados a construir a finales del siglo XIX por el emperador Francisco José I para dar cabida a las colecciones privadas de la realeza de una forma digna de la misma. Hoy, al ser bienes públicos, albergan al Museo de Historia Natural y al Museo de Historia del Arte.

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Y si creía ya haber visto suficientes museos en el centro de la capital austríaca, solo bastaba voltear al oeste de la plaza y admirar el Museumsquartier.

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Es el octavo complejo cultural más grande del mundo, y fue edificado en el 2001 para albergar a otros tantos museos, centros de convenciones, estudios y espacios de exhibición que hacen de Viena otra capital cultural del mundo.

Pero no había terminado.

Del lado este de la Maria-Theresien-Platz otra plaza más grande, también flanqueada por museos, se extendía bajo la nieve.

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La famosa Heldenplatz, o Plaza de los Héroes por las estatuas de los heroicos jefes miliatres del Imperio, es justo donde hace ochenta años Hitler anunciaba la anexión de Austria al Tercer Reich.

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Pero la plaza no es solo célebre a causa del discurso nazi que opacó la historia del país, sino por la magnitud de las construcciones que se posan a su alrededor.

Allí estaba el resto del Palacio de Hofburg, la cara que me había estado ocultando ante su enorme extensión.

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Y por si fuera poco, y nada sorprendente ya, su interior resguardaba otro puñado de museos y salones imperiales que tampoco podía atreverme a pagar. ¡Vaya decepción! :confus:  

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Estaba en Viena, capital de la música y los museos, parado frente a uno de los palacios más lujosos y emblemáticos de la monarquía europea, sin dinero para entrar. :angry:  

Pero no todo era tan malo. Estar allí era mejor que no estarlo. Aun con la nieve. Aun con el frío. Aun con mi mochila al hombro sin un lugar donde alojarme hasta que llegase la noche. :blush:  

Para calmar un poco mis ansias y mi depresión financiera caminé un poco más al norte de la RingStraße, donde se asomaba otra torre icónica de la ciudad entre un nublado cielo.

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Se trataba del Ayuntamiento de Viena, un maravilloso edificio neogótico frente al cual se había instalado una pertinente pista de patinaje para el recreo de los residentes y turistas.

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En la otra esquina, los patinadores podían deleitarse con la fachada del Burgtheater, el Teatro Nacional de Viena.

Allí, mirando a los pequeños caerse sobre el rígido hielo, tomé un poco confortable descanso bajo el frío para coger el wi-fi gratuito que la ciudad me ofrecía y enviar un mensaje a Matthias, avisando de mi situación actual.

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Sabiendo que en poco tiempo podría reunirme con él, sin tener que esperar necesariamente la oscura noche, di mi última caminata hacia el norte de la RingStraße, hasta alcanzar la iglesia Votivkirche, donde pude tomar el metro hacia el sur de la ciudad.

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Me reuní finalmente con Matthias en su increíble apartamento, muy distinto al que rentaba en la ciudad de México cuando lo conocí. :ohmy: 

Su bienvenida no pudo haber sido más reparadora. :rolleyes: En aquella fría noche entrar a un cálido departamento adornado con papel picado de colores y botellas de salsas picantes mexicanas me reconfortó después de la dura caminata, y me llevó por un instante de vuelta a mi país, al que Matthias parecía amar y extrañar.

Sin embargo, esa noche no cocinaría algo mexicano. Y decidió, por el contrario, hacerme degustar un básico platillo austriaco: una salchicha vienesa con mostaza y raíces. :P  

Era muy parecida a las bratwurst alemanas, pero esas raíces le dieron sin duda un toque distinto. Aunque para ser sincero, eran demasiado picantes para mí. Un picor muy distinto al de los pimientos mexicanos a los que estoy acostumbrado. O_o  Pero a Matthias parecía no molestarle en lo absoluto.

Tras un poco de crema muscular en mis hombros y encogido en mi saco de dormir, quien se había convertido en mi segundo mejor amigo durante el viaje (el primero eran mis botas), concilié el sueño sobre el sofá del salón, recobrando mis energías para la siguiente mañana.

Matthias vivía en el suroeste de la ciudad, en un barrio residencial un poco alejado del centro. Pero para mi conveniencia, justo al lado se encontraba uno de los atractivos más famosos de la ciudad y, quizá, el más visitado: el Palacio de Schönbrunn.

Es conocido como “el Versalles vienés”, y con justa razón.

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Como muchas de las monarquías europeas que construían castillos residenciales y de recreo a las afueras de las grandes ciudades, los austriacos no podían quedarse atrás.

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Pero esta maravilloso mansión no solo fue declarado Patrimonio de la Humanidad como un símbolo de Austria, sino también como el mayor ícono de una de las familias más influyentes en la historia desde la Edad Media hasta la Contemporánea: la dinastía de los Habsburgo.

Es casi imposible que algún país europeo (incluso, muchos no europeos) no haya pasado por las manos de algún rey o emperador de esta familia real. Vaya, incluso México tuvo un emperador Habsburgo.

Las tierras gobernadas por estos poderosos hombres abarcaron prácticamente todo el planeta, desde las provincias más cercanas a Viena (convertida en su capital imperial por excelencia) hasta los confines de la América colonial y las islas asiáticas, durante el mandato de Carlos V.

Austria no formó parte solamente del Imperio Austrohúngaro, constituido apenas hace dos siglos, sino que por cientos de años fue un archiducado del Sacro Imperio Romano Germánico, muchos de cuyos gobernantes reinaron desde Viena y, específicamente, desde el Palacio de Schönbrunn.

