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Viena: crónica de un mendigo en la ciudad imperial

AlexMexico

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Mientras más me aproximaba al levante de Europa, casi culminado el mes de enero, más desdeñaba la temperatura de los cero grados centígrados, que ahora lucían casi como un anhelado verano para mí. :crying: 

Praga había sido mi primera parada en la Europa Central y no me había dado nada de qué arrepentirme. Pero cada vez me movía más al este del continente y, francamente, se acentuaba mi cobardía por encarar al invierno oriental. :unsure:  

Mi última mañana en la capital de la República Checa tomé el bus que me llevaría 300 kilómetros al sur, justo al lado del legendario río Danubio, el más largo de la Unión Europea que por siglos marcó la frontera norte del Imperio Romano.

Me adentré entonces en los actuales territorios de Austria, el sexto país en mi lista. Viena estaba justo en el paso hacia mi último destino del este, y era obligado hacer una escala en la centenaria ciudad imperial.

En ella vivía entonces Matthías, un austriaco (originario de Graz) estudiante de Relaciones Internacionales que había hecho su intercambio en la Universidad Autónoma de México, y a quien había conocido hace poco más de un año atrás.

Para mi suerte, cursaba el último año de su carrera en la capital austriaca antes de volar a México para reencontrarse con su novia. Y antes de desalojar su apartamento me ofreció gentilmente hospedarme en él durante mi estancia. ;)  

El único problema era que él debía trabajar hasta las 6 p.m. aquel día. Viajar en enero, durante los exámenes finales, no era una buena idea del todo si quería hacer Couchsurfing. Así que desde mi arribo al mediodía debía cargar mi mochila hasta que cayera la noche sobre la ciudad. :zsick:

Desde la estación de bus tomé el metro hacia el centro histórico, exactamente a la parada Stephansplatz.

La estación lleva ese nombre por encontrarse justo al lado de la Plaza de San Esteban, y más específicamente, de la Catedral de San Esteban.

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Su torre de campanario de 136 metros de altura es uno de los símbolos de Viena y el elemento gótico más representativo de todo el país.

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Desde que salí del cálido subterráneo para ver el imponente templo me di cuenta de que la ropa térmica, mis dos jersey y mi chaqueta no serían suficientes para aguantar toda una tarde al aire libre en Viena. O_o

Aunque la nieve en las aceras estaba casi por completo derretida, la sensación térmica bajaba hasta unos 9 grados bajo cero. Y, al igual que me ocurrió en Berlín, eso convertía en un reto tomar una buena fotografía, lo que implicaba sacar mis manos de los bolsillos y exponerlas al gélido ambiente. Y sabía que con mi pesada mochila sobre mi espalda, aquella sería una larga y fatigante jornada. :oops:  

Desde la Plaza de San Esteban también era visible la Iglesia de San Patricio, un templo barroco que hoy ha sido transferido al Opus Dei.

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Justo cuando comencé a caminar hacia el sur para alcanzar la avenida principal del centro, una fuerte nevada comenzó a caer. No era una nevada de ensueño, sino todo lo contrario. El viento bufaba con lozanía y sin piedad, atizando mi rostro con sus helados copos que se hacían cada vez más gruesos.  :madd:

Mi afelpado gorro y mi cubreorejas devinieron en un nada absoluto que se vieron incapaces de proteger mi cara de aquel blanco infierno. Y me dispuse pronto a resguardarme en el café más cercano, donde aproveché para comer algo caliente.

Entonces lo decidí: ¡no volvería a viajar en invierno! Al menos no a Europa Central. :mad:  

Cuando la ventisca abdicó pude por fin salir en paz. Di la última bocanada de un abrasador aire antes de dejar la holgura de la cafetería y me enfrenté de nuevo a la cana atmósfera que inundaba Viena.

Caminé hacia el sur hasta alcanzar la RingStraße, la avenida de circunvalación que rodea el centro de la ciudad.

Hasta 1857 estaba ocupada por la muralla que rodeaba la capital austriaca. Hoy es un amplio bulevar que posee en ambas orillas monumentos increíbles que han sido declarados por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, lo que lo convierte en uno de los atractivos más visitados por los turistas. <3

Uno de los más célebres es, por supuesto, el Teatro de la Ópera Estatal de Viena.

Viena es bien conocida por ser la capital musical de Europa y, para muchos, del mundo. No por nada la imagen de Mozart, nacido en Austria, aparece en casi la mitad de los souvenirs que se venden en las tiendas. :big-grin:  

El edificio posee, de entrada, una historia bastante controversial. Por más bello que parezca, su construcción a mediados del siglo XIX causó una decepción en los vieneses, quienes esperaban mucho más de la nueva casa de la música nacional. Eso ocasionó nada menos que el suicidio del primer arquitecto y la muerte por infarto del segundo, quienes nunca vieron terminada su obra neorenacentista de la que hoy goza la metrópoli.

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Al verme frente al inmenso y emblemático edificio y tocar mi billetera supe de inmediato que Viena sería otra ciudad a la que debería volver. Un concierto en la Ópera y la entrada a sus innumerables museos sumaba una cuantiosa suma. Y era algo que, lamentablemente, no podía darme el lujo de pagar. No si quería comer y asegurarme de no dormir en la calle :(  Y la Ópera no fue el último lugar al que desearía haber podido entrar.

Unos metros al oeste, siguiendo la RingStraße, me topé con el inmenso Palacio Imperial de Hofburg, residencia antigua y actual del poder ejecutivo de la nación austriaca.

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Sus numerosas salas y estancias albergaron a las familias imperiales de Austria durante más de seis siglos, que vieron pasar por su territorio a un ducado, un archiducado y un imperio que tuvo su fin al final de la Primera Guerra Mundial, cuando el país abandonó la monarquía para convertirse en una república.

Con el mapa de la ciudad en mis torpes manos envueltas con unos débiles guantes que poco me ayudaban, llegué a la parte sur del palacio desde los jardines imperiales, que para entonces no eran otra cosa que una enorme manta de nieve.

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Exquisitas estatuas de mármol se posaban por toda la extensión de los huertos, que fusionaban su blanco con el de la escarcha a su alrededor. :rolleyes:

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Pero el monumental palacio parecía no mostrarme su mejor ángulo. No con la docena de edificios que, de hecho, componen el complejo, entre los que se encuentran el Museo de Etnología, la Biblioteca Nacional de Austria y la Escuela Española de Equitación, todos ellos destinos que pueden ser visitados por separado por precios individuales que no me vi dispuesto a costear. :sad:  large.ad35a0563bbabfcfc957dab37c3c89da.jpg.21e04ab55f7fad66965265c961f95c10.jpg

Por el contrario, preferí caminar hacia la Maria-Theresien-Platz para fotografiar los exquisitos edificios que la flanquean.

