10 clichés menos clichés de París

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AlexMexico

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París es una ciudad mundial. Solo así se le puede describir por el poder y la influencia que ha tenido en el mundo entero durante siglos. Se hable de gastronomía, moda, ciencias, artes, la metrópoli no es solo la capital de Francia, sino la cuna de corrientes que han llegado a cada rincón del planeta.

Por eso, al igual que aglomeraciones como Londres, Nueva York o Tokio, París es una ciudad que hay que vivirla.

Los últimos ocho meses de mi vida los he pasado precisamente en Francia. Y en repetidas ocasiones he podido visitar París, desde sus últimos días de cálido verano hasta la húmeda llegada de la primavera. Y hospedarme con locales cerca de la Gare du Nord, Sentier o La Défense me ha acercado más a la experiencia de “vivir la ciudad”.

Sin embargo, como turistas pocas veces tendremos la oportunidad de permanecer más que unos cuantos días. Pero más allá de la Torre Eiffel, la Catedral de Notre Dame, la Basílica de Sacré Coeur o el Museo de Louvre, existen otras buenas atracciones que son en menor medida un cliché parisino. Y aunque todas siguen siendo turísticas, algunas pueden acercarnos a una experiencia más local.

Cementerio del Père Lachaise.

Al este de París, en su distrito XX, se encuentra uno de los cuatro antiguos cementerios que se construyeron a las afueras de la ciudad en el siglo XIX para dar una noble y decente sepultura a los difuntos, sobre todo a las grandes personalidades de la aristocracia.

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El cementerio rinde homenaje al que fue confesor de Luis XIV, François d'Aix de La Chaise. Pero hoy no es solo un panteón colmado de tumbas, vegetación y gatos callejeros. Es de hecho un parque donde muchos parisinos acuden a dar un paseo.

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Al principio una caminata por un cementerio se me hizo muy poco interesante. Pero la elegancia de las tumbas (más bien mausoleos) allí levantadas nos habla de cuántos ciudadanos ilustres han pasado por París.

Entre las personalidades fallecidas con las que podemos toparnos resaltan Oscar Wilde, Jim Morrison o Frédéric Chopin.

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Aunque la mayoría no sean personas que nosotros conocemos es reconfortante acercarse a cada lápida y leer el epitafio que nos hará descubrir de quién se trataba. Un antiguo alcalde, la esposa de un famoso novelista, una reconocida bailarina de Montmartre o un aclamado pintor de la Belle Époque.

Musée d’Orsay.

Bien, este sí que un cliché y hay que aceptarlo. Pero todavía menos cliché que el Museo de Louvre.

Como segundo museo más visitado de París, el Museo de Orsay es quizá la segunda colección de arte más interesante de Francia. Desde que nos aproximamos a su exquisito edificio que solía albergar a la estación de trenes de Orsay justo en a la orilla sur del río Sena, el museo nos seduce con un rinoceronte de bronce que nos invita a descubrir el arte vanguardista.

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Si el Museo del Louvre resguarda las obras de la Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna, el Museo de Orsay nos acerca al arte de vanguardias surgidas desde la mitad del siglo XIX hasta principios del XX, antes de comenzada la Primera Guerra Mundial.

Durante este corto período el arte se revolucionó en Francia y en Europa, con artistas que deformaron la realidad visual para expresar de diferentes formas lo que hay dentro de cada elemento que nos rodea.

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Desde el realismo de Gustave Courbet, con su obra cumbre El origen del mundo hasta la simplicidad de los animales de François Pompon, como su célebre Oso Blanco, expuesto en una de las salas al fondo.

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El museo no solo nos deja admirar la belleza que los parisinos se esmeraban por crear en cada nueva estación de tren, sino una hermosa pinacoteca que expone con orgullo a los más aclamados artistas franceses de la Época Bella.

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Para los amantes del impresionismo, el Museo de Orsay resulta tener la mayor colección de obras impresionistas y postimpresionistas del mundo.

Así, sus muros deleitan a los visitantes con obras maestras de figuras como Claude Monet, con sus Campos de Tulipanes de Holanda o las Catedrales de Rouen.

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Eugène Delacroix, Édouard Manet, Camille Pissarro, Pierre-Auguste Renoir, Gustave Caillebotte. Aunque uno de los más famosos, no nacido en Francia sino en Holanda, es Vincent van Gogh.

Si bien la mayoría de su obra se encuentra resguardada en el Museo Van Gogh en Ámsterdam, el Museo de Orsay es un buen aproximamiento al pintor, con varios de sus cuadros postimpresionistas, incluyendo uno de sus más famosos autorretratos.

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En las salas de sus últimos pisos el museo expone también algunas piezas comunes durante el apogeo del Art Déco y el Art Nouveau en París, que influyeron en la arquitectura de un sinfín de edificios en el mundo entero.

Lo mejor del museo no es solamente la increíble colección de la que nos deja ser testigos, sino también las maravillosas vistas que se tienen desde su planta alta, donde podemos tomar un café y comprar libros en su boutique.

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Desde la Plaza de la Concordia hasta la colina de Montmartre, París siempre tendrá un bello paisaje que ofrecer desde las alturas.

Les Invalides.

Es un edificio al que todos los turistas ponen atención. Es imposible no verlo al cruzar el río Sena desde la Concordia, los Campos Elíseos y al atravesar el Puente de Alejandro III. Pero cuando no tenemos tiempo más que para correr y subir a la Torre Eiffel para una foto este palacio suele pasar desapercibido.

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El nombre es muy curioso. “Les Invalides” se traduce así mismo, “Los Inválidos”. Se trata de un antiguo palacio construido en el siglo XVII destinado a ser la residencia real de soldados y militares franceses en el retiro. De ahí su nombre, era la casa de héroes de guerra inválidos.