Pero este castillo es también conocido como el “palacio de verano”, ya que el Hofburg, en el centro de la ciudad, era ocupado por la familia real en el invierno.

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Dos palacios de excéntricas magnitudes. Enormes jardines como patio de recreo, que entonces me recibieron repletos de nieve, por supuesto. Fuentes con esculturas de historias míticas de la Antigüedad. Glorietas descomunales marcando nodos en los hermosamente simétricos caminos del bosque trasero.

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Y una vista impresionante desde su colina superior.

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No cabe duda de que los Habsburgo supieron llevar una buena vida. :ohmy:  Y supieron también cómo dejar el mejor legado a su futuro país republicano, con galerías, colecciones, salas, teatros, científicos y artistas inigualables en el mundo.

Mi visita en la capital austriaca finalizaría con una cara totalmente opuesta a la entonces vista, cuando me vi con Matthias para visitar la zona norte de la ciudad.

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El distrito financiero ubicado justo en la orilla del río Danubio es también un sitio de recreo para los locales, según me contó Matthias. Un lugar que, en verano, luce lleno de jóvenes y familias que toman el sol en las pequeñas islas del río y hacen parrilladas para aprovechar al máximo el calor centroeuropeo.

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Para mí fue, por supuesto, una experiencia diferente, con el río casi congelado frente a mis ojos. :D  

Al siguiente día por la mañana partiría en un bus por toda la rivera del Danubio, que me llevaría a otra de las grandes capitales imperiales europeas.

Mis azares por el aire habían cesado con mi arribo a Berlín. Luego de tres días en la antigua capital prusiana era hora de retomar la ruta para adentrarme en la desconocida Europa del este. Pero en el momento en que recorrimos el primer tramo hacia la ciudad de Dresde no sabía si comprar un ticket de bus en pleno mes de enero había sido exactamente una buena idea. :huh:  

Ambos costados de la carretera se encontraban colmados de nieve. Por las ventanas poco se podía ver con la niebla y la ventisca que soplaba intensamente contra nosotros. :wacko:  Solo las débiles siluetas de los árboles pelones podían ser divisadas desde nuestro cálido interior.

Pero antes de tocar la frontera este alemana todo simuló mejorar, y aunque la nieve no desaparecía, el viento parecía haber dimitido.

Perdido en la segunda lectura de La insoportable levedad del ser, poco me percaté de nuestro ágil cruce hacia la República Checa, cuya capital esbozaba ya en mi mente como escenario principal de la célebre obra de Milán Kundera, ciudad misma a la que en menos de una hora comparecería.

Si bien acababa de pasar seis días en los Países Bajos y Alemania y mis saberes del neerlandés y alemán eran prácticamente nulos, debo confesar que me sentía más intimidado por encarar a los checos que a la gente de otros países. Desde mi primer intento por leer un letrero en aquel lejano e inusitado idioma mi cerebro se nubló y mi cuerpo regresó a la realidad :zsick: Un crudo, oscuro y solitario invierno en Europa del este era lo que me esperaba para los próximos días.

Pero estaba en Praga. Una ciudad soñada por muchos, amada por muchos, deseada por muchos. Y estaba allí para descubrir la verdadera razón. :rolleyes: 

Era cerca del mediodía, y sabía que si quería aprovechar la escasa luz invernal debía apresurarme. Mi primer paso era encontrar la casa de Mike, el couchsurfer que me hospedaría en el sexto distrito de la ciudad.

Tomé el metro y descendí en la parada Dejvická, que Mike bien me había indicado. Antes de saber que Google Maps puede funcionar sin conexión (si antes de abandonar una red wi-fi abrimos la aplicación para que encuentre nuestra ubicación) guardé la captura de pantalla para seguir el camino de la estación hasta su dirección postal.

Hallarla no fue difícil. Pero había un pequeño problema. El edificio no tenía timbres. O_o

Miré a mi alrededor. El vecindario parecía bastante solitario, sumado a la sábana blanca que se extendía por la nevada que recién había caído aquella mañana.

Los teléfonos públicos parecían ya no existir. Y además de todo no había todavía cambiado mis euros por coronas checas. :confus:  

Caminé un poco más al norte hasta alcanzar un ingente edificio que simulaba ser un hotel. Allí seguro encontraría wi-fi.

Mis gajes me llevaron hasta la recepción, donde el host se aproximó demandando mi reservación. Me escudé al decir que me vería con alguien, y me atreví a pedir la red de internet. Sorprendido, la obtuve sin ningún problema. :smug:  

Y después de mandarle un mensaje, Mike bajó para recibirme en el corredor de su edificio, a unas cuantas cuadras al sur del hotel.

Su apartamento resultó ser una especie de albergue temporal para estudiantes extranjeros. Dos chinos (él incluido), una azerbaiyana, una siria y un hindú. Ningún checo.