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La plaza pública está justo al lado de la RingStraße y está dedicada a la emperatriz María Teresa, cuya estatua se posa en el medio.

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Los dos formidables edificios gemelos (de hecho, casi gemelos) en sus extremos norte y sur fueron mandados a construir a finales del siglo XIX por el emperador Francisco José I para dar cabida a las colecciones privadas de la realeza de una forma digna de la misma. Hoy, al ser bienes públicos, albergan al Museo de Historia Natural y al Museo de Historia del Arte.

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Y si creía ya haber visto suficientes museos en el centro de la capital austríaca, solo bastaba voltear al oeste de la plaza y admirar el Museumsquartier.

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Es el octavo complejo cultural más grande del mundo, y fue edificado en el 2001 para albergar a otros tantos museos, centros de convenciones, estudios y espacios de exhibición que hacen de Viena otra capital cultural del mundo.

Pero no había terminado.

Del lado este de la Maria-Theresien-Platz otra plaza más grande, también flanqueada por museos, se extendía bajo la nieve.

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La famosa Heldenplatz, o Plaza de los Héroes por las estatuas de los heroicos jefes miliatres del Imperio, es justo donde hace ochenta años Hitler anunciaba la anexión de Austria al Tercer Reich.

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Pero la plaza no es solo célebre a causa del discurso nazi que opacó la historia del país, sino por la magnitud de las construcciones que se posan a su alrededor.

Allí estaba el resto del Palacio de Hofburg, la cara que me había estado ocultando ante su enorme extensión.

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Y por si fuera poco, y nada sorprendente ya, su interior resguardaba otro puñado de museos y salones imperiales que tampoco podía atreverme a pagar. ¡Vaya decepción! :confus:  

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Estaba en Viena, capital de la música y los museos, parado frente a uno de los palacios más lujosos y emblemáticos de la monarquía europea, sin dinero para entrar. :angry:  

Pero no todo era tan malo. Estar allí era mejor que no estarlo. Aun con la nieve. Aun con el frío. Aun con mi mochila al hombro sin un lugar donde alojarme hasta que llegase la noche. :blush:  

Para calmar un poco mis ansias y mi depresión financiera caminé un poco más al norte de la RingStraße, donde se asomaba otra torre icónica de la ciudad entre un nublado cielo.

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Se trataba del Ayuntamiento de Viena, un maravilloso edificio neogótico frente al cual se había instalado una pertinente pista de patinaje para el recreo de los residentes y turistas.

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En la otra esquina, los patinadores podían deleitarse con la fachada del Burgtheater, el Teatro Nacional de Viena.

Allí, mirando a los pequeños caerse sobre el rígido hielo, tomé un poco confortable descanso bajo el frío para coger el wi-fi gratuito que la ciudad me ofrecía y enviar un mensaje a Matthias, avisando de mi situación actual.

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Sabiendo que en poco tiempo podría reunirme con él, sin tener que esperar necesariamente la oscura noche, di mi última caminata hacia el norte de la RingStraße, hasta alcanzar la iglesia Votivkirche, donde pude tomar el metro hacia el sur de la ciudad.

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Me reuní finalmente con Matthias en su increíble apartamento, muy distinto al que rentaba en la ciudad de México cuando lo conocí. :ohmy: 

Su bienvenida no pudo haber sido más reparadora. :rolleyes: En aquella fría noche entrar a un cálido departamento adornado con papel picado de colores y botellas de salsas picantes mexicanas me reconfortó después de la dura caminata, y me llevó por un instante de vuelta a mi país, al que Matthias parecía amar y extrañar.

Sin embargo, esa noche no cocinaría algo mexicano. Y decidió, por el contrario, hacerme degustar un básico platillo austriaco: una salchicha vienesa con mostaza y raíces. :P  

Era muy parecida a las bratwurst alemanas, pero esas raíces le dieron sin duda un toque distinto. Aunque para ser sincero, eran demasiado picantes para mí. Un picor muy distinto al de los pimientos mexicanos a los que estoy acostumbrado. O_o  Pero a Matthias parecía no molestarle en lo absoluto.

Tras un poco de crema muscular en mis hombros y encogido en mi saco de dormir, quien se había convertido en mi segundo mejor amigo durante el viaje (el primero eran mis botas), concilié el sueño sobre el sofá del salón, recobrando mis energías para la siguiente mañana.

Matthias vivía en el suroeste de la ciudad, en un barrio residencial un poco alejado del centro. Pero para mi conveniencia, justo al lado se encontraba uno de los atractivos más famosos de la ciudad y, quizá, el más visitado: el Palacio de Schönbrunn.

Es conocido como “el Versalles vienés”, y con justa razón.

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Como muchas de las monarquías europeas que construían castillos residenciales y de recreo a las afueras de las grandes ciudades, los austriacos no podían quedarse atrás.

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Pero esta maravilloso mansión no solo fue declarado Patrimonio de la Humanidad como un símbolo de Austria, sino también como el mayor ícono de una de las familias más influyentes en la historia desde la Edad Media hasta la Contemporánea: la dinastía de los Habsburgo.

Es casi imposible que algún país europeo (incluso, muchos no europeos) no haya pasado por las manos de algún rey o emperador de esta familia real. Vaya, incluso México tuvo un emperador Habsburgo.

Las tierras gobernadas por estos poderosos hombres abarcaron prácticamente todo el planeta, desde las provincias más cercanas a Viena (convertida en su capital imperial por excelencia) hasta los confines de la América colonial y las islas asiáticas, durante el mandato de Carlos V.

Austria no formó parte solamente del Imperio Austrohúngaro, constituido apenas hace dos siglos, sino que por cientos de años fue un archiducado del Sacro Imperio Romano Germánico, muchos de cuyos gobernantes reinaron desde Viena y, específicamente, desde el Palacio de Schönbrunn.

Pero este castillo es también conocido como el “palacio de verano”, ya que el Hofburg, en el centro de la ciudad, era ocupado por la familia real en el invierno.

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Dos palacios de excéntricas magnitudes. Enormes jardines como patio de recreo, que entonces me recibieron repletos de nieve, por supuesto. Fuentes con esculturas de historias míticas de la Antigüedad. Glorietas descomunales marcando nodos en los hermosamente simétricos caminos del bosque trasero.

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Y una vista impresionante desde su colina superior.

