Ojos bien cerrados en Venecia

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AlexMexico

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Comprar un boleto para un viaje matinal siempre resulta fácil, y parece una excelente elección, ya que seguro aprovecharemos más el tiempo en nuestro siguiente destino. Pero cuando llega ese día, hacer el trayecto se convierte en una tarea sumamente difícil, sobre todo durante el invierno.

Abandonar la cálida cama y el apartamento de mi host en Verona aquella fría mañana fue duro. Y el poco tiempo que tenía de sobra para llegar a la estación central me obligó a tomar un autobús. Pero la emoción de mi primer viaje en un tren italiano era suficiente motivo para despabilarme.

La Navidad se acercaba cada día más, y con ella, el reencuentro con mis amigos en Nápoles, al sur del país. Las escalas en el norte de la península avivaban todavía más mis expectativas, y mi siguiente y breve parada en la costa del mar Adriático era sin duda una de las más esperadas, por mí y por muchos de mis conocidos.

Haber volado dos veces a Europa y nunca haber visitado Venecia era casi una transgresión a mi pasaporte. Pero ese 20 de diciembre por fin cumpliría mi cometido.

Los trenes italianos eran mucho más baratos que los franceses, y a decir verdad, resultaban igual de cómodos y veloces. Y en menos de dos horas, entré finalmente a la ciudad de Venecia.

Encontrar alguien que me hospedase en una ciudad tan turística, en una época tan turística, iba a ser simplemente caótico. —Venecia es una ciudad hermosa, pero es una ciudad de un sólo día —me habían dicho dos amigos italianos. Y con el corto periodo de tiempo que tenía por delante, una sola noche sería la que pasaría en ella.

Así que buscar un hostal económico fue mi tarea varios días atrás. 15 euros fue el mejor precio que pude hallar. Pero más allá del precio, la ubicación del alojamiento es lo que a uno debe importarle en una ciudad tan peculiar como Venecia.

Recorrer su mapa en vista satelital fue, sin lugar a dudas, algo nuevo para mí. Y encontrar direcciones es toda una odisea. La numeración de las calles es por barrios, y en lugar de estar numeradas calle a calle, cada barrio tiene asignada una serie numérica. Además, los nombres de las calles venecianas siguen conservando la nomenclatura del siglo XI, por lo que difieren a las del resto de ciudades italianas. Así, aparte de calles, existen nombres de canales, ríos (canales estrechos), muelles, plazas y patios. Caminar en Venecia sería, seguramente, como andar en un laberinto.

Desde siempre, me fue muy difícil imaginar físicamente a Venecia. Siempre supe ubicarla en un mapa, ya que fue una importante república durante muchos siglos, y su dominio sobre el mar Mediterráneo la grabó para siempre en los libros de historia y geografía. Pero ¿cómo era posible que una ciudad estuviera construida sobre el agua? Quizá se trataría de algo como la antigua Tenochtitlán, pensé. Y Google Maps había confirmado hasta entonces en buena parte mi teoría.

La ciudad histórica de Venecia (la que todos conocen en fotos) se encuentra construida sobre decenas de pequeños islotes que forman un conjunto muy particular en el centro de la laguna de Venecia, que se emplaza en la punta norte del mar Adriático. Algo así como los aztecas construyeron Tenochtitlán. La diferencia es que la laguna de Texcoco en México es de agua dulce. La laguna de Venecia es de agua salada.

Y así como los aztecas construyeron grandes calzadas que conectaban a su capital con el resto del valle de México, las islas de Venecia se conectan a tierra firme por medio de un largo puente, el Puente de la Libertad, por el que el tren circuló desde la vecina ciudad de Mestre.

Los vagones se detuvieron justo después de entrar a una de las islas, donde se encuentra la Estación Santa Lucía, única estación de trenes que conecta a Venecia con el resto del continente. Junto a ella, una central de autobuses es el único lugar donde se permite el aparcamiento de automóviles en la ciudad. El mito es verdad, Venecia es una ciudad sobre el agua. En ella no existen coches.

Salí de la estación para toparme de frente con un cielo nublado, y con una postal que hacía realidad todo lo que la gente cuenta sobre este rincón italiano. Venecia es casi una ciudad flotante.

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Pero las islas de la urbe están prácticamente unidas, y sólo separadas por estrechos arroyos de agua salada conectados por más 450 puentes. Es casi imposible imaginar embarcaciones en muchos de esos pequeños canales.

Pero como dibujada naturalmente para poder construir una ciudad allí, Venecia está atravesada por el Gran Canal, un ancho y caudaloso río de agua en forma de “s” que va desde el oeste hasta el sur de la ciudad, y por el que circulan casi todas las embarcaciones que conectan a sus habitantes con el resto de la metrópoli.

La mayoría de las personas que llegan a Venecia caminan hasta su hotel, ya que no todo es una ciudad acuática. Las islas poseen cientos de calles peatonales y puentes por los que se puede fácilmente transitar. Además, tomar un bote-taxi es extremadamente caro.

Pero en mi afán por ahorrar algunos euros en hospedaje, acepté pagar una noche en el hostal Generator, que se halla en la isla de Giudecca, al sur de la ciudad.

El canal que separa Giudecca del resto de Venecia es bastante ancho, y no hay puentes peatonales que las conecten. Así que la única forma de llegar a ella es en barco.

Las ciudades del mundo entero cuentan con redes de autobuses, tranvías, metros y hasta teleféricos que conectan su trazado urbano. Venecia cuenta con una red de vaporettos, embarcaciones públicas que originalmente se propulsaban a vapor (de ahí su nombre) y que circulan por la ciudad entera navegando por sus canales, sobre todo por el Gran Canal.

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Funciona básicamente como cualquier servicio de transporte público. Uno compra su ticket y se dirige a la estación más cercana. Cuando el vaporetto llega (existe un horario bien establecido y respetado) sube, toma un asiento de haberlo disponible, y baja en la parada que más le convenga. En cada parada los mapas indican las diferentes líneas de transporte público, las paradas y los tiempos. Aunque para mí pareciera casi una atracción turística (un viaje en barco por Venecia no es cualquier cosa) los venecianos los usan diariamente para ir a sus trabajos y a la escuela, como cualquier citadino usa el metro para ir a casa.

Las estaciones de vaporetto son prácticamente muelles flotantes, que se balancean cada vez que el oleaje de los barcos lo permite. Los vaporettos cuentan, por supuesto, con chalecos salvavidas, son accesibles para personas con discapacidad y los accidentes son prácticamente nulos.