Todos asiáticos. Todos hablantes de inglés. Todos en Praga como parte del mismo programa: Erasmus Mundus. Y ello quería decir, desde un principio, que se trataba de muy buenos estudiantes. :light:  

Un año atrás había oído hablar de Erasmus Mundus en una expo de Euro-posgrados. Se trata de un programa auspiciado por la Unión Europea (como el Erasmus original). La diferencia es que la versión Mundus apoyaba también a ciudadanos no europeos para estudiar sus posgrados en Europa. 2000 euros al mes, planes de estudio en inglés y francés, dos años en tres ciudades diferentes. Parecía ser un paraíso. :eek:

Pero obtener una de las becas no es nada fácil. Tanto que en cada programa pueden aceptar a solo 14 personas no europeas por año. Lo que quiere decir que aquel grupo de asiáticos había competido con prácticamente todo el planeta para poder estudiar gratis una maestría en su vecino continente. :ohmy:  

Mike me mostró el piso y me dio algunos consejos para visitar la ciudad. Él tenía cosas por hacer y no podría salir conmigo. Aunado a que debido al frío pocos querían realmente salir. :blush:

Pero yo no podía dejar que la calefacción y el cómodo sofá me invitaran a una siesta cuando la capital más bella de Europa central esperaba fuera por mí. Así que volví a la estación de metro y me dirigí rumbo a la Plaza de Wenceslao.

Esta amplia explanada toma más la forma de un bulevar que de una plaza, por su extensión alargada de sureste a noroeste.

Ha sido sede de importantes momentos en la historia del país, como la Revolución de Terciopelo y la Primavera de Praga.

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Con el edificio neoclásico que alberga al Museo Nacional Checo en su extremo sur, se marca el inicio del centro histórico de la ciudad, que desde 1992 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y fue allí donde comenzaría mi fría caminata de enero. ;) 

Praga es bien conocida por su historia medieval, sus alianzas y rupturas con imperios y bloques extranjeros, por su cerveza, por sus escritores y por su hermosa arquitectura. Y por esto último es también llamada la ciudad de las torres. Un nombre que, sin duda, se ganó con creces.

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Una de las primeras torres que fácilmente se asomó ante mis ojos al caminar por las estrechas calles del primer distrito de la ciudad fue el Campanario del Antiguo Ayuntamiento.

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El torreón es una de las imágenes más conocidas de Praga, no solo por su altura, sino por el antiguo reloj astronómico que posee en una de sus paredes. No es extraño entonces que cientos de turistas la visiten cada día para subir hasta su punta y tener una vista panorámica de la urbe.

Y la mejor perspectiva que pueden tener es la de la Plaza de la Ciudad Vieja, una de las más antiguas y hoy atracción turística.

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La milenaria historia de la ciudad la ha dotado de múltiples estilos arquitectónicos a lo largo de su territorio. Pero en la Plaza de la Ciudad Vieja el estilo gótico es el que más resalta a los ojos. Sobre todo en la Iglesia de Týn.

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Esta imponente iglesia medieval fue la más importante de la antigua Praga, y aunque hoy se ostenta solo como un templo más es sin duda una de las estampas más célebres para los visitantes, que la ven más como un castillo por sus dos increíbles torres.

Del lado este yace el Palacio Kinský, sede de la Galería Nacional, mientras al norte se alza la Iglesia de San Nicolás, un tanto menos conocida.

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Palacio Kinský

La plaza fue mi punto de partida para recorrer la calle Pařížská, la París de Praga.

La arteria lleva el nombre de la capital francesa porque fue construida a finales del siglo XIX como una copia de los Campos Elíseos. Y aunque no se le asemeja casi en nada a la famosa avenida parisina, en la que ya había estado un mes atrás, sus encantadores 400 metros lograron cautivarme. <3 

 

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A ambos costados se posan enormes edificios de fachadas tan coloridas y detalladas que claramente se ha tratado siempre de un barrio sumamente burgués.

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Y eso me quedó claro al pasearme frente a las boutiques y joyerías que al nivel de la acera muestran sus mejores prendas para las billeteras más acaudaladas. Visiblemente no era algo para mí. :blush:

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La calle me llevó hasta las orillas del río Moldava, afluente que divide a la ciudad. En la otra orilla apareció el enorme Palacio de Gobierno de la República Checa.

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El lado oeste del Moldava se encuentran los barrios Hradčany y Malá Strana, conocidos como el Barrio del Castillo y el Barrio Pequeño.

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La silueta que ambos vecindarios dibujaban lucía simplemente encantadora, con la catedral en su punta y sus tejados en “V”. :rolleyes:  

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Pero mi visita a esa parte de la ciudad aguardaría para el siguiente día. Por ahora, mientras el sol se ocultaba, una caminata por el malecón Smetanovo y las vistas de Praga eran todo lo que necesitaba… Hasta que el frío se volvió insoportable. Entonces fue momento de probar una buena cerveza checa en una taberna local. ;)  large.17d8ed1858268608596a79bb5ccc5f99.jpg

Caminé hasta el metro más cercano y volví hacia el distrito 6 para buscar algo de comer y regresar a casa.

Hasta entonces había olvidado cambiar mis euros por la moneda local. Pero nada que mi fiel tarjeta de débito no pudiera arreglar en el supermercado. Mas la expresión del hombre en la caja cambió mi suerte, cuando me hizo saber que mi tarjeta no pasaba por la terminal :wacko:

Era la primera vez que ocurría; pero él parecía no creer. Nadie en la tienda hablaba siquiera un poco de inglés. Y sin efectivo alguno me vi obligado a cancelar mi compra e irme con las manos vacías. :crying:  

Por suerte, Mike había cocinado un buen arroz chino, del que amablemente me convidó. Mi primera tarea al próximo día sería definitivamente cambiar mi efectivo por coronas checas. :D  

La mañana siguiente amaneció aun más fría. Los techos al norte de Praga se cubrían de nieve, y más al centro el paisaje no cambiaría mucho. —Pero debo resistir —me dije. Y sin perder más tiempo caminé hacia el sur. Y tras cambiar por fin mis monedas alcancé mi principal destino por el que había ido a la capital checa: el Castillo de Praga.