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No cabe duda de que los Habsburgo supieron llevar una buena vida. :ohmy:  Y supieron también cómo dejar el mejor legado a su futuro país republicano, con galerías, colecciones, salas, teatros, científicos y artistas inigualables en el mundo.

Mi visita en la capital austriaca finalizaría con una cara totalmente opuesta a la entonces vista, cuando me vi con Matthias para visitar la zona norte de la ciudad.

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El distrito financiero ubicado justo en la orilla del río Danubio es también un sitio de recreo para los locales, según me contó Matthias. Un lugar que, en verano, luce lleno de jóvenes y familias que toman el sol en las pequeñas islas del río y hacen parrilladas para aprovechar al máximo el calor centroeuropeo.

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Para mí fue, por supuesto, una experiencia diferente, con el río casi congelado frente a mis ojos. :D  

Al siguiente día por la mañana partiría en un bus por toda la rivera del Danubio, que me llevaría a otra de las grandes capitales imperiales europeas.

Europa

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Que buena historia!! Y que bueno eso de animarse a probar otros platos, la verdad que a mí eso me cuesta un montón... soy muy fiel a la cocina de mi país jaja :P

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    1. Tenía pensado conocer Europa del Este, los destinos pensados eran Praga, Budapest, Bratislava y algunos pueblitos no tan conocidos... Pero una buena oferta a Estados Unidos produjo un cambio de planes a los destinos de Miami y Nueva York. Son dos viajes totalmente diferentes, pero ambos estaban en mi mente al igual que otros varios destinos más...

      Luego de unos días de descanso + playa + shopping y paseos por la ciudad de Miami llegamos a Nueva York, la ciudad nos recibía con un poco más de 30 grados (para mí que soy amante del calor estaba más que bien) :)

      Teníamos alquilado un departamento en Astoria, en Queens muy cerquita de Manhattan. Sacamos la tarjeta metrocard ilimitada por una semana y nos resultó muy cómoda para manejarnos.

      Además optamos por comprar el pase para el bus turístico y recorrer las partes más importantes de Nueva York.

      Habiamos llegado a la tardecita, pero no podía perder la oportunidad de realizar el primer paseo... Estrenamos nuestra tarjeta de metro y fuimos a Times Square. Es un sitio alucinante, se ve más espectacular aún que en las películas, fotos y videos.

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      Algo que siempre me ha gustado de las ciudades grandes es visitar sus miradores! Fuimos a dos de ellos, al Rockefeller Center y al One World Observatory. El primero no me resultó tan impactante como el segundo. El OWO se encuentra en la zona donde anteriormente estaban las Torres Gemelas, es una zona muy linda para recorrer, las grandes fuentes que ocupan el espacio donde estaban las Torres Gemelas, producen una sensación de tranquilidad y silencio que invita a reflexionar en medio de la caótica Manhattan. En esta zona además se encuentra un centro comercial muy bonito que por fuera tiene forma de Paloma.

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      Otros paseos que me gustaron mucho fue recorrer la Quinta Avenida, la zona de Brooklyn donde nació Nueva York... Allí aprovechamos a cruzar el puente y también a sacarnos algunas fotos en Dumbo.

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      Nunca había pasado mi cumpleaños de viaje, pero esta vez sucedió. Para festejar fuimos a almorzar a un restaurante argentino que habíamos averiguado previamente por internet y a la noche encontramos un restaurante italiano frente a Times Square y justó nos tocó una mesa en una esquina donde podíamos aprovechar a disfrutar de las luces y el movimiento caótico de la Gran Manzana.

      Ir a Nueva Yotrk y no visitar la Estatua no iba a ser un viaje completo, por lo que optamos por comprar el ferry para ir. Es importante aclarar, para quienes estén pensando en hacer este paseo que hay varias opciones... Hay un ferry gratuito que te lleva a ver la Estatua desde lejos pero que no permite bajarse, a mi criterio no es una buena opción ya que la estatua se ve del mismo tamaño que en un mirador, por lo que lo ideal es comprar el pase para el ferry y bajarse. La isla es muy chiquita se puede recorrer a pie y por supuesto ver a la emblemática Miss Liberty frente a frente. No subimos a la corona porque no disfruto de los espacios chicos y encerrados, en caso de que deseen hacerlo se debe reservar con anticipación ya que se venden pocas entradas por día.

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      Una zona nueva de la ciudad es Hudson Yards donde se encuentra un shopping nuevo y también el mirador The Vessel, es una estructura muy llamativa. Para visitarla se debe sacar la entrada por internet, no tiene costo pero es un paseo que vale la pena realizarlo con unas vistas increíbles.

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      Un paseo imperdible para los amantes de la fotografía, es visitar la tienda de fotografía más grande de la ciudad, donde se puede encontrar todo tipo de lente, accesorio, luz y demás. Allí aproveché para hacer algunas compras...

      El Central Park fue otro de mis lugares preferidos, es realmente muy grande. Si desean ver algo en particular, lo mejor es planificar la visita con tiempo para ver exactamente donde se encuentra, de lo contrario es muy díficil... Yo caminé sin rumbo disfrutando del paisaje verde en medio de Manhattan. Existen alternativas para recorrerlo ir en bicicleta, caballo.

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      Hay cientos de paseos para hacer, varias veces opté por tomarme cualquier bus al azar y pasear sin rumbo, creo que cualquier calle es bonita y especial.

      Por último quisiera compartir algunos tips:

      La mejor manera de moverse en la ciudad, como comenté anteriormente es en Metro o bus. Hay muchas cosas para ver, hacer todo caminando es realmente imposible. Los sistemas de transporte están super conectados, son muy eficientes y también seguros.

      En cuanto a las atracciones a visitar, creo que la mejor opción es comprar un pase con la cantidad de atracciones que uno desea ver, previamente conviene realizar una investigación y ver qué lugares se desean visitar.

      Los buses turísticos son una buena alternativa para tener un primer pantallazo de la ciudad.

      Quienes deseen ahorrar en alojamiento una buena opción es hospedase fuera de Manhattan, nosotros lo hicimos en Queen, Astoria. Es un barrio muy tranquilo y también tiene varios locales y comercios de todo tipo.

      Para conocer la ciudad se necesitan varios días. Nosotros estuvimos seis días intensos donde vimos muchas cosas, pero tranquilamente se puede estar dos semanas sin aburrirse y más también...

      Opciones de comida hay cientas, restaurantes de todo tipo y también los supermercados venden viandas ya listas para comer. Aprovechamos a comer varias ensaladas ya que era verano y la ocasión lo ameritaba.