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Pero un viaje sencillo en vaporetto ascendía a más de siete euros. Y el abono de 24 horas tenía un costo de 20 euros. Por el número de veces que debía tomar la embarcación para ir y venir de mi hostal, y al otro día a la estación de tren, supe que el pase diario era la mejor opción para mí.

No puedo negarlo, pagar 20 euros por un día de transporte lastimó mi cartera. Pero viajar en barco en Venecia tenía su encanto. Y como mi primera vez en aquella ciudad, coger un asiento en su cálido interior no era mi mejor opción. Así que me dirigí a la proa abierta para disfrutar del paisaje a ambas orillas del canal.

Pronto pasamos de largo el barrio de de Santa Croce, la zona portuaria con sus paisajes modernos y poco clásicos. Y al dar la vuelta al sur, la silueta de aquella Venecia renacentista apareció ante los ojos de todos.

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La línea de transporte que yo había cogido poco se acercó a las islas centrales, y me llevó rápidamente a Giudecca, donde descendí en la parada de Zitelle, casi frente a mi hostal, el único y más famosos en aquella zona, donde la mayoría de los jóvenes se hospedan por su cómodo precio y sus increíbles instalaciones.

El reloj todavía no marcaba las 12. No podía hacer mi check-in, y había desayunado algo rápido en el tren. Así que dejé mi mochila en el guardaequipaje y volví a tomar el vaporetto rumbo a las islas centrales de la ciudad.

El ferry me llevó hasta la parada de S. Zaccaria, a orillas del barrio más famoso de Venecia, San Marcos en el corazón de la ciudad.

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Entre los diferentes muelles de vaporetto sobresalían desde el mar filas de palos de madera, a los que se amarraban las célebres góndolas, íconos inmortales de Venecia.

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Caminando por el malecón, a mi derecha apareció el primer pequeño canal (también llamado río), el más famoso de ellos y uno de los más fotografiados por los turistas.

Se trata del Rio di Palazzo, sobre el cual cruza el Puente de los Suspiros, una hermosa construcción barroca bajo el cual aparecieron los primeros gondoleros, que por unos 80 euros la hora, paseaban a turistas enamorados por los románticos rincones de Venecia.

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No obstante, la historia de aquel radiante puente no es lo que todos esperan. De hecho, conecta al majestuoso Palacio Ducal con los antiguos calabozos de la Inquisición. Así, desde su hermoso interior es donde los prisioneros veían por última vez la luz del sol. Su nombre hace alusión a los suspiros de los condenados que se podían escuchar en él. Incluso Venecia tiene historias horripilantes que contar.

Y junto a aquel puente, el Palacio Ducal se yergue, posando su gallardía ante los ojos de todos los venecianos y turistas que como yo, cruzaban la médula de la ciudad.

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A diferencia de lo que el nombre del palacio da a entender, Venecia no fue un ducado, sino una república, tan antigua que su nacimiento se remonta a la Edad Media, durante el lejano siglo IX.

A pesar de haber sido una ciudad-estado (al estilo de lo que es hoy El Vaticano, Mónaco o Singapur), cobró una importantísima relevancia en Europa y el mundo entero, al controlar el comercio entre oriente y occidente en el mar Mediterráneo. Más tarde, extendió su territorio hacia los vénetos de Trivento, Istria y Dalmacia, hasta ser derrotada por Napoleón y pasar a formar parte del Imperio austriaco y el Reino de Italia, país al que hoy sigue perteneciendo.

Durante aquel poderío que la distinguió durante casi un milenio, el Palacio Ducal albergaba la residencia de los dux (líderes del gobierno) y a la corte de justicia de Venecia. Y ambas fachadas de un rosado y blanquecino mármol con un exquisito estilo gótico delatan la prominencia de la república en el pasado.

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Frente a él, el Palazzo della Zecca es la antigua casa de la moneda de Venecia, y hoy alberga, junto al Palazzo della Libreria, a la Biblioteca Nacional Marciana, una de las bibliotecas de manuscritos más antiguas del país con una de las más grandes colecciones de textos clásicos del mundo.

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Ambos palacios, vis a vis, son la antesala de la única plaza pública de Venecia, la reconocida Plaza de San Marcos, el “salón más bello de Europa”.

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Este es el punto culminante del turismo en Venecia, en donde cada esquina es fotografiada por numerosos visitantes que acuden a su bullicioso centro cada día del año.

El cuadrante está flanqueado por los más bellos y célebres edificios de la ciudad, que incluyen al Campanile de San Marcos, un particular y aislado campanario católico, y por supuesto, la Basílica de San Marcos, el principal templo veneciano.

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La basílica está dedicada a San Marcos, que desde el siglo IX es el patrono de la ciudad. Supuestamente, sus reliquias fueron llevadas a Venecia desde Alejandría, ganando así la ciudad una sede episcopal independiente, lo que contribuyó mucho a su desarrollo.

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Una ley de la antigua república obligaba a los mercaderes a pagar un tributo para “embellecer a San Marcos” cada vez que hicieran un negocio provechoso. Por ello, la basílica cuenta con tantos materiales diferentes, que al final forman un excelente prototipo del arte bizantino.

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La Plaza de San Marcos es el punto más bajo de toda Venecia, y el precio que debe pagar por ello es bastante caro. Cuando llueve, la plaza suele inundarse, aunque el drenaje logra hacer circular el agua hacia el Gran Canal. Pero cuando la marea sube en el mar Adriático, el agua salada sale incluso del drenaje, y las inundaciones resultantes no son nada agradables.

Mucha gente pone a Venecia como una de las ciudades que desaparecerán próximamente, ya que el nivel de los océanos crece año con año gracias al calentamiento global. Por lo pronto, su belleza sigue atrayendo a millones de turistas, a quienes ni la lluvia ni las inundaciones los detiene a este rincón italiano.

Me introduje en la famosa Torre del Reloj, bajo la cual un pasaje me condujo al interior del barrio de San Marcos, uno de los seis sestiere de la ciudad.

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Algunas góndolas se aparcaban en los canales sin pasajero alguno, como si perteneciesen a las familias residentes del edificio contiguo y las ocupasen para su uso personal.

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Cada vez que pasaba por uno de ellos y observaba aquellas ventanas y puertas que daban directo a las aguas, me preguntaba si aquella marea alta no entraría a sus casas con frecuencia. Una postal bellísima, pero algo que sin duda me daría miedo de vivir allí.

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Los edificios de Venecia parecían ser restaurados y pintados por el gobierno para conservar su increíble belleza, aunque en realidad los dueños y arrendatarios sean los responsables del cuidado de cada una de las casas de la ciudad.

