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Argentina

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A dedo por los Andes: Parte II

AlexMexico

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Bitácora de mis últimas 24 horas: 160 kilómetros recorridos; una noche durmiendo bajo carpa; misma ropa, sin ducha; un nuevo compañero de viaje brasileño; un sándwich y dos plátanos en mi estómago; municiones disponibles: cuatro naranjas, media bolsa de cereal de maíz y una botella de agua; dinero restante: 7 pesos; ubicación: aún en Argentina; kilómetros por recorrer: 400.

 

Ese era el panorama para mi primera jornada como hitchhiker, cuyo objetivo era avanzar a dedo desde la ciudad de Salta en Argentina hasta San Pedro de Atacama en Chile. Pero el destino y/o desfortunio me había traído apenas hasta el pueblo de Purmamarca, en la provincia de Jujuy, donde aquella mañana desperté entre el vaporoso sonar de mi alarma y el centello solar que tocaba a las paredes de mi tienda de campaña.

 

Junto a mí, se levantaba mi nuevo travel-buddy, Max, a quien había conocido la noche anterior mientras hacía dedo hacia el mismo destino que el mío.

 

Limpiamos nuestros ojos y salimos a despejar el sueño con la vista del pueblo engallado frente a nuestro improvisado y gratuito campamento. Era una mañana algo templada; pero el sol aparecía detrás de la quebrada. Y tácitamente el endeble radiar de sus rayos nos rebosaba con la esperanza de cumplir juntos nuestra meta, y cruzar la frontera chilena antes del anochecer.

 

Empacamos todas nuestras cosas y desmontamos la carpa, bajo un rojizo amanecer que empezaba a encender los característicos colores cobrizos de las montañas que rodean a Purmamarca. Y antes de siquiera tomar un puño de cereales como desayuno, caminamos hasta la carretera para empezar a pedir un ride. Eran ya las 8 de la mañana, y mi experiencia del día anterior me decía que no había tiempo que perder :excl:

 

Purmamarca es un pintoresco y árido pueblo andino muy frecuentado por turistas nacionales y algunos extranjeros. La cultura hitchhiker está bastante difundida entre los jóvenes viajeros argentinos, y pronto me di cuenta de ello. La carretera 52 en dirección al oeste estaba repleta de viajeros aventureros, que alzaban su pulgar esperando abordar un vehículo. Entonces supe que tendríamos que competir justamente contra quienes madrugaron más que nosotros :blush:

 

Un cuarteto de 2 hombres y dos mujeres saltaban para llamar la atención de los conductores. Sabiamente se dividieron en dos equipos, dejando a una mujer en cada uno. En seguida, un trío de chicas se posaron frente a nosotros, presumiendo sus largas y desnudas piernas mientras sonreían a todo el que pasaba.

 

Max y yo nos dimos cuenta de la desventaja en la que nos encontrábamos. Éramos dos hombres contra cinco bellas mujeres, que cabe confesar, siempre corren con más suerte que nosotros. Aunque yo no lo llamaría suerte, sino un poder seductor :dry:

 

Los coches pasaban de largo al montón de viajeros que parecían hacer fila para ser recogidos. Un pulgar tras otro se alzaba, formando una danza de extremidades a la orilla, adornada por nuestro vistoso letrero que anunciaba el Paso de Jama. El sol se levantaba en su majestuosidad, atrayendo a los perros a nuestro regazo, buscando compañía y una sombra humana que los alimentara.

 

Los minutos avanzaron y poco a poco se fueron llevando a las hitchhikers y sus afortunados acompañantes. El trío de argentinas se desesperó y se decidieron por ir a la estación de buses. Su destino no estaba muy lejos y no tendrían que pagar mucho.

 

Max y yo nos quedamos solos, luego de casi una hora parados. Saqué mi bolsa de cereales y un par de naranjas para calmar nuestros estómagos, mismos que no quisimos alborotar con la impaciencia e irritación. Tres perros se acostaron junto a la pared para guarecerse del sol, mientras yo me colocaba detrás del letrero que anunciaba la salida de la comunidad de Purmamarca.

 

Un nuevo y numeroso grupo de viajeros llegó para pedir aventón. Con amabilidad, nos pidieron pararse detrás de nosotros, a lo que accedimos por ética. Después de todo, la autopista es de todos. Pero su sentido común los empujó a caminar varios metros más atrás, alejándose lo suficiente para no ser vistos hasta que los coches nos pasaran.