Se trata nada más y nada menos que del castillo antiguo más grande del mundo, y forma también parte, por supuesto, del Patrimonio de la Humanidad de Praga.

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La entrada norte del complejo me recibió con una manta blanca de nieve que se había deshelado en el concreto, pero no en los alrededores de la fortaleza.

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Desde el ala norte sobresalían las torres de la enorme catedral que nos daba la bienvenida a todos los visitantes. Pero algo mucho más curioso nos recibía a la entrada. :huh:  

Dos guardias de seguridad, mejor dicho centinelas, que resguardaban el acceso al complejo tal como los guardias de la familia real inglesa. :ohmy:  

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Me era difícil imaginar cómo, a unos -8°C, podían mantenerse completamente inmóviles por un tiempo tan prolongado. :oops:  

Y tras comprar mi ticket de acceso por unas 250 coronas, me trasladé de repente a la Edad Media y a más de mil años de historia del extinto Reino de Bohemia. :rolleyes:  

El elemento más simbólico y más notable de toda la fortaleza es, sin duda, la Catedral de San Vito, otra joya del arte gótico en Praga.

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Con ello cabe destacar que el castillo no fue solamente residencia de los reyes de Bohemia, emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, presidentes de Checoslovaquia y la República Checa con su remodelado Palacio Real, sino que también ha acogido a los obispos y arzobispos de Praga, muchos de los cuales se encuentran enterrados allí.

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La suntuosa catedral es uno de los vestigios de la época dorada de Praga, que dio comienzo con el emperador Carlos IV del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo XIV.

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En aquella época el Papa era la única persona con el poder para coronar a emperadores en la Europa cristiana. Ello deja de manifiesto el poder que reinaba en el castillo. Los monarcas que eran coronados en aquel majestuoso templo no solo heredaban los territorios de Bohemia (actual República Checa), sino de todo el Imperio Romano Germánico y sus consiguientes dominios :ohmy: (que hoy abarcan Alemania, Austria, Eslovaquia, Eslovenia, Suiza, Liechtenstein, Luxemburgo, partes de Italia, Polonia, Hungría, Países Bajos, Francia y Bélgica).

Durante el reinado de Carlos V, por ejemplo, se decía que en su reino nunca se ponía el sol, ya que al ser hijo de monarcas españoles y nieto de los Habsburgo heredó la mitad de Europa y las colonias del Imperio Español en América, Filipinas y África. :mellow:

La zona del Palacio Real abierta al turismo también me mostró un poco más de la lujosa e increíble historia de los gobernantes de aquellas lejanas pero poderosas tierras.

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El salón de baile, por ejemplo, deja imaginar la opulencia de las noches que allí se organizaban con la aristocracia bohemia y sus grandes banquetes.

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Los libreros antiguos revelan siglos de escritura resguardados como un imprescindible tesoro arqueológico.

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El Salón del Trono es, ciertamente, el cuarto más maravilloso de todos. Y no solo por atestiguar la silla real donde decenas de reyes se sentaron, sino por la presencia de la Corona Real de Bohemia.

Y esta vez no hablo de un imperio intangible, sino de una verdadera corona. :eek:  Una corona chapada en oro y decorada con verdaderas y preciosas joyas.

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Soy consciente de que, muy probablemente, esa corona no fuese la original. No a la mano de todos los turistas tras un vidrio antibalas y sin ningún otro sistema de seguridad. Pero la sola idea de verla me generó mucha emoción. <3  

Al salir del Palacio llegué a una pequeña plaza tras la Catedral y frente al antiguo Convento de San Jorge.

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A su costado se alza otro gran templo, la Basílica de San Jorge.

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Desde allí comienza una especie de avenida que desciende por la colina hacia una gran torre en su entrada, la llamada Torre Blanca.

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Allí pude visitar el interior de algunos edificios de piedra que resguardaban antiguos utensilios de la época, la mayoría forjados en hierro o en madera.

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Pero la “avenida” más encantadora dentro del castillo es el Callejón del Oro.

Es una pequeña calle orillada por menudas casitas de colores en las que apenas cabe un ser humano de estatura promedio. :D

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Aquellas viviendas, que parecen sacadas de un cuento, solían estar habitadas por orfebres desde el siglo XVI hasta finales de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, uno de los personajes más famosos de Praga, Fran Kafka, vivió allí durante un año.

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Hoy deshabitadas, exhiben la forma de vida de la pequeña localidad, con muebles y utensilios que recuerdan a una casa de muñecas. :rolleyes:  large.9624cde04079b2631750d308a2351e09.jpg

La rúa principal descendía hasta el final de la muralla, donde llegué a un mirador que me sirvió de descanso con el mejor panorama de la ciudad.

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Desde allí se tiene la vista de Malá Strana, o la Ciudad Pequeña. Es decir, la parte occidental de Praga.

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Sus tejados naranjas estaban escarchados por la nieve que había azotado la capital por ya varios días. Pero al menos aquella tarde Praga me dejaba disfrutar de un paseo sin ventiscas y de una atmósfera casi totalmente despejado. ^_^  

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Bajé hasta la rivera del Moldava, repleta de aves acuáticas que batallaban por los pequeños trozos de pan que allí se habían arrojado.

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La vista dejaba ver una cúpula católica, la Torre del Campanario y, la más emblemática de todas, la Torre del Puente de Carlos.