       

       

    2. Un par de días en Malmö habían significado una verdadera e inesperada aventura con la que me di a mí mismo la bienvenida a la península escandinava.

      Atravesar las islas danesas hasta el puente que las une con Suecia solo pidiendo aventones en la carretera fue algo sin duda bastante inusitado. Pero nadar desnudo en el mar Báltico bajo aguas de 6°C me sorprendió más de lo esperado.

      Los cuervos, un puente colgante, el horizonte de Copenhague al otro lado del mar, la gran comunidad de inmigrantes iraquíes, un rascacielos torcido, un sauna sobre la playa. Cada pequeña cosa me produjo un exquisito sabor de boca que dejaría a Escania y a Suecia en el bagaje de mis buenas memorias de viaje.

      El jueves por la mañana almorcé en un restaurante oriental con Andreas, quien me alojó en Malmö y me mostró la dicha de los saunas suecos.

      Luego de un plato de falafel me condujo hasta la estación central, donde lo despedí para luego tomar mi autobús hacia la frontera noruega, a más de 500 kilómetros hacia el norte.

      Con más de siete horas de camino sabía que una buena lista de reproducción y un puñado de snacks alivianarían la pesadez del viaje, aunque los autobuses escandinavos no le piden nada al resto de las compañías europeas (lo que incluye el precio, que de hecho, no fue tan caro).

      Pero tras unas horas a bordo, las imágenes al otro lado de la ventana me hicieron saber que aquel trayecto no sería, en absoluto, algo aburrido. Al contrario de todo, Escandinavia comenzaba a dejarme ver la belleza natural que atrae a tantos turistas a sus costosos rincones. 

      De nada me arrepentí más que de haber dejado mi cámara en el equipaje debajo del autobús. Pero los bosques de coníferas a mi alrededor me hicieron olvidar todas mis preocupaciones al instante.

      El verde y exuberante follaje del bosque que rodeaba la carretera E20 me dejó muy en claro el respeto que Suecia le tiene a la madre naturaleza. Y al llegar a Noruega las cosas no cambiaron mucho.

      Noruega es el primer país del mundo que prohibió la tala de árboles, argumentando que como parte de su modelo nórdico de bienestar, la naturaleza forma una pieza esencial en la calidad de vida de sus habitantes.

      No es de extrañarse que Noruega figure como el país con el más alto índice de desarrollo humano en el mundo, mostrando no solo que es un país rico (situado en tercer lugar por su PIB), sino uno que se preocupa en demasía por el bienestar de sus ciudadanos.

      Aunque Noruega forma oficialmente parte del Espacio Económico Europeo y del Espacio Schengen, no pertenece a la Unión Europea. La mayoría de los noruegos no aprueba la adhesión del país a la UE, ya que creen que puede perjudicar su estado de bienestar. Simplemente parece ser que no lo necesitan.

      Y aunque el Espacio Schengen ha roto las fronteras europeas para crear un libre tránsito, una pequeña caseta de peaje con gendarmes de seguridad fue lo que nos dio la bienvenida al país.

      A pocos más de 100 kilómetros de la frontera nuestro autobús llegó a Oslo, la capital noruega en la que pasaría un fin de semana entero.

      Mi viaje en los países nórdicos dependía muchísimo de Couchsurfing. Sin esta red de anfitriones me habría sido imposible costear el hospedaje, que en Escandinavia puede subir hasta casi los 50 euros por noche en una habitación compartida.

      Y en efecto, había corrido con mucha suerte. Y en Oslo sería Danny quien me hospedaría por un par de días en su apartamento de soltero.

      Fuera de la estación central, donde el autobús me dejó cerca de las 10 de la noche, cuando apenas se había ocultado el sol en la ciudad, los rieles del tranvía me indicaron el camino.

      Con lo costoso que pueden llegar a ser las multas no podía arriesgarme a tomar el tram sin pagar el boleto antes. Pero los tranvías en Oslo ya no usan boletos. Todo se maneja por tarjeta o con una aplicación para smartphone. 

      Imposibilitado de adquirir un boleto físico, decidí bajar la app y comprar el ticket en línea, cuyo código QR es válido por una hora e incluye toda el área metropolitana. Y por 33 coronas noruegas (unos 3.5 euros) arribé a casa de Danny antes de la media noche.

      Ver a Danny cenando alitas de pollo mientras mi estómago rugía de hambre no fue muy agradable. Pero no me atrevía a coger una sin su permiso, mismo que nunca llegó a ofrecer. Me conformé entonces con una barra de chocolate y una taza de té para poder dormir en su confortable sillón.

      Por la mañana Danny partió al trabajo. Aquel día me tocaría conocer la ciudad solo, y comencé caminando cuesta abajo por Grünerløkka, distrito residencial hoy lleno de cafeterías y bares, barrio mismo en el que me alojaba aquel fin de semana.

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      Aunque el sitio solía resguardar a las familias de clase obrera, actualmente vivir allí no parece nada barato. Y así me lo confirmó Danny, quien se decidió por aquel apartamento solo por compartir los gastos con su ex novia. Ahora que estaba soltero, las cosas se habían vuelto más complicadas.

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      Hospedarme en Grünerløkka fue todo un privilegio, con un balance perfecto entre el paisaje urbano y la naturaleza de Oslo.

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      No tardé en darme cuenta de la fascinación que los noruegos tienen por los alces y los venados, animales que se han convertido en su símbolo nacional, a los que en muchos lugares de la capital rinden homenaje con imágenes y estatuas.

      Pero hay otro simbólico elemento que se esparce por todo Oslo y, de hecho, por toda Noruega: los trolls.

      Es quizá la criatura de la mitología nórdica que más fama ha cobrado alrededor del mundo. Han sido representados desde seres gigantes y malignos (como en la saga de Harry Potter) hasta pequeños, incomprendidos y tiernos seres antropomorfos, a los que mucha gente les ha tomado un especial cariño. 

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      Aunque los trolls casi siempre son personificados con rasgos bastante feos, muchos han llegado a ver aquella fealdad como algo dulce, y al igual que pasa con los duendes de los cuentos infantiles en Irlanda, la gente ahora los ama y los abraza como parte de su identidad nacional.

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      Pero está claro que la mitología nórdica tiene gustos para todos. Guerreros de leyenda como Ragnar Lodbrok, poderosas bestias como los dragones y los cuervos, figuras femeninas como las valquirias, razas antropomorfas como los enanos o elfos y, por supuesto, el linaje completo de los célebres dioses de Asgard, entre los que se incluyen Loki, Odín y Thor.