 

El calor y los canes vagabundos eran nuestra única compañía mientras el minutero sonaba y sonaba. Ningún coche osaba parar en solidaridad con dos almas extranjeras :( Max reprodujo algo de música brasileña para alzar un poco los ánimos y esperanzas. Las charlas se tornaron de la vida en las favelas a sus gustos por las mujeres italianas, mientras un triángulo lingüístico se hacía presente en el diálogo. Su leve entendimiento de mi perfecto español se mezclaba con su responder en un inglés básico, y en un excelente portugués que tenuemente yo descifraba :smug:

 

Desde el otro lado de la carretera alguien se acercaba. Era un hombre rubio, de unos 50 años, cargaba una pequeña mochila… no tenía pinta de ser argentino. Pronto se dirigió hacia nosotros y nos habló en inglés. No se presentó con su nombre, solo dijo que era de Alemania y que viajaba por Sudamérica :huh:

 

Con su extraño acento, nos contó que recién había llegado desde Atacama a Purmamarca, y que había olvidado cambiar algunos billetes chilenos a pesos argentinos. Gracias a nuestro enorme letrero, supo que pedíamos un ride hacia Chile, y nos propuso intercambiar sus pesos con nuestras monedas. Le dijimos que, desafortunadamente, no teníamos ya mucho dinero argentino. Yo solo contaba con $7, mientras Max encontró en el fondo de su cartera un billete de $100. La tasa que él ofrecía era de 26,000 pesos chilenos, equivalentes a 38 dólares, o a 350 pesos argentinos.

 

Con una fuerte determinación, puso todo su dinero en las manos de Max y tomó el billete de $100. “Fuck! You need it more than I do” fueron las palabras que salieron de su boca. Sin saber cómo reaccionar, Max y yo sonreímos mientras lo observábamos alejarse, sin saber si lo que acabábamos de hacer era o no lo correcto :ohmy: Nos quedamos solo con $7 argentinos y aceptamos dinero de un desconocido (que fácilmente podían ser billetes falsos). Esperanzados en encontrar una pisca de humanidad en aquél recóndito lugar, fuimos positivos y pensamos lo mejor :big-grinB: ¡Ahora debíamos llegar a Chile a gastar los 19,000 pesos que habíamos obtenido gratis!

 

Alentados por el reciente episodio nos pusimos de pie y, con toda nuestra fuerza, sonreímos y atrajimos a todos los coches que pudimos ¡Estábamos decididos a cruzar la frontera ese mismo día! :sneaky:

 

Casi 3 horas después de haber llegado a la carretera, una pequeña camioneta se estacionó frente a nosotros y pitó. Rápidamente corrimos hacia ellos. Subimos y, vigorosamente, les dimos las gracias :big-grin:

 

Se trataba de una pareja de Tucumán que disfrutaban de sus vacaciones manejando por el norte del país. No llegarían hasta la frontera, pero nos ofrecieron acercarnos hasta las Salinas Grandes, atractivo turístico de Jujuy a la que la mayoría de los carros se dirigía en aquella ruta.

 

Entonces lo entendía. Quizá no debimos usar ese letrero anunciando que íbamos hasta el paso fronterizo de Jama. La gente podía no recogernos porque no se dirigían hasta allá; pero sí en esa dirección :wacko: Aprendiendo de mis errores, entablé una plática con nuestros nuevos conductores, mientras el manubrio se meneaba para escalar las empinadas curvas de la Cuesta de Lipán.

 

Tan solo unos kilómetros más adelante del pueblo, comenzamos a adentrarnos en la sinuosa Cuesta de Lipán, único paso que comunica el este de Jujuy con las Salinas y la frontera. El camino en zigzag asciende desde los 2,200 metros hasta los 4,170 sobre el nivel del mar, en tan solo unos minutos :ohmy: Así que una vez más, me vi inmerso en las alturas de los Andes.

 

Desde la punta del monte, el coche descendió vertiginosamente, dejando al descubierto frente al parabrisas una extensa e interminable puna desértica. Y en el horizonte, se avistaba una mancha blanca a ambos lados de la ruta. Nuevamente, estaba en un desierto de sal.

 

La autopista avanzaba recta hasta la mitad de la blanca estepa. Max y los dos tucumanos avistaron impresionados la hermosa postal, mientras yo me transportaba de vuelta al Salar de Uyuni, consciente de que difícilmente otro salar me cautivaría tanto como aquel al suroeste de Bolivia :rolleyes:

 

Un pequeño cuadro de concreto a la orilla de la ruta se ostentaba como parking. Alrededor nada, sino un restaurante y un taller mecánico, se alzaban a la vista. Dimos nuevamente las gracias a nuestros dos rescatistas. Y antes de pedir avanzar más por la pista, no perdimos la oportunidad de adentrarnos en el salar y tomar unas fotos para inmortalizar el inesperado recuerdo.

 

Salinas Grandes

 

Después de la imponencia de Uyuni, las Salinas Grandes no me parecieron grandes en absoluto. Podía fácilmente ver el final unos kilómetros más adelante. Pero al menos pude revivir la exquisita sensación del crujir de los granos de cloruro sódico bajo mis suelas :big-smil: Y en medio del formidable mantel blanco, un corredor rectangular de agua cristalina reflejaba el cielo azul y la sierra andina al fondo, sobre el cual decenas de turistas jugaban con las refracciones mientras disparaban con sus lentes desde todos ángulos. Por supuesto, eso nos incluía a nosotros.