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Pronto, las calles de San Marcos me llevaron hasta el Ponte di Rialto, el puente más famoso y hermoso de la ciudad, que para entonces se colmaba de turistas que fotografiaban el Gran Canal que surcaba bajo nosotros.

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El Gran Canal es algo así como la avenida principal de Venecia, donde el tráfico y el bullicio de los vaporettos y botes particulares siempre está presente. Incluso los tránsitos y policías navegan sus aguas para el control de la circulación. Y a sus orillas, multitud de “aparcamientos” estacionan las góndolas de los venecianos. Ahora me quedaba claro que Venecia es una ciudad única.

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Hasta entonces había tenido mucha suerte, pues el cielo nublado no había soltado su furia sobre la ciudad. Estábamos a un día de que comenzara el invierno, pero el frío en Venecia no era nada extremo. Ahora sabía que Italia había sido una buena elección para mis vacaciones de invierno.

El puente me llevó hasta el barrio de San Polo, el más pequeño de los distritos venecianos.

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Aunque era plena víspera de Navidad, muchas calles de Venecia se encontraban vacías. Y cada turista que me topaba por sus callejones sostenía un estorboso mapa de papel, que con dificultad intentaba descifrar.

Yo por suerte tenía mi GPS y mi plan 3G en toda la Unión Europa. Aunque para ser sincero, no se puede visitar Venecia sin perderse en ella.

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Aunque la Plaza de San Marcos es el núcleo del turismo, a cada paso me daba cuenta de algo. Todo rincón de Venecia es digno de una postal. Es una de las ventajas de las que esta histórica y maravillosa ciudad goza, a diferencia de muchos otros destinos, donde la gente se aglomera exclusivamente en un un solo punto.

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Y si bien, un paseo en góndola es para muchos una actividad obligada, 80 euros no era precisamente lo que estaba dispuesto a pagar. Para mí, el viaje en vaporetto había sido casi suficiente.

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Además, otro cliché veneciano apareció rápidamente frente a mí. Una tienda de máscaras del carnaval.

A lo largo de cada calle, sobre todo en el distrito de San Marcos, las máscaras se venden como uno de los principales atractivos de Venecia para que el visitante lleve de vuelta a casa. Pero pocos son los artesanos de máscaras auténticos que Venecia conserva hoy.

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En aquel rincón de San Polo, ni una persona visitaba la Bottega dei Mascareri, donde la silueta de Sergio, el joven artesano, me llamó la atención y me hizo tocar la puerta.

Sergio se encontraba preparando la emulsión para remojar las máscaras, que desde décadas atrás, junto con su hermano, se ha dedicado a crear con sus propias manos.

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El carnaval es la época más famosa y hermosa del año en Venecia. Festival mundialmente conocido por los transeúntes que se pasean con sus atuendos del siglo XVIII, originalmente portados por la nobleza para sus fiestas aristocráticas. Pero el elemento más icónico es, sin duda, la máscara antropomorfa, que permitía a los asistentes de la fiesta conservar su anonimato.

Encontrar máscaras en Venecia hoy en día no es una tarea difícil. Pero a decir verdad, la mayoría de ellas son fabricadas en masa, muchas de ellas hechas en China y el resto de Asia por mano de obra barata. Así que encontrar un artesano italiano como Sergio no era una oportunidad que me podría perder.

Los precios de las máscaras en la Bottega dei Mascareri son por supuesto más elevados que en el resto de las tiendas, pero las hay desde los 20 euros. Sus creaciones han participado en multitud de eventos en Italia y Estados Unidos, que los han hecho merecedores de galardones y premios desde 1984, año en que Sergio y su hermano Massimo fundaron la tienda.

La falta de clientes en ese momento no me hizo pensar en que su fama hubiera trascendido tanto. Pero haber creado las máscaras para la película “Ojos bien cerrados” de Stanley Kubrick, me dejó en claro que estos artesanos no se andan con rodeos.

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Poco me faltó para comprar una máscara y pasearme por Venecia con ella sobre mi cara. Pero el escaso espacio en mi mochila me hacía muy difícil llevarla de vuelta, intacta, hasta mi ciudad natal en México. Me conformaría con un pequeño souvenir para mi refrigerador.

Di las gracias a Sergio y lo felicité por su trabajo, para después salir y seguir con mi caminata vespertina.

Antes de darme cuenta, había pasado hasta el barrio de Dorsoduro, uno de los más caros y populares entre los extranjeros y los estudiantes en Venecia.

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Sus colores y la belleza de su inigualable arquitectura eran simplemente majestuosos.

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Aunque el olor que los canales venecianos emanan no es el más suculento (después de todo, es agua salada), el reflejo de los vívidos edificios sobre ellos hacen de cada orilla un paisaje inolvidable.

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Las postales ante mis ojos parecían no sólo inspirarme a mí a escribir en mi diario y a tomar fotografías. Un solitario pintor parecía sentirse también cautivado por aquellas siluetas de fantasía.

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Algunas casas me hacían difícil entender el trazado urbano de Venecia. Si las puertas daban directamente a los canales, significaba que algunas personas entraban a sus casas desde una lancha. Algunas no gozaban incluso de un pórtico. Y el moho en su parte baja dejaba en claro que la marea subía y bajaba de manera continua.

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Pero los venecianos parecían estar acostumbrados a vivir sobre el agua. Tal como los aztecas. Tal como los uros del lago Titicaca.

¿Cómo hacían las personas para ir a la tienda? ¿Cómo haría alguien para mudarse de casa, sin coches ni camiones de mudanza? ¿Cómo sería ir a tomar una cerveza a casa de un amigo? Vivir en Venecia debe ser, indudablemente, una señera experiencia digna de muy pocos.

Llegué nuevamente a la costa del Gran Canal, esta vez por su parte sur, justo al lado del Puente de la Academia, otro de los cuatro que lo atraviesan.

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Desde lo alto, se apreciaban ambas orillas de los distritos más conocidos de Venecia, Dorsoduro y San Marcos.

Siluetas de edificios tan famosos como el Palazzo Cavalli-Franchetti y la basílica de Santa María della Salud quedaban al desnudo, regalándonos a mí y a todos los turistas un paisaje maravilloso.

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Sobre el puente, todos los idiomas podían escucharse. Excepto el italiano, aunque seguro que los venecianos deben estar muy acostumbrados a los visitantes extranjeros,

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Sin poder evitar ser un turista más en la ciudad, bajé el puente y regresé a las callejuelas de San Marcos, para seguir deleitándome con sus canales coloridos.