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      Las tiendas de souvenir de Oslo lo tenían todo para los coleccionistas y amantes de la historia de los pueblos escandinavos germánicos. Yo como siempre, me conformé con un pequeño vaso de shot.

      Aunque los dioses de Asgard que adoraban los vikingos han sido desplazados desde la Edad Media por el dios único de la cristiandad, fueron los mismos vikingos quienes fundaron el reino de Noruega y unificaron a sus pueblos en un solo estado.

      Hoy, la familia real que gobierna Noruega es la casa de Glücksburg, con el rey Harald V a la cabeza, y como toda monarquía tienen su propia y lujosa residencia, El Palacio Real de Oslo.

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      A pesar de que Noruega es prácticamente el reino más rico de Europa en la actualidad, su palacio real no es tan ostentoso como otros, y no se compara con el resto de sus hermanos en el continente.

      Pero hay que recordar que Noruega se hizo independiente de Dinamarca hace apenas unos 200 años, tiempo en el que el palacio fue construido, y desde entonces el poder del país no creció de forma tan rápida. 

      Con todo y ello, hay cosas que casi en ninguna monarquía europea cambian mucho, como su guardia real que, sorprendentemente, está formada en su mayor parte por adolescentes inexpertos que apenas y rebasan la mayoría de edad.

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      La zona real de Oslo posee algunos otros atractivos e importantes edificios, no solo para los turistas, sino para el pueblo noruego. 

      El Storting es uno de ellos. Construido en 1866, es donde la asamblea del parlamento noruego lleva a cabo sus plenarias. Es poco frecuente encontrar un país donde sus ciudadanos confíen tanto en los miembros de su parlamento. Bien, Noruega es uno de ellos.

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      El Teatro nacional, o Nationaltheatret, es otro de los símbolos de los que los capitalinos y los noruegos se sienten orgullosos.

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      El hermoso edificio neoclásico se remonta a 1829, aunque la apertura oficial fue hasta 1899. Y a pesar de que nació como una institución privada y atravesó varias crisis, el gobierno noruego pudo salvarlo y resguardarlo hasta nuestros días.

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      El padre renacentista de la literatura danesa y noruega, Ludvig Holberg, se presume en una estatua a la entrada del teatro, poniendo en alto ante los visitantes el amor que los noruegos le tienen a su propia cultura.

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      Más allá del palacio real, bajando las cuestas hacia el oeste de la ciudad, me adentré poco a poco en Frogner, el distrito más caro y lujoso de todo Oslo.

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      Muchas de sus mansiones han sido las predilectas por varios países para instalar sus embajadas. Después de todo, parecía que solo un gobierno rico podía darse el lujo de vivir en aquella privilegiada zona junto al mar.

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      Las colinas me llevaron hasta el embarcadero en uno de los estrechos del fiordo de Oslo, la bahía glaciar donde se posa la ciudad.

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      Tras aquel pequeño muelle daba comienzo una península que se adentraba en la bahía, una zona boscosa donde parecía que la ciudad había terminado.

      Algunas pequeñas casas aparecían en el medio del bosque, y solo tras el montón de árboles de conífera se dejaban ver las señales de la capital.

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      Y de pronto, la criatura que Noruega ha hecho su animal nacional apareció frente a mí. Un pequeño y solitario venado que vagaba por los prados del bosque, pastando libremente y sin mucho miedo a los depredadores.

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      Nada me daba más gusto que saber lo bien que los habitantes de Oslo se habían acostumbrado a convivir con la naturaleza a su alrededor. 

      Casi al toparme de nuevo con el mar, y antes de de adentrarme más en el bosque, me detuve en la primera carretera que visualicé para tomar el autobús de vuelta al centro de la ciudad. El cielo se estaba nublando y no quería que la lluvia me tomase por sorpresa.

      Caminé entonces por el Aker Brygge, un amplio malecón que representa el paseo más turístico de Oslo, con vista a las islas de la bahía y a las embarcaciones que navegan por todo el fiordo que forma parte de la zona urbana.

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      Es en uno de esos ferrys que Anders Behring Breivik llegó a la isla de Utoya el 22 de julio del 2011 para cometer el ataque terrorista más mortífero que ha tenido Europa, donde murieron 77 personas, la mayoría de ellos niños y adolescentes que se encontraban de campamento en el islote y quedaron atrapados en él.

      Los atentados y la posterior condena al atacante de ultraderecha ha sido quizá el hecho más controversial en toda Noruega, ya que ante la respetada ley noruega el asesino fue condenado a solo 30 años en prisión, mientras que muchos civiles opinan que merece cadena perpetua e, incluso, la pena de muerte. 

      Los tratos del gobierno noruego hacia sus presos son aplaudidos por casi todo el mundo. Allí, las cárceles (casi vacías) son verdaderos centros de readaptación, donde se trata al reo como un ser humano común y corriente y se le reintegra a la sociedad sin ser discriminado. Pero el caso de Anders, asesino de decenas de niños inocentes por una causa racista y xenófoba extrema, es simplemente algo que se salió de lo que todos los noruegos están acostumbrados en su país.

      Y precisamente uno de los símbolos de la paz por la que Noruega aboga es el Centro Nobel de Oslo, un museo ubicado en pleno malecón que presenta la lista de los premiados y la biografía de Alfred Nobel. Aunque este último es de nacionalidad sueca, tanto Noruega como Suecia son sedes de entrega del tan reconocido galardón internacional.

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      La llovizna comenzó a pegar cada vez más fuerte contra mí. Y poco deseoso de mojarme en pleno malecón cogí el tranvía de vuelta a casa.

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      Danny había dejado una tarea para mí. Sazonar con especias y sal una pata de cabra y meterla al horno. Aquella noche nos esperaba una reunión de Couchsurfing en su apartamento. Al parecer, él era uno de los miembros más activos de la comunidad en Oslo.

      Para ello, decidí colaborar con un cartón de cervezas, ya que no tuve tiempo de cocinar nada. En el supermercado, encontré un paquete de cerveza nacional noruega. Y el precio, de 20 coronas, no me sorprendió tanto. Pero al llegar a la caja todo cobró sentido. Las 20 coronas era el costo de cada lata, no del paquete de seis. Casi dos euros por cerveza fue sin duda el mayor precio que he pagado en toda Europa.

      Y mi sorpresa fue mayor empezada la reunión. Nadie parecía aceptar mis cervezas. Y la respuesta me la dio Angélica, una mexicana que vivía ahora en Oslo con su novio. 

      Los noruegos no comparten el alcohol entre sí —me hizo saber—. Es muy caro en este país, por eso cada quien compra lo suyo.