 

Salinas Grandes Argentina

 

Hipnotizado y cegado por la eterna luminancia, Max propuso seguir nuestro camino. Salimos del salar y nos paramos frente al estacionamiento del restaurante. Pronto, me di cuenta de lo difícil que sería ahora coger un ride hasta la frontera. Todavía teníamos 350 kilómetros por delante y todos los autos particulares se estacionaban en el salar, para luego regresar hacia Purmamarca.

 

Un par de señoras se acercaron en su coche hacia nosotros, y nos propusieron dejarnos un poco más adelante, para llamar más la atención de los conductores. Ahí, nos dispusimos a ser recogidos por uno de los escasos vehículos que transitaban hacia el oeste, no sin antes rellenar nuestra botella de agua en el solitario taller que estaba frente a nosotros.

 

Antes de iniciar mi aventura, había leído que la ruta 52 y el Paso de Jama eran una de las rutas más importantes para el comercio entre el Cono Sur y Chile. Por tanto, la había imaginado repleta de autos y trailers que transportaban pasajeros y mercancías de un lado a otro. No había mucho más a dónde dirigirse en esa carretera. Pero, al parecer, mis expectativas fueron erróneas :zsick:

 

Max y yo nos sorprendimos de lo surreal que la escena se había vuelto. Nos vimos varados pidiendo un aventón a la orilla de una solitaria carretera en mitad de un desierto de sal… y no había un coche a la vista; solo el lejano horizonte delimitado por la cordillera andina.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

Por fortuna, Max todavía tenía batería en su celular, y revisó nuestra ubicación en su GPS para buscar una posible solución. Al parecer, había un diminuto conjunto de casas con una desviación cerca del Lago de Guayatayoc, a unos 13 km más adelante. Creímos que tendríamos más posibilidad de conseguir un ride si nos parábamos en el cruce de las dos vías, donde quizá, habría más tráfico vehicular. Sin autos a la vista, decidimos caminar :crying:

 

Acalorado y con 11 kilos en mi espalda, comenzamos a andar por la eterna Puna de Atacama. El paisaje cambió de un suelo blanco a un tapete de tierra adornado con pequeños pastos custodiados por una cadena de montañas a sus espaldas. Decenas de vicuñas pastaban a lo lejos, borradas por la óptica de un sol ardiente que nos impedía acercarnos más a ellas :confus:

 

Parte argentina de la Puna de Atacama

 

Inútilmente, alzábamos nuestros brazos cada extraña vez que un coche nos rebasaba. El tiempo pasaba y apenas habíamos contado 3 kilómetros en los letreros de la ruta :zsick:

 

Casi una hora de caminata después, una familia detuvo su camioneta. Una señora se bajó y nos abrió la parte trasera, invitándonos a subir en la batea, bajo una carpa roja que iluminó nuestros rostros con felicidad :D

 

Cuando conseguimos el aventón

 

Pero poco disfrutamos sentados sobre los costales. En la siguiente bifurcación el chofer se paró y nos abrió la puerta. Descendimos justo en la intersección de un camino de ripio, donde algunas construcciones se veían a lo lejos. Eso era 3 Pozos, la población que habíamos visto en Google Maps. Al parecer, era mucho más pequeña de lo que creímos :O_o:

 

La camioneta se alejó y nuevamente nos vimos en mitad de la nada. El GPS nos indicó que 3 km más adelante la ruta 52 se encontraba con la ruta provincial 11. Creímos que otro camino de asfalto nos daría más posibilidad. Así que sin perder los ánimos, caminamos otra vez, cada vez más cerca de nuestro destino.

 

La media hora transcurrió en completo silencio, sin palabra que saliese de nuestra boca ni un motor de automóvil que manejase junto a nosotros. Max y yo ya no sabíamos qué esperar :( El horizonte se empezaba a difuminar, cual espejismo, en un efecto de luminancia traslúcida. Tratábamos de racionar el agua, y no habíamos comido más allá de una naranja y cereales.

 

Cuando alcanzamos la ruta 11, no mucho cambió. La carretera parecía ser igualmente poco transitada, a pesar de ser formalmente las 4:30 pm :( Nos quitamos nuestras mochilas y nos sentamos junto a ellas en la tierra, resguardándonos del despiadado sol bajo la pequeña sombra que proporcionaba un letrero de kilometraje.

 

Con nuestras cabezas abajo, no nos dimos cuenta cuando un coche nos pasó de largo, suponiendo que al igual que los demás, seguiría su rumbo. Pero sin haber hecho ningún gesto de ayuda, la conductora se detuvo y nos llamó con su pitido ¿Era acaso posible? :ohmy:

 

Corrimos sin pensarlo dos veces y subimos a la parte trasera. Dos chicas italianas que se presentaron como Angela y Alessandra nos dieron amablemente la bienvenida a su auto rentado con el que recorrían Argentina.

 

Rápidamente volteé a ver a Max, y sin decir nada, ambos pensamos lo mismo: ¡Vaya destino! Horas antes habíamos tenido una larga charla sobre el porqué a Max le enamoraban tanto las mujeres italianas :D Y henos ahí, con dos hermosas romanas ante las cuales ambos caímos instantáneamente enamorados; más allá de su sexy acento, rasgos faciales o atractivas vestimentas, fueron las únicas con la solidaridad suficiente como para recogernos y llevarnos hasta Susques.