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Llegó la hora de perderme en Venecia, y decidí apagar el GPS y dejarme guiar por mi propio sentido de la orientación, que me llevó al final hasta las orillas de Cannaregio, el barrio más septentrional de la ciudad.

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Deseé por mucho que las avenidas principales de las grandes ciudades lucieran como el Gran Canal de Venecia, que a pesar de su atestada navegación, sus aguas eran capaces de llenarme de una inmensa apacibilidad.

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Los edificios a orillas del Gran Canal son los más bellos de Venecia. Muchos de ellos albergan museos de arte, escuelas de la Universidad, Bibliotecas y antiguos palacios. Pero quien tiene la suerte de vivir allí, es causa de la envidia de la ciudad y el mundo entero.

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Caminar junto al Gran Canal a veces es complicado, ya que no posee un malecón entero a sus orillas, sino sólo pequeñas terrazas con barandales, en cuyas aguas se posan las estaciones de vaporetto.

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Y sin más, tomé el ferry de regreso a mi hostal, disfrutando de las últimas vistas que el Gran Canal de Venecia me ofrecía.

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Y al atravesar el canal de Giudecca, San Marcos y Dorsoduro me enamoraron con una última toma de su silueta al atardecer, que contemplé desde la isla contigua a un costado de mi hostal. Hospedarme allí no había sido, después de todo, una idea tan mala.

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Tras tomar una ducha, salí a buscar una buena pizza para cenar con mi compañero de cuarto argentino. Aunque la mejor comida italiana era la que estaba por probar los siguientes días, en una víspera de Navidad que nunca olvidaría.


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Nunca he estado en Venecia, y la verdad tampoco sé cómo imaginármela. Yo me la imaginaba a orillas del mar, como si fuera la desembocadura de un río, y entonces varios canales la atravesaran. Pero veo que no es así. Sin duda una ciudad única y un destino obligatorio a visitar.

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Venecia es una de mis ciudades favoritas! Aunque la verdad yo no diría que un día basta. Yo me quedé tres días y me dio tiempo de visitar algunos museos, además el Palacio ducal y la basílica por dentro son muy bonitas. También se puede subir al campanario para tener una vista hermosa. 

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    1. Mientras el resto de los viajeros con quienes me hospedé en Florencia tomaban un autobús hacia Roma para cumplir con la típica ruta turística de Italia, aquella mañana yo me dirigí hacia la costa mediterránea.

      Y aunque descendí del tren en Pisa, mi intención no era pasar el día allí. Aún con su famosa torre ladeada, yo me incliné por otra opción. Una que llevaba años esperando poder conocer.

      Mis vacaciones decembrinas casi llegaban a su fin. Italia había sido un cálido y barato destino para pasar la Navidad. Aunque para año nuevo pretendía estar de vuelta en Lyon. Retomar las clases el 2 de enero es siempre una tarea fuerte, y más valía estar bien descansado.

      Y viviendo no tan lejos de la frontera norte con Italia, la costa del mar de Liguria es escenario de otros de los múltiples Patrimonios de la Humanidad que el país resguarda, y que no quería perderme por nada del mundo.

      Así que tras pocos minutos de escala en Pisa cogí el próximo tren a La Spezia, una provincia perteneciente a la región de Liguria.

      La Spezia no tiene mucho para ver. Pero una enorme multitud de turistas llegaron esa mañana a su estación de trenes y esperaban junto a las vías por el próximo vagón.

      Caminé hacia el punto de información turística y pedí los precios para visitar Cinque Terre, los cinco pueblos más mágicos de la costa italiana.

      Debido a la fama que estas cinco pequeñas villas han tomado durante los últimos años, existen hoy diferentes paquetes para los turistas. Algunos incluyen un pase de tren válido por tres días, otros por una semana; pero el más solicitado es el pase de un día, mismo que compré por solo 13 euros.

      Con aquel ticket era posible durante todo el día tomar cualquier tren entre las ciudades de La Spezia y Levanto y bajar en cualquiera de las cinco estaciones, pertenecientes por supuesto a los cinco pueblos.

      Eran menos de las 9 de la mañana y los andenes estaban ya repletos, en su mayoría, por chinos, algo que no me sorprendía en lo absoluto.

      Así que mi primer trayecto desde la Spezia no fue algo confortable. 15 minutos en los que muchos de los pasajeros, incluyéndome, nos balanceábamos parados sin tener un soporte de dónde sostenernos, y respirando hacinados el mismo aire en el que muchos tosían.

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      Aunque algunos tomaron la decisión de seguir de largo hasta la última estación para evitar la conglomeración de turistas, decidí bajar en Riomaggiore, la primera estación después de la Spezia y el más oriental de todos los pueblos.

      Los pueblos de Cinque Terre son originalmente pueblos de pescadores y campesinos, aunque hoy muchos de sus habitantes viven por supuesto del turismo. Aún así, mis primeros pasos en Riomaggiore me hicieron ver que la vida en aquel diminuto rincón del Mediterráneo acontece como en cualquier otro sitio, con comerciantes de frutos, ropa, bebidas y todos los oficios que a uno se le venga a la mente.

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      Sin embargo, bastó avanzar un par de metros para descubrir que se trata de una villa italiana que nació hace poco menos de ocho siglos.

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      Las fachadas de sus edificios denotan el cliché más vivaz de las ciudades mediterráneas de Italia, con coloridas pinturas y ventanas de madera que dejan filtrar la eterna luz solar.

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      Era sin duda un paisaje que me recordaba a Marsella, sobre todo al barrio Le Panier en su zona centro.

      Pero al llegar a la costa todo cambió, y Cinque Terre dejó en claro la razón por la que se encuentra en la lista de patrimonios italianos.

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      La particular geografía de la costa de Liguria no impidió a sus antiguos habitantes construir pueblos pesqueros a sus orillas, respetando siempre la ecología y el paisaje que los rodea.

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      Aunque eso no es lo único sorprendente. Al voltear la mirada más allá de sus edificios, Riomaggiore dejó entrever las avanzadas técnicas de agricultura que sus pobladores desarrollaron para aprovechar los terrenos verticales en los que se encuentra emplazada.

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      Así que no solamente se trataba de un mágico y colorido pueblo italiano, sino de una avanzada técnica de producción en un lugar sumamente pequeño.

      Caminar bajo o sobre los tejados de Riomaggiore fue simplemente una experiencia maravillosa. De aquellas que me hicieron abrir los ojos y darme cuenta de que estaba parado allí.

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      Pero alejarse un poco del pueblo es una buena decisión. Aunque caminar por su embarcadero, sus cafeterías, sus tiendas y rúas son elementos exquisitos, la mejor vista de Riomaggiore se tiene desde los acantilados que la rodean, que dejan ver el conjunto de todo aquello en una misma y emblemática postal.