Hoy sin embargo ya no aloja a soldados heridos y sumidos en la depresión postguerra. Hoy el palacio alberga al Museo del Ejército.

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Si bien suele ser poco atractivo para muchos, la guerra ha sido un elemento presente en la historia de todas las naciones del mundo (así de lamentable). Francia es y ha sido una potencia militar por siglos y no duda en exponer sus más grandes proezas y armamentos militares.

Las colecciones originales del museo nos llevan desde el nacimiento de la nación, en la Edad Media. Espadas, ballestas, arcos y armaduras de hierro que sirvieron para defender al Reino de los francos durante décadas, como las épicas batallas de Juana de Arco contra los ingleses.

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La cantidad de guerras que ha sufrido Francia es infinita, como muchos de los países europeos, teniendo roces con Inglaterra, Prusia, España, Italia…

La línea cronológica es un buen método para conocer un poco más de la historia bélica del país y de Europa. En las salas se muestra la evolución de las tácticas de guerra y de las armas conforme la tecnología avanzaba.

En sus últimos salones se habla de las guerras más recientes, la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

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Con uniformes y armas originales se cuenta lo vivido durante la ocupación nazi y la resistencia que Francia ejerció durante los años cuarenta (que en mi opinión no fue mucha).

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Se exponen los carteles originales que se ocupaban para reclutar soldados en varias partes del mundo para ayudar a sus nacionales en los tiempos más difíciles.

Pero Les Invalides no es famoso solo por el Museo del Ejército. Más bien genera una especie de curiosidad en muchos porque en su bóveda sur yacen los restos de Napoleón Bonaparte.

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El emperador francés pasó sus últimos días en la remota isla de Santa Elena. Pero el rey Luis Felipe I de Francia hizo que sus restos fueran trasladados a París en 1840, año desde el cual se depositaron en el palacio.

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Hoy su tumba es visitada por miles de turistas ansiosos por presenciar la leyenda militar francesa.

Le Petit Palais.

Sea desde la pasarela del río Sena o la famosa avenida de los Campos Elíseos, hay dos edificios que ningún peatón o conductor puede pasar por alto. El Grand y el Petit Palais, o en español, el Gran y el Pequeño Palacio.

Son dos palacios hermanos que fueron alzados durante la exposición universal de París en 1900 como otra muestra del poder de la ciudad en el planeta.

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¿Qué podemos hacer en el Petit Palais? Es otro pequeño pero interesante museo, perfecto para un aburrido domingo en la metrópoli. O si estamos de paso por el barrio y está lloviendo fuera nada mejor para resguardarnos de las nubes que dentro de esta exquisita mansión.

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El palacio está construido alrededor de un patio central ideal para un café y una tarde relajada con un libro en la mano.

El museo nos ofrece una colección de pinturas y objetos de la Edad Media y el Renacimiento. Aunque quizá sea más interesante la colección de pinturas de maestros como Delacroix y Courbet, bastante bien reconocidos en París.

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En varias de sus salas se exponen también mobiliarios originales y recreaciones del siglo XVIII que nos dan una idea de cómo lucía la aristocracia francesa hace 300 años.

Parc des Buttes-Chaumont.

París cuenta con muchos parques y jardines que la dotan de una buena cantidad de hectáreas verdes para el escape de la loca capital.

Todos tienen su encanto, y la mayoría están rodeados por cafeterías y brasseries donde podemos tomarnos una cerveza. Aunque lo mejor es llevar nuestra propia comida y bebidas para hacer un picnic (beber alcohol en los parques no suele estar prohibido en Francia, y podemos comprar un vino en el supermercado por dos euros).

Si como yo se encuentran cerca de la Gare du Nord, en el norte o noreste de la ciudad, una excelente opción es visitar el Parc des Buttes-Chaumont.

Es uno de los jardines públicos más grandes de París, creado en el siglo XIX por Napoleón III, quien aprovechó las antiguas canteras de piedra y yeso en la zona.

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Como muchos de los jardines, este parque posee un lago interior en su centro, donde decenas de aves buscan comida con los visitantes. ¿Qué lo hace especial? Que en medio del lago se alza una colina de piedra de unos 30 metros con puentes y una pequeña cascada, escenario de algunas sesiones de fotos parisinas.

Es posible subir a la punta para tomar un descanso bajo el pequeño kiosco en lo alto, llamado el Templo de la Sibila.

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Y desde allí se tiene una maravillosa vista de la colina de Montmartre en el oeste, con la Basílica de Sacré Coeur que la domina como en todas las postales. Sin duda la mejor parte de visitar este cautivador jardín.

La Défense.

A pesar de ser una enorme capital mundial, París no cuenta con un skyline gigante y particular que la distinga ante metrópolis como Nueva York, Tokyo o Londres, con sus conjuntos de modernos edificios.

Pero París lo ha hecho bien. Su gobierno local ha sabido conservar la arquitectura típica haussmanniana (esos edificios con tejados azules) desde la renovación de la ciudad durante el Segundo Imperio en el siglo XIX con Napoleón III.

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De esta forma, casi toda la ciudad dentro de su anillo periférico conserva ese aire antiguo que logra transportar a sus habitantes y turistas a una Belle Époque contemporánea.

Pero para los amantes de lo moderno París también sabe defenderse. Y se defiende con La Défense.

La capital francesa es también un importante centro de negocios. Y como debe ser, posee su propio centro financiero que forma quizá el único skyline de la metrópoli.

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La Défense está estructurada en torno a su explanada central, donde se yergue un enorme arco, el Arco de La Défense.