 

Camino al pueblo de Susques

 

Entre las Salinas Grandes y el Paso de Jama, Susques era la única verdadera población. No tengo una remota idea del porqué esas italianas querían llegar hasta Susques. Quizá solo por los hermosos paisajes que rodeaban a la carretera. Y 50 km más adelante, arribamos a la diminuta comunidad cuando eran ya casi las 6 de la tarde. Nos despedimos de Angela y Alessandra mientras tomaban fotos antes de manejar de regreso a Purmamarca. Max y yo caminamos hasta la entrada del pueblo para probar suerte antes del anochecer.

 

Ruta Nacional 52 Argentina

 

Las verdes estepas habían desaparecido tras subir nuevamente las curvas andinas, que nos habían elevado hasta los 3600 metros entre mesetas y macizos áridos. Podía empezar a sentir cómo se resecaba mi piel, mis labios y mi boca :zsick: Era imprescindible acabarse el escaso litro de agua para mantenernos sanos. Definitivamente, queríamos salir de ahí.

 

De repente, avistamos un grupo de camiones de carga estacionados a la salida del pueblo. Hablamos con sus conductores para preguntarles si se dirigían al Paso de Jama. Nos dijeron que a esa hora ya nadie manejaría hasta allá. El paso fronterizo estaba a punto de cerrar, y a nadie le gustaba pasar una noche en Jama. Si la altura y el frío eran infernales en Susques, los 4200 metros en el Paso de Jama hacían volverse loco a cualquiera :O_o: Así que nos recomendaron probar suerte a la siguiente mañana, ya que una multitud de transportistas salían a diario desde el pueblo hasta Chile, y con seguridad, alguno de ellos nos querría llevar.

 

Algo decepcionados y con el sol descendiendo poco a poco :sad: Max y yo nos resignamos a tener que acampar otra noche junto a la ruta. Los comentarios de los choferes nos habían asustado un poco, y para empeorar más las cosas, la altura comenzaba a hacer doler mi cabeza :oops: Le propuse que buscásemos una tienda para comprar agua y aguantásemos un día más para llegar a Chile. Estábamos ya tan cerca, y no podíamos demorarnos más que eso.

 

Poblado argentino de Susques

 

Nos adentramos en la población en busca de agua. Tenía toda la pinta de ser un pueblo fantasma. Un solitario niño nos miró con extrañez, y nos indicó dónde encontrar la única tienda de la comunidad.

 

Decidido a cruzar la frontera al otro día, me atreví a gastar mis últimas 7 monedas argentinas, con las que compré cuatro plátanos, ya que el dueño, amablemente, llenó gratis mi botella con agua.

 

Volví con Max junto al aparcamiento de los camiones. Era el mejor sitio para acampar si queríamos conseguir un ride al otro día temprano.

 

Nos posamos junto a una pared de ladrillos que nos protegería de los vientos nocturnos y ahí alzamos la tienda. Cenamos una banana me tomé una pastilla para el soroche (mal de altura) antes de meterme en mi saco de dormir. Dejé mi ropa térmica junto a mí por si el crudo frío andino se hacía presente. Sin dinero y con solo fruta y agua en mi bolsa, no tenía más opción que llegar a Chile…



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    1. AlexMexico
      Latest Entry

      El transcurso de una vida urbana puede fácilmente tornarse en algo rutinario, incluso en la grandeza de la Ciudad de México donde, no importa cuándo, siempre se encuentra algo por hacer.

      Si bien, la rutina es algo que se puede fácilmente esquivar en la capital mexicana, hay algo de lo que es imposible escapar. La contaminación y la gente. Un pacífico fin de semana, a solas en el aire fresco, es una demanda de colosales magnitudes en una de las metrópolis más pobladas del mundo. Pero hay algo que la hace única, a pesar de su estresante e incesante actividad.

      Hace casi 700 años, los mexicas (mejor conocidos como aztecas) decidieron construir su capital en uno de los más bellos paisajes del Aztlán, la tierra que ellos consideraban su mundo. Fue en un islote, en medio de un lago rodeado por montañas, donde fundaron Tenochtitlán, lo que hoy todos conocemos como Ciudad de México.

      Los alrededores de Tenochtitlán están cercados de impresionantes paisajes naturales, que dejaron en claro por qué Mesoamérica fue y será el cuerno de la abundancia. Es así que escapar de la ajetreada vida capitalina es, incluso hoy, una tarea fácil.

      Aquella vez, la decisión para reposar un fin de semana fue tomada por Sediel, uno de mis mejores amigos con cuya novia haríamos el viaje. Con una tienda de campaña casi nueva, un saco de dormir y una mochila sedienta por querer ser utilizada, el estado de Hidalgo fue lo que atrajo nuestra atención.

      Contiguo al Estado de México, Hidalgo cuenta con pueblos coloniales, grutas, aguas termales, bosques, cañones, cascadas, minas y un sinfín de interesantes propuestas de aventura. Y muy cerca de Pachuca, su capital, el pueblo de Huasca de Ocampo fue el destino elegido.