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      Observar la costa mediterránea es siempre un deleite. Pero hacerlo desde Cinque Terre fue sin duda un momento memorable.

      Aunque el encanto de Riomaggiore es hipnotizante, la dimensión de los pueblos no permite a la compañía de trenes hacer decenas de trayectos por día. Junto con el boleto, la oficina de turismo me dio una tarjeta con los horarios de llegada y partida de los trenes hacia cada una de las estaciones, que normalmente salen en el transcurso de una a una hora y media.

      Así que para poder visitar los cinco pueblos de Cinque Terre en un solo día es importante no dejar pasar el próximo tren. Entonces caminé de vuelta a la estación y aguardé por el próximo vagón.

      Esta vez el tren iba casi vacío. Algunos turistas habían reservado una noche en Riomaggiore. Otros se maravillaron con su belleza. Otros quizá perdieron el tren.

      El siguiente pueblo a visitar fue Manarola, quizá el menos famoso de Cinque Terre.

      No muchos turistas gustan de quedarse allí. Su embarcadero es mucho más pequeño. Las posadas y restaurantes tienen vistas menos atractivas. Y desde su orilla nada más que el azul del mar y los acantilados son alcanzados por la vista.

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      Sus calles, sin embargo, mantienen todavía el vivo colorido que caracteriza a Cinque Terre.

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      Como adivinando el itinerario perfecto, el próximo tren no tardó más de 40 minutos en salir de la estación de Manarola. Mis opciones eran tomar ese o esperar una hora más para continuar al siguiente. Y esperando una mejor vista para la hora del almuerzo, continué hasta Corniglia, el tercero de los pueblos.

      Cinque Terre fue declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1997. No sólo por sus pueblos, sino por la hermosa geografía en la que fueron construidos.

      A partir de entonces, se creó el Parque Nacional de Cinque Terre, por el que hoy existen senderos para llegar caminando de un pueblo a otro.

      Si bien los senderos deben ofrecer hermosos, pero agotadores paisajes a sus visitantes, un viaje en tren por Cinque Terre es una experiencia alucinante.

      La estación de Corniglia nos dejó justo frente a la costa de Liguria, a diferencia del resto de las estaciones, que se ubican más bien en túneles que penetran los acantilados de arenisca.

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      Desde las vías se asomaban en lo alto las pintorescas casas que se acomodan en los precipicios, casi como obras perfectas de la naturaleza.

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      Corniglia fue así, el más difícil y cansado de los pueblos. Para llegar a él debí subir varios escalones desde su estación, cargando siempre conmigo mi inseparable mochila, en la que transportaba temporalmente mi vida.

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      Pero todo valió la pena al llegar a la cima, a las rúas de piedra custodiadas por floreados balcones y verdes ventanales de madera.

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      ¿Cuánto costaría vivir en una de esas casas?, me pregunté. Vaya suerte con la que corrían aquellos afortunados que heredan una propiedad en una tierra tan mágica.

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      Aunque para ser sincero, la mayoría de las personas locales simulaban tener más de 60 años. Personas que quizá eligieron Cinque Terre como la mejor opción para su retiro de la vida laboral.

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      Corniglia era el vivo cliché de la postal mediterránea. Ciudades mal trazadas, adaptadas a la costa, con casas de diferentes tamaños, colores, materiales, formas, ornamentación. Un pueblo que demuestra que la imperfección a veces puede ser perfecta.

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      Un pasillo desde la plaza principal me llevó a la abrupta costa de uno de los acantilados, bajo el que las olas de un azul turquesa golpeaban con esmero las piedras blanquecinas.

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      No había mejor lugar para el almuerzo, pensé. Y volví a la plaza principal para buscar un lindo restaurante. Un buen plato de lasagna ragú no solo cambió mis ansias. Me dio un orgasmo bucal imposible de olvidar.

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      Italia no es solo un viaje de turismo. Es una vivencia gastronómica que ni yo, ni nadie, querría que terminase nunca.

      Y así como nunca hubiera querido irme de Corniglia, era tiempo de moverme si quería conseguir ver las cinco tierras de Liguria. Y bajé los escalones hacia las vías del tren, que me llevaron a Vernazza, el penúltimo de los pueblos.

      Desde su entrada Vernazza parecía sin duda uno de los pueblos más turísticos y cotizados de todos. Las filas de turistas andando por su calle principal eran parte innata de su paisaje.

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      Además, Vernazza es el lugar ideal para comprar uno de los múltiples recuerdos que los comerciantes venden de Cinque Terre. Camisas, tazas, imanes, postales, llaveros, alhajas, figuras en miniatura.

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      No faltaban por supuesto los restaurantes y heladerías colmadas de asiáticos y niños que rogaban por otra bola de gelato.

      Pero la magia de la vía principal no estaba en ella, sino al final de su camino, cuando las piedras se topan con el mar.

      El embarcadero de Vernazza es sin duda el más hermoso de Cinque Terre, ya que deja ver cada uno de los elementos que forman parte de su encanto. Sus colores, sus acantilados, sus cultivos, su capilla, su ensenada, su gente.

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      Y al voltear la cara hacia el otro lado, el último de los pueblos se asoma entre el verde de los riscos, iluminado por un sol que comenzaba a descender.

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      Pero lejos del embarcadero, Vernazza resguardaba también otro atractivo del que pocos turistas se enteraban. Bastaba andar algunas calles hacia el este, serpenteando por sus callejones y escaleras de piedra, por el que muchos visitantes adoran perderse.

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      Y un túnel bajo el acantilado conduce a la única playa de Vernazza, escondida del resto del pueblo por un risco que se cubría con una malla  para evitar un posible derrumbe.

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      Un baño en el Mediterráneo entonces por supuesto no era una opción. El invierno de diciembre no permite a muchos un agradable momento en sus aguas. Pero contemplar las olas al nivel del mar es siempre un deleite digno de agradecer.

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      Volví rápidamente a la estación antes de que el próximo tren me dejase. Y pocos minutos después la locomotora apareció desde la oscuridad del túnel.

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      Llegué a Monterosso poco antes de las 4 de la tarde. El más occidental y grande de los pueblos es una buena manera de terminar el recorrido.

      Desde el principio Monterosso mostró claramente que se trata del pueblo más fácil de recorrer, ya que cuenta con una larga línea de playas tras la que se posa un malecón turístico.

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      Así que para andar por Monterosso no hacía falta subir y bajar muchos escalones, como en el resto de las villas construidas en terrenos muchos más escarpados.