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Otro de los íconos que legó el poderoso emperador bohemio y otra estructura gótica más que para muchos representa su máximo esplendor en la ciudad.

Pero antes de dirigirme a aquel augusto puente regresé un poco hacia el lado oeste, para no perderme de una buena caminata por Malá Strana.

En el avión de Barcelona a Ámsterdam había cogido la revista de la aerolínea que ponen en la parte trasera del asiento (cosa que normalmente no suelo hacer).

Un artículo me llamó la atención. Se llamaba Praga: el Hollywood de Europa.

Según el autor, entre todas las ciudades europeas Praga tenía el centro histórico mejor conservado y auténtico de todos. Y ello la hacía el escenario preferido para los cineastas que buscaban la atmósfera perfecta para las películas de época, sobre todo de la era renacentista.

Malá Strana es llamada la Perla del Barroco. Y vaya que merece el seudónimo. :ohmy:

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Sus callejuelas están flanqueadas por encantadores edificios de colores pastel que me recordaron a los aposentos de María Antonieta en Versalles. <3

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Si bien sus plantas bajas están llenas de negocios locales y restaurantes, no hay una invasión masiva de publicidad o elementos posmodernos que irrumpan en demasía con el origen antiguo del vecindario.

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Estaba seguro de que si lograse quitar todos los coches de las calles y los letreros de señalización y publicidad podría fácilmente filmar una película renacentista. Solo necesitaría un excelente vestuario y a Keira Knightley, claro está. :big-grinB:  large.2bbf043edbc86317186486663514058a.jpg.e3af337ef6c7d243c41c05067f5d7fdf.jpg

La Ciudad Pequeña se yergue al pie del castillo. Pero al caminar al extremo oeste se alcanza una colina de considerable altura, desde la que tuve otra panorámica más de la ciudad de las torres.

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Directamente desde la Iglesia de San Nicolás, una de las tantas en Malá Strana, llegué hasta la puerta de entrada del Puente de Carlos, el más famoso de Praga y uno de los más célebres en el mundo.

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El puente fue mandado a construir por el rey Carlos I de Bohemia, mismo que erigió la catedral en el castillo, para unir a las antiguas dos ciudades que se encontraban separadas por el río Moldava.

A sus costados se alzan 30 estatuas de distintos santos y patronos venerados en la época, que adornan los 500 metros por los que se prolonga la magnífica estructura.

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El legado dorado del emperador para la ciudad y para los checos es quizá el más conocido por el mundo fuera del país. Y no cabe duda del porqué.

Debo admitir que cruzar aquel puente fue una de las cosas más mágicas que he hecho en mi vida. Más que contemplar la Torre Eiffel, más que el Palacio Real de Madrid; más que nadar en el Mediterráneo y quizá más que comer una salchicha en un mercado navideño en Alemania. :big-grin:  

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A pesar de la multitud de turistas, el Puente de Carlos me dejó en claro por qué Praga es tan admirada por todos. Y por qué aquella revista la catalogó como una ciudad de película. :rolleyes:  

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Después de otra buena cerveza en una taberna volví al apartamento de Mike y descansé mi última noche en la República Checa. Temprano tomaría otro bus para seguir conociendo el legado del Imperio Germánico por la Europa Central.

Pueden ver todas las fotos en los siguientes álbumes:

Praga parte I

Praga parte II

Lo que pasa en Ámsterdam...

Aquellos tres increíbles días en Barcelona serían los últimos que pasaría en España por algún tiempo. Si bien el frío había logrado ya que cogiera una infección en la garganta y mi tos no paraba, nada me prevenía del frío al que luego encararía. :unsure:  

El lunes al mediodía tomé mi vuelo desde el aeropuerto de Barcelona-El Prat hacia la emblemática ciudad de Ámsterdam. La capital neerlandesa sería la única ciudad de aquel país que podría visitar. Y aunque mi presupuesto ya estaba más que reducido, aprovecharía al máximo mis dos días en la ciudad. ;):)

Por suerte, mi viaje fue un tanto más confortable que los últimos que había hecho. Esta vez elegí la aerolínea Vueling, cuya reputación es mejor que la famosa Ryanair. Y al llegar al aeropuerto Schiphol de Ámsterdam todo mejoró.

Las instalaciones de aquel aeropuerto de lujo me dejaron boquiabierto. Y bien me lo había ya dicho mi hermano. No por nada ha sido catalogado como uno de los mejores aeropuertos del mundo. :ohmy:

Pero mi intención no era quedarme entre aviones y un suntuoso mobiliario. Mi nuevo host me esperaba en casa y la ciudad aguardaba por mí.

Me dirigí al tren que conecta a Schipol con la zona metropolitana de Ámsterdam. Un precio bastante caro; pero al abordar entendí el porqué.

Los trenes neerlandeses son de primer nivel. Y aunque por nada del mundo estaba dispuesto a pagar la primera clase, definitivamente me sentía en ella. :big-smil:

Con wi-fi gratuito a bordo pude fácilmente localizar la dirección de mi anfitrión. El reto fue después llegar a ella sin ayuda de internet. Era tiempo de hacer las cosas a la forma antigua. :blush:

En la estación de trenes de Ámsterdam tomé un tranvía que me llevó por el centro histórico de la ciudad. Ya desde antes de subir me había percatado de lo complicado que podía ser andar por la ciudad :huh: con un plano simétrico de sus calles, pero no cuadrado, sino semicircular.