      La pequeña localidad nació en la época colonial española, cuando la producción minera atrajo a adinerados hacendarios europeos, que usaron la mano de obra indígena para la explotación.

      El pueblo creció alrededor de cuatro grandes haciendas, y aunque en el declive de la zona (cuando México se volvió independiente) muchos edificios quedaron casi en ruinas, en el siglo pasado se restauró para hacerlo un pueblo de paseo para turistas.

      Son varias cosas que hacen especial a Huasca. Su café, sus leyendas (que incluyen a duendes y brujas) y, sobre todo, su hermosa situación geográfica.

      Ubicada entre la Sierra de Pachuca y el Valle de Tulancingo, los paisajes aledaños a Huasca son un deleite visual, perfecto para los cazadores de un reposo en la naturaleza. Así que en vez de quedarnos mucho más tiempo en Huasca decidimos seguir nuestra ruta hasta los prismas basálticos, uno de los principales atractivos del valle.

      Huasca se emplaza en el oriente del Eje volcánico transversal, una cadena de volcanes que atraviesa el país de este a oeste y lo corta por su parte central. 

      Hace un par de millones de años, el enfriamiento del escurrimiento de lava que se generó en esta zona formó columnas de basalto que tomaron formas de prismas pentagonales y hexagonales. El resultado es hoy una maravilla.

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      El conjunto de prismas encimados entre sí parecen una estructura de legos. Es difícil creer que la naturaleza haya creado formas tan inorgánicas por sí sola.

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      Accedimos a los prismas bajando unas escaleras que llevan hasta un pequeño corredor, por donde cae un arroyo. El agua es traída desde los ríos y las presas que alimentan de agua la comunidad de Santa María Regla, a la que pertenecen las columnas.

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      Aunque algunas de las pequeñas cuatro cascadas fueron arrastradas hasta allí por el hombre, no hay mejor manera de darle un toque más encantador a un lugar como aquel que con caídas de agua.

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      El arroyo culmina en un pequeño estanque, al que se debe acceder desde la hacienda contigua. Es la llamada Cascada de la Rosa.

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      Este lugar fue visitado y estudiado incluso por personajes como Alexander von Humboldt, durante sus viajes por América Latina. La UNESCO nombró al sitio como uno de los 30 geoparques de la Red global de geoparques.

      Aunque ya había sido testigo de columnas basálticas del mismo estilo en Islandia, verlas en México no hizo más que reafirmar que es un país que lo tiene todo.

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      Antes de que se hiciera más tarde, era momento de decidir dónde debíamos acampar. La zona de Huasca de Ocampo posee múltiples sitios para hacerlo. Pero al ser el último fin de semana del verano estudiantil, los campings y balnearios estaban repletos. 

      El pueblo no era una buena idea para huir del bullicio. Y con ganas de un contacto mucho más natural, decidimos escuchar la sugerencia de un chofer.

      Unos kilómetros al norte, lejos de la carretera, había un lugar llamado Peña del Aire. Nada habíamos escuchado sobre él. Incluso, encontrarlo en Google Maps no fue del todo fácil. La información en internet era casi escasa. Pues bien, eso lo hacía el lugar perfecto.

      Según se nos dijo, pocas personas llegaban hasta la peña, ubicada al borde un acantilado bajo el cual se extendía un enorme cañón. Y en lo alto, una zona de camping era ideal para pasar la noche, lejos de las luces, del ruido y de cualquier contacto humano.

      Aceptamos así un viaje en taxi hasta la peña. Y tras un arduo viaje por un feo y estrepitoso camino de ripio, el chofer nos dejó en un centro de visitantes, que no era más que una palapa.

      Peña del Aire es un parque ecoturístico protegido. Hay pocas casas y propiedades privadas dentro del terreno. Las únicas construcciones son casetas de vigilancia, cobranza y algunos puestos de comida y tiendas. 

      A solo unos pasos de aquel puesto de visitantes se abrió ante nosotros un enorme cañón, parte de la Sierra de Pachuca.

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      El nombre Peña del Aire se debe, precisamente, a una gigantesca peña que se yergue en uno de los costados de la barranca. Y sí, de hecho, parece que flota en el aire.

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      Estas formaciones rocosas son características de las barrancas de la Sierra Oriental. Y el sitio perfecto para un centro ecoturístico.

      Una tirolesa de unos 70 metros de largo se tiende al lado de la peña y permite a los visitantes volar sobre el abismo. 

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      En la parte más baja, un río dibuja el camino del valle, junto al cual solo una pequeña iglesia se posa junto a un par de campos de cultivo. Al mirar abajo, creímos que sería un excelente lugar para acampar.

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      Comenzamos el descenso con mochila al hombro, cuidadosos de seguir el mezquino sendero que nos guiaba. El calor era sofocante, pero valía la pena hacer el intento.

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      Las vistas desde las laderas eran sencillamente magníficas. La vegetación parecía hacerse cada vez más verde y, a decir verdad, no era lo único colorido que apareció en nuestro camino.