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      Monterosso me pareció lo más moderno de Cinque Terre, con coches estacionados en las orillas, calles de concreto, tiendas de conveniencia con una mayor cantidad de productos y hoteles mucho más prominentes.

      No obstante, sumergirse en sus calles seguía siendo una experiencia increíble. Si bien la señalización o su pequeño tráfico lo diferencian mucho, sus terrazas y callejones son inolvidables.

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      Volví al malecón, donde parejas y grupos de amigos se aglomeraban para ver la puesta de sol, que comenzaba poco a poco muy cerca del risco contiguo que daba fin al parque nacional.

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      Yo por mi parte pensé que admirar el atardecer en Vernazza sería una mejor idea. Los acantilados no estorbaban tanto a la luz del sol. Y seguro que ver su embarcadero iluminado por los colores de un ocaso sería algo que no querría perderme.

      Corrí entonces a la estación y tomé el tren de vuelta a Vernazza antes de las 5 de la tarde. Me apresuré a caminar hasta su embarcadero, que se encendía entonces con el rojo vivo del intenso sol.

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      En efecto, no había nada que estorbara los rayos de luz. Solo las oscuras siluetas de las lanchas que navegaban, y la sombra de los turistas que se sentaban a la orilla del malecón.

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      Contemplar un atardecer en aquellas circunstancias hacían cuestionarse la idea de tomar una foto. Quizá sentarse, sin pensar ni hacer nada, era una mejor decisión. Un momento para recordar mi visita a Cinque Terre.

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      El 2016 estaba casi por terminar y aquella puesta de sol me dio uno de los mejores momentos de mi año, cuando otro de mis objetivos de viaje culminó por ser cumplido.

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      Las luces de Vernazza poco a poco comenzaron a encenderse, dándole a Cinque Terre una vida diferente, llena de pizza, café, música relajante y velas en sus mesas. Un destino elegido por muchos como el más romántico del mundo.

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      El último tren me llevó hasta Levanto, la ciudad al norte del parque nacional donde se da por terminado el ticket turístico. Allí compré un boleto para mi último destino en Italia, antes de volver a Francia para recibir el próximo año.

    2. Marsella me había llevado hasta sus azules costas esmeralda para disfrutar el puente vacacional del 11 de noviembre, que conmemora el Armisticio de Compiègne, acuerdo que puso final a la Primera Guerra Mundial.

      El fin de semana largo no sólo me había llamado a mí a la costa sur francesa. Mi amiga Tamar estaba allí con su novia Mor.

      Tamar, al igual que yo, trabajaba como asistente de idioma en la ciudad de Lyon. Sólo que ella enseñaba hebreo. Sí, hebreo, en una escuela de niños judíos, cosa que me es, todavía al día de hoy, difícil de imaginar.

      Las dos israelíes vivían juntas en Valence, una ciudad 100 km al sur de Lyon, ya que Mor estudiaba cine de animación en aquella ciudad. Y estando 100 km más cerca que yo de Marsella, decidieron pasar el fin de semana allí.

      Otros dos amigos suyos, Melody y Bogdan, también visitaban la ciudad. Así que decidimos vernos con ellos para pasar un día juntos.

      En vista de que ya habíamos visitado por nuestra cuenta los principales puntos turísticos de Marsella, decidimos destinar aquel día a un plan mucho más tranquilo. Mucho más natural.

      Marsella es la única ciudad en Francia que cuenta con un parque nacional periurbano, uno de los pocos de Europa. Es decir, dentro de su área urbana, Marsella posee su propio parque natural.

      Es algo de lo que pocos turistas saben, lo cual me incluía a mí. Pero mi compañero de piso en Lyon, Olivier, me lo dijo: no puedes ir a Marsella y no visitar les Calanques.

      Desde mi primer día hospedándome con Jean-Alain, caminando por los barrios africanos y el Vieux Port de Marsella, me di cuenta de que la ciudad está situada entre varios macizos rocosos. Y observarla desde lo alto de la basílica de Notre-Dame de la Garde me dijo que Marsella ha crecido en una especie de anfiteatro natural.

      La segunda metrópoli más poblada de Francia se ha expandido tanto que ha llegado a tomar como parte de su superficie territorios naturales no urbanizables, y que dependen directamente del departamento Bocas del Ródano, del cual Marsella es capital.

      Y es al sur de la ciudad en donde uno de esos territorios naturales fue declarado parque nacional en el 2012. Se trata de les Calanques.

      La imagen de una costa mediterránea escarpada por blancos acantilados y arbustos bajos ya había venido a mí desde que visité Ibiza en el 2013. Y al parecer esa imagen efectivamente se repite en muchos otros lugares del mar Mediterráneo.

      Las calas de Ibiza son uno de sus muchas bellezas que atraen a miles de turistas cada año. Marsella también cuenta con muchas de esas calas, que en francés llaman calanques.

      Tamar y Mor me encontraron fuera de la estación de metro de la avenida del Prado, cerca del estadio Orange Vélodrome, no muy lejos de casa de Jean-Alain.

      Esperamos algunos minutos por Melody y Bogdan para partir todos juntos. Tomamos un bus en el paradero del Prado y nos dirigimos al sur.

      Poco a poco nos adentramos en los suburbios de la ciudad. A cada metro que avanzábamos, la mancha urbana iba desapareciendo. Los edificios se iban haciendo menos frecuentes, y el tamaño de las casas y sus jardines se hacía más y más extenso.

      Justo cuando vimos que el bus daba vuelta en una rotonda, preguntamos si era allí donde debíamos bajar para caminar hacia les Calanques. El chofer afirmó, y en medio del Chemin de Sormiou, comenzamos la caminata.

      El asfalto tardó más de un kilómetro en convertirse en tierra y piedras. Mucha gente adinerada vivía en aquella verde y tranquila zona de la ciudad.

      Hacer senderismo era lo que menos había planeado al visitar Marsella. Mis cómodos botines todoterreno se habían quedado en Lyon. Y mis pantalones no eran los mejores para largas caminatas. Pero en ese momento mis zapatos o mis pantalones era lo que menos me preocupaba.

      Desde que bajé del autobús un gélido viento penetró mis huesos y heló mi cabeza por completo. El día estaba soleado, como la mayoría de los días en Marsella y la Costa Azul francesa. Pero nunca me imaginé pasar tanto frío bajo el sol.

      Olivier había vivido en Marsella algunos años atrás. Cuando le dije que la visitaría por un fin de semana me dijo que era una excelente elección. Pero que debía prepararme con un grande y caliente abrigo que me protegiera del frío viento.