Unos minutos después de caminar llegué por fin al apartamento de Neil, un escocés nativo de Glasgow que me hospedaría por las siguientes dos noches.

Vivía en uno de los antiguos edificios del centro histórico de Ámsterdam. Una de las tan famosas y alargadas construcciones por las que subir las rechinantes escaleras de madera era todo un reto, ubicadas en un estrecho pasillo con varios centímetros de altitud por cada escalón.

Su apartamento era oscuro y se componía de dos piezas y un pasillo. El salón principal con una pequeña cocina y una mesa de madera que servía de comedor. La otra pieza con una cama y un closet en la esquina. Ventanas grandes y sin cortinas, desde las que todos los vecinos podían ver el interior. El baño era viejo y poseía una calefacción de gas. Todo el resto del inmueble estaba completamente vacío. :huh:

Mi “cama” se compondría de dos cojines tirados en el frío suelo de madera. O_o  Pero era todo lo que había. Neil era la única persona que había aceptado mi solicitud, y no podía externar ninguna queja. Así funciona Couchsurfing.

Neil se quedaría en casa por la tarde, mientras yo decidí salir a dar un paseo por la ciudad.

Es verdad que la mayoría de los turistas jóvenes se sienten atraídos por Ámsterdam y viajan hasta ella por su ambiente liberal, con la prostitución y la venta de drogas legalizadas. Pero ese no era mi caso (no principalmente). Ámsterdam ha sido una pequeña pero importante y bella ciudad en Europa a lo largo de los siglos y yo estaba allí para descubrir todos sus rincones. :)

Y una de las cosas más cautivadoras de la ciudad es sin duda su plano urbano, trazado desde hace tres siglos.

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En aquel entonces se construyó una serie de canales de forma semicircular que atravesaban todo el centro histórico de la ciudad.

Los Países Bajos (o Nederland en su idioma oficial) obtienen su nombre precisamente por ser tierras bajas. La cuarta parte de su territorio se encuentra al nivel del mar o por debajo del mismo. :eek: 

Esto quiere decir que los Países Bajos, incluida Ámsterdam, han estado siempre bajo la amenaza de inundaciones, sobre todo durante el último siglo con el calentamiento global. :excl:  

Los canales que hoy dibujan las distintas parcelas que conforman la capital son solo parte del increíble plan de ingeniería con el que Holanda batalla el cambio climático. Y el resultado ha sido simplemente mágico. <3

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No por nada Ámsterdam es llamada la Venecia del norte.

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Pero a diferencia de Venecia, en Ámsterdam no había un tráfico enorme de góndolas. Quizá también por el crudo frío que había al exterior, que no hacía del todo agradable un viaje en barca. :blush:  

Pero desde que caminé por la calle Kinkerstraat, donde vivía Neil, hasta toparme con los canales del centro, mi precaución como peatón no fue precisamente ante los coches.

Al cruzar la primera avenida casi fui atropellado. Y no por un automovilista. Sino por un ciclista. :wacko:  

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Más del 50% de los vehículos en la ciudad son bicicletas. Hay más de 7 millones. En Ámsterdam, al igual que en el resto del país, el medio de transporte más usual es la bicicleta. Y podía entender por qué.

Desde el primer momento pude notar la escasez de coches aparcados en el centro. A su vez, existía una ausencia de parkings. Y los que había parecían extremadamente caros.

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Las calles del centro de Ámsterdam están hechas para peatones y ciclistas. Eso me quedó bastante claro cuando los numerosos ciclistas me hicieron ver con sus pitidos que no debía caminar por la ciclopista, sino por la acera. Vaya falta de cultura vial que me hacía. :blush:

Una vez entendido, seguí con mi marcha por la ciudad.

Como bien había dicho, mi presupuesto para este viaje era ya de pocos euros. Mis vuelos y hospedaje estaban ya resueltos. Pero no podía darme tantos lujos. Y al toparme con una tienda de delicioso queso edam sabía que era uno de esos lujos al que debía resistirme. :sad:  

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Seguí los caminos acuáticos sin preocuparme del destino final. Era complicado tener un sentido de la orientación en una ciudad formada por decenas de pequeñas islas.

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En cada encantador puente me detenía para tomar una foto con el bello reflejo de sus edificios sobre el agua, sobre la que flotaban multitudes de botes.

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Y no todos eran botes destinados a paseos turísticos. En Ámsterdam existen casas flotantes.

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Esta forma de alojamiento nació durante la Segunda Guerra Mundial derivado de la escasez de vivienda. Hoy es un método un poco más barato que el alquiler o compra de un apartamento, aunque estas embarcaciones también pagan un impuesto por estacionarse, un mantenimiento periódico y un seguro. Eso sí, en caso de un cambio climático y del aumento del nivel del agua una casa flotante no sufrirá ningún daño.

Además del queso, los ríos y las bicicletas, otra de las cosas por las que Ámsterdam es mundialmente conocida es por la fabricación de diamantes.

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Desde hace cientos de años los amantes de estas piedras preciosas vienen a la ciudad para pulir diamantes a sus más altas exigencias. Por supuesto, comprar un diamante tampoco era algo que cupiera dentro de mi presupuesto de viaje. :D

Después de cruzar varios canales llegué hasta la que se puede llamar la isla central de Ámsterdam, donde se encuentran las principales construcciones del antiguo centro histórico alrededor de la Plaza Dam, la plaza central de la ciudad.