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      El curso nos llevaba por todo el costado de la barranca, pero poco simulaba bajar al río. Aunque los lugareños nos habían asegurado un rápido descenso, la travesía era más larga de lo esperado.

      Antes de seguir, supimos que algo no resultaría. Esperábamos el arribo de dos amigos más, y en lo bajo de la barranca la señal de telefonía era escasa. Sería mucho más fácil encontrarlos en lo alto del acantilado.

      Volvimos entonces, entregados al calor de la tarde que, por cierto, no tardaría en esfumarse para dar paso a un fresco atardecer.

      La planicie superior fue el mejor lugar para montar el campamento. Un terreno llano, pastoso y fresco donde, al parecer, seríamos los únicos en pasar la noche.

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      Nuestros amigos no tardaron su arribo, por suerte, antes del ocaso. Y con las tres tiendas una junto a la otra, fue momento de armar la hoguera.

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      Una pila de malvaviscos y roles de canela fue el menú perfecto para el atardecer, que tras un cielo nublado se esfumó sin mucha presencia.

      Pero aquellas nubes de tormenta, cuyos relámpagos eran lo único que iluminaba el horizonte nocturno, crearon la atmósfera perfecta para las historias de terror que se avecinaban.

      Huasca de Ocampo es el sitio perfecto para alguien como Sediel, un fanático de las criaturas de fantasía. El pueblo está lleno de leyendas sobre duendes y brujas que moran los bosques circundantes, y que han hecho sus apariciones en repetidas ocasiones.

      De hecho, cuenta con su propio museo de los duendes. Y vaya que nuestro campamento simulaba ser su hogar, con una torre de metal en forma de sombrero que, de hecho, albergaba los únicos baños disponibles, a los que nadie se atrevía a entrar una vez caída la noche.

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      Cuando el fuego se fue consumiendo, una extraña luz apareció detrás de los arbustos. Un color amarillo fluorescente de forma redonda se movía con delicadeza, y de repente palpitaba como el latido de un corazón.

      No le prestamos mucha atención, quizá era alguien con una linterna. Tras pocos minutos se esfumó sin darnos cuenta.

      A la siguiente mañana, los lugareños nos contarían que se trataba de una bruja. Aparecer como pequeñas centellas era su especialidad en aquella zona. Pues bien, al menos no decidió visitar nuestro campamento.

      El alba fue bastante frío. El sereno dejó nuestras carpas más que húmedas por fuera. Y no había nada que deseáramos más que un café caliente. Pero habría que esperar la apertura de los puestos.

      Entretanto, un temprano despertar fue la mejor decisión grupal tomada para poder ser testigos de un hermoso amanecer.

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      El sol se levantó sobre la sierra oriental, iluminando tenuemente la figura de cada barranca del cañón. Nada, sino el cantar de las aves, se podía escuchar en el abismo.

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      Es lo que un grupo entero de capitalinos buscaba lejos de la metrópoli. La serenidad de una fría y verde mañana. Pero acompañada de un café de olla a la apertura del primer puesto, todo fue incluso mejor.

      Luego del desayuno fue momento de bajar a la peña, y contemplar el valle dibujado por los primeros rayos del sol.

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      La bruma de la mañana poco a poco se retiraba, y dejaba al desnudo la vitaleza de un cañón que podía apaciguar todo pensamiento y todo presente.

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      Escalar la peña no era una opción segura, pero hasta la poca altura que pudimos llegar fue suficiente para sentirnos satisfechos en nuestro viaje.

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      Disfrutar de la barranca sin la presencia de turistas durante la noche y la mañana fue una excelente decisión, que nos daría el respiro necesario para volver a la vida de una colmada ciudad.

    2. Hace un poco más de diez años que había visitado la provincia de Misiones para ir a un congreso cuando era estudiante de la carrera de la carrera de Licenciatura en Turismo... Estuve algunos días en la capital, la ciudad de Posadas y dos noches en Iguazú. En este momento todavía las Cataratas de Iguazú no habían sido declaradas como Maravilla Natural, no había una gran cantidad de turistas. A decir verdad, cuando fui al parque con mis compañeros estábamos solamente nosotros. Vale aclarar, que era temporada baja, era el mes de mayo.

      Hacía bastante tiempo que tenía ganas de regresar, por eso, en el mes de enero pasado, decidí tomarme mis vacaciones de verano en las Cataratas. Organicé un tour que empezó en Salta y terminó en Iguazú.

      Decidimos dedicarle 5 noches a la ciudad de Iguazú ya que sabemos que es una de clima subtropical donde puede haber abundantes lluvias que impidan salir a recorrer el parque.

      Llegamos a destino y nos recibió una lluvia afortunadamente no muy intensa. De todas formas, es bastante frecuente que corramos con esa suerte... siempre los destinos que visitamos nos reciben con lluvia pero los días siguientes suelen tener unas condiciones climáticas espectaculares, así que no nos preocupamos.