      Ignoré varias veces su comentario. Yo había revisado el clima para Marsella y todo parecía normal. Era más cálido que Lyon, así que el frío no iba a preocuparme. Pero cuando llegué a les Calanques, supe de lo que hablaba.

      Por suerte, Tamar y Mor iban bien preparadas. Tanto que todavía les sobraba un abrigo rompevientos en su mochila. No dudé en aceptarlo cuando me lo ofrecieron para ponérmelo bajo mi otra chamarra, que para ese entonces había descubierto que era demasiado delgada.

      El camino de asfalto empezó a penetrar a les Calanques, y el paisaje urbano pronto cambió a una plancha de montículos blancos tapizados por las yerbas y arbustos.

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      Algunos coches nos rebasaban y empezaban a subir las colinas, tras las cuales no podíamos ver lo que se ocultaba.

      Incluso me fue necesario aceptar los guantes que Mor me ofreció. Nunca creí que el viento del que Olivier me había hablado fuera tan verdad. Mucho menos en un día tan soleado de otoño.

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      Pero el mistral es una corriente de vientos que se gesta en los Alpes para luego bajar al Mediterráneo. No cabe duda entonces del porqué de su helada temperatura.

      Cuando alcanzamos poco a poco la cima de las colinas graníticas tuvimos una vista de la ciudad que se escondía tras los montes Marseilleveyre, como se les conoce comúnmente.

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      Esta zona de Marsella se caracteriza por poseer escasa tierra. La mayoría del terreno es de roca, lo cual hace difícil a las plantas poder crecer.

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      Es por ello que a lo largo de nuestro camino los pequeños arbustos eran más comunes que los grandes árboles. Así que prácticamente no había lugar donde esconderse del poderoso viento.

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      Cuando llegamos a la punta de uno de los macizos calcáreos, frente a nosotros apareció el imponente mar Mediterráneo.

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      Me había quedado en claro que no era un mar cualquiera. En Valencia, Barcelona e Ibiza el Mediterráneo me había maravillado con su increíble color azul, sus tranquilas aguas y, sobre todo, con su importante e histórico pasado.

      Estar frente al Mediterráneo siempre me llenaba de una calma inexplicable. Y Marsella no sería por nada la excepción.

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      Luego de algunos serenos minutos y de un sándwich sobre las rocas, dimos la vuelta para volver al camino de asfalto.

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      Sólo se puede acceder a un par de las playas del parque natural en coche, por una vía de asfalto y tierra. Es a una de ellas donde nos dirigíamos: la Calanque de Sormiou.

      Normalmente el descenso es mucho más fácil que el ascenso. Pero bajar un macizo rocoso con el único par de delgados tenis que había llevado a Marsella representaba algunas complicaciones. Debía ser cuidadoso con el terreno escarpado.

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      El camino en zigzag nos llevó cuesta abajo hasta la parte trasera de un par de edificaciones, que parecían ser un restaurante y una pequeña posada. Nada muy lujoso ni extravagante.

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      Y detrás de todo, por fin pisamos la húmeda arena de la ensenada.

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      Allí abajo, por el fin mistral desapareció, y pude despojarme entonces de los guantes y mis dos abrigos, que bastante estorbo me hacían ya.

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      Aunque sinceramente, el clima seguía siendo fresco. Y no fue nada normal para mí pararme sobre una playa con pantalón, tenis y un suéter. Mucho menos con el sol que quemaba nuestra piel.

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      Melody y Bogdan no tardaron en irse. Tenían una reservación en un restaurante bastante famoso de Marsella y no querían perder la oportunidad de comer allí. Mor, Tamar y yo nos quedamos otro rato.

      La ensenada de Sormiou es quizá la de más fácil acceso desde la ciudad. Pero por ser otoño, el número de turistas era escaso, a pesar de haber sido un puente vacacional.

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      En verano, las calanques se colman de bañistas que se sumergen en sus aguas, las navegan en kayak, en yates privados o simplemente toman el sol sobre sus playas. Para nosotros la situación fue bastante diferente.

      Nos bastó con sentarnos frente a sus tranquilas aguas y disfrutar de la vista.

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      Pasamos allí una media hora más, caminando sobre la arena y sintiendo la suave brisa del Mediterráneo. Cogimos de vuelta nuestras cosas y empezamos a subir. Si queríamos llegar a buena hora a almorzar en la ciudad,debíamos emprender nuestro camino de vuelta.

      Pero en todas partes se puede encontrar un buen samaritano. Y una pareja se detuvo en su coche, al vernos subir con tanto esfuerzo la colina.

      Nos ofrecieron llevarnos hasta la ciudad, a donde pudiésemos coger un autobús. Y con el hambre que se había despertado en nuestros estómagos, aceptamos el trato.

      Mor y yo hablábamos francés con fluidez. Pero no era el caso de Tamar. Ella hacía su programa como asistente de idioma sin hablar casi una palabra de francés. Pero con Mor y yo al lado, no tenía nada que temer.

      Dimos las gracias a la pareja francesa y descendimos en la misma parada de bus a donde habíamos arribado unas horas antes. Y tras una siesta reconfortante a bordo, llegamos de vuelta a la ciudad.

      Comimos una rebanada de pizza antes de tomar el metro. Todavía había un importante punto que no habíamos visitado.

      Al oeste de la Rue de la République, que conecta el antiguo puerto de Marsella con el nuevo y moderno puerto, se encuentra uno de los barrios más viejos de la ciudad: Le Panier.

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      Es la zona geográfica donde se establecieron los primeros griegos cuando fundaron la ciudad, hacia el año 600 a.C. Y hoy representa uno de los sitios más bellos e históricos de la urbe.

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      Le Panier es conocido por ser un barrio popular de Marsella. Y no es de sorprenderse, ya que fue el primer sitio de implantación de los inmigrantes que a la ciudad arribaban, sobre todo en el siglo pasado.

      Así, en el vecindario todavía vive una cantidad importante de corsos y magrebians (provenientes del norte de África).

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      En años anteriores, sobre todo terminada la Segunda Guerra Mundial, Le Panier se convirtió en un sitio común para el tráfico de mercancías y el bandalismo. Marsella posee todavía la fama de ser una ciudad peligrosa donde la mafia tiene cierto poder.

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      Pero recorrer las calles de Le Panier para Mor, Tamar y para mí fue una experiencia totalmente placentera.

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      El barrio es hoy un circuito célebre para los turistas. Gracias a proyectos de recuperación del lugar, Le Panier ha pasado a ser uno de los núcleos culturales de Marsella.