Algo curioso es que este arco está perfectamente alineado con el Arco del Triunfo en la avenida de los Campos Elíseos y con el Arco del Triunfo del Carrusel en el Jardín de las Tullerías, frente al Museo del Louvre. De esta manera forman una línea recta que puede ser vista desde cualquiera de las tres monumentales estructuras y desde puntos céntricos como la Plaza de la Concordia.

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Los edificios alrededor del arco albergan a una multitud de empresas internacionales y son el conjunto de oficinas más grande de Europa.

El paisaje urbano es maravilloso, aunque poco se puede hacer allí. No hay tiendas, centros comerciales, bares ni discotecas. Pero sentarse a las orillas del río Sena para admirar su grandeza o contemplar una puesta de sol tras los gigantes de cristal y concreto es otra vista que no muchos se esperan de París.

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Cabe decir que La Défense está oficialmente fuera de París. Está ubicada en los suburbios, por tanto en la zona 2 según el sistema de transporte urbano. Por ello nos costará más caro que un ticket normal de metro si tomamos el RER. Pero llegar directamente a la estación de Gran Arche de La Défense no es quizá la manera de tener la mejor vista. Más bien la conseguiremos caminando por toda la avenida de la Grande Armée desde el Arco del Triunfo o tomando el metro hasta la estación Pont de Neuilly.

Musée Carnavalet.

París tiene cientos de museos, es verdad. Y cada uno es un universo. Pero solo existe un museo dedicado a contar la historia de la misma ciudad.

El edificio que hoy alberga al Museo Carnavalet solía ser un hotel que llevaba el mismo nombre. Está ubicado en pleno centro de la ciudad, en el barrio del Marais.

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No solo podremos deleitarnos con su bella arquitectura y sus simétricos y perfectamente cuidados jardines. El museo nos transportará en el tiempo desde la fundación de la ciudad en la Edad Media hasta los instrumentos más recientemente conservados.

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Si alguna vez hemos soñado con vivir esos años en los que todo se anunciaba con lápiz y papel, se transportaba a caballo, se comía en vajilla de porcelana, se buscaba el pan caliente a diario con el panadero, se enviaban telégrafos y se acudía a los cabarets de Monmartre, este museo es lo que necesitamos.

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Con procedencia cien por ciento original, el Museo Carnavalet ha logrado recaudar piezas de muchas de las épocas parisinas. Letreros de la primera línea del metro en 1900, anuncios de una obra de can can, adornos de una casa desaparecida, ropa de las aristócratas que se paseaban por las Tullerías los domingos, una taza de té en la que bebió un Barón, la puerta de entrada a una taberna de los suburbios.

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Con mapas, maquetas y recreaciones es la oportunidad de acercarnos aún más a lo que ha sido y es hoy día París.

Place des Vosges y la casa de Víctor Hugo.

En el mismo barrio de Le Marais (con una vasta presencia de judíos y hoy también barrio gay) se encuentra la plaza más antigua de París, donde hoy los locales y turistas toman el sol cuando el clima lo hace posible.

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Fue pionera en el diseño de plazas reales en toda Europa, aunque su residencia real no dio cabida a los reyes por muchos años. Pero dio alojo a muchos aristócratas de la época.

Entre los más reconocidos y admirados por el mundo entero se encuentra Víctor Hugo, autor romántico que se ha convertido en un símbolo de la literatura francesa.

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En un apartamento en una de las esquinas de la plaza cuadrangular Víctor Hugo vivió sus años antes de autoexiliarse en Bruselas, debido a su participación en la política de la cambiante Francia del siglo XIX.

En ese acogedor piso escribió algunos de sus poemas y obras que pasarían a la posteridad de la nación francesa.

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Incluso con un salón chino y la cama donde falleció, su modo de vida puede inspirar a muchos amantes de la literatura que, como a mí, Víctor Hugo ha atrapado hasta el último renglón.

Jardines de Luxemburgo.

Como una especie de jardín real para el Senado de Francia, los jardines de Luxemburgo son quizá el parque público más famoso de París. Eso quiere decir que siempre habrá mucha gente. Pero es difícil encontrar una atracción turística sin mucha gente.

No obstante, vale la pena transportarnos hasta la parte sur del Sena (no muy lejos de la Catedral de Notre Dame) para perdernos por sus senderos y comer un helado frente al fascinante Palacio de Luxemburgo.

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Es un destino perfecto para familias, con actividades, juegos y renta de ponis para los pequeños.

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Una de las curiosidades que debe ser visitada es la Estatua de la Libertad original. Eso mismo. La famosa Estatua de la Libertad que recibió a millones de migrantes en la desembocadura del Río Hudson y que hoy sigue siendo símbolo de Nueva York y de los Estados Unidos fue un regalo de Francia.

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Fue diseñada y creada en París por el escultor Frédéric Auguste Bartholdi. Y antes de llevar a cabo el enorme proyecto que dotaría de identidad a los estadounidenses, Bartholdi elaboró este modelo a escala que más tarde regalaría a la ciudad de París, y que hoy es expuesto en los jardines de Luxemburgo como una memoria de la dama más famosa de América.

El Panteón.

La increíble e imponente iglesia de Saint Étienne du Mont en el corazón del Barrio Latino de París ha atravesado por muchas controversias, pasando de ser repetidas veces un centro de culto católico a un centro de culto para los ciudadanos ilustres.

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Pero esta última función concluiría su cometido con el entierro de Víctor Hugo en su cripta en el año 1885.

Así, visitar el Panteón de París significa visitar los restos de las personas que más han marcado la historia de Francia (en el mejor sentido).

Sus catacumbas reciben a los visitantes con el encare de los dos filósofos ilustrados más relevantes y eternos rivales: Jean-Jacques Rousseau y Voltaire, cuyas ideas opuestas legaron una revolución en Europa y el mundo entero.