      El primer día que llegamos, teníamos pensado visitar el Parque pero con la lluvia no era un buen plan. Entonces, optamos por cruzar la frontera y visitar Ciudad del Este en Paraguay. Es una ciudad que tiene la fama de ser un destino de compras ya que es una zona franca, libre de impuestos. 

      Tomamos un colectivo y en menos de una hora estábamos en destino. Creo que no hay palabras para describir a este sitio... Es una ciudad cargada de comercios, de carteles, de vehículos, de gente, de ruido ambiente... Una ciudad totalmente caótica en la que no existen semáforos que orden el tránsito. Afortunadamente, fuimos con información de los mejores lugares para comprar y también teníamos en mente que comprar con el modelo ya elegido. Creo que no hay otra manera de visitar esta ciudad si no es con información previa... Hay muchísimos lugares, vendedores ambulantes y carteles que compiten entre sí. Es recomendable ir temprano, ya que todos los lugares cierran a las 16:00 de la tarde porque suelen abrir muy temprano en la mañana y trabajan en horario de corrido.

      Nosotros llegamos con el tiempo muy justo pero por suerte llegamos a conseguir lo que teníamos planeado, una cámara de fotos de viaje.

      El objetivo principal del viaje era visitar el Parque Nacional Iguazú... También nos interesaba conocer el Parque del lado de Brasil... 

      Fuimos un día del lado de Brasil fue un paseo muy corto porque teníamos que regresar temprano para tomar el colectivo. La vista es muy distinta a la vista del lado argentino, ya que las pasarelas están muy cerca de las Cataratas, pero el parque en este lado es mucho más pequeño. No volvería a visitarlo, pero si volvería una y otra vez al lado argentino ya que aquí el parque es muchísimo más grande y como los colectivos pasan hasta más tarde, se puede estar disfrutando del paisaje hasta las 17:00. Un dato muy importante para quienes deseen visitar las Cataratas, es que comprando la entrada para dos días consecutivos, el segundo día sale la mitad de precio.

      Desde Iguazú se pueden hacer muchas excursiones como por ejemplo visitar las Ruinas de San Ignacio un sitio arqueológico muy interesante, visitar las Minas de Wanda y comprar piedras semipreciosas, etc. Era verano, días de calor intensos cargados de húmedad, por lo que no tenía mucho interés en realizar excursiones de días completos. Nos quedaba un día libre, aprovechamos para conocer la ciudad de Foz de Iguazú. Visitamos un Shopping y recorrimos la ciudad. A decir verdad, la ciudad no me pareció muy llamativa pero siempre me resulta interesante conocer distintas ciudades del mundo.

       

      Consejos importantes para quienes deseen visitar Iguazú

      Conviene destinarle al menos dos días para recorrer todo el parque en el lado argentino es posible que un día no alcance para conocerlo completo.

      Es aconsejable evitar la temporada alta ya que es un destino muy turístico por lo que en enero y mitad de julio suele haber más cantidad de gente que en otros meses.

      Resulta óptimo dejar días libres porque es una zona de clima subtropical, pueden tocar días de lluvia en los que no sea la mejor opción visitar el Parque.

      En el Parque se pueden comprar souvenires, hay varios restaurantes, kioscos y cafés.

      No hay que olvidar el protector solar, repelente y anteojos de sol. Por supuesto, es necesario llevar calzado cómodo.

      Aconsejo que al llegar al Parque, lo primero que hagan sea visitar la Garganta del Diablo, es el paseo que está un poco más alejado comparado con el resto de los circuitos, sumado a ello es el más imponente. Para llegar hasta allí se puede ir caminando o sino el trencito ecológico del Parque, es muy lindo y pintoresco.

      La cena show que se ofrece en Foz de Iguazú es imperdible! Se puede disfrutar de un espectáculo de danzas con música regional mientras se pueden degustar cientos de platos.

      Para visitar las Cataratas se recomienda un mínimo de 4 noches. 

      Para quienes deseen estar en contacto con la naturaleza en su máximo esplendor, pueden realizar el sendero Macuco, para ello es imprescindible llevar agua y alimentos ya que en ese trayecto no existen kioscos ni lugares de ventas de alimentos. 

    3. Perdido en el sureste de México, casi al borde del mar y ubicado junto al río Papaloapan, se ubica uno de los pocos pueblos del país declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

      A solo 90 kilómetros al sur de la ciudad de Veracruz, este colorido pueblo aparece en medio de una región tropical y cálida, cuyo único respiro del infernal calor es la brisa que carga consigo el río.

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      Visitarlo en verano un par de veces quizá no fue la mejor idea. Pero el solo hecho de estar allí significa un refresco del movimiento de la ciudad.

      Tlacotalpan surgió como un asentamiento del pueblo totonaca, una civilización mesoamericana prehispánica que se asentó en buena parte de la costa del Golfo de México. Su nombre significa “entre aguas”.

      Pero fue con la llegada de los españoles que el pueblo creció y tomó forma, desde que Pedro de Alvarado recorrió el Papaloapan río arriba, descubriendo que Tlacotalpan podría ser un buen puerto fluvial para el transporte de mercancías al Imperio Español.