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      El arte no sólo está presente en las coloridas paredes de sus edificios o en los elaborados grafitis que las adornan, sino en el interior de cada casa y local.

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      Muchos de los estudios a las orillas de sus calles se han convertido en ateliers de pintura, cerámica, o cualquier otra expresión artística, donde los artesanos locales ofrecen sus productos a los transeúntes.

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      Ropa, juguetes, cuadros, flores, artículos de material reciclado, fotografías, instrumentos musicales.

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      Y por supuesto, no puede faltar la comida. Las cafeterías son parte del alma de Le Panier, y el chocolate es parte importante de ella.

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      No dudamos entonces en sumergirnos en una de las chocolaterías para adentrarnos en su delicioso arte.

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      La elección era imposible, entre tantas pequeñas (o grandes) tentaciones a nuestro alrededor. Pero nos inclinamos por una bola de chocolate blanco, envuelta en chocolate negro y espolvoreada con coco rayado. Un manjar que endulzó nuestro paladar y el resto de nuestra tarde en Marsella.

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      Le Panier se forma por varias calles que bajan hasta el viejo y el nuevo puerto de la ciudad. Y es allí hasta donde nos llevaron sus rúas, justo  para quedar nuevamente frente a la basílica de Notre Dame de la Garde, en lo alto del otro extremo.

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      Entramos en un restaurante para comer una hamburguesa con papas y apaciguar el hambre que colmaba nuestros estómagos.

      Y antes de que el sol se ocultara, nos dirigimos al malecón del nuevo puerto para admirar más de cerca la Catedral de la Mayor, que se pintaba poco a poco con los colores del atardecer.

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      Caminamos hacia el fuerte de Saint-Jean y visitamos un poco el interior del MuCEUM, el Museo de las civilizaciones de Europa y el Mediterráneo, que por desgracia estaba ya cerrando sus puertas al público.

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      Frente al más posmoderno de los edificios de la metrópoli cayó la noche sobre nosotros y sobre Marsella, una ciudad que superó todas nuestras expectativas. Aunque no sería la última parada de la hermosa costa mediterránea francesa. Y algunos meses después, volvería a sus orillas para otras soleadas tardes frente a sus azules aguas.

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      Relatos Recientes

      Ver series es una actividad que disfruto mucho especialmente después de trabajar o durante los fines de semana. Me hice fanática de las series españolas, me gusta mucho la trama que tienen, el vestuario, actuaciones, detalles… Me permitieron conocer bastante de España, aprender sobre sus lugares, tradiciones, historia y varias cosas más…

      Me dio curiosidad conocer algunos de estos lugares que veía con frecuencia en la series, por ello es que de mi viaje a Europa decidí dedicar unos días para conocer a España, fueron pocos pero intensos.

      Una de mis series preferidas es Velvet, una serie que trata de moda y se desarrolla en Madrid ambientada en los años cincuenta. En la Gran Vía, se encuentra la fachada del edificio donde se desarrolla gran parte de la serie. Estando en Madrid, no podá dejar de visitar este lugar.  Mi viaje empezaba y terminaba en Madrid, ya que los vuelos tanto a la ida como a la vuelta salían de esta ciudad. No tuve mucho tiempo para recorrerla pero si lo suficiente para visitar el edificio en cuestión. En la actualidad funciona una gran tienda de ropa, debo confesar que entré y no miré nada de ropa (cosa raro en mí) pero era linda la sensación de estar en ese lugar que tantas veces había visto en la pantalla…

      Aproveché el paso por Madrid para conocer la Plaza Mayor y probar delicias del lugar… El viaje continuó hacia el País Vasco… escenario de otra de mis series preferidas llamada “Allí Bajo”, la serie trata de un joven del País Vasco que se enamora de una andaluza y muestra los dos lugares y sus tradiciones las cuales son bien diferentes. Me hubiera gustado conocer tanto el Norte como el Sur de España, pero el Sur quedó para otra oportunidad ya que elegimos como destino el País Vasco.

      Tomamos un tren con rumbo a Bilbao en donde nos hospedamos dos noches. Llegamos luego de la nevada histórica, lamentablemente no pudimos verla, pero si pudimos ver algo de nieve desde el tren.

      Bilbao es una ciudad muy bonita donde convive lo antiguo con lo moderno, allí pueden verse construcciones muy nuevas como el Museo Guggenheim y otras muy antiguas que se pueden apreciar al recorrer el casco histórico.

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      Por supuesto que un paso por Bilbao no estaba completo sin antes probar los típicos pinchos en Euskera llamados pintxos. Se trata de una rebanada de pan sobre la que se ponen distintos ingredientes. Lo que me llamó la atención es que todas las opciones son frías, era invierno con un día muy frío y gris y sin embargo los lugareños comían pintxos en los bares,  muchos comían sentados en la calle. Yo opté por probarlos dentro del local, en la barra, ya que por lo general no hay mesas para sentarse sino que se usa comer en la barra e ir de bar en bar. Si la idea es comer algo caliente está la opción de pedir una porción de tortilla. Otra cosa típica es el zumo de uva.

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      Otra cosa que desconocía es que también hay opciones de pinchos dulces, probé uno que tenía queso brie, mermelada y nueces… fue el que más me gustó de todos los que probé…

      Muy cerquita de Bilbao se encuentra San Sebastián, esta localidad es muy conocida por el famoso festival de cine, para mí era interesante conocerla porque fue allí donde se rodó parte de la Serie de Allí Abajo… En realidad, según pude ver en los videos de detrás de escena, solo se usó la fachada de un lugar y se hicieron un par de tomas de la Playa de la Concha y todo el resto se filmó en Sevilla. Pero aún así estando a pocos minutos en colectivo no podía dejar de ir.

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      La ciudad de San Sebastián es muy linda, tiene una playa bonita y un centro muy cuidado y prolijo. Conocimos la famosa playa que aparece en la serie y donde se dio la nevada histórica. Nosotros la visitamos al día siguiente en un día bastante cálido para ser invierno en donde la temperatura llegaba a los 17º.

      Luego del paseo regresamos a Bilbao para despedirnos de España, nuestro viaje seguía su rumbo a Francia…

      Me quedó pendiente para otro viaje conocer Santander y el Palacio de la Magdalena donde se filmó otra de las series que me gustaron mucho, El Gran Hotel. En todo viaje queda algo pendiente,large.IMG_8903.JPG.e42f610d33e4c0d9b114f89868cac8d9.JPGconsidero esto una buena oportunidad o excusa para regresar y seguir conociendo, ya que es imposible conocer un país en tan poco tiempo…