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Otros de los personajes célebres en sus tumbas son Marie Curie (premio Nobel de Física y Química), Émile Zola (padre del naturalismo) y Louis Braille (creador del sistema Braille de escritura y lectura para débiles visuales).

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Otra de las atracciones del Panteón es el Péndulo de Foucault, un experimento que desde 1851 demostró la rotación de la Tierra al haber sido colocado desde lo alto de la cúpula hasta casi tocar el suelo.

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París es la Ciudad de las Luces. Y no por ser la mejor iluminada, sino por la cantidad de personas ilustres que por ella han pasado.

Sus rincones e historias son simplemente infinitos, y ningún artículo podrá nunca abarcarlos todos. Pero algo es seguro: siempre querremos volver a ella. <3


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5 Comentarios


Había leído ya un poco sobre el Panteón y Les Invalides, pero nunca los he visitado. Solo he estado una vez en París así que habrá que volver.

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Está bueno salirse de lo "esencialmente turístico" para conocer otros lugares, pero es verdad solamente hacemos eso cuando tenemos tiempo, cuando estamos más que un par de días en una ciudad. Quien no ha soñado nunca con vivir un tiempo en París? :)

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Me gusto mucho el Pequeño Palacio y esos jardines tan bien decorados. París es sensacional.. cuántos días habrá que dedicarle para conocer todo? Me refiero a lo más turístico pero también a lo menos conocido!

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    1. El invierno europeo tiene un enorme cliché en el resto del mundo. Ciudades medievales y renacentistas cubiertas en nieve y adornadas con luces de muchos colores que festejan la Navidad. Mercados callejeros con puestos de madera y tejados donde es fácil comprar un chocolate caliente y donde turbas de personas se aglutinan día con día para pasear.

      Esa imagen es cierta en muchas ocasiones. Pero lo es solo durante diciembre, antes de que llegue la fiesta de año nuevo. Cuando enero comienza, el invierno se vuelve una grisácea y depresiva postal.

      La gente no está más de vacaciones. Va de su casa al trabajo, del trabajo a su casa. Y cuando vuelven no tienen más ganas de salir a la calle. El frío cala los huesos, el sol se oculta a tempranas horas de la tarde. Netflix y un buen café (o en su defecto, una bebida con alcohol) son la principal solución al crudo invierno.

      No era la primera vez que me enfrentaba a aquel brusco cambio de estación. La costa este mexicana es una de las áreas más calientes y húmedas que he experimentado. Y mudar de un clima tropical a pasar semanas trabajando a grados bajos cero era un duro reto a mi estabilidad emocional.

      Para apaciguar aquella abúlica sensación, no quise esperar mucho más para volver a coger mi mochila y viajar fuera de Lyon, donde entonces estaba viviendo. Hacía apenas unos días que había vuelto de Italia, pero cuando me di cuenta, eran pocos los fines de semana que me quedaban libres para conocer un poco más de Francia, antes de volver a México.

      Dos años atrás, Benjamín había llegado a mi casa en Veracruz para disfrutar del carnaval, en una escala durante su largo viaje por Latinoamérica. Ahora conmigo en su natal Francia, quiso devolverme el favor de haberlo hospedado. Y aunque no se encontraba más en Bretaña, haberse mudado a Toulouse era una excelente oportunidad para hacerme conocer la joya del sur galo.

      Sin perder mucho tiempo, tomé un autobús nocturno un viernes por la noche. Y a eso de las 6 de la mañana, arribé muriendo de frío a la estación central de Toulouse, donde Benjamín me recogió en su coche.

      Me condujo hasta su apartamento. Un cálido y acogedor ático que había empezado a rentar no hace mucho tiempo, mientras trabajaba como auxiliar en una casa que cuidaba de los ancianos.

      Por lo que me contaba, Toulouse parecía ser una ciudad que atraía a varios jóvenes y no tan jóvenes, quienes llegaban en busca de trabajo y prominentes salarios. Después de todo, muchos definen a Toulouse como una tecnópolis, que ha crecido alrededor de su antigua historia gracias a la aeronáutica y el mercado de las telecomunicaciones.

      Pero Benjamín estaba dispuesto a mostrarme la cara más cautivante y vetusta de la ciudad. Para ello, luego del desayuno, cogimos dos bicicletas que aparcaba en el jardín para recorrer Toulouse de la mejor manera.

      El barrio de Benjamín era un área residencial al lado del río Garona, que divide la ciudad de este a oeste. En el medio, la isla de Empalot alberga algunas nuevas atracciones, como el estadio de fútbol, un casino y un parque de exposiciones.

      Pasando de largo, el río comienza a unir ambos lados de su rivera con numerosos puentes, algunos de ellos construidos hace ya varios siglos.

      El Pont Neuf (o puente nuevo) es el más famoso de ellos. Sus paredes de ladrillos rojizos que enmarcan los arcos que lo sostienen en pie constituyen la más antigua entrada a la ciudad.

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      Al fondo, la silueta del capitolio da una excelente bienvenida y una buena previsualización de lo que es Toulouse en el imaginario de muchas personas: la ciudad rosa de Francia.

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      Cuando Benjamín y yo cruzamos el puente el sol brillaba con fuerza sobre nosotros, regalándonos el mejor día para andar en bicicleta, que durante el invierno no es nada fácil con el frío viento que penetra tras los abrigos.

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      El Pont Neuf nos llevó directamente al corazón del centro histórico de Toulouse, que se desarrolló sobre todo durante la Edad Media.

      Las casas a orillas de las rúas peatonales empedradas traían a mi mente los cascos antiguos de las ciudades italianas, como Verona o Génova, por sus ventanales alargados con marcos de madera pintados de blanco.