Entre los edificios más conocidos está el Palacio Real de Ámsterdam, que cabe mencionar, es una de las cuatro residencias de la Familia Real del Reino de los Países Bajos en todo el país. Así que no, usualmente los reyes y príncipes no están viviendo allí. :D

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Justo al lado se yergue una enorme e imponente iglesia gótica llamada Nieuwe Kerk, o iglesia nueva.

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Los Países Bajos son bien conocidos por haber sido uno de los primeros países que toleraba la variedad de creencias religiosas, evitando así los conflictos entre católicos y protestantes.

large.26a60fb1d8592263f7d9ddb91e630804.jpg.fa906c7c20de5b9afd7afbc1c177aeb1.jpgEstación central de Ámsterdam

Caminé hasta la punta norte de la isla para alcanzar la Estación Central de la ciudad y comprar algo de comer. Lamentablemente en un viaje barato no se puede comer en grandes restaurantes. Y un sándwich en un fast food es a veces la opción más cómoda. Sobre todo en Europa occidental. :blush:

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Basílica de San Nicolás

Allí mismo visité la Basílica de San Nicolás, otro pequeño símbolo de la ciudad. Y decidí volver a pie detrás de ella para recorrer otro símbolo icónico holandés. El Barrio Rojo de Ámsterdam.

Además de evitar las guerras religiosas que han desolado desde siempre a Europa y el mundo, la tolerancia de diversidad de pensamientos en los Países Bajos ha dado pie a la apertura de mentes en cara al sexo.

Así, para los neerlandeses las discusiones sobre la orientación sexual, la inseminación artificial, la prostitución o el aborto son cosas del pasado.

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El Barrio Rojo (o Red Light District en inglés) es precisamente una muestra de la libertad de expresión sexual que vive la ciudad desde hace décadas.

En Ámsterdam la prostitución es completamente legal. Las prostitutas tienen los mismos derechos que el resto de los trabajadores en Países Bajos. Seguridad social, vacaciones y, por supuesto, pagan impuestos.

El Barrio Rojo recibe su nombre por la cantidad de anuncios y letreros que se alumbran en tonos rojos, induciendo al sexo.

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Las prostitutas (vaya si eran bellas) se exhibían de forma muy natural en vitrinas y escaparates como productos a la venta, llamando a todo hombre (y hasta mujer) que caminaban frente a ellas. Tomarles fotos estaba prohibido.

¿El precio por sus servicios? Había que averiguarlo. Algo que todos los turistas jóvenes no dudaban en hacer. Pero no duraban mucho en salir de la tienda. Seguramente no podían darse el lujo de pagar por sexo con una chica tan bella (y encima pagar el impuesto incluido). :blush:  large.dc906dcb2e95c52eeb9b79fa0eb0ca52.jpg.f1dc77a2ecfb3488ce001ef03b167b92.jpg

El resto del Barrio Rojo está igualmente tapizado por banderas de arco iris que anuncian un ambiente gay friendly, sea en cafés, restaurantes, cines, saunas, discotecas o clubes de sexo. En Ámsterdam hay diversión sexual para todas edades y gustos (claro, teniendo la mayoría de edad, que asciende a los 21 años).

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Volví a casa de Neil para reposar un poco. Había comenzado a llover y necesitaba refugiarme del frío.

Neil parecía bastante desolado. Todo el tiempo fumaba marihuana en casa y escuchaba música soul. No quería salir. Eso me desconcertaba un poco. :unsure:

Poco después me contó que se había mudado a Ámsterdam desde Glasgow para cambiar su vida. Había pasado tragos muy amargos en casa, con una esposa que estaba ahora en el hospital psiquiátrico y que no quería volver a verlo. Y tenía solo 30 años. :wacko:  

Sumado a su fuerte acento escocés difícil de comprender, yo no tenía una idea de qué podía decirle. Yo estaba en Ámsterdam de vacaciones y lo que menos quería era pensar en la depresión de alguien más. Pero sabía que tan solo el hecho de hacerle compañía le haría bien. Yo era su primer couchsurfer, después de todo. :huh:  

Pero entonces dimensioné también lo inmensamente abiertos que debemos ser al usar una red como Couchsurfing. Un día antes estaba con Eloi, quien me había llevado de fiesta gratis por Barcelona. Hoy estaba escuchando a Neil contar su triste historia mientras fumaba marihuana frente a mí. :zsick:  

Pero no dejé que las cosas salieran mal y cociné un buen estofado de pollo para amenizar un poco la noche. ;)  

Al siguiente día salí por la mañana hacia otro de los destinos más conocidos y visitados de la ciudad: la casa de Ana Frank.

Pocos años antes había leído El diario de Ana Frank, uno de los testimonios más sinceros sobre la persecución de los judíos y otras minorías durante el Tercer Reich de Hitler.

Como todo el que ya haya leído el libro sabrá, Ámsterdam fue la ciudad donde Ana Frank creció junto con su familia judía (aunque todos nacieron en Alemania). Cuando los alemanes invadieron los Países Bajos, su padre Otto logró trasladar a toda la familia al anexo secreto (como Ana Frank lo llamaría) que se alzaba en la parte trasera del edificio donde trabajaba con sus empleados.

Los 25 meses que pasaron allí escondidos de la Gestapo junto con otra familia judía y un dentista, Ana escribió sus vivencias como una adolescente que soñaba con que acabara la guerra y poder cumplir su sueño de ser una famosa escritora cuando creciera.

Por supuesto, nada de eso fue posible. En agosto de 1944 Ana y su familia fueron delatados por algún vecino y descubiertos por la policía alemana, quienes los deportaron a los campos de concentración donde todos, excepto Otto, murieron.