      Aquel dato no me pareció la mejor forma de conocer a los noruegos, que después de todo sí que tienen un alto nivel de frialdad. Pero eran los anfitriones de la reunión, y no iba a quedarme con ese mal sabor de boca.

      La noche transcurrió entre charlas en inglés, comida y bebidas de todo el mundo. Noruega, al igual que Suecia, recibe una gran cantidad de inmigrantes de todo el mundo, y aquella reunión fue una gran muestra de ello. Mexicanos, uruguayos,polacos, estadounidenses, búlgaros, vietnamitas, iraníes y japoneses. No cabía duda de que Couchsurfing siempre es mejor que un costoso hotel.

      A la siguiente mañana nos levantamos bastante tarde. La fiesta nos había dejado derrotados. Luego de una rápida visita a su madre, Danny volvió por mí y me llevó hacia el norte de la ciudad, una zona montañosa que me hizo sentir todavía más con los pies en Noruega.

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      Subimos andando la colina, que sorprendentemente a finales de abril todavía tenía restos de nieve sobre el suelo.

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      Algunas cabañas de madera aparecieron entre los árboles. Según me contó Danny, es muy común entre los noruegos tener una cabaña en el bosque. Es necesario comprar al gobierno el terreno y conseguir el permiso para talar madera. Él mismo, me dijo, tiene una cabaña a una hora de la ciudad, que construyó desde cero junto con su ex suegro.

      Desde lo alto pudimos ver el fiordo de Oslo, el accidente geográfico por el que Noruega es tan famoso para el turismo de aventura. Los fiordos son una especie de cañones de origen glaciar que se formaron hace millones de años, cuando los glaciares se derritieron dejando a su paso bocas de agua marina que se adentran en el continente.

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      Al otro lado de la colina, un hermoso espejo de agua dulce me deslumbró entre las altas coníferas. Aquel lago sirve como reserva de agua para la capital entera. Aunque parezca imposible que Oslo un día se quede sin agua, a eso se le llama verdadera prevención.

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      En la cima del cerro llegamos a un restaurante-mirador, donde parecía que muchos capitalinos habían elegido asolearse en aquel hermoso y despejado día.

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      Nos sentamos en una mesa y Danny pidió una pizza de alce. Así es, una pizza de alce. 

      La caza de alces en Noruega está permitida, siempre con un permiso en la mano. Y aunque parezca raro, la posesión de armas por civiles también lo está, pero se trata solo de armas de caza de animales salvajes.

      Aquello sin duda fue una sorpresa para mí. Danny me contó que incluso su familia se dedica  a la caza de alces. A pesar de todo, la regulación gubernamental es estricta, y así se cuida en gran medida la estabilidad de las poblaciones de cérvidos en los bosques del país.

      A decir verdad, la pizza no fue más que una pizza de pepperoni. Pepperoni de alce, por supuesto.

      Descendimos caminando nuevamente hasta conseguir tomar el tranvía, que nos llevó hasta el parque de Vigeland, en el oeste de la ciudad.

      El parque fue creado por el escultor noruego Gustav Vigeland por orden del ayuntamiento de Oslo a principios del siglo XX, y se ha convertido en el jardín más famoso de todo Oslo y Noruega.

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      El parque está repleto de estatuas de figuras humanas que representan la vida cotidiana de toda persona: el nacimiento, la infancia, la adolescencia, el primer amor, la adultez, la familia, la vejez…

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      El monolito central es una de las esculturas más célebres. Es una columna de granito con 121 cuerpos humanos esculpidos que entrelazados forman el bloque entero.

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      Pero la parte más icónica es el puente, orillado por más de 50 esculturas que presentan diferentes facetas humanas.

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      El niño enojado es la que más ha cobrado fama. Quizá sea por su tierna expresión, o por que todos se identifiquen con él. De cualquier forma, el niño enojado se ha convertido en un verdadero símbolo de Oslo.

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      Caminamos de nuevo por el lujoso barrio de Frogner hasta alcanzar el embarcadero, que por fortuna aquel día no se cubría con nubarrones de lluvia.

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      Incluso pudimos ver un par de cruceros navegando por el fiordo de Oslo, que posee la anchura y profundidad suficiente para atracar barcos de gran escala en sus orillas.

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      Danny me llevó hasta Aker Brygge, donde el día anterior la lluvia no me había dejado disfrutar de la lujosa y activa vida que el barrio junto al mar ofrece en Oslo.

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      Los modernos edificios son residencia de los habitantes más adinerados de la capital, pero también alojan centros comerciales, restaurantes, discotecas y museos.

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      Al fondo del malecón, el edificio del Ayuntamiento resaltaba con sus dos icónicas torres. Aquella construcción alberga la entrega del Premio Nobel de la Paz año tras año, lo que lo hace también un importante recinto para los noruegos.

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      Al otro lado de la bahía, la antigua fortaleza de Arkehus es uno de los pocos vestigios que la Edad Media ha dejado en Oslo. Antigua residencia de los reyes, hoy es un museo donde todavía se entierra a algunos miembros de la familia real al morir.

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      Con una cerveza sobre el malecón, pasé mi última tarde con Danny admirando la belleza natural del fiordo de Oslo, su bahía y sus lejanos y boscosos islotes.

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      Mi camino hacia el oeste de Escandinavia no había terminado, y si los bosques y montañas de la capital noruega me habían sorprendido, lo que estaba por ver al siguiente día no tenía comparación alguna.

    3. Tras casi siete meses trabajando en Lyon, mis fines de semana me habían permitido conocer Francia de norte a sur, mostrándome sus diferentes caras. Desde su lujosa ciudad capital y sus pueblos alemanes hasta las villas de la costa sur mediterránea.

      A tan solo dos semanas de finalizar mi contrato y antes de emprender otro gran viaje por Europa, Liane, Yan y yo sabíamos que debíamos hacer un viaje juntos antes de separarnos y dejar Lyon en los recuerdos.

      Liane, de Escocia, y Yan, de Madrid, eran prácticamente los mejores amigos que había hecho durante mis meses en el este de Francia. Liane trabajaba, al igual que yo, como asistente de idioma en un colegio público, mientras Yann hacía su maestría en la Universidad de Lyon.

      Así que antes de partir y enfrentarnos a la dura despedida, decidimos aventurarnos hacia el sur del país, siguiendo el Ródano hasta casi alcanzar su desembocadura, en la antigua ciudad de Aviñón.