      Así fue como surgieron dos grandes haciendas en la zona, que aunque corrieron el riesgo de ser abandonadas, hicieron que en algún momento la población de españoles creciera. Y sumado a la importación de esclavos negros africanos desde el puerto de Veracruz, Tlacotalpan tomó la raíz multicultural y multiétnica que posee hasta el día de hoy.

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      El pueblo es el corazón del son jarocho y los jaraneros, estilos musicales provenientes del Caribe y que fueron desarrollados en la mayor parte de la costa del Golfo gracias a los afrodescendientes.

      La misma palabra “jarocho” define a las personas provenientes de la región del Sotavento, sobre todo aquellos de piel oscura que usaban jaras como método de pesca. Y esas raíces extranjeras finalmente se impregnaron en la zona alrededor de Tlacotalpan.

      Músicos con sus típicos trajes blancos, con sombreros de paja y pañuelos rojos caminan por las calles ofreciendo coplas. Mientras en las noches llegan los huapangos, fiestas donde el son jarocho es el invitado principal.

      Pero el mayor atractivo del pueblo es sin duda su arquitectura vernácula, es decir, que las construcciones fueron hechas de forma auténtica por los habitantes nativos con materiales de la zona.

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      En 1714 el río se desbordó, y en 1788 un incendio arrasó con muchas de las casas. Es por ello que se ordenó que a partir de entonces todo edificio fuera alzado con mampostería. 

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      Y desde aquella época, un lejano siglo XVIII, las típicas casonas con arcos y pilares se han mantenido en pie.

      Luciendo los vivos colores de México, cada casa es un ejemplo de lo que puede lograrse de forma artificial, respetando siempre lo natural.

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      Cada teja, cada muro, cada columna, cada acera, fueron construidos con los materiales que la propia cuenca del Papaloapan le otorgó a la ciudad. Y se convirtió con los años en el orgullo de los tlacotalpeños.

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      Aunque el puerto fluvial perdió su importancia con la llegada del ferrocarril, el río ha sido siempre parte vital de Tlacotalpan. No solo como medio de transporte, sino al aportar el agua para los cultivos, la ganadería, los pobladores, regular el clima y para la pesca.

      Tomar una balsa para dar un paseo por sus aguas es uno de los mayores atractivos hoy en día.

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      Aunque para ser sincero, la magia de la mampostería y la arquitectura vernácula se esfuma de inmediato.

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      En su lugar, es suplantada por modernas mansiones pertenecientes a la clase alta de Veracruz. Políticos y empresarios han construido sus casas de verano en la riviera, y los yates estacionados en su orilla confirman su poder adquisitivo.

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      Aún así, no está de más un recorrido por el emblemático Papaloapan, que transporta sus aguas desde las tierras de Tuxtepec.

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      El propio río sirve para bendecir la ciudad cada 2 de febrero, cuando las fiestas patronales llegan con la Virgen de la Candelaria.

      Una estatua de la virgen es transportada en una balsa y otorga su bendición al pueblo para evitar inundaciones y otras calamidades, que suelen ser comunes en esta zona tropical.

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      Las fiestas van acompañadas de ferias, mercados de comida callejera, huapangos y hasta un embalse de toros, que son soltados libres por las calles de la ciudad luego de cruzar el río junto a los ganaderos.

      La iglesia es uno de los puntos icónicos de la ciudad, ubicada en la plaza central, o zócalo, como se le conoce en México.

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      Esta explanada crea el plano urbanístico típico de una ciudad colonial española. Un cuadrante central con una alameda, junto a la cual se posa el templo católico y su campanario.

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      Junto a ella, el palacio municipal que funge como poder político, y que servía para demostrar a los antiguos indígenas quién tenía el poder sobre ellos.

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      Tras el zócalo, las calles perpendiculares se trazaron desde el río al interior de las tierras que lo orillan, formando las cuadras empedradas que dibujan hoy la totalidad de Tlacotalpan.

      La tejas en lo alto de las casas otorgan una fresca manera de protegerse del sol. El aire acondicionado no es tan común en esta zona. Pero los corredores y patios centrales son suficientes para ventilar los interiores.

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      Es común encontrar bancas y mecedoras en los pasillos exteriores de las casas, donde los vecinos se sientan a compartir un torito por las tardes, la bebida tradicional hecha a base de alcohol de caña.

      Para mí y mis amigos, la bicicleta fue la mejor manera de recorrer el pueblo. Al fin y al cabo, su terreno plano puede ser bastante bien aprovechado sobre dos ruedas.

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      Un lugar donde los niños todavía corren por las calles, los músicos se pasean por tiendas y restaurantes, los mariscos frescos se sirven en platos calientes y las botellas heladas de torito refrescan del calor.

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      Tlacotalpan se ha ganado con creces, y sin lugar a dudas, su título como Patrimonio de la Humanidad, al combinar tres etnias y culturas en un pequeño lugar.

      Sus casonas vernáculas y vivos colores son el mejor ejemplo de lo lindo de México. Un mágico y perdido lugar entre las selvas tropicales del sur.

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