Miep Gies, una de las personas que ayudaron a ambas familias en el anexo, encontró el diario de Ana y varias hojas sueltas donde expresó todos sus sentimientos durante su estadía. Cuando Otto volvió de la guerra, Miep le entregó el diario de su hija, mismo con el que hizo realidad el sueño de Ana.

Hoy es uno de los libros más vendidos en la historia, siendo una lectura habitual y obligatoria en muchos países, como en Estados Unidos.

Y para todos los que hemos leído el libro es también obligatorio visitar la Casa-Museo Ana Frank al ir a Ámsterdam.

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Hoy toda la esquina de la calle Prinsengracht con la calle Westermarkt, al lado de la iglesia de Westerkerk, se ha convertido en un moderno museo que en su primer piso aloja exposiciones interactivas y multimedia sobre la vida de Ana Frank y la ocupación nazi en los Países Bajos.

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Iglesia de Westerkek, que puede ser vista desde la casa de Ana Frank

Al final del museo se hallan las escaleras que llevan hasta una réplica del librero que solía ocultar la entrada al anexo secreto. Y tras el librero las escaleras de madera que llevan al pequeño escondite donde vivieron hacinadas aquellas ocho personas.

Los cuartos eran de verdad pequeños. En el baño apenas y se podía sentar. La zona más confortable parecía ser el ático, donde Ana escribió muchas de sus notas y donde se veía con Peter, de quien se cree estaba enamorada.

Dentro del museo está prohibido tomar fotografías. Pero sin duda vale la pena poder ver con nuestros ojos algo que solo existía en nuestra imaginación, con las detalladas descripciones que Ana hizo del anexo.

La casa, como la mayoría del centro de Ámsterdam, tiene una típica arquitectura alargada con una fachada plana y con un gancho en lo alto.

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La curiosa forma de los hogares en la ciudad se debe a los altos impuestos que debían pagar las viviendas por el ancho de su terreno ocupado. Lo que quiere decir que entre más angosta fuera la casa menos impuestos pagaría. Ahora la típica postal de Ámsterdam cobraba sentido.

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Para alegrar un poco más mi día y no pensar solo en la guerra y el holocausto en Holanda, salí de la casa y caminé a las afueras del centro histórico, rumbo a una zona de museos que se encuentra detrás del Rijksmuseum, o Museo Nacional de Ámsterdam.

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Aunque mi presupuesto tampoco alcanzaba para entrar a todos los museos, pude disfrutar de una tarde fría, pero sin lluvia, en el Museumsquartier (cerca está también el museo de Van Gogh), donde los locales se divertían en una enorme pista de hielo.

Cuando volví a casa, para mi sorpresa, Neil estaba de humor para salir a dar una vuelta por la ciudad. Quería mostrarme un buen lugar donde podría probar un buen postre holandés. Como buen invitado acepté a su propuesta.

Nos dirigimos hacia el Barrio Rojo nuevamente y entramos a una de las coffee shops, restaurantes donde está permitida la venta de cannabis y hachís.

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El ambiente dentro del café era tal y como me lo esperaba. La música reggae de Bob Marley sonaba en el fondo. La empleada en la barra usaba rastas y una pañoleta en el cabello. Las luces eran fluorescentes.

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Me sorprendió ver el menú y pasar mi mirada por la enorme cantidad de tipos de marihuana que tenían a la venta. Pero ahora la droga en Países Bajos estaba desmitificada para mí.

La gente cree que todo mundo vende y consume droga en el país. Pero no es así. La venta y consumo están legalizados, pero controlados por el estado. Así, los coffee shops no pueden tener más de medio kilo de marihuana en el local, y los clientes no pueden consumir más de 5 gramos diarios.

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Yo no soy el mayor conocedor de drogas en el mundo. Y, sinceramente, son muy pocas las veces que he fumado marihuana. Así que Neil y la empleada me ayudaron a elegir el producto más suave para mí. Un muffin de chocolate con cannabis

La marihuana se vende de distintas formas. Por gramo, por joint (porro) o en pastelillos. Y claro, un dulce muffin haría para mí la experiencia más agradable. ;)  

Decidí comerlo con tranquilidad, mientras Neil fumaba su porro sentado en la barra. No sentí nada especial. Nada fuera de lo normal. El chocolate era rico y la consistencia perfecta.

Neil me propuso ir a casa y descansar. Asentí con la cabeza y salimos del coffee shop.
Justo a mitad del camino cruzamos un puente por uno de los muchos canales de la ciudad. Y allí, todo comenzó a moverse. :confus:  

Las calles, los puentes, los reflejos en el agua, los ciclistas, las casas alargadas, las luces rojas, las vitrinas, las barcas, incluso la llovizna.

Mis ojos y mi mente comenzaron a divagar por cada pequeño detalle que se cruzaba frente a mí. Era oficial. Estaba drogado en Ámsterdam. :whistling:

El cliché más célebre de la ciudad estaba recorriendo mi cuerpo. Neil me llevó a casa, donde vimos una rutina de comedia de un buen actor escocés en su ordenador. No hace falta decir que para ese entonces todo me daba risa. :big-grin: 

La sensación de aquel muffin fue algo distinto a lo que había probado. Pero era una experiencia y nada más.

Al siguiente día tomaría un vuelo de vuelta a Alemania, donde un crudo invierno y otro tipo de experiencias me esperaban.

Pueden ver todas las fotos en el álbum dela derecha

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