      Yann tomó un tren un viernes por la mañana, y tras tomar mis útiles consejos, consiguió hospedaje usando por primera vez su perfil de Couchsurfing, justo en el centro de la ciudad.

      Yo por mi parte, tomé un Blablacar ese mismo día por la tarde, y arribé a Aviñón antes de que la noche cayera sobre ella.

      El mes de abril había traído consigo el calor que tanto ansiábamos después de un frío invierno. A mi llegada, Aviñón lucía como una muy cálida y verde ciudad.

      El conductor me dejó en el bulevar Saint-Lazare, justo al lado del río Ródano y del otro lado de la muralla.

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      Aviñón es un ejemplo perfecto de una ciudad medieval. Y como toda urbe del medievo, sus murallas fueron construidas para defender al burgo. Hoy, la muralla sigue en un perfecto estado de conservación y da la bienvenida a cualquiera que se adentre en el ahora llamado centro histórico.

      Fue en una de las calles del casco viejo donde Yan me esperaba junto con nuestra Couchsurfer, una estudiante universitaria francesa que rentaba una casa de tres pisos, y que amablemente nos ofreció uno de sus cuartos para poder dormir.

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      La noche pasó entre cervezas y una cena con nuestra anfitriona y sus amigos, hasta que a Yan y a mí nos venció en cansancio.

      Los bares y la gente con la que habíamos compartido la velada mostraron el nuevo lado de Aviñón, una villa bohemia con algunos hippies que se han sentido atraídos por su calma y verdes alrededores.

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      Algunos murales y tiendas de productos orgánicos decoran ahora el casco antiguo y le da el toque millenial que hace que, aún siendo una ciudad vieja, atrae a muchos jóvenes a sus calles y su universidad.

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      Pero nuestra caminata del sábado por la mañana nos dejó ver aquella Aviñón medieval de la que todos nos habían hablado.

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      Sus casas de piedra, ventanales de estilo italiano y sus viejos campanarios son precisamente los elementos más característicos. Una ciudad que a primera vista se ganaba el apodo de “ciudad blanca”.

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      Yan y yo nos detuvimos en un café, esperando a que el sol calentara un poco más el día y para tomar un merecido desayuno que calmara nuestro apetito.

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      Las plazas públicas y comercios empezaban a llenarse de gente poco a poco. Aviñón es un destino famoso en toda Francia, y sin duda no éramos los únicos que habíamos decidido pasar nuestro fin de semana allí.

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      Pronto nos encontramos con Liane y su amigo Dan, quienes habían viajado esa mañana desde Lyon. Dan estaba de visita desde Escocia, y aunque no se quedaría aquella noche en Aviñón, no quería perderse de una fugaz mirada a la ciudad provenzal.

      Las calles del centro nos llevaron hasta la plaza del Palacio, la explanada principal que marca el corazón de la urbe.

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      A orillas de la plaza, los más conocidos restaurantes y comercios atraen a cientos de turistas cada día. Y edificios como el Hôtel des Monnais (o el Palacio de la Moneda) marcan también una diferencia entre la arquitectura medieval y la más cercana al Renacimiento.

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      La plaza lleva su nombre gracias a la mayor joya de Aviñón, y lo que prácticamente la puso en el mapa desde hace más de siete siglos. El Palacio papal.

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      Es bien sabido que desde el nacimiento del cristianismo en tiempos del Imperio Romano, la ciudad de Roma fue la sede de lo que después evolucionó al catolicismo.

      Pero como también es sabido, Roma y los Estados Pontificios se han enfrentado a grandes controversias dentro de su propio gobierno. En 1305, Clemente V fue elegido el nuevo papa, y tras su elección Roma cayó en un caos total.

      Huyendo de los problemas en la ciudad, en 1309 Clemente V decidió trasladar la curia papal a Aviñón, que en ese entonces era parte del Reino de Sicilia.

      En un principio, Clemente V vivió como invitado en un monasterio dominicano, hasta que su sucesor, Benedicto XII, comenzó la remodelación del antiguo palacio obispal en 1334, para convertirlo en un lugar digno para ser la residencia de un papa.

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      El palacio papal de Aviñón es la construcción gótica más grande de la Edad Media. Ocupa más de 15 mil metros cuadrados, y sus muros tienen un grosor de hasta 5 metros.

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      La ubicación geográfica fue elegida estratégicamente en un afloramiento de roca al lado del río Ródano. Así, es posible verlo desde casi cualquier punto de la ciudad, y representaba para los papas un símbolo del poder de la iglesia católica.

      Hoy, el palacio papal está abierto al público como un enorme museo, que contiene incluso un centro de convenciones.

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      Nuestra visita comenzó por el claustro, tras cuyo patio central se yerguen cuatro pasillos con las típicas columnas góticas en punta de pico. En lo alto, la torre del homenaje aparece como figura característica de una fortaleza medieval.

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      Todo el claustro está flanqueado por altas torres de defensa que aseguraban la seguridad del papa y de toda la curia católica.

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      En sus interiores, se conservan algunos importantes frescos creados por los mejores pintores europeos de la época, todos dirigidos por Matteo Giovanetti.

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      El palacio fue construido en dos fases. Así, a la primera construcción comandada por Benedicto XII se le conoce como el Palais Vieux (Palacio Antiguo) y a la segunda dirigida por Clemente VI se le llama el Palais Neuf (Palacio Nuevo).

      Como era costumbre, la construcción del palacio papal consumió una enorme cantidad de dinero. Por supuesto, el financiamiento provino de todos los reinos cristianos de la época.

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      Mapa con la procedencia de los recursos financieros para construir el palacio papal.

      Muchos de los pasillos y cuartos del palacio papal parecen sacados de un típico castillo medieval. La torre de humo para la cocina, las escaleras de piedra en caracol y hasta su propio calabozo formaron parte del recinto desde la construcción del Palacio Antiguo.

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      Siete fueron los papas que residieron en Aviñón desde 1309 hasta 1377, año en el que sucedió el Gran Cisma de Occidente.

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      Tras años de controversias iniciadas por una difícil relación entre el Reino de Francia y el Papado, el papa Gregorio XI volvió a Roma y llevó de vuelta la Santa Sede a Roma.

      La elección de un nuevo papa en 1378 estuvo llena de conflictos internos, que acabó prácticamente con dos papas, Urbano VI en Roma y Clemente VII en Aviñón, este último denominado antipapa.

      Esto no solo dividió a la iglesia católica, sino a toda Europa occidental, cuyos reinos cristianos se dividieron, unos apoyando al Papado de Aviñón y otros al de Roma, sucediéndose cambios de bando en diferentes ocasiones.