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      Pero los laberintos de callejones pronto me mostraron las vitales tonalidades que diferencian a Toulouse de otras urbes europeas.

      Las fachadas de ladrillos rojizos que se intercalan entre casa y casa dan a la ciudad ese matiz por el que se ganó el título de “la ville rose”.

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      Toulouse vive y crece alrededor de su principal núcleo urbano, la plaza del Capitolio, donde se encuentra el edificio homónimo, sede del Ayuntamiento desde tiempos medievales.

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      Aunque el lugar ha albergado la capitalidad de la ciudad y de la región de Occitania, el edificio ha sido remodelado innumerables veces. Pero siempre conservando el otoñal matiz toulousano.

      La explanada es hogar para decenas de comerciantes que todos los días ofrecen sus mejores productos a los turistas, aunque muchos locales suelen usarlo como lugar de recreo, sobre todo aquel fin de semana en el que el sol nos sonreía.

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      Seguimos al norte por la rue du Taur, tras cuyas bellas fachadas de tiendas y restaurantes se asomaba un campanario que me llamaba a gritos hasta sus pies.

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      La “calle del toro” lleva aquel nombre gracias a San Saturnino, obispo de Toulouse, cuyo martirio, según cuenta una leyenda, fue ser arrastrado por un toro.

      Y la basílica de la ciudad hace honor al mismo santo, también conocido como San Sernín.

      La Basílica de San Sernín no solo es una joya arquitectónica de Toulouse (que también colabora al vivaz color de la ciudad con sus fachadas de ladrillos), sino que es también la iglesia románica más grande de Occitania y la segunda de toda Francia.

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      El templo católico es también parte de los bienes inscritos del Camino de Santiago, al ser uno de los puntos de cruce de aquella peregrinación que ha trascendido fronteras más allá de la religión.

      En un lejano 2013, una beca estudiantil me había llevado a vivir algunos meses en Santiago de Compostela, en el norte de España.

      La capital gallega dice albergar en su catedral los restos del apóstol Santiago, y eso le ha concedido ser el punto culminante de una de las peregrinaciones católicas más famosas.

      El Camino de Santiago no se trata de hecho de un solo sendero trazado, sino de un gran número de trayectos que pueden comenzar desde el sur de Francia, el norte de Portugal, o cualquier punto de España.

      Pero los caminos que inician en Francia han sido reconocidos como los oficiales y de más antiguo uso tradicional. Y allí, en medio de Toulouse, una basílica me llevó de vuelta al sudado rostro de aquellos peregrinos que día con día veía descansar con vehemencia en la plaza central de Santiago de Compostela cuando yo caminaba rumbo a mis clases en la universidad, y cuando ellos daban por finalizada una excursión de varios días de caminata.

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      Al otro lado del río, las zonas residenciales fuera del casco antiguo mostraban mismo una Toulouse bella y tradicional, tras cuyas rosas moradas el día a día continuaba de forma normal para sus habitantes.

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      Antes de que el anochecer nos alcanzara, Benjamín me llevó a una tienda que vendía sólo productos hechos en Occitania, muchos de ellos producidos a las afueras de Toulouse.

      Para el almuerzo (que para entonces se acercaba a ser nuestra cena) compramos un frasco de cassoulet, uno de los más típicos platillos occitanos.

      Es común conocer el amor que los franceses tienen por la carne de pato. Pero sería falso decir que todos los franceses gustan de comer pato.

      Sería, sin embargo, mucho más acertado decir que la mayoría de los occitanos adoran la carne de pato. Y la cassoulet es el plato ideal para probarla por primera vez.

      Se trata de una sopa de alubias blancas (algo como los frijoles bayos en México) cocinada con trozos de carne de cerdo, como chorizo, tocino y salchichas de Toulouse. Pero lo esencial dentro del plato es una presa de pato confitado, salada en su propia grasa.

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      Aunque no se alejó mucho de los frijoles charros mexicanos, la carne de pato le dio un toque diferente.

      Al siguiente día volvimos a coger las bicicletas, aunque esta vez el cielo se tupió con nubes que no pararon de amenazar nuestra tarde. No obstante, la lluvia no se dejó caer por mucho, y Toulouse siguió permitiéndome conocer su gallardía.

      Esta vez Benjamín me condujo al sur del centro histórico, una vez cruzado el Pont Neuf.

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      La zona parecía mucho más residencial y mucho menos turística que el resto del casco viejo.

      Y tomando en cuenta que era domingo, las calles parecían vacías y poco asediadas por los visitantes, quienes se reservan en su mayoría para acudir en verano, cuando Toulouse se colma de festivales y exposiciones al aire libre.

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      Es en esta área donde otra iglesia se yergue y presume su campanario sobre la ciudad.

      Más pequeña, pero no menos importante que su hermana la basílica, la Catedral de Saint-Étienne de Toulouse es otro de los más antiguos templos católicos construidos en la ciudad.

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      Fue construida y remodelada en diferentes etapas de la historia, y terminó por adoptar elementos románicos, góticos y barrocos en su cara exterior, que finalmente contribuye y hace honor al sobrenombre de la ciudad, gracias a su material de ladrillos.

      Pero si me había quedado alguna duda de por qué Toulouse era la ciudad rosa, las calles aledañas a la catedral me dieron la respuesta.

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      Las portadas de muchos de los edificios fueron hechas completamente de arcilla, combinando figuras geométricas con ventanales exquisitos.

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      Aunque un par de construcciones poseían el estilo haussmaniano típico de ciudades como París o Lyon, las “casas rosadas” de Toulouse rompen con la monotonía de otras metrópolis europeas.