      Tras casi medio siglo del cisma, el papa Benedicto XIII fue el último antipapa, después del cual Aviñón no volvió a albergar ninguna otra autoridad pontificia.

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      Desde que la Santa Sede volvió a Roma, el palacio fue abandonado poco a poco. Y a pesar de su remodelación en 1516, el deterioro fue casi imposible de evitar. Aunado a ello, con la explosión de revolución francesa en 1789, el palacio fue tomado y saqueado por las fuerzas liberales, al mismo tiempo que Aviñón pasó a ser formalmente parte de Francia.

      Por fortuna, se entendió la importancia que el palacio de Aviñón tenía para la historia de occidente, y hoy sus edificios y torres se lucen como si el tiempo no hubiera pasado de largo.

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      Desde los andadores de vigilancia en lo alto del claustro, pudimos apreciar la verdadera magnitud del palacio y sus defensas, todas construidas con la misma piedra blanca con la que fue levantada Aviñón entera.

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      Las torres de vigilancia nos dieron las mejores vistas de la ciudad y su centro histórico, destacando por supuesto la plaza del palacio y su tan emblemático Palacio de la Moneda.

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      El palacio papal no es la única construcción cristiana en Aviñón. Los campanarios que sobresalen entre los tejados del casco antiguo dejan entrever capillas que se yerguen entre sus laberínticas calles.

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      Pero el campanario más famoso es el de la catedral de Aviñón, ubicada justo al norte del palacio papal.

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      La catedral de Notre-Dame-des-Doms fue construida en el siglo XII, siendo el románico su estilo arquitectónico predominante.

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      Aunque su tamaño no se compara con lo monumental del palacio papal, el campanario se ha hecho también un símbolo de la ciudad, coronado por una estatua de plomo dorado que representa a la Virgen María.

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      Luego de una larga caminata por el complejo papal, decidimos bajar a la plaza central para almorzar algo en uno de los restaurantes que tienen las mejores vistas del centro.

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      Con el estómago lleno, nos dirigimos al lado norte del río Ródano para visitar otra de las famosas atracciones de la ciudad, el puente de Aviñón.

      A primera vista, no parece un puente tan ostentoso ni de mucha importancia. De hecho, el puente ni siquiera llega al otro lado del río.

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      La verdad es que solo quedan cuatro de los 22 arcos que alguna vez cruzaron el Ródano, uniendo a Aviñón con Villeneuve-lès-Avignon.

      El puente fue construido entre 1171 y 1185, y por muchos años fue la única manera de cruzar el río desde Lyon hasta la costa del Mediterráneo.

      El puente no solo unía dos ciudades, sino dos estados diferentes, ya que la orilla derecha pertenecía a los Estados Pontificios, mientras la izquierda era ya parte del Reino de Francia. Así, el puente era fuertemente custodiado en ambas orillas, y es la puerta de vigilancia del lado papal la que hoy queda como remanente, y que da la bienvenida a los turistas.

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      A la entrada, fuimos recibidos con una de las canciones infantiles más célebres de Francia, Sur le pont d’Avignon.

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      Se cree que la canción originalmente decía “sous le pont” (bajo el puente) y no “sur le pont” (sobre el puente), pues se piensa que la gente solía hacer bailes folclóricos bajo el puente en la isla de la Barthelasse, que corta al río Ródano en dos al norte de la ciudad, y que hoy sigue siendo un lugar de recreo.

      Desde el puente tuvimos las mejores vistas del campanario de la catedral y el palacio papal, que se asoman tras el follaje y las murallas de la ciudad.

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      Volvimos a las calles del centro para despedir a Dan, quien debía volver a Lyon esa misma tarde. Liane, Yan y yo teníamos de hecho un plan bastante diferente para aquella tarde noche.

      Regresamos a la casa de nuestra couchsurfer solo para recoger nuestras mochilas. Le dejamos una nota dándole las gracias y nos dirigimos al supermercado para comprar los ingredientes de un buen picnic al estilo francés.

      Vino, una baguette, charcutería, queso, olivas y unas cervezas para saciar la sed serían nuestro mejor aperitivo para la tarde.

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      Con todo preparado y un mapa en mano, caminamos por las viejas calles del centro dirigiéndonos de vuelta a la orilla norte del Ródano.

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      Cruzamos el puente Edouard Deladier, el moderno pasaje peatonal y vehicular que une la ciudad con Villeneuve-lès-Avignon, desde el que tuvimos una hermosa vista del río y el antiguo puente.

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      El camino nos llevó a la isla de la Barthelasse, la cual nos había sido muy bien recomendada como lugar de recreo. Nuestra intención no fue solamente hacer un picnic en la verde naturaleza que rodea Aviñón, sino dormir en ella en una casa de campaña.

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      Pasar la noche alejados del bullicio de la ciudad, y solo con el sonar de los grillos y el viento soplando entre los árboles fue justo lo que necesitábamos para nuestra última noche juntos.

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      A la siguiente mañana desayunamos en el área común, un buffet que estaba incluido en el precio del camping. Caminamos después hacia el otro lado del río, hasta alcanzar la torre Philippe-le-Bel, una antigua torre medieval que protegía a Villeneuve-lès-Avignon.

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      Desde ella se asomaba la vecina ciudad de Aviñón, sobresaliente entre los bosques que rodean el área.

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      Una larga caminata de vuelta al centro nos esperaba con nuestras mochilas al hombro, así que decidimos tomar un bus hasta las puertas de la muralla.

      El último sitio por visitar fue el parque del palacio papal, ubicado en la colina de Rocher des Doms.

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      Desde allí pudimos apreciar la totalidad de la catedral en su lado norte, que domina el casco antiguo con la Virgen bendiciendo al pueblo entero.

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      Pero las mejores vistas las tuvimos al otro lado, con el Ródano, el puente de Aviñón y la isla de la Barthelasse mostrando la cara más verde de la villa papal.

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      Acompañamos a Yan a tomar su tren, mientras Liane y yo esperamos un Blablacar que nos llevaría de vuelta a Lyon.

      Mi última semana en la tercera ciudad más grande de Francia fue sin duda una dura despedida, que me hizo dejar atrás no solo una hermosa ciudad y su exquisita gastronomía, sino también excelentes amigos e historias que formarían buena parte de mis memorias de viaje.

      La mitad de la primavera marcó el final de mi contrato en el colegio Jean Perrin, y con ello me preparé para un mes y medio de viajes inolvidables. El norte de Europa me esperaba, con la esperanza de encontrarme con un soleado clima y más aventuras que escribir en mi diario.

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