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      Simplemente hacen imposible luchar contra el deseo de querer vivir bajo uno de sus techos, lo que por cierto, según me dijo Benjamín, actualmente es muy costoso.

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      Mis piernas luchaban contra el frío que me golpeaba al pedalear la bicicleta a lo largo de Toulouse, pero cada una de sus calles hacían que el esfuerzo valiera la pena.

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      La costa del río Garona me dejaba también siempre satisfecho tras un duro tramo de ejercicio, con un limpio y frío paisaje en su otra orilla que me hacía apreciar cada vez más el invierno.

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      El Hotel Dieu y La Grave son otros de los dos edificios que destacan en el paisaje de Toulouse, enmarcando la rivera del Garona con una bella cúpula verdosa que da la bienvenida a la parte moderna de la ciudad.

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      Al terminar la tarde Benjamín me llevó un poco más al norte, fuera del centro antiguo, para visitar otro de los atractivos turísticos.

      Toulouse se encuentra en un punto central del istmo entre el mar Mediterráneo y el Golfo de Vizcaya. Eso hizo a muchos dirigentes políticos, desde épocas antiguas, pensar en una obra industrial abismal que pudiera unir ambos mares por vía marítima, la vía más usada para el comercio y la guerra antes de la aparición del ferrocarril.

      Pero fue Luis XIV quien hizo realidad el sueño de muchos, al lograr culminar en el siglo XVII la que fue considerada la mayor obra de ingeniería del siglo.

      El Canal de Midi logró conectar el río Garona con el mar Mediterráneo, uniendo por fin al Atlántico con el mar sin tener que atravesar el temeroso estrecho de Gibraltar.

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      Si bien el canal de Panamá o el canal de Suez son obras mucho más grandes y reconocidas, fue el Canal de Midi el precursor de todos, y es por ello que está inscrito como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

      Su profundidad media es de apenas 2 metros, y representó duras penurias para su realización. Aunque la orografía fue el principal obstáculo, el agua fue uno de los dolores de cabeza más duros para sus ingenieros, quienes no conseguían cómo llenar el canal y mantenerlo con agua durante la época de sequía.

      El Canal del Mediodía no solo es una obra maestra de la ingeniería, sino también un atractivo paseo turístico para muchos que adoran hoy disfrutar de su incomparable belleza.

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      Un paseo en barca, en bicicleta o a pie por sus 240 km de longitud son travesías comunes para turistas franceses y extranjeros.

      Hay quienes incluso viven sobre él en una barca que aún conserva el antiguo estilo en que lo navegaban los más adinerados del reino francés.

      Nosotros lo ocupamos para reunirnos con un amigo de Benjamín y charlar con él a sus orillas, antes de volver a casa y refugiarnos de la fría noche.

      La ciudad rosa de Francia había sido una excelente y cálida opción para escapar del gélido invierno por un fin de semana. Y al otro día, libre de trabajo gracias a una de mis profesoras, aprovecharía para mirar otra y más antigua cara de Occitania.

    2. La costa de Liguria, en el noroeste de Italia, era el escenario perfecto para despedir el 2016. Había comenzado mi año desempleado, tirado en mi cama y sin la certeza de qué me depararía el resto de mis 365 días. Ahora me hallaba en una fría estación de tren, aguardando el vagón a mi último destino antes de volver a Francia, donde estaba trabajando temporalmente como profesor.

      Aquella tarde había visitado los cinco maravillosos pueblos de Cinque Terre, otro de mis objetivos en aquel viaje por Europa. Y debido a su cercanía, una última escala en la capital de Liguria era obligatoria.

      A las 18 horas, luego de un hermoso atardecer, cogí el tren desde la ciudad de Levanto hacia Génova, a donde llegué en menos de una hora.

      Por fortuna, había reservado dos noches en un hostal muy cercano a la estación de Brignole. Y con la seguridad que las ciudades europeas me daban, llegué a pie en mitad de la noche, para ponerme cómodo y descansar luego de una jornada en Cinque Terre.

      Una pizza 4 stagioni fue mi manera de comenzar a despedir el año, con la llegada del frío invierno y a sólo 3 días de comenzar el 2017.

      La siguiente mañana comenzó de maravilla. Los desayunos incluidos en la mayoría de los hostales en Italia me dejaban siempre un increíble sabor de boca. No sólo con un excelente café espresso cortado (muy a la italiana), sino con un surtido buffet dulce y salado, cosa que no acontece en todos los países de Europa.

      Mis conocimientos sobre Génova hasta entonces eran escasos. Era otra de las ciudades a las que había llegado sin saber casi nada. Aunque por supuesto, conocía bien la historia (todavía no aceptada por todos los historiadores) de que fue el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón. Pero seguro que tenía más, mucho más para ofrecer, que sólo haber acogido el parto del navegante más famoso del mundo.

      Un frío viento soplaba desde el golfo donde se enclava la ciudad, y las nubes tapaban el ingreso de los rayos solares a las calles. Pero había tenido suerte de escapar de la lluvia, y estaba conforme con ello. Así que salí del hostal y descendí hasta la Via XX Settembre, la principal avenida del centro histórico de Génova.

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      Si bien la historia de Génova se remonta a la época en que fue una prominente república marina, la Via XX Settembre y sus calles circundantes datan a la segunda mitad del siglo XIX, cuando Génova formaba ya parte del Reino de Italia.

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      Hoy sus hermosos edificios neoclásicos y barrocos acogen los comercios más asediados por los locales y turistas, donde las tiendas de moda no se quedan atrás. No importa lo que diga la gente, Francia no es más la capital de la moda. Italia lo es.

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      La avenida me llevó hasta la Piazza de Ferrari, el corazón del centro histórico genovés.

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      En el medio de ella se posa una fuente que, al igual que el resto de la plaza, fue proyectada en el siglo XIX.

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      A finales de aquel siglo Génova fue, junto con Milán, el principal centro financiero del recién creado estado italiano. Así, tras la creación de la plaza, importantes instituciones financieras se establecieron a su alrededor, como el Banco Italiano, la bolsa y el Crédito de Italia.

      Pero el edificio más importante a orillas de la plaza (aunque para mí no el más bello) es sin duda el Palacio Ducal.

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      Su nombre puede ser engañoso. Al igual que el Palacio Ducal de Venecia, no fue una residencia de duques, sino de los “dux” que gobernaban la República de Génova.

      Génova fue por varios siglos un estado independiente. Junto con Venecia, Pisa y Amalfi, todas formaban las cuatro repúblicas marítimas, que a partir de la Edad Media fueron países soberanos que gozaron de prosperidad gracias a su dominio marítimo en el mar Mediterráneo.

      No cabe duda de por qué la mayoría de los historiadores afirma que Cristóbal Colón nació allí. Varias calles, incluso una plaza pública, llevan su nombre.

      Los orígenes de Génova se remontan más allá del nacimiento de Cristo. Sin embargo, su prosperidad comenzó a impulsarse durante la Edad Media, época de la que datan muchos de los antiguos edificios que todavía se encuentran en pie.

      La catedral de San Lorenzo es uno de ellos. Es la principal construcción religiosa de la ciudad, misma que marcó el inicio de su apogeo. En aquel entonces, no ser reconocida por la iglesia católica era casi no existir en el mapa.

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      Su fachada gótica y portadas laterales románicas marcaron un hito en la arquitectura de la ciudad.

      Al sur de la catedral, las callejuelas de adoquines alojan la llamada zona medieval, el área de asentamiento más antigua de Génova.

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      Sus coloridas y despintadas casas daban asilo en su mayoría a marinos y mercaderes, que dieron a la ciudad una relevante importancia en el Viejo Mundo.

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      Génova se encuentra emplazada en una extraña geografía, donde las olas del mar se topan bruscamente con altas montañas, cuyo terreno no es cultivable.

      Así, Génova pasó a depender desde su fundación del comercio marítimo. Pero lo que comenzó como una obligación para su sobrevivencia acabó por colocarla en los mapas medievales como un glorioso país.

      La zona medieval es un conjunto de edificios habitacionales, iglesias católicas y torres de fortaleza que defendían a la república de enemigos y piratas.

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      Aún con su diminuto tamaño y pequeña población comparada con otros estados europeos de la época, Génova logró defenderse por sí sola y dominar gran parte del Mediterráneo, llegando a poseer colonias, que incluyeron la enorme isla de Cerdeña.

      Y aunque las casas que hoy se avistan en su casco antiguo parecen de lo más humilde y común, las familias que las habitaron dejaron un enorme legado al mundo entero.

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      Ejemplo de ello son los mapas de navegación del Mediterráneo. Y aunque los mapas de Colón se consideran un legado de la corona española (a quien Colón pidió apoyo financiero), podría decirse que fue uno de sus marinos quien estableció las primeras rutas comerciales con ambos continentes, hasta entonces desconocidos entre sí.

      Las familias genovesas tenían una amplia tradición de hacerse retratar por los mejores pintores. Su excelencia artística llegó a tanto que durante la ocupación inglesa de la república varias familias genovesas pagaron a los británicos con sus propios retratos, mismos que aceptaron y que hasta hoy forman parte de la riqueza artística del Reino Unido.

      El casco medieval me despidió con la Porta Soprana, una de las antiguas puertas de la muralla que rodeaba Génova y que la defendía de quienes la querían asediar.

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      Viré nuevamente en dirección oeste, y las calles del centro antiguo me llevaron al puerto viejo, el primero que dio nacimiento a la ciudad.

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      Al igual que la mayoría de los puertos viejos del Mediterráneo, hoy es más bien una atracción turística, aunque todavía tiene espacios de aparcamiento para algunos botes privados.

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      Detrás de él, un nuevo y moderno puerto acoge a la vez decenas de barcos mercantes y cruceros que hacen de Génova uno de los mayores puertos de la zona, tras Marsella.

      Desde la pasarela puede verse el paisaje circundante, donde las montañas son quienes resguardan al golfo y donde se posan muchas de las nuevas viviendas de la ciudad, que sigue creciendo con los años.

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      El malecón que rodea al puerto tiene una multitud de actividades de recreación, que incluyen un acuario (el segundo más grande de Europa), una biósfera, un parque de atracciones, un centro de souvenirs, un museo marítimo y hasta una recreación de una antigua embarcación.

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      Los genoveses tienen una historia cien por ciento ligada a la navegación, y cada uno de sus rincones parece poner en alto la importancia de la marina para ellos. Desde el nombre de sus restaurantes hasta las figuras de sus artesanías, que presumen barcos de velas y trajecitos de marinero.

      Y aunque me hubiera encantado probar uno de sus platillos locales con mariscos y pescado, sus precios son normalmente mucho más altos que el resto. Pero siendo ya un verdadero amador de la comida italiana, un espagueti carbonara bastó para saciar mi apetito de mediodía. Lo mejor de comer pasta en Italia, es que siempre colocan junto al plato un tazón lleno de queso parmesano. Por supuesto, yo siempre rociaba el tazón entero sobre él. Nunca será suficiente parmesano.

      Seguí caminando por las calles aledañas al puerto, que suben poco a poco a una de las colinas de la ciudad.

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      En lo alto de una de ellas, tras un vasto jardín inglés, se yergue el Albergo dei Poveri, o el Albergue del Pobre.

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      Su majestuosa fachada no parece concordar para nada con su nombre. El edificio fue originalmente mandado a construir hace más de 300 años por un noble genovés para dar asilo y comida a los indigentes.

      No obstante, hoy funciona como un museo y alberga un gran número de obras de arte pictóricas y escultóricas de diferentes corrientes europeas.

      Descendí por la Via Cairoli, sumergiéndome al pie de sus detallados edificios, para después adentrarme en la Via Garibaldi, el pequeño Patrimonio de la Humanidad que Génova resguarda.

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      Se trata de solo una de las cientos de calles que posee la urbe. No tiene más de un par de metros de longitud, pero su historia respalda el título que conlleva.

      En el siglo XVI, la nobleza genovesa decidió dejar el barrio medieval para habitar en un nuevo y prominente barrio situado un poco más al norte.

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      Dos de los mejores arquitectos de la época se encargaron de la planeación y el trazado urbano de los edificios, que hoy relucen como una maravillosa atracción turística mundial.

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      La calle está flanqueada de palacios que dejan en claro el poder que la nobleza poseía en aquel entonces, y que podía darse el lujo de mandar a construir sus propias mansiones.

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      El Palacio Municipal está incluida en esta lista de construcciones, la mayoría de ellas de estilo barroco que marcaron la llegada del Renacimiento a la República de Génova.

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      Dentro de ellas se exponen todavía las fuentes, jarrones, estatuas, pinturas, escudos heráldicos y todo tipo de ornamentación bajo los que los nobles se regocijaban en su día a día.

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      Al final de la Via Garibaldi unas escalinatas me llevaron de vuelta cuesta arriba, a los barrios de Génova que gozan de mejores vistas.

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      La Villeta Di Negro, uno de los múltiples parques de la ciudad, me mostró que las cansadas y empinadas subidas valen la pena para sus habitantes, que todos los días tienen a sus pies la bella panorámica de una de las mayores y mejor conservadas metrópolis italianas.

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      Y aunque de un lado los modernos edificios descubrían la moderna ciudad, al otro lado una antigua Génova se asomaba con sus coloridas casonas y palacios renacentistas.

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      Para entonces el sol había iluminado la colina entera y compensaba el helado viento del Mediterráneo.

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      Aquella noche en Génova la pasé tranquilamente cenando y bebiendo algunas cervezas en el hostal con el resto de los chicos, quienes también se preparaban para la fiesta de Nochevieja.

      Para mí, el desvelo me costaría al otro día perder mi tren y cancelar mi Blablacar a Lyon, y correr a la estación por un nuevo ticket y reservar el último asiento en un bus que me llevó de Turín a mi casa temporal en Francia.

      Festejé la Nochevieja en el apartamento de una chica italiana con un bonche de personas que no conocía, pero que tenían algo en común conmigo: estaban pasando la velada a kilómetros lejos de casa.

      Entre vinos, paté, bocadillos y postres, recibimos juntos el 2017, que me preparaba nuevas y frías aventuras por Europa, y mi primera vez en un nuevo continente.

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      Tomamos un tren con rumbo a Bilbao en donde nos hospedamos dos noches. Llegamos luego de la nevada histórica, lamentablemente no pudimos verla, pero si pudimos ver algo de nieve desde el tren.

      Bilbao es una ciudad muy bonita donde convive lo antiguo con lo moderno, allí pueden verse construcciones muy nuevas como el Museo Guggenheim y otras muy antiguas que se pueden apreciar al recorrer el casco histórico.

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      Por supuesto que un paso por Bilbao no estaba completo sin antes probar los típicos pinchos en Euskera llamados pintxos. Se trata de una rebanada de pan sobre la que se ponen distintos ingredientes. Lo que me llamó la atención es que todas las opciones son frías, era invierno con un día muy frío y gris y sin embargo los lugareños comían pintxos en los bares,  muchos comían sentados en la calle. Yo opté por probarlos dentro del local, en la barra, ya que por lo general no hay mesas para sentarse sino que se usa comer en la barra e ir de bar en bar. Si la idea es comer algo caliente está la opción de pedir una porción de tortilla. Otra cosa típica es el zumo de uva.

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      Otra cosa que desconocía es que también hay opciones de pinchos dulces, probé uno que tenía queso brie, mermelada y nueces… fue el que más me gustó de todos los que probé…

      Muy cerquita de Bilbao se encuentra San Sebastián, esta localidad es muy conocida por el famoso festival de cine, para mí era interesante conocerla porque fue allí donde se rodó parte de la Serie de Allí Abajo… En realidad, según pude ver en los videos de detrás de escena, solo se usó la fachada de un lugar y se hicieron un par de tomas de la Playa de la Concha y todo el resto se filmó en Sevilla. Pero aún así estando a pocos minutos en colectivo no podía dejar de ir.

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      La ciudad de San Sebastián es muy linda, tiene una playa bonita y un centro muy cuidado y prolijo. Conocimos la famosa playa que aparece en la serie y donde se dio la nevada histórica. Nosotros la visitamos al día siguiente en un día bastante cálido para ser invierno en donde la temperatura llegaba a los 17º.

      Luego del paseo regresamos a Bilbao para despedirnos de España, nuestro viaje seguía su rumbo a Francia…

      Me quedó pendiente para otro viaje conocer Santander y el Palacio de la Magdalena donde se filmó otra de las series que me gustaron mucho, El Gran Hotel. En todo viaje queda algo pendiente,large.IMG_8903.JPG.e42f610d33e4c0d9b114f89868cac8d9.JPGconsidero esto una buena oportunidad o excusa para regresar y seguir conociendo, ya que es imposible conocer un país en tan poco tiempo…